miércoles, 9 de septiembre de 2026

«Areopagitica», de John Milton, esos descubrimientos tardíos.

 

                       

 

 


Desde un hipótesis de nota a pie de página de Julian Barnes a la biografía de Samuel Johnson sobre John Milton, autor de El paraíso perdido.

 

Los caminos de la lectura tienen meandros, medineos y desviaciones sorprendentes. Estaba extractando los subrayados que hice en la lectura de la novela de Julian Barnes, Elizabeth Finch, una auténtica novela de scholar —y recordemos que este término procede del latín scholāris, si bien se introdujo en Gran Bretaña de mano del francés escoler—, en la que la investigación sobre Juliano el Apóstata tiene un gran importancia. Página viene página va, Barnes saca de pronto a colación a John  Ilton y su opúsculo titulado Areopagítica, en el que defiende la libertad de expresión  e impresión sin tener que pasar la censura previa que el parlamento quiere legislar, ya en la restauración monárquica. Recordemos, porque es importante conocer algo del contexto, que Milton obtuvo el cargo de Secretario latino bajo el mandato de Oliver Cromwell, a quien Milton se mantuvo fiel, por lo que hubo de soportar el recelo, la marginación y la enemistad de los restauradores de la monarquía, por más que esta ya lo fuera, tras la revolución de Cromwell, parlamentaria y con poderes mermados. El hallazgo lector me ha permitido hacer dos excursión es bien provechosas. La primera, el texto de Milton, una inteligente e irónica defensa de la libertad de impresión sin tener que estar sujeto a censores sobre cuya falta capacidad para ejercer tal cargo se despacha a gusto Milton. El elogio del poder de los libros nos permite captar el tono y la densidad reflexiva de Milton, un proceso que irá afinándose a lo largo del opúsculo, hasta alcanzar momentos de brillante intensidad crítica: I deny not, but that it is of greatest concernment in the church and commonwealth, to have a vigilant eye how books demean themselves, as well as men; and thereafter to confine, imprison, and do sharpest justice on them as malefactors; for books are not absolutely dead things, but do contain a potency of life in them to be as active as that soul was whose progeny they are; nay, they do preserve as in a vial the purest efficacy and extraction of that living intellect that bred them. I know they are as lively, and as vigorously productive, as those fabulous dragon’s teeth : and being sown up and down, may chance to spring up armed men. And yet, on the other hand, unless wariness be used, as good almost kill a man as kill a good book: who kills a man kills a reasonable creature, God’s image; but he who destroys a good book, kills reason itself, kills the image of God, as it were, in the eye. Many a man lives a burden to the earth; but a good book is the precious life-blood of a master-spirit, embalmed and treasured up on purpose to a life beyond life. It is true, no age can restore a life, whereof, perhaps, there is no great loss; and revolutions of ages do not oft recover the loss of a rejected truth, for the want of which whole nations fare the worse. We should be wary, therefore, what persecution we raise against the living labours of public men, how we spill that seasoned life of man preserved and stored up in books; since we see a kind of homicide may be thus committed, sometimes a martyrdom; and if it extend to the whole impression, a kind of massacre, whereof the execution ends not in the slaying of an elemental life, but strikes at that ethereal and fifth essence, the breath of reason itself; slays an immortality rather than a life.

