martes, 4 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado VI


           Hoy no tengo el día culto, la verdad.


La decisión del sujeto no implica que, como penitencia, haya de volver sobre sus pasos para volver del revés sus juicios sobre buena parte de la experiencia de la realidad que le ha tocado vivir. Bastante hace, el sujeto, y hasta quizás en exceso, con reconocer algunos de sus errores y sacar provecho de ellos para acostumbrarse a su nuevo estado. Porque quizás podría haber tomado como pretexto su decisión para reconstruir su anodina biografía, ese museo de horrores disfrazados de letra impresa, fotograma, pincelada, melodía et alii; pero la dicha provocada por su liberación le hace ser compasivo consigo mismo, que es la caridad bien entendida, y también con aquellos a quienes quiere persuadir de que abandonen todos sus esfuerzos para conseguir lo que él no consiguió. Este desahogo, este desquite, este des-sujetarse del sujeto que lo estaba a su antigua atadura, esta liberación es, en ese fondo ahora transparente y sereno, una confesión valiente. Nada más.
Puede reprochársele al sujeto la escasa oportunidad de haber elegido el séptimo arte para ejemplificar esa distancia entre su afán del pasado y su descanso del presente, como si aquel arte no cayera dentro del microcosmos de lo culto, como si, por ser el séptimo, y tan reciente en la historia de las bellas artes, viera mermada su condición de arte y acrecentado su carácter de entretenimiento popular. Quizás lo expuesto líneas arriba sirva para combatir ese hipotético reproche.
Tampoco pretende el sujeto, y menos en territorio tan resbaladizo, a fuer de ultrasubjeti­vo, como el del gusto cinematográfico, establecer el canon que permita distinguir una película culta de otra que no lo es, para poder evitar en el futuro aquéllas; pero no es menos cierto que, al igual que entre La montaña mágica y Peñas arriba hay un cierto trecho -y no sólo orográfico, sin duda-, igualmente haya de haberlo entre las dos películas citadas como ejemplo.
Con todo, el sujeto está hoy aquí, en estas líneas, dispuesto a reconocer la incivilidad y el despotismo de esos trechos canónicos. Porque la persona culta, o la que aspira a serlo, a fuerza de distinguirse y distanciarse de los mortales que habitan extramuros de ese mundo exquisito y privativo, acaba instalándose en una suerte de autárquica soledad satisfecha desde la que escupe su indiferencia a la masa irrelevante, al vulgo informe y anodino contra el que se recorta su irrepetible singularidad.
Que enhebre ahora una retahíla de improperios contra los cultos -o quizás, en realidad, contra el culto que no llegó a ser - puede constituir un justificadísimo desahogo, y si el sujeto se inspirara en el Marchenoir de Bloy hasta podría acabar sentando cátedra de estilista del insulto o de cretinólogo; pero después del esputo avinagrado queda siempre una sequedad amarga en la boca que, en estos momentos de desconcierto, no se compadece con el dulzor de la expectante inquietud de su espíritu.
El sujeto no ha llegado hasta aquí para renegar de su pasado, sino, en todo caso, para comprenderlo y, a partir del reconocimiento de su extravío, entrar en ese otro mundo que hasta hoy rehuía, como en la Edad Media se rechazaba a los apestados y se evitaban sus lazaretos. El sujeto sabe, por mera cuestión de inercia, que le va a costar, y que incluso sentirá algún conato de pánico cuando admita como una realidad no desdeñable -e incluso deseable- la perspectiva de que pueda disfrutar, pongamos por caso, con un espectáculo de La Fura dels Baus, una novela de Pérez-Reverte o un recital de Ana Belén, en vez de con... ¡No! ¡No! ¡No más comparaciones odiosas y sustentadas en esos trechos de los altivos rebecos que triscan por las alturas tan ingratas del Zaratustra nietzscheano! ¡A chapuzarse en pueblo! ¡A sumergirse en la corriente viva de la historia! ¡De cabeza al río de lo común!

miércoles, 29 de agosto de 2012

Ensayo desaseado V

           Hoy no tengo el día culto, la verdad.


