jueves, 30 de julio de 2020

«Cuenta atrás» y «La vida es breve», de Francisco M. Ortega, y «Las claras sombras del camino saludan al viajero», de Francisco M. Ortega y Francisco C. Ayudarte.




La poesía individual y colectiva de un grafómano encendido de amor a la escritura, y los microrrelatos de una geómetra de la paradoja y del misterio: Una voz poética  con el sólido don del duende y la cuarta locura platónica.


         Vivimos tiempos anárquicos en cuanto al establecimiento del canon literario se refiere: desprestigiadas las instancias de poder universitario; caídas en desgracia económica las todopoderosas editoriales, populares o «de prestigio»; en creciente progresión las aventuras editoriales «de autor», con o sin suscripción popular;  confirmados los chanchullos de los premios literarios, y adocenado el gusto general por la publicación de best-sellers ilegibles y clónicos, no sabe uno, realmente, cuál puede ser la «autoridad» cuyos dictámenes sobre ese canon literario sean respetados. La democratización de las publicaciones, el establecimiento de nuevas realidades literarias a través de las plataformas digitales: los blogs, FaceBook, Instagram, Twitter, las webs individuales o colectivas, etc, que han alumbrado, a su vez, incluso nuevos géneros que caen fuera del reconocimiento crítico, nos ofrecen un panorama literario de ardua evaluación crítica.
         No nos podemos arredrar, de todos modos, ante un cambio tan radical, sino que, como han hecho siempre los críticos -los que etimológicamente «criban»-, hemos de desbrozar el grano de la paja y ofrecer a los intelectores nuestra opinión fundada sobre cualquier fenómeno literario, sea cual sea su cauce y sea cual sea su género, por más que, muchas veces, no encaje en los muy limitados de la crítica tradicional. De hecho, mi abortada tesis doctoral sobre la cuarta pata de esa mesa de trucos que son los géneros, la «aforística», buscaba poner de relieve la insuficiencia de la misma.Viene esto a cuenta de cómo conocí virtualmente a Francisco M. Ortega a través de un blog, El día que estés muerto sabrás cuánto te quieren, en el que ininterrumpidamente lleva publicando cada día, desde hace quince años, un aforismo, una cita o un microrrelato. Semejante grado de fidelidad al compromiso consigo mismo y con los numerosos intelectores que tenemos por costumbre abrir el ordenador por su página al iniciar el día da fe de un esfuerzo creador/divulgador al alcance de muy pocos.


