domingo, 20 de septiembre de 2026

Leer, leer, acaso vivir...o desvivirse en el embeberse.

 

La anómala sucesión de lecturas de relativo corto alcance

 

          Uno descubre, casi siempre tarde, que ha acabado «enganchado» y es muy difícil, o sea, ¡perdida ya toda esperanza!, es imposible volver atrás, a aquel tiempo feliz en que un libro era una realidad solo relevante, ¡y reveladora!, para otros; aquellos tiempos en los que Uno —¡siempre el mismo zote!— contemplaba a los lectores engolfados en la lectura de nunca sabía qué, pero acogotados sobre las páginas con una inmovilidad oriental de la que solo salían ya para sacar el lápiz del bolsillo y subrayar o hacer alguna anotación, dos gestualidades muy distintas, ya para soltar una carcajada, ya para mostrar una enérgica repulsa, ya para cerrar el volumen, recogerse en el vasto espacio interior al que nos vuelca cerrar los ojos, y abstraerse del mundo en derredor durante un lapso de tiempo muy desigual según los lectores, aunque el ritual fuera idéntico en todos ellos... Cuando ese Uno neciamente feliz, indocumentado y asilvestrado cometió el error de imitar servilmente el rito común de abrir un libro —y no logra acordarse de cuál fuera la exacta «motivación» que lo impulsó a ello, aunque acaso tuviera algo que ver la necesidad de «abrirse» a modelos de escritura con los que cotejar sus beocios pinitos expresivos...— y adentrarse en sus páginas, con más ánimo de explorador que de catador, cayó en la celada de la que, sesenta años más tarde, aún no ha podido salir. Sus ojos sin escarmiento han pasado, desde entonces, de volumen en volumen hasta ignorar cuál será el final, cuando el élan vital se diluya como se apaga el pabilo de una cera que se ha quedado sin oxígeno, porque sabe que lo más probable, salvo muerte súbita o accidente, es que cuando Ella llegue lo haga mientras ese Uno, desconcertado y deseante, sostenga entre las manos el que ya, sí, será el último libro que habrán leído sus ojos castigados, caso de ser tan feliz como para conservar la vista, que no la visión: la primera es imposible sin los ojos; para la segunda, acaso sean un estorbo.

          Un libro lo tiene todo de escudo, y a veces de fortaleza. También de linterna y, ¡cómo no!, de espejo. Un libro es un paisaje, y un sendero con cuevas en las laderas de la mediocridad permanente en la que el dichoso Uno está siempre atrapado. ¡Y cómo protege la lectura del entorno y, sobre todo, de los demás! El trato con los libros es negocio privado que solo se resuelve en la intimidad, sin testigos. A los letrados y sabios siempre se les ha buscado, y a menudo los Otros, los que aspiran al Saber,  incluso recorrieron largas distancias para oír su lección. Los lectores discretos, como ese Uno fatigado en la abstracción, retozón en la narración y sublimado en la poesía, leen para sí y rara vez intercambian banales opiniones con otros, sabedores de que la lectura de este o aquel volumen se consume en sí mismo, y solo en ese Uno, y cuantos son como él, quede acaso un poso al que, no sin osadía, llame, con voz mental, «suyo», una decantación de lo leído en la que más vale no entrar, porque leer no siempre es comprender, y mucho menos asimilar. Hay lecturas, ¡cómo lo sabe el Uno de marras!, que forzosamente han de considerarse superficiales, como de visu se enamoraban los poetas provenzales. Recorrer las líneas bien puede ser considerado un ejercicio de barras paralelas, más que lectura propiamente dicha. Y sí, no hay Uno con ojos más atléticos que los suyos, seguro. Y ello siempre que no acaben cerrados frente a la página mientras un sueño de fase REM hace diabluras entre líneas...