Lo primero que advierte el sujeto liberado de su antiguo y costoso afán es que la cultura no era para él un objeto, sino una especie de ecosistema en el que se movía con absoluta naturalidad, aunque ésta fuese la de la afectación, la impostura, la grandilocuencia, la pose, el engolamiento y la representación permanentes: esa especie de paradójica ecopraxia del desigual respecto de sus impares.
Acabar con un sistema de vida y abandonar el único espacio conocido lleva, indudable­mente, a hacerle perder pie a cualquiera, y más aún a quien, como el sujeto, siempre ha sido una especie de intruso aquejado del síndrome permanente de inadaptación. Bien sabe hoy, sin embargo, que en esa burbuja social de la cultura no viene del oro todo el relumbrón, y que incluso de un impostor como él, ducho en la contención de la lengua y en la esporádica cita de campanillas, algún que otro destello podría cegar a quienes aún velan armas, de noche, junto al pozo peligroso de la sabiduría, ese espejo del abismo sin fondo. Pero el sujeto no ha tomado su decisión por la decepción que le haya supuesto constatar ese engaño, sino por...
¡Caramba! Iba bien lanzado hacia el final de la frase anterior y el sujeto se ha quedado, de repente, más que suspendido sobre esos puntos sin íes; porque él ha cogido la pluma -valga la imagen- con la intención de ponérselos a su decisión, y ahora se da de plumín con una certeza que lo descoloca: no sabe cuál es el porqué definitivo de su decisión.
Algo de él ha ido apuntando, desde luego: la fatiga, el desengaño, la desolación, la rabia, la impotencia, la incapacidad, etc.; pero hubiérase dicho que estaba a punto, al final del párrafo anterior, de enunciar con rotunda y meridiana claridad un porqué comprensible, razonable, compartible y quien sabe si acaso incluso elogiable. ¿Y al final? Silencio, suspenso...
De muchos de sus predecesores, allegados suyos algunos de ellos, de los que les fue distanciando su, para él entonces incomprensible decisión, sí que sabe cuáles fueron sus motivaciones. Y si hubiera de sacar de todas ellas un denominador común -y esa sencillísima alusión matemática extiende ante él un lagunón de aguas cenagosas en cuyo seno monstruos infinitesimales y fractales ocultan la amenaza pavorosa de sus inmensos corpachones-, elegiría la renuncia a la complejidad en favor de la sencillez. Dicho así puede que no se comprenda tan bien como a través de algunos ejemplos cuyo valor representativo tiene tantas limitaciones como a cada cual le pueda parecer.
El primero que se le ocurre al sujeto es el que enfrentaría a la película Sacrificio, de Andrei Tarkovski, contra La flor de mi secreto, del off-off manchego Pedro Almodóvar.
Enfrascado como estaba en su afán -y era su frasco deliberadamente pequeño, de perfume lujoso, en tanto que amante de las quintaesencias y detestador de los fárragos-, ¡cómo pudo extraviarse el sujeto hasta el punto de considerar que la primera de esas dos películas era una muestra acabada de lo que los cursis de última hornada llaman cine de culto, y la segunda una simple chapuza, un extravío del culto al cine!
¡Cómo pudo asentir -con el bello y pavoroso recuerdo de las imágenes de la película en el núcleo duro de sus sentimientos- a las alambicadas palabras del crítico!:
Resulta realmente duro, muchas veces doloroso, rasgar en las imágenes que nos ofrece Tarkovski en su último film; Sacrificio se compone de dos planos tan angustiantes -la compleja levitación de Alexander y la sirvienta María, el histérico llanto con que la mujer dubitativa acoge la noticia de un intuido cataclismo nuclear, siempre presente en la narración aunque Tarkovski no acuda a él como elemento dramático activo, sólo como desencadenante de una situación moral aún más irreversible-, como ensoñadores dispuestos a ser degustados con placer -el mencionado plano secuencia inicial, en el que el director se permite inflexiones divertidas y relajantes-, como fabulaciones mágicas donde el poder visual de Tarkovski desborda cualquier consideración: el larguísimo y metódico plano secuencia del incendio de la casa, con la cámara efectuando constantes travellings a derecha e izquierda para seguir a los personajes en sus evoluciones alrededor de la gran mansión devorada implacablemente por las llamas, desmoronamiento físico paralelo a la caída moral de Alexander poco antes de ser introducido en la ambulancia, o los movimientos angustiantes, captados en un sobrio blanco y negro -degradación última del trabajo cromático del film, que se abre con el suave verde del campo sueco para sucumbir, imperceptiblemente, a las sombras azuladas, casi desprovistas de color, que invaden el interior de la casa- con los que Tarkovski recoge las charcas sucias, los hilillos de agua descompuesta, los caminos llenos de barro, el movimiento histérico y sin sentido de las masas atemorizadas!
¡Cómo pudo -se sorprende hoy el sujeto- seguir sin desmayo los meandros eufóricos de esa única frase exaltada y comulgante!
¡Y qué injusto fue, por otro lado, con la despreciable y miserable altivez de los catadores de lo exquisito cuando, después de leerla, les restregaba por sus ojos incrédulos a sus “distancia­dos", aquella cruel e inmisericorde opinión -Como vaca sin cencerro, tituló su artículo- de otro crítico sobre la película de Almodóvar (reciente redescubridor de los valores estéticos y sentimentales de quien, como Sautier Casaseca, ha alimentado espiritualmente a tantas generaciones de españolas y españoles durante el franquismo, en cuyos oscuros años ha vivido el sujeto la mitad de su medio siglo; y quizás por ello, en su actual estado de liberación puede incluso degustar ese agridulce sabor de la nostalgia que se solaza en las rocambolescas historias de su película finisecular):
El vacío de La flor de mi secreto es tan patente, que agudiza irremediablemente los numerosos defectos que films precedentes de Almodóvar habían dejado ver. El primero y el principal, a mi juicio, reside en la falta de estructura de sus guiones, que parece que se gestan por acumulación y nunca poseen una mínima espina dorsal que aglutine los diferentes, dispersos y heterogéneos materiales de los que se nutren. Lógicamente, cuanta menos consistencia posee lo que intenta funcionar como historia central, más claramente al descubierto quedará la artificiosidad del procedimiento y más patente se hará lo deslavazado del resultado. Ejemplos en la película existen hasta la saciedad. El mayor problema de La flor de mi secreto no es que sea una película inane y vacía, sino que es la prueba incontrovertible de que Almodóvar no sólo no tiene nada que contar, sino que ni siquiera atisba el camino que le permita salir de ese callejón sin salida donde se encuentra anclado.
El sujeto aún recuerda, para su horror de hoy, la carcajada -se le hiela la sangre al recordar aquel espasmo laríngeo de desprecio- que le produjo el sucinto e hiriente análisis que hacía el crítico de un importante personaje de la película en cuestión:

El que se supone jefe de las páginas culturales de El País es un absoluto imbécil al que la interpretación estúpidamente risueña de Juan Echanove -excelente actor en ocasiones, execrable en otras como la presente- convierte en más penoso todavía, hasta el punto que lo más resaltable del personaje es que utilice el seudónimo de Paqui Derma, siguiendo una tradición almodovariana que alcanzó su momento álgido cuando bautizó como Paul Bazzo al violador de Kika.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Ensayo desaseado IV

Hoy no tengo el día culto, la verdad.



