La anómala sucesión de lecturas de relativo corto alcance
Uno
descubre, casi siempre tarde, que ha acabado «enganchado» y es muy difícil, o
sea, ¡perdida ya toda esperanza!, es imposible volver atrás, a aquel tiempo
feliz en que un libro era una realidad solo relevante, ¡y reveladora!, para
otros; aquellos tiempos en los que Uno —¡siempre el mismo zote!— contemplaba a
los lectores engolfados en la lectura de nunca sabía qué, pero acogotados sobre
las páginas con una inmovilidad oriental de la que solo salían ya para sacar el
lápiz del bolsillo y subrayar o hacer alguna anotación, dos gestualidades muy
distintas, ya para soltar una carcajada, ya para mostrar una enérgica repulsa,
ya para cerrar el volumen, recogerse en el vasto espacio interior al que nos
vuelca cerrar los ojos, y abstraerse del mundo en derredor durante un lapso de
tiempo muy desigual según los lectores, aunque el ritual fuera idéntico en
todos ellos... Cuando ese Uno neciamente feliz, indocumentado y asilvestrado
cometió el error de imitar servilmente el rito común de abrir un libro —y no
logra acordarse de cuál fuera la exacta «motivación» que lo impulsó a ello,
aunque acaso tuviera algo que ver la necesidad de «abrirse» a modelos de
escritura con los que cotejar sus beocios pinitos expresivos...— y adentrarse
en sus páginas, con más ánimo de explorador que de catador, cayó en la celada
de la que, sesenta años más tarde, aún no ha podido salir. Sus ojos sin
escarmiento han pasado, desde entonces, de volumen en volumen hasta ignorar
cuál será el final, cuando el élan vital se diluya como se apaga el
pabilo de una cera que se ha quedado sin oxígeno, porque sabe que lo más
probable, salvo muerte súbita o accidente, es que cuando Ella llegue lo haga
mientras ese Uno, desconcertado y deseante, sostenga entre las manos el que ya,
sí, será el último libro que habrán leído sus ojos castigados, caso de ser tan
feliz como para conservar la vista, que no la visión: la primera es imposible
sin los ojos; para la segunda, acaso sean un estorbo.
Un
libro lo tiene todo de escudo, y a veces de fortaleza. También de linterna y,
¡cómo no!, de espejo. Un libro es un paisaje, y un sendero con cuevas en las
laderas de la mediocridad permanente en la que el dichoso Uno está siempre
atrapado. ¡Y cómo protege la lectura del entorno y, sobre todo, de los demás!
El trato con los libros es negocio privado que solo se resuelve en la
intimidad, sin testigos. A los letrados y sabios siempre se les ha buscado, y a
menudo los Otros, los que aspiran al Saber,
incluso recorrieron largas distancias para oír su lección. Los lectores
discretos, como ese Uno fatigado en la abstracción, retozón en la narración y
sublimado en la poesía, leen para sí y rara vez intercambian banales opiniones
con otros, sabedores de que la lectura de este o aquel volumen se consume en sí
mismo, y solo en ese Uno, y cuantos son como él, quede acaso un poso al que, no
sin osadía, llame, con voz mental, «suyo», una decantación de lo leído en la
que más vale no entrar, porque leer no siempre es comprender, y mucho menos
asimilar. Hay lecturas, ¡cómo lo sabe el Uno de marras!, que forzosamente han
de considerarse superficiales, como de visu se enamoraban los poetas
provenzales. Recorrer las líneas bien puede ser considerado un ejercicio de
barras paralelas, más que lectura propiamente dicha. Y sí, no hay Uno con ojos
más atléticos que los suyos, seguro. Y ello siempre que no acaben cerrados
frente a la página mientras un sueño de fase REM hace diabluras entre líneas...