[No niego que sea de la mayor importancia para la Iglesia y para la comunidad política mantener un ojo vigilante sobre el comportamiento de los libros, tanto como sobre el de los hombres; y, en consecuencia, confinarlos, encarcelarlos y hacer con ellos la más severa justicia, como si fueran malhechores. Pues los libros no son cosas absolutamente muertas, sino que contienen en sí una potencia de vida capaz de ser tan activa como lo fue aquella alma de la que son hijos; más aún, conservan, como en un frasco, la más pura eficacia y quintaesencia de aquel intelecto vivo que los engendró. Sé que son tan vivaces y vigorosamente fecundos como aquellos fabulosos dientes de dragón; y, una vez sembrados aquí y allá, pueden llegar a hacer brotar hombres armados. Y, sin embargo, por otro lado, a menos que se proceda con cautela, casi tanto vale matar a un hombre como matar un buen libro: quien mata a un hombre mata a una criatura racional, imagen de Dios; pero quien destruye un buen libro mata a la razón misma, mata, por así decirlo, la imagen de Dios en el ojo. Muchos hombres viven como una carga para la tierra; pero un buen libro es la preciosa sangre vital de un espíritu superior, embalsamada y atesorada deliberadamente para una vida más allá de la vida. Es cierto que ninguna época puede devolver una vida, cuya pérdida quizá no sea gran cosa; pero el transcurso de las edades tampoco suele recuperar la pérdida de una verdad rechazada, por cuya ausencia naciones enteras sufren. Debemos ser, por tanto, cautelosos con la persecución que levantamos contra las obras vivas de los hombres públicos, con el modo en que derramamos esa vida sazonada del hombre, conservada y almacenada en los libros; pues vemos que de este modo puede cometerse una especie de homicidio, y a veces un martirio; y, si se extiende a toda una edición, una especie de masacre, cuyo resultado no es la muerte de una vida elemental, sino un golpe dirigido contra esa quintaesencia etérea, contra el propio aliento de la razón: mata la inmortalidad más que la vida.]

El autor de la edición anotada, Sir Richard J. Ceeb, no pasa por alto ninguna de las frecuentes alusiones clásicas de  Milton, como esos dragon’s teeth, los dientes del dragón, que aluden al mito de Cadmo: al sembrarlos, brotaban de ellos hombres armados. La metáfora de Milton es muy precisa: un libro, una vez sembrado entre los hombres, puede engendrar ideas y acciones imprevisibles. Por otro lado, un fragmento de esa defensa figura como inscripción inspiradora en mucha bibliotecas usamericanas, como la Biblioteca Pública de Nueva York: A good book is the precious lifeblood of a master spirit, embalmed and treasured up on purpose to a life beyond life [«Un buen libro es la preciosa sangre vital de un espíritu superior, embalsamada y atesorada deliberadamente para una vida más allá de la vida»]. ¿Se advierte ya el enorme potencial de entretenimiento que cualquier lector ávido de textos inteligentes puede encontrar en esta Areopagitica?