Medineo
Entre las muchas disciplinas (¡y cómo el nombre en sí [muy distinto, claro, del nombre-en-sí] dice bien a las claras lo que fue el sujeto: disciplinante humilde que se flagelaba, disciplinado, con idéntico ardor místico con que otros perseveraban en el quietismo!) con las que hubo de lidiar para superar el meritoriaje e ir dando pasos hacia el grado de “maestro”, siempre con esas comillas que relativizan el grado, que lo degradan a la condición de aspiración jamás cumplida; entre esas disciplinas, decía, le tocó a su tiempo apechugar con la amena lingüística, de entre cuyas inolvidables páginas siempre ha retenido su estómago el sabor de aquel párrafo que se instaló en su delicada cavidad como un perfecto, compacto e indigesto ladrillo:
El MODELO TRANSFORMACIONAL es mucho más complejo que el modelo taxonómico del que hemos hablado. El componente sintáctico consta de dos subcomponentes, uno de estructura constitutiva, comparable al indicado más arriba, con reglas que aplicar en un determinado orden, que genera SARTAS TERMINALES CONSTITUTIVAS; el otro, propiamente transformacional, que consta de TRANSFORMACIONES, reglas (unas obligatorias, otras facultati­vas) las cuales, aplicadas en determinado orden, proyectan un indicador sintagmático de una o más expresiones terminales sobre un nuevo INDICADOR SINTAGMÁTICO DERIVADO con una SARTA TERMINAL TRANSFOR­MATIVA. La descripción estructural de la sarta terminal transformativa constará entonces de los siguientes elementos: un grupo de indicadores sintagmáticos que podemos llamar SUBYACENTES;  un indicador sintagmáti­co DERIVADO de los subyacentes y un INDICADOR TRANSFORMACIO­NAL que muestra CÓMO el indicador sintagmático DERIVADO lo es de los indicadores sintagmáticos subyacentes; el indicador transaformacional nos da la HISTORIA TRANSFORMACIONAL del indicador sintagmático derivado. El indicador transformacional es necesario (no sabemos todavía exactamente cómo) para la interpretación, ya sea fonética o semántica de los enunciados.
A más de veinticinco años de distancia de su primera lectura de aquella página -¡y hubo más de veinticinco... lecturas!, hoy ya no le cuesta nada reconocer esa torpeza intelectiva- el sujeto ha estado a punto de romper a llorar ante la humildad de ese paréntesis conmovedor. Años y años batalló el sujeto con esos textos que habían de revelarle la piedra filosofal de la lengua, del habla y de la gramática; y salió de la lucha tan herido de habla y con la escritura tan torpe que se desconocía en los balbuceos con que no acertaba ni a expresar ni a expresarse.
No hará una lista minuciosa, como las de la intendencia alimentaria familiar, de las rudas disciplinas por las que hubo de transitar castigando -no en su significado medieval, desde luego- sus ojos y su cerebro; pero sí quisiera recorrer algunos hitos de aquel proceso de aprendizaje frustrado, de aquella etapa de formación, o más propiamente de deformación -desde su perspectiva presente-, durante la que creyó que podría llegar a convertirse en una persona culta; aciaga etapa de la que ha sobrevivido ese barniz mate de un estilillo pseudoalambicado que peca en parte de pedante y en mucho, desde el reto de su presente, de broma críptica; pero que le es tan natural como a otros disertar sobre las geografías morales o el espacio ético en la cibernética.
De él le gusta decir, al sujeto, que es nacido en las Batuecas y recriado en las Lagunas de Ruidera, por las muchas que siempre le han acompañado a lo largo de su vida asendereada, humedeciéndosela hasta hacerle sentir escalofríos, en cualquier estación del año. Y a esa sensación permanente y antiecológica de ser incapaz de cubrirlas, por denodados que fueran sus esfuerzos -¡y lo fueron, bien lo sabe su cerebro consumido y su cuerpo maltratado!- ha de achacársele, en parte, esta decisión suya actual.
A su manera, sin duda, pero también él, como Sísifo, ha elevado hacia lo más alto la pesada piedra de su maldición para verla, en el acto, de nuevo a ambos pies: los suyos y el de la montaña. Y sin desfallecer ha vuelto una y otra vez, con ese tesón del escarabajo pelotero, al que divinizaron los egipcios, a empujarla con brío y esperanza hacia arriba. ¡Y lo tentado que se queda el sujeto de explicar por qué divinizaron los egipcios al escarabajo pelotero...! Aunque tal vez pudiera considerarse un excurso muy propio de documental televisivo, y perfectamente congruente con la ¿gozosa? decisión de la que arrancan estas líneas.
¡Qué dirá, por otro lado, de la desolación infinita que le producía la certidumbre del límite temporal de su empeño! ¡Ah, esa lucha insensata y sin cuartel contra el tiempo! ¡Ay, ese sacrificio, esa inmolación! Vista así, la cultura se le aparece ahora como una diosa sedienta de la insensata vanidad de los humanos. Vanidad siempre dispuesta a consumir hasta el último aliento vital para conseguir el inalcanzable favor, la personal deferencia de esa diosa altiva, caprichosa e inmisericorde.
El sujeto ignora si es impropio, o impúdico, ofrecerse como triste y lamentable ejemplo de una vida consumida en ese afán que hoy se le revela insensato; pero si la cultura exige tiempo, él le ha consagrado el de la mitad de  una vida. No es menos cierto que la esperanza de poseer a esa esquiva diosa ha disfrazado ese tiempo con el cuerpo sensual y rotundo de la plenitud; pero el resultado final, una vez manifestada la determinación de desistir del empeño, no es otro que la desoladora sensación de haber dejado mucho de sí por el camino a cambio de haber conseguido poco o nada de ella. ¡Es tan grande el bien que se promete, que, a su lado, toda penalidad por conseguirlo parece ridícula!
Resultará quizá mezquino que el sujeto mezcle aquí cuestiones económicas con esos anhelos de perfección espiritual de tan elevada índole; pero no es menos cierto que siempre ha resultado oneroso para el bolsillo, sobre todo para el sumamente débil y proletarizado del sujeto, ese culto absorbente de la diosa inalcanzable. Pero la escasa liquidez, el menguado salario y las muchas dificultades para sobrevivir no arredraron jamás al sujeto, experto en los lances de descubrir, de lance y segundas manos, unos contenidos que, aunque sobados, eran sobrados para mantenerle entretenido en la ficción de su empeño y en el ardor de su tesón. Bien es cierto que determinadas expresiones culturales no admiten más consumo que el de primera mano; pero no lo es menos que la estricta jerarquía de la canonicidad alentaba al sujeto a compensar esas carencias solo achacables a su escasa disponibilidad de líquido con el disfrute de cimas perfectamente asequibles a su justito presupuesto.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ensayo desaseado III


Hoy no tengo el día culto, la verdad.


