jueves, 16 de julio de 2026

«De la desigualdad personal en la sociedad civil» y «El don de la palabra», de Ramón Campos Pérez, un ilustrado semiolvidado que cultivó su parcela en el jardín de las teorías individualistas y naturalistas.

 

Un retrato  aproximado y dos lecturas sorprendentes: discurrir es, a veces, peregrinar por terrenos que  tienen más de ciénaga que de suelo firme.

 

          Guardaba desde hace décadas la copia de un opúsculo que intuí, entonces, me sería de gran ayuda para mis clases de la asignatura de Lengua, en bachillerato, porque el título, El don de la palabra, así lo indicaba. Haciendo arqueo y expurgo de papeles viejos me ha aparecido el folleto y me he aplicado a su lectura, porque entendía que podía hallar en su interior algo de interés para este inquisidor de saberes inútiles en que me he acabado convirtiendo.

No sé si en su momento consulté la paternidad del escrito, pero ahora es lo primero que he hecho, y me he llevado la gran sorpresa de que estaba en presencia de un miembro de esa rara especie que fueron en España los escritores ilustrados, a muchos de los cuales su devoción francesa los llevó a enfrentarse a sus conciudadanos y a huir después a Francia con el rey impuesto, un episodio que narra perfectamente Galdós en El equipaje del rey José, primer volumen de la segunda serie de los Episodios nacionales. No fue el caso de nuestro ilustrado de hoy, como sostiene Gerda Hassler, a quien seguimos al pie de la letra para esta introducción: En los últimos años se pierden las huellas de Ramón Campos. Se sabe que participó inmediatamente en la resistencia armada contra Napoleón Bonaparte (1769-1821) y que murió en 1808 cerca de la ciudad Belmonte (provincia de Cuenca). La vida de un ilustrado tan ligado a la cultura francesa e insultado de afrancesado terminó entonces combatiendo contra las tropas napoleónicas, cerca de la ciudad natal de Fray Luis de León (1527-1591) y en medio de la región que vio las aventuras de Don Quijote. [Esto último, curiosamente, acredita un desconocimiento insólito de la obra de Cervantes, porque ni Belmonte ni Madrigal de las altas Torres, donde nació y murió Fray Luis, respectivamente, forman parte de la geografía cervantina del Quijote. El empeño munícipe de allegar Belmonte a esa geografía habrá confundido a la hispanista...]

          Pero vayamos al principio: Ramón Campos nació en Burriana hacia 1770 y, siendo niño, se trasladó a Nules. Estudió en el Seminario de San Fulgencio de Murcia bajo la protección de su tío, donde recibió una formación influida por el reformismo religioso y el aperturismo científico. Muy joven obtuvo responsabilidades docentes, pero pronto tuvo problemas con la Inquisición por defender ideas consideradas heterodoxas, entre ellas el rechazo de la infalibilidad papal. En 1791 publicó Sistema de Lógica, obra inspirada en Condillac que defendía el sensualismo, según el cual el conocimiento procede de la experiencia de los sentidos.

Entre 1793 y 1796 viajó por Inglaterra y Francia para estudiar agricultura, mientras la Inquisición reabría las acusaciones contra él por jansenismo y otras supuestas herejías. De regreso a Madrid obtuvo el apoyo de Godoy y publicó La Económica reducida a principios exactos, claros y sencillos (1797), adaptación divulgativa de las ideas económicas de Adam Smith. No tuvo tanto éxito con su traducción de un diccionario de la Nueva Agronomía inglesa. Cometió el error de enviar un placet al Rey para recordarle lo infundado de sus acusaciones y solicitar la plaza de Matemáticas de los Reales Estudios. Lejos de obtenerla, fue arrestado en octubre. Sus bienes fueron embargados y quedó recluido en el castillo de San Lorenzo (Málaga) desde 1798 hasta 1802. Pero esto no detuvo su labor literaria. Allí redactó De la desigualdad personal en la sociedad civil (1799), que sólo fue publicado póstumamente. De la desigualdad... era una respuesta tardía al Discours sur l’origine de l’inégalité entre les hommes que Rousseau había presentado ante la Academia de Dijon en 1753. Campos identificaba el progreso en la moralización entre el hombre salvaje y el civilizado, y rechazaba de plano la teoría del contrato social. El influjo de la escuela escocesa es también perceptible en las similitudes del «flujo por armonizar» de Campos con el principio de simpatía —empatía— enunciado en el Treatise on Human Nature, de Hume, y el sentiment of approbation de Smith. Poco después fue arrestado por la Inquisición y permaneció encarcelado entre 1798 y 1802. Tras recuperar la libertad amplió su Sistema de Lógica con El don de la palabra (1804), donde revisó críticamente las ideas de Condillac y mostró una evolución hacia posiciones más cercanas a los ideólogos franceses. Sus últimos años son inciertos: aunque durante mucho tiempo se creyó que murió combatiendo a los franceses en 1808, documentos de la época indican que aún permanecía preso ese mismo año. Se desconoce la fecha y el lugar exactos de su muerte. Su obra De la desigualdad personal en la sociedad civil fue publicada póstumamente en 1820.

          Según Gerda Hassler, fue responsabilidad de Marcelino Menéndez Pelayo el que Ramón Campos pasara poco menos que al olvido: «Ramón Campos Pérez se presenta sobre todo como seguidor del escolasticismo nominalista y su personal aportación a través de su obra quedaría sintetizada en su teoría del lenguaje, en la que sostendría que la palabra es un don concedido por Dios. Los historiógrafos no han prestado atención a su pensamiento filosófico.  En España parece haber producido cierto efecto, sobre todo, por la clasificación que hizo Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) respecto a Campos considerándolo un propagador del pensamiento enciclopédico y sensualista del siglo XVIII, contribuyendo así a su olvido». En esto ha de reconocerse que tenía razón Juan Goytisolo: ningún libro tan instructivo para descubrir autores españoles interesantes como la Historia de los heterodoxos españoles, una de las grandes obras de investigación de nuestra Filología. En su día, lo compré siguiendo la sugerencia del escritor barcelonés menos catalán de nuestra literatura, y nunca me he arrepentido de haber leído con suma atención sus dos densos volúmenes. En el capítulo dedicado a la Ilustración aparece Ramón Campos, cuyo nombre no se me quedó particularmente, quizá porque no podía competir con otros como los de Olavide, Cabarrús, Urquijo y Marchena, ¡sobre todo este último!

          De Campos llaman muchas cosas la atención, pero lo verdaderamente llamativo es que su perfil, muy anglófilo, no se suele ajustar al perfil tópico del ilustrado que defensa la razón como arma imbatible contra la maldad del Viejo Régimen y en defensa de la radical igualdad de derechos de todas las personas:  La desigualdad entre los hombres constituye, según Campos —nos dice Gerfa Hassler—, un motor del progreso. Es un fundamento natural que justifica una división de las sociedades y sus individuos que constituye la tesis antropológica en la que hace reposar la etiología del progreso. El vínculo entre desigualdad y progreso también debe comprenderse a partir del elogio de la división del trabajo. Quizá por eso, Campos no llega a cuestionar la división estamental de la sociedad española de la época. E insiste la profesora de la Universidad de Postdam: Su obra De la desigualdad personal en la sociedad civil constituye una defensa de la civilización y del progreso en la cual manifiesta una afinidad con las ideas ilustradas escocesas, especialmente con las presentes en las obras de Adam Ferguson (1723-1816) y Adam Smith. Los ilustrados escoceses no solo consideraban erróneas las teorías contractualistas, sino que remetían los orígenes de la sociedad a la propia naturaleza humana.

          Su obra carcelaria De la desigualdad personal en la sociedad civil — y recordemos que las cárceles y nuestras letras guardan una relación tan fecunda como ominosa: Cervantes, Mateo Alemán, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Quevedo, Jovellanos, Espronceda, Miguel Hernández, José Hierro, etc.— no resulta fácil de aceptar en estos tiempos en que el igualitarismo a ultranza se ha hecho fuerte en los discursos políticos que tienen más de morales que de ideológicos que la desigualdad sea el motor civilizador por excelencia. El tratado tiene dos vertientes, una sociológica y otra psicológica, que enriquecen el texto con planteamientos que hoy le granjearían a su autor poco menos que la cárcel, porque atentaría contra todos los dogmas de las nuevas inquisiciones ideológicas que se han convertido en discurso oficial y frontera —más propiamente «cedazo»— que separa a quienes están en los lados malo y bueno de la Historia. En medio del tratado hallamos una sentencia que bien podría figurar como epígrafe al que acogerse el somero vistazo que le vamos a echar a obra tan olvidada y perdida en los archivos bibliográficos:

Nada es más cierto a primera vista que el dicho de que las virtudes y los talentos son un título justo para hacer desiguales las personas.                   

