Dos estudios complementarios sobre el género fundamental de la modernidad: el ensayo, y su historia en las dos Españas: la del exilio y la del interior.
He
dudado mucho sobre si seguir el orden cronológico de la publicación de estos
dos textos o ajustarme a la precedencia de la teoría para después poner un
ejemplo concreto, cual es el de la historia del ensayo en España desde dos
ópticas muy diferentes: el exilio de 1939 y el de la España franquista hasta el
fin del Régimen, en 1976, a punto de votar en las primeras elecciones
democráticas que convirtieron las cortes salientes en constituyentes del nuevo,
ahora sí, régimen democrático de la constitución de 1978. He decidido ignorar
la cronología y atenerme a la teoría, para entender plenamente en qué ámbito
expresivo nos movemos y cuáles son los fundamentos que nos permiten, después,
hablar del «ensayo» en España.
Desde que Montaigne usara el concepto para bautizar sus
escritos, Essais, el género ensayístico, con fronteras permeables con la
filosofía y la literatura, con el género memorialístico e incluso con la muy
veterana literatura de viajes ha estado sujeto a una polémica constante sobre
su definición, esto es, sobre sus límites. Saber hasta dónde llega el dominio
del ensayo y qué escritos pueden ser considerados como tales, ha recibido una
insólita atención por todo tipo de escritores de muy diferentes disciplinas.
Esa discusión teórica me ha recordado el modo como Camilo José Cela zanjó la
polémica sobre los límites de lo que había de considerarse «novela» en el
prólogo de Mrs. Caldwell habla con su hijo: «Novela es todo aquello que,
editado en forma de libro, admite debajo del título y entre paréntesis, la
palabra novela». Casi otro tanto podría decirse del ensayo desde luego, pero
Ricardo Tejada, un autor volcado de forma admirable en estudios de tanta
enjundia que ya quisiéramos que creara escuela en España, en vez de «sentar
cátedra» en la universidad de Le Mans, ha repasado con infinita paciencia las
principales corrientes que permiten acercarnos a la complejidad de una
definición que nunca acaba de convencer a todos de forma universal. Ambas obras
han sido escritas en francés y publicadas en Francia, sin que, por el momento,
hasta donde se me alcanza, haya ningún proyecto editorial en marcha para
traducirlas y ponerlas al alcance no solo de los estudiosos universitarios,
sino de los lectores comunes a quienes estos temas polémicos tanto atraen. Pero
parece una tradición muy nuestra, esta de marginar las creaciones intelectuales
de nuestros «exiliados», como él mismo pone de relieve en su historia del
ensayo en el exilio republicano, del que hablaremos más tarde.
Si de acuerdo con Irène Langlet, L’essai «semble être
rebelle à toute définition, no puede extrañarnos que John Aloysius McCarthy
certifique que «sa nature caméléon se dérobe à toute définition et
contrarie les tentatives pour écrire son histoire». Con estos
planteamientos iniciales, la labor de «definir» lo indefinible se nos antoja
algo así como la búsqueda del santo Grial, una quête imposible: «Quant à
Éduard Morot-Sir, il conçoit l’essai comme un anti-genre, un refus
constant d’être codifié, un refus du genre en tant que tel. L’essai aurait
contaminé la plupart des genres tout au long du XXe siècle». Estos precedentes tienen la función de avisarnos
de la dificultad implícita en lo que, no en vano, el autor califica desde el
título como una «aventura», porque, ahora que Nolan ha recuperado a Ulises para
el gran público, del mismo modo que Joyce lo recuperó hace poco más de cien
años para la «inmensa minoría», Ricardo Tejada nos propone un viaje a través
del tiempo y de un selecto y nutrido grupo de pensadores para tratar de
entender los rasgos fundamentales de un género que, en efecto, como acabamos de
decir, ha «contaminado» muchos otros géneros, y, singularmente, el de la
novela, aunque ya sabemos que en ella cabe «todo».
