martes, 21 de abril de 2026

«Poesía completa», de Jorge Luis Borges, la cara en verso de un solo mundo.

 



En franca competencia con su prosa celebérrima, Borges levanta una versión lírica de su mundo personal e intransferible: Escribir un poema es ensayar una magia menor, confiesa el poeta argentino y universal. 

 

          Leer poesía tiene algo que ver con visitar pinacotecas. Vamos pasando por los poemas o las salas, esperando el momento mágico en que una imagen o un verso nos atrapa, nos seduce y nos invita a acercarnos para saborearlo de forma íntima, porque sabemos que estamos siendo revelados por el arte que todo lo puede. Leer, además, la obra completa de un poeta significa recorrer toda su vida, desde el fervor inicial por la palabra hasta las luminosas y sombrías reflexiones sobre lo vivido. Si ese poeta, como Homero y Milton es un poeta ciego, enseguida ciertos ecos se superponen inevitablemente en la obra del argentino. Los trece libros de poesía que escribió demuestran que vivía ajeno a las supersticiones, pero en modo alguno a las ficciones, que son parte intrínseca de su autobiografía, aunque, paradójicamente, allí donde un lector pudiera creer que la encontraría en su más aquilatada expresión, en sus poemas Yo y Soy, de indudable querencia quevedesca, se encuentra con el eco del clásico,  sobre todo el poderoso impulso barroco conceptista que anida en el interior de ambos poemas: que se dispersa en oro, en sombra, en nada, escribe en Yo; en la guerra. Soy eco, olvido, nada, escribe en Soy; aunque, a pesar de tanta semejanza, hay en Soy un latido humano más profundo y  desolado, a fuer de la desconcertante  ignorancia de sí que exhibe: Soy el que pese a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular y plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.

          No pretendo explicar ni analizar ni categorizar ni desmenuzar ni mucho menos interpretar estos libros tan variados y hermosos en los que cabe, como en el Aleph, todo, y que nos muestran un hilo conductor que los une a los de sus prosas, siempre breves, porque Borges, a pesar de su bibliomanía, era un autor que dependía del rayo fulgurante de la inspiración, como reconoce en El otro,  a propósito de la inspiración que guio a Homero: Sabía que otro ―un Dios― es el que hiere / de brusca luz nuestra labor oscura. En estos poemas tenemos sobrados ejemplos.

          Que Borges es un escritor deudor en grado sumo de la tradición literaria es un tópico que solo uso para introducir una muestra no exhaustiva de los autores que «aparecen», con mayor o menor relieve, en sus poemas:  Macedonio Fernández;, Guillermo de Torre, Joseph Conrad, Scott Fitzgerald, Alfonso Reyes, Luis de Camoens, Ariosto, Anaxágoras, Pitágoras, Cervantes, Gracián, Scholem, Emerson, Allan Poe, Heine, Wat Withman, Cansinos-Assens, Sófocles, Sócrates, Verlaine, Séneca, Lucano, Zenón, Joyce, Omar Khayyam, Robert Browning Mujica Lainez, Herman Melville, Brahms, Spinoza, Heráclito, Descartes, Plotino, Stevenson... Todos ellos forman el universo de lecturas recurrentes de quien fue progresivamente perdiendo la vista, hasta que en 1955 la perdió definitivamente, justo cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, momento que recogió en sus poemas Los dones y  El ciego I y II. Borges fue perdiendo paulatinamente la visión, hasta quedar definitivamente ciego. En el Poema de los dones, dejó memoria de la gran paradoja: quedarse ciego, lo fue casi totalmente desde 1955, y ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina en octubre de ese mismo año, cargo en el que estuvo durante dieciocho años, o, dicho poéticamente: Nadie rebaje a lagrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnifica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. El tema de su ceguera, que atraviesa, con leves pinceladas casi toda su obra desde el libro de poemas El hacedor, tiene en El ciego presencia total: Es de noche. No hay otros. Con el verso / debo labrar mi insípido verso, dice en el I, y concluye en el II: El azul y el bermejo son ahora una niebla /y dos voces inútiles. El espejo que miro / es una cosa gris. En el jardín aspiro, / amigos, una lóbrega rosa de la tiniebla. / Ahora sólo perduran las formas amarillas / y solo puedo ver para ver pesadillas.

          Ahí aparecen los espejos, el reflejo, el jardín, las palabras, que junto con las guerras de sus antepasados, el barrio, el tango, lo normando, el alemán, los sueños, la literatura, los amores frustrados, el tímido y prevenido acercamiento al yo intuido ―que me ha suscitado un pozaforismo: No sé, si es crueldad, o ciencia, decir que el de Borges es un yo a tientas―, entrevisto en la tiniebla..., son parte de sus temas, como lo son, además,  el puñal, el cafetín, el barrio, la milonga, Islandia, el normando, el latín y el laberinto, en una colección que reviste rasgos arbitrarios que Borges se empeña en destacar en numerosas enumeraciones arbitrarias, uno de sus recursos preferidos y más sentidos. 

       No sigo un orden cronológico, porque la poesía admite lecturas a través de calas, y porque no hay posibilidad alguna del concepto de «progreso» en un autor que debuta en el género con idéntico dominio al que le pone fin. Por eso traigo a colación un poema que no me resisto a transcribir totalmente en esta libérrima recensión, porque el impulso del recuerdo de Leonardo Da Vinci poniendo a sus alumnos frente a una pared desconchada para que imaginen todas las formas posibles que los relieves de la pared les sugieran, se transforma en un poema que recoge algunos de los rasgos esenciales de la obra de Borges, como las enumeraciones, pero, en este caso, puestas al servicio de un final extraordinario:

                    Ante la cal de una pared que nada

                    nos veda imaginar como infinita

                    un hombre se ha sentado y premedita

                    trazar con rigurosa pincelada

                    en la blanca pared el mundo entero:

                    Puertas, balanzas, tártaros, jacintos,

                    ángeles, bibliotecas, laberintos,

                    anclas, Uxmal, el infinito, el cero.

                    Puebla de formas la pared. La suerte,

                    que de curiosos dones no es avara,

                    le permite dar fin a su porfía.

                    En el preciso instante de la muerte

                    descubre que es vasta algarabía

                    de líneas es la imagen de su cara.

         

Del mismo modo, observamos ese fenómeno retorico de la enumeración arbitraria en poemas como Los justos, en este caso de las personas que, bautizados como «justos», acaso con un eco judío en la expresión, hacen del mundo un lugar amable y deseado; se trata de aquellas personas que realizan actividades en apariencia insignificantes, pero que encierran un poder humanista extraordinario, como El que descubre con placer una etimología. [...] El ceramista que premedita un color y una forma. [...] El que acaricia a un animal dormido. [...] El que prefiere que los otros tengan razón. Idéntico recurso retórico escoge cuando reflexiona sobre lo que para él es ininteligible: la fama que le ha deparado su obra en el mundo de la cultura, y ciertamente no es pose, o es una pose sabiamente estudiada.  A Borges siempre le pareció, con una modestia hermosamente trabajada en la naturalidad más exquisita, que se exageraba mucho sobre su valía literaria. En este poema reflexiona sobre los hechos trascendentales de su vida y se pregunta por qué se le adjudica ese valor a hechos que, a su modo de ver..., no tienen nada de extraordinario. De nuevo una enumeración caótica en la que aparecen sus aficiones, sus devociones, sus pasiones: Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín. [...] Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro. [...] No haber salido de mi biblioteca. / Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote. [...] Haber urdido algún endecasílabo. / Haber vuelto a contar antiguas historias. / Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.