Ese afán censor que de repente aparece en la sociedad británica le parece a Milton una nefasta influencia del Concilio de Trento: But that a book, in worse condition than a peccant soul, should be to stand before a jury ere it be born to the world, and undergo yet in darkness the judgment of Radamanth and his colleagues, ere it can pass the ferry backward into light, was never heard before, till that mysterious iniquity, provoked and troubled at the first entrance of reformation, sought out new limboes and new hells wherein they might include our books also within the number of their damned. [Pero que un libro, en peor condición que un alma pecadora, tuviera que comparecer ante un jurado antes de nacer al mundo y sufrir todavía en la oscuridad el juicio de Radamanto y sus colegas, antes de poder atravesar de regreso la barca del paso hacia la luz, jamás se había oído hasta que aquella misteriosa iniquidad, provocada y perturbada por la primera entrada de la Reforma, buscó nuevos limbos y nuevos infiernos donde pudiera incluir también nuestros libros entre el número de sus condenados]. Y todo su esfuerzo persuasivo tratará de convencer a los legisladores de que la exposición al mal es la otra cara del cultivo del bien, y que difícilmente sin el conocimiento del primero puede llegar a expresarse con convencimiento el segundo. El razonamiento miltoniano convierte la vida en un libro, y ve absurdo que pueda tolerarse cualquier manifestación vital, pero haya de controlarse exhaustivamente la impresión de libros,  porque todo en la vida es aprendizaje, como viene a resumir: Good and evil we know in the field of this world grow up together almost inseparably; and the knowledge of good is so involved and interwoven with the knowledge of evil, and in so many cunning resemblances hardly to be discerned, that those confused seeds which were imposed upon Psyche as an incessant labour to cull out, and sort asunder, were not more intermixed. It was from out the rind of one apple tasted, that the knowledge of good and evil, as two twins cleaving together, leaped forth into the world. And perhaps this is that doom which Adam fell into of knowing good and evil; that is to say, of knowing good by evil. As therefore the state of man now is; what wisdom can there be to choose, what continence to forbear, without the knowledge of evil? He that can apprehend and consider vice with all her baits and seeming pleasures, and yet abstain, and yet distinguish, and yet prefer that which is truly better, he is the true wayfaring Christian. I cannot praise a fugitive and cloistered virtue unexercised and unbreathed, that never sallies out and seeks her adversary, but slinks out of the race, where that immortal garland is to be run for, not without dust and heat. Assuredly we bring not innocence into the world , we bring impurity much rather; that which purifies us is trial, and trial is by what is contrary. That virtue therefore which is but a youngling in the contemplation of evil, and knows not the utmost that vice promises to her followers, and rejects it, is but a blank virtue, not a pure; her whiteness is but an excremental whiteness; which was the reason why our sage and  serious poet Spenser, whom I dare be known to think a better teacher than Scotus or Aquinas, describing true temperance under the person of Guion, brings him in with his palmer through the cave of Mammon, and the bower of earthly bliss, that he might see and know, and yet abstain. Since therefore the knowledge and survey of vice is in this world so necessary to the constituting of human virtue, and the scanning of error to the  confirmation of truth, how can we more safely, and with less danger, scout into the regions of sin and falsity than by reading all manner of tractates, and hearing all manner of reason?  [Sabemos que el bien y el mal crecen juntos en el campo de este mundo, casi inseparablemente; y que el conocimiento del bien está tan envuelto y entretejido con el conocimiento del mal, y bajo tantas astutas semejanzas que apenas pueden distinguirse, que no estaban más entremezcladas aquellas semillas confusas que le fueron impuestas a Psique como tarea incesante: escogerlas y separarlas. Fue de la corteza de una sola manzana, al ser probada, de donde el conocimiento del bien y del mal, como dos gemelos unidos, saltó al mundo. Y quizá esta sea la condena en la que cayó Adán al conocer el bien y el mal: es decir, al conocer el bien por medio del mal. Siendo, pues, como ahora es la condición del hombre, ¿qué sabiduría puede haber para elegir, qué continencia para abstenerse, sin el conocimiento del mal? Aquel que puede comprender y contemplar el vicio con todos sus cebos y placeres aparentes y, aun así, abstenerse; y, aun así, distinguir; y, aun así, preferir aquello que es verdaderamente mejor, ese es el verdadero cristiano que recorre el camino. No puedo alabar una virtud fugitiva y enclaustrada, sin ejercicio ni aliento, que jamás sale en busca de su adversario, sino que se escurre fuera de la carrera en la que ha de disputarse aquella corona inmortal, no sin polvo ni calor. Ciertamente, no traemos la inocencia al mundo; más bien traemos la impureza. Lo que nos purifica es la prueba, y la prueba se realiza por medio de aquello que es contrario. Por tanto, esa virtud que todavía es una criatura en lo que toca a la contemplación del mal, que no conoce hasta el extremo aquello que el vicio promete a sus seguidores y, aun así, lo rechaza, es una virtud en blanco, no una virtud pura; su blancura no es más que una blancura excrementicia. Por eso nuestro sabio y serio poeta Spenser, a quien no temo que se sepa que considero mejor maestro que a Scoto o a Tomás de Aquino, al describir la verdadera templanza bajo la figura de Guyón, lo hace pasar, junto con su palmero, por la cueva de Mamón y por el jardín de las delicias  terrenales, para que pueda ver y conocer, y, sin embargo, abstenerse. Así pues, puesto que en este mundo el conocimiento y examen del vicio son tan necesarios para constituir la virtud humana, y el escrutinio del error para confirmar la verdad, ¿cómo podemos explorar con mayor seguridad y con menor peligro las regiones del pecado y de la falsedad que leyendo toda clase de tratados y escuchando toda clase de razonamientos?].

Hemos de añadir a todo lo anterior, el concepto que tiene Milton del autor que quiere dar a la imprenta una obra que exprese lo que ha concebido. El elogio de la tarea intelectual bien pudiera tomarse como uno de esos momentos supremos del ser humano, que ve cumplidas en ella las esperanzas de reconocerse en la más alta dedicación que se espera de los individuos de nuestra especie:  When a man writes to the world, he summons up all his reason and deliberation to assist him; he searches, meditates, is industrious, and likely consults and confers with his judicious friends; after all which done, he takes himself to be informed in what he writes, as well as any that wrote before him; if in this, the most consummate act of his fidelity and ripeness, no years, no industry, no former proof of his abilities, can bring, him to that state of maturity, as not to be still mistrusted and suspected, unless he carry all his considerate diligence, all his midnight watchings, and expense of Palladian oil, to the hasty view of an unleisured licenser, perhaps much his younger, perhaps far his inferior in judgment, perhaps one who never knew the labour of bookwriting; and if he be not repulsed, or slighted, must appear in print like a punie with his guardian, and his censor’s hand on the back of his title to be his bail and surety, that he is no idiot or seducer, it cannot be but a dishonour and derogation to the author, to the book, to the privilege and dignity of learning. [Cuando un hombre escribe para el mundo, pone a su servicio toda su razón y toda su capacidad de reflexión; busca, medita, trabaja con ahínco y, probablemente, consulta y conversa con sus amigos más juiciosos. Después de haber hecho todo esto, se considera tan bien informado acerca de lo que escribe como cualquiera de los que escribieron antes que él. Y si, en este acto supremo de fidelidad y madurez intelectual, ni los años, ni el esfuerzo, ni las anteriores pruebas de su capacidad pueden llevarlo a un grado de madurez tal que deje de ser objeto de desconfianza y sospecha, a menos que someta toda su diligencia reflexiva, todas sus vigilias nocturnas y todo el gasto de aceite de Palas a la apresurada mirada de un censor sin tiempo para detenerse; censor que quizá sea mucho más joven que él, quizá muy inferior a él en juicio, quizá alguien que jamás haya conocido el trabajo de escribir un libro; y si, aun así, no es rechazado ni tratado con desdén, tendrá que aparecer impreso como un muchacho bajo la tutela de su guardián, con la mano del censor sobre el reverso de su portada, haciendo de fiador y garante de que no es un idiota ni un embaucador. No puede ser de otro modo sino una deshonra y un menoscabo para el autor, para el libro, para el privilegio y la dignidad del saber]. ¡Qué ironía, la del censor sin cualificación para evaluar la obra de quienes tantas molestias intelectuales se han tomado para crearlas! Pero así se escribe la historia de la infamia, esto es, de los intentos del Poder por controlar el pensamiento y, en su defecto, las vías de expresión del mismo. No es extraño que, como en muchos otros escritores posteriores, la labor del aprendizaje se haya parangonado con la de la minería, porque se ha de excavar muy en lo profundo para sacar a la luz las gemas del entendimiento: When a man hath been labouring the hardest labour  in the deep mines of knowledge, hath furnished out his findings in all their equipage, drawn forth his reasons as it were a battle ranged, scattered and defeated all objections  in his way, calls out his adversary into the plain, offers him the advantage of wind and sun, if he please, only that he may try the matter by dint of argument, for his opponents then to skulk, to lay ambushments , to keep a narrow bridge of licensing where the challenger should pass, though it be valour enough in soldiership, is but weakness and cowardice in the wars of Truth. [Cuando un hombre ha estado entregado a la más ardua labor en las profundas minas del conocimiento, ha dispuesto sus hallazgos con todo su arreo, ha desplegado sus razones como si fueran un ejército formado para la batalla, ha dispersado y derrotado cuantas objeciones se le han puesto en el camino, y llama a su adversario a campo abierto, ofreciéndole la ventaja del viento y del sol, si así lo desea, con tal de que pueda dirimir la cuestión a fuerza de argumentos, que sus oponentes se escondan entonces, tiendan emboscadas y mantengan un estrecho puente de licencias por el que deba pasar el contendiente, aunque tal conducta pueda ser bastante valerosa en la milicia, no es sino debilidad y cobardía en las guerras de la Verdad].