          Es ajetreada la vida del lector compulsivo, desde luego, y no da abasto para siquiera recordar cómo pasa de uno a otro volumen del modo más anárquico imaginable, pero está convencido de que no dibuja biográficamente ningún itinerario del que haya de guardar memoria o señal. Uno pasa por los libros, y los libros pasan por ese Uno, y cada volumen es una singladura distinta, particular e íntima. N unca sabemos qué se queda en nosotros de ellos, pero, contra lo que algunos afirman, sí sabemos que nosotros nunca dejamos nada nuestro en ellos: cualquiera que lea el libro que nosotros estamos leyendo o hemos leído vivirá una experiencia no me atrevo a decir diametralmente opuesta —porque la geometría de la lectura solo parece estar conformada por tangentes...— , pero sí incomparable con otra cualquiera. Acaso ello sea la señal de que estamos ante verdadera literatura, no ante un producto de consumo, que iguala a los Unos lectores en la más espesa colectividad, sin atisbo de individualidad alguna. Al Uno lector, atosigado etimológicamente, le son indiferentes las especulaciones abstrusas, porque lo suyo es lo sustancial del contenido de lo que tenga entre manos, en la pantalla, en la tableta, ¡incluso en el móvil!, porque para la voracidad lectora los soportes son meros caprichos de la tecnología, y no afectan al acto deseado y tóxico de la lectura.

          De un tiempo a esta parte, sin orden ni posible concierto, las manos en ambuesta del Uno lectoadicto  han sostenido, como el puente chino del que alardean sus servicios de propaganda constantemente, un librito detenido de Francisco Umbral sobre la imposibilidad de que progrese una relación amorosa estancada en los cafés, las llamadas esperadas y el desencanto de quien se siente preterido y, entendiendo el mundo de la intelectualidad, abomina de él con una suerte de extraño complejo antiacadémico, una digresión constante dispuesta en la espiral de la amplificatio, desde lo banal hasta lo sublime, pasando por todas las gradaciones de la vida cotidiana, siempre alrededor de lo que le da título a la novela: Si hubiéramos sabido que el amor era eso, porque el amor, posible, imposible y siempre deseado es el único motor de las espirales del texto:  Ese maravilloso no importar del amor lo que tratan de ocultarse, lo que tratan de retardar en su revelación inevitable, y lo hacen para evitar el vértigo del yo asomado a otro yo, que siempre es mareante, casi pornográfico en su desnudez, pues puede ser que el amor no sea sino la pornografía de los espíritus sensibles.  Casta pornografía provinciana, sin duda, allí donde salta una greguería con el afán indicador de los orígenes: El gato exhibe su aburrimiento heráldico en la gran tarde del hortera. No hay transición de una novela primeriza a la última novela de un autor que agoniza, pero sí un cambio de idioma que ejercita las escasas habilidades plurilingüísticas del Uno que se atreve hasta con lo inverosímil, por cuyos ojos han pasado textos de todo tipo, incluidos los incomprensibles, porque hay caligrafías que son, per se, un arte mayor, como la escritura china y la egipcia. Un nombre, que es un título, Baumgartner, evocado por la viuda escritora del autor en un documental con absoluta y genuina emoción, no obra de igual manera en la recepción lectora de ese Uno que advierte el desfallecimiento del consagrado y la exhibición de un oficio que ni con la enfermedad sufre menoscabo. Lo que poderosamente choca es lo que va de la salud a la enfermedad, porque el protagonista afronta su final biológico con setenta y un años —He [Baumgartner] is seventy-one, and once you enter that zone of diminishing return, all bets are off, se lamenta el narrador—, y el Uno aspira a correr su vigesimoséptimo maratón con setenta y tres, y ese abismo entre el cuerpo enfermo y el cuerpo desgastado sí que lo sume en hondas preocupaciones. If you don’t pay full attention, you’re not fully alive, nos dice el protagonista, quien, sin duda, ya va teniendo más desconexiones que concentración. No es imposible la empatía con el ser caduco que atisba su fin, físico y mental al alimón, pero no deja de doler verlo escrito con estoica claridad: Short-term memory loss is an inevitable part of growing old, and if it’s not forgetting to zip your zipper, it’s marching off to search the house for your reading glasses while you’re holding the glasses in your hand, or going downstairs to accomplish two small tasks, to retrieve a book from the living room and to pour yourself a glass of juice in the kitchen, and then returning to the second floor with the book but not the juice, or the juice but not the book, or else neither one because some third thing has distracted you on the ground floor and you’ve gone back upstairs empty-handed, having forgotten why you went down the in the first place. […] They used to call it senility. Now the term is dementia.

