martes, 12 de diciembre de 2023

«Oliveros de Castilla y Artús d’Algarbe», de un supuesto Felipe Camus, y «Roberto el Diablo», anónimo, o la vieja y eterna caballería.

Cómo disfrutar apasionadamente con las humildes lecciones de literatura de un género que permitió el nacimiento de la mayor ficción de todos los tiempos.

 

                    

Cada cierto tiempo siento la imperiosa necesidad de sumergirme en lecturas clásicas que me limpien la mirada de las fatales excrecencias que, como deformes imitaciones de las tintas corridas de Rorschach, se adhieren a los ojos en la frecuentación de cierta literatura (o como se la quiera llamar…) contemporánea, de algunos ejemplos de la cual Jordi Gracia nos ha hecho la gracia hace poco de excusar su lectura con incisiva crítica. Bien falso es el refrán sobre que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no es menos cierto que volver a tiempos lejanos de la literatura, sin necesariamente remontarnos a los clásicos grecolatinos, tiene la virtud de descubrirnos o redescubrirnos obras en cuya lectura nos solazamos como en el más amable de los locus amoenus imaginables. Con una impecable edición del maestro de la crítica textual, Alberto Blecua, he abierto con renovada emoción, la de mi inmersión universitaria en Troyes, Amadís y cuantos libros de caballerías me permitían mis modestos haberes adquirir, dos humildes joyas del género, acaso no tan leídas como otras, entre las cuales descuella el propio Amadís de Gaula, un clásico que ningún aficionado a la lectura puede dejar de leer, como son Oliveros de Castilla y Artús d’Algarbe y Roberto el Diablo, ambas de origen francés y, por lo tanto, traducciones al castellano que se editan allá por 1499 y 1509 respectivamente, lo que permite detectar en la lectura ciertas referencias a obras no menos clásicas o bien a un modo de expresión propio del ambiente de la época. La primera, Oliveros…,  se le atribuye a un tal Felipe Camus, de quien se dice que la tradujo del latín, aunque esto nos dice Blecua que era un recurso mixtificador para darle mayor importancia al texto. Otro motivo fundamental de mi propensión a la lectura de obras clásicas tiene que ver con la actual degradación del castellano hablado y escrito, algo a lo que ha contribuido la omnipresencia de la política en todas las esferas de la vida, especialmente a través de la extensión de las redes sociales: parece que o se *malhabla y *malescribe de esa degradada actividad que ha desterrado del horizonte de nuestra también desaparecida convivencia la sindéresis o no hay nada de lo que hablar, porque son pocas las artes que tienen la capacidad de apartar a nuestros conciudadanos de esa ciénaga del antipensamiento y la sensibilidad que es la impía, encarnizada y malhablada lucha política.

        El prólogo de Alberto Blecua, de cuyo eminente padre fui yo alumno en la Universidad de Barcelona, es un modelo de crítica textual, e invito a quienes adquieran su edición de Editorial Juventud a leerlo para tener una muestra de excelente claridad ecdótica. Rastrear el origen de los textos y su autoría tiene mucho de actividad detectivesca, de ahí el agradecimiento del lector a quien, en el curso de su indagación, descubre fuentes a las que los curiosos del hecho literario podemos acudir: léase el Sendebar, por ejemplo, o cualesquiera otras fuentes en las que abrevar la sed de la certidumbre y de la curiosidad, como el Amicus et Amelius, que incluye Vincent de Beauvais en su Speculum Historiale, escrito hacia 1254.

