jueves, 2 de julio de 2020

«Parlamentarismo Español», de Azorín o el aticismo con retranca levantina.





Las crónicas parlamentarias de un estilista sujeto a los crudos vaivenes de la realidad política en la que luego se vería inmerso…  

Pocos después de haber acabado Confesiones de un pequeño filósofo, que culmina la trilogía iniciada por La voluntad y continuada por Antonio Azorín, de donde sacó su pseudónimo de por vida, Azorín dedicó no pocos años de su vida a la crónica parlamentaria, justo antes de convertirse él mismo en diputado conservador y ofrecernos la visión «desde dentro» de lo que él había criticado desde fuera, primero de forma anónima en El Globo, en 1902 y luego, ya con  su firma en los diarios España y ABC. Las sesenta y tres crónicas recogidas en Parlamentarismo español, el libro que queremos dar a conocer, porque devendrá para el lector un placer extraordinario la lectura del mismo, no recogen el total de las que escribió Azorín a lo largo de su vida, pues en el volumen se recogen las correspondientes a 1904, 1905 y 1916, pero deja fuera muchas otras de años posteriores. Aun así, y a la espera de la edición definitiva de todos sus textos de naturaleza parlamentaria, bien está esta vieja edición de Bruguera para abrir boca de lo que puede ser la magna edición completa de unos textos que adquieren, con la restauración de la democracia en España, su definitivo sentido. Por imperfectos que fueran nuestros Congresos del primer tercio del siglo XX eran, en comparación con las cortes franquistas, un prodigio de libertad y usos democráticos que solo podemos apreciar cabalmente desde nuestro presente, en el que esos usos han vuelto a sentarse en nuestras vidas con una calidad infinitamente mayor que la de los Congresos que nutrieron las crónicas de Azorín. Hay, de hecho, algo así como un punto de arqueología en sus crónicas, lo que les confieren una perspectiva histórica indispensable para acercarnos a unas maneras de entender el parlamentarismo que a veces nos parecen entrañables, otras deleznables, algunas veces envidiables y la mayoría de las veces muy divertidas. Como Azorín se ciñe a la diacronía, caen del lado final del volumen unas crónicas que, en rigor, deberían de haber abierto el volumen, porque nos describen el espacio físico en el que va a tener lugar la «acción» del vodevil…Sí, sí, no me retracto. A medida que vamos leyendo las crónicas, emerge de ellas una visión cómica de la institución que se impone a cualesquiera otras visiones, y a ello colabora en no poca medida la fina ironía levantina con que Azorín, que también se incluye a sí mismo en la chacota, nos retrata una vida parlamentaria con suficientes alicientes como para no abandonar la lectura del volumen en ningún momento.
         ¿A cuento de qué ha venido resucitar ahora esta obra parlamentaria de Azorín? Salió en la conversación confinada que mantuve con Emilio Pascual y le aseguré que se trataba de una obra desternillante, con un capítulo especialmente brillante que debería aparecer en todas las crestomatías de las mejores páginas de nuestra literatura. Se trata de El confort de la cámara, que he transcrito para los intelectores que deseen leerlo cómodamente en mi blog Provincia Mayor, pues aquí lo añadiré a modo de apéndice documental en letra reducida.. De otra naturaleza más objetiva es la descripción que añade Azorín en las últimas crónicas del libro. En la crónica Biología del Congreso, Azorín nos sitúa en el relativamente «viejo caserón», porque el edificio del Congreso se construyó a mitad del siglo pasado. El arquitecto constructor se ingenió de tal modo, que ninguna de las dependencias en que se mueven los diputados tiene ventanas a la calle. No las tiene ni el salón de sesiones, ni el de conferencias, ni los pasillos, ni los escritorios, ni lo que ahora es botillería o cafetín. […] Únicamente en este edificio, entre las dependencias destinadas a los diputados, tiene ventanas a la calle la biblioteca. No sabemos si el arquitecto supuso, con harto pesimismo, que en esta estancia no sería probable defenestrar a ningún representante del país, puesto que serían pocos los que pusieran sus pies en este ámbito. La chufla final está emparentada muy directamente con Un jornalero, cuento de Clarín sobre el que también me he explayado en este blog.
         Digamos que Azorín supo captar lo que de ridículo y grande había en el parlamentarismo de principios de siglo, y él mismo sabe meterse, ¡con su singular paraguas rojo incluido!, en aquella danza de prima donnas, de figurones, de currutacos políticos y fieros defensores «del obrero» y de la «República» que nos traen ecos de asuntos de los que nunca se acaban de zanjar ni en el nuestro ni en ningún otro Parlamento: Yo paseo por los anchos pasillos lentamente, reposadamente, como un viejo senador. Yo tengo en mi mano derecha mi paraguas de seda roja, y en el bolsillo de mi levita mi diminuta tabaquera de plata. […] U diputado es un hombre loco, absurdo, que tiene encima de su mesa un número de El Imparcial, otro de El Liberal, y un tomo de Maucci (o, si se trata del señor Villanueva, un ejemplar de Le Temps); un senador es un hombre discreto, mesurado, parco, que lee, antes de almorzar, un tomo de tarifas arancelaras, una monografía sobre la acuñación de la plata o un discurso que Cánovas pronunció el año 1883 ante las cortes con motivo de algo trascendental. Los diputados gritan, gesticulan, van, vienen, entran y salen rápidamente en el salón […]; los senadores marchan lentos, miran con recelo las puertas -estas puertas por las que se cuelan los aires sutiles-, apoyan con cuidado su bastón en el suelo, inclinan lentamente la cabeza para saludaros, os hablan con palabras tranquilas y finas, sonríen con sonrisas discretas y vagas. —¡Caramba, Azorín! -oigo exclamar de pronto a mis espaldas- ¿Trae usted hoy su famoso paraguas encarnado? Y mi paraguas rojo es izado en un grupo y corre a lo largo de los pasillos, causando una profunda estupefacción. Todos en el Congreso son amigos queridos del pequeño filósofo; todos le zarandean y quieren hablar con él. Y yo digo, como don Mariano Rementería: «Estos amigos queridos, a quienes jamás he conocido, debían, a lo menos, no tener tanta familiaridad». Y de forma tan natural, van apareciendo en las crónicas referencias literarias, aforismos, obras de sociología, filosofía, etc., que hacen las delicias de cualquier aficionado. Me apresuró a decir que ya me he descargado una copia de ese prometedor El hombre fino, de 1829, que leeré siquiera sea para celebrar íntimamente que mi primera lectura íntegra de un libro, tras salir del largo periodo de los tebeos y las ilustraciones de la Colección Historias, también de Bruguera, fue el manual Educación y Mundología, de Antonio Armenteros.
         Es curioso contrastar la visión que nos da Azorín de los parlamentarios desde el prologo y la que nos da casi en el epílogo: ¿A qué responden, exactamente, estas manifestaciones de integridad? Este político, a quien tanto se elogia, ¿no es una medianía? Y aquel otro, ¿no es un bribón? Y el de más allá, ¿no es un insoportable petulante? ¿Y en las manos de todos estos hombres está el porvenir de España? ¿Y estos son los hombres que monopolizan el Poder, mientras España se desquicia, se hunde con sus campos yermos, con sus multitudes hambrientas y sin escuelas?, nos los retrata apenas inicia su andadura de cronista. Pero, tras acabar apreciando los valores de tanto disparate como ha conocido, se atreve a decir lo siguiente: Queremos, sin embargo, hacer una declaración, y es que, por lo que se nos alcanza de lo que pasa en otras partes, en el Parlamento español hay más corrección, más mesura, más policía y más urbanidad que en algunos otros Parlamentos, lo que no significa, añado yo,  que haya más luces o ingenio o inteligencia práctica... De hecho, aún hoy es muy notoria la distancia entre nuestras broncas parlamentarias -y ya leeremos después cómo las transcribe Azorín- y las muy aguerridas y violentas que podemos ver en Parlamentos como el italiano, el japonés o cualesquiera otros…  Sobre ese punto, Azorín, tan fino analista siempre, nos recuerda algo que hace poco levantó no poca polémica en nuestro país, al ver un «aparte» parlamentario en el que Iván Espinosa de los Monteros, Pablo Manuel Iglesias e Inés Arrimadas confraternizaban como colegas a los que nada les separase, ni humana ni ideológicamente. Dice Azorín al respecto:  A nosotros nos parece bien que los más irreconciliables adversarios no traspasen en el debate los límites de la civilización y de la humanidad. Ahora, lo que encontramos inadmisible es que mientras el público de las tribunas cree, a juzgar por los gestos y voces de pasión, que aquellos oradores son realmente irreducibles en sus respectivas posiciones; luego estos señores, fuera del salón, a los dos minutos, se abracen en los pasillos y cambien chanzas regocijadas y cordiales.
Que el Parlamento tiene algo de pantomima es inevitable pensarlo una vez que se ha tenido el vicio arraigado de seguir, íntegras., sesiones parlamentarias inolvidables, y, con tantos medios de difusión como hay en la actualidad, a nadie se le escapa que hay mucho de «teatrillo», en el peor sentido de la palabra. Pero pongámoslo en las palabras de un diputado de entonces, Julio Burell, quien ya en pie, se lleva el fino pañuelo a la boca y tose; luego se inclina ante su asiento y toma un papel, de entre los variados apuntes que en él hay amontonados; al fin, con voz recia, dirigiendo la mano extendida hacia el banco del Gobierno: “¡La responsabilidad de la Prensa! -exclama- ¡Sí,  la prensa ha venido, con sus bellezas y extravagancias, a suceder a la antigua epopeya formada por el pueblo!
         A través de un apasionante ejercicio de observación, Azorín «peca» de sociólogo aficionado y elabora una suerte de teoría del parlamentarismo en el que trata de diseccionar el ejercicio del parlamentarismo a través de lo que él considera que es lo mejor que puede ofrecerles a los lectores: Lo fugaz, lo momentáneo, lo deleznable, aquello de que no se ocupan los historiadores, encontrará el lector aquí. Pero el intelector descubre mucho más y de lo mejorcito que un observador penetrante como Azorín es capaz de observar, porque hay un retrato del parlamentario y de su función tan impecable que bien pueden pasar las páginas de su Parlamentarismo español como una suerte de manual del perfecto parlamentario, a  contrario sensu de los ejemplos con que él va ilustrando la teoría. El «gesto» es uno de los pilares de la teoría, y ahí va un ejemplo: ¿Qué importa lo que el orador dice? Para un sicólogo y para un artista, lo importante es el gesto. Salmerón extiende sus manos hacia el banco ministerial, con un ademán de fuerza, mientras habla; luego las sube a la altura de su cabeza, con un grito apocalíptico; luego las baja lentamente, como con desconsuelo, al pensar que España no puede marchar hacia su felicidad con este régimen; y, por fin, mientras da dos pasos ante su escaño, cuelga la mano izquierda del bolsillo del chaleco y dirige una mirada de profundo desdén a los ministros… El gesto, no obstante, forma parte de las «maneras», estudiadas, dice el autor de forma harto exhaustiva por Francisco Giner, quien  en un bello, definitivo trabajo sobre el asunto, dice que «la voz, el gesto, el ademán, la actitud, el modo de andar y el de estar parado (la locomoción y la estación, que dicen los fisiólogos) caen bajo la jurisdicción de las manera, con todos los restantes órdenes análogos en donde se manifiesta la personalidad de un modo sensible.» Y debemos añadir que existe una tradición, una nacionalidad, en las maneras, y que estas cambian con las épocas, con los pueblos, con las clases sociales. Y a los componentes de esas «maneras» dedicará no pocas páginas el autor, con un grado de penetración psicológica que hace muy recomendable la lectura del volumen para todos aquellos que quieran iniciarse en el noble o deleznable arte del parlamentarismo…, porque, como recuerda con cita oportuna: No hay nada -decía La Bruyère-, no hay nada, por sencillo, por insignificante, por imperceptible que sea, donde no entre algo que descubra nuestro carácter. Un tonto no entra, ni sale, ni se sienta, ni se levanta, ni se calla, ni se está pie como un hombre inteligente; y de ahí que sus crónicas indaguen en tales diferencias para discriminar entre los usos parlamentarios aceptables y los deleznables. Sigue, el autor, la guía de los mejores clásicos para perfilar esos retratos, como cuando se acoge al clásico por excelencia de la oratoria: Cicerón precisa en su Diálogo del orador que «el más grande defecto en oratoria es hablar como los demás hablan». Y dicho se está que quedan condenados con esto los gritos, los manotazos excesivos, los golpes sobre el pupitre, el cruzar los brazos sobre pecho con arrogancia o el colgar los pulgares -horror de horrores- en las aberturas del chaleco… Azorín tiene un don especial para percibir esa sinfonía de gestos, entonaciones y actuaciones que le permiten perfilar la mediocridad de toda una generación de parlamentarios que siempre hacen buenos a los anteriores, como exige el tópico. Hay las excepciones de rigor, por supuesto, porque Azorín tiene también un «ojito derecho» que ve con complacencia ciertas manifestaciones parlamentarias exquisitas: El señor Maura domina uno de los más peligrosos, pero más necesarios, resortes de la oratoria: el énfasis; y el señor Maura sabe también hacer uso oportuno de otro recurso indispensable: el silencio, o sea las pequeñas pausas que en el curso de la oración es preciso ir distribuyendo cautamente, bien para dar solaz al ánimo del oyente o bien, a la inversa para encenderlo.
         Vamos entrando en materia y aún no hemos asistido a un rifirrafe parlamentario de los que definían aquellas cortes de nuestros bisabuelos, en los que ideologías tan polarizadas como la conservadora monárquica y la republicana libraban una batalla feroz para ganarse a la opinión pública. El libro esta abarrotado de intervenciones que harían interminable la lectura de esta recensión. Asomémonos al modo como se planteaban ciertas identificaciones políticas en aquellos momentos:  No le preguntemos al señor Vincenti si es individualista o socialista; él lo dice terminantemente: «No, no me lo preguntéis.» Y la razón es porque si antes estas cuestiones de socialismo e individualismo tenían razón de ser, hoy ya no la tienen. «Rousseau, Bastiat», dice el orador; pero no logramos averiguar para qué el señor Vincenti cita a Bastiat y a Rousseau. […] También el orador habla de la clase media y de los obreros, pero aquí ya logramos entender algo. Lo que quiere el señor Vincenti es que los obreros se eduquen, se instruyan. «Yo -afirma el orador- lo dijo en un mitin, al cual asistieron representantes del anarquismo: yo lo dije: Si vosotros queréis quitarme a mí el sitio tirándome un cartucho de dinamita, yo os tiraré a vosotros otro.» […] Antes había condenado las tendencias individuales del señor Romero Robledo; a su parecer, el socialismo era preferible; pero ahora el insidioso y terrible socialismo del Gobierno del señor Maura le parece igualmente condenable. […] «¡Antes -exclama el señor Vincenti- se decía el pan negro de la emigración; pero ahora tendremos que decir el pan duro de Maura!» «Yo -afirma el señor Dato- no soy socialista ni individualista; soy intervencionista.» Ya está lanzada la palabra; una palabra puede ser un partido. […] «He mantenido siempre, dentro de mi esfera modestísima, y con ayuda de mis pobres medios oratorios, que el Estado debe intervenir en el problema obrero en aquella medida que las circunstancias aconsejen y no más allá de los límites que marcan las funciones que le están encomendadas. […] Y por eso yo -añade el señor Dato- lamento sinceramente que no tenga representación aquí el elemento obrero, no encarnado en apóstoles y en mesías, sino en obreros genuinos, auténticos, apartados de los partidos, con callos en las manos.» Advertimos ecos de planteamientos que aún hoy es posible que se reproduzcan en términos similares en nuestro Congreso actual. Pero vayamos sin mas demora a esa minitrifulca para tener una idea clara de que parecía haber mucha más vida parlamentaria ciento diez años atrás que ahora: Y se aprueba el acta entre un barullo formidable; una voz, en la mayoría, imita el mugido terrible de un monstruo paleolítico; el señor Nougués salta de pronto en su asiento y grita: «¿Quién hace ese mu?» […] «¡Tiene la palabra el señor Nougués!», clama el presidente de la Cámara. «¡No, no; que conste mi protesta!», replica el señor Burell. «¡Que se lea el artículo ciento sesenta y nueve!», torna a gritar el señor Nougués. «¡Su señoría tiene la palabra para apoyar, y solo para apoyar su proposición ¡», vuelve a gritar el presidente. «¡Se la tomará para lo que él quiera!», se oye gritar con ira. «¡Se la quitaré yo si hace eso!», grita el señor Romero Robledo. Y entonces, como al decir eso el presidente el señor Nougués estuviese de espaldas, el señor Romero Robledo entra en un furor repentino y violento.  «¡Oiga el señor diputado, y no, y no me vuelva las espaldas!», grita. Y al señor Nougués le parece que estas palabras son «insidiosas», puesto que él es incapaz de faltar a la cortesía, y sobre esto, un agrio cambio y recambio de dimes y diretes raudo por los aires… […] Cuando el señor Nougués ha expuesto a la Cámara que los actuales políticos viven bien al amparo de las grandes compañías, mientras se intenta llevar a la cárcel a los republicanos porque han dicho «si estaba o no delgada determinada persona», los espectadores han podido ver que, al ser pronunciadas estas palabras, en el ánimo del señor Romero Robledo se producía un terrible conflicto, y que el señor presidente de la Cámara ha estado un momento confuso, anonadado por la incertidumbre, pensando en si debía tocar la campanilla o, por el contrario, dejarla inmóvil. Y su mano blanca y fina, ha revolado con un aleteo misterioso sobre la mesa durante un segundo. […] El señor Nougués ha acabado de hablar. ¿Quién habla ahora? ¿El señor Burell? ¿El señor Lombardero? ¿El señor Lerroux? Todos están en pie, erguidos, retadores, inflamados. […] El señor Lerroux, frenético, fuera de sí, blande con su mano derecha el diminuto reglamento de la Cámara: «¡Pido que se lea el articulo ciento cuarenta y dos!», exclama a grandes voces. Y un estruendo y retumbante clamoreo estalla en todo el ámbito. Parten de todos lados gritos de exasperación y de ira; resuenan golpes enormes; los brazos de los diputados republicanos se tienden, rígidos, amenazadores, como en una carga de lanza, hacia el presidente. «¡Pido que se lea el artículo ciento cuarenta y dos!», torna a gritar el señor Lerroux. Y redoblan los gritos, las imprecaciones, las protestas, los golpazos atronadores sobre los pupitres. […] Pero nadie oye a nadie; la minoría, en masa, está en pie; enfrente, los diputados conservadores les increpan a grandes voces; aporrea la mesa con la campanilla el presidente; corren lo ujieres; se extiende un largo y atronador murmullo por las tribunas. […] El señor Salmerón vuelve a tender sus brazos imperativos, y vocea con un grito desgarrador: «¡Señores diputados, que nos contempla el mundo!» Y un ¡oh! multiforme de exclamaciones irónicas ha partido de los escaños ministeriales y ha hecho nacer sonrisas y siseos, que apagan el fuego de la ira…
