El desafío de la inanidad narrada con humor y amor a la literatura.
Recelo
del anonimato como cualquiera lo hace de un anónimo que recibe y en el que, por
lo general, no le dedican ni admiración ni cariño, obviamente. Quienes nos
derramamos en heterónimos aún desconfiamos más de esa pulsión anónima, porque
sabemos el valor que tienen los nombres, y lo mucho que cuesta —¡hermosa y
aguerrida labor!— «hacerse un nombre»...
Abrir,
en consecuencia, las páginas de una historia con tan poca historia como se nos
promete desde el propio título me supone un desafío al que voy a responder
exclusivamente porque mi Conjunta lo ha leído y me ha insistido en que lo haga,
porque sabe lo cabezota que suelo ser y que, subido a un prejuicio —en este
caso contra el anonimato— antes me convierto en Simeón el estilita (sic) que
dar mi brazo a torcer. No ignora, además, que soy reacio a que me recomienden
lecturas, pero, viniendo de ella, soy incapaz de cometer tan villano desaire.
A
tenor de la presentación del texto en la contracubierta como un «manifiesto
antiuclés», entiendo que por parte del editor, bien pudiera entenderse que el
autor —que habráylo, de eso no se puede dudar...— quiera hurtarse al más que probable rechazo de las huestes lectoras de
una novela que, después de lo leído en 𝕏, por gentileza de un
pacientísimo lector, no tengo previsto leer, aunque también haya influido en mi
decisión el juicio negativo de mi amigo Paco, experimentado lector, escritor él
mismo, y buen catador de supuestas «novedades». Él, ingenuo, acudió a la
lectura en préstamo bibliotecario por la insistencia en las maravillas del
libro que le «vendía» un buen amigo suyo. El desengaño fue mayúsculo. Y los
viejos lectores viejos escarmentamos en lectura ajena.
Solo
desde esa específica circunstancia, el temor a la opinión publicada, puede
entenderse el recurso al anonimato. Mi lectura inducida ha buscado cerciorarse
de si el único interés del texto era su antiuclesismo o si tenía, por el
contrario, algún valor propio que permitiera hablar de él por sus propias
bondades, como sospeché, que uno ya es gatazo viejo en esto de la crítica,
desde que mi Conjunta insistió en que lo leyera, porque su cantinela: «que te
va a gustar, tonto» indica que conoce exactamente mis gustos literarios. Fiel a
mi papel, con todo, he puesto mil obstáculos y, entre otros muchos, este
fundamental del recelo ante el anonimato.
Sí,
por supuesto que renunciar al nombre, el que sea, pretende despertar en los
lectores la lógica intriga por la persona que lo ha escrito y se oculta. Con un
anónimo, el del Lazarillo, nació la novela moderna en España y Europa, como
bien sabemos los filólogos; y la autoría de ese texto fundacional aún da que
hablar y escribir, porque ya lo atribuyen a Alfonso de Valdés, la catedrática
Rosa Navarro —antigua profesora de mi Conjunta— ya a Diego Hurtado de Mendoza,
la paleógrafa Rosa Agulló—, y de aquí podríamos hablar acaso de la guerra de
las dos rosas... En todo caso, y dada la crítica anticlerical del libro, justo
era precaverse con la elección del anonimato. Hoy, en el siglo XXI, nada
justifica el empleo de este recurso, excepto la tentación de crear algo así
como una «tensión publicitaria» que diera alas a la venta o a la difusión del
libro. Todo se andará, porque, de ser cierta esta última hipótesis, bien en
ridículo quedará quien haya escogido semejante argucia promocional. El sentido
del ridículo, así pues, puede acabar siendo el garante, imagino, de que dicho
anonimato se consolide, lo cual solo redundará en beneficio del texto, como
expondré a continuación.
Nada
que decir, algo pomposamente subtitulado
en latín con idéntica expresión, se nos presenta como la crónica imposible de
una voz huérfana de autor que se extiende insólitamente en una ¿narración?
durante ciento dos páginas escritas casi compulsivamente, aunque la propia
escritura no deja de ser otra ficción que se le exige aceptar al lector para
poder «asentir» —como proponía Bousoño en su Teoría de la expresión poética— al
relato, a la «propuesta» literaria. Sí, lo reconozco, se nos va exigiendo
demasiado, y de lo que se trata es de si merece la pena seguir leyendo o
hacerle caso al narrador omnisciente, único personaje de la historia, y dejar
de leer, porque, como repite ad nauseam, «no tiene nada que decir».
Seré
claro, que es a lo que tengo acostumbrados a mis intelectores en este Diario.
Haciendo abstracción de lo dicho anteriormente, esta obrita parece haber nacido
para establecer una sólida complicidad con aquellos lectores a los que en
catalán llaman lletraferits, literalmente «heridos por las letras», esto es,
aquellos a los que la reflexión metaliteraria les parece el no va más de la
quintaesencia literaria. A un lector corriente y moliente, admirador acaso de
la obra del tal Uclés, es más probable que, como decimos coloquialmente, este
texto, entre escueto y alambicado, no le diga ni fu ni fa.
Es
improbable que tanto a unos como a otros lectores, los favorables y los
adversos, el texto los deje indiferentes, porque, o bien se es muy amigo de las
referencias literarias y las intrincadas reflexiones de un personaje sin
cometido alguno, que especula en el vacío de una historia que el escondido
autor del texto le niega, le hurta, para dejarlo expuesto al riesgo del abismo,
sin posible asidero, o bien esos mismos planteamientos suscitan la
irascibilidad de quien quiere coserse a una historia que le genere ciertas
expectativas que puedan ser cumplidas, o no, en el transcurso de la lectura.
El
epígrafe del texto, atribuido a Swift es algo más que un homenaje a tan
atrabiliario escritor, porque, de hecho, el texto parece cumplir al pie de la
letra la extravagante propuesta del celebérrimo autor de Los viajes de
Gulliver. La cita pertenece a Historia de una barrica, acaso una de las obras
menos leídas del Deán de la catedral e San Patricio, y ello, unido al uso
constante de la ironía, a veces el sarcasmo y siempre un buen humor que
funciona como un bajo continuo en el texto, nos invita a imaginar la sintonía
del autor con los experimentos narrativos. No en vano aparecen citados en su
interior, entre otros, Cervantes, Joyce, Apuleyo y Sterne, ¡ahí es nada! Pica alto el
escondido, pero pica con fundamento, porque la exigencia estilística del texto,
sin buscar la imitación, no desdeña todo tipo de recurso retórico para no
desfallecer ante la sombra omnipotente de dichas referencias, capaces de
desanimar a cualquiera.
Lo que destaca desde el mismísimo comienzo
que invita a no seguir leyendo es la decidida voluntad de establecer una
complicidad tácita con el lector, a quien se convierte en elemento
importantísimo del relato del vacío, de la nada, de la ausencia, de la oquedad...,
una narración imposible que ha sido «sustituida» —por impreciso que sea el
término...— por una cadena de digresiones que adquieren, al parecer del buen
ojo de mi Conjunta, una naturaleza sustantiva del juego creativo, porque, y eso
es lo que a ella más le ha gustado, y yo secundo su gusto, el carácter lúdico
de esa cadena interminable de digresiones, que no pretende hacer las veces de
un relato y que acaba teniendo más interés del que suscitaría una narración
tradicional.
Comparto
con mi Conjunta la sensación de extrañeza, de perdimiento, de perplejidad,
incluso, porque echamos de menos, enseguida, todo aquello que nos promete la
narración tradicional y que aquí «brilla» por su ausencia, lo cual, creo ya
haberlo dicho, nos deja sin asideros para enfrentarnos desde una posición
cómoda y conocida a las idas y venidas retóricas de un narrador omnisciente que
«aprovecha» sus ciento dos páginas de protagonismo absoluto —algo así como el
cuarto de hora glorioso que todos tendremos, según McLuhan, adaptado por
Warhol: In the future, everyone will be world-famous for 15 minutes— para
convertirnos en las cobayas a las que seduce con recompensas inesperadas en
esos arduos recorridos por el laberinto de sus digresiones, tanto las pertinentes
como las impertinentes, que también haylas. Tanto mi Conjunta como yo hemos
subrayado idénticos pasajes a lo largo del libro, de ahí que pueda dudarse
legítimamente de si esta es «mi» crítica o «su» crítica, por lo que, como
pareja bien avenida, usaré el plural «nuestra» crítica, y queda el intelector
advertido. A los dos nos ha gustado la justificación última del torrente
impetuoso que se desencadena en cuanto el narrador omnisciente cobra conciencia
de su singularidad: No existe entre las personas ser hombre «de silencio», y sí
«de palabra», se lee en el texto. Claro que hay órdenes religiosas en las que
se hace voto de silencio, pero se trata de una autoimposición a contracorriente
del siglo, algo así como una rareza que busca la tortura para, extrañamente,
agradar más a Dios. ¡Por suerte, el narrador omnisciente no se aventura por
caminos teológicos que ni me atrevo a
imaginar en qué hubieran convertido esta desconcertante «no historia»!
Tiquismiquis
como me precio de ser, porque forma parte del bagaje crítico de este Diario, he
tenido la sensación, aun habiéndome gustado el reto lúdico planteado, de que el
enmascarado autor pretende «deslumbrar» a toda costa, y no repara en
extravagancias reflexivas para conseguir atraer al lector, a quien trata con
cortesía y complicidad, pero (y esto es una lectura exclusivamente mía, no
«nuestra») al que sitúa en un plano inferior, como si fuera un lego en el arte
de la metaliteratura y una situación tan relativamente novedosa —recordemos las
nivolas de Unamuno, por ejemplo...— hubiera de exigir de él, del lector, poco
menos que el pasmo. Sí, no lo olvido, se trata de un juego y hay que aceptar el
valor de las cartas con que se juega y aceptar las reglas establecidas, por
arbitrarias que nos parezcan, y que lo son. En sentido parecido, curiosamente,
el texto escoge la figura del editor —y habrá que entender que no incluye al
generoso editor de La biblioteca fantasma...— para, parece, ajustar alguna cuenta
pendiente sobre la que el narrador no entra en pormenores, curiosamente por
paradójico «desconocimiento»... Ello permitiría sospechar, con ciertos visos de
verosimilitud, que estamos ante un autor novel, pero el dominio de la escritura
y la solvencia de las fuentes literarias aconseja acercarse a otras hipótesis,
porque ha de entenderse que el editor no soltará prenda (en el más que
inverosímil caso de que conozca al autor, algo que niega en el prólogo). Lo
mejor es aceptar la ausencia y recrearse en la presencia del texto que, por sí
mismo, recrea, entretiene y a algunos, como a mi Conjunta, enamora, hasta
cierto punto.
Mi
Conjunta tiene razón cuando insiste en que se trata de una obrita que es la
antítesis de las novelas «fáciles de leer», de esas en las que los lectores
dicen que avanzan, ¡ay!, casi «sin darse cuenta» (sobre lo que me eximo de
verter mi opinión para que la cólera no inflame el calor sahariano de la atroz
canícula que estamos padeciendo...). Este divertimento exige no solo la lectura
lenta indispensable con que se ha de afrontar cualquier obra, sino, además, el
plus de la intensidad, porque la tentación de desinteresarse de lo que «no
ocurre» está siempre presente, si se nos cruza el hábito de aguardar una
narración tradicional. «Dejarse llevar», coincidimos mi Conjunta y yo, es la
predisposición idónea para leer esta obra, inclasificable en términos genéricos,
pero con sólidas raíces en la poderosa tradición heterodoxa de autores como el
propio Swift, autor de la «modesta propuesta» para acabar con la pobreza y la
mendicidad en Irlanda, un siglo antes de la gran hambruna de la patata...;
«dejarse llevar» y disfrutar de las «gemas» (según expresión literal de mi
Conjunta) inesperadas que salpican un relato tan insólito como libérrimo, y no
necesariamente ha de entenderse esto último como una virtud, que conste. En
todo caso, cuando el lector voltea la última página tiene la impresión de haber
hecho un intenso y apasionado recorrido por la literatura como arte, como
técnica e incluso como parcial historia literaria.




