domingo, 19 de marzo de 2023

Nada de nada...

          


         No debes profanar con rústicos signos la plenitud, el vacío, la ausencia. No estás aquí, ante las teclas que dibujan, 01,01,01,01…, lo indescifrable, la totalidad. Desde un resorte ajeno se articulan, entre la niebla del ser, los signos opacos de la niebla sináptica: tormentas de chispazos nerviosos.

El cosmos en sus nominales agujeros blancos se traga incluso el todo con los suyos y sí, tú —¿quién eres tú?—, soso y bobo, desapareces tras los del loco. Sumas ausencias como quien grita en la duna del desierto que se alza contra él —¿quién es él?— y lo sepulta, abrasado fundamento del único paisaje que se sucede a cada momento.

 Rueda la nada en órbita eterna, sin voces ni sombras ni lluvias ni descanso. Dices y no hay significado. Braceas como un náufrago del que las profundidades abisales tiran para trazar un tirabuzón que desciende, en doble vuelta de eje, por las paredes del maelstrom, la otra arena.

 ¡Tanto aire enrarecido ocupando tanto espacio en los alveolos del delirio por sobrevivir! Sereno, distante, edificado, rocoso, inerte, obsceno sueño de la muerte y la devastación, maridadas en el altar del estéril desorden absoluto, renuncias. Escombro y residuo. Excrecencia y descarte.

Demasiados algoritmos se te atragantan. La nada desde Adán no ha modificado su ADN amputado. No hay exclamación posible para el vacío, ni para su molde informe y ubicuo. Hay, sí, un vuelo de trazos alados sobre la linde y una lluvia de nostalgia incomprensible y forajida. Pero nada de todo eso significa algo: el aire se cuela entre los trazos, va y viene, silba una silva de triste savia salvaje derramada desde los troncos heridos. Silencio. Ausencia. Distancia.

La serenidad no se respira: se inhala la ausencia, se exhala el vacío. Rito cumplido bajo el cielo estrellado. No estoy, ni aquí ni allí ni en parte alguna: en redor, el helor y la respiración en suspenso; las manos agarabatadas de las que cuelga el odre reseco de un suspiro afónico.

Me pierdo en el rincón del arpa, abrigado por harapos de sentimientos cuajados en severos rictus indescifrables: el dolor remite al emisor mudo de los vacíos que ruedan sobre el tapete negro del fondo cósmico: no hay nosotros tan horadados por el vacío, como lo estáis vosotros —¿quiénes somos nosotros; quiénes sois vosotros?—, atravesados de huecos sin horizontes: me pierdo en las oquedades hoscas y sin aliento de la ausencia del verbo, del olvido del hálito, del derramamiento de la linfa, del deslizamiento cortante de los nudos y de los mudos nodos sin descendencia en el árbol de mi única genealogía, la de los modorros: no sabía, no pensaba, no miraba…

No hay voces hembra ni voces macho. El deseo siempre suspende su acecho frágil y complejo: porque no hay un ello —¿qué ello extraño seduce y encona?— ni ellos, quienes sean, lo han descubierto —¿quiénes son ellos, que danzan sobre la cuchilla cortante en los firmes hielos de la indiferencia?—, al menos en cuanto se afirma desde las raíces como fruto borde del ser, del estar y del devenir.

Los suspiros febriles son el magma candente del vacío que desafía al cielo y cubre de humaredas viscosas los pulmones, la garganta y el paladar del fonador desahuciado, del fuelle rasgado que emite síntomas confusos de un yo desarbolado y volado como explotan los soles en los espacios infinitos y aterradores; pero —¿quién soy yo, hoyo y hondonada, nada honda, vacío y huevo huero?—, me pregunto entre olvidos silentes. La nada. La ausencia. Un borrón sin cuenta nueva.

        

lunes, 6 de marzo de 2023

«Los Capítulos Interiores de Zhuang Zi», traducidos por Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer

                                                                                        

Un texto inquietante, o la sabiduría oriental del sosiego del desasimiento: nada más cercano que una voz que nos habla desde veinticinco siglos ¿atrás?

 

Contemporáneo, en mayor o menor medida, de Aristóteles, Diógenes, Epicuro, Zenón o Hiparquia, Zhuangzi es un filósofo chino posterior a Laozi, con quien se equipara en importancia por lo que a la doctrina del Tao se refiere. Se expresó usualmente a través de parábolas y apólogos en los que, al modo de Esopo, los animales toman la palabra. Teórico y maestro del escepticismo, su filosofía se acerca mucho al relativismo de todo tipo que impera en nuestra sociedad actual. No cae en el Todovalismo —aún en periodo de definición y articulado en el caletre de quien esto escribe—, pero sí es muestra inequívoca de la prevención del pensamiento frente al poder totalitario de las verdades indiscutibles o irrefragables. Diríase de Zhuang Zi que se llevaría la mar de bien con nuestro Francisco Sánchez, el Escéptico.

Menos conocida que el Tao Te King,  la obra de Zhuang Zi tiene un aliento poético que  bien merece ser leída y releída, por lo mucho que nos revela a nosotros, seres del siglo XXI en viaje permanente hacia la oscuridad y la duda, huyendo del acecho de las verdades rotundas con que nos machacan desde arteras profesiones embaucadoras como la política, la religión e incluso, en la peor de sus versiones, la ciencia y la tecnología.

He seleccionado el capítulo segundo de los llamados Capítulos interiores de Zhuang Zi, que son aquellos de los que puede presumirse que salieron de su mano, frente al resto de los que componen su obra, atribuidos a sus discípulos, si bien no hay testimonio fehaciente de la autoría; pero ya se sabe que Sócrates, anterior a Zhuang Zi y a sus contemporáneos helenos, desconfiaba radicalmente de la escritura y fiaba la permanencia del saber a la tradición oral, por más que el futuro lo haya desmentido.

Quería concluir esta presentación, por quedar bien, más que nada, con  la referencia al interés de Borges por este autor, y hete aquí que me encuentro con un artículo suyo en Sur en el que afirma lo siguiente: El remoto Chuang Tzu (aun a través del idioma spenceriano de Giles; aun a través del dialecto hegeliano de Wilhelm) está más cerca de nosotros, de mí, que los protagonistas del neotomismo y del materialismo dialéctico. Los problemas que trata son los elementales, los esenciales, los que inspiraron la gloriosa especulación de los hombres de las ciudades jónicas y de Elea. Y concluye con una cita de Oscar Wilde: La primera versión inglesa de Chuang Tzu apareció en 1889. Oscar Wilde la criticó en el Speaker. Alabó su mística y su nihilismo y dijo estas palabras: «Chuang Tzu, cuyo nombre debe cuidadosamente pronunciarse como no se escribe, es un autor peligrosísimo. La traducción inglesa de su libro, dos mil años después de su muerte, es notoriamente prematura».[ Sur, Buenos Aires, Año IX, N° 71, agosto de 1940].

