lunes, 14 de febrero de 2022

«Sobre el arte de leer», de Gregorio Luri y «La persecución y el arte de escribir», de Leo Strauss. Oído al parche, ojo avizor.


Las dos caras famosas de la misma moneda del conocimiento: lectura y escritura fundidas a conciencia.

                                     

En última instancia, vivimos como leemos.

                                                                                   Gregorio Luri

Leemos antes de escribir. Aprendemos a escribir mediante la lectura.

                                       Leo Strauss

 

 

         

         Me acerqué a la conferencia de Gregorio Luri Sobre el arte de leer así que recalé, azarosamente, en un volumen de Strauss de título tan sugerente como La persecución y el arte de escribir, del que intuí que obtendría no pocas gratificaciones, como así ha sido.Ambas obras, hasta cierto punto, como se deduce del epígrafe, son complementarias, porque «leer» y «escribir» son artes fundidas en un solo mester. Si raro es quien solo lee y jamás emborrona alguna cuartilla; no existe quien las tinte y nunca lea.

         Son dos libros muy distintos, y me exigen un comentario individualizado de cada cual, si bien contiguo, por lo que acabo de decir y porque, en ese juego de iluminaciones al que tanto se prestan los libros, uno hace brillar al otro y viceversa.

         Gregorio Luri es un apóstol reconocido de la «lectura lenta», un arte sobre cuya continuidad se ciernen espesas sombras de sospecha. El cambio de soporte, del papel impreso a la pantalla *byteada, ha supuesto una pérdida de los hábitos lectores que habían definido la cultura occidental desde que a San Agustín le sorprendiera la lectura muda de Ambrosio, obispo de Milán. Luri, atento observador de nuestra muy cambiante realidad pedagógica impartió una conferencia, (¡felizmente publicada por Plataforma Editorial para hacerla accesible a cuantos no pudimos asistir a la misma!) en la que mantuvo ciertas tesis sobre lo que él considera un arte, la lectura, y que, como tal, requiere unos fundamentos sólidos. Siempre se recuerda la contestación, imagino que apócrifa, de Picasso ante la “facilidad” con que  cualquiera podría imitar su época cubista: «Para pintar así, primero he tenido que aprender a pintar como Velázquez», y lo mismo podría decirse de cualquiera que nos sorprende, hablando o por escrito, por la claridad y la elegancia de su pensamiento: «Un hombre aprende a escribir bien al leer bien buenos libros y al leer con sumo cuidado libros escritos con sumo cuidado»,  podría decir el interpelado, con palabras de Strauss.

         La atención, la vocalización, el amor al sonido del lenguaje —¡que es la antítesis de «oírse a sí mismo»—, la vieja prosodia que tanto echamos de menos, la expresividad, en suma, que le da vida a las palabras mudas, no son fruto espontáneo, sino arte cultivado que, además, requiere ciertos contextos que lo favorezcan. Este ensayo iluminador de Luri me ha traído a la memoria un ejercicio que solía hacer en mis clases para ilustrar a mis alumnos sobre la lectura expresiva, la única que cabe hacer de los textos literarios, al menos. Los llevaba a la aventura de los batanes del Quijote y les hacía leer el episodio en que D. Quijote le dice a Sancho:  —Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. Mil veces lo han leído, alumnos de todos mis largos años de docente, ¡y ninguno, jamás, creyó oportuno hacer lo que indica claramente el narrador!: Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo. Nunca  a nadie se le ocurrió «obedecer» al narrador y pinzarse la nariz para hablar «en gangoso», ese recurso teatral de algunos «característicos» del viejo teatro que aparece en Viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, donde se satiriza la dicción pretendidamente teatral: ¡Señoriiiiiiiiiiitu!      

         La primera condición para leer bien es hablar bien, asegura Luri con sobradas razones, y hablar bien no es habilidad común de la especie, que nos venga dada por tener la capacidad de hablar, sino, como diría Fray Luis, negocio de particular juicio, es decir,  se ha de querer hablar bien, y para ello es imprescindible oír hablar bien en nuestro entorno, aprender de quienes nos rodean, y ahí padecemos socialmente un déficit alarmante, porque el contexto lingüístico de no pocos alumnos en modo alguno favorece ese dominio del bien hablar que se convertirá, más adelante, en un buen leer. Estos alumnos llegan a la escuela con un déficit lingüístico que esta no es capaz de compensar,  por eso podemos predecir con bastante exactitud su fracaso o éxito escolar por su competencia lectora a los nueve años. Doy fe de la dolorosa constatación de ese hecho, porque de las pruebas iniciales de cada curso, solo por la escritura, sin haberles oído ninguna intervención oral en clase, era capaz de cifrar, con muy pocas equivocaciones, el número de alumnos que encajarían en cada nota a final de curso. Uno de los más tristes determinismos de mi vida profesional. Para suplir esas carencias familiares, Luri propone que los profesores lean a los alumnos en voz alta, con todos los primores de la lectura lenta y cuidadosa: Los niños que hablan bien leen mejor y escriben mejor. Por eso los profesores deberían también leer a sus alumnos textos de calidad, complejos, retadores. Cuanto más les lean, más enriquecerán su vocabulario y más conocimiento sobre el mundo adquirirán, de modo que ampliarán así su capacidad lectora. No sé lo extendida que estará esa práctica, pero sé decir que mis lecturas en voz alta del Lazarillo, del propio Quijote, de la Odisea (adaptada) o de El señor Ibrahim y las flores del Corán supuso que los alumnos fueran casi en alud a la biblioteca para pedirlos en préstamo. La contrapartida de algo así ha sido, por ejemplo, «en casa de herrero…», que mis hijos, a quienes he leído hasta noquearlos, solo ahora, bien pasados los veinticinco, hayan devenido lectores entusiasmados… Por otro lado, son conocidas las encuestas suecas sobre la relación entre el número de libros de un hogar y el desarrollo intelectual de los hijos criados en los mismos. El contexto social es, pues, determinante para el futuro desarrollo de los alumnos, de ahí que jamás entendiera que mis compañeros de profesión consideraran una «extravagancia» mía mi propuesta de abrir la escuela a los padres para «educarlos» en la necesidad de inculcar a sus hijos el amor a la lectura y al estudio, practicándolo ellos y compartiéndolo en casa con los hijos.

         El debate sustancial entre los «conocimientos» y el manido y delirante «aprender a aprender» lo resuelve Luri como le es peculiar, con la sagacidad y la ironía  del viejo maestro que subyace en él al filósofo. Si leer es, como él defiende, el arte de encajar un texto en un contexto, está claro que leer es una actividad indispensable para adquirir conocimientos y estos, a su vez, un incentivo de primera magnitud para potenciar la lectura. De hecho, como oportunamente señala, la lectura no es un «saber-cómo», sino un «saber-qué», de ahí que la lectura sea  el único lugar en el que cobra pleno sentido la expresión «aprender a aprender». Porque si a caminar…, pues lo mismo ocurre con la lectura. Su  diagnóstico, que les puede parecer a algunos una simplificación casi indecorosa, de que la razón principal por la que algunos niños no leen bien es que apenas leen me parece fundamental en su análisis de la realidad lectora de un país en el que las criaturas, según las siempre controvertidas estadísticas, dejan de leer a partir de los 13 o 14 años para engrosar esa enormidad surrealista del 50% de ciudadanos que no lee ni un solo libro al año… La explicación de ese fenómeno es tan contundente como simple: A todos nos gusta practicar aquello en lo que resaltamos y todos solemos resaltar en aquello que practicamos asiduamente. Está claro que sin una lectura morosa, aislada, en silencio absoluto, sin distracciones digitales o analógicas, cuidadosa, entregada y expresiva, difícilmente podremos extraer el placer inmenso que nos depara a quienes yo considero, desde hace muchos años, que somos «intelectores», porque leer no nos convierte en «intelectuales», aunque estos jamás lleguen a serlo sin la lectura cuidadosa que predica Leo Strauss. Gráficamente señala Luri que se ha conseguido el estatus de «lector» cuando a ese sujeto volcado en su objeto le saca de sus casillas el «perdona si te molesto…» mediante el que todos se creen con no se sabe qué torcido derecho a perturbar la lectura de quien está abstraído  en tan placentero deliquio. Da la impresión, y esta es experiencia mía de viejo «intelector», de que la lectura «ofende» a la sociabilidad vulgar (de «vulgo»), de que levanta un muro que ríete tú del de Berlín…, a juzgar por lo contrariados que se muestran casi todos cuando ese acto íntimo de la lectura irrumpe en el espacio público.

         Del análisis de una practica común, ¡o que debería serlo!, paso a comentar brevemente mi vibrante paseo por un libro que sí debe considerarse un fruto intelectual de primera magnitud, aunque, en el fondo, y por eso lo asocio con la conferencia de Luri, Strauss escribe estos artículos, agrupados bajo título tan sugestivo, con el único objetivo de enseñarnos a leer textos complejos que requieren conocer perfectamente el contexto en que fueron escritos. Son tres los textos sometidos a su lúcida y minuciosa reflexión: La Guía de perplejos, de Maimónides; El cuzarí, de Yehuda Halevi y el Tratado teológico-.político, de Baruch Spinoza. Con motivo del tercer artículo, Strauss tiene la deferencia de detallarnos los fundamentos de su lectura crítica, si bien lo hace de forma tan extensa que he preferido publicar ese texto en otro lugar, porque, al margen de su análisis de estos tres pensadores, se trata de un método hermenéutico que puede ser aprovechado por cualquier lector para enfrentarse a cualquier texto. Tratándose de tres autores judíos, quienes hayan leído a Strauss intuirán, con acierto, que el análisis va a lidiar con la oposición entre «razón» y «revelación», algo de lo que nos advierte en el prólogo: El elogio de la filosofía tiene la intención de refutar cualquier pretensión de valor cognitivo que pueda aducirse en favor de la religión en general y de la religión revelado en particular, porque la filosofía a la que Al-Farabi concede su alabanza irrestricta es la filosofía de los paganos Platón y Aristóteles.

         Con la lentitud minuciosa de quien no da un paso interpretativo sin afianzar el anterior, para no cometer deslices subjetivos que empañen el análisis con esa parcialidad siempre tan tentadora, Leo Strauss ha escogido tres textos fundamentales en los que se manifiesta esa contraposición entre el saber racional y el saber revelado; pero lo importante es, según se deduce de su estudio, el modo como los tres autores han sido capaces de eludir el posicionamiento heterodoxo para, desde una ortodoxia práctica, eludir conflictos que prohíban el acceso de los lectores a sus obras. En ese sentido funciona, desde el primer texto, la Guia de perplejos, lo que Strauss dice que se corresponde con el conocido subterfugio, bien conocido por los españoles durante la dictadura franquista, de «escribir entre líneas» para burlar la censura de la ortodoxia y poder llegar a los «entendidos», es decir, quienes saben leer entre ellas y acceden a lo que «de verdad» el autor ha querido decir. Algún lector poco avisado puede entender que esa manera de escribir genera, a la hora de la lectura y la interpretación de los textos, un margen de subjetividad que bien pudiera «errar el tiro» a la hora de sacar las conclusiones pertinentes sobre autores que no van a poder, ya, refutarlas. Pierdan cuidado, porque una de las bellezas hermenéuticas de este libro consiste en que Strauss ofrece a la consideración de los lectores los entresijos de su método hermenéutico, de tal manera que este suprima la tentación de la interpretación sesgada, cuando no de la tergiversación pura y dura. Esto es lo más bello que puede decirse de este libro: que es un monumento al cultivo de la honestidad intelectual,  del rigor conceptual y de la objetividad hermenéutica. Esta lección bastaría ya para recomendar insistentemente la lectura de este libro.