         En otras ocasiones, Azorín destaca los planteamientos versallescos de un parlamentarismo «antiguo», decimonónico, que nos retrotrae a los tiempos de la Restauración, o poco menos: «Pero -dice el señor Villaverde-; pero acompañando a estos créditos vienen otros que…» Hemos llegado al punto culminante de la expectación: los señores ministros están pendientes de este tremendo pero; todos están sentados de medio lado, de cara al orador, sorbiendo sílaba por silaba sus palabras aterradoras. ¿Y qué quiere decir, en definitiva, este pero espantable del señor Villaverde? Quiere decir que hemos retrocedido a los tiempos que siguieron inmediatamente a la Revolución francesa… ¿Sobre qué llama nuestra atención el señor Villaverde? Es cosa abstrusa y complicada; se trata del excedente, del sobrante y del contingente… Maura bosteza y se frota los ojos y las mejillas… […] No aconseja nada a sus amigos; habla por sí mismo. Y, desde luego, siente tener que hablar de su persona, «porque, como dijo Balzac, es de mal gusto hablar de sí tanto en público como en privado». Ya senté, al principio de esta crónica que el señor Villaverde era un conspicuo erudito; la cita es estupenda. Se trata de un escogido ramillete de intervenciones que tienen su clímax excepcional en la crónica del señor Morote, de la que el cronista ha tomado nota con particular atención y que nos presenta con un corolario que, al menos a quien esto redacta, le dejó con un dolor de abdomen total y absoluto y con muy pero que muy escaso aire que llevar mediante a la inhalación a los torturados pulmones. ¡un peligro, a según qué edad! Me trajo a la memoria la risa convulsa que me produjo el capítulo de El antropólogo inocente, de Barley Nigel, cuando decide ir al dentista por un serio problema… He aquí la crónica de ese día:
16 de diciembre de 1905.
¿Qué dijo ayer en el seno de la Representación nacional el señor Morote? No vamos a referirlo punto por punto; eso sería imposible. Nosotros, lápiz en mano, fuimos anotando escrupulosamente todos los temas que el señor Morote tocó en su oración parlamentaria; responda de nuestra veracidad el propio Diario de Sesiones. He aquí la lista:
Un preámbulo del señor Montero Ríos; los hombres que en el año 1837 expropiaron los bienes eclesiásticos; la personalidad jurídica de la Iglesia en los primeros tiempos del Cristianismo; el año 316; el emperador Galileo, misión del Cristianismo; si el Cristianismo ha logrado cumplir la misión que se propuso; la moral cristiana y sus relaciones con la moral de los estoicos y la helénica; Renán y su Vida de Jesús; diferencias entre la Vida de Jesús de Renán y la Vida de Jesús, de Strauss, lectura de un pasaje del libro de Renán; evolución del sentido del Cristianismo; los albigenses, la Saint-Barthélemy; las hogueras de la Inquisición; Felipe II; las luchas de la Edad Media; Tolstoi y el nuevo Cristianismo; el Cristianismo tal como es practicado por los cristianos ortodoxos; el Congreso de las religiones de Chicago; modo de entender en Alemania y en Inglaterra el espíritu religioso y modo de entenderlo en España; costumbre que tiene el novelista ruso autor de La muerte de los dioses de comenzar todos sus escritos diciendo: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; lectura de un fragmento del libro de Macías Picavea El problema nacional; el presupuesto de 1871; lo que hizo el propio señor Morote en 1895 con motivo de la persecución de El Porvenir Vasco; lo que pasó el 19 de marzo de 1902 en la reunión celebrada en casa de Sagasta; lo que dijo el señor Moret la otra tarde; el sentido profundamente regalista del señor Cánovas del Castillo; la discusión ocurrida el año 1876 con motivo de la base segunda de la Constitución; Álvarez, Pidal, Toreno y el partido moderado; Beltrán de Lis; la dinastía merovingia y la Revolución francesa; papel de la Iglesia en la Edad Media; la Revolución norteamericana; Argüelles y su opinión sobre la propiedad de la Iglesia; Mendizábal y sus leyes; dos novelas de Jean Lombart, que son, aunque con apariencias de novelas, estudios sociales; los católicos de Estados Unidos; la congrua sustentación; las reglas del Concilio de Trento; la reforma del ministro señor González; lo que el día anterior decía el mismo señor Morote, hablando de Casandra: lectura de un fragmento del cuestionario para oposiciones a las escuelas normales, que dice: «Culto verdadero; su importancia; culto de Latría, hiperdulía y dulía. ¿Por qué el culto tributado a San José recibe el nombre de protulía?»; las reducciones que hizo Napoleón y las que se hicieron en Portugal; el clero catedral y el clero parroquial; la obra muerta y la obra viva del presupu4esto; el Papa y la guerra civil; los carlistas y la legalidad existente; el señor Mella, inventor de un carlismo científico; el señor Lloréns y su concepto atávico de la Patria; los muros de Granada sobre los que flotaba una bandera; el conflicto de 1898 con Estados Unidos; el general Boulanger y el movimiento político iniciado por el en Francia; los Pirineos como barrera de la civilización europea; el fardo latino que no podemos sacudirnos de encima: la ley universal que dice: o las naciones se civilizan ellas mismas, o son civilizadas a la fuerza; explicación del argumento de la novela de Anatole France Sur la Pierre blanche; invocación a los apóstoles modernos Tolstoi, France y Zola…De todo esto nos habló el señor Morote en la tarde de ayer; comenzó el señor Morote su discurso a las seis menos cuarto; lo terminó a las siete y media. El señor Morote se proponía con todo esto -es preciso decirlo- defender un voto particular relativo a un capítulo de los presupuestos generales del Estado. Esto sería algo equivalente a lo que estremeció de horror a Azorín: Cuando el señor Nougués llevaba tres cuartos de hora parlando, ha salido de sus labios la siguiente terrorífica frase: «Acabo de hacer el exordio, y voy a entrar en materia.» Esa periclitada retórica parlamentaria que Azorín trata con notable desprecio en sus crónicas, cometiendo, incluso, la irreverencia de dejar al orador con la palabra en la boca, como en este caso en que el orador discursea acerca de un rifirrafe sobre los tejemanejes electorales en distintas demarcaciones: Y en estas se pone en pie el señor marqués de Teverga. La Cámara guarda un profundo silencio. «Señores diputados -comienza diciendo el señor marqués de Teverga-: Yo me creo en el deber de decir a la Cámara y exponer ante vosotros, en breves y concluyentes palabras, los motivos que he tenido y que yo consideraba y considero fundamentados y razonables para formar, como lo he hecho, el dictamen que, unido a los demás individuos de la Comisión, he tenido el honor de firmar, y que ha originado el debate que ha presenciado la Cámara y en que me veo obligado a intervenir…» El señor marqués de Teverga se detiene un momento. «Sí -prosigue diciendo-, yo quiero que vosotros conozcáis estas razones». Todos esperamos las razones del señor marqués. «No, no he de ocultaros los motivos -agrega el señor marqués- que yo he tenido para firmar este dictamen». Nadie desea que el señor marqués le oculte sus motivos. «Os expondré los hechos tales como han sucedido -continúa el señor marqués-; os repetiré las palabras que yo he pronunciado en el seno de la Comisión». Todos ansiamos que el señor marqués nos repita las palabras que pronunció en el seno de la Comisión. «No os ocultaré -agrega el señor marqués- ni un átomo de la verdad». Todos creemos que el señor marqués no nos ocultará ni un átomo de la verdad. «Yo creo que vosotros -sigue el señor marqués- debéis saber las causas que me han movido a obrar». Nosotros queremos saber las causas que le han movido a obrar al señor marqués… Y el señor marqués, al cabo, cuando todo estamos rabiando de ansiedad, añade: «Pero antes permitidme que exponga tres cuestiones importantes, la primera de las cuales se refiere a la interpretación del párrafo primero del artículo cuarenta y cinco de la ley electoral…» Y comprenderás, lector, que no hemos esperado a que el señor marqués nos hiciera esta interpretación.
         Al lector actual le chocará la reiteración de algunos viejos «demonios» de nuestro país, que nunca acaban de morir de racionalidad: el «separatismo nacionalista», la «corrupción» y los pertinente suplicatorios, la definición identitaria de «patria» y otros tantos como estos:       
         «En nombre de esa minoría…», decía el señor López Puigcerver, aludiendo a la liberal. Y unas voces han partido de los bancos republicanos, que decían: «¡De todas, de todas!»; pero otra vez -la del señor Rusiñol, diputado por Barcelona- ha gritado: «En nombre de nosotros, no; que no queremos perder el tiempo.» Y otras voces, salidas también de la minoría republicana, han clamado: «¡Separatistas ¡Traidores! ¡Malos españoles!…»
         El señor Maura traza un balance de los suplicatorios […] para acabar, a la postre, revelçandonos que a la Asamblea actual han llegado nada menos que doscientos [suplicatorios], y que en tangto que antaño un señor iutadod tençia sobre su cabeza un solo suplicatorio, o a lo sumo dos, ahora hay representantes del país que llevan por delante cuarenta, cincuenta y cuatro y hasta sesenta… «¿Se puede esto tolerar», pregunta el insigne orador, al mismo tiempo que su mano derecha coge, sin mirarlo, el vaso repleto del áureo azucarillo. «No se trata, no, señores diputados -agrega el señor Maura con el vaso en la mano-; no se trata, no de la inmunidad parlamentaria; se trata de una degeneración de esa misma inmunidad.»
         ¿Qué es la patria? He aquí una pregunta que anda por nuestro cerebro desde hace días. ¿Qué es lo que entendemos por patria? Ante todo, si meditamos fríamente sobre el asunto, veremos que la patria es un sentimiento completamente moderno; podemos afirmar que los antiguos (es decir, los hombres anteriores al siglo XIX) no entendían ni sentían el patriotismo como nosotros lo entendemos y sentimos.
         Patria (es decir, lo mismo que en castellano), y patria es la terra Dove ciascheduno è nato; ahora veamos lo que el diccionario de la Academia dice en su última edición. Patria -dice el diccionario- «es el lugar, ciudad o país en que se ha nacido». Como ve el lector, las palabras con que se definía la patria en el siglo XVII son las mismas exactamente que aquellas con que se la define en el siglo X. Y esto causaría nuestro profundo asombro, nuestra más viva estupefacción, si no supiéramos de antemano que un diccionario de la legua es la cosa más conservadora, más tradicionalista, más reaccionaria que existe sobre la tierra. […] El diccionario de la lengua es descentralizador con toda franqueza, y -digámoslo claro- separatista, puesto que limita la patria al lugar donde hemos nacido, bien sea La Coruña, Cádiz, Guadalajara o Alicante (cuando no otras poblaciones más pequeñas, o simplemente villorrios o aldeas.) Debemos condenar, pues, el diccionario; debemos anatematizarlo; debemos quemarlo. Y nos encontramos con que al condenar el separatismo anatematizando y quemando el diccionario, cometemos el más monstruoso, el más grande de los atentados separatistas, ya que anatematizamos y quemamos el depositario secular y venerable de lo que hay de más hondo y más eficaz en una nacionalidad: el idioma. […] Esta es una cuestión que, indudablemente, habrá de tratarse en la Cámara popular; esta es una cuestión que entraña una inmensa gravedad; esta es una cuestión que debe ser llevada al debate actual, toda vez que el eludirla el no resolverla puede originar conflictos en lo futuro; y esta es, en fin, una cuestión en la que nosotros meditábamos en la tarde de ayer, en tanto que desde la tribuna parlamentaria escuchábamos la fervorosa apología de la patria hecha por el señor Rodríguez de la Borbolla.
         Me voy extendiendo mucho y el repertorio de bondades del libro aún está por agotar, porque son muchos y muy interesantes los apuntes de Azorín y las citas de postín con que ilustra su texto. El maestro noventayochesco se toma la bendita molestia de bucear en tres textos teatrales de naturaleza política: El collar de estrellas, de Benavente, Le deputé Leveau, de Jules Lemaitre y Clavijo, de Goethe. De ente los parlamentos de sus personajes, destacaré dos, uno de Lemaitre, con resonancias muy actuales:
Leveau:  «Esté usted tranquilo; esta no será para mí una lección perdida. Yo, señor marqués, soy un hombre plebeyo; soy hijo de la Revolución, demócrata, demagogo, ultrarradical, extrema izquierda, todo lo que usted quiera. Pero sí, es verdad, se siente uno atraído, a pesar de todo, por la distinción, por la elegancia, por los títulos… Y, sin embargo, entendedlo: lo poco que queda de la aristocracia de ustedes no subsiste sino por la sandez y la cobardía de los demócratas, que la detestan, pero que quisieran ser aristócratas, rozarse con la aristocracia y que desde el momento en que tienen dinero, le piden prestados, con sus maneras de vivir, la mitad de sus prejuicios.
Carlos: Ante ti se abre tu camino. Avanza por él, sin mirar a derecha ni a izquierda. ¡Que sepa tu alma engrandecerse! Y ten presente (¡e hinca en tu espíritu esta gran verdad!) que los hombres extraordinarios no son realmente extraordinarios sino porque sus deberes se separan de los deberes del común de los hombres.
Pero, complementando esas teorías de autores tan brillantes, quizás la experiencia de un modesto pero curtido parlamentario sea capaz de resumir, en tono confidencial, el verdadero «credo» del congresista: El señor Aparicio, discretísimo, correcto, murmura a mis oídos, con voz suave, estas palabras: «En política, como en amor, amigo Azorín, no hay nada de efectos tan deplorables, tan contraproducentes, como la impaciencia. Nada hay que paralice tanto nuestros planes como el que los demás adviertan nuestro deseo inmoderado de llegar.»
         Recojo, finalmente, para no abusar más de lo que ya abuso de la paciencia de los intelectores, una costumbre desaparecida y que le dio pie a Azorín a escribir una crónica titulada Lo absurdo, y en la que describe las sesiones plenarias ininterrumpidas, lo que provocaba un particular baile fantasmagórico de diputados en el Congreso:  He escrito las líneas que anteceden a las diez de la mañana del domingo, al regresar a casa. Dos horas después, a las doce, cuando me levanto de dormir, tengo una vaga y remotísima idea de todo lo ocurrido. ¿Existe el Congreso? ¿Existen los diputados? ¿Existe esa cosa que se llama la sesión permanente? Y experimento la sensación angustiosa de lo extraño, de lo indefinible, de lo quimérico, de lo absurdo. Y solo veo, en el caso confuso, contradictorio, encuadrada en el ancho chaleco del smoking,  la blanca, nítida, pechera del señor duque de Bivona, con quien he estado paseando durante una hora, lentamente, a lo largo de los pasillos. Sin embargo, yo paso la manga por mi pequeño sombrero de copa, me lo pongo y me voy -instintivamente- hacia el Congreso. Y cuando penetro en la Cámara popular, mis ideas cambian rápidamente; ya en este medio, entre estos muros, todo me parece lógico, natural; las palabras no tienen aquí el mismo valor que fuera, ni las cosas tienen la misma representación que fuera… […]El señor Alonso Castrillo, que desde ayer no ha abandonado la Cámara, cruza como un vano fantasma, como un personaje del Greco, con su barba gris, polvorienta, aguda, con sus ojos hundidos, exornados de sombras anchas. Y os timbres suenan, suenan, locos, afanosos, sin cesar… […] Y vosotros, en este ambiente de exasperación y de fatiga, entre estos seres extraños que a horas intempestivas gesticulan y gritan, tornáis a experimentar la sensación aguda, inquietadora de lo extraño, de lo quimérico, de lo absurdo, y pensáis cómo en el seno de una sociedad sensata, unos pocos hombres pueden entregarse a tan desatinadas fantasías. […] «¡Arreglo!, ¡arreglo!», se oye decir. Y el señor Lloréns surge en la puerta. «Quedan aquí los suplicatorios -dice el señor Lloréns-; pero se hará una ley, y conforme a ella juzgará el Tribunal Supremo.» Esta es la fórmula. […] Y así ha terminado la famosa sesión. El Parlamento español ha estado durante cuarenta horas discutiendo si se prorrogaría la sesión; cuando, por fin, se ha acordado esa prórroga, se ha visto que no hacía falta para nada. Y este es uno de los resultados del debate. Y el otro es este: dentro de cuatro días, los señores diputados recibirán un número del Diario de Sesiones con el relato de la sesión pasada; este número constará de cuatrocientas páginas; este número será una enciclopedia; en ella se hablará de la enseñanza, de la pesca, de los aranceles, del bacalao, del descanso dominical, del precio de los artículos de primera necesidad, de los mármoles, de las piedras de construcción de las máquinas de coser y de los puerco-espines…
Eso sí, no puedo dejar de recomendar una lectura muy atenta de una crónica, Cortes liberales de 1916. Andanzas de un candidato, que constituye un magnífico cuadro de costumbres en el que los próceres, a diferencia del Vuelva, usted, mañana de Larra, citan una y otra vez a los aspirantes a candidatos para alentarles en su perseverancia aun a riesgo de que la plaza vacante acabe siendo, como siempre pasa, para otro que se ha adelantado a sus pretensiones. Recordemos que Azorín fue también diputado «cunero» y de que habla con profundo conocimiento del tema…
         En fin, me gustaría ser ofreciendo extractos de un libro del que se pueden sacar por docenas, porque, insisto, el estilo irónico de Azorín ha encontrado en la materia parlamentaria un objeto hecho a la medida de sus magníficas dotes literarias. Le dije a Emilio Pascual que no lo encontraba en mi biblioteca, y, al final, lo descubrí en el último estante interior del apartado de clásicos, donde lo debí poner por las virtudes de una prosa que en modo alguno desmerece de sus compañeros de estante, esa con la que abre, magnificente los primeros compases del libro: Las toaletas ponen sus manchas rosas, blancas, azules, sobre la fosquedad del palco; en el antepecho destaca sobre el rolo peluche una fina mano enguantada de blanco,  es muy probable «toaletas» sea el catalanismo toaleta, : «Acció de rentar-se, pentinar-se, afaitar-se, abillar-se.» Es decir, en este caso,  los aseos de las damas que asisten a las sesiones