Como el origen siempre está en la etimología, como nos enseñó San Isidoro con su primitiva enciclopedia, el ensayo, nos dice Starobinsky connu en français dès le XIIe siècle, provient du bas latin exagium, la balance: essayer dérive d’exagiare qui signifie peser. Dans le champ sémantique de l’essai, ce qui est décisif, c’est «le pouvoir d’essayer et d’éprouver, la faculté de juger et d’observer». Estamos, por consiguiente, ante una operación intelectual en la que parece mucho más importante el proceso que el objetivo, a veces imposible de alcanzar. O, como señala R. Lane Kaufmann, la chose essentielle dans le jugement de l’essai, ce n’est pas le verdict, mais le procès. La tentativa, la prueba, el «sopesar» y «poner en la balanza» las ideas se acerca mucho a lo que se entiende comúnmente por «ensayo» —todo lo contrario, por cierto, de los tantos en el rugby...—, como nos advierte Max Bense: «L’essai est, selon lui, l’expression d’une méthode expérimentale et l’essayiste ne fait que des tentatives, des épreuves, des changements de perspective, d’hypothèse, afin d’affiner au maximum ses idées».
No pretendo recorrer todos los puertos en los que
recala la nave que surca esta apasionante historia del ser o no ser del ensayo,
este intento de convertir en alguien a quien se travistió de Nadie, de ahí que
me ciña, en lo sucesivo, a lo que, a mi entender, puede ayudar a los
intelectores a valorar la necesidad de sumergirse, como yo lo he hecho, en este
texto realmente absorbente e incluso apasionante, si uno peca de lector de
ensayos, algo que parece consustancial al lector moderno, al menos desde el
siglo xx.
Tejada ha escogido a excelentes remeros para su travesía,
sin mirar su nacionalidad, pero sí dedica, querencia natal obliga, una atención
especial a los cultivadores de estos estudios en España, y por eso vamos a
acogernos a la definición de ensayo que propone Luis de Llera: un écrit qui
traite un aspecte partiel, à partir d’un point de vue personnel, qui soit en
rapport avec les circonstances actuelles, adressé a un lectorat cultivé, ayant
une expression non rigoureuse ni systématique, mais libre et originale, même
s’il peut y avoir quelques données techniques ou des expressions rigoureuses
appartenant aux diverses sciences, para ir destacando esos rasgos
sobresalientes con los que todos podríamos estar de acuerdo. Recordemos que
otra de las virtiudes de este libro es la vertiente histórica, esto es, un
trazado cronológico de la aparición del ensayo en España y la nómina breve de
sus principales cultivadores, autores en los que todo el mundo piensa cuando
hablamos de este género: Unamuno, Luis de Zulueta, Azorín, Ortega y Gasset,
Maeztu, Marañón, D’Ors... Nombres no menores de nuestro panorama intelectual
truncado por la Guerra Civil que llevó al exilio a muchos intelectuales, como
el caso de Bergamín —a quien en el texto se considera andaluz, a pesar de su
muy marcado madrileñismo— y María Zambrano, entre otros muchos que Ricardo
Tejada, al menos a mí, me descubre en estas y en las otras páginas de su
estudio exhaustivo: L’essai en Espagne à l’’épreuve de l’exil et de la
dictature (1936-1976).
Además de la voz personal, que es condición sine qua non
del ensayo, lo que Juan Marichal denominó La voluntad de estilo —título,
así mismo, de un libro magnífico que
nadie interesado en estos asuntos de secta debe dejar de leer—, conviene
determinar cuanto antes lo que separa a la filosofía del ensayo, porque a veces
se entendió este último como un subgénero de la filosofía. A juicio de Deleuze et Guattari, a quienes recurre Tejada con fruición,
L’essai serait à la philosophie ce que le dessin est à la gravure. Il y a
moins de technicité et plus de dextérité. Sa dimension temporelle est le coup
de foudre conceptuel, l’idée qui saute aux yeux, la mise en pratique rapide, un
plan de composition qui se met en marche au fur et à mesure, parfois très
élaboré, parfois improvisé. En revanche, la philosophie est un travail de
longue haleine, de lente maturation, même si sa réalisation peut être assez
courte. Mientras la filosofía avanza hacia la verdad irrefutable,
universal, como único objetivo, la
«verdad» del ensayo es de muy distinta naturaleza, al menos así lo piensa
Lukács: L’essai recherche la vérité, mais pareil á Saül, qui sortit pour
chercher les ânesses de son père et trouva un royaume, l’essayiste qui est