O sea, que el intelector que tenga el buen gusto de hojear este Diario enseguida advertirá que se halla en la mejor y más provechosa y acaso perniciosa de las compañías…Si siempre la lectura lenta es un deber, ninguna ocasión mejor que la  de de este clásico para ejercerla, porque cada línea ha de ser leída con el mimo que el entendimiento yla imaginacion han de prodigar en estos casos en los que la iluminación surge de la oscuridad; el todo de la ausencia.

 


Capítulo II

IDENTIDAD DE LAS COSAS Y LOS DISCURSOS

I

Ziqi de Naguo, reclinado en su diván,

Hacia el cielo suspiraba extasiado,

como privado de su cuerpo.

Yancheng Ziyou, de pie a su lado,

le preguntó: «¿Qué te ocurre?

¿Cómo has podido convertir

tu cuerpo en un tronco seco,

y en cenizas muertas tu mente?

¡El hombre aquí ahora mismo tumbado

no es el hombre de ayer!».

Y Ziqi respondió:

«¿Sabes? Hace un momento he perdido mi yo.

Aunque oigas la música de los hombres,

no oyes la música de la tierra.

Aunque oigas la música de la tierra,

no oyes la música del cielo».

Ziyou quiso entender ese misterio.

«Viento es lo que exhala la Tierra respirando

- dijo Ziqi -. Inmóvil hasta que se levanta

y braman con furia todas las oquedades.

Allí, en las montañas,

en los bosques profundos,

las hendiduras de los gigantes troncos

son como narices, bocas, orejas,

muescas, tazas, morteros,

hoyos y hondonadas: todos ellos

susurran, silban, chillan,

sollozan, rugen, vociferan.

Unos llaman y otros son eco.

Unos son dulce brisa, otros

huracán desaforado.

Cuando el viento poderoso se detiene,

las oquedades se vacían de silencio.

¿No has visto tú la danza última

de las hojas, de las ramas

el último temblor?» .

Ziyou replicó entonces:

«Si la música de la Tierra

proviene de estas oquedades;

y si la música de los hombres

proviene de las flautas de bambú;

¿de dónde viene la música del Cielo?».

«La música del Cielo - dijo Ziqi -

¿de dónde viene ese soplo múltiple y plural

que penetra en cada cosa

y que cada cosa inhala por sí misma?».

II

El gran Saber todo lo abarca

El pequeño todo lo divide.

Las grandes palabras son fuego.

Las pequeñas, balbuceos inútiles.

Durante el sueño,

las almas de los hombres

se funden, se entremezclan.

En la vigilia,

los cuerpos se despiertan y se animan.

En el contacto con las cosas,

el corazón del hombre se enreda y lucha:

prudencia, astucia, calma.

Los pequeños miedos le inquietan.

Los grandes le paralizan.

Rápido como una flecha

se lanza a distinguir la verdad de la mentira.

Obstinado como el que ciegamente jura

y se aferra a la victoria.

Igual que en otoño e invierno,

se apagan los días del hombre.

En el mar de sus actos, ya hundido,

nada puede hacerle emerger.

Su corazón lacrado se marchita,

Así llega a la vejez,

hacia la muerte.

Su luz ya no renace.

Alegría, cólera,

tristeza, placer,

lamento, inquietud,

inconstancia, perseverancia,

descuido, ligereza,

insolencia, afectación.

Música que brota del silencio.

Hongos que nacen de la humedad.

Los días se alternan con las noches;

nadie sabe el cómo ni el porqué.

¡Basta, basta!

¿Acaso podemos conocer

el origen de todo lo que cabe

entre un día y una noche?

Sin lo otro, no hay yo.

Sin el yo, nada se manifiesta.

Sí, cerca estamos del origen,

pero desconocemos Aquello

que todo lo hace y lo comienza.

Quizás haya un Dueño verdadero:

ninguna traza hay de su existencia.

Real, pero invisible.

Creemos en sus actos

aunque no vemos su figura.

De los cien huesos de que un cuerpo se compone,

de los nueve orificios,

de las seis vísceras,

¿cuál es el más amado?

¿Se les ama a todos por igual?

¿Hay alguna preferencia?

¿Son todos ellos súbditos?

¿Son todos ellos amos?

¿O se alternan en su poder

como servidor y soberano?

¿Hay entre ellos un Dueño verdadero?

Aunque lo hubiera,

nuestra ignorancia de él,

nuestro conocimiento de él,

no afectarían en nada a su auténtica Verdad.

Cuando una forma nos ha sido dada,

persiste hasta que la vida se agota.

Nos cortamos con el filo de las cosas.

Nos evitamos mutuamente.

Veloces como caballos galopando.

Incontenibles. ¿No es una lástima?

Esforzarse sin ver el fruto del trabajo.

Agotarse y no saber a dónde regresar.

¿No es triste? Ser inmortales ¿para qué?

El cuerpo se corrompe,

así tarnbién el espíritu.

¿Podemos negar ese inmenso dolor?

¿La vida del hombre es tan absurda?

¿O es que soy el único que lo piensa,

yo, el más absurdo de entre todos?

III

El hombre se conforma a lo prefijado por su mente

y lo toma por maestro.

¿Quién es el hombre extraordinario que se priva de ello?

¿O sólo el hombre que penetra la alternancia de las cosas

lo toma por maestro?

Así también el necio,

cuando admite que afirmación y negación

preceden a lo fijado por su mente.

Tan ilógico como partir hoy para Yue y llegar ayer,

o afirmar que es visible lo invisible.

Y aunque ello fuera cierto,

si ni siquiera Yu el divino podría entender ese misterio,

¡cómo iba a entenderlo yo!

La palabra no está hecha sólo de aire,

la palabra tiene un decir,

pero lo que dice no es nunca fijo.

¿En verdad existen las palabras?

¿En verdad se diferencian del piar de los pájaros?

¿Quién ha ensombrecido el Tao,

distinguiendo la verdad de la mentira?

¿Quién ha confundido a las palabras

distinguiendo afirmación de negación?

¿Dónde se encuentra el Tao ausente?

¿Dónde las palabras imposibles?

Tras los mínimos acontecimientos

el Tao se esconde.

Tras su máximo esplendor

las palabras se ocultan.