Apéndice documental: El «confort» de la Cámara.
Cuando penetramos en el recinto del templo de las leyes, lo primero que llama nuestra atención es la alfombra que pisan nuestros pies; a juzgar por esta alfombra no sabemos si nos hallamos en un edificio donde se alberga una de las más altas instituciones españolas, o en un viejo casino de provincias, donde el gobernador hace tiempo que no deja jugar. Nada más sucio, más lleno de polvo, más raído que esta alfombra. Y si tendemos nuestra vista por los parajes inmediatos a las puertas por donde se penetra en el salón de sesiones, entonces es posible, es seguro que sintamos la más viva vergüenza. Pero no nos avergoncemos tan aína; todavía nos queda algo que andar en la jornada de hoy. Acaso estando aquí, en la Cámara popular, se n os ocurra escribir una carta; nos dirigimos al escritorio. Si somo diputados, un ujier nos proporcionará papel con e membrete de nuestro distrito. Si no representamos a ningún pedazo de nuestra España, entonces nos acercaremos discretamente a este ujier, le pediremos papel en que escribir, y él, después de mirarnos atentamente, de arriba abajo, nos entregará con mucha lentitud, y como quien nos hace un gran favor, uno o a la sumo dos plieguecillos de cartas. El papel de estos plieguecillos es bastante inferior; pero podemos darnos por satisfechos, por muy satisfechos, si, al fin, lo hemos logrado.
Y ya hemos escrito nuestras cartas. ¿No podrá darse el caso, ahora, de que nosotros, aquí, en el Congreso, sintamos una necesidad inaplazable? Es posible; en este caso, nos encaminamos sin pérdida de momento en busca de una de las camarillas excusadas. Diremos, ante todo, que en el Congreso estas camarillas están situadas en dos departamentos; las tales camarillas tienen, es cierto, un a modo de respiradero o tapa de cristal en el techo; pero estos respiraderos están todos comprendidos bajo el techo común del departamento, y este departamento no tiene más aireación y ventilación que la que puede prestarle el pasillo que circunda la Cámara, y donde los diputados se reúnen.
Y dicho se está que hay días en que, desde el momento en que se penetra en el edificio, se tiene la prueba patente -que el olfato nos proporciona- de esta insoportable y absurda falta de aireación. Y debemos añadir, aunque corramos el riesgo de que no se nos crea, que, para agravar tamaño atentado contra la higiene, hay muchos señores (no sabemos si diputados o no) que se olvidan de tirar de una sutil cadena que existe en tales camarillas, y que no son pocos los días en que en los tan repetidos lugares es absoluta la falta de la indispensable agua corriente. Y sigamos con nuestras aventuras. Cuando hemos salido de los dichos departamentos, nos dirigimos, como es natural, en busca de un lavabo. Mas lavarse las manos es una empresa de las más arduas en el Congreso. Existen en la Cámara popular unos lavabos; pero estos lavabos están reservados exclusivamente a los diputados. Y como es mucha la gente que concurre al Congreso y que no representa al país, resulta que estos concurrentes a la Cámara popular se ven en el trance de no poder lavarse las manos; y resulta también que, como los sindicados lavabos están lejos de las camarillas, los diputados que salgan de estas para dirigirse a aquellos tienen que recorrer un gran trecho de camino, y se ven expuestos al riesgo de encontrarse en su carrera a amigos y conocidos que les tienen la mano con objeto de saludarlos.
¿Qué es lo que en esa situación deben hacer los diputados? Que conteste cada cual como quiera a esta pregunta. Nosotros, en honor de la verdad, hemos de consignar que en uno de los departamentos citados existe una diminuta palangana. Nuestra alegría al descubrirla ha sido inmensa. Pero pronto hemos comprobado que el hilo de agua que arroja el grifo situado sobre ella es tan sutil que hemos tenido que esperar para llenarla dos o tres minutos; hemos visto después que el jabón que se hallaba a su lado era un fragmento tan microscópico, que apenas podíamos cogerlo, y nos hemos dado cuenta, finalmente, de que la hazaleja o toalla en que nos enjugábamos las manos, mas que a blanco, tiraba a gris o a negro. Y tenga en cuenta el lector que esta hazaleja y este jabón podrá encontrarlos los díasen que hay sesión en la Cámara, pro no en aquellos festivos o en que la Asamblea no trabaja, puesto que, en ellos, jabón y toalla son cuidadosamente, celosamente, guardados.
¿Diremos que lo mismo pasa con la calefacción, es decir, que En el Congreso no hace frío oficialmente más que cuando los diputados deliberan? ¿Hablaremos ahora de la luz, o sea del esfuerzo gigantesco, enorme, que se hace para no iluminar la Cámara sino cuando ya las tinieblas impiden que nos veamos unos a otros las caras? Clásico se ha hecho en el salón de sesiones el grito de: «¡Luz, luz!» ¿Apuntaremos también, pasando a otro asunto, la falta de escupideras que se nota en algunos parajes de la casa? Una tan solo hemos visto en lugar tan frecuentado como el pasillo circular. Y aprovechamos la ocasión para dejar sentada la costumbre genera que hemos observado en el Congreso de escupir en la alfombra. Y después de esto tendríamos que hablar del servicio deficientísimo del cafetín o cantina; de la tosquedad de los vasos en que se sirve el agua (más propios de una tabernilla que del templo de las leyes); del estado lamentable del moblaje; de la falta de lavabos y departamentos particulares para las señoras que asisten a las tribunas; de la lenidad lamentable en conceder pases de entrada en la Cámara, etc., etc.
Nos contentamos con lo apuntado. ¿Qué idea formarán de la nación española un inglés, un alemán, un francés, un norteamericano, que vengan a España y visiten este edificio en que e alberga uno de los más altos poderes del Estado? La casa es el dato más seguro para juzgar al morador; por los minúsculos detalles de la vida diaria y prosaica, podemos colegir los gustos, las inclinaciones el estado de civilización, la sicología, en fin, de un pueblo. Un millón doscientas veinte mil ochocientas pesetas tenemos entendido que cuesta el entretenimiento anual del Congreso. Ellos bastan para lograr un poco de comodidad y de limpieza.
Ayer n o aconteció nada en la Cámara: hemos querido aprovechar esta tregua para hacer las expresadas observaciones.