vraiment capable de se mettre en quête de la vérité, atteindra au bout de son
chemin le but qu’il n’a pas recherché, la vie. Y como nos advierte Tejada
enseguida : «La vérité est, en fait, pour le jeune Lukács illusoire […] La
«vérité» de l’essai est, en dernier ressort, la vérité d’un beauté accomplie,
d’une certaine perfection» Y concluye: «En fait, l’essai n’est pas
réductible à une logique aristotélicienne en genres et en espèces. Il faudrait
plutôt utiliser la logique de l’individuation, de l’ heccéité, si chère à
Whitehead et à Deleuze». La heccéité
—un concepto novedoso para este asilvestrado intelector: la haecceitas
latina usada por Scoto que acaba siendo rescatada por Gerard Manley Hopkins, de
quienes la toman Deleuze y Guattari para cambiar su significación: la heccéité
ya no es la propiedad metafísica que individualiza una sustancia, sino una
individuación que no necesita sujeto, persona ni sustancia — se nos presenta en Deleuze, en consecuencia,
como la individuación de un acontecimiento que cada cual vive de un modo
particular y en Whithead como lo que él denomina actual occasion, el
acontecimiento presente. Y por aquí nos vamos acercando a la irreductible
subjetividad que alimenta el género, una visión personal que acaba fundiendo el
saber con la expresión de la propia vida, una deriva existencial que marca
definitivamente la razón de ser del ensayo, propia ya de la obra inmortal de
Montaigne. De todos modos, Ricardo Tejada distingue nítidamente entre lo
propiamente autobiográfico y su relacion con el ensayo: «Si l’autobiographie
prend la vie de quelqu’un d’une manière verticale, la vie est visée par
l’essai d’una manière absolument tangentielle. Toute
cette vie filtrée par l’essai, il faudra l’appeler le réel distillé. C’est une
distillation en mouvement perpétuel. […] L’essai ne suit pas chronologiquement,
les traces de la vie; il prend acte, de temps en temps, de sa fulguration
éparse», y concluye: «Les essayistes sont des horticulteurs de la langue, très
inventifs!».
Acaso sea por todo lo anterior que el género está más cerca del escepticismo que, propiamente, de las verdades filosóficas. Como sugiere Ricardo Tejada, «la traduction des Hypotyposes de Sextus Empiricus [Esbozos pirrónicos, de Sexto Empírico], en 1562, avait été le coup d’envoi d’un scepticisme plus osé, rigoureux et moderne grâce à ses lectures et interprétations tout au long de la seconde moitié du XVIe siècle : Cagnati, Pedro de Valencia et surtout Francisco Sánchez». Recordemos que este último siempre se citaba junto a su apodo «el Escéptico». El principal representante del escepticismo, por lo que hace al naciente género del ensayo fue, sin embargo, Montaigne: «L’scepticisme de Montaigne est, paradoxalment, por Foglia, un scepticisme redoublé, parce qu’il n’arrive pas au dogme du scepticisme, et au lie de concloure qu’on ne peut rien savoir ou qu’il n’y a pas de vérité, il multiple les questions. C’est le fameux «Qye sais-je ?».
Aun a riesgo de desatender ciertos aspectos muy relevantes del género del ensayo, como su condición de exponente máximo de la modernidad y de la importancia que la nación y la naturaleza tienen en su desarrollo, quiero concluir esta primer dedicación a las consideraciones teóricas sobre el ensayo con las palabras del autor: «L’essai est, à certains égards, le savoir des interstices des savoirs (parfois scientifiques). Il n’aspire à aucune scientificité. Il n’est pas l’ébauche d’un savoir fier de sa rationalité objective, de ses prouesses empiriques ou de ses capacités à être vérifié. En ce sens, on aurait du mal à le qualifier de «savoir», au sens foucaldien du terme. Ce n’est pas pour autant un savoir de second range ou, pire, une superstition ou une sorte d’alchimie éternelle des sciences humaines. L’essai constitue le fil rouge de la philosophie au XXe siècle, mais plus que cela, le fil qui relie les sciences, les savoirs, la politique, la dimension religieuse, éthique, les arts, entre eux, comme le fil le plus gros, ou en tout cas le plus visible, d’une immense toile d’araignée.[…] C’est un étrange savoir parce qu’il est basé sur l’apprentissage du particulier, de l’anodin, de ce qui est inédit, mot a mot. Il y a aussi un côte action thinking, c’est-â-dire une tentative de trouver un sens et de construire un sens à partir d’une rencontre à un instant donné.
