miércoles, 30 de octubre de 2019

«Contra Flac», de Filó de Alexandria, editado por Llogari Pujol.



Una obra que, nacida en Egipto, cuestiona el origen y las fuentes de los evangelios cristianos y la figura de Pablo de Éfeso.

Con traducción de Lluís Rovira i Masnou y edición de Llogari Pujol i Boix, compré Contra Flac, de Filón de Alejandría, no solo porque en el Mercat de Sant Antoni, de segunda mano, era barato, sino porque siempre ando atento a los clásicos grecolatinos y, en este caso, la crónica de una persecución contra los judíos alejandrinos por parte del toparca Flaco, en la época de Calígula, me interesaba sobremanera. ¿Sería posible hallar correspondencias con los pogromos y la persecución nazi? ¿Daría de sí para extrapolarlo a nuestra situación en la Cataluña actual?
Por mi relativa ignorancia en cuestiones bíblicas, sin embargo, no sabía que me iba a encontrar con una propuesta exegética poco menos que revolucionaria dentro de los estudios sobre la Biblia y el Nuevo Testamento. Al decir del editor, el texto de Contra Flaco, así como el de la narración egipcia El naufragio, serían las fuentes principales para la creación no solo de los textos del apóstol San Pablo, sino también de sus famosas cartas, sobre las que se asienta el diseño de la organización eclesiástica de la Iglesia, un modelo social que le ha permitido a la Iglesia Católica sobrevivir desde la muerte de su fundador con una presencia social muy destacada, para bien y para mal, en nuestro continente. El teólogo Llogari Pujol va más allá, tras sus descubrimientos de las analogías entre la producción religiosa egipcia y el Nuevo Testamento, la figura y la obra de San Pablo incluidos, que, con la boca pequeña, da a entender que San Pablo no pasa de ser una figura literaria, una creación de la historiografía religiosa cristiana y que no se corresponderá con un Saulo de Tarso que probablemente ni siquiera haya existido. Arriesgada es, la teoría, desde luego, porque va contra ideas y creencias muy arraigadas en nuestra sociedad. El mundo de la Biblia y sus problemas textuales e históricos es, con todo, lo suficientemente complejo como para no descartar ni siquiera lo que parce más inverosímil. El gran «rival» de Pujol, Antonio Piñero, también teólogo, y con tan sólida formación biblista como la de Llogari Pujol, no duda en calificar de ridículas tales teorías, pero lo cierto es que las semejanzas entre esta versión del In Flaccum, de Filón y el texto de El naufragio dan que pensar y mucho que meditar sobre esa relación entre la religión egipcia y sus textos y la cristiana y los suyos. Ya veremos cómo una parte del texto, cuando habla del escarnio hecho en un «tonto» oficial del pueblo, es un relato que recuerda totalmente al de la pasión de Cristo en los Evangelios.
Una derivada importante de esa discusión es que toca de lleno la concepción del propio Cristo como un personaje literario, algo que, en parte, aceptan la mayoría de biblistas. La historia y la ausencia radical de datos inequívocos en los que poder basar la prueba de la historicidad real de muchas figuras del cristianismo es abordada en esta edición por Llogari Pujol con absoluta naturalidad. Yo lo dejo aquí esbozado porque, más allá de esas disputas teológicas, a mí me interesaba la crónica de un pogromo en Alejandría y la feroz represión contra los judíos alejandrinos llevada a cabo por un toparca cruel, despiadado, que cayó en desgracia incluso para un emperador tan depravado como Calígula.
Filón de Alejandría, de quien poco se sabe, fue un judío alejandrino, ciudadano romano y exégeta bíblico que actuó como portavoz en la embajada de dichos judíos ante Calígula para protestar ante el emperador por la salvaje persecución ordenada por Flaco e instigada por los griegos alejandrinos cercanos al toparca romano, los mismos que, una vez caído en desgracia, se convertirían en sus peores enemigos, a pesar de haberse enriquecido a su sombra, tal y como Filón lo narra en el libro, In Flaccum, basado en la relación que presentó ante el Emperador. Lo que distingue a los judíos alejandrinos es, sobre todo, su cercanía a los romanos, en su condición de ciudadanos del Imperio, y su alejamiento de los judíos palestinos, acérrimos enemigos de los romanos, excepto, curiosamente, su cronista más conocido, Flavio Josefo, autor de Antigüedades judías, un libro capital en la historia del pueblo judío. Filón pasó las interpretaciones alegóricas que hace de la Biblia por el tamiz de la filosofía griega, de donde surge un corpus doctrinal que no fue muy bien recibido por los rabinos palestinos, pero sí por las comunidades cristianas y por no pocos Padres de la Iglesia. En cualquier caso, esta obra suya, Contra Flaco, según Llogari Pujol, va a tener una especial relevancia, porque, al decir del editor, va a convertirse en algo así como la fuente básica del canon del Nuevo Testamento,  Los hechos de los apóstoles.