martes, 19 de mayo de 2020

El sexto sueño…



¡Soñemos, alma, soñemos…!1

         Volvía de las castigadas tierras británicas, la unión indestructible de naciones que se odian y mantienen enconadas relaciones, donde la epidemia había sido particularmente generosa y no daba crédito a las noticias que iba conociendo de la volteada España a la que, como al sudado y tópico calcetín, le habían dado la vuelta por completo para desconocerla de raíz. Luchaban en mí, sin claro vencedor, el testimonio de mis sentidos y el de mi memoria. ¿Dónde estaba? ¿Era esta mi nación, donde el cainismo imperaba con aguerrido empeño y hediondo verbo *imprecador? ¿Qué paradójica ventura nos había traído una epidemia que reventaba los fuelles del cuerpo y nos sacaba el corazón por la boca? Los tapabocas y los embozos nos habían hecho más bulto y menos persona, pero aun así se agradecía lo mucho que había mejorado a tantos una presencia con tanta ausencia. Como todos corrimos a nuestras insalubres madrigueras, salvo las de los pudientes, los *grantenientes, diríase que, ahora, a fuerza de interponer distancias, hemos perdido aquel baboseo, *abraceo y besuqueo que solo subsistirán, imagino, en las honradas casas de lenocinio, donde las vestales del himeneo profano agasajarán como se debe a quienes pagan, ¡siempre parva, la recompensa!, con dineros arrancados al sudor honrado. A quien regresa del extranjero, que debería ser lo propio nuestro, no podía dejar de llamarle la atención la extraña armonía y sutil concierto que había en el trato con cualesquiera personas, de alta o baja condición. Los buenos modales, la singular etiqueta, diríase, que obliga al recién llegado a corresponder con creces, convertía la calle, el comercio y los espacios de recreo en viejos salones palatinos por los que Felipe II paseaba sus escrúpulos de conciencia. Entereme por la prensa de que un gobierno de todos y para todos gobernaba una Administración escasa desde la más austera composición imaginable del mismo. Como por ensalmo habían desaparecido los capigorrones que medraban a su amparo con sinecuras que ofendían los más elementales principios de la igualdad de oportunidades. Se habían desvanecido, igualmente, las instancias que mediaban entre las deudas y las necesidades, de modo que era el Estado, con sus brazos como tentáculos, largos, y ahora acogedores, los que combatían la pobreza, la miseria y el infortunio de a quienes desfavoreció Fortuna y, en no pocos casos, a quienes labraron su adversidad con el lastre de los vicios valetudinarios que nos acompañan a la especie desde que dimos el salto del árbol y la liana a la bipedestación y al crecimiento cerebral. Las «patrias chicas» habían recuperado su prístina condición de tales y nadie prestaba atención a los chamanes de las tribus que sembraban la cizaña del odio para dividir a los españoles, como si todos ellos ignoraran la divisa común que debería de haber figurado en todos los escudos y banderas que, a lo largo de nuestra asendereada Historia, hemos tenido: «Nadie es más que nadie». Fuime cuando sonaban los pífanos afónicos de la discordia, y aun del odio, en medio de la feroz epidemia, y por eso ahora maravilla, más que sorprende, que se acate, con crítica, pero sin rebeldía, un austero gobierno que rija el procomún, teniendo como norte el bien de todos en vez del bien de los propios y allegados. Como corresponde a una nación moderna que aspira a ser reconocida por algo más, ¡sin menoscabar su capital importancia!, que los matrimonios homosexuales, el repatriado ha observado, complacido, que los ciudadanos son ahora, merced a su desembolso económico, los principales artífices de la más rica vida cultural, que ha resurgido de las cenizas de la epidemia con un vigor inédito, insólito e incógnito en nuestros predios. ¿De cuando acá cabría imaginar que no iba a sobrevivir más cultura que aquella que los ciudadanos permitieran, gracias al mecenazgo de su favor? ¡Se ha acabado con los pedigüeños y la limosnería! Reconozco que a veces tengo la tentación de pensar en la epidemia como en la ósmosis inversa, por señalar el más benéfico de los inventos, potabilizar el agua del mar, que vale tanto como peinar los vientos o arrancarles, a las nubes, el agua a discreción. Pasó por nuestra nación y ha conseguido hacer aflorar en nosotros lo mejor que teníamos, tan oculto como el oro en la mina…¡Bien podríamos hablar de una nueva Pascua! Pasó la epidemia por nuestros hogares despojándonos de la sombra de la caína y del acibarado rencor, y vistiéndonos con las luces de la razón… Sea como haya sido, lo cierto es que son pocos o ninguno los que aporrean en las puertas del favor gubernamental para vivir del arte del cuento de ser seres escogidos por las inquilinas del Helicón para hacernos más grato y complejo nuestro afiligranado camino hacia la muerte. Hube de hacerme las cruces en las que no creo cuando supe que, acaso a imitación de la que fuera la pérfida Albión y primera democracia europea, los trabajadores satisfacían sus cuotas sindicales, lo que permitía que sus líderes, sin el ostentoso lujo preepidémico de su sindicalismo vertical, viviesen austeramente al servicio de sus afiliados, aligerando la sangría que las arcas públicas sufrían por tal motivo, ¡que jamás «razón»! ¡Qué había sucedido, en tan pocos meses, para que hasta hubieran desaparecido los vocingleros programas de la telebasura, fueran «del corazón», fueran «políticos», que tanto habían envenenado a las gentes! La quiebra de los media públicos, una vez que los gobiernos solo atienden a lo esencial, ha mejorado de tal manera las arcas públicas que han permitido una reconstrucción muy mejorada de un sistema de salud gracias al cual no habrá, de ahora en adelante, epidemia que nos pille por sorpresa, con el gobierno cambiado, para mal, como ha ocurrido con la recién pasada. Cualquier español que no hubiera estado lejos de España, físicamente, porque la vinculación emocional es imposible perderla, y que ahora recapacitara sobre el país que «ha salido» de la epidemia, creería que esa epidemia ha sido, en realidad, un potente narcótico que nos ha inducido un sueño tan profundo a todos los ciudadanos, que ahora el despertar a cuanto vengo describiendo no le quedaría más remedio que reputarlo de sueño idílico o quimera de la razón o bendición muda de la pítima… Temí que una España de la que hubiera desaparecido la picaresca, las malas artes, los chanchullos, el amiguismo, el nepotismo, la arbitrariedad, el despotismo asnal, el saqueo institucional, en definitiva, el clásico «ande yo caliente…», bien pudiera pasar desapercibida, como tal, en el concurso de las naciones. Acometiome la extravagancia imaginativa de pensar que habría desaparecido como nación, que, de pura exquisitez sociocutural, nos habríamos evaporado, y que ahora el estrecho de Gibraltar se extendería entre las costas de Marruecos y los Pirineos franceses, los cuales descenderían abruptamente hasta el mar, formando singulares acantilados inexpugnables… Pellizcarse es recurso más antiguo que persignarse ante lo desconocido, lo pavoroso o el mal, tan contundente como desmadejadas son sus representaciones; de ahí que lo prioritario era arrancarse un quejido y un escozor punzante para dar crédito a la revolución española pendiente e independiente de cualquier previsión o amenaza ideológica. Pues sí, que cada cual viva honradamente de su propio trabajo, creado o conseguido en buena lid emprendedora o subordinada, seguía siendo, después del fiero pellizco, una realidad irrefragable. ¡Cómo sería esta España de distinta, que ya nadie celebraba «hazañas» como la del Dioni o la de Paesa, ni parecía que se viera con buenos ojos la existencia de parásitos que, antes de la epidemia, eran una plaga infinitamente más nociva que los deletéreos efectos de la pandemia que nos ha diezmado, sobre todo a los diosos apartados por las familias a los modernos lazaretos de las «prisiones para mayores»! Sí, sí, es injusto convertir moralmente la epidemia en una plaga bíblica que nos castiga por haber segregado del cuerpo social a quienes, antes de ser considerados «un estorbo», lo fueron todo para todos. Ahora, como si de hecho esa lectura del mal fuera la que todos hemos hecho, los hogares vuelven a contar entre sus miembros con quienes, en su mayoría, cuidaron, con anterioridad, de quienes los expulsaron, después, de la compañía de los carentes de tiempo, de afecto y de virtud. La propia vida comunitaria se ha despojado de las puntiagudas aristas que, en unos lugares más que en otros, la hacían o imposible o tan difícil como mantener el decoro sin caer en nuestras antiguas baladronadas, desplantes y desaires, por no mencionar las rufianadas y los matonismos de cloaca… No, no nos recreamos en unas relaciones versallescas, porque lo propio nuestro es la llaneza sin afectación, que estipulara Cervantes en la novela menos leída en España; pero es lo cierto que en la nueva nación «liberada»  es un placer observar la fiebre del civismo que sufren todos los ciudadanos y que, sin duda, pronto me afectará a mí también, porque, bien practicada, es tan contagiosa como la propia epidemia vencida, la barbarie o el sectarismo faccioso que ha sido, hasta hace nada, una de nuestras inconfundibles señas de identidad. Hasta me pregunto si, dadas las nuevas costumbres, los benéficos hábitos no recuperarán de aquí a nada el uso generalizado del sombrero, no ya porque, como publicitaba el franquismo, «los rojos no lo usaran», sino porque alzarlo cortésmente al paso de nuestros conocidos o llevarse, more western, dos dedos al ala del mismo para saludar a los mismos ahorra otras gesticulaciones que la distancia proxémica (valga la contradicto in adiecto) postepidémica nos ha impuesto. Sí, reconozco que tiene difícil explicación que una nación consumidora de basura mediática y con la casta política más mediocre del continente europeo haya sufrido tal transformación, semejante metamorfosis, y que esto lo haya sido «para bien», en vez de habernos despertado convertidos en escarabajos; pero en ningún tratado o manual, de resistencia o de clarividencia…, está escrito que  lo peor no pueda mutar en lo mejor o , como es el caso, en lo correcto, esto es, en lo justo y lo necesario. ¡Soñemos, alma, soñemos! 
1.     ¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, jalón plantado en las lejanías de su camino!
             (Benito Pérez Galdós. Alma Española. Año 1, número 1)

