Los caprichos de la memoria por la sierra de la existencia o las teselas azarosas del mosaico de una vida.
Ajustado
a dos modelos prestigiosos, pero poco frecuentados, Luis Valdesueiro nos ofrece
dos libros de carácter autobiográfico, absolutamente inéditos en un autor que, hasta hace muy poco, ha sido fiel
seguidor, como él mismo lo recoge en el
día 76 de Ideas en fuga, de la luisiana vida retirada: Muchas veces me acuerdo del consejo de
Epicuro: «Vive oculto». Aunque soy más estoico que epicúreo, este consejo lo
hago mío. El primer modelo fue
establecido por Joe Brainard, quien escribió su autobiografía experimental
titulada I Remember, en 1970: recuerdos breves e independientes unos de otros,
pero todo encabezados por el título del libro. Ocho años después, Georges Perec
rindió homenaje a Brainard adaptando su recurso en su libro titulado Je me
souviens. Más recientemente, en 2014, la mejicana Margo Glantz publicó su Yo
también me acuerdo, si bien de carácter más misceláneo que los imitados, y
el argentino Martín Kohan su Me acuerdo, en 2020. El otro modelo corresponde
al autor francés a quien Valdesueiro dedica su libro, Édouard Levé, a quien
considera el pionero de una técnica autobiográfica que él a su vez ensaya en Ideas
en fuga. Ambas técnicas. La del Autorretrato o Autobiografía de Levé, pues
de ambas maneras se conoce al libro —recordemos que era fotógrafo—, tienen en común la ausencia de jerarquía con
que se seleccionan los recuerdos. En el caso de Levé, la yuxtaposición de
frases que son recuerdos, observaciones, aforismos, datos, observaciones, etc.,
se ofrecen al lector como una suerte de rompecabezas en el que, sin embargo, no
se requiere ningún orden para extraer un mensaje concreto: el desorden es el mensaje.
Pensemos en El jardín de las delicias, del Bosco, y sabremos que es nuestra
mirada la que impone el orden de contemplación que, en realidad, no es tal
orden, sino la recepción seccionada de la totalidad de tan magna obra. Esa
impresión, la de pasar de una maravilla a un prodigio plástico, produce leer Ideas
en fuga, aunque hay un mínimo orden, el temporal, porque la técnica se
ejecuta en un periodo completo en el que el autor, Valdesueiro, escribe compulsivamente
y sin censura racional o moral ninguna; tanto, que recuerda, en cierto modo, la
escritura automática surrealista, si no fuera porque aquí todos los elementos
observan una impecable lógica y tienen un referente real inequívoco, sobre todo
para los hechos.
Como
lector tardío de autobiografías, reconozco que a cierta edad le adviene a
cualquiera un impulso autobiográfico que cada cual satisface a su manera. Hará
un mes, un vecino que conoce mis veleidades literarias vino a verme para
contarme la historia de su familia durante la República y de cómo su padre se
salvó dos veces de morir fusilado, razón por la que él se consideraba nacido
doblemente. Enseguida entendió que la propia vida solo la puede contar quien la
vivió, y que una autobiografía de mano ajena acaba siendo tan falsa como el Mi
lucha particular del presidente del Gobierno, su Manual de resistencia.
Quiero decir con esto que he leído con pasión estos dos libros de Luis
Valdesueiro, no solo porque ambos nacimos el mismo año, 1953, lo cual significa
que hemos vivido los mismos hechos históricos, a todos los niveles, sino, sobre
todo, por el ejercicio de desvelamiento de muchos aspectos íntimos que hasta la
escritura de estos dos libros, y a pesar de que nuestra amistad se remonta a
cuando teníamos quince años y coincidimos, como él lo recuerda, en la misma
academia, donde estudiábamos el bachillerato, yo desconocía, acaso porque no
siempre las conversaciones giran sobre la intimidad de las personas: 195. Me
acuerdo de las prostitutas que pululaban por la calle Montera. En esa calle
asistí a la Academia Nobel. Se trata, además de aspectos que a mí me han
impresionado, no solo por el hecho recordado, sino por la concisión retórica
con que se recoge: 113. Me acuerdo de que mi madre no solía sonreír. Su
tristeza era insondable o el terrible 416. No me acuerdo de ver a mis
padres reírse, ni juntos ni por separado. Y se advierte, sin embargo, una
rara congruencia vital en el corolario que significa, respecto de lo anterior, este otro recuerdo: 192. Me
acuerdo de que mi padre me preguntó una vez si era feliz. La pregunta me
sorprendió.
