domingo, 26 de febrero de 2023

«Mis delitos como animal de compañía», de Luis Mateo Díez

Una novela sobre el trastorno bipolar desde sus adentros. 

         Sin salir de su universo particular de Celama, el autor escoge, en esta ocasión, un personaje muy singular: un trastornado, específicamente con el trastorno bipolar, pero que, como un saco de males andante, padece además una enfermedad renal y una hernia que amenaza estrangulamiento. Dicho innombrado personaje es, además, la voz narrativa, lo cual dibuja claramente una situación fantástica que va a resolverse, con cierto magisterio, con un recurso metaliterario que nos permite seguir la novela con la esperanza de que se nos acaben revelando el modo como la narración llega hasta nosotros, porque, como ya señala el narrador desde los primero compases narrativos: En cualquier caso, si alguien duda de lo que digo, ahora y a lo largo de la novela que podrían escribirme, si fuera capaz de dictarla, no tendría ninguna posibilidad de recabar más datos o contradecirme, ya que de una ficción iba a tratarse, y no me paso de listo por torpe que parezca. Desde esta perspectiva, la novela se cierra con una aseveración que acaba formando un «marco» narrativo para las múltiples peripecias del protagonista y decenas de personajes que lo acompañan en sus modestas aventuras: Los vecinos de mi naturaleza son entes de ficción no cuestionados.

         El protagonista, pues, va a ir relatándonos aventuras que giran todas ellas en torno a su propia genealogía, cómo llegó, desde niño retorcido (Siempre he tenido mucha facilidad para retorcer las cosas. Hay especialistas que sostienen que el retorcimiento es una de las características del trastorno y ya cuando en mis primeros años me gané fama de niño retorcido, se me vinieron las maneras) a adulto bipolar a quien se le adjudica incluso la muerte de sus padres en un accidente de coche, tras haber vaciado el líquido de los frenos. Se trata, en todo caso, de una familia en la que la abuela, supuestamente, mató y guardó en el maletero del coche al abuelo, o en la que las hermanas del protagonista lo cuidan incluso con mimos incestuosos. Tengamos presente, no obstante, el oportuno aviso del protagonista: En las dolencias mentales se multiplican las figuraciones y, a veces, en la multiplicación está el mayor daño o el mejor alivio.

         He de reconocer que la novela tira al esperpento con suma facilidad, porque no de otro modo «suceden» las cosas desde la perspectiva del personaje, quien reconoce constantemente lo mucho que, a todos los efectos,  lo altera la medicación, de donde podemos inferir que nunca en toda la novela están claros los límites entre las «figuraciones» y los hechos reales. Pero tampoco los echamos de menos, una vez que aceptamos el mundo particular de la voz narrativa.

         Hay un eje narrativo, el metaliterario, que a mí me ha parecido de enorme interés, porque, más allá de la explicación racional del hecho en sí de la propia novela, hay unas interesantes reflexiones sobre el género que aparecen de forma recurrente a lo largo del texto. La primera y fundamental es la conciencia del narrador/dictador de ser el agente activo de la propia narración, lo que suma, a su trastorno, una interesante realidad alternativa: ser capaz de explicarlo y, hasta cierto punto, comprenderlo, dada la distancia entre los hechos y su relación. Ya avanzada la novela, se detiene a considerarlo en un brillante párrafo, expresado a su manera, que no es la de un trastornado  analfabeto  o con escasa formación, sino la de un universitario: La novelística es la leche, la verdad sea dicha, y ya de tanto dictar me iba percatando de la dictadura de hacerlo, quiero decir, y sin que la gracia venga a cuento, que me la dictaba a mí mismo, que el falaz novelista en que me iba convirtiendo no era otra cosa que alguien que escribe al dictado, y de este modo me puse en guardia y me dije a mi mismo: ¿cómo pierdes el tiempo fantaseando a quién se la dictas, si solo haces que escribirla tu mismo al dictado?

         No ignoro que puede parecer injusto mi interés por el marco y mi cierto desinterés por la «materia» narrativa propiamente dicha, pero he de reconocer que hay una suerte de tremendismo, al estilo del Cela heredero, en parte, de su coterráneo don Ramón, cuya acumulación, en una novela acaso excesivamente larga, me agota, máxime cuando la vena reflexiva del protagonista es capaz de entregarnos gemas como las siguientes:

La vida no es otra cosa que la contrariedad de vivirla, ni más ni menos.

Lo que sucede es que el mal tiene también una especie de aliciente vicioso, lo que podría corresponderse con el gusto del propio envenenamiento o, para decirlo de otra manera, que la enfermedad puede hacerse adictiva.

         No saques la cabeza del presente. No busques a quienes estuvieron contigo cuando menos los necesitabas. Lo único que está en su sitio es el futuro. Vete y no vuelvas.

         La familia es un suplicio, me dije inquieto, con la firme voluntad de seguir siendo lo que tanto tiempo llevaba: un huérfano agnóstico, un ser sin vínculo, un enfermo profesional, menos contagioso que común, con una enfiteusis y un enjuiciamiento y, a ser posible, persona non grata pero sin discapacidad. Y su genial corolario: La familia, ya lo había escrito un ruso, es un asunto nocturno y confuso.

         La nómina de personajes tan excéntricos o más que el protagonista es extensísima, pero, sin duda, y más allá de súbitos enamoramientos románticos como el de la anoréxica Quela Lis en uno de esos internamientos en los que entra y de los que sale  sabiendo, al dedillo, su carácter escasamente paliativo:  —No estoy mejor que cuando entré —le dije sin sorna—, pero tampoco peor que cuando salí la última vez, o el del indómito profesor de bachillerato  en lucha heroica y solitaria contra el «sistema», el profesor Bermejo, a quien ya de joven y diagnosticado le entrega un borrador de la novela que quiere escribir, lo que nos indica que ese afán literario al que ahora cede ha formado parte de su singular personalidad; más allá de esos personajes de difícil encaje narrativo: la novia Bezuela, Oterina y su amante militar, también bipolar, el trío de «pirados» que forma con  Peto y Colomina para asaltar supermercados o el «equipo» que forma con Idao para escaparse del penal psiquiátrico; mucho más allá, digo,  está su familia, sus hermanas Data, Polibia y Colinde, alias «Conjetura», su madre depresiva crónica… La vivencia de la familia que “sobrelleva” el trastorno del protagonista es uno de los grandes ejes narrativos, si no el más interesante, y el autor ha escogido el recuerdo de una tristísima película de Ettore Scola para recordarnos la esencia de la misma: No hay familia que aguante un asalto, pensé inquieto, ni sobremesa que sirva para reconciliarse, ni afectos que eviten las infecciones y las torturas de tener que compartir el mismo domicilio, parecidas habitaciones y un pasillo conductor y lleno de huellas digitales que contribuye a que el hogar sea el mismo para quienes lo habitan y por él deambulan, sin que el sufrimiento y la desafección sean suficientes para levar el ancla o perderse definitivamente entre el trastero y el patio de luces.

         Reconozco que el atajo del humor tremendista es una manera como cualquier otra de enfrentarse a un trastorno que puede abordarse legítimamente desde esa perspectiva, pero , si nos atenemos a esa otra «crónica» del mismo que es el magnífico (por informativo) libro de Marcos Obregón, Contra el diagnóstico, advertimos enseguida que hay una dimensión profundamente dramática de la convivencia cotidiana familiar con ese trastorno de la que en la novela no hay ni rastro (sintetizada en un «lo sobrelleva» que acaso ameritaba más amplio desarrollo, aunque quizás muy otra hubiera acabado siendo la novela, eso también es cierto). Las crisis maniacas de la bipolaridad dan pie a excesos que pueden nutrir el anecdotario más disparatado e inverosímil, pero no es menos cierto que el dolor desgarrador del abismo depresivo lo tiñe todo de una fatalidad opresiva en la que el amedrentador fantasma del suicidio extiende una sombra helada que corta la respiración. No es un tema «fácil», el que ha escogido el autor, pero ha de reconocérsele la valentía de su imaginación para adentrarse en él y transmitirnos ese trastorno desde dentro, algo que cualquier lector sabrá reconocer y aplaudir, imagino. De algún modo, parte de ese esfuerzo creativo se recoge en las diferentes reflexiones sobre el hecho mismo de la narración que está sucediendo a partir del dictado de las acciones a sí mismo por parte del protagonista: La novela andaba de un sitio para otro sin que yo lograse sujetarla, llevarla por el buen camino o, al menos, en consonancia con mi propia existencia, por el camino errado pero sin forzar la alternativa de un destino que era el mío y del que no debía culpabilizarme, aunque yo no pintara nada en ella, apenas fue la excusa de la misma. Empezaba a estar hasta el gorro de la novela y eso sin haber dictado siquiera una frase.

         De ahí que La novela no podría ir bien cuando la vida me iba tan mal.

         Con todo, el autor ve con poderosa perspicacia el fértil terreno que, para la escritura de una novela, supone padecer un trastorno que roza el delirio y el autismo, la cumbre y la cueva, el éxtasis y el remordimiento, el vértigo y el abismo, y, llevado por esa feliz intuición, ha acometido una empresa que, en última instancia, no puede sorprender a quienes están habituados a leerlo, porque es bien sabido que  Celama es ese lugar insólito y entrañable donde la realidad cambia de nombre…, y solo su creador sabe sacarle el provecho literario que incluso el mismo protagonista ve, como si fuera, hasta cierto punto, un inverosímil alter ego suyo: No es la imaginación precisamente un bien de la enfermedad, aunque en las agitaciones se roce lo que esta facultad del alma reserva al delirio, quiero decir que existe entre el trastorno y las formaciones de la fantasía un punto y aparte con sus estímulos y estimaciones, y es que a esa perturbación de la razón que tiene mucho que ver con los despropósitos y las confusiones mentales se la puede sacar mucho rendimiento.