  
   Aquel conflicto entre la pérdida y el hallazgo (exiliarse de un territorio en el que nunca ha acabado uno de echar auténticas y sólidas raíces, y entrar en el ameno -y en exceso concurrido- paraje del abandono) no adquiere visos dramáticos, pues sobre él se extiende, como un benéfico ungüento, esta difusa alegría, esta tranquilidad de espíritu que tanto encorajina al sujeto no sólo para atreverse a formalizar el reconocimiento, sino para escupir ese picor de guindilla que la angustia le había dejado en la lengua. Por otro lado, en éste del abandono, quizá no haya mejor modo de asentarse que midiendo la distancia exacta -e inverosímil- que lo separa de aquella aciaga escalada.
Quedó escrito al principio que el sujeto iba buscando el eco asentidor y sintiente de otros abandonadores; pero mucho se teme que haya en esto del abandono -y no le importa reconocer que se trata de una huida- un sí sabe qué de ajuste de cuentas que lo tiene todo de personal y, sólo en parte, algo de común.
No se trata de que uno se la tenga jurada a la condenada, desabrida e intrincada episteme; o de que, ¡incluso hoy!, pueda uno conciliar la pasión por La Valquiria con el valeroso y osado reconocimiento que se manifiesta en estas líneas; sino de que éste es siempre, cuando uno llega a él, una encrucijada en la que, desde detrás del crucero, nos increpa acerbamente el diablo: nuestra decisión jamás será un adoquín de su infierno; por más que el camino elegido nos acabe llevando ya a la soledad de un tremedal que nos devore, ya a la selva oscura y feraz, ya al desierto encendido, ya al común -y valga el doble sentido- de los mortales.
Hora va siendo, con todo, de acabar con los preámbulos, que tan enojosos suelen ser, y de pasar a deambular, con pie más ligero que hasta el presente, por ese reconocimiento en el que el sujeto se ve capaz de adentrarse con determinación pero no sin algún titubeo, sin una cierta claudicación etimológica; porque, al fin y al cabo, quien toma semejante decisión pierde el suelo en el que se apoyaba, el espacio que le rodeaba y el paisaje contra el que se identificaba, amén de unas costumbres perfectamente definidas, consolidadas, aunque escasamente solidarias, todo sea dicho.
Puede que a la postre no sea tan fácil como en un principio parecía esta renuncia a la cultura. Unamuno decía.... ¡Ay! ¡Ay! ¡Ahí está la prueba! Y bien pronto se ha manifestado además... ¡No! ¡Vale ya! Ni Unamuno dice nada que el sujeto repita como un eco interesado, ni, por otro lado, le será fácil reprimir esa inercia de tantísimos años forjando con el pensar, el narrar, el contar y el  sentir de los demás su propia humilde y discreta existencia. Discreta hasta hoy, bien es cierto. Puesto que el sujeto ha tenido el atrevimiento de pretender hacer oír su voz precisamente para renegar de cuanto hasta este fatigado presente había constituido toda su existencia: convertirse en una persona culta.
Abandonar esa escalada supone un alivio, un aligeramiento, una suerte de apático, anodino y transitorio estado de gracia que no resulta compatible con el temor al vacío -desea que efímero- al que se asoma desde estas líneas austeras y despojadas.
Resultaría en exceso chocante que quien ha tomado una decisión como la del sujeto se pusiera ahora, con denodado esfuerzo, a tratar de aclararle al lector común -aquí sin sentido escatológico- qué es o deja de ser la cultura o, en su defecto, una persona culta. Voces autorizadas hay, desde Cassirer hasta Gustavo Bueno, pasando por quien se desee -que la lista es tan  larguita casi como la del canon ut supra...- para exhibir la complejidad y los arabescos del concepto, su faz laberíntica.
La modestia de su decisión, en todo caso, no lo faculta sino para intentar, desde su reducida experiencia personal, dirigirse al corazón de quienes le hayan precedido, y al de quienes hayan considerado alguna vez la posibilidad de tomar una decisión como la suya, y decirles cuál fue la vanidad de su empeño. El sujeto sabe que es una historia triste, como la de todos los fracasos; pero hay tantos disparates entretejidos en ella, que no sería extraño pasar de lo sublime a lo patético y de ambos a lo risible en el espacio de un mismo párrafo.
De los escritores medievales se medía su cultura por los volúmenes que había en su biblioteca personal, dando por bueno, claro está, que los hubieran leído u hojeado todos; porque en esto del amor al libro hay mucha pasión meramente contable, que conste. Fuera cual fuese el trecho, al menos el criterio no admitía discusión.
En las postrimerías de este siglo nuestro, sin embargo, tan bárbaro y tan culto al mismo tiempo -¡y ojalá a nadie se le ocurra pensar en esas dos facetas de lo humano como el anverso y el reverso forzosos de la manida moneda!-, los criterios son muy otros. Y al sujeto le ha tocado padecerlos y disfrutarlos hasta la fecha de su extraña liberación.
De hoy en adelante se abre a realidades frente a algunas de las cuales siente, en principio, un rechazo tan profundo que quizás le cueste mucho más entrar en ellas de lo que le costó perseverar, en su momento, en la adquisición, uso y ¿disfrute? de aquella inalcanzable cultura.
El sujeto no castigará a los lectores, tanto al que le miralee por encima del hombro, como al que arrima el suyo propio -¡y cuánto se lo agradece!- para que no desfallezca en su sinuoso discurso, con ejemplos que pueden horrorizar a unos y justificar a otros; pero es inevitable que, de tanto en tanto, monte aquí la parada de aquellos monstruos a los que, ingenuo principito valiente, se enfrentó con un ánimo y una intención tan puros como seráfica y benéfica era la promesa de recompensa de su compañía, una vez vencida la repugnancia y el horror que inspiraba su agresiva presencia.

lunes, 6 de agosto de 2012

Ensayo desaseado II


Hoy no tengo el día culto, la verdad. 