        Oliveros de Castilla y Artús d’Algarbe, aun siendo traducción de un original francés, me parece una muestra perfecta del ideal de la Europa Unida muchísimo antes de que siquiera se pensase en llegar a la unión política de la que disfrutamos hoy. Un francés escribe sobre dos príncipes, uno castellano y el otro portugués, que acaban defendiendo el trono inglés y emparentándose, Oliveros, con él, a través del casamiento con la hija del rey, y que luchan contra reyes irlandeses a los que acaban sometiendo a la autoridad inglesa. No parece que haya fronteras para los caballeros andantes, y menos si están tocados por la gracia divina, a juzgar por cómo la honra de ambos los corona de virtudes que los hacen acreedores, sobre todo Oliveros, al favor de la divinidad. La intrincada trama de la obra, con muchas idas y venidas, y aventuras sorprendentes, tiene que ver con la huida de Oliveros de la corte de su padre, casado en segundas nupcias con la reina del Algarbe, porque esta se ha encaprichado de él y quiere seducirlo, violentando la fidelidad debida a su padre. Artús, hijo de la reina, es hermanastro de Oliveros, pero ambos son idénticos y, además, congenian en el acto: ficieron lianza e fraternal compañía, juramentándose que ninguna cosa, salvo la muerte, los Partiría jamás de en uno; de tal modo que es posible, estando Oliveros ya casado con Helena, y tras haber sido capturado y llevado a una prisión en Irlanda, que Artús se presente en la corte para liberar al rey y a su hija de los padecimientos en que los ha sumido la ausencia súbita y sin previo aviso de Oliveros, con quien es confundido hasta el punto de que Helena y él comparten lecho sin que ella lo tenga por un impostor, aunque bien se vale él de un ardid para evitar el contacto:  Señora, estad queda en vuestro lugar e no lleguéis a mí, ca sabréis que, estando en grande peligro, fice voto solemne a Dios que si dél me libraba que no llegaría a vuestro cuerpo fasta que primero hobiese estado en romería al bienaventurado Santiago. E vos ruego que no recibáis enojo, que, si vos tenéis salud, lo más presto que podré compliré con mi voto.

        La huida de Oliveros en busca de Fortuna lo lleva hasta Inglaterra, donde pierde los fondos que le quedan en saldar la deuda de un caballero y darle cristiana sepultura. Un hecho que, al margen de mostrar el noble corazón del héroe, queda casi sepultado por lo que viene a continuación, aunque en el desenlace de la novela estos hechos tendrán una importancia enorme. Ayudado por un ermitaño que le facilita indumentaria y caballería, Oliveros se presenta en las justas convocadas por el reino y acaba destacando como el gran paladín de quien acaba enamorándose la hija del rey, frente al despecho de los reyes irlandeses que buscaban conseguir la mano de la princesa. Aunque todo parece que transcurra favorablemente para el héroe, Fortuna, madre de tristeza e enemiga de los corazones contentos, en muy breve tiempo le quitó todo su bien y trocó sus placeres en amargos pensamientos, porque Oliveros es secuestrado y hecho prisionero en un castillo irlandés, del que Artús se verá comprometido, por amor y lealtad, a salvarlo. A tal fin, antes de irse, Oliveros le hizo entrega de una redoma con el especial encargo de que la mirara una vez al día: vos ruego, por virtud de nuestra amistad, que queráis mirar todos los días una vez esta redoma que aquí vos dejo llena de agua clara; la cual, si vierdes vuelta o la color mudada, sed cierto que me irá mal o estaré en peligro de muerte, que es la señal para que Artús entre en acción, y de ahí viene el consejo que recibe de que suplante a Oliveros en la corte hasta que pueda liberarlo, como de hecho sucede.

        No quiero destripar la trama, porque los giros de guion tan propios de este género tiene un encanto particular que se aprecia en cuanto nos salen al encuentro en la lectura.  Sí quisiera, por lo que hace al castellano antiguo en que está traducida, mencionar algunos usos que me han parecido llamativos. El primero es la evocación de los fastos de la corte en fiestas, en cuya descripción parece latir el eco del famoso poema de Jorge Manrique, concretamente de la parte conocida como el Ubi sunt?: Quien quisiese contar las galas e fiestas, las riquezas de los atavíos, el inestimable valor de las piedras preciosas e de los joyeles que así las damas como los señores de la corte traían e las sotiles invenciones e la diversidad de los vestidos de los galanes e de la muy suave y concertada música, quien quisiese fablar sería sacar las arenas de la mar, que antes carecería la mar de arenas que faltasen cosas para decir. El segundo es el apasionamiento hiperbólico propio de estas narraciones, tan románticas a su manera: E así sirvió Oliveros a su señora, e cortó a su mesa e cebó sus ojos, que muy deseosos estaban de mirarla o E fue así mismo despidirse de su señora Helena, mas no fue sin multitud de lágrimas de una parte e de la otra. Pero es notable el énfasis de la novelita en la profundísima amistad fraternal de los dos príncipes: Quien viera los dos compañeros e leales amigos bien tuviera el corazón más duro que acero si de grande placer con ellos no llorara. Ellos estuvieron más de una hora abrazados el uno con el otro, sin poder fablar palabra. Téngase presente que cuando enferma Artús, Oliveros no dudará en decapitar a sus dos hijos para darle a beber la sangre a su hermanastro a fin de que se recupere de una enfermedad que se describe casi con tintes de películas gore: Artús fue ferido de una mortal pestilencia e fue desahuciado de todos los físicos e zurugianos del reino. Ca de su cabeza salían una especie de gusanos negros como el carbón e le decendían por la frente e le comían toda la cara. E eran tantos que cuando le quitaban uno salían luego cinco o seis. E salía tan grande fedor dél que ningún hombre ni mujer, lo podía visitar ni entrar en la cámara a donde estaba. […] E en pocos días le comieron los gusanos las narices e le cegaron los ojos. Sin embargo, es justo que reproduzcamos el horror que siente ante sus propios actos el protagonista, un monólogo dramático que alcanza altas cotas emotivas: ¿Cómo puede natura consintir que el padre mate a sus fijos? ¿Quién vido jamás tan grande crueldad? ¡Bien es maldito e en mal signo nacido el que tan grande maldad comete! […]  En la condición [se autodescribe] es peor que ningún feroz animal; ningún león, ningún tigris ni onza [«pantera»] jamás fizo lo que propongo de facer».  Finalmente, no menos chocante es leer un uso en boca de Oliveros que luego recordaremos siempre por el que de él hace Cervantes, mutatis mutandis en su Quijote: Jamás caballero fue de su señor tan bien galardonado.