          Aunque la obra no es muy larga, el opúsculo es muy denso y no tiene prácticamente línea que no posea un interés intrínseco, de ahí que lo recomiende como Barnes me lo recomendó a mí en calidad de lector de su Elizabeth Finch. En todo caso, no quiero completar esta recensión sin consignar el sentido elogio de la libertad, de las libertades, propiamente, vital y creativa, que late en todo el texto, pero que se concentra en etas líneas: What should ye do then, should ye suppress all this flowery crop of knowledge and new light sprung up and yet springing daily in this city? Should ye set an oligarchy of twenty engrossers over it, to bring a famine upon our minds again, when we shall know nothing but what is measured to us by their bushel? Believe it, lords and commons, they who counsel ye to such a suppressing, do as good as bid ye suppress yourselves; and I will soon shew how. If it be desired to know the immediate cause of all this free writing and free speaking, there cannot be assigned a truer than your own mild, and free, and humane government; it is the liberty, ords and commons, which your own valorous and happy counsels have purchased us, liberty which is the nurse of all great wits; this is that which hath rarefied and enlightened our spirits like the influence of heaven ; this is that which hath enfranchised, enlarged, and lifted up our apprehensions degrees above themselves. Ye cannot make us now leas capable, less knowing, less eagerly pursuing of the truth, unless ye first make yourselves, that made us so, less the lovers, less the founders of our true liberty. We can grow ignorant again, brutish, formal, and slavish, as ye found us; but you then must first become that which ye cannot be, oppressive, arbitrary, and tyrannous, as they were from whom ye have freed us. That our hearts are now more capacious, our thoughts moreerected to the search and expectation of greatest and exactest things, is the issue of your own virtue propagated in us; ye cannot suppress that, unless ye reinforce an

abrogated and merciless law, that fathers may dispatch at will their own children. And who shall then stick closest to ye and excite others? Not he who takes up arms for coat and conduct , and his four nobles of Danegelt. Although I dispraise not the defence of just immunities, yet love my peace better, if that were all. Give me the liberty to know, to utter, and to argue freely according to conscience, above all liberties. [¿Qué debéis hacer entonces? ¿Debéis suprimir toda esta florida cosecha de conocimiento y de nueva luz que ha brotado, y sigue brotando cada día, en esta ciudad? ¿Debéis poner sobre ella una oligarquía de veinte acaparadores, para traer de nuevo el hambre a nuestras mentes, de modo que no conozcamos sino aquello que ellos nos midan con su fanega? Creedme, lores y comunes: quienes os aconsejan semejante supresión hacen tanto como pediros que os suprimáis a vosotros mismos; y pronto os mostraré cómo. Si se desea conocer la causa inmediata de toda esta libertad de escribir y de hablar, no puede señalarse otra más verdadera que vuestro propio gobierno, moderado, libre y humano. Es la libertad, lores y comunes, la que vuestros propios valerosos y felices consejos nos han procurado; libertad que es nodriza de todos los grandes ingenios. Ella es la que ha enrarecido e iluminado nuestros espíritus como la influencia del cielo; ella es la que ha emancipado, ensanchado y elevado nuestras facultades de comprensión varios grados por encima de sí mismas. Ahora no podéis hacernos menos capaces, menos instruidos, menos afanosamente entregados a la búsqueda de la verdad, a menos que primero os hagáis vosotros mismos, que nos habéis hecho así, menos amantes y menos fundadores de nuestra verdadera libertad. Podemos volver a ser ignorantes, brutales, formales y serviles, tal como nos encontrasteis; pero para ello primero tendríais que convertiros en aquello que no podéis ser: opresores, arbitrarios y tiranos, como lo eran aquellos de quienes nos habéis liberado. Que ahora nuestros corazones sean más espaciosos, nuestros pensamientos más elevados hacia la búsqueda y la expectativa de las cosas más grandes y más exactas, es fruto de vuestra propia virtud, propagada en nosotros. No podéis suprimirlo a menos que reforcéis una ley abrogada, cruel y despiadada, que permita a los padres dar muerte a voluntad a sus propios hijos. ¿Y quién se mantendrá entonces más firmemente a vuestro lado y estimulará a los demás? No aquel que empuña las armas por su paga y su sustento, y por sus cuatro nobles de Danegeld. Aunque no desdeño la defensa de justas inmunidades, prefiero mi paz, si eso fuera todo. Dadme, por encima de todas las libertades, la libertad de conocer, de hablar y de discutir libremente según los dictados de mi conciencia].

