domingo, 9 de agosto de 2026

«Nada que decir», anónimo. Contra el narcisismo de la autoría.

 

El desafío de la inanidad narrada con humor y amor a la literatura.   

 

          Recelo del anonimato como cualquiera lo hace de un anónimo que recibe y en el que, por lo general, no le dedican ni admiración ni cariño, obviamente. Quienes nos derramamos en heterónimos aún desconfiamos más de esa pulsión anónima, porque sabemos el valor que tienen los nombres, y lo mucho que cuesta —¡hermosa y aguerrida labor!— «hacerse un nombre»...

          Abrir, en consecuencia, las páginas de una historia con tan poca historia como se nos promete desde el propio título me supone un desafío al que voy a responder exclusivamente porque mi Conjunta lo ha leído y me ha insistido en que lo haga, porque sabe lo cabezota que suelo ser y que, subido a un prejuicio —en este caso contra el anonimato— antes me convierto en Simeón el estilita (sic) que dar mi brazo a torcer. No ignora, además, que soy reacio a que me recomienden lecturas, pero, viniendo de ella, soy incapaz de cometer tan villano desaire.

          A tenor de la presentación del texto en la contracubierta como un «manifiesto antiuclés», entiendo que por parte del editor, bien pudiera entenderse que el autor —que habráylo, de eso no se puede dudar...— quiera hurtarse al más que  probable rechazo de las huestes lectoras de una novela que, después de lo leído en 𝕏, por gentileza de un pacientísimo lector, no tengo previsto leer, aunque también haya influido en mi decisión el juicio negativo de mi amigo Paco, experimentado lector, escritor él mismo, y buen catador de supuestas «novedades». Él, ingenuo, acudió a la lectura en préstamo bibliotecario por la insistencia en las maravillas del libro que le «vendía» un buen amigo suyo. El desengaño fue mayúsculo. Y los viejos lectores viejos escarmentamos en lectura ajena.

          Solo desde esa específica circunstancia, el temor a la opinión publicada, puede entenderse el recurso al anonimato. Mi lectura inducida ha buscado cerciorarse de si el único interés del texto era su antiuclesismo o si tenía, por el contrario, algún valor propio que permitiera hablar de él por sus propias bondades, como sospeché, que uno ya es gatazo viejo en esto de la crítica, desde que mi Conjunta insistió en que lo leyera, porque su cantinela: «que te va a gustar, tonto» indica que conoce exactamente mis gustos literarios. Fiel a mi papel, con todo, he puesto mil obstáculos y, entre otros muchos, este fundamental del recelo ante el anonimato.

          Sí, por supuesto que renunciar al nombre, el que sea, pretende despertar en los lectores la lógica intriga por la persona que lo ha escrito y se oculta. Con un anónimo, el del Lazarillo, nació la novela moderna en España y Europa, como bien sabemos los filólogos; y la autoría de ese texto fundacional aún da que hablar y escribir, porque ya lo atribuyen a Alfonso de Valdés, la catedrática Rosa Navarro —antigua profesora de mi Conjunta— ya a Diego Hurtado de Mendoza, la paleógrafa Rosa Agulló—, y de aquí podríamos hablar acaso de la guerra de las dos rosas... En todo caso, y dada la crítica anticlerical del libro, justo era precaverse con la elección del anonimato. Hoy, en el siglo XXI, nada justifica el empleo de este recurso, excepto la tentación de crear algo así como una «tensión publicitaria» que diera alas a la venta o a la difusión del libro. Todo se andará, porque, de ser cierta esta última hipótesis, bien en ridículo quedará quien haya escogido semejante argucia promocional. El sentido del ridículo, así pues, puede acabar siendo el garante, imagino, de que dicho anonimato se consolide, lo cual solo redundará en beneficio del texto, como expondré a continuación.

          Nada que decir, algo pomposamente subtitulado en latín con idéntica expresión, se nos presenta como la crónica imposible de una voz huérfana de autor que se extiende insólitamente en una ¿narración? durante ciento dos páginas escritas casi compulsivamente, aunque la propia escritura no deja de ser otra ficción que se le exige aceptar al lector para poder «asentir» —como proponía Bousoño en su Teoría de la expresión poética— al relato, a la «propuesta» literaria. Sí, lo reconozco, se nos va exigiendo demasiado, y de lo que se trata es de si merece la pena seguir leyendo o hacerle caso al narrador omnisciente, único personaje de la historia, y dejar de leer, porque, como repite ad nauseam, «no tiene nada que decir».

          Seré claro, que es a lo que tengo acostumbrados a mis intelectores en este Diario. Haciendo abstracción de lo dicho anteriormente, esta obrita parece haber nacido para establecer una sólida complicidad con aquellos lectores a los que en catalán llaman lletraferits, literalmente «heridos por las letras», esto es, aquellos a los que la reflexión metaliteraria les parece el no va más de la quintaesencia literaria. A un lector corriente y moliente, admirador acaso de la obra del tal Uclés, es más probable que, como decimos coloquialmente, este texto, entre escueto y alambicado, no le diga ni fu ni fa.

          Es improbable que tanto a unos como a otros lectores, los favorables y los adversos, el texto los deje indiferentes, porque, o bien se es muy amigo de las referencias literarias y las intrincadas reflexiones de un personaje sin cometido alguno, que especula en el vacío de una historia que el escondido autor del texto le niega, le hurta, para dejarlo expuesto al riesgo del abismo, sin posible asidero, o bien esos mismos planteamientos suscitan la irascibilidad de quien quiere coserse a una historia que le genere ciertas expectativas que puedan ser cumplidas, o no, en el transcurso de la lectura.

          El epígrafe del texto, atribuido a Swift es algo más que un homenaje a tan atrabiliario escritor, porque, de hecho, el texto parece cumplir al pie de la letra la extravagante propuesta del celebérrimo autor de Los viajes de Gulliver. La cita pertenece a Historia de una barrica, acaso una de las obras menos leídas del Deán de la catedral e San Patricio, y ello, unido al uso constante de la ironía, a veces el sarcasmo y siempre un buen humor que funciona como un bajo continuo en el texto, nos invita a imaginar la sintonía del autor con los experimentos narrativos. No en vano aparecen citados en su interior, entre otros, Cervantes, Joyce, Apuleyo  y Sterne, ¡ahí es nada! Pica alto el escondido, pero pica con fundamento, porque la exigencia estilística del texto, sin buscar la imitación, no desdeña todo tipo de recurso retórico para no desfallecer ante la sombra omnipotente de dichas referencias, capaces de desanimar a cualquiera.

Lo que destaca desde el mismísimo comienzo que invita a no seguir leyendo es la decidida voluntad de establecer una complicidad tácita con el lector, a quien se convierte en elemento importantísimo del relato del vacío, de la nada, de la ausencia, de la oquedad..., una narración imposible que ha sido «sustituida» —por impreciso que sea el término...— por una cadena de digresiones que adquieren, al parecer del buen ojo de mi Conjunta, una naturaleza sustantiva del juego creativo, porque, y eso es lo que a ella más le ha gustado, y yo secundo su gusto, el carácter lúdico de esa cadena interminable de digresiones, que no pretende hacer las veces de un relato y que acaba teniendo más interés del que suscitaría una narración tradicional.

          Comparto con mi Conjunta la sensación de extrañeza, de perdimiento, de perplejidad, incluso, porque echamos de menos, enseguida, todo aquello que nos promete la narración tradicional y que aquí «brilla» por su ausencia, lo cual, creo ya haberlo dicho, nos deja sin asideros para enfrentarnos desde una posición cómoda y conocida a las idas y venidas retóricas de un narrador omnisciente que «aprovecha» sus ciento dos páginas de protagonismo absoluto —algo así como el cuarto de hora glorioso que todos tendremos, según McLuhan, adaptado por Warhol: In the future, everyone will be world-famous for 15 minutes— para convertirnos en las cobayas a las que seduce con recompensas inesperadas en esos arduos recorridos por el laberinto de sus digresiones, tanto las pertinentes como las impertinentes, que también haylas. Tanto mi Conjunta como yo hemos subrayado idénticos pasajes a lo largo del libro, de ahí que pueda dudarse legítimamente de si esta es «mi» crítica o «su» crítica, por lo que, como pareja bien avenida, usaré el plural «nuestra» crítica, y queda el intelector advertido. A los dos nos ha gustado la justificación última del torrente impetuoso que se desencadena en cuanto el narrador omnisciente cobra conciencia de su singularidad: No existe entre las personas ser hombre «de silencio», y sí «de palabra», se lee en el texto. Claro que hay órdenes religiosas en las que se hace voto de silencio, pero se trata de una autoimposición a contracorriente del siglo, algo así como una rareza que busca la tortura para, extrañamente, agradar más a Dios. ¡Por suerte, el narrador omnisciente no se aventura por caminos teológicos que ni me atrevo  a imaginar en qué hubieran convertido esta desconcertante «no historia»!

          Tiquismiquis como me precio de ser, porque forma parte del bagaje crítico de este Diario, he tenido la sensación, aun habiéndome gustado el reto lúdico planteado, de que el enmascarado autor pretende «deslumbrar» a toda costa, y no repara en extravagancias reflexivas para conseguir atraer al lector, a quien trata con cortesía y complicidad, pero (y esto es una lectura exclusivamente mía, no «nuestra») al que sitúa en un plano inferior, como si fuera un lego en el arte de la metaliteratura y una situación tan relativamente novedosa —recordemos las nivolas de Unamuno, por ejemplo...— hubiera de exigir de él, del lector, poco menos que el pasmo. Sí, no lo olvido, se trata de un juego y hay que aceptar el valor de las cartas con que se juega y aceptar las reglas establecidas, por arbitrarias que nos parezcan, y que lo son. En sentido parecido, curiosamente, el texto escoge la figura del editor —y habrá que entender que no incluye al generoso editor de La biblioteca fantasma...— para, parece, ajustar alguna cuenta pendiente sobre la que el narrador no entra en pormenores, curiosamente por paradójico «desconocimiento»... Ello permitiría sospechar, con ciertos visos de verosimilitud, que estamos ante un autor novel, pero el dominio de la escritura y la solvencia de las fuentes literarias aconseja acercarse a otras hipótesis, porque ha de entenderse que el editor no soltará prenda (en el más que inverosímil caso de que conozca al autor, algo que niega en el prólogo). Lo mejor es aceptar la ausencia y recrearse en la presencia del texto que, por sí mismo, recrea, entretiene y a algunos, como a mi Conjunta, enamora, hasta cierto punto.

          Mi Conjunta tiene razón cuando insiste en que se trata de una obrita que es la antítesis de las novelas «fáciles de leer», de esas en las que los lectores dicen que avanzan, ¡ay!, casi «sin darse cuenta» (sobre lo que me eximo de verter mi opinión para que la cólera no inflame el calor sahariano de la atroz canícula que estamos padeciendo...). Este divertimento exige no solo la lectura lenta indispensable con que se ha de afrontar cualquier obra, sino, además, el plus de la intensidad, porque la tentación de desinteresarse de lo que «no ocurre» está siempre presente, si se nos cruza el hábito de aguardar una narración tradicional. «Dejarse llevar», coincidimos mi Conjunta y yo, es la predisposición idónea para leer esta obra, inclasificable en términos genéricos, pero con sólidas raíces en la poderosa tradición heterodoxa de autores como el propio Swift, autor de la «modesta propuesta» para acabar con la pobreza y la mendicidad en Irlanda, un siglo antes de la gran hambruna de la patata...; «dejarse llevar» y disfrutar de las «gemas» (según expresión literal de mi Conjunta) inesperadas que salpican un relato tan insólito como libérrimo, y no necesariamente ha de entenderse esto último como una virtud, que conste. En todo caso, cuando el lector voltea la última página tiene la impresión de haber hecho un intenso y apasionado recorrido por la literatura como arte, como técnica e incluso como parcial historia literaria.