         Justo antes del confinamiento, recibí de él un afectuoso envío de tres obras: Cuenta atrás, Las claras sombras del camino saludan al viajero y La vida es breve, los dos primeros de poesía y el tercero, y más reciente, de micronarrativa. Nos movemos, pues, en el ámbito de lo esencial, en esa guerra por la expresión justa, eficaz y deslumbrante, donde el margen de error es tan peligroso y amplio como quintaesenciadas son las composiciones. Los he leído varias veces y he querido dejar pasar el arresto domiciliario de la pandemia para sentirme realmente libre a la hora de escribir estas líneas; no quería que el desasosiego por tanta incompetencia política como estamos viviendo me afectara la serenidad de juicio con que un crítico (¡aunque sea amigo del autor!) ha de enjuiciar cualquier obra. No es tarea fácil, para el crítico, porque, como escritores que todos somos, nunca encajamos las críticas honestamente: o nos parecen tibias o desdeñosas o «circunstanciales» o cualquiera otra decepción, siempre que no haya el entusiasmo, la «celebración» total, rendida y entregada de la obra recibida que creemos que merece nuestra obra. Contra eso cura la observación de Lezama Lima, quien la formuló teniendo en mente la figura de Paul Valéry: Clásico es el escritor que lleva un crítico consigo y que lo asocia íntimamente a su trabajo.  Tener sobre el lomo de nuestros escritos la lupa inmisericorde de ese «crítico» es lo que «distingue» a un verdadero escritor de un juntaletras.
         ¿Es necesario que diga que Francisco es un verdadero escritor? Que su dimensión pública en las redes choque con la renuencia con que ha accedido a publicar algo nos dice, además, que la exquisitez de su prudencia engrandece esa condición. Es cierto que son pocas las vías para acceder a la publicación, y que la mayoría de ellas están «cegadas» por obras que desmerecen mucho al lado de las inéditas, como las que acaban de dejar de serlo de Francisco, y cuya valoración es, en las editoriales, tan defectuosa. Sí, en mi asendereada vida de grafómano también he sido durante un tiempo «lector» para algunas editoriales, y creo saber de lo que hablo cuando digo lo que se me acaba de leer. Se podrían multiplicar ad náuseam los ejemplos de los prejuicios con que las editoriales rechazan manuscritos que, luego, acaban teniendo una vida exitosa, pero, por lo que toca a Francisco y su obra, cabe señalar que nos movemos en unos terrenos genéricos con escaso público, con parvas ventas y con muy difícil acceso a editoriales que sobreviven a duras penas. El mercado «de autor», así pues, se acabará imponiendo como una alternativa a circuitos a los que incluso la pandemia ha resquebrajado y cuyo futuro sigue sin estar claro. Desde esta perspectiva, pues, y sabiendo que en las direcciones que indique al final se pueden adquirir estas obras, entro ya en la crítica de todas ellas.
         Cuenta atrás es un poemario que podría encuadrarse en lo que se ha conocido como «poesía de la experiencia», y cuyos tintes autobiográficos la permean constantemente. El yo poético no necesariamente ha de corresponderse con el yo autobiográfico, y ahí está la famosa canción a Guiomar de Machado: Todo amor es fantasía;/él inventa el año, el día,/la hora y su melodía;/inventa el amante y, más,/la amada. No prueba nada,/contra el amor, que la amada/no haya existido jamás, que nos lo recuerda; pero, en términos generales, sí que este tipo de poesía bebe de la fuente personal de un modo determinante. Abre el intelector el volumen y el Ideario inicial se convierte por arte de birlibirloque en un *sentimentario que nos va a dar la pauta de la actitud ante la vida del autor: Me da vértigo el punto muerto/y la marcha atrás. Con ese arranque está claro que el autor, incómodo en su presente, que lo vive como una condena, se va a recrear en su descripción, y lo usual es que acierte con ella, aunque en la variada gama de registros pueda haber algún que otro desequilibrio: cuando las canas pueblan la pensante testuz… Lo que es evidente es el uso magistral de la asonancia y el ritmo melódico que brota con esa naturalidad andaluza del oído educado en la música de la mejor poesía. La temática está dominada por la actitud y esta, a su vez, por la selección de unos recursos expresivos que buscan la experiencia de lo cotidiano amargo y adverso, una vez que ha sido filtrado por el yo del poeta que confiesa su impotencia: Me doy de cabezazos contra el papel vacío […] Me ahogo en tanto blanco, en tanto sinsentido,/luchando cada noche contra ese enemigo mortal/que es un papel sin nada/que siempre va conmigo, dando tumbos,/también en cada madrugada y que me hace insomne/como el llanto de un niño; que nos revela ese no acabar de llegar nunca «a tiempo»: Y es que el tiempo,/sustancia de la que estamos hechos,/me enferma y me arruina/y por eso creo/que solo seré puntual a la última cita:/la verdadera. Hay, a pesar de la relativa juventud del autor, una querencia por la autobiografía, por la evocación del pasado, como en el poema Partida de ajedrez, en el que se cuela, por cierto, un verbo, el tiempo degluyó, que paree un hibridismo propia de ciertos automatismos verbales, a medio camino entre «deglutir» y «diluir»… La posmodernidad se cuela por las cuatro esquinas del poemario y, como ocurre en Índices de audiencia -con ecos del Qualsevol nit pot sortir el sol, de Jaume Sisa-, acentúa el contraste entre el pasado feliz y el presente degradado y deprimente. Hay en el autor una tendencia a «pasar desapercibido», al minimalismo existencial, que halla su más fiel reflejo en uno de los mejores poemas del libro: Hoy practico el silencio, donde reivindica el imposible mutismo que repele al poeta, por potente que sea esa tentación de dejar impoluta la página en blanco (solo es poeta quien escribe, recordemos lo obvio…), porque en este mundo nada tiene sentido/si no es el cielo del olvido/y el de la rosa. A pesar de que el autor se mueve con gran comodidad por las imágenes de la posmodernidad, su profesión de periodista incluida, como apreciamos en el poema que cierra la colección, El último barco, y aunque cede, a veces, a la tentación del poema narrativo, como en Señales de la noche, lo