Así, confucianos y moístas

niegan y afirman,

afirmando lo negado,

negando lo afirmado.

Pero si deseas la afirmación negada,

la negación afirmada,

nada puede compararse a la Iluminación.

En las cosas mismas existe el esto

y el aquello.

Si partimos del aquello

no entenderemos nada.

Si partimos del esto

lo alcanzaremos todo.

Escrito está:

aquello surge de esto,

esto depende de aquello.

El esto y el aquello

unidos nacen.

Lo que ya es vida ya es muerte.

Lo que ya es muerte ya es vida.

Lo que ya es posible es imposible.

Lo que ya es imposible ya es posible.

Porque lo que se puede afirmar,

se puede negar.

Porque lo que se puede negar,

se puede afirmar.

El Santo no va por este camino.

Él ilumina las cosas con la luz del cielo.

y todo lo aprueba, toda circunstancia.

Esto y aquello se sustituyen uno al otro.

En el esto se reúnen un sí y un no.

En el aquello se reúnen un sí y un no.

¿Es que hay en verdad un esto y un aquello?

¿Es que no hay en verdad un esto y un aquello?

El punto en donde esto y aquello

neutralizan su oposición

es el núcleo del Tao:

el centro de un círculo que irradia

infinitas respuestas.

Infinito es el sí.

Infinito es el no.

Escrito está:

nada es comparable a la Iluminación.

IV

Mejor que mostrar con un significado

que el significado no es significado,

utiliza el no significado para demostrarlo.

Mejor que mostrar con un caballo

que el caballo no es el caballo,

utiliza el no caballo para demostrarlo.

Cielo y tierra: un significado.

Los Diez Mil Seres: un caballo.

Lo admisible proviene de lo admisible.

Lo inadmisible proviene de lo inadmisible.

El Tao es el camino que forman nuestros pasos.

El nombre de las cosas

es el nombre que nosotros les damos.

Es así porque puede ser posible.

No es así porque puede no ser posible.

Es así porque es así.

No es así porque no es así.

¿Por qué es así?

Porque es así.

¿Por qué no es así?

Porque no es así.

¿Por qué puede ser así?

Porque puede ser así.

¿Por qué puede no ser así?

Porque puede no ser así.

Toda cosa posee inherente su propia naturaleza.

Toda cosa tiene su propia posibilidad.

Nada hay sin su naturaleza,

y nada sin su posibilidad.

Así, por extrañas o insólitas que las cosas sean,

viga o rama,

belleza como la de Xi Shi,

o extrema fealdad,

el Tao todo lo disuelve unificándolo.

Lo que se divide, se forma.

Lo que se realiza, se destruye.

En la división está el acabamiento del ser.

En el acabamiento del ser, su destrucción.

Separar es formar.

Formar, destruir.

Pero nada se forma ni se destruye,

porque todo se disuelve en lo Uno.

Sólo el saber del hombre penetrante

unifica las cosas.

No afirma nada

y permanece en lo usual.

Lo usual es lo útil;

lo útil es lo intercambiable.

Lo intercambiable, unifica,

lo que unifica, alcanza,

lo que alcanza, se acerca

y la afirmación cesa.

Este final del que ignoramos el porqué

es lo que llamamos Tao.

Pero el que fatiga su espíritu

en comprender la Unidad

sin reconocer las semejanzas,

a eso se le llama «tres por la mañana».

¿Por qué se llama así?

Un criador que alimentaba a sus monos

dijo a éstos:

«Tres castañas por la mañana

y cuatro por la tarde».

Los monos se enfurecieron.

«Está bien - les dijo -,

entonces cuatro por la mañana

y tres por la tarde».

Y los monos saltaron de alegría.

Nada había cambiado:

ni la realidad ni las palabras;

pero su utilidad provocó

cólera primero y alegría después,

porque se adaptó a las circunstancias.

Así el Santo armoniza negación y afirmación

y descansa en la Rueda Celeste.

Esto se llama: «andar por dos caminos».

El saber de los hombres antiguos

llegó a un límite. ¿Cuál?

Unos pensaban que en el comienzo no había seres.

Conocimiento puro y supremo. Nada más que añadir.

Otros pensaban que había seres,

pero no límites.

Otros que había límites,

pero no diferencias entre negar y afirmar».

Negar-afirmar,

ésta es la causa de la decadencia del Tao.

La decadencia del Tao:

cuando el amor divide y culmina.

Decadencias, culminaciones

¿existen verdaderamente?

Sí, existen:

Zhao lo demuestra cuando toca su laúd.

No, no existen:

Zhao lo demuestra cuando no toca su laúd.

Zhao Wen tocando su laúd,

el maestro Kuang sosteniendo su batuta,

Hui Zi meditando apoyado sobre un árbol.

Todos ellos perfeccionaron su arte

hasta el final de sus días.

Fue su amor lo que les diferenció del mundo,

lo que les empujó

a iluminar a los otros.

Iluminar lo no iluminado:

entrar a la oscuridad de lo «blanco y lo duro».

Por eso, siguiendo a su padre,

el hijo de Zhao Wen murió sin alcanzar nada.

¿Podemos llamar a esto culminación?

Entonces yo, inacabado, soy ella.

¿O no podemos llamarlo así?

Entonces ni yo ni nadie lo somos.

Así el Santo desdeña el fulgor

de la ilusión y de la duda.

No afirma nada y permanece en lo usual.

Esto significa la Iluminación.

V

Ahora bien, si dijera cualquier cosa,

¿diferiría de una afirmación?

Lo que difiere y lo que no difiere

son de la misma categoría.

Sin embargo, déjame decirte:

Hay un origen.

Hay el no origen del origen.

Hay el no origen del no origen del origen.

Hay la presencia. Hay la ausencia.

Hay el no origen de la ausencia.

Hay el no origen del no origen de la ausencia.

De repente: presencia de la ausencia.

Ya no sé cuál es cuál.

Sí, acabo de hablar.

¿Pero he afirmado yo algo

o no he afirmado nada?

Nada hay más grande que la punta de un cabello del otoño.

Nada más pequeño que la enorme montaña Taishan.

Nadie más longevo que un recién nacido muerto.

Nadie más prematuramente muerto que el longevo Pengzu.

El Cielo y la Tierra han nacido conmigo

y los Diez Mil Seres conmigo son Uno.

Ahora que ya todo es Uno

¿para qué decir algo?

Cuando digo que todo es Uno

¿no utilizo la palabra?

Uno más palabra son dos.

Dos más uno son tres.

