jueves, 14 de abril de 2022

«The Noise of Time», de Julian Barnes


 

Las contradicciones, servidumbres, reservas y miedos de un artista en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

        ¡Qué oportuna, esta novela testimonial de Julian barmes sobre la malhadada vida de Shostakóvich en la URSS bajo la *ultradictadura, si se me permite el *vocablón, y este tambien, de Stalin y, tras la muerte de estem de aquella tímida apertura del Régimen que supuso el breve periodo de «mazorca»  Jruschov (nuestro viejo Kruschev) en el poder, seis años!    

    A medio camino entre el ensayo, la biografía y la novela, Barnes ha escogido una figura llena de contradicciones para tratar de entender la figura del artista bajo un régimen totalitario en el que incluso la ejecución de una obra musical depende de la autorización ideológica de Poder, así, con mayúsculas y sin artículo, como lo alegoriza Barnes en su obra, con notable acierto, puesto que Poder es un personaje que adopta personas muy diferentes, todas ellas lacayas sumisas de Poder y prestas a ejecutar hasta sus más terribles caprichos, sus deseos más absurdos o inconfesables. Como le dice el comisario político, Troshin, al músico:  ‘I am aware that you are a well-known composer’, the tutor continued, ‘but who are you in comparison with our Great Leader?’, una línea que parece emerger de Rebelión en la granja, la verdad sea dicha. A partir de la sospecha que tiene el protagonista de haber caído en desgracia ante Poder, después de que, tras un artículo publicado en Pravda, se «descuartizara» su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, el músico decide hacer una maleta con algo de ropa y sus cigarrillos y se sitúa ante la puerta del ascensor, dispuesto a ser detenido, sin ofrecer resistencia alguna a los esbirros de Poder. A partir de esas esperas nocturnas, que no excluyen algún encuentro sin palabras con vecinos que llegan o salen, con quienes no intercambia palabra alguna: Words were never exchanged, because words ere dangerous, Barnes articula la narración mediante flashbacks que nos van recontando la vida del autor, sus relaciones familiares y su casamiento con Nina, con quien mantiene, dolorosamente, una difícil unión libre. Poco a poco va emergiendo de esa narración un retrato del músico que convierte el asentimiento al régimen bolchevique en una suerte de renuncia indispensable para poder componer a su aire y sin excesivas interferencias de Poder, ¡hasta que este entra en escena y define lo permitido y lo prohibido,  lo que debe y no debe componer el artista, si de lo que se trata es de hacer un arte al servicio del pueblo, de la gente! Que el artista se permita «extravíos», como el de la ópera que acaba siendo prohibida, casa, curiosamente, con la creciente fama del compositor en todo el mundo, menos en su propio país, donde se ha vuelto «sospechoso», y ello hasta tal nivel que ha de sufrir un acoso por parte de Poder para discriminar si estaba implicado, y hasta qué punto, en una supuesta conjura de artistas para asesinar a Stalin, investigación que acabará con una de las mil y una purgas que se produjeron durante el mandato del dictador. Como Ilf and Petrov had written: «It is not enough to love Soviet power. It has to love you», y Poder no estaba por la labor de amar a un «formalista» a quien ni siquiera composiciones como Leningrado redimía de sus herejías estético-ideológicas. Cabe recordar que Ilf y Petrov, a título anecdótico, fueron los creadores de la obra Las doce sillas, que Mel Brooks convertiría en una exitosa adaptación cinematográfica.

         En estos dolorosos tiempos de la bárbara agresión rusa a Ucrania, por parte de un dictador, Putin, que se educó en la KGB soviética, esta novela de Barnes parece especialmente indicada, porque lo que está en juego, sobre todo, es la libertad de expresión y de creación. ¿Qué distancia hay entre aquella Rusia de Stalin y esta de Putin en la que te pueden caer ¡15 años de cárcel! por protestar contra las resoluciones «de Poder»? Es llamativa la anécdota que recoge Barnes sobre la lectura de Pasternak de su traducción del soneto 66 de Shakespeare: When Pasternak read Sonnet 66 (Shakespeare’s) in public, the audience would wait keenly through the firs eight lines, eager for the ninth: ‘And art made tongue-tied by authority’. Se trata de una lucha en la que Shostakóvich usó, a su manera, la técnica de supervivencia que emplearon algunos escritores judíos, según Leo Strauss, para desvelar la verdad sin apartarse de la ortodoxia social en la que habían de desarrollar su pensamiento, algo así como el  larvatus prodeo cartesiano. Shostakóvich, sin embargo, una personalidad débil, optó por el camino de la sumisión, no tanto para «triunfar», cuanto para poder seguir escribiendo su música, independientemente de que pudiera ser o no ejecutada, en función de lo que Poder dispusiera. A ese supremo objetivo, Shostakóvich sacrificó incluso la decencia, según lo recoge Barnes cuando acató el dictado de las autoridades en su conferencia de prensa en Nueva York, o cuando condenó públicamente a Solzhenitsyn:  But there was worse than this, much worse. He had signed a filthy public letter against Solzhenitsyn, even though he admired the novelist and reread him constantly. De algún modo, el músico cumplía a la perfección el requisito de Slava Rostropovich, quien  maintained that the greater the artistic talent, the better able it was to withstand persecution. Visto desde esa perspectiva, advertimos la sabiduría narrativa de Barnes para construir la gran metáfora de su obra, la que le da título a la novela: What could be put against the noise of time? Only that music which is inside ourselves —the music of our being— which is transformed by some into real music. Which, over the decades, if it is strong and true and pure enough to drown out the noise of time, is transformed into the whisper of history. This was what he held to. ¡Un músico de genio luchando toda su vida para no dejarse machacar por el «ruido del tiempo» y poder desafiarlo con una obra excelente!

         Barnes escoge, pues, la figura de un antihéroe, pero no se recrea en sus miserias, sino en la fortaleza artística con que supo resistirse a Poder para seguir trabajando en una obra con reconocimiento universal. Pensemos que su hijo Maxim reconocía que solo había visto llorar a su padre dos veces: cuando murió su primera mujer y cuando firmó la solicitud de ingreso en el Partido, antes de ser nombrado diputado. Mucho antes, porque Poder lo consideró oportuno, Shostakóvich, cuando era sospechoso de haberse confabulado para asesinar a Stalin, fue sometido a una reeducación de los principios marxistas que, ciertamente, chocaban de lleno con lo real:  Theories were clean and convincing and conprehensible. Life was messy and full of nonsense. Y esa es la vida, llena de contradicciones que el músico hubo de afrontar, llena de detalles sórdidos como que Poder dispusiera quiénes podían disponer de papel pautado para escribir sus composiciones y quiénes no. El miedo a Poder acabó convirtiéndose en un eje vital alrededor del cual organizaba sus días y su trabajo: Fear: what did those who inflicted it know? They knew that it worked, even how it worked, but not what it felt like. “The wolf cannot speak of the fear of the sheep”, as they say. Sin embargo, Poder esperaba de él que escribiera una música capaz de elevar la moral de la gente, convencerla de que vivían en el mejor de los estados posibles. Y lo intentó, ciertamente, como en su composición, a la mayor gloria del «gran jardinero», La canción de los bosques. Pero el carácter pusilánime y depresivo del músico estaba contraindicado para según que música programada ideológicamente. Barnes lo explica a la perfección: To be Russian was to be pessimistic; to be Soviet was to be optimistic. That was why the words Soviet Russia were a contradiction in terms. Power had never understood this. It thought that if you killed off enough of the population, and fed the rest a diet of propaganda and terror, then optimism would result. But where was the logic in that? Just as they had kept on telling him, in various ways and words, through musical bureaucrats and newspaper editorials, that what they wanted was “an optimistic Shostakovich”. Another contradiction in terms.

         Del mismo modo que Barnes recoge la animadversión de Shostakóvich hacia el celebrado Toscanini, de quien dice que chopped up music like hash and then semared a disgusting sauce all over it, expresa sin reparos su propia crítica a algunos intelectuales que, como «compañeros de viaje» restaron importancia a las denuncias de las atrocidades del sistema totalitario, algo que, ya es curioso, se está produciendo en nuestros días a cuenta de la bárbara invasión de Ucrania, porque han florecido los defensores de Putin, esta vez entre los ultraderechistas populistas partidarios de la famosa «mano de hierro» en el Poder. Así, Malraux, who praised the White Sea Canal without ever mentioning the its construtors were worked to death. Feuchtwanger, who fawned over Stalin and ‘understood’ how the show trials were a necessary part in the development of democracy. Romain Rolland and Bernard Shaw who disgusted him the more because the had the temerity to admire his music while ignoring how Power treated him and all other artists. He’s refused to meet Rolland, pretending to be ill. But Shaw was the worse of the two. Hunger in Russia? he has asked rhetorically. Nonsense, I’ve been fed as well as anywhere in the world. And it was he who said, ‘You won’t frighten me with the word “dictator”’. Está clara, pues, la responsabilidad de la «inteligencia» occidental en la perpetuación de un sistema totalitario criminal que solo muy recientemente ha sido condenado, en triste pie de igualdad con el nazismo, por la UE, aunque aún se producen manifestaciones en las que se ensalza aquel Régimen de terror como una conquista de los trabajadores. A este respecto, también es muy instructiva la visión de la película Mr. Jones, de Agnieszka Holland, sobre el Holodomor, la terrible hambruna en Ucrania, provocada por las políticas agrarias de Stalin. 

    Espero que nadie se llame a engaño y crea que The noise of time tiene más de ensayo que de narración, porque se equivocaría. Lo tiene todo de libro «político», sin duda, pero es digna de asombro la técnica fragmentaria y agilísima que ha usado Barnes para recrear la vida de Shostakóvich, llena de aciertos indiscutibles y placenteros, no solo en términos literarios, sino en términos psicológicos y sociológicos, porque de la novela emerge no solo una visión profunda de la compleja personalidad del músico, sino un retrato inmisericorde de un execrable régimen político criminal.