Resentimiento es un vocablo tan de tomo y lomo que conviene convocarlo cuanto antes para exorcizar su engañoso poder. El sujeto sabe bien que ese es el talismán de los cultos para detener a la sombría encarnación del mal y obligarla a aceptar cuál es la paternidad de un discurso tan caprichoso como triscador; pero al sujeto no le empacha reconocer que bien pudiera ser así. ¿Y qué? ¿Quién no alberga un resentimiento? Pero el mal de muchos no prueba sino que a todos nos encanta compartir el mal, que es el objeto de nuestra máxima generosidad, a pesar de su equívoco prestigio. ¡Ojalá fuera así, y el resentimiento estuviera en el origen de este discurrir!
Ocurre, sin embargo, justo lo contrario: el sujeto considera que es una suerte de estúpido e inocente alborozo liberador la fuerza que le sostiene el impulso para que no se tuerza y acabe abandonando su abandono. La lucidez de la necedad, el reencuentro con la epifanía de la santísima simplicidad, son verdaderos empujones que le obligan a ponerle hitos al campo gozoso y universal de su desquite, para quedarse con la presencia consoladora de la acidia lúdica e insensatamente parlotera.
Sentimientos encontrados, de pérdida y de hallazgo, le batallan en la tinta. Y le asombra la naturalidad -no exenta de cierto liviano sentimiento de culpa- con que puede el sujeto levantarse un buen día y reconocer que está exhausto, que ya no puede más: que le ha sido imposible seguir Ordet en la pequeña pantalla; que, literalmente, le ha resbalado por los ojos y el entendimiento el televisivo Los ángeles exterminados de Bergamín -con un jovencísimo Flotats entre los cómicos del carro de Tespis-; que La muerte de Virgilio le ha sumido en un estado de cataplexia; o que le es imposible retener ni la sombra del reflejo de una sola idea de cuantas, con infinita generosidad, lucidez y paciencia, ha sembrado D.R. Hofstadter en su Gödel, Escher y Bach.
 Ese choque frontal entre la pérdida y el hallazgo se sustancia en la nueva perplejidad con que el sujeto asiste a la consolidación de su abandono: no ha llegado a ser culto, pero tampoco el ala de la imbecilidad le ha macheteado el rostro hasta dejarle impresa la máscara de su identidad necedaria, de momento.
Con anterioridad, el sujeto, aún afanado con absurda y deletérea tenacidad en serlo, se preguntaba en qué consistía ser culto, cuál era el paradigma de lo culto. Y sin tener un vademécum, sí que disponía de un repertorio de referencias que, no sin ambigüedades, le mostraba la docta Tule soñada. Sólo la nómina escueta de ese canon serviría para llenar, por lo menos, las próximas cincuenta páginas. (Ése es el pecado capital del diletantismo: ir de las capitales a las ciudades provincianas sin discriminar para hacer valer el tiempo y el esfuerzo!
Con ser una situación relativamente placentera, la del sujeto que se entrega al abandono de la cultura, a la renuncia -y ésta en modo alguno está teñida de misticismo; salvo, si acaso, porque comparte con éste ese anonadamiento que les es común-; con ser, decía, una situación en apariencia bendita, no conviene olvidar la delicada situación en que queda el sujeto que renuncia al dictado nietzscheano:  la mejor máscara es el rostro, y se ofrece desnudo con su osadía a cuestas, y a pecho descubierto.
Sufre una doble marginación: la de la cultura aristocrática y la de la imbecilidad mesocrática. Queda, pues, en apariencia, en tierra de nadie. Lo que vale tanto como decir que no verá a nadie en su tierra; una tierra desértica, pues, que habrá de atravesar entre penalidades y soledades para, consolidada su decisión, pisar la tierra prometida donde bullen los mortales y tejen sus absurdos destinos.
El sujeto renuncia, y es obvio que están de más las explicaciones pertinentes, a la figura foucaltiana del loco o a la medieval del apestado para describir la situación del osado que no solo ha descubierto su vía de liberación, sino que además la ensaya para falsarla e intentar, quizás neciamente, dotarla del estatuto solemne de verdad; pues bien sabe, desde que leyó en Unamuno lo que éste leyó en Sófocles, que la verdad puede más que la razón. Y ha de disculpársele de nuevo el recuerdo, ya que no cita, aunque la memoria, de por sí tan flaca en todos, no necesariamente se contradice con su discreta profesión de fe.
El sujeto no recuerda tampoco cuál fue la última lectura con que se despidió de esa presión inhumana de la que ha conseguido liberarse antes de sucumbir a ella, y no es retórica anacrónica. A una persona realmente culta -¿existe?- no le agobian sus ignorancias. A un diletante pueden matarlo. De lo último leído sólo una idea se le quedó con fuerza en esa flaca memoria de la que ahora ya puede dejar de presumir -puesto que es socorrida afectación de los cultos-; e incluso estaría dispuesto a admitir que fue la que le impulsó a coger la pluma y ofrendarle, en estas líneas, la más acabada expresión de su sinceridad y agradecimiento.
Francis Crick, afamado y laureado doctor, venía a decir que el cerebro humano no evolucionó a partir del descubrimiento de verdades científicas, sino para que fuéramos capaces de sobrevivir y de dejar descendencia. A duras penas cumple el sujeto académicamente con lo primero; y por dos veces, gozosas, ha realizado lo segundo. Quede bien claro, porque no se vea pueril el goce -o humano, demasiado humano: pues solo los ñoños verán el aleph-, que si los mamíferos sobrevivieron a otras especies más poderosas fue por el cuidado, por las atenciones, que requería la prole.
Aclarado lo anterior, que más parece un acto de soberbia diletante y que el sujeto, en consecuencia, juzga ya impropio de él, es hora de continuar con la descripción de esa suerte de soledad que se convierte en el árido paisaje de quien se presta al abandono radical del empeño de adquirir el estatuto de culto, una paradójica carta de naturaleza que en modo alguno, y ahora lo ve más claro que nunca, hace libre a ningún ser que se empeñe en adquirirla, y mucho menos feliz.

martes, 31 de julio de 2012

Ensayo desaseado I





Hoy no tengo el día culto, la verdad.