lunes, 4 de mayo de 2020

«¿Merece la pena tener alma?», conferencia de Gregorio Luri en la «Institución Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno».




Una lúcida reflexión sobre el alma, el ser, lo común, el valor y la virtud en tiempos de reclusión frente a la «peste» moderna de los virus que nos recuerdan nuestros límites y nuestra grandeza…


Una de las tardes de la reclusión cívica forzada que no nos queda más remedio que observar a todos los españoles, unas 500 personas de diferentes lugares del mundo nos reunimos, cada cual ante su ordenador, para seguir la conferencia que Gregorio Luri dictó sobre el alma con la habitual facilidad del autor para disertar sobre lo humano y lo divino, allegando las fuentes más dispares y los hechos en apariencia más inconexos, lo que siempre enriquece extraordinariamente sus divagaciones.
«¿Merece la pena tener alma?» rezaba la convocatoria de la conferencia auspiciada por la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, y que yo tuve la suerte de ver anunciada en Gorjeolandia (aka Twitter), razón por la cual pude sumarme a esa audiencia «masiva» -tratándose de un asunto de índole filosófica-, la «inmensa minoría» del poeta andaluz universal. El enunciado, desafiante, como le gustan a Luri, quien, al menos desde que yo lo conozco, siempre ha tenido el sapere aude por divisa, nos interpelaba de un modo íntimo, porque la propia concepción del «alma», concepto borroso donde los haya, casi siempre ha estado asociada al fenómeno religioso, ámbito en el que tiene un carácter axial.
Eso es lo primero que me llamó la atención del abordaje del filósofo, la renuncia expresa a ligar el concepto al campo de la antropología religiosa. Podríamos decir que Luri pretendía indagar lo que de demasiado humano hay en el concepto de alma para que todos pudiéramos usarlo desde una dimensión individual y social que excluyera las creencias religiosas;  un «alma», pues, muy atada a la «materia», pero sin dar el paso de reconocerla «hija» de esta, aunque el arranque del discurso nos situó en la «somatización» de la misma a través del fenómeno de la vergüenza. La autoconciencia de nosotros mismos y de la indignidad de nuestros actos, cuando tal cosa ocurre, provoca la vergüenza y el enrojecimiento facial que delata, precisamente, uno de los principales indicadores de la existencia del alma en la persona: no haber sabido estar a «la altura» de nuestras propias exigencias morales.
No es baladí el uso de un concepto espacial, porque por nuestras raíces culturales tendemos a situar la virtud en lo alto, de ahí que hablemos de tener la moral subida o de que nos hallemos abatidos o que se nos caiga el alma a los pies en el caso contrario. Luri conoce y domina el lenguaje coloquial con la penetración psicológica de quien sabe que no se habla por hablar y de que las expresiones que «fraguan» en las lenguas son la expresión de conocimientos sutiles que no les pasan desapercibidos a quienes saben mirar de frente y sin prejuicios cualesquiera manifestaciones del saber: por eso ligó el rubor de las mejillas, producido por la vergüenza, con el famoso dicho de que la cara es el espejo del alma.
De la vergüenza pasó Luri -y perdóneseme si me salto fases de su discurso, pero no lo oí para escribir estas líneas, sino para deleitarme en el sinuoso curso, lleno de acentos afectivos, de su pensamiento, lleno de la humanidad a la que ahora misma doy entrada…- a la Humanitas que, según él, traduce la paideia griega. Y por ahí es por donde llegamos a 1550 en la ciudad de Valladolid, donde Carlos I decide suspender todas las guerras que se libraban en “las Indias” para aclarar, con los teólogos, un escrúpulo de conciencia determinante, para Luri, de la primacía de la razón, del discurso moral, sobra las armas -resolviendo antes de tiempo el noble discurso de don Quijote-.
Se trataba de saber si la guerra a los indios menoscababa la dignidad del rey, al no estar a la altura de la misma. Durante ocho meses, juristas y teólogos, a puerta cerrada, discutieron sobre si el Rey disponía de un ‘justo título’ para proceder con la conquista tal y como se estaba desarrollando, y sobre cuál era el status jurídico de los indios: si seres sin alma («desalmados» salvajes), como sostuvieron algunos,  o entes racionales y libres que habrían de gozar de su propia libertad, como sostuvieron otros, principalmente Las Casas?  No llegaron a un acuerdo, pero de ahí arranca el reconocimiento del otro, del diferente, como el igual de uno mismo, con la misma alma. Antes, en El villano del Danubio, de Antonio de Guevara, Luri ya había descubierto las raíces de esa reflexión humanista: Quien toma por fuerza lo ajeno, es justo que pierda por derecho lo propio.
El dilema del Emperador es el de cualquier nación, en la medida en que, para Luri, se trata de una institución moral que se ha de orientar por los claros y altos ejemplos de la virtud. Está claro que tales aspiraciones «cenitales» por fuerza provocan diferencias entre las personas, lo cual está mal visto en la época actual del «igualitarismo» a ultranza. Tendemos a evaluarnos con un criterio horizontal, no vertical. Y tendemos a ser más sensibles que racionales. No aspiramos, siguió Luri con su visión crítica del presente, a la vida buena, sino a la vida indolente. No domina la «emotividad», no el afán de trascendencia.
Ante este panorama, Luri se atrevió a dar una definición de «alma» que proponía como objeto de debate: El alma es una instancia en la cual lo mejor que podemos llegar a ser se dirige a la inercia de lo que somos. De igual manera que el existencialismo hablaba del ser-hacia-el-futuro, del proyecto de vida futura que por el hecho de vivir todos ideamos y que  condiciona nuestro presente, Luri defendió algo así como el ser *futurizador, al que no podemos entender sin las expectativas que proyecta sobre sí. La vida humana, así pues, y coincide con Sartre, consiste en proyectar y en preferir, en elegir.
El alma, en consecuencia, sería aquella interioridad a la que algo «alto», virtuoso, pues, nos reclama; porque lo específicamente humano, lo propio del ser es, en realidad, la distancia entre lo que somos y lo que aspiramos a ser. Por eso el lenguaje coloquial ha resuelto la tensión a través de una oposición espacial: lo que somos, la humildad terrena de la que nacemos, y la altura de la virtud, a veces inalcanzable. Le llamó la atención a Gregorio la comparación que hacía un articulista anglosajón entre el recién nacido humano, que nada es ni se vale por sí mismo, y los animales, capaces ya, desde el primer momento de notable autonomía: los potros, los corderos, los elefantes… ¿Puede decirse del recién nacido humano que tiene alma, tal y como se ha concebido hasta ese momento en el desarrollo del tema, como la conquista de lo mejor de nosotros mismos? Consciente del punto débil que suponía tal circunstancia en su argumentación, Luri escogió el camino de la poesía: la mirada de la madre hacia el recién nacido al que amamanta es como la ensoñación de lo más alto: la mirada proyecta expectativas de superación. Lo más alto, así pues, ejerce un papel trascendente en la medida en que nos trascendemos. Enseguida advertí que el nexo carnal entre la madre y el hijo, el contacto físico que permite el alumbramiento del alma, lo representaba el nacimiento de Adán en La Capilla Sixtina, o el contacto de la mano del escultor animando, como Pigmalión, a su “criatura”, a Galatea. Como nos recordó él.
Insistió Luri, ya en el tiempo reservado a las preguntas, en la materialidad de su propuesta de definición del «alma». Nada más carnal, más sensual, que el alma propuesta por Luri. La conquista de uno mismo a través de la persecución de la felicidad, esa voluptuosa dama esquiva, tal y como le pidió su criatura a Frankenstein: concédeme la felicidad y seré virtuoso.
Concluyó Luri recordándonos la diferencia entre la filosofía antigua y la moderna. La antigua aspiraba a definir las cosas para hallar su ser. La moderna busca la definición de definición para dejar que los seres fluyan ilimitadamente. Pero lo cierto, según el ponente, es que nos define la pugna con nuestros límites. El mundo antiguo sentía pánico ante la indefinición porque para ellos eso representaba el caos.
Que cada cual ha de ser, como quería Ganivet, el escultor de su alma, creo que nos quedo claro a todos. Y la mejor manera de sacarla del bloque de granito o de mármol era a través de los sentidos, a través de la caricia, del contacto con los otros, porque esa relación es la que nos define como seres con alma, frente a los «desalmados» que reniegan del cálido contacto con sus semejantes y se inclinan hacia la agresión o el ultraje «inhumanos».
Nos recordó el filósofo que del mismo modo que no hay comunidad ni persona que sobrevivan sin ser portadores de algún valor, cada uno de nosotros necesitamos que los demás nos reconozcan y confirmen el valor que atesoramos, a fuer de haberlo descubierto en esa pugna con nuestros límites y en el equilibrio entre lo que somos y a lo que aspiramos. Si la cara es el espejo del alma, el ojo es ojo porque otro ojo te ve, diríamos con Machado o, como escogió Luri, platonista ejemplar: el alma solo la vemos reflejada en los demás.
No hablamos, sin embargo, de algo sencillo y que nos sea dado por el simple hecho de desearlo. Conquistar el alma propia exige, como quería Ortega, nos recordó Gregorio, que hagamos como Josué ante Jericó…  La necesidad del otro para que se nos reconozca el alma incluye en el planteamiento una dimensión social del alma que, lejos de ser contradictoria con la conquista individual de la misma, podemos entenderla como complementaria, y de ningún modo una excluye la otra: que nuestra alma no sea alma verdadera hasta que los demás no nos la reconozcan como tal no impide que el primer movimiento de «creación» virtuosa de la misma haya de salir de nosotros. Y en él hemos de perseverar, porque, de hecho, la conquista de nuestra alma es el argumento de nuestra vida, y es muy posible que lleguemos a nuestras postrimerías sin tener el convencimiento de haberlo conseguido. Ya dirán los demás, eso sí…la última palabra al respecto.
Espero no haber sido demasiado infiel ni torpe en la reconstrucción casi de memoria de un discurso que alimenta no pocas líneas de reflexión vitalmente apasionantes.
¡Gracias, maestro!


martes, 14 de abril de 2020

«La educación del género humano» (1780), de Gotthold Ephraim Lessing o un ilustrado en apuros…



El extraño y oscuro viaje místico-religioso hacia la Razón de un ilustrado bibliotecario, crítico de arte, dramaturgo y filósofo por libre...

