jueves, 16 de julio de 2026

«De la desigualdad personal en la sociedad civil» y «El don de la palabra», de Ramón Campos Pérez, un ilustrado semiolvidado que cultivó su parcela en el jardín de las teorías individualistas y naturalistas.

 

Un retrato  aproximado y dos lecturas sorprendentes: discurrir es, a veces, peregrinar por terrenos que  tienen más de ciénaga que de suelo firme.

 

          Guardaba desde hace décadas la copia de un opúsculo que intuí, entonces, me sería de gran ayuda para mis clases de la asignatura de Lengua, en bachillerato, porque el título, El don de la palabra, así lo indicaba. Haciendo arqueo y expurgo de papeles viejos me ha aparecido el folleto y me he aplicado a su lectura, porque entendía que podía hallar en su interior algo de interés para este inquisidor de saberes inútiles en que me he acabado convirtiendo.

No sé si en su momento consulté la paternidad del escrito, pero ahora es lo primero que he hecho, y me he llevado la gran sorpresa de que estaba en presencia de un miembro de esa rara especie que fueron en España los escritores ilustrados, a muchos de los cuales su devoción francesa los llevó a enfrentarse a sus conciudadanos y a huir después a Francia con el rey impuesto, un episodio que narra perfectamente Galdós en El equipaje del rey José, primer volumen de la segunda serie de los Episodios nacionales. No fue el caso de nuestro ilustrado de hoy, como sostiene Gerda Hassler, a quien seguimos al pie de la letra para esta introducción: En los últimos años se pierden las huellas de Ramón Campos. Se sabe que participó inmediatamente en la resistencia armada contra Napoleón Bonaparte (1769-1821) y que murió en 1808 cerca de la ciudad Belmonte (provincia de Cuenca). La vida de un ilustrado tan ligado a la cultura francesa e insultado de afrancesado terminó entonces combatiendo contra las tropas napoleónicas, cerca de la ciudad natal de Fray Luis de León (1527-1591) y en medio de la región que vio las aventuras de Don Quijote. [Esto último, curiosamente, acredita un desconocimiento insólito de la obra de Cervantes, porque ni Belmonte ni Madrigal de las altas Torres, donde nació y murió Fray Luis, respectivamente, forman parte de la geografía cervantina del Quijote. El empeño munícipe de allegar Belmonte a esa geografía habrá confundido a la hispanista...]

          Pero vayamos al principio: Ramón Campos nació en Burriana hacia 1770 y, siendo niño, se trasladó a Nules. Estudió en el Seminario de San Fulgencio de Murcia bajo la protección de su tío, donde recibió una formación influida por el reformismo religioso y el aperturismo científico. Muy joven obtuvo responsabilidades docentes, pero pronto tuvo problemas con la Inquisición por defender ideas consideradas heterodoxas, entre ellas el rechazo de la infalibilidad papal. En 1791 publicó Sistema de Lógica, obra inspirada en Condillac que defendía el sensualismo, según el cual el conocimiento procede de la experiencia de los sentidos.

Entre 1793 y 1796 viajó por Inglaterra y Francia para estudiar agricultura, mientras la Inquisición reabría las acusaciones contra él por jansenismo y otras supuestas herejías. De regreso a Madrid obtuvo el apoyo de Godoy y publicó La Económica reducida a principios exactos, claros y sencillos (1797), adaptación divulgativa de las ideas económicas de Adam Smith. No tuvo tanto éxito con su traducción de un diccionario de la Nueva Agronomía inglesa. Cometió el error de enviar un placet al Rey para recordarle lo infundado de sus acusaciones y solicitar la plaza de Matemáticas de los Reales Estudios. Lejos de obtenerla, fue arrestado en octubre. Sus bienes fueron embargados y quedó recluido en el castillo de San Lorenzo (Málaga) desde 1798 hasta 1802. Pero esto no detuvo su labor literaria. Allí redactó De la desigualdad personal en la sociedad civil (1799), que sólo fue publicado póstumamente. De la desigualdad... era una respuesta tardía al Discours sur l’origine de l’inégalité entre les hommes que Rousseau había presentado ante la Academia de Dijon en 1753. Campos identificaba el progreso en la moralización entre el hombre salvaje y el civilizado, y rechazaba de plano la teoría del contrato social. El influjo de la escuela escocesa es también perceptible en las similitudes del «flujo por armonizar» de Campos con el principio de simpatía —empatía— enunciado en el Treatise on Human Nature, de Hume, y el sentiment of approbation de Smith. Poco después fue arrestado por la Inquisición y permaneció encarcelado entre 1798 y 1802. Tras recuperar la libertad amplió su Sistema de Lógica con El don de la palabra (1804), donde revisó críticamente las ideas de Condillac y mostró una evolución hacia posiciones más cercanas a los ideólogos franceses. Sus últimos años son inciertos: aunque durante mucho tiempo se creyó que murió combatiendo a los franceses en 1808, documentos de la época indican que aún permanecía preso ese mismo año. Se desconoce la fecha y el lugar exactos de su muerte. Su obra De la desigualdad personal en la sociedad civil fue publicada póstumamente en 1820.