   Preámbulo

Cuesta horrores escribir el título que encabeza estas líneas, sobre todo después de haber estado el sujeto media vida -en el supuesto de que pueda llegar a centenario- hecho un menesteroso azacán de ese pozo sin  fondo del conocimiento y del arte. Viene, así pues, el sujeto a estas líneas, enchandalado de vergüenza, a reconocer sus debilidades -que ni siquiera incluyen un pensamiento débil-, en un ejercicio de autoflagelación expiatoria que busca el eco cómplice de tantos otros que, como él, puedan hacer íntimamente suyo ese sincero y aún no sabe si doloroso reconocimiento, pues de lo que se trata, de lo que tratará de aquí en adelante, es de si es capaz de asumir esa decisión con todas sus consecuencias, si será capaz de estar a la altura de las circunstancias que, por decisión propia,  va a cambiar para que la vida le cambie, radicalmente. En el fondo es un rezagado, y, quizás por ello, su doble condición de aristarco y pecador tardío -que no Pablo caído- le han permitido tener la perspectiva necesaria para devolver a los demás, en el espejo de sus flaquezas, su verdadero rostro, o al menos este de la equívoca renuncia; pues ya desde la célebre, iniciática y plañidera sobremesa acristalada conoció el sujeto a pioneros del abandono, auténticos profetas de la lasitud y solemnes catadores de la inanidad gozosa, o del gozo de lo inane. Y si en aquel entonces, ya lejano, no le cabía en la cabeza que alguien quisiera vaciársela, hacerse algo así como un precibernético formateado del disco duro; hoy lo que le sale de ella es este discurso catártico en cuyo comienzo está obligado a reconocer a aquellos pioneros vitales su arrojo, su temeridad, su perspicacia y su lucidez. Émulo suyo, pues, es hoy el sujeto, y con la esperanza ilusionada de haber aprendido en el ejemplo de aquéllos la lección sobre cómo no desperdiciar en las tareas atormentadoras de su antiguo afán el medio siglo que aún le queda por delante, si el cuerpo aguanta y la salud le acompaña. La otra cara -no menos especular- de ese reconocimiento es la sensación de ilimitada libertad que le permite al sujeto enfrentarse a un enunciado tan ominoso y, sin sacar pecho, claro, asumirlo y seguir el propio camino, más ligero de equipaje, liberado de la ansiedad y con un desparpajo decidor que le permite salvar las distancias biográficas para recuperar la insolencia de la adolescencia fatua, aquella sobre la que  el tiempo –Cronos hubiera dicho el sujeto antes, llenándose la boca de oes omnipotentes, fascistoides...– dictó una fetua que hoy, en estas líneas, parece cumplirse. Es, al cabo, un viaje de ida y vuelta. De las tinieblas osadas de la ignorancia, pasando por la imposible conquista de las luces, hasta la liberación de la máscara del afán, que a su modo también era coraza reichiana, para sumergirse de nuevo en el abandono  placentario de este discurso liberador y, por insensato, atrevido, amén de confuso, aunque entrañado. En estos tiempos en los que del excitante aburrimiento democrático socialista  pasamos a la apabullante, autoritaria y tediosa mediocridad universal popular, para acabar volviendo a la desarticulación del discurso silabeado del ¿nuevo? socialismo,  el sujeto ignora si su acidia es un signo de los tiempos o el tiempo de un signo que niega todos los demás y, con ellos, las teorías que los han forjado, encumbrado y sostenido. Coherente con su actitud, es obvio que ni siquiera se va a levantar para verificar que la reedición de la Oceanografía del tedio bien pudiera, en parte, disculpar estas líneas, entre las que esa  mención -y ésta es una de las muchas disculpas que irá pidiendo el sujeto por la contradicción inevitable de ornar el discurso con esos viejos oropeles de aquellos tiempos heroicos de su afán- aparece bañada con el aura nostálgica de los viejos daguerrotipos familiares cuyos representados nos son tan extraños que apenas sentimos por ellos más allá de la curiosidad natural que nos inspira todo lo desconocido . Ya han sido sugeridas algunas de las virtudes escondidas en su confesión, pero cabe añadir algunas más. Entre ellas, el placer del decir sin que se advierta -porque no existe- el propio esfuerzo del decir. Es fácil suponer que la negación de la cultura, de esa tan alta que nos corta la respiración y nos arrebata la vida, porque en los aledaños de su cima casi no nos llega el oxígeno al cerebro, implique también la del estilo. Aunque le esté feo recordarlo, porque una cita clásica en estas líneas es un insulto a su determinación (¡otra disculpa que sumar a la anterior!), por fin puede decir, con Juan de Valdés: escribo como hablo; aunque el sujeto nunca ha tenido a gala ni galardón hablar como escribe. Claro que ha escrito poco y ha hablado menos, pero eso no viene a cuento. Lo trascendental es haberse escapado de la  uniformizadora rueda de molino que tritura las prosas y darse el gustazo (¡bastante incongruente con su decisión, todo hay que decirlo!) de dejar correr el plumín a sus anchas, con la espontaneidad de quien, al fin y al cabo, se confiesa; muy lejos, pues, del cálculo estrecho de quien ya no es: aspirante al inalcanzable -y por supuesto que inasequible- estatuto de culto. El sujeto no quisiera que se confundiera su actitud con la del diletante, pues éste -y él lo sabe porque lo ha sido hasta hace bien poco- no deja nunca de querer trepar por esa escarpada ladera de la alta cultura, aunque por cada metro conquistado retroceda diez al tropezar, pongamos por caso, en el Wözzek de Berg, dejando ante sí la estela de un alarido imponente y desgarrador, amén de atonal. El sufrimiento del conocer, ese dolor que siempre engendra la sabiduría, como aprendieron tantos en el Eclesiastés -y todos en los palmetazos de los maestros durante la Dictadura-, cuando lo volvían del derecho y del revés para negar o afirmar su índole precursora de ese otro profeta de la nada cuyo ser saltó hecho pedazos en una vengativa, obscena y ejemplar ceremonia del adiós...; ese sufrimiento, en definitiva, ha contribuido no poco a la adopción de la actitud presente del sujeto. Y no quiere saber si esa actitud le reduce de verdad al presente presente, al presente gestáltico;  le es indiferente.  Renunciar a la cultura no es abrazar la imbecilidad, cree el sujeto; ni tampoco buscar la ataraxia; aunque tal vez algo de ambas se le acaben pegando a las suelas cuando inicie su camino por ese territorio ignoto y extraño hacia el que su decisión de hoy le arroja. Está por ver. Quizás estas líneas no sean sino una demolición del yo y de sus máscaras, un suicidio ontológico. Pudiera ser... El sujeto no se opone, aunque tampoco está dispuesto a colaborar. Tan es así que renuncia a extenderse sobre la apasionante vida de Fritz Perls, el demoníaco genio creador de la terapia Gestalt, y cuya vida es una sinfonía cinematográfica en la que, si bien guionada y rodada, sería capaz su director de alcanzar el misterioso don con el que extraer volúmenes del tiempo, que dijo un afamado crítico de un refinadísimo Antonioni, copiando a un genio del séptimo arte... Y en su memoria, al conjuro de ese nombre archiculto, estallan estrepitosos, barahúnda infernal, todos los silencios del mundo...; del mismo modo que al recordar a ese crítico se le encarna ese volumen, en modo alguno intemporal, sino con la fecha de caducidad bien pasada, como la muestra de la más encumbrada pedantería, el más perfecto y acabado simulacro de esa cultura más altiva que alta, cimera y, forzando la cadena, siempre con un sí sabe qué de cismática, en tanto que cisquera... Ese sufrimiento, volvamos a lo que nos ocupaba y entretenía, ha logrado embotar la percepción del sujeto, de ahí que el hastío que le ha invadido no solo lo señorea, sino que también le seduce. Quedó dicho que otros antes que él se habían rendido a su canto mitológico; pero en él han dejado, tampoco sabe si como único bien o como una absurda impostura, las fuerzas necesarias para intentar la descripción de esa seducción, o de ese encuentro, mejor dicho, entre quien quería oír el canto seductor del abandono y la propia voz, dulcísima y acariciadora, de éste.
(Continuará)





viernes, 6 de julio de 2012

Noel Clarasó: El asesino de la luna




Un  escritor parcialmente olvidado: Noel Clarasó.