A nosotros, sin embargo, como ya he indicado al principio, nos mueve, sobre todo, la descripción que Filón hace del pogromo alejandrino y cómo aquella terrible situación evoca en los lectores actuales sucesos muy alejados en el tiempo de aquellos hechos bárbaros y muy próximos a nosotros por su paralelismo con la obra genocida del nazismo.
Los judíos alejandrinos tenían un Consejo de Ancianos (Gerusía) que gobernaba la comunidad judía, y en las sinagogas no se admitía la erección de estatuas del culto romano. Todo ello fue transgredido por Flaco, quien, en pocos días,  sumió la ciudad en una orgía de destrucción y muerte que incluso se llevó a los escenarios teatrales, en el intermedio de cuyas representaciones se ejecutaba a los judíos para satisfacción del populacho ebrio de violencia y sed de venganza.
El esquema de la obra se ajusta, según la introducción del traductor, Lluís Rovira, a una aretología o teoría de la virtud, porque el objetivo de la misma es destacar y valorar el proceso de sufrimiento y exaltación de la virtud última de quienes sufren martirio, así como el castigo correspondiente del malvado malhechor que lo ha causado. Dicho plan tiene, pues, dos partes: los padecimientos sufridos y el severo castigo de quien los infligió. Y a ellos se atiene Filón escrupulosamente, si bien en su narración, muy ordenada, se da cuenta, circunstanciadamente, de las costumbres de la comunidad judía y de la importancia de la misma en Alejandría en aquella época del segundo tercio del siglo I.
La influencia dialéctica de la filosofía griega se pone enseguida de manifiesto para abrir el volumen, cuando, en vez de iniciar el ataque sin piedad contra Flaco, lo alaba, introduciendo, acto seguido, una suerte de paréntesis retórico que consigue aumentar el efecto de la denuncia: ─I doncs? -dirà algú- Vós que us presenteu com a acusador, lluny de presentar un sol greuge no pronuncieu res més que una tirallonga d’elogis? Que heu perdut el seny?  ─No, estimat lector, no perdo el seny i no soc tan insensat com per no comprendre la seqüència lògica d’una argumentació. Jo lloo Flac, no perquè sigui convenient exalçar l’enemic, sinó per fer més evident la seva perversitat. Aquell que fa el mal per ignorància té un cert dret al perdó; aquell el comet, sabent el que fa, no té excusa: està condemnat a l’avançada pel tribunal de la seva consciència.
Entre las motivaciones básicas del ataque contra los judíos, Filón destaca la envidia, como el motor que, además, sirve para enaltecer a su comunidad, habitualmente prospera: Però les gents d’Alexandria rebentaven de despit -qui diu egipci, diu malèvol- el defecte natural dels quals es l’enveja, perquè senten com una desgràcia tot el que de felicitat por arribar a un altre.
De las pequeñas historias que hay dentro de la historia general del trágico suceso, es conveniente destacar aquella que había anunciado al comienzo de esta recensión, la del «tonto del lugar», Carabás, nombre que responde a la palabra griega que significa, poseedor de varios barcos pequeños. Carabás, pues, vendría a significar «Barquero»: Hi havia a Alexandria un anomenat Carabàs, tocat por la follia, no pas de follia salvatge i bestial -ja que aquesta última és perillosa per als qui la pateixen i per als qui l’envolten- sinó d’una follia de caràcter pacífic i tranquil. Aquest boig, nu del tot, desafiant el fred i la calor, vagarejava nit i dia pels carrers, servint de joguina als joves i als infants ociosos. Hom va arrossegar aquest pobre miserable al gimnàs, i allà el van posar sobre un lloc elevat, per tal que fos vist per tothom. Li van col·locar al cap una llarga fulla de papir, planta del país, a guisa de corona; sobre el cos, una estora mig desfeta, com si fos una clàmide; i algú, havent vist pel camí un tros de branca de papir, l’arrencà i l’hi posà a la mà com si fos un ceptre. La gentada que l’envoltava l’aclamà amb una gran cridòria, saludant-lo amb el títol de Maran, que en siríac, diuen, vol dir príncep, ja que ells sabien prou bé que Agripa era d’origen sirià i que la major part del seu reialme era a Síria. ¿Se percibe esa semejanza con la historia de la Pasión de Cristo? Está por ver, exégetas tiene la Biblia,  que este tipo de coincidencias textuales dé de si  para que sea verdadera esta sugerencia de Llogari Pujol, aparentemente tan bien fundada, aunque atacada por otros autores. Lo cierto es que los paralelismos son sorprendentes, aunque ignoro, dadas mis limitaciones, si son suficientes como para afirmar que el cristianismo es una creación egipcia, acaso de los monjes de Serapis en el monasteria de Saqqara (¿Menfis?), pero ahí queda el atractivo de este libro y de esta propuesta bíblica polémica.  
No me extenderé, por respeto, en la recapitulación de las torturas y crueles muertes que la plebe, con la autorización y el beneplácito de Flaco, infligió a la minoría judía de Alejandría. Sirvan estos dos tristes botones de muestra: El súmmum: es van veure famílies senceres, marits amb les seves mullers, petits infants amb els pares arrossegats inhumanament i cremats vius al centre de la ciutat per aquests homes, el més insensibles del món.
N’hi va haver d’altres a qui van lligar una corda a la cama prop del turmell, que varen ser arrossegats d’aquesta manera pels carrers, mentre que, al mateix temps, saltaven al seu damunt i els matxucaven amb el peus; mort cruel, fruit de la seva invenció. Com si no n’hi hagués hagut prou amb un tal suplici, s’acarnissaren sobre els cadàvers, que foren arrossegat per tots els carrers, fins que del cadàver, de la seva pell, de les seves carns dels seus nervis, tot trinxat per les aspreses i desigualtats del terra, de tots aquelles membres que havien estat un sol organisme, ara esparsos per aquí i per allà no en quedava res.(...) Pel que fa als amics i als pares de les víctimes de debò, si es presentaven per mostrar compassió per l’infortuni dels seus propers, se’ls emportaven, se’ls fuetejava, eren lliurats a suplici de la roda i, després d’haver-los infligit tots els turments que el seu cos podia suportar, el suplici que els era reservat per acabar era la creu.
Finalmente, de acuerdo con el plan de la obra, cuando Flaco fue destituido y forzado a exiliarse, inició un periplo que lo llevó de puerto en puerto hasta Andrós, donde acabó expiando su culpa y donde halló la muerte violenta en justa congruencia de entonces por los crímenes cometidos. No sucedió tal cosa, sin que, antes, para consuelo de las víctimas, el tirano hubiera hecho un acto de contrición total que Filón sabe poner en su boca en un monólogo que repara, poco antes de morir, el honor de quienes sufrieron su aberrante e inhumana persecución: Los dos grandes acusadores de Flaco fueron dos de sus más acérrimos seguidores, Lampo e Isidoro, dos personajes corruptos que, al ver el cambio de opinión del Emperador sobre su jefe, cambiaron de bando y se convirtieron en su azote judicial:  Aquí teniu Flac, no fa gaire temps governador d’Alexandria, la gran ciutat, la múltiple ciutat, el governador d’aquest país tan pròsper que és Egipte;  jo sóc aquell qui atreia les mirades de desenes de milers d’homes que habiten aquest país;  jo qui tenia sota les meves ordres les forces armades, infanteria, cavalleria, marina, considerables no només pel seu nombre, sinó pel seu valor provat; jo que cada dia, en sortir, estava acompanyat d’una escorta innumerable. Ah! Tot allò era una al·lucinació, no era pas la realitat! És mentre dormia que he vist en somnis aquesta felicitat momentània, fantasmes caminant en el buit, potser invencions de l’ànima que em pintava com a real el que no existia. Ah, jo m’hi vaig deixar atrapar. I no era res més que una ombra de realitats i no les realitats, una semblança d’evidència, però no l’evidència que posa a la llum la mentida. I com, en efecte, de tot el que se’ns apareix en els nostres somnis, un cop estem desperts no en trobem res de res, i que sovint tot se’n va volant, així mateix tot aquest brillant decorat en què jo he viscut un moment, s’ha apagat en el curt espai d’un instant. (...) Encara que ells fossin ciutadans del país amb tots els drets, un dia jo els vaig tractar injuriosament com a estrangers sense drets civils per complaure els seus adversaris, una barreja de gent indisciplinada i canviant, que per a desgràcia meva, m’afalagaven i m’enganyaven. Heus aquí per què, caigut en desgràcia, exiliat, proscrit del mon habitat, estic reclòs en aquest lloc.
Como colofón a esta edición del In Flaccum, de Filón de Alejandría, Llogari añade una narración titulada El náufrago en la que, de modo muy sutil puede verse, en efecto, un paralelismo con la conversión de San Pablo, del mismo modo que el In Flaccum, con la persecución de los judíos, de los cristianos en el caso de Saulo, y la contrición correspondiente tras la «revelación», servirían de esquema formal para la «invención» del último apóstol y el primer propagandista no solo de la fe, sino, sobre todo, de la Iglesia como institución. 
Yo cumplo mi cometido con la recensión de esta obra clásica de un judío helenista que se lee con el mismo interés con que debieron hacerlo a partir del año 40 de nuestra era aquellos lectores que se sintieron «tocados» por el drama terrible que describía. Sobre otras cuestiones de mayor enjundia bíblica, teólogos y especialistas en literatura comparada tienen la iglesia y la vida académica…