        Y ahí  lo dejo,  no sin hacerle reparar al intelector que se pasee por estas líneas, usos lingüísticos tan entrañables como el zurugianos u otros como sollozcando  —que da a entender el uso de un hipotético *sollozcar—; mi puericia con vusco (por «vosotros») o el empleo de un léxico ya desaparecido de nuestros usos como barjoleta o burjuleta, «una bolsa grande de cuero que no se cerraba con cordones sino con una cubierta, y que los caminantes llevaban a la espalda o a la cintura», o el desaparecido bujarca, transformado después en el posible catalanismo, también poco usado,  bucharca, o la vieja voz antenado, «hijastro»,  aunque Juan José Saer publicó una novela con una variante de ese antenado: El entenado. Otras expresiones también apelan a nuestras maneras tradicionales de encomiar: E cuando el rey le vio, se apeó del hacanea e le abrazó e le besó en la boca. […] E cuando estuvieron en la sala, el rey lo abrazó otra vez e le dijo: «Fijo, bendito sea el padre que vos engendró e la madre que vos parió». La obra, además, tiene algunas expresiones que reflejan el fondo comunitario de verdades arrancadas a la experiencia y a la cultura antigua, como se nos indica nada más arrancar la narración: Por cuanto la memoria es poca e m uy caediza e natura humana, potr su fragilidad, es muy mudable es el tópico que abre la historia; pocas veces vemos los malos principios venir a buen fin, que nos indica el carácter moralizante que, a pesar de tanta aventura y tantas pasiones sobre el tablero, tienen las narraciones medievales, y no está en poder de hombre apartarse de los primeros movimientos. E tú en el primer movimiento e vencido de la ira, hobiste de serme cruel, con que justifica Artús la violenta reacción de Oliveros cuando se entera de que Artús ha dormido en el mismo lecho que su mujer, aunque ignorando la estrategema de que se valió para no tener acceso carnal a ella ni ella a él.

        Roberto el Diablo, si bien es una narración anónima, tuvo un éxito inmediato, porque aparecieron versiones en Inglaterra y Alemania, y otros países, además de en España, claro está. A diferencia del Oliveros…, la presente es una novelita de poca extensión, traducida deLa vie du terrible Robert le Diablo, publicado en Lyon en 1486 y, como dice Blecua, de ella «procede la novelita española La espantosa y admirable vida de Roberto el Diablo, editada en Burgos en 1509, que poseyó el célebre bibliófilo don Fernando Colón, hijo del almirante».

        La historia es delirante, porque un duque y su esposa que ya desistían de tener descendencia, acaban teniendo un hijo que, tras las nueve meses de gestancia, requiere un mes completo de parto, tras el que fue llevado el niño a bautizar, al cual iban las gentes a ver por maravilla, ca de un día nacido parecía de un año. Y llevándolo y trayéndolo de la iglesia, jamás su boca se cerró, dando tales gritos que toda la gente se maravillaba de ello. Y fue dado a dos amas que lo criasen, mas de ahí a tres meses tuvo todos sus dientes y muchos, con los cuales mordía las amas y les quitaba los pezones de las tetas. […] Y cuando hubo un año andaba, y hablaba tan bien como los otros niños de cinco años. A partir de ahí, siendo la absoluta encarnación del mal, se cuentan por ultrajes diarios los que el angelito comete, sin que los padres, horrorizados, puedan encauzarlo y devolverlo a la senda del bien. Los títulos de algunos capítulos nos indican a la perfección la naturaleza de sus actos y de su ser: Cómo Roberto mató a su maestro que tenía cargo de le enseñar; Cómo Roberto el Diablo se partió de la ciudad de Roán y se fue por el ducado de Normandía, robando y matando, y forzando dueñas y doncellas; Cómo el duque envió gente para prender a Roberto su hijo, a los cuales Roberto sacó los ojos; Cómo Roberto El diablo mató siete ermitaños que halló en el monte, y fue al castillo Darca, do estaba a la sazón la duquesa su madre. Y de las razones que entre sí hubieron; Cómo Roberto el Diablo llegó a la casa que tenía en el monte, y cómo mató a sus compañeros

        A tan movida primera parte le sucede una segunda en la que Roberto hace penitencia de los muchos males causados y acepta seguir las órdenes de un ermitaño que intentará ganarlo para la causa del bien. Lo curioso es el modo como se lleva a cabo esa penitencia, según le revela un ángel al ermitaño que se la impone: Hombre de Dios, escucha lo que Dios me mandó que te dijese: Tú mandarás a Roberto, en penitencia de sus pecados, que contrahaga y disimule el loco y el mudo en la ciudad de Roma, y no coma cosa alguna sino lo que fuere dado a los perros y él pudiere quitar; y esto haga de continuo hasta que de parte de Dios le sea mandado hacer otra cosa, y así alcanzará eterna remisión de sus pecados. Ordenado lo cual, entró Roberto por la ciudad de Roma haciendo gestos con la boca y con los ojos, y bailando y saltando por las calles, como hombre ajeno de todo sentido, y en poco espacio llegó gran número de muchachos que le seguían y maltrataban continuamente. Y llegados a este punto,  hemos de considerar que hacerse el loco no significa no dar señales de cordura, y es justo esa circunstancia la que nos remite a la novelita ejemplar de Cervantes, El licenciado Vidriera, aunque, como Roberto está privado de hablar, su ingenio se demuestra ora en la burla antisemita que se incorpora a la narración como un episodio de tipo folclórico, propio de aquellos tiempos, oera en sus actos, como cuando el emperador de roma ha de vérselas en batalla contra unos enemigos acaudillados por su propio almirante, que busca hacerse con su trono. De su caracterización choca un detalle Andando un día Roberto por Roma con un gran palo en la mano, por parecer más loco…, al que aún no he hallado explicación satisfactoria, más allá de la que le he leído a Rocío Peñalta Catalán en su artículo «Locos y locura a finales de la Edad Media: representaciones literarias y artísticas», en la Revista de Filología Románica (2009): Los locos furiosos se rasgan las ropas y atacan a los demás hombres; así se les representa en muchas ocasiones, con vestidos andrajosos y empuñando una maza o palo tosco.

        El modo ingenioso y milagrero como se desenlaza la narración cuando, tras formar parte, como bufón y casi como otro perro más de la corte del emperador, pues es a estos a los que disputa los alimentos que les arrojan desde la mesa real, Roberto toma parte decidida en favor del emperador, cuando este se enfrenta a una revuelta interna acaudillada por su almirante, nos indica que la urdimbre de la historia está tejida con más que notable habilidad. Y aunque, su venganza del almirante, tras haber matado este en combate al emperador, parece retrotraernos a los inicios de su diabólica condición, bien vemos enseguida que nos hallamos ante una justicia incomprensible, por bárbara, para nosotros.

        He aquí, pues, dos novelitas que, en estos tiempos en los que parece imperar la deserción de la lectura, no solo nos acercarán a un estadio primitivo y encantador de la lengua castellana, sino a unos modos de novelar sin parangón con la sosas maneras contemporáneas. ¡Disfruten de un viaje al pasado más que provechoso en términos de placer lector e imaginación novelesca!

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 10 de diciembre de 2023

«El arte de tener razón», según Aristóteles y Schopenhauer.



Una reflexión intempestiva sobre la práctica del diálogo.

 

          Dada mi irregular formación académica, he leído muchísimos «diálogos», desde el del amor de León Hebreo hasta el de la lengua, de Juan de Valdés o el de Mercurio y Carón, de su hermano Alfonso, pasando por los misceláneos de Pedro Mejía, porque, al margen de la filosofía, el diálogo es un género renacentista que triunfó en obra tan dispares como, Diálogo de la dignidad del hombre,  El viaje a TurquíaEl Crotalón o De los nombres de Cristo, y en todos ellos debe de haberse formado mi querencia por el razonamiento y el debate.

Gustavo Bueno, en una revista filosófica, con nombre de bestiario medieval, El Catoblepas, publicó un artículo al que remito siempre que necesitamos un baño de humildad sobre los límites del diálogo como fuente de iluminación para hallar la razón que podamos compartir porque su evidencia lógica se nos impone irrefragablemente. Este: https://www.nodulo.org/ec/2004/n024p02.htm

En él desarrolla un análisis del diálogo que aconsejo fervientemente para darnos cuenta de que, a menudo, el «diálogo», venerado como un tótem por las mentes simples o populistas, no pasa de ser otro de los adoquines que empiedran el infierno, según el conocido  aforismo, atribuido a no pocos.

Mi inveterada afición a los debates parlamentarios, hasta que el nivel ha bajado a las cloacas, momento que coincidió con la moción de censura destructiva que nos ha traído el caos ideológico que ya tuvieron los españoles la desgracia de vivir, entonces trágicamente, durante la Segunda República, y que nosotros vivimos como un sainete que «no es de reír», de acuerdo con El 18 Brumario; dada mi afición, decía, a oír argumentar, a usar y abusar de pretendidos razonamientos, mentiras, embaucamientos, falsas verdades, primo hermanas certezas, discursos apodícticos —y no pocos de ellos apocalípticos, sin nada sicalíptico con que amenizarlos…—, me he tomado el placer, que no la molestia…, de leer el famoso librito de Schopenhauer, El arte de tener razón, cuya premisa es demoledora: La dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente. A título anecdótico, mi hija, en cuanto me vio con el exiguo volumen en las manos y comprobó en la portada qué leía, exclamó: «¡Papá, pero cómo se te ocurre leer algo así! ¡Lo único que te faltaba!», expresión que reconocía, intimidada, el tesón con que me aplico a los debates, sean cuales sean. Reconozco, no obstante, que desapruebo el cinismo del «ilícitamente» de don Arturo, aunque en la vida social y política sea lo que predomina.

Después de leer, escribir y ver cine, dialogar debe de ser, en el orden de mis intereses vitales aquello a lo que recurro con mayor frecuencia. He tenido la infinita suerte, además,  de tener en mi Conjunta la más correosa contrincante que imaginarse pueda, y gracias a ella reconozco que he afinado yo mi método de razonamiento y ella me ha hecho descubrir las sólidas carencias contra las que lucho diariamente, porque el razonar no es algo que se dé de una pieza, sino una conquista que se va abriendo paso con cada enfrentamiento dialéctico: no hay debate o discusión de la que no se salga con una enseñanza que mejore nuestras herramientas dialécticas; de lo contrario, habrá sido una experiencia baldía y propia de lo que llamamos «hablar en tonto», que dos personas se den la razón mutuamente.

El modo como interpreta Schopenhauer la dialéctica es el de una lucha en la que ni tan siquiera han de faltar las «malas artes»: Quien queda como vencedor en una discusión tiene que agradecérselo por lo general no tanto a la certeza de su juicio al formular su tesis como a la astucia y habilidad con que la defendió, porque «astucia y habilidad» no remiten tanto a la claridad, cuanto a los procedimientos que los antiguos despreciaron bajo el nombre de sofística, la propia de la razón aplicada, no del pensamiento que busca la verdad incontestable, o dicho en las palabras de don Arturo: Hay que distinguir claramente la búsqueda de la verdad objetiva del arte de conseguir que lo que se ha enunciado pase por verdadero; aquella es asunto de una pragmateia [‘disciplina’] bien distinta, es la obra de la capacidad de juzgar, del discurrir, de la experiencia, y para ella no existe artificio alguno; la segunda es el objeto de la dialéctica. El autor se ciñe punto por punto a los Tópicos, de Aristóteles, obra en la que el estagirita pormenoriza loas procedimientos dialécticos, indicando también la doble vertiente señalada por Schopenhauer entre el razonamiento aplicado al saber puro y el que busca tener razón con fines prácticos. Aristóteles lo dice más oscuramente, aunque Schopenhauer se ajusta a los requisitos del razonamiento que aquel establece: Toda discusión tiene una tesis o un problema (estos difieren simplemente en la forma), y luego axiomas que deben servir para resolverlo. Se trata siempre de la relación de unos conceptos con otros. Estas relaciones son, inicialmente, cuatro: o 1) su definición, o 2) su género, o 3) su característica particular, su marca esencial, propriumidion o 4) su accidens, es decir, una cualidad cualquiera, sin importar si es peculiar y exclusiva o no; en suma, un predicado. […] Esta es la base de toda dialéctica. Aristóteles distingue entre demostración  y razonamiento dialéctico; el primero pertenece al ámbito filosófico de las verdades, el otro al de lo plausible: Hay demostración cuando el razonamiento parte de cosas verdaderas y primordiales, o de cosas cuyo conocimiento se origina a través de cosas primordiales y verdaderas; en cambio, es dialéctico el razonamiento  construido a partir de cosas plausibles. Ahora bien, son verdaderas y primordiales las cosas que tienen credibilidad, no por otras, sino por sí mismas (en efecto, en los principios cognoscitivos no hay que inquirir el porqué, sino que cada principio ha de ser digno de crédito en sí mismo); en cambio, son cosas plausibles las que parecen bien a todos, o a la mayoría, o a los sabios, y, entre estos últimos, a todos, o a la mayoría, o a los más conocidos y reputados.

Schopenhauer contempla la dialéctica como una «esgrima intelectual», cuya manifestación más corriente la podemos observar en las sesiones parlamentarias, a pesar de la seria limitación de tiempo que afecta a unos u otros intervinientes. De los primeros tiempos de nuestra democracia siempre recordaré aquel pugilato en que una intervención parlamentaria parecía dejar sobre la lona al adversario, hasta que este intervenía y se invertían las posiciones  de los contendientes en el cuadrilátero. O, para que se entienda mejor, el ágora del diálogo en aquellos años  no era, en realidad, el Parlamento, sino un programa de televisión que congregaba muchísima más audiencia que los debates parlamentarios: La clave, de José Luis Balbín. Aquello sí que fue una academia del diálogo, del razonamiento, y de sus métodos, porque la variedad y la categoría intelectual de los invitados convertía aquellos debates en un festín del razonar, se hablara de lo que se hablara. El contraste, hoy, es el Sálvame histérico de la política que ofrece habitualmente La Sexta, donde tienen nido todas las miserias intelectuales que han degradado un arte que está en el fundamento del desarrollo cultural de Occidente desde la eclosión de los presocráticos. Señalaba lo de la esgrima ut supra, pero también admite la comparación, el debatir, con el boxeo, y muy especialmente con los sucios «golpes bajos, a los que tan afectos son los pugilistas marrulleros, cuyo equivalente correspondería a lo que señala que habría de hacer quien va perdiendo el combate dialéctico: primero, desconcertar y aturdir al adversario con absurda y excesiva locuacidad; segundo, cuando advertimos que el adversario es superior y llevamos las de perder, procedemos de manera ofensiva, grosera y ultrajante; es decir, pasamos del tema de la discusión a la persona del adversario. Puede denominarse a este procedimiento argumentum ad personam, diferenciándolo así del argumentum ad hominem.[…] Hobbes: «Toda alegría del ánimo y todo contento residen en que haya alguien con quien, al compararse, uno pueda tener un alto sentimiento de sí mismo» […], donde introduce una distinción en la que no suelen reparar, si no la confunden, los politólogos (mil impostores, por uno bueno…) ni los razonadores comunes: los ataques ad hominem y los ad personam. ¡Menos mal que, al menos, nos da una salida ingeniosa para oponerse a los últimos: Frente a los ataques ad personam la defensa es la de Temístocles contra Euribíades que recogió Plutarco; «Pégame, pero escúchame». De hecho, y aunque no sea una argumentación ad personam, Schopenhauer nos recomienda, para cuando nos vemos en inferioridad de condiciones respecto al adversario, una táctica que en nuestro barrizal español conocemos sobradamente, porque sustituye habitualmente a lo que en otras latitudes, Francia, por ejemplo, suele considerarse un «debate»: Provocar la irritación del adversario y hacerle montar en cólera, pues obcecado por ella, no estará en condiciones apropiadas de juzgar rectamente ni de aprovechar las propias ventajas. Se le encoleriza tratándole injustamente sin miramiento alguno, incordiándole y, en general, comportándose con insolencia. Y de ahí que nos sugiera, como también lo hace Aristóteles, que no se discuta con cualquiera, porque, como bien vio Goethe:  No dejes en ningún caso / que te arrastren a un debate; / cae en la necedad el sabio / cuando con necios combate. Es este un principio, buscarse un igual con quien debatir, que ahorraría muchos pesares a los habituales de la plataforma social X, porque no ya a quien no observa las reglas gramaticales, sino tampoco a quienes no exhiban unos mínimos de educación cívica que implica la condición de ciudadanía debería dársele vela en el entierro de la barbarie que es la dialéctica bien entendida. En palabras que por ser de Aristóteles son el fundamento de una impecable argumentación ad verecundiamAhora bien, no hay que discutir con todo el mundo, ni hay que ejercitarse frente a un individuo cualquiera. Pues, frente a algunos, los argumentos se tornan necesariamente viciados: en efecto, contra el que intenta lo por todos los medios parecer que evita el encuentro, es justo intentar por todos los medios probar algo por razonamiento, pero no es elegante. Por ello precisamente no hay que disputar de buenas a primeras con cualesquiera individuos: pues necesariamente resultará una mala conversación; y, en efecto, los que se ejercitan así son incapaces de evitar el discutir contenciosamente.

