domingo, 14 de junio de 2026

«La estela de los días (Me acuerdo)» e «Ideas en fuga», de Luis Valdesueiro o la autobiografía en pulsaciones.



Los caprichos de la memoria por la sierra de la existencia o las teselas azarosas del mosaico de una vida.

          Ajustado a dos modelos prestigiosos, pero poco frecuentados, Luis Valdesueiro nos ofrece dos libros de carácter autobiográfico, absolutamente inéditos en un autor  que, hasta hace muy poco, ha sido fiel seguidor, como él mismo lo recoge en  el día 76 de Ideas en fuga, de la luisiana vida retirada:  Muchas veces me acuerdo del consejo de Epicuro: «Vive oculto». Aunque soy más estoico que epicúreo, este consejo lo hago mío.  El primer modelo fue establecido por Joe Brainard, quien escribió su autobiografía experimental titulada I Remember, en 1970: recuerdos breves e independientes unos de otros, pero todo encabezados por el título del libro. Ocho años después, Georges Perec rindió homenaje a Brainard adaptando su recurso en su libro titulado Je me souviens. Más recientemente, en 2014, la mejicana Margo Glantz publicó su Yo también me acuerdo, si bien de carácter más misceláneo que los imitados, y el argentino Martín Kohan su Me acuerdo, en 2020. El otro modelo corresponde al autor francés a quien Valdesueiro dedica su libro, Édouard Levé, a quien considera el pionero de una técnica autobiográfica que él a su vez ensaya en Ideas en fuga. Ambas técnicas. La del Autorretrato o Autobiografía de Levé, pues de ambas maneras se conoce al libro —recordemos que era fotógrafo—,  tienen en común la ausencia de jerarquía con que se seleccionan los recuerdos. En el caso de Levé, la yuxtaposición de frases que son recuerdos, observaciones, aforismos, datos, observaciones, etc., se ofrecen al lector como una suerte de rompecabezas en el que, sin embargo, no se requiere ningún orden para extraer un mensaje concreto: el desorden es el mensaje. Pensemos en El jardín de las delicias, del Bosco, y sabremos que es nuestra mirada la que impone el orden de contemplación que, en realidad, no es tal orden, sino la recepción seccionada de la totalidad de tan magna obra. Esa impresión, la de pasar de una maravilla a un prodigio plástico, produce leer Ideas en fuga, aunque hay un mínimo orden, el temporal, porque la técnica se ejecuta en un periodo completo en el que el autor, Valdesueiro, escribe compulsivamente y sin censura racional o moral ninguna; tanto, que recuerda, en cierto modo, la escritura automática surrealista, si no fuera porque aquí todos los elementos observan una impecable lógica y tienen un referente real inequívoco, sobre todo para los hechos.

          Como lector tardío de autobiografías, reconozco que a cierta edad le adviene a cualquiera un impulso autobiográfico que cada cual satisface a su manera. Hará un mes, un vecino que conoce mis veleidades literarias vino a verme para contarme la historia de su familia durante la República y de cómo su padre se salvó dos veces de morir fusilado, razón por la que él se consideraba nacido doblemente. Enseguida entendió que la propia vida solo la puede contar quien la vivió, y que una autobiografía de mano ajena acaba siendo tan falsa como el Mi lucha particular del presidente del Gobierno, su Manual de resistencia. Quiero decir con esto que he leído con pasión estos dos libros de Luis Valdesueiro, no solo porque ambos nacimos el mismo año, 1953, lo cual significa que hemos vivido los mismos hechos históricos, a todos los niveles, sino, sobre todo, por el ejercicio de desvelamiento de muchos aspectos íntimos que hasta la escritura de estos dos libros, y a pesar de que nuestra amistad se remonta a cuando teníamos quince años y coincidimos, como él lo recuerda, en la misma academia, donde estudiábamos el bachillerato, yo desconocía, acaso porque no siempre las conversaciones giran sobre la intimidad de las personas: 195. Me acuerdo de las prostitutas que pululaban por la calle Montera. En esa calle asistí a la Academia Nobel. Se trata, además de aspectos que a mí me han impresionado, no solo por el hecho recordado, sino por la concisión retórica con que se recoge: 113. Me acuerdo de que mi madre no solía sonreír. Su tristeza era insondable o el terrible 416. No me acuerdo de ver a mis padres reírse, ni juntos ni por separado. Y se advierte, sin embargo, una rara congruencia vital en el corolario que significa, respecto de  lo anterior, este otro recuerdo: 192. Me acuerdo de que mi padre me preguntó una vez si era feliz. La pregunta me sorprendió.

