miércoles, 13 de mayo de 2026

«Guillermo Cabrera Infante. La fábrica de sueños», entrevista inédita de 1976, por Luis Valdesueiro.

 

Una entrevista inédita a Guillermo Cabrera Infante, quien aprendió antes a «leer» películas que a leer textos.

 

          Mientras dialogaba con Luis Valdesueiro sobre sus dos recientes autobiografías, una, La estela de los días (Me acuerdo), a la manera del I remember, de Joe Brainard, a quien popularizó Georges Perec con su Je me souviens, ocho años más tarde, y otra, Ideas en fuga (Etopeya), a la manera del Autorretrato de  Édouard Levé, y yendo de aquí para allá por los zócalos y laberintos de la memoria, emergió el recuerdo de esta entrevista inédita que Valdesueiro le hizo, por vía postal, a Guillermo Cabrera Infante, a la sazón viviendo en Londres, y que ha permanecido en sus archivos desde entonces. Hizo la entrevista mientras trabajaba en la revista Índice, donde Valdesueiro publicó en su momento no pocas críticas de cine. Atrevido como yo soy para estas cosas de la divulgación, le propuse, si no la destinaba a otros fines, darle vida pública en este Diario, cuyo lema, recordémoslo, es «Alumbrado público», y él, tan amablemente como siempre, la puso a mi disposición para que yo la trasladara a los lectores. La entrevista, en su momento, fue ofrecida a varias revistas (entre ellas Reseña y Triunfo), pero todas declinaron su publicación. No quiero hacer un juicio de intenciones, pero no me extrañaría nada que la condición de destacado exiliado anticastrista de Cabrera Infante hubiera influido en alguno de aquellos rechazos, porque el amor a las dictaduras de nuestra izquierda tiene larga tradición.

          De la crítica que hice en este Diario a sus dos novelas póstumas, rescato esta cita que coincide con la evocación que hace el autor en la entrevista:  Guillermo Cabrera Infante cuenta en Cuerpos divinos su carrera profesional como periodista –esos fueron sus estudios, tras abandonar la carrera de medicina una vez que le fue imposible superar el impacto del contacto con los cadáveres para las disecciones– en la revista Carteles, de la que llegó a ser Jefe de Redacción, cargo con un poder cultural añadido nada despreciable. En la revista entra, sin embargo, como Jefe de Corrección, tarea en la que debió de forjarse buena parte de su estilo y de su obsesión por los juegos lingüísticos, pues las erratas tipográficas son una fuente inagotable de ellos. De hecho, su primer trabajo literario publicado, precisamente en Carteles, cuando tenía 18 años fue una suerte de parodia literaria de Señor Presidente, de Asturias, cuya influencia vanguardista –con todo lo que tiene la Vanguardia de pasión por el juego verbal– no puede menospreciarse. Con todo, la labor profesional de Cabrera Infante estuvo orientada hacia la crítica cinematográfica, de la que fue un consumado especialista y un espectador infatigable, un «cronista», como él se consideraba a sí mismo, que nos ha legado libros dedicados a su métier tan importantes como Un oficio del siglo XX, Cine o sardina y Arcadia todas las noches.

          La entrevista que se leerá a continuación recoge algunos juicios muy interesantes, y pertinentes, de quien considera el arte cinematográfico como rasgo distintivo del siglo xx, algo que también comprendió la dictadura cubana, que tanto invirtió en su estudio y cultivo, aunque acaso la mejor muestra de cine sobre Cuba, hecha en la isla, fue una película soviético-cubana que merece ser vista por los fantástico valores cinematográficos que atesora: Soy Cuba, de Mikhail Kalatozov.

 

 

                              Guillermo Cabrera Infante

                                 La fábrica de sueños

 

Por Luis Valdesueiro

Guillermo Cabrera Infante es sobradamente conocido, gracias principalmente, a Tres tristes tigres, novela ganadora del Premio Biblioteca Breve 1964. Pero antes que novelista consagrado G.C.I. fue crítico de cine. En 1963 publicó, en La Habana, Un oficio del siglo xx, libro que recoge una selección de las crónicas aparecidas entre 1954 y 1960, primero en el popular semanario Carteles, del que sería Jede de Redacción, y después en Revolución. G. Caín, (pseudónimo adoptado por G. CAbrera INfante) alcanzó esa inapreciable perfección crítica donde la brillantez literaria y el juicio certero se aúnan. El libro fue publicado en España, diez años después, por Seix Barral.

          Caín recurre en estas crónicas a todas las argucias estilísticas: cada película comentada propicia un peculiar lenguaje. Entre sus  virtudes de crítico destacan su independencia de criterio —lo que permite acercarse a los nuevos y antiguos valores sin ningún recelo— y una lucidez veladamente surreal, sorprendente en ocasiones.

          En la actualidad, G.C.I. continúa ocupado en el cine como guionista. Las  siguientes preguntas derivan de la lectura atenta de Un oficio del siglo xx, libro que condensa su sabiduría fílmica.

L.V.— Durante siete años usted fue crítico de cine en La Habana, primero en Carteles y después en Revolución: ¿qué le empujó a hacerse crítico de cine?

G.C.I—. Siempre me interesó la crítica de cine, y ya en 1948, a los diecinueve años, gané una beca para estudiar un curso de cine, de verano, en la Universidad de La Habana, con una crítica, precisamente, a Nido de víboras, de Anatole Litvak. Después hice crítica amateur para el mensuario de la Dirección de Cultura y ya más tarde alguna que otra crítica en Carteles: Molino rojo [de John Huston], por ejemplo, y en Bohemia (una reseña de la fiesta de los Oscares de 1953), y cuando Carteles cambió de dirección y comenzó a dirigirla Antonio Ortega, exiliado español, de quien yo era secretario particular, y me ofreció, a finales de 1953, escribir las páginas de cine, acepté encantado: no era solamente hacer crítica profesional, sino hacer crítica de cine, escribir sobre mi pasión de siempre.

L.V.—  La crítica de cine, ¿era algo accesorio para usted —marginal a su carrera literaria— o, por el contrario, era algo a lo que se entregaba con verdadera vocación y amor?

C.C.I.— La crítica de cine fue central para mí durante los largos seis años que escribí para Carteles y luego en Revolución. En ella volcaba no solo mis cargas literarias (lo que se llamaba en Cuba, popularmente, «descargar» [en Cuba, «socializar informalmente»]), sino que trataba de despertar en los lectores el mismo amor por el cine que yo sentía, al tiempo que ponía al lector al día en lo que respectaba al cine. Todo esto, hacerlo en Carteles (que era una revista popular en Cuba y en toda el área del Caribe, hasta Venezuela y Colombia), donde nunca había habido antes una crítica de cine que se pudiera llamar tal, en los veinte años que llevaba fundada la revista, fue para mí una gran experiencia, una grata experiencia. Sobre todo al principio, en 1954-1955, y todavía recuerdo con nostalgia la primera crítica propiamente dicha, hecha a Blowing Wild [en España, Soplo salvaje], con Gary Cooper, uno de mis actores favoritos de siempre. Queda también el orgullo de sentirme (y ser) el único crítico de cine habanero (es decir, cubano) que pagaba su entrada como un parroquiano cualquiera, lo que hacía a mi crítica verdaderamente independiente.

