miércoles, 27 de julio de 2022

«Tres elegías jubilares», de Juan José Domenchina o el desarraigo.

 


Ajuste de cuentas éxtimo e íntimo de un poeta hoy «mayor», a fuer de honda lucidez y emotiva honestidad, y ayer «menor» para los perdedores estalinistas de la Guerra Civil

         Llevaba ya un tiempo este libro de Domenchina en mi estantería/antesala de lecturas e ignoro por qué extraña connotación de «jubilar» había dado por supuesto que se trataba de poesía religiosa, lo cual me frenaba para meterme en él, aunque desde las poesías de Juan de la Cruz a las propias de Unamuno o, más tarde, de Blas de Otero, la religiosidad nos haya ofrecido cimas poéticas extraordinarias que yo he degustado con fruición.

Sería una manía, arbitraria y poderosa como todas, y así fui dejando pasar el tiempo hasta que mi condición actual de oldysitter regular me indujo a llevarlo conmigo en mi último viaje asistencial, porque se trata de una lectura que puede interrumpirse fácilmente para cumplir con los sagrados deberes de los cuidados. Apenas entré en la Primera elegía se deshizo el prejuicio y emergió un libro que me dejó sorprendido a fuer de preocupado por los intentos actuales de dictarnos la memoria histórica. Me explico. La Primera elegía jubilar es un poema en clave que responde al despiadado ataque de León Felipe a Juan Ramón Jiménez, en 1940, con el poema El gran responsable, que hirió profundamente  a Domenchina. El poema atacaba su poética y, sobre todo, la presunción juanramoniana de ser «el» poeta por excelencia: recuérdese aquello de «yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados». Añádase a ello los «desencuentros» con León Felipe, primero, según María Aurora Jáuregui, porque León Felipe fue el promotor de la inadmisión de Domenchina en la Alianza de intelectuales antifascistas; y, segundo, por el furibundo ataque que el poeta zamorano escribió contra la publicación de la Antología de la poesía española contemporánea (1909-1936), de Domenchina.

Domenchina, fervoroso juanramoniano y, en su calidad de mano derecha de Azaña, fervoroso anticomunista, escribió, entonces, esta Primera elegía en parte a imitación de aquellas batallas de ingenios del siglo XVII, y aunque está claro el objetivo y la persona a quien se dirige, el poeta León Felipe, elude citarlo en el poema pero facilita las pistas que llevan a los lectores a la identificación. La Primera elegía, sin embargo, no es meramente una defensa acérrima de la estética juanramoniana, sino el primer movimiento de un intento muy logrado de expresar el dolor del desarraigo, del transterramiento, y de la desasosegadora pérdida de impulso vital que el poeta refleja en el oxímoron del título: «elegía jubilar». El poeta se siente fatalmente mortal y a lo largo de las tres fases de las «elegías» va desgranando una visión y un sentimiento de la realidad que constituyen una suerte de reivindicación de sí mismo y exhibición de su credo vital y poético, porque, uncido a la poesía, y a pesar de su trayectoria política, el poeta no parece tener vida fuera de la poesía: en ella se cumple su destino y en ella nos ofrece la penúltima visión de sí mismo, muy alejada ya de las galas de la vanguardia, de su tradicional rebuscamiento léxico y de su querido conceptualismo barroco. Aparece lo humano despojado, al fin, y el poeta parece querer hablarnos desde el nivel coloquial para hacernos una confidencia. Ello ocurre, sobre todo, en la Primera elegía, porque en las otras dos, y muy especialmente en la tercera, regresa, pero moderadamente, a una cierta complicación formal y elocutiva que no pierde, sin embargo, la emoción de lo humano que le acosa Enel tramo final de su existencia. Recordemos que Domenchina siempre anduvo escaso de salud y que murió muy joven, a los 61 años, tras haber soportado con dignidad y no poco estoicismo la pobreza, el olvido e incluso el desprecio.

Domenchina es un caso de olvido «oficial», uno de esos nombres que aparecen en las historias de la literatura en «letra pequeña» junto a otros escritores olvidados o poco o nada estudiados. Lo mismo le ocurrió a su esposa, la poetisa Ernestina de Champourcin, quien, tras la pérdida de su esposo, orientó su creación poética hacia la vivencia religiosa. Amelia de Paz, principal estudiosa de la obra de Domenchina, logró que en 2008, Emilio Pascual, editor de Cátedra, cuya sección Letras Hispánicas tantos escritores ha «rescatado» del ostracismo o del olvido, publicara su edición de Tres elegías jubilares, la primera desde su aparición en 1946. Esperemos que esta magnífica edición sea acompañada en el futuro por otros volúmenes del autor, imagino que muy poco accesibles y asequibles en estos momentos. Lo que sí puedo confirmar es que, tras leer las Elegías…, el lector se queda con muchas ganas de seguir profundizando en la poesía de Domenchina, anterior y posterior a la Guerra Civil, porque su adscripción a los movimientos de Vanguardia y su postrera tentación clasicista, nos ofrecen un modelo de evolución muy común de las obras de muchos autores de aquellos años.

En el prologo a las elegías, Domenchina destaca dos cosas: que la obra no es una improvisación forzada por el agravio, ni un repentismo airado sin raíces en su quehacer poético, y que ha optado por, al darlo a la publicación, suprimir los ataques «facilones», desde el punto de vista estético, al régimen franquista: Los repentes de un lírico responsable no son jamás logros tropezados en el albur fe la premura. […] No hay improntu valedero que no se desarraigue de una laboriosa gestación. […] Asimismo borro, con un indeleble deleatur, algunas estrofas circunstanciales y poco felices contra el ominoso régimen franquista, que entremetí en el texto enviado a la publicación citada, y que hoy se me antojan aditamentos pegadizos y excusables.

Estas elegías, sobre todo la primera, tienen una indudable lectura política, porque su creación es un evidente ataque a una ideología, la comunista, a la que Domenchina achaca casi la entera responsabilidad del desastre nacional que supuso la Guerra Civil. Desde su posición liberal republicana al lado de las dos formaciones que creó Azaña: Acción Republicana y, en 1934, Izquierda Republicana, de quien llegó a ser poco menos que su mano derecha, Domenchina, en el exilio, recapacita sobre lo acabado de vivir, porque la primera elegía comienza a escribirla en 1940 en una forma totalmente tradicional:  la lira manriqueña, como dando ya a entender su adscripción al gran río caudaloso de la lírica española clásica, llena, por otro lado, de transterrados, encarcelados y marginados por el poder. Para el lector actual, sin embargo, es harto curioso ver las divisiones internas del exilio español, y cómo Domenchina convierte su largo poema, ciento noventa y siete liras, en un ataque frontal tanto a la ideología comunista como a sus voceros literarios. Recordemos, por otro lado, que Domenchina, desde su condición de reputado crítico literario, fue, quizás, el primer descubridor de la valía poética de Miguel Hernández.

He aquí una muestra de esa réplica a Leon Felipe:

Dices a los novatos

—a los que, tierno, llamas cervatillos—

que no sustenten tratos

más que con tus sencillos

conceptos, recelosos y amarillos.

 

¡Oh, no! Tales preceptos

son de una libertad que…coacciona.

Que agavillen postceptos

vitales, en persona.

Así la vida enseña y perfecciona.

 

Líbralos de tu estética

—que hace versículos de prosa en trizas—

y de tu voz profética…

Lo que tú perennizas

no es fuego ni rescoldo: son cenizas.

         Adviértase el uso unamuniano de postceptos, porque Unamuno será otra de sus grandes inspiraciones en ese momento de ajuste de cuentas con una cruenta realidad pasada de la que todos salieron trasquilados, o como él poéticamente dice: ¡Tanta sangre vertida!/ ¡Tanto dolor inútil! Anegados/en odios de por vida,/vencidos y burlados,/todos yacemos juntos y enterrados.

         Pero el  poeta va mucho más allá de la anécdota, por infamante que sea el ataque a JRJ, y se propone una nueva estética que lo aleje de líricas «comprometidas» con el vasallaje a ideas caducas. Aspira a recobrar una mirada clásica sobre la realidad, desnuda, que reconozca la dura condición del vencido y desterrado, sin que la desolación del presente desustanciado, desvitalizado, lo amedrente o desespere. Como dice a modo de proyecto vital: No creo en las virtudes/lustrales de la lágrima: el trabajo/nos colma de aptitudes./ Y es un seguro atajo/ para «llegar arriba desde abajo.

 

Todo lo que he perdido

¡qué bien perdido está!; yo me he ganado.

 

¿Qué senda de esplendores

ha de esperar el triste que ha caído?

Declinan los hervores

de la sangre, y el nido,

remoto ya, es un sueño escarnecido.

 

Todo será «de nuevo»

—remozado y cabal—, tradición clara.

Ni el pasado longevo

ni la irrupción ignara

de un fortuito poder que se enmascara.

