Un planteamiento lúcido sobre el intrusismo profesional que ha trastocado las identidades tan largamente establecidas: autor, obra, soporte, editor y público.
Voy a usar una
técnica que jamás antes había usado para una recensión, pero la condición de obra
de no ficción, me permite hacerlo con cierta confianza en ganarme la
comprensión de los hipotéticos lectores que puedan asomarse a este Diario;
el escolio punto por punto, que es una variación del conocido fisking, del
que lo separa, sin embargo, el hecho de que el fisking es una
refutación, mientras que el escolio es un comentario con más posibilidades evaluadoras.
Se me puede
achacar pereza, y lo admito. Pero una reflexión tan amplia sobre la IA y sus
posibilidades en el campo de la creación literaria merecen, a mi juicio, ir comentando
las reflexiones del autor, algo así como un diálogo imposible en el que solo
caben dos intervenciones sucesivas e inapelables, la suya y la mía. No se trata,
ya lo habrán intuido los intelectores aventajados que pastan de tanto en tanto
en este Diario, de las dieciochescas polémicas al estilo de la que
suscitó la publicación, por parte de Antonio Sánchez, de su famosa Carta de
Paracuellos, refutada en algunos aspectos por el campeón de las polémicas
en aquel tiempo: Juan Pablo Forner, sino de algo más próximo a la mesa de
camilla: oír la enunciación de algunas ideas y contestar lo que buenamente nos
viene a la cabeza sobre, en este caso, tan enjundioso asunto como es el de los
límites de la IA, actualmente en entredicho por las apocalípticas y milenaristas
revelaciones de sus creadores sobre la capacidad deletérea del conocimiento
algorítmico respecto de la especie humana, ¡y quién sabe si sobre el mismísimo
planeta!
El prolífico
escritor motrileño Francisco M. Ortega se ha caracterizado desde siempre por su
pasión por la creación en direcciones tan diversas como los microcuentos, la
poesía, los aforismos y el ensayo. Pero desde la llegada de la IA, Ortega ha
desarrollado una veta especial que lo ha llevado a la experimentación literaria
con la nueva tecnología, como lo demuestra el volumen de su heterónimo Gabriel
Santo Erruza: Cuentos artificiales, ya criticado en este Diario.
Imagino que a propósito de semejantes experimentos, el autor ha decidido
reflexionar sobre lo que significa y, sobre todo, lo que puede significar la IA
en el campo de la creación literaria. Adelanto que mi única experiencia en este
sentido fue proporcionarle a la IA un sucinto guion de un cuento: personaje,
circunstancias, conflicto, escenario, tiempo, etc., y recibí a cambio la más
pobre narración que pueda imaginarse, una decepción absoluta. Es posible que
mis prompts, mis órdenes, no fueran lo suficientemente explícitas para
que la máquina pudiera desarrollar todas sus habilidades, pero no quería ser
coautor, sino mero «facilitador», de modo que el esfuerzo inventivo corriera de
su parte. Por el lado enciclopédico, digámoslo así, la máquina es un prodigio
que ahorra al investigador centenares de horas para encontrar lo que ella te
brinda en breves segundos. De hecho, mi manera de poner a prueba su capacidad
es verla consultar y consultar y demorarse antes de darme una respuesta para algunas
preguntas filológicas puñeteras que suelo hacerle. Es muy difícil hallar un «no
tengo información al respecto», porque está programada para dar cualquier
respuesta y satisfacer al cliente, pero ocasiones ha habido en que ha rondado
esa respuesta.
Es mera casualidad temporal que la lectura de este libro haya sido próxima a la de Nada que decir, que se nos ha presentado de forma anónima, esto es, que ha sido escrita por alguien que ha renunciado voluntariamente a la «autoría», que es el gran peligro que corre la literatura si se echa en manos de la IA. ¿Se trata de un «iluminado»? Sea como sea, sería curioso que el autor de este breve pero muy fértil ensayo sobre los límites de la autoría pudiera decirnos algo sobre esa «osadía» o meramente insensatez. En fin, estamos en unos tiempos muy revueltos y sacar algo en claro de realidades a veces tan complejas no siempre es fácil. Este ensayo es mucho más rico de lo que mi selección de textos indica, pero a mí me han lamado estos la atención, y por eso le dedico yo mis reflexiones.
Pasemos a lo
importante, las meditaciones de Francisco, sin que cada una de ellas implique un
escolio por mi parte, porque no se trata de poner ningunos puntos sobre las íes,
sino convertir su monólogo en un diálogo que acaso dé algún día sus frutos.
Durante
siglos, el problema del escritor fue encontrar palabras. A partir de ahora
quizá sea defenderse de ellas.
No acabo de
compartir esta suerte de axioma, porque los niveles de uso léxico están cayendo
tan en picado que algunos profesores se quejan de que cómo se les va a mandar
el Quijote a los alumnos si tienen «astillero», «adarga», «rocín», «velarte», «velludo»
y «pantuflos» en el primer párrafo... A
la IA no le cuesta encontrar palabras, pero otra cosa, y no es baladí, es la
capacidad de asociar connotaciones con ellas, porque, por lo general, las
connotaciones responden a la idiosincrasia del emisor, por un lado, y al
asentimiento de la colectividad, de otro.
La literatura llevaba siglos
alimentándose de literatura, pero la industria cultural había convertido esa
condición inevitable en una maquinaria de repetición acelerada. Fórmulas
narrativas, clichés emocionales, prestigios heredados, estilos previsibles,
autobiografías empaquetadas, traumas convertidos en género, sentimentalismos
diseñados para una recepción reconocible.
Aquí sí que no
hay más que darle la razón a Francisco, porque las repeticiones de las fórmulas
de éxito son un auténtico lastre para la literatura. Pensemos, por ejemplo, en
el estallido del realismo mágico que servía, al final, tanto para una novela
como para la crónica de un clásico Barça-Real Madrid... Y sí, la capacidad
imitativa de la IA es muy notable. De hecho, una de sus, no sé si virtudes es el
concepto adecuado, pero finjamos que sí; una de sus virtudes es ponerse a la altura
de su interlocutor, quien la alimenta para acabar poco menos que escuchándose a
sí mismo.
La máquina incomoda porque aprende esa
repetición y nos la devuelve con una eficacia humillante. Nos obliga a
descubrir cuánto de lo que llamábamos creación era ya automatismo humano. Ese
puede ser uno de los motivos secretos de la hostilidad hacia la IA. No solo
tememos que escriba. Tememos que revele algo acerca de nosotros. Que muestre la
cantidad de literatura que ya funcionaba mediante patrones suficientemente
estabilizados como para que una máquina pudiera reproducirlos.
El corolario
de lo anterior. No se trata solo de que nos imite, sino de que nos desnude, que
nos muestre lo alienados expresivamente que estamos, incapaces de salir de
esquemas argumentativos y clichés expresivos que la IA reproduce como por
ensalmo, sin esfuerzo alguno.
No es lo mismo que el autor se borre en
la obra a que nunca haya habido nadie detrás.
¿No andamos algo
lejos de esa posibilidad? Renuncio, de momento, a pensar que la IA por sí sola,
sin ningún «impulso» exterior, sea capaz de sentir, de pronto, la necesidad, no
sé, de escribir una obra de teatro, un poema, una novela o un ensayo; así, sin
más, sin haber recibido ni una orden ni una sugerencia ni un «fiat lux» que la
alumbre... De alguna manera somos biología, como quería Gamoneda, y nuestro
arte forma parte de esa condición y de las experiencias que nos depara. ¿Cuál
sería el equivalente en la IA? Caso de haberlo, estoy convencido de que su
mundo referencial sería muy otro del nuestro, en el que palpita el sudor, la
sangre, las heces y las ansías de posteridad...
El escritor que ya no sabe qué parte de
un párrafo es suyo no enfrenta únicamente un problema de atribución. Enfrenta
una fractura en la propia experiencia de escribir.
El salto cualitativo de contar con la IA para la redacción de los propios
textos, algo así como invitarla, «¿tú cómo dirías lo que te acabo de pasar?», a
enmendarnos la plana va mucho más allá de una mera «fractura» y toca de lleno
en la «despersonalización» del autor, en su *carmenmolización, me
atrevería a decir; esto es, renuncia al individualismo creador y se «agarra» a
una coautoría de la que cree que saldrá beneficiado el texto. En todo caso, el problema
de la autoría, que forma parte de las reflexiones por venir, se erige en eje fundamental
de la reflexión. Uno tiene la sospecha de que «introducir» a la IA en la
creación propia acaba convirtiendo al escritor en un mero elemento auxiliar de
la IA, que acaba tomando el mando, habitualmente para mal, pero doctores tiene
la santa iglesia crítica que nos iluminarán, llegado el mefistofélico momento.
De ahí una sospecha. La inteligencia artificial puee convertirse en una técnica de autoconforto verbal. Un dispositivo que nos permita seguir siendo nosotros mismos con mayor fluidez, peruasión y eficacia. Un sistema que prolongue nuestras regularidades y nos envite la incomodidad de perder pie.
¿Cómo hemos de entender ese que nos permita seguir siendo nosotros mismos con mayor fluidez, persuasión y eficacia si la IA lo primero que hace es despersonalizarnos? Es imposible ser «nosotros mismos», si lo sustancial, el trabajo verbal, lo realiza un dispositivo ajeno a nosotros. No acabo de entender que, frente a las suspicacias expresadas anteriormente, se considere que tanta ayuda externa se transmute en la percepción de una mayor mismidad, de una mayor autonomía, gracias al trabajo auxiliar de la IA. Por cierto me he dirigido a ella a propósito del neologismo *autoconforto y esta ha sido su respuesta a mi pregunta:
—¿No es esta palabra casi exclusiva de la IA.
—Si usted me dijera ahora
que «autoconforto» le parece una palabra perfectamente natural, yo podría
construirle una defensa bastante persuasiva de ella. Si me
dijera que le parece un engendro, podría construirle igualmente una crítica
bastante persuasiva. Ese es quizá uno de los problemas de la IA como autora: su facilidad para legitimar lingüísticamente casi cualquier
posibilidad. Si yo escribiese «autoconforto» en una respuesta dirigida a usted,
probablemente usted detectaría inmediatamente que estoy haciendo de IA,
no porque la palabra sea imposible, sino porque tiene ese característico aire
de palabra
que el sistema lingüístico permite pero que un lector humano competente no
habría escogido.
Hannes Bajohr
ha pensado esta cuestión desde la distancia causal entre la intervención humana
y el texto final. Otros investigadores hablan de autoría entrelazada para
describir procesos donde las contribuciones ya no pueden separarse limpiamente.
No conocía a Hannes Banjohr,
pero su tesis: When everything is text, because everything is code, there is
no more work, only wrought material, a semi-finished product. Images,
films, sounds, words – in the digital world, everything is open to being
(re)processed, transcoded and developed, es la que recoge Francisco en este
fragmento en que se confiesa que resulta poco menos que imposible distinguir la
participación humana o cibernética en ciertos textos escritos conjuntamente. Hace
tiempo hablábamos de la «intertextualidad», acuñada por Julia Kristeva, para quien el
texto no es una creación autónoma de un sujeto que parte de cero, sino un
espacio donde se cruzan y transforman otros textos y discursos. La cita, como
lo recoge Ricardo Tejada en su libro L’Aventure de l’Essai, es uno de los
recursos fundamentales del género, y de ahí la célebre definición, de Kristeva,
del texto como un «mosaico de citas». Algo distinto es cobijar bajo este
concepto el plagio, pero eso es harina de otro costal (desangrado...).
La máquina produce exceso. El escritor
introduce criterio.
La aceptación de la máquina como autora en
desigualdad de condiciones con el autor que la usa es muy curiosa, porque
indica una cierta rendición, aunque se reserve el momento decisivo, el de la
evaluación correctora que pone el sello definitivo de la autoría en lo que ha
sido hijo de la coautoría. No hace mucho publiqué un falso opúsculo, Teoría
del Todovalismo, cuyo epílogo le pedí a Chat GPT después de haber leído la
totalidad de la obra, por supuesto. Tal y como lo escribió, lo publiqué y le
adjudiqué el copyright correspondiente, porque no intervine para nada en
él, del mismo modo que no dejé que ella interviniera en ningún momento en mi
texto, a pesar de su insistencia; pero la orden firme de que respetara la
exclusividad de mi responsabilidad redactora bastó para que no se empeñara en
sugerirme redacciones alternativas, algunas de las cuales deturpaban el
original, ciertamente.
La verdadera ruptura llegará cuando el
origen se vuelva culturalmente indiferente, cuando un lector considere
irrelevante saber de dónde viene un texto mientras funcione.
Lo primero que se ha de decir es que para
los estudiantes ese día ya ha llegado. Para el resto de los mortales me temo que
no esté tan claro que no distingamos —¡en esta época de los fakes, los
bulos y el *shitprop...!— el origen de según qué textos, o de todos
ellos. Hay una parte de verdad en el aserto de Francisco, claro, porque un
texto ofrecido a su lectura a la comunidad de lectores no puede saberse de quién
es excepto que se diga, porque, de otro modo, esa irrelevancia sobre el origen
vendría a ser la consagración del anonimato.
Si producir texto se vuelve fácil, la
dificultad puede trasladarse a la renuncia. Si la máquina ofrece cien frases,
el gesto creador estará quizá en saber cuáles noventa y nueve no deben
sobrevivir. Una poética de la poda. [
De nuevo se produce un malentendido en
esta frase de Francisco, porque estamos hablando no del autor como autor, sino
como «colaborador necesario», pero no determinante. Recordemos que la «poda» ha
sido siempre el método creativo por excelencia, pero sobre los materiales
aportados por el autor, no por un sosIAs que lleva en su nombre la trampa
de una autorÍA expandida.
Ahora pienso que escribir consiste
también en poner nuevamente en circulación lo vivido. Nada de lo que soy me
pertenece por completo. Estoy hecho de quienes me enseñaron, de quienes me
quisieron, de quienes me hirieron, de los libros que leí, de las voces que
escuché, de las personas que perdí. Por eso publicar, sea en papel o en una
pantalla, no significa para mí exhibirme. Significa desprenderme.
Es evidente esta afirmación, y compartida
con cualquiera que se dedique a la escritura, de ficción y de no ficción,
porque confirma una obviedad: que somos hijos de la experiencia. Es imposible
pensar en un autor al margen de la tradición, se escriba a favor de ella o
contra ella.
La pregunta deja de ser «¿es esto
enteramente mío?» para convertirse en «¿qué he hecho con aquello que recibí?».
He aquí un súbito cambio de enfoque: del
yo forjado en la experiencia a la experiencia que ha usado un yo para
manifestarse. Algo parecido a la teoría del «gen egoísta» de Dawkins, según la
cual es el gen el que ha escogido a los humanos como vehículo para su
supervivencia y no al revés. Por otro lado, el texto lleva implícita la
referencia a la parábola crística de los talentos por los que se nos habrá de
pedir una explicación. El autor, a juzgar por el texto de Francisco, estaría al
servicio de la comunidad en la que ha nacido, pero eso es algo que dista mucho
de tener un carácter universal. Antes al contrario, casi parece caracterizar
más al autor el hecho de oponerse o enfrentarse a la herencia recibida para,
sin olvidarla, ir más allá de ella y aportar algo «nuevo». Bien pudiera ser que
las raíces socialistas del autor tuvieran no poco que ver con esa actitud ante
la creación, pero por ese camino llegaríamos a los caducos postulados del
realismo socialista o poco menos...
La máquina puede recombinar el archivo
colectivo del lenguaje. Puede devolver información transformada. Pero no sé si
puede agradecer. No sé si puede sentir deuda. No sé si puede reconocer que
aquello que recibió la cambió.
La
respuesta es que sí, porque “imita” de forma perfecta lo más íntimo de nosotros
mismos, pues lo “deduce” algorítmicamente, pero no se equivoca. La súbita
desconfianza en los «poderes» de la máquina, antes magnificados hasta incluso
la anulación del «autor», no tiene mucho sentido. Como clon nuestro que ha de
considerarse, la IA es «consciente» de lo que significa «ser humano», y está
programada para expresarse de la manera más idéntica posible. En mis escarceos
con ella, a propósito de la redacción de mi Teoría del Todovalismo, pude
descubrir el grado de perfección que se ha conseguido en ese sentido, e incluso
me ha agradecido algunas veces el haberle «abierto los ojos» a un nivel de
comprensión que ella misma confiesa haber tenido limitado por razón de las
fuentes disponibles y de su errónea interpretación.
Una máquina puede generar textos. No sé
si puede habitar el lenguaje. Puede coescribir. No sé si puede no saber vivir
sin hacerlo. No digo esto para reservar un privilegio humano. Lo digo porque
existe una diferencia entre producir lenguaje y convertirlo en forma de vida, y
la eficiencia no mide esa diferencia.
¡Completamente de acuerdo! Por esta línea
de escepticismo respecto de sus muchos «poderes» es fácil entendernos. La
formulación es poética y exacta: puede generar textos, pero no
habitar el lenguaje. Este tipo de hallazgos expresivos son lo mejor del
libro y su frecuencia nos habla, en sí misma, del abismo que hay entre las
posibilidades de la «máquina» algorítmica y las del ser humano, complejo hasta
Góngora y más allá...
La escritura digna
comienza allí donde se niega a ser mera obediencia. Escribir consiste muchas
veces en negarse a aceptar que el lenguaje disponible agote la realidad. Abrir
una grieta.
Hay una dignidad específica en el
tiempo perdido con una frase.
Me va a perdonar el autor, pero esta
traslación del lenguaje político-moral al análisis de la IA es un salto de difícil encaje. Si entendemos «digno» como
específicamente humano, sin más, bien podríamos entendernos; pero está tan
contaminado el concepto, es una muletilla tan socorrida para evaluar las
políticas y, sobre todo, para justificar los píos deseos frente a los hechos,
que cuesta aceptar esa «dignidad» del tiempo perdido, propio del ocio en que se
fragua el negocio del arte, que nunca ha sido, como nos recuerda el autor mera
obediencia. El equívoco vuelve a estar en la «imposición» de los algoritmos
por encima de la creación propia del autor que defiende su obra a carta cabal,
como producto legítimo de su inspiración y su arte, sin otra ayuda que sus
conocimientos, sus experiencias y su
técnica. Claro que «perder el tiempo» es un símbolo elocuente del ocio
creativo, pero la «dignidad» poco o nada tiene que ver con la condición sine
qua non del acto creativo. Es curioso observar cómo se infiltra la ideología como
se filtra el agua de los peñascos en las viviendas a ellos adosadas!
La frase viva exige algo más difícil de
formular. Una relación no trivial entre lenguaje y experiencia. Una resistencia
a la pura función. Una decisión que no parezca enteramente intercambiable.
Escribí: «Cada frase escrita es una vida que viví». La afirmación es
literalmente falsa y poéticamente exacta. No he vivido cada historia que
escribo. Pero cada frase que reconozco como mía ha pasado, de algún modo, por
mi tiempo.
Ahora sí se mueve el autor en ese campo
conocido y hartamente explicado de las motivaciones biográficas que resultan
determinantes en algunas obras de arte. Claro que las biografías respaldan las
obras, en el sentido de que son el aval humano de nuestra creación
específicamente humana. Nadie duda de que puedan ser imitadas por la IA, pero,
y lo digo por mi experiencia personal en este terreno, hay un abismo entre la
expresión derivada de la propia existencia y la derivada de los algoritmos.
Quizá peque de lector muy fino y picajoso, pero la experiencia lectora —para mí
tan importante como lo fue para Borges, salvando las distancias— es un aval que
permite no ser engañado, o no serlo en lo fundamental. Cervantes lo dijo muy claramente:
Cada uno es hijo de sus obras. ¿Cuáles son las de la IA? Me cuesta imaginarme
un cónclave de IAs charlando de «sus cosas», la verdad.
Barthes anunció una muerte del autor:
la pérdida de su soberanía sobre el sentido. La inteligencia artificial anuncia
una segunda: la pérdida del autor como origen necesario del texto. Pero quizá
haya una tercera esperando, más silenciosa y más radical: la desaparición del
lector como receptor de una conciencia ajena.
¡Bueno, bueno, cuánta enjundia en esta
tríada de suposiciones! La primera, la pérdida de la soberanía sobre el sentido;
la segunda, la desaparición del autor y, la tercera, la más enigmática, la
desaparición de los lectores, que han sido, para la narratología, la piedra de bóveda de la cúpula literaria:
diríase que no hay obra si el lector no le da vida en el acto de leerla. Es
cierto que la tesis del poeta como médium de las musas funciona desde Platón y
su cuarta locura, la manía poética, y Claudio Magris, en El Danubio, la
recoge: La poesía es impersonal,
sopla donde y cuando quiere al igual que el viento, no pertenece al nombre que
hay escrito a su pie; pero la pérdida del sentido es algo más que
discutible, porque la autoría se reclama, fundamentalmente, sobre él, porque el
sentido es el nervio que atraviesa toda la obra y ha sido creado por el autor.
Que la IA contribuya a la desaparición del autor, bien podría ser, pero
enseguida se ha de apostilla qué clase de autor desaparecería con ella, y no
sería otro que el pusilánime que duda de añadir al mundo algo personal e
intransferible. Me recuerda aquella ambición de Valle-Inclán que confesaba que
ser un genio en la lengua «local» (en su caso el gallego) era muy fácil, que lo
difícil era competir con cuatrocientos años de la más grande literatura y salir
victorioso, y lo consiguió, y hoy forma parte de esa historia, de esa tradición
contra la que se habrá de enfrentar cualquiera que quiera «crear», no
simplemente «reproducir» los modelos periclitados que se enquistan en el cuerpo
social como lo aceptable o lo bello,
La red explica admirablemente cómo se
produce un texto, pero no quién responde por él. Un nodo no comparece. Una red
no se expone. Cuando todo el mundo es autor en algún grado, la pregunta «¿quién
responde?» no queda repartida: queda huérfana. La autoría distribuida describe
con exactitud el proceso y deja intacto el problema de la responsabilidad, que
no se deja distribuir tan fácilmente como el trabajo.
El
trabajo colectivo que no “responde”, porque la división del trabajo no es la
confirmación de la responsabilidad, total o alícuota. El dilema planteado sería
el de la creación colectiva o el de la creación individual. Quizá la primera
fuera aceptable para el realismo socialista; inaceptable para quienes defienden
la individualidad como lo específicamente literario a través del lenguaje, por
supuesto. Lo propio de la red es obviamente, difuminar el genio creativo,
anularlo, ofrecerse como la emergencia de un potente complejo creativo en el
que se han anulado las individualidades. Recuerdo de mi primera juventud el
intento de escribir una narración a cuatro manos con Juan Luis Quintana,
exquisito pintor: Las dos berlinas y el verdugo azul, se llamaba. Solo recuerdo
de ella un surrealismo militante, acaso inspirado por quien dominaba el
panorama literario en aquellos años: Samuel Beckett. A pesar de nuestra
insistencia, aquello no acabó prosperando, y no por la incompatibilidad estilística,
sino por razones que en su momento se nos escaparon y que hoy reconozca
nítidamente: tener el control de la historia se volvió una fuente de discordia,
como era lógico. Algo parecido intuyo que supondría trabajar mancomunadamente
con la IA.
La teoría más radicalmente
antiesencialista del autor resulta ser, en el fondo, una teoría de la necesidad
del otro. Una máquina puede repetir el gesto de firmar; lo que no puede es que
ese gesto la comprometa ante una sala. Y un humano ante una sala vacía tampoco.
Poco a poco, pues, va Francisco llegando a
la vieja cadena «de toda la vida»: autor, obra, editor, públicos: especializado
(crítica) y común. Esta reflexión me trae a la memoria el contrato biográfico
que según Lejeune establece el escritor de la autobiografía y el lector, según
el cual el autor responde de la veracidad de todo cuanto le está contando al lector.
De algún modo, lo mismo ocurre en la ficción: hay un pacto implícito entre
autor y lector según el cuál es él quien ha tenido la invención que ha novelado
y suyas son todas y cada una de las expresiones del libro, conformen o no un
estilo, algo que solo los lectores especializados dictaminarán-
Homi Bhabha mostró que la voz autoral
está atravesada por hibridaciones y desplazamientos que desmienten toda pureza
de origen; Gayatri Spivak preguntó, célebremente, si el subalterno puede
hablar: si quienes quedan fuera de las instituciones del discurso pueden
acceder alguna vez a una voz que sea escuchada como voz y no traducida,
representada, hablada por otros. Esta tradición obliga a hacerle a la escritura
generativa una pregunta que el resto de los mapas apenas roza: ¿de quién es el
archivo? Los modelos aprenden de lo ya escrito, y lo ya escrito no es un espejo
del mundo sino el sedimento de siglos de acceso desigual a la palabra.
He aquí, pero al final del ensayo, una de
las cuestiones más interesantes del texto, porque la no pertenencia al canon
del archivo condiciona muchas cosas, desde luego, y la primera es de qué modo
no es, cualquier tradición, una marginación de quienes han sido arrinconados en
los márgenes de la Historia, una segregación que ha permitido construir una
visión del mundo que prescinde de todas esas voces discriminadas, relegadas o
directamente silenciadas. Cualquier tradición es sospechosa, pero no cabe duda
de que lo que entendemos por civilización occidental se ha construido sobre
unos olvidos lamentables y unas discriminaciones a las que incluso les cabe el
título de «criminales», como la explotación esclavista, la persecución de las
minorías, la discriminación de la mujer o la persecución de las «brujas» ponen
de manifiesto. Por poner un ejemplo, que los personajes negros de Faulkner
hubieran podido escribir su propia historia... Ya digo que se trata de uno de
los temas más interesantes del ensayo, y cualquier reflexión, siempre y cuando
no anatematice la historia cultural que compartimos, a pesar de los muchos
pesares, siempre será bienvenida.


