miércoles, 28 de septiembre de 2022

«Carry on, Jeeves», de Sir P.G. Wodehouse, un clásico del humor inglés.

 

Jeeves o el paradigma de los valets británicos de larga tradición en la literatura inglesa junto a los butlers: ¡ Ah, mi admirado Betteredge!

 

         Después de haber visto la película Wodehouse in Exile, de Tim Fywell, esta cumplió uno de sus objetivos: incitar al espectador a abrir alguno de sus muchos libros. Siempre, en las librerías de viejo, he visto centenares de obras suyas, pero jamás había sentido la tentación de comprar ninguna, sobre todo porque antes tenía que cubrir una miríada de lagunas de en lo que mi juventud entendía que eran el no va más de la cultura. Poder leerlo en inglés, aunque con algunas dificultades léxicas de las que luego hablaré, mejora mucho el contacto con Wodehouse, porque se advierte enseguida la fina y educada ironía del humor inglés.

La película, obviamente, me lanzó enseguida al descubrimiento del «personaje», porque parecía imposible que Wodehouse fuera capa de ser tan ingenuo en horas tan cruciales para Europa y el mundo, dado lo que estaba en juego. Costaba creer que fuera, como se le retrataba, un autor absorto en su creación hasta límites tan exagerados como creer, en 1941, que Inglaterra no estaba en guerra con Alemania, sino Usamérica, donde él había residido y creado unos siete años, antes de instalarse en Francia, donde fue detenido por los alemanes y enviado a un campo de concentración, del que salió al año, con el compromiso de escribir unas narraciones dirigidas a sus compatriotas ingleses y transmitidas por el servicio exterior de la radio nacional alemana. Aquello, ya lo entenderán, supuso acusar al ingenuo novelista de colaboracionista, cuando su país estaba en guerra. Se pidió de todo contra él, y no se incluyó la pena de muerte por puro milagro… Wodehouse fue, es y será un escritor cuya valía ha sido reconocida por muy diferentes plumas de renombre, pero en aquellos momentos trágicos de las acusaciones contra él, solo dos escritores, muy distintos entre sí,  se batieron el cobre por él públicamente: Evelyb Waugh y George Orwell, cuyo In Defence of P.G. Wodehouse, publicado en julio de 1945, merece una lectura lenta y atenta, porque no solo exculpa a Wodehouse, sino que realiza una crítica soberbia de los principales rasgos de su obra, con el fin de avalar su tesis de la singular ingenuidad de Wodehouse, a quien, si de algo se le hubiera podido acusar, hubiera sido de ingenuidad y estupidez, sin más. En palabras del propio Orwell:   The main charge was that Wodehouse had agreed to do German propaganda as a way of buying himself out of the internment camp. [Orwell.]: It is important to realise that the events of 1941 do not convict Wodehouse of anything worse than stupidity. […] Wodehouse’s main idea in making them was to keep in touch with his public and – the comedian’s ruling passion – to get a laugh. Obviously they are not the utterances of a quisling of the type of Ezra Pound or John Amery, nor, probably, of a person capable of understanding the nature of quislingism.   La feroz campaña contra el autor incluyó la retirada de sus libros de librerías y bibliotecas, el vacío critico, es decir, la muerte civil para alguien que vivía de sus lectores, los únicos en quienes pensaba, dado el volumen de trabajo constante con que lidiaba.

         No es este el lugar para hacer una reivindicación —a estas alturas de la historia, ya innecesaria— de Wodehouse o delinear los principales ejes de su biografía, aunque recomiendo muy mucho a todos los intelectores que busquen información sobre un autor capital en la historia del humor inglés e incluso universal. Dada la atención mediática dispensada a la reina Isabel II, está claro que todo lo inglés interesa sobremanera en cualquier lugar del mundo. El visionado de la película no está de más, desde luego. Wodehouse estaba tan volcado en su obra que ni siquiera concebía que su propia vida mereciera que él le dedicara alguna atención, porque carecía, escribió en una ocasión,  de las tres "ventajas" fundamentales para una autobiografía: tener un padre excéntrico, una infancia miserable y un pésimo recuerdo de la public school

         Carry on, Jeeves es una recopilación de relatos con dicho personaje y su joven «amo», el muy incompetente, perezoso e impenitente bachelor Bertie Wooster. De hecho, casi todas las historias que se recogen en este volumen aparecieron antes en el volumen My Man Jeeves, si bien la primera, Jeeves take charge fue escrita en 1916, la primera en la que Jeeves y Bertie aparecen como the master and his valet. Ambos personajes aparecieron sin esta fuerte conexión en la novela Extricating Young Gussie, de 1915. Hablamos, pues, de una serie que se inicio muy pronto en la carrera de Wodehouse y cuya redacción lo acompañó hasta 1965, lo cual prueba la gran estima que tenía por esos personajes en especial. Las narraciones están contadas por Bertie Wooster, pero, al modo como Simenon le dio voz a Maigret para que este escribiera de su propia mano su autobiografía, uno de los mejores títulos de la serie, Wodehoue reserva para Jeeves, una historia en la que él lleva la voz cantante, y donde se puede permitir frases de este tenor: Mr Wooster is a young gentleman with practically every desirable quality except one. I do not mean brains, for in an employer brains are not desirable. The quality to chich I allude is hard to define, but perhaps I might call it the gift of dealing with the Unusual Situation. Claro que no tarda en resumir el auténtico fundamento de la relación que hay entre ambos: Employers are like horses. They require managing. Some gentlemen’s personal gentlemen have the knack of managing them, some have not. I, I am happy to say, have no cause for complaint.  Desde esa superioridad patente, Jeeves se permite juicios sobre lo que le conviene o no a su joven amo, como cuando interesado por las lecturas de una joven sopesa la idea de ler a Nietzsche: You would not enjoy Nietzsche, sir. He is fundamentally unsound.

Estas apreciaciones, hijas de una inteligencia y un sentido del humor extraordinarios, nos dan a entender en el acto no solo con qué tipo de personalidad nos vamos a encontrar en esta serie de novelas, sino, también, con el sentido del humor que va a presidir tantísimas narraciones y que sintetizaría en una de esas insuperables comparaciones que a uno le es dado leer muy de tanto en tanto en el arte de la narración:  It was one of those still evenings you get in the summer, when you can hear a snail clear its throat a mile away. A poco que se sea aficionado al humor, en sus muy plurales manifestaciones, cualquiera ha de reconocer la brillantez de una comparación como esta, y el profundo sentido del humor desde el que ha sido elaborada. Sería larga la lista de «ocurrencias» humorísticas que uno puede hallar en las breves narraciones, pero conviene predicar la buena nueva del excelente arte narrativo con que han sido escritas, al menos las que yo he leído en Carry on, Jeeves, pero que imagino completamente extensible al resto de las narraciones de la serie: la creación de una trama, urdida desde un brillante sentido de los usos sociales de la ociosa clase británica aristocrática, que en ningún momento, aun a pesar de su brevedad, rehúye los tres elementos claves: planteamiento, desarrollo y desenlace, perfectamente articulados y, usualmente, interesantes, en la medida en que unas novelas diseñadas para cumplir una exclusiva y suprema función, divertir al lector, lo facultan.  Está de más señalar la gozosa visión satírica de las clases altas británicas y el retrato despiadado de Bertie Wooster, lo cual da pie, sin embargo, para la exhibición constante del Jeeves, his man

         Ahora es el momento de aclarar lo que anticipé al comienzo, porque el habitual intermediate level con el que pueden ser leídas, por quienes lo posean, aunque sea en usufructo, las novelas Jeeves, se ve interferido aquí y allá por una irrefrenable tendencia de Wodehouse al uso de arcaísmos, argot, eufemismos y léxico perteneciente al mundo del teatro, con el que Wodehouse tuvo una estrecha relación: no en vano fue letrista de no pocos autores de musicales. Ciertos usos, pues, descolocan al lector y lo invitan a hacer excursiones googlescas con la esperanza de hallar el significado exacto de lo que nuestro anfitrión literario nos quiere decir. Pongamos por caso la expresión: from the O.P. to the prompt side, que aparece en la descripción de un personaje, , Lady Malvern, de la que nos dice que medía  about six feet from the O.P. to the Prompt Side,” una amable exageración para quien, con esas dimensiones, apenas podía encajar en un sillón de la sala. ¿Adónde envía Wodehouse a sus lectores para resolver el «enigma»? Pues al mundo del teatro de varietés, según oportuna indagación de Evan Morris en su excelente página The Word Detective, que recomiendo fervorosamente. Y ahí va su explicación pertinente, para que se aprecie el grado de complejidad que narraciones tan sencillas esconden: Both “prompt side” and the abbreviation “O.P.” come from the theatrical stage.  Especially in amateur productions, even the best actors are apt to forget a line occasionally, and the task of rescuing the moment by “prompting,” giving visual or audible clues, falls to the “prompter” (or sometimes the stage manager) standing offstage in the wings.  Traditionally, the prompting is done from the left side of the stage (as one faces the audience), also known as “stage left.”  The abbreviation “O.P.” stands for “opposite prompt,” meaning the other side of the stage, i.e., “stage right.”  Both terms date back at least to the 18th century. ¡No hablemos ya, si la anterior ha parecido «rebuscada», de la explicación que Morris nos da, acabadas sus pesquisas, de una expresión tan inusual para cualquier lector, español o británico como ‘He and I have parted brass rags…’ ,  [To part brass rags means «to part after a quarrel; to sever all connection with a former friend».] La indagación de Morris lo lleva hasta Michael Quinion [World Wide Words (www.worldwidewords.org)], quien ofrece la explicación más plausible: to part brass rags” originated in the British Royal Navy in the 19th century. Enlisted men spent an inordinate amount of their time afloat cleaning the ship itself, especially polishing the numerous brass fittings, using a kit including polishing rags, emery paper and the like, all kept in a bag. It was traditional for sailors to do such duty in pairs, and along with a bag of cleaning tools and rags, you shared with your mate a bond of friendship that often lasted years. ¡Ahí es nada, la explicación! Perdónenme la extensión, pero mi objetivo es demostrar que incluso leyendo lo que habitualmente se considera «lecturas-pasatiempo» pueden los intelectores amantes de la lectura lenta y detallada adquirir ciertos conocimientos que, si ien no indispensables, siempre son placenteros.

         Después hemos de considerer el uso de los eufemismos, como dashed, por damned, por ejemplo, deuce por devil o su predilección por ciertos usos coloquiales, bird, para «sujeto», o la omnipresencia de un adjetivo, rummy, «extraño», «raro», que se convierte en algo así como una «marca de fábrica». El lector a veces se encuentra con casos en los que la ausencia de traducción es total, lo que le invita a buscar una soluciçon imaginativa. Es el caso de A stiff b. -and s. firs of all, and then I’ve bit of news for you, en la que, por mor de no extender la inclinación al alcohol, Wodehouse se refugia en iniciales que aluden crípticamente al objeto: bourbon and soda, quiero creer que significa ese juego de iniciales, aunque lo que le precede, stiff, significa un güisqui sin otro añadido, soda o agua. Llegan esos usos lingüísticos a tal extremo, que no es extraño tropezarnos con diálogos como este:

‘What do you mean by the expression “Bucks you up”?’

‘Well, makes you full of beans you know. Makes you fizz’

‘I don’t understand a word you say. You’re Englis, aren’t you?’

O este otro, que tanto llama, con ese verbo «cowboyesco…», la atención de un lector no británico: I closed my eyes and marshalled the facts…, es decir, los reordené para dotar de sentido la secuencia de los mismos.

         Por otro lado, el registro habitual de Jeeves, cultísimo, suele incluso descolocar a su amo y a sus amistades, como leemos en este pasaje, cuando Jeeves explica el negocio de recibir y saludar a turistas que paguen por conocer a aristócratas ingleses auténticos en Nueva York:

 ‘I do not allude, sir’, explained Jeeves, ‘to the possibility of including His Grace to part with money. I am taking the liberty of regarding His Grace in the light of an at present —if I may say so— useless property, which is capable of being developed.’

Bicky looked me in a hekpless kind of way. I’m bound to say I didn’t get it myself.

‘Couldn’t you make it a bit easier, Jeeves.?’

Esa referencia neoyorquina requiere una explicación, y como incompetente cicerone vuestro que soy en el mundo de Jeeves, de Wodehouse, os la voy a dar:  Wodehouse vivió en Usamérica  varios años, lo que no interfería en absoluto para que la mayor parte de sus historias transcurrieran en Inglaterra, el escenario habitual de sus ficciones, pero en este libro que he leído se alternan ambos escenarios, Nueva York y diferentes lugares de Inglaterra, lo cual, a mi parecer, enriquece notablemente el libro, pues la rivalidad habitual entre una y otra idiosincrasia, la usamericana y la inglesa, siempre ha dado mucho juego novelístico y, sobre todo, cinematográfico. Wodehouse le saca mucho jugo a la presencia de los brittish en Nueva York, sobre todo si se presenta en la ciudad algún veterano representante de las islas, como ocurre en alguna narración. El esnobismo del joven Wooster se nos presenta como ignorancia absoluta, para solaz de los lectores, cuando Jeeves, siempre tan oportuno, despliega la amplia capa de sus infinitos saberes:

‘Emerson,’ I reminded him, ‘says a friend may well be reckoned the masterpiece of Nature, sir.’

‘Well, you can tell Emerson from me next time you see him that he’s an ass.’

‘Very good, sir.’

         Las tramas son variadas y suelen tener un punto de disparate que, sin embargo, es perfectamente naturalizado por el autor a cuenta de esa idiosincrasia británica que acaso se haya formado incluso en la lectura de obras como las suyas. La tradicional extravagancia de los británicos es una suerte de motor inequívoco de muchas situaciones, como cuando Wooster ha de suplantar la personalidad de un amigo que no quiere ir a cantar a una celebración con unos familiares lejanos, o como cuando ha de prestar su apartamento en Nueva York para que un amigo haga creer a la vieja tía que lo visita lo bien que le va en la vida… En fin, los lectores habituales de Wodehouse, yo no lo era, pero considero seriamente el hecho de unirme a tan selecta sociedad, saben que los personajes de Wodehouse, a pesar del riesgo de convertirse en estereotipos, nunca dejarán de sorprenderles, como cuando, convertido en voz narradora, Jeeves sopesa la sugerencia de su amo de pasar de bachelor a hombre casado:  My experience is that when the wife comes in at the front door the valet of bachelor days goes out at the back. Obviamente, Jeeves sabe desenvolverse con perfecta naturalidad para generar una estrategia que le haga olvidar a su amo semejante infidelidad…

         Del mismos modo que Simenon crea adicción, lo mismo puede decirse de Wodehouse, aunque aún me queda confirmarlo en sucesivas lecturas, que vendrán…


P.D. Tras la advertencia deWodehouse de que un comensal no puede distraerse cuando le presentan en el plato una porción de Boiled pudding, busqué en YouTube una receta del mismo, originaria del XVIII y me he conjurado para materializarla un día de estos...

 

 

 

 

lunes, 12 de septiembre de 2022

«Algunos caracteres de la cultura española», de Karl Vossler.


La enaltecedora visión del idealismo estilístico alemán sobre la prodigiosa cultura española. 

         Somos tan poco propagandistas de «lo nuestro» que bien podemos considerarnos afortunados, los españoles, por la existencia de los «hispanistas», esa rara especie de estudiosos que han logrado crear una tradición en los estudios históricos, literarios  y artísticos, en general, que ha sabido descubrir, con rigor metódico y pasión hispanófila los inmensos valores de cuanto nosotros, los depositarios de esa tradición, quizás no hemos sabido defender y presentar ante el mundo con el enorme valor intrínseco que tiene.

         Karl Vossler, el creador de la estilística como modo de aproximación hermenéutica a la literatura, es uno de esos estudiosos a los que debemos una lúcida reflexión sobre los valores de nuestra tradición y de nuestra literatura, en los que él ha buceado con una comprensión llena de clarividencia, sin prejuicios y con el afán de distinguir el grano de la paja. Son abundantes los libros dedicados a España en su bibliografía, sobre todo artículos publicados en revistas especializadas, pero en esta ocasión, he rescatado una aproximación a nuestra cultura que mi amigo Paco Marín tuvo la amabilidad de regalarme en ese lento proceso de dispersión del excedente de libros que solemos padecer quienes tenemos tantas lecturas redondas, perfectas, para tan pocos metros cuadrados de domicilio. Creí tenerlo, y resulto que no,  por eso lo he leído durante mis breves vacaciones en Ibiza con el entusiasmo de quien vuelve a sus orígenes académicos: a las consultas permanentes de textos clásicos para los filólogos como su Introducción a la literatura española del siglo de oro, del que el presente recoge no pocas ideas fundamentales.

         Para los amantes de la tradición literaria española, no hay duda de la inmensa aportación a la literatura universal que supone nuestra literatura particular,  prácticamente ya desde uno de sus grandes monumentos: el romancero viejo, un conjunto de tradiciones orales inigualable, y en el que ya se definen no pocas de las virtudes que han nutrido los grandes hitos de nuestra literatura: el Poema del Cid, el Libro del buen amor, la Celestina , el Lazarillo, el Quijote, el teatro del siglo de oro, Lope, Calderón… Y ello sin entrar en ese mundo singular del misticismo hispánico que nos da una maestra de la autobiografía, como santa Teresa de Jesús, y la cima lírica de la poesía europea de todos los tiempos: Juan de la Cruz.

Lo notable de este librito de Karl Vossler, dedicado a un poeta, Hugo von Hofmansthal, tan amante de la cultura española, y especialmente de la dramaturgia del XVII, es el intento del autor por bucear en lo que, en  boca de otro viajero por España, Rudolf Lotahr, este denominó El alma de los españoles (Seele Spaniens, publicado en 1923). Así, Vossler pretenderá buscar aquellas particularidades que nos distinguen frente al resto del continente, pero destacando lo que hay de aportación imprescindible a esa gran corriente de la cultura europea antes que lo que nos separa de ella para reducirnos a nuestro espacio geográfico y moral.