Por fuerza, ya digo, he de desatender aspectos tan emotivos para mí, en particular, como el de las digresiones, las citas y las notas a pie de página, que Ricardo Tejada desarrolla con tanta erudición como acierto. Si bien la cita, al decir del autor, no es un elemento esencial del ensayo, no es menos cierto su papel decisivo. De alguna manera obedece a la función que Quintiliano reservaba a la sentencia: «La sentence, chez Quintilien, fait partie de l’ornement d’un discours, de l’elocutio ; elle est un trait lumineux (lumen) qui se trouve principalement à la clausule, à la fin d’une période. Y añade Tejada : «La citation est, à nos yeux, le cordon qui relie le monde de la vie, de la persuasion, et le monde de la rhétorique, dans le vocabulaire du philosophe italien Carlo Michelstaedter». En cuanto a la digresión, como método fundamental y fundacional del ensayo, el autor le presta la atención que merece: «La digression est ainsi un des moyens les plus importants de divagueur. Elle nous fait oublier le fil conducteur, pour le reprendre par la suite et ainsi de suite. C’est cette densité du texte, tissé de plusieurs couches superposées, qui peut créer parfois un effet de rêverie, ou un flux argumentatif qui travaille pat coups successifs et cumulatifs l’esprit du lecteur». Y, finalmente : «Le lien entre notes et digressions mérite qu’on s’y attarde. Historiquement, les notes proviennent des gloses, des commentaires en plus petit qui truffaient le texte, au Moyen Âge. Celui-ci, situé au milieu de la page, était entouré par ces gloses. C’est au cours du XVIe siècle qu’apparaissent les «manchettes» ou notes marginales, puis les notes en bas de page au XVIIIe siècle. Une note, un peu longue, est une sorte de digression que l’auteur trouvé inutile de situer a l’intérieur du texte». La nota a pie de página es un espacio privilegiado donde el saber se vuelve dato histórico usualmente irrefutable: «C’est Ramus qui, tout en désacrasilant l’autorité du Stagirit, introduira pour la première fois l’ancêtre des guillemets: les virgules retournés. En marge des lignes indiquant le début et la fin de la citation. Este Ramus fue un tal Pierre de la Ramée, quien, cerrando círculos imaginarios, también fue profesor en Le Mans, curiosamente.
L’essai en Espagne à l’épreuve de l’exil et de la dictature (1939-1976).
La obra historiográfica de reconstrucción del trayecto intelectual del ensayo desde el exilio republicano en 1939 hasta el final del franquismo —el autor ha tenido a bien revelarme que trabaja en una continuación de este estudio, lo que ampliaría el arco histórico hasta casi finales de siglo— constituye un ambicioso proyecto que se sustenta en el estudio detallado de lo mejorcito que el género nos ha dado. Debo confesar que he leído con sumo interés esta historia no solo por su valor académico intrínseco, sino porque las meditadas lecturas del autor me han descubierto una excelente nómina de autores de cuyos títulos me he apresurado a tomar buena nota para añadirlos al, ¡ay!, creciente archivo de los autores pendientes de lectura, que crece tan rápidamente como vertiginosamente mengua mi ciclo vital y mi capacidad para añadir lecturas a un programa cotidiano ya sobrecargado. Me quedará el consuelo de dar por leídos no pocos libros de los que Tejada habla con una pasión que va más allá del mero y académicamente obligado «conocimiento de causa»: «Nous avons surtout étudié soixante-six essais écrits majoritairement en espagnol, parfois en catalan, appartenant aussi bien è l’exil qu’à l’Espagne franquiste», es decir, un corpus lo suficientemente representativo como para llegar a conclusiones suficientemente representativas de lo que fue el ensayo dentro y fuera de España en aquellos años, vividos de forma muy distinta desde la libertad achuchada del exilio y desde los límites coercitivos impuestos por la dictadura franquista, al menos hasta la eclosión de la generación de ensayistas de finales de los 60, que, ajenos al exilio, se abren a la conexión con las corrientes europeas del pensamiento.
En los
preliminares del estudio, Tejada reflexiona sobre la definición del ensayo a
través de algunos autores que, más tarde, han resultado indispensables para su
estudio general sobre el ensayo, por eso no insistiremos más en ello y nos
limitaremos a recoger la definición que atribuye a Max Bense: «L’essai est, selon lui, l’expression d’une
méthode expérimentale et l’essayiste ne fait que des tentatives, des
épreuves, des changements de perspective, d’hypothèse, afin d’affiner au
maximum ses idées. […] Entre la prose et la poésie, entre le stade éthique de
la tendance et le stade esthétique de la création —songeons aussi à
Kierkegaard— se trouve une énorme contiguïté et l’essai n’est que l’expression
immédiate de ce continuum».
