miércoles, 30 de septiembre de 2020

«Quéreas y Calírroe», de Caritón de Afrodisias y Efesíacas», de Jenofonte de Éfeso.

La primera novela europea conservada y una brillante secuela: el ideal del amor romántico sometido a la prueba de las mayores adversidades imaginables o la maldición de la belleza… La perfección de un género desde sus inicios.

 

         Ahora que nos llega la noticia de la desaparición de la Biblioteca Básica Gredos, atenta a los clásicos grecolatinos desde su nacimiento, en un servicio cultural a la sociedad de primer orden, equivalente al de la Fundació  Bernat Metge para la lengua y la sociedad catalanas, traigo a este Diario unas impresiones volanderas sobre la primera novela europea conservada, Quéreas y Calírroe y una secuela suya, Efesíacas, a las que  nos introduce la sabiduría helénica de un auténtico especialista como es Carlos García Gual, con traducción de Julia Mendoza.

Diríase que se trata de lecturas para helenófilos o apasionados por las culturas antiguas, pero mi experiencia de las mismas es la de haber leído una muestra del género novelístico, tenido por menor entonces, con un nivel de perfección formal y de interés humano sobresaliente. En mi calidad de devoto lector y apasionado de los clásicos, no por ello estoy exento de ciertas flaquezas humanas, y a veces se adentra uno en obras clásicas de las que ha de salir por piernas que lleven sobre ellas sus ojos, a juzgar por el soberano aburrimiento que deparan las mismas o por la propia incapacidad de degustarlas por falta de contexto, experiencia o sensibilidad. En el caso presente ha sucedido justo lo contrario: leía con ansia y me uncía al relato de las adversidades de los jóvenes enamorados con el pasmo de quien ve usados recursos narrativos propios del género diecisiete siglos después, en el auge de la novela del XIX y en subgéneros como el folletín, con el que comparte no pocos de sus principios básicos, si entendemos que dentro de ese género puedan caer obras maestras como El conde Montecristo, por supuesto.

         Que las tramas giren en torno al amor sometido a la prueba de la separación y al compromiso de morir antes que de ser de otro o de otra, ha hecho pensar que estas obras se dirigían a un público femenino; del mismo modo que las obras de Chretien de Troyes sobre la materia de Bretaña fueron lectura de mujeres en castillos de los que los hombres salían para ir a las Cruzadas durante mucho tiempo. Fuera o no así, es indudable lo mucho que debieron contribuir a la creación del mito romántico, del amor absoluto, de la entrega total, de la devoción casi religiosa a la dama; un bonito repertorio de actitudes que veremos desarrollarse, siglos más tarde, en la llamada «novela sentimental» del siglo XV, en el que uno de sus más preclaros ejemplos Cárcel de amor, de Diego de San pedro, es considerado como el primer best-seller novelístico europeo.

         La acumulación de múltiples episodios, todos ellos actuantes contra el interés supremo de la pareja de reunirse y disfrutar el uno del otro, dotan a la narración de un ritmo realmente trepidante desde el mismo inicio de la novela. Que las intrigas envidiosas desbaraten el matrimonio de los dos jóvenes, provocando un malentendido a resultas del cual el recién esposado acusa a su mujer de serle infiel y le propina una patada en el vientre que la derriba, cayendo ella en un estado catatónica, por efecto del golpe, que lleva a todos a considerar que está muerta, abre una narración en la que la decisiva intervención de unos ladrones que quieren saquear su tumba y la encuentran viva, marca el devenir de la narración: es secuestrada para venderla como esclava, ella, que es la encarnación de Afrodita, por lo que sacarán de su venta más dinero que de cualquier otro robo. El marido, tras descubrir el engaño a que ha sido sometido, no busca más que su propia muerte; pero el descubrimiento de que su amada está viva lo empuja a dejar a sus padres y lanzarse a la aventura de encontrarla para regresar con ella a su tierra, teniendo en cuenta lo que se afirma al principio, cuando se narra su enamoramiento: Fáciles son las reconciliaciones de los amantes, y con gusto aceptan todo tipo de excusas. Junto a esa obviedad, no se recata el narrador del apunte psicológico agudo: la mujer es fácil de engañar cuando se cree amada.

         La narración, ceñida al caso de los amantes, no evita juicios generales ni impresiones subjetivas por parte del narrador, auténtico deus ex machina de cuanto ocurre, en lo que parece complacerse, como si fuera la encarnación de Fortuna y en su mano estuviera determinar por qué penalidades han de pasar los amantes antes de un final feliz -¡discúlpeseme ser un aguafiestas!- que es característico de este género de la novela bizantina. Tómese como ejemplo este juicio sobre los atenienses: —¿Sois vosotros los únicos que no habéis oído hablar de la indiscreción de los atenienses? Es un pueblo charlatán y aficionado a los juicios, y en su puerto miles de sicofantes se informarán de quiénes somos y de dónde traemos estas mercancías. Y les entrará la mala sospecha a esos hombres malignos.

         La descripción de los personajes, como este apunte del narrador sobre Calírroe, va mucho más allá de los «tipos», pues los individualiza y nos permite adivinar una complejidad que los enriquece: De esto se rió para sí Calírroe, pese a estar sumamente afligida (él la creía completamente estúpida), porque se daba cuenta de que ya estaba vendida, pero consideraba su venta más feliz aún que su antigua nobleza, ya que quería librarse de los piratas. Junto a esa técnica, el narrador usa el soliloquio de los personajes con la intención de buscar, apelando a sus sentimientos, la complicidad de los lectores. La belleza de Calírroe es algo así como su salvoconducto, porque al caer todos rendidos ante ella, villanos y reyes, se le da la oportunidad de usarla como arma protectora de su integridad. Veamos el efecto que provocaba: Y entonces fue posible ver que los reyes lo son por su propia naturaleza, como ocurre en los enjambres de abejas, pues todos la seguían automáticamente, como si la hubieran hecho por votación señora por su belleza. Y cómo un beso suyo es capaz de trastornar a quien se lo da: …y a Dionisio se le hundió el beso como un dardo en el corazón, y ya no era capaz de ver ni de oír, y estaba por todas partes cogido en la trampa, no encontrando ningún remedio a su amor.

         La naturalidad con que la protagonista piensa en abortar el hijo engendrado por Calírroe, la misma con la que su esclava le promete que se lo facilitará, sorprende en esta muestra inicial del género, porque durante siglos algo así en la novela europea posterior al Cristianismo estará severamente censurado, y hasta no hace mucho, ha sido una práctica social prohibida. La reflexión patética de la madre, dirigiéndose a su propio hijo, nos recuerda las prácticas de la oratoria y, por supuesto, los modelos dramáticos de las tragedias antiguas: No conviene que tú, hijo, vengas a una vida miserable, que te convendría rehuir incluso si ya hubieras nacido. ¡Márchate libre, sin que te afecten las desgracias, y no oigas nada de las aventuras de tu madre!

         La presencia dosificada del narrador omnisciente no impide que sea un rasgo constitutivo del género: Pero incluso ese mismo día se irritó de nuevo aquella divinidad celosa, y el cómo, poco más adelante lo diré. Quiero contar antes lo ocurrido en Siracusa durante este tiempo. Aquí se revela la estructura en dos líneas paralelas a lo largo del tiempo: por un lado, lo que le ocurre a Calírroe; por el otro, lo que le acontece a Quéreas.  Y el narrador nos lleva de una a otro y viceversa con la decidida voluntad de hacernos creer que cada nueva aventura no solo aleja a los enamorados, sino que hace imposible su reencuentro. Por eso se ve obligado a recordarles a sus lectores que por naturaleza ama el hombre la vida, y ni en las peores desgracias pierde la esperanza de un cambio a mejor, habiendo sembrado en todos esta ilusión el dios creador para que no escapen a una vida desdichada.

         La obra está llena de escenas de mucho mérito, como la despedida de la madre de Quéreas, quien quiere que su hijo la lleve con ella, autorizándolo a tirarla por la borda si era un estorbo para los designios de su hijo: Al decir esto rasgó sus vestidos, y exponiendo sus pecho y sus senos dijo: —Hijo, respeta esto y compadécete de mí, si alguna v3z tuve tu boca sobre los pechos que destierran la pena, que no es propiamente de Caritón, sino, como en otras ocasiones sucede en el texto, una cita literal de la Iliada, usada como tributo y argumento de autoridad, para aspirar a formar parte de una tradición que ennoblezca las aspiraciones literarias del novelista.

         Al narrador le gusta acentuar las paradojas que produce no solo la separación de los amantes sino las escasas informaciones deformados que reciben uno del otro respectivamente, como le ocurre a Calírroe cuando cree que Quéreas ha muerto, razón por la cual le erige una tumba en una colina cercana: —Tú me enterraste a mí primero en Siracusa, y yo a mi vez a ti en Mileto. Hemos sufrido males no solo grandes, sino también asombrosos, pues nos hemos enterrado el uno al otro, pero ninguno de los dos posee el cadáver del otro. Del mismo modo, y como harán muchos novelistas realistas después de él, ve necesario, de tanto en tanto, abrir un nuevo “libro” con un resumen de o ocurrido, de tal modo que no se pierdan los lectores en la multiplicación de episodios que pueden despistarlos.

         La novela, hacia algo más allá de la mitad de la misma, se convierte, de repente, en una novela “de tribunales”, con el consiguiente interés que siempre despiertan en lectores y espectadores las obras que giran en torno a procesos judiciales. En este caso se trata de la disputa entre dos reyes dependientes del rey de Persia, que se disputan la posesión de Calírroe, guardándose uno la baza de Quéroe para desbaratar el intento del otro de que le sea reconocida como su propia mujer. El comentario del narrador lo deja bien claro: En treinta días no hablaron de otra cosa los persas y sus mujeres, más que de este juicio, de suerte que, si hay que decir la verdad, Babilonia era un tribunal. Recordemos que las «causas célebres» han sido una constante en los «novelones» del XIX y aun después. El juicio, como es obvio, se complica porque el rey de Persia acaba enamorándose también de Calírroe y se consume por poder hacerla suya, algo que nos anticipa la propia Calírroe: Los demás, cuando se presentan al tribunal, desean hallar benevolencia y gracia ante él, y yo en cambio o que temo es agradar al juez.

         La sutileza del narrador, sabiendo los lectores, frente a Calírroe, que Quéreas está vivo, lo lleva a imaginar la realidad a través del sueño de la protagonista, porque, tras salir del sueño justo cuando iba a abrazar a Quéreas, y contárselo a su criada, esta la consuela del modo que, para el lector, habría de cumplirse el mismo: —Ten ánimo, señora, y alégrate. Has tenido un hermoso sueño. Abandona toda preocupación, pues lo que has visto en sueños es lo mismo que verás despierta. Eso ocurre cuando ambos amantes se encuentran frente a frente en el tribunal, aunque Dionisio, que la reclama como esposa porque la compró como esclava, le impide correr a su encuentro. El comentario del narrador omnisciente, dueño absoluto de su relato y de sus técnicas, nos sorprende una vez más con una intervención usada recurrentemente por los novelistas a lo largo de la vida del género, que se prevé larga y fértil: ¿Quién sería capaz de describir dignamente el aspecto de aquel tribunal? ¿Qué autor sacó a escena una historia tan extraordinaria? Podría uno pensar que estaba en un teatro lleno de miles de sentimiento, pues había de todo a la vez: lágrimas, alegría, asombro, compasión, incredulidad, ruegos… Amigos como lo fueron, los griegos, de la pureza de los procedimientos legales y democráticos, la jugada del rey de Persia para que Calírroe quede bajo custodia de su mujer, en vez de seguir bajo la de Dionisio es una auténtica filigrana de la razón. Aplazado cinco días el juicio para que preparen sus argumentos, el rey de Persia concluye que Calírroe ha de quedar bajo custodia del juez, porque no es justo que la que se va a someter a juicio sobre quién es su marido venga con un marido al juicio. Me perdonarán mis queridos intelectores, pero una esgrima tan delicada me cuesta Caritón y ayuda leerla en los «productos» novelísticos de nuestros días que, casi por equivocación, acabo llevándome a los ojos.

         La novela está llena de formulaciones de carácter proverbial o filosófico que recoge en buena parte los logros de la filosofía y la literatura griegas de siglos anteriores, por eso al narrador le fluyen de forma tan natural juicios al estilo de este: por naturaleza cree el hombre precisamente aquello que desea; o de este:  Quéreas, al oír esto, se lo creyó sin vacilar, puyes el hombre desgraciado es fácil de engañar. Se trata, en definitiva, de un autor muy consciente de su propio saber y de la tradición cultural desde la que escribe. Por eso no nos sorprende que los giros constantes de la trama los ponga bajo la advocación de los dioses, quienes trastocan en cualquier momento hasta los más firmes designios de los personajes: Se compadeció de él [Quéreas] Afrodita, y tras haber perseguido por tierra y mar a aquellos dos seres, los más hermosos, a los que al principio había enlazado al yugo, decidió devolverlos de nuevo el uno al otro.

         El reencuentro, ya dijimos que esta novela sentimental no admite otro final que el final feliz, no ocurre de forma inmediata, porque aún han de sortear no pocos obstáculos para que la felicidad de la pareja sea completa, aunque el narrador, tan compasivo, se adelanta al anhelo con que leen el público: Creo que esta parte final de la historia va a ser la más agradable para los lectores, pues va a purificarla de las tristezas de los primeros libros.

         Y así es porque así el autor lo quiso, como reza el colofón de la novela: Tal es la historia de Calírroe que he escrito.

A título anecdótico cabe reparar, según nos hace ver Julia Mendoza en nota oportuna, que en esta novela aparece la primera mención de los chinos en la literatura europea, llamados «Seres» por provenir la palabra de si, «seda» en chino. De igual modo, la pulcritud de la edición lleva a la traductora a ilustrarla con unas notas llenas de sabiduría helenófila que harán las delicias de todos los amantes de las misceláneas y del mundo antiguo en general.

¡Que lo disfruten!

La secuela, Efesíacas, cuyo autor nada tiene que ver con el historiador Jenofonte,  es considerada como una obra muy menor en relación con la perfección narrativa de Quéreas; pero he de reconocer que la he leído con idéntico interés, porque las aventuras de Habrócomes y Antía, aun comprimida en mucho menor extensión, nos ofrece motivos literarios de mucha enjundia. Se inicia con la mutua seducción de los jóvenes tras algún malentendido y una profecía del templo de Apolo en Colofón [el templo de Claros, cerca de Éfeso] que dice que, una vez juntos, serán separados y perseguidos por piratas. La sensualidad de Efesíacas es mucho más explícita que en la novela de Caritón, como advertimos en su noche de bodas: yacían desfallecidos por el placer, llenos de pudor y miedo, respirando entrecortadamente. Su cuerpo se estremecía de temblor y sus almas estaban agitadas […] y durante toda la noche compitieron uno con otro, rivalizando en quién se mostraba más enamorado.

Una vez secuestrados, y hecha la promesa mutua de suicidarse antes que ser de otros, el principal objetivo de la trama son los ardides y recursos que utilizan ambos jóvenes para impedir convertirse en objetos sexuales de otros. A veces, sin embargo, la exaltada efusión sentimental de la obra acentuaba los rasgos emotivos de dichas tramas, salpicadas de episodios muy diversos, para gusto, sin duda, de las lectoras, de modo que encontramos «renuncias» tan apasionadas como esta: —Tengo, Habrócomes, tu cariño, y estoy convencida de que soy extremadamente amada por ti. Pero te suplico, dueño de mi alma, que no te traiciones a ti mismo ni te arrojes a la cólera de una bárbara. Accede al deseo del alma, yo os dejaré libres dándome la muerte. Solo una cosa te pido: entiérrame tú mismo y dame un beso cuando caiga sin vida. Y acuérdate de Antía.

Desde falsas denuncias contra quien como Habrócomes se niega a secundar los lascivos deseos de su ama hasta el bandido enamorado, dispuesto a renunciar a sus viles procedimientos para someter a sus víctimas, pasando por el recurso de la pócima en apariencia mortal, como la de Romeo y Julieta, la novelita está llena de motivos narrativos de corte tradicional que ya en aquellos primeros tiempos del género debieron de ser algo así como una señal distintiva del mismo. De hecho, el robo de la tumba de Antía es en todo similar al robo de la tumba de Calírroe, algo que, sin duda, no debía de molestar a los lectores, porque tenían la seguridad de «moverse» en un universo conocido; pero es nuevo, sin embargo, el recurso de representar la epilepsia para impedir un acercamiento sexual a la protagonista. De hecho, cuando la protagonista cuenta cómo fue «infectada» nos ofrece lo que podríamos considerar la primera aparición literaria de los «muertos vivientes», que tanto éxito tendrían después en las películas y las series.

Lo común, con todo, estaba claro: la vivencia de la belleza como una fatalidad que determina el azaroso destino de quienes han sido distinguidas con ella. Las quejas de Calírroe y las de Antía son las mismas, y se resumen en esta imprecación de Antía: —¡Oh belleza traidora -decía-, oh infortunada hermosura! ¿Por qué continuáis haciéndome daño? ¿Por qué os habéis convertido para mí en causa de tantas desgracias? ¿No os bastaron tumbas, muertes, cadenas, bandidos, sino que ahora me meterán en un burdel y un proxeneta me obligará a destruir la pureza que hasta ahora guardaba para Habrócomes?

         Lo dicho, aun siendo secuela, tiene virtudes propias que la hacen de muy apetecible lectura.



 

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

«Vida de Samuel Johnson, Doctor en Leyes», de James Boswell o un monumento biográfico inconmensurable.