Si siguiéramos así,

el más experto contable no acabaría nunca,

y mucho menos una persona cualquiera.

Así, si llegamos de la ausencia a la presencia

y de la presencia al tres,

¿adónde llegaríamos a partir de la presencia?

Parémonos y lo afirmado cesa.

El Tao nunca ha tenido límites

La palabra nunca ha tenido normas.

Pero la afirmación tiene sus límites.

Déjame decirte cuáles son.

Hay derecha, hay izquierda,

hay reflexión, hay debate,

hay división, hay discriminación,

hay rivalidad, hay pelea.

Éstos son los ocho poderes.

De más allá del Universo,

el hombre Santo sabe pero no habla.

De rnás acá del Universo,

el hombre Santo habla pero no discute.

De los Anales de los antiguos reyes

el hombre Santo discute

pero no debate.

Debatir:

desprenderse de lo que no puede ser debatido.

¿Qué quiere decir esto?

El hombre Santo

todo lo acoge en su seno.

El hombre común

debate para ponerse en evidencia.

Por eso digo: el que debate, nada alcanza.

El Tao supremo es innombrable.

El Debate supremo, mudo.

La suprema Bondad ignora el bien.

La Probidad suprema nada guarda.

El Coraje supremo nunca agrede.

El Tao que se ilumina ya no es Tao.

La palabra que debate nada alcanza.

La bondad que perdura no es perfecta.

La brillante probidad no es creíble.

El coraje que agrede es inmaduro.

Son cinco realidades perfectas como el círculo,

pero se deforman en cuadrados.

El saber que permanece en la ignorancia

es lo más alto.

¿Quién puede conocer el Debate

Callado, el Tao impronunciable?

Si alguien es capaz de conocerlo algún día,

eso es lo que se llama el Tesoro Celeste.

Por mucho que derrames en él,

nunca se llenará.

Por mucho que saques de él,

nunca se agotará.

Misteriosa es la fuente en donde brota

porque es la llamada Luz Oculta.

VI

Antiguamente el emperador Yao

preguntó a Shun:

«Es mi deseo someter a los Zong,

a los Kuai y a los Xu Ao.

Pero me siento inquieto en mi trono.

¿Cuál puede ser la causa?».

Y Shun le respondió:

«Estos tres reinos

perdidos entre los matorrales

¿cómo pueden inquietarte?

En otros tiempos diez soles surgieron

y los Diez Mil Seres brillaron.

¿Acaso la Virtud de un hombre

no ilumina más que la luz del sol?».

Nie Que preguntó a Wang Ni:

«¿Conoces algo que sea afirmado por todos?».

«¿Cómo puedo yo saberlo?» - contestó Wang Ni.

«¿Pero sabes que lo ignoras?».

«¿Córno puedo yo saberlo?».

«¿Entonces, nada puede conocerse?».

«¿Cómo puedo yo saberlo? - insistió Wang Ni -.

De todas formas, te diré algo:

¿Cómo puedo yo saber

que lo que se llama conocimiento

no es ignorancia,

que lo que se llama ignorancia

no es conocimiento?

Si un hombre se acuesta sobre mojado,

sus riñones no lo resistirían;

¿ocurriría esto con un pez como la locha?

Si un hombre se sube a un árbol,

temblará por miedo a caerse;

¿ocurriría esto con un mono?

¿Cuál de los tres conoce el lugar perfecto?

Los humanos se alimentan de herbívoros,

de heno se alimentan los alces y los ciervos.

A los ciempiés les encantan las serpientes.

Las lechuzas y los cuervos se comen los ratones.

Pero ¿cuál de los cuatro posee el gusto perfecto?

El mono se aparea con los monos;

la locha con los peces;

y sin embargo, al ver a Maoqiang y Li Qi,

beldades admiradas por el hombre,

los peces asustados se sumergen,

los pájaros se espantan,

los ciervos huyen.

¿Cuál de estos cuatro distingue la belleza perfecta?

Creo que la verdad y la mentira

son todo oscuridad y confusión inextricable.

¿Cómo podría yo diferenciarlas?».

Nie Que preguntó:

«Tú no conoces la benevolencia ni la justicia,

¿pero el Hombre Supremo las desconoce también?».

«¡El Hombre Supremo es un espíritu! - dijo Wang Ni -.

Aunque los grandes bosques ardan,

él no se quema.

Aunque los ríos He y Han se congelen,

él no siente ningún frío.

Aunque el rayo quiebre las montañas,

él no se asombra.

Aunque el huracán azote los océanos,

él no siente ningún temor.

Un ser así, por encima de las nubes,

cabalga la luna y el sol

y se pasea más allá de los Cuatro Mares.

Vida y muerte no le alteran

y menos aún los principios

del beneficio o del daño».

Qu Quezi preguntó a Zhang Wuzi:

«He oído decir al Maestro:

"El Santo nada persigue,

ni busca beneficios,

ni evita el daño.

No ama requerimientos

ni se encierra en doctrinas.

Sin decir nada, dice algo.

Diciendo algo, nada dice.

Vaga más allá del polvoriento mundo".

Aunque el Maestro considere estas palabras

fútiles e inconsistentes,

para mí son el camino del más grande Tao.

¿Qué piensas tú?».

Zhang Wuzi contestó:

«Si el propio Emperador Huangdi

se habría ofuscado al oírlo,

¡cómo iba a entenderlo Confucio!

Tú, sin embargo, te apresuras.

Ves el huevo y ya quieres el gallo.

Ves la ballesta y ya quieres asada la lechuza.

Y ahora, ¿quieres escucharme

con la misma ingravidez que mis palabras?

Con el sol y la luna a cada lado

guarda en tu seno al universo todo.

Deja a un lado oscuridad y confusión.

Lo mismo es el noble que el esclavo.

El pueblo se agita y se consume.

El Santo se aquieta y permanece

impávido, abraza los milenios

y en lo Uno instala la pureza.

Son los Diez Mil Seres como son,

todos reunidos en lo Indiferenciado.

¿Cómo puedo yo saber

que amar la vida no es una trampa?,

¿que odiar la muerte no es extraviarse,

como un niño se pierde al regresar a casa?

Li era la hija de Ai, un guarda fronterizo.

Cuando el rey del país de Jin se apoderó de ella,

las lágrimas mojaron su vestido.

Pero una vez que llegó a palacio,

y compartió con el rey el mismo lecho,

y se alimentó de exquisita carne,

se arrepintió entonces de sus lágrimas.

¿Cómo puedo yo saber

si los muertos se arrepienten

de desear antes la vida?

Quien sueña con un banquete

se despierta con lágrimas.

