miércoles, 13 de mayo de 2026

«Guillermo Cabrera Infante. La fábrica de sueños», entrevista inédita de 1976, por Luis Valdesueiro.

 

Una entrevista inédita a Guillermo Cabrera Infante, quien aprendió antes a «leer» películas que a leer textos.

 

          Mientras dialogaba con Luis Valdesueiro sobre sus dos recientes autobiografías, una, La estela de los días (Me acuerdo), a la manera del I remember, de Joe Brainard, a quien popularizó Georges Perec con su Je me souviens, ocho años más tarde, y otra, Ideas en fuga (Etopeya), a la manera del Autorretrato de  Édouard Levé, y yendo de aquí para allá por los zócalos y laberintos de la memoria, emergió el recuerdo de esta entrevista inédita que Valdesueiro le hizo, por vía postal, a Guillermo Cabrera Infante, a la sazón viviendo en Londres, y que ha permanecido en sus archivos desde entonces. Hizo la entrevista mientras trabajaba en la revista Índice, donde Valdesueiro publicó en su momento no pocas críticas de cine. Atrevido como yo soy para estas cosas de la divulgación, le propuse, si no la destinaba a otros fines, darle vida pública en este Diario, cuyo lema, recordémoslo, es «Alumbrado público», y él, tan amablemente como siempre, la puso a mi disposición para que yo la trasladara a los lectores. La entrevista, en su momento, fue ofrecida a varias revistas (entre ellas Reseña y Triunfo), pero todas declinaron su publicación. No quiero hacer un juicio de intenciones, pero no me extrañaría nada que la condición de destacado exiliado anticastrista de Cabrera Infante hubiera influido en alguno de aquellos rechazos, porque el amor a las dictaduras de nuestra izquierda tiene larga tradición.

          De la crítica que hice en este Diario a sus dos novelas póstumas, rescato esta cita que coincide con la evocación que hace el autor en la entrevista:  Guillermo Cabrera Infante cuenta en Cuerpos divinos su carrera profesional como periodista –esos fueron sus estudios, tras abandonar la carrera de medicina una vez que le fue imposible superar el impacto del contacto con los cadáveres para las disecciones– en la revista Carteles, de la que llegó a ser Jefe de Redacción, cargo con un poder cultural añadido nada despreciable. En la revista entra, sin embargo, como Jefe de Corrección, tarea en la que debió de forjarse buena parte de su estilo y de su obsesión por los juegos lingüísticos, pues las erratas tipográficas son una fuente inagotable de ellos. De hecho, su primer trabajo literario publicado, precisamente en Carteles, cuando tenía 18 años fue una suerte de parodia literaria de Señor Presidente, de Asturias, cuya influencia vanguardista –con todo lo que tiene la Vanguardia de pasión por el juego verbal– no puede menospreciarse. Con todo, la labor profesional de Cabrera Infante estuvo orientada hacia la crítica cinematográfica, de la que fue un consumado especialista y un espectador infatigable, un «cronista», como él se consideraba a sí mismo, que nos ha legado libros dedicados a su métier tan importantes como Un oficio del siglo XX, Cine o sardina y Arcadia todas las noches.

          La entrevista que se leerá a continuación recoge algunos juicios muy interesantes, y pertinentes, de quien considera el arte cinematográfico como rasgo distintivo del siglo xx, algo que también comprendió la dictadura cubana, que tanto invirtió en su estudio y cultivo, aunque acaso la mejor muestra de cine sobre Cuba, hecha en la isla, fue una película soviético-cubana que merece ser vista por los fantástico valores cinematográficos que atesora: Soy Cuba, de Mikhail Kalatozov.

 

 

                              Guillermo Cabrera Infante

                                 La fábrica de sueños

 

Por Luis Valdesueiro

Guillermo Cabrera Infante es sobradamente conocido, gracias principalmente, a Tres tristes tigres, novela ganadora del Premio Biblioteca Breve 1964. Pero antes que novelista consagrado G.C.I. fue crítico de cine. En 1963 publicó, en La Habana, Un oficio del siglo xx, libro que recoge una selección de las crónicas aparecidas entre 1954 y 1960, primero en el popular semanario Carteles, del que sería Jede de Redacción, y después en Revolución. G. Caín, (pseudónimo adoptado por G. CAbrera INfante) alcanzó esa inapreciable perfección crítica donde la brillantez literaria y el juicio certero se aúnan. El libro fue publicado en España, diez años después, por Seix Barral.