Es
ajetreada la vida del lector compulsivo, desde luego, y no da abasto para siquiera
recordar cómo pasa de uno a otro volumen del modo más anárquico imaginable,
pero está convencido de que no dibuja biográficamente ningún itinerario del que
haya de guardar memoria o señal. Uno pasa por los libros, y los libros pasan
por ese Uno, y cada volumen es una singladura distinta, particular e íntima. N
unca sabemos qué se queda en nosotros de ellos, pero, contra lo que algunos
afirman, sí sabemos que nosotros nunca dejamos nada nuestro en ellos:
cualquiera que lea el libro que nosotros estamos leyendo o hemos leído vivirá
una experiencia no me atrevo a decir diametralmente opuesta —porque la
geometría de la lectura solo parece estar conformada por tangentes...— , pero
sí incomparable con otra cualquiera. Acaso ello sea la señal de que estamos
ante verdadera literatura, no ante un producto de consumo, que iguala a los
Unos lectores en la más espesa colectividad, sin atisbo de individualidad
alguna. Al Uno lector, atosigado etimológicamente, le son indiferentes las
especulaciones abstrusas, porque lo suyo es lo sustancial del contenido de lo
que tenga entre manos, en la pantalla, en la tableta, ¡incluso en el móvil!,
porque para la voracidad lectora los soportes son meros caprichos de la
tecnología, y no afectan al acto deseado y tóxico de la lectura.
De
un tiempo a esta parte, sin orden ni posible concierto, las manos en ambuesta
del Uno lectoadicto han sostenido, como
el puente chino del que alardean sus servicios de propaganda constantemente, un
librito detenido de Francisco Umbral sobre la imposibilidad de que progrese una
relación amorosa estancada en los cafés, las llamadas esperadas y el desencanto
de quien se siente preterido y, entendiendo el mundo de la intelectualidad,
abomina de él con una suerte de extraño complejo antiacadémico, una digresión
constante dispuesta en la espiral de la amplificatio, desde lo banal
hasta lo sublime, pasando por todas las gradaciones de la vida cotidiana,
siempre alrededor de lo que le da título a la novela: Si hubiéramos sabido
que el amor era eso, porque el amor, posible, imposible y siempre deseado
es el único motor de las espirales del texto:
Ese maravilloso no importar del amor lo que tratan de ocultarse, lo
que tratan de retardar en su revelación inevitable, y lo hacen para evitar el
vértigo del yo asomado a otro yo, que siempre es mareante, casi pornográfico en
su desnudez, pues puede ser que el amor no sea sino la pornografía de los
espíritus sensibles. Casta
pornografía provinciana, sin duda, allí donde salta una greguería con el afán
indicador de los orígenes: El gato exhibe su aburrimiento heráldico en la
gran tarde del hortera. No hay transición de una novela primeriza a la
última novela de un autor que agoniza, pero sí un cambio de idioma que ejercita
las escasas habilidades plurilingüísticas del Uno que se atreve hasta con lo
inverosímil, por cuyos ojos han pasado textos de todo tipo, incluidos los
incomprensibles, porque hay caligrafías que son, per se, un arte mayor,
como la escritura china y la egipcia. Un nombre, que es un título, Baumgartner,
evocado por la viuda escritora del autor en un documental con absoluta y
genuina emoción, no obra de igual manera en la recepción lectora de ese Uno que
advierte el desfallecimiento del consagrado y la exhibición de un oficio que ni
con la enfermedad sufre menoscabo. Lo que poderosamente choca es lo que va de
la salud a la enfermedad, porque el protagonista afronta su final biológico con
setenta y un años —He [Baumgartner] is seventy-one, and once you
enter that zone of diminishing return, all bets are off, se lamenta el
narrador—, y el Uno aspira a correr su vigesimoséptimo maratón con setenta y
tres, y ese abismo entre el cuerpo enfermo y el cuerpo desgastado sí que lo
sume en hondas preocupaciones. If you don’t pay full attention, you’re not
fully alive, nos dice el protagonista, quien, sin duda, ya va teniendo más
desconexiones que concentración. No es imposible la empatía con el ser caduco que atisba su fin, físico y
mental al alimón, pero no deja de doler verlo escrito con estoica claridad: Short-term
memory loss is an inevitable part of growing old, and if it’s not forgetting to
zip your zipper, it’s marching off to search the house for your reading glasses
while you’re holding the glasses in your hand, or going downstairs to
accomplish two small tasks, to retrieve a book from the living room and to pour
yourself a glass of juice in the kitchen, and then returning to the second
floor with the book but not the juice, or the juice but not the book, or else
neither one because some third thing has distracted you on the ground floor and
you’ve gone back upstairs empty-handed, having forgotten why you went down the
in the first place. […] They used to call it senility. Now the term is
dementia.