Pero quien sueña con lágrimas

se despierta con cacerías en la aurora.

Quien sueña, ignora que sueña.

Quien dentro de un sueño

sueña que sueña,

al despertar sabe que todo era un sueño.

Sólo en el Gran Despertar

se revela el Gran Sueño.

Los estúpidos creen que están despiertos,

y que saben ellos mismos quiénes son:

príncipes o pastores. ¡Qué obtusos!

Confucio y tú no sois más que un sueño

y yo que lo digo soy un sueño también.

Todo esto tiene por nombre: el misterio.

Dentro de muchos siglos,

un Santo revelará todo en el espacio de un día.

Durante un debate, si tú triunfas y yo pierdo,

¿tú estás en la verdad y yo en lo falso?

Si yo triunfo y tú pierdes,

¿yo estoy en la verdad y tú en lo falso?

¿Ambos estamos en la verdad?

¿Ambos estamos en lo falso?

Ni tú ni yo podremos saberlo.

Y los demás, a oscuras, tampoco.

¿A quién llamar para resolverlo?

¿A uno de tus aliados?

Estando de tu parte ¿cómo podría juzgar?

¿A uno de los míos?

Estando de mi parte ¿cómo podría juzgar?

¿A alguien que no estuviera

de tu parte ni de la mía?

No, por exceso de alejamiento.

¿A alguien que estuviera de tu parte y de la mía?

No, por exceso de cercanía.

Y si ni yo ni nadie puede saberlo,

¿buscaremos a alguien más?

¿Qué significa "conformarse a la Norma Celeste"?

Afirmar la negación. Admitir lo que no es así.

Si la afirmación verdaderamente afirma,

su alejamiento de la negación excluye todo debate.

Si el "así" es verdaderamente "así",

su distancia del "no es así" excluye todo debate.

Debatir en la reciprocidad

como si la reciprocidad no existiera.

Conformarse a la Norma Celeste

y al cambio ilimitado.

Así, agotar los años.

Olvidar la sucesión en el tiempo,

la distancia en el espacio.

Remontarse a lo infinito

y en lo infinito

asentarse y reposar».

VII

Penumbra preguntó a Sombra:

«Hace un momento estabas caminando,

ahora estás quieta.

Hace un momento estabas sentada,

ahora estás de pie. ¿Por qué no te decides?».

Sombra respondió:

«Para ser ¿no dependo yo de algo?,

y eso de lo que yo dependo

¿no depende a su vez de algo más?

¿No soy yo como la serpiente

que depende de sus escamas

o la cigarra que depende de sus alas?

¿Cómo puedo yo saber por qué es así

o por qué no es así?».

Una noche, Zhuang Zhou

soñó que era una mariposa,

revoloteando feliz y contenta de serlo.

Pero no sabía que era Zhou.

De pronto, Zhuang Zhou se despertó,

sorprendido de ser él mismo.

Ya no sabía si era una mariposa

que soñaba ser Zhuang Zhou

o Zhuang Zhou que soñaba ser una mariposa.

Entre mariposa y Zhuang Zhou

hay una diferencia.

Eso es lo que se llama

«transmutación de los seres».

viernes, 3 de marzo de 2023

«Una meditación» y «Un viaje de invierno», de Juan Benet.






La complejidad formal de la materia narrativa ordinaria: Las ideas como motor diegético: Una exhibición técnica agotadora y luminosa a partes iguales.

         Atraído por la notoriedad del autor, intenté hace muchos años leer dos veces Volverás a Región, novela que abre la trilogía que culminan estas dos que acabo de leer con un regusto amargo y un placer intelectual que no acaban de expresar las muchas tentaciones de abandonar la lectura que he sufrido y que he vencido solo por un amor propio lector que no tuve, en su momento con la primera del ciclo. Hube de concluir que se trataba de la novela de un ingeniero de caminos, y que a mí el ánimo lector me pedía otra cosa. Todo esto que digo puede y debe ser usado en mi contra, naturalmente, porque son mi incapacidad, mi insensibilidad y mis muchas limitaciones  las responsables de que , aun siendo un devoto de Ulises y de Finnegans Wake, estas novelas de Benet se me atraganten, en parte.

         Lo primero es reconocer la absoluta maestría de Benet en el arte de novelar y, sobre todo, si alguien cree que se sobrepasa de lo lindo la deconstrucción de las estructuras básicas de la novela, en el arte del ensayo, de la reflexión, porque tanto en Una meditación —de título inequívoco—, como en Un viaje de invierno, más en la primera que en la segunda, las tiradas reflexivas en el más puro dominio del arte del ensayo tienen una presencia que, aun siendo antidiegéticas, poseen un interés sustantivo extraordinario, dado que Benet era poseedor de una mente privilegiada que vuela por la abstracción con una seguridad absoluta, y son constantes en estas dos novelas lo que, en la narrativa tradicional, llamaríamos digresiones o excursos reflexivos, y que en sus novelas articulan la «narración» en gran medida.

         Mi única convicción es la de no ser el lector ideal de Benet, aunque en estas dos que comento sí se me puede calificar de fiel y de atento, y de ahí la extraña mezcla de admiración hacia su portentosa capacidad intelectual y de extraño rechazo hacia una dificultad lectora aparentemente impostada. Otra cosa es que este tipo de novelas tengan, más allá de los críticos, mayor o menor público, lo que nada dice sobre sus posibles, y en este caso indudables, valores literarios.

         De Una meditación quizás quede para la posteridad el artilugio inventado por el autor para facilitarle un rollo de papel de imposible vuelta atrás donde fue escribiendo, de una tirada, el cuerpo de la novela. Imagino que las galeradas fueron acaso el momento oportuno para las correcciones inevitables que el desafío implicaba, porque ya se sabe que lo propio del novelar es rehacer constantemente la materia narrativa y corregir sin descanso una y otra vez. En la medida en que la voz narradora recuerda una saga familiar en un pueblo y, básicamente, una hacienda de Región —el universo literario inventado por el autor—, podemos decir que la obra se articula a partir de la memoria y que por ella desfilan personajes, sucesos y cosas sobre cuya existencia se vuelve una y otra vez sin que, más allá de las informaciones de la voz narrativa, tengamos otras fuentes, otros puntos de vista que nos permitan lo que la novela no admite: una comprensión lógica y cronológica de los episodios que aparecen y desaparecen como por ensalmo de un párrafo para otro: Me pregunto muchas veces: si no fuera por los demás, ¿qué sabríamos de nosotros mismos?, ¿qué sería la niñez sino un espejismo contradictorio e incontrastable? […] Porque de treinta o cincuenta años vividos ¿qué es lo que se conoce con seguridad?  Añadamos que las 391 páginas de letra diminuta de la novela constituyen un solo párrafo, coronado por un punto final, en las que no hay diálogos formalmente reconocibles.