          Hasta aquí la apasionada defensa de la libertad de pensamiento, de expresión y de impresión que Milton expuso en su Areopagitica. Ahora bien, ¿quién fue John Milton? Es evidente que sin ir más allá de la Wikipedia obtendremos suficiente información para satisfacer nuestra curiosidad básica. Sin embargo, aprovechando el volumen digital de las obras completas de Samuel Johnson, con la excepción de su famoso diccionario —lectura pendiente que me avisa de la rapidez con que pasan los días, una suerte de memento ludi al que haré caso en breve...—, me ha parecido oportuno recordarles su existencia a los intelectores que se mecen a veces en los renglones de estos ladrillazos ilegibles. Figura en Lives of the Most Eminent English Poets, publicadas entre 1779 y 1781, y va más allá de la biografía propiamente dicha, porque Milton no es santo de la devoción de Johnson y aprovecha no solo para contat su atrabiliaria vida, sino para hacer una crítica no diré feroz, pero casi, de su obra magna El paraíso perdido. Ignorante de su vida, seguirla a través del inglés canónico de Johnson ha sido toda una experiencia literaria, porque la claridad del lexicógrafo inglés es proverbial, tanto como sus arrebatos de ira y su lengua mordaz, viperina. No hay más que recordar la definición de avena de su diccionario: A grain, which in England is generally given to horses, but in Scotland appears to support the people, esto es: «Cereal que en Inglaterra se da generalmente a los caballos, pero que en Escocia parece alimentar a la gente».

          No se me asusten los confiados intelectores, porque me limitaré a dar unas pinceladas breves del tipo de vida que llevó el vate, un buen aficionado al órgano, instrumento que llegó a dominar con notable habilidad. Propio de él es la confesión con que se enorgullece de su labor intelectual: Milton tells us in the Defensio Secunda that his eyesight was injured by excessive study in boyhood: “from twelve years of age I hardly ever left my studies or went to bed before midnight.” Continual reading and writing increased the infirmity, and by 1650 the sight of the left eye had gone. He was warned that he must not use the other for book-work. Unfortunately this was just the time when the Commonwealth stood most in need of his services. If Milton had not written the first Defence he might have retained his partial vision, at least for a time. The choice lay between private good and public duty. He repeated in 1650 the sacrifice of 1639. All this is brought out in his Second Defence. By the spring of 1652 Milton was quite blind. He was then in his forty-fourth year. Probably the disease from which he suffered was amaurosis. Recordemos que visitó a Galileo cerca de Roma cuando el astrónomo ya estaba ciego, una condición que él alcanzaría algunos decenios después.

Casó mal con una joven que escapó a casa de sus padres y renunció a volver con su marido. Hubo una reconciliación, de la que nacieron tres hijas y luego la madre murió, a los veintisiete años. El concepto que Milton tenía de las mujeres no era muy elevado. Así mismo, it is generally recognised that humour was not one of Milton’s gifts. No sé si pudo deberse a lo mucho que le costó hallar acomodo social al nivel de la importancia de la que se reconocía portador. Nunca ningún escritor, nos dice Johnsobn, escribió tanto y alabó tan poco. Se dedicó a la docencia particular, como tutor —e incluso llegó a escribir un tratado sobre educación, en el que se destacan ideas, como esta, que llamó la atención de Johnson: Nobody can be taught faster than he can learn—, hasta que, con la revolución de Cromwell, él, republicano convencido, trabajó para su Administración como secretario latino y de idiomas extranjeros. Recordemos que Milton era un reconocido políglota (hebreo, griego, latín, francés, alemán, español, etc.) y que gozaba de una reputación académica altísima, a pesar de que en Cambridge sufriera las burlas de sus condiscípulos, quienes se referían a él como la Lady of Christ's College, por su larga cabellera rubia y un rostro afeminado. Detrás de esa apariencia, sin embargo, se escondía un polemista acerado con una pluma dispuesta a defender con razones e ingenio sus posiciones, ya fueran sobre el divorcio, ya sobre la libertad de expresión e impresión, como en este opúsculo del que venimos hablando, ya sobre la idolatría, como el Eikonoklastes, que escribió en respuesta al  Eikon Basilike, un tratado muy difundido que se atribuía a Carlos I. Por influencia de su formación hebraica, caló en Milton la idea de que los ingleses eran, también, un pueblo escogido.