          Son centenares, los recuerdos que comparto con el autor, y ello me ha llevado a leer su autobiografía, en parte, como la mía propia. y no en cuestiones trascendentales, sino en pequeños detalles de la vida cotidiana, todo lo cual me ha hecho sentirme más cercano aún al autor de lo que siempre me he sentido, desde que tuve, desde adolescentes, el privilegio de gozar de su amistad. Así, me ha llamado la atención este recuerdo:  13. Me acuerdo de unas vacaciones en que descubrí que un amigo dormía con un ojo abierto. A mí me ocurrió en mi propia casa, cuando me asomé a la litera de abajo para decirle una cosa a mi hermano y lo vi, mudo, mirándome con los ojos abiertos, pero sin responder a lo que le decía: ¡el terror que viví! En pocas películas de terror lo he pasado tan mal como aquella noche en la que me asomé a un durmiente con los ojos abiertos. Si consideramos este: 38. Me acuerdo de cuando había botones en los bancos, me viene a la memoria mi tocayo Juan Aparicio, con quien estudié en una academia que estaba situada en La Pedrera y con quien formé un grupo de teatro allá en el pleistoceno de 1972. Trabaja como botones en el Banco Condal y fue ascendiendo hasta que, ¡maravilla de maravillas!, le llego la jubilación privilegiada a los 54 años.  De otro orden son esos recuerdos específicos que tienen que ver con el arte o el léxico, como el  2. Me acuerdo de que, quizás antes de conocer la palabra esperma, los chicos usábamos la palabra lefa, y como yo conocí y usé la palabra en Murcia, durante mucho tiempo pensé que se trataba de un localismo murciano. El DILE lo recoge como deformación de «leche», pero ¡ya hay que deformar, ya...!

          Por si la numeración despista, recuerdo que La estela de los días está dividido en seis cuadernos y la numeración comienza de nuevo en cada uno de ellos. Tanto de esta obra como de Ideas en fuga, he hecho una selección, a modo del famoso botón de muestra, para que los intelectores de este Diario se percaten de la riquísima variedad de recuerdos que Valdesueiro ha consignado en ambos volúmenes, que se leen, sin embargo, como un solo texto coherente y apasionante. No solo tenemos, el texto, sino el contexto y, a menudo, el cotexto, si pensamos en todas aquellas citas literarias, filosóficas o históricas que han marcado, en cierta manera, la vida de autor, la mía y la de cuantos leyeren y tengan una edad parecida a la nuestra. Pongamos por caso esta de Cioran, autor del que fui auténtico devoto: 350. Me acuerdo de una frase de Cioran que acrecentó mi escepticismo: «Toda palabra es una palabra de más». O esta otra de Ideas en fuga: Día 30. Ahora, mientras escucho cantos gregorianos, me viene a la memoria un lema sartriano: «Hacer, y haciendo, hacerse». Vivir es eso.

          La pluralidad de niveles, porque el autor no desdeña absolutamente nada de lo vivido, y cuanto le viene a la memoria él lo recoge con idéntico valor, es una de las grandes virtudes del libro, porque permite unos cambios de perspectiva sorprendentes. Desde la admiración por lo exótico del recuerdo, la risa o sonrisa por lo chusco de algunas situaciones, la reflexión profunda y sombría sobre la deriva de la propia vida, o el agradecimiento por recordarle al intelector buena parte de sus propios recuerdos; por todo ello, estos dos libros funcionan, en cierta manera, como las viejas polianteas humanistas, donde se recogían noticias muy diversas que servían, ¡en aquella época!, no solo para el entretenimiento, sino también para la formación de los lectores u oyentes. Desde el 90. Me acuerdo de los monos procaces, y con el culo rojo, de la antigua Casa de Fieras del Retiro, que es uno de mis primeros recuerdos de niño, en el Madrid del 59, y que he revivido cada vez que he visto las escenas del zoológico de La mujer pantera, de Jacques Tourneur, hasta el 152. Me acuerdo de los cinturones forrados con monedas de dos reales, que, ¡afortunadamente!, me parecían una horterada mayúscula, pasando por  el 177. Me acuerdo de que había algo en la dicción de José María Rodero que me impedía apreciar lo buen actor que seguramente era. Yo echaba en falta llaneza, me parecía que hablaba con coturnos, apreciación que comparto totalmente. No pasaba lo mismo con Manuel Galiana, un joven actor de la época, y a quien vi en el teatro en Hay una luz sobre la cama, que me impactó fuertemente: ¡mi primera obra de teatro profesional!, porque, de aficionados, había visto La venganza de don Mendo, con mi hermano mayor en el reparto.