Lo habitual en el terreno del combate dialéctico es que los interlocutores se defiendan más a sí mismos que una tesis cualquiera, porque, por una terrible e incívica concepción de la política, nunca se busca la verdad —cuya existencia implícitamente suele ser indiferente—, sino d3escalificar y aplastar al contrario, lo que acaba envenenando la vida social hasta el extremo de fomentar el sectarismo totalitario y unas primera fase de la «violencia» que, en no pocos casos, como la Historia nos enseña, acaba convirtiéndose en violencia física. La descalificación radical del adversario que supone convertirlo en enemigo es la más dañina de las tácticas dialécticas, y, para nuestra desgracia, es hoy método entronizado por cualesquiera fuerzas políticas que, en democracia, deberían dar ejemplo de todo lo contrario, esto es, de la serena aceptación de la discrepancia y lo que ella supone para el enriquecimiento de cualquier debate. Como aquel chiste, creo que de Máximo, en los albores de la democracia, aunque bien pudiera ser de Chumy Chúmez, ¿y por qué forman un partido si todos piensan lo mismo?...

Dialogar es un acto de civilización, pero, como todo lo relacionado con la acción cultural humana, precisa de unas «formalidades» que, en circunstancias normales, deberían «heredarse» y, generación tras generación, haber ido perfeccionándose, pero mucho me temo que en España ha habido demasiadas interrupciones en la labor civilizadora, ¡y ahí tenemos el tremendísimo siglo XIX de los «pronunciamientos», las represiones, los exilios y los odios campando a sus anchas, para darnos cuenta de lo que, para algunos, significó la ahora tan vilipendiada Transición y la Constitución del 78 que, desde el PODER quiere dinamitarse con pseudoargumentos falaces de la peor especie como que se hace «por el bien de España», la mentira más indigna en boca de un gobernante, después de la de las «armas de destrucción masiva» que he oído en todo el actual periodo democrático; menos mal que Su Excelencia pdr snchz ha tenido el detalle de no pedirles a los periodistas que lo miren a los ojos mientras la escupía.

Como se advierte, estamos casi indefensos ante la degradación de las condiciones del debate, porque, a pesar del aviso de Aristóteles, renovado por Schopenhauer, a la sociedad española en su conjunto no le queda más remedio que debatir con medios de comunicación y políticos que hacen de la mentira interesada el criterio de verdad de su actuación.

No sé cómo, pero espero que podamos salir de esta y no buscar un pasado mejor, sino un futuro mejor, aunque cierto es que los resultados de la evaluación educativa PISA no abonan la esperanza, sino la ciénaga del determinismo.

Me acojo a Aristóteles para darle al lector hipotético de estas líneas un método para separar el grano de la paja en cuanto acaba de leer: Hablando en general, es superfluo todo lo que, una vez suprimido, no impide que lo que queda haga evidente lo definido.