Son
centenares, los recuerdos que comparto con el autor, y ello me ha llevado a
leer su autobiografía, en parte, como la mía propia. y no en cuestiones trascendentales,
sino en pequeños detalles de la vida cotidiana, todo lo cual me ha hecho
sentirme más cercano aún al autor de lo que siempre me he sentido, desde que tuve,
desde adolescentes, el privilegio de gozar de su amistad. Así, me ha llamado la
atención este recuerdo: 13. Me
acuerdo de unas vacaciones en que descubrí que un amigo dormía con un ojo
abierto. A mí me ocurrió en mi propia casa, cuando me asomé a la litera de
abajo para decirle una cosa a mi hermano y lo vi, mudo, mirándome con los ojos
abiertos, pero sin responder a lo que le decía: ¡el terror que viví! En pocas
películas de terror lo he pasado tan mal como aquella noche en la que me asomé
a un durmiente con los ojos abiertos. Si consideramos este: 38. Me acuerdo
de cuando había botones en los bancos, me viene a la memoria mi tocayo Juan
Aparicio, con quien estudié en una academia que estaba situada en La Pedrera y
con quien formé un grupo de teatro allá en el pleistoceno de 1972. Trabaja como
botones en el Banco Condal y fue ascendiendo hasta que, ¡maravilla de
maravillas!, le llego la jubilación privilegiada a los 54 años. De otro orden son esos recuerdos específicos
que tienen que ver con el arte o el léxico, como el 2. Me acuerdo de que, quizás antes de
conocer la palabra esperma, los chicos usábamos la palabra lefa, y como yo
conocí y usé la palabra en Murcia, durante mucho tiempo pensé que se trataba de
un localismo murciano. El DILE lo recoge como deformación de «leche», pero ¡ya
hay que deformar, ya...!
Por
si la numeración despista, recuerdo que La estela de los días está dividido
en seis cuadernos y la numeración comienza de nuevo en cada uno de ellos. Tanto
de esta obra como de Ideas en fuga, he hecho una selección, a modo del
famoso botón de muestra, para que los intelectores de este Diario
se percaten de la riquísima variedad de recuerdos que Valdesueiro ha consignado
en ambos volúmenes, que se leen, sin embargo, como un solo texto coherente y
apasionante. No solo tenemos, el texto, sino el contexto y, a menudo, el
cotexto, si pensamos en todas aquellas citas literarias, filosóficas o
históricas que han marcado, en cierta manera, la vida de autor, la mía y la de
cuantos leyeren y tengan una edad parecida a la nuestra. Pongamos por caso esta
de Cioran, autor del que fui auténtico devoto: 350. Me acuerdo de una frase
de Cioran que acrecentó mi escepticismo: «Toda palabra es una palabra de más».
O esta otra de Ideas en fuga: Día 30. Ahora, mientras escucho cantos
gregorianos, me viene a la memoria un lema sartriano: «Hacer, y haciendo,
hacerse». Vivir es eso.
La
pluralidad de niveles, porque el autor no desdeña absolutamente nada de lo
vivido, y cuanto le viene a la memoria él lo recoge con idéntico valor, es una
de las grandes virtudes del libro, porque permite unos cambios de perspectiva
sorprendentes. Desde la admiración por lo exótico del recuerdo, la risa o
sonrisa por lo chusco de algunas situaciones, la reflexión profunda y sombría
sobre la deriva de la propia vida, o el agradecimiento por recordarle al intelector
buena parte de sus propios recuerdos; por todo ello, estos dos libros funcionan,
en cierta manera, como las viejas polianteas humanistas, donde se recogían noticias
muy diversas que servían, ¡en aquella época!, no solo para el entretenimiento,
sino también para la formación de los lectores u oyentes. Desde el 90. Me
acuerdo de los monos procaces, y con el culo rojo, de la antigua Casa de Fieras
del Retiro, que es uno de mis primeros recuerdos de niño, en el Madrid del
59, y que he revivido cada vez que he visto las escenas del zoológico de La mujer
pantera, de Jacques Tourneur, hasta el 152. Me acuerdo de los cinturones
forrados con monedas de dos reales, que, ¡afortunadamente!, me parecían una
horterada mayúscula, pasando por el 177.