La vida amorosa de Borges fue una escuela de dolor y dejó un sello indeleble en su personalidad, porque, a la dura realidad de ser rechazado por la persona amada, drama que en el Romanticismo llevo a muchos enamorados al suicidio, siguiendo la estela del joven Werther, añadió, en su caso, la espesa sensación amarga de lo que confiesa con enorme valor, tanto como tristeza, en uno de sus más célebres poemas: que no ha sido feliz, El remordimiento. No es inusual, ente los poetas, confesar al papel el desvalimiento, la infelicidad, la desdicha y el dolor. Ahora bien, se ha de ser un poeta como Borges para expresarlo de una manera que aúna la dicción más clara con el dolor más penetrante. Se trata de un poema inextractable, y me veo obligado a transcribirlo enteramente:

He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego

arriesgado y hermoso de la vida,

para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente

se aplicó a las simétricas porfías

del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

la sombra de haber sido un desdichado.

 

En El amenazado leemos la importancia capital que otorgaba Borges al deseo de ser amado:  Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo, escribe en  el poema, uno de los grandes poemas del libro, porque la historia amorosa de Borges es, como en muchos hombres, la del amor no correspondido. El autor se siente absolutamente desvalido frente al amor, impotente, consciente de que nada le valen todas sus «habilidades», lo que él llama sus «talismanes que son, al cabo, él mismo, para conquistar a la mujer deseada: Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. [...] El nombre de una mujer me delata. / Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Ignoro si esa frustración derivó a Borges por otro derroteros poéticos o simplemente confirmó una tendencia que nació desde bien joven, cuando «entró» en la impresionante biblioteca de su padre para no salir ya de ella nunca más. Recordemos su confesión en El hacedor: Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, / yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca. Ello se debe a que, como confiesa en el Epílogo a Historia de la noche: ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano. Tanto en los prólogos a sus libros como en los epílogos o las notas pertinentes, Borges ha destilado una suerte de poética que acaso convenga conocer para entender cabalmente muchas de sus composiciones. En este mismo Epílogo, añade:  Un volumen de versos no es otra cosa que una sucesión de ejercicios mágicos. El modesto hechicero hace lo que puede con sus modestos medios. Una connotación desdichada, un acento erróneo, un matiz, pueden quebrar el conjuro. Whitehead ha denunciado la falacia del diccionario perfecto: suponer que para cada cosa hay una palabra. Trabajamos a tientas. El universo es fluido y cambiante; el lenguaje, rígido. Rescatemos del prólogo a El oro de los tigres la constatación de un estado de ánimo que es, al tiempo, un modo de «estar» en la poesía:  De un hombre que ha cumplido los setenta años que nos aconseja David poco podemos esperar, salvo el manejo consabido de unas destrezas, una que otra ligera variación y hartas repeticiones. [...] Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.

La tradición, para Borges, es su patria, sí, aquella cuyos límites geográficos se corresponden con el espacio mágico de la biblioteca, compendio de esa tradición que ha ayudado al autor a conformar su visión de la vida como un laberinto: nunca se acaba de leer el último libro, y aun uno sobradamente leído, pongamos el Quijote, da para infinitas interpretaciones. Parece paradoja hablar de un devoto lector ciego, pero esa condición es rasgo sustantivo de la personalidad del poeta. Recordemos que cuando hubo de abandonar la lectura directa de los volúmenes, dependió de otros lectores ―¡qué lección de humildad trasladar en otra voz, con otros acentos, los libros a sus oídos...!― y aunque el más famoso, por su Historia de la lectura, ha sido Alberto Manguel, no hemos de preterir el recuerdo de María Kodama, quien acabaría convirtiéndose en su esposa; Leónidas Barletta; Norman Thomas di Giovanni: además de traducir su obra al inglés, trabajaba con Borges leyendo y discutiendo textos en colaboración estrecha, y  Susana Bombal. Lectores esporádicos hubo bastantes más, desde luego, lectores que le leían en alemán, inglés y francés. No es extraño que al lector, a los lectores, dirigiera Borges su atención poética, sobe todo en un poema que ha hecho célebre estos versos de Un lector: Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído. En ese poema, aunque en versos menos citados, acaba de completar su retrato como lector: : Mis noches están llenas de Virgilio; / haber sabido y haber olvidado el latín / es una posesión, porque el olvido / es una de las formas de la memoria, su vago sótano, / la otra cara secreta de la moneda. [...] A mis años, toda empresa es una aventura / que linda con la noche. En el poema titula Lectores, en el que se hermana con Alonso Quijano, lector de lectores, completa su retrato lector: Tal es también mi suerte. Sé que hay algo /inmortal y esencial que he sepultado / en esa biblioteca del pasado / en que leí la historia del hidalgo.

El trabajo intelectual es propiamente la vida de Borges, quien huyó pronto de la notoriedad social y más aún, ¡y bien escaldado!, de la política, desde una lucidez crítica parecida a la del magistral aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, principal debelador de las trampas políticas de la modernidad. En el prólogo a La rosa profunda Borges se enfrenta a la idea aberrante de la concepción política del arte como instrumento de acción social:  El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta. [...] Las teorías, como las convicciones de orden político o religión, no son otra cosa que estímulos. De hecho, es teoría extendida la de que su conservadurismo y su escepticismo en ese campo de las ideologías fueron la causa de que no le concedieran el premio Nobel, lo cual, dada la vecindad inevitable con algunos de los galardonados, más parece un galardón que un error. En otro prólogo, en este caso La moneda de hierro y como si fuera consciente de esa marginación, Borges dejó bien clara su posición al respecto: Bien cumplidos los sesenta años que aconseja el Espíritu, un escritor, por torpe que sea, ya sabe ciertas cosas. La primera, sus límites. Sabe con razonable esperanza lo que puede intentar y ―lo cual sin duda es más importante― lo que le está vedado. [...] Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística

Borges es un autor capital del siglo XX y se ha convertido en un clásico como aquellos en los que él bebió incesantemente en su intensa vida bibliófila y bibliotecaria. Las preocupaciones filológicas de Borges, ¡tan propias de sus quehaceres intelectuales constantes!, quien aquilató la expresión, en prosa y en verso, de una manera tan concentrada, tan barroca, forman parte de sus ocupaciones habituales, e incluso acaban siendo inspiración de no pocos poemas de su obra poética total, como esta Composición escrita en un ejemplar de la «Gesta de Beowulf» donde recoge la sorpresa que le depara a él mismo el abanico de sus talismanes:

          A veces me pregunto qué razones

          me mueven a estudiar sin esperanza

          de precisión, mientras mi noche avanza

          la lengua de los ásperos sajones.

          Gastada por los años la memoria

          deja caer la en vano repetida

          palabra y es así como mi vida

          teje y desteje su cansada historia.       

                    [...]

          Más allá de este afán y de este verso

          me aguarda inagotable el universo.

         

          La precisión propia de ese afán estudioso, que atiende a la verdad de lo citado es lo que o lleva a rectificar en las notas finales algún verso que no se ajustaba al original, como ocurre en Calle desconocida, donde dice: Penumbra de la paloma / llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde. Hecha la averiguación correspondiente, escribe la siguiente nota: Es inexacta la noticia de los primeros versos. De Quincy (Writings, tercer volumen, pág. 293) anota que, según la nomenclatura judía, la penumbra del alba tiene el nombre de penumbra de la paloma; la del atardecer, del cuervo.

El endecasílabo, desde que Garcilaso lo aclimatara, junto con el soneto, en la lengua castellana. ha contado con el favor de la inmensa mayoría de poetas que han escrito en nuestra lengua. El propio Garcilaso es autor de uno de los remates de soneto más hermosos que se hayan escrito: verme morir entre memorias tristes, digno de parangonarse con el famosísimo de Quevedo: polvo serán, mas polvo enamorado. Borges, émulo de casi todo y modelo él mismo para quienes escriben tras él, no era insensible a esa forma condensada que encierra el secreto del artificio poético en su medida estrofa de catorce versos. El libro no se prodiga en sonetos, pero ha de reconocerse que cuando los ensaya, alcanza cotas de perfección extraordinaria, como ocurre en los dos poemas titulados 1964, y que,  en manos de un cirujano del pensamiento, recuperan, ¡muy curiosamente!, la influencia insospechada en Borges de un autor como Antonio machado, aunque los pinitos filosóficos del autor sevillano puedan acercarlo al maestro argentino de las paradojas. Lo suyo sería transcribirlos completos, pero me quedo con el primer verso del primero: Ya no es mágico el mundo. Te han dejado, que me trae enseguida a la memoria el verso de Machado ¿Y ha de morir contigo el mundo mago? Y también, si acaso, con estos otros, de la misma estirpe machadiana: Nadie pierde (repites vanamente) / sino lo que no tiene y no ha tenido / nunca, pero no basta ser valiente / para aprender el arte del olvido. / Un símbolo, una rosa, te desgarra / y te puede matar una guitarra. ¡Nada menos que y te puede matar una guitarra! No sé si hay mejor remate de soneto en todo el libro, pero este se eleva a un nivel difícil de igualar. La poesía no es competición, sino con uno mismo, y aquí Borges supo, estoy convencido de ello, que había llegado a una cima expresiva. El segundo soneto ―ambos curiosamente encabezados por un título meramente cronológico, 1964― nos detalla la herida provocada por el anterior:  Ya no seré feliz. Tal vez no importa. [...] La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. / Solo me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

          Sería algo presuntuoso por mi parte prescindir en esta recensión de la referencia a una de las aperturas poéticas más conocidas del poeta, porque la fama de los remates puede equipararse a la de los comienzos, ¡cuántos lectores no cultivan con esmero la memoria del  inicio de obras tan clásicas como La Ilíada (Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles…), Don Quijote (En un lugar de la Mancha...), Moby Dick (Llamadme Ismael), Ana Karenina (Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz lo es a su manera.) y tantas otras...! Desde esa perspectiva, el comienzo de El Golem:

                    Si (como el griego afirma en el Cratilo)

                    el nombre es arquetipo de la cosa,

                    en las letras de rosa está la rosa

    y todo el Nilo en la palabra Nilo.

 

puede ser considerado algo así como la prueba del algodón de haber disfrutado de la poesía del escritor argentino. Se trata, además, de uno de los cuatro poemas que él prefiere entre todos los suyos, en un ejercicio de autolectura crítica que no deja de sorprender, porque bien remilgosos son casi todos los autores a la hora de marcar preferencias entre sus obras, a las que quieren como, teóricamente, quieren las madres a todos sus hijos, porque sabemos que en la práctica nunca es así. El Golem es el poema dedicado al afán monstruoso de intentar emular la divina creación del mundo:

 

    Los artificios y el candor del hombre

    No tienen fin. Sabemos que hubo un día

    En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre

    En las vigilias de la judería

 

y como en el Frankenstein de Shelley, terrible es la pesadumbre de quien suplantando a Dios contempla a su balbuciente criatura:

                    El rabí le explicaba el universo

                    «Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga»

                    Y logró, al cabo de años, que el perverso

                    Barrera bien o mal la sinagoga.

 

y no acierta a explicar en que se ha equivocado para haber creado un ser tan deforme y mentecato.

          Sin querer agotar la paciencia de los intelectores que a veces, en horas bajas..., tienen a bien pasearse por las páginas amazacotadas de este Diario extraño, no quiero dejar al maestro sin traer a colación sabrosa uno de sus temas preferidos: «los espejos», porque de la recapitulación de algunos de ellos que hice muy ut supra, este de los espejos me parece sustantivo, sobre todo teniendo en cuenta la ceguera del autor, dado que Borges se complace en jugar con ellos y con ella, la ceguera, para acercarse a la condición viva de paradoja, porque estoy convencido de que, de encarnarse en alguna figura retórica, Borges hubiera escogido la paradoja. Acaso sea en el propio poema titulado Los espejos, donde se lee con mayor claridad su concepción de tal artilugio y su relación con ellos: Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y las formas del espejo /para que el hombre sienta que es reflejo / y vanidad. Por eso nos alarman. [...] Me pregunto qué azar de la fortuna / hizo que yo temiera los espejos. En un poema tan fuera de la emoción como el dedicado ¡nada menos que al inicio del estudio de una lengua abstrusa!, Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona, también tienen los espejos su lugar: Alabada sea la infinita / urdimbre de los efectos y de las causas / que antes de mostrarme el espejo / en que no veré a nadie o veré a otro / me concede esta pura contemplación / de un lenguaje del alba. Esos espejos donde el autor está convencido de que o no verá o verá a otro, que no a él, son, también, depositarios de una realidad en fuga, como dice en El pasado: El ilusorio ayer es un recinto / de figuras inmóviles de cera / o de reminiscencias literarias / que el tiempo ira perdiendo en sus espejos. Recordemos, ante lo reseñamos, que el poeta, además de no haber sido feliz, es quien, pese a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular y plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.

          Del mismo modo ―y voy concluyendo, sus señorías intelectoras...― que Góngora cultivó la poesía de estilo popular en sus maravillosas letrillas, romances y sonetos ―obras que le costaron mil y una correcciones en sus abigarrados manuscritos, frente a la limpidez de los originales de sus «poesías mayores»―, Borges, en su exultante libro Para las seis cuerdas, milongas que en su mayor parte han sido musicadas, con mayor o menor éxito, dio rienda suelta a su pasión por los malevos, los amores trágicos y los destinos arrabaleros. Quienes hayan visto la película Invasión, de Hugo Santiago, con guion de Borges y Bioy Casares, habrán escuchado la interpretación de esa milonga arquetípica que es  la célebre Milonga de Manuel Flores, a la que pertenecen estos versos inolvidables:  Manuel Flores va a morir. / Eso es moneda corriente; / morir es una costumbre / que sabe tener la gente. [...] Vendrán los cuatro balazos / y con los cuatro el olvido; / lo dijo el sabio Merlín / morir es haber nacido.

          A pesar de que los poemas por los que a Borges le gustaría ser recordado son Poema conjetural, Poema de los dones, Everness, El Golem y Límites, yo me salgo por la tangente de sus gustos y traigo como colofón a este acercamiento a la lectura de sus poesías completas, un poema que a mi juicio tiene un latido borgiano del que será harto difícil disentir. Se trata de Una brújula, para mí, al menos, uno de los poemas cardinales del autor, y lo he guardado para el momento de la despedida, en esta tarde calurosa de abril  en que transpira la pasión que despierta la compleja perfección del soneto:


                    Todas las cosas son palabras del*

                    idioma en que Alguien o Algo, noche y día,

                    escribe esa infinita algarabía

                    que es la historia del mundo. En su tropel

 

                    pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,

                    mi vida que no entiendo, esta agonía

                    de ser enigma, azar, criptografía

                    y toda la discordia de Babel.

 

                    Detrás del nombre hay lo que no se nombra;

                    hoy he sentido gravitar su sombra

                    en esta aguja azul, lúcida y leve,

         

                    que hacia el confín de un mar tiende su empeño,

                    con algo de reloj visto en un sueño

                    y algo de ave dormida que se mueve.

 

          Y como soy ser de propinas, porque sé lo que ha significado ganarlas desde la cueva de una bolera donde se corría el serio riesgo de quedar lisiado por una bola lanzada a destiempo, me permito el lujo de añadir al soneto anterior este estrambote de su poema On his blindness:

A los otros les queda el universo;

a mi penumbra, el hábito del verso.

 

 

* Qué clara se admira cierta influencia de Verlaine en su poesía en ese del , ¡tan atrevido!, con que cierra el primer verso.


P.S. Entiéndase esta aproximación a la Poesía completa de Borges como una muestra de auténticos palos de ciego de quien, desgraciadamente, ha sido incapaz de esclarecer las verdaderas dimensiones de la obra capital de la literatura mundial que se contiene (¡tan expansiva, valga el oxímoron!) en  tan valioso y, por definición, inagotable volumen.

 

viernes, 17 de abril de 2026

«Contra lo woke y otros virus identitarios», de Iñaki Ellakuría o el periodismo de sólida y fundada opinión.

Del periodismo al Ensayo y a la Historia: el periodismo de opinión que juzga entre la maleza y se arriesga en el diagnóstico. Memoria viva de la fugacidad, de «lo que pasa y nos pasa (a veces a por encima)» sustentada en el conocimiento y en la expresiva voluntad de estilo.

 

José Luis Pardo sostiene que la recopilación de artículos periodísticos busca «la dignidad de la última morada bajo la tapa de un libro». Es, con todo un género tradicional, y solo hay que recordar Parlamentarismo español, las crónicas periodísticas de Azorín como periodista parlamentario para saber cuánto fino análisis político y buena literatura puede haber en el género de opinión. Las «columnas», más modestas que el artículo de opinión, tienen también su importancia y su lugar en el mundo de las publicaciones, porque se trata de un género «nervioso», muy vivo, que responde en el acto a la provocación constante de lo real que no da tregua, a veces ni siquiera para poder abordar los hechos desde una perspectiva teórica que fundamente la opinión, de ahí el valor de las que nos ofrece este volumen de las publicadas en El Mundo por un periodista «sin carnet de conducir» y que él denomina «notas a pie de Mundo». Los intelectores de este Diario saben el culto que aquí se le dedica a las notas a pie de página y al género apasionante de la Miscelánea, europeo hasta la médula desde las Noches áticas, de Aulo Gelio, por eso convendrán conmigo en que un repaso de nuestra vida política desde 1919 hasta 1924, en el que se atiende a fenómenos tan singulares en nuestra sociedad como la epidemia del COVID o la aprobación de la primera «moción de censura negativa» de nuestra historia parlamentaria, revalidada contra toda lógica política habitual en los pactos infames del PSOE con el nacionalismo golpista, constituyen una oportunidad excelente para que la epidemia de olvido que promueve el Poder con todos los medios a su alcance y rapiña no prospere.

Supongo que esta recopilación de las columnas escritas por Iñaki Ellakuría y publicadas en El Mundo caen dentro de lo que Unamuno calificaba como «intrahistoria», dado que están escritas desde dentro de la sociedad en el mismo momento en que suceden los hechos comentados. Son, por lo tanto, cada una de ellas, como predicaba Zola de sus novelas, una tranche de vie que nos acerca a una mejor comprensión de eso que, a veces, es casi inaprehensible: la realidad. Como el columnista tiene, además, una libertad absoluta para escoger el tema de su pieza, la variedad de los mismos dota a esta recopilación de un interés suplementario. Dominan en el conjunto los de tema político, por supuesto, que son los que más pasiones mueven, pero, aun así, el campo de visión del autor es muy amplio y nos movemos con suma facilidad por los cuatro rincones del mundo, aunque, con especial atención a los conflictos que han marcado estos años bélicamente, el de Ucrania y el de Gaza, sin olvidar muchos otros parámetros de la actualidad global que pasan por asuntos que nos atañen específicamente: el auge del islamismo, las debilidades políticas de la UE, la ola conservadora mundial, etc.

En diferentes columnas recogidas, Ellakuría practica muy sucintamente el arte de la breviografía, porque no escapa a la sensación que tienen los periodistas de que su oficio es, en cierta manera, un privilegio exigente, esto es, piensan en ellos como los llamados a custodiar el santo fuego de la verdad: A los periodistas nos gusta decir, y que nos digan, que somos una herramienta esencial en la defensa de la democracia. Y en eso todavía no nos falta razón: seleccionar, distinguir, contextualizar e interpretar es imprescindible en una sociedad en la que la ficción, con sus diferentes formatos, desde el bulo interesado a la mentira oficial, resulta apabullante. Otra cosa es que esa «misión» haya saltado desde su profesión a la pluralidad de manifestaciones que recogen las redes sociales, en las que, efectivamente, bulos y mentiras oficiales hacen su agosto. La labor de discriminación a que obliga a cualquier lector tal situación es un incentivo más en estos tiempos en los que la superabundancia de información y de opinión obligan a leer con mucho cuidado y criterio. Ellakuría lo sabe, por eso exige que la escritura periodística debe permanecer fiel a la verdad factual, sin guiños ni distracciones sentimentales; y que tiene en la nostalgia, hija bastarda del recuerdo, una peligrosa tentación. Y tiene muy claro que el puesto del periodista no está ni junto al teletipo ni en las moquetas del Poder: En las viejas redacciones entendí que una de las ventajas para el periodista de no tener permiso de conducir es que le obliga a patearse la calle y a coger el transporte público. A eso, en mis tiempos viejos le llamaban ser un periodista «de raza», esto es, aquel que salía al encuentro del mítico «hombre de la calle», cuya opinión aparecía mediatizada por el leal entender del periodista. Justo lo contrario de lo que hoy padece el periodismo: la inflación de opiniones anónimas que se nos ofrecen como determinantes para la formación de la opinión, independientemente del «valor» de la misma, al margen del viejo «lado humano» de la noticia, siempre de interés, pero complementario del fenómeno en cuestión. En cierta forma, algo parecido ocurre en las redes sociales, como denuncia el autor: Un estudio reciente muestra que casi dos tercios de las interacciones en plataformas como X (anteriormente Twitter) constituyen reacciones emocionales inmediatas, no argumentaciones razonadas.

Los temas a los que presta atención el autor me parecen determinantes de nuestro presente, porque no hay fenómeno actual que no le haya sugerido un comentario, una columna o una reflexión, y, al mismo tiempo, una toma de partido (A la pujante brigada identitaria, banderín de enganche de barbas viejas y juventudes rojipardas [...] le irrita de Macron todo aquello que a mí me gusta: el olor a aristocracia europea, aireada, culta, cosmopolita.. Es decir, la Europa que construyó el estado del bienestar tras la II Guerra Mundial, desde la defensa innegociable de la libertad individual y el libre comercio), porque es lo que tiene el periodismo de opinión: emite juicios. Lo interesante de los emitidos por Ellakuría es que defienden a capa y espada, las de aquel viejo periodista escéptico que lucha por mantener una línea ideológica en su diario en El cuarto poder, de Richard Brooks o sacrifica la amistad a la verdad en La llama sagrada, de George Cukor.  A mí, particularmente, me ha gustado mucho el tono incisivo y sarcástico de las presentaciones de los «personajes» de la actualidad, tanto los conocidos nacionalmente, como los propiamente autonómicos, porque el prusés y sus protagonistas forman una caravana de fantoches que nos tocan muy de cerca a quienes hemos vivido/padecido el disparate del supremacismo xenófobo del catalanismo golpista, maneras, algunas ideas y estrategias adoptadas por el segundo gobierno ilegítimo del presidente Sánchez. Así, desde los  Influencers que hablan una neolengua sin diccionario, hasta los revolucionarios de iPhone y subvención vitalicia, dicen que protestan por el pueblo palestino, a que, en realidad, quieren cautivo del integrismo que les condena al desastre, pasando por los corsarios de la bandera verde, saludamos a personajes como el excantante Lluís Llach, arcángel llorica de Waterloo, la pionera en España de la nueva izquierda idiota, Ada Colau; el inefable dúo cómico Puigdemont y Junqueras, nuestros Capuletos y Montescos del pa amb tomàquet o los menos conocidos nacionalmente, pero destacados estafermos de la política doméstica catalana: Orriols, una mujer de áurea grisácea, tenebrosa como un relato de Mary Shelley;  Marina Garcés ―que consideró víctimas del sistema a los terroristas islamistas de las Ramblas―, la Pilar Rahola de nuestra podemia, o  Vicent Partal, vocero de Puigdemont y uno de los valencianos que ejercen de camisas pardas del independentismo catalán...

          La política es un flujo constante que, más allá de la observación de Heráclito, no permite a veces vivir ciertas tesis más allá de un muy breve tiempo, porque esta actividad humana lo tiene todo de rueda de la fortuna que fue sólida convicción teleológica desde la Edad Media, en que se popularizó: hoy estás arriba, al minuto siguiente abajo. Piénsese, por ejemplo en esta predicción bien intencionada y llena de lógica de 2020: La primera operación conjunta PSOE-ERC será la de matar políticamente a Puigdemont y despejar el camino de Junqueras a la Generaltiat. Con lógica siciliana. A la vuelta de tres años, Puigdemont pasó a ser el oscuro objeto de deseo del caudillo Sánchez, turbia relación que aún se mantiene y mantiene al indigno autócrata en el Poder, o en el Mando, a juzgar por la degradación democrática que vivimos. Otros juicios coyunturales, sin embargo, mantienen su validez plenamente: El consenso del bien común, dominado por el neofeminismo anglosajón y el islamowokismo, pasa por reprimir todo lo que sea reprimible: carne roja, la galantería, la seducción, el alcohol, la masculinidad el deseo, el libertinaje, a los judíos... [...] Estamos ante lo que Kamel Daoud define como un intento de controlar los cuerpos y aniquilar el deseo: «el islamismo lo soñó, Occidente está en proceso de cumplirlo».

          Al margen de los atinados juicios del autor sobre esa degradación que se ha extendido no como la tópica mancha de aceite, sino como la reventada cloaca de la corrupción cenagosa, los lectores ―¡determinados lectores, está claro...!― disfrutarán de unos juicios que dejando de lado lo políticamente correcto ―¡esa lacra!―, aciertan de lleno en el diagnóstico de «lo que ocurre», ¡tan evidente para la sindéresis! Pongamos como ejemplo el caso de las redes, de internet: Internet es la casa de la anarquía. Quien lo controle, controlará la información. [...] Decidí meterme en Bluesky, La nueva plataforma a la que se mudan tantos pijoprogres que, descompuestos y sollozantes por la victoria de Trump, acusan a Musk de poner al servicio de la «desinformación» y de la extrema derecha. [...] Convencido de que iba a descubrir en Bluesky un foro de debate plural, cívico y riguroso, me bastó con teclear los nombres de Ayuso y Feijóo para encontrarme con todo lo contrario; centenares de mensajes de odio en contra de los líderes del PP. Internet es, además, el espacio donde anidan  los influencers españoles, que es la manera guay con la que se hacen llamar los actuales mercachifleros y oportunistas. ¿Cuál es, pues el peligro que se deriva de esa nueva realidad que opera en los electores de muy poco tiempo acá. El autor lo tiene claro: Resulta peligroso el creciente número de adultos que piensan, actúan y votan igual de irresponsablemente que sus hijos y nietos. Fruto del desencanto del privilegiado occidental y su caprichoso nihilismo. Con decisiones que atentan contra sus intereses personales y colectivos. Así sucedió con el Brexit y el procés, dos suicidios grupales, y así puede pasar durante los próximos meses en Francia si se impone el lepenismo, en EEUU si vuelve Trump a la Casa Blanca y en España si se consolida la autocracia de Sánchez.

El periodismo columnista no está reñido ni con el dato objetivo cuantificable ni con la verdad palmaria, de ahí que, a lo largo del libro, los intelectores vayan descubriendo algunos datos que contextualizan el relato con precisión quirúrgica irrefragable, como que en 1922 Harvard fijó en un 15% la cuota de estudiantes judíos, para evitar que «arruinaran» la vida interna, y la mantuvo cuatro décadas;  que el sueldo más frecuente en 2024 en España es de 14.586 euros, en 2021 era de 18.500 o que, con datos de 2020, Madrid es la comunidad que más aporta, con 3.919 millones, al fondo de solidaridad. Triplicando a la segunda, Cataluña. Si bien también se añaden otros cuya verificación solo puede caer del lado de los protagonistas, como este: Incluso José Bono y Alfondo Guerra llegaron a sondear a Albert Rivera para que se pusiera al frente de una Federación Catalana del PSOE y competir en las urnas con el PSC.

Por lo que nos afecta a los damnificados del salvaje prusés, quienes salimos en masa el 8 de octubre para defender la legalidad vigente, frente a la burla de ella que ha llevado a cabo el (des)gobierno del caudillo socialista, no está de más traer a colación aquí algo que se olvida con frecuencia: el origen del prusés no está en las fuerzas nacionalista supremacistas, sino en los no menos nacionalistas acomplejados del PSC: Lo hizo (romper el statu quo del 78) con dos presidentes socialistas, Pasqual Maragall y José Montilla. El primero, al traicionar a Rodríguez Zapatero e impulsar un nuevo estatuto catalán inconstitucional; el segundo al proclamar, tras la sentencia contraria de TC al proyecto de ley que ningún tribunal «puede jugar con los sentimientos y la voluntad de los catalanes». A quienes nos duele profundamente la politización que se ha hecho del catalán, convirtiéndolo en herramienta de exclusión y de lucha política polarizadora no nos gusta la herencia que ha dejado el prusés: El catalán apenas lo hablan el 25% de los jóvenes que residen en Barcelona. Aunque no nos disgusta la otra realidad que nos ha dejado: La Cataluña de ERC y Junts ya no existe. Nuevas generaciones que viven ajenas a muchos de los dogmas que el nacionalismo utilizó durante décadas para crear una «identidad propia», a través de estructuras de adoctrinamiento como las aulas y medios de comunicación militantes (TV·, Catalunya Ràdio, etc.). Con todo, la famosa pax sanchista no deja de ser un espejismo: la división social no se ha suturado porque, como bien defiende el autor la actitud de las fuerzas nacionalistas, que «han sustituido la algarada por el chalaneo con el inquilino de la Moncla», sigue siendo esta: Ingrese puntual la transferencia, firme el indulto y déjenos mangonear sin interferencias «nuestra nación»: son los tres puntos del guion del único diálogo que espera de Sánchez la élite cataana, con la bendición de la Iglesia de homilía patriótica. [...] Pague y calle, paleto ―para resumir―.

Están invitados a adquirirlo y ayudarse a entender nuestra historia reciente.

miércoles, 8 de abril de 2026

«Antropología filosófica», de Paul Ricœur, o la reflexión como forma de vida.

 

Una visión diacrónica de las preocupaciones filosóficas del defensor del «yo narrativo» y una magnifica síntesis de la fenomenología y la hermenéutica.

 

          Este libro no es una obra propia de Ricœur, como tal volumen y con ese título, sino que se trata de una selección de dieciséis textos suyos hecha por Johan Michel y Jerôme Porèe, y que constituye el tercer volumen de Écrits et Conférences,  que recopila trabajos dispersos y de difícil acceso. La antología abarca desde 1939 hasta 2004, un arco creativo de sesenta y cinco años que da pie al autor para acercarse al fenómeno de la reflexión desde perspectivas muy diversas.

 El hecho de titular el volumen Antropología filosófica, a pesar de las reticencias de los autores, se compadece con la voluntad expresa del autor de definir su filosofía como una antropología filosófica. Es algo que el lector irá descubriendo a medida que avance en la lectura del volumen, el cual tiene, además, otras virtudes, porque puede considerarse como una suerte de «carnet filosófico» en el que Ricœur apunta ciertas direcciones de su pensamiento que no aparecen en otros textos canónicos suyos, lo que permite acercarse a planteamientos singulares y originales que, en algunos momentos, se acercan a un cierto didactismo sobre algunos planteamientos filosóficos como la fenomenología, fuente de la que el autor bebió en abundancia y la hermenéutica, un campo en el que su participación  le ha granjeado una notoriedad indiscutible.

          Para lectores profanos y diletantes de variado pelaje, sumergirse en este volumen constituye una experiencia de «naturalista», porque contempla un aspecto de la naturaleza, en este caso el proceso de reflexión filosófica, con el pasmo propio de quien admira la técnica, la imaginación y los muchos saberes desde los que el autor, en este caso Paul  Ricœur,  indaga en problemas que, a veces, podemos considerar algo alejados de nuestras preocupaciones humanas cotidianas, pero en otros nos acerca a reflexiones sobre el yo que nos enfrentan a una realidad por la que nos interesamos, aunque sin el bagaje del autor, pero con el mismo interés por llegar a alguna conclusión que nos consuele o nos estimule.

          He escogido la vía cronológica para la lectura, por mor de ser fiel al contenido del volumen. No se me escapa que quizás algunas reflexiones de mayor enjundia «técnica» hubieran podido ser obviadas en favor de aquellas otra que nos «tocan» más de cerca, pero me parece sumamente interesante que los intelectores tengan una visión de qué es lo que le «preocupa» a un filósofo que en todo momento se interesó por la estrecha vinculación de la teoría con la práctica, porque, a su manera, hallo ecos aquí de esa «razón vital» que definió la filosofía de Ortega y Gasset. Eso sí, me voy a permitir la licencia de arrancar con lo que a mi modesto entender son las tesis que más pueden interesar a los intelectores que se acerquen al contacto con esta luminaria del pensamiento que, a buen seguro, contribuirá a facilitarnos conceptos que nos enriquezcan.

De Ricœur, adalid de la teoría del «yo narrativo», de la vida como relato que puede y debe ser expresado mediante palabras, ha llegado a nuestros días la perversión política de la obsesión por el «relato», que nada tiene que ver con la tesis de Ricœur, sino con el vulgar shitprop ―o *mierdificación, como tradujeron en El País el término acuñado por Cory Doctorow―, como variante también degradada del viejo agitprop inventado y aplicado por los regímenes totalitarios a izquierda y derecha: Todas las respuestas a la cuestión ¿quién? ―cuestión conductora del problema de la identidad personal― llevan a la designación del sí como aquel que puede: puede hablar, iniciar un curso de acontecimientos mediante su intervención física en el curso de las cosas, unificar la historia de su vida en un relato coherente y aceptable. [Y de ahí que] Mi tesis es la siguiente: esta fórmula no es como tal una proposición moral, ni en términos de deseo de la vida buena, ni en términos de obligación o prohibición, ni en términos de sabiduría práctica; la proposición soy aquel que puede tiene incontestablemente una dimensión cognitiva, exactamente en el sentido que Marco Olivetti da al término cognición: «la capacidad de formular enunciados que corresponden a la realidad». En efeto, designarse como aquel que puede es identificar el tipo de ser que soy.

A través de la atención que dedica el autor a un número concreto de asuntos filosóficos iremos viendo cómo Ricœur lleva el agua de esas reflexiones al imponente molino de su preocupación humanista, lo que implica que, por abstrusa que sea la meditación, su fin último es siempre cómo afecta a la persona y de qué forma podemos utilizarla para definirnos como seres responsables que toman decisiones que nos comprometen éticamente. ¡Esta es la gran aventura de la presente colección de escritos, cuyas inquietudes acabaron dando forma a sus obras capitales, y entre ellas la monumental Tiempo y narración, en tres volúmenes, escrita en Usamérica, después de haberse «exiliado» culturalmente tras sufrir la befa y el escarnio de los «neorrebeldes» de Mayo del 68. Tras su vuelta a Francia, Ricœur trabajó en muchas direcciones humanísticas, pero a mí me ha interesado mucho su atención a ese gran problema, entre lo psicológico y lo ontológico, del sí mismo; en su caso, lo enuncia así: «el sí mismo como otro», porque la identidad, para el filósofo es inseparable de la vida en comunidad, de la relación con los otros. Y en ese punto observaremos..., bueno, ea, me adelanto, porque, en el fondo es un asunto capital del volumen, a mi entender. Recuerdo a quien lea que el sí mismo es una de las formulaciones de la identidad, de ahí que la reflexión sore el yo lleve al autor a considerar dos grandes paradojas: Primera paradoja: el yo ―ya veremos que no es poca cosa decir «el» yo― tiene esta extraña propiedad de designar tanto a cualquiera que hable y hablando designarse él mismo o ella mismo, como al único yo, este que soy yo mismo, P.R. [...] Concerniendo a la primera acepción, el yo, como lo subrayaba Benveniste, sigue siendo, a diferencia de los términos generales un término vacante tal que cualquiera que se apodere de él se apodera de la lengua entera para hacerla suya. Para el lingüista Émile Benveniste, el “yo” no es simplemente una palabra que nombra a una persona fija, sino una forma lingüística que existe solo en el acto de hablar. Pero atendamos a la segunda paradoja: en la situación dialógica de interlocución el yo y el tú, aunque cada uno anclado, ejercen roles reversibles. [...] Cuando yo me dirijo a ti, tú entiendes yo. Y cuando tú me hablas y me dices tú, entiendo yo. Y aunque el autor evalúa, a continuación la función del yo en la narración, conviene retener la obvia complicación que añade a estos planteamiento la creación del sí mismo como la más seria expresión de nuestro reducto íntimo y último, definitorio de cada uno de nosotros: El adjetivo mismo introduce a su vez un nuevo equívoco que nos puede interesar para la discusión que tendremos después con Emmanuel Levinas: a saber, que la palabra mismo traduce igualmente las palabras latinas ipse e idem. Idem, es decir, lo idéntico en el sentido de lo extremadamente parecido; ipse, es decir, lo idéntico a sí, en el sentido de no extraño. Evitamos parcialmente el doble equívoco de lo mismo y lo idéntico juntando ely el mismo en un término compuesto: sí-mismo. Semejante expresión compuesta se encuentra en aquel bello texto de las Confesiones de san Agustín, texto, por lo demás, citado por Heidegger en Sein und Zeit: «pero ¿qué hay más cercano a mí que yo mismo [meipso mihi] [...] para mí al menos, me esfuerzo en eso y me esfuerzo sobre mí mismo  [et laboro in meipso]». Una reflexión que sintetiza el autor en una nueva paradoja en la que el ipse se asocia con el concepto de «promesa» que nos hace responsables de nosotros mismos ante el mundo y los otros, lo cual caracteriza la identidad vinculada a la ética, a los principios morales: Vivimos la paradoja bajo el modo de la cuestión sin respuesta, al menos inmediata: ¿quién somos nosotros? [...] La cuestión ¿quién? pide una respuesta equívoca, una respuesta escindida, cuyos dos extremos estarían ilustrados por el carácter, que marca la permanencia del idem y por la promesa, que ilustra el mantenimiento del ipse.

 

Antes de pasar a considerar un aspecto muy importante de las preocupaciones filosóficas de Ricœur íntimamente relacionadas con sus preocupaciones sobre la decibilidad y la condición narrativa del ser humano: la «atención», quisiera dejar constancia de la antinomia del «carácter» y la «felicidad», porque, como se advertirá, es un modo de aproximación al concepto de identidad que, a mi juicio, es el que a todos más nos atrae, porque a todos nos afecta por igual, sin distinción posible alguna: ¿Qué es, efectivamente, el carácter? Si no se quiere hacer lo que la caracterología ha hecho ―un retrato fijo, quieto, encerrado en una fórmula caracterológica―, es necesario decir que el carácter es una generalización de la noción de perspectiva. [...] El carácter añade la consideración de una totalidad, la totalidad finita de mi existencia. Y añade: El carácter es la orientación perspectivista del campo total de motivación; la felicidad es el término hacia el que se orienta toda mi motivación, lo cual nos mete de lleno en otro de sus campos de estudio: la «intencionalidad», la «voluntad», del que también la «atención» forma parte. No ha de extrañar, dada la perspectiva socializadora con que afronta Ricœur, todos estos asuntos, que recuerde a su maestro: Husserl señaló que el ego se constituye en sus hábitos.

 

          El estudio fenomenológico de la atención realizado por Ricœur es una muestra perfecta de dicho método, que convirtió a Husserl en una referencia filosófica fundamental del siglo xx, y que impregnó gran parte de los itinerarios que siguió desde él el pensamiento filosófico. Si para Husserl la conciencia es siempre conciencia de algo ―y de ahí su motto: Zu den Sachen selbst! («¡A las cosas mismas!»)―, no nos puede extrañar que Ricœur considere que percibir no es «tener una representación en la conciencia» ni «tener conciencia de una representación», sino que  percibir es conocer los objetos del mundo, por lo que, forzosamente, la atención es un acto intencional. [...] Yo no presto atención a mis percepciones; presto atención a lo que percibo. Y en el desciframiento de esa atención cabe distinguir dos elementos muy distintos: estaremos de acuerdo en aceptar dos caracteres esenciales en el proceso de atención: un fenómeno de selección (este objeto y no este otro) y un fenómeno de claridad (percibo mejor). Estos dos caracteres son inseparables. Desde esta perspectiva, y aquí Ricœur se ciñe escrupulosamente a su maestro: El objeto desborda la percepción porque la percepción atenta destaca lo percibido sobre el campo total. [...] Como ha subrayado Husserl, pertenece a la esencia de un objeto el sernos dado en una multiplicidad de «esbozos», de «perspectivas». Así pues: La esencia de un acto de percepción consiste en estar comprometido en la aprehensión de un objeto. Presto atención a esto.

          El carácter «activo» de la atención la caracteriza con absoluta idoneidad: El carácter interrogativo de la atención me parece esencial: solo se busca y se encuentra lo que se piensa; pero se busca explorando, cuestionando el objeto. También se puede en el límite interrogar el trasfondo sin tener idea a priori. Aunque lo suyo no es la «anticipación», quede claro, sino lo que constituye uno de los fundamentos de la propia filosofía como tal actividad humana: la suspensión, la ποχή: El verdadero nombre de la atención no es anticipación, sino asombro. [...] Para Malebranche y Berkeley [...] la atención es ciertamente la inocencia del espíritu. Ahora bien, esta perspectiva introduce una interpretación de la atención que nos deja a merced de «lo atendido»: En la fascinación, pierdo mi capacidad de cambiar de objeto. La vida mental se encuentra como fijada, congelada; el tiempo fluye pero como in situ. No tengo el objeto, soy absorbido por él. Según Berkeley, una de las muchas referencias usadas por el autor, la idea no obra, es conocida, de ahí que, como insiste el autor la verdad solo aparece a los espíritus atentos.

          Sé que seguir estos razonamientos, tan distantes del moroso desarrollo que el autor hace en el libro, no facilita su aprehensión, porque, leídos, incluso con interés, advertimos la falta de eslabones de la cadena de razonamientos que les acaban de dar sentido pleno. Me excuso por ello, pues se debe a mi impericia sintetizadora, pero espero y deseo que la importancia de los temas a los que dedica el autor su reflexión empujen a algunos intelectores a sumergirse en las páginas de su libro, de esta Antropología filosófica tan ambiciosa como luminosa, porque nada humano le es ajeno al autor y todas sus reflexiones, incluso esta «fenomenología de la atención» nos conducen a esclarecer el misterio del yo, de lo humano y el lugar de la persona en el mundo. Él mismo lo señala: La referencia al yo está inscrita en todo acto intencional. La atención es un «rayo del yo» (Husserl lo llama Lichtstrahl), sea lo que sea en última instancia la naturaleza de esa inherencia del acto al Yo y la naturaleza de la conciencia que ahí se aprehende. [...] Nuestros actos dependen de nuestros juicios, pero nuestros juicios dependen de nuestra atención. Dueños de nuestro juicio porque somos dueños de nuestra atención: este es todo el sentido del cartesianismo. La idea clara solo se presenta al espíritu atento. Pascal no decía algo muy distinto en el fragmento 99 de Los Pensamientos. [«La voluntad es uno de los principales órganos de la credibilidad; no que forme la credibilidad sino que, como las cosas son verdaderas o falsas según el lado por el que las miramos, la voluntad, que se gusta en uno más que en otro, aleja al espíritu de considerar las cualidades de aquellas que prefiere no ver; y así el espíritu yendo conjuntamente con la voluntad, se detiene a mirar el lado que prefiere; y así lo juzga por lo que ve.»].

          Finalmente, conviene distinguir, ya puestos, entre deliberación y elección, porque así lo exige el planteamiento fenomenológico: El acto de elección es simplemente hacer que un determinado consentimiento sea el último. [...] La deliberación es la atención en su movimiento; lo que llamamos elección es la atención en tanto que ella se detiene. [Conforme a lo que determinó A. Michotte]. En el fondo, pues, y concluyo: La atención significa un acto muy elevado de conocimiento y la indigencia más completa frente al objeto. [...] Tengo la experiencia concreta de la distinción entre lo que depende de mí y lo que no depende de mí, y también de una zona intermedia donde se ejerce sin embargo mi responsabilidad. Hay un imperio de la voluntad que va degradándose hasta ese amplio mundo que no depende de mí. Habría que poder clasificar todos los actos desde este punto de vista. [...] Estas dos experiencias: que puedo algo en el mundo y sobre el mundo y que, en su conjunto, no depende de mí, se ajustan en cada caso concreto sin que estas dos situaciones puedan ser verdaderamente pensadas separadamente, ni yuxtapuestas, ni acopladas lógicamente según una relación pensable, ni destruidas por otra.

          El punto final, sin embargo, el que enlaza este análisis de la «atencion» con la identidad y la dimensión social de la persona a través de la importancia del «decir» es la afirmación del filósofo de que El conocimiento es una relación a tres y no a dos. El objeto es de lo que yo hablo con otro.

          Aunque todo el volumen está lleno de sustanciosa reflexiones que significan, en cierto modo, una breve historia de la Filosofía desde la revolución kantiana ―y he de agradecerle al autor que me haya remitido a varios textos que he leído, además de este volumen, con absoluta delectación complementaria, como el instructivo A Plea for Excuses, de J.L. Austin, el padre de la Pragmática o  el sugerente Personal Identity, de Derek Parfit―, no quiero alargarme mucho más, porque no ignoro la «pigricia lectora» que se ha extendido por la geografía española de un tiempo reciente a esta parte. Pero no estaría completa esta recensión de libro tan arduo como necesario para la reflexión de cada uno sobre la identidad y la responsabilidad si no dedicara un breve espacio a otro análisis fenomenológico tan esencial para los intereses humanísticos del autor como el que él hace de uno de los clásicos filosóficos de todos los tiempos: la «voluntad». De ahí que se remita a Aristóteles como argumento de autoridad y de clarividencia: El tercer libro de la Ética a Nicómaco puede ser llamado propiamente la primera fenomenología de la voluntad. [...] La fenomenología de la voluntad aparece como un refinamiento continuo de las descripciones de Aristóteles y de los estoicos. Esta fenomenología culmina en el concepto de decisión, que implica: a) el proyecto, en tanto que intención de la voluntad; b) la elección, en tanto que acto mismo que lanza el proyecto; c) la alternancia resuelta, en tanto que contenido del acto, que los escolásticos han llamado «poder sobre los contrarios» (potentia ad opposita). Y continúa después con el filósofo por excelencia de la Ilustración, tras reconocer que , de hecho, la libre elección nunca ha sido el principal problema, sino más bien: ¿qué tipo de acción tiene sentido?, Immanuel Kant: la Crítica de la razón práctica no es otra cosa que el análisis trascendental de la buena voluntad, es decir de las condiciones de posibilidad de una voluntad buena, de la misma manea que la Crítica de a razón pura recaía sobre las condiciones de posibilidad de un juicio verdadero sobre la percepción. Ese acto decisivo, a juicio del autor no puede caer sino bajo el paraguas de lo que Aristóteles denominaba «el justo medio», como elemento esencial de su teoría de la virtud. Y en tanto que transición del deseo a la racionalidad, Aristóteles definía la voluntad como «deseo deliberado».

          Sorprende a los profanos en la alta reflexión filosófica como yo, la facilidad con que, desde los presupuestos anteriores, el autor deriva su análisis a la quiebra que introduce el pensamiento Nietzscheano en la filosofía clásica:  La primera crisis que Nietzsche opera en la filosofía moderna del ser sitúa la investigación moderna sobre la voluntad en dos tiempos: el tiempo de la subjetividad, que ha sido el de la filosofía clásica de Platón a Hegel y otro tiempo del que se habla solo bajo un modo kerigmático.[ Nietzsche critica duramente el cristianismo precisamente como religión del kerygma (anuncio de salvación, verdad revelada, etc.). Sin embargo, muchos intérpretes señalan que su filosofía adopta a veces una forma casi profética o proclamativa, como en Así habló Zaratustra: no argumenta como un tratado, sino que anuncia, proclama, interpela, introduce figuras como el superhombre o el eterno retorno casi como «mensajes»].

En definitiva, concluye Ricœur : Si la filosofía hegeliana planteaba la cuestión del lugar del filósofo cuando decía la verdad ―la verdad absoluta―, una filosofía de la interpretación como la de Nietzsche plantea la cuestión de los criterios de una interpretación que pretende ser la interpretación justa. Dejo abierta esta última cuestión. La dejo abierta como una herida en el corazón del discurso filosófico. [...] La clave de la respuesta ha de buscarse en una mejor comprensión de los tres modos de discurso en los que la filosofía habla de la voluntad: el discurso fenomenológico; el discurso dialéctico y el discurso interpretativo.

Y a los lectores no se les escapa que el autor nos remite, en última instancia a los «discursos», porque es en el ámbito de la elocución, del lenguaje y de las relaciones que establecemos a través e él, con él y con los otros, donde se resuelven todas las aporías filosóficas que suelen dejarnos perplejos. Quizás el mejor resume de cómo se resuelven en el ámbitos de los sujetos todas las cuestiones planteadas se halle en este párrafo clarísimo, una claridad que, a pesar de la profundidad de pensamiento que ofrece el autor, es una hermosa cortesía para con sus lectores, y especialmente con los menos capaces ―¡y me tienta sobremanera cerrar con la definición que el autor nos da de la persona «capaz»―: El «poder narrar» ocupa un lugar eminente entre las capacidades en la medida en que los acontecimientos de cualquier origen solo llegan a ser legible e inteligibles cuando son narrados en historias. [...] La puesta en relato marca una bifurcación en la propia identidad ―que ya no es solamente la de lo mismo e integra el cambio como peripecia―. Podemos  halar desde ese momento de una identidad narrativa: la de la trama del relato que  permanece inacabado y abierto a la posibilidad de contar de otra manera y de dejarse contar por los otros.  La imputabilidad constituye una capacidad claramente moral. Un agente humano se considera como el verdadero autor de sus actos, independientemente de las causas orgánicas y físicas. Asumida por el agente, lo vuelve responsable; tratándose de un daño hecho a otros, ofrece la reparación y la sanción [penal]. La promesa es posible sobre esta base: el sujeto se compromete en su palabra y dice que hará mañana lo que dice hoy. La promesa limita la imprevisibilidad del futuro, con el riesgo de la traición: el sujeto puede mantener o no su promesa; compromete así la promesa de la promesa, la de mantener su palabra, ser fiable. [Y ahora, como ejercicio práctico, trasladen lo que en el párrafo anterior se ha dicho a nuestro panorama político... ¡Para no echar gota!, y perdóneseme el exabrupto...]