          He aquí, así pues, una brevísima muestra que espero alimente en los lectores de estas líneas el deseo de conocer ambas obras. Las dos, como el resto de su obra reciente publicada hasta la fecha están disponibles en Amazon, donde Luis Valdesueiro, que suma a la creación su pasión por la ortotipografía y la edición depurada, ha hallado un canal a través del cual poder, ¡por fin!, dar a conocer una obra gestada a lo largo de una vida retirada del mundanal ruido y entregada a la meditación del más nutritivo de los silencios. Pocos escritores, a mi humilde parecer de crítico perseverante y filólogo diletante, dan tanto y de tan alta calidad intelectual al intelector apasionado como estos libros de un autor al que quienes lo vayan conociendo pondrán en el lugar de excepción literaria que sin duda merece. ¡Ojalá esta presentación me convierta de Poz en Bautista...!

La estela de los días

Cuaderno I

1. Me acuerdo de Iglesias, olvidé su nombre. En la clase de don Felipe, por la tarde, se masturbaba. Recogía la libación en un cucurucho de papel. Tenía doce o trece años.

32. Me acuerdo de la época en que algunos atracadores te amenazaban con una jeringuilla impregnada del virus del sida, según decían.

73. Me acuerdo de que intenté escalar varias veces La montaña mágica antes de conseguir coronarla.

109. Me acuerdo de cuando veíamos Los intocables en el televisor de un vecino, a oscuras y en absoluto silencio. En aquellos tiempos ver la televisión era pura magia.

117. Me acuerdo de la primera película que vi en Madrid, en el cine Palace: El terror de las chicas, de Jerry Lewis.

126. Me acuerdo de una ocasión en la que tuve fuga de ideas y hablaba en aforismos.

136. Me acuerdo del Caballero Blanco de Ajax.

154. Me acuerdo de que el yate del rey Juan Carlos I se llamaba Bribón.

Cuaderno II

13. Me acuerdo de un libro sobre la Primera República en cuya portada aparecía la bandera de la Segunda.

41. Me acuerdo de la pera, el interruptor para encender y apagar la luz.

43. Me acuerdo del cine Chamartín, uno de los primeros en desaparecer. Se le llamaba el «palacio de las pipas».

47. Me acuerdo de que una vez comí madroños, recién cogidos del árbol, en un bosque cacereño.

61. Me acuerdo del chicle Bazooka. Un cilindro con ranuras alrededor.

72. Me acuerdo de cuando los churros se ensartaban en juncos y en las pescaderías se usaban helechos naturales.

78. Me acuerdo del recibo emitido por un comité anarquista durante la Guerra Civil: «Vale por un polvo».

84. Me acuerdo de la voz grave y seductora de Jana Escribano, presentadora de programas religiosos en la televisión durante muchos años.

106. Me acuerdo de cuando alguien llevaba a un enfermo, o una parturienta, al hospital tocando el claxon y sacando un pañuelo por la ventanilla del coche.

115. Me acuerdo de los insulsos dibujos de la Enciclopedia Álvarez.

137. Me acuerdo de que en los tebeos de Hazañas Bélicas los japoneses eran los «amarillos».

171. Me acuerdo de una curiosa negativa: «¡Ni hablar del peluquín!».

213. Me acuerdo de las mujeres que llevaban el hábito de nazareno en cumplimiento de una promesa.

229. Me acuerdo de cuando había que dar vueltas a una manivela para que los camiones arrancaran.

Cuaderno III

5. Me acuerdo de que me encaré con una pareja que no paraba de hablar durante la proyección de un documental sobre el pintor José Hernández, en el Palacio de Velázquez del Retiro.