Me acuerdo de que había algo en la dicción de José María Rodero que me impedía
apreciar lo buen actor que seguramente era. Yo echaba en falta llaneza, me
parecía que hablaba con coturnos, apreciación que comparto totalmente. No
pasaba lo mismo con Manuel Galiana, un joven actor de la época, y a quien vi en
el teatro en Hay una luz sobre la cama, que me impactó fuertemente: ¡mi
primera obra de teatro profesional!, porque, de aficionados, había visto La
venganza de don Mendo, con mi hermano mayor en el reparto.
He
aquí, así pues, una brevísima muestra que espero alimente en los lectores de
estas líneas el deseo de conocer ambas obras. Las dos, como el resto de su obra
reciente publicada hasta la fecha están disponibles en Amazon, donde Luis
Valdesueiro, que suma a la creación su pasión por la ortotipografía y la edición
depurada, ha hallado un canal a través del cual poder, ¡por fin!, dar a conocer
una obra gestada a lo largo de una vida retirada del mundanal ruido y entregada
a la meditación del más nutritivo de los silencios. Pocos escritores, a mi
humilde parecer de crítico perseverante y filólogo diletante, dan tanto y de
tan alta calidad intelectual al intelector apasionado como estos libros de un
autor al que quienes lo vayan conociendo pondrán en el lugar de excepción
literaria que sin duda merece. ¡Ojalá esta presentación me convierta de Poz en
Bautista...!
La estela
de los días
Cuaderno I
1. Me acuerdo de Iglesias, olvidé su nombre. En la clase de
don Felipe, por la tarde, se masturbaba. Recogía la libación en un cucurucho de
papel. Tenía doce o trece años.
32. Me acuerdo de la época en que algunos atracadores te
amenazaban con una jeringuilla impregnada del virus del sida, según decían.
73. Me acuerdo de que intenté escalar varias veces La
montaña mágica antes de conseguir coronarla.
109. Me acuerdo de cuando veíamos Los intocables en el
televisor de un vecino, a oscuras y en absoluto silencio. En aquellos tiempos
ver la televisión era pura magia.
117. Me acuerdo de la primera película que vi en Madrid, en
el cine Palace: El terror de las chicas, de Jerry Lewis.
126. Me acuerdo de una ocasión en la que tuve fuga de ideas
y hablaba en aforismos.
136. Me acuerdo del Caballero Blanco de Ajax.
154. Me acuerdo de que el yate del rey Juan Carlos I se
llamaba Bribón.
Cuaderno II
13. Me acuerdo de un libro sobre la Primera República en
cuya portada aparecía la bandera de la Segunda.
41. Me acuerdo de la pera, el interruptor para encender y
apagar la luz.
43. Me acuerdo del cine Chamartín, uno de los primeros en
desaparecer. Se le llamaba el «palacio de las pipas».
47. Me acuerdo de que una vez comí madroños, recién cogidos
del árbol, en un bosque cacereño.
61. Me acuerdo del chicle Bazooka. Un cilindro con
ranuras alrededor.
72. Me acuerdo de cuando los churros se ensartaban en juncos
y en las pescaderías se usaban helechos naturales.
78. Me acuerdo del recibo emitido por un comité anarquista
durante la Guerra Civil: «Vale por un polvo».
84. Me acuerdo de la voz grave y seductora de Jana Escribano,
presentadora de programas religiosos en la televisión durante muchos años.
106. Me acuerdo de cuando alguien llevaba a un enfermo, o
una parturienta, al hospital tocando el claxon y sacando un pañuelo por la
ventanilla del coche.
115. Me acuerdo de los insulsos dibujos de la Enciclopedia
Álvarez.
137. Me acuerdo de que en los tebeos de Hazañas Bélicas
los japoneses eran los «amarillos».
171. Me acuerdo de una curiosa negativa: «¡Ni hablar del
peluquín!».
213. Me acuerdo de las mujeres que llevaban el hábito de
nazareno en cumplimiento de una promesa.
229. Me acuerdo de cuando había que dar vueltas a una
manivela para que los camiones arrancaran.
Cuaderno III
5. Me acuerdo de que me encaré con una pareja que no paraba
de hablar durante la proyección de un documental sobre el pintor José
Hernández, en el Palacio de Velázquez del Retiro.
14. Me acuerdo de Viseu, la ciudad portuguesa más triste que
conocí. Daban ganas de llorar.