Cuando adquirí La educación del género humano lo ignoraba casi todo de Lessing, salvo su espíritu tolerante e ilustrado que llevó al teatro con una obra clásica en la formación de los alemanes, Nathan, el sabio, hasta que llegó el nazismo, como es fácil de comprender, y su estudio sobre la representación artística a propósito de una obra tan impresionante como el Laocoonte y sus hijos, presumiblemente de los artistas de Rodas Agesandro, Polidoro y Atenodoro. Lessing estableció en ese ensayo la distinción básica entre la poesía y la pintura y escultura, reservando para la primera el dominio del tiempo (sonidos articulados) como su característica fundamental esencial y para las segundas el espacio (mediante la forma y los colores). Igualmente, y dentro de la atención que le dedicaron los autores alemanes a nuestros autores barrocos, Lessing fue traductor de La vida es sueño, de Calderón. Al parecer, en el origen de esas disquisiciones acerca de las diferencias entre pintura y poesía, sobre todo, debe situarse, según Lessing, la caracterización que de ambas hiciera el poeta griego Simónides de Ceos: “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda”.
Con tan escaso bagaje, reconozco que me esperaba una disertación pedagógica en la línea de una tradición de tratados que arranca, probablemente, de Luis Vives y que pasa por Rousseau y acaba, pongamos por caso, en la escuela moderna de Ferrer y Guardia.  Al hojearlo y ver que se había escrito mediante la técnica de los aforismos, acaso tomada de la devoción que tenía Lessing por Spinoza, advertí enseguida que la línea de reflexión iba más por el arduo y enrevesado camino de una lectura insólita de la palabra de Dios que por el arte antiguo de la Paideia, pero no dudé en salir de la librería de segunda mano con él, prometiéndomelas tan felices como siempre que cualquier volumen supera ese rápido escrutinio y acaba formando parte de mi vida, antes que de mi biblioteca.
También he de reconocer que a quien la idea de Dios apenas le parece una ficción afortunada y exitosa, como es mi caso,  una reliquia aún actuante de los tiempos arcaicos de la superstición, el miedo y el desamparo, no le es fácil aceptar este mundo de creencias que se ofrecen como verdades absolutas y se toman con una seriedad digna de debates medievales como de los que arranca este texto de Lessing, porque su teoría de las tres edades del género humano: la niñez del Antiguo Testamento; la madurez del Nuevo Testamento y la culminación de la Razón ilustrada tiene su origen en las doctrinas, en aquel momento heréticas de Joaquín de Fiore, recogidas en su obra Concordia del Nuevo y del Antiguo Testamento (Liber Concordiae Novi ac Veteris Testamenti, en el original latino).
         Como nos resume Emilio Estiu en las esclarecedoras notas que le pone al casi esotérico texto de Lessing:  Según su filosofía de la historia, el hombre ha ido progresando y a la vez cambiando de una manera real en sus conceptos acerca de la divinidad y de las relaciones entre Dios y el hombre. Hubo una primera época en la que Dios regía a los hombres por la Ley: es la edad del Padre o del Antiguo testamento; la segunda época, la de su propio tiempo, era la edad del Hijo, en la que los hombres obedecen a Dios por la fe en el ejemplo de Cristo; llegará una tercera época -que Joaquín profetizaba como muy cercana y que se iniciaría hacia 1260- que será la edad del Espíritu Santo- y en la cual el hombre contemplará directamente con el alma a la divinidad. Entre una edad y otra hay un proceso dialéctico por el cual la última, al trascender a las anteriores, no las anula, sino que las conserva como contenidos de ella y como pasos necesarios de su aparición. «El primer tiempo -dice Joaquín- ha sido el del conocimiento, el segundo el de la sabiduría, el tercero será el de la plena inteligencia. El primero ha sido la obediencia servil, el segundo la servidumbre filial, el tercero será la libertad. El primero ha sido la experiencia, el segundo la acción, el tercero será la contemplación. El primero ha sido el temor, el segundo la fe, el tercero será el amor […] La primera edad se refiere al padre, que es el autor de todas las cosas, el segundo al Hijo, que se dignó revestirse con nuestro barro, el tercero será la edad del Espíritu Santo de quien el apóstol dice: Donde está el Espíritu del Señor está la libertad».
         De alguna manera, lo que está en juego dialéctico es lo que Umberto Eco llamó «la triple calígine: la eternidad del mundo, la unicidad del intelecto y la ausencia de penas ultraterrenas», todas ellas ideas que nacen en la lectura que hace Averroes de Aristóteles y que chocan con la ortodoxia de la iglesia católica. Por ese sendero que transita Lessing y que lo lleva a la reinterpretación del Antiguo y Nuevo Testamento, comparándolos con la educación de un niño, al que se ha de estimular para que él mismo llegue hasta el uso de la razón, asumiendo en sí la herencia del camino recorrido, hay una relectura de la elección del pueblo judío como epítome de la Humanidad: de ser un pueblo rústico y sin más dios propio que el de conveniencia, hasta convertirse, por influjo de culturas superiores como la persa, en el pueblo escogido que descubre la supremacía del Dios Único y la inmortalidad del alma, no sin un duro proceso de rechazos y reinterpretaciones de su relación con Dios a través de los profetas y de los creadores, en Babilonia, del Libro de libros.
         Para entender bien el drama íntimo que se refleja en estos aforismos, hemos de tener en cuenta que la Ilustración chocaba de frente con cualquier idea de lo suprarracional, que rechazaba radicalmente. Lessing, por lo tanto, desde una creencia en la metempsicosis, muy propia de la época, va a intentar demostrar la gran aventura del género humano hacia su independencia racional a través de las fases de creencia en el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Debajo de este debate subyacía otro: si la ética racional era o no independiente de la moralidad heredada de la religión. Como recuerda Feliu en el prólogo, Lessing solía decir: Según el conocimiento, somos ángeles; según la vida, diablos. Y esa tensión está presente a lo largo del teto de forma inequívoca, porque para Lessing  el valor de la conducta moral depende de la pureza con que el hombre concibe sus relaciones con Dios.
         Nos enfrentamos, pues, a una narración casi épica de esas tensas relaciones con Dios que nacieron en el pueblo liderado por Moisés en su éxodo y que se religaron con la actualización del testimonio y el legado de quien se proclamó Hijo de Dios. Siempre, además. No lo olvidemos, con la analogía de la educación como referente último de la misma para hacer accesible la interpretación: [20] Mientras que Dios conducía a su pueblo elegido por todos los grados de una educación infantil, los otros pueblos de la tierra continuaban su camino guiados por la luz de la razón. La mayor parte de ellos habían quedado muy por atrás del pueblo elegido; solo algunos lo aventajaban. Y también esto ocurre con los niños que se dejan crecer solos: muchos siguen siendo totalmente incultos pero otros se educan a sí mismos de un modo asombroso. La tesis básica de la obra es que la Revelación divina va a impulsar el descubrimiento de la Razón por parte de los fieles de un modo más ventajoso que el acceso a la misma por cuenta y riesgo de cada cual y de cada sociedad. A mí me llama la atención el esencial paralelismo que subyace entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, porque escoger un pueblo inculto como vehículo de afirmación existencial del Dios único y del sentido del más allá tras la muerte es esencialmente el mismo proceso que siguió Jesucristo al escoger a los hombres menos preparados, los más humildes, como sus discípulos para asegurar la transmisión de su nueva Alianza con la especie humana, mediante la cual le sería perdonado a todos el pecado original y disfrutarían de la gloria divina tras la muerte, afirmando la inmortalidad del alma que no recogía el Antiguo Testamento.
         Lessing describe cómo los israelitas se preguntaron, estando sometidos a los persas, por qué ellos no tenían concepciones religiosas más razonables: [39] Así -en virtud de la doctrina persa más pura- los judíos no solo reconocieron en su Jehová al más grande de todos los dioses nacionales, sino a Dios mismos: lo encontraron como tal en sus Sagradas Escrituras nuevamente buscadas, y pudieron mostrarlo así a los otros, porque realmente estaba en ellas. Manifestaban además un horror tan grande por cualquier representación sensible del mismo -semejante horror por lo menos estaba indicado en estas Escrituras- como el de los persas. No es extraño, pues, que su culto encontrara gracia ante los ojos de Ciro, aunque él lo considerara muy lejos todavía del puro sabeísmo [El culto de los habitantes de Saba], pero también muy por encima de las groseras idolatrías que se habían apoderado de la tierra abandonada por los judíos. Recordemos que la idolatría de los judíos permaneció durante mucho tiempo después de aquella famosa adoración del becerro de oro en las faldas del Sinaí. Pasar del Dios bélico y todopoderoso al Dios único, al que es, como esencia de lo real y de la vida, no fue un camino fácil y, como hemos indicado antes, fue una concepción que comenzó a desarrollarse entre ellos al contacto con culturas más avanzadas, como la persa.
         Sigamos con ese desarrollo del pensamiento que describe Lessing. Una vez que el pueblo escogido es capaz de alzarse a la concepción de un Dios más allá de los castigos y las recompensas, de un Dios útil en función de su ayuda para someter a otros pueblos y otros dioses, aparece Cristo: [53]Tenía que llegar un pedagogo mejor para que arrebatara de las manos del niño al agotado libro elemental. Llegó Cristo. El género humano, seleccionado por Dios en la «persona» del pueblo judío, ya había «madurado». O sea, pasamos del temor a Dios a una visión del sujeto en libertad, autónomo, éticamente responsable de sus propios actos. O dicho en la terminología pedagógica que usa Lessing: El niño [el pueblo judío] llegó a ser joven: las golosinas y los juguetes [las recompensas y castigos del Dios todopoderoso y terrible] cedieron su puesto al deseo incipiente de ser tan libre, respetado y feliz como sus hermanos mayores [los sabios griegos egipcios y los cultos persas de Babilonia].
         [58] De este modo, Cristo fue el primer Maestro auténtico y práctico de la inmortalidad del alma. [Auténtico, en palabras de Lessing, «por las profecías que parecían acabadas en él» […], «por los milagros que ejecutó» […] «y por su propia resurrección»]. Lo sorprendente es lo que añade, desde la perspectiva ilustrada a continuación: No nos interesa ahora discutir sobre si esta resurrección y estos milagros se pueden demostrar o no, como tampoco nos interesa saber quién haya sido la persona de este Cristo, es decir, deslinda claramente la crítica histórica positiva de lo que simbólicamente representa, en términos de progreso racional, la aventura de reflexión religiosa que nos lleva desde la superstición hasta el dominio de la Razón a través de la Revelación divina. Uno sospecha, con todo, que esa Razón ilustrada que se encarnó en Lessing, un campeón absoluto de la tolerancia religiosa, un rasgo de su personalidad algo más que inusual en su época, ¡y aun hoy!, la concibe este más como un regalo de Dios que como una conquista de la Humanidad, propiamente. Algo se revuelve dentro de él cuando se plantea lo que para cualquier racionalista debería de ser obvio: El Universo no necesitó ayuda de Dios para existir, como dijo Hawkins. De igual modo, es irrelevante para la existencia de la especie humana sobre la Tierra, y para la andadura sinuosa que ha trazado sobre ella y que seguimos trazando, ¡quién sabe si hasta el apocalipsis predicho por el de Patmos, pero sin intervención supraterrenal!
¿En qué sentido, pues, cabe preguntarse, la nueva doctrina de Cristo sobre la inmortalidad del alma “ha dado un nuevo impulso a la razón humana”? La explicación de Lessing tiene que ver con la tradición judeocristiana como un camino privilegiado frente a otras «soluciones» como supone el resto de religiones o las religiones orientales sin dios, como el budismo: [65] Durante diecisiete siglos han ocupado a la inteligencia humana más que cualquier otro libro: la han iluminado como ningún otro, aun cuando no haya sido más que por la luz que en ellos introducía el entendimiento humano mismo. En este sentido, Lessing considera que la existencia de un único libro, (La Biblia, con los Evangelios) fue más ventajoso para el entendimiento humano que si cada pueblo por sí hubiese tenido su propio y particular libro elemental; del mismo modo que también fue ventajoso por el hecho de que durante cierto tiempo cada pueblo tuviese a este libro como el non plus ultra de sus conocimientos. Ve Lessing en él una suerte de depositario de verdades reveladas a las que solo podremos llegar con la Razón, pero sin renunciar a los pasos anteriores que nos han permitido trascender los textos y entender conceptos definitivos, «fundacionales», como la identificación de Dios como el principio «único» de todo lo que es o la inmortalidad del alma, mediante la muerte y resurrección de Cristo.
Y aquí llegamos al momento en que Lessing se extravía por una hermosa demostración del sentido de la Santísima Trinidad que supera cualquier expectativa de verosimilitud para un agnóstico e incluso para un Ilustrado como él mismo lo fue, a su manera. Él la propone como una suerte de demostración de la unicidad de Dios, más allá de las vías «humanas» que escogió para reafirmarla, a través del ungimiento del Hijo: [73] Por ejemplo, la doctrina de la Trinidad. Si se pusiera fin a infinitos tanteos errados, ¿esta doctrina no conduciría acaso al entendimiento humano al reconocimiento de que es imposible que Dios pueda ser uno, en el sentido en que las cosas finitas son unas? ¿No lo llevaría a la admisión de que también su unidad es una unidad trascendental que no excluye una especie de pluralidad? ¿No es necesario que Dios, por lo menos, tenga la más perfecta representación de Sí mismo, es decir, una representación en la que se encuentre todo lo que está en Él? ¿Y se encontraría en ella todo lo que en Él está si solo tuviera de su realidad necesaria y de sus demás cualidades una mera representación o una mera posibilidad? Esta posibilidad agotaría la esencia de sus restantes cualidades; ¿pero agotaría también a su realidad necesaria? No lo creo. Por tanto, o Dios no puede tener una perfecta representación de sí mismo o esta perfecta representación es igualmente una realidad necesaria tal como Él mismo, etc. Cierto que mi imagen en un espejo no es más que una vacía representación de mí mismo, porque solo tiene de mí lo que los rayos luminosos proyectan sobre su superficie. Pero si esta imagen tuviese todo, absolutamente todo lo que yo tengo, ¿sería todavía una vacía representación o un verdadero desdoblamiento de mi yo? Cuando creo reconocer en Dios un desdoblamiento semejante, más que equivocarme, someto mis conceptos al lenguaje [limitado]; pero lo que sigue siendo incontradictorio es que quienes quisieron tornar popular esta idea difícilmente se hubieran podido expresar de modo más claro y hábil que llamándole un Hijo que Dios engendra para la eternidad. [76] No se me reproche que semejantes sutilezas sobre los misterios de la religión están prohibidas. En los primeros tiempos del cristianismo la palabra misterio significaba algo completamente diferente a lo que ahora comprendemos por ella y la configuración de las verdades reveladas en verdades de razón es absolutamente necesaria si es que el género humano quiere verse ayudado por ellas. Es cierto que cuando fueron reveladas no eran todavía verdades de razón: pero fueron reveladas para que llegaran a serlo. [78] No es cierto que las especulaciones sobre estos temas hayan causado jamás daño y hayan perjudicado a la sociedad civil. No se ha de llevar esta objeción a las especulaciones mismas, sino a la locura y tiranía de querer dirigirlas y de no permitirlas a los hombres que las habían ejercitado.
Me temo que, en el fondo, el afán dialéctico de Lessing no es otro que convencernos de que la Razón es la hipóstasis evidente de Dios y que a ella solo se llega a través, como ya hemos dicho anteriormente, de la revelación, independientemente de la «realidad histórica» que pueda ser la base incontrovertible e irrefragable de la misma. Por ello es por lo que su concepción de la Trinidad es consustancial a su planteamiento, y el modo como se resuelve el acceso a la Razón desde la Revelación. Emilio Estiu nos dirige al texto complementario en el que Lessing expresa su pensamiento con total claridad y pertinencia respecto de lo que estamos tratando:  En Das Christentum der Vernunft (El cristianismo de la razón), se lee:  1. El Ser perfectísimo y único no se ha podido ocupar, desde la eternidad, sino con la contemplación de lo perfectísimo. 2.  Lo perfectísimo es Él mismo y por tanto Dios solo se ha podido pensar, desde la eternidad, a sí mismo. 3. Representar, querer y crear son en Dios una misma cosa. Por tanto, se puede decir: todo lo que Dios se representa lo crea también. […] 5. Dios se ha pensado desde la eternidad en toda su perfección; esto es, Dios creó desde la eternidad un Ser al que no le faltaba ninguna de las perfecciones que Él mismo posee. […] 9. Cuanto más de común tienen dos cosas, tanto más grande es la armonía entre ellas. Por tanto, la mayor armonía tiene que estar entre dos cosas que tienen todo en común; es decir, entre dos cosas que juntas son solo una. 10. Tal es lo que ocurre con Dios y el Hijo-Dios o la Imagen idéntica de Dios; y las Escrituras llaman a la armonía que existe entre ellos Espíritu que viene del Padre y del Hijo. 11. En esta Armonía está todo lo que está en el Padre y por tanto todo lo que está en el Hijo; luego, esta Armonía es Dios. 12. Pero esta Armonía es Dios; de modo que no lo sería si el Padre y el Hijo no fueran Dios; y ambos no podrían ser Dios si no hubiese esta armonía: esto es: los tres son Uno.
Me parece evidente la oscuridad del planteamiento de Lessing y las constantes peticiones de credulidad que dirige al lector para que las «verdades reveladas» puedan devenir «verdades de razón». Y ese esa es la tesis central de La educación del género humano, en realidad, o dicho con sus propias palabras, [82] La educación, tanto en el género como en el individuo, tiene su fin. Quien ha sido educado, fue educado para algo. Así pues, la Razón deviene ese instrumento que nos permite conocer, sobre todo, la existencia del Dios único y la convicción, consecuente, de que existe tal cosa como la inmortalidad del alma. A lo largo del desarrollo propositivo del libro, Lessing, que estaba leyendo en los días de la redacción de este «opúsculo», la obra de Charles Bonnet, Palingenesia filosófica [Palingénésie philosophique (1769)], se adentra en esa suerte de eterno retorno nietzscheano con una fe digna de mejor causa: [93] Cada hombre en particular tiene que haber recorrido (más temprano o más tarde) el mismo camino por el cual el género alcanza su perfección. «¿Pero tiene que haberlo recorrido en una y la misma vida? ¿Puede haber sido en la misma vida un judío carnal y un cristiano espiritual? ¿Puede en la misma vida haber sobrepasado a los dos?» [94] Difícilmente será así. Pero ¿por qué cada uno de los hombres, individualmente considerados, solo podría haber existido en este mundo únicamente una vez? [95] ¿Es esta hipótesis tan risible por ser la más antigua? ¿O porque cayó en ella el entendimiento humano antes de ser destruido por el espíritu sofístico de las escuelas?[96] ¿Por qué no habría de retornar tantas veces como sea capaz de alcanzar nuevos conocimientos y habilidades? ¿Llevaría tanto conmigo de una sola vez que no valdría la pena volver? [97] ¿No es mía la eternidad entera? Esta concepción de la preexistencia del alma y la creencia en la metempsicosis era bastante común en la época. Se encuentra en obras juveniles de Kant y Herder la sostiene en sus Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad , con el mismo fin que Lessing: para que el progreso del género humano sea a la vez el desenvolvimiento del alma individual. Para completar el pensamiento de Lessing al respecto, se ha de bucear en otros escritos del autor, como nos propone Emilio Estiu en las valiosas notas que nos aclaran el sentido último del oscuro texto de Lessing:  en Dass mehr als füynf Sinne für den Menschen sein können (Que para el hombre pueden existir más de cinco sentidos), Lessing escribe:  Mi sistema es, por cierto, el más antiguo de todos los sistemas filosóficos. Pues en verdad no es más que el sistema de la preexistencia del alma y de la metempsicosis que no solo fue pensado por Pitágoras y Platón, sino también, antes que por ellos, por los egipcios, caldeos y persas, es decir, por todos los sabios de Oriente. Y ya este hecho le es favorable. La opinión primera y más antigua, siempre es, en cosas especulativas, la más verosímil, debido a que el sano entendimiento del hombre enseguida se percató de ellas.
Y en ese punto acaba Lessing un opúsculo escrito desde una idea panteísta de Dios que choca, necesariamente, con el afán ilustrado de quien quiere abrirse camino con la Razón en la senda llena de espinos de la superstición humana. Lo que defiende Lessing es que solo la idea de Dios nos hace mejores y le da sentido a nuestras vidas, pero la ética no religiosa es capaz de proveer a cualquiera de los mismos valores positivos sin tener que ceder ante una explicación tan simple de nuestra existencia como especie sobre el planeta. Se vive tan humanamente sin la ficción de Dios que a algunos nos resulta incomprensible el empecinamiento de nuestros congéneres en vivirla, la ficción, con una pasión que desborda nuestra capacidad de entendimiento. Sí, seguramente la religión es una sumisión gozosa al misterio, ese concepto que, para Lessing, difiere mucho de cómo se entendía en los albores del descubrimiento «razonado» del Dios único, sede de la realidad toda, fundamento y destino último de ella. Se trata de una superstición, en efecto, pero he de añadir que, junto a la barbarie intolerante que ha generado a lo largo de la Historia -e incluso en la Prehistoria-, no es menos cierto que esa creencia ha contribuido ampliamente al desarrollo tanto del pensamiento como, sobre todo, del arte, algo que me parece indiscutible. ¡Qué sería del turismo europeo de los agnósticos sin las visitas a los templos y a las ruinas! Yo viví inmerso en la acrítica cultura religiosa de mis progenitores hasta los 14 años. Ni un día más ni un día menos. Desde entonces esa ficción ha quedado relegada, para mí, a un capítulo interesantísimo de la antropología, la abstrusa «filosofía» de la religión, excepción hecha de la gloriosa mística, y poco más. «Siervas», «esclavas», y otras denominaciones semejantes de algunas órdenes religiosas dan fe del poder de esa ficción, del mismo modo que las Actas de los mártires cristianos -que he leído con delectación- dan fe del menosprecio de la propia vida ante la afirmación del Dios mudo y oculto a cuyos representantes en la Tierra tanto cuesta creer… Como escribió  Wallace Stvens: Es la creencia y no el dios lo que cuenta.