          Según Gerda Hassler, fue responsabilidad de Marcelino Menéndez Pelayo el que Ramón Campos pasara poco menos que al olvido: «Ramón Campos Pérez se presenta sobre todo como seguidor del escolasticismo nominalista y su personal aportación a través de su obra quedaría sintetizada en su teoría del lenguaje, en la que sostendría que la palabra es un don concedido por Dios. Los historiógrafos no han prestado atención a su pensamiento filosófico.  En España parece haber producido cierto efecto, sobre todo, por la clasificación que hizo Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) respecto a Campos considerándolo un propagador del pensamiento enciclopédico y sensualista del siglo XVIII, contribuyendo así a su olvido». En esto ha de reconocerse que tenía razón Juan Goytisolo: ningún libro tan instructivo para descubrir autores españoles interesantes como la Historia de los heterodoxos españoles, una de las grandes obras de investigación de nuestra Filología. En su día, lo compré siguiendo la sugerencia del escritor barcelonés menos catalán de nuestra literatura, y nunca me he arrepentido de haber leído con suma atención sus dos densos volúmenes. En el capítulo dedicado a la Ilustración aparece Ramón Campos, cuyo nombre no se me quedó particularmente, quizá porque no podía competir con otros como los de Olavide, Cabarrús, Urquijo y Marchena, ¡sobre todo este último!

          De Campos llaman muchas cosas la atención, pero lo verdaderamente llamativo es que su perfil, muy anglófilo, no se suele ajustar al perfil tópico del ilustrado que defensa la razón como arma imbatible contra la maldad del Viejo Régimen y en defensa de la radical igualdad de derechos de todas las personas:  La desigualdad entre los hombres constituye, según Campos —nos dice Gerfa Hassler—, un motor del progreso. Es un fundamento natural que justifica una división de las sociedades y sus individuos que constituye la tesis antropológica en la que hace reposar la etiología del progreso. El vínculo entre desigualdad y progreso también debe comprenderse a partir del elogio de la división del trabajo. Quizá por eso, Campos no llega a cuestionar la división estamental de la sociedad española de la época. E insiste la profesora de la Universidad de Postdam: Su obra De la desigualdad personal en la sociedad civil constituye una defensa de la civilización y del progreso en la cual manifiesta una afinidad con las ideas ilustradas escocesas, especialmente con las presentes en las obras de Adam Ferguson (1723-1816) y Adam Smith. Los ilustrados escoceses no solo consideraban erróneas las teorías contractualistas, sino que remetían los orígenes de la sociedad a la propia naturaleza humana.

          Su obra carcelaria De la desigualdad personal en la sociedad civil — y recordemos que las cárceles y nuestras letras guardan una relación tan fecunda como ominosa: Cervantes, Mateo Alemán, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Quevedo, Jovellanos, Espronceda, Miguel Hernández, José Hierro, etc.— no resulta fácil de aceptar en estos tiempos en que el igualitarismo a ultranza se ha hecho fuerte en los discursos políticos que tienen más de morales que de ideológicos que la desigualdad sea el motor civilizador por excelencia. El tratado tiene dos vertientes, una sociológica y otra psicológica, que enriquecen el texto con planteamientos que hoy le granjearían a su autor poco menos que la cárcel, porque atentaría contra todos los dogmas de las nuevas inquisiciones ideológicas que se han convertido en discurso oficial y frontera —más propiamente «cedazo»— que separa a quienes están en los lados malo y bueno de la Historia. En medio del tratado hallamos una sentencia que bien podría figurar como epígrafe al que acogerse el somero vistazo que le vamos a echar a obra tan olvidada y perdida en los archivos bibliográficos:

Nada es más cierto a primera vista que el dicho de que las virtudes y los talentos son un título justo para hacer desiguales las personas.                   

