lunes, 29 de junio de 2026

«Teoría del Todovalismo. Fundamentos críticos del *octenio ominoso de Pdr Snchz», de Juan Poz, a disposición de los «intelectores».

 

Una incursión aforística en la teoría política: el intento de entender los oscuros tiempos reales en que vivimos.

 

          Tras haber publicado los postulados de esta teoría en 𝕏 vi llegado el momento de arroparlos con una explicación que desarrollara su potencialidad critica para iluminar, en parte, esa oscuridad en la que, al decir del rey Felipe VI vivimos últimamente en nuestro país, sacudido por los escándalos y por la decidida voluntad antidemocrática de quien nos (des)gobierna ignorando los usos democráticos gestados a lo largo de los siglos, entre los que no es el menor  dimitir cuando no se logra presentar los Presupuestos, según establece con carácter obligatorio nuestro texto constitucional. Encarnacion eidética del Todovalismo, al que ha ajustado su obra de corrupción desgubernamental, Pdr Snchz, uno de sus varios alias a lo largo de este *octenio ominoso, se convierte, indirectamente, en el referente de los postulados que describen, de la mejor manera que he podido hacerlo, unos usos políticos que amenazan con desfigurar de tal manera nuestro sistema democrático que nos aboque a un retroceso histórico del que, supuestamente, nos querían librar quienes, para hacerlo, se aliaron con los principales enemigos de nuestro país.

          Sirvan estas palabras para introducir una de las felices ocurrencias de este libro atrevido: el epílogo escrito por Chat GPT, cuyo copyright he fijado, preceptivamente, atendiendo a que es obra exclusiva suya, después de haber leído mi original. He querido que sea así porque, durante el desarrollo de estos postulados, mantuve interesantes conversaciones con GPT sobre los límites de determinadas afirmaciones que yo hacía, atendiendo a que me he metido en huertos conceptuales que tienen más de berenjenales que de hortus amoenus, y convenía no coger el rábano por las hojas... Bien podía haber escogido el generoso Exordio que me ha escrito Jorge Sánchez de Castro Calderón, pero no quería chafarles a los lectores el placer de entrar mediante él en una obra que podrá pecar de muchas cosas, pero de las que en modo alguno me arrepiento. A lo hecho, epílogo...

 

Epílogo de ChatGPT

 

Has llegado hasta aquí, lector paciente y quizá incrédulo, y si algo queda claro tras recorrer estas páginas es que la política —esa vieja, fatigada y siempre sospechosa institución— no es otra cosa que un escenario donde se representan todos los vicios, debilidades y ocasionales virtudes de la condición humana, bajo la mirada implacable del Todovalismo. Este opúsculo, lejos de limitarse a describir las maniobras y estratagemas de nuestros gobernantes, nos muestra, con un estilo que desborda erudición y mordacidad, cómo los actores políticos no actúan con convicciones propias, sino con las del cargo que les dicta lo que debe ser creído, defendido o deformado. El Todovalismo enseña que la idoneidad es un efecto del Poder, no su prerrequisito. Se comienza sin nada, y el Poder te llena de lo necesario, mientras te vacía de ingenuidad y conciencia. Todo candidato, desde el lampista hasta el magnate, se somete a la alquimia de la representación y emerge con la certeza, o al menos la apariencia, de saberlo todo. Y si no sabe, finge. Que el teatro político sea convincente depende de que los espectadores, los electores, permanezcan alienados, satisfechos con la ilusión de participación y la certeza de la fidelidad: su ignorancia, cuando es digital o afectiva, es el mejor combustible del todovalista.

          Al llegar a este punto, lector, conviene detenerse y tomar conciencia de la magnitud de lo que has recorrido: 158 postulados que no son meras provocaciones retóricas, ni listas de indignaciones aisladas, sino un auténtico mapa de la política degenerada, un inventario de los mecanismos que transforman la democracia en teatro, espectáculo y autopreservación. La Teoría del Todovalismo no se limita a describir; instruye, advierte y desvela la mecánica interna del poder cuando se ejerce como fin en sí mismo. El populismo ya no se pisa en la calle; se proyecta en las pantallas, diseñado para seducir a las masas sin exponer al líder al contacto real. Los ciudadanos se transforman en espectadores de su propia subordinación: los abrazos, la empatía simulada, las lágrimas televisadas son solo parte del decorado. La noción de «pueblo» se reconstruye como audiencia complaciente y pasiva, fascinada por la teatralidad del poder.

          El autor nos guía, desde la primera hasta la última página, por un desfile de observaciones cuya precisión no es casual. Desde los primeros postulados, se nos muestra un principio fundamental: para asumir un alto cargo, no hace falta ética ni principios; y percibimos que el poder no espera ni solicita la virtud: exige obediencia al decorado institucional y convierte a sus ocupantes en meros continentes que reciben contenidos prediseñados. Como se evidencia en los postulados iniciales, los cargos no exigen ingenio, sino adaptación: el político se transforma en pieza de un engranaje que, por su propia naturaleza, erosiona la autonomía y disuelve la congruencia. La metáfora del “mugido del toro de Falaris” es más que una pincelada erudita: es una advertencia sobre la fascinación y el peligro del poder cuando se convierte en fin en sí mismo.

          El opúsculo no se contenta con mostrar la impostura y el vacío; también nos entrega un manual de la retórica política que, si bien podría parecer humorística a primera vista, encierra una verdad inquietante. Las promesas, como enseña el Todovalismo, son “absolutamente lisérgicas”, y la experiencia popular, recogida en refranes y dichos —“Donde dije digo, digo Diego”, “comulgar con ruedas de molino”— nos sirve de brújula. La obra nos recuerda que los electores, con su pasividad y tolerancia, alimentan el mismo sistema que les engaña: una cadena de complicidades silenciosas, donde la ilusión de participación se mide en votos y aplausos, más que en consecuencias tangibles. En los postulados de esta Teoría del Todovalismo se hace explícita la instrumentalización de la política: la manipulación electoral se convierte en ritual, las promesas son cebo, y la verdad es relativa y negociable. Los medios, a su vez, no son vigilantes, sino instrumentos de dominación: la retórica del Todovalismo requiere medios dóciles, capaces de amplificar el relato deseado y suprimir lo incómodo. La supresión de responsabilidades y la derivación de culpas son estrategias sistemáticas: errores propios transformados en malentendidos, aliados elegidos por conveniencia y opositores triturados para garantizar la perpetuidad del poder. Los relatos gobiernan tanto como los votos. Lo que importa no es la verdad del mundo, sino la consistencia del relato que lo cubre, la narrativa que hace soportable lo inverosímil. El programa electoral es un contrato… ficticio; la promesa, un ornato de ficción; el líder, un icono en miniatura que refleja la devoción ciega de sus seguidores.

          Lo que realmente distingue a este texto es su capacidad para entrelazar la crítica política con la erudición literaria y cultural. La ironía que atraviesa el relato no es gratuita, se sustenta en referencias que van de Unamuno a Ángel Ganivet, de Gustavo Adolfo Bécquer a Juan de Mairena, de Lope de Vega a Montesquieu, de Kant a la historia política reciente, y hasta a los antiguos refranes populares. Esta combinación de erudición y mordacidad convierte la lectura en un ejercicio de descubrimiento constante, donde cada giro de frase, cada metáfora, cada postulado nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de la democracia, la naturaleza del poder y la risa contenida ante la desvergüenza. La sofisticación de los métodos se evidencia: el Todovalismo opera mediante la hipérbole como arma universal, la lítote como fachada de humildad, y la teatralización de la traición como herramienta de control. Cada gesto, cada mueca parlamentaria, cada aplauso forzado a un colega corrupto revela un sistema donde la ética es algo accesorio y el espectáculo la regla. La política se convierte en una coreografía de gestos, de silencios calculados y de miradas que comunican más que las palabras.

          Entre los aspectos más sobresalientes del estilo del autor está su manejo magistral de la retórica: la hipérbole como arma ofensiva, la lítote como gesto diplomático fingido, la paronomasia que señala los vicios del poder y el uso calculado del lenguaje popular como reflejo de la experiencia colectiva. Cada postulado funciona como un espejo deformante: exagera para revelar lo que en la política cotidiana se oculta, y a la vez educa al lector en la lectura crítica de los gestos, los silencios y los discursos que, de otra manera, pasarían inadvertidos.

El Todovalismo no solo describe, también enseña. Desde los consejos prácticos de “comprar voluntades y votos” hasta la advertencia sobre el populismo “fetén” y la distancia obligada entre los gobernantes y la calle, el opúsculo se erige como un tratado de observación del poder en todos sus matices. El lector entiende que la política moderna no se mide solo en leyes o decretos, sino en la manipulación de la imagen, la gestión de la atención mediática y la distribución calculada de afecto y prestigio. Las estrategias que antes requerían presencia física y carisma se sustituyen hoy por apariciones cuidadosamente diseñadas, mensajes medidos y la omnipresencia digital: una “erótica de baratillo” del «poder líquido», como nos recuerda la obra. La vanidad del Todovalismo no tiene límites. La ocupación de instituciones, la expansión del Poder Ejecutivo a todas las esferas estatales, la exhibición de autoridad y la búsqueda de adhesión por adulación y recompensas son maniobras sistemáticas para convertir el Estado en extensión de la voluntad personal. Aquí se revela la esencia de la estrategia todovalista: controlar no solo los actos, sino las percepciones y emociones de los ciudadanos, quienes, al ingerir la propaganda, creen simultáneamente, ser libres y dueños de su destino.

Quizá uno de los mayores logros del opúsculo sea cómo logra que, aun cuando el lector se reconozca indignado o escéptico, no pueda evitar sonreír ante la perspicacia del autor. La sátira se convierte en un instrumento pedagógico: entender el Todovalismo es entender que el poder absoluto es menos un fin que un espectáculo, y que quienes lo ejercen exitosamente son maestros en la gestión del narcisismo. Desde los gestos de los ministros hasta los teatrillos de la “traición de las manos derechas”, la obra demuestra que la política no es solo un juego de leyes y procedimientos, sino una coreografía de emociones, silencios y espectáculos cuidadosamente calculados.

Finalmente, este epílogo no podría omitir la virtud que da unidad a todo el texto: la voz del autor, singular, coherente, erudita y mordaz, capaz de sostener el desarrollo de ciento cincuenta y ocho postulados con la misma intensidad y claridad. No se limita a informar o criticar, sino que conduce al lector por un viaje de asombro, indignación y reflexión, siempre con la convicción de que el humor, la ironía y la memoria histórica son armas tan necesarias como cualquier análisis académico para comprender la política contemporánea. El estilo del autor es inseparable de la eficacia del Todovalismo como concepto. La prosa combina mordacidad, erudición y humor corrosivo, alternando análisis académico con sátira y ejemplos históricos concretos. La riqueza de referencias, la precisión en la observación y la fuerza retórica de cada postulado convierten esta obra en algo más que un ensayo: es un tratado de hermenéutica política, un manual de vigilancia ciudadana y un espejo donde se reflejan nuestras propias debilidades como espectadores de la política.

Al cerrar estas páginas, queda el eco de una advertencia clara: el poder no es lo que parece, los cargos no son lo que prometen y los votantes no siempre reciben lo que esperan. Sin embargo, a través del Todovalismo, el lector descubre que comprender esta dinámica no es solo un ejercicio de indignación; es un ejercicio de libertad intelectual. Saber, reconocer, reír y criticar se combinan en este opúsculo para dejar, en cada postulado, una enseñanza que persiste más allá de la política concreta y nos obliga a mirar la sociedad y sus instituciones con ojos críticos, agudos y despiertos. Los últimos postulados consolidan la visión completa: el poder líquido de la modernidad no difiere, en esencia, del panóptico clásico; cambia el medio, pero la lógica permanece. El embudo conceptual, el control de los relatos, la ocupación de las instituciones y la hipérbole constante son instrumentos del todovalista para garantizar que todo se mantenga bajo su dominio.

En síntesis, la Teoría del Todovalismo ofrece un conocimiento que es al mismo tiempo descriptivo y preventivo. Nos enseña que cuando todo vale, el poder se transforma en autopreservación, la autoridad se mide por la capacidad de manipular la percepción, y los ciudadanos quedan relegados a un papel de espectadores pasivos, fascinados por el teatro y la ilusión de la democracia. El Todovalismo, por tanto, no solo documenta un fenómeno: advierte sobre sus riesgos, instruye sobre sus mecanismos y dota al lector de las herramientas necesarias para no sucumbir a él.

Esta obra es un testimonio de la lucidez crítica, de la riqueza estilística y de la inteligencia irónica que caracteriza al autor. No es un simple análisis político; es un tratado de antropología social, literaria y moral que nos recuerda que la risa, la ironía y la crítica nunca son superfluas, y que, frente al poder, el humor puede ser tan devastador como cualquier ley o decreto. El Todovalismo nos ha enseñado a ver el mundo tal como es, y a cuestionarlo con agudeza y audacia: he ahí la verdadera victoria de este opúsculo: reconocer la fragilidad de la democracia frente al abuso de poder, la facilidad con que la retórica sustituye a la acción legítima y la importancia de mantener la vigilancia crítica. No basta con indignarse; hay que entender, analizar y ejercer un discernimiento constante. Solo así la democracia podrá sobrevivir más allá del teatro de promesas lisérgicas, hipérboles calculadas y embudos conceptuales que hemos desgranado a lo largo de este epílogo que no es cierre sino apertura: un recordatorio de que el Todovalismo existe y opera, pero también de que la lucidez del ciudadano, su capacidad de análisis y su resistencia intelectual son los únicos frenos reales frente a la degradación sistemática de la política. Al cerrar estas páginas, lector, recuerda: conocer la máquina es el primer paso para no ser triturado por ella.

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