Cuando un escritor deviene una «institución» o la insólita pasión de Boswell por la amistad, a pesar de la singularísima idiosincrasia del Dr. Johnson… La vida de una época, de una literatura y de un hombre extravagante y eximio…

         Reconozco, después de haber escrito 67 páginas de extractos de la lectura, mi impotencia absoluta para escribir una recensión que dé una idea cabal de lo que este libro significa no solo en el género de la literatura de la memoria, sino, al mismo tiempo, como retrato de una época gloriosa de las letras inglesas. Que Johnson sea el autor del mas famoso diccionario de la lengua inglesa sería ya un timbre de gloria tan extraordinario que diríase que, a su lado, palidecen cualesquiera otras obras que hubiera podido escribir el autor, y, sin embargo, es el mismo de algunas que se consideran hitos de esas letras y aun de las universales.
         La relación entre Boswell y Johnson, mediando entra ambos una considerable diferencia de edad, tiene un componente de respeto y de afecto mutuo que convierten la obra en una larga conversación que dura dos mil páginas, si bien figura en ella una hermosa muestra epistolar de Johnson, al autor y a otros muchos coetáneos suyos. La rendida admiración de Boswell está clara desde buen inicio, pero, a medida que frecuenta al protagonista, este va reconociendo en el joven Boswell unas virtudes que facilitan el desarrollo de un poderoso vínculo de amistad, lo que no ocurre, por ejemplo, con la mujer de Boswell, que detesta cordialmente al amigo de su esposo, como repite una y otra vez Johnson en sus cartas, cuando, a pesar de no caerle nada bien, le desea lo mejor y no pierde la esperanza de que algún día deje de aborrecerlo, lo que en efecto ocurre.
         Johnson fue una personalidad poliédrica, con una tendencia a la depresión tan marcada como suele ocurrir en los casos de bipolaridad tipo 2. Según Boswell,  el gran cometido de su vida, decía él, no era otro que escapar de sí mismo; esta era la disposición que consideraba la enfermedad de su espíritu, de la que no le curaba sino la compañía .Era un gran admirador de Robert Burton, y consideraba que su libro, Anatomía de la melancolía, era, aligerado de citas, sugería Johnson, lo más importante que se había escrito desde los Ensayos de Montaigne.
Ya en aquella época hablaban de «los perros negros» -que Ian McEwan rescató como título para una novela reciente- para esa particular afección del espíritu, y Johnson la sufrió desde joven, lo que añade, si acaso, un mérito más a su intensa dedicación a las letras, porque con harta frecuencia sufría de un insomnio y un decaimiento contra los que luchaba ejercitándose en lo que mejor sabía hacer: la crítica y el trabajo filológico, aunque amaba la química e hizo también sus pinitos en ella. Su regla de oro para luchar contra las crisis la dejo dicha -porque es convicción universal que habló infinitamente más de lo que escribió…-, y el libro de Boswell aspiró a que los lectores no nos perdiéramos los frutos efímeros y sabrosísimos de tan valiosa conversación: «Un hombre que padezca esa manera de ser debe apartar de sí los pensamientos que le angustien, y no tratar siquiera de combatirlos.» […] «De ninguna manera. Intentar rebatirlos es locura. Debería tener una lámpara que luciera constantemente en su alcoba durante toda la noche, y, si se siente desasosegado e insomne, debe coger un libro y leer, y solazarse para descansar. Dominar el entendimiento es un gran arte, que puede alcanzarse por medio de la experiencia y del ejercicio habitual. […] Que siga un curso de Química, que aprenda a bailar en la cuerda floja, que emprenda un curso de lo que se le antoje, todo a la vez. Que se las ingenie para disponer de tantos refugios para el espíritu como le sea posible, tantas ocupaciones a las que pueda volar por sí mismo. La anatomía de la melancolía, de Burton, es obra valiosa. Acaso este lastrada por una sobrecarga de citas, pero hay un gran espíritu y una fuerza estimable en cuanto dice Burton cuando escribe por su cuenta.»
Esta vida de Boswell no fue la única que se escribió sobre Johnson, aunque ninguna puede compararse con el poderoso y monumental ejercicio biográfico llevado a cabo por el amigo escocés de Johnson, una amistad que daría para no pocas pullas y bromas sobre la relación entre ingleses y escoceses, un «tema» recurrente en el libro. Entre otras cosas, Johnson es también conocido por haber sido el debelador de la superchería del Osianismo llevada a cabo por James Macpherson, quien aseguraba haber hallado un manuscrito en gaélico con los poemas de Osian, un asunto del que está al corriente cualquier aficionado a la filología; manuscritos que el supuesto descubridor jamás quiso enseñar a nadie. Pero no quiero desviarme del impulso inicial que era, precisamente, comenzar por el principio, por un retrato del autor que nos permita acercarnos al personaje. Samuel Johnson era apabullador, y su marcada personalidad no siempre fue del agrado de todo el mundo. Pasa con él como con algunas personas que obligan a sus interlocutores a moverse en los extremos: o se le adora o se le odia. Lo que está claro es que, allí donde estuviere, ocupaba el centro de la atención, excepto que él quisiera dar un paso al lado y se refugiara bien en la comida, bien en el silencio, bien, incluso, en el adormecimiento grosero o, a menudo, en largos soliloquios: La costumbre de hablar consigo mismo, en efecto, fue desde que lo conocí uno de sus rasgos más singulares.  
Veamos algunas semblanzas contrastadas que pueden ayudarnos a hacernos una idea de lo que vengo diciendo. Giuseppe Baretti, un legendario viajero y filólogo, quien frecuentó el círculo de Johnson en Londres, junto al actor Garrick, el pintor Joshua Reynolds -cuyo retrato de Johnson encabeza estas líneas- o el escritor Edmund Burke, nos recuerda una de sus señas de identidad mas queridas por «el viejo gruñón»: Johnson era un inglés de pura cepa. Aborrecía a los escoceses, los franceses, los holandeses, los hanoverianos; tenía el mayor de los desprecios por todas las demás naciones de Europa: así eran sus prejuicios más arraigados, que nunca procuró domeñar. Y sobre todos ellos, odiaba a los «americanos», los descendientes del Mayflower que, tras el motín del té, iniciaron su guerra de independencia hasta emanciparse de Inglaterra. William Dodd, un sacerdote vividor y hombre de letras que acabó en la horca, y a quien Johnson defendía, también nos legó un testimonio curioso en una carta de 1750:  Johnson, el célebre autor del Rambler, que es entre todos los demás el individuo más raro y más peculiar que yo haya visto en la vida. Mide un metro ochenta, tiene violentas convulsiones de la cabeza y el cuello, y distorsiona los ojos al mirar. Habla con aspereza, en voz muy alta, y no presta atención a la opinión de nadie, siendo absolutamente pertinaz en las suyas. Mana de su boca el sentido común en todo cuanto dice, y parece poseído de una provisión prodigiosa de conocimientos, que no tiene la menor reserva en comunicar al rimero que tenga delante, aunque con tal obstinación que da a sus parlamentos un aire falto de gentileza, algo zopenco, desagradable e insatisfactorio. En dos palabras, no hay palabras para describirlo.» En esa línea de la descalificación física última, abunda el doctor T. Campbell, veinticinco años después de Dodd: Tiene el aspecto de un idiota, carente del más tenue rayo de sensatez en cualquiera de sus facciones, y es de una torpeza proverbial, y gasta una peluca gris sin empolvar, cargada sobre un lateral de la cabeza; anda en todo momento bailoteando una jiga endemoniada, y a veces hace esfuerzos denodados con tal de insuflar a silbidos algún pensamiento en sus paroxismos de ausente. El editor George Kearsley  ratifica ese retrato de un Johnson poco menos que estrafalario: Cuando caminaba por la calle, por su constante cabeceo, y por el concomitante movimiento del cuerpo, parecía que avanzara de ese modo, con independencia de lo que hicieran sus pies. Oliver Goldsmith, el autor de El vicario de Wakefield , sostenía la tesis contraria, y no por su amistad con Johnson, ni por haber sido ayudado económicamente por el, sino por haberlo tratado como contertulio a lo largo de muchos años: Johnson, qué duda cabe, tiene rudeza en sus modales, pero no hay hombre que tenga un corazón más bondadoso que el suyo. Del oso no tiene más que la piel.  Finalmente, el propio retrato de Boswell nos compensa de esa visión «externa que no tiene en cuenta el trato exquisito y la verdadera humanidad escondida del escritor inglés: Fue difícil de complacer y fácil de ofender; impetuoso e irascible de temperamento, aunque de corazón humanísimo y sumamente benévolo. […] No debemos extrañarnos ante sus arranques de impaciencia y de apasionamiento en los momentos más intempestivos, especialmente cuando lo provocaba la ignorancia supina, o la presunción de la petulancia, y justo es admitir que lanzase apresurados y satíricos dardos envenenados incluso contra sus mejores amigos. […] Le encantaban las alabanzas cuando le eran presentadas, pero era demasiado orgulloso para andar buscándolas. […] En todo momento expresaba sus pensamientos con gran potencia y con un lenguaje de elegante elección, cuyo efecto se reforzaba gracias a su voz tonante y a una lenta y cuidadosa pronunciación. En él se aunaban la cabeza más lógica y la imaginación más fértil.
Johnson era consciente de la poderosa impresión que causaban en sus interlocutores sus muchas extravagancias, en buena medida desaires a la necedad y al orgullo mal entendido, como cuando a un señor que le espetó: —Señor, yo a usted es que no lo entiendo,  Johnson le respondió: —Señor, he encontrado un razonamiento idóneo para usted, pero no me considero en la obligación de encontrarle también un sensato entendimiento; de ahí que Johnson fuera consciente en todo momento de su «singularidad» y de que incluso se diera el gustazo de «cultivarla». Boswell nos lo aclara en uno de los pasajes del libro:  Durante esa temporada se puso caprichosamente de moda en los periódicos el recurrir a palabras de Shakespeare para describir a personas vivas que eran muy conocidas, cosa que se hacía bajo el epígrafe de «Modernos personajes de Shakespeare. [Como se le comentara a Johnson que no figuraba entre ellos, dijo:] «Pues sí, sí que estoy -repuso-. Mucho habría lamentado quedarme fuera». Repitió entonces el verso que se le había asignado: «Tendréis que prestarme la boca de Gargantúa». Con todo, recordemos lo que se cuenta de él en su biografía cuando llegó a Londres, para que se tenga juicio cabal de lo que supuso su magisterio: Causa pesar que Johnson y [Richard] Savage vivieran a veces en la más extrema indigencia, a tal punto que no pudieron pagar siquiera un alojamiento de mala muerte, de modo que vagabundeaban juntos por las calles durante noches enteras. Lo mismo que le sucedió a nuestro romántico Gustavo Adolfo Bécquer tras llegar a Madrid y encontrarse, literalmente, «en la calle».
         El conocimiento popular de Johnson en medio mundo se limita a la cita de dos de sus aforismos, dos entre los cientos de ellos que «derramaba» a diario en sus conversaciones, sazonando con ellos uno de los grandes placeres de que pudieron gozar quienes lo trataron: El primero es contra el falso patriotismo: «El patriotismo es el último refugio de un canalla», una verdad palmaria que en Cataluña es el pan nuestro de cada día. El segundo reza: «El Infierno está empedrado de buenas intenciones.» Sin embargo, la grandeza de su figura como crítico literario, además de su  magnum opus:  Un diccionario de la lengua inglesa, en cuyo título ya advertimos la humildad intelectual que caracteriza a los grandes genios, se cimentó en la monumental Vidas de los poetas ingleses más eminentes, cincuenta y dos biografías y estudio crítico que precedieron a una selección de poemas de dichos autores. Añadamos a ello su obra de creación ensayística, agrupados en los volúmenes: The Rambler y The Idler, y la novela corta The History of Rasselas, Prince of Abissinia, y tendremos una visión casi exhaustiva de una obra que ha de ser leída tan urgentemente como la propia vida escrita por Boswell, un auténtico ejemplar único en el ahora fértil terreno de la literatura de la memoria. Recordemos, no obstante, que ya desde Plutarco y sus Vidas paralelas, el género de la biografía hunde sus raíces en lo mejor del esfuerzo intelectual de la civilización grecolatina.
         Pretender sintetizar esas 67 páginas de citas extractadas del libro es tarea imposible, y quizás consiguiera lo contrario de lo que pretenderían: acercar a los lectores a este volumen singular que, acaso, en el terreno de la monumentalidad, solo compita con la autobiografía de Chautebriand, Memorias de ultratumba, y sus 2800 páginas…Limitarme a reiterar mi admiración pecaría de impresionismo cansino. Entiéndase, en consecuencia, que aquello que escriba de aquí en adelante en modo alguno acota o agota -¡y menos aún acogota!- una auténtica enciclopedia vital, como esta de James Boswell, quien murió demasiado joven, y probablemente alcoholizado, a diferencia de su venerado maestro y amigo del alma a quien sirvió de ardiente notario y confidente de excepción. El estricto orden cronológico que siguió el abogado escocés fue tan riguroso como la autenticación de cuanto se le atribuye a Johnson en esta obra y no ha sido recogido directamente por Boswell. Ahora que las tertulias han decaído, frente al dominio execrable de los “tertulianos” de la radio y la televisión, la obra de Boswell es un homenaje a los cenáculos literarios y a la vida social de quienes en el intercambio personal completaban su formación humana y cultural. Empecemos, si acaso, por esas dotes de autentico contertulio de Johnson, cuyos consejos sobre el diálogo, formales y de contenido, jamás han de echarse en saco roto.
         La biografía de Boswell es una exaltación de la tertulia, del diálogo, de las francas conversaciones sobre lo humano y lo divino que formaban parte de la vida cotidiano no solo de Johnson, claro está, sino de todos los ingenios con quienes tuvo la suerte de confraternizar y, a menudo, de discrepar. Todos ellos reconocen en el lexicógrafo un ejemplar único y él mismo se encargó de alimentar esa leyenda que lo presentaba a medias ogro a medias Duns Scoto, por lo de «Doctor Sutil», aunque a él los escoceses, con la excepción de Boswell y pocas más, tan poca gracia le hacían… En la biografía de Boswell aparece un Johnson que se desentiende de la conversación en una comida para comer a dos carrillos; una persona que maltrataba tanto, físicamente, los libros, que nadie se atrevía a prestarle obras de cierto valor bibliográfico; un espíritu extravertido y huraño al mismo tiempo y sin solución de continuidad, capaz de una agresiva carcajada restallante como de un silencio resentido…: En el transcurso de una acalorada disputa, cuando concluía un argumento y se encontraba por lo general harto fatigado debido a la virulencia con que vociferaba, solía resoplar igual que una ballena. He de reconocer que parte de mi interés por el biografiado se ha acentuado cuando me he visto reflejado en su persona en este o aquel aspecto de su personalidad, algo que nos pasa a todos los lectores de biografías: siempre estamos al acecho del momento en que tengamos la convicción de estar leyendo nuestra propia biografía. Boswell resume, en parte, esta faceta dialéctica de la personalidad de Johnson: Fue difícil de complacer y fácil de ofender; impetuoso e irascible de temperamento, aunque de corazón humanísimo y sumamente benévolo. […] No debemos extrañarnos ante sus arranques de impaciencia y de apasionamiento en los momentos más intempestivos, especialmente cuando lo provocaba la ignorancia supina, o la presunción de la petulancia, y justo es admitir que lanzase apresurados y satíricos dardos envenenados incluso contra sus mejores amigos. […] Le encantaban las alabanzas cuando le eran presentadas, pero era demasiado orgulloso para andar buscándolas. […] En todo momento expresaba sus pensamientos con gran potencia y con un lenguaje de elegante elección, cuyo efecto se reforzaba gracias a su voz tonante y a una lenta y cuidadosa pronunciación. En él se aunaban la cabeza más lógica y la imaginación más fértil. En admirable lección de oratoria -aunque me sorprende que a lo largo de todo el libro no haya aparecido la figura de Quintiliano y su capital Institutio oratoria, libro mayor por excelencia para estas artes del discurso. Confirmando la percepción de Boswell, y a pesar de que la actuación de Johnson a veces contraviniera sus propios preceptos, la claridad de los mismos son de total actualidad para, si son aplicados, mejorar nuestra vida parlamentaria: En todo tipo de discurso, sea placentero, grave, severo u ordinario, conviene hablar con calma, y más despacio que con premura, pues el discurso que obedece a las prisas confunde a la memoria, y con gran frecuencia, además de la impropiedad, conduce al balbuceo y al tartamudeo, al desconcierto u a la machacona insistencia en lo que debería seguir con naturalidad, mientras que un discurso sosegado reafirma la memoria, añade una presunción de sabiduría al oyente, y hace más propio el mismo discurso y el semblante con que se pronuncia. Ya puestos, sin embargo, completemos los requisitos para el «perfecto orador» que señaló Johnson: Ha de haber en primer lugar sabiduría, ha de haber materiales; en segundo lugar, es preciso que haya un dominio de las palabras; en tercer lugar, imaginación, es decir, la capacidad de colocar las cosas en una perspectiva tal como no suelen verse; en cuarto lugar, es precisa la presencia de ánimo, una firme resolución de no dejarse vencer por los fracasos. Este último es un requisito esencial, por falta del cual son muchas las personas que no sobresalen en las conversaciones. Sin ir más lejos, a mí mismo me falta; echo a perder la partida entera por no ganar una sola baza. En resumen: La oratoria es el poder de derribar los argumentos del adversario y poner otros en su lugar. El «rizo rizado» de la pasión dialéctica nos lo revela Boswell para que tengamos conocimiento de la sutileza metodológica del «Doctor sutil», y en ese retorcimiento sí que me reconozco plenamente:  Le gustaba desplegar su ingenio en cualquier discusión; por consiguiente, a veces en una conversación defendía opiniones acerca de cuya improcedencia y yerro era consciente, si bien en su defensa ponía en juego todo su raciocinio y su ingenio. […] Lord Elibank [Patrick Murray, a quien Johnson menciona, por haberlo visitado en su casa, en su Un viaje a las islas occidentales de Escocia] tenía desmedida admiración por esta capacidad. Una vez me dijo que «cualquiera que sea la opinión que defienda Johnson, no diré que me convenza, pero sí que nunca deja de mostrarme que tiene excelentes razones para manifestarla.» Sobre el carácter competitivo de Johnson poco hay que decir, porque él sabía perfectamente que la dialéctica es la forma civilizada de la lucha física, que se trata de una «contienda» y que no está solo en juego el triunfo relativo de «tener la razón», sino de derrotar al adversario: Cuando un hombre voluntariamente se enzarza en una controversia, ha de hacer cuanto pueda por rebajar a su adversario, porque la autoridad que emana del respeto de que uno goce tiene un gran predicamento sobre la mayoría de las personas, a menudo mayor que todo razonamiento. Si mi antagonista emplea mal la lengua cuando escribe, aun cuando eso no sea esencial a la cuestión, lo zarandearé y lo vilipendiaré por su mal uso de la lengua.» BOSWELL: «Y no podrían darse entre ellos muy buenas conversaciones sin que se compita por la superioridad?» JOHNSON: «No sería una conversación animada, pues, de serlo, resulta indispensable que uno u otro salga vencedor.» A pesar de todo lo expuesto hasta aquí, Johnson era también muy consciente de que la verdadera dedicación de un orador no había de ser la discusión con otros, sino la apropiación de la sabiduría a través del único modo posible, entonces y ahora: la lectura: Los cimientos del saber -afirmó- han de plantarse con la lectura. Los principios generales hay que extraerlos de los libros, si bien es preciso ponerlos a prueba en la vida real. En las conversaciones nunca se adquiere un sistema. Con todo, era consciente de que la lectura no era una afición ni extendida ni popular: Johnson: Es extraño que se lea tan poco en el mundo y que se escriba tanto. La gente en general no siente mayor inclinación por la lectura si puede encontrar otra ocupación que le entretenga. Tiene que mediar para la lectura un acicate externo: emulación, vanidad, avaricia. El progreso que el entendimiento logra por medio de un libro tiene en sí más molestias que placer. A pesar de es conciencia superior de la virtud de la excelencia por lo que se refiere al uso de la razón, a Johnson no le dolían prendas si había de retractarse por algún error, como recoge Boswell: Una dama una vez le preguntó cómo había podido definir cuartilla, referido a la anatomía equina, como “la rodilla de un caballo”, y respondió al punto: “Por ignorancia, señora; por pura ignorancia”.
         Si hay una vida miscelánea esa es la de un autor que ha dejado tan importante colección de dichos, apotegmas y aforismos que la lectura de su biografía viene a ser como un vademécum de citas brillantes con las que deslumbrar siempre en cualquier reunión, aunque se ha de tener, para ello, muy buena memoria y una gran sentido del don de la oportunidad: una cita mal encajada arruina cualquier reputación…,ya se sabe. Ese fue un vicio, la pedantería, en el que nunca cayó Johnson, ¡antes al contrario!, era más frecuente que pasara por un patán, por un gañán, que por la persona ilustrada hasta la extenuación que era, y a él le gustaba alimentar esa imagen distorsionada de sí mismo: se consideraba hijo de su villa inglesa, Lichfield, en la que cifraba el súmmum del mejor acento inglés, como le dice a Boswell cuando lo lleva para que se empape de él…
         Recordemos que, hijo de librero siempre en apuros, Johnson conoció los rigores de la pobreza, y que ni siquiera pudo culminar sus estudios en Oxford, donde estudió solo once meses. Su título de Doctor es honorario y le fue expedido por el Trinity College de Dublín. Desde que llegó a Londres, él sí, con una mano delante y otra detrás, pero ambas prestas para escribir lo que fuera para sobrevivir, la carrera de Johnson transcurrió en la más absoluta oscuridad y anonimato imaginables. Lo suyo fue, pues, un caso excepcional de determinación filológica incomparable. Fue un hombre conservador, simpatizante del partido tory, y con no pocos puntos de vista sociales y políticos muy discutibles:  El vulgo es hijo del Estado. Si alguien pretende enseñarle doctrinas contrarias a lo que el Estado aprueba, los magistrados bien pueden y deben poner coto a sus pretensiones, se atreve a decir con total convicción; algo que, en nuestros días, ha repetido la ministra socialista de Educación para horror de cuantos la hemos escuchado.
         Si un libro que detestaba, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, le llevó a decir que no perduraría, cometiendo un fallo garrafal de apreciación estética, no es menos cierto que este llevaba un título muy adecuado para la biografía de Boswell, porque, relativamente parco en noticias biográficas propiamente dichas - En esta obra he sido más cauto y reservado y, si bien no digo nada más que la verdad, he tenido muy en cuenta que toda la verdad no siempre ha de exponerse, dice Boswell-., el libro se recrea constantemente en las más que variadísimas «opiniones» del famoso autor. ¡Y las tiene para todo, desde la independencia de las colonias americanas hasta la educación, pasando por cualquier materia que caiga bajo la red extensa de su preocupación intelectual: donde caza de todo: mayúsculo y minúsculo! Recordemos que se declara radicalmente contra la esclavitud, y dio ejemplo con el criado negro, Francis Barber, de origen jamaicano, que le fue fiel en vida y muerte, y a quien Johnson dejó una generosa pensión. Aparece en el libro la discusión judicial que hubo sobre la rebeldía de un esclavo negro que se negaba a asumir tal condición en territorio inglés y a quienes los jueces reconocieron como hombre libre a todos los efectos y en todo el territorio de Gran Bretaña, en pleno desarrollo aún del denigrante comercio de esclavos en todo el mundo.
Toda la vida inglesa, pues, que abarca la del protagonista del libro desfila por sus páginas, y hay referencias de todo tipo, desde la persecución y muerte de la minoría católica hasta los más pequeños detalles, como lo que se presenta como el invento de la «sangría»: Ese brebaje que los hipócritas llaman “obispo”, hecho a base de vino, naranjas y azúcar y que a Johnson siempre le había gustado, aunque Johnson, debido a sus muchas enfermedades, abandonó enseguida la bebida y se redujo al té, que bebía, literalmente, por litros. La rareza de Johnson ha de extenderse, como es lógico a su vida privada, y a su matrimonio con Elizabeth Porter, quien era 21 años mayor que él y aportaba tres hijos a tan curioso matrimonio, aunque durante muchos años Johnson vivió separado de ella al iniciar su aventura londinense sin tener siquiera un techo bajo el que guarecerse para dormir. A Boswell se le escapa alguna vez la perplejidad sobre de dónde sacaría Johnson el tiempo para poder llevar a cabo trabajos tan densos y complejos como en los que él se sumergió, pero hemos de recordar el pertinaz insomnio que aquejó durante toda su vida al autor, y que él supo aprovechar con una eficacia que solo podemos valorar aquellos que también lo padecemos e intentamos que no se convierta en una tortura.
La afición de Boswell a las Letras se manifiesta en él desde la adolescencia, como recuerda el Doctor Percy, Obispo de Driomore: Cuando era chico tenía una afición desmesurada por la lectura de novelas de caballería, afición que conservó durante toda su vida, a tal punto que cuando pasó parte de un verano en mi casa parroquial, en el campo, eligió como lectura de diario la antigua novela española Felixmarte de Hircania, en un volumen en folio, del que dio cuenta casi por entero. Y sin embargo le he oído atribuir a esas extravagantes lecturas esa desasosegante inclinación del ánimo que le impidió dedicarse a una profesión fija. No es, como comprobarán los lectores de habla española la única referencia a la cultura española que hay en esta vida escrita por Boswell. Hay una referencia a Quevedo, si bien en boca de Mr. Cambridge, amigo suyo: Un escritor español ha expresado ese concepto de forma poética. Luego de observar que la mayoría de las edificaciones de Roma ha perecido del todo, mientras el Tíber fluye igual que siempre, añade: Lo que era firme huyó, y solamente/lo fugitivo permanece y dura. Se refiere, obviamente,  a Quevedo y su soneto A roma sepultada en sus ruinas, cuyo último terceto dice así: ¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,/ huyó lo que era firme y solamente/lo fugitivo permanece y dura! Es extraño, sin embargo, que no figure una nota del traductor a pie de página en la magnífica edición de Acantilado. Y hay un par de alusiones de dos refranes españoles, uno de ellos lo he localizado rápido; pero del otro no he encontrado ni rastro: «Como dice el proverbio español, “quien a casa quiere llevarse la riqueza de las Indias, la riqueza de las Indias ha de llevar consigo”. Así sucede al viajar: el hombre ha de llevar consigo el saber si aspira a volver de saber cargado.», dice Johnson en el libro. Sin embargo, no he encontrado ese refrán ¡ni en la magna obra de Sbarbi…!
La habilidad de Boswell consistió en saber captar la más vívida imagen posible de Johnson, y quien lee esta monumental biografía acaba convirtiéndose en testigo cordial del desarrollo de una hermosa amistad entre los dos hombres, quienes incluso hicieron una viaje a las Hébridas, las islas escocesas, que dieron lugar a dos libros, el propio de Johnson y el diario del mismo viaje que escribió Boswell. Cuando no compartían su tiempo en Londres, mantenían una fluida correspondencia en la que se advierte el papel de mentor que ejerce Johnson sobre el joven Boswell, adentrándose, incluso, en ámbitos de su más estricta intimidad. Como auténticos amigos íntimos que llegaron a ser, se producen, a veces, ciertos roces de los que quedaron manifestaciones epistolares y que Boswell usa generosamente en su biografía, del mismo modo qie incluye un generoso cuerpo epistolar que Johnson puso a su disposición y/o que él supo recabar de las amistades del insigne escritor. A este respecto, qué duda cabe que lo más elocuente es insertar una de las cartas de Johnson a Boswell, porque de ella deduce cualquier lector el inmenso afecto que se dispensaron ambos hombres, a los que les separaban nada menos que un abismo de 31 años:
«13 de julio de 1779
Querido señor,
¿qué ha podido suceder, que nos ha convertido en extraños el uno para el otro? Contaba con haber sabido algo de usted en cuanto llegara a casa; contaba con saber algo después. He ido al campo, he vuelto y sigue sin haber carta de mi buen señor Boswell. Confío en que nada malo le haya ocurrido; si algo malo sucediera, ¿por qué iba a ocultárseme a mí, que bien le quiero? ¿Es acaso un arranque de humor el que le dispone a probar cuál de los dos es capaz de aguantar más tiempo sin escribir? Si así fuera, uted gana. Pero mucho me temo que algo se malquiste. Líbreme, pues, de mis suspicacias.
         Mis pensamientos en la actualidad los empleo en adivinar las razones de su silencio. No espere usted que le cuente nada, aun cuando algo tuviera que contar. Escríbame; le ruego que me escriba. Hágame saber de qué se trata, cuál ha sido la causa de esta dilatada interrupción.
         Soy, querido señor, su más afectuoso y humilde servidor.
                                                                  SAM. JOHNSON.»
Johnson, que cubrió con su agudeza de pensamiento todos los ámbitos sociales, no pudo dejar de manifestarse sobre la vida política de su tiempo, muy dividida entre los whigs, que reclamaban todo el poder para el Parlamento, y los tories que reclamaban mayores poderes para el rey. Aunque Johnson, hombre de acendrada piedad, se inscribía entre los tories, lo cierto es que estaba muy orgulloso de que fuera el pueblo el sujeto soberana a quien pertenecía, en última instancia la capacidad de dirigir la vida de la nación. En su primera madurez, tras instalarse en Londres, Johnson solía escribir sesiones parlamentarias imaginadas, las cuales tuvieron cierto éxito, pero ante la confusión entre la verdad de las mismas y su condición de ficción, dejó de escribirlas. No está de más, me parece, a pesar de la extensión de la cita, que veamos razonar a Johnson sobre estos temas: Está por llegar el tiempo en el que todo ciudadano inglés dé por sentado que dispondrá de cumplida información sobre el estado de la nación, tiempo en el que tendrá derecho a ver satisfecha esa expectativa. Y es que, dejando a un lado lo que urjan los ministros, o aquellos que por vanidad o interés pasan a ser acérrimos partidarios de los ministros, en lo tocante a la necesidad de que tenga la ciudadanía confianza en quienes nos gobiernan, y la presunción de sondear con ojos profanos los más recónditos rincones de la política, es evidente que dicha reverencia solo pueden exigirla consejos cuyas deliberaciones todavía no se han puesto en práctica y proyectos aún suspensos y pendientes de deliberación. Sin embargo, cuando un designio da en éxito o en fracaso, cuando los ojos y los oídos de todos son testigos del general descontento, o de la satisfacción general, sobreviene el momento apropiado para desenmarañar la confusión y para esclarecer lo oscuro, para mostrar debido a qué causas se ha producido cada acontecimiento y con qué efectos es probable que termine, para exponer con todos los pormenores lo que el rumor siempre acuna en exclamaciones del común, o bien confunde y sume en el desconcierto debido a relatos mal digeridos e incluso indigestos, para poner de manifiesto, en suma, de dónde proviene la felicidad o la calamidad, y dónde por tanto es preciso esperar una o la otra, y para tender, en fin, con honradez y sin tapujos ante el pueblo las indagaciones que del pasado puedan espigarse y las conjeturas que del futuro puedan estimarse. […] Y Boswell añadió: Aquí vemos, asumido como principio incontrovertible, que en este país el pueblo es el superintendente de la conducta y de las medidas que tomen aquellos que tienen en sus manos el  gobierno de la nación.
Es evidente que podría alargar esta recensión con los muy jugosos juicios de un autor a quien, al margen de su vida, conviene leer en sus ensayos y en su novelita Rasselas… -escrita, por cierto, para cubrir los gastos del funeral de su madre-, pero creo cumplida mi misión de «introducir» al lector en la conveniencia de sumergirse en una obra monumental que le hará pasar extraordinarios momentos de placer lector. Johnson, extravagante y atrabiliario, se vuelve un personaje entrañable con quien, a buen seguro, nos hubiera gustado departir, aunque hubiéramos podido ser víctimas tanto de su alacridad como de su  mordacidad. De hecho, su aparente desorden era un orden distinto y singular, como él mismo dejó bien claro: Johnson: La pereza es una enfermedad que hay que combatir, aunque no le aconsejaría yo que se plegase usted con todo rigor a un determinado plan de estudios. Yo por lo menos nunca he perseverado en un plan durante dos días seguidos. El hombre debe leer aquello a lo que lo guíen sus inclinaciones, pues lo que lee por imposición poco o ningún bien le hará. Un joven debe leer cinco horas al día, pues así adquirirá un gran caudal de conocimientos.
¡Cuánto lamento que otro Samuel, Beckett, dejara incompleta su obra  Deseos del hombre, sobre el curioso ménage de personas que residían en cada de Johnson, quien fue fiel siempre al precepto de Tomás de Kempis que podría considerarse una magnífica guía para encarar la convivencia: No te enojes si no puedes hacer a los demás como quieres que sean, ya que tampoco tú puedes ser como quisieras. Sorprende en él, eso sí, que, a pesar de su espíritu ilustrado y cultivadísimo, frecuentador constante de los clásicos grecolatinos, tuviera un miedo cerval a la muerte. De hecho, aquejado de hidropesía, queda constancia de que los cortes que se hizo en las piernas para liberar el líquido -¡por si al médico le daba reparo hacerle las incisiones!- aceleraron su muerte; pero de ese penoso proceso de consunción de nuestro autor tiene el lector todos los detalles en este monumento biográfico que es la obra de James Boswell.

¡Feliz lectura!

viernes, 4 de septiembre de 2020

«Retratos Contemporáneos», de Ramón Gómez de la Serna: El arte superior de la etopeya frente al humilde de la prosopografía.



El genial memorialista de Automoribundia aprendió su arte en las biografías de sus contemporáneos, escritas con su singular don para la imagen, la metáfora y el ingenio verbal que preside toda su obra.

         Retratos contemporáneos, publicada en 1941 en Buenos Aires, ciudad a la que RAMÓN se exilió temporalmente cuando estallo la Guerra Civil, en compañía de su mujer, la argentina Luisa Sofovich, es una colección de biografías que representan una ínfima parte de las más de 150, sumando las de las compilaciones de ellas que, de tanto en tanto reunía en libro, como Efigies, en 1929, estos Retratos contemporáneos, en 1941 o los Nuevos retratos contemporáneos, de 1945 o Gemelismo, de 1946, una suerte de Vidas paralelas entre pintores y escritores. La dedicación de RAMÓN a la biografía se inicia en 1909 con la de Mariano Benlliure y acaba con la de Enrique Jardiel Poncela en 1958. Infatigablemente, entre esos años, la generosidad cultural de RAMÓN fue perfilando un modelo de biografía que solía ser el prólogo de las obras de los autores biografiados. Estamos, pues, ante esbozos muy densos e ingeniosos que permitían a os lectores acercarse a la personalidad del autor de un modo como ningún otro biógrafo al uso era capaz de hacer en aquel entonces. Algunas de esas breves biografías eran ampliadas al pasar a una antología, como la presente, tal como sucedió en Retratos contemporáneos, con las de Colette, Elias Eremburg (sic), Paul Morand u Oliverio Girondo. La contrario era también frecuente, individualizarlas en una obra más extensa, como la de Ramón María del Valle Inclán, quien expresamente pidió que, de manera póstuma, fuese RAMÓN quien escribiera su biografía.
         Estamos en presencia, pues, de un auténtico especialista en la redacción de biografías, y lo mejor que puede decirse de él es que suele encarar la de cada biografiado de un modo distinto, tratando de captar la esencia del personaje a través de sus hechos y dichos más relevantes, aunque sin abandonar jamás el extremo subjetivismo de su mirada cómplice, porque la atención de RAMÓN a su tiempo, a la sociedad literaria en la que actuaba como gran maestro de ceremonias, un papel que en la cripta de Pombo adquirió incluso dimensión casi «institucional» y que él supo interpretar magistralmente hasta su muerte, le ocupó gran parte de su tiempo, aun a pesar de la amplitud y calidad de su impagable obra literaria.
         La propia vida de RAMÓN fue una de sus grandes obras de arte: Automoribundia, ochocientas páginas de apretada escritura para relatar una vida bohemia y heroica que conoció tanto el esplendor del lujo como las estrecheces de la miseria, sin perder jamás de vista, ni en los momentos más tenebrosos de la desesperanza, el compromiso con la escritura, esa manera suya de respirar en el mundo, 13 greguerías por minuto…
         Leer, hoy, en 2020, los Retratos contemporáneos, puede parecer un ejercicio de arqueología, pero, independientemente de la propia calidad literaria y /o humana de los biografiados, entre los que vamos a encontrar personajes tan excepcionales como Juan Ramón Jiménez, Oliverio Girondo, Paul Morand, Valle Inclán, Rusiñol,  Unamuno o Remy de Gourmont, entre otros, el arte singular de RAMÓN constituye una experiencia lectora que no puede dejar a nadie que se acerque a esta obra insatisfecho; antes al contrario, disfrutará de un nivel de creación -porque con la biografía también se «crea»- difícilmente igualable. La singularidad de RAMÓN no afecta solo al nivel expresivo, un depurado lenguaje plagado de metáforas e imágenes brillantísimas, sino, sobre todo, a su capacidad analítica y a su insobornable espíritu crítico. Digamos que la gran virtud del libro consiste en haber sabido encontrar el tono y el desarrollo que exige cada personaje, es decir, el biógrafo entra en cada vida con una actitud tan distinta que, al final, el interés de cada una se desplaza de la persona del biografiada a la atmósfera que sabe crear RAMÓN para cada biografiado, de tal modo que autores nada conocidos o menos populares entre los lectores españoles, como Remy de Gourmont, Oliverio Girondo, Fernando Villalón o Luis Ruiz Contreras se alzan con el cetro del interés del lector, quien queda «apabullado» por una construcción biográfica que parece en todo momento un brillante ejercicio de ficción, como el cuento «gótico» decadente de la vida de Remy de Gourmont, una absoluta obra maestra.
         Detengámonos, sin embargo, en algunos ejemplos de ese modo de biografiar que caracteriza a RAMÓN y que espero sirva para inclinar a los lectores de estas líneas para que las abandonen cuanto antes y se vayan a las muy provechosas del gran vanguardista de nuestras letras, un creador total cuya importancia capital para las Letras españolas aún se ha de vocear para que, a 18 años del sesquicentenario de su nacimiento, el mundo entera sepa que entre nuestros grandes nombres: Góngora, Quevedo, Cervantes, Gracián, Juan de la Cruz, Galdós, Teresa de Jesús, Lope de Vega, Unamuno, Lorca o Valle Inclán también ha de figurar el de RAMÓN.
         De la biografía aljamiada de JRJ, se detiene RAMÓN en Platero, una obra que no ha de leerse hasta haber cumplido los cincuenta años…, y de ella nos recuerda las propias palabras de JRJ: —Ni yo mismo me di cuenta de la importancia de mi biografía. ¡Quién me iba a decir que escribía una biografía ilustrada y que todos iban a ver el mocerío silvestre, poético y enamorado que hay en mi Platero, en mi Platerillo! Pero JRJ es, sobre todas las cosas, el gran hipocondríaco que, como recuerda RAMÓN: En aquellos días se encuentra con el gran escritor venezolano Pedro Emilio Coll,que le confiesa que oye ruidos tremendos en el fondo de su cabeza, y Juan Ramón se separa de él espantado, como si oyera en realidad esos ruidos secretos de la jaqueca interior del otro.
         De autores hoy olvidados como el furibundo antitaurino Eugenio Noel (Eugenio Muñoz), que pertenecen a la nómina de los bohemios iluminados que formaban en el coro de los modernistas que transitan por Luces de Bohemia, rescata RAMÓN alguna anécdota impagable: Una noche, en Pombo, me encontré con que había un niño de once a doce años en la tertulia. —¿Y tú quién eres, niño? —Yo soy el hijo de Eugenio Noel…—Pide lo que quieras. El niño pidió un doble de cerveza y comenzó a contar proezas de su padre, consignando que era el escritor que había cobrado más por un soneto, pues lo había publicado en veinte republicas americanas y se lo habían premiado en diez concursos.
         Oliverio Girondo, autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, cosa que hizo literalmente RAMÓN, fue un vanguardista argentino, especialista en brindis surrealistas, de quien nos dice RAMÓN fue el primero de todos en soltar su lengua para la nueva habla de la paradoja y de la fantasmagoría desopilada. Según nuestro biógrafo, Girondo escribió una obra, Espantapájaros, en el que todo son fecundaciones del porvenir y lo inventado en ese libro no tiene aún nombre. ¿Quién ha podido superar sus imágenes? ¡Nadie! Advertimos la especial delectación del autor en descubrir almas gemelas con un mismo sustrato expresivo e imaginativo.
         De Paul Morand, el «cosmopolita» por excelencia, eximio extravagante, arranca RAMÓN con una anécdota espectacular: Según cuenta Cocteau, al oír de boca de una señora que no tenía la línea de la suerte, Morand se fue a la cocina y con un cuchillo se hizo la dichosa línea. Aún enseña la cicatriz con que fatalizó por su propia mano el éxito que hoy tiene. Viajero impenitente, sostiene -al decir de RAMÓN- que después de su muerte quisiera que con si piel hicieran una maleta, y por seguir el aire de obligado viajero hasta llega a decir que «las pasiones son viajes del corazón». Pero no temamos, Morand es de los buenos y un día estará arrepentido de haber viajado, momento supremo del viajero inteligente. Paul Morand, con la exquisitez casi aristocrática de su impoluta presencia es, para RAMÓN, el rey de los snobs. Toda la época es de snobs -desdén y curiosidad juntos -rápida variación de gustos -amaneceres con distinta cabeza -juego del corazón en el bacarrat de la vida.
         Luis Ruiz Contreras, traductor de Anatole France y Maupassant, todo un personaje de aquella vida estrafalaria de la cultura española del primer tercio de siglo era una suerte de caricatura de sí mismo, y RAMÓN nos lo presenta en el difícil momento de decir adiós a las visitas: Cuando ya iba llegando la hora de la cena se ponía hosco y entonces se daba el fenómeno de la despedida, un fenómeno que solo he visto repetido en Juan Ramón Jiménez y que era como el ocaso sangriento de la visita, tanto que un amigo antiguo dejó de verle porque soñó que enviaba a un  hijo suyo a aquella casa y Ruiz Contreras, al despedirlo, le daba con un hacha en la cabeza y se la partía. En realidad, la despedida de Ruiz Contreras era brusca, corta, de salida de domador -el domador era uno- de la jaula del león. Saber despedir es una de las cosas más difíciles del trato humano y necesita mucha presencia de ánimo, mucha abnegación y una excesiva y bondadosa sinceridad sin reservas.
         No me extraña que admirara a Santiago Rusiñol, un ser de delicada salud que escribió dos novelas merecedoras de lectores que atestigüen, como yo ahora lo hago, la enorme calidad de las mismas: El català de la Manxa y La niña gorda. De la primera no habla RAMÓN, pero la segunda la reputa de obra maestra, y no le falta razón. De aquí a pocos meses tendremos la suerte de que en el Teatre Nacional estrenarán uno de sus dramas, L’hèroe, bien teñido de corrosivo sainete. De su condición hipocondríaca rescata RAMÓN una anécdota a la altura de su ironía proverbial: Temía a los médicos, y un día en que sufría un gran dolor y le anunciaron que iban a llamar a su médico para ver de curárselo, exclamó: «¡No, por Dios, que entonces serán dos dolores!» Por fin lo llamaron y cuando llegó dijo: «Díganle que no me encuentro bien y no puedo recibirlo.»
         Ya apunté al inicio que el retrato de Remy de Gourmont es un prodigio de estilo gótico que advertimos en esos detalles del ser con la piel aleprosada que se cobija del sol y se encierra en su alcoba, donde siempre la sombrilla de la lámpara, cobijando sus papeles, formando el nido de luz en que se reúnen todas las abejas de la fantasía… El biógrafo siente una exaltada simpatía por el biografiado, aunque no lo considere a la altura intelectual de otros compañeros de volumen: Sin ser un genio, sin ser un hombre completamente bueno, con una gran satiriasis mental, sin embargo, dio la lección al siglo, lo que se puede llamar por antonomasia LA LECCIÓN. Desprendido de los grandes vicios del escritor, que son, sobre todo, una tontería epatante, un deseo de gloria digno de una mujerzuela y una falta de asiduidad en el trabajo verdaderamente inconcebible, fue aun con sus otros grandes vicios el mayor visionario de lo que hay y de lo que se puede poner en la vida. RAMÓN busca al máximo la objetividad en sus juicios, haciéndola compatible con sus exaltada subjetividad, de ahí que, para celebrar una de sus grandes obras, Una noche en el Luxemburgo, escoja el juicio de Anatole France, por ejemplo: Yo definiría este libro como obra de brujería, de la que brotan todas las imágenes que turban los espíritus y cambian los corazones. No en balde es la suya la biografía más extensa del libro después de la de Juan Ramón y la de Valle Inclán..
         Emilio Carrère, otro bohemio impenitente, es un ejemplo de lo que supuso la Guerra Civil, si Ruiz Contreras estuvo a punto de ser fusilado por “los rojos”, dice RAMÓN, por vestir el único traje que tenía esa temporada, un frac, Carrère pasó la contienda en el mismo cementerio que el escritor José Marçia Carretero y tan bien guardados los tenia el enterrador, tan en herméticos u distintos panteones, que durante sus tres años de panteonizados no supieron que estaban cerca para evitar la conversación literaria y divagatoria que pudo haberles perdido.
         Aunque luego ampliaría la biografía de Valle, haciéndole la justicia que merecía, esta sucinta de los Retratos contemporáneos nos lo muestra como un adalid de la independencia frente a una realidad degradada cultural y políticamente; reaccionaba así, a la pustulencia del plebeyismo, al cómodo no pensar en las gentes, al esperarlo todo de la política, queriendo acabar con la monarquía para ensayar una república hipotética. ¡Oscuro tiempo! De ahí, por lo tanto, que Valle podía escribir cuanto le viniera en gana, y así repetía la fuente de inspiración más española que es la de absoluta libertad frente a la indiferencia pública. Después de relatar la nada épica pérdida del brazo, si bien está atestiguado que, hasta desmayarse, soportó que se lo serraran sin anestesia, RAMÓN recuerda que durante algún tiempo usó un brazo ortopédico, con algo de brazo de guantería, que en las discusiones ponía en alto con la otra mano y que a veces se olvidaba de bajar y se quedaba como un pararrayos macabro de las palabras. Muy rico en anecdotario, como lo fuera Quevedo en su tiempo o Wilde en el suyo, RAMÓN recoge estas palabras del artista gallego que constituyen una profesión de fe: —No me interesa -respondió él-; nunca he sentido una voz que me diga: «No seas pobre» o «Hazte rico»… Solo he oído la voz que me aconseja: «Sé independiente.»
         De D’Ors, cuya cultura le impresiona lo suyo, admira lo que Maeztu dijo de él: Aquí hay dos cosas que no se toleran cuando se dan de una vez: el mérito y el éxito. Pero lo describe como una suerte de dandy de la cultura, una persona que siempre estaba como haciendo el gesto más difícil de la elegancia, que es saltar de una góndola a las gradas de mármol de la escalinata fe un palacio veneciano. A pesar de la inequívoca admiración hacia el catalán universal, lo llama, no deja de consignar el talante antipático del escritor, y de ahí que no se prive de recoger un chiste malévolo que se extendía por los corrillos literarios: A un eminente escritor francés le preguntaron si conocía les œuvres D’Ors y contestó que solo tenía noticias de les hors d’œuvres.
         Está claro que la variedad de nombres del volumen decantará la atención de los lectores en una u otra dirección. Mi breve selección en modo alguno pretende orientar ninguna lectura, sino destacar algunos recursos que hacen decididamente entretenida y provechosa la lectura de estas biografías. ¡Ojalá mis visitas a las librerías de viejo me deparen el encuentro con el segundo volumen, escrito cinco años más tarde, y dedicado a nuevos retratos contemporáneos que prometen biografías tan apasionantes como las de los hermanos Machado, Pirandello, Ibsen, Pardo Bazán, Galdós, ¡Kafka!, Neruda o Gabriel Miró… A ver, a ver…; a leer, a leer…

        

jueves, 3 de septiembre de 2020

«L’Atlàntida», de Jacint Verdaguer: un viaje alucinado al cataclismo.



Un poema español por los cuatro costados en «la lengua de Verdaguer»: lirismo agónico de la destrucción y la esperanza.
         
           Curiosas y contradictorias, las sensaciones que he ido teniendo a medida que me adentraba en la obra cumbre de Verdaguer -aunque quizá el adjetivo le cuadre mejor a Canigó, si a las alturas nos remontamos…-, un poema español por los cuatro costados (—I a tu, que entre les ales del cor m’has acollida,/ d’Espanya que tant amo vull-te donar la clau) y con un catalán prePompeu, propio de la Renaixença, que tan grato me ha sido siempre, por su magnífica libertad expresiva, en autores como Narcís Oller, Pitarra, Conrad Roure, Josep Anselm Clavé, Albert Llanas, Robert Robert y tantos ochocentistas que contribuyeron decisivamente a la recuperación fervorosa del catalán como lengua literaria y de cultura.
         La simple «figuración» del hundimiento de la Atlántida y su pérdida irreparable, de la cual las Canarias (Fins la mem`pria els segles perdrien de llur fossa, /sinó pel Teide ignívom que encara en parla al mar/d’aquella nit que en feren plegats la gran destroça:/i aqueix escolta i brama com si hi volgués tornar.) serían un deslumbrante vestigio de lo que fue dicho continente, cuya existencia figura, destacada, en la cultura griega, madre de toda la europea, es ya de una osadía literaria que acredita a su autor como un gigante de las Letras, siquiera hubiera sido solo por el intento, aunque el éxito de la aventura lo rubrica amb escreix, que decimos en catalán, de sobra.
         A medida que iba leyendo este movimiento perpetuo que es el canto en alejandrinos de Verdaguer, porque necesitaba un cauce amplio donde verter una imaginación deslumbrante y poder encajar el detallismo de sus descripciones *cataclísmicas, si se me permite el vocablo, más me convencía de la amplitud de miras del poeta de Folgarolas, de la comarca de Osona, quien no tuvo, precisamente, una vida regalada, e incluso se vio envuelto en ciertos asuntos oscuros y casi delictivos que acabaron con su reclusión religiosa forzada, si bien no tuvo pelos en la lengua para denunciar la injusticia desde la prensa a través de unas cartas en las que reivindicó siempre su buen nombre.
         I a tu qui et salva, oh niu de les nacions iberes,
         quan l’arbre d’on penjaves al mar fou submergit?
         qui et serva, jove Espanya, quan lo navili on eres
         com góndola amarrada, s’enfonsa migpartit?

                            […]
         Quan l’huracà amb ses ales remou lo negro abuisme.
         jo sento, entre el diàleg dels mars, sa fonda veu,
         tètric gemec     que encara li arrenca el cataclisme,
         i a les terres que foren germanes crida: —Adéu!
         Hay un evidente patetismo de inequívoca raíz romántica, por lo que hace a la contemplación de la naturaleza, y sí, también en la composición de Verdaguer, como en la poesía de los lakistas, naturaleza y estado de ánimo asumen una identificación liberadora o consoladora. Verdaguer es hombre de genio, determinación y fortaleza. L’Atlàntida es un poema en el que se reflejan esas cualidades de forma inequívoca. Pero también es un hombre de estudio, y es conocida la investigación mitológica que llevó a cabo para documentarse antes de emprender la redacción de un poema que escribió, propiamente, sobre los caminos inestables del mar, cuando fue capellán de los buques del esclavista Antonio López y viajó de España a Cuba y viceversa durante algunos años. Es curioso. El mar nos dio Diario de poeta y mar, de Juan Ramón Jiménez y L’Atlàntida, de Verdaguer: dos muestras antitéticas del genio poético: la intimidad recogida; la épica mitológica.
         La visión verdagueriana se extiende desde Grecia hasta España y más allá, porque el movimiento sísmico que se produce con el hundimiento de la Atlántida, el que abre un mar que se extiende desde los pies de Sierra Nevada hasta el Teide, no deja lugar a dudas sobre el cataclismo geográfico que pone en danza todo el Mediterráneo y, por supuesto toda España, cuyos rincones recorren los cantos del poema una y otra vez, con acentos de inusitada lamentación por el desgarro que se produce en una patria que, como canta Hesperis de la propia Atlàntida:
                   Una pàtria tenia, rovell d’ou de la terra;
                   no tinc ja pàtria dolça ni res de quant amí;
                   ton braç, ton braç terrible per sempre m’ho soterra,
                   i sol los ulls me deixes per a plorar sa fi.
         La obra acaba con la ambición aventurera de Colón: descubrir una nueva Atlántida al otro lado de la mar océano y con un Somni d’Isabel (I et veu a tu, Isabel la de Castella,/la reina de las reines que hi ha hagut) donde se cumple la visión temeraria de colón: —Gran Senyora:/dau-me, si us playu, navilis, i a bona hora/los tornaré tot remolcant un món.
         L’Atlántida fue premiada en los Juegos Florales de 1877, le conceden un premio especial de la Diputación. Antonio López corre con los gastos de la primera edición bilingüe y, en un viaje a Roma, mantiene una animada conversación con León XIII, también poeta, quien se interesa vivamente por la obra del mossén de Folgarolas.
         Los diferentes cantos de la obra recogen, sobre todo, un intenso movimiento patético lleno de imágenes violentas propias del cataclismo inmenso que se describe. Verdaguer tiene la pluma fácil para la descripción de los tormentos que han de sufrir los atlantes y el desgarro que supone la desaparición de un vergel paradisíaco, que será engullido por el mar: Altres amb ell l’abusme n’escup, que dins l’albeca/de l’arbre que s’aterra teien aspre niu,/dragons, cerastes, àspits dels quals l’ullada asseca, i boes grans que tenen l’anguilejar d’un riu. […] Quan l’univers Déu renque, aixó es veiran sos trossos/pasar, entre despulles, horror i solitud, /lo sol caduc a palpes buscan sos cabells rossos/ i la Moert de ses víctimes trucant a l’ataüt.
         Empapado del sentido helénico que tiene el mito de la Atlántida, Verdaguer ha escrito, a su manera, una teogonía, porque entrecruza el destino de la Atlántida con el mito de Hércules, quien, como es bien sabido, visitó El jardín de las Hespérides y derrotó, como también lo cuenta Verdaguer, a Anteo, una vez que descubrió que no debía dejarle tocar la tierra, de donde recobraba toda su energía para combatir contra el alcida.
         Ignoro qué lectores pueden tener hoy esta Atlántida, y mucho menos en un catalán tan alejado del ordenancista de Pompeu Fabra, pero me parece que no podemos prescindir de textos tan vertebradores de una idea de España que hemos compartido todos los españoles desde hace muchos siglos. Verdaguer la proclama, la defiende y la canta con un temple, un rigor y una belleza dignos de la mayor alabanza.
         Sí, un clásico. ¡Los dioses le sean favorables y le encuentren los lectores que andan tan sumergidos en el mar de la banalidad desde que «disfrutamos» de nuestra castradora «sociedad del bienestar»!