                           Noel Clarasó i Serrat (1902-1985) Nació en Alejandría. Fue hijo del conocido escultor catalán Enric Clarasó i Daudí, cuya obra se centró en la escultura funeraria, vertiente creativa en la que consiguió no pocas  obras de mérito, como el Memento homo, galardonada con la medalla de oro en la Exposición Universal de París, y en la que se representa al hombre cavando su propia tumba, según puede verse en el Cementerio de Torrero, en Zaragoza, porque allí preside el panteón de la familia Aladrén, si bien en el de Barcelona hay una copia; o la excepcional Alegoría del Tiempo, una pieza deudora del Moisés de Miguel Ángel, representado en el acto de arrancar las hojas del libro de la vida. Enric Clarasó fue activo miembro del modernismo catalán, en compañía de Casas y Rusiñol, de quienes fue íntimo amigo.
                           Nuestro autor, cuya futura dedicación humorística debió suponer para él una rebelión en toda regla contra la severa dedicación artística de su padre, inició la carrera de Derecho, pero no la acabó. Fue Técnico del Ayuntamiento de Barcelona, en el área de parques y jardines, actividad profesional a la que dedicó varios libros. Fue también articulista en La Vanguardia. Sus artículos se consiguen en PDF en la hemeroteca del diario y constituye un placer leerlos de forma gratuita. Noel Clarasó es lo que se conoce aún en nuestros dias como un escritor “todo terreno” capaz de escribir, con un altísimo nivel de calidad, una biografía, un ensayo luminoso, un libro de autoayuda, hacer traducciones, cultivar la novela, el teatro y, sobre todo, sus muy conocidas compilaciones de aforismos y frases célebres, disciplina en la que se convirtió en todo un experto y que influyó decisivamente en su manera de escribir. Incluso creó un heterónimo, León Daudí con el anagrama de su nombre propio, Noel, y el segundo apellido paterno, heterónimo al que dio carta de naturaleza al incluirlo en su célebre Antología de textos y citas, de Ediciones Acervo, donde recoge 61 aforismos de su personaje. Como Daudí publicó, además, en la editorial Zeus, tres manuales muy interesantes (hoy solo accesibles a través del circuito de segunda mano, muy activo en Internet): Prontuario del lenguaje y estilo, 1963. Prontuario de citas célebres, 1964 y el  Prontuario de poesía castellana, de 1965. Fue un seguidor aplicado de la escuela de las Greguerías de Ramón. De ahí su libro Observaciones y máximas de Blas, precedente, sin duda, del Diccionario de Coll.
                               Clarasó se hizo famoso en España por haber sido guionista para TVE, para la que escribió series como Tercero izquierda (La obra teatral original en la que se inspira, del propio Noel Clarasó, ya había sido llevada al cine por Francisco Prósper en 1963, con el título Confidencias de un marido), con una pareja de actores excepcionales: José Luis López Vázquez y Elvira Quintillà, o Hermógenes Pérez, para servirle (con el sosísimo Carlos Larrañaga –que se redimió como actor, sin embargo, en Los gozos y las sombras, de Torrente–), donde volcó su particular humor blanco y escéptico, muy próximo al de los creadores de La Codorniz y a autores como Mihura o Jardiel Poncela. Fue guionista de José María Forqué en la adaptación que éste hizo de su novela El diablo toca la flauta, novela muy próxima a la que aquí nos ocupará en breve: El asesino de la luna. 
                                  Noel Clarasó es un escritor que pertenece también a la literatura catalana. Fue el último ganador del prestigioso Premi Crexell, en 1938, con una obra Francis de cera, que aún sigue inédita, hasta que en 1982, ya en democracia, volvió a reanudarse la concesión del premio. En 1956 publicó El gep i Un camí;  en 1968, L’altra ciutat y, muy poco antes de fallecer, en 1984, publicó: Un benestar semblar: novel.la. Ni que decir tiene que es un autor absolutamente marginado en la literatura catalana, para la que simplemente no existe, y un autor al que conviene otorgar, en la literatura en castellano, la importancia que merece una obra como El asesino de la luna, tan llena de propuestas innovadoras que se adelantaron más de medio siglo a su tiempo.
                                   Como jamás tuvo Clarasó un no para cualquier proyecto de escritura que se le ofrecía, fue el autor de una suerte de libros que caen dentro del marbete de la miscelánea, muy propio de un genero “cajón de sastre” que también tiene su tradición en nuestras Letras, como lo atestiguan Suárez de Figueroa, Juan de Zabaleta y otros autores como Diego Torres Villarroel, autor de almanaques, como el buen Lichtenberg, por cierto. De sus muchos libros del primum vivere, quiero destacar El arte de perder el tiempo, un texto transversal, muy del gusto de la actualidad. Su contenido bien puede considerarse como un antecedente lejano del contenido de muchos de los blogs que abastecen la red de sueños truncos o fecundas obras inéditas.
                                   A pesar de todo lo escrito, puede considerarse bastante pobre la información que hay en internet sobre Noel Clarasó, e incluso sorprende que sólo pueda hallarse de él una fotografía, más próxima a los arrebatos funerarios de su padre que a las risas de su propia idosincrasia. La mayor parte de la información tiene que ver con su faceta aforística, que me interesa sobremanera, pero no para esta ocasión. De este contacto con tan notable autor, me impongo la grata obligación de leer tres títulos que buscaré a toda costa: Historia de una familia histérica. Novela de malas costumbres; Mi barrio feo. Novela de la vida posible, y El libro de los tontos. Con esas lecturas creo que estaré en condiciones de hacer una valoración casi definitiva del autor.