L.V.— En sus críticas, las referencias al cine cubano son escasas, casi me atrevería a decir que inexistentes, ¿se debe acaso a la ausencia en Cuba de una verdadera industria cinematográfica?

G.C.I.— La primera crónica de Un oficio del siglo XX está dedicada a una película «cubana». Se trata de La rosa blanca (una biografía cinematográfica de José Martí), dirigida por el Indio Fernández, interpretada por Roberto Cañedo (actor mejicano) y rodada en Cuba. Pero en honor a la verdad hay que decir que antes de 1959 se hacía poco cine en Cuba, aunque se habían hecho películas en Cuba desde principios de siglo, esfuerzos aislados y no siempre logrados. Después de la revolución se comenzó a hacer cine con más asiduidad, pero afortunadamente Carteles fue clausurada en 1960, antes de que estrenaran la primera película cubana después de la revolución. Digo afortunadamente porque el sectarismo revolucionario (o pseudorrevolucionario) impedía hacer verdadera crítica a las películas que se hacían entonces en Cuba.

L.V.— El director al que más atención dedica (La ventana indiscreta, Intriga internacional, De entre los muertos, El destino en la mano, etc.) se llama Alfred Hitchcock: ¿qué representa la obra de Hitchcock para usted como crítico de cine, y qué cree que ha aportado dicha obra al cine mundial?

G.C.I.—Alfred Hitchcock, más conocido en mis críticas como el viejo Hitch, está entre mis directores favoritos de siempre. Su aporte al cine ha sido decisivo, y tratar de hacer una apreciación critica en tan poco espacio no le haría justicia al creador de Vértigo, North by Northwest, y Los pájaros, y Psicosis, que están entre mis películas favoritas de siempre.

L.V.— ¿Es la crítica de cine un género literario autónomo, un género que, aunque provenga del cine, nada tiene que ver con él?

G.C.I.— Traté durante bastante tiempo de crear una crítica que fuera autónoma, con valores literarios propios. Hoy veo que esto no es posible y que no existe una crítica que pueda ser independiente del cine que critica. No ocurre lo mismo, por ejemplo, con el ensayo, que desde Montaigne ha mostrado ser un género, uno de los géneros literarios.

L.V.— Hay una anécdota que recoge Cernuda y que me permito transcribir: «Como Degas se quejara de la dificultad de la poesía con respecto a la pintura, aduciendo que hacía tiempo tenía entre manos un soneto que no podía terminar, dice a Mallarmé: “Y lo que es ideas, no me faltan”. A lo cual responde Mallarmé: “Mi querido amigo, los versos no se escriben con ideas, se escriben con palabras”.» Trasladando esta anécdota al campo cinematográfico, me atrevería a preguntarle si, en su opinión, muchos directores no saben «con qué» se hace una película...

G.C.I.— Es posible que muchos directores no sepan con qué se hace una película. Pero hay directores hoy (me refiero concretamente a Hollywood) que parecen haber nacido sabiendo, dada su juventud. Pero lo que ellos saben ahora es lo que han sido en el pasado otros directores, como Hitchcock, Howard Hawks y, especialmente, John Ford, Orson Welles y Vincente Minnelli —para no citar más que cinco de mis directores favoritos.

L.V.— Su obra literaria: novela, cuentos, «viñetas», ¿qué debe a su experiencia cinematográfica?

G.C.I.— He dicho en otra parte que fui al cine a los 29 días de nacido, que sabía leer una película antes de saber leer un texto; por tanto, la influencia que ha tenido el cine sobre mí ha sido capital. Sin embargo, hoy, que me gano la vida todavía con el cine (escribiendo guiones), trato de separar lo que escribo actualmente (novela, fragmento, etc.) de la influencia del cine, que es innegable en mi obra anterior, sobre todo en Tres tristes tigres.

L.V.— ¿Qué opinión le merece el cine mudo? ¿No cree que en el paso al sonoro se perdieron ciertas cualidades fundamentales, cuya ignorancia en directores posteriores se ha teñido de autosuficiencia y desprecio?

G.C.I.— Siempre he considerado al cine mudo como un cine manco: al que faltaba algo, y que nos refiramos a él como cine silente o mudo prueba que el cine estaba tratando de encontrar la voz. En Un oficio del siglo xx es patente mi falta de amor por el cine mudo. Sin embargo, hoy reconozco que hay obras maestras del cine mudo insuperables y que el cine, a veces, tiende a hacerse no música sino cine silente.

L.V.— Si me viera obligado a hacer una rigurosa y restrictiva selección entre todas las críticas recogidas en Un oficio del siglo xx para escoger dos, yo me quedaría, sin la menor duda, con El diario de un cura rural, de Robert Bresson, y La strada, de Federico Fellini, ¿qué dos criticas elegiría usted?

G.C.I.— Hay mucha gente que opina que mi critica a La strada es la mejor del libro, la mejor que escribí, y un poco inmodestamente tengo que decir que esa crónica ayudó mucho a la popularidad de La strada en Cuba. Sin embargo, no es mi favorita. Prefiero la crónica escrita a Vértigo, que es una especie de poema al amor. También prefiero la crónica a El beso mortal [de Robert Aldrich] por lo que tenia de delirante. Otra favorita es la crítica, breve, a The invasion of the Body Snatchers [La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel], más que nada por mi preferencia decidida por esta peliculita maestra.

L.V.— ¿Ha publicado alguna crítica de cine con posterioridad a 1960?

G.C.I.— No, pero ofrecí, en la primavera y el verano de 1962, en La Habana, un ciclo de conferencias sobre el cine norteamericano y algunos de sus directores (Hitchcock, Hawks, Minnelli, Huston, Welles), de las que quedan algunos fragmentos que estoy considerando publicar, al releerlos y encontrar que esta fragmentación, si no hace justicia al cine comentado, sí es justiciera con respecto a las conferencias.

L.V.— ¿Volvería a escribir críticas de cine?

G.C.I.— No. Decididamente, no.

L.V.— ¿En su opinión, ha influido el cine positivamente en la literatura contemporánea?

G.C.I.— Si le dijera que una lectura atenta del Ulysses de Joyce muestra la influencia del cine, y ya se sabe la influencia de Joyce, sobre todo de ese libro, a partir de su publicación, no haría falta exagerar la influencia del cine en toda la literatura de los últimos cincuenta años. Ha habido otra transculturación: la influencia de Hemingway en las primeras muestras del cine hablado norteamericano, por ejemplo, que luego, a su vez, ha influido en la literatura desde el cine. No puedo decir, sin embargo, si esta influencia ha sido positiva.

L.V.— ¿Nunca, a lo largo de su actividad como crítico, pensó escribir guiones o dirigir películas?

G.C.I.— Nunca pensé en ganarme la vida escribiendo guiones de cine, como hago ahora, pero ya en 1949 publiqué un breve guion de cine (que hoy tiendo a ver como terrible) que puede mostrar mi interés, desde entonces, por la escritura para el cine. Nunca mi megalomanía me ha llevado a querer ser director de cine. Como ve no hay en mí la menor vocación por ser un dictador.

L.V.— ¿Ha cambiado, con el paso del tiempo, de opinión sobre algunos de los directores que admiraba en la segunda mitad de la década de los 50: Hitchcock, Bresson, Buñuel, Welles, Fellini...?

G.C.I.— Tiendo a considerar a Bresson, actualmente, como inveíble. Mi admiración por Buñuel ha pasado por crisis agudas, como cuando vi Simón del desierto, pero he vuelto a admirarlo en sus últimas películas francesas. Sobre todo me ha gustado verlo haciendo bien sus películas —aunque no sé si atribuirlo a la alta calidad de los técnicos franceses que lo han ayudado a completar Belle de Jour y El discreto encanto de la burguesía.

L.V.— Hitchcock es totalmente contrario a las adaptaciones cinematográficas de las grandes obras de la literatura (tal como expresó en una entrevista con François Truffaut). ¿Qué opinión le merecen tales adaptaciones? ¿No cree que Welles, por ejemplo, traiciona a Kafka al adaptar El proceso?

G.C.I.— Hitchcock tiene razón con referencia a su cine, que lo más cerca que ha estado de adaptar una obra literaria de alguna envergadura es en Rebeca o Los 39 escalones. Por otra parte, yo prefiero que a las obras literarias realmente grandes (pienso en la desastrosa versión de Ulysses [de Joseph Strick]) es mejor dejarlas tranquilas. Mi propia experiencia, con la adaptación de Debajo del volcán [de John Huston, sobre una novela de Malcolm Lowry], fue un viaje a la locura. Welles, en El proceso, escogió singularizar una obra que es de las pocas escritas en el siglo que exigen la exégesis constante –de ahí su sonoro fracaso.

L.V.— ¿Qué cineasta cree usted que ha hecho más por el desarrollo del lenguaje fílmico desde la instauración del cine sonoro?

G.C.I.— Pienso, primeramente, en Orson Welles: todavía su Ciudadano Kane es una fuente de aprendizaje. También Hitchcock y John Ford, y, más modestamente, Howard Hawks. Pero no hay una sola voz en ese coro sonoro[1], para terminar con un breve verso este discurso que se hace, quizá, demasiado largo.

Londres, marzo de 1976.



[1] La enigmática referencia poética quizá sea un eco, según Valdesueiro,  de «Escuchar el almo coro sonoro» del poema  Las campanas, de Edgard Allan Poe.

martes, 21 de abril de 2026

«Poesía completa», de Jorge Luis Borges, la cara en verso de un solo mundo.

 



En franca competencia con su prosa celebérrima, Borges levanta una versión lírica de su mundo personal e intransferible: Escribir un poema es ensayar una magia menor, confiesa el poeta argentino y universal. 

 

          Leer poesía tiene algo que ver con visitar pinacotecas. Vamos pasando por los poemas o las salas, esperando el momento mágico en que una imagen o un verso nos atrapa, nos seduce y nos invita a acercarnos para saborearlo de forma íntima, porque sabemos que estamos siendo revelados por el arte que todo lo puede. Leer, además, la obra completa de un poeta significa recorrer toda su vida, desde el fervor inicial por la palabra hasta las luminosas y sombrías reflexiones sobre lo vivido. Si ese poeta, como Homero y Milton es un poeta ciego, enseguida ciertos ecos se superponen inevitablemente en la obra del argentino. Los trece libros de poesía que escribió demuestran que vivía ajeno a las supersticiones, pero en modo alguno a las ficciones, que son parte intrínseca de su autobiografía, aunque, paradójicamente, allí donde un lector pudiera creer que la encontraría en su más aquilatada expresión, en sus poemas Yo y Soy, de indudable querencia quevedesca, se encuentra con el eco del clásico,  sobre todo el poderoso impulso barroco conceptista que anida en el interior de ambos poemas: que se dispersa en oro, en sombra, en nada, escribe en Yo; en la guerra. Soy eco, olvido, nada, escribe en Soy; aunque, a pesar de tanta semejanza, hay en Soy un latido humano más profundo y  desolado, a fuer de la desconcertante  ignorancia de sí que exhibe: Soy el que pese a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular y plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.

          No pretendo explicar ni analizar ni categorizar ni desmenuzar ni mucho menos interpretar estos libros tan variados y hermosos en los que cabe, como en el Aleph, todo, y que nos muestran un hilo conductor que los une a los de sus prosas, siempre breves, porque Borges, a pesar de su bibliomanía, era un autor que dependía del rayo fulgurante de la inspiración, como reconoce en El otro,  a propósito de la inspiración que guio a Homero: Sabía que otro ―un Dios― es el que hiere / de brusca luz nuestra labor oscura. En estos poemas tenemos sobrados ejemplos.

          Que Borges es un escritor deudor en grado sumo de la tradición literaria es un tópico que solo uso para introducir una muestra no exhaustiva de los autores que «aparecen», con mayor o menor relieve, en sus poemas:  Macedonio Fernández;, Guillermo de Torre, Joseph Conrad, Scott Fitzgerald, Alfonso Reyes, Luis de Camoens, Ariosto, Anaxágoras, Pitágoras, Cervantes, Gracián, Scholem, Emerson, Allan Poe, Heine, Wat Withman, Cansinos-Assens, Sófocles, Sócrates, Verlaine, Séneca, Lucano, Zenón, Joyce, Omar Khayyam, Robert Browning Mujica Lainez, Herman Melville, Brahms, Spinoza, Heráclito, Descartes, Plotino, Stevenson... Todos ellos forman el universo de lecturas recurrentes de quien fue progresivamente perdiendo la vista, hasta que en 1955 la perdió definitivamente, justo cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, momento que recogió en sus poemas Los dones y  El ciego I y II. Borges fue perdiendo paulatinamente la visión, hasta quedar definitivamente ciego. En el Poema de los dones, dejó memoria de la gran paradoja: quedarse ciego, lo fue casi totalmente desde 1955, y ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina en octubre de ese mismo año, cargo en el que estuvo durante dieciocho años, o, dicho poéticamente: Nadie rebaje a lagrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnifica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. El tema de su ceguera, que atraviesa, con leves pinceladas casi toda su obra desde el libro de poemas El hacedor, tiene en El ciego presencia total: Es de noche. No hay otros. Con el verso / debo labrar mi insípido verso, dice en el I, y concluye en el II: El azul y el bermejo son ahora una niebla /y dos voces inútiles. El espejo que miro / es una cosa gris. En el jardín aspiro, / amigos, una lóbrega rosa de la tiniebla. / Ahora sólo perduran las formas amarillas / y solo puedo ver para ver pesadillas.

          Ahí aparecen los espejos, el reflejo, el jardín, las palabras, que junto con las guerras de sus antepasados, el barrio, el tango, lo normando, el alemán, los sueños, la literatura, los amores frustrados, el tímido y prevenido acercamiento al yo intuido ―que me ha suscitado un pozaforismo: No sé, si es crueldad, o ciencia, decir que el de Borges es un yo a tientas―, entrevisto en la tiniebla..., son parte de sus temas, como lo son, además,  el puñal, el cafetín, el barrio, la milonga, Islandia, el normando, el latín y el laberinto, en una colección que reviste rasgos arbitrarios que Borges se empeña en destacar en numerosas enumeraciones arbitrarias, uno de sus recursos preferidos y más sentidos. 

       No sigo un orden cronológico, porque la poesía admite lecturas a través de calas, y porque no hay posibilidad alguna del concepto de «progreso» en un autor que debuta en el género con idéntico dominio al que le pone fin. Por eso traigo a colación un poema que no me resisto a transcribir totalmente en esta libérrima recensión, porque el impulso del recuerdo de Leonardo Da Vinci poniendo a sus alumnos frente a una pared desconchada para que imaginen todas las formas posibles que los relieves de la pared les sugieran, se transforma en un poema que recoge algunos de los rasgos esenciales de la obra de Borges, como las enumeraciones, pero, en este caso, puestas al servicio de un final extraordinario:

                    Ante la cal de una pared que nada

                    nos veda imaginar como infinita

                    un hombre se ha sentado y premedita

                    trazar con rigurosa pincelada

                    en la blanca pared el mundo entero:

                    Puertas, balanzas, tártaros, jacintos,

                    ángeles, bibliotecas, laberintos,

                    anclas, Uxmal, el infinito, el cero.

                    Puebla de formas la pared. La suerte,

                    que de curiosos dones no es avara,

                    le permite dar fin a su porfía.

                    En el preciso instante de la muerte

                    descubre que es vasta algarabía

                    de líneas es la imagen de su cara.

         

Del mismo modo, observamos ese fenómeno retorico de la enumeración arbitraria en poemas como Los justos, en este caso de las personas que, bautizados como «justos», acaso con un eco judío en la expresión, hacen del mundo un lugar amable y deseado; se trata de aquellas personas que realizan actividades en apariencia insignificantes, pero que encierran un poder humanista extraordinario, como El que descubre con placer una etimología. [...] El ceramista que premedita un color y una forma. [...] El que acaricia a un animal dormido. [...] El que prefiere que los otros tengan razón. Idéntico recurso retórico escoge cuando reflexiona sobre lo que para él es ininteligible: la fama que le ha deparado su obra en el mundo de la cultura, y ciertamente no es pose, o es una pose sabiamente estudiada.  A Borges siempre le pareció, con una modestia hermosamente trabajada en la naturalidad más exquisita, que se exageraba mucho sobre su valía literaria. En este poema reflexiona sobre los hechos trascendentales de su vida y se pregunta por qué se le adjudica ese valor a hechos que, a su modo de ver..., no tienen nada de extraordinario. De nuevo una enumeración caótica en la que aparecen sus aficiones, sus devociones, sus pasiones: Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín. [...] Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro. [...] No haber salido de mi biblioteca. / Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote. [...] Haber urdido algún endecasílabo. / Haber vuelto a contar antiguas historias. / Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.

La vida amorosa de Borges fue una escuela de dolor y dejó un sello indeleble en su personalidad, porque, a la dura realidad de ser rechazado por la persona amada, drama que en el Romanticismo llevo a muchos enamorados al suicidio, siguiendo la estela del joven Werther, añadió, en su caso, la espesa sensación amarga de lo que confiesa con enorme valor, tanto como tristeza, en uno de sus más célebres poemas: que no ha sido feliz, El remordimiento. No es inusual, ente los poetas, confesar al papel el desvalimiento, la infelicidad, la desdicha y el dolor. Ahora bien, se ha de ser un poeta como Borges para expresarlo de una manera que aúna la dicción más clara con el dolor más penetrante. Se trata de un poema inextractable, y me veo obligado a transcribirlo enteramente:

He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego

arriesgado y hermoso de la vida,

para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente

se aplicó a las simétricas porfías

del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

la sombra de haber sido un desdichado.

 

En El amenazado leemos la importancia capital que otorgaba Borges al deseo de ser amado:  Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo, escribe en  el poema, uno de los grandes poemas del libro, porque la historia amorosa de Borges es, como en muchos hombres, la del amor no correspondido. El autor se siente absolutamente desvalido frente al amor, impotente, consciente de que nada le valen todas sus «habilidades», lo que él llama sus «talismanes que son, al cabo, él mismo, para conquistar a la mujer deseada: Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. [...] El nombre de una mujer me delata. / Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Ignoro si esa frustración derivó a Borges por otro derroteros poéticos o simplemente confirmó una tendencia que nació desde bien joven, cuando «entró» en la impresionante biblioteca de su padre para no salir ya de ella nunca más. Recordemos su confesión en El hacedor: Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, / yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca. Ello se debe a que, como confiesa en el Epílogo a Historia de la noche: ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano. Tanto en los prólogos a sus libros como en los epílogos o las notas pertinentes, Borges ha destilado una suerte de poética que acaso convenga conocer para entender cabalmente muchas de sus composiciones. En este mismo Epílogo, añade:  Un volumen de versos no es otra cosa que una sucesión de ejercicios mágicos. El modesto hechicero hace lo que puede con sus modestos medios. Una connotación desdichada, un acento erróneo, un matiz, pueden quebrar el conjuro. Whitehead ha denunciado la falacia del diccionario perfecto: suponer que para cada cosa hay una palabra. Trabajamos a tientas. El universo es fluido y cambiante; el lenguaje, rígido. Rescatemos del prólogo a El oro de los tigres la constatación de un estado de ánimo que es, al tiempo, un modo de «estar» en la poesía:  De un hombre que ha cumplido los setenta años que nos aconseja David poco podemos esperar, salvo el manejo consabido de unas destrezas, una que otra ligera variación y hartas repeticiones. [...] Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.

La tradición, para Borges, es su patria, sí, aquella cuyos límites geográficos se corresponden con el espacio mágico de la biblioteca, compendio de esa tradición que ha ayudado al autor a conformar su visión de la vida como un laberinto: nunca se acaba de leer el último libro, y aun uno sobradamente leído, pongamos el Quijote, da para infinitas interpretaciones. Parece paradoja hablar de un devoto lector ciego, pero esa condición es rasgo sustantivo de la personalidad del poeta. Recordemos que cuando hubo de abandonar la lectura directa de los volúmenes, dependió de otros lectores ―¡qué lección de humildad trasladar en otra voz, con otros acentos, los libros a sus oídos...!― y aunque el más famoso, por su Historia de la lectura, ha sido Alberto Manguel, no hemos de preterir el recuerdo de María Kodama, quien acabaría convirtiéndose en su esposa; Leónidas Barletta; Norman Thomas di Giovanni: además de traducir su obra al inglés, trabajaba con Borges leyendo y discutiendo textos en colaboración estrecha, y  Susana Bombal. Lectores esporádicos hubo bastantes más, desde luego, lectores que le leían en alemán, inglés y francés. No es extraño que al lector, a los lectores, dirigiera Borges su atención poética, sobe todo en un poema que ha hecho célebre estos versos de Un lector: Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído. En ese poema, aunque en versos menos citados, acaba de completar su retrato como lector: : Mis noches están llenas de Virgilio; / haber sabido y haber olvidado el latín / es una posesión, porque el olvido / es una de las formas de la memoria, su vago sótano, / la otra cara secreta de la moneda. [...] A mis años, toda empresa es una aventura / que linda con la noche. En el poema titula Lectores, en el que se hermana con Alonso Quijano, lector de lectores, completa su retrato lector: Tal es también mi suerte. Sé que hay algo /inmortal y esencial que he sepultado / en esa biblioteca del pasado / en que leí la historia del hidalgo.

El trabajo intelectual es propiamente la vida de Borges, quien huyó pronto de la notoriedad social y más aún, ¡y bien escaldado!, de la política, desde una lucidez crítica parecida a la del magistral aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, principal debelador de las trampas políticas de la modernidad. En el prólogo a La rosa profunda Borges se enfrenta a la idea aberrante de la concepción política del arte como instrumento de acción social:  El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta. [...] Las teorías, como las convicciones de orden político o religión, no son otra cosa que estímulos. De hecho, es teoría extendida la de que su conservadurismo y su escepticismo en ese campo de las ideologías fueron la causa de que no le concedieran el premio Nobel, lo cual, dada la vecindad inevitable con algunos de los galardonados, más parece un galardón que un error. En otro prólogo, en este caso La moneda de hierro y como si fuera consciente de esa marginación, Borges dejó bien clara su posición al respecto: Bien cumplidos los sesenta años que aconseja el Espíritu, un escritor, por torpe que sea, ya sabe ciertas cosas. La primera, sus límites. Sabe con razonable esperanza lo que puede intentar y ―lo cual sin duda es más importante― lo que le está vedado. [...] Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística

Borges es un autor capital del siglo XX y se ha convertido en un clásico como aquellos en los que él bebió incesantemente en su intensa vida bibliófila y bibliotecaria. Las preocupaciones filológicas de Borges, ¡tan propias de sus quehaceres intelectuales constantes!, quien aquilató la expresión, en prosa y en verso, de una manera tan concentrada, tan barroca, forman parte de sus ocupaciones habituales, e incluso acaban siendo inspiración de no pocos poemas de su obra poética total, como esta Composición escrita en un ejemplar de la «Gesta de Beowulf» donde recoge la sorpresa que le depara a él mismo el abanico de sus talismanes:

          A veces me pregunto qué razones

          me mueven a estudiar sin esperanza

          de precisión, mientras mi noche avanza

          la lengua de los ásperos sajones.

          Gastada por los años la memoria

          deja caer la en vano repetida

          palabra y es así como mi vida

          teje y desteje su cansada historia.       

                    [...]

          Más allá de este afán y de este verso

          me aguarda inagotable el universo.

         

          La precisión propia de ese afán estudioso, que atiende a la verdad de lo citado es lo que o lleva a rectificar en las notas finales algún verso que no se ajustaba al original, como ocurre en Calle desconocida, donde dice: Penumbra de la paloma / llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde. Hecha la averiguación correspondiente, escribe la siguiente nota: Es inexacta la noticia de los primeros versos. De Quincy (Writings, tercer volumen, pág. 293) anota que, según la nomenclatura judía, la penumbra del alba tiene el nombre de penumbra de la paloma; la del atardecer, del cuervo.

El endecasílabo, desde que Garcilaso lo aclimatara, junto con el soneto, en la lengua castellana. ha contado con el favor de la inmensa mayoría de poetas que han escrito en nuestra lengua. El propio Garcilaso es autor de uno de los remates de soneto más hermosos que se hayan escrito: verme morir entre memorias tristes, digno de parangonarse con el famosísimo de Quevedo: polvo serán, mas polvo enamorado. Borges, émulo de casi todo y modelo él mismo para quienes escriben tras él, no era insensible a esa forma condensada que encierra el secreto del artificio poético en su medida estrofa de catorce versos. El libro no se prodiga en sonetos, pero ha de reconocerse que cuando los ensaya, alcanza cotas de perfección extraordinaria, como ocurre en los dos poemas titulados 1964, y que,  en manos de un cirujano del pensamiento, recuperan, ¡muy curiosamente!, la influencia insospechada en Borges de un autor como Antonio machado, aunque los pinitos filosóficos del autor sevillano puedan acercarlo al maestro argentino de las paradojas. Lo suyo sería transcribirlos completos, pero me quedo con el primer verso del primero: Ya no es mágico el mundo. Te han dejado, que me trae enseguida a la memoria el verso de Machado ¿Y ha de morir contigo el mundo mago? Y también, si acaso, con estos otros, de la misma estirpe machadiana: Nadie pierde (repites vanamente) / sino lo que no tiene y no ha tenido / nunca, pero no basta ser valiente / para aprender el arte del olvido. / Un símbolo, una rosa, te desgarra / y te puede matar una guitarra. ¡Nada menos que y te puede matar una guitarra! No sé si hay mejor remate de soneto en todo el libro, pero este se eleva a un nivel difícil de igualar. La poesía no es competición, sino con uno mismo, y aquí Borges supo, estoy convencido de ello, que había llegado a una cima expresiva. El segundo soneto ―ambos curiosamente encabezados por un título meramente cronológico, 1964― nos detalla la herida provocada por el anterior:  Ya no seré feliz. Tal vez no importa. [...] La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. / Solo me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

          Sería algo presuntuoso por mi parte prescindir en esta recensión de la referencia a una de las aperturas poéticas más conocidas del poeta, porque la fama de los remates puede equipararse a la de los comienzos, ¡cuántos lectores no cultivan con esmero la memoria del  inicio de obras tan clásicas como La Ilíada (Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles…), Don Quijote (En un lugar de la Mancha...), Moby Dick (Llamadme Ismael), Ana Karenina (Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz lo es a su manera.) y tantas otras...! Desde esa perspectiva, el comienzo de El Golem:

                    Si (como el griego afirma en el Cratilo)

                    el nombre es arquetipo de la cosa,

                    en las letras de rosa está la rosa

    y todo el Nilo en la palabra Nilo.

 

puede ser considerado algo así como la prueba del algodón de haber disfrutado de la poesía del escritor argentino. Se trata, además, de uno de los cuatro poemas que él prefiere entre todos los suyos, en un ejercicio de autolectura crítica que no deja de sorprender, porque bien remilgosos son casi todos los autores a la hora de marcar preferencias entre sus obras, a las que quieren como, teóricamente, quieren las madres a todos sus hijos, porque sabemos que en la práctica nunca es así. El Golem es el poema dedicado al afán monstruoso de intentar emular la divina creación del mundo:

 

    Los artificios y el candor del hombre

    No tienen fin. Sabemos que hubo un día

    En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre

    En las vigilias de la judería

 

y como en el Frankenstein de Shelley, terrible es la pesadumbre de quien suplantando a Dios contempla a su balbuciente criatura:

                    El rabí le explicaba el universo

                    «Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga»

                    Y logró, al cabo de años, que el perverso

                    Barrera bien o mal la sinagoga.

 

y no acierta a explicar en que se ha equivocado para haber creado un ser tan deforme y mentecato.

          Sin querer agotar la paciencia de los intelectores que a veces, en horas bajas..., tienen a bien pasearse por las páginas amazacotadas de este Diario extraño, no quiero dejar al maestro sin traer a colación sabrosa uno de sus temas preferidos: «los espejos», porque de la recapitulación de algunos de ellos que hice muy ut supra, este de los espejos me parece sustantivo, sobre todo teniendo en cuenta la ceguera del autor, dado que Borges se complace en jugar con ellos y con ella, la ceguera, para acercarse a la condición viva de paradoja, porque estoy convencido de que, de encarnarse en alguna figura retórica, Borges hubiera escogido la paradoja. Acaso sea en el propio poema titulado Los espejos, donde se lee con mayor claridad su concepción de tal artilugio y su relación con ellos: Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y las formas del espejo /para que el hombre sienta que es reflejo / y vanidad. Por eso nos alarman. [...] Me pregunto qué azar de la fortuna / hizo que yo temiera los espejos. En un poema tan fuera de la emoción como el dedicado ¡nada menos que al inicio del estudio de una lengua abstrusa!, Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona, también tienen los espejos su lugar: Alabada sea la infinita / urdimbre de los efectos y de las causas / que antes de mostrarme el espejo / en que no veré a nadie o veré a otro / me concede esta pura contemplación / de un lenguaje del alba. Esos espejos donde el autor está convencido de que o no verá o verá a otro, que no a él, son, también, depositarios de una realidad en fuga, como dice en El pasado: El ilusorio ayer es un recinto / de figuras inmóviles de cera / o de reminiscencias literarias / que el tiempo ira perdiendo en sus espejos. Recordemos, ante lo reseñamos, que el poeta, además de no haber sido feliz, es quien, pese a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular y plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.

          Del mismo modo ―y voy concluyendo, sus señorías intelectoras...― que Góngora cultivó la poesía de estilo popular en sus maravillosas letrillas, romances y sonetos ―obras que le costaron mil y una correcciones en sus abigarrados manuscritos, frente a la limpidez de los originales de sus «poesías mayores»―, Borges, en su exultante libro Para las seis cuerdas, milongas que en su mayor parte han sido musicadas, con mayor o menor éxito, dio rienda suelta a su pasión por los malevos, los amores trágicos y los destinos arrabaleros. Quienes hayan visto la película Invasión, de Hugo Santiago, con guion de Borges y Bioy Casares, habrán escuchado la interpretación de esa milonga arquetípica que es  la célebre Milonga de Manuel Flores, a la que pertenecen estos versos inolvidables:  Manuel Flores va a morir. / Eso es moneda corriente; / morir es una costumbre / que sabe tener la gente. [...] Vendrán los cuatro balazos / y con los cuatro el olvido; / lo dijo el sabio Merlín / morir es haber nacido.

          A pesar de que los poemas por los que a Borges le gustaría ser recordado son Poema conjetural, Poema de los dones, Everness, El Golem y Límites, yo me salgo por la tangente de sus gustos y traigo como colofón a este acercamiento a la lectura de sus poesías completas, un poema que a mi juicio tiene un latido borgiano del que será harto difícil disentir. Se trata de Una brújula, para mí, al menos, uno de los poemas cardinales del autor, y lo he guardado para el momento de la despedida, en esta tarde calurosa de abril  en que transpira la pasión que despierta la compleja perfección del soneto:


                    Todas las cosas son palabras del*

                    idioma en que Alguien o Algo, noche y día,

                    escribe esa infinita algarabía

                    que es la historia del mundo. En su tropel

 

                    pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,

                    mi vida que no entiendo, esta agonía

                    de ser enigma, azar, criptografía

                    y toda la discordia de Babel.

 

                    Detrás del nombre hay lo que no se nombra;

                    hoy he sentido gravitar su sombra

                    en esta aguja azul, lúcida y leve,

         

                    que hacia el confín de un mar tiende su empeño,

                    con algo de reloj visto en un sueño

                    y algo de ave dormida que se mueve.

 

          Y como soy ser de propinas, porque sé lo que ha significado ganarlas desde la cueva de una bolera donde se corría el serio riesgo de quedar lisiado por una bola lanzada a destiempo, me permito el lujo de añadir al soneto anterior este estrambote de su poema On his blindness:

A los otros les queda el universo;

a mi penumbra, el hábito del verso.

 

 

* Qué clara se admira cierta influencia de Verlaine en su poesía en ese del , ¡tan atrevido!, con que cierra el primer verso.


P.S. Entiéndase esta aproximación a la Poesía completa de Borges como una muestra de auténticos palos de ciego de quien, desgraciadamente, ha sido incapaz de esclarecer las verdaderas dimensiones de la obra capital de la literatura mundial que se contiene (¡tan expansiva, valga el oxímoron!) en  tan valioso y, por definición, inagotable volumen.

 

viernes, 17 de abril de 2026

«Contra lo woke y otros virus identitarios», de Iñaki Ellakuría o el periodismo de sólida y fundada opinión.

Del periodismo al Ensayo y a la Historia: el periodismo de opinión que juzga entre la maleza y se arriesga en el diagnóstico. Memoria viva de la fugacidad, de «lo que pasa y nos pasa (a veces a por encima)» sustentada en el conocimiento y en la expresiva voluntad de estilo.

 

José Luis Pardo sostiene que la recopilación de artículos periodísticos busca «la dignidad de la última morada bajo la tapa de un libro». Es, con todo un género tradicional, y solo hay que recordar Parlamentarismo español, las crónicas periodísticas de Azorín como periodista parlamentario para saber cuánto fino análisis político y buena literatura puede haber en el género de opinión. Las «columnas», más modestas que el artículo de opinión, tienen también su importancia y su lugar en el mundo de las publicaciones, porque se trata de un género «nervioso», muy vivo, que responde en el acto a la provocación constante de lo real que no da tregua, a veces ni siquiera para poder abordar los hechos desde una perspectiva teórica que fundamente la opinión, de ahí el valor de las que nos ofrece este volumen de las publicadas en El Mundo por un periodista «sin carnet de conducir» y que él denomina «notas a pie de Mundo». Los intelectores de este Diario saben el culto que aquí se le dedica a las notas a pie de página y al género apasionante de la Miscelánea, europeo hasta la médula desde las Noches áticas, de Aulo Gelio, por eso convendrán conmigo en que un repaso de nuestra vida política desde 1919 hasta 1924, en el que se atiende a fenómenos tan singulares en nuestra sociedad como la epidemia del COVID o la aprobación de la primera «moción de censura negativa» de nuestra historia parlamentaria, revalidada contra toda lógica política habitual en los pactos infames del PSOE con el nacionalismo golpista, constituyen una oportunidad excelente para que la epidemia de olvido que promueve el Poder con todos los medios a su alcance y rapiña no prospere.

Supongo que esta recopilación de las columnas escritas por Iñaki Ellakuría y publicadas en El Mundo caen dentro de lo que Unamuno calificaba como «intrahistoria», dado que están escritas desde dentro de la sociedad en el mismo momento en que suceden los hechos comentados. Son, por lo tanto, cada una de ellas, como predicaba Zola de sus novelas, una tranche de vie que nos acerca a una mejor comprensión de eso que, a veces, es casi inaprehensible: la realidad. Como el columnista tiene, además, una libertad absoluta para escoger el tema de su pieza, la variedad de los mismos dota a esta recopilación de un interés suplementario. Dominan en el conjunto los de tema político, por supuesto, que son los que más pasiones mueven, pero, aun así, el campo de visión del autor es muy amplio y nos movemos con suma facilidad por los cuatro rincones del mundo, aunque, con especial atención a los conflictos que han marcado estos años bélicamente, el de Ucrania y el de Gaza, sin olvidar muchos otros parámetros de la actualidad global que pasan por asuntos que nos atañen específicamente: el auge del islamismo, las debilidades políticas de la UE, la ola conservadora mundial, etc.

En diferentes columnas recogidas, Ellakuría practica muy sucintamente el arte de la breviografía, porque no escapa a la sensación que tienen los periodistas de que su oficio es, en cierta manera, un privilegio exigente, esto es, piensan en ellos como los llamados a custodiar el santo fuego de la verdad: A los periodistas nos gusta decir, y que nos digan, que somos una herramienta esencial en la defensa de la democracia. Y en eso todavía no nos falta razón: seleccionar, distinguir, contextualizar e interpretar es imprescindible en una sociedad en la que la ficción, con sus diferentes formatos, desde el bulo interesado a la mentira oficial, resulta apabullante. Otra cosa es que esa «misión» haya saltado desde su profesión a la pluralidad de manifestaciones que recogen las redes sociales, en las que, efectivamente, bulos y mentiras oficiales hacen su agosto. La labor de discriminación a que obliga a cualquier lector tal situación es un incentivo más en estos tiempos en los que la superabundancia de información y de opinión obligan a leer con mucho cuidado y criterio. Ellakuría lo sabe, por eso exige que la escritura periodística debe permanecer fiel a la verdad factual, sin guiños ni distracciones sentimentales; y que tiene en la nostalgia, hija bastarda del recuerdo, una peligrosa tentación. Y tiene muy claro que el puesto del periodista no está ni junto al teletipo ni en las moquetas del Poder: En las viejas redacciones entendí que una de las ventajas para el periodista de no tener permiso de conducir es que le obliga a patearse la calle y a coger el transporte público. A eso, en mis tiempos viejos le llamaban ser un periodista «de raza», esto es, aquel que salía al encuentro del mítico «hombre de la calle», cuya opinión aparecía mediatizada por el leal entender del periodista. Justo lo contrario de lo que hoy padece el periodismo: la inflación de opiniones anónimas que se nos ofrecen como determinantes para la formación de la opinión, independientemente del «valor» de la misma, al margen del viejo «lado humano» de la noticia, siempre de interés, pero complementario del fenómeno en cuestión. En cierta forma, algo parecido ocurre en las redes sociales, como denuncia el autor: Un estudio reciente muestra que casi dos tercios de las interacciones en plataformas como X (anteriormente Twitter) constituyen reacciones emocionales inmediatas, no argumentaciones razonadas.

Los temas a los que presta atención el autor me parecen determinantes de nuestro presente, porque no hay fenómeno actual que no le haya sugerido un comentario, una columna o una reflexión, y, al mismo tiempo, una toma de partido (A la pujante brigada identitaria, banderín de enganche de barbas viejas y juventudes rojipardas [...] le irrita de Macron todo aquello que a mí me gusta: el olor a aristocracia europea, aireada, culta, cosmopolita.. Es decir, la Europa que construyó el estado del bienestar tras la II Guerra Mundial, desde la defensa innegociable de la libertad individual y el libre comercio), porque es lo que tiene el periodismo de opinión: emite juicios. Lo interesante de los emitidos por Ellakuría es que defienden a capa y espada, las de aquel viejo periodista escéptico que lucha por mantener una línea ideológica en su diario en El cuarto poder, de Richard Brooks o sacrifica la amistad a la verdad en La llama sagrada, de George Cukor.  A mí, particularmente, me ha gustado mucho el tono incisivo y sarcástico de las presentaciones de los «personajes» de la actualidad, tanto los conocidos nacionalmente, como los propiamente autonómicos, porque el prusés y sus protagonistas forman una caravana de fantoches que nos tocan muy de cerca a quienes hemos vivido/padecido el disparate del supremacismo xenófobo del catalanismo golpista, maneras, algunas ideas y estrategias adoptadas por el segundo gobierno ilegítimo del presidente Sánchez. Así, desde los  Influencers que hablan una neolengua sin diccionario, hasta los revolucionarios de iPhone y subvención vitalicia, dicen que protestan por el pueblo palestino, a que, en realidad, quieren cautivo del integrismo que les condena al desastre, pasando por los corsarios de la bandera verde, saludamos a personajes como el excantante Lluís Llach, arcángel llorica de Waterloo, la pionera en España de la nueva izquierda idiota, Ada Colau; el inefable dúo cómico Puigdemont y Junqueras, nuestros Capuletos y Montescos del pa amb tomàquet o los menos conocidos nacionalmente, pero destacados estafermos de la política doméstica catalana: Orriols, una mujer de áurea grisácea, tenebrosa como un relato de Mary Shelley;  Marina Garcés ―que consideró víctimas del sistema a los terroristas islamistas de las Ramblas―, la Pilar Rahola de nuestra podemia, o  Vicent Partal, vocero de Puigdemont y uno de los valencianos que ejercen de camisas pardas del independentismo catalán...

          La política es un flujo constante que, más allá de la observación de Heráclito, no permite a veces vivir ciertas tesis más allá de un muy breve tiempo, porque esta actividad humana lo tiene todo de rueda de la fortuna que fue sólida convicción teleológica desde la Edad Media, en que se popularizó: hoy estás arriba, al minuto siguiente abajo. Piénsese, por ejemplo en esta predicción bien intencionada y llena de lógica de 2020: La primera operación conjunta PSOE-ERC será la de matar políticamente a Puigdemont y despejar el camino de Junqueras a la Generaltiat. Con lógica siciliana. A la vuelta de tres años, Puigdemont pasó a ser el oscuro objeto de deseo del caudillo Sánchez, turbia relación que aún se mantiene y mantiene al indigno autócrata en el Poder, o en el Mando, a juzgar por la degradación democrática que vivimos. Otros juicios coyunturales, sin embargo, mantienen su validez plenamente: El consenso del bien común, dominado por el neofeminismo anglosajón y el islamowokismo, pasa por reprimir todo lo que sea reprimible: carne roja, la galantería, la seducción, el alcohol, la masculinidad el deseo, el libertinaje, a los judíos... [...] Estamos ante lo que Kamel Daoud define como un intento de controlar los cuerpos y aniquilar el deseo: «el islamismo lo soñó, Occidente está en proceso de cumplirlo».

          Al margen de los atinados juicios del autor sobre esa degradación que se ha extendido no como la tópica mancha de aceite, sino como la reventada cloaca de la corrupción cenagosa, los lectores ―¡determinados lectores, está claro...!― disfrutarán de unos juicios que dejando de lado lo políticamente correcto ―¡esa lacra!―, aciertan de lleno en el diagnóstico de «lo que ocurre», ¡tan evidente para la sindéresis! Pongamos como ejemplo el caso de las redes, de internet: Internet es la casa de la anarquía. Quien lo controle, controlará la información. [...] Decidí meterme en Bluesky, La nueva plataforma a la que se mudan tantos pijoprogres que, descompuestos y sollozantes por la victoria de Trump, acusan a Musk de poner al servicio de la «desinformación» y de la extrema derecha. [...] Convencido de que iba a descubrir en Bluesky un foro de debate plural, cívico y riguroso, me bastó con teclear los nombres de Ayuso y Feijóo para encontrarme con todo lo contrario; centenares de mensajes de odio en contra de los líderes del PP. Internet es, además, el espacio donde anidan  los influencers españoles, que es la manera guay con la que se hacen llamar los actuales mercachifleros y oportunistas. ¿Cuál es, pues el peligro que se deriva de esa nueva realidad que opera en los electores de muy poco tiempo acá. El autor lo tiene claro: Resulta peligroso el creciente número de adultos que piensan, actúan y votan igual de irresponsablemente que sus hijos y nietos. Fruto del desencanto del privilegiado occidental y su caprichoso nihilismo. Con decisiones que atentan contra sus intereses personales y colectivos. Así sucedió con el Brexit y el procés, dos suicidios grupales, y así puede pasar durante los próximos meses en Francia si se impone el lepenismo, en EEUU si vuelve Trump a la Casa Blanca y en España si se consolida la autocracia de Sánchez.

El periodismo columnista no está reñido ni con el dato objetivo cuantificable ni con la verdad palmaria, de ahí que, a lo largo del libro, los intelectores vayan descubriendo algunos datos que contextualizan el relato con precisión quirúrgica irrefragable, como que en 1922 Harvard fijó en un 15% la cuota de estudiantes judíos, para evitar que «arruinaran» la vida interna, y la mantuvo cuatro décadas;  que el sueldo más frecuente en 2024 en España es de 14.586 euros, en 2021 era de 18.500 o que, con datos de 2020, Madrid es la comunidad que más aporta, con 3.919 millones, al fondo de solidaridad. Triplicando a la segunda, Cataluña. Si bien también se añaden otros cuya verificación solo puede caer del lado de los protagonistas, como este: Incluso José Bono y Alfondo Guerra llegaron a sondear a Albert Rivera para que se pusiera al frente de una Federación Catalana del PSOE y competir en las urnas con el PSC.

Por lo que nos afecta a los damnificados del salvaje prusés, quienes salimos en masa el 8 de octubre para defender la legalidad vigente, frente a la burla de ella que ha llevado a cabo el (des)gobierno del caudillo socialista, no está de más traer a colación aquí algo que se olvida con frecuencia: el origen del prusés no está en las fuerzas nacionalista supremacistas, sino en los no menos nacionalistas acomplejados del PSC: Lo hizo (romper el statu quo del 78) con dos presidentes socialistas, Pasqual Maragall y José Montilla. El primero, al traicionar a Rodríguez Zapatero e impulsar un nuevo estatuto catalán inconstitucional; el segundo al proclamar, tras la sentencia contraria de TC al proyecto de ley que ningún tribunal «puede jugar con los sentimientos y la voluntad de los catalanes». A quienes nos duele profundamente la politización que se ha hecho del catalán, convirtiéndolo en herramienta de exclusión y de lucha política polarizadora no nos gusta la herencia que ha dejado el prusés: El catalán apenas lo hablan el 25% de los jóvenes que residen en Barcelona. Aunque no nos disgusta la otra realidad que nos ha dejado: La Cataluña de ERC y Junts ya no existe. Nuevas generaciones que viven ajenas a muchos de los dogmas que el nacionalismo utilizó durante décadas para crear una «identidad propia», a través de estructuras de adoctrinamiento como las aulas y medios de comunicación militantes (TV·, Catalunya Ràdio, etc.). Con todo, la famosa pax sanchista no deja de ser un espejismo: la división social no se ha suturado porque, como bien defiende el autor la actitud de las fuerzas nacionalistas, que «han sustituido la algarada por el chalaneo con el inquilino de la Moncla», sigue siendo esta: Ingrese puntual la transferencia, firme el indulto y déjenos mangonear sin interferencias «nuestra nación»: son los tres puntos del guion del único diálogo que espera de Sánchez la élite cataana, con la bendición de la Iglesia de homilía patriótica. [...] Pague y calle, paleto ―para resumir―.

Están invitados a adquirirlo y ayudarse a entender nuestra historia reciente.