 

 

Ni empachos de bucólica

rusticidad —la égloga, caduca,

va con el arpa eólica—,

ni tiros en la nuca.

Ni autodidacto chirle que no educa.

 

Ni lo ancestral, que ronca

con un sopor de siglos, ni el remedo

de una estulticia bronca

donde, unánime, el dedo

perfidia impone y amenaza miedo.

 

         Pero es en el retrato de los vates del comunismo donde Domenchina carga las tintas:

No ocultará el estruendo

turbio la clara voz de los veraces.

Ni cundirá, tremendo

apetito, en voraces

dentelladas, la grey de los rapaces.

 

Sabrán los ganapanes

que el pan se gana. Y los olvidadizos

tahúres y rufianes,

que no hay allegadizos

laureles de oro para advenedizos.

 

Cara al sol, la camisa

castellana, y por yugo, la faena.

La hoz, ya no divisa,

segando, afán sin pena,

y el martillo en la forja que encadena.

 

No sé de camarillas

y me aburre el cantar de los cuclillos.

Huyo las zancadillas

burdas de los pasillos,

comerrelieves y cenaculillos.

 

Ni el mundo se rezaga

por mirar su pasado, ni se inmuta.

Hoy no se va a la zaga.

Improvisa su ruta

y solo el porvenir es lo que escruta.

 

Feliz el que erradique

de su mente feraz las utopías.

Que nadie nos explique

por sus melancolías

las ajenas congojas y agonías.

 

Viví entre los horrores

sin que mi clara vida se enturbiase.

Ni trafiqué en rencores

ni obedecí el ukase

irracional, consigna de una clase.

 

Mi pulso se acelera

ante la iniquidad o la injusticia.

Pero nada me altera.

Comprendo la malicia,

la equidad, el rencor y la avaricia.

 

Por detentarlo todo,

en su labor de zapa van minando

nuestra vida a su modo.

Dicen que socavando

un mundo de justicia están alzando.

 

Para ellos es tangible

la fe: solo por tacto o palpamiento

la verdad es sensible.

Quieren, como cimiento,

mejor que la valía, el valimiento.

 

Estoy con los vencidos

—«Vencer no es convencer», —dijo un poeta—,

y no con los vendidos.

Mi vida recoleta

no oculta doble fondo ni gaveta.

 

Estetas amarillos,

jamás hartos de dádivas, y en celos

sordos, son nefandillos

que, al caer de sus cielos

sin gloria, ruedan por los parnasuelos.

 

         Adviértase la gozosa ironía con que el arte verbal de Domenchina pone a caldo a los profetas de la utopía. Y desde el presente, hay ya a quienes no nos choca esa descripción de la caduca ideología que ¡aún gobierna nuestros días con la complicidad de quienes, un día, representaron las esperanzas de casi todo el pueblo español al salir de la dictadura franquista! ¡Cómo sorprendernos esa evocación de los vividores, de los tahúres, ¡de los rufianes!,  de los advenedizos, de los que prefieren el «valimiento» a la valía o de quienes son profetas de la «equidad» tan torcidamente exhibida…! Los hallazgos verbales de Domenchina, como esos «parnasuelos» por los que se arrastran los poetas «nefandillos» aparecen repetidamente y son un ejercicio clásico impagable para los lectores. Recordemos, de paso, que Quevedo era uno de los autores preferidos de Domenchina, y en su época de vanguardia, fue él mismo un creador infatigable de neologismos.

         Las otras dos elegías nos ofrecen una visión de la naturaleza y una meditación trascendental sobre la existencia, que, sin evitar la meditatio mortis ni el drama del exilio, bucea en la ausencia de ideales en que vive el escritor su vida al margen, pero en la plenitud de la naturaleza. Escrita la primera en estrofa manriqueña y la segunda en Tercia rima, una parte de ella y en endecasílabos blancos otra parte, la profunda reflexión existencial que nos ofrece el poeta, como primer cantor del alma escindida en dos territorios, el de nacimiento y el de acogida,  es tema dominante en ellas. La Tercera fue la única que contempló edición separada en 1944 en la editorial Atlante.

 

No es ir, es mover despojos

de fe, arrastrar pesadumbres

en liviano

trajín; repeler falaces

adhesiones, esta sombra

de andadura.

 

Bienaventurado el hombre

que calla porque no tiene

pensamiento

que dar, en sentido, en doble

sentimiento de palabras

que no escuchan.

 

Aquí está lo que yo sea,

en amago balbuciente

de palabra

sin prosodia: ya latido

de verdad trémula en pausas

de silencio…

 

Pero es en la Tercera donde los acentos personales de la vivencia dolorida adquieren un mayor relieve y una profundidad que sitúa a Domenchina entre las grandes voces de los poetas del exilio:

¿Qué tengo, aquí, en mi sombra, como mío?,

¿qué es mío, allá, en la luz que me han negado?

¿A qué ausencia o presencia me confío?

Por mi origen —qué lejos— devorado,

sombra, aquí, de una sombra que se abstiene,

¡cómo siento que estoy en ningún lado!

Voy, sin ir, a una vida que no viene

—que está en su sitio y en mi sitio—, y vengo,

sin legada, a un dolor que no me tiene.

 

Alma sola, entre solos: muchedumbre

de soledades soterrada cumbre;

en tu noche ajena

y tu día —ya equívoco— distante

no ven la angustia de tu error errante,

sin esperanza.

Y en tus ojos —perpetuas claridades—

se te desmintieron todas las verdades

que te engañaron.

Bien está el cauce —nunca pauta—. El río

lo trazó con su curso, a su albedrío.

Bien está el cauce.

Bien está la agonía: clave y punto

final de un difundirse ya difunto.

Bien está el río.

¡Vano reloj —¿y el tiempo?—, con la hora

en el redondo pasmo, ya intangible,

del mediodía! Son las doce —en punto

y para siempre acaso— de mi día

español, bien partido en dos mitades

de mal estar, de equívocos remotos.

[…] ¿Cuántos años tiene el día

sin retorno? ¿Quién cumple en dispersiones

atónitas su tiempo? —¿Cuántos años

de muerte en carne viva? ¿Cuántas horas

de vida desterrada?—

                                 No se mide,

no tiene dimensión, este transcurso

que no transcurre.

A pesar de la inequívoca referencia a la poética vitalista guilleniana, recuérdese que los dos «catedráticos» miraron siempre por encima del hombro al simple «maestro de escuela», únicos estudios de Domenchina, si bien nunca ejercio como maestro y sí siempre en la prensa, al margen de sus publicaciones y su trabajo político, como crítico literario. La distancia glacial de ambas cumbres de la poesía española es elocuente respecto de las complejas aguas procelosas en que se movían los aspirantes a la gloria literaria, una república de republicanos aun peor avenidos que los de la Segunda República, tan desgraciada.

Se tengan los gustos que se tengan, y los apegos, lo que me parece evidente es que la fuerte personalidad de Domenchina, hombre de genio y figura como lo demuestra una anécdota que recoge Amelia de Paz, merece una lectura atenta, porque por fuerza ha de merecerla una voz tan personal como discordante en el exilio  de uno de nuestros grandes fracasos colectivos: la Segunda República. La anécdota es esta: «Lorenzo Varela [poeta comunista y galleguista], al parecer, en un poema de su libro Palinodia del polvo había hecho insinuaciones poco decorosas sobre la vida íntima de  la esposa de Domenchina, Ernestina de Champourcin. Desde ese día, Domenchina siempre salía a la calle con una fusta por si se tropezaba con él.. Estando enfermo, se tropezó con él: “Eso le valió. Solo pude propinarle dos o tres fustazos, y no pude evitar, por estar poco menos que inválido, que una de sus manos inmundas me alcanzase”».

Feliz descubrimiento.

lunes, 25 de julio de 2022

«Un héroe de nuestro tiempo», de Mijaíl Y. Lérmontov

 



La explosión derrotista del Romanticismo: por el nihilismo irónico hacia los terrenos cenagosos de la gloria ignota… 

            Miguel de Unamuno: «Hay héroes del querer no ser, de la noluntad

         Llevaba tiempo deseando tener unas horas para meterme en la lectura de Un héroe de nuestro tiempo, de  Lérmontov, pero la visión de una película inspirada muy libremente en el personaje central de la novela, Un corazón en invierno, de Claude Sautet, me ha empujado a la lectura que, finalmente, he hecho con un deleite tan extraordinario como lo tuve durante la contemplación de la película de Sautet. La novela de Lérmontov es un clásico de la literatura rusa, pero también de la literatura universal, y su capacidad de seducir al lector, salvando las traducciones y el acento local de buena parte de su desarrollo, viene dada por una doble creación: el artefacto narrativo y la creación de un personaje inmortal, Pechorin, que encarna a la perfección lo que Sainte-Beuve denominó, a propósito de la novela Obermann, de Senancour, «el mal del siglo», en la novela de Lérmontov encarnado por un nihilista como Pechorin, autor de un diario que el narrador-personaje que abre la novela, se encargará de trasladar a los lectores, tras serle entregado por otro personaje con quien Pechorin guardó lo más parecido a una amistad:  Maxim Maxímych.