Quienes estén familiarizados con nuestra literatura, disfrutarán lo suyo con los juicios exentos de subjetivismo a ultranza de un autor que nos ve con la serenidad de quien está acostumbrado a percibir lo bello y sus manifestaciones con total independencia de adscripciones políticas, históricas,  geográficas o lingüísticas. Así, desde su visión de Rodrigo Díaz de Vivar: El Cid posee todas las cualidades `propias e los que han de imponerse y triunfar: la fuerza del brazo y del corazón, valor, prudencia, astucia e ingenio; en resumen, fortaleza física y moral. […] La falta de honor es la muerte social, y el sentimiento del honor, el principio moral del instinto de conservación, Vossler ya se acerca a un concepto fundamental en la historia de España: el «honor», un  concepto que  representa el plano intermedio en el que se encuentran los valores eternos y los valores temporales de la sociedad, y de cuya importancia quedó registro en el conocido proverbio militar recorrido por Loreno Franciosini en sus Diálogos apacibles: Por la honra pon la vida, y pon las dos, honra y vida, por tu Dios.

Vossler parece complacerse especialmente en la refutación de la idea del «aislamiento» de la cultura española respecto de la europea. Y, en esa senda, llega a afirmaciones que, a buen seguro, y a pesar de haber sido formuladas en 1927, año de edición de la presente obra, aún chocará a no pocos, como, por ejemplo, el hecho de haber tenido nosotros una Ilustración con seis siglos de antelación a la nacida en Inglaterra y Alemania: Mucho antes de que tuviera lugar el movimiento de la Aufklärung del siglo XVIII en Inglaterra, Francia y Alemania, hubo otra Aufklärung en el siglo XII en el sur de España. Sería interesante e incluso instructivo el seguir la pista a las ideas y a los libros que pasaron de aquella lejana Aufklärung al enciclopedismo moderno. No hay duda de que Spinoza fue el gran intermediario entre esas dos épocas. […] Hacia mediados del siglo XII escribió Bentofail de Guadix una pequeña novelita titulada Philosophus autodidactus o El hombre natural o La historia de Hay Ibn Jokdhán. Recordemos, a este respecto, y aunque Vossler no lo recoja en su obra, que El filósofo autodidacto está en el origen de la gran novela alegórica escrita por Baltasar Gracián: El Criticón, y que Gracián mismo ha sido uno de los grandes escritores que han influido en autores alemanes de tanta enjundia como Schopenhauer o Nietzsche, no solo por su obra literario-filosófica, sino por sus aforismos —algo así como el reverso de Maquiavelo— y también como teórico de la agudeza y del ingenio, sobre los que escribió un tratado que figura entre lo mejorcito de su obra.

A medida que vamos leyendo, vemos aparecer ante nosotros algunos de esos ejes fundamentales que nos definen frente a otras culturas europeas. Así, nuestro Lazarillo tiene un punto de humanidad que lo aleja de otras visiones de los desheredados que se producen en Europa: Se respira, a través de toda la obra, un sentimiento de humanidad hacia los desheredados de la fortuna, como afectuoso y cálido acompañamiento del conjunto, pero no a la manera presuntuosa de un Rousseau, un Hugo o un Zola, pretendiendo excitar la indignación intelectual o sentimental contra el orden social establecido. Los que martirizan y explotan al pobre muchacho, ya sean pordioseros, clérigos o caballeros, son también un poco sus bienhechores y sus maestros, y se presentan, a su vez, ante nuestros ojos, como seres atribulados que necesitan asimismo de indulgencia y de quienes solo se puede uno burlar con una ligera ironía. Quizás debiéramos poner en relación con este «realismo español» lo que entiende Vossler, más adelante, por realismo: Usualmente se suele, por aproximación, denominar realista a aquel escritor que aspira a expresar de la manera más exacta posible un fragmento o aspecto cualquiera de la realidad exterior. Esto podría aceptarse dicho así, grosso modo, pero cuando se profundiza se pone de manifiesto que todo escritor auténtico lo que expresa es algo interior y no exterior, es decir, su propia intimidad, el mundo de sus sentimientos y anhelos más personales, y que esa realidad exterior expresada en su obra es solo medio y camino indirecto de su propia expresión.

         Y de ese juicio perspicaz podemos derivar otra de las características de nuestra literatura, aquella que, al decir de Vossler, informa buena parte de nuestra producción antigua: Hay un humanismo español, ciertamente, pero su explicación no es la misma que la del humanismo europeo: no «nada humano me es extraño», sino «todo lo extraño me humaniza». De este humanismo español que consideraba al hombre como un prodigio incomprensible, y lo admiraba y reverenciaba como tal, salieron la gran poesía y el gran arte del barroco, por un lado, y, por otro, el arte de tratar y dominar al hombre. […] Con el principio de la Edad Moderna se despierta en España, lo mismo que en el resto de Europa, el individualismo. El individuo empieza a exigir su propia significación en el mundo. De esa concepción es hijo el Lazarillo, por supuesto. Del mismo modo, nuestro «realismo» —que se manifiesta en la épica de El Cid frente a la fantasiosa épica francesa, por ejemplo— implica, a juicio de Vossler, otra de nuestras características fundamentales:  la autodestrucción de las ilusiones humanas es una de las ideas favoritas de los españoles, una idea gracias a la cual podían adoptar una actitud de amable desdén y de superioridad ante las obra de la fantasía italiana, como el Orlando de Boiardo y de Ariosto, la Arcadia, el Decamerón, etc.

         A través del análisis de la obra autobiográfica e Lope de Vega, La Dorotea, sobre la que habla Vossler con un entusiasmo indescriptible, impulso que la lleva a ponerla en relación de importancia incluso con la mismísima Madame Bovary, de Flaubert, llega el autor alemán a la identificación de otra de nuestras constantes: En la España de entonces se literaturizaba la vida y se vivía la literatura. Si no, ¿cómo hubieran podido surgir Don Quijote y esta Dorotea? Hay, por lo tanto, en nuestra literatura una suerte de desrealización, de orden casi metafísico, que «clava» una manera de ser y de estar: Este ilusionismo español se manifiesta en esas formas literarias como lo que realmente era, es decir, como una locura que, a través de una evolución o fermento natural, tiene hacia la razón, como mentira que aspira a la verdad, como ficción que espera llegar a sabiduría y como goce de los sentidos que se destruye en sí mismo. La naturaleza humana significa para el español una fuente de sueños, deseos, imágenes y palabras, y donde esta falla aparece, como realidad, Dios, y formando su séquito, la muerte y la Ultratumba.

         No puede escapársele a Vossler que nuestra determinación histórica configura, en gran parte, los rasgos identitarios del pueblo español: Las vicisitudes por las que atraviesa el país, el peligro africano, la lucha contra los árabes y el Islam, que dura siete siglos, pueden explicar algo, y tiene que haber contribuido a cambiar el tipo de vida urbano en otro tipo soldático, religioso y campesino. Y, sin embargo, han persistido algunos rasgos, tales como el estoicismo de Séneca y el gusto verbalista, que ya chocó a los romanos y fue llamado «hispanismo» por ellos, pero incluso en la determinación de los mismos establece Vossler una suerte de continuidad diacrónica, como ese «verbalismo» al que los romanos denominaron «hispanismo» y que se manifiesta de forma tan exuberante en los siglos XVI y XVII. La mismísima obra de Cervantes, Don Quijote, es una clara muestra de esa tendencia, por más que chocará —o quizás chocaba por eso mismo…— con la tradicional austeridad de Juan de Valdes, el eminente autor filoprotestante de los Diálogos de la lengua, donde fijó un precepto revolucionario para la expresión lingüística: Escribo como hablo. Valdés era más amigo del laconismo propio de los aforismos, como buen y leal Erasmista, y de los refranes, revalorizados por el polígrafo holandés.

         El libro no rehúye nuestros fracasos y nuestra reacción ultramontana frente al protestantismo. Y en ese sentido se consignan las tres quiebras que sufriço el Imperio español en el siglo XVI, y que tanto lastraron nuestro desarrollo. Pero el autor no deja de reconocer que frente a los excesos e las Cruzadas, por ejemplo, no se puede negar tampoco a los conquistadores de América el celo cristiano, su devoción y su amor al prójimo, un juicio que combate de forma valiente la extendida leyenda negra sobre la conquista de América, pero a ese efecto conviene leer con detenimiento lo que Gregorio Luri ha escrito en su magnífica obra El recogimiento, la aventura del yo, sobre la famosa «controversia de Valladolid».

         Finalmente, que tampoco quiero chafarle al intelector el descubrimiento de esta visión de España, un libro, a su manera, próximo al de Francisco Ayala, La idea de España, y a Los españoles vistos por sí mismos, de José Luis Abellán,  todos ellos, nacidos de aquella aventura romántica, que tanto tendía a la individualización de pueblos y gentes que fueron Los españoles pintados por sí mismos,  quisiera acabar este recorrido por las magnificas intuiciones que pueden leerse en este libro con otra de las «constantes» de nuestra idiosincrasia:  La creencia de que nada hay constante en los placeres y sufrimientos de la vida y de que no existe ninguna felicidad pura constituyen el encanto íntimo del narrador y del lector, Una especie de pesimismo alegre, una alegría con remordimientos, un vagabundear, robar, pedigüeñear y caminar con un espíritu casi religioso de peregrino es, aproximadamente, lo que viene a formar el tono general del Guzmán de Alfarache. Está claro que la obra de Mateo Alemán es, para Vossler, junto con las ya citadas en esta reseña, uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, por más que el tiempo y los planes de estudio hayan conseguido cubrirla con el espeso manto del olvido. Permítaseme, en todo caso, recomendar muy vivamente la lectura no solo del Guzmán, un prodigio de la novela picaresca, sino muy especialmente la de La Dorotea, de Lope, una obra que tardó cincuenta años en darla a la publicidad y donde el autor desnuda su alma con un artificio sorprendente.

         Vale.

 

miércoles, 27 de julio de 2022

«Tres elegías jubilares», de Juan José Domenchina o el desarraigo.

 


Ajuste de cuentas éxtimo e íntimo de un poeta hoy «mayor», a fuer de honda lucidez y emotiva honestidad, y ayer «menor» para los perdedores estalinistas de la Guerra Civil

         Llevaba ya un tiempo este libro de Domenchina en mi estantería/antesala de lecturas e ignoro por qué extraña connotación de «jubilar» había dado por supuesto que se trataba de poesía religiosa, lo cual me frenaba para meterme en él, aunque desde las poesías de Juan de la Cruz a las propias de Unamuno o, más tarde, de Blas de Otero, la religiosidad nos haya ofrecido cimas poéticas extraordinarias que yo he degustado con fruición.

Sería una manía, arbitraria y poderosa como todas, y así fui dejando pasar el tiempo hasta que mi condición actual de oldysitter regular me indujo a llevarlo conmigo en mi último viaje asistencial, porque se trata de una lectura que puede interrumpirse fácilmente para cumplir con los sagrados deberes de los cuidados. Apenas entré en la Primera elegía se deshizo el prejuicio y emergió un libro que me dejó sorprendido a fuer de preocupado por los intentos actuales de dictarnos la memoria histórica. Me explico. La Primera elegía jubilar es un poema en clave que responde al despiadado ataque de León Felipe a Juan Ramón Jiménez, en 1940, con el poema El gran responsable, que hirió profundamente  a Domenchina. El poema atacaba su poética y, sobre todo, la presunción juanramoniana de ser «el» poeta por excelencia: recuérdese aquello de «yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados». Añádase a ello los «desencuentros» con León Felipe, primero, según María Aurora Jáuregui, porque León Felipe fue el promotor de la inadmisión de Domenchina en la Alianza de intelectuales antifascistas; y, segundo, por el furibundo ataque que el poeta zamorano escribió contra la publicación de la Antología de la poesía española contemporánea (1909-1936), de Domenchina.

Domenchina, fervoroso juanramoniano y, en su calidad de mano derecha de Azaña, fervoroso anticomunista, escribió, entonces, esta Primera elegía en parte a imitación de aquellas batallas de ingenios del siglo XVII, y aunque está claro el objetivo y la persona a quien se dirige, el poeta León Felipe, elude citarlo en el poema pero facilita las pistas que llevan a los lectores a la identificación. La Primera elegía, sin embargo, no es meramente una defensa acérrima de la estética juanramoniana, sino el primer movimiento de un intento muy logrado de expresar el dolor del desarraigo, del transterramiento, y de la desasosegadora pérdida de impulso vital que el poeta refleja en el oxímoron del título: «elegía jubilar». El poeta se siente fatalmente mortal y a lo largo de las tres fases de las «elegías» va desgranando una visión y un sentimiento de la realidad que constituyen una suerte de reivindicación de sí mismo y exhibición de su credo vital y poético, porque, uncido a la poesía, y a pesar de su trayectoria política, el poeta no parece tener vida fuera de la poesía: en ella se cumple su destino y en ella nos ofrece la penúltima visión de sí mismo, muy alejada ya de las galas de la vanguardia, de su tradicional rebuscamiento léxico y de su querido conceptualismo barroco. Aparece lo humano despojado, al fin, y el poeta parece querer hablarnos desde el nivel coloquial para hacernos una confidencia. Ello ocurre, sobre todo, en la Primera elegía, porque en las otras dos, y muy especialmente en la tercera, regresa, pero moderadamente, a una cierta complicación formal y elocutiva que no pierde, sin embargo, la emoción de lo humano que le acosa Enel tramo final de su existencia. Recordemos que Domenchina siempre anduvo escaso de salud y que murió muy joven, a los 61 años, tras haber soportado con dignidad y no poco estoicismo la pobreza, el olvido e incluso el desprecio.

Domenchina es un caso de olvido «oficial», uno de esos nombres que aparecen en las historias de la literatura en «letra pequeña» junto a otros escritores olvidados o poco o nada estudiados. Lo mismo le ocurrió a su esposa, la poetisa Ernestina de Champourcin, quien, tras la pérdida de su esposo, orientó su creación poética hacia la vivencia religiosa. Amelia de Paz, principal estudiosa de la obra de Domenchina, logró que en 2008, Emilio Pascual, editor de Cátedra, cuya sección Letras Hispánicas tantos escritores ha «rescatado» del ostracismo o del olvido, publicara su edición de Tres elegías jubilares, la primera desde su aparición en 1946. Esperemos que esta magnífica edición sea acompañada en el futuro por otros volúmenes del autor, imagino que muy poco accesibles y asequibles en estos momentos. Lo que sí puedo confirmar es que, tras leer las Elegías…, el lector se queda con muchas ganas de seguir profundizando en la poesía de Domenchina, anterior y posterior a la Guerra Civil, porque su adscripción a los movimientos de Vanguardia y su postrera tentación clasicista, nos ofrecen un modelo de evolución muy común de las obras de muchos autores de aquellos años.

En el prologo a las elegías, Domenchina destaca dos cosas: que la obra no es una improvisación forzada por el agravio, ni un repentismo airado sin raíces en su quehacer poético, y que ha optado por, al darlo a la publicación, suprimir los ataques «facilones», desde el punto de vista estético, al régimen franquista: Los repentes de un lírico responsable no son jamás logros tropezados en el albur fe la premura. […] No hay improntu valedero que no se desarraigue de una laboriosa gestación. […] Asimismo borro, con un indeleble deleatur, algunas estrofas circunstanciales y poco felices contra el ominoso régimen franquista, que entremetí en el texto enviado a la publicación citada, y que hoy se me antojan aditamentos pegadizos y excusables.

Estas elegías, sobre todo la primera, tienen una indudable lectura política, porque su creación es un evidente ataque a una ideología, la comunista, a la que Domenchina achaca casi la entera responsabilidad del desastre nacional que supuso la Guerra Civil. Desde su posición liberal republicana al lado de las dos formaciones que creó Azaña: Acción Republicana y, en 1934, Izquierda Republicana, de quien llegó a ser poco menos que su mano derecha, Domenchina, en el exilio, recapacita sobre lo acabado de vivir, porque la primera elegía comienza a escribirla en 1940 en una forma totalmente tradicional:  la lira manriqueña, como dando ya a entender su adscripción al gran río caudaloso de la lírica española clásica, llena, por otro lado, de transterrados, encarcelados y marginados por el poder. Para el lector actual, sin embargo, es harto curioso ver las divisiones internas del exilio español, y cómo Domenchina convierte su largo poema, ciento noventa y siete liras, en un ataque frontal tanto a la ideología comunista como a sus voceros literarios. Recordemos, por otro lado, que Domenchina, desde su condición de reputado crítico literario, fue, quizás, el primer descubridor de la valía poética de Miguel Hernández.

He aquí una muestra de esa réplica a Leon Felipe:

Dices a los novatos

—a los que, tierno, llamas cervatillos—

que no sustenten tratos

más que con tus sencillos

conceptos, recelosos y amarillos.

 

¡Oh, no! Tales preceptos

son de una libertad que…coacciona.

Que agavillen postceptos

vitales, en persona.

Así la vida enseña y perfecciona.

 

Líbralos de tu estética

—que hace versículos de prosa en trizas—

y de tu voz profética…

Lo que tú perennizas

no es fuego ni rescoldo: son cenizas.

         Adviértase el uso unamuniano de postceptos, porque Unamuno será otra de sus grandes inspiraciones en ese momento de ajuste de cuentas con una cruenta realidad pasada de la que todos salieron trasquilados, o como él poéticamente dice: ¡Tanta sangre vertida!/ ¡Tanto dolor inútil! Anegados/en odios de por vida,/vencidos y burlados,/todos yacemos juntos y enterrados.

         Pero el  poeta va mucho más allá de la anécdota, por infamante que sea el ataque a JRJ, y se propone una nueva estética que lo aleje de líricas «comprometidas» con el vasallaje a ideas caducas. Aspira a recobrar una mirada clásica sobre la realidad, desnuda, que reconozca la dura condición del vencido y desterrado, sin que la desolación del presente desustanciado, desvitalizado, lo amedrente o desespere. Como dice a modo de proyecto vital: No creo en las virtudes/lustrales de la lágrima: el trabajo/nos colma de aptitudes./ Y es un seguro atajo/ para «llegar arriba desde abajo.

 

Todo lo que he perdido

¡qué bien perdido está!; yo me he ganado.

 

¿Qué senda de esplendores

ha de esperar el triste que ha caído?

Declinan los hervores

de la sangre, y el nido,

remoto ya, es un sueño escarnecido.

 

Todo será «de nuevo»

—remozado y cabal—, tradición clara.

Ni el pasado longevo

ni la irrupción ignara

de un fortuito poder que se enmascara.

 

 

Ni empachos de bucólica

rusticidad —la égloga, caduca,

va con el arpa eólica—,

ni tiros en la nuca.

Ni autodidacto chirle que no educa.

 

Ni lo ancestral, que ronca

con un sopor de siglos, ni el remedo

de una estulticia bronca

donde, unánime, el dedo

perfidia impone y amenaza miedo.

 

         Pero es en el retrato de los vates del comunismo donde Domenchina carga las tintas:

No ocultará el estruendo

turbio la clara voz de los veraces.

Ni cundirá, tremendo

apetito, en voraces

dentelladas, la grey de los rapaces.

 

Sabrán los ganapanes

que el pan se gana. Y los olvidadizos

tahúres y rufianes,

que no hay allegadizos

laureles de oro para advenedizos.

 

Cara al sol, la camisa

castellana, y por yugo, la faena.

La hoz, ya no divisa,

segando, afán sin pena,

y el martillo en la forja que encadena.

 

No sé de camarillas

y me aburre el cantar de los cuclillos.

Huyo las zancadillas

burdas de los pasillos,

comerrelieves y cenaculillos.

 

Ni el mundo se rezaga

por mirar su pasado, ni se inmuta.

Hoy no se va a la zaga.

Improvisa su ruta

y solo el porvenir es lo que escruta.

 

Feliz el que erradique

de su mente feraz las utopías.

Que nadie nos explique

por sus melancolías

las ajenas congojas y agonías.

 

Viví entre los horrores

sin que mi clara vida se enturbiase.

Ni trafiqué en rencores

ni obedecí el ukase

irracional, consigna de una clase.

 

Mi pulso se acelera

ante la iniquidad o la injusticia.

Pero nada me altera.

Comprendo la malicia,

la equidad, el rencor y la avaricia.

 

Por detentarlo todo,

en su labor de zapa van minando

nuestra vida a su modo.

Dicen que socavando

un mundo de justicia están alzando.

 

Para ellos es tangible

la fe: solo por tacto o palpamiento

la verdad es sensible.

Quieren, como cimiento,

mejor que la valía, el valimiento.

 

Estoy con los vencidos

—«Vencer no es convencer», —dijo un poeta—,

y no con los vendidos.

Mi vida recoleta

no oculta doble fondo ni gaveta.

 

Estetas amarillos,

jamás hartos de dádivas, y en celos

sordos, son nefandillos

que, al caer de sus cielos

sin gloria, ruedan por los parnasuelos.

 

         Adviértase la gozosa ironía con que el arte verbal de Domenchina pone a caldo a los profetas de la utopía. Y desde el presente, hay ya a quienes no nos choca esa descripción de la caduca ideología que ¡aún gobierna nuestros días con la complicidad de quienes, un día, representaron las esperanzas de casi todo el pueblo español al salir de la dictadura franquista! ¡Cómo sorprendernos esa evocación de los vividores, de los tahúres, ¡de los rufianes!,  de los advenedizos, de los que prefieren el «valimiento» a la valía o de quienes son profetas de la «equidad» tan torcidamente exhibida…! Los hallazgos verbales de Domenchina, como esos «parnasuelos» por los que se arrastran los poetas «nefandillos» aparecen repetidamente y son un ejercicio clásico impagable para los lectores. Recordemos, de paso, que Quevedo era uno de los autores preferidos de Domenchina, y en su época de vanguardia, fue él mismo un creador infatigable de neologismos.

         Las otras dos elegías nos ofrecen una visión de la naturaleza y una meditación trascendental sobre la existencia, que, sin evitar la meditatio mortis ni el drama del exilio, bucea en la ausencia de ideales en que vive el escritor su vida al margen, pero en la plenitud de la naturaleza. Escrita la primera en estrofa manriqueña y la segunda en Tercia rima, una parte de ella y en endecasílabos blancos otra parte, la profunda reflexión existencial que nos ofrece el poeta, como primer cantor del alma escindida en dos territorios, el de nacimiento y el de acogida,  es tema dominante en ellas. La Tercera fue la única que contempló edición separada en 1944 en la editorial Atlante.

 

No es ir, es mover despojos

de fe, arrastrar pesadumbres

en liviano

trajín; repeler falaces

adhesiones, esta sombra

de andadura.

 

Bienaventurado el hombre

que calla porque no tiene

pensamiento

que dar, en sentido, en doble

sentimiento de palabras

que no escuchan.

 

Aquí está lo que yo sea,

en amago balbuciente

de palabra

sin prosodia: ya latido

de verdad trémula en pausas

de silencio…

 

Pero es en la Tercera donde los acentos personales de la vivencia dolorida adquieren un mayor relieve y una profundidad que sitúa a Domenchina entre las grandes voces de los poetas del exilio:

¿Qué tengo, aquí, en mi sombra, como mío?,

¿qué es mío, allá, en la luz que me han negado?

¿A qué ausencia o presencia me confío?

Por mi origen —qué lejos— devorado,

sombra, aquí, de una sombra que se abstiene,

¡cómo siento que estoy en ningún lado!

Voy, sin ir, a una vida que no viene

—que está en su sitio y en mi sitio—, y vengo,

sin legada, a un dolor que no me tiene.

 

Alma sola, entre solos: muchedumbre

de soledades soterrada cumbre;

en tu noche ajena

y tu día —ya equívoco— distante

no ven la angustia de tu error errante,

sin esperanza.

Y en tus ojos —perpetuas claridades—

se te desmintieron todas las verdades

que te engañaron.

Bien está el cauce —nunca pauta—. El río

lo trazó con su curso, a su albedrío.

Bien está el cauce.

Bien está la agonía: clave y punto

final de un difundirse ya difunto.

Bien está el río.

¡Vano reloj —¿y el tiempo?—, con la hora

en el redondo pasmo, ya intangible,

del mediodía! Son las doce —en punto

y para siempre acaso— de mi día

español, bien partido en dos mitades

de mal estar, de equívocos remotos.

[…] ¿Cuántos años tiene el día

sin retorno? ¿Quién cumple en dispersiones

atónitas su tiempo? —¿Cuántos años

de muerte en carne viva? ¿Cuántas horas

de vida desterrada?—

                                 No se mide,

no tiene dimensión, este transcurso

que no transcurre.

A pesar de la inequívoca referencia a la poética vitalista guilleniana, recuérdese que los dos «catedráticos» miraron siempre por encima del hombro al simple «maestro de escuela», únicos estudios de Domenchina, si bien nunca ejercio como maestro y sí siempre en la prensa, al margen de sus publicaciones y su trabajo político, como crítico literario. La distancia glacial de ambas cumbres de la poesía española es elocuente respecto de las complejas aguas procelosas en que se movían los aspirantes a la gloria literaria, una república de republicanos aun peor avenidos que los de la Segunda República, tan desgraciada.

Se tengan los gustos que se tengan, y los apegos, lo que me parece evidente es que la fuerte personalidad de Domenchina, hombre de genio y figura como lo demuestra una anécdota que recoge Amelia de Paz, merece una lectura atenta, porque por fuerza ha de merecerla una voz tan personal como discordante en el exilio  de uno de nuestros grandes fracasos colectivos: la Segunda República. La anécdota es esta: «Lorenzo Varela [poeta comunista y galleguista], al parecer, en un poema de su libro Palinodia del polvo había hecho insinuaciones poco decorosas sobre la vida íntima de  la esposa de Domenchina, Ernestina de Champourcin. Desde ese día, Domenchina siempre salía a la calle con una fusta por si se tropezaba con él.. Estando enfermo, se tropezó con él: “Eso le valió. Solo pude propinarle dos o tres fustazos, y no pude evitar, por estar poco menos que inválido, que una de sus manos inmundas me alcanzase”».

Feliz descubrimiento.

lunes, 25 de julio de 2022

«Un héroe de nuestro tiempo», de Mijaíl Y. Lérmontov

 



La explosión derrotista del Romanticismo: por el nihilismo irónico hacia los terrenos cenagosos de la gloria ignota… 

            Miguel de Unamuno: «Hay héroes del querer no ser, de la noluntad

         Llevaba tiempo deseando tener unas horas para meterme en la lectura de Un héroe de nuestro tiempo, de  Lérmontov, pero la visión de una película inspirada muy libremente en el personaje central de la novela, Un corazón en invierno, de Claude Sautet, me ha empujado a la lectura que, finalmente, he hecho con un deleite tan extraordinario como lo tuve durante la contemplación de la película de Sautet. La novela de Lérmontov es un clásico de la literatura rusa, pero también de la literatura universal, y su capacidad de seducir al lector, salvando las traducciones y el acento local de buena parte de su desarrollo, viene dada por una doble creación: el artefacto narrativo y la creación de un personaje inmortal, Pechorin, que encarna a la perfección lo que Sainte-Beuve denominó, a propósito de la novela Obermann, de Senancour, «el mal del siglo», en la novela de Lérmontov encarnado por un nihilista como Pechorin, autor de un diario que el narrador-personaje que abre la novela, se encargará de trasladar a los lectores, tras serle entregado por otro personaje con quien Pechorin guardó lo más parecido a una amistad:  Maxim Maxímych.

En el prólogo a esas memorias, el narrador nos dice: La historia de un alma humana, aunque se trate de la más mezquina, resulta, tal vez, más curiosa y útil que la historia de un pueblo entero, máxime si es el fruto de una mente madura que se observa a sí misma y si se ha escrito sin el vanidoso deseo de despertar compasión o asombro. El juicio peyorativo que se vierte en la introducción en modo alguno significa que el depositario no solo del diario, sino también de su autobiografía, se tome la licencia de censurar o modificar el texto de Pechorin. El narrador inicial se nos presenta como un joven soldado destinado a una misión, razón por la cual  se apresura a aclarar que, en primer término, lo que escribo no es un relato, sino apuntes de viaje, de modo que no se le puedan exigir explicaciones de por qué deja interrumpida una narración, la del secuestro de una joven por parte de Pechorin que le cuenta su improvisado compañero de viaje, el veterano Maxim. De hecho, esas dilaciones nos permiten conocer no poco de las tradiciones del extenso territorio ruso, en este caso el Cáucaso, y de la diferencia abismal que hay entre los militares de carrera y los nativos de algunos de los pueblos a los que no se describe demasiado favorablemente en los «apuntes»: Yo creo que hasta los tártaros son mejores [que los osetios]: por lo menos no beben… Los circasianos, sin embargo , en cuanto se emborrachan de buzá [bebida espirituosa de mijo] en una boda o en un entierro comienzan las cuchilladas. En una ocasión me salvé de milagro, y eso que era huésped de un príncipe pacífico.

         Aun perteneciendo propiamente al romanticismo, Lérmontov se inventa un narrador propio del realismo que aún tardará algunos años en llegar a la literatura y que se toma la licencia de dirigirse a los lectores: Ahora bien: ustedes tal vez desearán conocer la continuación de la historia de Bela; por lo tanto no era yo quién para obligar al capitán a hablar antes de que, efectivamente, hubiera comenzado a hacerlo. Así pues, esperad, o si queréis, saltad algunas páginas, aunque no os lo aconsejo, porque el paso por los montes  Krestóvaia (o como lo llama el sabio Gamba, le Mont St. Christophe) es digno de vuestra atención. Gracias a esas dilaciones vamos entrando en conocimiento de la vida de los militares destacados en las agrestes zonas rusas, y, adelantándose igualmente al costumbrismo, pero sin distanciarse del gusto romántico por las leyendas y los paisajes nocturnos y tormentosos, van los lectores recopilando no poca información sobre costumbres, orografía y particularidades sociales de los pueblos que habitan los escenarios donde tiene lugar la acción.

         Es, sin embargo, gracias a su interlocutor, Maxim, como entramos en conocimiento del verdadero héroe de los «papeles» que, cuando se separen definitivamente, le legará, y a partir de ese momento el diario de Pechorin sustituirá la narración de los «apuntes» que hasta ese instante habíamos seguido a medio camino entre el interés antropológico y los lances amorosos y gestas de armas de los oficiales del Zar, en el escenario agreste del Cáucaso. Emerge, así pues, con el interés que nos proporciona leerlo en sus propias palabras, no por referencias de amigos o desconocidos, el protagonismo de Pechorin y su retrato desolador, porque, en uno de los mejores autorretratos narrativos, se nos presenta no orgulloso de su abyección, pero sí reconciliado con ella, como expresión de la «creación» de su persona hasta devenir, propiamente, «personaje», obligada por la incomprensión que rodeó siempre su innata disposición hacia el bien y la belleza: —¡Ese ha sido mi destino desde la más tierna infancia! Todos columbraban en mi rostro indicios de malas cualidades inexistentes que, a fuerza de presuponerlas, terminaron por aparecer. Era cándido, y me acusaban de astuto: me hice retraído. Era profundamente sensible al bien y al mal, nadie me trataba con cariño, todos me ofendían: me convertí en rencoroso. A diferencia de otros niños, alegres y charlatanes, yo era sombrío; me sentía superior a ellos, pero me consideraba inferior: me hice envidioso. Estaba dispuesto a amar al mundo entero y nadie me comprendió: aprendí a odiar. Mi anodina juventud transcurrió en una lucha contra mí mismo y contra la sociedad: temeroso de la burla, escondí mis mejores sentimientos en el fondo del corazón: allí han muerto. Decía verdad, y no se me daba crédito: me entregué al engaño. Después de conocer bien el mundo y los resortes de la sociedad, fui ducho en la ciencia de la vida, y comprobé que otros eran felices sin necesidad de tales artes, gozando gratis las preeminencias que yo trataba de conseguir con esfuerzo tan arduo. Y entonces nació en mi alma la desesperación; pero no esa desesperación que suele tener como remedio el cañón de una pistola, sino la desesperación fría e impotente, enmascarada en la amabilidad y en una sonrisa bonachona. Me convertí en un contrahecho moral: la mitad de mi alma no existía, estaba anquilosada, evaporada, muerta: yo la amputé y la arrojé. La otra, sin embargo, alentaba y vivía, presta a servirá cualquiera; pero nadie lo entendió así, porque todos ignoraban la existencia de la mitad muerta. Ahora ha despertado usted en mí el recuerdo de ella, y le he leído su epitafio. Muchos reputan de risibles los epitafios en general. Yo no: tanto menos cuando pienso en lo que bajo ellos descansa. Por lo demás, no solicito que comparta mi opinión: si mi salida e parece ridícula, ríase; no me disgustará lo más mínimo.

         Disculpen la larga cita, pero en ella se compendia el horror que causó a sus biempensantes coetáneos el protagonismo de un ser que, aún en la estela romántica, reivindicaba la turbia seducción del mal como la belleza moral del Príncipe de las Tinieblas. De hecho, sus parejas amorosas, de las que se aburre tanto como las ama, lo describen como un ser singular con esa capacidad seductora que, en palabras de su amante adúltera, Viera, lo hacen único: Una mujer que te haya querido alguna vez, no puede mirar sin cierto deprecio a los demás hombres, no porque tú seas mejor que ellos, ¡oh, no! Pero tú ser posee algo peculiar, tuyo, solo tuyo, algo altivo y misterioso; en tu voz, digas lo que digas, hay un poder invencible; nadie sabe con tanta perseverancia desear ser amado; en nadie es tan atrayente el mal; ninguna mirada promete tanto placer; nadie sabe aprovechar mejor sus dotes, y nadie puede ser tan verdaderamente desdichado como tú, porque nadie trata tanto de convencerse de lo contrario.

         La modernidad de Pechorin estriba en la superación del ideal romántico del amor para sustituirlo por un escepticismo  que lo aproxima al nihilismo y, por ende, al cinismo. Se trata de una persona que ha decidido voluntariamente abandonar el mundo de los sentimientos y ampararse en el uso desengañado de la razón o de la simple constatación amoral de lo real. Como le dice al doctor Vérner, quien lo acompañará al duelo que mantendrá contra un rival a quien desprecia: Lo triste nos hace reír, lo cómico nos entristece y, a decir verdad, somos bastante indiferentes a todo, salvo nuestras propias personas. Y esa atención a sí mismo nos devuelve en sus diarios un retrato perfecto de lo que, irónicamente, Lérmontov tituló Un héroe de nuestro tiempo. Que hay un trasfondo autobiográfico en la novela bien se echa de ver si se repasa cualquier biografía breve del autor, admirador de Pushkin, cuyo duelo, que acabó con él, recrea en la novela a través de su personaje, Pechorin, la jugarreta incluida de facilitarle una pistola descargada para «no salir vivo» del mismo. Dejo al interés de los futuros lectores de esta obrita excepcional descubrir el desenlace; esto es los dejo ante las pistolas en alto y el terror de enfrentarse a un disparo a bocajarro en medio del bosque, aunque ambos los padrinos de ambos contendientes asienten a la idea de acercarse a un precipicio para que el herido de muerte caiga por él y se certifique la muerte por despeñamiento, no por duelo, prohibido legalmente.

         En cierta manera, en ningún momento se ha apartado de mí la versión fílmica de la novelita de Conrad, Los duelistas, dirigida brillantemente por Ridley Scott, y que supongo inspirada en esta de Lérmontov. El mundo galante y heroico de los oficiales decimonónicos de cualquier imperio, ruso, alemán o francés, se nos aparece como intercambiable, de ahí la familiaridad con que asistimos al desarrollo de la acción y al nacimiento de una nueva mentalidad contraria a los valores dominantes y desafiante en todo momento, incluso hasta llegar al intento de subversión del orden establecido, una revuelta de la oficialidad en la que se vio involucrado Pushkin y que, por otras razones propias del escándalo que suponían los comportamientos «libertinos» de Lérmontov le valieron a este algunos destierros. Pudiérase pensar, pues, que el rechazo hacia lo «sentimental» va a llevar al personaje a abrazar el ideal ilustrado y la devoción a la razón encumbrada que aquel supone, pero Pechorin, aun despreciando las pasiones: Alguien dijo que las ideas son creaciones orgánicas: cuando nacen, adquieren forma, y esta forma es acción. […] Las pasiones no pasan de ser idea en su primer desarrollo: son atributo de los corazones jóvenes, y es tonto el que piense que van a inquietar toda la vida, tampoco abraza ni la razón ni el método ni la acción que pudieran derivarse de ambos, porque su desengaño tiñe de amargura e indiferencia su reacción frente al mundo: Muchas otras ideas semejantes acudían a mi mente; no trataba de profundizar en ellas, porque no soy amigo de detenerme en ningún pensamiento abstracto. […] Y como tengo por norma no rechazar nada de plano ni confiar ciegamente en cosa alguna, abandoné la metafísica y decidí mirar el terreno que pisaba. […] ¿Quién sabe con certeza si está convencido o no de algo?... ¡Y con cuánta frecuencia tomamos por convicción un engaño de nuestros sentidos o un error de nuestra mente!... Me gusta dudar de todo; lo cual no excluye tener un carácter decidido; por el contrario, en lo que a mí se refiere, siempre avanzo con mayor valentía cuando no sé lo que me espera. Nada puede ocurrir peor que la muerte, ¡y la muerte es inevitable!