14. Me acuerdo de Viseu, la ciudad portuguesa más triste que conocí. Daban ganas de llorar.

34. Me acuerdo del tiempo en que, cuando un hombre entraba en una tienda, las mujeres le cedían la vez.

56. Me acuerdo de que me sorprendía leer en las novelas que un personaje miraba a otro de hito en hito.

73. Me acuerdo de que en el UHF, como se llamaba entonces el segundo canal de la televisión, emitieron una versión de La metamorfosis de Kafka que me encantó.

159. Me acuerdo de la cinta de la máquina de escribir, roja y negra, stendhaliana.

183. Me acuerdo de que una vez deambulé por la calle Bravo Murillo sin esperanza, abrumado por oscuros pensamientos. Ante mí, todo se había vuelto ajeno.

191. Me acuerdo de cuando el arquero desnudo del logo de la editorial Seix Barral no tenía pene. Lo recupero después de la muerte de Franco.

201. Me acuerdo de que en algunos cines, en el descanso, aparecía un cartel que decía: «Visite nuestro ambigú».

223. Me acuerdo de Steve Reeves, el hombre fornido de los péplums.

238. Me acuerdo de las escupideras que había en los hospitales. También se usaban para tirar colillas.

Cuaderno IV

17. Me acuerdo de los caramelos SACI, de menta.

106. Me acuerdo de que a las chicas que jugaban con los chicos las llamaban marimachos.

164. Me acuerdo de que mientras leía Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade, no sentí la más mínima excitación sexual. Al contrario.

253. Me acuerdo del inmenso yugo y las flechas que había en la sede de la Secretaría General del Movimiento en la calle de Alcalá.

Cuaderno V

7. Me acuerdo de que la RAE propuso que al whisky se le llamara güisqui. Ante el escaso éxito de la propuesta aceptaron wiski.

29. Me acuerdo de cuando se esgrimía como argumento de autoridad «lo dice el periódico».

36. Me acuerdo de estas palabras, ¿o las he soñado?, dichas por mi padre, o por cualquier padre de su época: «Aquí mando yo, y se hace lo que yo diga. Y sanseacabó».

43. Me acuerdo del anuncio que hizo Gila, en el papel de paleto, de la cuchilla de afeitar Filomatic.

49. Me acuerdo de que en mi niñez me gustaban las bellotas de encina. Como a los cerdos.

98. Me acuerdo de que Chaplin se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y no ganó.

133. Me acuerdo de que no me aburría: sabía estar a solas conmigo mismo, y soportarme.

149. Me acuerdo de los bañadores Meyba, icono de una época.

162. Me acuerdo de los ceniceros de aluminio de la marza CinZano.

214. Me acuerdo de los pupitres de la Facultad de Filosofía. Eran los mismos que usaron los alumnos de Ortega, según comprobé gracias a una fotografía.

221. Me acuerdo de una amenaza antigua: «Te voy a romper la crisma». No conocía entonces el significado de esa palabra.

236. Me acuerdo del sifón, tan olvidado, al que RAMÓN dedicó algunas greguerías.

299. Me acuerdo del chisquero, el antiguo mechero con una piedrecita y un cordel de hilos entreverados.

462. Me acuerdo de que, hasta cierto momento de mi adolescencia, asistía a misa todos los domingos y fiestas de guardar.

479.  Me acuerdo de que Ubú rey comenzaba con esa exclamación: «¡Merdre!» (¡Mierdra!). En su estreno se consideró de una zafiedad monstruosa, y se organizó un gran escándalo.

528. Me acuerdo de que pronto aprendí que la necesidad y la libertad dirigen nuestros pasos.

540. Me acuerdo de que en casa de mis padres no se hablaba de fútbol, de política ni de religión.

625. Me acuerdo de la zarzaparrilla de las películas del Oeste. No sabía lo que era, ni lo tomé nunca.

723. Me acuerdo de los sacapuntas que tenían forma de U, con una cuchilla de lado a lado.

Cuaderno VI

43. Me acuerdo de frenar la bicicleta con el zapato.

84. Me acuerdo de que no supe o que la «s» líquida hasta que trabajé para un expríncipe rumano cuyo apellido empezaba por una.

135. Me acuerdo de que me daban repelús los sabihondos y las marisabidillas.

147. Me acuerdo del plumier de dos pisos.

179. Me acuerdo de las onomatopeyas, extrañas y originales, de los tebeos.

328. Me acuerdo de una foto tomada en Pompeya; sentado en unos escalones, aparento ser un joven interesante y lleno de curiosidad.

388. Me acuerdo del orgasmatrón que aparece en una película de Woody Allen.

458. Me acuerdo de una negativa escatológica entre chiquillos: «Y una mierda pinchá en un palo». ¡Qué cosa tan absurda! A las expresiones no hay por dónde cogerlas. Representan el genio loco de la lengua.

464. Me acuerdo de las holandesas: hojas más pequeñas que el folio y el formato DIN A4.

483. Me acuerdo de que descubrí a Kierkegaard gracias a Kafka. Fue una revelación. La enfermedad mortal me ayudó a lidiar con la desesperación, con la náusea de existir.

539. Me acuerdo de que me gustaba masticar granos de café y comer tiras de bacalao crudo.

640. Me acuerdo de que mi padre tenía muchas ganas de vivir mientras mi madre quería dejar de sufrir.

 

Ideas en fuga.

Día 2: Hay que ser muy optimista para creer que hablando se entiende la gente. [...] El acné, que amargó mi adolescencia, me salvo del narcisismo.

Día 3: En la pubertad empecé a escribir una novela del Oeste, y no pasé del primer capítulo.

Día 4: Tener razón me importa poco; más me importa que se respeten mis razones. [...] Aunque nadie quiere ser esclavo, no todo el mundo sabe ser libre.

Día 5: La igualdad de derechos no anula la desigualdad de facultades.

Día 6: Ser quien soy no me cuesta; lo difícil es llegar a ser quien quisiera ser. [...] No hace falta viajar, todo en la vida es viaje. Hay tantos necios nómadas como necios sedentarios.

Día 7: Los exhibicionistas colonizan cada vez más la realidad.

Día 8: Me sobran razones para ser modesto, y me faltan méritos para dejar de serlo. [...] «Estas mohíno», me decía mi madre cuando me atravesaba la niebla abúlica. Un refrán exacto: Donde no hay harina, todo es mohína.

Día 9: «La hipocresía disfrazada de indignación moral es repugnante».

Dia 11: Soy paciente hasta la impaciencia. No es fácil saber cuándo la paciencia deja de ser paciencia.

Día 12: Ni aun en momentos desesperados abdico de la razón: me vuelo loco, pero cuerdamente.

Día 14: He hecho muy poco para dejar de ser un autor casi inédito. En el metro, leo; en el autobús, me mareo. Me cuesta imaginar el mundo de un analfabeto. [...] No fui asiduo lector de periódicos. Mi padre los leía atrasados. Así se ahorraba la efervescencia de la actualidad.

Día 15: Leer de principio a fin Los cantos de Maldoror, del soi-disant conde de Lautréamont, exige mucha paciencia.

Día 16: La fe pone zancadillas a la razón, para que no moleste.

Día 17: Inoportuno, alguna vez lo fui; pero impertinente, nunca, que yo recuerde.

Día 18: Si alguien se equivoca, y es de los que se cuecen en su propia soberbia, no siempre le saco de su error.

Día 19: El presente no es huidizo, huidiza es la vida; el presente se mantiene firme en su sitio. Habitar el presente, sí, pero sin perder de vista la estela el pasado y el espejismo del futuro.

Día 22: En el campamento pasé tanto frío, aquel otoño y primeras semanas de un invierno glacial, que casi se me congela un brazo: acrocianosis fe el diagnóstico. Me dieron permiso para hacer la instrucción con guantes. [...] El olvido es la mala hierba que cree en la memoria.

Día 23: Si todos los libros fueran anónimos, ¿la historia de la literatura sería distinta?

Día 25: Desconfío de mi humildad; advierto en ella un oscuro atisbo de soberbia.

Día 27: Al final, de todas las colecciones que empecé, la más perdurable es la de los libros.

Día 28: Una cosa me gusta del zen: la renuncia a pensar lo impensable, el rechazo de los pensamientos inútiles.

Día 31: Cuando menguan las ganas de vivir, la vida se convierte en un sudario de plomo. [...] en algunos momentos me estorbo a mí mismo.

Día 33: La tranquilidad es un lujo, y cuesta caro.

Día 34: En los viejos tiempos, escribía por la noche; ahora que el viejo soy yo, escribo por la mañana.

Día 35: Un amigo pasó noches enteras fatigando los ojos al leer a la luz de una vela con el propósito de quedar exento del servicio militar. Se contaban historias bizarras sobre gente que quería librarse de la mili. [...] Donde hay mugre y miseria la impostura está ausente.

Día 36: Cuando estrecho la mano, soy comedido: ni flojo ni fuerte, ni larva ni garra.

Día 37: No he tenido maestro, no he sido discípulo. Lamento ambas cosas. [...] Era muy joven cuando fui por vez primera y acaso única, al Pozo del Tio Raimundo, a visitar al hermano menor de mi madre, que estaba muy enfermo. Cuando llovía, el barrio quedaba embarrado. Allí había mucha pobreza digna, mucha miseria humilde. Poco después, mi tío falleció. Era el único hermano de mi madre al que las secuelas de la guerra no llevaron a la cárcel.

Día 39: Durante años, mi escritorio fue el costado de una máquina de coser Sigma. [...] No ser hombre de consignas me aleja de cualquier militancia.

Día 43: Como vivía al lado de un matadero, y era migo de León, el hijo del guarda, jugábamos a deslizarnos con los garfios como animales vivos.

Día 44: El director de la revista Ínsula se apellidaba Cano, y el subdirector, curiosamente, Canito. Justicia poética en el escalafón. [...] ¿Es cierto que, cuando se casaron, su mujer le dijo al editor de Gallimard: Ahora yo meditaré, y tú me editarás?

Día 47: No envidio el éxito, envidio el trabajo que lo hace posible. [...] Hay que aprender del tiempo, que no duerme ni se atropella.

Día 50: Entre la fantasía y la realidad, prefiero una realidad en la que quepa la fantasía.

Día 51: Es una delicia todo lo que canta Joaquín Diaz, ya sean canciones sefardíes, romances o lo que sea. [...] Corrección, de Bernhard, es una novela hipnótica.

Día 57: Para leer a Lacan hay que ser francés o, mejor aún, alemán. Fue el dueño desconocido del impactante cuadro de Courbet El origen del mundo, con su lee contrapicado genital.

Día 63: Los suicidas, ¿quieren morir o no quieren vivir?

Día 64: Cosas ínfimas me sobrevivirán: una cuchara, un alfiler, un libro de bolsillo... ¡Qué triste!

Día 67: Las personas con fuga de ideas acaban siendo insoportables.

Día 67: La presencia de los autores es mayor cada día, lo que acaso sea bueno para el comercio y nefasto para la literatura.

Día 69: La pasión nos lleva a donde ella quiere; el amor nos centra en nosotros mismos.

Día 70: Para desvanecerse, la tristeza necesita tiempo; querer exiliarla antes de tiempo es contraproducente. [...] Más que esperar cosas de la vida, lo propio es ofrecérselas.

Día 75: Mushotoku llaman los japoneses a obrar desinteresadamente, sin esperar recompensa ni reconocimiento alguno.

Día 77: Al terminar la guerra, el dinero ahorrado por mis padres perdió su valor; años después, tuvieron que volver a casarse. Su matrimonio civil, celebrado durante la guerra, no era válido.

Día80: Mi ideal de vida no está lejos del que expresa Bernardo Soares: «Vivir con alegría y existir con claridad», pero la vida se empeña en poner zancadillas a tan loable propósito. [...] Alguna vez tendría que llegar tarde a una cita para saber qué se siente.

Día 85: Entre la angustia y la ansiedad, yo he sido más proclive a la angustia, esa contracción del espíritu.

Día 87: El cine fue el maná de mi infancia. [...] Alguien dijo que la madurez lo es todo; pero la madurez no es un regalo que nos haga la vida al cumplir cierta edad, sino una cima que hay que conquistar.

Día 89: Hace muchos años se me quedó grabada una máxima de Max Jiménez, escritor costarricense: «Quien busca consuelo en la filosofía se queda filósofo y sin consuelo».

Día 91: En las dictaduras se callan demasiadas verdades, en las democracias se dicen demasiadas tonterías. [...] Una tarde, un yeyé con zapatos de charol anunció en los billares que se iba a la plaza de toros de Las Ventas a ver la actuación de un conjunto inglés apenas conocido aquí. The Beatles.

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