En la misma lengua
pero en diferente continente, la novela académico-decadente de Cooetze, Elizabeth
Costello, es otra muestra más de esas lecturas sobre las que ha pasado el
Uno engullidor con tan relativo interés como el de la protagonista por algunos
asuntos propios del mundo intelectual: ‘The future of the novel is not a
subject I am much interested in’, she begins, trying to give her audition a
jolt. ‘In fact, the
future in general does not much interest me. What is the future, after all, but
a structure of hopes and expectations? Its residence is in the mind; it
has no reality, una tirada que no firmaría Sartre de ninguna de las
maneras, pero en el mundo académico sabemos que se puede sostener algo y lo
contrario con idéntico surtido de argumentos a cual más persuasivo, algo que la
IA sabe hacer a las mil maravillas, como le dijo a ese ubicuo Uno en este mismo
Diario: Ese es quizá uno de los
problemas de la IA como autora: su facilidad para legitimar lingüísticamente
casi cualquier posibilidad. La frialdad con que se lee una historia basada
propiamente en apotegmas, más que en vivencias, al estilo de la muy extendida,
sobre todo a partir de Las benévolas, de Jonathan Littell: La
civilización no nos ha hecho necesariamente menos crueles. Podemos ser
extraordinariamente refinados en literatura, música, filosofía o ciencia y, al
mismo tiempo, participar tranquilamente en sistemas de sufrimiento masivo.
Seguir los meandros de una mente incisiva que no tiene ni tiempo ni interés en
«cultivar» la relación familiar con su propio hijo, tal y como este se queja de
ello: He wishes his mother had not come. It is nice to see her again; it is nice that
she should see her grandchildren; it is nice for her to get recognition; but
the price he is paying and the price he stands to pay if the visit goes badly
seem to him excessive. Why can she not be an ordinary woman living an ordinary
old woman’s life? If she wants to open her heart to animals, why can’t she stay
home and open it to her cats? ¡Ah, las exigencias del éxito intelectual, en el campo que sea!
Los derechos de los animales, que son, esencialmente, el tema de la novela,
exige lo que la autora llama la sympathetic imagination, esto es, la
imaginación compasiva: para comprender al otro no basta con demostrar que tiene
determinados derechos: hay que ser capaz de imaginarse su vida desde su particular
experiencia. Y ahora se entenderá el reproche implícito del hijo hacia que su
madre desdeñe ejercer esa imaginación compasiva con sus propios gatos... Y,
como es obligatorio que comparezca, he aquí la reacción de la madre desde el
vegetarianismo militante [la madre contesta a su hijo con una tirada de Plutarco
que se sabe de memoria, según nos dice el narrador]: “You ask me why I
refuse to eat flesh. I,
for my part, am astonished that you can put in your mouth the corpse of a dead animal,
astonished that you do not find it nasty to chew hacked flesh and swallow the
juices of death wounds”. Plutarch is a real conversation-stopper: it is the
word juices that does it. Finalmente, y como los avispados lectores habrán sospechado
tras leer estos recuerdos de la lectura, una de las tesis fundamentales de
libro es el rechazo a que la
racionalidad lingüística sea el criterio que decide quién merece consideración
moral. Que un animal no pueda formular proposiciones filosóficas no significa
que no sienta, perciba, desee, tema y padezca. Por lo tanto, la imaginación
puede ser moralmente superior a la razón.
Solo
Azar dicta, con sus modos sibilinos, que el infatigable Uno pase de una
Elizabeth a otra Elizabeth, cambiando el apellido, de Costello a Finch, y de continente,
de Australia a Inglaterra. No se mueve, sin embargo, de ámbito: el académico. Y
sin ser, ninguna de las dos, novelas «de campus», seguimos en compañía de una
profesora, si bien esta Finch de Julian Barnes, a medio camino entre la
provocación, el ocultismo y el fracaso, va a despertar en uno de sus alumnos un
espíritu intelectualmente aventurero que lo llevara tras los pasos de Julián el
Apóstata, en un movimiento que el suspicaz Uno considera como un recurso para
sacar del fondo del armario de la invención ciertos viejos papeles que podían
acabar conformando una historia narrativa, si bien, dada la naturaleza de la
protagonista, el asunto se mueve más en el terreno de la especulación, como se
dice casi desde el principio, cuando EF les sugiere a sus alumnos lo siguiente:
I would like to suggest that failure can
tell us more than success, and a bad loser more than a good loser. Further, that apostates are always
more interesting than true believers, than holy martyrs. Apostates are the
representatives of doubt, and doubt —vivid doubt— is the sign of an active
intelligence, una
afirmación muy digna de ser creída, ciertamente. La suerte de «cajón de sastre».