En el prólogo a esas memorias, el narrador nos dice: La historia de un alma humana, aunque se trate de la más mezquina, resulta, tal vez, más curiosa y útil que la historia de un pueblo entero, máxime si es el fruto de una mente madura que se observa a sí misma y si se ha escrito sin el vanidoso deseo de despertar compasión o asombro. El juicio peyorativo que se vierte en la introducción en modo alguno significa que el depositario no solo del diario, sino también de su autobiografía, se tome la licencia de censurar o modificar el texto de Pechorin. El narrador inicial se nos presenta como un joven soldado destinado a una misión, razón por la cual  se apresura a aclarar que, en primer término, lo que escribo no es un relato, sino apuntes de viaje, de modo que no se le puedan exigir explicaciones de por qué deja interrumpida una narración, la del secuestro de una joven por parte de Pechorin que le cuenta su improvisado compañero de viaje, el veterano Maxim. De hecho, esas dilaciones nos permiten conocer no poco de las tradiciones del extenso territorio ruso, en este caso el Cáucaso, y de la diferencia abismal que hay entre los militares de carrera y los nativos de algunos de los pueblos a los que no se describe demasiado favorablemente en los «apuntes»: Yo creo que hasta los tártaros son mejores [que los osetios]: por lo menos no beben… Los circasianos, sin embargo , en cuanto se emborrachan de buzá [bebida espirituosa de mijo] en una boda o en un entierro comienzan las cuchilladas. En una ocasión me salvé de milagro, y eso que era huésped de un príncipe pacífico.

         Aun perteneciendo propiamente al romanticismo, Lérmontov se inventa un narrador propio del realismo que aún tardará algunos años en llegar a la literatura y que se toma la licencia de dirigirse a los lectores: Ahora bien: ustedes tal vez desearán conocer la continuación de la historia de Bela; por lo tanto no era yo quién para obligar al capitán a hablar antes de que, efectivamente, hubiera comenzado a hacerlo. Así pues, esperad, o si queréis, saltad algunas páginas, aunque no os lo aconsejo, porque el paso por los montes  Krestóvaia (o como lo llama el sabio Gamba, le Mont St. Christophe) es digno de vuestra atención. Gracias a esas dilaciones vamos entrando en conocimiento de la vida de los militares destacados en las agrestes zonas rusas, y, adelantándose igualmente al costumbrismo, pero sin distanciarse del gusto romántico por las leyendas y los paisajes nocturnos y tormentosos, van los lectores recopilando no poca información sobre costumbres, orografía y particularidades sociales de los pueblos que habitan los escenarios donde tiene lugar la acción.

         Es, sin embargo, gracias a su interlocutor, Maxim, como entramos en conocimiento del verdadero héroe de los «papeles» que, cuando se separen definitivamente, le legará, y a partir de ese momento el diario de Pechorin sustituirá la narración de los «apuntes» que hasta ese instante habíamos seguido a medio camino entre el interés antropológico y los lances amorosos y gestas de armas de los oficiales del Zar, en el escenario agreste del Cáucaso. Emerge, así pues, con el interés que nos proporciona leerlo en sus propias palabras, no por referencias de amigos o desconocidos, el protagonismo de Pechorin y su retrato desolador, porque, en uno de los mejores autorretratos narrativos, se nos presenta no orgulloso de su abyección, pero sí reconciliado con ella, como expresión de la «creación» de su persona hasta devenir, propiamente, «personaje», obligada por la incomprensión que rodeó siempre su innata disposición hacia el bien y la belleza: —¡Ese ha sido mi destino desde la más tierna infancia! Todos columbraban en mi rostro indicios de malas cualidades inexistentes que, a fuerza de presuponerlas, terminaron por aparecer. Era cándido, y me acusaban de astuto: me hice retraído. Era profundamente sensible al bien y al mal, nadie me trataba con cariño, todos me ofendían: me convertí en rencoroso. A diferencia de otros niños, alegres y charlatanes, yo era sombrío; me sentía superior a ellos, pero me consideraba inferior: me hice envidioso. Estaba dispuesto a amar al mundo entero y nadie me comprendió: aprendí a odiar. Mi anodina juventud transcurrió en una lucha contra mí mismo y contra la sociedad: temeroso de la burla, escondí mis mejores sentimientos en el fondo del corazón: allí han muerto. Decía verdad, y no se me daba crédito: me entregué al engaño. Después de conocer bien el mundo y los resortes de la sociedad, fui ducho en la ciencia de la vida, y comprobé que otros eran felices sin necesidad de tales artes, gozando gratis las preeminencias que yo trataba de conseguir con esfuerzo tan arduo. Y entonces nació en mi alma la desesperación; pero no esa desesperación que suele tener como remedio el cañón de una pistola, sino la desesperación fría e impotente, enmascarada en la amabilidad y en una sonrisa bonachona. Me convertí en un contrahecho moral: la mitad de mi alma no existía, estaba anquilosada, evaporada, muerta: yo la amputé y la arrojé. La otra, sin embargo, alentaba y vivía, presta a servirá cualquiera; pero nadie lo entendió así, porque todos ignoraban la existencia de la mitad muerta. Ahora ha despertado usted en mí el recuerdo de ella, y le he leído su epitafio. Muchos reputan de risibles los epitafios en general. Yo no: tanto menos cuando pienso en lo que bajo ellos descansa. Por lo demás, no solicito que comparta mi opinión: si mi salida e parece ridícula, ríase; no me disgustará lo más mínimo.

         Disculpen la larga cita, pero en ella se compendia el horror que causó a sus biempensantes coetáneos el protagonismo de un ser que, aún en la estela romántica, reivindicaba la turbia seducción del mal como la belleza moral del Príncipe de las Tinieblas. De hecho, sus parejas amorosas, de las que se aburre tanto como las ama, lo describen como un ser singular con esa capacidad seductora que, en palabras de su amante adúltera, Viera, lo hacen único: Una mujer que te haya querido alguna vez, no puede mirar sin cierto deprecio a los demás hombres, no porque tú seas mejor que ellos, ¡oh, no! Pero tú ser posee algo peculiar, tuyo, solo tuyo, algo altivo y misterioso; en tu voz, digas lo que digas, hay un poder invencible; nadie sabe con tanta perseverancia desear ser amado; en nadie es tan atrayente el mal; ninguna mirada promete tanto placer; nadie sabe aprovechar mejor sus dotes, y nadie puede ser tan verdaderamente desdichado como tú, porque nadie trata tanto de convencerse de lo contrario.

         La modernidad de Pechorin estriba en la superación del ideal romántico del amor para sustituirlo por un escepticismo  que lo aproxima al nihilismo y, por ende, al cinismo. Se trata de una persona que ha decidido voluntariamente abandonar el mundo de los sentimientos y ampararse en el uso desengañado de la razón o de la simple constatación amoral de lo real. Como le dice al doctor Vérner, quien lo acompañará al duelo que mantendrá contra un rival a quien desprecia: Lo triste nos hace reír, lo cómico nos entristece y, a decir verdad, somos bastante indiferentes a todo, salvo nuestras propias personas. Y esa atención a sí mismo nos devuelve en sus diarios un retrato perfecto de lo que, irónicamente, Lérmontov tituló Un héroe de nuestro tiempo. Que hay un trasfondo autobiográfico en la novela bien se echa de ver si se repasa cualquier biografía breve del autor, admirador de Pushkin, cuyo duelo, que acabó con él, recrea en la novela a través de su personaje, Pechorin, la jugarreta incluida de facilitarle una pistola descargada para «no salir vivo» del mismo. Dejo al interés de los futuros lectores de esta obrita excepcional descubrir el desenlace; esto es los dejo ante las pistolas en alto y el terror de enfrentarse a un disparo a bocajarro en medio del bosque, aunque ambos los padrinos de ambos contendientes asienten a la idea de acercarse a un precipicio para que el herido de muerte caiga por él y se certifique la muerte por despeñamiento, no por duelo, prohibido legalmente.

         En cierta manera, en ningún momento se ha apartado de mí la versión fílmica de la novelita de Conrad, Los duelistas, dirigida brillantemente por Ridley Scott, y que supongo inspirada en esta de Lérmontov. El mundo galante y heroico de los oficiales decimonónicos de cualquier imperio, ruso, alemán o francés, se nos aparece como intercambiable, de ahí la familiaridad con que asistimos al desarrollo de la acción y al nacimiento de una nueva mentalidad contraria a los valores dominantes y desafiante en todo momento, incluso hasta llegar al intento de subversión del orden establecido, una revuelta de la oficialidad en la que se vio involucrado Pushkin y que, por otras razones propias del escándalo que suponían los comportamientos «libertinos» de Lérmontov le valieron a este algunos destierros. Pudiérase pensar, pues, que el rechazo hacia lo «sentimental» va a llevar al personaje a abrazar el ideal ilustrado y la devoción a la razón encumbrada que aquel supone, pero Pechorin, aun despreciando las pasiones: Alguien dijo que las ideas son creaciones orgánicas: cuando nacen, adquieren forma, y esta forma es acción. […] Las pasiones no pasan de ser idea en su primer desarrollo: son atributo de los corazones jóvenes, y es tonto el que piense que van a inquietar toda la vida, tampoco abraza ni la razón ni el método ni la acción que pudieran derivarse de ambos, porque su desengaño tiñe de amargura e indiferencia su reacción frente al mundo: Muchas otras ideas semejantes acudían a mi mente; no trataba de profundizar en ellas, porque no soy amigo de detenerme en ningún pensamiento abstracto. […] Y como tengo por norma no rechazar nada de plano ni confiar ciegamente en cosa alguna, abandoné la metafísica y decidí mirar el terreno que pisaba. […] ¿Quién sabe con certeza si está convencido o no de algo?... ¡Y con cuánta frecuencia tomamos por convicción un engaño de nuestros sentidos o un error de nuestra mente!... Me gusta dudar de todo; lo cual no excluye tener un carácter decidido; por el contrario, en lo que a mí se refiere, siempre avanzo con mayor valentía cuando no sé lo que me espera. Nada puede ocurrir peor que la muerte, ¡y la muerte es inevitable!

         Ya en la introducción a la publicación del diario de Pechorin, el primer narrador que abre la historia, el que escribe sus «apuntes de viaje», nos revela que, por abyecta que sea la persona, un retrato pormenorizado de la misma es más provechoso que el retrato de todo un pueblo, como dejé reflejado al comienzo de esta reseña. Esta es, en consecuencia, parte de la vida de Pechorin escrita por él mismo con tanta lucidez como desengaño. Bien hará el lector en deleitarse en todas y cada una de sus páginas, porque la sólida estructura en forma de las tradicionales muñecas rusas le permitirá conocer una personalidad que, despreciándose a sí misma, es poderosamente atractiva para los demás, justicias e injusticias de su comportamiento al margen. Recordemos, aunque en la historia está al principio de la narración que hace Maxim de quien creía que era su amigo y resultó no serlo el secuestro de la hermosa Bela con quien convive hasta que el tedio se apodera de él: No sé si soy un necio o un malvado; pero la pura verdad es que también soy muy digno de compasión, tal vez más que ella: mi alma está depravada por el mundo, mi imaginación es inquieta, mi corazón insaciable; nada me basta; me acostumbro a la amargura tan fácilmente como el deleite, y mi vida se hace más huera cada día; tan solo me queda un recurso: viajar. Desde ese momento, la amoralidad de Pechorin irá gobernando sus días en una suerte de huida de sí mismo, en su viaje orgulloso hacia cualesquiera formas de la muerte inevitable que lo espera y hacia la que «viaja» con ese desasimiento de todo que caracterizará a tantos héroes literarios aún por aparecer… Sí un héroe de «nuestro» tiempo, también.

    Por cierto, una magnífica introduccion del poeta Aquilino Duque y una estupenda traducción de Luis Abollado Varga, con unas notas justas, precisas e interesantes.

martes, 5 de julio de 2022

«Mañana es ayer», de Juan José Mira, un novelista olvidado.

 




El extraño caso del fracasado primer ganador del premio Planeta y miembro del PC en la clandestinidad durante el franquismo. Mañana es ayer, un acercamiento a la guerra y a la posguerra desde el escepticismo, desde el desengaño, desde el margen.

 

         Si José Suárez Carreño ya fue, en su día, un caso extraordinario de un autor dotado como pocos y reconocido como pocos, pero invisible para el gran público, me he detenido hoy en la obra de un autor aún más «desaparecido» que él: Juan José Mira, autor de la novela que ganó la primera edición del hoy millonario Premio Planeta, pero no entonces: En la noche no hay caminos, un premio cuyo más famoso miembro del jurado fue, en aquel año de 1952, el fino articulista César González Ruano, quien, a diferencia de los asiduos al Gijón, tenía su propio asiento en el Teide, unos metros más arriba, en el 27 de Recoletos, café en semisótano  que yo frecuente en una tertulia de escritores adolescentes el 68 y el 69, dos años antes de que cerrara porque una compañía de seguros adquirió todo el edificio.

Nadie conocía en 1952  a Juan José Mira, pseudónimo de Juan José Moreno Sánchez, y todos ignoraban que se trataba de un escritor que pertenecía al Partido Comunista y que, andando el tiempo, habría de ser detenido y llevado a la Modelo, aunque, para entonces, su fe revolucionaria se había prácticamente extinguido, pero no su lealtad y su compromiso para con sus correligionarios, quienes elogiaron de él siempre la confianza a que se hacía valedor y su riguroso trabajo a las órdenes del Partido, desde Víctor Mora hasta Juan Goytisolo, que lo menciona en Coto Vedado. Al anecdotario pertenece que esa primera edición del Premio se celebró en Madrid, en Lhardy, que se cenó solomillo y que la cuantía del premio fueron 40.000 pesetas y que, hasta la fecha, se han hecho 28 ediciones de la novela premiada.

 Mira vivía modestamente de patrona en la calle Casanova y era un asiduo del Ateneo. Bien puede decirse que, para ciertos escritores modernos, Mira podría ser considerado un «raro», un «marginado» de los cenáculos literarios e incluso un «maldito». Su invisibilidad se extiende a los recuerdos fotográficos de su persona, de los que solo he encontrado dos en Google, un caso singular, ciertamente. De hecho, hubo de estudiar contabilidad y trabajar como contable en una ferretería, mientras continuaba con su militancia y colaboraba en la revista del partido, Mundo Obrero. Corrector de editorial y esporádico escritor de guiones, Mira fue cayendo en el olvido, y más aún tras la caída de su célula comunista en Barcelona en 1957. En las postrimerías de su vida fue acogido en Lloret por el propietario de un hotel donde ya residió, haciendo la vida de familia que siempre había buscado infructuosamente, hasta su fallecimiento en 1980.

         Mañana es ayer, la novela que he leído de él, se adscribe, con matices, a un tipo de literatura al que se adhirió la trama de la que ganó el planeta: el «tremendismo», que bien podría ser considerado como la expresión literaria del neorrealismo cinematográfico italiano. La acción de ambas, En la noche no hay caminos y Mañana es ayer, transcurre en periodos temporales muy semejantes: la República, la Guerra Civil y la Posguerra, aunque esta que critico se extiende, en sus preliminares, a la Dictadura de Primo de Rivera, por motivos que enseguida explicaré. De hecho, los editores le dijeron a Mira que el planteamiento de su novela iba a hacer muy difícil que pasara la censura y pudiera ser publicada, porque se apartaba, ciertamente, de los estrechos caminos de la ortodoxia moral franquista. Sea como fuere, el caso es que la novela logró ser publicada en 1954, y es probable que contribuyera a rebajar los impedimentos el hecho inequívoco del desconocimiento público del escritor, a pesar de haber sido el primer Premio Planeta. Curiosamente, Mira tuvo una vida literaria como escritor de novelas policiacas bastante fecunda, primero con el pseudónimo José J. Morán  y luego ya con su otro pseudónimo, Juan José Mira. Algunos aficionados al género de la novelita de quiosco quizá recuerden la serie de El Canario, publicadas en la editorial Hemisferio. Con todo, ni esa buena muestra de novelitas policiacas ni el premio Planeta lograron «instalarlo» como autor consagrado en el panorama literario.

         Esta novela la presentó al Premio Nadal en 1951 con el título Pago más que nadie, pero ese año el premio lo ganó Luis Romero con un título emblemático de la posguerra: La noria. El editor Vergés llamó al autor para decirle que el modo como trataba el tema de la Guerra Civil hacía casi imposible su publicación. Quizá si hubiera ganado el Nadal, hubiera consolidado una carrera como escritor, pero no tuvo fortuna y su obra fue quedando en el olvido, por eso me parece de justicia rescatar ahora la que él consideraba, y algunos de sus lectores íntimos, su mejor obra. Vista su obra desde el presente, y dados sus antecedentes políticos, resulta un ejercicio muy sugestivo leer una obra para comprobar cómo aparece la hoy tan famosa «memoria histórica» en las páginas de una novela ambiciosa.

         La trama, compleja y extensa se remonta a principios de siglo en las tierras andaluzas, donde el hijo de un sastre, al que no le tira seguir el oficio del padre, se dedica a las timbas por ferias y lugarejos de mala muerte hasta que puede instalarse en Málaga, donde se casa y él y su mujer, Isabel, quedan a cargo de un bebé abandonado al que un mensaje prendido en las ropas pide que le pongan por nombre Manuel. Después tendrán otro hijo, León, pero el «banquero» es hombre de más mujeres y se lía con otra mujer con la que incluso tendrá una hija, Paulina. Cuando Primo de Rivera prohíbe el juego, José Plata inaugura una almoneda y se dedica al negocio del préstamo usurario. Curiosamente, Manuel, el «prohijado», que no hijo adoptivo, como se especifica en la novela, porque en el momento de la adopción los padres no tenían 45 años, lo cual deshereda legalmente a Manuel, según se preocupa León de averiguar, se va a ir convirtiendo en el protagonista de la novela, aunque la aventura de todos ellos forma un retrato coral de una dura época de la vida española, Guerra Civil de por medio, que el autor vivió y padeció como «vencido», con todo lo que ello suponía en aquellos tiempos. Hay algunos extremos de la trama, como todo ese mundo de los garitos populares antes del 23, que añaden un interés social enorme a la novela; pero cuando muere Isabel y Manuel decide salir de la vida de su padre y sus hermanos, León y Paulina, nos encontramos con un héroe que vive la guerra en el bando republicano y cuya principal «hazaña» consiste en sacar de Madrid, en un camión del ejército, a un buen número de personas que quieren pasar a «zona nacional». Nuestro curioso héroe se ha ido convirtiendo poco menos que en un misántropo que ha encontrado en la Filología Clásica un bálsamo para sus males: Cuando estalló el Movimiento acababa de aprobar el último curso de la carrera. En cierto modo ya tenía una labor encauzada y un plan para el futuro en la cabeza. Se había especializado en filología clásica. Una elección —ahora lo comprendía— instintiva y acertada. Se disponía a preparar la tesis doctoral. El tema minucioso y detallista que había elegido —«Aportaciones a la teoría del doble origen métrico rítmico del verso saturnino»— le encantaba. No tenía ambiciones; mejor dicho, no quería tener ambiciones. […] No le angustiaba el porvenir. Solo quería hundirse en el trabajo. Daba tres horas de clase en dos academias y con ello ganaba el dinero suficiente para sus gastos. El día de mañana, cuando quisiese estabilizar su vida, haría, por ejemplo, unas oposiciones a cátedra de Instituto. Con aquello podría vivir. No sé si en nuestros días Manuel sería partidario de los actuales planes educativos socialistas, la verdad, dada su vocación. ¿A que sorprende, sin embargo, que un titulado en Clásicas se convierta en protagonista de una novela? La particular idiosincrasia de Manuel, no obstante, va mucho más allá de su vocación académica, porque tras las muerte de su madre se siente un hombre sin vínculos emocionales de ningún tipo, lo que irá conformando una psicología individualista y misántropa muy difícil de sobrellevar. Como dice el narrador: Comprendemos y admitimos sin esfuerzo el juego humano del azar cuando asumimos el papel de espectadores, pero cuando en el reparto se nos asigna un papel de actor, la farsa se trueca en drama, y en drama íntimo. Y su personaje sabe mucho de eso que vivió acusadamente el propio autor, un hombre que siempre quiso fundar una familia y que nunca pudo, porque la vez que más cerca estuvo de ello, usó el dinero que había ahorrado con su prometida, para ayudara un compañero en extrema necesidad. Pasada la fiebre [la de su vida independiente y sin deberle nada al marido de su madre], se miró las manos y estaban vacías. Solo tenía libertad, la máxima libertad, pero también el máximo aislamiento, porque únicamente quien se ata a otro con deberes conocer la vida afectica, honda, que corre por la sangre. […] El hombre se había empeñado últimamente en buscar el mundo dentro de sí mismo. Una faena de locos.

         Un episodio de la novela es muy llamativo. Tras la Guerra Civil,  Manuel decide escribir un guion cinematográfico sobre la aventura de la liberación de los nacionales que querían pasar a zona amiga para huir de la represión en la zona republicana. El guion acaba en manos de un productor que acaba interesándose por él, pero cuando finalmente deciden reconvertirlo para rodarlo, Manuel se entera de que nada de la aventura que él vivió se respeta en el guion, lo que le supone un enfado monumental que lo lleva a retirar el guion que ya iba a rodarse en los estudios  Kinefón, situados en la calle Vergós, cerca de Sarrià, llamados así  desde 1940, los mismos que fundara Roberto Wahl con el hombre de Trebor:  —¿Qué quería usted? ¿Qué hiciese una película de propaganda roja?  […] Yo no me opongo a que se haga propaganda verde, roja o azul, siempre que se haga de buena fe, porque para mí es respetable todo hombre cuando obra con sinceridad, siguiendo los dictados de sus convicciones y sentimientos. Está claro que una respuesta así formaba parte de las dificultades que podría tener cualquier texto para pasar la censura, algo que no se «relajaría» hasta la famosa Ley de Prensa de Manuel Fraga de 1966.

         Cuando conoce a un pintor que lo introduce en el mundo de las apuestas de quienes han hecho sus fortunas con el estraperlo, ¡y qué curiosa teoría, la del personaje, sobre el estraperlo!:

—El estraperlo no es ningún negocio privado.

—¿Va usted a hacer la apología del estraperlo?

—No, no; de ninguna forma. El estraperlista suele ser un tipo mediocre y vulgar cuya única ciencia consiste en saber quién tiene una cosa que otro necesita, porque para mí el intermediario es el estraperlista químicamente puro. Por lo general suele ser buen padre de familia y un hombre serio en sus tratos.

—Pero daña a la sociedad.

—No, señor. La sociedad, el mundo ya está dañado hasta la raíz, que no es lo mismo. Tanto valdría que me dijese que los gusanos dañan el cadáver.

Constituye una escena corriente encontrarnos un buen día por la calle a un amigo que a nuestra pregunta: «¿A qué te dedicas?», responde con sencillez: «Al estraperlo». […] El estraperlismo es un tumor social, una enfermedad pública, que solo los Gobiernos pueden combatir, tienen el deber de combatir, aunque por desgracia su labor resulte bastante estéril., a Manuel, que le ha brotado de repente la «necesidad» de hacer dinero, algo que siempre había despreciado, se le pasa por la mente un plan que choca, para el lector, con todo lo leído sobre él: decide presentarse en casa de su padre adoptivo, haciéndose pasar por un hombre casado, pues como su esposa presenta a su familia adoptiva a Irene, una prostituta con la que ha decidido convivir, y le propone que el viejo maestro de las timbas y los garitos le ayude, con el trucaje de las barajas, para sacarles los cuartos a quienes, en el caso de descubrir la trampa, no se arriesgarían a ir a la policía con el cuento, desde luego.

         Paulina, la hija de la amante, quien le estafa al padre de su hija 80.000 pesetas, lo que le provoca un infarto que lo pone al borde de la muerte, decide abandonar a su madre e irse a vivir con el padre, quien siempre la ha colmado de mil atenciones. A ese hogar, en el que el hijo, León, vive esclavizado por el padre en la almoneda, sin pagarle un sueldo, salvo una propina corta para sus escasos gastos personales, llega Manuel con su flamante esposa, Irene, con una intención que levanta las sospechas de Paulina, quien vigila para que el padre no se meta en negocios turbios de los que le provenga un mal que le destroce la vida. El personaje de Paulina, quien asegura que no ha pensado nunca en casarse, representa el de una mujer con estudios superiores y con una libertad sexual absoluta, lo que choca con los dos voyeurs, León y el padre de los tres, que observan desde la oscuridad cómo se desnuda una vecina, Lucía, a la que León quiere ayudar tras quedarse con un dinero de la caja que no anota en los libros. Por esa coincidencia les va a llegar a los lectores el drama de la novela, una solución in extremis que pone patas arriba la historia y provocará un desenlace que reordena las vidas de los protagonistas y del que prefiero no revelar nada.

         Mañana es ayer es una novela muy fiel a una época turbulenta de nuestra Historia y en ella hay, no podía ser de otra manera juicios sociales, morales y políticos de todo orden, aunque en ningún caso moralina ni sermones hueros, porque el personaje protagonista, Manuel, es, literalmente, un expósito, «expuesto» a una vida incierta sin asideros familiares ni emocionales, una suerte de Lázaro de Tormes que ha de ingeniárselas para encontrar su lugar en el mundo. En el capítulo de los juicios políticos, destaca el que formula el personaje sobre los niñatos de Falange: Manuel le replicó que la Falange era un grupito de señoritos desocupados que querían jugar a la política con la fuerza de sus bíceps y que se pegaban con los socialistas o con los comunistas lo mismo que podían organizar con ellos un partido de fútbol o de rugby. En resumen: que eran unos seres superficiales y frívolos, chicos mimados de casas ricas sin dos dedos de frente. De mayor calado es, a mi parecer, la impresión que tiene el personaje sobre las características profundas de la etapa que le toca vivir: Yo aspiraba a vivir en un mundo en donde no se clasificasen a los hombres en rojos y blancos, sino en honrados y sinvergüenzas, pero vivimos en una época singular. Pocas veces se ha llegado en la Historia a una polarización tan extrema entre ética pública y ética privada. Y por aquí es por donde nos percatamos del íntimo vínculo moral que une esta propuesta novelística con la que critiqué hace poco de Sebastián Juan Arbó, Nocturno de alarmas, si bien esta puede considerarse, propiamente, una novela política frente al fresco familiar que nos ofrece con buen pulso narrativo Juan José Mira, un autor en el que, acaso, algún explorador de la Filología debería internarse con método y paciencia. Cerremos con una acertada consideración heraclitiana sobre la naturaleza del ser: Cuando el pasado está en orden, acorde con nuestro íntimo sentir, el objetivo aparece claro. Estamos satisfechos del blanco que muerde nuestra flecha y del arco que nos impulsa. El hombre es una trayectoria en el tiempo y quien pretenda borrar las huellas de su paso se encontrará perdido.


Nota bene: Si algún audaz y perseverante aspirante a escritor mediático se atreve a novelar la vida gris del Primer Premio Planeta y presenta la obra al premio, es muy posible que la tengan en consideración. De nada.

viernes, 17 de junio de 2022

«Conversaciones de grupo con latín al fondo», de Emilio Pascual con Ana, Darío y Nuria o las ya raras «mirabilia» de las humanidades en flor…




Introducción epistolar al uso y disfrute del latín *siemprevivo —innovemos en el huerto del Señor…— que nos abre de par en par las puertas del sancta sanctórum de saberes y placeres que deberían de ser nuestras  memorabilia

 

         Salutem Plúriman!

Cuando recibo un nuevo libro de Emilio Pascual, esta vez con la gentil coautoría de sus tres privilegiados interlocutores, siempre me digo lo mismo: «¡Lo ha vuelto a hacer!», aunque, como en el caso de este libro, tan sorprendente como  rara avis en el panorama editorial, me lleve la desilusión inicial de que, rasgado con precipitación el sobre, el contenido no me permita leer en la portada Las bibliotecas imaginarias, o como acabe llamándose el esperado, el deseado volumen que no acaba de ver la luz poderosa del negro de la impresión.

La expresión se corresponde con la insólita variedad de los registros autorales de Emilio, reconocidos urbi et orbi por la fiel legión de sus admiradores, a quienes ha sabido cautivar por su imaginación, por su límpido estilo ingenioso, por su oratoria incomparable, por su memoria enciclopédica, por su curiosidad inmarcesible y por un sentido de la amistad tan virtuosamente clásico como sus saberes y su amor a la lengua latina, de la que se ha hecho adalid para regocijo de sus interlocutores y de cuantos lectores entren, para quedarse extasiado, como en un bosque mágico del ciclo artúrico, en sus páginas deslumbrantes, llenas de la mejor cultura a la que todos deberían acceder para apreciar, exactamente, la virtus que nos convierte en personas auténticamente civilizadas, ¡y entiéndase ello como conditio sine qua non!

Bien pudiera pensar, algún lector, más tostado que moreno…,  que las cartas cruzadas con los tres hijos del editor de este libro sean una ficción de la que se haya valido el autor para escribir su hermosa defensa del latín y de las humanidades de la más amena forma posible; pero no, el editor lo deja claro en el introito a la obra y a los lectores no nos queda sino maravillarnos de que Emilio Pascual haya sido capaz de tejer una red de complicidades tan entrañable con su tres jóvenes interlocutores para acabar construyendo alrededor del latín una obra de ingeniería lingüística en todo paralela a las aún admirables obras del ingenio constructivo romano. Si la Torre de Babel condujo a la ininteligibilidad, el zigurat que construye Emilio Pascual, con amplias terrazas donde se reflexiona sobre lo humano, lo divino y lo infernal…, se asemeja a la famosa biblioteca de Alejandría, pósito del nutritivo saber de todos los tiempos («Graneros públicos», nos recuerda Emilio que las llamó Marguerite Yourcenar), en la que figuró, por orden de Osimandias, la célebre inscripción: Medicina ánimi. Reconozcamos, porque así lo exige la justicia de los hechos, que ha de atribuírsele al editor, Jesús Herrán, la visión editorial de haber visto un volumen donde la amistad simplemente construyó una fértil y jugosa correspondencia entre un polígrafo  cervantino y tres criaturas a quienes deslumbró y sedujo con las mismas Divinas palabras que libraron a Mari-Gaila de la muerte. Hay pues una importante labor de reconstrucción documental, y ahí Emilio, casi como Deus ex machina, proveyó con singular  eficacia para el buen fin de la empresa.

A quienes vivimos a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, según, sin, so, sobre, tras, versus y vía las palabras…, la lectura de este libro supone una inmersión dulcísima en el conocimiento de una lengua jamás muerta y construida, además, con un espíritu sintético que nos llena de admiración: Corruptio óptimi pésima («La corrupción de lo mejor (o de los mejores) es la peor de todas») o este otro ejemplo de Horacio que me permito añadir de mi colección particular: Venus non erubescendis adurit ignibus («Venus te abrasa con fuegos que nada tienen de vergonzoso») ¡Cómo fuimos capaces de convertir en lenguas analíticas el prodigio sintético del latín!

Mala fama ha tenido en el siglo XX el estudio del latín —¡arda en los infiernos babélicos aquel ministro franquista de sonrisa *profidénica que ofició la inhumación del latín y entronizó el deporte en los patios!, y de cuyo nombre no he querido acordarme —, y Emilio no pierde la ocasión de mostrar cómo ese cultivo del latín sufrió una erosión terrible desde tiempos muy antiguos, cuando aún era, incluso, la lengua de cultura en todas las universidades europeas, pero a través de sus inigualables dotes didácticas logra convertir la aproximación al estudio del mismo en un proceso lúdico del que no solo se extrae un placer indescriptible, sino también conocimientos que han de memorizarse, siguiendo la sentencia de Isidoro de Sevilla, de  cuyas Etimologías es deudora esta obra, por su afán enciclopédica y salvando las ambiciones de una y otra empresa, naturalmente: Rerum ómnium thesaurus memoria est («La memoria es el tesoro de todas las cosas»), a pesar de la mala fama que padece en nuestros días la memoria para las autoridades. Para Emilio, uno de los pocos seres que he conocido con memoria eidética, esta es una de las grandes humanizadoras: «Sé quién soy porque recuerdo quién fui. Todo autoanálisis se sumerge en el pasado. La memoria me configura, me otorga una identidad. Yo soy mi memoria. Recuerdo, luego existo», recoge Pascual  del libro Orar con las cosas, de  J.M. Cabodevilla.

Mediante frases no siempre sencillas, pero sí siempre interesantes, que les propone a sus interlocutores, el autor se derrama en todas las direcciones posibles de su cultura enciclopédica, y tanto nos llevan esas frases a una reflexión sobre el patriotismo, a partir de la muy citada sentencia horaciana Dulce et decorum est pro patria mori o la totalmente desconocida de Pacuvio: Patria est ubicumque est bene, que recuerda, sin duda, a la aún más sintética, y por ende más latina: Ubi bene, ibi patria —y no tardan en aparecer, ¡lógicamente!, Samuel Johnson y Ambrose Bierce…—, como nos deleitamos con el conocimiento propio de las más entretenidas misceláneas y polianteas del origen de las siete notas del lenguaje musical a partir del himno de Paulo Diacono: UT queant laxis/REsonare fibris/MIra gestorum/FAmuli tuorum/SOLve polluyti/LAbii reatum/Sancte Ioannes, o nos detenemos en las leyendas de los relojes de sol, entre las cuales la más terrible no es la más conocida: Vúlnerant omnes, última necat («Todas hieren, la última mata»).

Por lo leído, y no quiero extenderme más en sus contenidos para no chafarles a los intelectores el rico surtido de maravillas de feria verbal que van a encontrar en este prodigioso volumen, intuyen perspicazmente los tales que este libro debería de ser declarado bien de interés cultural y ser puesto a disposición de todos nuestros discentes para descubrir el rico venero de unos saberes que pueden no solo cambiarles la vida, sino descubrir en ellas inclinaciones hasta ahora somorgujadas en las cenagosas aguas de distracciones audiovisuales que de  ningún modo pueden competir con la palabra viva, con la palabra que da la vida; porque aunque aquí también figure, como es preceptivo el nihil sub sole novum, esta declaración de amor a las palabras y al saber, sapere aude («Atrévete a saber»), nos permite saber, por ejemplo que esa misma cita popularizada por Kant y, ¡ay!,  por una serie televisiva: Merlí, tiene una parte final que, ¡ya es curioso!, no hay quien se atreva a recordar: sapere aude, INCIPE!, algo a lo que estas Conversaciones de grupo con latín al fondo nos van a ayudar como nadie lo había hecho antes. Hoy he sabido, y sirva esto de energía eólica que cambie el panorama social, que el número uno de las pruebas de selectividad de este 2022 va a matricularse en Clásicas: Gaudeamus Ígitur iúvenes dum sunus!

El volumen, en cuya edición, al margen de la editorial Valnera,  se ve también la mano de un escritor a quien su trabajo como editor le ha robado un tiempo precioso para su obra, por más que su prestigio en ese campo se parangone con su labor creativa —y ahí está su impagable labor en la colección Tus Libros, de Anaya y su paso por Cátedra, donde dejó el legado de la insuperable Bibliotheca AVREA—, se complementa con un apéndice que incluye buena parte de las frases latinas usadas en el texto y un índice onomástico elaborado por Juan Poza con tanto rigor y exquisitez como él tiene por costumbre.

En calidad de persona interpuesta, agradece el autor de esta crítica al autor de estas Conversaciones… el cariño con que cita la obra de un menesteroso y azacaneado escritor, Dimas Mas, quien tanto lo admira como afecto le tiene.

sábado, 28 de mayo de 2022

«Fisuras», de Francisco M. Ortega Palomares o el aforismo como respuesta.

 



Una indagación en los intersticios del yo y de la sociedad mediante aforismos que horadan, a fuerza de lucidez y entusiasmo, la roca de la doble faz: la impostura y la falsa solemnidad.

 

         Me van a permitir una debilidad crítica, porque la condición de amigo virtual de Francisco, elevada  a la de  realidad, ¡por fin!, tan reciente como afectuosamente, es el fruto de una larga relación de amistad con él a lo largo de estos años, y fundamentalmente a través de la frecuentación de su blog de aforismos, microrrelatos y frases célebres, al que le dedica una invariable dedicación diaria desde hace muchos años, sin fallar nunca: El día que estés muerto sabrás cuanto te quieren (https://elsexodelasmoscas.blogspot.com/).

 Así que decidió hacer una selección de sus numerosos aforismos, no todos ellos publicados con anterioridad, tuvo la amabilidad de pedirme una colaboración en forma de prólogo o de lo que yo considerara conveniente. Prudente como me precio de ser, desvié hacia mi heterónimo Dimas Mas el encargo, no solo porque él tiene aún un exiguo nombre literario, sino porque, hace algún tiempo, y también por idénticas razones de la amistad, Dimas escribió un prólogo para el aforismario de Luis Valdesueiro, titulado Elucidario, de raíz más filosófica que estas Fisuras, tan llenas de la experiencia como de la desorientación existencial que a todos nos ampara en su burbuja de dudas, temores y benéficos deseos.

Se puso, finalmente,  manos a la obra y el resultado, en una suerte de competición prudencial, fue la escritura de un «últilogo», que, en un libro como Fisuras, es sin duda el lugar adecuado para no entorpecer el diálogo fecundo del autor con sus lectores. Les conviene, a los futuros lectores de Fisuras, entrar en el libro como algunos novelistas entran en la materia de sus obras: in medias res, porque cualquier colección de aforismos está siempre a medio camino de todo, como los lectores.

Aunque el libro puede y debe ser adquirido en Amazon, donde el autor ha escogido publicarlo, con un diseño de portada e interiores magnífico, y muy en consonancia con el contenido de la obra, no creo que viole las leyes del copyright si, a modo de elogio y de incitación a la lectura, se lo ofrezco a los lectores de este Diario… para que sepan a qué atenerse y resuelvan lo que en justicia procede, esto es, adquirir el volumen y leerlo con tanto placer literario como vital, porque los aforismos de Francisco, en su gran mayoría, más proceden del «sentir» que del «pensar», aunque, como exige el proverbio estoico: Homo sum, humani nihil a me alienum puto

Si la variedad de asuntos y el repertorio de formulaciones nos revelan la gran versatilidad del autor, hay, por encima de ambos, una suerte de fontana de cordialidad que empapa todos los aforismos con una confianza no ciega, sino esperanzada, en la capacidad de los seres humanos para sobreponerse a las adversidades, a todo aquello que nos puede degradar. Hay, en todo el volumen, una devoción tan inmensa por la vida que incluso las sombras inherentes a nuestra condición humana irradian un cierto esplendor, y es casi imposible no asentir a ese latido de cordialidad que nos arrastra hacia la luz, hacia la exaltación casi guilleniana de lo creado.

No ignoro que contradigo los muy razonables deseos de Dimas Mas al ofrecer como «aperitivo» su «últílogo, desplazándolo, pues, de su razonado lugar en el volumen. Mea culpa, pero en este Diario…, atento a tantas publicaciones, antiguas y presentes, no me parecía de recibo que no presentara a los pocos lectores que lo frecuentan una obra tan digna de ser leída. Recuerdo que las ediciones al margen de los canales editoriales tradicionales en modo alguno indican nada sobre la calidad de los libros así publicados. Quizás, a mi modesto entender, nos sobran editoriales y nos faltan auténticos lectores…

En  todo caso, y sin mayores dilaciones, copio a continuación el «ultílogo» de marras, donde el autor amarra algunos conceptos que interpretan, en una aproximación tan subjetiva como afectiva, el mundo aforístico de Francisco, un mundo que todo los lectores inquietos deberían de visitar en cuanto puedan…

 

             Ultílogo

 

         A pesar de que hace muchos años escribí un prólogo para un lúcido aforismario de Luis Valdesueriro, Lucidario, mi actual concepto del género y su publicación me lleva a considerar una impertinencia semejante osadía, de ahí que la amable solicitud de Francisco para que participe de algún modo en la edición de su no menos lúcida colección de aforismos,  Fisuras, me haya llevado a considerar que el único lugar propio para una voz distinta de las de los aforismos que se ofrecen a la vivencia y estimación crítica de los lectores es el del «fondo», ese espacio discreto donde siempre suele haber sitio o donde, llegado el caso, uno se lo hace sin especial dificultad con las mejores palabras posibles.

«Ultílogo», así pues, en vez de prólogo, es lo que merece cualquier libro de aforismos, y este en particular, porque los lectores tienen todo el derecho del mundo a que ninguna voz ajena se interponga entre ellos y los aforismos que reclaman su urgente atención para una lectura aleatoria, que es la más pura que los aforismos exigen: dejarse llevar por el azar de la página donde los dedos diligentes abren el libro para que emerjan desde las páginas esos resplandores que nos iluminan, nos acompañan, nos consuelan, nos estimulan o nos irritan y ofenden…, ¡por qué no? Estoy convencido de que buena parte de la bondad intrínseca del aforismo estriba en su capacidad de soliviantarnos, de hacernos replantear cualquier sólida convicción que nos habite. ¡No vamos a ser menos que el autor de Fisuras!: Leo para aprender a refutar mis convencimientos. Él nos marca el camino que nosotros seguimos fielmente, porque solo una lectura que, literalmente, nos conmueva y nos transforme será una lectura feliz. Se entiende, en consecuencia, que pretender interponer un texto entre el título y el contenido es una osadía que merece ser repudiada. Los lectores no necesitan la guía de nadie, ni ninguna voz supuestamente «autorizada» para que les roture el camino y les facilite la entrada en ese mundo tormentoso en el que se van a sumergir apenas se atrevan a enfrentarse con la libertad creativa más absoluta, la que abre «fisuras» en lo monolítico, la que resquebraja las convicciones heredadas, la que hace tambalearse cualquier sistema adoptado con demasiada ligereza…: El aforismo más que un juego intelectual debe ser una llave que abra la mente. Exacto, sí —como quería Bergamín que fueran, ante todo, los aforismos—, pero sin olvidar, quiéralo o no el autor, que la impronta lúdica es uno de los factores humanizadores de la especie, al profundo entender de Joan Huizinga, y los lectores buscamos en los aforismos la sublime combinatoria de las formas y los fondos, los fuegos artificiales de los significantes para la meditación profunda de los significados.

El de los aforismos es un género con suficiente antigüedad como para que se haya de reivindicar su vigencia. Es cierto que, a lo largo del tiempo, ha habido épocas más o menos propensas a ellos, pero desde que los poetas, especialmente los de la experiencia, los han descubierto, se han multiplicado sus cultivadores, y la aforística vive hoy uno de sus momentos de mayor esplendor. Ello induce a un gran equívoco: el aforismo está al alcance de todo el mundo, como pudiera parecer que lo está la poesía. ¿Quién no tiene alguna lección moral que dar? ¿A quién le falta un brillante rasgo de ingenio? ¿Quién no es capaz de construir un juego verbal, sea un anagrama, un calambur, una dilogía…? ¿Quién no ha sentido el roce lírico del ala de la leve inspiración guiando su mano lacónica sobre el papel en un remedo lejano de los haikús? ¿Quién no guarda un apotegma en la manga para sorprender a propios y extraños? ¿No está, en esos aforismos populares que son los refranes, la impronta anónima de quienes han quintaesenciado la experiencia de las generaciones? ¿Quién renuncia, llegada la ocasión, a dejar memoria de sí, como hemos leído, entre atónitos, asombrados y divertidos, en los fúnebres aforismos que son los epitafios?

Construidos con el material más humilde y común, al alcance de todos: las palabras, no todos los aforismos lo son, ni su cultivo, por más extendida que esté esa convicción, está al alcance de todo el mundo. Umberto Eco lo dejó muy claro en su breve ensayo sobre el género y, de hecho, tanto respeto le tenía que ni siquiera lo cultivó, aunque nos ha dejado muchas frases espigadas en su obra que pudieran pasar por tales, dado que los limites exactos del aforismo como género están siempre en permanente discusión, de modo que las sentencias, los apotegmas, los refranes y los proverbios tratan de hacerse un hueco entre ellos. Importa mucho, para el buen entendimiento del género saber a qué atenerse a la hora de hablar de aforismos, porque de la confusión conceptual se derivan las principales dificultades para delimitar suficientemente el alcance de la definición. No es fácil, insisto. Prueba de ello es, por ejemplo, la necesidad, inherente a la práctica del género, de recurrir al «metaforismo», esto es, usarlos para definirlos, algo que en Fisuras aparece de modo recurrente: Un aforismo es enhebrar un hilo en la oscuridad o Un aforismo es un pensamiento enamorado de sí mismo, por ejemplo. De hecho, no es infrecuente que los aforistas reivindiquen la paternidad de una variante del género como la manifestación personal de su inventiva. Fisuras sería, pues, la denominación que cubre las realizaciones aforísticas de Francisco M. Ortega Palomares; del mismo modo que los Aflorismos serían los de Castilla del Pino, los Aerolitos serían los de Ory, las  Quintaesencias serían los de Bernard Shaw, las Greguerías, los de Ramón Gómez de la Serna o las Centellas, los de Joaquin Setantí.

Hay, por lo tanto, un movimiento de apropiación del género para imprimir en él el sello de la propia personalidad y garantizar su condición de obra absolutamente original y nítidamente distinguible de otros cultivos del género. Ninguna aspiración más noble que la de ser recordado por los aforismos propios, que estos se asocien de forma tan estrecha a quien los inventó que se consideren parte esencial de su biografía. Y por esta derrota nos adentramos en el fértil terreno en el que surge el cultivo del aforismo: la memoria, la confesión, lo autobiográfico. Un libro de aforismos tiene, podríamos decir, una comunión de origen con el impulso poético: es la irreductible subjetividad de quien escribe quien cuenta de la feria del vivir como le va en ella lo que otorga sentido a la mínima obra llamada a magnos ecos. Nada, pues, le es ajeno al aforismo, como género, y su campo temático es tan amplio como la propia vida de su autor se expande en todas las direcciones existenciales imaginables. Lo propio de ellos, sin embargo, es concentrar hasta la quintaesencia la respuesta emocional e ideológica del autor frente a lo que lo rodea o desde lo que lo sepulta: Frente al dolor, resistencia; frente al temor, inteligencia.

El aporte biográfico a los aforismos presenta varias vertientes, desde el viejo pasmo ante lo real, que fue el motor de la filosofía en la Antigüedad, hasta la respuesta emocional ante lo que nos hiere y nos interpela exigiéndonos una actitud y una declaración, porque, para un autor, incluso el silencio es la palabra que anticipa la palabra.  Los aforismos no son la respuesta a problemas concretos, ni siquiera a los abstractos, porque, insisto, su raíz lírica y su tendencia al ingenio los hace aparecer ante nosotros como  una tormenta eléctrica: relámpagos de lucidez; rayos de indignación; truenos de contrariedad… Son muchos los peligros que ha de sortear el aforismo para no ser confundido con la solemne voz pulpitesca del moralismo o la banalidad lúdica de la retórica vacía, porque, a poco que el aforista se descuida, tropieza bien en Scila bien en Caribdis y los píos deseos y las buenas intenciones convierten los textos en sermones. ¡Es tan difícil huir de la predicación cuando el alma rebosa de buenos sentimientos! Para ello, lo mejor es usar estrategias de distancia que permiten al autor refugiarse en la evocación de clásicos como Quevedo, el tiempo es un despojo de yoes sucesivos,  la paráfrasis amable de la música popular, ¿quién no tiene un corazón zurcido? [que juega con el «partío» de la canción de Alejandro Sanz] o  la transgresión expresiva radical  que heredamos de las Vanguardias, sin saber cómo, hay quien se suicida del lado amable de este mundo para poder seguir viviendo.

Fisuras, en consecuencia, es una ventana abierta al mundo íntimo del autor, quien ha escogido la metáfora de la incertidumbre, de la amenaza para mostrar a sus lectores una fragilidad radical, la suya propia y la intuida de los demás; porque de la lectura del volumen emerge una suerte de desengaño  de lo real que, si no impide la celebración ingenua de la esperanza, constata de forma abrumadora la lenta y contradictoria «evolución» de la especie, como si la condición humana no pudiera liberarse de las cadenas que nos ligan a lo atávico con un poder que nos sorprende, a fuer de resultarnos incomprensibles por su puro anacronismo. ¡Menos mal que, en palabras del autor, el humor es el lado culto de la desesperanza!, porque ese escudo nos protege frente a tantas adversidades como nos asedian permanentemente. Diríase que vivir es defenderse, que lo propio es estar vigilantes ante la impostura, detrás de una risa falsa vive una persona adulterada, y prestos a organizar la trinchera defensiva que nos permita sobrevivir. Y si la caridad bien entendida empieza por uno mismo, la lucidez del autor le permite constatar que la resistencia es el arte de la paciencia con uno mismo, antes de ejercerla con los demás.

Sostenía antes que uno de los grandes peligros del género son las buenas intenciones, una cualidad que adorna a las personas, pero deturpa los textos, porque la ambigüedad, la plurivocidad, la polisemia y la intercontextualidad dinamizan cualquier creación en lo esencial de su desafío a los lectores, quienes no suelen ser amigos de esas buenas intenciones que, desde Samuel Johnson, sabemos que pavimentan el infierno.  Si algo no permite el aforismo es dar lecciones. Tampoco son bienvenidas las certezas a través de ellos. El mejor camino lo conoce el autor como la palma de la mano con que ha escrito sus fisuras: Un aforismo es el indicio de un gran texto aún no escrito. Fisuras, así pues, puede ser contemplado como una gran aurora en cuyos juegos cromáticos advertimos el revés de la trama, la sospecha de lo bueno y lo maravilloso, pero, también, el rostro horrible de la maldad y la necedad, si ambas no son una misma cosa.

El autor de estos aforismos ha escogido la sencillez —sencillez, que no simpleza…, matiza en oportuno aforismo— como el punto de vista privilegiado de quien se apea voluntariamente de la impostura de la grandilocuencia en la que tan fácil es caer cuando, a veces contra nuestro deseo, se nos imposta un tono admonitorio que no tardamos, ¡afortunadamente!, en rechazar como lo que es: la máscara del vacío —A menudo se es víctima de las propias creencias, y no tardamos en superponer, con ese juego de connotaciones que tantos significados genera en los aforismos, «carencias», que tan a menudo suele ser la condición última de esas «creencias»—; sencillez, en definitiva,  que viene a representar algo así como «el lugar en el mundo» desde el que escoge dirigirse a nosotros el autor:  ser minúsculo es esencial para que los detalles sean importantes. Cualquier vida, bien mirada, ¡y vivida!, lo tiene todo de una suma de detalles que nos definen, y de ahí la exacta paradoja que señala Francisco: La mayor sofisticación se consigue desde la sencillez.

Los lectores de estos aforismos ya han podido sumergirse en el mundo del autor, han compartido con él los lances biográficos de sus sentimientos complejos y sus ideas generosas: la mayoría, consoladoras; no pocas de ellas, desafiantes. Nada aporta este Ultílogo a su lectura, y eso me consuela: que sea perfectamente prescindible. Quiero creer, no obstante, que cada lector ha tenido la oportunidad de escribir el suyo, bien sea en forma de apostillas a los aforismos del autor, bien en forma de asentimiento a sus propuestas o de disentimiento razonado frente a las misma. Es importante recordar la concepción que tiene Francisco del aforismario como un río que fluye y en el que, parodiando al oscuro aforista que fue Heráclito, podemos decir que nunca vamos a leer dos veces el mismo aforismo: cada nueva lectura, cada nueva inmersión en el río de su «acontecer», cada nueva travesía, tenemos la oportunidad de rescatar  inesperados significados enriquecedores de la lectura: No vale con el goce intelectual de una máxima, el súmmum de un aforismo es su acontecer. Estoy convencido, en consecuencia, de que los lectores del libro harán lo que este ultilogista ha hecho con sumo gusto: volver a perderse una y otra vez  en la lectura aleatoria de Fisuras para sumar descubrimientos a la admiración, máxime cuando, como los años prescriben: A una cierta edad, cada día es una consecuencia grave del día anterior.

 

                                                                               Dimas Mas