          En la misma lengua pero en diferente continente, la novela académico-decadente de Cooetze, Elizabeth Costello, es otra muestra más de esas lecturas sobre las que ha pasado el Uno engullidor con tan relativo interés como el de la protagonista por algunos asuntos propios del mundo intelectual: ‘The future of the novel is not a subject I am much interested in’, she begins, trying to give her audition a jolt. ‘In fact, the future in general does not much interest me. What is the future, after all, but a structure of hopes and expectations? Its residence is in the mind; it has no reality, una tirada que no firmaría Sartre de ninguna de las maneras, pero en el mundo académico sabemos que se puede sostener algo y lo contrario con idéntico surtido de argumentos a cual más persuasivo, algo que la IA sabe hacer a las mil maravillas, como le dijo a ese ubicuo Uno en este mismo Diario:  Ese es quizá uno de los problemas de la IA como autora: su facilidad para legitimar lingüísticamente casi cualquier posibilidad. La frialdad con que se lee una historia basada propiamente en apotegmas, más que en vivencias, al estilo de la muy extendida, sobre todo a partir de Las benévolas, de Jonathan Littell: La civilización no nos ha hecho necesariamente menos crueles. Podemos ser extraordinariamente refinados en literatura, música, filosofía o ciencia y, al mismo tiempo, participar tranquilamente en sistemas de sufrimiento masivo. Seguir los meandros de una mente incisiva que no tiene ni tiempo ni interés en «cultivar» la relación familiar con su propio hijo, tal y como este se queja de ello: He wishes his mother had not come. It is nice to see her again; it is nice that she should see her grandchildren; it is nice for her to get recognition; but the price he is paying and the price he stands to pay if the visit goes badly seem to him excessive. Why can she not be an ordinary woman living an ordinary old woman’s life? If she wants to open her heart to animals, why can’t she stay home and open it to her cats? ¡Ah, las exigencias del éxito intelectual, en el campo que sea! Los derechos de los animales, que son, esencialmente, el tema de la novela, exige lo que la autora llama la sympathetic imagination, esto es, la imaginación compasiva: para comprender al otro no basta con demostrar que tiene determinados derechos: hay que ser capaz de imaginarse su vida desde su particular experiencia. Y ahora se entenderá el reproche implícito del hijo hacia que su madre desdeñe ejercer esa imaginación compasiva con sus propios gatos... Y, como es obligatorio que comparezca, he aquí la reacción de la madre desde el vegetarianismo militante [la madre contesta a su hijo con una tirada de Plutarco que se sabe de memoria, según nos dice el narrador]: “You ask me why I refuse to eat flesh. I, for my part, am astonished that you can put in your mouth the corpse of a dead animal, astonished that you do not find it nasty to chew hacked flesh and swallow the juices of death wounds”. Plutarch is a real conversation-stopper: it is the word juices that does it. Finalmente, y como los avispados lectores habrán sospechado tras leer estos recuerdos de la lectura, una de las tesis fundamentales de libro es  el rechazo a que la racionalidad lingüística sea el criterio que decide quién merece consideración moral. Que un animal no pueda formular proposiciones filosóficas no significa que no sienta, perciba, desee, tema y padezca. Por lo tanto, la imaginación puede ser moralmente superior a la razón.

          Solo Azar dicta, con sus modos sibilinos, que el infatigable Uno pase de una Elizabeth a otra Elizabeth, cambiando el apellido, de Costello a Finch, y de continente, de Australia a Inglaterra. No se mueve, sin embargo, de ámbito: el académico. Y sin ser, ninguna de las dos, novelas «de campus», seguimos en compañía de una profesora, si bien esta Finch de Julian Barnes, a medio camino entre la provocación, el ocultismo y el fracaso, va a despertar en uno de sus alumnos un espíritu intelectualmente aventurero que lo llevara tras los pasos de Julián el Apóstata, en un movimiento que el suspicaz Uno considera como un recurso para sacar del fondo del armario de la invención ciertos viejos papeles que podían acabar conformando una historia narrativa, si bien, dada la naturaleza de la protagonista, el asunto se mueve más en el terreno de la especulación, como se dice casi desde el principio, cuando EF les sugiere a sus alumnos lo siguiente:  I would like to suggest that failure can tell us more than success, and a bad loser more than a good loser. Further, that apostates are always more interesting than true believers, than holy martyrs. Apostates are the representatives of doubt, and doubt —vivid doubt— is the sign of an active intelligence, una afirmación muy digna de ser creída, ciertamente. La suerte de «cajón de sastre».

          Desaparecido el personaje, la reconstrucción de su vida y obra a cargo del alumno lo lleva a bucear en sus libretas de anotaciones, porque her notebooks contained some fully composed arguments, pertinent quotations, private jottings, memories, and mere scribbles. “Brown Eggs” is one such item, which might be the title of a poem by Elizabeth Bishop, or the first entry of an unfinished shopping list. Textually, it was what EF might have called an olla podrida, a phrase which would have had some of us scurrying to the dictionary afterwards. ¡He aquí el concepto básico que alienta la creación de Barnes, olla podrida, «de algo más de vaca que de carnero», que responde, en esencia, a la técnica compositiva de Barnes desde que lo consagró El loro de Flaubert. Ese apunte, Brown Eggs, es un botón de muestra que el Uno amigo de las noticias propiamente «de nota a pie de página» ha recopilado en esta obra solo escrita, parece, para quienes gustan de esas noticias escondidas en las propias lecturas de los escritores, algo así como los «intradatos», por hacer un paralelismo con la intrahistoria unamuniana.. Tres son, y no fatigo más a los ingenuos Unos afines a las predilecciones del Uno que esto escribe, las perlas que extraigo del libro entretenido, pero muy poco novelesco, a fuer de sinceros, de Barnes: La primera: In 1644. Milton made a speech to the English Parliament, later printed as Areopagitica, arguing against the official licensing —and therefore potential censorship— of printing. It is one of the great, passionate defenses of the free speech, which for Milton is key not just to the promotion of learning but also to the promotion of virtue. La Segunda: For Samuel Johnson, The Apostate was one of the great villains of Christendom’s history: he is up the alongside “Herod the Prosecutor”, “Judas the Traitor” and “Pilato the Christ-Killer. [This Samuel Johnson was the domestic chaplain to Lord Russell]. El descubrimiento de «otro» Samuel Johnson es, per se, tan llamativa que hube de seguir su rastro para concluir que, tras la ejecución de su amo, Johnson fue juzgado por libelo sedicioso en 1683, y su libro quemado públicamente, Julian the Apostate: being a Short Account of his Life; the sense of the Primitive christians about his succession; and their Behaviour towards him; y en 1685 bajo la acusación nada específica de great misdemenanours: recibió 317 latigazos, pero, aún en manos del cirujano, reiemprimió tres mil copias de su libro Comparison bwrtween Popery and Paganism. La tercera, y esta sí que clasificada por el propio Barnes como una nota a pie de página que debería haber sido escrita, razón por la cual él la aporta, cumpliendo esa grata labor de sumarse a la nómina de los buceadores en las fértiles galerías de esos «intradatos»: A footnote, possibly of a pedantic kind. James Joyce’s first published piece of journalism was an 8000-word review of Ibsen’s When We Dead Awaken. The Fortnightly Review paid him twelve guineas for it; Joyce was eighteen. He announced that Ibsen was the greatest thinker and psychologist of modern times: greater, specifically, than Rousseau, Emeson, Carlyle, Hardy, Turgenev or George Meredith. Unsurprisingly, the playwright was pleased by this assessment and sent friendly thanks to the young Dubliner. Nearly forty years later, Joyce paid him further homage in Finnegans Wake, which contains sixty and more puns on Ibsen’s name and the titles of his plays. This: “for peers and gints, quaysir and galleyliers, fresk letties from the say and stale headygabblers”. The phrase “quaysirs and galleyliers’ puns on Kejser og Galilaeer, the original title od Emperor and Galilean. Ibsen might have enjoyed this exhausting playfulness had he not been dead for forty and more years.

          La sucesión jamás cansina de los días es paralela a la de los volúmenes que continúan ocupando las manos oferentes del devoto Uno, y eso incluye relecturas, como la de Tristes, de Ovidio, porque, cien años después de haber rechazado en las librerías de segunda mano la novela de Vintila Horia, ha decidido lo que ahora sabe que es la recreación de los desolados años que vivió Ovidio su exilio en la bárbara Tomis...

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario