domingo, 14 de junio de 2026

«La estela de los días (Me acuerdo)» e «Ideas en fuga», de Luis Valdesueiro o la autobiografía en pulsaciones.



Los caprichos de la memoria por la sierra de la existencia o las teselas azarosas del mosaico de una vida.

          Ajustado a dos modelos prestigiosos, pero poco frecuentados, Luis Valdesueiro nos ofrece dos libros de carácter autobiográfico, absolutamente inéditos en un autor  que, hasta hace muy poco, ha sido fiel seguidor, como él mismo lo recoge en  el día 76 de Ideas en fuga, de la luisiana vida retirada:  Muchas veces me acuerdo del consejo de Epicuro: «Vive oculto». Aunque soy más estoico que epicúreo, este consejo lo hago mío.  El primer modelo fue establecido por Joe Brainard, quien escribió su autobiografía experimental titulada I Remember, en 1970: recuerdos breves e independientes unos de otros, pero todo encabezados por el título del libro. Ocho años después, Georges Perec rindió homenaje a Brainard adaptando su recurso en su libro titulado Je me souviens. Más recientemente, en 2014, la mejicana Margo Glantz publicó su Yo también me acuerdo, si bien de carácter más misceláneo que los imitados, y el argentino Martín Kohan su Me acuerdo, en 2020. El otro modelo corresponde al autor francés a quien Valdesueiro dedica su libro, Édouard Levé, a quien considera el pionero de una técnica autobiográfica que él a su vez ensaya en Ideas en fuga. Ambas técnicas. La del Autorretrato o Autobiografía de Levé, pues de ambas maneras se conoce al libro —recordemos que era fotógrafo—,  tienen en común la ausencia de jerarquía con que se seleccionan los recuerdos. En el caso de Levé, la yuxtaposición de frases que son recuerdos, observaciones, aforismos, datos, observaciones, etc., se ofrecen al lector como una suerte de rompecabezas en el que, sin embargo, no se requiere ningún orden para extraer un mensaje concreto: el desorden es el mensaje. Pensemos en El jardín de las delicias, del Bosco, y sabremos que es nuestra mirada la que impone el orden de contemplación que, en realidad, no es tal orden, sino la recepción seccionada de la totalidad de tan magna obra. Esa impresión, la de pasar de una maravilla a un prodigio plástico, produce leer Ideas en fuga, aunque hay un mínimo orden, el temporal, porque la técnica se ejecuta en un periodo completo en el que el autor, Valdesueiro, escribe compulsivamente y sin censura racional o moral ninguna; tanto, que recuerda, en cierto modo, la escritura automática surrealista, si no fuera porque aquí todos los elementos observan una impecable lógica y tienen un referente real inequívoco, sobre todo para los hechos.

          Como lector tardío de autobiografías, reconozco que a cierta edad le adviene a cualquiera un impulso autobiográfico que cada cual satisface a su manera. Hará un mes, un vecino que conoce mis veleidades literarias vino a verme para contarme la historia de su familia durante la República y de cómo su padre se salvó dos veces de morir fusilado, razón por la que él se consideraba nacido doblemente. Enseguida entendió que la propia vida solo la puede contar quien la vivió, y que una autobiografía de mano ajena acaba siendo tan falsa como el Mi lucha particular del presidente del Gobierno, su Manual de resistencia. Quiero decir con esto que he leído con pasión estos dos libros de Luis Valdesueiro, no solo porque ambos nacimos el mismo año, 1953, lo cual significa que hemos vivido los mismos hechos históricos, a todos los niveles, sino, sobre todo, por el ejercicio de desvelamiento de muchos aspectos íntimos que hasta la escritura de estos dos libros, y a pesar de que nuestra amistad se remonta a cuando teníamos quince años y coincidimos, como él lo recuerda, en la misma academia, donde estudiábamos el bachillerato, yo desconocía, acaso porque no siempre las conversaciones giran sobre la intimidad de las personas: 195. Me acuerdo de las prostitutas que pululaban por la calle Montera. En esa calle asistí a la Academia Nobel. Se trata, además de aspectos que a mí me han impresionado, no solo por el hecho recordado, sino por la concisión retórica con que se recoge: 113. Me acuerdo de que mi madre no solía sonreír. Su tristeza era insondable o el terrible 416. No me acuerdo de ver a mis padres reírse, ni juntos ni por separado. Y se advierte, sin embargo, una rara congruencia vital en el corolario que significa, respecto de  lo anterior, este otro recuerdo: 192. Me acuerdo de que mi padre me preguntó una vez si era feliz. La pregunta me sorprendió.

          Son centenares, los recuerdos que comparto con el autor, y ello me ha llevado a leer su autobiografía, en parte, como la mía propia. y no en cuestiones trascendentales, sino en pequeños detalles de la vida cotidiana, todo lo cual me ha hecho sentirme más cercano aún al autor de lo que siempre me he sentido, desde que tuve, desde adolescentes, el privilegio de gozar de su amistad. Así, me ha llamado la atención este recuerdo:  13. Me acuerdo de unas vacaciones en que descubrí que un amigo dormía con un ojo abierto. A mí me ocurrió en mi propia casa, cuando me asomé a la litera de abajo para decirle una cosa a mi hermano y lo vi, mudo, mirándome con los ojos abiertos, pero sin responder a lo que le decía: ¡el terror que viví! En pocas películas de terror lo he pasado tan mal como aquella noche en la que me asomé a un durmiente con los ojos abiertos. Si consideramos este: 38. Me acuerdo de cuando había botones en los bancos, me viene a la memoria mi tocayo Juan Aparicio, con quien estudié en una academia que estaba situada en La Pedrera y con quien formé un grupo de teatro allá en el pleistoceno de 1972. Trabaja como botones en el Banco Condal y fue ascendiendo hasta que, ¡maravilla de maravillas!, le llego la jubilación privilegiada a los 54 años.  De otro orden son esos recuerdos específicos que tienen que ver con el arte o el léxico, como el  2. Me acuerdo de que, quizás antes de conocer la palabra esperma, los chicos usábamos la palabra lefa, y como yo conocí y usé la palabra en Murcia, durante mucho tiempo pensé que se trataba de un localismo murciano. El DILE lo recoge como deformación de «leche», pero ¡ya hay que deformar, ya...!

          Por si la numeración despista, recuerdo que La estela de los días está dividido en seis cuadernos y la numeración comienza de nuevo en cada uno de ellos. Tanto de esta obra como de Ideas en fuga, he hecho una selección, a modo del famoso botón de muestra, para que los intelectores de este Diario se percaten de la riquísima variedad de recuerdos que Valdesueiro ha consignado en ambos volúmenes, que se leen, sin embargo, como un solo texto coherente y apasionante. No solo tenemos, el texto, sino el contexto y, a menudo, el cotexto, si pensamos en todas aquellas citas literarias, filosóficas o históricas que han marcado, en cierta manera, la vida de autor, la mía y la de cuantos leyeren y tengan una edad parecida a la nuestra. Pongamos por caso esta de Cioran, autor del que fui auténtico devoto: 350. Me acuerdo de una frase de Cioran que acrecentó mi escepticismo: «Toda palabra es una palabra de más». O esta otra de Ideas en fuga: Día 30. Ahora, mientras escucho cantos gregorianos, me viene a la memoria un lema sartriano: «Hacer, y haciendo, hacerse». Vivir es eso.

          La pluralidad de niveles, porque el autor no desdeña absolutamente nada de lo vivido, y cuanto le viene a la memoria él lo recoge con idéntico valor, es una de las grandes virtudes del libro, porque permite unos cambios de perspectiva sorprendentes. Desde la admiración por lo exótico del recuerdo, la risa o sonrisa por lo chusco de algunas situaciones, la reflexión profunda y sombría sobre la deriva de la propia vida, o el agradecimiento por recordarle al intelector buena parte de sus propios recuerdos; por todo ello, estos dos libros funcionan, en cierta manera, como las viejas polianteas humanistas, donde se recogían noticias muy diversas que servían, ¡en aquella época!, no solo para el entretenimiento, sino también para la formación de los lectores u oyentes. Desde el 90. Me acuerdo de los monos procaces, y con el culo rojo, de la antigua Casa de Fieras del Retiro, que es uno de mis primeros recuerdos de niño, en el Madrid del 59, y que he revivido cada vez que he visto las escenas del zoológico de La mujer pantera, de Jacques Tourneur, hasta el 152. Me acuerdo de los cinturones forrados con monedas de dos reales, que, ¡afortunadamente!, me parecían una horterada mayúscula, pasando por  el 177. Me acuerdo de que había algo en la dicción de José María Rodero que me impedía apreciar lo buen actor que seguramente era. Yo echaba en falta llaneza, me parecía que hablaba con coturnos, apreciación que comparto totalmente. No pasaba lo mismo con Manuel Galiana, un joven actor de la época, y a quien vi en el teatro en Hay una luz sobre la cama, que me impactó fuertemente: ¡mi primera obra de teatro profesional!, porque, de aficionados, había visto La venganza de don Mendo, con mi hermano mayor en el reparto.

          He aquí, así pues, una brevísima muestra que espero alimente en los lectores de estas líneas el deseo de conocer ambas obras. Las dos, como el resto de su obra reciente publicada hasta la fecha están disponibles en Amazon, donde Luis Valdesueiro, que suma a la creación su pasión por la ortotipografía y la edición depurada, ha hallado un canal a través del cual poder, ¡por fin!, dar a conocer una obra gestada a lo largo de una vida retirada del mundanal ruido y entregada a la meditación del más nutritivo de los silencios. Pocos escritores, a mi humilde parecer de crítico perseverante y filólogo diletante, dan tanto y de tan alta calidad intelectual al intelector apasionado como estos libros de un autor al que quienes lo vayan conociendo pondrán en el lugar de excepción literaria que sin duda merece. ¡Ojalá esta presentación me convierta de Poz en Bautista...!

La estela de los días

Cuaderno I

1. Me acuerdo de Iglesias, olvidé su nombre. En la clase de don Felipe, por la tarde, se masturbaba. Recogía la libación en un cucurucho de papel. Tenía doce o trece años.

32. Me acuerdo de la época en que algunos atracadores te amenazaban con una jeringuilla impregnada del virus del sida, según decían.

73. Me acuerdo de que intenté escalar varias veces La montaña mágica antes de conseguir coronarla.

109. Me acuerdo de cuando veíamos Los intocables en el televisor de un vecino, a oscuras y en absoluto silencio. En aquellos tiempos ver la televisión era pura magia.

117. Me acuerdo de la primera película que vi en Madrid, en el cine Palace: El terror de las chicas, de Jerry Lewis.

126. Me acuerdo de una ocasión en la que tuve fuga de ideas y hablaba en aforismos.

136. Me acuerdo del Caballero Blanco de Ajax.

154. Me acuerdo de que el yate del rey Juan Carlos I se llamaba Bribón.

Cuaderno II

13. Me acuerdo de un libro sobre la Primera República en cuya portada aparecía la bandera de la Segunda.

41. Me acuerdo de la pera, el interruptor para encender y apagar la luz.

43. Me acuerdo del cine Chamartín, uno de los primeros en desaparecer. Se le llamaba el «palacio de las pipas».

47. Me acuerdo de que una vez comí madroños, recién cogidos del árbol, en un bosque cacereño.

61. Me acuerdo del chicle Bazooka. Un cilindro con ranuras alrededor.

72. Me acuerdo de cuando los churros se ensartaban en juncos y en las pescaderías se usaban helechos naturales.

78. Me acuerdo del recibo emitido por un comité anarquista durante la Guerra Civil: «Vale por un polvo».

84. Me acuerdo de la voz grave y seductora de Jana Escribano, presentadora de programas religiosos en la televisión durante muchos años.

106. Me acuerdo de cuando alguien llevaba a un enfermo, o una parturienta, al hospital tocando el claxon y sacando un pañuelo por la ventanilla del coche.

115. Me acuerdo de los insulsos dibujos de la Enciclopedia Álvarez.

137. Me acuerdo de que en los tebeos de Hazañas Bélicas los japoneses eran los «amarillos».

171. Me acuerdo de una curiosa negativa: «¡Ni hablar del peluquín!».

213. Me acuerdo de las mujeres que llevaban el hábito de nazareno en cumplimiento de una promesa.

229. Me acuerdo de cuando había que dar vueltas a una manivela para que los camiones arrancaran.

Cuaderno III

5. Me acuerdo de que me encaré con una pareja que no paraba de hablar durante la proyección de un documental sobre el pintor José Hernández, en el Palacio de Velázquez del Retiro.

14. Me acuerdo de Viseu, la ciudad portuguesa más triste que conocí. Daban ganas de llorar.

34. Me acuerdo del tiempo en que, cuando un hombre entraba en una tienda, las mujeres le cedían la vez.

56. Me acuerdo de que me sorprendía leer en las novelas que un personaje miraba a otro de hito en hito.

73. Me acuerdo de que en el UHF, como se llamaba entonces el segundo canal de la televisión, emitieron una versión de La metamorfosis de Kafka que me encantó.

159. Me acuerdo de la cinta de la máquina de escribir, roja y negra, stendhaliana.

183. Me acuerdo de que una vez deambulé por la calle Bravo Murillo sin esperanza, abrumado por oscuros pensamientos. Ante mí, todo se había vuelto ajeno.

191. Me acuerdo de cuando el arquero desnudo del logo de la editorial Seix Barral no tenía pene. Lo recupero después de la muerte de Franco.

201. Me acuerdo de que en algunos cines, en el descanso, aparecía un cartel que decía: «Visite nuestro ambigú».

223. Me acuerdo de Steve Reeves, el hombre fornido de los péplums.

238. Me acuerdo de las escupideras que había en los hospitales. También se usaban para tirar colillas.

Cuaderno IV

17. Me acuerdo de los caramelos SACI, de menta.

106. Me acuerdo de que a las chicas que jugaban con los chicos las llamaban marimachos.

164. Me acuerdo de que mientras leía Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade, no sentí la más mínima excitación sexual. Al contrario.

253. Me acuerdo del inmenso yugo y las flechas que había en la sede de la Secretaría General del Movimiento en la calle de Alcalá.

Cuaderno V

7. Me acuerdo de que la RAE propuso que al whisky se le llamara güisqui. Ante el escaso éxito de la propuesta aceptaron wiski.

29. Me acuerdo de cuando se esgrimía como argumento de autoridad «lo dice el periódico».

36. Me acuerdo de estas palabras, ¿o las he soñado?, dichas por mi padre, o por cualquier padre de su época: «Aquí mando yo, y se hace lo que yo diga. Y sanseacabó».

43. Me acuerdo del anuncio que hizo Gila, en el papel de paleto, de la cuchilla de afeitar Filomatic.

49. Me acuerdo de que en mi niñez me gustaban las bellotas de encina. Como a los cerdos.

98. Me acuerdo de que Chaplin se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y no ganó.

133. Me acuerdo de que no me aburría: sabía estar a solas conmigo mismo, y soportarme.

149. Me acuerdo de los bañadores Meyba, icono de una época.

162. Me acuerdo de los ceniceros de aluminio de la marza CinZano.

214. Me acuerdo de los pupitres de la Facultad de Filosofía. Eran los mismos que usaron los alumnos de Ortega, según comprobé gracias a una fotografía.

221. Me acuerdo de una amenaza antigua: «Te voy a romper la crisma». No conocía entonces el significado de esa palabra.

236. Me acuerdo del sifón, tan olvidado, al que RAMÓN dedicó algunas greguerías.

299. Me acuerdo del chisquero, el antiguo mechero con una piedrecita y un cordel de hilos entreverados.

462. Me acuerdo de que, hasta cierto momento de mi adolescencia, asistía a misa todos los domingos y fiestas de guardar.

479.  Me acuerdo de que Ubú rey comenzaba con esa exclamación: «¡Merdre!» (¡Mierdra!). En su estreno se consideró de una zafiedad monstruosa, y se organizó un gran escándalo.

528. Me acuerdo de que pronto aprendí que la necesidad y la libertad dirigen nuestros pasos.

540. Me acuerdo de que en casa de mis padres no se hablaba de fútbol, de política ni de religión.

625. Me acuerdo de la zarzaparrilla de las películas del Oeste. No sabía lo que era, ni lo tomé nunca.

723. Me acuerdo de los sacapuntas que tenían forma de U, con una cuchilla de lado a lado.

Cuaderno VI

43. Me acuerdo de frenar la bicicleta con el zapato.

84. Me acuerdo de que no supe o que la «s» líquida hasta que trabajé para un expríncipe rumano cuyo apellido empezaba por una.

135. Me acuerdo de que me daban repelús los sabihondos y las marisabidillas.

147. Me acuerdo del plumier de dos pisos.

179. Me acuerdo de las onomatopeyas, extrañas y originales, de los tebeos.

328. Me acuerdo de una foto tomada en Pompeya; sentado en unos escalones, aparento ser un joven interesante y lleno de curiosidad.

388. Me acuerdo del orgasmatrón que aparece en una película de Woody Allen.

458. Me acuerdo de una negativa escatológica entre chiquillos: «Y una mierda pinchá en un palo». ¡Qué cosa tan absurda! A las expresiones no hay por dónde cogerlas. Representan el genio loco de la lengua.

464. Me acuerdo de las holandesas: hojas más pequeñas que el folio y el formato DIN A4.

483. Me acuerdo de que descubrí a Kierkegaard gracias a Kafka. Fue una revelación. La enfermedad mortal me ayudó a lidiar con la desesperación, con la náusea de existir.

539. Me acuerdo de que me gustaba masticar granos de café y comer tiras de bacalao crudo.

640. Me acuerdo de que mi padre tenía muchas ganas de vivir mientras mi madre quería dejar de sufrir.

 

Ideas en fuga.

Día 2: Hay que ser muy optimista para creer que hablando se entiende la gente. [...] El acné, que amargó mi adolescencia, me salvo del narcisismo.

Día 3: En la pubertad empecé a escribir una novela del Oeste, y no pasé del primer capítulo.

Día 4: Tener razón me importa poco; más me importa que se respeten mis razones. [...] Aunque nadie quiere ser esclavo, no todo el mundo sabe ser libre.

Día 5: La igualdad de derechos no anula la desigualdad de facultades.

Día 6: Ser quien soy no me cuesta; lo difícil es llegar a ser quien quisiera ser. [...] No hace falta viajar, todo en la vida es viaje. Hay tantos necios nómadas como necios sedentarios.

Día 7: Los exhibicionistas colonizan cada vez más la realidad.

Día 8: Me sobran razones para ser modesto, y me faltan méritos para dejar de serlo. [...] «Estas mohíno», me decía mi madre cuando me atravesaba la niebla abúlica. Un refrán exacto: Donde no hay harina, todo es mohína.

Día 9: «La hipocresía disfrazada de indignación moral es repugnante».

Dia 11: Soy paciente hasta la impaciencia. No es fácil saber cuándo la paciencia deja de ser paciencia.

Día 12: Ni aun en momentos desesperados abdico de la razón: me vuelo loco, pero cuerdamente.

Día 14: He hecho muy poco para dejar de ser un autor casi inédito. En el metro, leo; en el autobús, me mareo. Me cuesta imaginar el mundo de un analfabeto. [...] No fui asiduo lector de periódicos. Mi padre los leía atrasados. Así se ahorraba la efervescencia de la actualidad.

Día 15: Leer de principio a fin Los cantos de Maldoror, del soi-disant conde de Lautréamont, exige mucha paciencia.

Día 16: La fe pone zancadillas a la razón, para que no moleste.

Día 17: Inoportuno, alguna vez lo fui; pero impertinente, nunca, que yo recuerde.

Día 18: Si alguien se equivoca, y es de los que se cuecen en su propia soberbia, no siempre le saco de su error.

Día 19: El presente no es huidizo, huidiza es la vida; el presente se mantiene firme en su sitio. Habitar el presente, sí, pero sin perder de vista la estela el pasado y el espejismo del futuro.

Día 22: En el campamento pasé tanto frío, aquel otoño y primeras semanas de un invierno glacial, que casi se me congela un brazo: acrocianosis fe el diagnóstico. Me dieron permiso para hacer la instrucción con guantes. [...] El olvido es la mala hierba que cree en la memoria.

Día 23: Si todos los libros fueran anónimos, ¿la historia de la literatura sería distinta?

Día 25: Desconfío de mi humildad; advierto en ella un oscuro atisbo de soberbia.

Día 27: Al final, de todas las colecciones que empecé, la más perdurable es la de los libros.

Día 28: Una cosa me gusta del zen: la renuncia a pensar lo impensable, el rechazo de los pensamientos inútiles.

Día 31: Cuando menguan las ganas de vivir, la vida se convierte en un sudario de plomo. [...] en algunos momentos me estorbo a mí mismo.

Día 33: La tranquilidad es un lujo, y cuesta caro.

Día 34: En los viejos tiempos, escribía por la noche; ahora que el viejo soy yo, escribo por la mañana.

Día 35: Un amigo pasó noches enteras fatigando los ojos al leer a la luz de una vela con el propósito de quedar exento del servicio militar. Se contaban historias bizarras sobre gente que quería librarse de la mili. [...] Donde hay mugre y miseria la impostura está ausente.

Día 36: Cuando estrecho la mano, soy comedido: ni flojo ni fuerte, ni larva ni garra.

Día 37: No he tenido maestro, no he sido discípulo. Lamento ambas cosas. [...] Era muy joven cuando fui por vez primera y acaso única, al Pozo del Tio Raimundo, a visitar al hermano menor de mi madre, que estaba muy enfermo. Cuando llovía, el barrio quedaba embarrado. Allí había mucha pobreza digna, mucha miseria humilde. Poco después, mi tío falleció. Era el único hermano de mi madre al que las secuelas de la guerra no llevaron a la cárcel.

Día 39: Durante años, mi escritorio fue el costado de una máquina de coser Sigma. [...] No ser hombre de consignas me aleja de cualquier militancia.

Día 43: Como vivía al lado de un matadero, y era migo de León, el hijo del guarda, jugábamos a deslizarnos con los garfios como animales vivos.

Día 44: El director de la revista Ínsula se apellidaba Cano, y el subdirector, curiosamente, Canito. Justicia poética en el escalafón. [...] ¿Es cierto que, cuando se casaron, su mujer le dijo al editor de Gallimard: Ahora yo meditaré, y tú me editarás?

Día 47: No envidio el éxito, envidio el trabajo que lo hace posible. [...] Hay que aprender del tiempo, que no duerme ni se atropella.

Día 50: Entre la fantasía y la realidad, prefiero una realidad en la que quepa la fantasía.

Día 51: Es una delicia todo lo que canta Joaquín Diaz, ya sean canciones sefardíes, romances o lo que sea. [...] Corrección, de Bernhard, es una novela hipnótica.

Día 57: Para leer a Lacan hay que ser francés o, mejor aún, alemán. Fue el dueño desconocido del impactante cuadro de Courbet El origen del mundo, con su lee contrapicado genital.

Día 63: Los suicidas, ¿quieren morir o no quieren vivir?

Día 64: Cosas ínfimas me sobrevivirán: una cuchara, un alfiler, un libro de bolsillo... ¡Qué triste!

Día 67: Las personas con fuga de ideas acaban siendo insoportables.

Día 67: La presencia de los autores es mayor cada día, lo que acaso sea bueno para el comercio y nefasto para la literatura.

Día 69: La pasión nos lleva a donde ella quiere; el amor nos centra en nosotros mismos.

Día 70: Para desvanecerse, la tristeza necesita tiempo; querer exiliarla antes de tiempo es contraproducente. [...] Más que esperar cosas de la vida, lo propio es ofrecérselas.

Día 75: Mushotoku llaman los japoneses a obrar desinteresadamente, sin esperar recompensa ni reconocimiento alguno.

Día 77: Al terminar la guerra, el dinero ahorrado por mis padres perdió su valor; años después, tuvieron que volver a casarse. Su matrimonio civil, celebrado durante la guerra, no era válido.

Día80: Mi ideal de vida no está lejos del que expresa Bernardo Soares: «Vivir con alegría y existir con claridad», pero la vida se empeña en poner zancadillas a tan loable propósito. [...] Alguna vez tendría que llegar tarde a una cita para saber qué se siente.

Día 85: Entre la angustia y la ansiedad, yo he sido más proclive a la angustia, esa contracción del espíritu.

Día 87: El cine fue el maná de mi infancia. [...] Alguien dijo que la madurez lo es todo; pero la madurez no es un regalo que nos haga la vida al cumplir cierta edad, sino una cima que hay que conquistar.

Día 89: Hace muchos años se me quedó grabada una máxima de Max Jiménez, escritor costarricense: «Quien busca consuelo en la filosofía se queda filósofo y sin consuelo».

Día 91: En las dictaduras se callan demasiadas verdades, en las democracias se dicen demasiadas tonterías. [...] Una tarde, un yeyé con zapatos de charol anunció en los billares que se iba a la plaza de toros de Las Ventas a ver la actuación de un conjunto inglés apenas conocido aquí. The Beatles.

jueves, 11 de junio de 2026

«Glosario de voces comentadas en ediciones de textos clásicos», de Carmen Fontecha: la lección permanente de las notas a pie de página, ¡ese festín!

 

El placer de la inmersión diacrónica en los usos léxicos de un idioma en permanente ebullición semántica.

        

Me he preguntado muchas veces de dónde me viene esta suerte de fetichismo de la palabra con el que convivo desde ni sé cuándo y que, lejos de mitigarse con la edad y las lecturas, ha ido fortaleciéndose de una manera que roza la obsesión. Es obvio que no soy el único lector aficionado a leer diccionarios, glosarios y libros que se centren en el léxico, pero reconozco que, a veces, un buen glosario se lo pone muy difícil a una buena novela, un poemario o algún ensayo. Foucault ya escribió en Las palabras y las cosas, que «lo que nos dejan las civilizaciones como monumentos de su pensamiento no son los textos, sino más bien los vocabularios y las sintaxis». Más tarde supe, leyendo a Eco, que esa idea no es original de Foucault, sino de Jospeh Marie Degérando, autor de  Des Signes et de l'Art de penser considérés dans leurs rapports mutuels, obra en cuatro volúmenes, de los que he encontrado tres en las digitalizaciones de Google y que ya me he descargado en mi Biblioteca online para acercarme a ella en cuanto pueda. El caso es que los lexicones siempre han formado parte de nuestra cultura e incluso se han especializado por materias y disciplinas, por lo que no es inusual encontrarse diccionarios de arquitectura, de términos médicos, jurídicos, botánicos o taurinos, entre miles de ellos. ¡Hasta tuve en mis manos uno sobre la masonería y otro sobre la numismática! Como la vida es corta, he de seleccionar. Pero no he podido resistirme a leer la selección que hizo Carmen Fontecha de estas voces que se presentan ante mí sobre todo desde los siglos xvi y xvii, aunque hay algunas anteriores y posteriores, por supuesto.

          Nunca he sabido responder a la pregunta sobre el origen de mi afición, aunque no me extrañaría que tuviera mucho que ver con un desagradable suceso de mi adolescencia, cuando, con once o doce años, en el curso de una pelea fraternal se me ocurrió insultar a mi hermano con un «palabro», así lo concebí entonces, que desconocía: «¡Sifilítico!», le grité con rabia. Llegado el insulto a oídos de mi padre, ignoro si vía materna, aunque es muy probable que así ocurriera, recibí una somanta de bofetadas y puñetazos que me dejaron baldado —mi progenitor era un gran aficionado al boxeo y a los toros, ¡y lo que agradecí entonces que no se metamorfoseara en un minotauro para zurrarme!—, pero en ningún momento me explicaron ninguno de los dos, ni mi padre ni mi madre, el significado del «palabro» en cuestión. Aún no tenía la costumbre de buscar en el diccionario, y toda mi ignorancia era por transmisión oral, de ahí que tardara algunos años en saber exactamente la barbaridad con que había insultado a mi hermano, quien ni se acuerda del hecho, cuando se lo he recordado. Haber escogido latín y griego en el bachillerato fue el paso decisivo, imagino, para ir construyendo una afición que devino pasión en pocos años. A fuer de justo he de reconocer que el consejo de Fernando Sánchez Dragó, quien no podía escribir sin tener el Casares junto a él, consejo que imité cumplidamente, tanto que destrocé nuestro ejemplar y, al final, hube de jubilarlo, no sin antes quedarme con la parte analógica, que aún sigo usando, fue decisivo para consolidar la pasión que aún me depara tan excelentes momentos de placer como el experimentado con la lectura de este glosario. Verificar el uso correcto de una palabra para mis pinitos literarios suponía hacer una exploración tan intensa en el Casares que me privó, sin duda, de escribir más, pero me permitió hacerlo mejor, con lo que salí ganando en el cambio. Tentado he estado de calificar de «razia» mis incursiones, pero la condición de «territorio amigo» del Casares me lo ha impedido.

          Al margen de las coartadas cultas y vitales, no sé si engolfarse tanto en los tesoros como yo lo hago tiene algo de evasión o de búsqueda de esa patria chica de la que todos blasonan y alardean con ufanidad y hasta un puntito de soberbia, porque no hay más que recordar que el chovinismo de Alacant, la millor terreta del món tiene su versión en todos y cada uno de los pueblos de la península e insulares. De todos modos, en el caso de Alicante, el origen de la frase se relaciona con una suerte de Vim decimonónico de gran éxito en toda España. Habiendo nacido en Tetuán (Marruecos) tiene algo de «destino» haber buscado en nuestro léxico la patria chica en donde, con toda propiedad, he nacido y en la que, de formas muy diversas y peregrinas, nunca he dejado de habitar. Y aquí estoy hoy, con mis compatriotas, pasando el rato y disfrutando de lo lindo, porque la parva selección que aquí ofrezco a mis intelectores es una gota del enorme caudal de noticias sorprendentes que ofrecen estas voces comentadas de los textos clásicos. Me ha traído a la memoria el volumen que Castalia dedicó a las voces comentadas en sus ediciones de clásicos, y que ha permanecido en mi mesa de estudio junto a otros diccionarios y lexicones, hasta que internet  me ha facilitado la búsqueda y he decidido buscarles un sitio de honor en nuestra biblioteca.

          Quizás una selección de la selección fuera del agrado de los «lectores perezosos», algo que ningún intelector de estos «ladrillos» que en este Diario publico es, porque un lector lento es una exigencia de la sensibilidad, pero un lector perezoso es la negación de la lectura. Voces hay más sorprendentes que otras, por supuesto, pero cada intelector sabe descubrir las bellezas filológicas en donde otros nada ven, porque la sensibilidad está muy repartida. Para mí son todas el más hermoso y frondoso bosque imaginable, por donde doy estos largos paseos que me reconfortan y animan para no perder la esperanza en el bien, la verdad y la justicia; un bosque que respira vida y que impide que lleguen a sus senderos bajo palio arbolado los gritos desgarrados de la carnicería que algunas actividades cometen con las palabras, algunas de las cuales darían su vida por no ser usadas y poder buscar amparo en bosques como este que aquí levanto para solaz de quienes en él quieran adentrarse.

Estoy convencido de que cada una de estas palabras podría dar pie a un jugoso intercambio de pareceres con quienes las lean, pero, dada la imposibilidad de sobrecargar más este edificio de estilo mozárabe (por los «ladrillos» lo digo...), yo mismo me abstengo de hacer algunos comentarios que me bullen en los dedos, ansiosos por destacar tal o cual sorprendente significado o expresión. Abierto está el bosque, erguidos los troncos de árboles tan hermosos como poco vistos. ¡Que disfruten del «Baño de bosque»!

 

 

Abéñola. Pestaña. (Fr. Luis de León.) Subsistió como sinónimo de orzuelo en Castilla y León, Rioja. Aragón y Navarra. pinnŭla → piñuela (etapa reconstruida); piñuela → biñuela / beñuela; de ahí las variantes abeñuela, abéñula, abéñola. Lo que no pudo fue competir con pestaña.


Abrinquiñado. Delicado, sutil. (López de Úbeda). Bien pudiera ser un hápax en López de Úbeda. Está emparentado con el lusismo brinco y brinquiño, y Úbeda lo usa en relación con la obra de orfebrería de la catedral de León. [El diccionario recoge, sin embargo, con errata, abrinquinado.]


Absintio. Ajenjo. (Espinel) Aunque esté cerca de la «absenta», esta es un préstamo tomado del francés absinthe, que sirve para denominar la planta, nuestro «ajenjo», y la bebida.


Adarvar. Aturdir. (Cervantes). Causar admiración. (Sebastián de Horozco). Aunque todo parece indicar que sea un derivado de «adarve», lo es, en realidad, del arabismo arb.  «golpe». De ahí ambos significados.


Agrura. Aspereza. (Autos, farsas, etc. del siglo XVI).


Aguanoso. Que solo bebe agua y no vino. (Quevedo). ¡Una maravilla!


Ajigolio. Afeite. (Quiñones de Benavente). Otra candidata a hápax en este autor. Parece una creación burlesca de ajolio, salsa de ajo y aceite, «ajiaceite», para indicar que el emplasto de la cara es como una salsa puesta en el rostro.


Alcachofar. «Alcachofar el alma», 'expansionarse'. López de Úbeda. Aunque suena a paradoja, dada la cerrazón de la hortaliza, aquí tenemos una visión de la alcachofa abriéndose para que emerja su hermosa flor de color violeta.


Algesán. Barra de yeso para escribir. (Bartolomé de Villalba y Estaña, autor de El Pelegrino curioso y grandezas de España.) He aquí un hermoso ejemplo de voz caída en lucha contra otra, de posible origen prerromano, más simple y efectiva: tiza. Algesán está emparentado con aljez, yeso, del árabe hispánico alǧaṣṣ (yeso), y en última instancia del latín gypsum.


Amapolarse. Pintarse la cara. (López de Úbeda)- Un uso metafórico que bien podría rescatarse en nuestros días, aunque andan los tiempos tan revueltos y trastornados, que difícilmente alguien se avergüenza de nada.


(ambausan). «En el estilo de ambausan». López de Úbeda. El genio lingüístico del autor crea una voz derivada del canónico «bausán», que tiene dos significados para el DILE: «1. m. y f. Figura humana, embutida de paja, heno u otra materia semejante y vestida de armas, que se hacía para simular un combatiente. 2. m. y f. Persona boba, simple, necia». Aunque la autora del Glosario la recoge como llana, es obvio que la lectura correcta ha de ser aguda: «ambausán». Para complicarnos la vida, el DILE deriva el término de un antiguo «babusana» cuyo origen se pierde en la abigarrada noche de los tiempos... ¡Mira que si es de origen vasco...!


Anaciado. Atontado. Juan de la Encina. Teniendo en cuenta que el DILE tiene «enaciado». Que define como «En la Reconquista, desertor que se pasaba al enemigo adoptando su lengua y su religión y actuaba como espía», acaso podamos deducir que el uso de Juan de la Encina es una variación, un caso de término histórico especializado que se desgasta hasta volverse insulto genérico; pero esto no pasa de hipótesis, por supuesto.


Antepós. Plato o principio con que se empezaba la comida. (López de Úbeda). Teóricamente, la voz se construye con «ante» y «pos», este último en calidad de abreviación de «postre», lo que nos da el significado de plato principal antes del postre. Aunque parezca tener alguna relación con antipasto, no tiene ninguna, pero ello mismo ya debería sugerirnos que la usáramos para denominar al primer plato de la comida. «¿Qué tomarán de antepós?». ¿no es una maravilla léxica? ¡Pues ánimo!


Apantomancia. Adivinación por las cosas que casualmente se encuentran. (Cervantes) Se relaciona con la «apofenia», término propuesto en 1958 por el psiquiatra Klaus Conrad, que consiste en «percibir patrones o significados donde no los hay». Lo cual se relaciona, a su vez, con la «pareidolia», que es un caso particular de apofenia: reconocer imágenes o sonidos familiares en estímulos ambiguos (ver caras en la Luna, por ejemplo).


Arbálias. «Ser un arbálias». Entremetido y hablador. (Quevedo, La visita de los chistes). Muy probablemente sea una variante quevedesca de un supuesto *Harbalias, de Harbar: «Der. del ár. hisp. aráb, y este del ár. clás. arāb 'arruinamiento'; cf. port. afarvarse 'afanarse'», según el DILE., donde se recoge sin acento, como es de suyo.


Arquimesa. Mueble para escribir. (Bartolomé de Villalba). El DILE lo define así: «Mueble con tablero de mesa y varios compartimentos o cajones». Se trata de una voz caída en desuso y sustituida por otras como secreter y buró, ambas de ascendencia francesa.


Assomado. El que ha empinado el codo en exceso. (Cervantes). Muy curiosa voz que tiene que ver con otra no menos inusual: «somo», procedente de summum y que manifiesta en topónimos norteños como Somo de Pas, Somo de Brenas, Somo de Lora, Somarriba, Somocueva o Somovilla. Originalmente somo era un apelativo común con el sentido de "parte alta" antes de fosilizarse en esos topónimos. Teóricamente, el significado de assomado habría de referirse a quien comienza a estar borracho, como lo recoge el DILE para la voz «asomado»: «principio de borrachera». De ahí que sorprenda el que se recoge en este Glosario. Renuncio a pensar que la doble ese sorda indique el duplo caminar sinuoso de los briagos, por supuesto...


Ataifor. Plato hondo. (Sebastián de Horozco). De origen árabe, se aplica en primera instancia a ciertas mesas bajas y redondas usadas por los árabes.


Ataujía. «Retrónicas y ataujía», 'retórica y primores de lenguaje'. (Mira de Amescua). Curioso uso metafórico por «damasquinado»: «Labor de adorno que se hace en una pieza de hierro u otro metal embutiendo filamentos de oro o plata en ranuras o huecos previamente abiertos», para referirse a los adornos lingüísticos...


Azumbrar. Trasegar copiosamente del jarro al estómago. (Pedro Espinosa). El DILE no la recoge, pero tampoco recoge «azumbre» como «jarro o pichel». Es probable que la interpretación de Rodríguez Marín usara metonímicamente la medida, que sí recoge el DILE, para designar el jarro.


Badajada. Desconcertar las badajadas. Salir de seso. (Francisco de Rojas). Se explica sola. No atinar con las campanadas es, en efecto, salir de la cordura...


Ballenato. Natural de Madrid. Apodo de los madrileños. (Cervantes). Tiene su origen en la conseja de haberse propagado el rumor de haberse avistado una ballena en el Manzanares y haber corrido los madrileños a verla y pescarla...


Barveza. Refacción ligera. (Juan de la Encina). «Aballemos sin pereza, / vamos a tomar barveza / y a gasajar con su madre». Se canta en una égloga de Juan de la Encina. Aunque pudiera pensarse que estamos ante una sonorización inicial de «parva» o un derivado hipotético, *parveza, es difícil sostenerlo, dada la resistencia al cambio de las consonantes iniciales. La palabra aparece en portugués: Porque o Senhor olhou a barveza de sua serva, un versículo de Lucas 1:48, quia respexit humilitatem ancillae suae, que puede ser traducido como   «Porque el Señor observó la humildad de su sierva». Lo que está claro es que entre humildad y refacción ligera hay una contigüidad de significado evidente. De ahí a sacar conclusiones media un trecho largo.


Barzón. Paseo ocioso. (Lope de Vega). Voz exótica, hoy, para nosotros, pero acaso fácilmente comprensible para una sociedad eminentemente agraria, porque el barzón es una pieza que gira o acompaña el movimiento del tiro y como el arado describe trayectorias de ida y vuelta. Bien puede deducirse de ello que se anda o pasea ociosamente, sin ir a ningún sitio determinado.


Becoquín. Solideo con orejeras. Gorra con dos puntas que cubren las orejas. (Lope de Rueda). Recuerdo que en mi infancia en el frío Madrid, mi madre hablaba el pasamontañas para la gorra con orejeras, que equivaldrían, imagino yo, a este delicado «becoquín».


Berza. Mezclar berzas con capachos. (Cervantes) La usa Sancho para criticar que se mezclen cosas diferentes y se induzca a confusión.


Bribia. Arte picaresca. La bribia. La vida de los bribones. (Quevedo) De esta derivan «bribiar», que es andar en vida de mendigo y la expresión «arte bribiática», que vale profesar la mendicidad por holgazanería.


Bugre. Extranjero. (Quevedo) y sodomita (Vélez de Guevara). Pues ahí donde se ve y oye, tan cerca de mugre, se trata de un insulto con cierto pedigrí, porque procede del francés bougre, que a su vez viene de bulgare 'búlgaro', especializado en ambos significados porque la Iglesia consideraba herejes a los bogomilos búlgaros. Y de «hereje» a «pecador nefando» se ve que solo había un paso cortísimo en aquellos tiempos...


Bujeta. Caja o pomo para guardar perfumes, que fue primeramente de boj. (Esteban Manuel de Villegas).


Burrajear. Escribir mal. (Quevedo) Borrajear con la pluma. De la familia de la «borra» y del «borrón», se trata de escribir como quien deja esparcidos borrones a diestro y siniestro.


Cabitonso. Calvo. (Bartolomé de Villalba). Por si no bastara con «recalvastro», aquí aparece este «cabitonso» tan sonoro como gráfico. ¡Un acierto!


Çacaças. Pan con agujas dentro para matar perros. (Fernando de Rojas). Desgraciadamente sigue existiendo esa terrible y cruel costumbre. Ahora rellenan salchichas en vez de trozos de pan, pero la maldad sigue siendo idéntica.


Cahíz. Hasta que el sol muestra el cahíz del reloj.  (Tirso de Molina). Es decir, hasta que dan las doce. Y se dice así por las doce fanegas que contenía un cahíz. ¿No es una maravilla, el ingenio popular?


(callar). «Al buen callar llaman santo». (Mateo Alemán). Convivió siglos con Sancho y, posteriormente, el éxito de Don Quijote, consagró Sancho y postergó santo.


Cantarranas. Calle de Madrid (Cervantes) Hoy es la actual Calle Lope de Vega, en el Barrio de las Musas.


Capitoso. Terco. (Antonio de Guevara). Está en el DILE, pero no en nuestras bocas, y la verdad es que es un adjetivo contundente y hermoso.


Caxquillo. El hierro que iba en la punta de la saeta. (Fernando de Rojas). Curioso cambio semántico de la flecha a la bala. Y también tenemos el modismo «reír a casquillo quitado», que bien podríamos revitalizar, de puro gráfico.


Cazasiglos. Persona muy vieja. (Quevedo) Don Francisco poniendo siempre el dedo en la herida...


Cazolero. Natural de Valladolid. (Cervantes) Ese gentilicio tan curioso se debe a la fama que tenían los artesanos que hacían cazuelas de barro en aquella villa.


Cica. En germanía, bolsa. (Cervantes). Y de ahí «cicatero», que, en origen, era el ladrón de bolsas o cicas. Ahora, para e DILE es la tercera acepción, por detrás de la mezquindad y ruindad de la primera, asociada al hispanoarabismo  *siqá, que vale la «acción de remolonear un caballo».


Çinçonte. Pájaro americano. (Vélez de Guevara). Una célebre película, titulada Matar a un ruiseñor tiene, curiosamente, el pájaro cambiado, porque mockingbird en inglés no se refiere al ruiseñor, que es nightingale, sino al «sinsonte», este çinçonte que usó Vélez de Guevara  y que recientemente ha aparecido en la portada del libro de Walter Tevis, Mockingbird,  con toda propiedad.


(clavo) «Poner un clavo y una S en las mejillas», señales de


 esclavitud. (López de Úbeda). Forma parte de la popularidad de las 


divisas, aunque esta de carácter infamante.


(coleta). «Metí yo mi coleta». 'adición breve al discurso o materia de que se trata' (López de Úbeda); 'razón o palabra que se dice como al descuido para recordar una especie o motivar que se hable de ella' (Mateo Alemán). La «coleta» vendría a ser en las conversaciones de las gentes lo que las «morcillas» de los actores en los diálogos teatrales dichos en escena.


(colorín) Colorín colorado. Un baile de este nombre. (Vélez de


 Guevara). Sorprende que antes de que fuera una formula de cierre de los cuentos, «colorín colorado» fuera un baile, por más que no tengamos noticias de cómo fuera, solo el nombre, uno más junto a otros como «bullicuzcuz», «avilipinti», «carcañal» o «zambapalo»...


(consejo). Tribunal. «En consejo de bellacos, razonamiento de 


trapos».(López de Úbeda) ¡Para cuántas situaciones es válida esta 


afirmación! ¡Sobre todo en cónclaves políticos!


Corchapín. Calificativo injurioso aplicado a una persona. (Cervantes). Tendríamos que tirar de etimología para intentar deducir del «corcho» y del «chapín», calzado con suela de corcho, el carácter injurioso del insulto. El DILE, por cierto, solo lo recoge como «escorchapin», para una embarcación que transportaba soldados y bastimentos.


Cordelejo. «Dar cordelejo», 'probarle a uno la paciencia con chanzas o ironías' (Cervantes; 'dar zumba' (Mateo Alemán). El DILE lo recoge en segunda acepción como «dar largas», pero mucho me temo que esta expresión se ha vuelto sinónima de la de «dar carrete», no tanto en el sentido de dar largas, como en el de incitar a alguien a hablar o a seguir haciéndolo.


Cunquibult. Deformación de las primeras palabras del credo de San Atanasio: Quicumque vult salvus esse, «todo aquel que quiera salvarse»... Se usaba para denominar a un ridículo afecto a los latinajos.


Chapa. «Hombre de chapa», 'Hombre de seso y formalidad' (Cervantes). Me llegan lejanos ecos de la memoria de haber oído esta expresión, aunque en nuestros tiempos, desde la época de os quinquis, se hable más de los «chaperos», 'prostitutos masculinos', por supuesto.


Damo. «A lo damo», 'a lo señor'. (Cristóbal de Castillejo). Ya es curioso este masculino de dama que jamás hemos usado de algunos siglos a esta parte, aunque, en estos desgraciados tiempos del lenguaje inclusivo, bien pudiera emplearse y recuperar su existencia en el habla.


Desainado. Sin grasa. Es «saín» voz frecuente en los crucigramas, pero esta voz, desainado, da un paso más allá, en la medida en que son tantísimos los productos que se venden sin el saín que nos arruina la figura y desordena la oficina del estómago.


Diacitrón. «Conserva hecha de la carne de la cidra». (Cervantes y Lope de Rueda). No hay que ser muy espabilado para darse cuenta de que con enorme dificultad podría diacitrón competir con el tradicional «cabello de ángel»...


Doncelliponiente. «Joven aún poco experimentado» (Vélez de Guevara).¡Y anda que no hay doncelliponientes en la política...!


Dormidura. «Escalfar una dormidura», 'echar un sueño'. (Varios autores). Hay que reconocer que usar esa expresión para referirse a lo que Cela llamaba el «yoga ibérico» es todo un lujo léxico, ciertamente...


Edomada. Semana. (Sebastián de Orozco). Lo propio es hebdómada, según el DILE.


Empleo. Noviazgo. (Lope de Vega). Ya es curioso que una voz asociada tantísimo al mundo laboral hubiera significado una relación amorosa en la época clásica. ¡Y cómo no lo iba a saber Lope, «empleado» ejemplar...


Engomado. «Muy de copete engomado», 'tieso y acicalado'. (Cubillo de Aragón). En buena lógica, se creó «engomadero» para 'presuntuoso, estirado'.


Escombrar. Limpiar la garganta, tosiendo y escupiendo. (Cervantes). Es muy probable que proceda del catalán, en el que vale «barrer».


Espetera. «Estar en espetera», 'se dice de las muchachas que en un baile están esperando a que las saquen a bailar'. (López de Úbeda). No recoge el DILE este modismo, pero es de una calidad metafórica extraordinaria, teniendo en cuenta que en la espetera esperan los utensilios de cocina a ser usados.


Falsopeto. Faltriquera falsa contra ladrones de bolsas. (Lazarillo). Bolsillo en el entreforro del sayo (Mateo Alemán). ¡Qué necesaria esta voz en tiempos de tanta inseguridad ciudadana!


Freza. Estiércol de puerco (Eugenio de Salazar); «las freces del cocodrilo». (Fray Luis de León). Curiosamente, yo tenía presente la seta acepción del DILE: «f. Cineg. Señal u hoyo que hace un animal escarbando u hozando», y desconocía estas dos, tan dispares, por cierto, pero herederas del mismo origen latino: faex, faecis, que vale «poso, sedimento, residuo».


(gajo). «Alzar el gajo», 'ensoberbecerse'. (Varios autores). Es muy probable que se trate de una expresión de origen portugués: levantar o galho, que vale por «levantar una rama caída». Lo cierto es que el uso de gajo sorprendería mucho a nuestros interlocutores, aunque gajo tiene como tercera acepción en el DILE: m. Rama de árbol, sobre todo cuando está desprendida del tronco. ¡En fin, esos misterios tremendos de la lexicología...!


Galfarro.  Hombre ocioso y de mala vida. (Diego de Villalobos y Benavides). Es voz que se emplea para el gavilán, en tanto que ave de presa. El «galfarro» se asociaba con el hurto. Curioso, el origen incierto de esta voz, tan sugestiva.


Galochear. Picar con la garrocha. (Bartolomé de Villalba). Garrochero se usa, al parecer, para quien pica a las reses en el campo, pero bien podría usarse para el «picador» de los festejos taurinos. Sería un bonito detalle de arcaísmo.


Gazatón. Disparate. (Bartolomé de Villalba).Es curioso que esta voz se relacione con gazapatón. Según el DILE «del lat. tardío cacemphăton, y este del gr. κακμφατον kakémphaton, der. de κακς kakós 'malo' y μφανειν emphaínein 'expresar'. m. Expresión malsonante en que se incurre por inadvertencia o por mala pronunciación», esa mala pronunciación que advertimos en «gazatón».


Godeña. Prostituta rica. (Cervantes). Se deriva del «godeño» usado para personas ricas y principales.


Guadramaña. Ficción o embuste. (Sánchez de Badajoz). Deformación, al parecer, de «Guadarrama», un puerto difícil de cruzar por los bandoleros y otras asechanzas.


Guizque. Doble gancho de hierro fijo en la punta de un palo que usan los tenderos. (Pedro Espinosa). La palabra también designa al aguijón, y se extiende por zonas muy concretas de la península. A su manera, se refiere al mismo instrumento que en lengua náutico llamamos «bichero».


Gulloría. Pajarillo muy sabroso y delicado. (Cervantes). El DILE identifica ese pajarillo con loa calandria, famosa para los amantes de la literatura por el Romance del prisionero, y añade como segunda acepción «gollería», que le sirvió de título a Ramón para un libro suyo muy entretenido: Gollerías, con el que quiso inventar un nuevo género con el competir con sus propias greguerías.


Gustonería. Afición decidida por una cosa. (Bartolomé de Villalba). ¡Qué voz tan expresivísima que nos hemos perdido durante tanto tiempo para esas aficiones confesables e inconfesables a las que nos entregamos con deleite y perseverancia!


(hablar) «Hablen cartas y callen barbas», (Cervantes). 'Indica ser ociosas las palabras cuando hay pruebas'.


Harbar. Hacer  una cosa muy deprisa. (Cervantes). Comer deprisa.(Juan de la Encina). Es palabra totalmente olvidada en el DILE: «harbar. Der. del ár. hisp. aráb, y este del ár. clás. arāb 'arruinamiento'; cf. port. afarvarse 'afanarse'. 1.intr. jadear. 2. intr. desus. Hacer algo deprisa y atropelladamente. Era u. t. c. tr.».


Hebra. La pate magra del jamón. (Lope de Vega). Ojalá la recuperáramos para sustituir el «corte» o  la «veta» actuales, tan minera esta última...


Hembro. Mujer hombruna. (Quevedo) Como variante de «virago», no deja de llamar la atención, desde luego, y más en eta época del bien denostado lenguaje inclusivo....


Hominicaco. Hombre pusilánime, despreciable y de mala traza. (López de Úbeda). Deriva del famoso cruce entre «monigote» y «macaco», que dio «monicaco, y de esta el «hominicaco» que aquí traemos...


(hueso) «Desenterrar los huesos», 'murmurar'. (Quevedo). Cómo se nota la imaginación quevedesca...


Islilla. Sobaco. (Sebastián de Horozco). ¡Sorprendente, la evolución léxica de ciertas palabras. Esta que aquí, hoy, consideraríamos diminutivo de «isla», no tiene nada que ver con esta, sino con «axila», siguiendo este itinerario: axilla → aliella → aslilla → islilla. En el xvi, era tan común para sobaco como lo es esta hoy para nosotros.


Izquierdear. Apartarse del camino derecho de la razón. (Cervantes). Pues ya está.


Jabonar. Tratar a alguno mal de palabra. (Cervantes). También se usaba «dar un jabón», con el sentido de reprimenda o zurra física, por cómo las lavanderas «maltratan» la ropa sobre la tabla cuando lavan. A partir del XIX, de los efectos del jabón para ablandar la ropa surgió el «dar jabón» en el sentido de «lisonjear», que es el único de los dos que ha sobrevivido.


(janual). «Palabras januales». De dos caras. (Mateo Alemán). Un


 extensión mitológica precisa y expresiva. Muy útil para los políticos 


de nuestros días. Aunque lo propio es que desconozcan quién fue 


Jano, cómo se le representaba y qué mes se le dedica...


(jo) «Jo que te estriego», 'frase para alejar a una persona molesta'. (López de Úbeda). «Estriego» deriva de «frotar» o «sacudir». Originalmente, era una frase dirigida a las mulas para obligarlas a caminar a base de fustazos o golpes, y por extensión, pasó al lenguaje popular para referirse a alguien que necesita ser reprendido o puesto en cintura.


(juan) «Hacer San Juan», 'mudar de amo'. (Lazarillo). «San Juan y ciégale», 'invocación de los criados a su santo patrono ara que sus amos no vean sus faltas'. San Juan es fecha señalada no solo para esas mudanzas de amo, sino también para la renovación de los contratos por las casas, pagar censos, ajustar salarios, mudar el ganado a otros pastos, etc. A su manera, San Juan funcionaba como un Año Nuevo a mitad de año.


(majar). «Majar en hierro frío», 'trabajar inútilmente'. Lo propio, desde hace mucho, ha sido «majar ajos», y ahí se nos agotaba este «majar» que para el DILE es «Der. del ant. majo 'mazo de hierro', y este del lat. malleus 'martillo'». Ahora tenemos la oportunidad de evitar esa confusión tradicional entre «batirse el cobre» y «*partirse el cobre».


Malívolo. Malévolo. (Micael de Carvajal). Aun siendo tan iguales, qué duda cabe de que hay en «malívolo» una reprensión ligera y afectuosa, frente a malévolo, que acusa mayor distancia y frialdad.


Mamullar. Pronunciar como mamando por falta de dientes. (Quevedo). De «farfullar» a «mamullar» hay ese abismo de la edad que acaba con todo, máxime con los dientes, que raramente nos acompañan íntegros, pasados los noventa. Asociada a  «mascullar», de la que toma ejemplo, porque «mamullar» viene de «mamar», este uso es posterior al tradicional «mascullar», que procede de «mascar», pero tan expresivo como él.


*Manigoldo. Bribón. (Cervantes) Según la IA, porque el DILE no recoge la palabra, «la etimología más aceptada lo hace derivar, aunque con algunas dificultades, de un antiguo nombre o término de origen germánico, relacionado con mundwalt o mundualdo. En español aparece desde época medieval con el significado de verdugo, sayón, ejecutor de castigos, y de ahí pasó después al sentido más general de «malvado, canalla, bellaco». Como Cervantes estuvo en Italia, es muy probable que recogiera allí el uso que hoy aparece en su obra. La fundación Treccani refuerza la información de la IA: «manigóldo s. m. [prob. alterazione del germ. mundwalt: v. mundualdo]. – 1. ant. Carnefice, boia, o anche assassino, aguzzino e sim. 2. Nell’uso com., furfante, briccone: razza di manigoldi!; spesso con tono scherz.: guarda che cosa ha combinato quel m. di tuo figlio; con funzione attributiva: Poi che d’innumerabil battiture Si vide il m. Amor satollo (Ariosto). Nell’uso pop. è usato anche il femm. manigolda».


*Matalaf. Colchón. (Lope de Rueda). Pues sí, parece que compartíamos palabra, el catalán y el castellano, para idéntico objeto: el colchón.


Obispa. La coroza de los condenados por la Inquisición. (Quevedo) He aquí un uso de obispa que se aparta del que recoge el DILE, la dignidad eclesiástica de obispo ejercida por mujeres en la iglesia anglicana. «Obispa» es voz que, por vía metafórica, designa la coroza de los castigados por la Inquisición, dada su semejanza con la mitra episcopal.


(pan). «Buscar pan de trastrigo», 'buscar ocasión de enojo con demasías imposibles”. (Cervantes). 'Buscar una cosa fuera de sazón, inoportuna'. (Cervantes)


(perro). «El perro de Alba», 'perro que por instinto descubría y mordía a los judíos'. (López de Úbeda). ¡Extraordinario descubrimiento! ¡Cómo no recordar la terrible e impaftante3 película de Samuel Fuller, Perro blanco, la historia de un perro adiestrado para atacar exclusivamente a personas negras! «Nunca más perro al molino», 'dicen esto las gentes escarmentadas del mal que les sucedió'. (Fernando de Rojas).


Peruétano. Pera salvaje o borde. (Cervantes). Hoy es prácticamente un fósil léxico, pero no está de más recordar su existencia y, ¡quién sabe si su uso en contextos muy precisos del ámbito rural!


(pie). «Con gentil compás de pie», 'con gran prisa'. (Cervantes). Pues esto es la elegancia en el decir, ciertamente.


Pinganillo. Carámbano, especialmente en el que se forma en el alero de los tejados. (López de Úbeda). Ha de saberse que la voz deriva del leonesismo «pingar», recogido por el DILE con un significado de «pender, colgar», en su segunda acepción. Ignoro la presencia viva que tendrá el término en el norte frío y propenso a las nevadas, pero la acepción de auricular ha eclipsado, no sé si definitivamente a este «hielo pendiente» en los aleros de las casas del norte de nuestro país.


Pobra. Femenino de pobre. (Bartolomé de Villalba). ¡Mas leña al lenguaje inclusivo...!


Polaco. Individuo de la claque teatral madrileña del siglo xviii. (Moratín). De hecho, «polacos» eran los seguidores del Teatro de la Cruz, mientras que a los seguidores del Teatro del Príncipe, del que el Teatro Español en Madrid es su heredero, se llamaban «chorizos». Se desconoce el origen cierto de «polaco» para definir despectivamente a los catalanes en el resto de España.


Popar. Adular. (Cristóbal de Castillejo). Despreciar. (Cervantes). «Dar a otro palmadas con aire de desprecio»- (Cervantes). Derivado de «palpar», según el DILE, ¡qué significados tan opuestos nos ofrece el contacto físico entre individuos!


Poralizar. Charlar. (Bartolomé de Villalba). Al parecer, estamos en presencia de una evolución fonética que nos lleva de «parlar» a «parolar», y, a partir de aquí, a la evolución popular: parolar → poralar / poralizar, merced a fenómenos lingüísticos tradicionales en el uso del castellano en épocas antiguas, la epéntesis, el cambo vocálico y la derivación expresiva.


Proejar. Remar contra la corriente con fuerza. (Vicente Espinel). Otro fósil léxico que, sin embargo, bien pudiera tener uso en el ámbito de la política, donde, tan a menudo, sus protagonistas están obligados a hacer frente a las adversidades con cuanta determinación les permitan los datos que obren ya en la Justicia ya en la opinión pública. Desde aquí abogo por que, en un país de tanta tradición naval, proejar vuelva a surcar las turbulentas aguas de nuestra habla.


Propina. Estipendio que recibían los claustrales por su asistencia a los actos académicos. (Diego de Torres Villarroel). Es curioso que de esa vida académica acabara sobreviviendo en el mundo extenso de los servicios.


Quellotranza. Angustia. (Juan de la Encina). El DILE recoge «quillotranza», pero esas variaciones vocálicas son fruto de las indecisiones que en todas las épocas tienen los hablantes, hasta que se fija universalmente una forma. El significado es el mismo, y tiene relación etimológico con «aquello otro», es decir, ese «no sé qué» que tanto y tan bien uso la mística castellana del xvi.


Redomazo. Golpe dado por agravio con una redoma llena de cualquier líquido que mancha o huele mal. (Cervantes). La redoma tiene una larga tradición en nuestras letras, y en las ajenas, como en el Orlando furioso, de Ariosto, por ejemplo.


Refirición. Relato. (Bartolomé de Villalba). Ya es extraño que en DILE no recoja el sustantivo abstracto de «referir», porque es voz precisa y oportuna. Sí, está fuera de duda que «relato» —¡y más en estos enrevesados tiempos políticos de agitación y propaganda!— le ha ganado la partida, pero cuanto más la leo más me convenzo de su idoneidad.


Rijoso. Indómito. Furioso. (Fernando de Rojas). No tardó mucho en desplazarse el significado de «fogoso» a la pulsión sexual.


Rocín. Potro que por no tener edad o ser de mala raza no merece el nombre de caballo. (Cervantes). La recepción, pues, de Rocinante como un caballo 'para el arrastre' no se compadece con la realidad.


Santiscario. Caletre. (Cervantes). «De mi santiscario», 'de mi cosecha'. (Cervantes). No hallo un origen preciso de esta voz asociada a “caletre”, pero, teniendo en cuenta el uso de santa o santo para referirse al cónyuge o la cónyuge, es probable que, por eco del “almario”, como deposito de la interioridad individual, «santiscario» aparezca como el núcleo de la imaginación creadora propia. Y hasta aquí una muestra del fértil terreno de las hipótesis que requieren, sin embargo, mayores conocimientos filológicos para establecer un origen y la razón de un significado.


Semínima. «La semínima», 'la menor cosa'. (Cervantes). El DILE lo recoge en plural, «semínimas», como haplología de semi y mínima con el significado de «menudencias». La verdad es que se nos presenta como una voz que ni pintiparada para describir infinitos discursos que hemos de sufrir continuamente por parte de muy variados interlocutores...


Sietepicos. Mujer muy parlera. (Quevedo). Sin comentarios...


Sobarcar. Llevar alguna cosa de mucho bulto debajo el brazo. (Fray Antonio de Guevera). Voz expresiva y necesaria donde las haya, y lo digo en calidad de jefe de intendencia de mi hogar...


Tabaque. Canastillo de mimbres. (Lope de Rueda). «Como peras en tabaque», 'guardado y colocado con esmero'. (Cervantes)


Tapetado. «Cuero envesado, dado color negro». Vélez de Guevara. «Gente tapetada». 'de color moreno'. (Vélez de Guevara). Curiosa voz que es prima hermana de «prieto» para «negro». Tapetado viene de «tabido»,  esta de «tupir» y esta, finalmente, de stupēre. Que, a su vez, tiene que ver con «estupefacto». Prieto, por su parte, viene de appectorare.


Tenebregura. Oscuridad. (Varios autores). Cualquiera reclamaría, orgulloso, la paternidad de este neologismo que nos llega de siglos tan distantes sin perder un ápice de su belleza formal y conceptual. Con razón el DILE la recoge como «desusada». Y por esa misma razón, qué poderoso acicate para volver a usarla.


(tocar) «tocar de la tarántula», 'arreglarse el cabello con los dedos'. (Vélez de Guevara). Un juego conceptual muy propio el barroco: los dedos por el pelo como las patas de la tarántula.


Toste. «Toste priado», 'Muy pronto'. (Juan de la Encina).Curioso este fósil casi imposible de ser revivido en nuestra habla, hoy. Y lo curioso es que el origen lo encontramos en que algo tostado, tostus se cocina rápidamente. «Priado», por su parte, procede de «priessa»/«prisa».


(tresquilar). «Tresquilar a cruces», 'sin orden, cruzándose las tijeradas como se hacía con los blasfemos'. (Fernando de Rojas). Una manera de humillar a los perseguidos por herejes o simplemente blasfemos.


Vaca. Mujer pública. (Cervantes). «Meter o tener vaca en la dehesa». 'tener mujer puesta a ganancia en la mancebía'. (Lope de Rueda). La pudibundez de la RAE habrá impedido que se recoja esta acepción clásica de «vaca», aunque el hecho de que haya sido de dominio público en tiempos antiguos creo que merece que se recoja.


Vedijudo. Peludo. (Lope de rueda). Vedijas es palabra común, pero 


este derivado, tan propio de nuestros usos lingüísticos, no ha hallado 


fortuna entre los hablantes. A ver si ahora...