jueves, 30 de julio de 2020

«Cuenta atrás» y «La vida es breve», de Francisco M. Ortega, y «Las claras sombras del camino saludan al viajero», de Francisco M. Ortega y Francisco C. Ayudarte.




La poesía individual y colectiva de un grafómano encendido de amor a la escritura, y los microrrelatos de una geómetra de la paradoja y del misterio: Una voz poética  con el sólido don del duende y la cuarta locura platónica.


         Vivimos tiempos anárquicos en cuanto al establecimiento del canon literario se refiere: desprestigiadas las instancias de poder universitario; caídas en desgracia económica las todopoderosas editoriales, populares o «de prestigio»; en creciente progresión las aventuras editoriales «de autor», con o sin suscripción popular;  confirmados los chanchullos de los premios literarios, y adocenado el gusto general por la publicación de best-sellers ilegibles y clónicos, no sabe uno, realmente, cuál puede ser la «autoridad» cuyos dictámenes sobre ese canon literario sean respetados. La democratización de las publicaciones, el establecimiento de nuevas realidades literarias a través de las plataformas digitales: los blogs, FaceBook, Instagram, Twitter, las webs individuales o colectivas, etc, que han alumbrado, a su vez, incluso nuevos géneros que caen fuera del reconocimiento crítico, nos ofrecen un panorama literario de ardua evaluación crítica.
         No nos podemos arredrar, de todos modos, ante un cambio tan radical, sino que, como han hecho siempre los críticos -los que etimológicamente «criban»-, hemos de desbrozar el grano de la paja y ofrecer a los intelectores nuestra opinión fundada sobre cualquier fenómeno literario, sea cual sea su cauce y sea cual sea su género, por más que, muchas veces, no encaje en los muy limitados de la crítica tradicional. De hecho, mi abortada tesis doctoral sobre la cuarta pata de esa mesa de trucos que son los géneros, la «aforística», buscaba poner de relieve la insuficiencia de la misma.Viene esto a cuenta de cómo conocí virtualmente a Francisco M. Ortega a través de un blog, El día que estés muerto sabrás cuánto te quieren, en el que ininterrumpidamente lleva publicando cada día, desde hace quince años, un aforismo, una cita o un microrrelato. Semejante grado de fidelidad al compromiso consigo mismo y con los numerosos intelectores que tenemos por costumbre abrir el ordenador por su página al iniciar el día da fe de un esfuerzo creador/divulgador al alcance de muy pocos.


         Justo antes del confinamiento, recibí de él un afectuoso envío de tres obras: Cuenta atrás, Las claras sombras del camino saludan al viajero y La vida es breve, los dos primeros de poesía y el tercero, y más reciente, de micronarrativa. Nos movemos, pues, en el ámbito de lo esencial, en esa guerra por la expresión justa, eficaz y deslumbrante, donde el margen de error es tan peligroso y amplio como quintaesenciadas son las composiciones. Los he leído varias veces y he querido dejar pasar el arresto domiciliario de la pandemia para sentirme realmente libre a la hora de escribir estas líneas; no quería que el desasosiego por tanta incompetencia política como estamos viviendo me afectara la serenidad de juicio con que un crítico (¡aunque sea amigo del autor!) ha de enjuiciar cualquier obra. No es tarea fácil, para el crítico, porque, como escritores que todos somos, nunca encajamos las críticas honestamente: o nos parecen tibias o desdeñosas o «circunstanciales» o cualquiera otra decepción, siempre que no haya el entusiasmo, la «celebración» total, rendida y entregada de la obra recibida que creemos que merece nuestra obra. Contra eso cura la observación de Lezama Lima, quien la formuló teniendo en mente la figura de Paul Valéry: Clásico es el escritor que lleva un crítico consigo y que lo asocia íntimamente a su trabajo.  Tener sobre el lomo de nuestros escritos la lupa inmisericorde de ese «crítico» es lo que «distingue» a un verdadero escritor de un juntaletras.
         ¿Es necesario que diga que Francisco es un verdadero escritor? Que su dimensión pública en las redes choque con la renuencia con que ha accedido a publicar algo nos dice, además, que la exquisitez de su prudencia engrandece esa condición. Es cierto que son pocas las vías para acceder a la publicación, y que la mayoría de ellas están «cegadas» por obras que desmerecen mucho al lado de las inéditas, como las que acaban de dejar de serlo de Francisco, y cuya valoración es, en las editoriales, tan defectuosa. Sí, en mi asendereada vida de grafómano también he sido durante un tiempo «lector» para algunas editoriales, y creo saber de lo que hablo cuando digo lo que se me acaba de leer. Se podrían multiplicar ad náuseam los ejemplos de los prejuicios con que las editoriales rechazan manuscritos que, luego, acaban teniendo una vida exitosa, pero, por lo que toca a Francisco y su obra, cabe señalar que nos movemos en unos terrenos genéricos con escaso público, con parvas ventas y con muy difícil acceso a editoriales que sobreviven a duras penas. El mercado «de autor», así pues, se acabará imponiendo como una alternativa a circuitos a los que incluso la pandemia ha resquebrajado y cuyo futuro sigue sin estar claro. Desde esta perspectiva, pues, y sabiendo que en las direcciones que indique al final se pueden adquirir estas obras, entro ya en la crítica de todas ellas.
         Cuenta atrás es un poemario que podría encuadrarse en lo que se ha conocido como «poesía de la experiencia», y cuyos tintes autobiográficos la permean constantemente. El yo poético no necesariamente ha de corresponderse con el yo autobiográfico, y ahí está la famosa canción a Guiomar de Machado: Todo amor es fantasía;/él inventa el año, el día,/la hora y su melodía;/inventa el amante y, más,/la amada. No prueba nada,/contra el amor, que la amada/no haya existido jamás, que nos lo recuerda; pero, en términos generales, sí que este tipo de poesía bebe de la fuente personal de un modo determinante. Abre el intelector el volumen y el Ideario inicial se convierte por arte de birlibirloque en un *sentimentario que nos va a dar la pauta de la actitud ante la vida del autor: Me da vértigo el punto muerto/y la marcha atrás. Con ese arranque está claro que el autor, incómodo en su presente, que lo vive como una condena, se va a recrear en su descripción, y lo usual es que acierte con ella, aunque en la variada gama de registros pueda haber algún que otro desequilibrio: cuando las canas pueblan la pensante testuz… Lo que es evidente es el uso magistral de la asonancia y el ritmo melódico que brota con esa naturalidad andaluza del oído educado en la música de la mejor poesía. La temática está dominada por la actitud y esta, a su vez, por la selección de unos recursos expresivos que buscan la experiencia de lo cotidiano amargo y adverso, una vez que ha sido filtrado por el yo del poeta que confiesa su impotencia: Me doy de cabezazos contra el papel vacío […] Me ahogo en tanto blanco, en tanto sinsentido,/luchando cada noche contra ese enemigo mortal/que es un papel sin nada/que siempre va conmigo, dando tumbos,/también en cada madrugada y que me hace insomne/como el llanto de un niño; que nos revela ese no acabar de llegar nunca «a tiempo»: Y es que el tiempo,/sustancia de la que estamos hechos,/me enferma y me arruina/y por eso creo/que solo seré puntual a la última cita:/la verdadera. Hay, a pesar de la relativa juventud del autor, una querencia por la autobiografía, por la evocación del pasado, como en el poema Partida de ajedrez, en el que se cuela, por cierto, un verbo, el tiempo degluyó, que paree un hibridismo propia de ciertos automatismos verbales, a medio camino entre «deglutir» y «diluir»… La posmodernidad se cuela por las cuatro esquinas del poemario y, como ocurre en Índices de audiencia -con ecos del Qualsevol nit pot sortir el sol, de Jaume Sisa-, acentúa el contraste entre el pasado feliz y el presente degradado y deprimente. Hay en el autor una tendencia a «pasar desapercibido», al minimalismo existencial, que halla su más fiel reflejo en uno de los mejores poemas del libro: Hoy practico el silencio, donde reivindica el imposible mutismo que repele al poeta, por potente que sea esa tentación de dejar impoluta la página en blanco (solo es poeta quien escribe, recordemos lo obvio…), porque en este mundo nada tiene sentido/si no es el cielo del olvido/y el de la rosa. A pesar de que el autor se mueve con gran comodidad por las imágenes de la posmodernidad, su profesión de periodista incluida, como apreciamos en el poema que cierra la colección, El último barco, y aunque cede, a veces, a la tentación del poema narrativo, como en Señales de la noche, lo habitual es la mezcla de situaciones líricas resueltas con un estilo en que se mezclan las imágenes más atrevidas: equívocos los ojos con que me miras y enmudeces la voz de mi retina, con lo que podríamos considerar el «retrato generacional» de un luchador revolucionario: Tampoco están ahora, aquellos/compañeros en piso de estudiantes,/forradas las paredes con carteles de Bakunin y el Che, /la profunda liturgia para mejorar el mundo,/ y descubrir el sexo y el hachís/en una tarde juntos, Rimbaud y Baudelaire,/Pink Floyd la Naranja Mecánica,/ Mari Carmen y el Último Tango en París. A mí, particularmente, poco inclinado a la poesía social, porque estoy convencido de que solo las revoluciones interiores pueden darnos poemas que verdaderamente nos alumbren en la penumbra de la existencia, me gusta más la vena intimista del autor cuando, a solas consigo mismo, consigue expresarse con toda la complejidad del ser maravillado por el fenómeno deslumbrante de la existencia plural -¡como fue la historia del corazón de Darío!- y se deja llevar, por ejemplo, por el Arrebato: El peor de estos días peores/será cuando acabe atrapado por una telaraña/que crece entre mis libros/regada, en mitad de una selva de letras,/por el polvo del tiempo gastado. No es objetivo primordial del poeta «confesarse» o, ya lo dijimos, «autorretratarse»; pero es evidente que Cuenta atrás es, en efecto, un ajuste de cuentas, y ahí sí que el autor exhibe una honestidad autobiográfica que nos permite a sus lectores sentirnos muy próximos a tan lírica contabilidad, al tiempo que, a los amigos más recientes del autor, como este Artista Desencajado, nos permite ahondar en el conocimiento de su intimidad más recóndita, la que solo se escande en los versos de un poema.
         Las claras sombras del camino saludan al viajero, escrito a dos manos entre el autor y  Francisco C. Ayudarte es un renga oriental, un género poético que consiste en la escritura de  una sucesión de tankas escritos por dos o más autores que mantienen una unidad de estilo y, hasta donde ello es posible, temática. Los dos autores quieren reivindicar la creación colectiva como una alternativa a la autoría individual o, como ellos mismos escriben: «la realización de estos versos responde al interés, compartido por muchos escritores, por explorar las posibilidades de una poesía colectiva en la que el eje principal de la actividad poética sea el poema y no el autor». Que el género escogido se configura como una alternancia de tankas, uno de cada autor, desdibuja algo lo de la «poesía colectiva», aunque el hecho de ajustar el estro a lo escrito por el otro para dotar al volumen de homogeneidad  estilística la potencia. Los intelectores habituales de poesía no ignoran que la tanka es un poema en el que el giro temático de los dos últimos versos, respecto de la introducción de los tres primeros ha de ser tan sorprendente como críptico y, sin embargo, guardar una oculta relación con los dos primeros versos. Se construye, por lo tanto, un artificio en el que la capacidad de crear imágenes y sugerir complicidades exige un alto grado de inspiración. Ambos autores, a los efectos reales uno solo, han conseguido en esta renga una homogeneidad harto notable: han fundido sus voces respectivas en una aspiración común y Fortuna- que siempre ayuda a los audaces- los ha favorecido. Son muchos los tankas deslumbrantes que saltan a los ojos de los intelectores: En  los aleros,/entonan melodías/aves suicidas./Su corazón, necrópolis/de los amores idos. Aunque los autores los han distribuido temáticamente de una manera muy laxa, porque los títulos bajo los que se agrupan dan para cobijar casi cualquier parto de la imaginación, a mí me han llamado la atención aquellos, seguramente, que despertaban ecos en mí de mis propias lecturas de otros autores, amén de los que son expresión feliz de un momento poético cumplido, como: Quiebran la rama/los frutos que recogen/manos sin tregua./Vendimian en septiembre/uvas ebrias de sol. O este de inspiración netamente machadiana: No igual que pájaros/elegantes y gráciles,/las pobres moscas./Vulgar evocación/de amor a lo que vuela. O el nerudiano: Noche de san Juan,/baño en el mar, hogueras/ De sal deseo./Rosas sobre las ascuas/azules de los astros. Tomemos nota, porque hasta ahora no lo había visto de forma tan explícita, de la invasión del espacio poético por términos y conceptos del ámbito digital que, con todo, no acaban de integrarse en el discurso con la naturalidad con que los autores lo desean: Acupuntura./Aguacero de agujas,/aguamarina./Google Maps verdeazul,/acuarela de espumas. O el no menos explícito: Llega mal tiempo./Borrasca arrecia enérgica/en mi bolsillo./Esta app predice el tiempo/y copia mis correos. O, finalmente, el elogio del sistema binario: Vida serena,/mientras llega a la red/el bit postrero./Ceros y ceros, uno,/binario manantial. Contrasta con ese uso hiperposmoderno, el eco del viejo romancero que oímos nítidamente en otras tankas, como: Es más veloz/el veneno que el pájaro,/ballesta cruel./Parte la flecha rauda/al centro de la diana. A un critico cinematográfico, como yo también lo soy, aun a fuer de aficionado, es evidente que una tanka como esta había de «llegarle»: En el metraje/de la vida que pasa,/fílmica duda: /si rodar un detalle/o el plano general. No es de los más afortunados, porque no se interrumpe la cadena discursiva y no hay ocultamiento alguno, pero late en ella esa contradicción permanente de nuestro autor entre lo individual y lo colectivo que forma parte de sus preocupaciones últimas. Buena expresión de ese encanto de lo oculto es la tanka que celebra la ebriedad profética de la vida: Alegre vida./Fiestas de fuego y vino/sobre reliquias./Atávicos vestigios/del culto a las encinas. De vez en cuando, y aparecen con cuentagotas, emerge la vena tradicional del sur con su poderosa voz lorquiana y granaína: Cante profundo,/ahogada garganta,/lamento oscuro. /Soleá de las olas,/yunque de acantilado, que uno lee, no sabe por qué, con un eco de fandangos como el que le oí cantar a Manolo el Malagueño en un noche flamenca en Motril: Yo entré un día en el manicomio/ y a mí me ha pesado el haberlo hecho/yo vi una loca en el patio/se sacaba y daba el pecho/a una muñeca de trapo. Una última cata para ofrecerles a los intelectores una tanka en la que sí se produce una integración «feliz» entre la realidad cibernética y los motivos barrocos poéticos: Reloj parado. /Es lo que tiene el tiempo/que nadie añora./Lápiz formateado,/tarjeta sin memoria. Para el lexicógrafo aficionado queda en la emoción la aparición de voces aisladas -la mejor manera de acaparar la atención del intelector- que son algo así como las perlas perfectas del collar de la paloma: sobre el hinojo estivan…, ese cruce afortunado entre estío y estivación, convertida aquí en verbo sorprendente y tan lírico; batuca el corazón…, de tan antigua aparición como en La pícara Justina, aunque ahora usemos «batucada», del portugués, en vez del «batuquerio» clásico; y las mil campucías…, un motrileñismo entrañable para lo que en otras regiones decimos «capuzar», «campuzar» o el más corriente «chapuzar»
         Y llegamos al género más reciente en el panorama literario: el microrrelato, un género en el que Francisco sobresale con voz e ingenio propios, porque su propensión al aforismo y su vena lírica se suman a una hipersíntesis narrativa que sabe seguir con verdadera maestría la suprema lección de Monterroso, autor del mejor microrrelato de la Historia de la Literatura, y el que más ha dado que escribir y que interpretar. Todo el mundo, vulgarizado o no en situaciones de lo mas variopinto, lo ha leído u oído alguna vez: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. A partir de esa joya, que tan alto sitúa el listón de la comparación, cabe decir, con profunda satisfacción, que Francisco M. Ortega es verdaderamente un aventajadísimo alumno del escritor guatemalteco, cuyas obras, sobre todo Movimiento perpetuo, han explorado nuevos caminos genéricos como los que este libro de Francisco explora con rotundo éxito. El volumen, titulado canónicamente, La vida es breve, publicado en la editorial Alhulia, en la que también fue publicado Las claras sombras del camino saludan al viajero -y ambos vínculos son el medio idóneo para adquirir ambos libros, y este el de Cuenta atrás-, se presenta con un formato «manual», en dieciseisavo, que va acompañado con ilustraciones fotográficas escogidas por el propio autor. Todo ello lo convierte en una suerte de pequeño tesoro que bien puede ser regalado a quienes lo recibirán con la sorpresa y el agradecimiento que merece. La variedad temática viene marcada por los capítulos que agrupan los diferentes microrrelatos: Amoríos; Clásicos; Cuentísimos; Diálogos; Heroínas; Infantiles; Numéricos; Ontologías; Palabrerío, y Quiméricas. El intelector no tarda en apreciar que nos movemos en una prosa de fuerte resonancia lírica, y que los ecos de las lecturas poéticas que formaron al autor siguen teniendo vida en estas brevísimas narraciones dispuestas con un sentido casi geométrico de la inspiración: Amor grafo. Escribió en el muro de su casa: «mientras lees esto me estás queriendo». La mezcla de registros, coloquiales y cultos, como la pluralidad de vida que asoma en los contenidos, constituye un rasgo distintivo de estas miniaturas: Rostro. Su cara era un poema. En ella se podían leer los versos más tristes esta noche. Aquellos, sin embargo, en que se derrocha el ingenio con tanta generosidad como suele exhibir Francisco tienen ese «pellizco» del hallazgo lúcido: Pacto. La curiosidad y el gato se hicieron amigos. Y no hubo más muertes. Estamos, pues, a medio camino entre el mundo al revés, el otro lado de las cosas, la visión surrealista o la contundencia de las paradojas, como ocurre en  Escritura onírica. Escribió el cuento dormido y al despertar lo leyó con los ojos cerrados. En esa senda de lo paradójico, tan rentable narrativamente, encontramos esta diminuta joya, tan entrañable: Asesinos. —¿Por qué estás en prisión? —Por matar el rato. ¿Y tú? —Por matar el tiempo. Es evidente que por el hilo se saca el ovillo y que tirando de estos microrrelatos de Francisco M.Ortega se saca una pieza de patchwork de lo más curioso, tanto como lo es la capacidad del autor para admirarse de las peregrinas ocurrencias que acaban transformándose en materia narrativa o lírica o especulativa, que no están muy definidos en este género los límites de esas actitudes ante lo real. Antes de despedirse con Dormitar. Dormía con un ojo cerrado y el otro abierto. Sus sueños eran verdades a medias, Francisco nos recuerda, por vía paradójica, por supuesto, los ilimitados dominios de la esperanza y de la lucidez: Buena sombra. Aquella sombra suya no le abandonaba ni en los momentos más oscuros.
         Un crítico tiene a veces la sensación de ser un vendedor que «exhibe» su mercancía en el saturado mercadillo de la cultura para llamar la atención de los distraídos compradores que, usualmente, se dejan llevar por los nombres de relumbrón e ignoran los tesoros que, por poco avisados, se pierden por seguir propagandas editoriales que poco o nada tienen que ver con la Literatura y sí todo con un negocio que, ¡afortunadamente!, va cambiando de manos, y eso es lo que las grandes editoriales temen: la eclosión de unos canales de edición, crítica y ventas que no pueden controlar. Sí, nadie que escriba como lo hace Francisco M. Ortega aspira a convertirse en un bestseller, aunque tampoco le molestaría que tal cosa ocurriera, seguro, porque ello significaría, en todo caso, que el nivel lector de la población habría subido muchos enteros. El mundo literario está en permanente transformación, y no hay que descartar que desde las nuevas plataformas de creación y difusión vayan apareciendo «voces» que puedan alcanzar el estatus de «necesarias». Será el grado cero de la renovación del canon que, tarde o temprano, habrá de llegar. Lo importante, a mi modesto entender, es estar críticamente abiertos a lo que nos dicen esas «voces» con total receptividad. 
          Desde esa libertad de criterio he escrito lo que antecede, lo cual firmo, de grado, a 30 de julio de 2020, con el convencimiento de que cualquiera de estos tres libros satisfará el mas alto grado de exigencia intelectora de cuantos puedan acercarse a estas líneas motivadas por el amor a la literatura. Juan Poz.  

lunes, 20 de julio de 2020

«Los aborígenes de Andrómeda», de Kalikatres.



El  descomunal disparate mayúsculo del quintaesenciado humorista gráfico de La Codorniz.

Allá en la juventud, en la casa de mis padres entraban dos revistas de humor: La Codorniz y Hermano Lobo. La primera la compraba mi padre; la segunda, yo. Mi padre leía la suya; yo leía las dos. Así fue como conocí a Kalikatres, el sabio cubista del tiempo de los faraones que tenía siempre a mano la respuesta más ingeniosa para la pregunta más incisiva. Recordemos que el lema de La Codorniz era «la revista más audaz para el lector más inteligente», por ello no puede extrañarnos que Ángel Menéndez Menéndez, su nombre «civil», se abriera paso enseguida entre las «estrellas» que colaboraban en aquel prodigio de revista, de la que Hermano Lobo fue, sin duda, una más que digna sucesora.
Hoy, sin embargo, estoy aquí para dar fe del chasco morrocotudo que me he llevado cuando he intentado leer, ¡con la más propicia de las disposiciones!, una novela de Kalikatres que yo imaginé muy distinta de lo que ha resultado ser, y ya no sé si a ello se debe mi decepción, mi desengaño o, como en puridad ha sucedido, a que la obra no vale un pimiento, no tiene ni pizca de gracia y es un disparate inmenso. La pedí por correo, porque es imposible encontrar una obra suya en una librería: se trata del clásico ejemplo de libros y autores “descatalogados” mucho antes de fallecer, y la esperé con verdadera expectativa de erigirme poco menos que en «descubridor» de un autor sobre el que la crítica hubiera permanecido ciega hasta ahora. Mi pretendido gozo en el peor de los pozos: el del desencanto. ¡Menudo pestiñón inacabable que, a fuer de sincero, he leído, deprisa y corriendo, limitándome a seleccionar un léxico que, aun desfasado, puede tener su novedad para lectores que no están familiarizados con lo que era el humor de La Codorniz!
Lo afirmado en el párrafo anterior excluye cualquier juicio adverso contra la suprema invención del filósofo Kalikatres, «eminentísimo», «doctísimo», «sapientísimo», etc., cuyas agudezas se leen hoy con el mismo placer con que las leía hace más de cuarenta años, y valgan las muestras como ejemplo:
           
                             

                       
                              

         
               Ya desde que leí la contraportada, en la que se me prometía una novela de ciencia-ficción llena del mejor humor, lo que me hizo pensar en El dormilón de Woody Allen, y leí a continuación el arranque de la misma, ambientado en el siglo XXIII, comenzó a distenderse mi entusiasmo inicial y a dibujarse en mi rostro algo más que la perplejidad y el mosqueo. Que Usamérica fuera, de repente, tan españolaza como los personajes, con su léxico incluido, daban a entender, despistaba al más pintado, pero, bueno, la imaginación es muy suya y libérrima, por lo que no podía intentar juzgar con tan parva muestra. Como el estilo, entre arcaizante y pleonástico, solo permitía progresar muy lentamente, no tardé, desinteresado de tal patochada, en tomar las de Villadiego y comenzar a pasar hojas febrilmente, leyendo muy pero que muy rápidamente, con total indiferencia y, lo reconozco, su puntito de incredulidad…, y limitarme a establecer un repertorio de expresiones supuestamente castizas que encontrará el intelector ut infra… Que la expedición espacial tuviese como objetivo Andrómeda y que el combustible para superar la velocidad de la luz incluyese las muy castizas legumbres nuestras permite tener una idea de por dónde van los despegues. Es cierto que la capacidad de Menéndez y Menéndez para rellenar hojas sin nada interesante que decir es algo más que sorprendente, pero a nadie se le escapa que eso está al alance de muchos grafómanos, entre los que perfectamente podría ser incluido… ¿A quién no le persigue, como un fantasma ululante, la amplificatio…?
         Bien, solo quería dar «noticia» de un fracaso intelector, que los hay. No siempre acaba uno llevándose a los ojos lucanos, ovidios o platones, está claro. Entre las pocas agudezas que contiene el novelón, solo estas llegan a tener la entidad que nos acerca, aunque de muy lejos, a la propia del humorismo gráfico de Kalikatres:
La política siempre tiene su gato encerrado -y con tres patas por más señas- que todo lo embolica, zarabutea y engarbulla.

El hombre, por si es de prudencia refrescarte la memoria, se divide en dos clases; a saber: I), los que tenemos título de doctor; y II), los otros, desde los licenciados a los gusanos anaerobios y las mujeres solteras con hijo nacidas en España.

Lo mío, lo de siempre: desasnar muchachos que, si acaban por desasnarse, terminarán tan aburridos como yo. ¡Una pena, con lo bien que se lo pasan así de burros! Procuro aprobarles aunque no sepan… ¡sobre todo, si no saben!: pero siempre sale algún chalado que se lo toma en serio y estudia. ¡Ya verá el pobre tonto, ya, lo que es bueno!

O la ristra de insultos que la novia del mozo de seguridad que ha sido destinado a la «misión» le enjareta sobre «la rival» que ha encontrado por esas galaxias de dios [-y escupió lo que sigue, sin respirar, sin hacer una mala coma, ¡hale, qué bárbaro!-:]

Cacho asquerosa tarasca bribona
Guarra gibada perversa bastarde
Sádica mema lunática tarda
Pícara mula maldita pelona
Monstrua pendeja tirada meona
Súcuba cerca cochina bigarda
Zángana furcia culera tragona
Ida engendro zopenca rufiana
Crápula torpe salida putorra
Golfa arrastrada felona marrana
Víbora imbécil aborto pedorra
Loca deforme pelleja holgazana
Birria mamona viciosa y cotorra.

Así mismo, entra dentro de ese ingenio que siempre le he de reconocer al autor, una estupenda recreación léxica en clave cómica, la que preside todo el volumen, del delírium trémens:
Ratonajoncios tuertos; alimañillejas con mamas color violeta; gurripatojos alados; gusanorroides que reptaban por los suelos; culebranzuelos que surcaban los aires; arañuelacios con mil peludas patorras, espuelachajos de vientre hinchado…
Un repertorio, como se observa, que está en consonancia con el repertorio léxico de expresiones coloquiales que son reflejo de una época, también de un referente literario muy concreto: el humor que surge a partir de la propia revista y de los escritores que la hicieron posible ya en lo que fue su primer parto: La ametralladora. En términos generales, se trata de una versión muy libre del sainete popularísimo del primer tercio del siglo XX, algo del cual pasó también a la zarzuela. El ingenio verbal de los Quintero o de Arniches tiene en este listado una suerte de imitación que no llega, sin embargo, a la capacidad neologística e innovadora de dichos autores. En fin, para pasto de curiosos, aquí dejo ese repertorio espigado de una obra literalmente ilegible…

         De zamborotuda, ni un mal pelo tiene./ Pasármelo de papo de mona./ Peliforras./ Las casas de maturrangas./ Hurgamanderas./ ¡Recojostrios!/ ¡Cojostrios, nena!/¡Acojostriante!/ ¡Manda cojostriones!/¡Por los santos cojostriones de Buda!/¡Por cien mil pares de cojhostrios!/ Cualquier andóbal./ Cualquier mambrú./ ¡Por los cojipones de Buda!/ Me da un sopitipando./ Dejarle tuturutu perdido./ Para un quillotro de su edad./ Cual fraile de la orden camaldulense./ Que te pongas verriondo./ Perínclitos guerreros./ Las energías puestas y arrechas./ Eres bobo, melón y belorcio./ ¡Una ñorda!/ ¡Ni zorrupia idea!/ ¡Con cachava (bastón), lo menos, vas tú a bajar del cachirulo astronáutico!/ ¡Picante condumio!/ Mayúsculo zurriburri./ Valiente manada de perdularios./ ¡No empujes, crapulón!/ ¡Giligaitas, el ultimo!/ Descalandrajar a un estudiante y cascamajar a otro…/ Cacho rencajos…/ ¡Valiente endriago!/ Vestiglo semejante…/ Gurrumino castrado./ Por el cosmos ese de los güevancios./ Mira, Cuchuflita…/ Cacho tarasca de mi Mildred./ Medallas de lo más gordo, bizarro y coruscante./ Perfecto zampatortas./ El refanfinflante fregado./ Pachorrudo y zangandungo./ Debes de estar soñando y, si no, calamocano perdido./ ¡Repuñetoncias! / Disimulaban cual piculinas./ ¡Sí, vuecenciquísimo!/ El más pipudo de los resultados./ Pijondios en vinagre./ ¡Repuñetischia!/ Pedazo de cipote./ ¡Su zorrupio padre!/ ¡Cuán Cojudo!/ A base de emborrozamientos de pavos y capones./ Podría subírsenos a la molondra y, calamocanos, erraríamos la ruta y la guía./ Colegio de frailes con zurriago./ ¡Anda ya, no seas mamacallos!/  Recuerda lo que dijo el santo varón: «más vale casarse que quemarse». [Mellius este nim nubere, quam uri]/ Roído de alifafes./ Al que puso de contubérnico seductor y crapuloso corruptor de ingenuas quillotras tan pingando que no había por donde cogerlo./ En cuanto a pesadas, son el zorriputo cojostrio…/ ¡Tuturutus deben estar!/ ¿No te unes, guerrero de a pie enjuto en este efemérico instante, a nosotros?/ ¡Repajoleras ostras, vaya unos posmas!/ ¡Ay, a mí me da un sopitipando!/ ¡Pues a ver, tío zambombo, si espabilas!/ A la que le decían Sotocona la Bien Chupada./ ¡Equilicuatre sí señor!/ ¿No se asoman esos mambruses?/ ¡Y más célibes que San Pafnucio, bendito anacoreta, en la muy santa Tebaida! /—No te enrolles, cotorrón. —¡Amos vete, salmonete!/¡Anda, anda; no seas pedazo de julandra!/ Que te plantifiquen un par de coces en la huevería, que te la dejen hecha una tripicallería./ Su novia es una chupichusca del pan pringado./ Algunos pirados astrofísicos, de molondras lucubrantes./ El carapijo este, julandra perdido./ La esquizofrenia galopante que van pillar será de las que, como se nos ocurra someterles a una terapia de camisas de fuerza,  nos las descalandrajarán…/ ¡Menos guasitas, majos; que, de una manguzada, os echo a pique las flotas!/ ¡Me pongo cual me sale del príapo!/ ¿Es posible, so tolondro, que no me reconozcas?/ Su mal genio debía de tener más venenos que un canasto de cobras./ —Anacolútica. —¡Huy, hijo, cómo suena a palabrota!/ ¿Y cómo pijondios, por malaventura, te las has ingeniado para saber que… y dar conmigo?/ ¡Ea, basta ya de comportarte cual un refanfinlante alfeñique!/ El calendario zaragozano que predecía las manchas solares y las mareas de neutrinos…/ ¡Por San Güevancio!/ Y para más gilipollo inri…/ Cruce siniestro de borrico zaino y tigresa pindonga./ ¡Estamos en el siglo XXIII, no lo olvides!/ ¡Por el cingamocho de Buda y los péndulos de Mahoma, qué imprudencia!


viernes, 17 de julio de 2020

«Farsalia», de Lucano, un barroco romano lamenta las guerras civiles.



La épica reinventada desde la racionalidad, la desmesura y el descreimiento religioso: Farsalia o el enciclopedismo épico prematuro de un asianista desatado…

         Bueno, pues se ha acabado lo mejor, extractar todas las citas del libro, y ahora toca el esforzado trabajo de ordenarlas y destacar, de la forma más breve posible -¿por qué asusta tanto la extensión a los lectores posmodernos?- los muchos valores de una obra clásica inacabada, escrita por un autor, Lucano, de vida truncada por orden gubernamental inexorable: se cortó las venas y se dejó morir mientras recitaba uno de sus poemas, hoy perdido, dicen algunos estudiosos, aunque otros sugieren  que eran versos de su Farsalia, estos concretamente: Una mano de hierro, al trabar en la popa sus garfios atenazantes, enganchó a Lícides. Hubiérase hundido en las profundidades, pero lo impiden sus compañeros, sujetando sus piernas colgantes. Dislocado, queda partido en dos, y la sangre no brotó lenta, como de una herida: rotas las venas, cae en todas partes, y la corriente vital que fluye hacia sus miembros desgarrados queda interrumpida por las aguas. Nunca la vida de un mortal escapó por senda tan anchurosa. La parte inferior del tronco entregó a la muerte unos miembros carentes de órganos vitales; pero en la parte donde se asienta el inflado pulmón, donde hierven las vísceras, allí los hados se mantuvieron indecisos largo tiempo y, tras mucho luchar con esta porción del cuerpo, a duras penas lograron llevarse los miembros todos, del final del tercer libro. ¡Ya hay que tener auténtico humor negro para acompañar la lenta salida de la sangre de su cuerpo con estos versos truculentos! Pero Lucano es un autor verista, podríamos decir, robándole el concepto a la ópera, y no se asusta ante el retrato descarnado de la realidad por horripilante que sea; es más, incluso me atrevería a decir que se recrea en ese tremendismo que, paradójicamente, tiene algo de acusado espíritu científico, por la delectación, por ejemplo, con que habla del cuerpo humano en el célebre pasaje de la muerte de un soldado mientras Catón, con la ayuda del rey Juba, atraviesa el norte de África, las Sirtes, para enfrentarse a César: Un pequeño sepe se aferró a la pierna del desdichado Sabelo; pese a estar tenazmente agarrado con su diente curvo, se lo arrancó con la mano y lo clavó con la pica en las arenas. Es una serpiente de reducidas dimensiones, pero ninguna posee tanto poder de sangre y muerte como ella. En efecto, en torno a las proximidades de la herida la piel, rota, desaparece y deja a la vista los pálidos huesos; al agrandarse la cavidad, ya no hay más que una pura llaga sin forma de cuerpo. Los miembros nadan en pus, las pantorrillas cayeron deshechas, los jarretes estaban sin cobertura alguna, incluso toda la carne de los muslos se licúa, y las ingles destilan negra podredumbre. Estalló la piel que sujeta el vientre y se derraman las entrañas; mas no fluye él hasta el suelo en la proporción debida a la totalidad de su cuerpo, sino que el cruel veneno consume sus miembros, y la muerte los reduce todos a un mínimo de podre. Toda la armazón del hombre la deja al descubierto la índole siniestra de este azote: los ligamentos de los nervios, la textura de los pulmones, la cavidad del pecho y todo lo oculto en los órganos vitales se hace visible con esta muerte. Se disuelven los hombros y los fuertes brazos; el cuello y la cabeza se derriten: con más rapidez, ni baja la nieve fundida por el cálido austro ni se va la cera tras los efectos del sol. Poco antes de esa descripción, Lucano, siguiendo esa vena científica de la que hablaba, recoge en sus páginas la nómina casi completa de las serpientes que se encuentran en las tierras por donde han de atravesar los enemigos de César, continuando acaso una tradición que arranca de Aristóteles, Plinio “el Viejo” o Heródoto, y que se convertirá en la Edad Media en un género de los más populares: el «bestiario», a medio camino entre el mito y la Historia Natural: El propio áspid, necesitado de calor, no pasa por iniciativa suya a las regiones frías, y solo recorre las arenas hasta el Nilo; pero (¿nos avergonzaremos alguna vez de nuestro afán de lucro?) desde allí se importan acá instrumentos de muerte libios y hemos hecho del áspid una mercancía. […] Por su parte, sin consentir que les quede dentro su propia sangre a los desgraciadas víctimas, despliega sus escamosos anillos el enorme hemórroo; nació también el destinado a habitar las campiñas de la antigua Sirte, el quersidro; y los que se arrastran dejando una estela de humo, los quelidros; y el que siempre se deslizará en línea recta, el cencro.. […] De igual color y no distinguible de las requemadas arenas es la amonita; los que van dando bandazos según se tuerce su espina dorsal, los cerastas; la escítala, la única que va a despojarse de su piel con las escarchas todavía esparcidas; la quemante dípsada; la pesada anfisbena, que se mueve en la dirección de sus dos cabezas; el nátrice, que contamina el agua; los yáculos voladores; el que se limita a dejar un surco en el camino con la cola, el pareas;el que abre de par en par su boca humeante, el voraz préster; el que descompone los huesos junto con el cuerpo, el pestilente sepe; y el que emite silbidos que aterran a todas las plagas anteriores, mata ntes de inocular su veneno, ahuyenta a su paso, en una gran extensión, a toda la turbamulta de reptiles y reina en las arenas desiertas: el basilisco. ¡Vaya, a esto sí que se le puede llamar empezar la casa por el tejado!, porque, por esos azares del discurso, he acabado yéndome al final de la obra, allí donde, a esta enumeración -la enumeratio tiene un puesto de honor en el arte literario, recordémoslo…¡sobre todo la caótica!- le sigue otra, breve, de los remedios que el único pueblo que es inmune a las mordeduras de esas sierpes, los psilos marmáridas, a quienes se les ha otorgado vivir en paz con la muerte, ha descubierto: yezgo; gálbanos; tamariz, costos; panacea; centaura; hinojo, tapsia; alerces; abrótano…


          Marco Anneo Lucano nació en Corduba, en la Bética, el 3 de noviembre del 39 y fue sobrino de Séneca, con quien estudió cuando este se convirtió en el instructor de Nerón, de quien el joven Lucano fue amigo y compañero de veleidades literarias, perteneció al cohors amicorum del Emperador, quien le honró nombrándole «augur» y «cuestor», pero cuando la envidia artística de Nerón cedió el paso a la indiferencia y Lucano se acercó demasiado a quienes conspiraban contra el Emperador -la conocida y malograda Conjura de Pisón-, el enorme potencial de la vida de un joven tan dotado artísticamente se torció para siempre y optó, a la vista del destino de quienes estaban en dicha conjura, su propio padre incluido, por suicidarse. La muerte, pues, nos privó de poder leer hoy su Farsalia tal y como acaso ya la tenía él planeada; pero los diez libros que han sobrevivido son suficientes para apreciar el valor inmortal de una obra que, con apariencia de relato épico, va mucho más allá de dicho género, porque, en el fondo, no hay un «héroe» cuya exaltación concite la unanimidad entre los lectores. Ni Pompeyo, representante del Senado, ni César, representante del poder autoritario unipersonal, lo son. El título original de la obra De bello civili, «Sobre la guerra civil», nos indica la naturaleza exacta de una obra que frecuenta muchos géneros: el relato histórico, el relato épico, el relato mítico, el relato geográfico, el relato naturalista, el recreado documento vivo de los personajes que intervienen en los sucesos, pero que no se decanta por ninguno: estamos ante una amalgama que le confiere al libro su acusada personalidad.
         Farsalia es una obra de lamentación profunda por la situación a que las guerras civiles habían  llevado a Roma. En cierto modo, a los géneros literarios antes sugeridos, Farsalia cubre también el de la elegía, centrada en el triste destino de una civilización, la de Roma, en permanente batalla entre el poder de la República y el poder de la Monarquía, librada bajo la forma de guerra civil, algo que Lucano no duda en reconocer como parte de su «herencia» como pueblo:  No hace falta dar crédito a ninguna nación ni buscar lejos ejemplos de esta ley fatal: nuestras primeras murallas se empaparon con la sangre de un hermano. Lucano milita abiertamente en el bando republicano y escribe su Farsalia como un alegato contra la ambición de César y como un lamento por el desastre del ejército de Pompeyo en su intento de defensa de las instituciones republicanas. Lucano no ignora que en esas luches civiles a  ningún arma extraña le es posible llegar tan hondo: las profundas de verdad son las heridas de brazos de conciudadanos. Este aspecto de la obra, tan cercano a nuestra situación política española, mutatis mutandis, ofrece para un lector español un interés añadido al propio de la obra excelente que es el poema inmortal de Lucano. El propio autor, consciente de sus virtudes, intuye explícitamente a este lector futuro que yo soy, por ejemplo, y ello favorece una suerte de empatía con su propósito artístico que multiplica mi interés lector: ¡Oh sagrada y magnífica tarea de los poetas: todo lo arrebatas al destino y das a las gentes mortales inmortalidad! No te dejes, César, ganar por la envidia de lo que la fama ha consagrado; pues, si es lícito hacer alguna promesa a las Musas latinas, todo el tiempo que perdure la gloria del poeta de Esmirna [Homero], los venideros leerán mis versos y tus hazañas; nuestra Farsalia vivirá, y no seremos condenados a las tinieblas por ninguna de las futuras generaciones. Pero no se queda ahí la conciencia que tiene Lucano de estar escribiendo una obra que traspasará las fronteras del tiempo y del espacio para devenir una lectura “de siempre” y “universal”, pues a ello hemos de sumar la moderna conciencia que tenía, en el momento de escribir, de que su narración, sobre hechos pasados, iba a permitir leer al lector «como si nada de lo que le está contando hubiera sucedido», lo que le permite crear un efecto de expectativa no frustrada por un desenlace ya sabido, y conseguir que el lector crea que el arte del narrador puede generar un desenlace diferente de aquel que todos conocen:  Estas célebres batallas, cuando sean leídas entre gentes de tardías edades y en los pueblos de nuestros nietos, tanto si ellas han pasado a la inmortalidad solo por su propio renombre, como si la diligencia de nuestro empeño puede también haber prestado algún servicio a las grandes figuras, lo cierto es que suscitarán a la vez esperanzas y temores, y votos ya inútiles; y todos leerán hechizados los trágicos sucesos como si estuvieran al llegar, no como pasados, y todavía, Magno, estarán de tu parte. Algo parecido me ocurrió cuando vi una película sobre el intento de los nazis de volar París en su huida apresurada de suelo francés, ya derrotados, Diplomacia, de Volker Schlöndorff: durante toda la obra el espectador se temía lo peor, que la ciudad volara en pedazos, aun a pesar de saber que tal cosa no ocurrió: ¡los inefables secretos del Arte con gran mayúscula!
 A pesar de su republicanismo, no es César un personaje que le merezca a Lucano la desaprobación total, porque reconoce en él, y así nos traza su retrato en el poema, a un ser del que se ha encaprichado Fortuna, quien bendice todos y cada uno de sus pasos:  En César no solo se daba el renombre y la reputación de general, sino un coraje incapaz de mantenerse quieto, y su única vergüenza era vencer sin combate; un caudillo que prefiere ser temido a ser amado: Con todo, se alegra de inspirar a las gentes un temor tan grande y no hubiera preferido que se le quisiera.
         Los lamentos por lo que las guerras civiles significan para Roma aparecen como una suerte de motivo recurrente a lo largo del texto, y muestran de forma fehaciente lo que hicieron sufrir a un ciudadano empapado de romanismo por los cuatro costados. ¿Y a quien escoge como portavoz de esas quejas? Pues a Catón: «La suprema impiedad, Bruto, declaro que son las guerras civiles, pero adonde los hados la arrastran la virtud seguirá sin temor.» […] «Acribíllenme a mí ambas formaciones, háganme banco de sus dardos la bárbara horda del Rin, reciba yo, accesible a todas las lanzas, puesto en medio, las heridas de la guerra entera. Sirva esta sangre mía para redimir a los pueblos, quede expiado con mi muerte cuanto deben pagar merecidamente las costumbres romanas.» Pero el narrador, perfectamente identificable con el propio Lucano, se reserva también un espacio preferente desde el que anatematizar un hecho histórico tan deleznable y estremecedor como una guerra civil. A quien frecuente las páginas de este Diario de un Artista Desencajado le resultará familiar la petición de comprensión para la longitud de las citas; pero, tratando de una obra tan densa y extensa como esta Farsalia, no puedo por menos que reiterar la petición, en el bien entendido, de que la cita merece el gozo de su lectura: ¡Ojalá, Farsalia, fuera suficiente para tus llanuras esta sangre que derraman pechos extranjeros, que tus fuentes no se tiñeran con ninguna otra sangre y que solo este número de caídos vistiera con sus huesos todos tus campos! O bien, si prefieres inundarte con sangre romana, perdona a estos otros, te lo ruego: sigan con vida gálatas y sirios, capadocios, galos, iberos de la extremidad del mundo, armenios, cílices; pues tras las guerras civiles, estos serán el pueblo romano. […] Rehúye, memoria mía, esta parte de la batalla y déjala en las tinieblas, y que ninguna época aprenda en mí, cantor de tan grandes males, cuánto horror se permite a las guerras civiles. Más bien, ay, ahóguense las lágrimas y ahóguense las lamentaciones: todo lo que en este campo de batalla llevaste a cabo, Roma, me lo callaré. […] Por donde quiera que pasa, como Belona, sacudiendo su látigo ensangrentado, o como si Marte, espoleando a los bistones, aguijara con furiosos azotes los carros conturbados por la égida de Palas, se asienta una enorme noche de crímenes; brotan las matanzas y un gemido como de una voz inmensa, y resuenan las armaduras bajo el peso del pecho desplomado y los aceros al quebrarse contra los aceros; […] prohíbe a sus pelotones marchar contra la plebe y les muestra el senado; sabe cuál es la sangre vital del imperio, cuáles las entrañas del estado, desde dónde arremeter contra Roma, en qué punto se mantiene vulnerable la última libertad que queda en el universo. […] Mira las corrientes de los ríos, aceleradas por el aflujo de sangre, los cadáveres hacinados que igualan en altura a las empinadas colinas; contempla os montones de muertos ya en vías de descomposición y cuenta los pueblos que seguían al Magno; y se le prepara la mesa en un puno del terreno desde el que pudiera reconocer las caras y los rasgos faciales de los caídos.[…] Nada ganas con este acceso de ira: que descomponga los cadáveres la putrefacción o la hoguera, poco importa; la naturaleza lo reabsorbe todo en su apacible seno, y os cuerpos se deben así mismo su propio fin. […] Al mundo le está reservada una pira común que mezclara huesos y astros. […] Jamás el cielo se vistió con tal cúmulo de buitres, ni batió el aire mayor número de alas. […] Tesalia, tierra infortunada, ¿con qué deleito ofendiste tan gravemente a los dioses del cielo para que a ti sola te hayan aplastado con tantas muertes, con la fatalidad de tantos crímenes?
         A mi amigo Rafael Carreras le llamó la atención de esta obra la entusiasta dedicatoria que de la misma hizo Lucano a Nerón, y me pidió mi opinión al respecto. A él, que lee con facilidad en latín y griego, y cuya cultura clásica admiro profundamente, de poco le servirá una opinión profana. Los que saben no excluyen que se tratase de una burla, ni tampoco que fuera un lugar común, como los prólogos a los poderosos de nuestros autores del Barroco, por ejemplo, como el muy clásico y poco ortodoxo al Conde de Lemos de Cervantes, colegio español en China incluido… No hemos de perder de vista que, con anterioridad a esta «ofrenda», el tío e instructor de Lucano, Séneca, había escrito la Apocolocintosis o deificación del emperador Claudio, una sátira implacable contra el predecesor de Nerón. No es de extrañar, por lo tanto, que los hiperbólicos encomios al emperador tuvieran una inequívoca lectura satírica, sobre todo cuando Lucano dice que el único bien de las guerras civiles era, en su caso, haber tenido la dicha de verlo ascender al poder: Mucho es, con todo, lo que Roma debe a las guerras civiles, pues estos sucesos tuvieron como objetivo tu llegada. A ti, cuando, cumplida tu estancia en la tierra, te encamines, tarde, hacia los astros, el palacio de la región celeste que tú hayas preferido te acogerá en medio de la alegría del universo; tanto si te agrada empuñar el cetro como si prefieres subir al carro inflamado de Febo e iluminar con el fuego errante la tierra, que no tiene miedo antes este cambio de sol, toda divinidad te cederá su puesto, y la naturaleza te brindará el derecho, que te pertenece, de elegir qué dios quieres ser y donde deseas establecer tu reinado sobre el mundo. […] Desde allí verías a tu querida Roma con sesgada trayectoria astral. […]Tú eres ya para mí una divinidad; y, si te acojo en mi pecho como poeta inspirado, ya no quiero invocar al dios que revela los secretos de Cirra ni hacer venir a Baco desde Nisa: tú bastas a darme alientos para cantos romanos. Como muy bien nos advierte Antonio Holgado, su magnífico traductor, en las notas a pie de página, la sesgada trayectoria astral parece ser una alusión cómica al estrabismo del emperador; del mismo modo que la parte del texto en la que dice si haces sentir tu peso sobre una parte del éter inmenso, el eje del cielo acusará la carga se referiría a la obesidad del emperador.
         Farsalia, como cualquier obra de juventud, es un pozo de ambición, pero ha de reconocerse que Lucano supo extraer de él la más clara y nutritiva de las aguas del subsuelo de una civilización como la romana que caminaba hacia su destrucción, lenta pero inexorablemente. No es un escritor apocalíptico, está claro, pero advierte los signos inequívocos de la decadencia, entre los que están la pérdida de la República y, sobre todo, de la virtus, el ideal de un comportamiento  a la altura del ciudadano romano, ocupe el lugar que ocupe en una sociedad fuertemente jerarquizada. El libro, más allá de constituir una crónica de la guerra civil librada entre César y Pompeyo, se extiende a muchos aspectos de la vida romana, de los que recoge lo que hoy son valiosas noticias para entender y valorar cómo fue aquella civilización de la que los europeos somos, en total medida, herederos. Que en la obra aparezcan los discursos de personajes secundarios como las esposas de Catón o las dos de Pompeyo, amén de otros más secundarios aún, como los de algunos jefes militares de rango medio o bajo se debe a la importancia del género del discurso en la formación retórica de los jóvenes, siguiendo el modelo que consagraría Quintiliano algunos años después de la muerte de Lucano en los doce libros de su Institutio oratoria. Esos discursos no solo humanizan la obra, sino que nos informan, además, de costumbres clásicas que contribuyen a nuestro mejor conocimiento de las instituciones y costumbres romanas, como es el caso de la petición que hace Marcia a Catón, después de haber sido cedida por este a Hortensio para tener hijos, para ser recibida de nuevo por Catón como su esposa, de modo que, al morir, pueda grabar en su tumba «Marcia de Catón». A través de la descripción de a lo que renuncian los esposos con sus nuevo esponsales descubrimos la tradición nupcial romana. Y, como propina, el autor nos ofrece un retrato del pensamiento estoico de Catón y su estricto sentido ético de la existencia. De nuevo la cita es larga, pero provechosa y muy interesante: «Mientras había en mis venas sangre y vigor para dar la maternidad, llevé a cabo tus órdenes, Catón, y tomé dos maridos, concibiendo de ambos; fatigadas mis entrañas y exhausta de los partos, vuelvo, no apta ya para ser entregada a ningún hombre. Concédeme la alianza intacta de nuestro antiguo tálamo, concédeme solo el nombre, aunque vacío, de matrimonio; permítaseme tener escrito en mi tumba: “Marcia de Catón” y que a lo largo de los siglos no sea cuestión dudosa si cambié mis primeras antorchas nupciales repudiada o cedida. No me recibes como compañera de alegrías ni en la prosperidad: vengo a compartir cuitas y fatigas. Permíteme ir a la zaga de tu campamento: ¿por qué se me va a dejar a mí en la seguridad de la paz y Cornelia [mujer de Pompeyo]- va a estar más cerca de la guerra civil?» Estas palabras doblegaron al héroe y, aunque los tiempos no eran propios para tálamos, porque el destino convocaba ya a los combates, con todo, les complacen las simples promesas y las fórmulas legales carentes de vana pompa y admitir a los dioses como testigos de la ceremonia. No cuelgan, coronando el dintel, festivas guirnaldas, ni la blanca bandeleta corre de uno a otro montante, ni existen las antorchas rituales, ni se alza un tálamo apoyado en gradas de marfil y desplegando sus ropas recamadas de oro; ni la joven desposada, ciñendo su frente con torreada corona, evita rozar el umbral con su planta, al traspasarlo; tampoco para ocultar discretamente el tímido rubor de la esposa cubrió el velo rojizo su rostro inclinado, ni un cinturón esmaltado de piedras preciosas ciñó sus flotantes vestidos, ni rodeó su garganta un  collar apropiado a la ocasión, ni un chal, apoyado en el arranque de los hombros, se plegó estrechamente a sus desnudos brazos. Tal como estaba, ella conserva el lúgubre aspecto de sus ropas de luto, y de la manera que lo hace con sus hijos, así abrazó a su marido. Cubierta bajo la lana del duelo queda oculta la púrpura, no rechiflaron las gracias de costumbre, ni el marido fue blanco, a su pesar, de las impertinencias de la fiesta a usanza sabina. Ni un solo testigo de la familia, ni un solo pariente les acompañó: se unen en la mayor intimidad y contentándose con los auspicios de Bruto. Catón no se quitó de su venerable rostro la horrorosa pelambrera ni dio muestras de alegría en su duro semblante -desde el momento en que había visto blandir las mortíferas armas había dejado que le cayeran por la frente rígida, sin cortarlos, los blancos cabellos, y que una barba lúgubre le creciera en las mejillas: a él, en cuanto libre de partidismos y de odios, solo le cabe llevar luto por el género humano-; y no intentó los ayuntamientos del antiguo tálamo: incluso a un amor legítimo resistió su fortaleza. Estas fueron las costumbres, esta la línea de conducta, inalterada, de Catón: guardar la medida, tener marcado un límite, seguir a la naturaleza, gastar la vida al servicio de la patria y creerse nacido no para sí, sino para el mundo entero. […] En pro de la Ciudad es padre y en pro de la Ciudad, marido; cultivador de la justicia, practicante de una honestidad estricta, bueno en interés de la comunidad; en ninguna de las acciones de Catón se deslizó ni tuvo parte el placer egoísta.
         Son tantas las virtudes y el interés de este libro que solo su lectura está a la altura de cualquier elogio que yo pudiera plantear en esta invitación entusiasta a su lectura. La traducción en prosa, con un estilo que recuerda el de nuestros clásicos (Y él, a los primeros levantes de la aurora…, que nos recuerda a Juan de la Cruz, por ejemplo], tiende ante nosotros un mosaico deslumbrante de una civilización en su apogeo, en su máximo esplendor, que nosotros recorremos con el temblor que suscita en nuestros pies caminar por las calles de lo que fue Pompeya: ¡ninguna experiencia más romanizadora que la visita a esas ruinas! Es singular la presencia de Lérida y del Segre en la obra, por ejemplo, pero si por alguna razón es la Farsalia reconocida por los estudiosos es por ser una de las primeras fuentes sobre las prácticas de hechicería en aquellos tiempos. El inmortal retrato de la maga Ericto forma parte de las más destacadas páginas del libro, del mismo modo que sus métodos, descritos con una pasión inequívoca por la necromancia: Marca el rostro de la impía una escualidez repugnante y pútrida y su cara, desconocida del cielo sereno y terrible por su lividez estigia, se inclina bajo el peso de unos cabellos desgreñados; si un nimbo y unos negros nubarrones ocultan las estrellas, entonces la tesalia sale fuera de las desnudas tumbas a la caza de los rayos nocturnos. Al pisarlas, va agostando las semillas de la mies fecunda, y con su aliento echa a perder las brisas que no eran mortíferas. […] Humeantes cenizas y huesos calcinados de jóvenes roba ella del centro de la pira, e incluso la antorcha que sostenían sus padres, y recoge pedazos del lecho fúnebre que vuelan en negra humareda, vestidos que caen hechos cenizas y pavesas todavía con el olor a carne muerta. En cambio, cuando los cadáveres quedan guardados en los sarcófagos, donde se desprende el humor interior, y, eliminada la corrupción de la médula, se endurecen, entonces ella se ensaña ávidamente contra todos los miembros, hunde sus manos en los ojos, se goza en extraer los globos helados y roe las lívidas excrecencias de la mano desecada. Acostumbra a romper con sus dientes el lazo y los nudos mortales, a desgarrar los cadáveres que cuelgan de la horca, a raspar las cruces, a arrancar las vísceras batidas por las lluvias y las médulas recocidas por su exposición al sol. Suele robar el clavo que atraviesa las manos y la negra purulencia por los miembros goteantes de podre y los cuajarones de ponzoña, y, si un nervio resiste a sus mordiscos, se queda colgada de él. Además, siempre que algún cadáver yace en la tierra desnuda, allí está ella antes que las fieras y las aves; y no quiere despedazar los miembros con el hierro y con sus propias manos, antes espera a que lo muerdan los lobos, pronta a quitarles las tajadas de sus fauces resecas. Consultada por Sexto Pompeyo, hijo del «Magnífico», el apodo con el que se habla del rival de César  en todo momento en el libro, la maga va a ser capaz de animar el cadáver de un soldado para obtener de él un vaticinio sobre el porvenir, sobre el destino de Roma, en definitiva. Con no poco trabajo de composición orgánica, la maga está en condiciones de «animar» al soldado  para que emita su augurio desde el aliento del Hades: Llévate contigo, joven, este consuelo: que los manes están esperando a tu padre y a su casa en un cobijo apacible y reservan en la zona tranquila del reino un lugar para los Pompeyos. Y no te inquiete la gloria de una vida breve: llegará la hora que haga iguales a todos los caudillos. Apresuraos a morir y, orgullosos de la grandeza de vuestro espíritu, descended, aunque sea desde modestas tumbas, y pisotead los manes de divinidades de Roma. Qué túmulo bañará la onda del Nilo y cuál la del Tíber, esta es la única cuestión; y la lucha entre los jedes es solo en torno a su funeral. […] Temed, infortunados, tanto Europa como Libia y Asia: la fortuna ha repartido los túmulos de acuerdo con vuestros triunfos.
         Muy llamativo de la Farsalia, acaso por su filiación filosófica, dada la relación con su tío, Séneca, es el sólido agnosticismo de Lucano, para quienes los dioses del Olimpo romano no son sino vestigios de una mentalidad demasiado primitiva, parte de una historia fabulosa que va dejando paso al rigor de la historiografía: Para nosotros evidentemente no existen las divinidades: puesto que los siglos son arrebatados por un ciego azar, mentimos al decir que reina Júpiter. […] Ningún dios se cuida de las cosas de los mortales. Sin embargo, hemos obtenido de este desastre la venganza mayor que las divinidades pueden dar en satisfacción a las tierras: las guerras civiles fabricarán dioses equiparables a los dioses celestes. Roma ornará a unos manes con rayos, aureolas y constelaciones, y en los templos de los dioses jurará por unas sombras. La divinización de los emperadores, que comienzan con Augusto, marcan el fin de esas creencias religiosas firmes; pero, antes, el descreimiento se cebó en los grandes centros de la profecía como el santuario de Delfos y otros más: No están privadas nuestras generaciones de ningún don de los dioses más importante que el que perdieron con el enmudecimiento del santuario de Delfos, desde que los reyes tuvieron miedo al porvenir e impidieron hablar a los dioses. […] Con la conmoción y el oleaje del delirio, la armazón humana se tambalea y los sacudimientos de los dioses resquebrajan las vidas quebradizas. Por eso cuando intentan restablecer el fundamento de esa profecía, se encuentran con la impostura de la sacerdotisa Femónoe: «Por qué, le dice, te arrastra, romano, una esperanza insana de la verdad?» Simulando la presencia del dios en su pecho tranquilo, pronuncia palabras fingidas, sin poder atestiguar con ningún murmullo de sonidos confusos que su espíritu esté inspirado por el divino delirio; con ello iba a causar un daño no tanto al general, a quien vaticinaba falsedades, como a los trípodes y a la credibilidad. Ese agnosticismo se manifiesta también en la soberbia confianza de César en su propio destino, como si los Hados guiaran todos y cada uno de sus pasos y travesías, como lo demuestra cuando fía su vida a una endeble barca en una noche de tormenta: «¡Qué gran trabajo les cuesta a los dioses abatirme, como para haberme embestido, sentado como estoy en una pequeña barca, con un mar tan imponente! […] No tengo necesidad de funeral alguno, oh dioses: guardaos mi cadáver mutilado en medio de las olas, fáltenme la pira y el sepulcro con tal de que siempre se me tema y espere mi retorno cada habitante de la tierra.» Esto último, por cierto, cómo recuerda la no muerte de Arturo en Avalon y su promesa de «regresar» cuando se le necesite… A Lucano le parece que los dioses no están, precisamente, del lado de los menesterosos:  La fortuna respeta a muchos culpables y las divinidades solo reservan su cólera para los desgraciados.
         Lo relativo a los hechos históricos tiene en el libro un desarrollo ajustado perfectamente a la realidad, pero con el atractivo añadido de haber personalizado Lucano en César y Pompeyo, a través de sus discursos, como los de los demás participantes en aquella guerra civil, un drama que fue bastante más allá de la estrategia de lo bélico. No puedo yo, si no quiero abusar definitivamente de mis pocos intelectores y echarlos definitivamente de este Diario, seguir esos lances con detalle. Básteles saber que Farsalia es una sucesión constante de episodios atractivos y reflexiones cuya madurez en modo alguno nos parecen de un joven autor que no pasó de los veintiséis años de vida. La obra, que es un cruce de géneros, tiene un poder narrativo tan intenso que es difícil no seguirla con una exaltación barroca, a juzgar por el amor a lo sensual y el gusto por la paradoja que se vierte en ella. Baste recordar el nexo de unión que hay entre la maga Ericto y la bruja Celestina, por ejemplo, para percibir el poderoso influjo que la obra ha tenido en la literatura posterior a ella. Desde la mentalidad moderna, tan mitómana, y dada la pasión suscitada por el caudillismo de Julio César, cuesta trabajo simpatizar con el republicanismo senatorial de Lucano y su defensa de la bondad de la conjura que acabó con él, y del destacado papel que jugó Bruto en ella; pero esa, y no otra, es la coherencia de quien amaba la libertad sobre todas las cosas y repudiaba el gobierno autócrata como una aberración política. Espero y deseo, en todo caso, que este entusiasta acercamiento a una obra de tanta enjundia como pasión demuestra en cada un o de sus diez libros, no retraiga a nadie de lanzarse a su lectura, porque los clásicos siempre acaban siendo los libros más modernos que nos caen en las manos: la Farsalia no es una excepción a esa regla.

jueves, 2 de julio de 2020

«Parlamentarismo Español», de Azorín o el aticismo con retranca levantina.





Las crónicas parlamentarias de un estilista sujeto a los crudos vaivenes de la realidad política en la que luego se vería inmerso…  

Pocos después de haber acabado Confesiones de un pequeño filósofo, que culmina la trilogía iniciada por La voluntad y continuada por Antonio Azorín, de donde sacó su pseudónimo de por vida, Azorín dedicó no pocos años de su vida a la crónica parlamentaria, justo antes de convertirse él mismo en diputado conservador y ofrecernos la visión «desde dentro» de lo que él había criticado desde fuera, primero de forma anónima en El Globo, en 1902 y luego, ya con  su firma en los diarios España y ABC. Las sesenta y tres crónicas recogidas en Parlamentarismo español, el libro que queremos dar a conocer, porque devendrá para el lector un placer extraordinario la lectura del mismo, no recogen el total de las que escribió Azorín a lo largo de su vida, pues en el volumen se recogen las correspondientes a 1904, 1905 y 1916, pero deja fuera muchas otras de años posteriores. Aun así, y a la espera de la edición definitiva de todos sus textos de naturaleza parlamentaria, bien está esta vieja edición de Bruguera para abrir boca de lo que puede ser la magna edición completa de unos textos que adquieren, con la restauración de la democracia en España, su definitivo sentido. Por imperfectos que fueran nuestros Congresos del primer tercio del siglo XX eran, en comparación con las cortes franquistas, un prodigio de libertad y usos democráticos que solo podemos apreciar cabalmente desde nuestro presente, en el que esos usos han vuelto a sentarse en nuestras vidas con una calidad infinitamente mayor que la de los Congresos que nutrieron las crónicas de Azorín. Hay, de hecho, algo así como un punto de arqueología en sus crónicas, lo que les confieren una perspectiva histórica indispensable para acercarnos a unas maneras de entender el parlamentarismo que a veces nos parecen entrañables, otras deleznables, algunas veces envidiables y la mayoría de las veces muy divertidas. Como Azorín se ciñe a la diacronía, caen del lado final del volumen unas crónicas que, en rigor, deberían de haber abierto el volumen, porque nos describen el espacio físico en el que va a tener lugar la «acción» del vodevil…Sí, sí, no me retracto. A medida que vamos leyendo las crónicas, emerge de ellas una visión cómica de la institución que se impone a cualesquiera otras visiones, y a ello colabora en no poca medida la fina ironía levantina con que Azorín, que también se incluye a sí mismo en la chacota, nos retrata una vida parlamentaria con suficientes alicientes como para no abandonar la lectura del volumen en ningún momento.
         ¿A cuento de qué ha venido resucitar ahora esta obra parlamentaria de Azorín? Salió en la conversación confinada que mantuve con Emilio Pascual y le aseguré que se trataba de una obra desternillante, con un capítulo especialmente brillante que debería aparecer en todas las crestomatías de las mejores páginas de nuestra literatura. Se trata de El confort de la cámara, que he transcrito para los intelectores que deseen leerlo cómodamente en mi blog Provincia Mayor, pues aquí lo añadiré a modo de apéndice documental en letra reducida.. De otra naturaleza más objetiva es la descripción que añade Azorín en las últimas crónicas del libro. En la crónica Biología del Congreso, Azorín nos sitúa en el relativamente «viejo caserón», porque el edificio del Congreso se construyó a mitad del siglo pasado. El arquitecto constructor se ingenió de tal modo, que ninguna de las dependencias en que se mueven los diputados tiene ventanas a la calle. No las tiene ni el salón de sesiones, ni el de conferencias, ni los pasillos, ni los escritorios, ni lo que ahora es botillería o cafetín. […] Únicamente en este edificio, entre las dependencias destinadas a los diputados, tiene ventanas a la calle la biblioteca. No sabemos si el arquitecto supuso, con harto pesimismo, que en esta estancia no sería probable defenestrar a ningún representante del país, puesto que serían pocos los que pusieran sus pies en este ámbito. La chufla final está emparentada muy directamente con Un jornalero, cuento de Clarín sobre el que también me he explayado en este blog.
         Digamos que Azorín supo captar lo que de ridículo y grande había en el parlamentarismo de principios de siglo, y él mismo sabe meterse, ¡con su singular paraguas rojo incluido!, en aquella danza de prima donnas, de figurones, de currutacos políticos y fieros defensores «del obrero» y de la «República» que nos traen ecos de asuntos de los que nunca se acaban de zanjar ni en el nuestro ni en ningún otro Parlamento: Yo paseo por los anchos pasillos lentamente, reposadamente, como un viejo senador. Yo tengo en mi mano derecha mi paraguas de seda roja, y en el bolsillo de mi levita mi diminuta tabaquera de plata. […] U diputado es un hombre loco, absurdo, que tiene encima de su mesa un número de El Imparcial, otro de El Liberal, y un tomo de Maucci (o, si se trata del señor Villanueva, un ejemplar de Le Temps); un senador es un hombre discreto, mesurado, parco, que lee, antes de almorzar, un tomo de tarifas arancelaras, una monografía sobre la acuñación de la plata o un discurso que Cánovas pronunció el año 1883 ante las cortes con motivo de algo trascendental. Los diputados gritan, gesticulan, van, vienen, entran y salen rápidamente en el salón […]; los senadores marchan lentos, miran con recelo las puertas -estas puertas por las que se cuelan los aires sutiles-, apoyan con cuidado su bastón en el suelo, inclinan lentamente la cabeza para saludaros, os hablan con palabras tranquilas y finas, sonríen con sonrisas discretas y vagas. —¡Caramba, Azorín! -oigo exclamar de pronto a mis espaldas- ¿Trae usted hoy su famoso paraguas encarnado? Y mi paraguas rojo es izado en un grupo y corre a lo largo de los pasillos, causando una profunda estupefacción. Todos en el Congreso son amigos queridos del pequeño filósofo; todos le zarandean y quieren hablar con él. Y yo digo, como don Mariano Rementería: «Estos amigos queridos, a quienes jamás he conocido, debían, a lo menos, no tener tanta familiaridad». Y de forma tan natural, van apareciendo en las crónicas referencias literarias, aforismos, obras de sociología, filosofía, etc., que hacen las delicias de cualquier aficionado. Me apresuró a decir que ya me he descargado una copia de ese prometedor El hombre fino, de 1829, que leeré siquiera sea para celebrar íntimamente que mi primera lectura íntegra de un libro, tras salir del largo periodo de los tebeos y las ilustraciones de la Colección Historias, también de Bruguera, fue el manual Educación y Mundología, de Antonio Armenteros.
         Es curioso contrastar la visión que nos da Azorín de los parlamentarios desde el prologo y la que nos da casi en el epílogo: ¿A qué responden, exactamente, estas manifestaciones de integridad? Este político, a quien tanto se elogia, ¿no es una medianía? Y aquel otro, ¿no es un bribón? Y el de más allá, ¿no es un insoportable petulante? ¿Y en las manos de todos estos hombres está el porvenir de España? ¿Y estos son los hombres que monopolizan el Poder, mientras España se desquicia, se hunde con sus campos yermos, con sus multitudes hambrientas y sin escuelas?, nos los retrata apenas inicia su andadura de cronista. Pero, tras acabar apreciando los valores de tanto disparate como ha conocido, se atreve a decir lo siguiente: Queremos, sin embargo, hacer una declaración, y es que, por lo que se nos alcanza de lo que pasa en otras partes, en el Parlamento español hay más corrección, más mesura, más policía y más urbanidad que en algunos otros Parlamentos, lo que no significa, añado yo,  que haya más luces o ingenio o inteligencia práctica... De hecho, aún hoy es muy notoria la distancia entre nuestras broncas parlamentarias -y ya leeremos después cómo las transcribe Azorín- y las muy aguerridas y violentas que podemos ver en Parlamentos como el italiano, el japonés o cualesquiera otros…  Sobre ese punto, Azorín, tan fino analista siempre, nos recuerda algo que hace poco levantó no poca polémica en nuestro país, al ver un «aparte» parlamentario en el que Iván Espinosa de los Monteros, Pablo Manuel Iglesias e Inés Arrimadas confraternizaban como colegas a los que nada les separase, ni humana ni ideológicamente. Dice Azorín al respecto:  A nosotros nos parece bien que los más irreconciliables adversarios no traspasen en el debate los límites de la civilización y de la humanidad. Ahora, lo que encontramos inadmisible es que mientras el público de las tribunas cree, a juzgar por los gestos y voces de pasión, que aquellos oradores son realmente irreducibles en sus respectivas posiciones; luego estos señores, fuera del salón, a los dos minutos, se abracen en los pasillos y cambien chanzas regocijadas y cordiales.
Que el Parlamento tiene algo de pantomima es inevitable pensarlo una vez que se ha tenido el vicio arraigado de seguir, íntegras., sesiones parlamentarias inolvidables, y, con tantos medios de difusión como hay en la actualidad, a nadie se le escapa que hay mucho de «teatrillo», en el peor sentido de la palabra. Pero pongámoslo en las palabras de un diputado de entonces, Julio Burell, quien ya en pie, se lleva el fino pañuelo a la boca y tose; luego se inclina ante su asiento y toma un papel, de entre los variados apuntes que en él hay amontonados; al fin, con voz recia, dirigiendo la mano extendida hacia el banco del Gobierno: “¡La responsabilidad de la Prensa! -exclama- ¡Sí,  la prensa ha venido, con sus bellezas y extravagancias, a suceder a la antigua epopeya formada por el pueblo!
         A través de un apasionante ejercicio de observación, Azorín «peca» de sociólogo aficionado y elabora una suerte de teoría del parlamentarismo en el que trata de diseccionar el ejercicio del parlamentarismo a través de lo que él considera que es lo mejor que puede ofrecerles a los lectores: Lo fugaz, lo momentáneo, lo deleznable, aquello de que no se ocupan los historiadores, encontrará el lector aquí. Pero el intelector descubre mucho más y de lo mejorcito que un observador penetrante como Azorín es capaz de observar, porque hay un retrato del parlamentario y de su función tan impecable que bien pueden pasar las páginas de su Parlamentarismo español como una suerte de manual del perfecto parlamentario, a  contrario sensu de los ejemplos con que él va ilustrando la teoría. El «gesto» es uno de los pilares de la teoría, y ahí va un ejemplo: ¿Qué importa lo que el orador dice? Para un sicólogo y para un artista, lo importante es el gesto. Salmerón extiende sus manos hacia el banco ministerial, con un ademán de fuerza, mientras habla; luego las sube a la altura de su cabeza, con un grito apocalíptico; luego las baja lentamente, como con desconsuelo, al pensar que España no puede marchar hacia su felicidad con este régimen; y, por fin, mientras da dos pasos ante su escaño, cuelga la mano izquierda del bolsillo del chaleco y dirige una mirada de profundo desdén a los ministros… El gesto, no obstante, forma parte de las «maneras», estudiadas, dice el autor de forma harto exhaustiva por Francisco Giner, quien  en un bello, definitivo trabajo sobre el asunto, dice que «la voz, el gesto, el ademán, la actitud, el modo de andar y el de estar parado (la locomoción y la estación, que dicen los fisiólogos) caen bajo la jurisdicción de las manera, con todos los restantes órdenes análogos en donde se manifiesta la personalidad de un modo sensible.» Y debemos añadir que existe una tradición, una nacionalidad, en las maneras, y que estas cambian con las épocas, con los pueblos, con las clases sociales. Y a los componentes de esas «maneras» dedicará no pocas páginas el autor, con un grado de penetración psicológica que hace muy recomendable la lectura del volumen para todos aquellos que quieran iniciarse en el noble o deleznable arte del parlamentarismo…, porque, como recuerda con cita oportuna: No hay nada -decía La Bruyère-, no hay nada, por sencillo, por insignificante, por imperceptible que sea, donde no entre algo que descubra nuestro carácter. Un tonto no entra, ni sale, ni se sienta, ni se levanta, ni se calla, ni se está pie como un hombre inteligente; y de ahí que sus crónicas indaguen en tales diferencias para discriminar entre los usos parlamentarios aceptables y los deleznables. Sigue, el autor, la guía de los mejores clásicos para perfilar esos retratos, como cuando se acoge al clásico por excelencia de la oratoria: Cicerón precisa en su Diálogo del orador que «el más grande defecto en oratoria es hablar como los demás hablan». Y dicho se está que quedan condenados con esto los gritos, los manotazos excesivos, los golpes sobre el pupitre, el cruzar los brazos sobre pecho con arrogancia o el colgar los pulgares -horror de horrores- en las aberturas del chaleco… Azorín tiene un don especial para percibir esa sinfonía de gestos, entonaciones y actuaciones que le permiten perfilar la mediocridad de toda una generación de parlamentarios que siempre hacen buenos a los anteriores, como exige el tópico. Hay las excepciones de rigor, por supuesto, porque Azorín tiene también un «ojito derecho» que ve con complacencia ciertas manifestaciones parlamentarias exquisitas: El señor Maura domina uno de los más peligrosos, pero más necesarios, resortes de la oratoria: el énfasis; y el señor Maura sabe también hacer uso oportuno de otro recurso indispensable: el silencio, o sea las pequeñas pausas que en el curso de la oración es preciso ir distribuyendo cautamente, bien para dar solaz al ánimo del oyente o bien, a la inversa para encenderlo.
         Vamos entrando en materia y aún no hemos asistido a un rifirrafe parlamentario de los que definían aquellas cortes de nuestros bisabuelos, en los que ideologías tan polarizadas como la conservadora monárquica y la republicana libraban una batalla feroz para ganarse a la opinión pública. El libro esta abarrotado de intervenciones que harían interminable la lectura de esta recensión. Asomémonos al modo como se planteaban ciertas identificaciones políticas en aquellos momentos:  No le preguntemos al señor Vincenti si es individualista o socialista; él lo dice terminantemente: «No, no me lo preguntéis.» Y la razón es porque si antes estas cuestiones de socialismo e individualismo tenían razón de ser, hoy ya no la tienen. «Rousseau, Bastiat», dice el orador; pero no logramos averiguar para qué el señor Vincenti cita a Bastiat y a Rousseau. […] También el orador habla de la clase media y de los obreros, pero aquí ya logramos entender algo. Lo que quiere el señor Vincenti es que los obreros se eduquen, se instruyan. «Yo -afirma el orador- lo dijo en un mitin, al cual asistieron representantes del anarquismo: yo lo dije: Si vosotros queréis quitarme a mí el sitio tirándome un cartucho de dinamita, yo os tiraré a vosotros otro.» […] Antes había condenado las tendencias individuales del señor Romero Robledo; a su parecer, el socialismo era preferible; pero ahora el insidioso y terrible socialismo del Gobierno del señor Maura le parece igualmente condenable. […] «¡Antes -exclama el señor Vincenti- se decía el pan negro de la emigración; pero ahora tendremos que decir el pan duro de Maura!» «Yo -afirma el señor Dato- no soy socialista ni individualista; soy intervencionista.» Ya está lanzada la palabra; una palabra puede ser un partido. […] «He mantenido siempre, dentro de mi esfera modestísima, y con ayuda de mis pobres medios oratorios, que el Estado debe intervenir en el problema obrero en aquella medida que las circunstancias aconsejen y no más allá de los límites que marcan las funciones que le están encomendadas. […] Y por eso yo -añade el señor Dato- lamento sinceramente que no tenga representación aquí el elemento obrero, no encarnado en apóstoles y en mesías, sino en obreros genuinos, auténticos, apartados de los partidos, con callos en las manos.» Advertimos ecos de planteamientos que aún hoy es posible que se reproduzcan en términos similares en nuestro Congreso actual. Pero vayamos sin mas demora a esa minitrifulca para tener una idea clara de que parecía haber mucha más vida parlamentaria ciento diez años atrás que ahora: Y se aprueba el acta entre un barullo formidable; una voz, en la mayoría, imita el mugido terrible de un monstruo paleolítico; el señor Nougués salta de pronto en su asiento y grita: «¿Quién hace ese mu?» […] «¡Tiene la palabra el señor Nougués!», clama el presidente de la Cámara. «¡No, no; que conste mi protesta!», replica el señor Burell. «¡Que se lea el artículo ciento sesenta y nueve!», torna a gritar el señor Nougués. «¡Su señoría tiene la palabra para apoyar, y solo para apoyar su proposición ¡», vuelve a gritar el presidente. «¡Se la tomará para lo que él quiera!», se oye gritar con ira. «¡Se la quitaré yo si hace eso!», grita el señor Romero Robledo. Y entonces, como al decir eso el presidente el señor Nougués estuviese de espaldas, el señor Romero Robledo entra en un furor repentino y violento.  «¡Oiga el señor diputado, y no, y no me vuelva las espaldas!», grita. Y al señor Nougués le parece que estas palabras son «insidiosas», puesto que él es incapaz de faltar a la cortesía, y sobre esto, un agrio cambio y recambio de dimes y diretes raudo por los aires… […] Cuando el señor Nougués ha expuesto a la Cámara que los actuales políticos viven bien al amparo de las grandes compañías, mientras se intenta llevar a la cárcel a los republicanos porque han dicho «si estaba o no delgada determinada persona», los espectadores han podido ver que, al ser pronunciadas estas palabras, en el ánimo del señor Romero Robledo se producía un terrible conflicto, y que el señor presidente de la Cámara ha estado un momento confuso, anonadado por la incertidumbre, pensando en si debía tocar la campanilla o, por el contrario, dejarla inmóvil. Y su mano blanca y fina, ha revolado con un aleteo misterioso sobre la mesa durante un segundo. […] El señor Nougués ha acabado de hablar. ¿Quién habla ahora? ¿El señor Burell? ¿El señor Lombardero? ¿El señor Lerroux? Todos están en pie, erguidos, retadores, inflamados. […] El señor Lerroux, frenético, fuera de sí, blande con su mano derecha el diminuto reglamento de la Cámara: «¡Pido que se lea el articulo ciento cuarenta y dos!», exclama a grandes voces. Y un estruendo y retumbante clamoreo estalla en todo el ámbito. Parten de todos lados gritos de exasperación y de ira; resuenan golpes enormes; los brazos de los diputados republicanos se tienden, rígidos, amenazadores, como en una carga de lanza, hacia el presidente. «¡Pido que se lea el artículo ciento cuarenta y dos!», torna a gritar el señor Lerroux. Y redoblan los gritos, las imprecaciones, las protestas, los golpazos atronadores sobre los pupitres. […] Pero nadie oye a nadie; la minoría, en masa, está en pie; enfrente, los diputados conservadores les increpan a grandes voces; aporrea la mesa con la campanilla el presidente; corren lo ujieres; se extiende un largo y atronador murmullo por las tribunas. […] El señor Salmerón vuelve a tender sus brazos imperativos, y vocea con un grito desgarrador: «¡Señores diputados, que nos contempla el mundo!» Y un ¡oh! multiforme de exclamaciones irónicas ha partido de los escaños ministeriales y ha hecho nacer sonrisas y siseos, que apagan el fuego de la ira…
         En otras ocasiones, Azorín destaca los planteamientos versallescos de un parlamentarismo «antiguo», decimonónico, que nos retrotrae a los tiempos de la Restauración, o poco menos: «Pero -dice el señor Villaverde-; pero acompañando a estos créditos vienen otros que…» Hemos llegado al punto culminante de la expectación: los señores ministros están pendientes de este tremendo pero; todos están sentados de medio lado, de cara al orador, sorbiendo sílaba por silaba sus palabras aterradoras. ¿Y qué quiere decir, en definitiva, este pero espantable del señor Villaverde? Quiere decir que hemos retrocedido a los tiempos que siguieron inmediatamente a la Revolución francesa… ¿Sobre qué llama nuestra atención el señor Villaverde? Es cosa abstrusa y complicada; se trata del excedente, del sobrante y del contingente… Maura bosteza y se frota los ojos y las mejillas… […] No aconseja nada a sus amigos; habla por sí mismo. Y, desde luego, siente tener que hablar de su persona, «porque, como dijo Balzac, es de mal gusto hablar de sí tanto en público como en privado». Ya senté, al principio de esta crónica que el señor Villaverde era un conspicuo erudito; la cita es estupenda. Se trata de un escogido ramillete de intervenciones que tienen su clímax excepcional en la crónica del señor Morote, de la que el cronista ha tomado nota con particular atención y que nos presenta con un corolario que, al menos a quien esto redacta, le dejó con un dolor de abdomen total y absoluto y con muy pero que muy escaso aire que llevar mediante a la inhalación a los torturados pulmones. ¡un peligro, a según qué edad! Me trajo a la memoria la risa convulsa que me produjo el capítulo de El antropólogo inocente, de Barley Nigel, cuando decide ir al dentista por un serio problema… He aquí la crónica de ese día:
16 de diciembre de 1905.
¿Qué dijo ayer en el seno de la Representación nacional el señor Morote? No vamos a referirlo punto por punto; eso sería imposible. Nosotros, lápiz en mano, fuimos anotando escrupulosamente todos los temas que el señor Morote tocó en su oración parlamentaria; responda de nuestra veracidad el propio Diario de Sesiones. He aquí la lista:
Un preámbulo del señor Montero Ríos; los hombres que en el año 1837 expropiaron los bienes eclesiásticos; la personalidad jurídica de la Iglesia en los primeros tiempos del Cristianismo; el año 316; el emperador Galileo, misión del Cristianismo; si el Cristianismo ha logrado cumplir la misión que se propuso; la moral cristiana y sus relaciones con la moral de los estoicos y la helénica; Renán y su Vida de Jesús; diferencias entre la Vida de Jesús de Renán y la Vida de Jesús, de Strauss, lectura de un pasaje del libro de Renán; evolución del sentido del Cristianismo; los albigenses, la Saint-Barthélemy; las hogueras de la Inquisición; Felipe II; las luchas de la Edad Media; Tolstoi y el nuevo Cristianismo; el Cristianismo tal como es practicado por los cristianos ortodoxos; el Congreso de las religiones de Chicago; modo de entender en Alemania y en Inglaterra el espíritu religioso y modo de entenderlo en España; costumbre que tiene el novelista ruso autor de La muerte de los dioses de comenzar todos sus escritos diciendo: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»; lectura de un fragmento del libro de Macías Picavea El problema nacional; el presupuesto de 1871; lo que hizo el propio señor Morote en 1895 con motivo de la persecución de El Porvenir Vasco; lo que pasó el 19 de marzo de 1902 en la reunión celebrada en casa de Sagasta; lo que dijo el señor Moret la otra tarde; el sentido profundamente regalista del señor Cánovas del Castillo; la discusión ocurrida el año 1876 con motivo de la base segunda de la Constitución; Álvarez, Pidal, Toreno y el partido moderado; Beltrán de Lis; la dinastía merovingia y la Revolución francesa; papel de la Iglesia en la Edad Media; la Revolución norteamericana; Argüelles y su opinión sobre la propiedad de la Iglesia; Mendizábal y sus leyes; dos novelas de Jean Lombart, que son, aunque con apariencias de novelas, estudios sociales; los católicos de Estados Unidos; la congrua sustentación; las reglas del Concilio de Trento; la reforma del ministro señor González; lo que el día anterior decía el mismo señor Morote, hablando de Casandra: lectura de un fragmento del cuestionario para oposiciones a las escuelas normales, que dice: «Culto verdadero; su importancia; culto de Latría, hiperdulía y dulía. ¿Por qué el culto tributado a San José recibe el nombre de protulía?»; las reducciones que hizo Napoleón y las que se hicieron en Portugal; el clero catedral y el clero parroquial; la obra muerta y la obra viva del presupu4esto; el Papa y la guerra civil; los carlistas y la legalidad existente; el señor Mella, inventor de un carlismo científico; el señor Lloréns y su concepto atávico de la Patria; los muros de Granada sobre los que flotaba una bandera; el conflicto de 1898 con Estados Unidos; el general Boulanger y el movimiento político iniciado por el en Francia; los Pirineos como barrera de la civilización europea; el fardo latino que no podemos sacudirnos de encima: la ley universal que dice: o las naciones se civilizan ellas mismas, o son civilizadas a la fuerza; explicación del argumento de la novela de Anatole France Sur la Pierre blanche; invocación a los apóstoles modernos Tolstoi, France y Zola…De todo esto nos habló el señor Morote en la tarde de ayer; comenzó el señor Morote su discurso a las seis menos cuarto; lo terminó a las siete y media. El señor Morote se proponía con todo esto -es preciso decirlo- defender un voto particular relativo a un capítulo de los presupuestos generales del Estado. Esto sería algo equivalente a lo que estremeció de horror a Azorín: Cuando el señor Nougués llevaba tres cuartos de hora parlando, ha salido de sus labios la siguiente terrorífica frase: «Acabo de hacer el exordio, y voy a entrar en materia.» Esa periclitada retórica parlamentaria que Azorín trata con notable desprecio en sus crónicas, cometiendo, incluso, la irreverencia de dejar al orador con la palabra en la boca, como en este caso en que el orador discursea acerca de un rifirrafe sobre los tejemanejes electorales en distintas demarcaciones: Y en estas se pone en pie el señor marqués de Teverga. La Cámara guarda un profundo silencio. «Señores diputados -comienza diciendo el señor marqués de Teverga-: Yo me creo en el deber de decir a la Cámara y exponer ante vosotros, en breves y concluyentes palabras, los motivos que he tenido y que yo consideraba y considero fundamentados y razonables para formar, como lo he hecho, el dictamen que, unido a los demás individuos de la Comisión, he tenido el honor de firmar, y que ha originado el debate que ha presenciado la Cámara y en que me veo obligado a intervenir…» El señor marqués de Teverga se detiene un momento. «Sí -prosigue diciendo-, yo quiero que vosotros conozcáis estas razones». Todos esperamos las razones del señor marqués. «No, no he de ocultaros los motivos -agrega el señor marqués- que yo he tenido para firmar este dictamen». Nadie desea que el señor marqués le oculte sus motivos. «Os expondré los hechos tales como han sucedido -continúa el señor marqués-; os repetiré las palabras que yo he pronunciado en el seno de la Comisión». Todos ansiamos que el señor marqués nos repita las palabras que pronunció en el seno de la Comisión. «No os ocultaré -agrega el señor marqués- ni un átomo de la verdad». Todos creemos que el señor marqués no nos ocultará ni un átomo de la verdad. «Yo creo que vosotros -sigue el señor marqués- debéis saber las causas que me han movido a obrar». Nosotros queremos saber las causas que le han movido a obrar al señor marqués… Y el señor marqués, al cabo, cuando todo estamos rabiando de ansiedad, añade: «Pero antes permitidme que exponga tres cuestiones importantes, la primera de las cuales se refiere a la interpretación del párrafo primero del artículo cuarenta y cinco de la ley electoral…» Y comprenderás, lector, que no hemos esperado a que el señor marqués nos hiciera esta interpretación.
         Al lector actual le chocará la reiteración de algunos viejos «demonios» de nuestro país, que nunca acaban de morir de racionalidad: el «separatismo nacionalista», la «corrupción» y los pertinente suplicatorios, la definición identitaria de «patria» y otros tantos como estos:       
         «En nombre de esa minoría…», decía el señor López Puigcerver, aludiendo a la liberal. Y unas voces han partido de los bancos republicanos, que decían: «¡De todas, de todas!»; pero otra vez -la del señor Rusiñol, diputado por Barcelona- ha gritado: «En nombre de nosotros, no; que no queremos perder el tiempo.» Y otras voces, salidas también de la minoría republicana, han clamado: «¡Separatistas ¡Traidores! ¡Malos españoles!…»
         El señor Maura traza un balance de los suplicatorios […] para acabar, a la postre, revelçandonos que a la Asamblea actual han llegado nada menos que doscientos [suplicatorios], y que en tangto que antaño un señor iutadod tençia sobre su cabeza un solo suplicatorio, o a lo sumo dos, ahora hay representantes del país que llevan por delante cuarenta, cincuenta y cuatro y hasta sesenta… «¿Se puede esto tolerar», pregunta el insigne orador, al mismo tiempo que su mano derecha coge, sin mirarlo, el vaso repleto del áureo azucarillo. «No se trata, no, señores diputados -agrega el señor Maura con el vaso en la mano-; no se trata, no de la inmunidad parlamentaria; se trata de una degeneración de esa misma inmunidad.»
         ¿Qué es la patria? He aquí una pregunta que anda por nuestro cerebro desde hace días. ¿Qué es lo que entendemos por patria? Ante todo, si meditamos fríamente sobre el asunto, veremos que la patria es un sentimiento completamente moderno; podemos afirmar que los antiguos (es decir, los hombres anteriores al siglo XIX) no entendían ni sentían el patriotismo como nosotros lo entendemos y sentimos.
         Patria (es decir, lo mismo que en castellano), y patria es la terra Dove ciascheduno è nato; ahora veamos lo que el diccionario de la Academia dice en su última edición. Patria -dice el diccionario- «es el lugar, ciudad o país en que se ha nacido». Como ve el lector, las palabras con que se definía la patria en el siglo XVII son las mismas exactamente que aquellas con que se la define en el siglo X. Y esto causaría nuestro profundo asombro, nuestra más viva estupefacción, si no supiéramos de antemano que un diccionario de la legua es la cosa más conservadora, más tradicionalista, más reaccionaria que existe sobre la tierra. […] El diccionario de la lengua es descentralizador con toda franqueza, y -digámoslo claro- separatista, puesto que limita la patria al lugar donde hemos nacido, bien sea La Coruña, Cádiz, Guadalajara o Alicante (cuando no otras poblaciones más pequeñas, o simplemente villorrios o aldeas.) Debemos condenar, pues, el diccionario; debemos anatematizarlo; debemos quemarlo. Y nos encontramos con que al condenar el separatismo anatematizando y quemando el diccionario, cometemos el más monstruoso, el más grande de los atentados separatistas, ya que anatematizamos y quemamos el depositario secular y venerable de lo que hay de más hondo y más eficaz en una nacionalidad: el idioma. […] Esta es una cuestión que, indudablemente, habrá de tratarse en la Cámara popular; esta es una cuestión que entraña una inmensa gravedad; esta es una cuestión que debe ser llevada al debate actual, toda vez que el eludirla el no resolverla puede originar conflictos en lo futuro; y esta es, en fin, una cuestión en la que nosotros meditábamos en la tarde de ayer, en tanto que desde la tribuna parlamentaria escuchábamos la fervorosa apología de la patria hecha por el señor Rodríguez de la Borbolla.
         Me voy extendiendo mucho y el repertorio de bondades del libro aún está por agotar, porque son muchos y muy interesantes los apuntes de Azorín y las citas de postín con que ilustra su texto. El maestro noventayochesco se toma la bendita molestia de bucear en tres textos teatrales de naturaleza política: El collar de estrellas, de Benavente, Le deputé Leveau, de Jules Lemaitre y Clavijo, de Goethe. De ente los parlamentos de sus personajes, destacaré dos, uno de Lemaitre, con resonancias muy actuales:
Leveau:  «Esté usted tranquilo; esta no será para mí una lección perdida. Yo, señor marqués, soy un hombre plebeyo; soy hijo de la Revolución, demócrata, demagogo, ultrarradical, extrema izquierda, todo lo que usted quiera. Pero sí, es verdad, se siente uno atraído, a pesar de todo, por la distinción, por la elegancia, por los títulos… Y, sin embargo, entendedlo: lo poco que queda de la aristocracia de ustedes no subsiste sino por la sandez y la cobardía de los demócratas, que la detestan, pero que quisieran ser aristócratas, rozarse con la aristocracia y que desde el momento en que tienen dinero, le piden prestados, con sus maneras de vivir, la mitad de sus prejuicios.
Carlos: Ante ti se abre tu camino. Avanza por él, sin mirar a derecha ni a izquierda. ¡Que sepa tu alma engrandecerse! Y ten presente (¡e hinca en tu espíritu esta gran verdad!) que los hombres extraordinarios no son realmente extraordinarios sino porque sus deberes se separan de los deberes del común de los hombres.
Pero, complementando esas teorías de autores tan brillantes, quizás la experiencia de un modesto pero curtido parlamentario sea capaz de resumir, en tono confidencial, el verdadero «credo» del congresista: El señor Aparicio, discretísimo, correcto, murmura a mis oídos, con voz suave, estas palabras: «En política, como en amor, amigo Azorín, no hay nada de efectos tan deplorables, tan contraproducentes, como la impaciencia. Nada hay que paralice tanto nuestros planes como el que los demás adviertan nuestro deseo inmoderado de llegar.»
         Recojo, finalmente, para no abusar más de lo que ya abuso de la paciencia de los intelectores, una costumbre desaparecida y que le dio pie a Azorín a escribir una crónica titulada Lo absurdo, y en la que describe las sesiones plenarias ininterrumpidas, lo que provocaba un particular baile fantasmagórico de diputados en el Congreso:  He escrito las líneas que anteceden a las diez de la mañana del domingo, al regresar a casa. Dos horas después, a las doce, cuando me levanto de dormir, tengo una vaga y remotísima idea de todo lo ocurrido. ¿Existe el Congreso? ¿Existen los diputados? ¿Existe esa cosa que se llama la sesión permanente? Y experimento la sensación angustiosa de lo extraño, de lo indefinible, de lo quimérico, de lo absurdo. Y solo veo, en el caso confuso, contradictorio, encuadrada en el ancho chaleco del smoking,  la blanca, nítida, pechera del señor duque de Bivona, con quien he estado paseando durante una hora, lentamente, a lo largo de los pasillos. Sin embargo, yo paso la manga por mi pequeño sombrero de copa, me lo pongo y me voy -instintivamente- hacia el Congreso. Y cuando penetro en la Cámara popular, mis ideas cambian rápidamente; ya en este medio, entre estos muros, todo me parece lógico, natural; las palabras no tienen aquí el mismo valor que fuera, ni las cosas tienen la misma representación que fuera… […]El señor Alonso Castrillo, que desde ayer no ha abandonado la Cámara, cruza como un vano fantasma, como un personaje del Greco, con su barba gris, polvorienta, aguda, con sus ojos hundidos, exornados de sombras anchas. Y os timbres suenan, suenan, locos, afanosos, sin cesar… […] Y vosotros, en este ambiente de exasperación y de fatiga, entre estos seres extraños que a horas intempestivas gesticulan y gritan, tornáis a experimentar la sensación aguda, inquietadora de lo extraño, de lo quimérico, de lo absurdo, y pensáis cómo en el seno de una sociedad sensata, unos pocos hombres pueden entregarse a tan desatinadas fantasías. […] «¡Arreglo!, ¡arreglo!», se oye decir. Y el señor Lloréns surge en la puerta. «Quedan aquí los suplicatorios -dice el señor Lloréns-; pero se hará una ley, y conforme a ella juzgará el Tribunal Supremo.» Esta es la fórmula. […] Y así ha terminado la famosa sesión. El Parlamento español ha estado durante cuarenta horas discutiendo si se prorrogaría la sesión; cuando, por fin, se ha acordado esa prórroga, se ha visto que no hacía falta para nada. Y este es uno de los resultados del debate. Y el otro es este: dentro de cuatro días, los señores diputados recibirán un número del Diario de Sesiones con el relato de la sesión pasada; este número constará de cuatrocientas páginas; este número será una enciclopedia; en ella se hablará de la enseñanza, de la pesca, de los aranceles, del bacalao, del descanso dominical, del precio de los artículos de primera necesidad, de los mármoles, de las piedras de construcción de las máquinas de coser y de los puerco-espines…
Eso sí, no puedo dejar de recomendar una lectura muy atenta de una crónica, Cortes liberales de 1916. Andanzas de un candidato, que constituye un magnífico cuadro de costumbres en el que los próceres, a diferencia del Vuelva, usted, mañana de Larra, citan una y otra vez a los aspirantes a candidatos para alentarles en su perseverancia aun a riesgo de que la plaza vacante acabe siendo, como siempre pasa, para otro que se ha adelantado a sus pretensiones. Recordemos que Azorín fue también diputado «cunero» y de que habla con profundo conocimiento del tema…
         En fin, me gustaría ser ofreciendo extractos de un libro del que se pueden sacar por docenas, porque, insisto, el estilo irónico de Azorín ha encontrado en la materia parlamentaria un objeto hecho a la medida de sus magníficas dotes literarias. Le dije a Emilio Pascual que no lo encontraba en mi biblioteca, y, al final, lo descubrí en el último estante interior del apartado de clásicos, donde lo debí poner por las virtudes de una prosa que en modo alguno desmerece de sus compañeros de estante, esa con la que abre, magnificente los primeros compases del libro: Las toaletas ponen sus manchas rosas, blancas, azules, sobre la fosquedad del palco; en el antepecho destaca sobre el rolo peluche una fina mano enguantada de blanco,  es muy probable «toaletas» sea el catalanismo toaleta, : «Acció de rentar-se, pentinar-se, afaitar-se, abillar-se.» Es decir, en este caso,  los aseos de las damas que asisten a las sesiones