 Se advierte, enseguida, lo mucho que de desafío tiene el texto, algo que forma parte de la Literatura desde hace muchos siglos. Los 146 versos en latín con todas las palabras iniciadas con «c» en la Ecloga de Calvis escrita por  Hucbaldo, los caligramas, el Finnegans Wake de Joyce o la reclusión de Camilo José Cela en una «celda» mínima para escribir Oficio de tinieblas 5, por ejemplo, nos indican que los retos, los desafíos, son parte consustancial de la creación literaria.

En la medida en que el tiempo de las novelas incluye nuestra Guerra Civil  y la tremenda posguerra posterior, hay buena parte de la materia narrativa que todos los lectores reconocemos, al margen de las digresiones especulativas, y seguimos con interés la presencia de exiliados que vuelven, el contraste entre el discurso de los vencedores y el de los vencidos, las costumbres, etc. Hay, por lo tanto, un sustrato narrativo que emparenta de forma clara con la novela tradicional, la de las relaciones de familia, la de los herederos, la de personajes cuya caracterología ocupa no pocas páginas. No hay más que pensar que para describir una sonrisa, el narrador recurre a Los caracteres, de Teofrasto, citado explícitamente en el texto. De igual manera, no son pocos los excursos de carácter psicoanalítico sobre el yo, el ego y aun hasta sobre el ello. Hay, también, una lucha abierta entre la sociedad y el individuo o entre el Estado y el individuo, constante a lo largo de toda la novela: De tanto en tanto el Estado, en su lucha permanente contra el Individuo, elige al más rebelde o al más inocente y en su día más lúcido para hacerle comprender que si bien los principios de la Moral reposan sobre una falacia, eso no es bastante para destruirla y edificar, en sustitución de ella, una fábula del Yo. […] Porque existe un principio de generalidad al que tiene que someterse.[…] El principio de generalidad solo se apoya en sí mismo, ni sobre la fe ni sobre la historia.

Que Benet quiere «distinguirse» de cualquier contemporáneo suyo me parece tan evidente que quizás a ese afán de individuación extrema respondan usos y abusos como el de cierto léxico propenso a los neologismos y a los usos técnicos de su profesion o directamente importados de otras lenguas. Veamos una muestra significativa y enriquecedora, porque su uso es, en muchos casos, su supervivencia: abujardado (piedra labrada con bujarda); nacela: escocia: moldura cóncava.; vargueño (3ª acepción, a imagen de los construidos en Bargas); galayo: la roca pelada en la cima de un monte. *Valedictorio: el discurso de final de carrera de un estudiante en la ceremonia de graduación (anglicismo, valedictorian, del latín vale dicere). Refringencia: propiedad de refractar la luz. Demeure, galicismo por «morada, casa, mansión». *Liticontestación: Contrapleito, vendría a significar, porque «litis» significa pleito. Puff por asiento. Capitoné: tapizado tipo Chester. *aloína: Principio laxante de la savia del aloe vera. Referido, como aquí, a «una tarde aloína», quizá se refiera a una tonalidad verdosa o blanquecina, como la propia savia de la planta.*Etiolante: debilitador. Tomado del étioler francés: «debilitar, ajar, marchitar». Pero el valor anecdótico de este uso halla un correlato más potente en el desarrollo argumental que muy a menudo suele extenderse durante casi una página o más, como ocurre desde el último tercio de la página 250 hasta el final del primer tercio de la 252, en una sola oración; acaso para demostrar, como decía Claude Simon, que la inteligencia se mide por la capacidad para no «perderse» en la lectura de una oración que se extiende, subordinada va, subordinada viene, a lo largo de una página o dos del texto. Lo mejor es percibir en un ejemplo este rasgo de la literatura benetiana que tendrá tantos entusiastas como detractores, imagino: Si por culpa de la memoria a veces es preciso tardar tanto para calar en el escueto significado de una palabra que con independencia de sus connotaciones está grabada con una estampa emotiva que afluye y colorea el discurso donde aparece —al tiempo que un recuerdo impenetrable e inaccesible al análisis, exento de palabras, queda materializado y estabilizado en una figura inmóvil— por culpa de las palabras con tanta frecuencia o más se borran las imágenes (demasiado voluminosas para un principio de economía que exige su reducción a referencias indelebles abstractas) en virtud de ese proceso cognoscitivo mediante el cual la imagen que engendra la idea es destruida en cuanto esta tiene suficiente representación para remitir directamente a la emoción que dio lugar a aquella; por cuanto ese proceso que enlaza dos familias de abstracciones dominadas por la palabra no tiene lugar mediante una relación biunívoca e inequívoca de ambas series sino, antes al contrario, a través de una proyección multivalente que puede poner en relación muy diversas ideas con una misma emoción —atravesando además un campo en el que la destrucción de las imágenes no ha sido tan completa como para que no queden intactas un buen número de ellas, como relicario —podría decirse— de un primitivo y desaparecido mecanismo que el conocimiento ha abandonado… Y sigue…, pero como botón de muestra nos parece ya lo suficientemente redondo lo transcrito.

La novela es una fuente constante de reflexiones que surgen al hilo de las relaciones familiares y de vecindad, territoriales, de los personajes de quienes no podemos acceder nunca a una visión más o menos objetiva en función de sus vidas o sus hechos; la historia nos llega mediatizada por la voz narradora y a ello hemos de atenernos. Cierto, el poder discursivo, más que narrativo, es poderoso, aunque haya sus altibajos, como sucede en la adaptación conyugal con que concluye una sólida reflexión sobre nuestra  Guerra Civil:  Pero aun cuando una forzosa tregua parece ser el momento indicado para reconsiderar las causas y posturas que provocaron la catástrofe, ambo contendientes —tan incapacitados se hallan por sus propias culpas y agravios para recapacitar con aplomo— ya no estarán por mucho tiempo en situación de recobrar el primer hilo, volviendo una y otra vez sobre el casus belli, como los amantes que a duras penas saben encontrar el camino de la reconciliación porque, habiéndose despojado del manto protector bipersonal del afecto que un día les unió, se guarnecen cada uno en su amor propio y, en la porfía por desmontar el ajeno, se lanzan a la cara toda la serie de recriminaciones con que quieren poner en claro la responsabilidad de la beligerancia y que nada ayudan, como es evidente, a echar las bases del nuevo pacto cuya sinceridad puede medirse por las consecuencias que acarrea su cancelación; [etc]. Es decir, que la opción de la Transición del 78 tuvo la virtud de superar el rencor con un pacto de no agresión y olvido que ahora se erosiona desde el actual gobierno de coalición ultraizquierdista.

Está claro que el panorama humano y social que emerge de Una meditación es más el de los escombros que el de la obra confiada en el futuro. Todo parece estar tocado por el ala de la destrucción y la desesperanza, y todo se somete a la rígida censura de quienes se sienten atrapados por la memoria y por el espacio: recluidos en el abismo donde todo se mezcla como el extraño matalotaje de un barco, como el pandemonio miltoniano de lo que acaso nunca fue un paraíso perdido, sino la mera posibilidad de la supervivencia o la exploración. Quien lea estas líneas puede sacar la idea equivocada de un texto sombrío y casi indigerible, pero lo cierto es que Benet acredita con creces su altivo y exquisito sentido del humor que se manifiesta cuando menos se espera, como esta comparación que viene muy a cuenta, dadas las élites sindicales verticales de nuestra actual democracia: Habían desarrollado una tal amargura, una tal hostilidad a cuanto ocurría en la hora presente que sus caras habían perdido todo rasgo femenino, surcadas por arrugas tan hondas que habrían hecho palidecer de envidia a un dirigente sindical.

Aun admirando, como he tenido ocasión de hacerlo a lo largo de estas dos novelas, un arte que sabe circular por la cuerda floja de la abstracción más interesante en el seno de un endeble armazón narrativo, no corren buenos tiempos para esta lírica reflexiva, ciertamente, porque la exigencia lectora, amén de una sólida  preparación multidisciplinar —como corresponde a un género en el que cabe literalmente «todo»—, desde las teorías del yo hasta la Historia, pasando por la filosofía, la ética, la psicología y la ciencia, no favorece que pueda haber en el inmediato futuro generaciones de lectores que tengan su novelística como libros de cabecera, y, sin embargo, ahí sí que seguirán estando otros modelos que Benet desprecia, como el realismo de Tolstoi,  la metafísica y el existencialismo de Dostoievski o la memoria de Proust, y, por supuesto, El Quijote de Cervantes o, si se me apura, y es algo más discutible, la novelística de su amigo Martín-Santos, con su inmortal Tiempo de silencio. Tengo la impresión de que Javier Marías, también amigo suyo, supo extraer las lecciones adecuadas de una obra que parece escrita para otros escritores y críticos, más que para un lector estándar, como yo mismo, con sus correspondientes limitaciones, y expurgó su novelística de toda complicación que alejaba a los lectores del inexorable «hilo seguido» al que el género obliga. Otra cosa es que se hable de estas dos novelas como «textos» indeterminados genéricamente, al estilo de los de Sebald, por ejemplo, o del Monsieur Teste de Valéry.

Acerquémonos, para finalizar, porque casi 400 páginas de letra apretada da para citar durante horas, al análisis —y advirtamos cómo la mención de sus textos incita más al uso de conceptos discursivos que narrativos— que hace Benet del proceso amoroso, algo que, en principio, debiera de ser uno de esos momentos en que la comunión autor-lector debería producirse instantáneamente, lo que me temo que no ocurra, porque el enfoque del autor casi parece destinado a levantar en el lector la sospecha de que sus sentimientos, y específicamente el del amor, es poco menos que una aberración: A este y otros respectos me digo a veces cómo el amor actúa como un disyuntor de la red social, como las tijeras que imperceptible pero inevitablemente van cortando los hilos que unen a la sociedad a los dos seres que en él se buscan y que cuando se enlazan entre sí dejan ver dos cabos sueltos que el cuerpo social —necesitado de cubrirse con un tejido que le tape sin hiatos ni cesuras ni desgarros— se ocupa de enlazar de cualquier manera para que no se advierta la falta de continuidad; no será esa la razón —me digo— pero no me caben muchas dudas de que el recelo con que desde siempre se toma la capacidad del ser humano para romper sus ataduras con la sociedad y religarse con otras más personales, y la permanente desazón que le produce el saber que al obrar así no solo está utilizando sus energías más poderosas sino que actúa con el plácet de su naturaleza más íntima y en concordancia con sus apetitos, ha inducido a la sociedad (como en la desaparición por muerte) a buscar la forma de transformar tal desgarro en un fortalecimiento de la malla que —contrariamente a lo que en verdad supone— de los vínculos de amor pretende formar sus más tenaces y enhebrados hilos cuando en verdad toda grave historia de pasión (sea de amor o de amistad) alienta, como no puede ser de otra manera, el horror, el miedo y la repugnancia por la especie humana.

He tenido la sensación de que Una meditación  es una versión elitista y excesiva del Pedro Páramo de Juan Rulfo, porque en la mezcla constante de recuerdos, presencias, ausencias, deseos, censuras y confusiones, toda la novela diríase poblada de fantasmas vivos y muertos impotentes. El narrador reitera constantemente la imposibilidad de acceder al conocimiento y menos aún al conocimiento de uno mismo, y de ahí la atmósfera agobiante de postrimerías que se respira, a duras penas, en toda la novela: Intentar conocer el yo desconocido cuyo reflejo advertimos en el triple espejo de la sastrería conduce al conocimiento de la nada, del «no poder ser». Y de ahí que El desánimo tiene eso: no solo borra toda la carrera de errores sino que en buena parte viene a restablecer el equilibrio volitivo original (que descansa en la indiferencia) roto y desordenado por el afán de consecución. Querer, desear, apetecer, son los pecados originales de los personajes, los que parecen explicar su destrucción y su miedo a lo largo de la ¿narración?, dado que El tiempo no es más que la capacidad de desventura concentrada o dispersa que puede soportar un cuerpo.

Un viaje de invierno, título shubertiano, vendría a ser una especie de solo virtuoso desgajado de la gran sinfonía compleja que es Una meditación. Cuando comencé a leerla me dejé llevar por el arrullo de una invitación viajera que consistía en dar vueltas sobre el propio eje de un personaje que vive aislado, una mujer divorciada, con una hija, que, por marzo de cada año, para celebrar la primavera y el regreso de su hija a casa, celebra una fiesta a la que invita, mediante cartas que han de ser levadas por un sirviente a la estafeta de correos, a sus amigos. La composición literaria gira como al ritmo del vals y las vueltas mínimas de ese girar van ampliando las referencias, los personajes, los escenarios, la propia vida de la protagonista y el misterio de un nuevo empleado que es acogido en la casa, procedente de otras zonas de Región, porque nos movemos en la geografía imaginaria de Volverás a Región y de Una meditación. La novela tiene algunos elementos simbólicos, como el pañuelo que se recoge del suelo y el bausán [«Figura humana, embutida de paja, heno u otra materia semejante y vestida de armas, que se hacía para simular un combatiente»] que aparece y desparece de escena sin que haya una referencia explícita a que sea una efigie del marido ausente.

La novela tiene una estructura paralela: por un lado, el cuerpo del texto en el que la figura de la mujer es la protagonista principal de la no acción, porque se habla constantemente de lo que se ha de hacer y no acaba haciéndose nunca pero se recuerda, porque se ha hecho muchas veces, algo más sustantivo que el propio futuro hacia el que tienden las reflexiones de la protagonista; por otro lado, al texto lo escoltan unos ladillos en los que el autor hace unas aseveraciones formales sobre la ley, el Estado, el Derecho, la Persona, etc., que contrastan con lo que se está narrando en esos momentos. A veces se trata, incluso, de una referencia al origen de una cita del texto: el origen bíblico del Eclesiastés, por ejemplo, o, en alguna ocasión, de un resumen sintético que orienta al lector sobre lo que está ocurriendo en el texto al que escoltan los ladillos. El esfuerzo de lectura alterna no siempre resulta transparente, aunque se ha de reconocer que los ladillos son absolutamente no solo pertinentes, sino una exigencia de las vueltas y revueltas de la narración principal acerca de la famosa fiesta. Pongamos por caso de ladillo: Toda vez que el cogito prerreflexivo sabrá siempre identificar y reconocer los mitos que de manera desordenada e imperfecta proporcionan una relación de la condición anterior a la reflexión, el Estado, por la ley del disimulo, recusa a veces lo que en otro tiempo se llamaba teoría. Y viene ese ladillo a cuenta de lo que Amat, el marido ausente, le dice a su hija, Coré: La historia real es desmentida por la verdadera; porque la elucubraciones sobre los impedimentos que se suceden para la celebración de la fiesta se engarzan con la propia historia de las haciendas y del territorio, de modo que la intervención de la autoridad, del Estado en suma, acaba teniendo una importancia grande en el desarrollo del vals…

De la protagonista que activa, con su decisión de enviar las notificaciones, aunque el mal tiempo puede desbaratar sus propósitos, al impedir que el sirviente acceda a la oficina de correos para tramitarlas —y esta mínima acción se lleva casi un tercio de la novela…— nos dice el narrador: Hacía muchos años que vivía sola, reducida, inmersa y tan compenetrada con esa soledad que deja de ser un estado para convertirse en una condición: tal vez  —podía decir al recordar sus años o más bien sus días de matrimonio— lo mejor de la soledad es esa reelaboracion de las palabras y los conceptos que al no ser nunca contestado conduce —toda soledad es en el fondo dual, requiere un diálogo y elabora esa fantasmal compañía que define los limites superiores del yo— a su más precisa formulación. Es el narrador, de nuevo, como en la novela anterior, quien «ordena» un reducido mundo en el que flotan las reflexiones de la protagonista como en una suerte de líquido *amnético, por usar el neologismo de Una meditación. No es extraño que advirtamos intereses reflexivos comunes entre ambos narradores, por más que el de Una meditación sea un personaje de la novela desde cuyo único punto de vista se nos cuenta todo, y, por supuesto, se nos traslada un mismo nihilismo desesperanzado: Mira esas piedras incandescentes y ese cielo torturado por la fecha, el fuego de las colinas sublimado en ramas humeantes y los rumbos del arado fosilizado en esa estampa de costumbres y dime si no es un sueño la razón, si es inteligible el ímpetu de vivir, si toda nuestra ciencia es algo más que el acosado balbuceo de un niño hacia el maestro que le tira de la oreja: dime si no es extraña nuestra pretensión de dominio, si algo es mudable y si hay algo más que un único y casi vacío instante engañoso cuya unidad ni siquiera la memoria puede romper por más que apele a la invencible y fracasada energía de la montaña o la desteñida seda del firmamento: no existe ese detestable saber y si tu destino (no tu muerte se hace cada día más claro es porque cada día importa menos. En los diálogos que los personajes cruzan entre ellos, por más que no se nos den las respuestas de los interlocutores, Amat, el marido desaparecido, parece dirigirse a los invitados a la fiesta para corroborar el mensaje último que se repite, de una u otra manera a lo largo del texto: No vamos a ninguna parte, no olvidéis que fue la ambigüedad la que nos trajo aquí y si ahora nos queda solo un camino no podemos olvidar que si aceptamos esta oferta fue en la seguridad de que todo da igual. El presente es engañoso, la civilización una trampa. Poco puede añadirse a esa constatación escrita en un tiempo y un país en el que aún no se vislumbraba, tras el deceso del dictador, otra España diferente.

En todo caso, he de confesar lo admirable que es el suave ronroneo del discurso narrativo-reflexivo en esta novela en la que de nuevo la memoria y lo inexplicable ocupan el lugar central del relato: a cada página que pasa el lector se admira más de la filigrana retórica con que el autor va tejiendo una historia en torno a la fiesta cuya celebración permanentemente ignora si tendrá lugar o no, al tiempo que el nuevo empleado, posible figura sustituta de Amat («amado» en catalán —lo que remite a una posible paralelismo con Benet, de Benedictus, «bien dicho», que prefigura el decir/narrar del autor…—, ya pasado…) se va acercando a la protagonista de un modo paulatino. El narrador en uno de los ladillos deja claro, por si no se lo hubiera quedado al lector, que  Los mitos de la razón y el Estado tienen todos —frente a los de la conciencia nostálgica— un carácter investigable. Y aquí, en este desapego relativo de sus personajes y una adhesión a la especulación radicalmente intelectual y alejada del discurrir novelístico de los días, ese fluir en el que los lectores aspiran a «reconocerse», si les es posible.

Tanto Un viaje en invierno como Una meditación llevan un epílogo muy instructivo, el primero de Félix de Azúa, clarividente y laudatorio, y el segundo del eminente crítico Ricardo Gullón, lleno de sabiduría hermenéutica y cariño hacia unos modos de novelar que satisfacen ampliamente a lectores tan formados como estos dos. Recomiendo su lectura antes de la lectura de las obras, al revés de lo que yo he hecho, por lo que se me ocurre que los prólogos tienen una función didáctica a la que no se ha de renunciar, sobre todo en obras como las presentes, casi inaccesibles para lectores no experimentados.