          Caín recurre en estas crónicas a todas las argucias estilísticas: cada película comentada propicia un peculiar lenguaje. Entre sus  virtudes de crítico destacan su independencia de criterio —lo que permite acercarse a los nuevos y antiguos valores sin ningún recelo— y una lucidez veladamente surreal, sorprendente en ocasiones.

          En la actualidad, G.C.I. continúa ocupado en el cine como guionista. Las  siguientes preguntas derivan de la lectura atenta de Un oficio del siglo xx, libro que condensa su sabiduría fílmica.

L.V.— Durante siete años usted fue crítico de cine en La Habana, primero en Carteles y después en Revolución: ¿qué le empujó a hacerse crítico de cine?

G.C.I—. Siempre me interesó la crítica de cine, y ya en 1948, a los diecinueve años, gané una beca para estudiar un curso de cine, de verano, en la Universidad de La Habana, con una crítica, precisamente, a Nido de víboras, de Anatole Litvak. Después hice crítica amateur para el mensuario de la Dirección de Cultura y ya más tarde alguna que otra crítica en Carteles: Molino rojo [de John Huston], por ejemplo, y en Bohemia (una reseña de la fiesta de los Oscares de 1953), y cuando Carteles cambió de dirección y comenzó a dirigirla Antonio Ortega, exiliado español, de quien yo era secretario particular, y me ofreció, a finales de 1953, escribir las páginas de cine, acepté encantado: no era solamente hacer crítica profesional, sino hacer crítica de cine, escribir sobre mi pasión de siempre.

L.V.—  La crítica de cine, ¿era algo accesorio para usted —marginal a su carrera literaria— o, por el contrario, era algo a lo que se entregaba con verdadera vocación y amor?

C.C.I.— La crítica de cine fue central para mí durante los largos seis años que escribí para Carteles y luego en Revolución. En ella volcaba no solo mis cargas literarias (lo que se llamaba en Cuba, popularmente, «descargar» [en Cuba, «socializar informalmente»]), sino que trataba de despertar en los lectores el mismo amor por el cine que yo sentía, al tiempo que ponía al lector al día en lo que respectaba al cine. Todo esto, hacerlo en Carteles (que era una revista popular en Cuba y en toda el área del Caribe, hasta Venezuela y Colombia), donde nunca había habido antes una crítica de cine que se pudiera llamar tal, en los veinte años que llevaba fundada la revista, fue para mí una gran experiencia, una grata experiencia. Sobre todo al principio, en 1954-1955, y todavía recuerdo con nostalgia la primera crítica propiamente dicha, hecha a Blowing Wild [en España, Soplo salvaje], con Gary Cooper, uno de mis actores favoritos de siempre. Queda también el orgullo de sentirme (y ser) el único crítico de cine habanero (es decir, cubano) que pagaba su entrada como un parroquiano cualquiera, lo que hacía a mi crítica verdaderamente independiente.

L.V.— En sus críticas, las referencias al cine cubano son escasas, casi me atrevería a decir que inexistentes, ¿se debe acaso a la ausencia en Cuba de una verdadera industria cinematográfica?

G.C.I.— La primera crónica de Un oficio del siglo XX está dedicada a una película «cubana». Se trata de La rosa blanca (una biografía cinematográfica de José Martí), dirigida por el Indio Fernández, interpretada por Roberto Cañedo (actor mejicano) y rodada en Cuba. Pero en honor a la verdad hay que decir que antes de 1959 se hacía poco cine en Cuba, aunque se habían hecho películas en Cuba desde principios de siglo, esfuerzos aislados y no siempre logrados. Después de la revolución se comenzó a hacer cine con más asiduidad, pero afortunadamente Carteles fue clausurada en 1960, antes de que estrenaran la primera película cubana después de la revolución. Digo afortunadamente porque el sectarismo revolucionario (o pseudorrevolucionario) impedía hacer verdadera crítica a las películas que se hacían entonces en Cuba.

L.V.— El director al que más atención dedica (La ventana indiscreta, Intriga internacional, De entre los muertos, El destino en la mano, etc.) se llama Alfred Hitchcock: ¿qué representa la obra de Hitchcock para usted como crítico de cine, y qué cree que ha aportado dicha obra al cine mundial?

G.C.I.—Alfred Hitchcock, más conocido en mis críticas como el viejo Hitch, está entre mis directores favoritos de siempre. Su aporte al cine ha sido decisivo, y tratar de hacer una apreciación critica en tan poco espacio no le haría justicia al creador de Vértigo, North by Northwest, y Los pájaros, y Psicosis, que están entre mis películas favoritas de siempre.

L.V.— ¿Es la crítica de cine un género literario autónomo, un género que, aunque provenga del cine, nada tiene que ver con él?

G.C.I.— Traté durante bastante tiempo de crear una crítica que fuera autónoma, con valores literarios propios. Hoy veo que esto no es posible y que no existe una crítica que pueda ser independiente del cine que critica. No ocurre lo mismo, por ejemplo, con el ensayo, que desde Montaigne ha mostrado ser un género, uno de los géneros literarios.

L.V.— Hay una anécdota que recoge Cernuda y que me permito transcribir: «Como Degas se quejara de la dificultad de la poesía con respecto a la pintura, aduciendo que hacía tiempo tenía entre manos un soneto que no podía terminar, dice a Mallarmé: “Y lo que es ideas, no me faltan”. A lo cual responde Mallarmé: “Mi querido amigo, los versos no se escriben con ideas, se escriben con palabras”.» Trasladando esta anécdota al campo cinematográfico, me atrevería a preguntarle si, en su opinión, muchos directores no saben «con qué» se hace una película...

G.C.I.— Es posible que muchos directores no sepan con qué se hace una película. Pero hay directores hoy (me refiero concretamente a Hollywood) que parecen haber nacido sabiendo, dada su juventud. Pero lo que ellos saben ahora es lo que han sido en el pasado otros directores, como Hitchcock, Howard Hawks y, especialmente, John Ford, Orson Welles y Vincente Minnelli —para no citar más que cinco de mis directores favoritos.

L.V.— Su obra literaria: novela, cuentos, «viñetas», ¿qué debe a su experiencia cinematográfica?

G.C.I.— He dicho en otra parte que fui al cine a los 29 días de nacido, que sabía leer una película antes de saber leer un texto; por tanto, la influencia que ha tenido el cine sobre mí ha sido capital. Sin embargo, hoy, que me gano la vida todavía con el cine (escribiendo guiones), trato de separar lo que escribo actualmente (novela, fragmento, etc.) de la influencia del cine, que es innegable en mi obra anterior, sobre todo en Tres tristes tigres.

L.V.— ¿Qué opinión le merece el cine mudo? ¿No cree que en el paso al sonoro se perdieron ciertas cualidades fundamentales, cuya ignorancia en directores posteriores se ha teñido de autosuficiencia y desprecio?

G.C.I.— Siempre he considerado al cine mudo como un cine manco: al que faltaba algo, y que nos refiramos a él como cine silente o mudo prueba que el cine estaba tratando de encontrar la voz. En Un oficio del siglo xx es patente mi falta de amor por el cine mudo. Sin embargo, hoy reconozco que hay obras maestras del cine mudo insuperables y que el cine, a veces, tiende a hacerse no música sino cine silente.

L.V.— Si me viera obligado a hacer una rigurosa y restrictiva selección entre todas las críticas recogidas en Un oficio del siglo xx para escoger dos, yo me quedaría, sin la menor duda, con El diario de un cura rural, de Robert Bresson, y La strada, de Federico Fellini, ¿qué dos criticas elegiría usted?

G.C.I.— Hay mucha gente que opina que mi critica a La strada es la mejor del libro, la mejor que escribí, y un poco inmodestamente tengo que decir que esa crónica ayudó mucho a la popularidad de La strada en Cuba. Sin embargo, no es mi favorita. Prefiero la crónica escrita a Vértigo, que es una especie de poema al amor. También prefiero la crónica a El beso mortal [de Robert Aldrich] por lo que tenia de delirante. Otra favorita es la crítica, breve, a The invasion of the Body Snatchers [La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel], más que nada por mi preferencia decidida por esta peliculita maestra.

L.V.— ¿Ha publicado alguna crítica de cine con posterioridad a 1960?

G.C.I.— No, pero ofrecí, en la primavera y el verano de 1962, en La Habana, un ciclo de conferencias sobre el cine norteamericano y algunos de sus directores (Hitchcock, Hawks, Minnelli, Huston, Welles), de las que quedan algunos fragmentos que estoy considerando publicar, al releerlos y encontrar que esta fragmentación, si no hace justicia al cine comentado, sí es justiciera con respecto a las conferencias.

L.V.— ¿Volvería a escribir críticas de cine?

G.C.I.— No. Decididamente, no.

L.V.— ¿En su opinión, ha influido el cine positivamente en la literatura contemporánea?

G.C.I.— Si le dijera que una lectura atenta del Ulysses de Joyce muestra la influencia del cine, y ya se sabe la influencia de Joyce, sobre todo de ese libro, a partir de su publicación, no haría falta exagerar la influencia del cine en toda la literatura de los últimos cincuenta años. Ha habido otra transculturación: la influencia de Hemingway en las primeras muestras del cine hablado norteamericano, por ejemplo, que luego, a su vez, ha influido en la literatura desde el cine. No puedo decir, sin embargo, si esta influencia ha sido positiva.

L.V.— ¿Nunca, a lo largo de su actividad como crítico, pensó escribir guiones o dirigir películas?

G.C.I.— Nunca pensé en ganarme la vida escribiendo guiones de cine, como hago ahora, pero ya en 1949 publiqué un breve guion de cine (que hoy tiendo a ver como terrible) que puede mostrar mi interés, desde entonces, por la escritura para el cine. Nunca mi megalomanía me ha llevado a querer ser director de cine. Como ve no hay en mí la menor vocación por ser un dictador.

L.V.— ¿Ha cambiado, con el paso del tiempo, de opinión sobre algunos de los directores que admiraba en la segunda mitad de la década de los 50: Hitchcock, Bresson, Buñuel, Welles, Fellini...?

G.C.I.— Tiendo a considerar a Bresson, actualmente, como inveíble. Mi admiración por Buñuel ha pasado por crisis agudas, como cuando vi Simón del desierto, pero he vuelto a admirarlo en sus últimas películas francesas. Sobre todo me ha gustado verlo haciendo bien sus películas —aunque no sé si atribuirlo a la alta calidad de los técnicos franceses que lo han ayudado a completar Belle de Jour y El discreto encanto de la burguesía.

L.V.— Hitchcock es totalmente contrario a las adaptaciones cinematográficas de las grandes obras de la literatura (tal como expresó en una entrevista con François Truffaut). ¿Qué opinión le merecen tales adaptaciones? ¿No cree que Welles, por ejemplo, traiciona a Kafka al adaptar El proceso?

G.C.I.— Hitchcock tiene razón con referencia a su cine, que lo más cerca que ha estado de adaptar una obra literaria de alguna envergadura es en Rebeca o Los 39 escalones. Por otra parte, yo prefiero que a las obras literarias realmente grandes (pienso en la desastrosa versión de Ulysses [de Joseph Strick]) es mejor dejarlas tranquilas. Mi propia experiencia, con la adaptación de Debajo del volcán [de John Huston, sobre una novela de Malcolm Lowry], fue un viaje a la locura. Welles, en El proceso, escogió singularizar una obra que es de las pocas escritas en el siglo que exigen la exégesis constante –de ahí su sonoro fracaso.

L.V.— ¿Qué cineasta cree usted que ha hecho más por el desarrollo del lenguaje fílmico desde la instauración del cine sonoro?

G.C.I.— Pienso, primeramente, en Orson Welles: todavía su Ciudadano Kane es una fuente de aprendizaje. También Hitchcock y John Ford, y, más modestamente, Howard Hawks. Pero no hay una sola voz en ese coro sonoro[1], para terminar con un breve verso este discurso que se hace, quizá, demasiado largo.

Londres, marzo de 1976.



[1] La enigmática referencia poética quizá sea un eco, según Valdesueiro,  de «Escuchar el almo coro sonoro» del poema  Las campanas, de Edgard Allan Poe.