habitual es la mezcla de situaciones líricas resueltas con un estilo en que se mezclan las imágenes más atrevidas: equívocos los ojos con que me miras y enmudeces la voz de mi retina, con lo que podríamos considerar el «retrato generacional» de un luchador revolucionario: Tampoco están ahora, aquellos/compañeros en piso de estudiantes,/forradas las paredes con carteles de Bakunin y el Che, /la profunda liturgia para mejorar el mundo,/ y descubrir el sexo y el hachís/en una tarde juntos, Rimbaud y Baudelaire,/Pink Floyd la Naranja Mecánica,/ Mari Carmen y el Último Tango en París. A mí, particularmente, poco inclinado a la poesía social, porque estoy convencido de que solo las revoluciones interiores pueden darnos poemas que verdaderamente nos alumbren en la penumbra de la existencia, me gusta más la vena intimista del autor cuando, a solas consigo mismo, consigue expresarse con toda la complejidad del ser maravillado por el fenómeno deslumbrante de la existencia plural -¡como fue la historia del corazón de Darío!- y se deja llevar, por ejemplo, por el Arrebato: El peor de estos días peores/será cuando acabe atrapado por una telaraña/que crece entre mis libros/regada, en mitad de una selva de letras,/por el polvo del tiempo gastado. No es objetivo primordial del poeta «confesarse» o, ya lo dijimos, «autorretratarse»; pero es evidente que Cuenta atrás es, en efecto, un ajuste de cuentas, y ahí sí que el autor exhibe una honestidad autobiográfica que nos permite a sus lectores sentirnos muy próximos a tan lírica contabilidad, al tiempo que, a los amigos más recientes del autor, como este Artista Desencajado, nos permite ahondar en el conocimiento de su intimidad más recóndita, la que solo se escande en los versos de un poema.
         Las claras sombras del camino saludan al viajero, escrito a dos manos entre el autor y  Francisco C. Ayudarte es un renga oriental, un género poético que consiste en la escritura de  una sucesión de tankas escritos por dos o más autores que mantienen una unidad de estilo y, hasta donde ello es posible, temática. Los dos autores quieren reivindicar la creación colectiva como una alternativa a la autoría individual o, como ellos mismos escriben: «la realización de estos versos responde al interés, compartido por muchos escritores, por explorar las posibilidades de una poesía colectiva en la que el eje principal de la actividad poética sea el poema y no el autor». Que el género escogido se configura como una alternancia de tankas, uno de cada autor, desdibuja algo lo de la «poesía colectiva», aunque el hecho de ajustar el estro a lo escrito por el otro para dotar al volumen de homogeneidad  estilística la potencia. Los intelectores habituales de poesía no ignoran que la tanka es un poema en el que el giro temático de los dos últimos versos, respecto de la introducción de los tres primeros ha de ser tan sorprendente como críptico y, sin embargo, guardar una oculta relación con los dos primeros versos. Se construye, por lo tanto, un artificio en el que la capacidad de crear imágenes y sugerir complicidades exige un alto grado de inspiración. Ambos autores, a los efectos reales uno solo, han conseguido en esta renga una homogeneidad harto notable: han fundido sus voces respectivas en una aspiración común y Fortuna- que siempre ayuda a los audaces- los ha favorecido. Son muchos los tankas deslumbrantes que saltan a los ojos de los intelectores: En  los aleros,/entonan melodías/aves suicidas./Su corazón, necrópolis/de los amores idos. Aunque los autores los han distribuido temáticamente de una manera muy laxa, porque los títulos bajo los que se agrupan dan para cobijar casi cualquier parto de la imaginación, a mí me han llamado la atención aquellos, seguramente, que despertaban ecos en mí de mis propias lecturas de otros autores, amén de los que son expresión feliz de un momento poético cumplido, como: Quiebran la rama/los frutos que recogen/manos sin tregua./Vendimian en septiembre/uvas ebrias de sol. O este de inspiración netamente machadiana: No igual que pájaros/elegantes y gráciles,/las pobres moscas./Vulgar evocación/de amor a lo que vuela. O el nerudiano: Noche de san Juan,/baño en el mar, hogueras/ De sal deseo./Rosas sobre las ascuas/azules de los astros. Tomemos nota, porque hasta ahora no lo había visto de forma tan explícita, de la invasión del espacio poético por términos y conceptos del ámbito digital que, con todo, no acaban de integrarse en el discurso con la naturalidad con que los autores lo desean: Acupuntura./Aguacero de agujas,/aguamarina./Google Maps verdeazul,/acuarela de espumas. O el no menos explícito: Llega mal tiempo./Borrasca arrecia enérgica/en mi bolsillo./Esta app predice el tiempo/y copia mis correos. O, finalmente, el elogio del sistema binario: Vida serena,/mientras llega a la red/el bit postrero./Ceros y ceros, uno,/binario manantial. Contrasta con ese uso hiperposmoderno, el eco del viejo romancero que oímos nítidamente en otras tankas, como: Es más veloz/el veneno que el pájaro,/ballesta cruel./Parte la flecha rauda/al centro de la diana. A un critico cinematográfico, como yo también lo soy, aun a fuer de aficionado, es evidente que una tanka como esta había de «llegarle»: En el metraje/de la vida que pasa,/fílmica duda: /si rodar un detalle/o el plano general. No es de los más afortunados, porque no se interrumpe la cadena discursiva y no hay ocultamiento alguno, pero late en ella esa contradicción permanente de nuestro autor entre lo individual y lo colectivo que forma parte de sus preocupaciones últimas. Buena expresión de ese encanto de lo oculto es la tanka que celebra la ebriedad profética de la vida: Alegre vida./Fiestas de fuego y vino/sobre reliquias./Atávicos vestigios/del culto a las encinas. De vez en cuando, y aparecen con cuentagotas, emerge la vena tradicional del sur con su poderosa voz lorquiana y granaína: Cante profundo,/ahogada garganta,/lamento oscuro. /Soleá de las olas,/yunque de acantilado, que uno lee, no sabe por qué, con un eco de fandangos como el que le oí cantar a Manolo el Malagueño en un noche flamenca en Motril: Yo entré un día en el manicomio/ y a mí me ha pesado el haberlo hecho/yo vi una loca en el patio/se sacaba y daba el pecho/a una muñeca de trapo. Una última cata para ofrecerles a los intelectores una tanka en la que sí se produce una integración «feliz» entre la realidad cibernética y los motivos barrocos poéticos: Reloj parado. /Es lo que tiene el tiempo/que nadie añora./Lápiz formateado,/tarjeta sin memoria. Para el lexicógrafo aficionado queda en la emoción la aparición de voces aisladas -la mejor manera de acaparar la atención del intelector- que son algo así como las perlas perfectas del collar de la paloma: sobre el hinojo estivan…, ese cruce afortunado entre estío y estivación, convertida aquí en verbo sorprendente y tan lírico; batuca el corazón…, de tan antigua aparición como en La pícara Justina, aunque ahora usemos «batucada», del portugués, en vez del «batuquerio» clásico; y las mil campucías…, un motrileñismo entrañable para lo que en otras regiones decimos «capuzar», «campuzar» o el más corriente «chapuzar»
         Y llegamos al género más reciente en el panorama literario: el microrrelato, un género en el que Francisco sobresale con voz e ingenio propios, porque su propensión al aforismo y su vena lírica se suman a una hipersíntesis narrativa que sabe seguir con verdadera maestría la suprema lección de Monterroso, autor del mejor microrrelato de la Historia de la Literatura, y el que más ha dado que escribir y que interpretar. Todo el mundo, vulgarizado o no en situaciones de lo mas variopinto, lo ha leído u oído alguna vez: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. A partir de esa joya, que tan alto sitúa el listón de la comparación, cabe decir, con profunda satisfacción, que Francisco M. Ortega es verdaderamente un aventajadísimo alumno del escritor guatemalteco, cuyas obras, sobre todo Movimiento perpetuo, han explorado nuevos caminos genéricos como los que este libro de Francisco explora con rotundo éxito. El volumen, titulado canónicamente, La vida es breve, publicado en la editorial Alhulia, en la que también fue publicado Las claras sombras del camino saludan al viajero -y ambos vínculos son el medio idóneo para adquirir ambos libros, y este el de Cuenta atrás-, se presenta con un formato «manual», en dieciseisavo, que va acompañado con ilustraciones fotográficas escogidas por el propio autor. Todo ello lo convierte en una suerte de pequeño tesoro que bien puede ser regalado a quienes lo recibirán con la sorpresa y el agradecimiento que merece. La variedad temática viene marcada por los capítulos que agrupan los diferentes microrrelatos: Amoríos; Clásicos; Cuentísimos; Diálogos; Heroínas; Infantiles; Numéricos; Ontologías; Palabrerío, y Quiméricas. El intelector no tarda en apreciar que nos movemos en una prosa de fuerte resonancia lírica, y que los ecos de las lecturas poéticas que formaron al autor siguen teniendo vida en estas brevísimas narraciones dispuestas con un sentido casi geométrico de la inspiración: Amor grafo. Escribió en el muro de su casa: «mientras lees esto me estás queriendo». La mezcla de registros, coloquiales y cultos, como la pluralidad de vida que asoma en los contenidos, constituye un rasgo distintivo de estas miniaturas: Rostro. Su cara era un poema. En ella se podían leer los versos más tristes esta noche. Aquellos, sin embargo, en que se derrocha el ingenio con tanta generosidad como suele exhibir Francisco tienen ese «pellizco» del hallazgo lúcido: Pacto. La curiosidad y el gato se hicieron amigos. Y no hubo más muertes. Estamos, pues, a medio camino entre el mundo al revés, el otro lado de las cosas, la visión surrealista o la contundencia de las paradojas, como ocurre en  Escritura onírica. Escribió el cuento dormido y al despertar lo leyó con los ojos cerrados. En esa senda de lo paradójico, tan rentable narrativamente, encontramos esta diminuta joya, tan entrañable: Asesinos. —¿Por qué estás en prisión? —Por matar el rato. ¿Y tú? —Por matar el tiempo. Es evidente que por el hilo se saca el ovillo y que tirando de estos microrrelatos de Francisco M.Ortega se saca una pieza de patchwork de lo más curioso, tanto como lo es la capacidad del autor para admirarse de las peregrinas ocurrencias que acaban transformándose en materia narrativa o lírica o especulativa, que no están muy definidos en este género los límites de esas actitudes ante lo real. Antes de despedirse con Dormitar. Dormía con un ojo cerrado y el otro abierto. Sus sueños eran verdades a medias, Francisco nos recuerda, por vía paradójica, por supuesto, los ilimitados dominios de la esperanza y de la lucidez: Buena sombra. Aquella sombra suya no le abandonaba ni en los momentos más oscuros.
         Un crítico tiene a veces la sensación de ser un vendedor que «exhibe» su mercancía en el saturado mercadillo de la cultura para llamar la atención de los distraídos compradores que, usualmente, se dejan llevar por los nombres de relumbrón e ignoran los tesoros que, por poco avisados, se pierden por seguir propagandas editoriales que poco o nada tienen que ver con la Literatura y sí todo con un negocio que, ¡afortunadamente!, va cambiando de manos, y eso es lo que las grandes editoriales temen: la eclosión de unos canales de edición, crítica y ventas que no pueden controlar. Sí, nadie que escriba como lo hace Francisco M. Ortega aspira a convertirse en un bestseller, aunque tampoco le molestaría que tal cosa ocurriera, seguro, porque ello significaría, en todo caso, que el nivel lector de la población habría subido muchos enteros. El mundo literario está en permanente transformación, y no hay que descartar que desde las nuevas plataformas de creación y difusión vayan apareciendo «voces» que puedan alcanzar el estatus de «necesarias». Será el grado cero de la renovación del canon que, tarde o temprano, habrá de llegar. Lo importante, a mi modesto entender, es estar críticamente abiertos a lo que nos dicen esas «voces» con total receptividad. 
          Desde esa libertad de criterio he escrito lo que antecede, lo cual firmo, de grado, a 30 de julio de 2020, con el convencimiento de que cualquiera de estos tres libros satisfará el mas alto grado de exigencia intelectora de cuantos puedan acercarse a estas líneas motivadas por el amor a la literatura. Juan Poz.  