34. Me acuerdo del tiempo en que, cuando un hombre entraba
en una tienda, las mujeres le cedían la vez.
56. Me acuerdo de que me sorprendía leer en las novelas que
un personaje miraba a otro de hito en hito.
73. Me acuerdo de que en el UHF, como se llamaba entonces el
segundo canal de la televisión, emitieron una versión de La metamorfosis
de Kafka que me encantó.
159. Me acuerdo de la cinta de la máquina de escribir, roja
y negra, stendhaliana.
183. Me acuerdo de que una vez deambulé por la calle Bravo
Murillo sin esperanza, abrumado por oscuros pensamientos. Ante mí, todo se
había vuelto ajeno.
191. Me acuerdo de cuando el arquero desnudo del logo de la
editorial Seix Barral no tenía pene. Lo recupero después de la muerte de
Franco.
201. Me acuerdo de que en algunos cines, en el descanso,
aparecía un cartel que decía: «Visite nuestro ambigú».
223. Me acuerdo de Steve Reeves, el hombre fornido de los
péplums.
238. Me acuerdo de las escupideras que había en los
hospitales. También se usaban para tirar colillas.
Cuaderno IV
17. Me acuerdo de los caramelos SACI, de menta.
106. Me acuerdo de que a las chicas que jugaban con los
chicos las llamaban marimachos.
164. Me acuerdo de que mientras leía Los 120 días de Sodoma
del marqués de Sade, no sentí la más mínima excitación sexual. Al contrario.
253. Me acuerdo del inmenso yugo y las flechas que había en
la sede de la Secretaría General del Movimiento en la calle de Alcalá.
Cuaderno V
7. Me acuerdo de que la RAE propuso que al whisky se
le llamara güisqui. Ante el escaso éxito de la propuesta aceptaron wiski.
29. Me acuerdo de cuando se esgrimía como argumento de
autoridad «lo dice el periódico».
36. Me acuerdo de estas palabras, ¿o las he soñado?, dichas
por mi padre, o por cualquier padre de su época: «Aquí mando yo, y se hace lo
que yo diga. Y sanseacabó».
43. Me acuerdo del anuncio que hizo Gila, en el papel de
paleto, de la cuchilla de afeitar Filomatic.
49. Me acuerdo de que en mi niñez me gustaban las bellotas
de encina. Como a los cerdos.
98. Me acuerdo de que Chaplin se presentó a un concurso de
imitadores de Charlot y no ganó.
133. Me acuerdo de que no me aburría: sabía estar a solas
conmigo mismo, y soportarme.
149. Me acuerdo de los bañadores Meyba, icono de una época.
162. Me acuerdo de los ceniceros de aluminio de la marza CinZano.
214. Me acuerdo de los pupitres de la Facultad de Filosofía.
Eran los mismos que usaron los alumnos de Ortega, según comprobé gracias a una
fotografía.
221. Me acuerdo de una amenaza antigua: «Te voy a romper la
crisma». No conocía entonces el significado de esa palabra.
236. Me acuerdo del sifón, tan olvidado, al que RAMÓN dedicó
algunas greguerías.
299. Me acuerdo del chisquero, el antiguo mechero con una
piedrecita y un cordel de hilos entreverados.
462. Me acuerdo de que, hasta cierto momento de mi
adolescencia, asistía a misa todos los domingos y fiestas de guardar.
479. Me acuerdo de
que Ubú rey comenzaba con esa exclamación: «¡Merdre!» (¡Mierdra!). En su
estreno se consideró de una zafiedad monstruosa, y se organizó un gran
escándalo.
528. Me acuerdo de que pronto aprendí que la necesidad y la
libertad dirigen nuestros pasos.
540. Me acuerdo de que en casa de mis padres no se hablaba
de fútbol, de política ni de religión.
625. Me acuerdo de la zarzaparrilla de las películas del
Oeste. No sabía lo que era, ni lo tomé nunca.
723. Me acuerdo de los sacapuntas que tenían forma de U, con
una cuchilla de lado a lado.
Cuaderno VI
43. Me acuerdo de frenar la bicicleta con el zapato.
84. Me acuerdo de que no supe o que la «s» líquida hasta que
trabajé para un expríncipe rumano cuyo apellido empezaba por una.
135. Me acuerdo de que me daban repelús los sabihondos y las
marisabidillas.
147. Me acuerdo del plumier de dos pisos.
179. Me acuerdo de las onomatopeyas, extrañas y originales,
de los tebeos.
328. Me acuerdo de una foto tomada en Pompeya; sentado en
unos escalones, aparento ser un joven interesante y lleno de curiosidad.
388. Me acuerdo del orgasmatrón que aparece en una
película de Woody Allen.
458. Me acuerdo de una negativa escatológica entre
chiquillos: «Y una mierda pinchá en un palo». ¡Qué cosa tan absurda! A las
expresiones no hay por dónde cogerlas. Representan el genio loco de la lengua.
464. Me acuerdo de las holandesas: hojas más pequeñas que el
folio y el formato DIN A4.
483. Me acuerdo de que descubrí a Kierkegaard gracias a
Kafka. Fue una revelación. La enfermedad mortal me ayudó a lidiar con la
desesperación, con la náusea de existir.
539. Me acuerdo de que me gustaba masticar granos de café y
comer tiras de bacalao crudo.
640. Me acuerdo de que mi padre tenía muchas ganas de vivir
mientras mi madre quería dejar de sufrir.
Ideas en
fuga.
Día 2: Hay que ser muy optimista para creer que hablando se
entiende la gente. [...] El acné, que amargó mi adolescencia, me salvo del
narcisismo.
Día 3: En la pubertad empecé a escribir una novela del
Oeste, y no pasé del primer capítulo.
Día 4: Tener razón me importa poco; más me importa que se
respeten mis razones. [...] Aunque nadie quiere ser esclavo, no todo el mundo
sabe ser libre.
Día 5: La igualdad de derechos no anula la desigualdad de
facultades.
Día 6: Ser quien soy no me cuesta; lo difícil es llegar a
ser quien quisiera ser. [...] No hace falta viajar, todo en la vida es viaje.
Hay tantos necios nómadas como necios sedentarios.
Día 7: Los exhibicionistas colonizan cada vez más la
realidad.
Día 8: Me sobran razones para ser modesto, y me faltan
méritos para dejar de serlo. [...] «Estas mohíno», me decía mi madre cuando me
atravesaba la niebla abúlica. Un refrán exacto: Donde no hay harina, todo es
mohína.
Día 9: «La hipocresía disfrazada de indignación moral es
repugnante».
Dia 11: Soy paciente hasta la impaciencia. No es fácil saber
cuándo la paciencia deja de ser paciencia.
Día 12: Ni aun en momentos desesperados abdico de la razón:
me vuelo loco, pero cuerdamente.
Día 14: He hecho muy poco para dejar de ser un autor casi
inédito. En el metro, leo; en el autobús, me mareo. Me cuesta imaginar el mundo
de un analfabeto. [...] No fui asiduo lector de periódicos. Mi padre los leía
atrasados. Así se ahorraba la efervescencia de la actualidad.
Día 15: Leer de principio a fin Los cantos de Maldoror,
del soi-disant conde de Lautréamont, exige mucha paciencia.
Día 16: La fe pone zancadillas a la razón, para que no
moleste.
Día 17: Inoportuno, alguna vez lo fui; pero impertinente,
nunca, que yo recuerde.
Día 18: Si alguien se equivoca, y es de los que se cuecen en
su propia soberbia, no siempre le saco de su error.
Día 19: El presente no es huidizo, huidiza es la vida; el
presente se mantiene firme en su sitio. Habitar el presente, sí, pero sin
perder de vista la estela el pasado y el espejismo del futuro.
Día 22: En el campamento pasé tanto frío, aquel otoño y
primeras semanas de un invierno glacial, que casi se me congela un brazo:
acrocianosis fe el diagnóstico. Me dieron permiso para hacer la instrucción con
guantes. [...] El olvido es la mala hierba que cree en la memoria.
Día 23: Si todos los libros fueran anónimos, ¿la historia de
la literatura sería distinta?
Día 25: Desconfío de mi humildad; advierto en ella un oscuro
atisbo de soberbia.
Día 27: Al final, de todas las colecciones que empecé, la
más perdurable es la de los libros.
Día 28: Una cosa me gusta del zen: la renuncia a pensar lo
impensable, el rechazo de los pensamientos inútiles.
Día 31: Cuando menguan las ganas de vivir, la vida se
convierte en un sudario de plomo. [...] en algunos momentos me estorbo a mí
mismo.
Día 33: La tranquilidad es un lujo, y cuesta caro.
Día 34: En los viejos tiempos, escribía por la noche; ahora
que el viejo soy yo, escribo por la mañana.
Día 35: Un amigo pasó noches enteras fatigando los ojos al
leer a la luz de una vela con el propósito de quedar exento del servicio
militar. Se contaban historias bizarras sobre gente que quería librarse de la
mili. [...] Donde hay mugre y miseria la impostura está ausente.
Día 36: Cuando estrecho la mano, soy comedido: ni flojo ni
fuerte, ni larva ni garra.
Día 37: No he tenido maestro, no he sido discípulo. Lamento
ambas cosas. [...] Era muy joven cuando fui por vez primera y acaso única, al
Pozo del Tio Raimundo, a visitar al hermano menor de mi madre, que estaba muy
enfermo. Cuando llovía, el barrio quedaba embarrado. Allí había mucha pobreza
digna, mucha miseria humilde. Poco después, mi tío falleció. Era el único
hermano de mi madre al que las secuelas de la guerra no llevaron a la cárcel.
Día 39: Durante años, mi escritorio fue el costado de una
máquina de coser Sigma. [...] No ser hombre de consignas me aleja de cualquier
militancia.
Día 43: Como vivía al lado de un matadero, y era migo de
León, el hijo del guarda, jugábamos a deslizarnos con los garfios como animales
vivos.
Día 44: El director de la revista Ínsula se apellidaba Cano,
y el subdirector, curiosamente, Canito. Justicia poética en el escalafón. [...]
¿Es cierto que, cuando se casaron, su mujer le dijo al editor de Gallimard:
Ahora yo meditaré, y tú me editarás?
Día 47: No envidio el éxito, envidio el trabajo que lo hace
posible. [...] Hay que aprender del tiempo, que no duerme ni se atropella.
Día 50: Entre la fantasía y la realidad, prefiero una
realidad en la que quepa la fantasía.
Día 51: Es una delicia todo lo que canta Joaquín Diaz, ya
sean canciones sefardíes, romances o lo que sea. [...] Corrección, de
Bernhard, es una novela hipnótica.
Día 57: Para leer a Lacan hay que ser francés o, mejor aún,
alemán. Fue el dueño desconocido del impactante cuadro de Courbet El origen
del mundo, con su lee contrapicado genital.
Día 63: Los suicidas, ¿quieren morir o no quieren vivir?
Día 64: Cosas ínfimas me sobrevivirán: una cuchara, un
alfiler, un libro de bolsillo... ¡Qué triste!
Día 67: Las personas con fuga de ideas acaban siendo
insoportables.
Día 67: La presencia de los autores es mayor cada día, lo
que acaso sea bueno para el comercio y nefasto para la literatura.
Día 69: La pasión nos lleva a donde ella quiere; el amor nos
centra en nosotros mismos.
Día 70: Para desvanecerse, la tristeza necesita tiempo;
querer exiliarla antes de tiempo es contraproducente. [...] Más que esperar
cosas de la vida, lo propio es ofrecérselas.
Día 75: Mushotoku llaman los japoneses a obrar
desinteresadamente, sin esperar recompensa ni reconocimiento alguno.
Día 77: Al terminar la guerra, el dinero ahorrado por mis
padres perdió su valor; años después, tuvieron que volver a casarse. Su matrimonio
civil, celebrado durante la guerra, no era válido.
Día80: Mi ideal de vida no está lejos del que expresa
Bernardo Soares: «Vivir con alegría y existir con claridad», pero la vida se
empeña en poner zancadillas a tan loable propósito. [...] Alguna vez tendría
que llegar tarde a una cita para saber qué se siente.
Día 85: Entre la angustia y la ansiedad, yo he sido más
proclive a la angustia, esa contracción del espíritu.
Día 87: El cine fue el maná de mi infancia. [...] Alguien
dijo que la madurez lo es todo; pero la madurez no es un regalo que nos haga la
vida al cumplir cierta edad, sino una cima que hay que conquistar.
Día 89: Hace muchos años se me quedó grabada una máxima de
Max Jiménez, escritor costarricense: «Quien busca consuelo en la filosofía se
queda filósofo y sin consuelo».
Día 91: En las dictaduras se callan demasiadas verdades, en
las democracias se dicen demasiadas tonterías. [...] Una tarde, un yeyé con
zapatos de charol anunció en los billares que se iba a la plaza de toros de Las
Ventas a ver la actuación de un conjunto inglés apenas conocido aquí. The
Beatles.


