La voz propia y la voz ajena que confluyen en un destino sujeto a la feroz censura del Poder que fulmina socialmente con la peor sentencia: la relegación, una variante atenuada del exilio.
Ni he podido ni he querido
remediarlo: he vuelto a releer las Tristes de Ovidio, y la ocasión me lo
exigía, porque cuando me enteré de que el libro del escritor rumano Vintila
Horia, exiliado en París, era una recreación de la estancia de Ovidio en Tomis
durante los años de exilio, aunque él fluctúa entre llamar «relegación» y «exilio»
―porque la primera era una condena menor y le garantizaba no perder sus bienes:
¿Por qué lo tuve que ver y hacer mis ojos culpables? / ¿Por qué por mi
indiscreción mi culpa se conoció? / Ignorante, Acteón contempló sin vestido a
Diana, / y así no menos aquél presa de sus perros fue. / hasta entre los
supremos se paga, pues la fortuna, / y si se hiere a un dios no hay para el
caso perdón. / El día aquel en que el mal error me hizo su presa / fue a
perecer mi mansión, humilde, mas sin baldón. [...] Vida me diste, y tu ira
quedó más acá de la muerte, / ¡oh Príncipe, tu poder lo usaste con suavidad!
[...] Y el edicto, además, aunque riguroso y enérgico / muestra aun así
compasión al definir la sanción, /pues se me nombra allí relegado, más no
exiliado, / y mi fortuna en él tiene un lenguaje especial.―, no podía
meterme en él sin antes releer la obra del clásico, lo cual me ha permitido
disfrutar doblemente del descubrimiento del libro de Horia, el cual, en
términos generales, es una muy aceptable recreación de aquellos durísimos años
de la vida de un poeta condenado a un territorio en los confines del Imperio
pero habitado por bárbaros entre quienes ni siquiera puede usar su hermosa
lengua latina, salvo alguna excepción, y no demasiado honrosa. Se ha de haber
vivido muchos años en un país extraña cuya lengua se ignora completamente para
hacernos una idea cabal de lo que debió de significar para Ovidio no oír ni una
sola palabra latina así que llegó a Tomis para iniciar un destierro en el que acabaría
muriendo. No poder hablar la propia lengua sino para escucharse a sí mismo, por
el placer de oírla, debió significar una contrariedad tan profunda que por ello
mismo la consigno en sus Tristes: En este pueblo no hay uno siquiera que
acaso consiga / cualquier palabra entender del más sencillo latín. / Yo, aquel
vate romano, a menudo al sarmático modo / me veo obligado a hablar. ¡Musas,
tened compasión” / Y con vergüenza confieso que por tanto tiempo sin uso, /
apenas me vienen ya las palabras en latín. [...] Pero por no perder los
comercios con lengua de Ausonia, / y porque al patrio son no se haga muda mi
voz, / hablo conmigo y recuerdo palabras poco comunes, / y el rastro vuelvo a
seguir funesto de mi afición. [...] En los poemas procuro el olvido de
calamidades: / basta si con mi afición consigo tal galardón. Y concluye,
más adelante: Yo mismo creo que ya el latín he desaprendido, / pues he
aprendido a habar gético y sármata al fin. Mas, para serte sincero, no puedo
evitar que mi Musa / deje de componer obras en verso aun así. / Libros escribo
que, escritos, consumo después en el fuego.
A pesar de
haber leído y reseñado el exilio de Unamuno en Fuerteventura, una isla que
merece más de una visita ―¡como muy bien lo sabía Willy Brandt!―, no nos
podemos hacer a la idea de lo que significa un exilio como el de Ovidio en
Tomis, la actual Constanza, a orillas del mar Negro, cuyo clima, entonces, no era
tan benigno como el actual, porque el rigor del invierno helado lo describe
Ovidio con profundo temor. De hecho, Horia recoge en su novela biográfica la
costumbre de los getas de enterrar las viñas bajo tierra para evitar que se
helasen durante ese largo periodo invernal de nieves constantes: Me han dicho que los getas son muy buenos
bebedores y que durante el invierno entierran las viñas para que no se hielen,
algo que atestigua Estrabón, en el libro II de su Geografía. Tal fue el
aislamiento del que se queja constantemente en las Tristes Ovidio que lo
más dolorosa, precisamente, ese no poder usar su lengua latina más que para
hablar consigo mismo, esto es, para escribir, un impulso irrefrenable que lo
aparta de enloquecer, porque no ve claro que ni Augusto ni quien le suceda
cuando él desaparezca vayan a perdonarle el pecado cometido: haber escribo el Ars
Amandi y haber contemplado un pecado horrendo de la única hija de Augusto,
Julia. Y esto sí que me ha llamado la atención: el desinterés absoluto de
Ovidio por el no menos triste destino de la pecadora Julia, quien fue
desterrada antes de que él corriera la misma suerte a la isla Pandataria, la
actual Ventotene, una pequeña isla volcánica en el mar Tirreno, frente a las
costas de Nápoles. Imagino que el hecho de haber estado ella involucrada en el
siempre inexplicado suceso que obligó a Augusto a castigar al poeta para dar ejemplo
de moralidad no le dejaría ningún grato recuerdo de las andanzas adúlteras de una
mujer menos casquivana de lo que la fama ha dejado escrito de ella y más libre
de lo que su soberano padre podía soportar.
Las Tristes, un conjunto de elegías en las que Ovidio se exculpa y lamenta su aciago destino, son un testimonio clave para entender no solo al autor, sino lo que hubo de padecer, injustamente, a su parecer: Créeme, lejos están mis costumbres de mi poema / ―mi vida tiene pudor, solo mi Musa es jovial― / y de mis obras es una gran parte falsa y fingida / y más licencia se dan que el propio compositor. [...] Y no fui el único, en fin, que compuso tiernos amores: / solo yo penas sufrí por escribir del amor.[...] No hay comedia libre de amor del divino Menandro, / y las doncellas y los niños las suelen leer. [...] Consigo mismo mezcló los pecados milesios Aristides, / y Arístides nunca fue echado de su ciudad. Una tesis fundamental de las elegías es la siguiente: Y al celeste varón decid que no juzgue mi culpa / como crimen, que error es el que me sorprendió. Vuelve el poeta una y otra vez a esa convicción, no se trató de nada deliberado, sino de un error, algo visto sin querer verlo: Y al celeste varón decid que no juzgue mi culpa / como crimen, que error es el que me sorprendió, [...] porque ignorantes mis ojos miraron un crimen me culpan, / y haber tenido ojos es mi pecado, así pues.
Pocas elegías tan
conmovedoras como estas dirigidas a su
casa y sus amigos en las que ni siquiera faltan las lágrimas que vierte el
poeta al escribirlas: Y si la tinta manchada presenta borrones dispersos /
es porque el poeta al llorar su propia obra dañó. Esto lo dice así porque
el poeta asume una posición excéntrica respecto de su obra, y habla de sus
escritos de forma objetiva, como embajadores de sí mismo ante familia y amigos
en Roma. En numerosas ocasion4es se refiere a sus libros como algo propio de él
y que lo representan: Ellos, pues no se perdieron del todo, sino que han
quedado / ―pienso que se copió más de un ejemplar―, / ahora suplico que vivan y
a quien los lea le hagan / ocios cabales pasar y que se acuerde de mí. Y es
curiosa esta reflexión sobre su propia obra, que quiere defender para
asegurarle futuros lectores: No creas tú, sin embargo, trivial a toda mi
obra / porque a mi barca le di a veces vela mayor. [...] No hay una
letra mezclada con doble intención ponzoñosa; / cándido, siempre rehuí sales
revueltas con hiel.
Leer las Tristes
es un ejercicio de conocimiento que permite entender muy concretamente la
terrible experiencia que hubo de soportar el poeta. Los datos autobiográficos
animan la lectura y nos permiten una percepción nítida de aquellos
padecimientos: Desde que al Ponto llegué me atormenta el insomnio, y apenas
/ cubre la carme mis huesos ni me apetece comer. [...] Y no me encuentro
mejor que de cuerpo, de mente, y enfermos / ambos están por igual, y se duplica
mi mal. [...] Cuando me pongo a pensar en quién he sido y quién soy, /
tanto deseo morir que reprocho a la ira del César / porque con espada cruel sus
ofensas no vengó. Y el lector disfruta no solo con las vivencias del poeta ―aunque
acaso no sea «disfrutar» la palabra exacta―, sino también con sus muchos
conocimientos, sobre todo los mitológicos, pero no excluye los inmediatos de
carácter geográfico: Tomis se llama, de aquí, este lugar, pues se dice que
en éste / fue donde el cuerpo fraterno la propia hermana cortó. Alude, como
se nos explica en las benditas notas a pie de página, a que Medea mató y
despedazó a su propio hermano, Absirto, para poder escapar mientras su padre se
entretenía en el duelo del hijo. Ese lugar toma el nombre, Tomis, del hecho del
descuartizamiento: τεμ- es la raíz griega para cortar.
A medida que
pasaba el tiempo, aumentaba la desesperanza del poeta y la posibilidad de ser
perdonado, porque ni siquiera la ascensión de Tiberio, tras la muerte de
Augusto, logró la merced del emperador. De hecho, no consta que Ovidio se
enterara de que la propia Julia había fallecido por inanición cuatro años antes
de que él expirara, debido a las privaciones de cualquier ayuda a que la
sometió el mismísimo Tiberio. Que Ovidio estaba con vencido de que moriría en
Tomis lo confirma el hecho inusual de que escribiera su propio epitafio:
Yo que yazgo aquí,
cantor de los tiernos amores, / soy el poeta Nasón y por mi ingenio morí. / No
te cueste decir, quienquiera que pase, si amaste: / «que los huesos de Nason
reposen con suavidad». Como es común a otros grandes creadores, se ignora el lugar
de su tumba y, por consiguiente, si en alguna lápida llegó a figurar este epitafio
que aparece en Tristes. Recordemos que los restos de Mozart pasaron a la
fosa común y que no se han encontrado los restos de Lorca...
No me extraña
que la representación de aquella luminaria de la literatura clásica que fue el
autor de Metamorfosis, olvidada en la región más inhóspita del continente
europeo, motivara a alguien para novelar lo que fueron esos adversos ocho años que
precedieron a su fallecimiento. Horia aprovecha, además, para representar en su
figura algo así como la descomposición de un Imperio que estaba a solo
cuatrocientos años de su desaparición como tal: Las guerras que hacemos por
todas partes no son más que la prueba de esa descomposición. Llevamos la muerte
en nosotros y con nosotros, como una epidemia, y llamamos «victorias» a las
matanzas, y «triunfos» a los entierros en masa. Y nada podemos hacer para
contener el avance del mal.
La vida de Ovidio en contacto con los bárbaros getas y
sármatas la cuenta Horia atendiendo no solo al día a día de una existencia que
se mueve absolutamente en precario, a pesar de que su fortuna en Roma no sufrió
menoscabo alguno a causa de su destierro, pero las condiciones de vida en ese
territorio sujeto a un clima extremo y a las razias de los bárbaros que
amenazaban la ciudad fortificada consumieron totalmente las escasas fuerzas de
un ser instalado en una profunda depresión. Él mismo, como ya lo hemos visto,
lo confiesa en las Tristes, haciendo la poca poesía autobiográfica que le
permitía su situación y que, a través de los militares que recalaban periódicamente
en Tomis debió de hacer llegar a sus allegados, porque se desconoce
completamente qué fue de sus bienes tras su muerte, algo de lo que el libro de
Horia no habla, con encomiable prudencia.
Me ha
sorprendido, del libro de Horia, la aparición de algunos conceptos anacrónicos
que acaso constituyan un exceso de celo moderno por establecer un paralelismo
entre la época del vate romano y la nuestra: En Roma hay más de 150.000
personas alimentadas por la caja imperial. 150.000 vagos que viven, en el
fondo, del trabajo de los pueblos conquistados. Augusto les da de comer y los
amontona en el circo para que griten «¡Viva Augusto!», nos dice el poeta
desde una conciencia social que aun se incrementará en su análisis anacrónico
del presente de Roma en aquel tiempo. Especula sobre si la actividad de un
centurión, Honorio, promueve una
revuelta contra el Emperador, para acabar concluyendo: Todo esto no es más
que una pura utopía. No existe oposición en Roma. -desde luego,
en los medios intelectuales, en las escuelas, donde se presenta siempre
a la República como un ideal social y político ―y también entre los filósofos―,
se podría hablar de una actitud antiimperial. Pero no constituye peligro
alguno. [...] Hemos perdido toda libertad y basta una palabra murmurada por un
esclavo al oído de un policía para perder tanto los bienes como la vida.
Las negritas son mías, por supuesto, y quiero indicar con ellas la suma de
conceptos usados en varios párrafos que constituyen un anacronismo, si del
tiempo de Ovidio hablamos. Bien está ese lenguaje para un desertor de un
régimen autoritario, pero está fuera de lugar para un exiliado en un territorio
inhóspito y salvaje. Pensemos que el concepto «utopía» no nace en Europa hasta
el siglo xvi. Hacia el final de su
destierro, cuando recibe al último centurión que se hace cargo de la posición
avanzada del Imperio, Valerio, el poeta nos revela que ha sorprendido
también en su mirada esa indiferencia humana que caracteriza a los mortales de
vocación política y que los hace enemigos de los hombres.
Otro problema que tiene la novela, muy distinto em la
trama en sí, es la aparición de algunos usos incomprensibles en lo que, en
principio parece una traducción bastante fidedigna, ¡hasta que uno lee: Una
noche me comunicó la sentencia: relegado a Tomis. Esa noche de las idas de
noviembre...! Lo sorpresivo es que el traductor sea Rafael Vázquez-Zamora,
quien fue, por cierto, un crítico literario muy activo en la República y,
posteriormente, en la posguerra, asociado a la revista Destino. A él le
atribuyen algunos la creación del marbete «tremendismo literario», para
referirse a la narrativa del Cela de La familia de Pascual Duarte. Es
obvio que se trata de una traducción literal del francés: les ides de noviembre,
y que en castellano habría de dar «los idus de noviembre».
Siguiendo el
propio del impulso del poeta en Tristes, Horia evoca la juventud del autor, y
no duda en traer a su memoria la redacción de su Ars Amandi: Y yo, el
autor del Ars amandi, ¿a quién amaba? ¿A quién he amado después? El amor no era
más que una palabra vacía de todo sentido; nadie quería a nadie en aquella
inmensa ciudad que iba a encenderse poco después con los fuegos de la noche y
el placer. Estábamos solos y tratábamos de olvidarlo, embriagados por el vino y
las caricias. Para eso están las orgías, como el cansancio está para el pobre y
el esclavo. Y lo compara con la pasión que le despierta una mujer, Lidia, a
quien cautiva con un poema, si bien puesto en boca de Herimon, un bodeguero que
se lo pide para conquistarla. No tarda en recordar algo esencial: Había
olvidado que la vida sin amor carece de sentido y que todas las filosofías del
mundo y los dolores todos puede borrarlos un beso. Con todo, Tomis para él
es el presente de la muerte, por eso son tan frecuentes las alusiones al
ineluctable destino que le aguarda y que se consumará en aquellos bárbaros
paisajes por los que se interna para no renunciar al conocimiento y la
comunicación, de ahí su aprendizaje de la lengua de sármatas y getas, a fin de
disfrutar, dentro de lo que cabía con aquellos seres, de la sociabilidad. La
novela incorpora muchas referencias documentadas que otorgan a la obra un
acentuado sabor a verosimilitud e incluso verdad, como cuando se fija en las
estelas funerarias al pie de un camino: No lejos de la ciudad, a la sombra
de una acacia, vi unas piedras funerarias sobre las que pude leer las conocidas
palabras: «Tened confianza». Se trata, en efecto, de inscripciones
funerarias griegas en las que aparece la fórmula θάρσει (thársei), «Ten ánimo»,
«Ten confianza», a veces seguida de οὐδεὶς ἀθάνατος, «nadie es inmortal»,
algo que contradecía la afirmación de su querido Horacio: Non omnis moria, decía Horacio. Pensaba en
sus versos el día en que escribió esas palabras optimistas, y no en sí mismo.
Y se trata de una cita de Horacia, así es, Non omnis moriar multaque pars
mei vitabit Libitinam, por más que haya de corregirse moria por moriar,
si nos atenemos al texto del original [ Horacio, Odas, III, 30, verso 6.].
A lo largo de
la novela asistimos a una suerte de toma de conciencia del protagonista sobre
aspectos esenciales de la existencia, e incluso, al contacto con la religión de
los bárbaros, tan distinta de la romana, Ovidio prestará atención a las
noticias que le hablan de un nuevo dios nacido en el territorio de Palestina,
algo que él ve como la semilla de un nuevo tiempo que ya no verán sus ojos. El
poso de la reflexión, sin embargo, llega hasta nosotros con sólido fundamento,
porque, como Horia lo plantea, es lección que atraviesa los siglos: Todo es
falso. El hombre nunca cambia; nada hay en el mundo que pueda transformarlo y
la experiencia más profunda nunca logra cambiar su esencia, que es definitiva.
Se hace uno más viejo, eso es todo. [...] Las ilusiones se le caen a uno
como plumas inútiles. Se adquiere una mayor sensatez. O se enloquece. Por
esa razón, el poeta, encerrado en los mezquinos límites de un territorio ajeno para
él a la civilización, se impone una disciplina rigurosa: No pensar en
símbolos, no intentar encontrarle un significado a todo lo que sucede ante mi
vista, no transformar los signos sin reflejos del tiempo presente en imágenes
de lo que será, no mezclar a los dioses y sus inventadas historias con los
acontecimientos reales de todos los días. Pero ¿cómo evitarlo? Toda nuestra
educación converge hacia ese simbolismo en el cual nos esforzamos por hallar,
con nuestra malsana vocación por lo inevitable y lo trágico, el rostro de
nuestro propio futuro. Todos somos pequeñas sibilas impotentes dispuestas a
traducir lo que es en lo que podría ser. Se oponen dentro de nosotros dos
lenguajes sin correspondencia posible y, angustiados, buscamos inexistentes
puntos de contacto. Conocer el porvenir equivaldría a destruirse, puesto que el
conocimiento no evita la muerte.
La evolución
de Ovidio hacia un ser alejado de la «romanidad» y abierto a experiencias de
muy distinta naturaleza se aprecia cuando entra en contacto no solo con hombres
y mujeres de muy distinta cultura que la suya, sino, sobre todo, cuando se
interesa por otros fenómenos religiosos, como cuando es llevado a conocer a un
santón de los getas: Habitan en
general en las montañas más altas y n unca comen carne, según las normas de
Zamolxis ―y también de Pitágoras―, y sus alimentos son tan solo leche, queso y
miel. El pueblo los llama también «viajeros en las nubes», lo que es muy bello.
[...] Recuerdo haber leído hace mucho tiempo un libro sobre una secta de
Palestina llamada de los Esenios [...] cuya vida y virtudes tienen un
cierto parecido con lo que Scorys me ha contado de los sacerdotes dacios. ¡Aún
no se había generalizado e, en tiempos de Vázquez-Zamora, el uso de «nefelibata»
para denominar a lo que en el libro se concibe como «viajeros en las nubes».
Todas esas experiencias transculturales disuelven la concepción imperialista
del vate romano y lo llevan a reconocer que un esclavo y un bárbaro también
podrían convertirse en hermanos míos, porque toda frontera entre los hombres
resultaba de pronto ridícula, porque ya sé que Roma, esa Roma que, al
principio de mis sufrimientos era el objetivo de todos mis pensamientos, no se
encuentra ya en la encrucijada de todos los caminos terrestres, sino en otra
parte, al final de otro camino. Y sé que también Dios ha nacido en el exilio.
Finalmente,
coincido con el autor, Horia, en la reflexión que pone en labios de
Ovidio: Sólo podría sobrevivir a mis
obras en la hipótesis de que los hombres venideros conserven, en medio del
verdadero conocimiento que les será dado, ese vicio agradable e inútil de la
curiosidad. Y la mejor prueba de su verdad es este artículo dedicado a la
recensión de dos libros que nos hablan desde dos vertientes de la misma
persona: la real y la ficticia, de un exilio que revela la miseria del Poder,
de cualquier Poder que hace prevalecer sus espurias razones sobre la verdad de
la creación artística.




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