3 comentarios:

  1. Hermosa y exhaustiva crítica comentario sobre estos tres libros que también he leído por generosidad de Paco. Coincido plenamente en tus juicios literarios sobre los nuevos canales de difusión de la literatura que van más allá de las editoriales. El hecho de que seáis escritores los dos os pone en íntima coherencia creativa. Además del hecho de que tus aforismos nutren íntimamente tu visión de las cosas. Es un hermoso momento cada mañana cuando abrimos la página de Francisco y nos encontramos con su pensamiento o microrrelato diario.

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    1. Aún es potente el aval de notoriedad que prestan las editoriales a los autores, pero tengo para mí que, al final, irán imponiéndose los textos frente a los obsoletos mecanismos de "reconocimiento" público de los autores. No es fácil, sin embargo, luchar contra la opinión establecida.

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    2. No obstante, no es extraño que algunos libros alcancen un notorio éxito en las autopublicaciones de Amazon sin el concurso de editoriales. Tú sabes algo de ello pues has publicado allí. Pienso que son libros de género thriller los que tienen éxito y menos lo de cariz literario. En el libro La próxima vez de Herny James, un autor exquisito busca rebajarse y humillarse para hacerse popular, pero por más que intenta rebajar su estilo no lo consigue. Escribe obras geniales pero que no tienen público. La otra escritora, en cambio, tiene todo a su favor y todo lo que publica tiene un gigantesco éxito popular. Pero ella querría fracasar y no vender como Limbert para ser reconocida. Es un dilema difícil.

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