          Teniendo en cuenta que el ansia de sobresalir, de destacarnos frente a la masa, es un impulso natural, son frecuentes las tiradas en las que el autor se embarca en una teoría de los caracteres, aunque en el libro arremete contra la Bruyére, reduciéndolo a poco aplicado traductor de Teofrasto: Prescindiendo del efecto de la costumbre, el tener más o menos resolución es cosa que se saca ya del vientre de la madre. Y el concepto del valor y dignidad de uno mismo es un sentido tan variable por naturaleza como la cara, la estatura y todos los sentidos y facultades del hombre. Hay cortos de genio que, en viendo juntas dos personas, ya se inmutan y descabalan. Y por este estilo es el caso de los tontos, y quizá el de los tartamudos. Hay vergonzosos y desvergonzados, como pusilánimes y arrogantes. Hay quien no tiene talento sino de aparentar tenerlo: hombres de desparpajo, de lucimiento, de ademanes oportunos, y de un exterior feliz, que emboban el mundo sin tener ninguna cualidad digna. Al contrario otros, instruidos, profundos y dignísimos, no lucen, tienen rasgo, no admiran, por falta de carácter o de concepto propio. Así es también en otras cualidades: algunos, gastando poco, pasan por rumbosos; otros, derrochando, pasan por mezquinos. Con todo, el impulso gregario forma parte de ese carácter: nada es el hombre sin la sociedad.  Ese deseo de armonización con los otros es a lo que Campos llama la gravitación armónica. En consecuencia,  la sociedad política no es efecto de ningún contrato expreso ni tácito, sino una erupción espontánea e indeliberada, procedida únicamente de la propensión natural a la compañía con nuestros semejantes. Tantos males como se dicen de la sociedad, no hay quien tenga valor para dejarla, ni ningún tirano pudo hacerla bastante desagradable para disolverla. Vemos, pues, claramente, que la posición de Campos es diametralmente opuesta a la concepción del individuo y de la sociedad en el Leviatán de Hobbes. Siendo, la desigualdad, una exquisita manifestación de la naturaleza para promover el amejoramiento del ser humano, la justicia social depende de la fraternidad de los seres humanos, no del Estado todopoderoso que impone su mediación entre los ciudadanos en permanente conflicto de intereses.

          Campos se reclama como el creador de un  nuevo derecho individual, el «derecho a trato». Desde este punto de vista, es el más moderno de los ilustrados, porque ninguna otra época de la Historia reciente ha hecho más hincapié que esta nuestra en la «extensión de los derechos», independientemente de la vida que haya tenido cada cual, por supuesto. Cómo él afirma: Ningún escritor ha considerado hasta ahora el derecho de trato. Sin embargo, la igualdad o desigualdad de este derecho es lo que constituye la igualdad o desigualdad civil. El faltar al derecho de trato es una de las cosas que más desazona al agraviado; conforme al transgresor, cuando lo reflexiona, lo sofoca de vergüenza. Por lo contrario, el cumplir finamente con los modales granjea las voluntades, y tiene el mundo quisto. [...] Este derecho no es de la misma extensión en todas las personas, sino que guarda ciertas variaciones bajo reglas fijas cuya naturaleza se explicará bien pronto. Es decir, la desigualdad «natural» de las personas exige una aplicación distinta de ese «derecho».

          Campos va analizando capítulo a capítulo esas diferencias «naturales», y al establecerlas incurre, de forma premonitoria, en lo que podríamos denominar «artículo de costumbres», al estilo de los de Mesonero Romanos o, más tarde, de los cáusticos e incisivos de Larra. No hay más que leer la descripción que hace de los viejos para darse cuenta de ello: Sin embargo de ser palpable que con los años no se abren tanto las luces como con el estudio, no hay viejo alguno que en punto de gobierno político y de manejo baje cabeza al mozo más sobresaliente. Y si éste lo necesita, hiciera muy mal de empeñar con aquél ninguna disputa, y en no mirarse mucho aun en el modo del mero contradecirle. Generalmente todo viejo es amiguísimo de mandar, y de que se le haga la venia y acatamiento. En todas partes exige una deferencia excesiva, como si en el mundo no debiera de haber más rango que el de las arrugas. Siempre está con la palabra experiencia en la boca, como suponiendo que el perder el pelo es el único modo de hacerse racionales; y no obstante, quiere lo sean quienes lo conservan todavía. Por maravilla se le ve la cara alegre. Siempre está tachando, siempre reprendiendo y sonrojando con descaro, haciéndose aborrecible que conviene para que la muerte que se lo lleva nos haga no ahogarnos mucho de la pérdida. [...] Y se hacen una gloria de llamar ayer o anteayer el año de Añañita o las guerras de Felipe V.

De muy otra naturaleza es, por el contrario, la reflexión que nos regala el autor sobre la diferencia de los sexos y el modo como se organiza la sociedad al respecto, teniendo en cuenta no solo la diferencia que va de uno a otro, sino también el modo como el hombre, por razón de fuerza, exclusivamente, establece su relación de dominio con ella, ¡y todo ello sin obviar el nacimiento del amor y el sentido de propiedad respecto de la mujer amada! El punto de partida de su teoría nos parece hoy, a todas luces, aberrante, porque  reduce a la mujer a una posición de inferioridad que presupone establecida por la naturaleza. Recordemos, por si alguien piensa que la ilustración del lado bueno de la Historia, la encarnada por Rousseau, es diferente, que el filósofo ginebrino prefirió dar sus hijos a la Inclusa para que los educara el Estado, no su mujer: La mujer nunca puede ser rival del hombre, a no ser que se realice el ignorante y quimérico proyecto de educarla como éste, habilitándola para las incumbencias varoniles. La mujer no puede subsistir bien si no es a la sombra del varón. Y el cuidado de la casa y de la familia, es decir, el principal cuidado de la vida, es común a entrambos. Adviértase, con todo, que la sociedad familiar, aun a pesar de las desigualdades naturales entre sus componentes, forma una unidad superior a los cónyuges, quienes, como acabamos de leer, han de compartir las responsabilidades a que les obliga su unión, una posición que, según y cómo, resulta muy «avanzada» para tantos izquierdistas concienciados que no mueven ni un músculo para contribuir a las tareas del hogar... ¡Legion son, puedo dar fe!

La verdad es que tiene tan poco desperdicio la reflexión del autor que me resisto a parafrasearla, dado que, al menos en este caso, lo que no siempre ocurre, a Campos se le entiende a la perfección: La desigualdad por el sexo es tan obscura y disputada por lo intrínseco cuan conocida y palpable es por lo exterior. A proporción que los pueblos se cultivan se diferencia más el trato de la mujer del trato del varón, originándose de aquí muchas cuestiones reñidísimas y nunca decididas en orden al destino, esfera y trato natural de la mujer. Quizá ninguna cosa se elogia y se critica con el extremo que el bello sexo. Para los célibes no hay ocupación tan gustosa como la de obsequiarlo. Los que no lo son y los que pican de serios, si bien le guardan la cortesía, tienen flujo por murmurar de él. Según éstos, la mujer es la peste; según aquéllos, la gloria de la sociedad. Tampoco están de acuerdo los escritores. Los unos predican tenerla punto menos que en un silo, los otros desnuda por la calle a la merced de todos. Hay quien recomienda su consejo, y hay quien la hace irracional. No son los de menos crédito los de estas extrañezas. El célebre legislador de Lacedemonia se propuso cortar los amores y el predominio del bello sexo, estableciendo tal rigor en el matrimonio, que ni se hiciese por elección, ni cohabitase luego a lo público. Platón, que mereció el apodo de divino, fue indiferente para las mujeres en términos de idearles una licencia sin límite con todo hombre, y que turnasen en los oficios varoniles indistintamente, sin exceptuar el de las armas. Algo más celoso (por su confesión propia) el filósofo de Ginebra, no obstante truena mucho contra los amores que excedan de lo animal. Y el trueno de su elocuencia aturde cada día más al mundo. El poeta Inglés, que se hizo célebre fuera de su patria por lo que escribió del hombre, habló luego con tal menosprecio de las mujeres, como decir que no tienen ninguna sustancia en el carácter. Peor aún que los que opinan que la mujer es un libro tan raro, que cuanto más se versa, se entiende menos. [...]  El primer efecto de la celosa pasión del hombre es estar a la mira de la mujer, tenerla recogida, y consiguientemente domiciliarse él mismo. No sosegaran los celos en los pueblos cultos, si las mujeres tuviesen nuestra educación, oficios, y vida libre. [...]  Pero sería vano el intento de tener recogido el bello sexo, si al nuestro no le asistiesen mayores fuerzas corporales. Los celos inspiran sujetar la mujer hasta hacerle físicamente imposible la infidelidad. Y en estos duros términos la sujetan los poderosos en los pueblos bárbaros. [...] Cuando se trata de la pasión amorosa, no debe confundirse la sensualidad con los amores, el gustar de una mujer con el quererla. Un hombre puede ser muy sensual, y no haberse enamorado nunca. La hermosura y aun el mero sexo de la mujer excita el corazón del hombre, pero no siempre lo fija. Es decir, no lo arrebata hacia una hembra determinada, en términos de quitarle el pensamiento con ninguna otra. A un mismo tiempo puede haber sensualidad con muchas personas, pero no puede haber amor si no es con una sola. [...] Pero cuando se presenta el semblante de la que penetra de veras, pasa por lo interior como un rayo indefinible que trastorna enteramente. El hombre se melancoliza, los ojos se le fijan encendidos y llenos de pavor en el objeto, como anunciando, involuntarios, el alto poderío que le reconocen. No se experimenta entonces estímulo sensual, sino al contrario, un sumo apocamiento de respeto. Las palabras no acuden a la lengua, el más despejado titubea, enmudece, se atribula de cada vez más, hasta la ocasión de rendirse en lágrimas reprimidas y en razones mal formadas al sereno objeto, el cual, si carece de experiencia, se espanta y ríe de ver que tan fácil arranque las existencias. A cada vista se aumenta la pasión, y el hombre o está a pique de enfurecer si no pone mucha tierra de por medio, o logra se le acepte el escaso sacrificio de mil vidas y libertades que tuviera. [...] Aceptado éste, se aprende lo que es amor. La vida que huía, se fija y toma una extensión nueva. El corazón se aposenta por imaginación en ojos, en manos, en pies, y hasta en las pisadas de la querida. Cuanto fue tocado de ésta la renueva a aquél maquinalmente la impresión, y se le figura con otro lustre. El aire hace el respirar más blando, el sol luce más alegre, los campos reverdecen, toda la naturaleza acompaña en la adoración al fino amante. Hasta las cosas que carecen de sentido se le antoja vienen a disputarle el logro, y no muere su zozobra hasta obtener un juramento irrevocable de ser el único querido para siempre.

