miércoles, 18 de septiembre de 2019

«La noche fenomenal», de Javier Pérez Andújar, o un extraño delirio realista…




Entre el roman à clef, la 13, Rue del Percebe, la autoficción y el noble cajón de sastre…

A ver cómo me las maravillaría yo para, teniendo una sintonía total con el autor, gustándome el estilo «casual», dicen los cursis, esto es, desenfadado, de muchísimos de sus comentarios, compartiendo buena parte del background, dicen los que se dan pisto,  literario, cultural, social, político e imaginario…, para defender que no he podido conectar con esta entretenida y muy osada aventura literaria -a la que le cabe el marbete de novela porque, como dijo Cela, lo es cualquier texto que bajo él se dé a la imprenta- , aun hallando, a cada paso, fragmentos aislados llenos de gracia, ingenio, saber y cultura casi high brow…, que dicen los cosmopaletos. Pues eso, ¡que cómo me las maravillaría yo! Sobre todo después de haber ido con mi Conjunta (y con gran ilusión compartida) a comprarla antes de las vacaciones, para deleitarnos, para disfrutar de lo que ella, paisana contigua del autor, nacida en Artigas, esperaba tras haber leído, ella, Paseos con mi madre. Este lector crítico quiere creer que el «mal» está en él, que no ha «sabido» leer el libro como este se merece. 
Uno abre un libro, sobre todo si es de ficción, aunque en la historia uno de las personajes confiesa su cansancio de la ficción, en lo que parece un pensamiento prestado por parte del autor y narrador, Javier: Yo antes leía mucha ficción, pero me desaficioné. Que fatiga. Me duele cada vez más la cabeza -dijo Isis, y nunca sabe qué va a encontrarse, como nuestro buen amigo Forrest, con quien el «estilo» apotegmático del narrador tanto tiene en común (Allí es una palabra zanahoria, como su propio nombre indica te la ponen siempre delante  o el perspicaz Ahora en vez de razonar se dice desarrollar. En fin, hemos cambiado la razón por el rollo), una suerte de reencarnación del jardinero fiel de Being There, de Jerzy Kosinski, el entrañable Mr. Chance, asociado ya para siempre al rostro impecable del extraordinario Peter Sellers.
De entrada, la peripecia de una pandilla de friquis de lo paranormal es un motivo narrativo tan legítimo como cualquier otro para construir una novela en torno a una quest, que dicen los amantes del ciclo artúrico -allí el Grial; aquí la madre de todos los «agujeros»-, que, andando la narración, acaba perdiéndose un poco de vista, de tal manera que cuando un personaje, el luchador manco, dice: Es que ya no sé de qué parte estaba…, al lector crítico no le queda más remedio que escribir en el margen de libro : ¡Ya somos dos!, dado el trasiego de agujeros y viajes entre una parte y otra de una sola realidad o de diferentes realidades, que no acaba de estar muy claro en esa narración «emmental» que recuerda el plano holístico (de hole, no del todo) de Yellow submarine sobre el que aparecen y desaparecen Nowhere Man y los cuatro beatles.
Si a ese trasiego le añadimos la facilidad mortadélica para disfrazarse que tienen todos los personajes, nos hallamos ante una historia que exige del lector una lectura con una hoja Excel o bien su dimisión en tan ardua tarea y, formalizada la renuncia,  dejarse llevar por un flujo que no acaba de fluir como al lector le gustaría, y no por la «rareza» de la historia, sino por esa falta de sintonía entre el mundo del lector y el del autor, aun compartiendo, paradójicamente, muchas cosas. Se trata, pues, de una cuestión estrictamente formal, de estructura novelística, aunque el uso de materiales de muy distinta extracción haya contribuido también a esa suerte de caos más o menos controlado por el autor: hechos reales, anécdotas, análisis políticos, reflexiones existenciales, chistes de relativa eficacia, invenciones desatadas, etc. Pensemos que el propio autor, sabio autocrítico, pone la venda antes de la herida: Por lo general en la literatura de ciencias ocultas lo más oculto es la literatura.
Lo que está claro es que La noche fenomenal no es, de ninguna de las maneras, una novela “al uso”, de corte realista, con una buena creación de personajes, conflictos cercanos a la mayoría de los lectores y con un interés por el destino de aquellos que mantiene en vilo a los lectores hasta el desenlace. Escribí en el título de esta recensión que se trataba de una suerte de roman à clef, que dicen los seguidores del  nouveau roman, en la que aparecen personajes reales: el autor/narrador con su propio nombre, Javier, el editor Batlló, Félix de Azúa, etc., y otros fácilmente identificables como el profesor Osías, el célebre Jiménez del Oso, de cuyos programas era seguidor devoto no por los misterios paranormales que me explicara, sino por él, como personaje que ha descrito Andújar con absoluta propiedad: El profesor Osías, la persona con las ojeras más profunda del universo, con los ojos sobre acantilados…; pero estoy dispuesto a admitir que, más allá, de ese juego narrativo, la historia apela a la complicidad de unos lectores afines al autor y a quienes puede hacerle gracia la sucesión, algo caótica, para qué nos vamos a engañar, de referencias que se acumulan con un efecto próximo al batiburrillo de enseres que suele reunirse en el famoso cajón de sastre.
Desde buen comienzo, el autor, dueño de un inconfundible estilo periodístico y radiofónico, traslada a las páginas de la novela esa peculiar manera suya de plantarse ante la realidad, a medias entre la «epojé» filosófica y la pretendida ingenuidad del espectador ingenuo, e incluso «de pueblo», que es afectación cara al autor, como lo prueba su fidelidad a los orígenes y su sentido de pertenencia a la clase menestral catalana hija de la inmigración, y que tanto le honra. Ello implica, en el plano narrativo, que lo mejor de la historia -al menos para quien esto escribe- lo hallaremos en una variada gama de comentarios que, ¡afortunadamente!, son lo suficientemente numerosos como para que al lector no le venza el aburrimiento de la disparatada trama absurda, pero suficientemente escasos como para no acabar de perfilar los rasgos reconocibles de una variación del género de la novela de aventuras, distópica o fantástica.
El abanico de recursos que usa Pérez Andújar, de forma totalmente espontánea, lo recuerdo, tiene que ver con el de sus propias preocupaciones sociales, literarias, existenciales, etc. Si recordamos el pregón de las fiestas de la Mercè, que le supuso la enemiga de ese escalofriante mundo sectario y supremacista del secesionismo catalanista,  nos acercaremos bastante al repertorio del que hablo. Hay, sin embargo, para los lectores algo curtidos, un tono que nos resulta familiar, y no es otro que el del detective diletante de las novelas de Eduardo Mendoza: El caso es que a mitad de su explicación el sherpa dio un salto y salió por piernas. Yo creí que le había dicho algo horrible sin darme cuenta, así que para consolarme me acabé su Coca-Cola y su bolsa de patatas, pero se las tuve que restituir, ya que al rato se presentó con este frasco. El crítico, menos aristarco que nunca, dada la bonhomía del autor, a quien me une una profunda corriente de afecto literario y personal, quiere entender que se trata de un homenaje. Del mismo modo que puede serlo la influencia poderosa del mundo de los tebeos y de los géneros populares como las aleluyas, los pliegos de cordel y los romances de ciegos que iban contando crímenes truculentos dibujados en un cartelón que iban punteando a medida que avanzaba el relato, tal y como se aprecian en los pareados que preludian cada capítulo/viñeta del libro. La sucesión de episodios en pisos de muy distinta naturaleza y con personajes tan variopintos remite en el acto a la famosa 13, Rue del Percebe de Ibáñez.
La lectura está sazonada, en esta especie de «olla podrida», con algo más vaca que carnero, como indicaba, por un mundo de referencias literarias que van desde la primera recensión de Lovecraft hecha por Juan Eduardo Cirlot (un personaje muy próximo al mundo de los símbolos) hasta la loa del goliardo Rutebeuf, que es, para el autor -filólogo de formación, no lo olvidemos…-,  la Atapuerca de los poetas malditos. En él está toda esa manera de vivir y esa maneta de escribir, que luego va desde Villon hasta Verlaine y hasta Panero, Leopoldo María digo. (…) Y los monólogos sarcásticos y melancólicos, las canciones de los cabarets del viejo Berlín, también están ya en él. (…) Los llamamos malditos, pero en parte en aquel siglo XIII era todo una maldición. Sus contemporáneos Jean Bodel d’Arras y Baude Fastoul eran poetas enfermos de lepra. Gente de piel dura, y no quiero hacer con esto un comentario gracioso, pasando, entre otras referencias, por una reivindicación de Blaise Cendrars, de  la lectura de cuya novela Moravagine, dice el autor: me sentó como si me hubiera tragado una botella de lejía. Hoy no se escribe con ese asco de la vida y de todo.
La noche fenomenal, si bien se lee, es una suculento plato variado de sugerencias, de ocurrencias, incluso de diagnósticos políticos y sociales, e incluso de algunos chistes con escasa suerte: Cuando un río describe una curva se le llama meandro, pero a mí no me gusta pronunciar esa palabra pues me acuerdo de un amigo que tuve que se llamaba Leandro y, claro, me lo imagino en el urinario. (…) Ya lo decía Séneca el Viejo: errare humanum est. ¿Sabe lo que significa? Pues quiere decir: es humano pronunciar la erre. Pero junto a esos descensos del gusto, están las remontadas excepcionales del autor al que reconocemos en su habilidad característica para el comentario que nos suele ofrecer un punto de vista novedoso desde el que asomarnos a la realidad cotidiana, y algo de eso hay en pensamientos tan lúcidos como este: Dos por dos son cuatro. Pero hablar por hablar, ¿cuánto hablar da?, algo que nos ofrece de continuo en esa línea temática de la narración que podríamos llamar la «crítica del lenguaje», una zambullida ingeniosa en la reflexión sobre los límites de nuestro mundo, que son, como lo estableció Wittgenstein, los propios de nuestro lenguaje. Son constantes los chapuzones en esa crítica del lenguaje, y siempre salimos de ellos con la sensación de habernos refrescado, de estar en condiciones de escaparnos de las trampas que cualquier sistema conceptual suele tendernos para «encauzar» nuestro propio y singular punto de vista: -Ostras, Javier, creo que tendríamos que fundar la ciencia de las criptopalabras. Las palabras excluidas, incomprensibles en cualquier idioma. Palabras que solo alguien, solo algunos, han oído una vez, de pasada, casualmente, o que ninguna persona ha oído jamás, pero aun sí se supone que existen porque han dejado un rastro.  Es muy posible que, para la creación de esa ciencia, les viniera bien el recién aparecido diccionario El Tesoro olvidado, de Dimas Mas, porque comparten ambos autores la misma sensibilidad léxica. Aunque discutible, no es menos cierto que los juegos de la confusión son, también, una herramienta eficaz en la pluma del autor: Todo quisque les pone trampas a los demás, y siempre me toca a mí pagar los patos rotos. Porque un pato se rompe igual que puede romperse una pata. Los patos también son de Dios. Es decir, son míos. Hasta ahí podríamos llegar-dijo Isis, que no se había quitado la careta de David Bowie.
Es muy probable que quien haya seguido estas líneas aún se pregunte si he sido capaz de maravillármelas para escribir la crítica de un desencuentro lector y un reencuentro literario y humano, porque junto a ese edificio de la Coca-Cola, en San Adrián, por ejemplo, conocí yo a mi Conjunta in illo témpore…; y en la FECSA de las tres chimeneas trabajó durante años mi muy querido *amilega Benet. Seguramente no he salido con bien, porque sé, por propia experiencia, los pliegues y repliegues de la vanidad de los autores y lo mal que llevamos, en general, toda crítica que no sea como le gustan los votos  a Pedro Sánchez, de “adhesión inquebrantable”; pero Hermes sabe bien que aun no siendo, a mi modesto y desdeñable entender, un libro “cuajado”, a buen seguro que tendrá lectores que lo alaben, lo ensalcen, lo recomienden y aun lo veneren. Yo, de momento, me acercaré al bar París para llevarle al dueño, que sale en el libro, una fotocopia de las páginas donde tal cosa sucede, porque durante muchos años nos relevamos en la misma plaza de aparcamiento: yo me iba a trabajar al extrarradio y él venía a la ciudad. Con esto quiero indicar que La noche fenomenal tiene entre sus virtudes ser una «novela de  Barcelona», cuyo recorrido, desde la calle Verdi, con la librería de Batlló y, en Torrijos, el Café Salambó, regentado por Pedro Zarraluki, hasta  este bar PArís en la calle Muntaner, pasando por el Instituto Francis en la Ronda de Sant Pere, nos ofrece un serpenteante viaje sentimental que encantará a quienes vivimos en ella y «la vivimos».
Por demás está recalcar que la nómina de personajes estrambóticos y acciones disparatadas, acercan la narración al tipo de novela «delirante» que tiene su público, evidentemente, entre el que, para mi desgracia, no me encuentro, aunque, insisto, hay el suficiente ingenio y capacidad de invención verbal como para que hasta el menos partícipe de ese gusto no dé la lectura por perdida y siga siendo un admirador de las dotes imaginativas del autor. Es muy probable que se haya producido una involuntaria confusión de registros elocutivos y de géneros, pero eso ya quedaría para las arduas elucubraciones de críticos más sesudos.

martes, 17 de septiembre de 2019

«La isla de Oro» y «El oro de Mallorca», de Rubén Darío

Darío en la Cartuja de Valldemossa


Entre el turista forzado y la autoficción descarnada: dos obras de Rubén Darío en un escenario privilegiado: Mallorca. Una lectura hecha a destiempo, pero aún con el recuerdo vivo del impacto de la isla en el corazón y la memoria

Por precipitaciones de última hora, y acaso condicionado por el destino, en el que intentaba «descubrir», bajo la imagen de isla arrasada por el turismo masificado, el paraíso que fue en sus orígenes, me despisté y no eché en el saco de los libros este de Rubén Darío que, siguiendo mi costumbre veraniega, de hace ya algunos años, de leer textos que fueron escritos en el lugar adonde viajo, hubiera leído con gusto esos días, aunque la lectura en curso, Las bodas de Cadmo y Harmonía, no dejaba de ser la más idónea para una «aventura» mediterránea en una isla a la que cualquiera con un mínimo de sensibilidad viajera puede arrancarle destellos de belleza primordial que atesorará después, acabado el viaje, como una invitación a volver, que es el hechizo de las islas, de todas.
Rubén Darío, fiando en el viaje a tierras tan «bendecidas» su recuperación física, pues andaba su salud muy mermada por el alcoholismo y otras malas hierbas, viaja a Mallorca en las postrimerías de su vida: desde principios de octubre hasta fines de noviembre de 1913. Con anterioridad había estado ya, desde noviembre de 1906 hasta abril de 1907, en una estancia con su última mujer Francisca Sánchez, quien tuvo un aborto durante su estancia en la isla. A la primera estancia pertenece La isla de oro, una suerte de libro de viajes escrito, sin embargo, con una cierta desgana y circunscrito, durante la mayor extensión del mismo, a hablar del libro de su « muy odiada» Georges Sand, Un invierno en Mallorca, y en el que cuesta trabajo hallar una visión poética personal de una isla que, sin embargo, encandiló al poeta y le arrancó algunas descripciones maravillosas.  Sorprende, tras leer La isla de oro, que las mejores estrofas sobre la isla se hallen en la famosa Epístola a la señora de Leopoldo Lugones:
Hoy, heme aquí en Mallorca, la terra dels foners,
como dice Mossen Cinto, el gran Catalán.
Y desde aquí, señora, mis versos a ti van,
olorosos a sal marina y azahares,
al suave aliento de las islas Baleares.
Hay un mar tan azul como el Partenopeo.
Y el azul celestial, vasto como un deseo,
su techo cristalino bruñe con sol de oro.
Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro.
Barcas de pescadores sobre la mar tranquila
descubro desde la terraza de mi villa,
que se alza entre las flores de su jardín fragante,
con un monte detrás y con la mar delante.
V
A veces me dirijo al mercado, que está
en la Plaza Mayor. (¿Qué Coppée, no es verdá?)
Me rozo con un núcleo crespo de muchedumbre
que viene por la carne, la fruta y la legumbre.
Las mallorquinas usan una modesta falda,
pañuelo en la cabeza y la trenza a la espalda.
Esto, las que yo he visto, al pasar, por supuesto.
Y las que no la lleven no se enojen por esto.
He visto unas payesas con sus negros corpiños,
con cuerpos de odaliscas y con ojos de niños;
y un velo que les cae por la espalda y el cuello,
dejando al aire libre lo obscuro del cabello.
Sobre la falda clara, un delantal vistoso.
Y saludan con un bon dia tengui gracioso,
entre los cestos llenos de patatas y coles,
pimientos de corales, tomates de arreboles,
sonrosadas cebollas, melones y sandías,
que hablan de las Arabias y las Andalucías.
Calabazas y nabos para ofrecer asuntos
a Madame Noailles y Francis Jammes juntos.

A veces me detengo en la plaza de abastos
como si respirase soplos de vientos vastos,
como si se me entrase con el respiro el mundo.
Estoy ante la casa en que nació Raimundo
Lulio. Y en ese instante mi recuerdo me cuenta
las cosas que le dijo la Rosa a la Pimienta...
¡Oh, cómo yo diría el sublime destierro
y la lucha y la gloria del mallorquín de hierro!
¡Oh, cómo cantaría en un carmen sonoro
la vida, el alma, el numen, del mallorquín de oro!
De los hondos espíritus es de mis preferidos.
Sus robles filosóficos están llenos de nidos
de ruiseñor. Es otro y es hermano del Dante.
¡Cuántas veces pensara su verbo de diamante
delante la Sorbona viaja del París sabio!
¡Cuántas veces he visto su infolio y su astrolabio
en una bruma vaga de ensueño, y cuántas veces
le oí hablar a los árabes cual Antonio a los peces,
en un imaginar de pretéritas cosas
que, por ser tan antiguas, se sienten tan hermosas!
                                    (…)
¿Por qué mi vida errante no me trajo a estas sanas
costas antes de que las prematuras canas
de alma y cabeza hicieran de mí la mezcolanza
formada de tristeza, de vida y esperanza?
Ese tono sombrío del final fue precedido en la Epístola por una confesión que, a su manera, preludia el intento de novela autobiográfica que escribió en su segundo viaje: El oro de Mallorca: 

Gusto de gentes de maneras elegantes
y de finas palabras y de nobles ideas.
Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas
trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos,
mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos.
                         (…)
No conozco el valor del oro... ¿Saben esos
que tal dicen lo amargo del jugo de mis sesos,
del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta,
del pensamiento en obra y de la idea encinta?
¿He nacido yo acaso hijo de millonario?
¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario?

Del primer libro, en el que critica tan acerbamente a Georges Sand por haber «martirizado», a su entender, al débil Chopin:
-Es una dama poco cómoda -dije.
-Lo mismo dirían sus enamorados -contestó lady Perhaps-. Y, en su tiempo, quizás usted hubiera sido uno de ellos.
-Lo dudo. Una literata, casi no es una mujer: es un colega.
emerge un Darío generoso para con sus anfitriones y sus conocidos: Gabriel Alomar (Un compatriota de Raimundo Lulio, un mallorquín cuya bóveda craneana encierra cosas hermosas y profundas que han ya brotado en periodos robustos y en alados apotegmas que anuncian cosas grandes. Se llama Gabriel Alomar el Futurista) , Santiago Rusiñol (ese catalán de seda), etc. Y no deja de aflorar la perspectiva literaria que constantemente asoma a sus páginas, porque Darío es una biblioteca andante y sus paisajes siempre vienen condicionados por paisajes literarios, del modo que sus propias experiencias, incluso las de la cotidianidad, remiten también a fuentes librescas: Excelente refugio para dialogar sobre asuntos hermosos es la florida Mallorca. Porque, aunque se esté solo, el monologo no existe. Siempre se dialoga. “Temes en el muro una mirada que te espía”, dice el poeta. [Gerard de Nerval: Crains, dans le mur avengle, un regard que t’épie.], porque, como profesa su fe de origen parnasiano: Todo lo clásico es sano.
         Darío le dedica notable tención a un mecenas, el archiduque Salvador de Austria que abandonó la corte vienesa para cambiarla por un ideal de vida retirada, alejada del mundanal ruido y ajena al tablero de la gran política: dejó la corte de Austria, elegante y soberbia, para ir a vivir entre los payeses y las payesas de Valldemossa, bajo el cielo soberbio, junto al Mediterráneo armonioso, en sus tierra casi primitivas, horas de libertad y de capricho o de estudio y recogimiento. A él se debe la restauración y creación de Miramar, el convento que albergó a Ramon Llull y donde el archiduque  añadió al paisaje unos miradores que permiten tener una vista mágica y prodigiosa del paisaje mallorquín desde la Sierra de Tramontana, cerca de la histórica y famosísima Cartuja de Valldemossa y no muy lejos de Deià, donde habitó otro de los colosos literarios que atrajo la isla: Robert Graves, el creador de Yo, Claudio, en su momento la serie de más existo vista en la TVE, única en aquel entonces histórico de finales del franquismo; una serie que nos ayudó a los jóvenes sin experiencia política, a reflexionar sobre los límites, los deberes y las exigencias del poder, amén, por supuesto, de las innobles intrigas para adquirirlo o conservarlo. Darío recoge que Luis Salvador fue a Argelia y trajo de allí una piedra de Bugía, donde Llull fue lapidado hasta morir, para que sirviera como primera piedra del oratorio que él construyó:  El hermoso gesto vale por una oda. Es, pues, también, el archiduque de Austria Luis Salvador, un poeta. (…) Ved cuán distinta su vida de la de los granes duques rusos (…) devotos de Santa ruleta, tragadores de mares de champaña, únicamente preocupados por el placer.
    Darío, muy sensible a las artísticas formas caprichosas del paisaje, recuerda, desde esa perspectiva libresca de la que hablábamos la indeleble impresión que le provocan os troncos retorcidos de los olivos, y recuerda, enseguida, que en esas morfologías se inspiró Gustave Doré para sus célebres ilustraciones de El Quijote: La carretera se extendía entre dos vastos olivares, los olivares centenarios que inspiraron a Gustavo Dore sus árboles antropomorfo en una de las más admirables ilustraciones de la divina comedia; los mismos de los que Darío escribe: Dijérase que la carne del olvido se sustentase unida a los huesos de la tierra; y que en ese árbol ilustre se mellase el alma del tiempo.
         Recordemos que el último libro trascendental de Darío, Cantos de vida y esperanza, lo da a la imprenta por las fechas de su primer viaje a Mallorca, 1906 y que en él se contiene, si no un refutación de Azul, sí una ilustración del otro animal simbólico de Rubén, según Pedro Salinas, en su monumental ensayo sobre el poeta nicaragüense: el búho, emblema de la sabiduría y la experiencia; frente a la estética del cisne. El tono de franco pesimismo existencial que asoma en poemas como Lo fatal, compensado siempre con esa irreducible fe última de Darío en la sensualidad es el mismo que cierra su primer texto  sobre Mallorca: Yo voy a soñar esta noche: un barco extraño que lo mismo va con su quilla reluciente sobre las aguas que sobre la tierra… Yo estoy a bordo, en compañía de Ella -¿cuál? ¿quién? ¿cómo es? ¿cómo será?-. En mí existe aún la primavera, una primavera que quisiera renovarse. El barco pasa por Buenos Aires, por un pueblo de Nicaragua, por Londres, por un país que tan solo he conocido con los ojos cerrados… y en ese viaje fatal me pregunto apenas cuál es el punto señalado para la llegada.
         El oro de Mallorca es una forma temprana de lo que ahora llamamos «autoficción»: un yo claramente identificable se parapeta tras un personaje de escasa o nula ficción, disfrazado, en este caso, de músico para acentuar esa falsa distancia con el narrador/autor. De lleno, pues, en el ámbito de la autobiografía, técnicas novelísticas al margen, la novelita, inacabada, y publicada en parte en colaboraciones periodísticas de Darío, que mantuvo hasta su hora final, resulta una aproximación notable a su propia vida en alguien que ya había escrito su autobiografía en Caras y caretas, de Buenos Aires, del 21 de septiembre al 30 de noviembre de 1912 con el título de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo . Es decir, que en el último lustro de su vida, Darío sufrió esa tentación de tantos autores: ajustar cuentas consigo mismo. Confieso, permítanme la confidencia, que no me atraía mucho la literatura memorialista, un género que le chifla a mi buen amigo Miguel Martí, y siempre preferí la literatura de ficción a la de confesión, acaso porque intuía en la primera mucho de la segunda, algo suficientemente probado; pero en los últimos tiempos, mi propia vejez, confieso que me he aficionado a esas construcciones ficticias y me encanta desenredar las artificiosas construcciones barrocas de quienes dicen ser fieles a unos hilos de la memoria que más reconstruye e inventa que levanta acta fidedigna.
         Darío es sincero y se manifiesta en esta autoficción con una sinceridad notable sobre su persona, lo que le da al proyecto novelístico un alto valor informativo sobre su persona. El juego, además, con el alter ego musical, se desvanece a las primeras de cambio y enseguida sabemos que es un escritor el verdadero personaje, como cuando inicia su autorretrato: Benjamín gustaba poco del trato de «la gente», de la bétisse circulante que se manifiesta por la usual y consuetudinaria conversación, del vulgo municipal y espeso, como él decía. Así como gustaba de comunicar con los espíritus sencillos, con los campesinos simples, con los marineros, y con los viejecitos y viejecitas de pocas luces, que viven de recuerdos y cuentan curiosas cosas pasadas que ellos presenciaron. Un personaje al que Darío se acerca como desde la distancia para potenciar la objetividad de su semblanza: Tantos años errantes, con la incertidumbre del porvenir, después de haber padecido los entreveros de una existencia de novela; en una labor continua, con alternativas de comodidad y de pobreza; con instintos y predisposiciones de archiduque y necesitado casi siempre, sin poder satisfacer sino por cortos periodos de tiempo sus necesidades de bienestar y aun de lujo, amigo de bien parecer, de bien comer, de bien beber y de bien gozar como era; cansado de una ya copiosa labor cuyo producto se había evaporado día por día; asqueado de la avaricia y mala fe de los empresarios, de los «patrones», de los explotadores de su talento, dolorido de las falsas amistades, de las adulaciones interesadas, de la ignorancia agresiva, de la rivalidad inferior y traicionera; desencantado de la gloria misma, y de la infamia disfrazada y adornada y halagadora de los grandes centros, se veía en vísperas de entrar en la vejez, temeroso de un derrumbamiento fisiológico, medio neurasténico, medio artrítico, medio gastrítico, con miedos y temores inexplicables, indiferente a la fama, amante del dinero por lo que da de independencia, deseoso de descanso y de aislamiento y, sin embargo, con una tensión hacia la vida y al placer -¡al olvido de la muerte!- como durante toda su vida. Curioso Benjamín Itaspes.
Poco a poco, Darío va desgranando los ejes cardinales de su existencia: la devoción por el sexo, por los paraísos artificiales, por el lujo, por la buena vida, pero también  los sinsabores que hubo de padecer, sobre todo, tras la boda “forzada” con Rosario Murillo que le amargó la vida hasta el final, y de ahí este desabrimiento injusto: La mujer, amigo mío, es la peor de nuestras desventuras, por sí misma, por su naturaleza, por su misterio y su fatalidad. (…) Y su daño está en el amor mismo en un paraíso de temporada, en un goce que pasa pronto y deja mucha amarga consecuencia. Y no me juzgue usted un misógino… Hay en Rubén Darío, con todo, una suerte de panteísmo que él supo trasladar a su obra literaria, una suerte de identificación pagana con la naturaleza que le arrancará líneas tan formidables como estas: Yo miro mis pupilas en las pupilas de los animales y mi sangre en la sangre de ellos, y mis huesos en los huesos de ellos. Yo miro mi carne en los troncos de los árboles y en el humus negro de los campos. Nadie sabe nada, y la intuición es una piedra lanzada a lo desconocido o como esta descripción que no acertó a desarrollar en su primer libro, absurdamente considerado como una crónica de viaje: Las piedras semejaban en las alturas bloques de un rosa dorado. La limpidez azul del cielo parecía de fabulosa gema bruñida. Por un lado subían los senderos hacia el escalonamiento de los predios labrados que se veían en las faldas de los cerros y colinas adornados de los ramilletes verdes de los pinos y de las encinas. Cerca, por las tapias de los huertos caían, enredadas las parras en las ramas de las higueras, los racimos de uvas ambarinas y doradas junto a los higos verdes y oscuros, algunos entreabiertos, dejando ver su carne roja. Se veían las extensiones cultivadas, al lado de los olivos seculares de raros y fantásticos troncos.
         Llama la atención que Darío repare en la realidad de los judíos mallorquines, los xuetes, al hilo de los retratos que de ellos hiciera Santiago Rusiñol, y recalcando la injusticia del poco menos que gueto en el que dicha comunidad vivía, aislada del contacto con los nativos: El autor de L’Illa de la calma los ha pintad, en la estrechas tiendas de su calle estrecha, «mirando de reojo a todos los que pasan», en sus pequeños obradores de plateros, relojeros y joyeros; grandes comedores de carne, con sus mujeres, harto fecundas y parideras, manejando el oro y la plata, de cuyo comercio viven, mirados siempre de modo oblicuo por la gente, que habla de ellos en voz baja. (…) La separación , la valla que existe entre ellos y el resto de los mallorquines es indestructible. Me recuerda, de alguna manera, la situación de los judíos en Usamérica en los años 50, cuando había una “barrera invisible” entre ellos y los wasps, como con penetrante visión llevó a la pantalla Elia Kazan en La barrera invisible, de 1947.
         Vuele a aparecer Georges Sand, por supuesto, porque era grande la inquina de Darío contra ella, pero era uno de los principales referentes literarios, artísticos, que él se veía obligado a recoger para mantener el tono de una narración en la que todo lo relativo a las artes hallaba su lugar adecuado: Ella estaba de bilioso humor por no encontrar en Mallorca la vida de otras partes, pero tomaba sus apuntaciones, oía el piano de Chopin y llamaba a los tomates «pommes d’amour». Además, en el antiguo convento es fama que se vestía de hombre y salía de noche a inspirarse en el viejo cementerio de los religiosos.(…) [A Chopin] Le había embrujado, como a otros, por sus ardorosas y sabidas lujurias y su innegable talento. Era ella el camarada femenino, tanto más peligroso cuanto más intelectual y caprichoso. Pero el eco grecolatino que resuena en la pluma de Darío en un espacio como el de Mallorca es constante, y de ahí esta última descripción ennoblecedora de la isla donde intentó recuperarse de su ya maltrecha condición biológica: De oro parecía el agua del fondo, de un oro rosado sobre el cual se formaban en la conjunción con el cielo como archipiélagos candentes, tempes acarminadas, amatuntes de prodigio con lagos de plata en fusión, montes de plomo, riberas de color violeta y naranja. De oro parecían bañadas por la luz horizontal las cumbres de los cercanos acantilados, de oro los peñascos suspendidos al borde de los precipicios, las bocas de las cuevas y honduras en donde anidan palomas y cuervos marinos.[Tempe y Amatunte son viejas ciudades griegas.]
El volumen, editado por Luis Maristany, incluye una recopilación de cartas de Darío que sirven de contrapunto documental al texto «turístico» y a la novelita inacabada. Salvo cuando las cartas tienen una dimensión literaria, como la barroca Epístola moral a Fabio o la propia Epístola a la señora de Leopoldo Lugones, del propio Darío, las cartas de los autores suelen ser una nutritiva despensa de la vida corriente, llenas de anotaciones que nos transmiten con sustancial veracidad aspectos relevantes o anecdóticos de esas vidas tan cercanas a las nuestras como lejos están nuestras obras de las suyas artísticas.
         Con fecha 22-5-14, Darío describe con pasión el hallazgo de una «torre» en la confluencia de la calle Tiziano, 16, con el Paseo del Valle Hebrón -una placa blanca colocada en 1967 recuerda que allí vivió el poeta nicaragüense-: “Torre” ideal, cerca del Tibidabo: jardín y huerto a un lado; tranvía cerca, baño, luz eléctrica, timbres, la mar de piezas, todo amueblado, todo listo; piano… ¡18 duros al mes! Yo no me muevo de aquí. (…) Y ello, aunque A mí se me han declarado ya, francamente, Panchos Villa, intestinos y riñones; pero han mejorado mucho los nervios, esto es, el ánimo.  En la ciudad Condal, Darío, que seguía mandando crónicas periodísticas a La Nación, tuvo relación con la intelectualidad catalana de entonces e incluso acudió a mítines obreros para tener una visión «integral» de la realidad barcelonesa: En Barcelona he tenido días gratos y días malos. Aquí he admirado a Miguel de los Santos Oliver, y al poderoso «Xenius». He vuelto a abrazar a mi querido Santigo Rusiñol y al gran Peyus, como familiarmente es llamado Pompeyo Gener. (…) Una de mis primeras vivistas fue para el amigo de don Marcelino Menéndez y Pelayo y maestro carísimo. He nombrado a Rubió y Lluch.
         Antes de que llegara Francisca, no son pocas las quejas menores que de ella manifiesta el autor, poco proclive a los sucesos minúsculos de la vida cotidiana: Así, en 19-X-13, escribe: A Francisca la escribiré después. ¡Si pudiera cambiarse el espíritu y el carácter de la pobre! Yo viviría, después, cerca de ella, aunque no fuera juntos. Se cuidaría y educaría al chico. Uno tiene necesidad de querer algo. Como cuando se queja de la queja de ella por el robo sufrido en París: Francisca me escribió -dándome un rato molesto- su aventura del ladrón. Cien veces le dije que jamás llevase dinero en el réticule.
         Darío es una de las cumbres literarias de nuestro idioma, y su registro léxico abarca un volumen léxico envidiable y sorprendente, como cuando usa voces tan poco usuales como rocas blanquizcas o un cronicón forrado en cuero flavo, por eso le dan a su prosa cierta gracia algunos galicismos, lengua en la que también tiene obra literaria el autor, como cuando confiesa que mi salud de ha repuesto bastante y estoy en tren de labor
         Como turista en Mallorca, si bien por escasos días, tengo la sensación de que Darío no acabó de dejarse seducir por la isla lo suficiente como para dedicarle una obra que hubiera sido capaz de captar la vida y la belleza innata de la misma; que habitó en ella como en un grandioso escenario por el que paseó sus dolencias, sus perplejidades y la temida sensación de que, como dice en La isla de oro, está más pendiente de la llegada de la intrusa, de la Separadora, como se dice en los cuentos árabes, que de impulsar su propia vida nuevos hitos creativos, justo cuando él se sentía, además,  «perseguido por la negrura de la incertidumbre».
         Probablemente hubiera disfrutado más del libro en aquel espacio  bendecido por los dioses paganos, pero tenía una deuda con él, intonso en las estanterías desde que lo compré, y hoy la doy por satisfecha.

jueves, 8 de agosto de 2019

«Andanzas y viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo habidos», de Pero Tafur


Firma de Pero Tafur


El primer libro de viajes de la literatura española: un recorrido por Asia Menor y Europa, inédito hasta 1874: Las andanzas y viajes… de Pero Tafur, un observador minucioso en un delicioso castellano arcaico.

En esta época de turismo masivo, en la que cada hijo de vecino se considera poco menos que un Marco Polo dispuesto a darte la tabarra con la narración de sus viajes de verano, proyección de fotos incluida, pocos serán los que elijan, como mi menda leyenda, adentrarse en la narración de un prototurista, Pedro Tafur, que recorrió media Europa y Asía Menor, viaje del que dejó relación escrita en un libro escrito, según el estudioso Rafael Bertrán1, unos quince años después de haberlo hecho, en 1454, y del que a buen seguro debió de tomar abundantes notas, habida cuenta del nivel de detalle de cuanto relata en su texto: nombres, lugares, hechos, costumbres, tradiciones, mitos, etc. El ilustre académico Marcos Jiménez de la Espada lo publicó en 1874 haciéndose la impresión. á costa de nuestro inolvidable tío el Marqués de la Fuensanta del Valle, en el tomo octavo de la «Colección de libros españoles raros ó curiosos». O sea, que desde su llegada a la imprenta para solaz de los lectores, el relato de Tafur entró por derecho propio en ese cajón de sastre de los libros «raros o curiosos», aunque en esa clasificación se justificaba su presencia entonces. Hoy, sin embargo, estaría justificada su presencia en los nutridos estantes de los libros de viajes, un género que va aumentando de forma espectacular el número de volúmenes y el de lectores, a medida que se sigue popularizando no solo el turismo de masas, sino también el más atrevido de aventura, con viajes insólitos a lugares remotos. Ser un viajero o un turista no implica, necesariamente, que se tenga la habilidad necesaria para poder después relatar de forma amena e interesante aquello que se ha conocido y vivido, y ahí los verdaderos creadores están en relación inversa a la del aumento de viajeros: de cien mil que viajan apenas uno es capaz de encandilar a los oyentes con el relato de lo vivido; el resto estamos condenados a enhebrar tópicos tras tópicos hasta el aburrimiento final de nuestra audiencia. Dejo de lado los autores de viajes imaginarios, de quienes es conocida su habilidad para captar la atención de los lectores u oyentes. De hecho, Emilio Salgari podría entrar en esa categoría con todos los honores; del mismo modo que entró en el XVII Cyrano de Bergerac con su Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna o Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver. El libro de Tafur, que bien puede ser considerado el primer libro de viajes de nuestra literatura en lengua castellana, aunque los estudiosos nos hablan, al menos de cuatro libros que reclaman ese «honor»: La Fazienda de Ultramar, de mediados del XII, una suerte de guía de peregrinos a Tierra Santa y que bien pudo haber tenido presente Tafur al escribir el suyo, dada la atención que le presta al recorrido por los Santos Lugares; el Libro del conosçimiento de todos los reinos e tierras e señoríos que son por el mundo, escrito hacia 1350 por un franciscano anónimo, y La embajada a Tamorlán, de Ruy González de Clavijo. Como resume López Estrada (1981: 245), según recoge Rafael Beltrán en su estudio sobre los primeros libros de este género en nuestra literatura: el libro aún conserva el frescor y la gracia de la obra de un primitivo de la literatura: su esfuerzo por captar la vida cotidiana, aún en los aspectos asombrosos que se presentan en el viaje, nos lo sitúan en la corriente estética del arte gótico en su vertiente realista. La embajada de González de Clavijo presenta un problema de autoría que aún no ha sido resuelto y es muy posible, al decir de los expertos, que varias manos hayan acabado entrando en su confección. El siguiente en la lista cronológica es ya el de Pero Tafur, y aquí sí que no hay duda de la autoría, algo que la coherencia estilística de todo el texto demuestra sobradamente, pero, además, es el primero en el que la decidida voluntad testimonial objetiva se antepone a cualesquiera otras motivaciones que haya podido tener el caballero cordobés que empleó tres años de su vida en el periplo que lo llevó por la mayor parte de Europa, Turquía, Palestina, Arabia, Egipto, etc. Recordemos, a título anecdótico, y por su relación con nuestra historia literaria que Pero Tafur fue, en 1476, uno de los caballeros que acudió a sofocar la rebelión de Fuente Ovejuna contra el Comendador de Calatrava, amigo suyo y a quien dedicó su libro, tomando posesión de la villa en nombre de Córdoba, una historia más cercana a las luchas de poder que a la versión dramatizada sobre la honra que haría Lope siglos después. Es posible que para el lector moderno no enamorado de nuestros clásicos o de los estadios primitivos de nuestra lengua pueda resultar algo abusivo el uso permanente de la estructura copulativa para la formación de las frases, como si estuviéramos aún en las Partidas de Alfonso X, pero se trata de un uso engañoso, porque el autor es capaz de desarrollar descripciones y aun breves relatos con mucha mayor agilidad de lo que el limitado recurso sintáctico hace prever. Otra cosa es la lengua aun en formación que usa el autor y cuyo repertorio de topónimos, por ejemplo, tanto dista del nuestro actual, o ciertos usos que, aun siendo parte del diccionario hoy, han caído en desuso, como:  E allí posamos el día de Pascua de Cinquesma, nuestra actual Pascua de Pentecostés, aunque «cincuesma» figura en el DRAE con todos los honores de su veteranía… Para tratarse de uno de nuestros primeros libros de viaje, tuvimos la suerte de que Pero Tafur fuera no solo una persona curiosa y con notable capacidad de percepción, sino un atento observador de la realidad material y social de la época, de modo que de sus observaciones se puede levantar un mapa muy aproximado de cómo era la vida cotidiana, la cortesana y la popular en aquel siglo XV tan lejano. Su atención no sufre limitaciones, y su espíritu abierto a toda novedad, por más que pudiera repugnar sus propios principios o pensamientos, nos permite tener noticia fidedigna de unos hechos y unas costumbres que no excluyen ni siquiera lo maravilloso. El nivel detallista de sus observaciones desciende incluso al precio de los bienes o los servicios, y convierte a su libro, por lo tanto, en una fuente de primera mano para los historiadores, aunque en modo alguno da la impresión de que el autor tenga presente esa función «notarial» a la hora de escribir su libro, sino que lo guía ofrecer un relato de «maravillas» exóticas y fuera del alcance de la mayoría de lectores que lo leyeran. De alguna manera, y ese es privilegio de los intelectores, me he acercado al relato de estas aventuras con la misma candidez con que se hubiera acercado un lector de la época del autor, máxime cuando no he estado sino en muy pocos de los lugares que él visito, lo cual me ha permitido disfrutar de lo lindo. Esta lectura me ha traído a las mientes la epifánica que hice del Viaje a Turquía, de Cristóbal de Villalón -aunque Bataillon empeña su prestigio en atribuírselo a Andrés Laguna-, y no andan muy distantes las sensaciones que tuve entones con las que me ha deparado esta última del encantador librito de Tafur. Y vayamos ya, sin más demora, a espigar algunas impresiones de ese viajero auroral de nuestra literatura. Lo primero que nos llama la atención de este libro es el castellano vacilante que usa Tafur, con unas denominaciones geográficas aun no fijadas e incluso con unas grafías aún más vacilantes si cabe, todo lo cual dota al volumen de una dimensión lingüística apasionante para quienes son sensibles a los estadios primitivos de las lenguas. La edición que he leído ha normalizado en castellano moderno buena parte del texto, en vez de haber hecho una edición respetuosa con los usos primitivos, pero, aun así, han respetado no pocos de ellos que, desde el inicio del libro nos sorprenden: A éste llaman Gibralfar; ciudad muy mercadantesca, leemos nada más empezar el periplo. Tafur debió de ser un hombre sin enemigos, a juzgar por los constantes elogios que le dedica a cuantos lugares visitó, e incluso tiene una «fórmula» de halago que se va repitiendo a lo largo de la obra y que tiene en la descripción de Brujas -aunque sea iniciar el camino casi por el final-su más acabado ejemplo: Esta ciudad de Brujas es una gran ciudad muy rica e de la mayor mercaduría que hay en el mundo, que dicen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes en el Poniente, e Veneza en el Levante. (…) Esta ciudad de Brujas en el condado de Frandes e cabeza dél es gran pueblo, e muy gentiles aposentamientos e muy gentiles calles, todas pobladas de artesanos, muy gentiles iglesias e monesterios, muy buenos mesones, muy gran regimiento ansí en la justicia como en lo demás. (…) Esta ciudad de Brujas es de muy gran renta e de gente muy rica.(…) La gente de esta tierra es de gran pulicía en el vestir e muy costosa en los comeres e muy dados a toda lujuria; e dicen que en aquella Hala habían libertad las mujeres que querían, fuese quien se pagase de ir de noche a estar allí, e los hombres que allí iban podían traer a quien quisiese a echarse con ella, por condición que non se trabajase por las ver nin saber quién son, que merescía muerte quien tal feciese; e a los convites de los baños los hombres con las mujeres, por tan honesto lo tienen, como acá visitar los santuarios; e sin duda, aquí gran poder tiene la dehesa de la Lujuria, pero es menester que non les venga hombre pobre, que sería mal rescebido. El itinerario de Tafur lo lleva a Génova (Génova (…) la más fermosa ciudad del mundo de ver; a quien non la conosce paresce que todo es una ciudad, tan poblada es e tan espesa de casas. (…) La iglesia mayor, que se llama San Juan Lorence, muy notable, especialmente a portada; aquí tienen ellos el Santo Vaso, que es de una esmeralda maravillosa reliquia. Esta ciudad con todo su patrimonio se rige a comunidad)  Tafur pone el acento en el régimen comunitario del gobierno de Génova, es decir, está atento a formas de gobierno distintas de la monarquía absoluta y, por otro lado, destaca cuantas reliquias famosas se va encontrando, frente a las que, en alguna ocasión da, con sano juicio, sobradas muestras de incredulidad, lo que nos permite trazar un retrato del autor como persona con notables dosis de sentido común. Adviértase lo que dice cuando visita la iglesia principal de Nieremberga: Aquí está una iglesia donde el Emperador Carlo Magno puso las reliquias que trajo de Ultramar, cuando ganó a Jerusalem; e fui allí con los cardenales a ver aquellas reliquias e mostráronnos muchas, entre las cuales nos mostraron una lanza de fierro tan luenga como un cobdo, e decían que aquella era la que había entrado en el costado de Nuestro Señor; e yo dije cómo la había visto en Constantinopla, e creo que si los señores allí nos estuviera, que me viera en peligro con los alemanes por aquello que dije… En el recorrido que el autor hace por Italia son muy dignas de leer las noticias curiosas con las que el autor ameniza su narración, principalmente tienen que ver con los monumentos que aún hoy nosotros admiramos en nuestros viajes, como las relativas a la Iglesia de San Pedro: Un poco más adelante están dos columnas grandes de fuera encayadas de madera, donde meten a los que son tocados de los espíritus; e éstas son donde Nuestro Señor predicaba al pueblo en Jerusalem; en frente déstas está colgada la soga o cuerda de que se aforcó Judas, que es tan gruesa como el brazo o más; pero también tienen cabida, ¡afortunadamente!, cierto aspectos propios del viaje como la dificultad intrínseca de algunos desplazamientos en aquella época como es el caso del transporte fluvial desde Boloña:  E partí para Ferrara todavía por aquella rivera que dije que pasa por Boloña; e es tan angosta, que non cabe más de una barca, e si otra le viene en contra, es forzado de sacar la una en tierra. Esta agua se yela cada noche de muy grueso yelo, e acostumbran los de las aldeas tener barcas la carena ferrada de cravos agudos , e ellos con palancas ferradas agudas, de media noche abajo, andan por la rivera  quebrando los yelos, por facer camino a los que pasan; e salen los niños cantando, diciendo: «buena chaza», que quiere decir: buena helada. Del mismo modo que luego recorrerá los Lugares Santos en Jerusalem, uno por uno de todos cuantos son hoy en día un reclamo turístico y rutístico para los cristianos de todo el mundo, no deja lugar de Roma sin visitar que tenga un interés para los lectores, sea por su conexión histórica, sea por lo inverosímil de la reliquia que se guarde en ellos. Atentos a estos dos:  La primera mezcla la Historia de Roma y la Cristiandad: Una iglesia muy antigua, que llaman Escala Celi, debajo de la cual está un gran aposento e bóveda so tierra, e allí algunas veces los romanos tenían consejo, e allí fue muerto Julio César por mano de Casio e Bruto. (…) E junto con ella está una iglesia que llaman Santa Précidis, donde está la mitad de la coluna en que fue azotado Nuestro Señor, e allí está el cuerpo del bienaventurado San Gerónimo -precisamente cuando investigadores del CSIC acaban de descubrir que Julio César fue asesinado en la Curia de Pompeyo-: y la segunda: En esta ciudad de Gubio están muchas reliquias, entre las cuales está el dedo de la mano derecha de San Juan Bautista con que él señaló: ecce agnus Dei. Como se advierte -o quizás es una connotación que sobrepongo yo al texto- hay como una suerte de deje burlón de Tafur que se recrea en la minuciosidad de los datos, a sabiendas de la inverosimilitud radical de algo, las reliquias y las supersticiones, a lo que solo empezará a hacer frente la Iglesia en el siglo XVIII, como Feijoo en su Teatro Crítico Universal, por ejemplo. Tras pedir autorización al Papa para ir a visitar los Santos Lugares, Tafur continúa viaje por Grecia y llega hasta  el puerto de Modon en el Peloponeso,  ciudad de paso de todos los peregrinos que iban a Jerusalén, pero aunque esté de paso, no pierde el tiempo y visita un monesterio muy notable de calogueros de San Basilio, que nosotros los latinos llamamos monjes. (…) e lleveles pescado, que jamás ellos según su regla non comen carne. [καλόγερος, «monje» en griego, es como se llama a los monjes del Monte Atos en Grecia.]. Después pasa por la Candia, en Creta, aunque Tafur confunde ambas denominaciones: Candía, que antiguamente se llamaba Creta, do fue rey Agamenón. (…) La ciudad de Candía es muy grande e de grandes edificios; dicen que tres millas de allí está aquel laberinto que fizo Dédalo, e otros muchos antiguos; (…) allí en cierto tiempo del año vienen de paso tantos falcones sacres, que apenas fallan quien los compre. Para tener una idea del floreciente negocio que era la venta de halcones, piénsese que, actualmente, en los Emiratos Árabes Unidos, un halcón sacre cuesta unos 50.000€. La extensión de la visita a los Lugares Santos, motivo central del viaje de Pero Tafur nos impide traer a esta invitación a la lectura de la obra, tantísimas referencias como en el libro aparecen. Espigo estas, a título de ejemplo de lo mucho que el lector curioso puede encontrar en el volumen: El Santo Sepulcro, el cual es una gran capilla muy alta cubierta de plomo, encima  della un gran agujero por donde entra la lumbre, e en medio de aquella una capilla pequeña. E en aquella capilla otra más pequeña, e allí es el Santo Sepulcro; tan estrechamente está, que non cabe en ella sinon el que dice la misa e otro que sirve; allí fecimos nuestra oración e partimos ordenadamente con la procesión al monte Calvario, do fue crucificado Nuestro Señor, que será doce o quince pasos de allí, e es una peña alta cubierta de una capilla labrada de musaico muy ricamente; allí está el agujero en la peña donde fue puesta la cruz de Nuestro Señor e los otros dos agujeros de los ladrones. Se desplazo a Belén donde se amontonan los referentes «santos» de un modo que parece querer comprimirlos para abarcarlo todo en el menor tiempo y espacio posibles: E fuimos a Belleem, que es cinco leguas de allí, e allí nos mostraron, en saliendo, una capilla donde les tornó a parecer el estrella a los tres Reyes Magos, e cuando una legua delante fallamos la casa del profeta Elías. (…) e nos metieron luego en una capilla baja sotierra, a donde Nuestro Señor nasció; e luego allí cerca está el pesebre, e a la salida de aquella cueva el lugar donde fue circuncidado; e de allí fuimos a las cuevas do fueron enterrados los Inocentes, e allí está la casa en estas cuevas donde San Jerónimo trasladó la Brivia. El atrevimiento del viajero  Tafur se parece mucho al de los  viajeros actuales que tratan a toda costa de entrar incluso donde les está vedado el paso por razones religiosas, políticas o de otro tipo, y de ahí su empeño en querer ver el Templo de Salomón por dentro: Que le daría dos ducados e me metiese aquella noche a ver el templo de Salomón, e fízolo así; e a una hora de la noche yo entré con él vestido de su ropa e vi todo el templo, el cual es una nave sola toda de oro musaico labrada, e el suelo e paredes de muy fermosas losas blancas, e tantas lámparas colgadas, que paresce que se juntan unas con otras, e el cielo de arriba todo llano cubierto de plomo (…) si yo allí fuera conocido por cristiano, luego fuera muerto. Este templo pocos días ha que era iglesia sagrada, e un privado del Soldán fizo tanto con él que la tomó e fizo mezquita. El libro está abarrotado de referencias bien comunes para quienes tuvimos la suerte de estudiar Historia Sagrada en el Bachillerato, pero con algunos cambios curiosos. Así, Hericó, que es una aldea de fasta cien veinos o el monte Tabor, donde Nuestro Señor se transfiguro, e dice que es allí el val de Hebrón, donde están las sepolturas de Adán e de Eva, pasando por esa hermosa manera de llamar al mar Rojo que sepulto a Faraón y sus huestes: El mar Bermejo. En Nicosia, le llamó la atención la figura de la hermana del rey, que gobernaba con él con absoluta propiedad, siendo mujer:  Llegó a mí un escudero de madama Inés, hermana del rey Ianus, que me enviaba llamar. (…) Esta señora era muy noble, e nunca casó, seyendo moza virgen, e siempre estaba en el consejo del Rey, e por su voto se regió las más veces el reino; sería de edad de cincuenta años. He de decir que Pero Tafur llevaba cartas de recomendación para  casi todas las casas reales, a juzgar por la manera fácil como accede a todos los mandatarios allá donde llega. Está comprobado, al parecer, que, al margen de la visita a los Lugares Santos, Tafur también negociaba cuando se desplazaba de un reino a otro, fuera como actividad suya habitual, fuera como fuente de financiación para los tres años que duró su viaje, durante el cual en ningún momento parece que pase necesidad alguna y en todos ellos es recibido por las más altas jerarquías de los territorios que visita. Tafur extendió su peregrinaje a Egipto y llegó al puerto de Damiata, en la parte derecha de la desembocadura del Nilo, opuesto a Alejandría que, en la parte izquierda, consiguió disminuir la importancia de la primera que Tafur describe con entusiasmo. Lo importante es la noticia que da del uso de las palomas mensajeras, desconocido entonces en España, quiero creer, dada su sorpresa: Llegamos a puerto de Damiata, donde el río Nilo, que procede de Paraíso terrenal, entra en el mar Mediterráneo, e allí entramos por la rivera fasta la ciudad de Damiata, que es legua e media, que será tamaña como Salamanca, abundosa de pan e de uvas y de toda fruta, e más de azucarales, ciudad llana e desmurada e sin castillo, muy caliente en demasiada manera, posadas muy frescas, tantas comadrejas por las calles e por las casas, que hay más que acá  en las partes donde hay muchos ratones. Allí vi las primeras palomas que traen la carta en una pluma de la cola; esto se face llevándolas del lugar donde son criadas a otra parte, e poniéndole la carta suéltanla e tórnase a su lugar; esto se face por saber presto las nuevas de las gentes que vienen por la mar o por la tierra, que non les tomen desproveídos. La atención de Tafur, como ya dijimos, se fija en todo, desde las personas hasta las cosas pasando por los lugares y las costumbres. Veámoslo en tres ejemplos muy distintos: E dijéronme que aquellos son los mamalucos, que acá llamamos elches renegados, una gran muchedumbre de gente, e esto son los que el Soldán hace comprar por sus dineros en el mar Mayor e en todas las provincias donde los cristianos los venden. La presencia de los esclavos, con la dispensa papal incluida para poder comprarlos que tenían los cristianos, y de hecho, Tafur se volvió con tres para Córdoba, aunque más adelante volveremos sobre este asunto del tráfico de seres humanos. El otro ejemplo es el de los presentes, como la ropa, la vajilla o las armas:  Este día me dio el Soldán una ropa que él suele dar en señal de vasallaje al rey de Chipre, la cual era de acitimí verde e colorado labrada de oro, e forradas las muestras de armiño. Acitimí, según el arabista Reinhart Dozy, es una tela adamascada de terciopelo o satén verde… Del árabe zaytün, «aceituna». El tercer ejemplo es la visita que hizo Tafur a Matarea, la actual Al Matariyah,  unos 150 km de El Cairo, lugar donde, según la tradición, vivió en Egipto La Sagrada Familia:  Un día cabalgamos en amanesciendo e fuimos a la Matarea, que es donde se hace el bálsamo. (..) La Matarea es una gran huerta cercada de uro, en la cual está el jardín do nasce el bálsamo, el cual habrá sesenta o setenta pasos cuadrados, e allí nasce, e es ansí como majuelo de dos años, e córtase por el mes de octubre; e allí va el Soldán con gran cirimonia a coger aquel aceite, e dicen que e tan poco, que non basta a medio azumbre de la medida de acá; e después toman aquellas ramas, e cuécenlas en aceite, e llévanlas por el mundo diciendo que es bálsamo. Acabado de arrincar labran luego encontinente la tierra, e toman de aquellos palos labrados e fíncanlos en tierra, e riéganlos con aquella agua que Nuestra Señora la Virgen María sacó en aquel lugar, cuando iba fuyendo con su fijo a Egipto. Para los aficionados a la zoología, no faltan en el lbro referencias a los animales e los que poca noticia se tenía en aquel entonces en la península. Pongamos como ejemplo los elefantes y las jirafas: E otro día siguiente fuimos a ver la casa donde están los elefantes, e fallé siete, los cuales son negros de color e de grandeza más que camellos, e de fortaleza ansí de brazo como de piernas que parescen marmoles, la mano redonda e con uña fuerte, e dicen que conjuntura tienen, pero que non tiene tuétano ninguno; tienen los ojos muy chequitos como un cornado e colorados, la cola corta como de oso, la oreja como una comunal adarga e la cabeza como de tinaja de estas de seis arrobas, los colmillos de cuatro palmos tiene la boca muy chica, tiene en el bezo de arriba una trompa de fasta seis palmos; ésta él la aluenga cuando él quiere, e la encoge cuando quiere, e con ésta apaña las cosas que ha de comer e la mete en la boca, e fínchela de agua cuando quiere beber. Estas bestias paresce como que tengan entendimiento; tantas buelas facen, que a las veces traen aquella trompa llena de agua, e échala encima a quien quiere, e fácenlos jugar con una lanza echándola en alto e rescibiéndola, e otros muchos juego; e cuando están en celo llévanlos desde amanesciendo e métenlos en el río por que se resfríen, en otra manera no los podrían mandar. Éstos tienen el cuerpo muy duro, e si resciben alguna ferida, pónenlo donde le dé la luna, e luego otro día es sano; el que los manda lleva un ferrezuelo engastado en un palo, es escárbale tras la oreja e llévalos donde quiere, porque allí tienen e cuero muy delgado, a aun una mosca que se asiente allí le da pena. Y otro tanto vale la admiración que le causa la contemplación de las jirafas: Otro día siguiente fui a ver una animalia que llaman jarafia, que es tan grande como un gran ciervo, e tiene los brazos tan altos como dos brazas e las piernas tan cortas como un cobdo, e toda la facción como una cierva, e rodada, las ruedas blancas e amarillas, el cuello tan alto como una razonable torre, e muy mansa. Momento destacado en el devenir de su periplo es el encuentro en Arabia con un explorador y comerciante italiano, Nicolò Da Ponti: Yo fui por la costa el mar Bermejo, que es media legua del monte Sinaí, por ver cómo vinía la caravana, e fallé que vinía allí un veneciano que decían Nícolo de Conto, gentil hombre de natura, e traía consigo su mujer e dos fijos e una fija, que hobo en la India, e vinía él e ellos tornados moros, que los ficieron renegar en la Meca. Cuando Da Ponti volvió a Italia, pidió audiencia al Papa Eugenio IV para que le perdonara su apostasía «forzada», lo que el Papa, veneciano como él, le concedió siempre y cuando se aviniera, a modo de penitencia, a narrar su aventura a su secretario Poggio Bracciolini, apodado Il Pogge. El relato fue publicado como un capítulo de la obra De Varietate Fortunae, de Bracciolini., y se compone de tres partes principales: Descripción del itinerario. Descripción detallada de las Indias. Y la narración acerca del mítico Preste Juan, probablemente inventada por Bracciolini.. A título anecdótico para losconsumidores de hoy, en la obra se describe el mango, al que llama «amba» , del sánscrito amram. De los relatos de Da Conti que Tafur incluye en su propio libro conviene recordar algunos que llaman poderosamente la atención del lector actual, al menos e este intelector abierto a cualquier experiencia humana, ninguna de las cuales le es ajena:  Dice [Da Conti] que había una fruta como calabazas grandes redondas, que dentro dellas había tres frutas cada una de su sabor; e dice que había una costa de mar, donde en saliendo los cangrejos e dándoles el aire se tornaban piedras. (…) Ansímesmo dice que vido comer carne de hombres, e que ésta es la cosa más estraña que él vido. La costumbre hindú de la incineración de las esposas junto al marido es otra de esas costumbres totalmente desconocidas en la España de Tafur: e después desnúdase de aquellas ropas, e vístese de una triste ropa como mortaja, e diciendo ciertas endechas e cantares tristes, despídese de todos, e va e acúestase cabo su marido, e pone su cabeza sobre el brazo derecho dél, diciendo muchas cosas, en conclusión, que la mujer non debe más vevir de cuanto es honrada e defendida por aquel brazo, e fácese poner fuego, e alegre e voluntariamente rescibe la muerte. Finalmente, Da Conti refiere la existencia del particular Copito de Nieve que, en el mundo de los elefantes, tuvo la singular ocasión de conocer: En una tierra de gentiles vido un elefante muy grande blanco como nieve, que es cosa bien estraña, por cuanto todos son negros, e que lo tenían atado  una columna con cadenas de oro, a aquél por Dios adoraban. El libro incluye también breves relatos «ejemplares» que ponen de manifiesto la acendrada religiosidad de ciertos personajes, como fue el caso de Pedro de la Randa y un catalán, ambos matamoros de primera…Una vez capturados por el Soldán, si reniegan, salvan la vida. El catalán quiere renegar a toda costa. De la Randa le dice al Soldán que si le venga del catalán, que él reniega y se hace musulmán. El soldán mata al catalán. De la Randa incumple su promesa y le dice que si hizo el intercambio de favores con el Soldán era para evitar que renegara el catalán y muriera fuera de la religión verdadera, y que ahora podía hacer con De Randa lo que quisiera. Soldán, en vez de vengarse por el engaño, lo nombra poco menos que jefe de su ejército y le promete que no lo llevará nunca a luchar contra cristianos. Muerto aquel Soldán, le sucedió otro que acabo mandando degollar a De la Randa, quien lo prefirió antes que renegar de su religión. Pero Tafur viajaba como embajador de Juan II de Trastámara, Rey de Castilla y León, de ahí que ostentara las armas de su Señor en su escudo: Fui a facer reverencia al emperador de Constantinopla (…) e yo púseme a punto lo mejor que pude, e con el collar descama. El collar de la Escama simboliza, en la superposición de las escamas, la unión de la familia de los Trastámara, que es la divisa del rey don Juan II. También incluye algunas leyendas, como la de “la mano foradada” de Alfonso VI, el de la Jura de Santa Gadea del Cid: E vínose en España, e arribó en Castilla en tiempo que reinaba el rey don Alfón que conquistó a Toledo, el cual algunos nombran de la mano aforadada.  Habla Tafur, del pr9ncipe griego al que llama don perillán y del que hace descender su propia familia, de liña en liña:  E éste es aquel que está enterrado en la capilla de los reyes antiguos de Toledo, e en lo alto del cielo está pintado en un caballo e su bandera e sus paramentos de sus armas, las cuales son aquellas que hoy trae el muy virtuoso e generoso señor don Fernán Álvarez de Toledo, conde de  Alba, porque de liña en liña viene de aquel príncipe de la Grecia que en Castilla vino; e yo ansimesmo de aquellas armas traigo e de aquel mesmo linaje vengo; e aquel don Pero Ruiz Tafur, que fue principal en ganar a Córdoba, era nieto del conde don Esteban Illán, fijo o nieto de aquel don Perillán príncipe que ya dije. ¡Toda una afirmación de prosapia y sangre real! La leyenda de la mano foradada se resume brevemente:  estando refugiado Alfonso VI en Toledo para huir de la persecución de su hermano Sancho II “El fuerte”, oyó, mientras dormía la siesta, cómo hablaba el rey de Toledo a los suyos de los puntos débiles de la ciudad para ser tomada. Para asegurarse de que no habían sido oídos, vertieron plomo derretido en la mano de Alfonso, quien, para no delatarse -lo que le hubiera deparado la muerte- aguantó la “lluvia de plomo” en su mano, y de ahí lo de “el de la mano foradada”… Como corroborará mucho después el Viaje a Turquía, del que los turcos emergen poco menos que como emblema de la caballerosidad, la cortesía y la gracia, la opinión de Tafur sobre ellos se adelante a la de Villalón: Los turcos es noble gente en quien se falla mucha verdad, e viven en aquella tierra como fidalgos ansí en sus gastos como en sus traeres e comeres e juegos, que son muy tahúres, gente muy alegre e muy humana e de buena conversación, tanto, que en las partes de allá, cuando de virtud se fabla, non se dice de otros que de los turcos. En trapisonda se encuentra con un exiliado real de quien no se resiste a divulgar una habladuría de peso: E el hermano mayor déste que agora es, es aquel que yo fallé en Constantinopla desterrado e estaba con su hermana la emperatriz e aun dicen que se envolvía con ella en deshonesto modo. Esta ciudad de Trapisonda será de cuatro mil vecinos, e bien murada, e dicen que tiene buena tierra e buena renta. A quienes hayan visto la película de éxito de Steve McQueen, 12 años de esclavitud, les será completamente familiar la terrible escena que Pero Tafur describe en su libro sobre el comercio de esclavos en el siglo XV: Aquí [se refiere a Cafa, sin duda Kazán, a orillas del Volga]] se venden más esclavos e esclavas que en todo lo otro que queda del mundo, e aquí tiene el soldán de Babilonia sus factores, e mercan allí, e llevan a Babilonia, e estos son los que dije mamalucos. Los cristianos tienen bula del Papa para comprar e tenerlos perpetuamente por cautivos a los cristianos de tantas naciones, porque non acampen en mano de moros e renieguen la fe; estos son rojos, mígrelos, e abogasos, e cercajos, e búrgaros, e armenios, e otras diversas naciones de cristianos; e allí compré yo dos esclavas e n esclavo, los cuales hoy tengo en Córdoba e generación dellos. (…) Los que los venden fácenlos desnudar en cueros también al macho como fembra, e pónenlos unos gabanes encima de fieltro, e fácese el precio, es después de fecho, tíranselos de encima e quedan desnudos e fácenos pasear, esto por ver si hay algún defecto de miembro, e después oblígase el vendedor, que si dentro de sesenta días muriese de pestilenc9a, que sea tenido a tornar el dinero que rescibe. (…) Si entre ellos hay tártaro fembra o macho vale un tercio más que los otros, porque se falla de cierto que nunca tártaro fizo traición a su señor. Ese sobeprecio, nos dice después Tafur, es lo que justifica que entre los tártaros se roben unos a otros para venderse a los traficantes de esclavos…. Hay, sin duda, una dimensión antropológica importante en el relato de Tafur, porque no descuida en ningún momento informarnos no solo de los usos políticos, sino también de las costumbres de esas sociedades que el ve con ojos de extranjero sorprendido : E lo que yo mejor vi nin mayor abundancia  fue la gran pellitería de martas cebellinas e comunes, e muchos armiños, e con dientes, de unos raposos que allí tienen en mucha estimación, ansí por ser gentil pelleja, como porque tienen muy gran molesa e son muy calientes para en tierra tan fría; muchos dellos se cubran las cabezas con lienzos, e otros con sombreros fechos al modo del tocado de las Huelgas de Burgos. Para los lectores modernos es fácil comprender el asombro de Tafur ante un descubrimiento como el del caviar, que ya empezaba a exportarse por el mudo conocido, como una joya gastronómica: En esta rivera – la del Tana, el antiguo Tanais de la Antigüedad y el  actual Don, que desemboca en el mar de Azov- hay muy muchos pescados de que se cargan muchos navíos; especialmente hay muy gran copia de esturiones, que acá llamamos sollos, muy buen pescado fresco e aun salado. (…) Mueren allá unos pescados que llaman merona e dicen que son muy mucho grandes, e de los huevos de aquéllos finchen toneles e tráenlos a vender por el mundo, especial por la Grecia e la Turquía, e llámanlos caviar, e son a punto como jabón prieto, e ansí lo toman, como está blando, con un cuchillo e lo pesan como acá el jabón, e si lo echan a las brasas, fácese duro e muéstrae cómo son huevos de pescado; es cosa muy salada. Cuando, ya de regreso de la expedición a Tartaria, pasa por la Dalmacia, recoge Tafur dos historias muy diversas que marcan., sin embargo, el ritmo de atención binario del autor a la realidad: una historia religiosa y otra pagana. En el primer caso, la leyenda de San Cristóbal y en el segundo la leyenda de los hombres-pez que han nutrido los folclores todos y que Dragó reseña en su Gárgoris y Habidis: hay en ella [Dalmacia] muy buenos azores, que es tierra muy alta e muy montañosa. (…) E fuimos a una villa que llaman Espalato, que es en la mesma Esclavonia, e allí nasció San Jerónimo e San Cristóbal, e en un brazo de mar, que pasa de una aldea a la villa de Espalato, dicen que San Cristobal pasaba a la gente pobre que non tenía con qué pagar la barca, e aun agora hay memoria de la casa del uno e del otro. (…) E fue ansí que un día, estando las mujeres en el agua como solían, un monstruo medio pescado de la cinta ayuso e de allí arriba de forma humana con alas como morciélago -e esta figura en Castilla fue traída e por todo el mundo- arremetió a una mujer e trabó della, e metiola al fondo del agua, e dio voces, e fue acorrida de las otras luego e de muchos hombres que cerca de allí estaban, e fueron e falláronla cómo el monstruo la tiraba dentro e nin por su venida dellos la quería soltar, e allí lo ferieron e sacaron en tierra vio, e estuvo tres horas e más que non murió; e de allí se cree que las mujeres que de ante fallescían, aquel las hobiese fecho menos; e abriéronlo e saláronlo e enviaron a la Señoría de Veneza para que lo enviase al papa Eugenio. De muy distinta naturaleza es la noticia en que repara cuando se halla en Venecia, y que da lugar al nacimiento de un hospicio que evite un elevado número de infanticidios: Solía en estos tiempos pasados, que pocas semanas e aun días había en que los pescados non sacaban en las redes criaturas muertas; dicen que esto era por el gran alongamiento que los mercaderes facen de sus mujeres, e que ellas, con el deseo de la carne, poniéndolo en obra e empreñándose, por guardar su amas e como el lugar es dispuesto para ello, en pariendo, echaban las criaturas por las ventanas en la mar; e los Señores, veyendo pecado tan inorme, hobieron consejo sobre ello, e ficieron un gran espital e muy rico e muy bien labrado, e pusieron en él continuamente cien amas que den leche a los niños, e allí llevan a criar los fijos de las envergonzantes; e ganaron tal bula del Papa, que cualquiera que fuese a visitar aquellos niños e espital, ganase ciertos perdones. Todo lo cual viene a recordarnos lo actual de la tirada de Pitas Paya del Libro de Buen amor. Inicia Tafur, después, un recorrido por Europa en el que continúa recogiendo noticias de todo tipo, desde las cerezas de Bolonia: Aquí en esta ciudad ]Boloña] hay las mayores cerezas que nunca vi, hasta una visión de Milán en la que destacan sus artesanos de lo relativo a la milicia y el rígido control sanitario de forasteros para evitar las pestes que diezman las poblaciones: asteros e silleros e sastres, que facen avillavizo de guerra. (…) Hay muy notables iglesias e monesterios, especialmente la iglesia mayor, que ellos llaman Prudomo [el Duomo, la catedral gótica de Milán], edificio muy suntuoso. (…) En esta ciudad non puede ninguno entrar, sin que primeramente, entrando en tierra del duque, non muestre albalá que faga fe cómo viene de tierra sana e non contaminada de aire pestelencial; en esto se tiene una gran cura, e dicen que había sesenta años que non habían sentido pestilencia en toda la tierra. A Tafur propiamente no se le escapa detalle, y esto es lo que hace su libro una verdadera obra recreativa y gustosa de leer, porque no hay detalle que se lase por alto, como el de la calefacción subterránea en Hungría: Mas hay otra manera de estufas, que es una sala sobrada e debajo ponen fuego, e arriba están agujeros atapados e puestas sillas encima foradadas, e asiéntase hombre encima de la silla e destapa el agujero, e por allí le entra por entre las pierna el calor a toda la persona. E tanto es fría esta ciudad, que el Emperador e todos los otros van por las calles en un madero asentados como trillo, e un caballo ferrado a la manera de allá lo tira, e ansí se facen llevar arrastrando por las calles. Cuando llega a las ciudades, Tafur tiene el buen criterio de hacer una comparación con las ciudades españoles, de modo que los lectores puedan hacerse una idea bastante aproximada de qué tipo de población estamos hablando: Llegar a Viana [Viena] en Austerlic (Austria). (…) Esta ciudad está sobre la ribera del Dinubio, e es muy grande tanto como Cordoba, e muy fermosa de casas de dentro e de fuera, muy gentiles calles, e muy gentiles mesones e iglesias. Y otro tanto con una de las dos partes de la actual ciudad de Budapest: E llegamos a Buda, que es una ciudad tan grande como Valladolid, e pasa por ella el Danubio. Esta es la mejor ciudad que hay en Hungría, e de muchos artesanos, aunque non en aquella policía que Alemaña. Es altamente entretenido el juego de ir identificando los lugares que describe Tafur con los actuales, siquiera sea nominalmente, porque el libro está abarrotado de nombres en castellano que ya son autenticas reliquias de los nombres a los que evolucionaron después, y esa distorsión afecta en mayor o menor grado, y no solo a los nombres europeos, sino también a los de cualquier lugar que visite. Pongo aquí unos cuantos para que los intelectores afilen su capacidad de reconocimiento: Barut; Susa; VEneza; Alijandria; Roxeto; Aherines; Ténedon; Dardinelo; Zorcate; Astraburque; Magoncia; Coloña; NUmeque; Buduc; Lila; Mequelen; Broselas; Estrasburque; Niremberga, Vresalavia; Bresa; Cecilia…
Y acabo ya esta excursión por tan ameno libro de viajes con dos referencias que muestran esa curiosidad innata de un viajero temprano que tuvo la delicadeza de dejarnos relación de sus andanza. La primera es de Padua y la descripción exacta de una capilla que puede compararse con la ilustración que adjunto; así mismo, recoge la historia de dos paduanos ilustres por muy distinto motivo :
E fui a la ciudad de Padua, que es una gran ciudad tamaña como Sevilla e muy rica, e de grandes mercadurías cerca de la mar, media jornada de Veneza, (…) e estuve en esta ciudad tres días, que bien había que ver en ella; aquí está un muy notable estudio de los buenos de la cristiandad; aquí está un magnífico monesterio e muy rico, do está el cuerpo de San Lucas Evangelista, e es gran romeraje e casa muy devotísima. Está en el medio de la ciudad una gran sala, la mayor dos tanto que yo he visto en el mundo, e de fuera cubierta de plomo e de dentro de chapa de Milán, todo el cielo de azul fino pintado a trechos con estrellas de oro, e ella por medio grandes barras de fierro como por vigas con unas manzanas gruesas doradas; e está toda pintada desde el comienzo del mundo fasta el Advenimiento; dicen que costó más de cuarenta mil ducados la pintura; toda ella está en torno de asientos de madera, e allí se face la razón, que es la Justicia, e toda en torno es de portales; e tiene cuatro puertas, e a cada una están escurpidos de piedra mármol dos de aquellos que fueron de aquella ciudad hombres señalados en ciencia, ansí como Titu Libius estorial, e maestre Pedro de Abano, grande nigromántico, el cual fue allí quemado por los frailes menores, que lo acusaron, que dicen que facía cosas muy estrañas, e que las naos de Constantinopla de súbito las traía al puerto de Veneza, e ansí de otras cosas que caben en la nigromancia. De hecho, Pietro d’Abano no fue quemado. Fue absuelto de heterodoxo y nigromante en un primer juicio, pero condenado, después de morir en prisión, en el segundo. Sus amigos le dieron cristiana sepultura y la Inquisición no encontró sus restos para quemarlos y esparcir sus cenizas, que era el más infamante de los castigos, es decir, justo lo contrario de lo que sucede actualmente, incluso entre los creyentes católicos. La segunda tiene que ver con un relato bélico que me ha traído a la memoria dos películas maravillosas de Werner Herzog:  Aguirre o la cólera de Dios y Fitzcarraldo. Juzguen los intelectores: Estando allí [en Venecia], en tanto que el Papa asentaba su corte, vino nueva cómo el duque de Milán tenía cercada muy estrecha la ciudad de Bresa, e que por un lago que tiene traía barcos, por manera que non le dejaba entrar provisión ninguna; e los venecianos armaron una galea, e lleváronla con arteficio por tierra, e subiéronla por una sierra tan alta como la que más en Castilla, e decendiéronla fasta la echar en el lago; e  ver esto vinieron creo que cien mil personas, e non sin razón, que yo nunca vi cosa nin arteficio tan duro de creer que pudiese ser; e como fue en e agua, luego destruyó todas las otras barcas , e ninguna non osaba ganar; e socorrió la ciudad, e por aquella causa se descercó, que ya le tenían para ganar los milaneses. Para otra ocasión tendríamos que dejar un montón de noticias curiosas como esta con la que cierro, ahora sí que definitivamente, la presente recensión: E allí enfrente está la isla el Volcán, que dicen que es una de tres bocas del Infierno. (…) E luego cerca esta otra boca, que llaman Estrángulo, que ansimesmo face aquel ruido que lo otro. E junto con ella está una isla en que hay una pequeña ciudad, que llaman Liperi, e con aquel fumo que Estrángulo lanza, los que allí viven son mal sanos de los ojos; e ésta es cabeza de obispado. El "Estrángulo" de Tafur responde al original griego: Su nombre es una corrupción del antiguo nombre griego Στρογγυλή (Stroŋgul) que se le dio por su forma redonda y abombada. E de allí fuimos a la ciudad de Catánea, que es en la falda de Mongibel, la tercera boca del Infierno. ¡Para que luego digan que, sin movernos de casa, con un oportuno libro entre las manos, los intelectores no hacemos grandes viajes…!

1.Rafael Beltrán: Los libros de viajes medievales castellanos. Introducción al panorama crítico actual: ¿cuántos libros de viajes medievales castellanos? (Filología Románica. Anejo 1- 1991 - Ed. Universidad Complutense. Madrid.)