         Ya en la introducción a la publicación del diario de Pechorin, el primer narrador que abre la historia, el que escribe sus «apuntes de viaje», nos revela que, por abyecta que sea la persona, un retrato pormenorizado de la misma es más provechoso que el retrato de todo un pueblo, como dejé reflejado al comienzo de esta reseña. Esta es, en consecuencia, parte de la vida de Pechorin escrita por él mismo con tanta lucidez como desengaño. Bien hará el lector en deleitarse en todas y cada una de sus páginas, porque la sólida estructura en forma de las tradicionales muñecas rusas le permitirá conocer una personalidad que, despreciándose a sí misma, es poderosamente atractiva para los demás, justicias e injusticias de su comportamiento al margen. Recordemos, aunque en la historia está al principio de la narración que hace Maxim de quien creía que era su amigo y resultó no serlo el secuestro de la hermosa Bela con quien convive hasta que el tedio se apodera de él: No sé si soy un necio o un malvado; pero la pura verdad es que también soy muy digno de compasión, tal vez más que ella: mi alma está depravada por el mundo, mi imaginación es inquieta, mi corazón insaciable; nada me basta; me acostumbro a la amargura tan fácilmente como el deleite, y mi vida se hace más huera cada día; tan solo me queda un recurso: viajar. Desde ese momento, la amoralidad de Pechorin irá gobernando sus días en una suerte de huida de sí mismo, en su viaje orgulloso hacia cualesquiera formas de la muerte inevitable que lo espera y hacia la que «viaja» con ese desasimiento de todo que caracterizará a tantos héroes literarios aún por aparecer… Sí un héroe de «nuestro» tiempo, también.

    Por cierto, una magnífica introduccion del poeta Aquilino Duque y una estupenda traducción de Luis Abollado Varga, con unas notas justas, precisas e interesantes.

martes, 5 de julio de 2022

«Mañana es ayer», de Juan José Mira, un novelista olvidado.

 




El extraño caso del fracasado primer ganador del premio Planeta y miembro del PC en la clandestinidad durante el franquismo. Mañana es ayer, un acercamiento a la guerra y a la posguerra desde el escepticismo, desde el desengaño, desde el margen.

 

         Si José Suárez Carreño ya fue, en su día, un caso extraordinario de un autor dotado como pocos y reconocido como pocos, pero invisible para el gran público, me he detenido hoy en la obra de un autor aún más «desaparecido» que él: Juan José Mira, autor de la novela que ganó la primera edición del hoy millonario Premio Planeta, pero no entonces: En la noche no hay caminos, un premio cuyo más famoso miembro del jurado fue, en aquel año de 1952, el fino articulista César González Ruano, quien, a diferencia de los asiduos al Gijón, tenía su propio asiento en el Teide, unos metros más arriba, en el 27 de Recoletos, café en semisótano  que yo frecuente en una tertulia de escritores adolescentes el 68 y el 69, dos años antes de que cerrara porque una compañía de seguros adquirió todo el edificio.

Nadie conocía en 1952  a Juan José Mira, pseudónimo de Juan José Moreno Sánchez, y todos ignoraban que se trataba de un escritor que pertenecía al Partido Comunista y que, andando el tiempo, habría de ser detenido y llevado a la Modelo, aunque, para entonces, su fe revolucionaria se había prácticamente extinguido, pero no su lealtad y su compromiso para con sus correligionarios, quienes elogiaron de él siempre la confianza a que se hacía valedor y su riguroso trabajo a las órdenes del Partido, desde Víctor Mora hasta Juan Goytisolo, que lo menciona en Coto Vedado. Al anecdotario pertenece que esa primera edición del Premio se celebró en Madrid, en Lhardy, que se cenó solomillo y que la cuantía del premio fueron 40.000 pesetas y que, hasta la fecha, se han hecho 28 ediciones de la novela premiada.

 Mira vivía modestamente de patrona en la calle Casanova y era un asiduo del Ateneo. Bien puede decirse que, para ciertos escritores modernos, Mira podría ser considerado un «raro», un «marginado» de los cenáculos literarios e incluso un «maldito». Su invisibilidad se extiende a los recuerdos fotográficos de su persona, de los que solo he encontrado dos en Google, un caso singular, ciertamente. De hecho, hubo de estudiar contabilidad y trabajar como contable en una ferretería, mientras continuaba con su militancia y colaboraba en la revista del partido, Mundo Obrero. Corrector de editorial y esporádico escritor de guiones, Mira fue cayendo en el olvido, y más aún tras la caída de su célula comunista en Barcelona en 1957. En las postrimerías de su vida fue acogido en Lloret por el propietario de un hotel donde ya residió, haciendo la vida de familia que siempre había buscado infructuosamente, hasta su fallecimiento en 1980.

         Mañana es ayer, la novela que he leído de él, se adscribe, con matices, a un tipo de literatura al que se adhirió la trama de la que ganó el planeta: el «tremendismo», que bien podría ser considerado como la expresión literaria del neorrealismo cinematográfico italiano. La acción de ambas, En la noche no hay caminos y Mañana es ayer, transcurre en periodos temporales muy semejantes: la República, la Guerra Civil y la Posguerra, aunque esta que critico se extiende, en sus preliminares, a la Dictadura de Primo de Rivera, por motivos que enseguida explicaré. De hecho, los editores le dijeron a Mira que el planteamiento de su novela iba a hacer muy difícil que pasara la censura y pudiera ser publicada, porque se apartaba, ciertamente, de los estrechos caminos de la ortodoxia moral franquista. Sea como fuere, el caso es que la novela logró ser publicada en 1954, y es probable que contribuyera a rebajar los impedimentos el hecho inequívoco del desconocimiento público del escritor, a pesar de haber sido el primer Premio Planeta. Curiosamente, Mira tuvo una vida literaria como escritor de novelas policiacas bastante fecunda, primero con el pseudónimo José J. Morán  y luego ya con su otro pseudónimo, Juan José Mira. Algunos aficionados al género de la novelita de quiosco quizá recuerden la serie de El Canario, publicadas en la editorial Hemisferio. Con todo, ni esa buena muestra de novelitas policiacas ni el premio Planeta lograron «instalarlo» como autor consagrado en el panorama literario.

         Esta novela la presentó al Premio Nadal en 1951 con el título Pago más que nadie, pero ese año el premio lo ganó Luis Romero con un título emblemático de la posguerra: La noria. El editor Vergés llamó al autor para decirle que el modo como trataba el tema de la Guerra Civil hacía casi imposible su publicación. Quizá si hubiera ganado el Nadal, hubiera consolidado una carrera como escritor, pero no tuvo fortuna y su obra fue quedando en el olvido, por eso me parece de justicia rescatar ahora la que él consideraba, y algunos de sus lectores íntimos, su mejor obra. Vista su obra desde el presente, y dados sus antecedentes políticos, resulta un ejercicio muy sugestivo leer una obra para comprobar cómo aparece la hoy tan famosa «memoria histórica» en las páginas de una novela ambiciosa.

         La trama, compleja y extensa se remonta a principios de siglo en las tierras andaluzas, donde el hijo de un sastre, al que no le tira seguir el oficio del padre, se dedica a las timbas por ferias y lugarejos de mala muerte hasta que puede instalarse en Málaga, donde se casa y él y su mujer, Isabel, quedan a cargo de un bebé abandonado al que un mensaje prendido en las ropas pide que le pongan por nombre Manuel. Después tendrán otro hijo, León, pero el «banquero» es hombre de más mujeres y se lía con otra mujer con la que incluso tendrá una hija, Paulina. Cuando Primo de Rivera prohíbe el juego, José Plata inaugura una almoneda y se dedica al negocio del préstamo usurario. Curiosamente, Manuel, el «prohijado», que no hijo adoptivo, como se especifica en la novela, porque en el momento de la adopción los padres no tenían 45 años, lo cual deshereda legalmente a Manuel, según se preocupa León de averiguar, se va a ir convirtiendo en el protagonista de la novela, aunque la aventura de todos ellos forma un retrato coral de una dura época de la vida española, Guerra Civil de por medio, que el autor vivió y padeció como «vencido», con todo lo que ello suponía en aquellos tiempos. Hay algunos extremos de la trama, como todo ese mundo de los garitos populares antes del 23, que añaden un interés social enorme a la novela; pero cuando muere Isabel y Manuel decide salir de la vida de su padre y sus hermanos, León y Paulina, nos encontramos con un héroe que vive la guerra en el bando republicano y cuya principal «hazaña» consiste en sacar de Madrid, en un camión del ejército, a un buen número de personas que quieren pasar a «zona nacional». Nuestro curioso héroe se ha ido convirtiendo poco menos que en un misántropo que ha encontrado en la Filología Clásica un bálsamo para sus males: Cuando estalló el Movimiento acababa de aprobar el último curso de la carrera. En cierto modo ya tenía una labor encauzada y un plan para el futuro en la cabeza. Se había especializado en filología clásica. Una elección —ahora lo comprendía— instintiva y acertada. Se disponía a preparar la tesis doctoral. El tema minucioso y detallista que había elegido —«Aportaciones a la teoría del doble origen métrico rítmico del verso saturnino»— le encantaba. No tenía ambiciones; mejor dicho, no quería tener ambiciones. […] No le angustiaba el porvenir. Solo quería hundirse en el trabajo. Daba tres horas de clase en dos academias y con ello ganaba el dinero suficiente para sus gastos. El día de mañana, cuando quisiese estabilizar su vida, haría, por ejemplo, unas oposiciones a cátedra de Instituto. Con aquello podría vivir. No sé si en nuestros días Manuel sería partidario de los actuales planes educativos socialistas, la verdad, dada su vocación. ¿A que sorprende, sin embargo, que un titulado en Clásicas se convierta en protagonista de una novela? La particular idiosincrasia de Manuel, no obstante, va mucho más allá de su vocación académica, porque tras las muerte de su madre se siente un hombre sin vínculos emocionales de ningún tipo, lo que irá conformando una psicología individualista y misántropa muy difícil de sobrellevar. Como dice el narrador: Comprendemos y admitimos sin esfuerzo el juego humano del azar cuando asumimos el papel de espectadores, pero cuando en el reparto se nos asigna un papel de actor, la farsa se trueca en drama, y en drama íntimo. Y su personaje sabe mucho de eso que vivió acusadamente el propio autor, un hombre que siempre quiso fundar una familia y que nunca pudo, porque la vez que más cerca estuvo de ello, usó el dinero que había ahorrado con su prometida, para ayudara un compañero en extrema necesidad. Pasada la fiebre [la de su vida independiente y sin deberle nada al marido de su madre], se miró las manos y estaban vacías. Solo tenía libertad, la máxima libertad, pero también el máximo aislamiento, porque únicamente quien se ata a otro con deberes conocer la vida afectica, honda, que corre por la sangre. […] El hombre se había empeñado últimamente en buscar el mundo dentro de sí mismo. Una faena de locos.

         Un episodio de la novela es muy llamativo. Tras la Guerra Civil,  Manuel decide escribir un guion cinematográfico sobre la aventura de la liberación de los nacionales que querían pasar a zona amiga para huir de la represión en la zona republicana. El guion acaba en manos de un productor que acaba interesándose por él, pero cuando finalmente deciden reconvertirlo para rodarlo, Manuel se entera de que nada de la aventura que él vivió se respeta en el guion, lo que le supone un enfado monumental que lo lleva a retirar el guion que ya iba a rodarse en los estudios  Kinefón, situados en la calle Vergós, cerca de Sarrià, llamados así  desde 1940, los mismos que fundara Roberto Wahl con el hombre de Trebor:  —¿Qué quería usted? ¿Qué hiciese una película de propaganda roja?  […] Yo no me opongo a que se haga propaganda verde, roja o azul, siempre que se haga de buena fe, porque para mí es respetable todo hombre cuando obra con sinceridad, siguiendo los dictados de sus convicciones y sentimientos. Está claro que una respuesta así formaba parte de las dificultades que podría tener cualquier texto para pasar la censura, algo que no se «relajaría» hasta la famosa Ley de Prensa de Manuel Fraga de 1966.

         Cuando conoce a un pintor que lo introduce en el mundo de las apuestas de quienes han hecho sus fortunas con el estraperlo, ¡y qué curiosa teoría, la del personaje, sobre el estraperlo!:

—El estraperlo no es ningún negocio privado.

—¿Va usted a hacer la apología del estraperlo?

—No, no; de ninguna forma. El estraperlista suele ser un tipo mediocre y vulgar cuya única ciencia consiste en saber quién tiene una cosa que otro necesita, porque para mí el intermediario es el estraperlista químicamente puro. Por lo general suele ser buen padre de familia y un hombre serio en sus tratos.

—Pero daña a la sociedad.

—No, señor. La sociedad, el mundo ya está dañado hasta la raíz, que no es lo mismo. Tanto valdría que me dijese que los gusanos dañan el cadáver.

Constituye una escena corriente encontrarnos un buen día por la calle a un amigo que a nuestra pregunta: «¿A qué te dedicas?», responde con sencillez: «Al estraperlo». […] El estraperlismo es un tumor social, una enfermedad pública, que solo los Gobiernos pueden combatir, tienen el deber de combatir, aunque por desgracia su labor resulte bastante estéril., a Manuel, que le ha brotado de repente la «necesidad» de hacer dinero, algo que siempre había despreciado, se le pasa por la mente un plan que choca, para el lector, con todo lo leído sobre él: decide presentarse en casa de su padre adoptivo, haciéndose pasar por un hombre casado, pues como su esposa presenta a su familia adoptiva a Irene, una prostituta con la que ha decidido convivir, y le propone que el viejo maestro de las timbas y los garitos le ayude, con el trucaje de las barajas, para sacarles los cuartos a quienes, en el caso de descubrir la trampa, no se arriesgarían a ir a la policía con el cuento, desde luego.

         Paulina, la hija de la amante, quien le estafa al padre de su hija 80.000 pesetas, lo que le provoca un infarto que lo pone al borde de la muerte, decide abandonar a su madre e irse a vivir con el padre, quien siempre la ha colmado de mil atenciones. A ese hogar, en el que el hijo, León, vive esclavizado por el padre en la almoneda, sin pagarle un sueldo, salvo una propina corta para sus escasos gastos personales, llega Manuel con su flamante esposa, Irene, con una intención que levanta las sospechas de Paulina, quien vigila para que el padre no se meta en negocios turbios de los que le provenga un mal que le destroce la vida. El personaje de Paulina, quien asegura que no ha pensado nunca en casarse, representa el de una mujer con estudios superiores y con una libertad sexual absoluta, lo que choca con los dos voyeurs, León y el padre de los tres, que observan desde la oscuridad cómo se desnuda una vecina, Lucía, a la que León quiere ayudar tras quedarse con un dinero de la caja que no anota en los libros. Por esa coincidencia les va a llegar a los lectores el drama de la novela, una solución in extremis que pone patas arriba la historia y provocará un desenlace que reordena las vidas de los protagonistas y del que prefiero no revelar nada.

         Mañana es ayer es una novela muy fiel a una época turbulenta de nuestra Historia y en ella hay, no podía ser de otra manera juicios sociales, morales y políticos de todo orden, aunque en ningún caso moralina ni sermones hueros, porque el personaje protagonista, Manuel, es, literalmente, un expósito, «expuesto» a una vida incierta sin asideros familiares ni emocionales, una suerte de Lázaro de Tormes que ha de ingeniárselas para encontrar su lugar en el mundo. En el capítulo de los juicios políticos, destaca el que formula el personaje sobre los niñatos de Falange: Manuel le replicó que la Falange era un grupito de señoritos desocupados que querían jugar a la política con la fuerza de sus bíceps y que se pegaban con los socialistas o con los comunistas lo mismo que podían organizar con ellos un partido de fútbol o de rugby. En resumen: que eran unos seres superficiales y frívolos, chicos mimados de casas ricas sin dos dedos de frente. De mayor calado es, a mi parecer, la impresión que tiene el personaje sobre las características profundas de la etapa que le toca vivir: Yo aspiraba a vivir en un mundo en donde no se clasificasen a los hombres en rojos y blancos, sino en honrados y sinvergüenzas, pero vivimos en una época singular. Pocas veces se ha llegado en la Historia a una polarización tan extrema entre ética pública y ética privada. Y por aquí es por donde nos percatamos del íntimo vínculo moral que une esta propuesta novelística con la que critiqué hace poco de Sebastián Juan Arbó, Nocturno de alarmas, si bien esta puede considerarse, propiamente, una novela política frente al fresco familiar que nos ofrece con buen pulso narrativo Juan José Mira, un autor en el que, acaso, algún explorador de la Filología debería internarse con método y paciencia. Cerremos con una acertada consideración heraclitiana sobre la naturaleza del ser: Cuando el pasado está en orden, acorde con nuestro íntimo sentir, el objetivo aparece claro. Estamos satisfechos del blanco que muerde nuestra flecha y del arco que nos impulsa. El hombre es una trayectoria en el tiempo y quien pretenda borrar las huellas de su paso se encontrará perdido.


Nota bene: Si algún audaz y perseverante aspirante a escritor mediático se atreve a novelar la vida gris del Primer Premio Planeta y presenta la obra al premio, es muy posible que la tengan en consideración. De nada.