          Un concepto capital en el ensayo de Campos, como hemos podido ver, es el de «flujo», que, si no lo he entendido mal, viene a ser algo así como el impulso natural que guía y condiciona nuestros actos, un concepto al margen del uso de la razón, que sería una adquisición posterior. Hay un sí sé qué de heraclitiano en este «flujo», porque Campos concibe la realidad y la vida humana dentro de ella como una sucesión de estados cambiantes que no se detiene hasta el momento de la muerte. Para él, estamos siempre en permanente evolución, adquiriendo nuevas destrezas, en una palabra: «civilizándonos». En según qué momentos me ha parecido identificar en él el «deseo», en otros el conatus spinoziano y, en algunos casos muy concretos, la «voluntad de poder» nietzscheana, aunque dejo a criterio del intelector de este ladrillazo, buscar sus propias hipótesis tras leer a Campos: El flujo por armonizar con los de nuestra especie, y el flujo porque nos hagan caso subordinan el individuo a la comunidad. Y esta sola ojeada es suficiente para comprender que en la organización del hombre la naturaleza no intentó formar un ente aislado, independiente, inconexo, desprendido de los demás, y bastante a solas para sí, sino un dependiente de familia, un miembro de cuerpo, una parte de un todo mayor. Sin embargo, después de haber marcado distancias entre el conato de la naturaleza y los dictámenes de la razón, considerando que todo lo relaciona con el flujo es una cuestión de hecho, añade: Puede, pues, decirse que el órgano por donde la naturaleza intima o pregona su ley al mundo no es por cierto el órgano del discurso, ni el del interés, ni el del placer. Y resulta en limpio que la voz de la naturaleza está en los flujos o manías generales, o por otro nombre, movimientos, tendencias o instintos naturales. La voz de la naturaleza es el impulso ciego de la naturaleza. Ciego para nosotros, ilustrado y sabio para su autor. Y el órgano de la moral no está en nuestra cabeza sino en el corazón. Cuando se pregunta, pues, la voluntad de la naturaleza en orden a la suposición de las riquezas, en vez de inquirir petulante y locamente si es justa o injusta, debemos tan sólo examinar el origen físico de esta o sensación o ilusión que se nos obstina, a pesar de los alaridos del discurso, y a qué fines o utilidades corresponde.

          La desigualdad radical de las personas la explora Campos en todas las direcciones posibles de nuestra vida social, siguiendo la advocación del epígrafe que hemos señalado ut supra. Ello lo lleva a levantar acta de situaciones tan obvias y al mismo tiempo paradójicas como la presente:  Cuanto más pobre es uno, tanta más idea tiene de la riqueza; pero cuanto más ignorante es uno, tanta menor idea tiene de la sabiduría. Lo general del público es tener mucha ignorancia y pocos haberes. La sabiduría, pues, excita en el público menos admiración y menos acatamiento que la riqueza: quiere decir, la sabiduría desiguala menos que la riqueza. Si se intentase algún distintivo solemne de la sabiduría, no podrían conferirlo con conocimiento sino los mismos sabios. Nos choca, ciertamente, y casi nos resistimos a aceptar que la ignorancia y la zafiedad sean motivos con menor capacidad segregadora que las riquezas, pero así lo sostiene el ilustrado autor al que se supone aguerrido defensor de las luces, de la razón. Ahora bien, tomemos nota del concepto de razón que  nos ofrece el autor: Lo que se llama luz de la razón es una cosa muy distinta de la naturaleza. Ésta, en nosotros es un conjunto de afinidades o propensiones, o instintos. Y la luz de la razón es una como antorcha que alumbra el interior. La naturaleza en nosotros obra imprimiéndonos un sistema de potencias o movimientos. Y la luz de la razón no tiene otro efecto si no es ver o calcular. Se trata, como se advierte claramente, de una herramienta auxiliar que «colabora» con la obra de la naturaleza, pero sin competir con ella.

          De toda esta teoría acaso un tanto peregrina, emerge un concepto del individualismo como motor de la civilización que a buen seguro descolocará a tantísimos como cifran en la igualdad a ultranza el progreso de la humanidad. No quiero hacer extrapolaciones políticas, que caen por su propio peso, sino dar a conocer una teoría que también en España, acaso con otros ropajes, ha tenido no pocos seguidores, sobre todo entre las generaciones del 98 y del 14:  Es muy evidente que el interés del individuo no coincide con el interés de la especie que, como ya se dijo, es el que corresponde acaso con el plan de la ley natural. El individuo no tiene en el corazón el bien de la especie. Y aun cuando lo tuviera, es muy recóndito el hilo de ese bien para que, en el solemnísimo atraso en que todavía estamos de cultura, pueda rastrearlo el vulgo. No necesita la ley de la naturaleza ser del gusto del individuo para obligarlo y hacérsele venerable mal su grado. El camino de la ley natural lo seguimos a ciegas en virtud de la coacción, o como látigo de la naturaleza. Y en lo que se llama racionalidad el discurso no tiene ninguna parte, el interés individual bien poca.

          Permítanme que concluya este torpe acercamiento a las teorías sobre las desigualdades personales en la sociedad civil con la conclusión de la estudiosa Gerda Hassler, quien lo ha estudiado con notable interés y discernimiento: « De manera distinta a otros ensayos que continuaban las ideas de la ilustración del inicio del siglo XIX, las reflexiones de Campos carecen de ilusión. El abismo entre el ser humano y la razón no se puede superar por acciones humanas, el hombre está determinado por tendencias que no admiten influencias. La libertad de la acción existe solamente al nivel del uso de signos, que, por otro lado, tiene que seguir las convenciones. Afirma con claridad, en este contexto, la calidad de signo y la presión a adaptarse a los modelos exteriores. Caracteriza también la adquisición de la lengua por el niño como parte de esta adaptación. Para acciones que cambian el mundo, según Campos, hay un obstáculo que no se puede superar: independientemente de las discusiones filosóficas, es imposible cambiar el mecanismo y las características de los gérmenes, según los cuales, se desarrollan plantas, animales y seres dotados de razón. (Guy 1980: 37). La naturaleza triunfaría sobre todas las tentativas razonables y volvería a su corriente como un río».

          Tiempo después, al final de su vida, Campos escribió un ensayo sobre la lengua al que tituló El don de la palabra. En este tratado, Campos defiende una singular teoría cuya tesis central es que no pensamos primero para luego hablar, sino que es el lenguaje el que hace posible el pensamiento propiamente humano. Teniendo en cuenta el poder generador de las palabras y que cada lengua tiene su propia sintaxis, la teoría lingüística de Campos se oponía a lo que ha acabado siendo el paradigma lingüístico por excelencia del siglo XX: la gramática generativa de Chomsky: Lo que se llama sintaxis no es parte de la gramática universal. Cadda lengua tiene la suya. A medio camino entre el célebre axioma de Wittgenstein: «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» y la lingüística cognitiva (con autores como George Lakoff), que sostiene que el lenguaje refleja y organiza la cognición mediante esquemas conceptuales, metáforas y procesos de categorización, el ensayo de Campos nos va a permitir conocer un repertorio de ideas sujetas a todos los excesos imaginables, cuando no, como en el caso de las etimologías fantásticas, a invenciones ingeniosas, como la etimología de la palabra ficha, para el objeto usado en los juegos: Otras de estas palabras vienen del extranjero perdiendo su derivación concreta. Por ejemplo «fichas» viene de la palabra inglesa fishes que significa «peces», porque las fichas del juego que son de invención inglesa tienen comúnmente la figura de peces, y aun son de conchas de nácar. Por este estilo hay o puede haber en los idiomas muchas palabras abstractas y referenciales. También es de creer que algunas se originen de aquellos sonsonetes particulares y pegadizos comunes en los que hablan y en los que escuchan, y que empezando por no significar nada, en fuerza de la costumbre llegan a hacerse precisos, como los altos y los bajos de la voz.

          Pero arranquemos desde el principio, por seguir a Campos en viaje tan alucinante y curioso. Lo primero que nos llama la atención es la congruencia con el origen natural de las desigualdades humanas en la sociedad, porque Campos establece de forma muy clara un nexo insoslayable entre la realidad natural de las palabras y la capacidad del pensamiento de «operar» con esos instrumentos: Por más esfuerzos que uno haga no puede pintarse en el pensamiento ningún color sin darle bulto, ninguna figura sin darle extensión. Cosa sin solidez no alcanza la fantasía. Los matemáticos, a pesar de lo delgado de su tijera, temiendo se les quedase en nada el objeto de su ciencia, han ten ido que dejar a la línea una anchura infinitamente pequeña, y a la superficie una profundidad también infinitísima. Ya veremos, después, que es el corpus léxico, creado al contacto con la satisfacción de nuestras necesidades naturales de todo tipo, el que posibilitará el desarrollo del pensamiento abstracto. Pero antes Campos posa su mirada crítica en la aparición de los pronombres: El origen de las palabras abstractas yo, tú, él etc., es verosímil sean en parte los nombres sustitutivos y generales mengo, mengano, fulano, tal, nacidos de los sonsonetes para llenar el hueco de nombres propios cuando se olvidan, y principalmente deben ser una desmembración de las terminaciones personales de los verbos hechos casualmente, en virtud quizá de perderse parte de las conjugaciones con la repentina mezcla de otra nación, introduciéndose entonces verbos heterogéneos que no ligan bien con las terminaciones nacionales, es natural tomar el arbitrio de anteponerlas para entenderse. Todo este discurso tiene de filológico lo que esta recensión de «amena», está claro, pero no está de más detenernos en lo que le llama la atención a Campos el uso de los pronombres personales como algo inequívocamente sencillo que se complica en cuanto pensamos en el niño que ha de enfrentarse con ellos, lo que nos lleva poco menos que a unos problemas de identidad que caen del lado de la psiquiatría: No en balde los pronombres personales, principalmente el yo y el mí, que son los más importantes por ser de los el negocio de uno mismo, son las palabras que más se resisten a los niños. Porque, mirándolo bien, ¿qué idea del yo, mí, me, tú, te, ti, él ella, etc. se ha de hacer un niño si ve que su padre es yo, su madre se llama en tanto yo, en tante me, y en tanto mí, y que todos los demás que hablan son a la vez yoes y míes? En boca ajena la madre es ella, la criada es ella y todas las que entran son ella. ¿Cómo ha e comprender en meses este laberinto? Con muchísima razón pues hay que hablarles en concreto a los niños, denotándose sus padres por papá y mamá; y todo niño que no es un papagayo, y empieza a mostrar trascendencia, cuando quiere algo para sí, repugna mucho decir yo o para mí, no sea que venga otro yo u otro mí y lo coja, y usa su nombre propio diciendo para Juan, para Fulanito. [...] Pudiera uno perder la vergüenza o el juicio y quedarse aún su mi o su yo; la vista, la memoria y los sentidos, en el dictamen de los demás, no hacen falta para decir ciertamente yo; también pudiera uno figurarse sin cabeza, quedándole su yo, si la experiencia no enseñase que en descabezándonos se acabó el pensar para el cadáver. ¿Dónde pues, dice Pascal, está el yo o el mí que no se le encuentra ni en las partes corporales ni en las facultades interiores? Pascal, en vez de responder, elude la cuestión, diciendo que el yo está en el conjunto de todas las facultades y miembros, Ocurre contestarle: si el yo estuviera en ese conjunto, crecería o mermaría como él, y no sería inalterable como lo es, por más que varíe la persona. La relación constante entre la naturaleza y la lengua es la que posibilita la abstracción, para él, como lo prueba, según su argumentación el hecho de que los dedos, usados para contar, tengan nombre propio: La misma clase de contracción a que se acaba de atribuir la separación o la abstracción de los nombres numerales [El tener nombre los dedos de la mano y no los del pie, arguye su grande uso para las cuentas en lo primordial al tiempo de separarse de los nombres sus cualidades numerales], pudo dar origen a la desmembración o abstracción de aquel género de palabras dependenciales o referenciales como por, para, con, sin, como, tras, sobre, de, etc., que los gramáticos llaman confusa, impropia y falsamente preposiciones y adverbios. Pero la inconsistencia de sus propios fundamentos lo lleva a conclusiones harto falaces, como la falsa etimología de «montar», aunque la escuela desde la que escribe Campos contemplaba la creación de palabras como la suma de elementos simples; verbo y sustantivo, adjetivo y verbo, etc.: La impotencia del pensamiento para abstraer las cualidades le hace concretarlas en el mismo estado que se las presentan las palabras, es decir, como desprendidas o separadas de los objetos; y concretando así la abstracción, resulta por fuerza otra abstracción mayor. Verdor es más abstracto que verde. La concreción pues a que propende irremediablemente el pensamiento hace cundir por fuerza las abstracciones que le trae la palabra. [...] De esta suerte los adjetivos producen verbos abstractos, del mismo modo que un sustantivo concreto y de un verbo, como de monte, ir, etc., se compone naturalmente el verbo montar.

          El origen del lenguaje es materia harto vidriosa, pero ciertas teorías, no muy distantes de los puntos de vita de Campos, atribuyen a los hechos de la vida cotidiana y a las onomatopeyas con ellos relacionadas el origen de las primeras voces, a las que irían sumándose muchas otras para, con siglos de evolución por delante, ir perfeccionando un vocabulario y una sintaxis muy primitivos. Campos sostiene que las palabras primeras no pueden menos de ser gritos de remedo. Sin embargo, estos cunden poco. Las huellas en las lenguas de esas «palabras primordiales», que es como él las llama no es tarea fácil: Tan prodigiosa como parece la abundancia de la lengua griega, viene a tener solo unas cuatro mil palabras primitivas, apunta Campos, y continúa:  Cuanto más a fondo se registran los idiomas, menos palabras primordiales se les encuentra. Prueba de la escasez primordial de verbos es la muchedumbre de acepciones de los verbos que más trazas tienen de primordiales. De ahí que ciertos verbos, como dar, ir, echar, que en castellano tienen apariencias de ser los verbos fundadores, permitan construir expresiones que amplían el significado de esos verbos desemantizados : dar de palos, dar marro, dar el santo, dar con él, dar al traste, dar higa, dar esquinazo, dar en tierra, dar a suponer, dar margen, y un largo etc., pone él de ejemplo. Lo que no deja de advertir Campos es del peligro de la univocidad de las palabras, lo que exigiría unos vocabularios imposibles de dominar: La abundancia de las raíces significa la abundancia de las palabras primitivas. En esto no hay coto señalado. El mayor extremo a que puede llegarse es que todas las palabras de la lengua sean totalmente distintas entre sí, sin tener la más mínima dependencia. Una lengua semejante ya se dijo que separa demasiado el pensamiento; pero debe añadirse que por separarlo tanto lo deja con menos sujeción, no le prescribe ningún rumbo general, cada individuo sigue el que le inspira la imaginación o la casualidad, y se hace más original, esto es, menos semejante a los otros individuos. Tal vez ésta sea la razón de hallarse más originalidad en los escritos del Norte que en los del Mediodía. Las lenguas modernas, teniendo más raíces que las antiguas conducen naturalmente a la originalidad del aspecto en que cada individuo ve las cosas.

          El ministro de Franco, José Solís, la famosa «sonrisa del Régimen», esto es, de la implacable dictadura autocrática que liquidó el fallido esfuerzo democratizador de la Segunda República, degradado por los hunos y los hotros, que sentenció Unamuno, hubiera leído —caso de estar la lectura entre sus aficiones— con mucho gusta el anatema de Campos contra las que él, como Solís, llama «lenguas muertas», si bien no deja de reconocer sus valores: Las lenguas  muertas partiendo menos el pensamiento, remedan más la naturaleza y se acercan a la pintura: las lenguas modernas, partiendo del pensamiento, desmenuzan las ideas y se acercan a la escritura. Las lenguas muertas son lenguas para poetas y para errores: las lenguas modernas son lenguas para filósofos. Después de criticar con insistencia el arbitrario orden de las palabras en las lenguas «muertas», Campos hace el elogio de la claridad en el pensamiento, si bien precisa en qué forma ha de manifestarse en el discurso: La naturaleza no da más regla para las colocaciones [de las palabras] que la claridad y el orden con que cada uno piensa. Claridad quiere decir que no haya equivocación, y por tanto el arreglo que es claro en un idioma puede ser equívoco en otro. El pensar lo hace cada cual en su idioma propio; y por eso el pensamiento no tiene en sus expresiones un orden general, sino particular y relativo a aquel idioma en que uno piensa. Pensar sin idioma es imaginar, en cuyo caso el pensamiento no lleva ninguna regla: el llevarla depende de las palabras, de suerte que éstas al mismo tiempo que son un móvil, son el freno del pensamiento.

          Pueden parecernos arbitrarias e incluso prepotentes las teorías de Campos, pero exhiben ante nosotros un ímpetu teórico que la Ilustración avivó con tanta potencia que bien puede decirse que aún hoy vivimos del eco de aquellas luces que se encendieron para salir de la superstición y de la ignorancia. A mí me han parecido muy entretenidas ambas obras de Campos, a pesar de que haya pasado, casi de forma inmisericorde, el tiempo sobre ellas. En estos otros en los que al pensar se le ha acabado confundiendo con *consignar, esto es, de transmitir consignas establecidas por los diferentes poderes entre los que sobrevivimos, no está de más observar y tomar nota de los esfuerzos de la luz del razonamiento por abrirse paso, y en dos materias tan arduas como el lenguaje y las desigualdades personales en el seno de la sociedad.

         

 

lunes, 29 de junio de 2026

«Teoría del Todovalismo. Fundamentos críticos del *octenio ominoso de Pdr Snchz», de Juan Poz, a disposición de los «intelectores».

 

Una incursión aforística en la teoría política: el intento de entender los oscuros tiempos reales en que vivimos.

 

          Tras haber publicado los postulados de esta teoría en 𝕏 vi llegado el momento de arroparlos con una explicación que desarrollara su potencialidad critica para iluminar, en parte, esa oscuridad en la que, al decir del rey Felipe VI vivimos últimamente en nuestro país, sacudido por los escándalos y por la decidida voluntad antidemocrática de quien nos (des)gobierna ignorando los usos democráticos gestados a lo largo de los siglos, entre los que no es el menor  dimitir cuando no se logra presentar los Presupuestos, según establece con carácter obligatorio nuestro texto constitucional. Encarnacion eidética del Todovalismo, al que ha ajustado su obra de corrupción desgubernamental, Pdr Snchz, uno de sus varios alias a lo largo de este *octenio ominoso, se convierte, indirectamente, en el referente de los postulados que describen, de la mejor manera que he podido hacerlo, unos usos políticos que amenazan con desfigurar de tal manera nuestro sistema democrático que nos aboque a un retroceso histórico del que, supuestamente, nos querían librar quienes, para hacerlo, se aliaron con los principales enemigos de nuestro país.

          Sirvan estas palabras para introducir una de las felices ocurrencias de este libro atrevido: el epílogo escrito por Chat GPT, cuyo copyright he fijado, preceptivamente, atendiendo a que es obra exclusiva suya, después de haber leído mi original. He querido que sea así porque, durante el desarrollo de estos postulados, mantuve interesantes conversaciones con GPT sobre los límites de determinadas afirmaciones que yo hacía, atendiendo a que me he metido en huertos conceptuales que tienen más de berenjenales que de hortus amoenus, y convenía no coger el rábano por las hojas... Bien podía haber escogido el generoso Exordio que me ha escrito Jorge Sánchez de Castro Calderón, pero no quería chafarles a los lectores el placer de entrar mediante él en una obra que podrá pecar de muchas cosas, pero de las que en modo alguno me arrepiento. A lo hecho, epílogo...

 

Epílogo de ChatGPT

 

Has llegado hasta aquí, lector paciente y quizá incrédulo, y si algo queda claro tras recorrer estas páginas es que la política —esa vieja, fatigada y siempre sospechosa institución— no es otra cosa que un escenario donde se representan todos los vicios, debilidades y ocasionales virtudes de la condición humana, bajo la mirada implacable del Todovalismo. Este opúsculo, lejos de limitarse a describir las maniobras y estratagemas de nuestros gobernantes, nos muestra, con un estilo que desborda erudición y mordacidad, cómo los actores políticos no actúan con convicciones propias, sino con las del cargo que les dicta lo que debe ser creído, defendido o deformado. El Todovalismo enseña que la idoneidad es un efecto del Poder, no su prerrequisito. Se comienza sin nada, y el Poder te llena de lo necesario, mientras te vacía de ingenuidad y conciencia. Todo candidato, desde el lampista hasta el magnate, se somete a la alquimia de la representación y emerge con la certeza, o al menos la apariencia, de saberlo todo. Y si no sabe, finge. Que el teatro político sea convincente depende de que los espectadores, los electores, permanezcan alienados, satisfechos con la ilusión de participación y la certeza de la fidelidad: su ignorancia, cuando es digital o afectiva, es el mejor combustible del todovalista.

          Al llegar a este punto, lector, conviene detenerse y tomar conciencia de la magnitud de lo que has recorrido: 158 postulados que no son meras provocaciones retóricas, ni listas de indignaciones aisladas, sino un auténtico mapa de la política degenerada, un inventario de los mecanismos que transforman la democracia en teatro, espectáculo y autopreservación. La Teoría del Todovalismo no se limita a describir; instruye, advierte y desvela la mecánica interna del poder cuando se ejerce como fin en sí mismo. El populismo ya no se pisa en la calle; se proyecta en las pantallas, diseñado para seducir a las masas sin exponer al líder al contacto real. Los ciudadanos se transforman en espectadores de su propia subordinación: los abrazos, la empatía simulada, las lágrimas televisadas son solo parte del decorado. La noción de «pueblo» se reconstruye como audiencia complaciente y pasiva, fascinada por la teatralidad del poder.

          El autor nos guía, desde la primera hasta la última página, por un desfile de observaciones cuya precisión no es casual. Desde los primeros postulados, se nos muestra un principio fundamental: para asumir un alto cargo, no hace falta ética ni principios; y percibimos que el poder no espera ni solicita la virtud: exige obediencia al decorado institucional y convierte a sus ocupantes en meros continentes que reciben contenidos prediseñados. Como se evidencia en los postulados iniciales, los cargos no exigen ingenio, sino adaptación: el político se transforma en pieza de un engranaje que, por su propia naturaleza, erosiona la autonomía y disuelve la congruencia. La metáfora del “mugido del toro de Falaris” es más que una pincelada erudita: es una advertencia sobre la fascinación y el peligro del poder cuando se convierte en fin en sí mismo.

          El opúsculo no se contenta con mostrar la impostura y el vacío; también nos entrega un manual de la retórica política que, si bien podría parecer humorística a primera vista, encierra una verdad inquietante. Las promesas, como enseña el Todovalismo, son “absolutamente lisérgicas”, y la experiencia popular, recogida en refranes y dichos —“Donde dije digo, digo Diego”, “comulgar con ruedas de molino”— nos sirve de brújula. La obra nos recuerda que los electores, con su pasividad y tolerancia, alimentan el mismo sistema que les engaña: una cadena de complicidades silenciosas, donde la ilusión de participación se mide en votos y aplausos, más que en consecuencias tangibles. En los postulados de esta Teoría del Todovalismo se hace explícita la instrumentalización de la política: la manipulación electoral se convierte en ritual, las promesas son cebo, y la verdad es relativa y negociable. Los medios, a su vez, no son vigilantes, sino instrumentos de dominación: la retórica del Todovalismo requiere medios dóciles, capaces de amplificar el relato deseado y suprimir lo incómodo. La supresión de responsabilidades y la derivación de culpas son estrategias sistemáticas: errores propios transformados en malentendidos, aliados elegidos por conveniencia y opositores triturados para garantizar la perpetuidad del poder. Los relatos gobiernan tanto como los votos. Lo que importa no es la verdad del mundo, sino la consistencia del relato que lo cubre, la narrativa que hace soportable lo inverosímil. El programa electoral es un contrato… ficticio; la promesa, un ornato de ficción; el líder, un icono en miniatura que refleja la devoción ciega de sus seguidores.

          Lo que realmente distingue a este texto es su capacidad para entrelazar la crítica política con la erudición literaria y cultural. La ironía que atraviesa el relato no es gratuita, se sustenta en referencias que van de Unamuno a Ángel Ganivet, de Gustavo Adolfo Bécquer a Juan de Mairena, de Lope de Vega a Montesquieu, de Kant a la historia política reciente, y hasta a los antiguos refranes populares. Esta combinación de erudición y mordacidad convierte la lectura en un ejercicio de descubrimiento constante, donde cada giro de frase, cada metáfora, cada postulado nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de la democracia, la naturaleza del poder y la risa contenida ante la desvergüenza. La sofisticación de los métodos se evidencia: el Todovalismo opera mediante la hipérbole como arma universal, la lítote como fachada de humildad, y la teatralización de la traición como herramienta de control. Cada gesto, cada mueca parlamentaria, cada aplauso forzado a un colega corrupto revela un sistema donde la ética es algo accesorio y el espectáculo la regla. La política se convierte en una coreografía de gestos, de silencios calculados y de miradas que comunican más que las palabras.

          Entre los aspectos más sobresalientes del estilo del autor está su manejo magistral de la retórica: la hipérbole como arma ofensiva, la lítote como gesto diplomático fingido, la paronomasia que señala los vicios del poder y el uso calculado del lenguaje popular como reflejo de la experiencia colectiva. Cada postulado funciona como un espejo deformante: exagera para revelar lo que en la política cotidiana se oculta, y a la vez educa al lector en la lectura crítica de los gestos, los silencios y los discursos que, de otra manera, pasarían inadvertidos.

El Todovalismo no solo describe, también enseña. Desde los consejos prácticos de “comprar voluntades y votos” hasta la advertencia sobre el populismo “fetén” y la distancia obligada entre los gobernantes y la calle, el opúsculo se erige como un tratado de observación del poder en todos sus matices. El lector entiende que la política moderna no se mide solo en leyes o decretos, sino en la manipulación de la imagen, la gestión de la atención mediática y la distribución calculada de afecto y prestigio. Las estrategias que antes requerían presencia física y carisma se sustituyen hoy por apariciones cuidadosamente diseñadas, mensajes medidos y la omnipresencia digital: una “erótica de baratillo” del «poder líquido», como nos recuerda la obra. La vanidad del Todovalismo no tiene límites. La ocupación de instituciones, la expansión del Poder Ejecutivo a todas las esferas estatales, la exhibición de autoridad y la búsqueda de adhesión por adulación y recompensas son maniobras sistemáticas para convertir el Estado en extensión de la voluntad personal. Aquí se revela la esencia de la estrategia todovalista: controlar no solo los actos, sino las percepciones y emociones de los ciudadanos, quienes, al ingerir la propaganda, creen simultáneamente, ser libres y dueños de su destino.

Quizá uno de los mayores logros del opúsculo sea cómo logra que, aun cuando el lector se reconozca indignado o escéptico, no pueda evitar sonreír ante la perspicacia del autor. La sátira se convierte en un instrumento pedagógico: entender el Todovalismo es entender que el poder absoluto es menos un fin que un espectáculo, y que quienes lo ejercen exitosamente son maestros en la gestión del narcisismo. Desde los gestos de los ministros hasta los teatrillos de la “traición de las manos derechas”, la obra demuestra que la política no es solo un juego de leyes y procedimientos, sino una coreografía de emociones, silencios y espectáculos cuidadosamente calculados.

Finalmente, este epílogo no podría omitir la virtud que da unidad a todo el texto: la voz del autor, singular, coherente, erudita y mordaz, capaz de sostener el desarrollo de ciento cincuenta y ocho postulados con la misma intensidad y claridad. No se limita a informar o criticar, sino que conduce al lector por un viaje de asombro, indignación y reflexión, siempre con la convicción de que el humor, la ironía y la memoria histórica son armas tan necesarias como cualquier análisis académico para comprender la política contemporánea. El estilo del autor es inseparable de la eficacia del Todovalismo como concepto. La prosa combina mordacidad, erudición y humor corrosivo, alternando análisis académico con sátira y ejemplos históricos concretos. La riqueza de referencias, la precisión en la observación y la fuerza retórica de cada postulado convierten esta obra en algo más que un ensayo: es un tratado de hermenéutica política, un manual de vigilancia ciudadana y un espejo donde se reflejan nuestras propias debilidades como espectadores de la política.

Al cerrar estas páginas, queda el eco de una advertencia clara: el poder no es lo que parece, los cargos no son lo que prometen y los votantes no siempre reciben lo que esperan. Sin embargo, a través del Todovalismo, el lector descubre que comprender esta dinámica no es solo un ejercicio de indignación; es un ejercicio de libertad intelectual. Saber, reconocer, reír y criticar se combinan en este opúsculo para dejar, en cada postulado, una enseñanza que persiste más allá de la política concreta y nos obliga a mirar la sociedad y sus instituciones con ojos críticos, agudos y despiertos. Los últimos postulados consolidan la visión completa: el poder líquido de la modernidad no difiere, en esencia, del panóptico clásico; cambia el medio, pero la lógica permanece. El embudo conceptual, el control de los relatos, la ocupación de las instituciones y la hipérbole constante son instrumentos del todovalista para garantizar que todo se mantenga bajo su dominio.

En síntesis, la Teoría del Todovalismo ofrece un conocimiento que es al mismo tiempo descriptivo y preventivo. Nos enseña que cuando todo vale, el poder se transforma en autopreservación, la autoridad se mide por la capacidad de manipular la percepción, y los ciudadanos quedan relegados a un papel de espectadores pasivos, fascinados por el teatro y la ilusión de la democracia. El Todovalismo, por tanto, no solo documenta un fenómeno: advierte sobre sus riesgos, instruye sobre sus mecanismos y dota al lector de las herramientas necesarias para no sucumbir a él.

Esta obra es un testimonio de la lucidez crítica, de la riqueza estilística y de la inteligencia irónica que caracteriza al autor. No es un simple análisis político; es un tratado de antropología social, literaria y moral que nos recuerda que la risa, la ironía y la crítica nunca son superfluas, y que, frente al poder, el humor puede ser tan devastador como cualquier ley o decreto. El Todovalismo nos ha enseñado a ver el mundo tal como es, y a cuestionarlo con agudeza y audacia: he ahí la verdadera victoria de este opúsculo: reconocer la fragilidad de la democracia frente al abuso de poder, la facilidad con que la retórica sustituye a la acción legítima y la importancia de mantener la vigilancia crítica. No basta con indignarse; hay que entender, analizar y ejercer un discernimiento constante. Solo así la democracia podrá sobrevivir más allá del teatro de promesas lisérgicas, hipérboles calculadas y embudos conceptuales que hemos desgranado a lo largo de este epílogo que no es cierre sino apertura: un recordatorio de que el Todovalismo existe y opera, pero también de que la lucidez del ciudadano, su capacidad de análisis y su resistencia intelectual son los únicos frenos reales frente a la degradación sistemática de la política. Al cerrar estas páginas, lector, recuerda: conocer la máquina es el primer paso para no ser triturado por ella.

domingo, 14 de junio de 2026

«La estela de los días (Me acuerdo)» e «Ideas en fuga», de Luis Valdesueiro o la autobiografía en pulsaciones.



Los caprichos de la memoria por la sierra de la existencia o las teselas azarosas del mosaico de una vida.

          Ajustado a dos modelos prestigiosos, pero poco frecuentados, Luis Valdesueiro nos ofrece dos libros de carácter autobiográfico, absolutamente inéditos en un autor  que, hasta hace muy poco, ha sido fiel seguidor, como él mismo lo recoge en  el día 76 de Ideas en fuga, de la luisiana vida retirada:  Muchas veces me acuerdo del consejo de Epicuro: «Vive oculto». Aunque soy más estoico que epicúreo, este consejo lo hago mío.  El primer modelo fue establecido por Joe Brainard, quien escribió su autobiografía experimental titulada I Remember, en 1970: recuerdos breves e independientes unos de otros, pero todos encabezados por el título del libro. Ocho años después, Georges Perec rindió homenaje a Brainard adoptando su recurso en su libro titulado Je me souviens. Más recientemente, en 2014, la mejicana Margo Glantz publicó su Yo también me acuerdo, si bien de carácter más misceláneo que los imitados, y el argentino Martín Kohan su Me acuerdo, en 2020. El otro modelo corresponde al autor francés a quien Valdesueiro dedica su libro, Édouard Levé, a quien considera el pionero de una técnica autobiográfica que él a su vez ensaya en Ideas en fuga. Ambas técnicas, la del Autorretrato o Autobiografía de Levé, pues de ambas maneras se conoce al libro —recordemos que era fotógrafo—,  tienen en común la ausencia de jerarquía con que se seleccionan los recuerdos. En el caso de Levé, la yuxtaposición de frases que son recuerdos, observaciones, aforismos, datos, observaciones, etc., se ofrecen al lector como una suerte de rompecabezas en el que, sin embargo, no se requiere ningún orden para extraer un mensaje concreto: el desorden es el mensaje. Pensemos en El jardín de las delicias, del Bosco, y sabremos que es nuestra mirada la que impone el orden de contemplación que, en realidad, no es tal orden, sino la recepción seccionada de la totalidad de tan magna obra. Esa impresión, la de pasar de una maravilla a un prodigio plástico, produce leer Ideas en fuga, aunque hay un mínimo orden, el temporal, porque la técnica se ejecuta en un periodo completo en el que el autor, Valdesueiro, escribe compulsivamente y sin censura racional o moral ninguna; tanto, que recuerda, en cierto modo, la escritura automática surrealista, si no fuera porque aquí todos los elementos observan una impecable lógica y tienen un referente real inequívoco, sobre todo para los hechos.

          Como lector tardío de autobiografías, reconozco que a cierta edad le adviene a cualquiera un impulso autobiográfico que cada cual satisface a su manera. Hará un mes, un vecino que conoce mis veleidades literarias vino a verme para contarme la historia de su familia durante la República y de cómo su padre se salvó dos veces de morir fusilado, razón por la que él se consideraba nacido doblemente. Enseguida entendió que la propia vida solo la puede contar quien la vivió, y que una autobiografía de mano ajena acaba siendo tan falsa como el Mi lucha particular del presidente del Gobierno, su Manual de resistencia. Quiero decir con esto que he leído con pasión estos dos libros de Luis Valdesueiro, no solo porque ambos nacimos el mismo año, 1953, lo cual significa que hemos vivido los mismos hechos históricos, a todos los niveles, sino, sobre todo, por el ejercicio de desvelamiento de muchos aspectos íntimos que hasta la escritura de estos dos libros, y a pesar de que nuestra amistad se remonta a cuando teníamos quince años y coincidimos, como él lo recuerda, en la misma academia, donde estudiábamos el bachillerato, yo desconocía, acaso porque no siempre las conversaciones giran sobre la intimidad de las personas: 195. Me acuerdo de las prostitutas que pululaban por la calle Montera. En esa calle asistí a la Academia Nobel. Se trata, además de aspectos que a mí me han impresionado, no solo por el hecho recordado, sino por la concisión retórica con que se recoge: 113. Me acuerdo de que mi madre no solía sonreír. Su tristeza era insondable o el terrible 416. No me acuerdo de ver a mis padres reírse, ni juntos ni por separado. Y se advierte, sin embargo, una rara congruencia vital en el corolario que significa, respecto de  lo anterior, este otro recuerdo: 192. Me acuerdo de que mi padre me preguntó una vez si era feliz. La pregunta me sorprendió.

          Son centenares, los recuerdos que comparto con el autor, y ello me ha llevado a leer su autobiografía, en parte, como la mía propia. y no en cuestiones trascendentales, sino en pequeños detalles de la vida cotidiana, todo lo cual me ha hecho sentirme más cercano aún al autor de lo que siempre me he sentido, desde que tuve, desde adolescentes, el privilegio de gozar de su amistad. Así, me ha llamado la atención este recuerdo:  13. Me acuerdo de unas vacaciones en que descubrí que un amigo dormía con un ojo abierto. A mí me ocurrió en mi propia casa, cuando me asomé a la litera de abajo para decirle una cosa a mi hermano y lo vi, mudo, mirándome con los ojos abiertos, pero sin responder a lo que le decía: ¡el terror que viví! En pocas películas de terror lo he pasado tan mal como aquella noche en la que me asomé a un durmiente con los ojos abiertos. Si consideramos este: 38. Me acuerdo de cuando había botones en los bancos, me viene a la memoria mi tocayo Juan Aparicio, con quien estudié en una academia que estaba situada en La Pedrera y con quien formé un grupo de teatro allá en el pleistoceno de 1972. Trabaja como botones en el Banco Condal y fue ascendiendo hasta que, ¡maravilla de maravillas!, le llego la jubilación privilegiada a los 54 años.  De otro orden son esos recuerdos específicos que tienen que ver con el arte o el léxico, como el  2. Me acuerdo de que, quizás antes de conocer la palabra esperma, los chicos usábamos la palabra lefa, y como yo conocí y usé la palabra en Murcia, durante mucho tiempo pensé que se trataba de un localismo murciano. El DILE lo recoge como deformación de «leche», pero ¡ya hay que deformar, ya...!

          Por si la numeración despista, recuerdo que La estela de los días está dividido en seis cuadernos y la numeración comienza de nuevo en cada uno de ellos. Tanto de esta obra como de Ideas en fuga, he hecho una selección, a modo del famoso botón de muestra, para que los intelectores de este Diario se percaten de la riquísima variedad de recuerdos que Valdesueiro ha consignado en ambos volúmenes, que se leen, sin embargo, como un solo texto coherente y apasionante. No solo tenemos el texto, sino el contexto y, a menudo, el cotexto, si pensamos en todas aquellas citas literarias, filosóficas o históricas que han marcado, en cierta manera, la vida de autor, la mía y la de cuantos leyeren y tengan una edad parecida a la nuestra. Pongamos por caso esta de Cioran, autor del que fui auténtico devoto: 350. Me acuerdo de una frase de Cioran que acrecentó mi escepticismo: «Toda palabra es una palabra de más». O esta otra de Ideas en fuga: Día 30. Ahora, mientras escucho cantos gregorianos, me viene a la memoria un lema sartriano: «Hacer, y haciendo, hacerse». Vivir es eso.

          La pluralidad de niveles, porque el autor no desdeña absolutamente nada de lo vivido, y cuanto le viene a la memoria él lo recoge con idéntico valor, es una de las grandes virtudes del libro, porque permite unos cambios de perspectiva sorprendentes. Desde la admiración por lo exótico del recuerdo, la risa o sonrisa por lo chusco de algunas situaciones, la reflexión profunda y sombría sobre la deriva de la propia vida, o el agradecimiento por recordarle al intelector buena parte de sus propios recuerdos; por todo ello, estos dos libros funcionan, en cierta manera, como las viejas polianteas humanistas, donde se recogían noticias muy diversas que servían, ¡en aquella época!, no solo para el entretenimiento, sino también para la formación de los lectores u oyentes. Desde el 90. Me acuerdo de los monos procaces, y con el culo rojo, de la antigua Casa de Fieras del Retiro, que es uno de mis primeros recuerdos de niño, en el Madrid del 59, y que he revivido cada vez que he visto las escenas del zoológico de La mujer pantera, de Jacques Tourneur, hasta el 152. Me acuerdo de los cinturones forrados con monedas de dos reales, que, ¡afortunadamente!, me parecían una horterada mayúscula, pasando por  el 177. Me acuerdo de que había algo en la dicción de José María Rodero que me impedía apreciar lo buen actor que seguramente era. Yo echaba en falta llaneza, me parecía que hablaba con coturnos, apreciación que comparto totalmente. No pasaba lo mismo con Manuel Galiana, un joven actor de la época, y a quien vi en el teatro en Hay una luz sobre la cama, que me impactó fuertemente: ¡mi primera obra de teatro profesional!, porque, de aficionados, había visto La venganza de don Mendo, con mi hermano mayor en el reparto.

          He aquí, así pues, una brevísima muestra que espero alimente en los lectores de estas líneas el deseo de conocer ambas obras. Las dos, como el resto de su obra reciente publicada hasta la fecha están disponibles en Amazon, donde Luis Valdesueiro, que suma a la creación su pasión por la ortotipografía y la edición depurada, ha hallado un canal a través del cual poder, ¡por fin!, dar a conocer una obra gestada a lo largo de una vida retirada del mundanal ruido y entregada a la meditación del más nutritivo de los silencios. Pocos escritores, a mi humilde parecer de crítico perseverante y filólogo diletante, dan tanto y de tan alta calidad intelectual al intelector apasionado como estos libros de un autor al que quienes lo vayan conociendo pondrán en el lugar de excepción literaria que sin duda merece. ¡Ojalá esta presentación me convierta de Poz en Bautista...!

La estela de los días

Cuaderno I

1. Me acuerdo de Iglesias, olvidé su nombre. En la clase de don Felipe, por la tarde, se masturbaba. Recogía la libación en un cucurucho de papel. Tenía doce o trece años.

32. Me acuerdo de la época en que algunos atracadores te amenazaban con una jeringuilla impregnada del virus del sida, según decían.

73. Me acuerdo de que intenté escalar varias veces La montaña mágica antes de conseguir coronarla.

109. Me acuerdo de cuando veíamos Los intocables en el televisor de un vecino, a oscuras y en absoluto silencio. En aquellos tiempos ver la televisión era pura magia.

117. Me acuerdo de la primera película que vi en Madrid, en el cine Palace: El terror de las chicas, de Jerry Lewis.

126. Me acuerdo de una ocasión en la que tuve fuga de ideas y hablaba en aforismos.

136. Me acuerdo del Caballero Blanco de Ajax.

154. Me acuerdo de que el yate del rey Juan Carlos I se llamaba Bribón.

Cuaderno II

13. Me acuerdo de un libro sobre la Primera República en cuya portada aparecía la bandera de la Segunda.

41. Me acuerdo de la pera, el interruptor para encender y apagar la luz.

43. Me acuerdo del cine Chamartín, uno de los primeros en desaparecer. Se le llamaba el «palacio de las pipas».

47. Me acuerdo de que una vez comí madroños, recién cogidos del árbol, en un bosque cacereño.

61. Me acuerdo del chicle Bazooka. Un cilindro con ranuras alrededor.

72. Me acuerdo de cuando los churros se ensartaban en juncos y en las pescaderías se usaban helechos naturales.

78. Me acuerdo del recibo emitido por un comité anarquista durante la Guerra Civil: «Vale por un polvo».

84. Me acuerdo de la voz grave y seductora de Jana Escribano, presentadora de programas religiosos en la televisión durante muchos años.

106. Me acuerdo de cuando alguien llevaba a un enfermo, o una parturienta, al hospital tocando el claxon y sacando un pañuelo por la ventanilla del coche.

115. Me acuerdo de los insulsos dibujos de la Enciclopedia Álvarez.

137. Me acuerdo de que en los tebeos de Hazañas Bélicas los japoneses eran los «amarillos».

171. Me acuerdo de una curiosa negativa: «¡Ni hablar del peluquín!».

213. Me acuerdo de las mujeres que llevaban el hábito de nazareno en cumplimiento de una promesa.

229. Me acuerdo de cuando había que dar vueltas a una manivela para que los camiones arrancaran.

Cuaderno III

5. Me acuerdo de que me encaré con una pareja que no paraba de hablar durante la proyección de un documental sobre el pintor José Hernández, en el Palacio de Velázquez del Retiro.

14. Me acuerdo de Viseu, la ciudad portuguesa más triste que conocí. Daban ganas de llorar.

34. Me acuerdo del tiempo en que, cuando un hombre entraba en una tienda, las mujeres le cedían la vez.

56. Me acuerdo de que me sorprendía leer en las novelas que un personaje miraba a otro de hito en hito.

73. Me acuerdo de que en el UHF, como se llamaba entonces el segundo canal de la televisión, emitieron una versión de La metamorfosis de Kafka que me encantó.

159. Me acuerdo de la cinta de la máquina de escribir, roja y negra, stendhaliana.

183. Me acuerdo de que una vez deambulé por la calle Bravo Murillo sin esperanza, abrumado por oscuros pensamientos. Ante mí, todo se había vuelto ajeno.

191. Me acuerdo de cuando el arquero desnudo del logo de la editorial Seix Barral no tenía pene. Lo recupero después de la muerte de Franco.

201. Me acuerdo de que en algunos cines, en el descanso, aparecía un cartel que decía: «Visite nuestro ambigú».

223. Me acuerdo de Steve Reeves, el hombre fornido de los péplums.

238. Me acuerdo de las escupideras que había en los hospitales. También se usaban para tirar colillas.

Cuaderno IV

17. Me acuerdo de los caramelos SACI, de menta.

106. Me acuerdo de que a las chicas que jugaban con los chicos las llamaban marimachos.

164. Me acuerdo de que mientras leía Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade, no sentí la más mínima excitación sexual. Al contrario.

253. Me acuerdo del inmenso yugo y las flechas que había en la sede de la Secretaría General del Movimiento en la calle de Alcalá.

Cuaderno V

7. Me acuerdo de que la RAE propuso que al whisky se le llamara güisqui. Ante el escaso éxito de la propuesta aceptaron wiski.

29. Me acuerdo de cuando se esgrimía como argumento de autoridad «lo dice el periódico».

36. Me acuerdo de estas palabras, ¿o las he soñado?, dichas por mi padre, o por cualquier padre de su época: «Aquí mando yo, y se hace lo que yo diga. Y sanseacabó».

43. Me acuerdo del anuncio que hizo Gila, en el papel de paleto, de la cuchilla de afeitar Filomatic.

49. Me acuerdo de que en mi niñez me gustaban las bellotas de encina. Como a los cerdos.

98. Me acuerdo de que Chaplin se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y no ganó.

133. Me acuerdo de que no me aburría: sabía estar a solas conmigo mismo, y soportarme.

149. Me acuerdo de los bañadores Meyba, icono de una época.

162. Me acuerdo de los ceniceros de aluminio de la marca CinZano.

214. Me acuerdo de los pupitres de la Facultad de Filosofía. Eran los mismos que usaron los alumnos de Ortega, según comprobé gracias a una fotografía.

221. Me acuerdo de una amenaza antigua: «Te voy a romper la crisma». No conocía entonces el significado de esa palabra.

236. Me acuerdo del sifón, tan olvidado, al que RAMÓN dedicó algunas greguerías.

299. Me acuerdo del chisquero, el antiguo mechero con una piedrecita y un cordel de hilos entreverados.

462. Me acuerdo de que, hasta cierto momento de mi adolescencia, asistía a misa todos los domingos y fiestas de guardar.

479.  Me acuerdo de que Ubú rey comenzaba con esa exclamación: «¡Merdre!» (¡Mierdra!). En su estreno se consideró de una zafiedad monstruosa, y se organizó un gran escándalo.

528. Me acuerdo de que pronto aprendí que la necesidad y la libertad dirigen nuestros pasos.

540. Me acuerdo de que en casa de mis padres no se hablaba de fútbol, de política ni de religión.

625. Me acuerdo de la zarzaparrilla de las películas del Oeste. No sabía lo que era, ni lo tomé nunca.

723. Me acuerdo de los sacapuntas que tenían forma de U, con una cuchilla de lado a lado.

Cuaderno VI

43. Me acuerdo de frenar la bicicleta con el zapato.

84. Me acuerdo de que no supe lo que era la «s» líquida hasta que trabajé para un expríncipe rumano cuyo apellido empezaba por una.

135. Me acuerdo de que me daban repelús los sabihondos y las marisabidillas.

147. Me acuerdo del plumier de dos pisos.

179. Me acuerdo de las onomatopeyas, extrañas y originales, de los tebeos.

328. Me acuerdo de una foto tomada en Pompeya; sentado en unos escalones, aparento ser un joven interesante y lleno de curiosidad.

388. Me acuerdo del orgasmatrón que aparece en una película de Woody Allen.

458. Me acuerdo de una negativa escatológica entre chiquillos: «Y una mierda pinchá en un palo». ¡Qué cosa tan absurda! A las expresiones no hay por dónde cogerlas. Representan el genio loco de la lengua.

464. Me acuerdo de las holandesas: hojas más pequeñas que el folio y el formato DIN A4.

483. Me acuerdo de que descubrí a Kierkegaard gracias a Kafka. Fue una revelación. La enfermedad mortal me ayudó a lidiar con la desesperación, con la náusea de existir.

539. Me acuerdo de que me gustaba masticar granos de café y comer tiras de bacalao crudo.

640. Me acuerdo de que mi padre tenía muchas ganas de vivir mientras mi madre quería dejar de sufrir.

 

Ideas en fuga.

Día 2: Hay que ser muy optimista para creer que hablando se entiende la gente. [...] El acné, que amargó mi adolescencia, me salvo del narcisismo.

Día 3: En la pubertad empecé a escribir una novela del Oeste, y no pasé del primer capítulo.

Día 4: Tener razón me importa poco; más me importa que se respeten mis razones. [...] Aunque nadie quiere ser esclavo, no todo el mundo sabe ser libre.

Día 5: La igualdad de derechos no anula la desigualdad de facultades.

Día 6: Ser quien soy no me cuesta; lo difícil es llegar a ser quien quisiera ser. [...] No hace falta viajar, todo en la vida es viaje. Hay tantos necios nómadas como necios sedentarios.

Día 7: Los exhibicionistas colonizan cada vez más la realidad.

Día 8: Me sobran razones para ser modesto, y me faltan méritos para dejar de serlo. [...] «Estas mohíno», me decía mi madre cuando me atravesaba la niebla abúlica. Un refrán exacto: Donde no hay harina, todo es mohína.

Día 9: La hipocresía disfrazada de indignación moral es repugnante.

Dia 11: Soy paciente hasta la impaciencia. No es fácil saber cuándo la paciencia deja de ser paciencia.

Día 12: Ni aun en momentos desesperados abdico de la razón: me vuelo loco, pero cuerdamente.

Día 14: He hecho muy poco para dejar de ser un autor casi inédito. En el metro, leo; en el autobús, me mareo. Me cuesta imaginar el mundo de un analfabeto. [...] No fui asiduo lector de periódicos. Mi padre los leía atrasados. Así se ahorraba la efervescencia de la actualidad.

Día 15: Leer de principio a fin Los cantos de Maldoror, del soi-disant conde de Lautréamont, exige mucha paciencia.

Día 16: La fe pone zancadillas a la razón, para que no moleste.

Día 17: Inoportuno, alguna vez lo fui; pero impertinente, nunca, que yo recuerde.

Día 18: Si alguien se equivoca, y es de los que se cuecen en su propia soberbia, no siempre le saco de su error.

Día 19: El presente no es huidizo, huidiza es la vida; el presente se mantiene firme en su sitio. Habitar el presente, sí, pero sin perder de vista la estela del pasado y el espejismo del futuro.

Día 22: En el campamento pasé tanto frío, aquel otoño y primeras semanas de un invierno glacial, que casi se me congela un brazo: acrocianosis fe el diagnóstico. Me dieron permiso para hacer la instrucción con guantes. [...] El olvido es la mala hierba que cree en la memoria.

Día 23: Si todos los libros fueran anónimos, ¿la historia de la literatura sería distinta?

Día 25: Desconfío de mi humildad; advierto en ella un oscuro atisbo de soberbia.

Día 27: Al final, de todas las colecciones que empecé, la más perdurable es la de los libros.

Día 28: Una cosa me gusta del zen: la renuncia a pensar lo impensable, el rechazo de los pensamientos inútiles.

Día 31: Cuando menguan las ganas de vivir, la vida se convierte en un sudario de plomo. [...] en algunos momentos me estorbo a mí mismo.

Día 33: La tranquilidad es un lujo, y cuesta caro.

Día 34: En los viejos tiempos, escribía por la noche; ahora que el viejo soy yo, escribo por la mañana.

Día 35: Un amigo pasó noches enteras fatigando los ojos al leer a la luz de una vela con el propósito de quedar exento del servicio militar. Se contaban historias bizarras sobre gente que quería librarse de la mili. [...] Donde hay mugre y miseria la impostura está ausente.

Día 36: Cuando estrecho la mano, soy comedido: ni flojo ni fuerte, ni larva ni garra.

Día 37: No he tenido maestro, no he sido discípulo. Lamento ambas cosas. [...] Era muy joven cuando fui por vez primera y acaso única, al Pozo del Tio Raimundo, a visitar al hermano menor de mi madre, que estaba muy enfermo. Cuando llovía, el barrio quedaba embarrado. Allí había mucha pobreza digna, mucha miseria humilde. Poco después, mi tío falleció. Era el único hermano de mi madre al que las secuelas de la guerra no llevaron a la cárcel.

Día 39: Durante años, mi escritorio fue el costado de una máquina de coser Sigma. [...] No ser hombre de consignas me aleja de cualquier militancia.

Día 43: Como vivía al lado de un matadero, y era migo de León, el hijo del guarda, jugábamos a deslizarnos con los garfios como animales vivos.

Día 44: El director de la revista Ínsula se apellidaba Cano, y el subdirector, curiosamente, Canito. Justicia poética en el escalafón. [...] ¿Es cierto que, cuando se casaron, su mujer le dijo al editor  Gallimard: Ahora yo meditaré, y tú me editarás?

Día 47: No envidio el éxito, envidio el trabajo que lo hace posible. [...] Hay que aprender del tiempo, que no duerme ni se atropella.

Día 50: Entre la fantasía y la realidad, prefiero una realidad en la que quepa la fantasía.

Día 51: Es una delicia todo lo que canta Joaquín Diaz, ya sean canciones sefardíes, romances o lo que sea. [...] Corrección, de Bernhard, es una novela hipnótica.

Día 57: Para leer a Lacan hay que ser francés o, mejor aún, alemán. Fue el dueño desconocido del impactante cuadro de Courbet El origen del mundo, con su leve contrapicado genital.

Día 63: Los suicidas, ¿quieren morir o no quieren vivir?

Día 64: Cosas ínfimas me sobrevivirán: una cuchara, un alfiler, un libro de bolsillo... ¡Qué triste!

Día 67: Las personas con fuga de ideas acaban siendo insoportables.

Día 67: La presencia de los autores es mayor cada día, lo que acaso sea bueno para el comercio y nefasto para la literatura.

Día 69: La pasión nos lleva a donde ella quiere; el amor nos centra en nosotros mismos.

Día 70: Para desvanecerse, la tristeza necesita tiempo; querer exiliarla antes de tiempo es contraproducente. [...] Más que esperar cosas de la vida, lo propio es ofrecérselas.

Día 75: Mushotoku llaman los japoneses a obrar desinteresadamente, sin esperar recompensa ni reconocimiento alguno.

Día 77: Al terminar la guerra, el dinero ahorrado por mis padres perdió su valor; años después, tuvieron que volver a casarse. Su matrimonio civil, celebrado durante la guerra, no era válido.

Día80: Mi ideal de vida no está lejos del que expresa Bernardo Soares: «Vivir con alegría y existir con claridad», pero la vida se empeña en poner zancadillas a tan loable propósito. [...] Alguna vez tendría que llegar tarde a una cita para saber qué se siente.

Día 85: Entre la angustia y la ansiedad, yo he sido más proclive a la angustia, esa contracción del espíritu.

Día 87: El cine fue el maná de mi infancia. [...] Alguien dijo que la madurez lo es todo; pero la madurez no es un regalo que nos haga la vida al cumplir cierta edad, sino una cima que hay que conquistar.

Día 89: Hace muchos años se me quedó grabada una máxima de Max Jiménez, escritor costarricense: «Quien busca consuelo en la filosofía se queda filósofo y sin consuelo».

Día 91: En las dictaduras se callan demasiadas verdades, en las democracias se dicen demasiadas tonterías. [...] Una tarde, un yeyé con zapatos de charol anunció en los billares que se iba a la plaza de toros de Las Ventas a ver la actuación de un conjunto inglés apenas conocido aquí: The Beatles.