miércoles, 1 de abril de 2020

Elogio de la crestomatía: «El viaje de Astolfo en busca del Juicio…» en el «Orlando furioso,» de Ludovico Ariosto.



Un episodio fantástico y moralizante que pudiera considerarse una influencia en Los sueños, de Quevedo. Un viaje a la luna anterior en un siglo al celebrado de Cyrano de Bergerac.
—¿Ya no te he dicho —respondió don Quijote— que quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo como mejor pudiere en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.
                                                                       (Don Quijote I, capítulo XXV)

Las crestomatías siempre han estado al servicio de la enseñanza, porque la selección de textos fundamentales de nuestra Literatura ha servido para enseñar a leer, para educar el gusto literario y como modelo de estilo para muchas generaciones de estudiantes. Con la llegada de nuevas promociones de profesores educados en otra mentalidad y deseosos de poner a disposición del alumnado las obras completas, no solo fragmentos escogidos de las mismas, ha decaído hasta casi desaparecer ese hermoso arte de la compilación de textos fundamentales de nuestra Literatura para la enseñanza. En realidad, ha decaído la edición comercial de las mismas, porque esos libros fueron sustituidos por las antologías que cada profesor de Literatura confeccionaba desde su perspectiva estética. Cuantos hemos sido profesores disponemos de ese arsenal privado de textos con que hemos facilitado el aprendizaje de la asignatura.
En esta ocasión, y dada la evidente limitación que guía siempre el uso de los textos en la enseñanza, el presente nunca llegue a utilizarlo, pero siempre lo he tenido por uno de esos fragmentos que todo el mundo debería de leer alguna vez. Esta es la razón de ofrecérselo a los intelectores amantes no solo del género épico, aventuras de carácter caballeresco, sino también del género fantástico, tan ligado a ellas, como hemos leído con extrema delectación en Chrétien de Troyes, y, sobre todo del ingenio que apuntaba ya al Barroco, en tiempos del Renacimiento, como lo prueban las imitaciones de Barahona de Soto, Las lágrimas de Angélica y el poema narrativo de Lope, La hermosura de Angélica. A mí, más allá de la perspectiva religiosa que adquiere aquí el viaje al más allá en busca del rescate de la cordura de Orlando, me llamó la atención en su momento la felicísima invención de los frascos del juicio que todos tenemos en aquel mundo donde se guardan además, ¡otro hallazgo inmortal!, las cosas que perdemos en este. Me ha venido a la memoria al hacer la crítica de La muerte cansada, de Fritz Lang, donde aparecemos, los seres humanos como velas que se van consumiendo hasta que se apagan al llegar al final de nuestro tiempo asignado. La extrema finura de la invención también me ha traído a la memoria Los sueños, de Quevedo, si bien en este la mordacidad es muy diferente de la suave dulzura que se desprende de los versos de Ariosto, aunque, a falta de una traducción definitiva en verso, he optado por la traducción en prosa de Manuel Aranda, de 1872. Ya metidos en harina filológica, recordemos que la primera versión del poema, la publicó Ariosto en 1516 en dialecto ferrarés, que hubo una segunda versión en 1521 con algún uso del toscano y, finalmente, con el añadido de 6 cantos a los 40 iniciales, se publicó en 1532 la edición definitiva en lengua toscana, de la que el cardenal Pietro Bembo, amante de Lucrecia Borgia, había escrito su primera gramática: Prosas sobre la lengua vulgar.
Y sin más preámbulos enojosos, pongo a disposición de los intelectores este encantador viaje en busca del propio juicio… donde se guarda el de cada cual. Renuncio, en estos tiempos de confinamiento riguroso, a imaginar siquiera sea sucintamente, cómo estarán los frascos del juicio de nuestras autoridades en aquel empíreo hasta el que llegó Astolfo…, si llenos o vacíos.