Desaparecido el
personaje, la reconstrucción de su vida y obra a cargo del alumno lo lleva a
bucear en sus libretas de anotaciones, porque her notebooks contained some
fully composed arguments, pertinent quotations, private jottings, memories, and
mere scribbles. “Brown
Eggs” is one such item, which might be the title of a poem by Elizabeth Bishop,
or the first entry of an unfinished shopping list. Textually, it was what EF
might have called an olla
podrida, a phrase which would have had some of us scurrying to the
dictionary afterwards. ¡He aquí el concepto básico que alienta la creación
de Barnes, olla podrida, «de algo más de vaca que de carnero», que responde, en
esencia, a la técnica compositiva de Barnes desde que lo consagró El loro de Flaubert.
Ese apunte, Brown Eggs, es un botón de muestra que el Uno amigo de las
noticias propiamente «de nota a pie de página» ha recopilado en esta obra solo
escrita, parece, para quienes gustan de esas noticias escondidas en las propias
lecturas de los escritores, algo así como los «intradatos», por hacer un
paralelismo con la intrahistoria unamuniana.. Tres son, y no fatigo más a los
ingenuos Unos afines a las predilecciones del Uno que esto escribe, las perlas
que extraigo del libro entretenido, pero muy poco novelesco, a fuer de
sinceros, de Barnes: La primera: In 1644. Milton made a speech to the English Parliament,
later printed as Areopagitica, arguing against the official licensing —and
therefore potential censorship— of printing. It is one of the great, passionate
defenses of the free speech, which for Milton is key not just to the promotion
of learning but also to the promotion of virtue. La Segunda: For Samuel Johnson, The
Apostate was one of the great villains of Christendom’s history: he is up the
alongside “Herod the Prosecutor”, “Judas the Traitor” and “Pilato the
Christ-Killer. [This Samuel Johnson was the domestic chaplain to Lord Russell].
El descubrimiento de «otro» Samuel Johnson es, per se, tan llamativa que
hube de seguir su rastro para concluir que, tras la ejecución de su amo,
Johnson fue juzgado por libelo sedicioso en 1683, y su libro quemado
públicamente, Julian the Apostate: being a Short Account of his Life; the
sense of the Primitive christians about his succession; and their Behaviour
towards him; y en 1685 bajo la acusación nada específica de great
misdemenanours: recibió 317 latigazos, pero, aún en manos del cirujano,
reiemprimió tres mil copias de su libro Comparison bwrtween Popery and
Paganism. La tercera, y esta sí que clasificada por el propio Barnes como
una nota a pie de página que debería haber sido escrita, razón por la cual él
la aporta, cumpliendo esa grata labor de sumarse a la nómina de los buceadores
en las fértiles galerías de esos «intradatos»: A footnote, possibly of a
pedantic kind. James Joyce’s
first published piece of journalism was an 8000-word review of Ibsen’s When
We Dead Awaken. The Fortnightly Review paid him twelve guineas for
it; Joyce was eighteen. He announced that Ibsen was the greatest thinker and
psychologist of modern times: greater, specifically, than Rousseau, Emeson,
Carlyle, Hardy, Turgenev or George Meredith. Unsurprisingly, the playwright was
pleased by this assessment and sent friendly thanks to the young Dubliner.
Nearly forty years later, Joyce paid him further homage in Finnegans Wake,
which contains sixty and more puns on Ibsen’s name and the titles of his plays.
This: “for peers and gints, quaysir and galleyliers, fresk letties from the say
and stale headygabblers”. The phrase “quaysirs and galleyliers’ puns on Kejser
og Galilaeer, the original title od Emperor and Galilean. Ibsen might have
enjoyed this exhausting playfulness had he not been dead for forty and more
years.
La sucesión jamás
cansina de los días es paralela a la de los volúmenes que continúan ocupando
las manos oferentes del devoto Uno, y eso incluye relecturas, como la de Tristes,
de Ovidio, porque, cien años después de haber rechazado en las librerías de
segunda mano la novela de Vintila Horia, ha decidido lo que ahora sabe que es
la recreación de los desolados años que vivió Ovidio su exilio en la bárbara Tomis...
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario