viernes, 10 de enero de 2020

«Las bodas de Cadmo y Harmonía», de Roberto Calasso, o el paso de la mitología a la Historia.



Roberto Calasso aborda la mitología griega desde la perspectiva de textos nada canónicos que le permiten una visión esencial del significado de dichos relatos para el mundo griego, y especialmente para Atenas.

Las bodas de Cadmo y Harmonía es un denso libro poético y filosófico de Roberto Calasso que deslumbró en el momento de su aparición, allá por 1988, y que, como otras tantas lecturas, postergué hasta que el júbilo del retiro laboral me permitiera afrontarla con lo que la lectura requiere: la ausencia de compromisos, de urgencias, de exigencias vitales imperiosas, y la entrega a la lentitud lectora indispensable, sin la que es muy difícil adentrarse en estas páginas tan llenas de descubrimientos luminosos como de relecturas de la mitología canónica.
Ni siquiera, después de su lectura, estoy muy seguro de haber extraído de ella todo el caudal de luminosas intuiciones que Calasso nos regala, extraídas, a su vez,  de su propia lectura de un mundo de relatos que condicionó la existencia de la Hélade -una realidad indiscutible para quienes formaban parte de ella en su momento, sin que sintieran nunca la necesidad de plantearse qué era ni cómo se definía- duranta tantos siglos y del que nació nuestra literatura y nuestra filosofía, si bien esta última lo hizo en permanente conflicto con esa otra percepción de la realidad que es el mito.
De hecho, lo que vamos a descubrir, de la mano de Harmonía, es que el mito es el precedente de cualquier gesto, el forro invisible que lo acompaña. Para entender la entidad del mito en la vida griega, hemos de entender lo que significaban los mitos para Platón: Ya Sócrates, poco antes de morir, lo había aclarado: se entra en el mito cuando se entra en el riesgo, y el mito es el encanto que en ese momento conseguimos hacer actuar en nosotros. Más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Es un hechizo que el alma aplica a ella misma. «Hermoso es, en efecto, este riesgo, y con estas cosas en cierto modo tenemos que encantarnos [epádein] a nosotros mismos».  Epádein es el verbo que designa el «canto encantador». «Estas cosas», en la banalización de la forma pronominal, son las fábulas, los mitos. Y  esos mitos se oyen en Grecia, en los versos de Homero que repiten los aedos justo cuando comenzaron a menudear por Grecia los primeros representantes de una secta del Libro: los órficos.
Así pues, los «misterios» y los «santuarios» están estrechamente unidos a la vigencia de esa realidad mítica en que vive sumergida la sociedad griega. A este respecto, como defiende Calasso:  Si un rito es secreto, se debe a que «imita la naturaleza de lo divino», que escapa a nuestra percepción. Aunque nos adelantemos al desarrollo del libro, no está de más recordar que todo este mundo mitológico colindante con el de la superchería, la superstición, contempló la aparición de los impostores que se aprovecharon de la devoción popular para sacar un beneficio de la impostura. Calasso recoge en su libro, como ejemplo de esas fuerzas que operaron contra el sistema religioso mitológico griego, la historia de Alejandro de Abotonicos, narrada por Luciano de Samosata para escarmiento de creyentes y con su acerado punto de incredulidad. Aún no sabemos con certeza si el personaje existió realmente Algunas gemas, algunas monedas, algunas inscripciones lo confirman. Pero, aparte de esas imágenes silenciosas, su vida solo ha dejado huellas en el desenfrenado panfleto de Luciano contra él. ¿Debemos creer a Luciano? Es difícil decirlo, pero la pura fuerza de la literatura nos arrastra.
Recapitulemos, de la forma más sucinta, esa existencia para comprobar la fuerza no solo literaria, sino embaucadora de semejante personaje: Bellísimo de joven. Se hizo prostituto. De un charlatán aprendió el oficio del embaucamiento. Vagaba vendiendo hechizos. Se unió con una mujer rica. Compro en Pella unas serpientes inofensivas. Funda un oráculo. Elige Abotonicos para instalarse. Sepulta en el templo de Asclepio de Calcedonia unas tablillas de bronces. Las desentierra y lee lo que estaba escrito: Apolo, padre de Asclepio, estaba a punto de instalarse en Abotonicos. Los ciudadanos votaron la construcción de un templo. Hizo el número del huevo del que nace la serpiente, como si él fuera un nuevo Asklepios. Según Luciano, ganaba entre setenta y ochenta mil dracmas al año. Había profetizado que viviría ciento cincuenta años y que el rayo le mataría. Murió antes de los setenta, porque se le había gangrenado una pierna y estaba infestada de gusanos. En resumen: De Alejandro de Abonoticos jamás sabremos si era el sórdido embustero descrito por Luciano o un sabio que, en tiempos tardíos, escenificaba el origen. Allí donde pugnan la autoparodia pagana o la requisitoria cristiana, allí onde lo innoble y lo ridículo imperan, repasa con mucha frecuencia el secreto más antiguo.
Calasso traza aquí, en estas páginas brillantes, el proceso mediante el cual se pasa en Grecia del mito a la Historia, un final que coincide con la muerte de Ulises y un principio que nace de un relato contado de muchas maneras. En la selección de las fuentes mitológicas es donde Calasso opera una transformación que lo lleva al descubrimiento de esos conceptos capitales no solo para entender la propia mitología, sino, sobre todo, para entender el mundo griego y el nuestro propio.
Escojamos, por ejemplo, el mito del origen:   Eran una pareja majestuosa e inmóvil: eran Tiempo-sin-vejez y Ananké. Del coito que se ocultaba en el nudo de su abrazo nacieron Éter, Caos y Noche. (..) Luego, separándose de Ananké, la serpiente se enroscó alrededor del huevo luminoso. ¿quería triturarlo? Al fin la forma se rompió. Desprendía una luz radiante. Apareció el aparecer*. (…) Después de haber roto la envoltura, el padre serpiente se enroscaba alrededor del cuerpo del hijo. en la parte superior se reconocía la cabeza del padre que miraba al hijo y una hermosa cabeza de muchacho que miraba dentro de la luz emanada por su propio cuerpo. Era Fanes, el Protogonos [«primogénito»], el primer nacido en el mundo del aparecer. Era la «llave de la mente». (…) Fanes, copulando consigo mismo, preñó su sagrado vientre. Parió una serpiente, Equidna, con un soberbio rostro de mujer rodeado por una vasta cabellera. (…) Después Fanes engendró a Noche, que ya existía antes que él; pero Fanes debía de todos modos engendrarla, porque era todo. Convirtió a Noche en su concubina. Fue huésped en su caverna. Nacieron otros hijos, Urano y Gea. Poco a poco, con la luz   que seguía manando de la cima de su cabeza, Fanes compuso los lugares donde habitarían los dioses y los hombres, Las cosas entraron en el aparecer.
 [*A pesar de la tosquedad, y dada la condición laberíntica del libro de Calasso, en el que, tan pronto seguimos un orden lineal como nos remontamos a los orígenes o, con antelación a estos, recalamos en las postrimerías boqueantes de la existencia de los relatos como parte inmanente de la vida de los griegos, me voy a permitir subrayar con la negrita -aunque suene a paradoja- esos destellos luminosos que se reparten a lo largo del libro y que representan, a mi juicio, seguramente desnortado, los ejes cardinales de la propuesta de Calasso.]
El planteamiento de la obra, sin embargo, no es lineal, sino simultáneo, porque la mitología actúa toda ella sobre la realidad al mismo tiempo: no existe el tiempo en ella o ella acoge en sí todos los tiempos. Las historias mitológicas constituyen una maraña de historias en la que es difícil trazar líneas causales o ejes diacrónicos: todas «son» al mismo tiempo, eso es, y como hemos dicho antes, el tiempo que no contiene tiempo alguno: Las historias jamás viven solitarias: son ramas de una familia, que hay que recorrer hacia atrás y hacia delante. De hecho, como señala Calasso, durante generaciones  los griegos contaron los años refiriéndose a la sucesión de las sacerdotisas en el Heraion, aquel santuario cerca de Argos donde podía verse sobre una tabla votiva, la boca de Hera que se cerraba amorosamente alrededor del falo erecto de Zeus. Ninguna otra diosa, ni siquiera Afrodita, había admitido una imagen semejante en sus santuarios.
Calasso no arranca desde Fanes, su abordaje a mundo tan complejo, sino del rapto de Europa. Arranca de Creta y de la importancia de la figura del toro, divinidad cuya forma adoptará Zeus para el rapto de Ío, y enemigo al que ha de derrotar Teseo para fundar Atenas, o mejor dicho, para refundarla políticamente, porque Cécrope fue su “primer rey” y luego Atenea la amurallará. Pero en el mundo de la mitología esto es lo usual: que las diferentes narraciones recuenten los mismos hechos desde perspectivas muy distintas e incluso con actores que parecen aparejados por algún demiurgo para la ocasión. Así, Teseo será el libertador de Atenas frente a Creta: El ateniense Dédalo construye en Creta un edificio que esconde detrás de la piedra tanto el  misterio (el trazado por la danza) como la vergüenza (Asterio, el Minotauro). Desde entonces y hasta hoy, el misterio es también aquello de lo que nos avergonzamos. Recordemos así mismo que en Delos, después de haber matado al Minotauro, Teseo ejecuta la danza de la grulla, que contiene cifrado el secreto del laberinto. Y Delos es el primer lugar de Apolo. 
Que los dioses no tienen escrúpulos morales escapa a nuestro limitado mundo axiológico, del mismo modo que las metamorfosis se nos aparecen como prodigios ajenos a nuestra mortalidad definitiva: somos los expulsados hacia la «indiferencia» del Hades, que es el rasgo más distintivo del infierno para los hombres: la anonimia, el olvido, la desaparición. El mismo Teseo fundador es quien, tras ser ayudado por Ariadna para matar al Minotauro,  abandona a Ariadna en la isla de Naxos. (…) Es una playa, batida por olas ensordecedoras, un lugar abstracto al que solo acuden las algas. Es la isla que nadie habita, el lugar de la obsesión circular, del que no hay salida, Todo ostenta la muerte, Es un lugar del alma. Con todo, conviene no olvidar que, a pesar de ser el héroe que refunda Atenas, su destino no escapa al aciago que la política reserva a sus elegidos: «Nada sin Teseo»: esta frase, que los atenienses se han repetido durante siglos, alude a eso: además de héroe, Teseo es el iniciador del héroe, aquel sin el cual el tosco héroe no podría alcanzar la totalidad iniciática: teleíōsis, teletē. (…) El fundador de Atenas tuvo también el privilegio de ser el primero expulsado de ella. «Después de que Teseo donara la democracia a los atenienses, un tal Lico consiguió, denunciándole, que el héroe cayera en el ostracismo.» Como concluye Calasso, los acontecimientos míticos son también cambios de paisaje.
A partir de esos momentos augurales, Calasso recorrerá la existencia de los principales actores mitológicos que han ayudado a configurar no solo el propio relato excepcional de los dioses, sino también el de la sociedad para quienes «obraban» con una inmanencia social anterior al relato de los mismos. De hecho, la línea de fuerza del planteamiento de Calasso, a mi modesto entender, va desde esa inmanencia hasta la aparición de la escritura, llevada por Cadmo desde Fenicia hasta Grecia, momento en que los mitos comenzarán a ser leídos, no a ser vividos de un modo «cosido» a la vida cotidiana, como una manifestación tan propia de ella como la vida de los habitantes de la polis: Cadmo había llevado a Grecia «dones provistos de mente»: vocales y consonantes unidas en signos minúsculos, «modelo grabado de un silencio que no calla»: el alfabeto. Con el alfabeto, los griegos aprenderían a vivir los dioses en el silencio de la mente, ya no en la presencia plena y normal, como todavía le había correspondido a él, el día de sus nupcias. Pensó en su reino deshecho: hijas y nietos descuartizados, descuartizadores, abrasados por el agua hirviente, asaeteados, ahogados en el mar. También Tebas era un cúmulo de ruinas. Pero ya nadie conseguiría borrar aquellas pequeñas letras, aquellas patas de mosca que Cadmo el fenicio había esparcido por la tierra griega, done los vientos le habían empujado en busca de Europa raptado por un toro surgido del mar. Así concluye Calasso esta travesía mirífica, lírica, emotiva e intuitiva que va desde el rapto de Europa hasta el legado de su hermano Cadmo a los griegos.
Dioniso, del mismo modo que Apolo vendrá después, en el capítulo siguiente, como la polarización sobre la que construyera Nietzsche buena parte de su filosofía -recordemos que el primer libro de Nietsche fue El origen de la tragedia, en el cual abordaba ya esa polarización entre Dioniso y Apolo- es un actor indispensable en esta trama de historias que se retuercen sobre sí mismas como Fanes se autoinseminaba. Dioniso fue concebido en el momento en que Zeus gritó el nombre con el que durante siglos sería invocado: «Euoi», o «evohé», que prefieren otros traductores -y eso es algo que tampoco nos puede chocar: las diferentes soluciones traductoras para el complejo mundo mitológico-, y a esa traviesa deidad nos la describe Clemente de Alejandría el primer «doctor de la Iglesia» del siguiente modo: La cristiana malicia de Clemente de Alejandría recuerda Dioniso como choiropsálēs, «aquel que toca la vulva»; mejor dicho que sabe hacerla vibrar con los dedos como las cuerdas de una lira. Y la gente de Cición le veneraba asimismo como «magistrado» de las partes femeninas, lo cual no es contradictorio, ya lo veremos con Aquiles, que jugaba como una niña entre niñas, con otra orientación sexual: el primer amor de Dioniso fue un muchacho. Se llamaba Ámpelo. Jugaba con el joven dios y los Sátiros en las orillas del Patolo, en Lidia. La actividad erótica de los dioses mitológicos está fundado, al decir de Calasso en que la cópula, mîxis, es «mezcla» con el mundo. Virgen es la señal aislada y soberana. Su correlato, cuando lo divino intenta tocar el mundo es el estupro. En la figura del rapto se fija la relación canónica de lo divino con el mundo madurado y hervido de los sacrificios. (…) Se dan dos regímenes de relaciones entre los dioses y los hombres: el convite y el estupro. El tercer régimen, el moderno, es la indiferencia, pero supone que los dioses ya se han retirado.
Un recurso constante del libro es cifrar en algunos objetos el hilo de unión argumental que da sentido a acontecimientos muy diversos. Pongamos por ejemplo el caso de Apolo y su relación con Corónide y las «coronas» como objeto simbólico en el mundo griego; ello le permite al autor un viaje etimológico que da unidad y coherencia al relato: Corónide estaba embarazada de Apolo cuando se sintió atraída por un extranjero que venía de la Arcadia y se llamaba Isquis. Junto a ella velaba un blanquísimo cuervo. Apolo le había encargado la custodia de la amada, «para que nadie la violase». El cuervo vio a Corónide que se entregaba a Isquis. Entonces voló a Delfos, a casa de su señor, para hacer de espía Dijo que había descubierto las «obras ocultas» de Corónide. Apolo, en su furia, arrojó el plectro. La corona de laurel cayo en el polvo. Miró al cuervo con odio, y sus plumas se volvieron de un negro de pez. Después Apolo pidió a su hermana Ártemis que fuera a Lacereia a matar a Corónide. La flecha de Ártemis se hundió en el seno de la traidora. Y, junto con ella, mató a muchas otras mujeres , a lo largo de las orillas abruptas del lago Boibeis. Antes de morir, Corónide confesó al dios que había matado también a su hijo. Entonces Apolo intentó inútilmente reanimarla Sus artes médicas se revelaron insuficientes. Pero, cuando el cuerpo perfumado de Corónide quedó tendido sobre la hoguera, alta como una pared, y el fuego ya lo atacaba, las llamas se abrieron ante la mano rapaz del dios, que extrajo del vientre de la muerta, ileso, a Asclepio, aquel que cura. (…) De Corónide quedó un montón de cenizas. Pero, años después, también de Asclepio quedaría un montón de cenizas, porque había osado devolver a la vida a un muerto, y Zeus lo había fulminado. (…) Koronē es el pico curco del cuervo, pero también es la guirnalda. ¿Y la historia de Ariadna no era acaso una historia de coronas? Koronē también es la popa de la nave y la culminación de la fiesta. Korōnís es la greca ondulada que señalaba el final de un libro: sello del acabamiento. Calasso nos recuerda, para coronar su excurso,  que se iba coronado tanto al sacrificio como a las nupcias. Más adelante, cuando entre de lleno en el mundo de los santuarios y los misterios, el «caldero de bonce» será el máximo símbolo de la compleja relación con los dioses, porque sí, hay, en efecto, toda una teoría sobre el sacrificio que veremos más adelante.
Apolo, al igual que Dioniso, también es afecto al amor homosexual, y prueba de ella es su particular relación con  Admeto, por quien Apolo aceptó otra prueba, quizá todavía más grave: ser pagado por el amado, como un pornós, como un prostituto vulgar carente de todo derecho, extranjero en la propia ciudad, despreciado en primer lugar por sus amantes. [Un prostituto, Apolo, «la raza peor entre los depravados»]. (…) Sobre la servidumbre de Heracles bajo Ónfale los poetas han ironizado. Pero sobre la esclavitud de Apolo con Admeto nadie se ha atrevido. [Admeto, en Tesalia, sustituta del Tártaro, es el dios de la muerte. El pecado de Apolo es querer sustraer a la muerte al señor de los muertos] Calasso igualmente nos recuerda que por amor a Admeto, Apolo emborrachó a las Moiras: esa fue quizá la fiesta más loca de la que ha quedado noticia, y de la que nada podemos decir, salvo que ocurrió.
Inmediatamente, el autor se nos vuelve antropólogo y nos relata la visión de la mujer en ese mundo en el que los mitos determinan los roles y los valores sociales: Temor y repugnancia se mezclan en la sensibilidad griega hacia la mujer: por una parte, está el horror por la mujer sin maquillaje, que «se levanta por la mañana de la cama más fea que las monas»; por otra, está a sospecha del maquillaje como arma del apátē, de un engaño invencible. El maquillaje y los humores femeninos se exaltan sucesivamente en una morbidez que enferma y debilita. Así pues, mejor el sudor y el polvo de la palestra. «El sudor de los muchachos sabe bien, mejor que todo el cajón de los ungüentos de la mujer.» (…) El amor entre mujeres ni siquiera se menciona, y es penoso comprobar cómo  en ciertos pasajes del género el traductor moderno traduce por «lesbianismo» esa palabra prohibida, sin percibir su incongruencia. «Lesbianismo» nada significa para los griegos, mientras el verbo lesbiázein significaba «lamer las partes sexuales», y la palabra tribádes, «frotadoras» indicaba las mujeres que aman a otras mujeres, como si en el furor de sus amores quisieran consumir la vulva.
A los lectores, hoy, pueda parecernos literalmente demencial el modo como la imbricación entre mito y vida determinaba la vida cotidiana en la Grecia antigua, pero ha de tenerse en cuenta que, como indica Calasso,  por cada mito narrado existe un mito no narrado e innominado que se insinúa desde la sombra, asomando con alusiones, esbozos, coincidencias, sin que jamás un autor se atreva a contarlo sin interrupción como una historia concreta. (…) Cuando la vida se encendía, en el deseo o en la aflicción, o incluso en la reflexión, los héroes homéricos sabían que un dios les movía. (…) El pueblo, obsesionado por la «insolencia» (hýbris) era el mismo que contempló con la máxima incredulidad la pretensión de que el individuo deba hacer algo. Lo que el individuo seguramente hace es lo mediocre; tan pronto como le roza un soplo de grandeza, de cualquier tipo, viciosa o virtuosa, ya no es él quien actúa. Después el individuo se desploma como un médium cualquiera tan pronto como le abandonan las voces. ¿Hemos de recordar, el daimon que decía Sócrates que guiaba sus pasos, sus actos e incluso sus palabras?
Calasso presta especial atención a Ananque, «la necesidad», algo así como la diosa sin culto ni representación, pero más poderosa que cualquier otra manifestación divina:  La Necesidad que en Grecia lo domina todo, incluso el Olimpo y sus dioses, jamás tuvo un rostro. Homero no la personifica, pero nos muestra sus tres hijas, las Moiras, hilanderas; o las Erinias, sus emisarias; o Ate la de los pies ligeros. (…) Existe un único lugar de culto reservado a Ananque: en las laderas del Acrocorinto [la Acrópolis de Corinto], el monte de Afrodita y de sus sagradas prostitutas, se encontraba un santuario de Ananque y Bía [Con Crates y Hefestos, redujo y cegó a Prometeo después de que este robara el fuego para dárselo a los hombres], la Violencia. (…)  Según Parrménides, el propio ser está rodeado por los «vínculos de cuerda» de la poderosa Ananké. (…) Fueron muchos en Grecia los que dudaron de los dioses, pero nadie expreso una duda sobre esa red invisible, y más poderosa aun que los dioses.[Ananque] (…)  Ananque pertenece al mundo de Cronos, es su paredra, con él se sienta en el trono polar como Zeus se sienta junto a Hera en el Olimpo.
Forma parte de las reflexiones habituales sobre el mundo griego la relación entre la belleza y el bien, dada la preeminencia que lo estético ocupó en el pensamiento y en la vida griegos. Llegará, lógicamente hasta Platón, pero los términos del debate nos lo plantea Calasso con brillante claridad:  Los griegos se evadieron de lo sagrado a lo perfecto, confiando en la soberanía de lo estético. (…) Debemos esta despreocupada inmediatez no ya a tò kalón, categoría demasiado grave, sino a la abrosýnē, palabra que no gozará del favor de los filósofos y que no podremos traducir si no es mezclando en la mente la delicadeza y el esplendor, la gracia y el lujo. «Yo amo la abrosýnē», dice otro verso de Safo, y tal vez sea su única confesión indudable. (…) La verdadera fractura de la helenidad, como cualquier otro de sus pasos irreversibles, se produce cuando Platón afirma por vez primera «cuánto difieren en su esencia la naturaleza de lo necesario y la del bien». (…) Lo Bello, en tal caso, o quedará bruscamente reabsorbido en el Bien, como agente suyo, instrumento y pedagogo, o permanecerá suspendido en el aire, como un hechizo maligno (goēteuma), que engaña a la mente para someterla aún más al imperio de la necesidad.
Forma parte de las reflexiones habituales sobre el mundo griego la relación entre la belleza y el bien, dada la preeminencia que lo estético ocupó en el pensamiento y en la vida griegos. Llegará, lógicamente hasta Platón, pero los términos del debate nos lo plantea Calasso con brillante claridad:  Los griegos se evadieron de lo sagrado a lo perfecto, confiando en la soberanía de lo estético. (…) Debemos esta despreocupada inmediatez no ya a tò kalón, categoría demasiado grave, sino a la abrosýnē, palabra que no gozará del favor de los filósofos y que no podremos traducir si no es mezclando en la mente la delicadeza y el esplendor, la gracia y el lujo. «Yo amo la abrosýnē», dice otro verso de Safo, y tal vez sea su única confesión indudable. (…) La verdadera fractura de la helenidad, como cualquier otro de sus pasos irreversibles, se produce cuando Platón afirma por vez primera «cuánto difieren en su esencia la naturaleza de lo necesario y la del bien». (…) Lo Bello, en tal caso, o quedará bruscamente reabsorbido en el Bien, como agente suyo, instrumento y pedagogo, o permanecerá suspendido en el aire, como un hechizo maligno (goēteuma), que engaña a la mente para someterla aún más al imperio de la necesidad.

No podemos seguir los meandros episódicos del libro de Calasso, todos ellos planteados desde perspectivas que aspiran a «unificar» una visión de la mitología griega y de su relación con la cultura helénica, sin detenernos en la figura ejemplar y cumbre de Atenea . En una brillante divagación que antecede a la descripción de la razón de ser de Atenea, el autor nos  demuestra la trascendencia que suponen ciertos dioses en este ámbito: La capacidad de control (sophrosýnē), la habilidad de dominarse, de dominar, la agudeza de la mirada, la sobria elección de los medios adecuados para alcanzar los fines: todo esto aleja la mente de las fuerzas, concede la ilusión de utilizarlas sin ser utilizado por ellas. (…) La mirada no ve la mirada. No reconoce que ella misma es una fuerza, como las que entonces pretende dominar. La mirada fría sobre el mundo modifica el mundo con una violencia igual a la del aliento inflamado de Egis, que abrasa una tremenda extensión de tierras, de Frigia a Libia. Atenea es la fuerza que ayuda a la mirada a verse a sí misma. Atenea preside la Acrópolis ateniense con su templo, el Partenón, pero Atenea, que tiene una historia curiosa con Zeus, es también la Atenea «pulsante», «Palas» Atenea, según relata Calasso la relación entre ella y su hermano Zagreo (el primer Dioniso), asesinado por los Titanes, ante la complacencia de Hera, y cuarteado y devorado por ellos: Pállein significa «pulsar»: Palas, «pulsante»: esto era Atenea, detrás de la fría superficie de las armas, allí donde tocaba la mente indivisible, que entonces por vez primera veía fuera de sí, en aquel sucio trozo de carne roja, abandonado a los perros. Con delicadeza, tonó el corazón en sus manos y lo colocó en una cesta, y la cerró. Después se alejó. Iba a entregar el «corazón pensante» a su padre Zeus. El padre de los dioses lo meterá en el interior de un Kuros, o estatua de yeso de un hombre joven, donde seguirá latiendo. Este episodio tiene un contexto, el de la creación de los misterios, una realidad que se extenderá por toda Grecia y posteriormente, en forma de sociedades secretas, por todo el mundo: Los iniciados no son únicamente los que  saben liberarse de la culpa, sino los que la han cometido en primer lugar. La complicidad iniciática se refiere a un saber, pero también a un delito. Nada conseguirá jamás cortar del todo el vínculo entre el grupo de los iniciados y la banda de los criminales.
La guerra de Troya es el acontecimiento capital en la historia de Grecia, porque los textos homéricos son algo así como la biblia de la mitología:  Cuando los griegos tenían que referirse a una autoridad última, no citaban textos sagrados, sino a Homero. Grecia se basaba en la Ilíada. Y la Ilíada se basaba en un juego de palabras, en el cambio de una letra. Briseida, Criseida. Ahora bien, en esa historia, por las indagaciones de Calasso, hay una historia poco conocida que cambia fundamentalmente el curso de los acontecimientos, porque se trata de un conocimiento que, de haberse sabido, sí que hubiera sorprendido a tirios y troyanos: Helena es el poder del simulacro, y el simulacro es el lugar donde la ausencia subyuga. (…) Zeus pasó media noche de amor con Leda, y dejó la otra mitad a su marido, Tíndaro. Leda concibió en esas horas cuatro seres, distribuidos entre el cielo y la tierra: Helena y Pólux de Zeus, Clitemestra y Cástor de Tíndaro. Otra historia complementaria, de esas que se enredan unas con otras en hilos enmarañados, dice que Zeus había violado a Némesis y que  del vientre de Némesis asomó un huevo blanquísimo. Heres lo cogió, lo llevo a Esparta y lo depositó en el vientre de Leda. Cuando el gran huevo se abrió, se vislumbró dentro de la cáscara una minúscula y perfeta figura de mujer: Helena. Al parecer, una vez que Paris y Helena llegaron a Egipto, a la desembocadura del Nilo, el rey de Menfis, Proteo, retuvo a Helena y sus riquezas y dejó que Paris regresara a Troya, pero con el simulacro de Helena, quien quedó retenida en Menfis. ¿Por qué silenció Homero esta parte de la historia? ¿Y una parte tan esencial, de la que resultaba que los troyanos sabían que no tenían a Helena entre sus muros, sino solo a su simulacro? (…) Por una razón eminentemente literaria, Homero había silenciado el escándalo supremo de la guerra de Troya: aquella sangre había sido derramada por un cuerpo de mujer que no existía, por un impalpable fantasma. Por todo ello, es poco conocida este final de Helena que nos aporta una versión rodia, de Rodas:  Un día estaba tendida en el baño y fantaseaba, cuando irrumpieron unas criadas de Polixo [viuda de Tlepólemo, caído en la guerra de Troya, de cuya muerte hacía Polixo responsable a Helena, aunque la acogió con amabilidad en su isla.] disfrazadas de Erinias. La cogieron, desnuda, la sacaron goteando del agua agarrándola con muchas manos, y la arrastraron. Fuera, fue colgada de un árbol. El gran plátano próximo a Esparta seguía mostrando la inscripción: «Adórame: soy el árbol de Helena», cuando los rodenses fundaron un santuario de Helena Dendritis, «Helena del Árbol», junto al plátano donde la habían encontrado ahorcada. Recordemos que también Pasífae y Ariadna se ahorcan, aunque en el origen está otra figura apenas conocida: Con Erígone llegamos al origen de las ahorcadas: Erígone descubre el cadáver de su padre en un pozo, le da sepultura y luego se sube a un árbol y se ahorca. Su perro, que vela ambos cadáveres, Maira, se convertirá e en la constelación Sirio. Y concluye Calasso: Helena, la belleza surgida del huevo de la necesidad (…)  se parecía mucho a sus hermanos Cástor y Pólux, tenía un «ánimo sencillo» (o lo que eso quiera significar), modales suaves, espléndida cabellera, un lunar entre las cejas, boca pequeña, senos perfectos. (…) En toda su vida, Helena no hizo más que exhibirse y traicionar.

Aquiles es un personaje muy complejo, y lo que más le llama la atención a Calasso es su ambigüedad: jugaba en Esciros como una niña con otras niñas. (…) De madre marina, educado por dos Náyades, Aquiles era llamado Pirra, la rubia, la pelirroja, por sus compañeras. Entonces tuvo una dicha que a nadie más fue reconocida: ser niña y seductor de niñas. (…) Después de los amores infantiles, la mujer se presentí a Aquiles en el signo de la muerte. Pero a nosotros nos importa saber, tal y como lo recoge el autor que Zeus urdió ese enfrentamiento, al decir de Helena,  porque el Dios de dioses quería  aligerar la tierra y dar gloria a Aquiles. Designio aparentemente inconexo: por una parte matar escuadras de héroes como si fueran un puro número, sin nombre, un peso excesivo de pies que pisan el vientre de la tierra; por otra exaltar a un individuo, también héroe, y no tanto su poder, breve y coartado, sino su puro nombre, el sonido de su gloria. Y todo esto se conseguía mediante un único artificio: Helena, pero no la propia Helena, sino su «simulacro respirante», su «nombre».
La maldición de Aquiles, que todas las mujeres con las que se encuentra se “resuelvan en muerte”, se ejemplifica a la perfección en el episodio de la lucha con Pentesilea, la reina de las Amazonas. Un dios solo puede desplazar el significado de las formas del destino, no borrarlas -continúa Calasso-.  [Aquiles] se encarniza con el cuerpo de Pentesilea, y en ese momento está convencido de abatir a un poderoso guerrero troyano, al que ni Áyax lograba hacerle frente. Luego levanta el yelmo de la Amazona moribunda. Su mirada encuentra por primera vez la de Pentesilea en el momento en que, desde arriba, le hunde la espada en el seno. En ese instante le arrebata la pasión. Había clavado la Amazona al caballo. Ahora coge a la virgen guerrera en los brazos con amorosa delicadeza. Entre el polvo y la sangre, Aquiles se unió a Pentesilea, exánime y armada. (…) El deforme Tersites osó reírse de ese estupro. Aquiles le mató de un puñetazo. (…)Aquella mujer era lo más afín a sí mismo que Aquiles había encontrado. Era enemiga, y estaba muerta: todo lo que Aquiles amaba en las mujeres...
La relación de los personajes homéricos con el más allá, porque la historia de Perséfone es la próxima que destaca Calasso como uno de esos momentos «sombríamente estelares», se extiende a dioses y a héroes y a los seres humanos, pero el modo como Aquiles lo vive, por ejemplo, resume a la perfección esa tensión narrativa en la que tantas virtudes se manifiestan, las que «marcan» la idiosincrasia griega -y después europea- durante milenios:  «Bueyes y robustas ovejas pueden robarse -se queja Aquiles-; trípodes y caballos de rubias crines pueden comprarse; pero la vida de un hombre (andròs psychē) nunca vuelve, ni se la puede robar ni comprar, desde el momento en que sale del claustro de sus dientes». (…) «No me falsifiques la muerte, noble Ulises. Preferiría vivir como guardián de bueyes, al servicio de un pobre campesino de mesa poco abundante, antes que reinar sobre todos estos muertos consumidos». Solo porque la vida es irreparable e irrepetible, la gloria de la apariencia puede alcanzar semejante intensidad.
En este punto quizá convenga, antes de adentrarnos en el mito de Perséfone, volver a Dionisos, quien también quiso descender al Hades para rescatar a Sémele, su madre, a quien fulminó su padre, Zeus, quien lo rescató del vientre de su madre y se lo insertó en un muslo para que continuara su gestación, de ahí que Dionisos signifique “el nacido dos veces”. Lo destacado es cómo un nuevo relato rescatado por Clemente de Alejandría, sorprende a cualquier lector. De hecho, la profusión arborescente de versiones de los mitos nunca acaban de dejar satisfecho al lector de estas entretenidas historias: Nadie ha hablado sobre la conclusión del viaje de Dioniso al Hades, a excepción de un Padre de la Iglesia. Con la brutalidad de esos nuevos cristianos que en un tiempo habían sido iniciados en los misterios, Clemente de Alejandría ha narrado la historia de cómo Dioniso se sodomizó a sí mismo: «Dioniso deseaba descender al Hades y no conocía el camino, cuando un tal Prosimno promete indicárselo, pero no sin una compensación [misthós]; y esa compensación no era una cosa buena, pero fue bastante buena para Dioniso; se refería ese favor, esa compensación pedida a Dioniso, a los placeres de Afrodita; el dios aceta la petición y promete satisfacerla si consigue regresar, reforzando con un juramento su promesa. Aleccionado sobre el camino a seguir, se leja; finalmente regresa; pero no encuentra a Prosimno (que mientras tanto había muerto); decidido a cumplir con su amante, Dioniso se dirige a su tumba, lleno de deseo amoroso. Corta una rama de higuera, que tiene delante, y después de haberle dado l forma de miembro viril se introduce esa rama, cumpliendo la promesa al muerto».
Y ahora sí, ahora de cabeza al infierno, porque la historia de Perséfone es una de las más atrayentes del libro, todo él lleno de versiones de los mitos que vienen a destacar lo que Calasso busca en ellos: una definición de la existencia, una manera de entender el mundo de la que se reapropiará la filosofía para extraer de ella lo que aún  hoy sigue siendo nuestro mundo de referencia intelectual y existencial. Todo se inicia por la «necesidad» que tiene Hades de compartir su reino con una reina a la altura de su condición.  A Zeus le gustaba todo lo que existe sin justificación. Pero ahora Hades acudía a pedir un rehén. Quería una mujer en el palacio de la muerte. Y solo podía ser una hija de Zeus, una sobrina que Hades llevaba tiempo espiando: Perséfone o Perséfata, nombres oscuros, en cuyas letras resonaban el asesinato (phónos) y el saqueo (pérsis), superpuestos a una belleza sin nombre salvo el de Muchacha: Core. ¡Cómo no iba a aceptar Hades un ser como Perséfone, con una historia tan escabrosa como la realidad de su oscuro reino! De la cópula de Zeus serpiente con Rea Deméter transformada en serpiente fue engendrada Perséfone, la «doncella cuyo nombre no se puede decir», la doncella única a la que Zeus transmitió el secreto de la serpiente. Cuando Perséfone nació, su aspecto había sido horrendo para todos menos para su padre, el único que pudo contemplarla en aquella forma. Tenía dos caras, cuatro ojos, y le asomaban cuernos de la frente. Ni los hombres ni los dioses habrían podido entender el esplendor de Perséfone, pero lo entendía Zeus, que al contemplarla recordaba la aparición de Fanes a la luz. Rea Deméter había escondido a la hija en una gruta, y allí tejía Perséfone, en el telar de piedra, una túnica salpicada de flores. Unas serpientes se encargaban de la custodia en la puerta del antro. Pero otra serpiente, que era Zeus, las adormiló con la mirada mientras se deslizaba en el antro. Y, antes de que Perséfone pudiera defenderse, su piel blanca se pegaba a las escamas de aquella serpiente, que la lamía con baba amorosa. En la oscuridad del antro, el cuerpo horroroso de Perséfone irradiaba luz, como en un tiempo el de Fanes. De aquel violento coito nació Zagreo, el primer Dioniso.
Calasso está siempre atento a los paralelismos que las historias míticas trazan, para cifrar en ellos la red de relaciones que nos permiten establecer identidades, de ahí que no le pase por alto que  de Deméter impregnada del semen del toro había nacido una niña, de Perséfone llena del semen de Zeus serpiente nació un toro. Deméter, la madre de Perséfone, quien buscó a Perséfone por toda la tierra, descuidando lo ciclos de la agricultura que ella gobernaba, fue oída por Zeus, quien envió a Hermes a rescatarla con la condición de que no comiera nada en su viaje de regreso. Sin embargo,  Hades buscó  quedarse a solas con Perséfone, en los cuidados jardines de los infiernos. Mientras caminaban por los senderos, arrancó una granada del árbol y ofreció tres granos a su esposa. Perséfone pensaba en otra cosa y los rechazó. Pero Hades insistía, con sus modales insinuantes. Perséfone se llevó los granos a la boca, distraída, con el corazón alterado por la idea de a partida. (…) Cuando Perséfone probó la granada crecida en los jardines tenebrosos, la muerte sufrió un cambio no menos grave que el que había sufrido la vida desde que le había sido sustraída la doncella. En ese momento los dos reinos estaban desequilibrados, y cada uno de ellos se abría hacia el otro. (…) Ese mínimo gesto de Perséfone fue tal vez el acontecimiento más cargado de consecuencias que jamás había existido, desde que Zeus había devorado a Fanes y se había establecido en el Olimpo. ¿Cuál es el verdadero significado de esa «ingesta»? Calasso divaga por entre la enredada madeja de historias que hace aparecer ante nuestros ojos asombrados y hacia el final, como una sorpresa largamente anunciada, nos lo revela: Core, distraída por las palabras de Hades come unos granos de granada; Deméter, distraída por la danza obscena de Baubo, come unas gachas, como un viajero hambriento. De estos gestos surgieron los misterios. Al aceptar y asimilar una comida que no es néctar ni ambrosía, Deméter y Core participan de esa culpa que es peculiar de los hombres, se exponen a esa peculiar debilidad suya de la que los dioses siempre se habían burlado: la sujeción al tiempo, que hace desaparecer los seres, y al mismo tiempo la complicidad con el propio destructor, porque el hombre no puede sobrevivir sin hacer desaparecer algo. Los misterios son la herida que se abre en la intacta epidermis olímpica, e inútilmente intenta cerrarse en la repetición de las ceremonia. Que esa herida jamás se cierre es la esperanza de los iniciados.
De hecho, como bien recoge Calasso, los teólogos de Delfos sabían que el sacrificio es la señal del desequilibrio de la vida respecto de lo necesario: desequilibrio como superabundancia, pero también como insuficiencia. En ambos casos, tanto en la disipación como en la renuncia, hay una parte que debe ser expulsada para que se produzca una distribución equitativa de las fuerzas, para que «nada sea demasiado», de acuerdo con el precepto apolíneo. Pero no solo eso, sino que, en una suerte de transgresión que dejaría descolocado a Creso,  los sacerdotes descubrieron por vez primera que el conocimiento que es poder no procede únicamente de la historia secreta de los dioses, sino del silogismo hipotético. Estamos a un paso de que la filosofía se divorcie completamente de los mitos y de sus misterios, empeñada en el único misterio que desde entonces nos ocupa: cómo funciona la mente y cuáles son los verdaderos límites de la razón, del logos.
A modo de corolario, me gustaría destacar dos reflexiones que están en la base de la cadena de metamorfosis mitológicas que alimentará durante tantísimo tiempo nuestra civilización europea anterior al monoteísmo cristiano, ¡e incluso después!: Nada es tan triste como los sacrificios a los dioses equivocados, defiende Calasso, y la auténtica ofensa, más que la muerte es desaparecer. En la evitación de esa «desaparición» ha de cifrarse el esfuerzo poético y narrativo de Homero y de todo el teatro antiguo griego; es, también, el legado de Apolo: la Ninfa es la posesión, nymphólēptos es quien delira capturado por las Ninfas. Apolo no posee a las Ninfas, no posee la posesión, pero la educa, la gobierna. Las Musas eran doncellas salvajes del Helicón. Apolo fue quien las hizo emigrar a la montaña de enfrente, el Parnaso; él fue quien las educó en los dones que convirtieron a aquel grupo de doncellas salvajes en las Musas, o sea, las mujeres que invaden la mente, pero imponiendo cada una de ellas las leyes de un arte.
[Nota bene: Calasso, que ha «escarbado» en fuentes muy poco frecuentadas, nos deja a los intelectores contumaces (y perdóneseme el pleonasmo) un desafío. A su docto parecer, uno de los más fascinantes enigmas de la Antigüedad es la vida de Nono. (…) Nos ha dejado las Donisíacas en cuarenta y ocho volúmenes (número igual a la suma de los libros de la Ilíada y de la Odisea) y una Paráfrasis del Evangelio según San Juan. (…) Las Dionisíacas son una summa desbordante del paganismo, que debiera yacer moribundo y aquí se exhibe ante nuestros ojos como un prado de narcisos. (…) Han pasado quince siglos, y los lectores que han entendido a Nono se pueden contar con los dedos de una mano. No nos queda otra que tratar de inaugurar la cuenta en la otra mano… o perecer en el intento.]


viernes, 3 de enero de 2020

Morir en soledad. Vaciar la morada.


Los recuerdos  de una vida que devienen los escombros de una existencia...
Hace unos años, una película, Still Life ("Nunca es demasiado tarde") de Uberto Pasolini, me enfrentó a una situación desoladora: un funcionario municipal era el encargado de buscar a los herederos de las personas fallecidas y por quienes nadie se interesaba, y ello con la intención de hacerles llegar la noticia de su muerte y la posibilidad de conservar los bienes que desamparó la muerte de su pariente. 
Ayer, viendo Un homme idéal ("El hombre perfecto") de Yann Golan, me enfrenté a una situación relacionada con aquella pero que suponía una vuelta de tuerca en la desolación con que la contemplé: los operarios de una empresa entraban en el domicilio de quien acababa de morir sin familia alguna con una orden muy concreta: vaciarlo, deshacerse de todo, dejar la vivienda como si jamás hubiera sido una morada, convertirla en un espacio literalmente deshabitado, dispuesto para recibir a quienes tomaran posesión de ella ignorando, como suele ser habitual, quién la habitó antes que ellos.
         Las grandes y resistentes bolsas de plástico engullían, habitación por habitación, todos los enseres que, propiamente, lo habían sido: en-ese-ser, para él,  tenían sentido y formaban todo su mundo íntimo y reducido a las fronteras de su morada: fotografías, prendas de vestir, objetos de decoración, ropa de cama, utensilios de todo tipo, libros, mapas, lámparas bajo cuya luz había leído o cosido o se había cortado las uñas, espejos en los que se había reflejado, vajilla sobre la que había puesto el alimento que lo nutría... ¡Todo acababa en el saco de plástico negro, fundiendo en él, como en las películas, los capítulos cotidianos de una vida común!
Uno de los operarios descubre, en lo alto de un armario, un manuscrito de la participación en la Guerra de Argel del propietario. Se trata de un jovencísimo escritor sin inspiración ni habilidades que pretende acceder por la vía rápida del robo y la impostura a la fama y a la riqueza, y ese manuscrito va a ser el vehículo que le permita alcanzarlas, ambas, la notoriedad y el dinero. Pero eso es ya el resto de la película que aún, cuando escribo estas líneas no he acaba aún de ver, y que ya criticaré en su día, sin duda, en El ojo cosmológico, porque la película, excelente, lo merece.
Permítanme que me quede durante unos párrafos con el acerado dolor de la existencia presta a desaparece del mundo de los vivos que supone la muerte en soledad de tantos y tantos ancianos que, sin familia viva, son el último testimonio de sí mismos, quienes, una vez fallecidos, serán fatalmente devorados por el silencio espeso del olvido. El refranero es cruel, o económico, que no sé qué es peor, en este sentido: el muerto al hoyo…. Pero ayer, ante la visión de esa casa “puesta”, llena aún del hálito vital del morador que en ella acabó sus vidas, sabiendo, estoy seguro de que no lo ignoraba, que todas sus pertenencias acabarían transformadas en «escombros» de una vida construida con todas esas dificultades propias del vivir de cada cual, porque la vida es siempre una carrera de obstáculos en pos de una meta o una recompensa que no existen.
Que la vida no tiene «finalidad» es algo que solo estamos dispuestos a reconocer al final de ella, cuando intuimos, como le debió de haber pasado al fallecido en esa película: que todo lo que dejamos y que estábamos acostumbrados a llamar «nuestro» no es más que una ficción de propiedad: una vez extinguida nuestra vida, todo lo engullirá la in-significancia. Perder su sentido es, si acaso, el destino de todo a lo que nosotros se lo damos con nuestra existencia, cuando estamos, al final de nuestra vida, solos en la dimensión más espeluznante de esa palabra.
Ayer, ante la contemplación de ese necesariamente insensible vaciamiento del piso del hombre fallecido, ¡cómo agradecí haber hecho realidad la decisión de tener hijos! No soy un ingenuo sentimental, que quede claro, y sé que los hijos pueden ser, respecto de las pertenencias de los padres, tan o más crueles e indiferentes que la ausencia de ellos. Yo me quedo, sin embargo, con la promesa de mi hijo, cuando yo le dije que iban a tener que pagar para sacar de la casa tantos miles de libros cuya presencia nos conforta cada día: “De esta casa no saldrá ni un solo libro, papá”, dijo. Quisiera que en el más allá de la ceniza no haya ninguna ventana que dé a la realidad de la que desaparecemos…
Entristecí en cuanto vi que se desplegaban los sacos inmensos e iban cayendo en ellos tantísimos objetos como «definen» y «describen» nuestra vida con una propiedad que acaso solo a los familiares les es dado ver en su verdadera dimensión. ¡Qué atrocidad me pareció que, de repente, todo perdiera su significado, su historia, la huella del tiempo y de la vida que una existencia había impreso en ello!  A su manera, es una sensación agria y dolorosa que solo puede dulcificarse cuando esos objetos acabaran en un mercado callejero o en los estantes o alacenas de una tienda de antigüedades: ese es el encanto que tienen para mí esas almonedas, cacharrerías, mercadillos y antigüedades: percibir la vida a la que han estado asociados todos esos objetos, ahora a la venta.
Lo que mostraba, la película, sin embargo, era la confusión del caos en que se sumaba todo a la insignificancia: nada merecía la pena ser rescatado para seguir teniendo un contacto humano; antes al contrario, cuanto más «marcado» estuviera emocionalmente el objeto, menor era su valor y más justificada estaba su entrada en el agujero negro de las bolsas que se dilataban para recibir en sus hórridas y negras entrañas dichas manifestaciones de vida. ¡Doble muerte era la que esos «vaciadores», auténticos «creadores de vacío», ejecutaban con su acción: despojando al fallecido de la memoria material de su vivir cotidiano! A punto de se considerado un «trasto» más que se había adelantado al destino de lo que lo rodeaba.
Entrar en el año con esas imágenes terroríficas, *nadificantes, no le puede alegrar a nadie, imagino; pero tienen la virtud de obligarte a definirte ante la inminencia de tus inevitables postrimerías, una reflexión a la que nos aboca la fragilidad de la existencia frente a los acosos de la enfermedad, los accidentes o la obra de los gobiernos ineptos…
Apegarse a las cosas tiene escaso sentido; pero, sin embargo, ¡quién escapa a ese sentido de la pertenencia y la propiedad! Entristecido andamos, mi Conjunta y yo, porque una alcaldesa demagoga nos obliga a deshacernos de un coche familiar ¡en el que tanto bueno hemos vivido! No llega a la categoría de mascota viva, pero no le anda muy lejos… No diré que somos lo que tenemos, porque, como bien advirtió Unamuno, ¡Cuántas veces no llamamos nuestras a cosas de que somos poseídos!, pero estamos en lo que tenemos con una confianza y una comodidad que a veces nos falta para con las personas que nos rodean…
No tardaré en reflexionar, en la crítica correspondiente, sobre la pueril y narcisista aspiración a la fama y a la riqueza del protagonista de la película, sobre todo cuando se intenta dar el famoso «gato por liebre» en un mundo, la República de las Letras, en la que no escasean ni los intuitivos brillantes, ni los hermeneutas sabuesos…



   

miércoles, 4 de diciembre de 2019

«La peor parte. Memorias de amor», de Fernando Savater o la historia de un amor total.

Sara Torres, "Pelo Cohete"














El epicedio narrativo en la muerte de Sara Torres, «Pelo Cohete»,  escrito, ¡a duras penas!, por Fernando Savater, su novio, o los que lloramos mucho vemos más claro que los demás, por eso lloramos.

La peor parte de mi vida consiste en tener que contar cómo fue lo mejor y cuánto de maravilloso perdí cuando se fue para siempre.

Es propio de las almas anchas y profundas atormentarse: las tempestades ocurren en el mar, no en los charcos.

Había comenzado a escribir esta recepción adherida, que no crítica, justo después, en el cuaderno donde improvisé la despedida a mi hermano mayor, muerto repentinamente, muy a mi hondo pesar, el pasado mes de julio. «No sé, si soy, después de haber llorado tantas veces a lo largo de la lectura, el crítico más adecuado para explicarles a los intelectores sus virtudes y sus defectos, porque La peor parte nada tiene de libro al uso, ni siquiera en el terreno de las memorias, cuando quien escribe se confiesa totalmente desmemoriado”,  había comenzado a escribir en ese cuaderno de viaje, porque acabé el libro en Cardona y, antes de extractar las citas posibles, quise adelantarme a todo para confesar la lectura emocionada que acababa de hacer.
He llorado, en efecto, ¡y mucho!, pero ando yo con el lagrimal flojo desde la muerte de mi hermano, en primer lugar, y, después, ¡cómo no conmoverse con una historia de amor tan estrecha y duradera!, cuando quien esto escribe vive la suya aún más larga y no menos intensa, pero, ¡afortunadamente!, sin el giro dramático que ha tenido la de Fernando Savater y que él nos cuenta en este libro lleno de momentos enternecedores, pero, también, ¡biografía obliga!, de sano humor y de compromiso político. La que no aparece ni por asomo en todo el libro es esa disciplina siempre en disputa, la Filosofía, de la que él, en su rama de la Ética, siempre ha sido profesor universitario. Con razón dice él, un confeso vitalista y amante de saber alegrarse la vida casi con cualquier cosa, motivo o circunstancia: Mi verdadero defecto, empero, era (y lo ha sido hasta hace muy poco) uno realmente devastador, de esos que condenan a la trivialidad los asuntos reputados más serios de la vida, pero que a la vez nos salvan de caer en abismos sin fondo que se tragan enteritos a personas más formales: me refiero a mi prodigiosa capacidad de divertirme, en cualquier circunstancia y contra viento o marea. (…) Salvo en los cócteles y en las conferencias de mis colegas, soy capaz de exprimir gotas de diversión de cualquier felpudo.
No se da el caso en este libro, el que más le ha costado escribir y en el que más ha querido rendir tributo a «Pelo cohete» que verter su caudaloso río de penas, lágrimas y desesperaciones varias, aunque reconoce, eso sí, que la vida, su vida, ya no puede ser la misma, porque la naturaleza de su unión con Sara Torres lo había marcado indeleblemente. Quedarse solo le ha supuesto una experiencia trascendental: Lo primero que aprendí, como ya he dicho, es que uno puede perder las ganas de vivir sin por ello adquirir ni mucho menos el apetito de morir.
Podríamos decir, aunque parezca un contrasentido, después de lo llorado, más que de lo dicho, que La peor parte sea un libro vitalista, pero es que es así:  la evocación que Fernando Savater hace de Sara Torres es una hermosa carta de amor y lealtad, y como tal ha de ser leída. Savater repite varias veces a lo largo del texto que solo escribía para «conquistar» a su novia, que solo buscaba la recompensa de su aprobación, la única que le valía la gloria o, en caso contrario, la desazón más sombría: Te debo algo más que las lágrimas porque te gustaba que escribiera para ti y a mí nunca nada me gustó más que darte gusto. Del mismo modo que García Márquez popularizó aquello de que escribía para que lo quisieran, Savater hace suyo el aserto y lo entraña hasta un nivel extraordinario de «dependencia»: Desde hace treinta años, yo escribía para que ella me quisiera más. Cualquier escritor en un situación de pareja como la de Savater se suele plantear cómo influye su relación en su escritura. En mi caso particular, mi variante es que escribo porque me quieren, y, llegado el caso, de una (¡vade retro!) desestimación, literal, de mi persona, no creo, sinceramente que fuera capaz de seguir escribiendo ni una línea.
Algo tiene el amor, en efecto, para que sea tan poderoso. Y este libro de Savater es, esencialmente, una celebración del amor concreto, el de él y Sara, un amor que no rehúye ni la afirmación que más me ha llegado al alma: En el fondo no fuimos amantes ni «compañeros» (horrible expresión, propia de los naipes o del tenis, pero no del amor), tampoco matrimonio: fuimos novios, siempre novios, de los de toda la vida, de los de «anda cuelga tú», «no, tú primero». La de veces que he escandalizado a mi propia hija cuando la reprendo jovialmente por alguna salida de pata de banco y le recuerdo que no se está dirigiendo a su madre, ¡sino a mi novia!, y que mucho cuidadín… Leer esa comunión de concepto en el libro de Savater ¡cómo no me iba a emocionar! La sólida unión entre los protagonistas del libro es de una naturaleza tan entrañable que se ha de haber vivido algo igual para entrar en la vida de ambos con el respeto y el cariño con que Savater nos invita a hacerlo.
El libro está repleto de la sabiduría narrativa que el autor ha derramado a lo largo de una fértil carrera de publicista que ha atendido a una multitud de aspectos de nuestra vida  cotidiana, de ahí que no falte en el libro ese aire sentencioso que él tan bien domina, el de la cita exacta, que se extiende a su propio pensamiento y al dolorido sentir con que decidió ofrecer esta libro a su novia del alma suya: Hoy mi lectora esencial ya no está y el paraíso de dos que compartimos se ha convertido en infierno de uno. Pues sí, algo así como la «expulsión del paraíso» es lo que nos cuenta Savater en este homenaje a quien fue su vida, a la persona por quien sentía, por primera vez en su vida, el amor esencial: Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor.
 Hay, mezclada con el dolor de la rememoración, una teoría del amor que «comprarán» inmediatamente cuantos lo hayan experimentado al nivel que él lo hizo: Nunca dejé de preferirla, ni siquiera llegué jamás a plantearme mi incuestionable preferencia por ella. Jamás he dicho a otra mujer «te quiero» ni en el más histriónico engatusamiento para llevármela a la cama; hubiera sido una blasfemia contra la única divinidad respetable, el amor verdadero. Fernando Savater descubrió, por suerte para él, y ello forma parte de lo más doloroso de su presente, el poder de ese sentimiento amoroso sobre cada uno de nosotros: Nadie individualizado por el amor, que es lo que nos hace ser de veras únicos para los otros como lo somos para nosotros mismos, puede ser sustituido ni reemplazado. ¿Qué otra cosa es el amor sino lo que nos hace irreemplazables? Y el corolario a ese descubrimiento, lo halló en Goethe: «Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte».
«Complicidad» es un concepto que explica bien la unión singular de dos seres que entretejen sus vidas respectivas para conseguir, sin proponérselo, una unidad superior, un «nosotros» que está por encima de nuestros pequeños egoísmos y narcisismos: en el auténtico «nosotros» de una pareja no hay lugar ya para los yoes, por más que a veces pretendan asomarse y manifestarse, porque cualquier manifestación del yo extrae la fuerza para realizar lo que sea de ese plural en el que se ha integrado, y solo gracias a él. Savater lo describe gráficamente cuando describe cómo recibe a Sara con unas rosas en la estación: «Hola, por fin, se me ha hecho largo, qué tal tú, son muy bonitas, tonto». Y yo sentía dentro del pecho una afirmación universal, como una cruz al mérito concedida por doses pícaros y generosos pero también exigentes, algo que ya nunca ha vuelto a pasarme. Esa «afirmación universal» es la plenitud del amor y de la vida. Muy lejos de ella estaba Juan Ramón Jiménez cuando escribió a propósito de su mujer Zenobia Camprubí: ¡Qué trabajo me cuesta/ llegar, contigo, a mí!
 Menudean los fragmentos en los que Savater recuerda, emocionado -¡y con qué facilidad contagia esa emoción al intelector «entregado» enseguida, desde el primer capítulo, a la recreación de su «proceso de amores» con Pelo Cohete!- su relación con Sara, de la que yo escojo esta exclamación de ella en la que volvemos a encontrar la misma «afirmación universal» que había sentido Savater: «Qué bien nos arreglamos los dos, ¿eh?» , y a la que responde inmediatamente el autor: Y así fue, vida mía. Hasta que nos separó lo que no tiene arreglo…
El libro nos cuenta, hasta donde el pudor de su novia lo permite, porque ella era muy reservada con zonas de su pasado que la perturbaban, de forma sucinta, pero elocuente, la vida de Sara, el modo brusco como se conocieron, la independencia gatuna de ella y su valor cívico: No he conocido mujer más femenina y menos afeminada. Por eso tenía tanto coraje. No puede extrañarnos que Savater destaque de ella, además de su vitalidad desbordante, una notable inteligencia y es encantadora la manera que tiene de pedirles a los intelectores  respeto para un juicio en modo alguno parcial: Pelo Cohete fue la persona más genuinamente inteligente que he conocido. (…) Cuando digo «inteligencia», hagan el favor de concederme que sé lo que me estoy diciendo. Para ser franco («hablando a calzón quitado» es la picante expresión que emplean en el Cono Sur), no me tengo precisamente por tonto, sobre todo comparado con lo que corre por ahí y es admirado como una franquicia de los Siete Sabios de Grecia. Y ya se sabe el valor que tiene la inteligencia en las relaciones amorosas: Un espíritu embotado, vulgar, repetitivo, envilece enseguida toda hermosura; en cambio, la presteza de ingenio auténtico, original, hace «resplandecer» inmediatamente los rasgos menos agraciados. Quizá una muestra inequívoca de esa inteligencia es que [a ella] solo le eran antipáticos los prepotentes, los arrogantes sin mérito, por pura presunción, fueran de la cepa que fuesen. Estamos hablando, pues, de una mujer «fuerte», «corajuda», de lo que en las conversaciones coloquiales decimos «todo un carácter», de ahí que Savater recoja, con sublime corolario, esa faceta suya: Cada vez que se enfadaba conmigo (¡y cómo se enfadaba!, algunos aún creen que siempre estábamos peleando) yo sufría por ella, porque se hiciera daño fingiendo hacérmelo. Es propio de las almas anchas y profundas atormentarse: las tempestades ocurren en el mar, no en los charcos.
Aunque compartieron lucha  cívica e intelectual contra el terrorismo de ETA, mundo al que Pelo Cohete fue afín antes de que se iniciara la Transición del 78, Savater nos describe un noviazgo lleno de escenas cotidianas y extensibles a cualquier pareja con inquietudes estéticas parecidas a las suyas: esos momentos en los que te duermes durante la proyección de la película de cada noche, en que arreglas algo de la casa, en los que compartes compras comunes, en los que te sorprende un atavío del otro…Ellos, concretamente, compartían la afición a los géneros fantástico y de terror, en los que pasaban por exquisitos especialistas. Ella más que él, según confesión de Savater: Entre las mil cosas que nos unían dur comme le fer hubo algunas inconfesables y otras ingenuas, la mayoría ingenuamenete inconfesables. La más explícita fue nuestra afición… qué digo afición, pasión, por lo fantástico y monstruoso. ¡Y menos mal que el autor se confiesa un desmemoriado total, nada apto para cultivar con fiabilidad el género memorialístico!: Mi mayor dificultad para desempeñarme como memorialista es que se me olvida todo (nombres, fechas, lugares, situaciones) con prontitud asombrosa. Solo me quedan grabados algunos episodios inconexos, como flotando en el vacío, y es la imaginación quien rellena el hueco entre ellos con sus intencionados caprichos. De lo que puedo dar fe, sin embargo, es de que de lo esencial Savater guarda una memoria excelente, porque lo «esencial» son los sentimientos que atesora. El resto, como señala con su habitual lucidez, es accesorio: A pesar de haber constituido el tema poético por excelencia, el amor no puede  realmente ser descrito porque carece de exterior: es todo por dentro.
La vida de activista de Sara Torres contra el terrorismo, el nacionalismo y a favor de la democracia, la compartió con su novio, quien se ha singularizado valientemente en ese deber cívico de alzar la voz contra la irracionalidad nacionalista siempre dispuesta a defender antes los derechos de la tribu que los derechos individuales.  No he querido hacer una contabilidad del espacio que le dedica a su enfermedad y muerte y del que le dedica a la lucha cívica, pero a los seguidores políticos de Savater no les defraudará la lectura de unos páginas en las que se despacha a gusto, también en nombre de su novia, contra el principal peligro que afronta nuestra democracia: el resurgir de los nacionalismos totalitarios de los 30 del pasado siglo, convenientemente disfrazados con su versión cibernética y su demagogia del culto al voto fuera de la ley. Ambos hubieron de vivir con escoltas, dado el peligro físico que corrían, lo que los llevo, él tan donostiarra de pura cepa y enamorado de su ciudad, a veranear en Palma de Mallorca, en un apartamento ( Ese pequeño apartamento alquilado en San Telmo fue en realidad lo más «nuestro» que tuvimos), por su seguridad. Resulta muy emotiva la relación que estableció Sara con su guardaespaldas, un joven extremeño con quien incluso llegaron a hacer turismo por esa bella tierra. De hecho, el escolta extremeño, Juan Carlos, que apareció por el tanatorio cuando la velaban: Creo que era el único allí que lloraba más que yo. Y es que aunque era, al parecer, proverbial el «carácter fuerte» de Sara, también lo era el tacto en el trato, como dan fe cuantos tuvieron relación con ella, los Pagazaurtundúa entre otro.
Me ha llamado la atención una revelación que rezuma actualidad por los cuatro costados. Pelo Cohete preparó un vídeo con algunos highlights de la propaganda nacionalista… Recuerdo como pieza destacada un rap bailado por niños de ocho o diez años, encapuchados como alevines de etarras y con un estribillo que pedía con malos modales que los españoles se fueran de Euskal Herria… Copias de esa cinta, que era un formidable esfuerzo informático sobre las bases propagandística del separatismo y el terrorismo fueron enviadas a periodistas de los principales medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales, sin respuesta ni resultado alguno. (…) Hoy, cuando escribo estas líneas en los últimos días de 2018, mantienen la misma actitud de avestruces cívicamente suicidas respecto a Cataluña. En efecto, estamos comprobando in situ la labor de alienación ideológica que se practica en muchas escuelas de Cataluña sin que los diferentes gobiernos centrales crean que tengan nada que decir al respecto. Otro tanto podría decirse de la frivolidad con que muchos han abordado la sangrante realidad vivida en el País Vasco, que ha hecho incluso emigrar a cuantos directa o indirectamente han percibido que sus vidas corrían serio peligro de permanecer allí. Savater es meridianamente claro al respecto: En efecto, siempre me ha asombrado el despiste del resto de los ciudadanos españoles sobre lo que ocurría en mi desdichada patria chica. Todavía hace nada, cuando apareció la excelente novela Patria de Fernando Aramburu, la gente me comentaba como despertando de una larga siesta: «Pero ¿todo esto es verdad? ¿Tuvisteis que aguantar ese martirio?».¡Y hay que ver la cara que ponían y aún ponen algunos cuando les digo que la famosa novela es mucho más suave y soportable que nuestra realidad cotidiana durante tantos años! No olvidemos que, como pasa ahora con el prusés antidemocrático catalán, los terroristas inspirados por Sabino Arana (un personaje que se situó ideológicamente en su día un poco a la derecha de Gengis Khan) atacaban al Estado porque era España y les daba igual que fuese democrático o dictatorial; les bastaba saber que era España, nada podía ser peor. 
Recoge Savater, con sumo dolor, el asesinato de Joseba Pagazaurtundúa -recordemos la unión estrecha que Fernando y Sara han tenido siempre con Mayte, su hermana, y actual europarlamentaria por Ciudadanos- y nos ofrece una de esas estampas que desnudan la doble e hipocresía de ciertas fuerzas vascas, el pnv y la iglesia: Cuando se presentó el lehendakari Ibarretxe [En la capilla de Joseba Pagazaurtundúa], fue Iñaki, en representación de la familia, quien le agradeció su presencia y su interés, pero le dijo que aquel espacio estaba reservado ara los amigos y que él no era considerado uno de ellos. Lo mismo se le hizo saber al repelente obispo (valga el pleonasmo) Uriarte, que por lo visto se lo tomo muy a mal.
Contrasta este activismo, ¡y muy poderosamente!, con una afirmación que no conviene pasar por alto, aunque no tenga en el relato el relieve que merece, acaso porque a su autor le parece una obviedad, pero que a cualquier intelector le conviene recordar siempre, porque en esa actitud vital se fragua la libertad de la conciencia y el gozo de vivir: Para mí vivir no es una experiencia política (he conocido otros casos y muy respetables en que lo era) ni tampoco económica o científica, sino poética. Y ya puestos, recordemos que, aunque es voz para tan alto menester, el origen de la palabra, poético, es el «hacer» artesanal, con las manos, del griego ποιέω.
En fin, cierro aquí, porque a lo largo de esta recensión también se me han escapado no pocas lágrimas, este homenaje de Fernando Savater a quien le daba sentido a su vida y cuya muerte le ha dejado en ese territorio insólito de la desorientación para quien con tanta lucidez, por suerte para sus intelectores, sigue viendo lo que pasa, lo que nos pasa, lo que se le ha quedado dentro, la peor parte, esa que ha exorcizado en estas páginas que a mí me remiten a La pérdida de profundidad, de Julian Barnes, una reacción escrita, más controlada en la extensión, al fallecimiento de su mujer. Dos libros que pesan lo mismo, puestos en la balanza de las experiencias intelectoras: dos joyas del dolor con las que uno disfruta leyendo tanto como sufre. Pero no me quiero despedir sin esa cita con que Savater resume perfectamente lo que le ha ocurrido: «Reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse», dijo Jacques Prévert (el poeta preferido de Pelo Cohete cuando la conocí).

miércoles, 30 de octubre de 2019

«Contra Flac», de Filó de Alexandria, editado por Llogari Pujol.



Una obra que, nacida en Egipto, cuestiona el origen y las fuentes de los evangelios cristianos y la figura de Pablo de Éfeso.

Con traducción de Lluís Rovira i Masnou y edición de Llogari Pujol i Boix, compre Contra Flac, de Filón de Alejandría, no solo porque en el Mercat de Sant Antoni, de segunda mano, era barato, sino porque siempre ando atento a los clásicos grecolatinos y, en este caso, la crónica de una persecución contra los judíos alejandrinos por parte del toparca Flaco, en la época de Calígula, me interesaba sobremanera. ¿Sería posible hallar correspondencias con los pogromos y la persecución nazi? ¿Daría de sí para extrapolarlo a nuestra situación en la Cataluña actual?
Por mi relativa ignorancia en cuestiones bíblicas, sin embargo, no sabía que me iba a encontrar con una propuesta exegética poco menos que revolucionaria dentro de los estudios sobre la Biblia y el Nuevo Testamento. Al decir del editor, el texto de Contra Flaco, así como el de la narración egipcia El naufragio, serían las fuentes principales para la creación no solo de los textos del apóstol San Pablo, sino también de sus famosas cartas, sobre las que se asienta el diseño de la organización eclesiástica de la Iglesia, un modelo social que le ha permitido a la Iglesia Católica sobrevivir desde la muerte de su fundador con una presencia social muy destacada, para bien y para mal, en nuestro continente. El teólogo Llogari Pujol va más allá, tras sus descubrimientos de las analogías entre la producción religiosa egipcia y el Nuevo Testamento, la figura y la obra de San Pablo incluidos, que, con la boca pequeña, da a entender que San Pablo no pasa de ser una figura literaria, una creación de la historiografía religiosa cristiana y que no se corresponderá con un Saulo de Tarso que probablemente ni siquiera haya existido. Arriesgada es, la teoría, desde luego, porque va contra ideas y creencias muy arraigadas en nuestra sociedad. El mundo de la Biblia y sus problemas textuales e históricos es, con todo, lo suficientemente complejo como para no descartar ni siquiera lo que parce más inverosímil. El gran «rival» de Pujol, Antonio Piñero, también teólogo, y con tan sólida formación biblista como la de Llogari Pujol, no duda en calificar de ridículas tales teorías, pero lo cierto es que las semejanzas entre esta versión del In Flaccum, de Filón y el texto de El naufragio dan que pensar y mucho que meditar sobre esa relación entre la religión egipcia y sus textos y la cristiana y los suyos. Ya veremos cómo una parte del texto, cuando habla del escarnio hecho en un «tonto» oficial del pueblo, es un relato que recuerda totalmente al de la pasión de Cristo en los Evangelios.
Una derivada importante de esa discusión es que toca de lleno la concepción del propio Cristo como un personaje literario, algo que, en parte, aceptan la mayoría de biblistas. La historia y la ausencia radical de datos inequívocos en los que poder basar la prueba de la historicidad real de muchas figuras del cristianismo es abordada en esta edición por Llogari Pujol con absoluta naturalidad. Yo lo dejo aquí esbozado porque, más allá de esas disputas teológicas, a mí me interesaba la crónica de un pogromo en Alejandría y la feroz represión contra los judíos alejandrinos llevada a cabo por un toparca cruel, despiadado, que cayó en desgracia incluso para un emperador tan depravado como Calígula.
Filón de Alejandría, de quien poco se sabe, fue un judío alejandrino, ciudadano romano y exégeta bíblico que actuó como portavoz en la embajada de dichos judíos ante Calígula para protestar ante el emperador por la salvaje persecución ordenada por Flaco e instigada por los griegos alejandrinos cercanos al toparca romano, los mismos que, una vez caído en desgracia, se convertirían en sus peores enemigos, a pesar de haberse enriquecido a su sombra, tal y como Filón lo narra en el libro, In Flaccum, basado en la relación que presentó ante el Emperador. Lo que distingue a los judíos alejandrinos es, sobre todo, su cercanía a los romanos, en su condición de ciudadanos del Imperio, y su alejamiento de los judíos palestinos, acérrimos enemigos de los romanos, excepto, curiosamente, su cronista más conocido, Flavio Josefo, autor de Antigüedades judías, un libro capital en la historia del pueblo judío. Filón pasó las interpretación alegóricas que hace de la Biblia por el tamiz de la filosofía griega, de donde surge un corpus doctrinal que no fue muy bien recibido por os rabinos palestinos, pero sí por las comunidades cristianas y para no pocos Padres de la Iglesia. En cualquier caso, esta obra suya, Contra Flaco, según Llogari Pujol, va a tener una especial relevancia, porque, al decir del editor, va a convertirse en algo así como la fuente básica del canon del Nuevo Testamento,  Los hechos de los apóstoles.
A nosotros, sin embargo, como ya he indicado al principio, nos mueve, sobre todo, la descripción que Filón hace del pogromo alejandrino y cómo aquella terrible situación evoca en los lectores actuales sucesos muy alejados en el tiempo de aquellos hechos bárbaros y muy próximos a nosotros por su paralelismo con la obra genocida del nazismo.
Los judíos alejandrinos tenían un Consejo de Ancianos (Gerusía) que gobernaba la comunidad judía, y en las sinagogas no se admitía la erección de estatuas del culto romano. Todo ello fue transgredido por Flaco, quien, en pocos días,  sumió la ciudad en una orgía de destrucción y muerte que incluso se llevó a los escenarios teatrales, en el intermedio de cuyas representaciones se ejecutaba a los judíos para satisfacción del populacho ebrio de violencia y sed de venganza.
El esquema de la obra se ajusta, según la introducción del traductor, Lluís Rovira, a una aretología o teoría de la virtud, porque el objetivo de la misma es destacar y valorar el proceso de sufrimiento y exaltación de la virtud última de quienes sufren martirio, así como el castigo correspondiente del malvado malhechor que lo ha causado. Dicho plan tiene, pues, dos partes: los padecimientos sufridos y el severo castigo de quien los infligió. Y a ellos se tiene Filón escrupulosamente, si bien, en su narración, muy ordenada, se da cuenta, circunstanciadamente, de las costumbres de la comunidad judía y de la importancia de la misma en Alejandría en aquella época del segundo tercio del siglo I.
La influencia dialéctica de la filosofía griega se pone enseguida de manifiesto para abrir el volumen, cuando, en vez de iniciar el ataque sin piedad contra Flaco, lo alaba, introduciendo, acto seguido, una suerte de paréntesis retórico que consigue aumentar el efecto de la denuncia: ─I doncs? -dirà algú- Vós que us presenteu com a acusador, lluny de presentar un sol greuge no pronuncieu res més que una tirallonga d’elogis? Que heu perdut el seny?  ─No, estimat lector, no perdo el seny i no soc tan insensat com per no comprendre la seqüència lògica d’una argumentació. Jo lloo Flac, no perquè sigui convenient exalçar l’enemic, sinó per fer més evident la seva perversitat. Aquell que fa el mal per ignorància té un cert dret al perdó; aquell el comet, sabent el que fa, no té excusa: està condemnat a l’avançada pel tribunal de la seva consciència.
Entre las motivaciones básicas del ataque contra los judíos, Filón destaca la envidia, como el motor que, además, sirve para enaltecer a su comunidad, habitualmente prospera: Però les gents d’Alexandria rebentaven de despit -qui diu egipci, diu malèvol- el defecte natural dels quals es l’enveja, perquè senten com una desgràcia tot el que de felicitat por arribar a un altre.
De las pequeñas historias que hay dentro de la historia general del trágico suceso, es conveniente destacar aquella que había anunciado al comienzo de esta recensión, la del «tonto del lugar», Carabás, nombre que responde a la palabra griega que significa, poseedor de varios barcos pequeños. Carabás, pues, vendría a significar «Barquero»: Hi havia a Alexandria un anomenat Carabàs, tocat por la follia, no pas de follia salvatge i bestial -ja que aquesta última és perillosa per als qui la pateixen i per als qui l’envolten- sinó d’una follia de caràcter pacífic i tranquil. Aquest boig, nu del tot, desafiant el fred i la calor, vagarejava nit i dia pels carrers, servint de joguina als joves i als infants ociosos. Hom va arrossegar aquest pobre miserable al gimnàs, i allà el van posar sobre un lloc elevat, per tal que fos vist per tothom. Li van col·locar al cap una llarga fulla de papir, planta del país, a guisa de corona; sobre el cos, una estora mig desfeta, com si fos una clàmide; i algú, havent vist pel camí un tros de branca de papir, l’arrencà i l’hi posà a la mà com si fos un ceptre. La gentada que l’envoltava l’aclamà amb una gran cridòria, saludant-lo amb el títol de Maran, que en siríac, diuen, vol dir príncep, ja que ells sabien prou bé que Agripa era d’origen sirià i que la major part del seu reialme era a Síria. ¿Se percibe esa semejanza con la historia de la Pasión de Cristo? Está por ver, exégetas tiene la Biblia,  que este tipo de coincidencias textuales dé de si  para que sea verdadera esta sugerencia de Llogari Pujol, aparentemente tan bien fundada, aunque atacada por otros autores. Lo cierto es que los paralelismos son sorprendentes, aunque ignoro, dadas mis limitaciones, si son suficientes como para afirmar que el cristianismo es una creación egipcia, acaso de los monjes de Serapis en el monasteria de Saqqara (¿Menfis?), pero ahí queda el atractivo de este libro y de esta propuesta bíblica polémica.  
No me extenderé, por respeto, en la recapitulación de las torturas y crueles muertes que la plebe, con la autorización y el beneplácito de Flaco, infligió a la minoría judía de Alejandría. Sirvan estos dos tristes botones de muestra: El súmmum: es van veure famílies senceres, marits amb les seves mullers, petits infants amb els pares arrossegats inhumanament i cremats vius al centre de la ciutat per aquests homes, el més insensibles del món.
N’hi va haver d’altres a qui van lligar una corda a la cama prop del turmell, que varen ser arrossegats d’aquesta manera pels carrers, mentre que, al mateix temps, saltaven al seu damunt i els matxucaven amb el peus; mort cruel, fruit de la seva invenció. Com si no n’hi hagués hagut prou amb un tal suplici, s’acarnissaren sobre els cadàvers, que foren arrossegat per tots els carrers, fins que del cadàver, de la seva pell, de les seves carns dels seus nervis, tot trinxat per les aspreses i desigualtats del terra, de tots aquelles membres que havien estat un sol organisme, ara esparsos per aquí i per allà no en quedava res.(...) Pel que fa als amics i als pares de les víctimes de debò, si es presentaven per mostrar compassió per l’infortuni dels seus propers, se’ls emportaven, se’ls fuetejava, eren lliurats a suplici de la roda i, després d’haver-los infligit tots els turments que el seu cos podia suportar, el suplici que els era reservat per acabar era la creu.
Finalmente, de acuerdo con el plan de la obra, cuando Flaco fue destituido y forzado a exiliarse, inició un periplo que lo llevó de puerto en puerto hasta Andrós, donde acabó expiando su culpa y donde halló la muerte violenta en justa congruencia de entonces por los crímenes cometidos. No sucedió tal cosa, sin que, antes, para consuelo de las víctimas, el tirano hubiera hecho un acto de contrición total que Filón sabe poner en su boca en un monólogo que repara, poco antes de morir, el honor de quienes sufrieron su aberrante e inhumana persecución: Los dos grandes acusadores de Flaco fueron dos de sus más acérrimos seguidores, Lampo e Isidoro, dos personajes corruptos que, al ver el cambio de opinión del Emperador sobre su jefe, cambiaron de bando y se convirtieron en su azote judicial:  Aquí teniu Flac, no fa gaire temps governador d’Alexandria, la gran ciutat, la múltiple ciutat, el governador d’aquest país tan pròsper que és Egipte;  jo sóc aquell qui atreia les mirades de desenes de milers d’homes que habiten aquest país;  jo qui tenia sota les meves ordres les forces armades, infanteria, cavalleria, marina, considerables no només pel seu nombre, sinó pel seu valor provat; jo que cada dia, en sortir, estava acompanyat d’una escorta innumerable. Ah! Tot allò era una al·lucinació, no era pas la realitat! És mentre dormia que he vist en somnis aquesta felicitat momentània, fantasmes caminant en el buit, potser invencions de l’ànima que em pintava com a real el que no existia. Ah, jo m’hi vaig deixar atrapar. I no era res més que una ombra de realitats i no les realitats, una semblança d’evidència, però no l’evidència que posa a la llum la mentida. I com, en efecte, de tot el que se’ns apareix en els nostres somnis, un cop estem desperts no en trobem res de res, i que sovint tot se’n va volant, així mateix tot aquest brillant decorat en què jo he viscut un moment, s’ha apagat en el curt espai d’un instant. (...) Encara que ells fossin ciutadans del país amb tots els drets, un dia jo els vaig tractar injuriosament com a estrangers sense drets civils per complaure els seus adversaris, una barreja de gent indisciplinada i canviant, que per a desgràcia meva, m’afalagaven i m’enganyaven. Heus aquí per què, caigut en desgràcia, exiliat, proscrit del mon habitat, estic reclòs en aquest lloc.
Como colofón a esta edición del In Flaccum, de Filón de Alejandría, Llogari añade una narración titulada El náufrago en la que, de modo muy sutil puede verse, en efecto, un paralelismo con la conversión de San Pablo, del mismo modo que el In Flaccum, con la persecución de los judíos, de los cristianos en el caso de Saulo, y la contrición correspondiente tras la «revelación», servirían de esquema formal para la «invención» del último apóstol y el primer propagandista no solo de la fe, sino, sobre todo, de la Iglesia como institución. 
Yo cumplo mi cometido con la recensión de esta obra clásica de un judío helenista que se lee con el mismo interés con que debieron hacerlo a partir del año 40 de nuestra era aquellos lectores que se sintieron «tocados» por el drama terrible que describía. Sobre otras cuestiones de mayor enjundia bíblica, teólogos y especialistas en literatura comparada tienen la iglesia y la vida académica…