Astolfo [duque de Inglaterra] refrenó su corcel, dirigiéndolo a paso lento hacia el palacio, que tenía más de treinta millas de circunferencia, y se puso a contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una mansión miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo. ¡Obra sublime de un arquitecto superior a Dédalo! ¿Cuál de nuestros más afamados edificios podrá compararse a ti? ¡Enmudezca a tu lado la gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!
En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable parecía uno de los bienaventurados elegidos del Paraíso. Dirigiéndose con agradable rostro al Paladín, que acababa de apearse respetuosamente de su corcel, le dijo:
—¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado hasta el Paraíso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje, y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oír mis consejos y saber cómo has de socorrer a Carlos, y librar a la Santa Fe del peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mío, de atribuir tu presencia en estos sitios a tu ciencia o a tu valor, pues de nada te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y te diré cuanto debes hacer: ahora ven a recrearte con nosotros, pues tu prolongado ayuno debe serte ya molesto.
El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer a sus hermanos que la muerte no pondría fin a sus días, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera a Pedro: —«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta?». Y aun cuando no dijo: «No debe morir», ellos lo supusieron así. Fue transportado a aquellos lugares, donde encontró a Enoch juntamente con el gran profeta Elías, a quien había precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.
Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitación en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladín diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables a nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó a desobedecer las órdenes del Eterno Padre.
Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente a su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora había salido ya de los brazos de su anciano esposo, á quien ama a pesar de su edad avanzada, y vio que se dirigía hacia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó a tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Después le dijo:
—Tal vez ignoras, hijo mío, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, a quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido a mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fe, como constituyó a Sansón en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hacia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel e impío, quitar la vida a uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razón y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer a nadie, ni aun a sí mismo. Según se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladín ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir su juicio a Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar a Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.
Durante el resto del día, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparose un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elías de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció a él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hacia el Cielo. Remontose el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve a la región del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Después de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, o poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, a nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.
Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detención sus miradas cuando quería distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en la Luna ríos, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevación cual nunca había visto el Paladín: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar continua caza a las fieras.
Como la causa de la ascensión del Duque a las regiones de la Luna no había sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse a apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo a un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo o por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va a parar allí. No hablo de los reinos o de las riquezas que la suerte prodiga o arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar o quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen a Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan a ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resumen, allí arriba podréis encontrar todo cuanto aquí abajo habéis perdido.
Conforme iba pasando el Paladín por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigía preguntas a su guía con respecto a ellos: llamole, sobre todo, la atención uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Después vio una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen a los reyes, a los príncipes y a los poderosos. Vio unas guirnaldas, entre las que había redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un montón de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan a sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden a sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vio Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó a su guía por ellas, y supo que eran tratados o conjuraciones mal encubiertas. Vio serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vio bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condición de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.
—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta después de su muerte.»
Atravesó después una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido a la sazón en un insoportable hedor: era la donación (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vio una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.
No acabaría nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las cosas que allí vio Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los días que había malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habría podido conocerlos en sus distintas formas, si su guía no le hubiera llamado la atención sobre ellos. Después llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir a Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados a tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripción: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenían escrito también el nombre de aquellos cuyo juicio contenían. El Duque vio que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponía en el pleno uso de su razón, no tenían mucha, a juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la había hecho perder el amor; a otros el deseo de honores; a otros el afán de atesorar riquezas, que les obligaba a cruzar la vasta extensión de los mares: estos la habían perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la magia; varios por su pasión por las alhajas, o los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenían allí como en depósito gran parte de su juicio.
Mediante la venia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó a sus narices el cuello de la botella que lo contenía, y creyó sentir que la parte de juicio que había perdido, volvía a colocarse en su primitivo asiento; lo cual sería así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.
El Paladín cogió también la botella más grande y más llena, donde estaba el juicio que solía hacer prudente y sabio al Conde; la cual no era tan ligera como presumió al verla reunida a las otras en la montaña. Antes que el Paladín descendiese de aquella esfera llena de luz, el santo Apóstol le condujo a un palacio situado a orillas de un río: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda, algodón y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes, y otros sucios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se ve a las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados, durante la época de la recolección. Cuando se concluía un copo, otra anciana acudía con uno nuevo, y se llevaba a otra parte lo ya devanado, mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separación.
—¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo a Juan, que no lo puedo comprender?
—Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber la hora en que cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen después para servir de adorno al Paraíso: con los más toscos se hacen fuertes ligaduras para los condenados.
Todos los copos que habían pasado ya por las devanaderas, y estaban preparados para otros trabajos, tenían puestas unas pequeñas planchas de hierro, de oro o de plata con los nombres de aquellos a quienes correspondían. Después se iban haciendo con ellos compactos montones, y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel viejecillo era tan listo y ágil, que parecía haber nacido para correr constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las llevaba a otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré dónde se dirigía y el objeto de su trabajo, si me indicáis que tenéis placer en ello, prestándome la halagüeña atención que acostumbráis.


lunes, 30 de marzo de 2020

Quintañón. En tiempos de cuarentena, que no nos falten las palabras.


Decimoquinta y última palabra del confinamiento (alargado con nocturnidad y alevosía...) que ofrezco como homenaje a nuestros mayores (entre los que soy uno de los menores...).


quintañón, na. adj. Centenario.|| 2.  Muy viejo.
         Las cien libras del quintal son la medida que se toma como referencia para referirse a los centenarios, si bien es éste un dato más olvidado aún que la propia palabra, fuera del personaje cervantino, claro está, al que se asocia como nombre propio, Quintañona, sin que de él se haya dado el salto al uso coloquial para el que probablemente nació, si nos atenemos a la comparación implícita en la palabra. Tiene quintañón, además, toda la apariencia de ser un apellido, como si dijeramos Quiñones, de rancio abolengo, una palabra que nos llega desde los primeros vagidos de la creación de la lengua, como Pero, Mencía, Álvaro o Hernando. El campo semántico de la vejez no es tan extenso como para prescindir alegremente de una voz tan expresiva. Decimos quintañón y parece que se nos represente, enseguida, una poderosa carga que casi nos dobla las rodilllas y nos hace trastabillar, lo que el propio final de la palabra, desgajado del pesado quintal,  –añón, también parece representar a la perfección. No hay tal, sino todo lo contrario. De hecho, tenemos un añoso que cubre con toda propiedad esa parcela de la avanzada edad, sin ser término ofensivo, como tampoco lo sería el hipotético *añón y como, solo a medias, no lo es quintañón, como vio Cervantes a la perfección cuando inventó su graciosa Quintañona, casi como personaje de comedia de enredo. Quintañón tiene las dosis exactas de buen humor, de burla donosa y de capacidad descriptiva objetiva como para que se convierta en palabra que podamos usar con toda liberalidad en las más variadas circunstancias. “Mi tío es ya un quintañón de mucho cuidado, pero sigue fuerte como un roble”. “Hay vejestorios y quintañones, que conste, como hay jóvenes fortachones y otros delicados que parecen ya prejubilados”. “Acabé cogiendo un autobús lleno de quintañones y quintañonas que parecían salir de un jardín de infancia: ¡Jesús, qué energías, no pararon en todo el viaje: que si chistes, que si canciones, que si bromas...!” Los eufemismos, en el ámbito de las edades avanzadas, están a la orden del día, pero quintañón nada tiene que ver con ellos. La empleamos y no se nos viene valetudinario a la cabeza, sino recio, fibroso e incluso poderoso, de ahí que sea ésta una propuesta que, a buen seguro, no hallará objeciones de enjundia ni renuencias absurdas  para instalarse entre nosotros con todos los honores de las voces expresivas y necesarias.

domingo, 29 de marzo de 2020

Jabonar. En tiempo de cuarentena, que no nos falten las palabras...


Decimocuarta palabra del confinamiento, indispensable para entender la doble vara de medir que hemos de tener con quienes nos rodean y tienen los gobernantes con nosotros...
jabonar. tr. Reprender ásperamente.

         He aquí una muestra de la ambivalencia de ciertas voces, que sirven para describir un cometido y su contrario, con escasísima variación formal en su enunciación. Mientras jabonar a alguien, o “darle un jabón”, significa esa reprensión que figura en la definición –María Moliner incluye, además, el castigo físico en forma de golpes–; “dar jabón” a alguien significa adularlo. ¿Qué extraña virtud advirtieron nuestros antepasados en el jabón para otorgarle ese poder?  Ignoro los usos punitivos que antaño llegó a tener el jabón, pero parte de mi memoria personal ha sido la amenaza de lavarme la boca con él –en forma de escamas del popular Lagarto, se entiende... – para impedir que la ensuciara cotidianamente con las pudorosamente llamadas “palabras malsonantes”, “tacos” o “voces desgarradas”. Lo cierto es que el jabón tiene una consistencia pétrea, pero no me atrevo a pensar siquiera que pudiera existir algo así como un castigo de *jabolapidación. El significado de “dar jabón” es harto evidente y no requiere explicación ninguna, pues son muchas las sortijas que lo han precisado, por ejemplo, para salir de dedos en los que nunca deberían  haber entrado. Del mismo modo, la naturaleza viscosa del jabón, propia de los aceites de que suele estar hecho, ha servido como lubricante para encajar unas piezas en otras, como las espigas de los muebles. Así pues, la propuesta de este nuevo sentido, ‘reconvenir a alguien por una conducta impropia’, habrá de abrirse paso frente a la incredulidad inicial de quienes conservan en su buena memoria el significado contrario. Empeñarse en la propagación de la misma conlleva la excelente oportunidad de ilustrar las complejidades del léxico y prestar atención, de paso, al modo como los hablantes han asociado tal o cual significado a tal o cual palabra. Si se escarba sin pedantería, se pueden conseguir no pocos adeptos para esta disciplina de la lexicografía que, más allá de las arideces técnicas de las transformaciones fonéticas, tiene, en las pesquisas etimológicas, una lectura por la que se puede llegar a sentir auténtica pasión. Entre los justos está, según Borges, “el que descubre con placer una etimología”. En última instancia, si no se llega tan lejos, sí, al menos, habremos contribuido a la preocupación por mejorar la expresión, lo que elevará significativamente el nivel cultural de un país como el nuestro, ¡tan necesitado de esa conquista social e individual!

sábado, 28 de marzo de 2020

Meldar. En tiempo de cuarentena, que no nos falten las palabras.


Decimotercera palabra del confinamiento y nunca mejor ofrecida: la quintaesencia de la idoneidad para estos días de resistencia manual, ¡jamás para manuales de resistencia, ojo!
meldar. tr. Leer, aprender.

         Voz rara, sin duda, pero cuya aparición en la Danza de la Muerte, monumento de la poesía medieval española, nos permite rescatarla con todos los honores siquiera sea para saber que existe, que no es una voz muerta y sepultada, como tantas, en los renglones de los diccionarios. Aparece allí como lo que es: una palabra del sefardí, el castellano medieval que los judíos sefardíes, es decir, originarios de Sefarad, España,  se han encargado, en su desconsolado, injusto y eterno destierro, de mantener vivo. Por su origen griego, la palabra significa ‘esforzarse’, y más concretamente esforzarse en aprender algo a fuerza de repetirlo, o sea,  estudiar de viva voz, esto es, aprender “de coro”. Este significado griego se mantiene en la voz catalana maldar, ‘afanarse’ ‘esforzarse por’, de uso habitual en la lengua hermana. No os preocupéis, amables lectores, porque ya pongo yo todas las objeciones posibles e imposibles para disuadiros de tan difícil empresa como sería intentar sustituir las muy asentadas y asendereadas voces leer y aprender o la, en nuestros días de desorientada pedagogía, denostada expresión “estudiar de memoria” por el presente meldar de casi imposible retorno:  “Meldar el código de circulación es la única receta para pasar la teórica”  “Ya me acuerdo yo, ya, de cuando nos obligaban a meldar la lista de los reyes godos”.  “Los maestros de hoy no quieren que los niños melden las lecciones, pero los neurólogos no dejan de insistir en que las repeticiones memorísticas ayudan a desarrollar la inteligencia” ¿Por qué, entonces, incorporarla a este diccionario? En parte como homenaje a esa rica rama del castellano que fue desgajada del tronco central por la intolerancia religiosa –uno de los grandes males de nuestra patria y del mundo todo–; y también como propuesta lúdica para auspiciar el interés por el perfeccionamiento de nuestros usos lingüísticos y la ampliación de nuestro jibarizado vocabulario en estos tiempos en que se nos anuncia que el aprendizaje de las lenguas no necesita más de 1000 palabras... de las más de 100.000 de la mayoría de ellas.