         Como bien señala Strauss, el hecho que hace posible esta literatura puede expresarse en el axioma de que los hombres irreflexivos son lectores descuidados y solo los hombres reflexivos son lectores cuidadosos. En consecuencia, con ese cuidado no solo de quien lee, sino, sobre todo, de quien escribe, los lectores que aplican su rigor crítico sobre ciertos textos no estamos autorizados a eliminar un pasaje ni a enmendar su texto antes de haber considerado íntegramente todas las posibilidades razonables de entenderlo al pie de la letra; una de esas posibilidades es que el pasaje sea irónico. Como se advierte, la lectura que propugna Strauss es una suerte de crítica textual exhaustiva que arranca del respeto a la literalidad del texto, pasando por su fijación, datación y autentificación, de modo que, finalmente, la inexcusable interpretación esté avalada por la veracidad. Más tarde, en el capitulo dedicado a Spinoza, comprobaremos que debido a las deturpaciones propias de una colección de textos como los usados para la formación del canon de la Biblia, Spinoza resta credibilidad a la capacidad de los mismos para encarnar la revelación divina y en consecuencia, para ser una alternativa a las leyes racionales establecidas por la filosofía. En la Guía de perplejos, como señala Strauss, Maimónides no actuó de manera imprudente: insistió en tomar un camino intermedio entre la obediencia imposible y la transgresión flagrante, y consideró que su deber era dar una explicación escrita de los secretos de la Biblia que cumpliera todas las condiciones requeridas de una explicación oral. En otras palabras, tuvo que convertirse en un maestro del arte del revelar sin revelar y del no revelar revelando. Es decir, Maimónides pretendía, merced la escritura, contribuir a salvaguardar los secretos de la Biblia aun a pesar de la prohibición expresa de revelarlos por escrito. Dos son los recursos que emplea Maimónides para sortear las prohibiciones: las palabras ambiguas y las contradicciones. De estas últimas, Strauss levanta un inventario técnico que permite valorar esa suerte de anticipo del método precavido de Descartes: Larvatus prodeo («camino enmascarado»: 1) El método más obvio es hablar del mismo tema de manera contradictoria en páginas muy alejadas entre sí. 2) Una variante de este método es hacer uno de los dos enunciados contradictorios al pasar, por así decirlo. […] 3) Un tercer método consiste en no contradecir directamente el primer enunciado, sino en contradecir sus implicaciones. […] 4) Otro método es no contradecir directamente el primer enunciado, pero aparentar repetirlo con el agregado o la omisión de una expresión en apariencia insignificante. […] 5) Otro método consiste en introducir entre los dos enunciados contradictorios una aserción intermedia que, sin ser contradictoria por sí misma con el primer enunciado, llega a serlo por la adición u omisión de una expresión aparentemente insignificante; el enunciado contradictorio se desliza como una repetición del enunciado intermedio. Estamos ante un repertorio técnico que, mediante la contradicción, permite expresar, muy indirectamente, la verdadera opinión del autor: Para resumir: Maimónides no enseña la verdad sin tapujos, sino en forma secreta; es decir, la revela a los hombres doctos, que son capaces de entender por sí solos, y al mismo tiempo la oculta al vulgo. Es probable que no haya mejor manera de ocultar la verdad que contradecirla.

         El cuzarí es un dialogo sobre la conversión al judaísmo de un rey a quien un sabio judío pretende convencer mediante el contraste de su doctrina con tres «rivales» de la misma: un teólogo musulmán, un estudioso cristiano  y un filósofo heleno:  Desde el punto de vista de Halevi, el adversario por excelencia del judaísmo no es el cristianismo ni el islam, sino la filosofía. [Nota: Solo el filósofo niega la revelación mosaica, mientras que el cristiano y el musulmán la admiten]. […] A su juicio, en efecto, un verdadero filósofo es un hombre como Sócrates, que posee «sabiduría humana» y es irreductiblemente ignorante de la «sabiduría divina». El meollo de la discusión, a partir del diálogo,  se establece en la contraposición de las nomoi racionales y las nomoi suprarracionales, propias de la revelaciçon religiosa y cercana al concepto del «derecho natural». Según Strauss, parece que la religión de los filósofos es idéntica a la enseñanza exotérica de los filósofos o, al menos, consiste en parte en ella. Respecto de esa doctrina exotérica, sabemos por el erudito por qué es exotérica y con qué finalidad es necesaria. Es exotérica a causa del carácter retórico, dialéctico o sofístico de algunos de los argumentos que la apoyan; es, en el mejor de los casos, una fábula verosímil. Y la finalidad esencial de cualquier doctrina exotérica es el «gobierno» de los inferiores por los superiores y, con ello, en particular la conducción de las comunidades políticas. Ahora bien, a lo largo de un interesante desarrollo, Straus va a retrotraernos al capítulo anterior para establecer la diferencia entre las nomoi racionales y las suprarracionales a partir del análisis que hace Maimónides de un libro La agricultura nabatea, que le da pie para extraer interesantes conclusiones de los nomoi supersticiosos a través de los sabeos, quienes pasaron, en la Antigüedad, por paradigma de la superstición. La cita es larga, pero me parece fundamental para entender el modo como Strauss se adentra en la interpretación de los textos para leer con cuidado y detectar su verdadero significado, una lectura a la que, sin una preparación específica, no solemos estar acostumbrados:

Para una comprensión más acabada de la relación entre los nomoi racionales compuestos por filósofos y nomoi racionales supersticiosos, se debería recurrir a la Guía de Maimónides. Según este, La agricultura nabatea es el documento más importante de la literatura sabea. Los sabeos eran gente de extrema ignorancia; nadie estaba más alejado de la filosofía que ellos, que se entregaban a todo tipo de prácticas supersticiosas (idolatría, talismanes, brujería). Había «nomoi de los sabeos» que estaban en íntima relación con su «religión», y sus «delirantes locuras» representaban, tal como los «nomoi de los griegos», formas de «conducción política». Los sabeos no vacilaban en asegurar l realidad de las cosas más extrañas, que eran «imposibles por naturaleza». Así, podríamos sentirnos tentados de atribuirles una extrema credulidad respecto de los milagros. Sin embargo, como Maimónides no deja de señalar, su disposición a afirmar la realidad de las cosas más extrañas, que son «imposibles por naturaleza», es en sí misma muy extraña; en efecto: creían en la eternidad del mundo, es decir, que estaban de acuerdo con los filósofos y en contra de los adherentes a la revelación en lo relativo a la cuestión crucial. Quienes sigan el hilo de esta argumentación hasta su necesaria conclusión no se sorprenderán al leer en el Tratado sobre la resurrección de Maimónides —el más auténtico comentario de la Guía— que los sabeos inferían de la eternidad del mundo la imposibilidad de los milagros, y que en verdad distaban mucho de ser crédulos en lo concerniente a estos: su radical incredulidad en lo relativo a milagros fue lo que indujo a Dios a postergar el anuncio del futuro milagro de la resurrección hasta mucho después de la revelación del Sinaí, esto es, hasta que la creencia en los milagros se hubiera arraigado con firmeza en la mente de los hombres. En ese sentido, Maimónides señala en la Guía que el autor de La agricultura nabatea presentó su ridículo sinsentido con el objeto de poner en duda los milagros bíblicos, y agrega, en particular, que algunas de las historias contenidas en esa obra contribuían a sugerir que dichos milagros se habían producido mediante artilugios. Por cierto, no es difícil entender por qué un hombre que niega los milagros ha de recurrir a información sabea sobre sucesos naturales más maravillosos que los milagros bíblicos más impresionantes. Quizá no sería absurdo preguntarse si libros como La agricultura nabatea no fueron escritos por partidarios de los filósofos, y no por simples adherentes a credos y prácticas supersticiosas. Por consiguiente, resultaría aventurado descartar sin mayor análisis la sospecha de que al menos algunos de los nomoi supersticiosos de que son objeto eran racionales, no tanto desde el punto de vista de la razón práctica como desde el punto de vista de la razón teórica. Lo mismo sería valedero, mutatis mutandis, para los nomoi racionales compuestos por los filósofos, en cuanto contribuían a minar la creencia en la legislación divina propiamente dicha.

         Lo que está en disputa, como se advierte, es el carácter racional o suprarracional de las nomoi como instancia ordenadora de la vida en sociedad, por lo que el  erudito que instruye al rey sobre la verdad de la religion judía frente a la validez universal de las verdades de la razón filosófica acaba tratando de convencer a su interlocutor de que «estas cosas y otras similares son los nomoi racionales; son el preámbulo y la introducción a la ley divina, son anteriores a ella en naturaleza y en tiempo, son indispensables para el gobierno de cualquier comunidad humana. Ni siquiera una comunidad de ladrones puede dispensarse de la obligación de justicia en sus relaciones mutuas; de lo contrario, su asociación no duraría». Entiende, pues, por nomoi racionales la suma de normas que traducen el mínimo indispensable de moralidad requerido para la preservación de cualquier sociedad.[…] Nos sentimos tentados de decir que considera los nomoi racionales como iura quasi naturalia. […] Los iura naturalia no son, en realidad otra cosa que el mínimo indispensable e inmutable de moralidad requerido para la mera existencia de cualquier sociedad.

         Finalmente, el análisis del Tratado teológico-político de Spinoza se convertirá en la última andanada de la razón contra la verdad revelada, marcando la oposición entre el ámbito de la racionalidad y el de la superstición. Strauss nos recuerda que Spinoza, a pesar de ser judío, escribe en una sociedad en la que el cristianismo es dominante, y ello justifica en última instancia la naturaleza de su ataque racional a la revelación que articula la religión judaica. Spinoza niega la premisa de que la Biblia sea sustancialmente inteligible: A su entender, la Biblia es esencialmente ininteligible, puesto que la mayor parte de ella se dedica a asuntos ininteligibles, y es accidentalmente ininteligible porque solo una parte de los datos que podrían arrojar luz sobre su significado están de hecho a nuestro alcance. La ininteligibilidad esencial de la Biblia —el hecho de que sea un libro «jeroglífico»— es la razón por la cual debe concebirse un procedimiento especial para su interpretación: la finalidad de ese procedimiento es abrir un acceso indirecto a un libro que no es accesible en forma directa, esto es, por medio de su tema. Gracias al concienzudo estudio de cómo trabaja  intelectualmente Spinoza, podemos observar en ese esfuerzo descifrador de Strauss un método crítico perfectamente válido para cualquier otro autor. Por no hacerme prolijo, he extractado ese método aquí , para quien esté interesado, pero rescato de esa exposición una norma de actuación que equivale casi a un programa de vida intelectual: Por norma, los escritores cuidadosos son lectores cuidadosos, y viceversa. Un escritor cuidadoso desea que se lo lea con cuidado. Solo puede saber qué significa ser leído con cuidado por haber hecho él mismo lecturas cuidadosas. La lectura precede a la escritura. Leemos antes de escribir. Aprendemos a escribir mediante la lectura. Un hombre aprende a escribir bien al leer bien buenos libros y al leer con sumo cuidado libros escritos con sumo cuidado. Por consiguiente, podemos adquirir cierto conocimiento previo de los hábitos de escritura de un autor sin estudiamos sus hábitos de lectura.

         Aun a riesgo de simplificar en exceso un desarrollo tan denso como apasionante, permítame el intelector que haya tenido la osadía de llegar a esta altura de la presentación el libro de Strauss que cierre con la tesis que defiende el libro, en palabras de Strauss: Spinoza afirma que, una vez que la filosofía y la teología (o la razón y la fe) estén radicalmente separadas una de otra, o restringidas a sus dominios particulares, no habrá conflicto entre ellas. La filosofía, y no la teología, aspira a la verdad; la teología, y no la filosofía, aspira a la obediencia. Ahora bien: la teología se basa en el dogma fundamental de que la mera obediencia, sin el conocimiento de la verdad, basta para la salvación, y este dogma debe ser verdadero o falso. Spinoza asegura que es una verdad suprarracional, pero también afirma que las verdades suprarracionales son imposibles. Si se acepta el segundo aserto, se sigue que el fundamento mismo de la teología es una falsedad. En consecuencia, la filosofía y la teología lejos de estar en perfecto acuerdo, de hecho se contradicen.

         Confío en que se haya advertido la radical importancia del buen leer para la mejor comprensión y perfecta interpretación de los textos con que hemos de lidiar en este interminable camino del perfeccionamiento moral e intelectual. No es práctica que allegue adeptos; pero aquellos que se acercan al placer de la lectura cuidadosa e íntima transforman sus vidas y las de quienes los rodean, porque si escribimos como leemos y vivimos como leemos, que nos dicen Luri y Strauss, no deja de ser cierto que solo nos entenderemos, y el mundo que nos rodea, a través de la lectura.