Johnson reprocha a Milton que, aceptado el cargo de Secretario latino de la corte, aceptara el destronamiento real a manos de Cromwell, y que siguiera ejerciendo bajo un tirano que no se ajustaba a ninguna ley. Muerto Cromwell, la monarquía fue restaurada y Milton perdió su puesto de secretario latino, y se vio expuesto a la venganza monárquica, aunque se tuvo con él una compasión, acaso por su ceguera, que no se tuvo con otros partidarios de Cromwell. Una vez ciego, Milton contrató a un lector de latín, pero lo quiso que tuviera una pronunciación como la del italiano, porque el latín leído con acento inglés no lo podía soportar. Una de sus hijas le leía en griego, pero, como nunca le enseñó la lengua, la hija leía sin saber lo que decía, algo en consonancia con la acusada misoginia del autor. Ello es congruente con las convicciones del poeta, siempre según Johnson: What we know of Milton’s character, in domestick relations, is, that he was severe and arbitrary. His family consisted of women; and there appears in his books something like a Turkish contempt of females, as subordinate and inferiour beings. That his own daughters might not break the ranks, he suffered them to be depressed by a mean and penurious education. He thought women made only for obedience, and man only for rebellion.

Según Johnson, quien no desperdicia ocasión para ejercer la crítica corrosiva contra el poeta: Milton’s republicanism was, I am afraid, founded in an envious hatred of greatness, and a sullen desire of independence; in petulance impatient of control, and pride disdainful of superiority. He hated monarchs in the state, and prelates in the church; for he hated all whom he was required to obey. It is to be suspected, that his predominant desire was to destroy, rather than establish, and that he felt not so much the love of liberty, as repugnance to authority. […] It has been observed, that they who most loudly clamour for liberty do not most liberally grant it. Con todo, otros estudiosos, como el editor de Areopagitica, no dudan en destacar le fervorosa defensa de la libertad que animó la participación social de Milton a lo largo de su vida, en los buenos y en los malos tiempos. La libertad, nos dice Jebb, fue  the guiding-star of Milton’s life. He fought for liberty all his life. The seventeenth century writer Aubrey (reflecting, no doubt, what he had heard from Milton’s nephew Edward Phillips and others cquainted with the poet) tells us that Milton’s intense “zeal to the liberty of mankind,” and his republicanism, came largely from his admiration of the Roman writers and Roman Commonwealth. And

for Milton the great enemies, in their respective spheres, of liberty are “tyranny and superstition” (l. 22). Cf. his treatise A Defence of the People of England, xii., “the two greatest mischiefs of this life, and most pernicious to virtue, tyranny and superstition”; and The Ready Way to Establish a Free Commonwealth, “the most prevailing usurpers over mankind, superstition and tyranny” (Prose Works, Bohn’s ed. i. 212, ii. 113). There is a good deal about “tyrants” and “tyranny” in a Commonplace Book of Milton’s which is extant. Tyrannicide is justified in his Tenure of Kings and Magistrates.

          Les ahorro a quienes ya han llegado hasta aquí, héroes de la lectura, ¡de tan bello gesto humano!, la severa crítica que Johnson hace de la obra de Milton, pero los invito a todos a hacerse rápidamente con la biografía para acabar de conocer al inmenso poeta ciego por quien Borges sintió tanta simpatía, y afinidad.

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