          Teniendo en cuenta que el ansia de sobresalir, de destacarnos frente a la masa, es un impulso natural, son frecuentes las tiradas en las que el autor se embarca en una teoría de los caracteres, aunque en el libro arremete contra la Bruyére, reduciéndolo a poco aplicado traductor de Teofrasto: Prescindiendo del efecto de la costumbre, el tener más o menos resolución es cosa que se saca ya del vientre de la madre. Y el concepto del valor y dignidad de uno mismo es un sentido tan variable por naturaleza como la cara, la estatura y todos los sentidos y facultades del hombre. Hay cortos de genio que, en viendo juntas dos personas, ya se inmutan y descabalan. Y por este estilo es el caso de los tontos, y quizá el de los tartamudos. Hay vergonzosos y desvergonzados, como pusilánimes y arrogantes. Hay quien no tiene talento sino de aparentar tenerlo: hombres de desparpajo, de lucimiento, de ademanes oportunos, y de un exterior feliz, que emboban el mundo sin tener ninguna cualidad digna. Al contrario otros, instruidos, profundos y dignísimos, no lucen, tienen rasgo, no admiran, por falta de carácter o de concepto propio. Así es también en otras cualidades: algunos, gastando poco, pasan por rumbosos; otros, derrochando, pasan por mezquinos. Con todo, el impulso gregario forma parte de ese carácter: nada es el hombre sin la sociedad.  Ese deseo de armonización con los otros es a lo que Campos llama la gravitación armónica. En consecuencia,  la sociedad política no es efecto de ningún contrato expreso ni tácito, sino una erupción espontánea e indeliberada, procedida únicamente de la propensión natural a la compañía con nuestros semejantes. Tantos males como se dicen de la sociedad, no hay quien tenga valor para dejarla, ni ningún tirano pudo hacerla bastante desagradable para disolverla. Vemos, pues, claramente, que la posición de Campos es diametralmente opuesta a la concepción del individuo y de la sociedad en el Leviatán de Hobbes. Siendo, la desigualdad, una exquisita manifestación de la naturaleza para promover el amejoramiento del ser humano, la justicia social depende de la fraternidad de los seres humanos, no del Estado todopoderoso que impone su mediación entre los ciudadanos en permanente conflicto de intereses.

          Campos se reclama como el creador de un  nuevo derecho individual, el «derecho a trato». Desde este punto de vista, es el más moderno de los ilustrados, porque ninguna otra época de la Historia reciente ha hecho más hincapié que esta nuestra en la «extensión de los derechos», independientemente de la vida que haya tenido cada cual, por supuesto. Cómo él afirma: Ningún escritor ha considerado hasta ahora el derecho de trato. Sin embargo, la igualdad o desigualdad de este derecho es lo que constituye la igualdad o desigualdad civil. El faltar al derecho de trato es una de las cosas que más desazona al agraviado; conforme al transgresor, cuando lo reflexiona, lo sofoca de vergüenza. Por lo contrario, el cumplir finamente con los modales granjea las voluntades, y tiene el mundo quisto. [...] Este derecho no es de la misma extensión en todas las personas, sino que guarda ciertas variaciones bajo reglas fijas cuya naturaleza se explicará bien pronto. Es decir, la desigualdad «natural» de las personas exige una aplicación distinta de ese «derecho».

          Campos va analizando capítulo a capítulo esas diferencias «naturales», y al establecerlas incurre, de forma premonitoria, en lo que podríamos denominar «artículo de costumbres», al estilo de los de Mesonero Romanos o, más tarde, de los cáusticos e incisivos de Larra. No hay más que leer la descripción que hace de los viejos para darse cuenta de ello: Sin embargo de ser palpable que con los años no se abren tanto las luces como con el estudio, no hay viejo alguno que en punto de gobierno político y de manejo baje cabeza al mozo más sobresaliente. Y si éste lo necesita, hiciera muy mal de empeñar con aquél ninguna disputa, y en no mirarse mucho aun en el modo del mero contradecirle. Generalmente todo viejo es amiguísimo de mandar, y de que se le haga la venia y acatamiento. En todas partes exige una deferencia excesiva, como si en el mundo no debiera de haber más rango que el de las arrugas. Siempre está con la palabra experiencia en la boca, como suponiendo que el perder el pelo es el único modo de hacerse racionales; y no obstante, quiere lo sean quienes lo conservan todavía. Por maravilla se le ve la cara alegre. Siempre está tachando, siempre reprendiendo y sonrojando con descaro, haciéndose aborrecible que conviene para que la muerte que se lo lleva nos haga no ahogarnos mucho de la pérdida. [...] Y se hacen una gloria de llamar ayer o anteayer el año de Añañita o las guerras de Felipe V.

De muy otra naturaleza es, por el contrario, la reflexión que nos regala el autor sobre la diferencia de los sexos y el modo como se organiza la sociedad al respecto, teniendo en cuenta no solo la diferencia que va de uno a otro, sino también el modo como el hombre, por razón de fuerza, exclusivamente, establece su relación de dominio con ella, ¡y todo ello sin obviar el nacimiento del amor y el sentido de propiedad respecto de la mujer amada! El punto de partida de su teoría nos parece hoy, a todas luces, aberrante, porque  reduce a la mujer a una posición de inferioridad que presupone establecida por la naturaleza. Recordemos, por si alguien piensa que la ilustración del lado bueno de la Historia, la encarnada por Rousseau, es diferente, que el filósofo ginebrino prefirió dar sus hijos a la Inclusa para que los educara el Estado, no su mujer: La mujer nunca puede ser rival del hombre, a no ser que se realice el ignorante y quimérico proyecto de educarla como éste, habilitándola para las incumbencias varoniles. La mujer no puede subsistir bien si no es a la sombra del varón. Y el cuidado de la casa y de la familia, es decir, el principal cuidado de la vida, es común a entrambos. Adviértase, con todo, que la sociedad familiar, aun a pesar de las desigualdades naturales entre sus componentes, forma una unidad superior a los cónyuges, quienes, como acabamos de leer, han de compartir las responsabilidades a que les obliga su unión, una posición que, según y cómo, resulta muy «avanzada» para tantos izquierdistas concienciados que no mueven ni un músculo para contribuir a las tareas del hogar... ¡Legion son, puedo dar fe!

La verdad es que tiene tan poco desperdicio la reflexión del autor que me resisto a parafrasearla, dado que, al menos en este caso, lo que no siempre ocurre, a Campos se le entiende a la perfección: La desigualdad por el sexo es tan obscura y disputada por lo intrínseco cuan conocida y palpable es por lo exterior. A proporción que los pueblos se cultivan se diferencia más el trato de la mujer del trato del varón, originándose de aquí muchas cuestiones reñidísimas y nunca decididas en orden al destino, esfera y trato natural de la mujer. Quizá ninguna cosa se elogia y se critica con el extremo que el bello sexo. Para los célibes no hay ocupación tan gustosa como la de obsequiarlo. Los que no lo son y los que pican de serios, si bien le guardan la cortesía, tienen flujo por murmurar de él. Según éstos, la mujer es la peste; según aquéllos, la gloria de la sociedad. Tampoco están de acuerdo los escritores. Los unos predican tenerla punto menos que en un silo, los otros desnuda por la calle a la merced de todos. Hay quien recomienda su consejo, y hay quien la hace irracional. No son los de menos crédito los de estas extrañezas. El célebre legislador de Lacedemonia se propuso cortar los amores y el predominio del bello sexo, estableciendo tal rigor en el matrimonio, que ni se hiciese por elección, ni cohabitase luego a lo público. Platón, que mereció el apodo de divino, fue indiferente para las mujeres en términos de idearles una licencia sin límite con todo hombre, y que turnasen en los oficios varoniles indistintamente, sin exceptuar el de las armas. Algo más celoso (por su confesión propia) el filósofo de Ginebra, no obstante truena mucho contra los amores que excedan de lo animal. Y el trueno de su elocuencia aturde cada día más al mundo. El poeta Inglés, que se hizo célebre fuera de su patria por lo que escribió del hombre, habló luego con tal menosprecio de las mujeres, como decir que no tienen ninguna sustancia en el carácter. Peor aún que los que opinan que la mujer es un libro tan raro, que cuanto más se versa, se entiende menos. [...]  El primer efecto de la celosa pasión del hombre es estar a la mira de la mujer, tenerla recogida, y consiguientemente domiciliarse él mismo. No sosegaran los celos en los pueblos cultos, si las mujeres tuviesen nuestra educación, oficios, y vida libre. [...]  Pero sería vano el intento de tener recogido el bello sexo, si al nuestro no le asistiesen mayores fuerzas corporales. Los celos inspiran sujetar la mujer hasta hacerle físicamente imposible la infidelidad. Y en estos duros términos la sujetan los poderosos en los pueblos bárbaros. [...] Cuando se trata de la pasión amorosa, no debe confundirse la sensualidad con los amores, el gustar de una mujer con el quererla. Un hombre puede ser muy sensual, y no haberse enamorado nunca. La hermosura y aun el mero sexo de la mujer excita el corazón del hombre, pero no siempre lo fija. Es decir, no lo arrebata hacia una hembra determinada, en términos de quitarle el pensamiento con ninguna otra. A un mismo tiempo puede haber sensualidad con muchas personas, pero no puede haber amor si no es con una sola. [...] Pero cuando se presenta el semblante de la que penetra de veras, pasa por lo interior como un rayo indefinible que trastorna enteramente. El hombre se melancoliza, los ojos se le fijan encendidos y llenos de pavor en el objeto, como anunciando, involuntarios, el alto poderío que le reconocen. No se experimenta entonces estímulo sensual, sino al contrario, un sumo apocamiento de respeto. Las palabras no acuden a la lengua, el más despejado titubea, enmudece, se atribula de cada vez más, hasta la ocasión de rendirse en lágrimas reprimidas y en razones mal formadas al sereno objeto, el cual, si carece de experiencia, se espanta y ríe de ver que tan fácil arranque las existencias. A cada vista se aumenta la pasión, y el hombre o está a pique de enfurecer si no pone mucha tierra de por medio, o logra se le acepte el escaso sacrificio de mil vidas y libertades que tuviera. [...] Aceptado éste, se aprende lo que es amor. La vida que huía, se fija y toma una extensión nueva. El corazón se aposenta por imaginación en ojos, en manos, en pies, y hasta en las pisadas de la querida. Cuanto fue tocado de ésta la renueva a aquél maquinalmente la impresión, y se le figura con otro lustre. El aire hace el respirar más blando, el sol luce más alegre, los campos reverdecen, toda la naturaleza acompaña en la adoración al fino amante. Hasta las cosas que carecen de sentido se le antoja vienen a disputarle el logro, y no muere su zozobra hasta obtener un juramento irrevocable de ser el único querido para siempre.

          Un concepto capital en el ensayo de Campos, como hemos podido ver, es el de «flujo», que, si no lo he entendido mal, viene a ser algo así como el impulso natural que guía y condiciona nuestros actos, un concepto al margen del uso de la razón, que sería una adquisición posterior. Hay un sí sé qué de heraclitiano en este «flujo», porque Campos concibe la realidad y la vida humana dentro de ella como una sucesión de estados cambiantes que no se detiene hasta el momento de la muerte. Para él, estamos siempre en permanente evolución, adquiriendo nuevas destrezas, en una palabra: «civilizándonos». En según qué momentos me ha parecido identificar en él el «deseo», en otros el conatus spinoziano y, en algunos casos muy concretos, la «voluntad de poder» nietzscheana, aunque dejo a criterio del intelector de este ladrillazo, buscar sus propias hipótesis tras leer a Campos: El flujo por armonizar con los de nuestra especie, y el flujo porque nos hagan caso subordinan el individuo a la comunidad. Y esta sola ojeada es suficiente para comprender que en la organización del hombre la naturaleza no intentó formar un ente aislado, independiente, inconexo, desprendido de los demás, y bastante a solas para sí, sino un dependiente de familia, un miembro de cuerpo, una parte de un todo mayor. Sin embargo, después de haber marcado distancias entre el conato de la naturaleza y los dictámenes de la razón, considerando que todo lo relaciona con el flujo es una cuestión de hecho, añade: Puede, pues, decirse que el órgano por donde la naturaleza intima o pregona su ley al mundo no es por cierto el órgano del discurso, ni el del interés, ni el del placer. Y resulta en limpio que la voz de la naturaleza está en los flujos o manías generales, o por otro nombre, movimientos, tendencias o instintos naturales. La voz de la naturaleza es el impulso ciego de la naturaleza. Ciego para nosotros, ilustrado y sabio para su autor. Y el órgano de la moral no está en nuestra cabeza sino en el corazón. Cuando se pregunta, pues, la voluntad de la naturaleza en orden a la suposición de las riquezas, en vez de inquirir petulante y locamente si es justa o injusta, debemos tan sólo examinar el origen físico de esta o sensación o ilusión que se nos obstina, a pesar de los alaridos del discurso, y a qué fines o utilidades corresponde.

          La desigualdad radical de las personas la explora Campos en todas las direcciones posibles de nuestra vida social, siguiendo la advocación del epígrafe que hemos señalado ut supra. Ello lo lleva a levantar acta de situaciones tan obvias y al mismo tiempo paradójicas como la presente:  Cuanto más pobre es uno, tanta más idea tiene de la riqueza; pero cuanto más ignorante es uno, tanta menor idea tiene de la sabiduría. Lo general del público es tener mucha ignorancia y pocos haberes. La sabiduría, pues, excita en el público menos admiración y menos acatamiento que la riqueza: quiere decir, la sabiduría desiguala menos que la riqueza. Si se intentase algún distintivo solemne de la sabiduría, no podrían conferirlo con conocimiento sino los mismos sabios. Nos choca, ciertamente, y casi nos resistimos a aceptar que la ignorancia y la zafiedad sean motivos con menor capacidad segregadora que las riquezas, pero así lo sostiene el ilustrado autor al que se supone aguerrido defensor de las luces, de la razón. Ahora bien, tomemos nota del concepto de razón que  nos ofrece el autor: Lo que se llama luz de la razón es una cosa muy distinta de la naturaleza. Ésta, en nosotros es un conjunto de afinidades o propensiones, o instintos. Y la luz de la razón es una como antorcha que alumbra el interior. La naturaleza en nosotros obra imprimiéndonos un sistema de potencias o movimientos. Y la luz de la razón no tiene otro efecto si no es ver o calcular. Se trata, como se advierte claramente, de una herramienta auxiliar que «colabora» con la obra de la naturaleza, pero sin competir con ella.

          De toda esta teoría acaso un tanto peregrina, emerge un concepto del individualismo como motor de la civilización que a buen seguro descolocará a tantísimos como cifran en la igualdad a ultranza el progreso de la humanidad. No quiero hacer extrapolaciones políticas, que caen por su propio peso, sino dar a conocer una teoría que también en España, acaso con otros ropajes, ha tenido no pocos seguidores, sobre todo entre las generaciones del 98 y del 14:  Es muy evidente que el interés del individuo no coincide con el interés de la especie que, como ya se dijo, es el que corresponde acaso con el plan de la ley natural. El individuo no tiene en el corazón el bien de la especie. Y aun cuando lo tuviera, es muy recóndito el hilo de ese bien para que, en el solemnísimo atraso en que todavía estamos de cultura, pueda rastrearlo el vulgo. No necesita la ley de la naturaleza ser del gusto del individuo para obligarlo y hacérsele venerable mal su grado. El camino de la ley natural lo seguimos a ciegas en virtud de la coacción, o como látigo de la naturaleza. Y en lo que se llama racionalidad el discurso no tiene ninguna parte, el interés individual bien poca.

          Permítanme que concluya este torpe acercamiento a las teorías sobre las desigualdades personales en la sociedad civil con la conclusión de la estudiosa Gerda Hassler, quien lo ha estudiado con notable interés y discernimiento: « De manera distinta a otros ensayos que continuaban las ideas de la ilustración del inicio del siglo XIX, las reflexiones de Campos carecen de ilusión. El abismo entre el ser humano y la razón no se puede superar por acciones humanas, el hombre está determinado por tendencias que no admiten influencias. La libertad de la acción existe solamente al nivel del uso de signos, que, por otro lado, tiene que seguir las convenciones. Afirma con claridad, en este contexto, la calidad de signo y la presión a adaptarse a los modelos exteriores. Caracteriza también la adquisición de la lengua por el niño como parte de esta adaptación. Para acciones que cambian el mundo, según Campos, hay un obstáculo que no se puede superar: independientemente de las discusiones filosóficas, es imposible cambiar el mecanismo y las características de los gérmenes, según los cuales, se desarrollan plantas, animales y seres dotados de razón. (Guy 1980: 37). La naturaleza triunfaría sobre todas las tentativas razonables y volvería a su corriente como un río».

          Tiempo después, al final de su vida, Campos escribió un ensayo sobre la lengua al que tituló El don de la palabra. En este tratado, Campos defiende una singular teoría cuya tesis central es que no pensamos primero para luego hablar, sino que es el lenguaje el que hace posible el pensamiento propiamente humano. Teniendo en cuenta el poder generador de las palabras y que cada lengua tiene su propia sintaxis, la teoría lingüística de Campos se oponía a lo que ha acabado siendo el paradigma lingüístico por excelencia del siglo XX: la gramática generativa de Chomsky: Lo que se llama sintaxis no es parte de la gramática universal. Cadda lengua tiene la suya. A medio camino entre el célebre axioma de Wittgenstein: «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» y la lingüística cognitiva (con autores como George Lakoff), que sostiene que el lenguaje refleja y organiza la cognición mediante esquemas conceptuales, metáforas y procesos de categorización, el ensayo de Campos nos va a permitir conocer un repertorio de ideas sujetas a todos los excesos imaginables, cuando no, como en el caso de las etimologías fantásticas, a invenciones ingeniosas, como la etimología de la palabra ficha, para el objeto usado en los juegos: Otras de estas palabras vienen del extranjero perdiendo su derivación concreta. Por ejemplo «fichas» viene de la palabra inglesa fishes que significa «peces», porque las fichas del juego que son de invención inglesa tienen comúnmente la figura de peces, y aun son de conchas de nácar. Por este estilo hay o puede haber en los idiomas muchas palabras abstractas y referenciales. También es de creer que algunas se originen de aquellos sonsonetes particulares y pegadizos comunes en los que hablan y en los que escuchan, y que empezando por no significar nada, en fuerza de la costumbre llegan a hacerse precisos, como los altos y los bajos de la voz.

          Pero arranquemos desde el principio, por seguir a Campos en viaje tan alucinante y curioso. Lo primero que nos llama la atención es la congruencia con el origen natural de las desigualdades humanas en la sociedad, porque Campos establece de forma muy clara un nexo insoslayable entre la realidad natural de las palabras y la capacidad del pensamiento de «operar» con esos instrumentos: Por más esfuerzos que uno haga no puede pintarse en el pensamiento ningún color sin darle bulto, ninguna figura sin darle extensión. Cosa sin solidez no alcanza la fantasía. Los matemáticos, a pesar de lo delgado de su tijera, temiendo se les quedase en nada el objeto de su ciencia, han ten ido que dejar a la línea una anchura infinitamente pequeña, y a la superficie una profundidad también infinitísima. Ya veremos, después, que es el corpus léxico, creado al contacto con la satisfacción de nuestras necesidades naturales de todo tipo, el que posibilitará el desarrollo del pensamiento abstracto. Pero antes Campos posa su mirada crítica en la aparición de los pronombres: El origen de las palabras abstractas yo, tú, él etc., es verosímil sean en parte los nombres sustitutivos y generales mengo, mengano, fulano, tal, nacidos de los sonsonetes para llenar el hueco de nombres propios cuando se olvidan, y principalmente deben ser una desmembración de las terminaciones personales de los verbos hechos casualmente, en virtud quizá de perderse parte de las conjugaciones con la repentina mezcla de otra nación, introduciéndose entonces verbos heterogéneos que no ligan bien con las terminaciones nacionales, es natural tomar el arbitrio de anteponerlas para entenderse. Todo este discurso tiene de filológico lo que esta recensión de «amena», está claro, pero no está de más detenernos en lo que le llama la atención a Campos el uso de los pronombres personales como algo inequívocamente sencillo que se complica en cuanto pensamos en el niño que ha de enfrentarse con ellos, lo que nos lleva poco menos que a unos problemas de identidad que caen del lado de la psiquiatría: No en balde los pronombres personales, principalmente el yo y el mí, que son los más importantes por ser de los el negocio de uno mismo, son las palabras que más se resisten a los niños. Porque, mirándolo bien, ¿qué idea del yo, mí, me, tú, te, ti, él ella, etc. se ha de hacer un niño si ve que su padre es yo, su madre se llama en tanto yo, en tante me, y en tanto mí, y que todos los demás que hablan son a la vez yoes y míes? En boca ajena la madre es ella, la criada es ella y todas las que entran son ella. ¿Cómo ha e comprender en meses este laberinto? Con muchísima razón pues hay que hablarles en concreto a los niños, denotándose sus padres por papá y mamá; y todo niño que no es un papagayo, y empieza a mostrar trascendencia, cuando quiere algo para sí, repugna mucho decir yo o para mí, no sea que venga otro yo u otro mí y lo coja, y usa su nombre propio diciendo para Juan, para Fulanito. [...] Pudiera uno perder la vergüenza o el juicio y quedarse aún su mi o su yo; la vista, la memoria y los sentidos, en el dictamen de los demás, no hacen falta para decir ciertamente yo; también pudiera uno figurarse sin cabeza, quedándole su yo, si la experiencia no enseñase que en descabezándonos se acabó el pensar para el cadáver. ¿Dónde pues, dice Pascal, está el yo o el mí que no se le encuentra ni en las partes corporales ni en las facultades interiores? Pascal, en vez de responder, elude la cuestión, diciendo que el yo está en el conjunto de todas las facultades y miembros, Ocurre contestarle: si el yo estuviera en ese conjunto, crecería o mermaría como él, y no sería inalterable como lo es, por más que varíe la persona. La relación constante entre la naturaleza y la lengua es la que posibilita la abstracción, para él, como lo prueba, según su argumentación el hecho de que los dedos, usados para contar, tengan nombre propio: La misma clase de contracción a que se acaba de atribuir la separación o la abstracción de los nombres numerales [El tener nombre los dedos de la mano y no los del pie, arguye su grande uso para las cuentas en lo primordial al tiempo de separarse de los nombres sus cualidades numerales], pudo dar origen a la desmembración o abstracción de aquel género de palabras dependenciales o referenciales como por, para, con, sin, como, tras, sobre, de, etc., que los gramáticos llaman confusa, impropia y falsamente preposiciones y adverbios. Pero la inconsistencia de sus propios fundamentos lo lleva a conclusiones harto falaces, como la falsa etimología de «montar», aunque la escuela desde la que escribe Campos contemplaba la creación de palabras como la suma de elementos simples; verbo y sustantivo, adjetivo y verbo, etc.: La impotencia del pensamiento para abstraer las cualidades le hace concretarlas en el mismo estado que se las presentan las palabras, es decir, como desprendidas o separadas de los objetos; y concretando así la abstracción, resulta por fuerza otra abstracción mayor. Verdor es más abstracto que verde. La concreción pues a que propende irremediablemente el pensamiento hace cundir por fuerza las abstracciones que le trae la palabra. [...] De esta suerte los adjetivos producen verbos abstractos, del mismo modo que un sustantivo concreto y de un verbo, como de monte, ir, etc., se compone naturalmente el verbo montar.

          El origen del lenguaje es materia harto vidriosa, pero ciertas teorías, no muy distantes de los puntos de vita de Campos, atribuyen a los hechos de la vida cotidiana y a las onomatopeyas con ellos relacionadas el origen de las primeras voces, a las que irían sumándose muchas otras para, con siglos de evolución por delante, ir perfeccionando un vocabulario y una sintaxis muy primitivos. Campos sostiene que las palabras primeras no pueden menos de ser gritos de remedo. Sin embargo, estos cunden poco. Las huellas en las lenguas de esas «palabras primordiales», que es como él las llama no es tarea fácil: Tan prodigiosa como parece la abundancia de la lengua griega, viene a tener solo unas cuatro mil palabras primitivas, apunta Campos, y continúa:  Cuanto más a fondo se registran los idiomas, menos palabras primordiales se les encuentra. Prueba de la escasez primordial de verbos es la muchedumbre de acepciones de los verbos que más trazas tienen de primordiales. De ahí que ciertos verbos, como dar, ir, echar, que en castellano tienen apariencias de ser los verbos fundadores, permitan construir expresiones que amplían el significado de esos verbos desemantizados : dar de palos, dar marro, dar el santo, dar con él, dar al traste, dar higa, dar esquinazo, dar en tierra, dar a suponer, dar margen, y un largo etc., pone él de ejemplo. Lo que no deja de advertir Campos es del peligro de la univocidad de las palabras, lo que exigiría unos vocabularios imposibles de dominar: La abundancia de las raíces significa la abundancia de las palabras primitivas. En esto no hay coto señalado. El mayor extremo a que puede llegarse es que todas las palabras de la lengua sean totalmente distintas entre sí, sin tener la más mínima dependencia. Una lengua semejante ya se dijo que separa demasiado el pensamiento; pero debe añadirse que por separarlo tanto lo deja con menos sujeción, no le prescribe ningún rumbo general, cada individuo sigue el que le inspira la imaginación o la casualidad, y se hace más original, esto es, menos semejante a los otros individuos. Tal vez ésta sea la razón de hallarse más originalidad en los escritos del Norte que en los del Mediodía. Las lenguas modernas, teniendo más raíces que las antiguas conducen naturalmente a la originalidad del aspecto en que cada individuo ve las cosas.

          El ministro de Franco, José Solís, la famosa «sonrisa del Régimen», esto es, de la implacable dictadura autocrática que liquidó el fallido esfuerzo democratizador de la Segunda República, degradado por los hunos y los hotros, que sentenció Unamuno, hubiera leído —caso de estar la lectura entre sus aficiones— con mucho gusta el anatema de Campos contra las que él, como Solís, llama «lenguas muertas», si bien no deja de reconocer sus valores: Las lenguas  muertas partiendo menos el pensamiento, remedan más la naturaleza y se acercan a la pintura: las lenguas modernas, partiendo del pensamiento, desmenuzan las ideas y se acercan a la escritura. Las lenguas muertas son lenguas para poetas y para errores: las lenguas modernas son lenguas para filósofos. Después de criticar con insistencia el arbitrario orden de las palabras en las lenguas «muertas», Campos hace el elogio de la claridad en el pensamiento, si bien precisa en qué forma ha de manifestarse en el discurso: La naturaleza no da más regla para las colocaciones [de las palabras] que la claridad y el orden con que cada uno piensa. Claridad quiere decir que no haya equivocación, y por tanto el arreglo que es claro en un idioma puede ser equívoco en otro. El pensar lo hace cada cual en su idioma propio; y por eso el pensamiento no tiene en sus expresiones un orden general, sino particular y relativo a aquel idioma en que uno piensa. Pensar sin idioma es imaginar, en cuyo caso el pensamiento no lleva ninguna regla: el llevarla depende de las palabras, de suerte que éstas al mismo tiempo que son un móvil, son el freno del pensamiento.

          Pueden parecernos arbitrarias e incluso prepotentes las teorías de Campos, pero exhiben ante nosotros un ímpetu teórico que la Ilustración avivó con tanta potencia que bien puede decirse que aún hoy vivimos del eco de aquellas luces que se encendieron para salir de la superstición y de la ignorancia. A mí me han parecido muy entretenidas ambas obras de Campos, a pesar de que haya pasado, casi de forma inmisericorde, el tiempo sobre ellas. En estos otros en los que al pensar se le ha acabado confundiendo con *consignar, esto es, de transmitir consignas establecidas por los diferentes poderes entre los que sobrevivimos, no está de más observar y tomar nota de los esfuerzos de la luz del razonamiento por abrirse paso, y en dos materias tan arduas como el lenguaje y las desigualdades personales en el seno de la sociedad.