Es
importante reseñar que el ensayo propiamente dicho se consolida en torno al
periodo finisecular y comienzos el siglo xx. Como bien nos informa Tejada, todas
las revistas españolas de la época: La Revista Blanca, Pèl &
Ploma, Juventud, Helios, Alma española, etc.,
tenían una sección titulada «Ensayo», lo cual nos habla de una realidad
fehaciente. A título anecdótico, cabe recordar que Larra, en el famoso artículo
del Pobrecito hablador que lleva por título Quién es el público y dónde se
le encuentra, se refiere a ciertas composiciones con este concepto: Allí
cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento, avaros,
digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del día están
perdidos, opinan que no saben sentir como se sentía en su tiempo, y echan abajo
sus ensayos, sin haberlos querido leer siquiera, si bien es cierto
que, en este contexto, el sinónimo de ensayos es «tentativas», pero no debemos olvidar
lo que de «tanteo» tiene siempre el ensayo, como hemos vito cuando hemos
recensionado L’aventure de l’essai.
Dar
noticia de una publicación es muy distinto de hacer un análisis crítico de su
contenido, cometido para el que, al menos, se ha de tener la misma preparación
que el autor del texto y, como mínimo, el mismo bagaje de lecturas desde las
que enjuiciar la pertinencia o no de lo sostenido por el autor. Sí, por
supuesto, el ensayo es un género del que, casi sin darnos cuenta, vamos
acumulando lecturas, de ahí que buena parte de las citadas por el autor,
pongamos por ejemplo a Unamuno, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Maeztu, Azorín,
Eugenio d’Ors, Gregorio Marañón, María Zambrano, Aranguren, García Calvo, Savater,
Eugenio Trías, Sánchez Ferlosio —con su deslumbrante y seminal Las semanas
del jardín— y un selecto etcétera, en el que incluso figura el ínclito
Gonzalo Fernández de la Mora..., formen parte de las lecturas de cualquier
intelector interesado por el pensamiento y la literatura en España y fuera de
ella.
Desde esta perspectiva, pues, lo primero que se agradece de la lectura es el orden, la claridad y la flexibilidad indispensable para no convertir el volumen en un repertorio de citas mediantes las cuales explicar el periodo que se ha escogido como objeto de estudio, sino los rasgos fundamentales que definen la producción ensayística en ambos espacios: el exilio y la España peninsular. Es cierto que, según el hilo que se siga, se entremezclan autores, épocas y perspectivas, de ahí que haya algunas repeticiones que, lejos de entorpecer el desarrollo, sirven para reconstruir un mismo momento histórico en el que, a veces, se produce la confluencia, como la insólita «conexión» entre Zubiri y Zambrano. El libro del filósofo vasco —casado, por cierto, con la hija de Américo Castro tras renunciar a su condición sacerdotal— Naturaleza, historia, Dios es una obra clave en España a finales de los 50, pero tuvo muy poca influencia en el exilio, salvo, de manera muy tangencial en María Zambrano, cuya obra El hombre y lo divino, publicado en 1955 en México, y poco difundido en España, es el ensayo decisivo de la autora y uno de los ensayos filosóficos capitales en lengua española de todos los tiempos, al decir de Ricardo Tejada y, por supuesto, de cualquier intelector que se haya engolfado en su deslumbrante prosa lírica. Recordemos que la versión definitiva de 1973 es simultánea de una prosa tan deslumbrante como la de su libro de 1977: Claros del bosque, un paso del sistema al fragmento que predominará en el resto de la obra de la autora.
Lo mejor de este estudio de Ricardo Tejada es, por supuesto, el volumen de información sustancial que nos permite reconstruir un clima intelectual, tanto en el exilio como en el interior de España, y los acontecimientos históricos mundiales no son ajenos a la creación y sostenimiento de esos climas que tanto afectan a los ensayistas. Tanto el tradicionalismo católico franquista como la dura condición de los exiliados son condicionamientos que contribuyen, por adhesión o rechazo, a la creación de ciertas obras. Lo trascendental de este libro es que emerge de su lectura la contemplación de una España franquista en modo alguno monolítica y de un exilio con no pocas vertientes, a menudo contrapuestas. No hay, pues, dos realidades compactas, sino fluidas, y el pensamiento en la España de los años 40 dista mucho del de finales de los 50 o, dicho de otro modo, hay un abismo entre el ideal del «hidalgo» de Alfonso García Valdecasas, quien, como nos informa Tejada, defendió en su momento la Agrupación al servicio de la República en 1930, junto a Ortega (que fue su maestro) y Marañón, para convertirse, en 1933, en uno de los fundadores de Falange Española, junto a José Antonio y Ruiz de Alda. Defendió, en consecuencia, el golpe de Estado y en 1943 se convirtió en el primer director del Instituto de Estudios Políticos; el mismo Valdecasas que ante la polarización entre el burgués y el proletario, escoge la figura del “hidalgo” como la síntesis del espíritu universal español. Al fin y al cabo, la dicotomía entre modernidad y tradición la planteó Francisco Ayala, para quien España se desvía de la modernidad en el siglo XVI, mientras que para Valdecasas «es Europa la que se desvía de los valores eternos, de los valores morales que España ha defendido desde el siglo XVI». Hay un abismo, decía, entre ese ideal de Valdecasas y libros como la Ética, de José Luis López Aranguren —donde aparece un concepto el «talante», lamentablemente devaluado por un expresidente presuntamente delincuente—, y las Doce tesis sobre el funcionalismo europeo que Tierno Galván publicó en 1955, aunque, al decir de Tejada, acaso sea su obra Desde el espectáculo a la trivialización, el texto más ajustado a lo que se concibe como texto ensayístico, y cuya actualidad está fuera de cualquier duda. Este, como otro al que me referiré inmediatamente, es una de esas sugerencias de lectura de las que el libro nos ofrece a cada capítulo. Hay no poco de «descubrimiento» de dos realidades que escapan al reduccionismo ideológico, algo que hemos de agradecer profundamente al autor, Ricardo Tejada, porque contribuye a sustituir los «tópicos» por auténtico «conocimiento».
Luego está la versión íntima del conflicto que enfrentó a los españoles, como se advierte nítidamente en el caso de Laín Entralgo, como, oportunamente, nos recuerda Ricardo Tejada: «Laín ne nie pas pour autant l’existence des fractions intermèdiaires entre ces deux incendiaires : Martínez de la Rosa, du côté libéral, et Balmes, du côté traditionaliste (ce qui est, quand même simpliste comme analyse historique), mais ils soutiennent que ces deux fractions modérées ont été impuissantes vis-à-vis des deux camps irréconciliables. La guerre civile provoque ainsi chez certains esprits, comme Laín, un télescopage réducteur de tout le passé historique espagnol, comme si les deux camps, immobiles et permanents, étaient déjà préparés pour guerroyer depuis plus d’un siècle. […] En revanche, il prônait, contre ces deux visions irréconciliables —incarnées visuellement par le duel à coups de gourdin du fameux tableau de Goya— une volonté d’intégration nationale, en dépassant les divisions politiques du passé.[…]. Le frère de Laín avait lutté dans le camp républicain et avait dû partir en exil. Le drame national était aussi un frame familial, un drame familial qui n’était plus conçu d’une manière tragique, comme chez Unamuno, mais mythique et manichéen».
El inicio de los años 60 supone una verdadera ruptura en la
historia de las ideas en España. Ahí sí que advertimos una quiebra total con la
tradición de los «vencedores», si bien conviene advertir que la evolución de la
dictadura franquista hacia una dictablanda que aspiraba a converger con Europa
sin abandonar su particular «democracia orgánica» —una visión edulcorada de la
autocracia— propició el «aperturismo» que tuvo su símbolo más claro en la
abolición de la censura previa de la nueva Ley de Prensa de Fraga Iribarne, lo
cual, paradójicamente, no significó la desaparición de la censura, sino solo el
modo de aplicarla. En la nómina que recoge el autor no faltan Xavier Rubert de
Ventós, quien publica en 1963 El arte ensimismado; Eugenio Trías, quien es, para
Tejada, el gran filósofo en lengua española de la segunda mitad del siglo XX,
con influencias nítidas de sus tres pensadores de referencia: Nietzsche, Marx y
Freud, y entre cuyas obras cabe destacar La dispersión, La filosofía y su
sombra y Drama e identidad, no solo acaso las mejores, sino las mejor escritas;
Francisco Fernández Santos, un ensayista poco conocido (hermano del famoso
crítico de cine Ángel Fernández-Santos) secretario y luego redactor jefe de la
revista Índice, y cuyo primer libro fue El hombre y su historia, con prólogo de
Dionisio Ridruejo —un hombre-puente entre la generación de los «vencedores» y
los nuevos pensadores que buscaban «por libre» un pensamiento propio y
entroncado con las corrientes de pensamiento dominantes en Europa y el mundo;
Juan Goytisolo, amigo de Fernández-Santos, publica en 1967 El furgón de cola en
Ruedo Ibérico, la editorial del exilio que tantos quebraderos de cabeza dio a
la censura franquista y cuyo título sobre el Opus Dei alcanzó el rango de
mitico. El título de la obra de Goytisolo procede de una frase de Antonio
Machado publicada en Los complementarios: Seguimos guardando, fieles a nuestras
tradiciones, nuestro puesto de furgón de cola; Manuel Sacristán ha pasado a la
historia como el único filósofo y ensayista estrictamente marxista, aunque se
interesara intensamente por la filosofía heideggeriana, muy próximo al también
marxista, pero más ecléctico, que fue Vázquez Montalbán; Agustín García Calvo
es algo así como un «verso libre» de la ensayística española, y prestó poca o
ninguna atención a los ensayistas españoles del pasado. No cita nunca a
Bergamín, por ejemplo. Escribió las Cartas de negocios de José Requejo, una
suerte de antídoto contra el marxismo, que se centra en temas aún de punzante
actualidad: la mujer, las revueltas estudiantiles, la muerte o el lenguaje; y,
finalmente, porque no puedo alargarme con pretensiones de exhaustividad que
están fuera de sitio en un género como la recensión, Rafael Sánchez Ferlosio,
uno de los ensayistas españoles más influyentes de la segunda mitad del siglo
XX, por no decir que el que más, y quien publica en 1974, como una premonición
de la libertad por llegar, Las semanas del jardín, el inicio de su larga
carrera como ensayista, título, por cierto, tomada de una obra prevista por
Cervantes, pero que nunca llegó a escribir. Esa generación vive y escribe, como
constata Max Aub en su Diario español, de 1971, tras su vuelta a España por
primera vez desde que se exiliara, olvidada de la generación del exilio, cuya
recuperación, comenzando por María Zambrano y Rosa Chacel — cuyo mejor ensayo,
Saturnal, se publica en 1972, un año antes de su regreso definitivo a España—,
ira produciéndose al ritmo lento que todos conocemos. De hecho, este estudio de
Ricardo Tejada puede entenderse aún como una fase avanzada de ese proceso de
recuperación.
Quizá fuera de interés para los itnelectores de ete Diario
que reprodujese aquí el generoso apartado que Ricardo Tejada dedica a la idea
de «modernidad», de la «antimodernidad» franquista y de lo que él denomina
«transmodernidad» concepto al que recurre para definir a autoras como María
Zambrano, quien, para Ricardo Tejada en modo alguna es una intelectual
antimoderna, en el sentido de Compagnon — Antoine Compagnon, quien dedico un
estudio a los antimodernistas en la literatura francesa, aunque Tejada pone en
cuestión algunos de sus criterios: ¿Por
qué etiquetar a Charles Péguy como antimoderno si es uno de los primeros
dreyfusistas, uno de los combatientes más aguerridos en defensa de la igualdad
de los hombres ante la Justicia y uno de los más acérrimos luchadores contra
los antisemitas? Compagnon responde:
il était antimatérialiste, antipositiviste, anti-mécaniste. Il déplorait la
fidélité aveugle des gens à leur parti politique et à la politique
politicienne, tout en préférant la mystique politique, où l’éthique des valeurs
l’emporte sur l’éthique de la responsabilité. En outre, il admirait le Moyen
Age, la France de Jeanne d’Arc. Par conséquent, si l’on veut simplifier, il
était antimoderne sur le plan esthétique, mais moderne sur le plan politique—,
sino «trans-moderna», si se le admite el neologismo. Por «transmoderna»
entiende Tejada una visión que, dentro de cierta temática, de ciertas
aproximaciones, de ciertos libros, es plenamente moderna, pero no deja de
intercalar críticas a veces duras contra la modernidad. Esa «transmodernidad»
afectará a casi todos los ensayistas de Hora de España. Quizá, insisto,
rindiera un gran favor a los intelectores interesados en ello, pero en la
medida en que es un concepto capital de su libro, creo que los intelectores han
de hacerse cuanto antes con un ejemplar para seguir de la mano de quien sabe
guiarles los muy interesantes vericuetos por los que camina Tejada con pulso
firme y fundados juicios.
He de reconocer que me ha chocado la descalificación de Marañón en sus Ensayos liberales, tildado de avalista del Régimen franquista, porque no tuve yo esa sensación cuando lo leí y critiqué en este Ojo, y a esa crítica remito a los intelectores. El autor menciona los Ensayos liberales de Gregorio Marañón, y dentro de ellos, particularmente, el capítulo titulado Psicología del gesto, donde defiende que las ideas jamás han movido a las masas: La multitud no razonará jamás. En política es siempre un domador quien impone un gesto que marca la línea de conducta de las masas. Los Ensayos liberales, «s’avèrent être ainsi malgré sa critique de la gestualité totalitaire et du vide qui crée chez les masses, une apologie implicite du régime franquista, de la nécessité de mutiler les libertés, hyperboliquement affirmées par le biais des émotions, lors de la révolution. Il donne ses lettres de noblesses à la théorie du moindre mal, acceptée par une partie non négligeable de la bourgeoise espagnole conservatrice. Le livre est aussi une revendication explicite et pessimiste d’une marche arrière dans le cours de l’histoire. Il est à mi-chemin entre l’attitude modérément anti-moderne du groupe El Escorial et l’attitude contra-moderne des réactionnaires franquistes.
También me ha chocado, pero en otro
sentido, el indisimulado interés que a Tejada le ha merecido un pensador
habitualmente descalificado por las ideologías de izquierda en este país de una
manera que va más allá del honesto acercamiento intelectual que ha hecho a su
figura el autor de este estudio que va requiriendo una traducción urgente,
porque forma parte del noble intento de preservar nuestra historia colectiva:
me refiero a Gonzalo Fernández de la Mora, cuya libro visionario: El crepúsculo
de las ideologías, recibe una atención en este libro parangonable a la que
me despertó su lectura.
Es llamativo en el texto la curiosidad que siente el autor por una figura que aquí en España, en los ámbitos de la izquierda, provocó todo tipo de sarcasmos, a propósito de la publicación de un libro, El crepúsculo de las ideologías, tan avanzado a su tiempo que solo desde nuestro presente podemos valorar en su justa medida y apreciar, además, la enciclopédica formación de su autor: Gonzalo Fernández de la Mora. A juicio de Ricardo Tejada, Gonzalo Fernández de la Mora es, sin duda, uno de los cerebros más incisivos de la transformación que sufrió el mundo de los pensadores del Régimen. Hacia 1960 Fernández de la Mora deviene el principal portavoz de un discurso nuevo tendente a apuntalar la legitimidad de la dictadura en su calidad de Régimen aceptado, a su vez, por la entonces llamada Comunidad Económica Europa.
La tesis fundamental de su obra es la siguiente: «Sa thése est, au fond, assez simple: le développement scientifique, technologique et industriel fait que les clivages idéologiques tendent à s’amenuiser jusqu’à disparaître. Plus le pays est développé, plus l’idéologie s’évanouit. […] Ce qu’il défend, c’est une vision «rationaliste» qui écarte définitivement les idées basées sur les sentiments, les passions et les visions «folkloriques». Il est radicalement opposé à l’appel (attribué à Unamuno), à la modernisation technologique des pais eurepéens, sauf l’Espagne (¡Que inventen ellos!). Frente a las teorías que defendían el «caudillaje», Fernández de la Mora, que contribuye a la secularización del pensamiento reaccionario, a pesar de su cercanía al Opus Dei, «est convaincu que les sociétés ne sont plus demandeuses d’un pouvoir charismatique et se comportent moins en fonction de motivation plus ou moins magiques. C’est pour cela qu’il demande une démythification de l’État. Si le progrès, c’est le logos cumulatif, toute pensée, selon lui, contre cet épanouissement progressif de la raison, sera irrationaliste ; et il invoque comme thèse rien de moins que les idées de Lukács [Por cierto, Lucaks en el texto…]. Tous ceux qui croient encore à la validité des idéologies, qu’elles soient libérales ou socialistes, sont des réactionnaires parce qu’ils s’opposent à cette sortie inéluctable, à ce crépuscule des idéologies. On voit de nouveau ce genre d’attaque stratégique où l’adversaire est taxé d’anachronique». Para Fernández de la Mora el fin de las ideologías no significa una deshumanización, porque se exalta aquello que es más plenamente humano: el uso de su capacidad racional.
En fin, no puedo ir más allá sin que el esfuerzo de
lectura se convierta en un peaje impagable. El libro merece la adquisición y la
lectura con el lápiz en la mano, al estilo de como Barthes pedía que se leyera
el ensayo, tal y como nos recuerda el autor: «Par ailleurs, du point de vue du
lecteur de l’essai, celui-ci propose un type de lecture particulier: le crayon
à la main —comme dit Barthes— en levant la tête».