Apéndice documental: El «confort» de la Cámara.
Cuando penetramos en el recinto del templo de las leyes, lo primero que llama nuestra atención es la alfombra que pisan nuestros pies; a juzgar por esta alfombra no sabemos si nos hallamos en un edificio donde se alberga una de las más altas instituciones españolas, o en un viejo casino de provincias, donde el gobernador hace tiempo que no deja jugar. Nada más sucio, más lleno de polvo, más raído que esta alfombra. Y si tendemos nuestra vista por los parajes inmediatos a las puertas por donde se penetra en el salón de sesiones, entonces es posible, es seguro que sintamos la más viva vergüenza. Pero no nos avergoncemos tan aína; todavía nos queda algo que andar en la jornada de hoy. Acaso estando aquí, en la Cámara popular, se n os ocurra escribir una carta; nos dirigimos al escritorio. Si somo diputados, un ujier nos proporcionará papel con e membrete de nuestro distrito. Si no representamos a ningún pedazo de nuestra España, entonces nos acercaremos discretamente a este ujier, le pediremos papel en que escribir, y él, después de mirarnos atentamente, de arriba abajo, nos entregará con mucha lentitud, y como quien nos hace un gran favor, uno o a la sumo dos plieguecillos de cartas. El papel de estos plieguecillos es bastante inferior; pero podemos darnos por satisfechos, por muy satisfechos, si, al fin, lo hemos logrado.
Y ya hemos escrito nuestras cartas. ¿No podrá darse el caso, ahora, de que nosotros, aquí, en el Congreso, sintamos una necesidad inaplazable? Es posible; en este caso, nos encaminamos sin pérdida de momento en busca de una de las camarillas excusadas. Diremos, ante todo, que en el Congreso estas camarillas están situadas en dos departamentos; las tales camarillas tienen, es cierto, un a modo de respiradero o tapa de cristal en el techo; pero estos respiraderos están todos comprendidos bajo el techo común del departamento, y este departamento no tiene más aireación y ventilación que la que puede prestarle el pasillo que circunda la Cámara, y donde los diputados se reúnen.
Y dicho se está que hay días en que, desde el momento en que se penetra en el edificio, se tiene la prueba patente -que el olfato nos proporciona- de esta insoportable y absurda falta de aireación. Y debemos añadir, aunque corramos el riesgo de que no se nos crea, que, para agravar tamaño atentado contra la higiene, hay muchos señores (no sabemos si diputados o no) que se olvidan de tirar de una sutil cadena que existe en tales camarillas, y que no son pocos los días en que en los tan repetidos lugares es absoluta la falta de la indispensable agua corriente. Y sigamos con nuestras aventuras. Cuando hemos salido de los dichos departamentos, nos dirigimos, como es natural, en busca de un lavabo. Mas lavarse las manos es una empresa de las más arduas en el Congreso. Existen en la Cámara popular unos lavabos; pero estos lavabos están reservados exclusivamente a los diputados. Y como es mucha la gente que concurre al Congreso y que no representa al país, resulta que estos concurrentes a la Cámara popular se ven en el trance de no poder lavarse las manos; y resulta también que, como los sindicados lavabos están lejos de las camarillas, los diputados que salgan de estas para dirigirse a aquellos tienen que recorrer un gran trecho de camino, y se ven expuestos al riesgo de encontrarse en su carrera a amigos y conocidos que les tienen la mano con objeto de saludarlos.
¿Qué es lo que en esa situación deben hacer los diputados? Que conteste cada cual como quiera a esta pregunta. Nosotros, en honor de la verdad, hemos de consignar que en uno de los departamentos citados existe una diminuta palangana. Nuestra alegría al descubrirla ha sido inmensa. Pero pronto hemos comprobado que el hilo de agua que arroja el grifo situado sobre ella es tan sutil que hemos tenido que esperar para llenarla dos o tres minutos; hemos visto después que el jabón que se hallaba a su lado era un fragmento tan microscópico, que apenas podíamos cogerlo, y nos hemos dado cuenta, finalmente, de que la hazaleja o toalla en que nos enjugábamos las manos, mas que a blanco, tiraba a gris o a negro. Y tenga en cuenta el lector que esta hazaleja y este jabón podrá encontrarlos los díasen que hay sesión en la Cámara, pro no en aquellos festivos o en que la Asamblea no trabaja, puesto que, en ellos, jabón y toalla son cuidadosamente, celosamente, guardados.
¿Diremos que lo mismo pasa con la calefacción, es decir, que En el Congreso no hace frío oficialmente más que cuando los diputados deliberan? ¿Hablaremos ahora de la luz, o sea del esfuerzo gigantesco, enorme, que se hace para no iluminar la Cámara sino cuando ya las tinieblas impiden que nos veamos unos a otros las caras? Clásico se ha hecho en el salón de sesiones el grito de: «¡Luz, luz!» ¿Apuntaremos también, pasando a otro asunto, la falta de escupideras que se nota en algunos parajes de la casa? Una tan solo hemos visto en lugar tan frecuentado como el pasillo circular. Y aprovechamos la ocasión para dejar sentada la costumbre genera que hemos observado en el Congreso de escupir en la alfombra. Y después de esto tendríamos que hablar del servicio deficientísimo del cafetín o cantina; de la tosquedad de los vasos en que se sirve el agua (más propios de una tabernilla que del templo de las leyes); del estado lamentable del moblaje; de la falta de lavabos y departamentos particulares para las señoras que asisten a las tribunas; de la lenidad lamentable en conceder pases de entrada en la Cámara, etc., etc.
Nos contentamos con lo apuntado. ¿Qué idea formarán de la nación española un inglés, un alemán, un francés, un norteamericano, que vengan a España y visiten este edificio en que e alberga uno de los más altos poderes del Estado? La casa es el dato más seguro para juzgar al morador; por los minúsculos detalles de la vida diaria y prosaica, podemos colegir los gustos, las inclinaciones el estado de civilización, la sicología, en fin, de un pueblo. Un millón doscientas veinte mil ochocientas pesetas tenemos entendido que cuesta el entretenimiento anual del Congreso. Ellos bastan para lograr un poco de comodidad y de limpieza.
Ayer n o aconteció nada en la Cámara: hemos querido aprovechar esta tregua para hacer las expresadas observaciones.