EL ASESINO DE LA LUNA

                                  Y ahora vayamos con el verdadero objeto de este estudio. Lo descubrí, como todas mis lecturas inolvidables, en un montón de libros viejos en el mercado de Sant Antoni, de donde salgo, siempre, con un soberbio ataque de urticaria producido por los ácaros del polvo que se reúnen en aquel recinto todos los domingos para celebrar su victoria sobre las esperanzas, los orgullos y las fatuidades de los aspirantes a celebridades literarias. No me demoro mucho en la elección: la experiencia me permite, con una breve cata, volver para mi cueva relamiéndome por el futuro placer que me deparará la lenta lectura de la pieza cobrada con tan poco esfuerzo y   desembolso. No tuve más que abrir la cuarta página del volumen para descubrir en el epígrafe que podía estar ante una obra nunca leída como yo estaba dispuesto a hacerlo: Pasiones, acciones y reacciones de un hombre que pretendió comprender demasiado pronto el sentido de la vida, escritas según una referencia de tercera persona, hecha de memoria sobre un relato original de viva voz. En el relato estaba la vida de un hombre; en la referencia la de otro, y en este libro la de todos, yo incluido. Quédate, lector, con la que más te guste de las tres cosas.
                                   En efecto, henos aquí ante la famosa mise en abyme propia del género de la autoficción con  la que se despista al lector para que nunca sepa a qué carta quedarse sobre la identidad del narrador, del personaje central o del autor. Este juego de matrioskas lo lleva a cabo Clarasó con una habilidad notabilísima, según se puede juzgar por el epígrafe que acabo de transcribir. Se trata, pues de una obra  sumamente moderna, de inspiración deconstructivista avant la lettre, con esa indeterminación del autor, el narrador y el personaje que presagiaba lo que después, capítulo a capítulo, se fue convirtiendo, a medida que leía, en un acabado ejemplo del novísimo género de la autoficción, aunque con reparos. Clarasó se propone esclarecer el significado del concepto autobiografía y la imposibilidad de acceder a una comprensión clara del término o, en su defecto, a una definición que permita la complicidad del lector. De hecho, al lector se le mete siempre en un embolao del que con dificultad puede salir, porque el propio narrador no tiene claro en ningún momento que lo que se trae entre manos acabe teniendo un significado claro o preciso.
                                     La situación de la que partimos, un autoinculpado, ante el juez de guardia, de haber asesinado a la luna, tiene ecos del humor del mejor Mihura, del más inspirado Jardiel y del lirismo absurdo de Tono. A través de un extensísimo monólogo fragmentario, el narrador multiplicará sus historias, como Sherezade, ante los oídos agradecidos de un juez que comparte el vino y la noche con él para que no cese el manantial de historias, la mayoría de ellas interesantísimas y muy divertidas, que le servirá para distraerle en su inacabable noche de guardia. Lo primero que atrae al lector es el intento del narrador por escribir su biografía, pero antes, y en vez de la tópica captatio benevolentiae, despliega el narrador, a modo de introducción,  ante los oídos incrédulos y perplejos del juez, que actúa como sustituto del lector, un brillante ejercicio de crítica literaria en que repasa la aparición de la luna en textos de escritores como Nicomedes Pastor Díaz, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, José María de Sagarra, Mauricio Bacarisse, Jorge Gillén, Juan Larrea, Lorca, Alberti y Shelley, para llegar a la conclusión de que no podía haber dejado de hacer lo que ha hecho: asesinarla. A partir de ahí, bien puede decirse que el narrador se ha granjeado las simpatías del lector y su aquiescencia a lo que le proponga como aventura narrativa, un reguero de historias que seguirá con el interés de quien va sorprendiendo en cada capítulo algún rasgo de interés, y el primero de ellos la rica personalidad desengañada, escéptica y bien humorada del narrador, trasunto evidente del propio autor. Es importante esta identificación y nuestro asentimiento porque ahí se fragua el contrato de complicidad que nos permite, como quería Bousoño en su teoría poética, asentir a las propuestas del autor, por inverosímiles que sean las historias, todas ellas de apariencia realista, que nos ofrece.
                               El segundo fragmento, después del primero dedicado al marco narrativo, su estancia en el juzgado, que abre y cerrará la obra,  se titula Biografía desordenada, y su primer párrafo es esclarecedor: Soy un hombre sencillo, sin aspiraciones, cobarde, aconsejado, de ideales mezquinos. Un hombre en tono menor. De tipos como yo, repetidos hasta la saciedad, se forman las multitudes de fácil manejo. Tengo más de masa que de individuo. Nadie me advierte en la calle y sólo quedo bien en las fotografías de grupo (…) Y en donde mejor me hallo es como parte de un todo clasificado que diluya la personalidad: en una cola o en la sala de espera de un dentista.
                                  Los lectores de este Diario habrán advertido enseguida el nexo evidente entre este asesino lunático y el manzanero Juan Poz  que aspiró a fundirse en la masa vecinal para escapar al yugo ridículo del malditismo. No acaban ahí las semejanzas, pero no quiero arrimar el ascua a mi escuálida sardina, sino poner de relieve las virtudes nítidas de este poderoso cuento de cuentos que sabe hechizar al lector con la personalidad de un narrador muy de nuestros días: escéptico, irónico, cercano al silencio, amante de la belleza, sensible y muy alejado de los tópicos aldeanos al uso de la España vulgar.
                                  Llama la atención, de la estructura del libro, que cada fragmento se abra con un aforismo del autor y se cierre con otro ajeno, en una suerte de círculo de sabiduría que le permite al lector no sólo distraerse sino aleccionarse, amparándose el autor en el tópico horaciano del docere et delectare (aunque a veces lo vemos más cercano de la catarsis aristotélica), pero sin énfasis ninguno. Antes bien, la presencia del aforismo en el plano estructural se acaba contagiando en el plano estilístico y es muy frecuente que la narración esté salpicada de aforismos que nos revelan, tanto como los hechos, la compleja y atractiva personalidad del narrador/asesino. A su manera, el narrador exhibe, así, su parentesco con otros narradores autobiográficos como Guzmán de Alfarache,  trasechador de moralejas, o con otros de prosapia aforística como el Tomás Rodaja de una obra maestra del género aforístico que es El Licenciado Vidriera.
                                  No deja de ser irónico que el protagonista sea librero, y que lo sea, además, a domicilio, como si la literatura no pudiera venderse más que de tú a tú en el ámbito acogedor de la vivienda propia: Uno de aquellos clientes, el que compraba más, creía de buena fe que ser intelectual consistía en exhibir una biblioteca muy nutrida. A mí aquella opinión me divertía y me chocaba. Pero después, con los años, he sabido que no era más equivocada que otra. He aquí un ejemplo elocuente del tono elocutivo del narrador, a medio camino entre el Machado de los  Proverbios y Cantares y el Lichtenberg de los Aforismos, pasando por la herencia evidente del narrador de Amor y pedagogía, donde habitaba, ¡no lo olvidemos!, otro eminente aforista: D. Fulgencio de Entrambosmares.
                                   El protagonista, que lleva durante toda su vida una existencia gris y triste, no simpatiza ni con el mundo ni con sus habitantes, y no pierde ocasión de manifestar esa animadversión y un pensamiento nihilista muy propio de las personas reflexivas y sensibles: El hombre suele tener un gran corazón y una pequeña inteligencia, al revés de lo que él supone; y en vez de seguir los impulsos del corazón se confía a su miseria intelectual. De ahí que el hombre sea: aburrrido y monótono. Cambia de costumbres porque las costumbres son tontas e innecesarias; las impone el clima o una tradición que sigue por pereza de pensar. El personaje, expuesto desde muy joven a las fuerzas del mal, como remedo del antihéroe de la picaresca, enseguida descubre los códigos esenciales de la existencia: Era la vida, así, y yo era una parte de la vida. Desde entonces la trampa, la ficción, el engaño, la mentira, el disimulo, el logro de un bien a costa de un mal ajeno y el ponerse algunos de acuerdo para fastidiar a otro me han parecido sentimientos y acciones naturales en el hombre. O esta otra desoladora constatación: El ideal no existe. Esta es una palabra que no corresponde a ningún significado y que se ha introducido en el diccionario para envenenar el sentido de las otras palabras. Es una palabra que se goza en el mal y sólo hay una manera de librarse de su influencia: suprimirla.
                                    El protagonista parece aquejado de erostratismo, pero sólo si consideramos superficialmente sus acciones, porque su desengaño es de tal naturaleza que se lo lleva a él mismo por delante, hacia una quimera que, como confiesa, le permita evadirse de su sinvivir: Sé que mi vida de ahora, pequeña, desvaída, anodina, sin emoción, sin agresividad, sin placer, sin un resquicio abierto a lo inesperado, ha de ser hasta la muerte una repetición de sí misma. Y para soportarla en paz he repetido mi hazaña de la niñez. Entonces incendié el taller de cajas de cartón para librarme de él. Ahora he asesinado la luna para librarme de ella. Esos atropellos son la única posibilidad de los que no sabemos evadirnos.
                                    A lo largo de los 71 fragmentos que componen el libro hay muchas vetas reflexivas muy interesantes, pero en estos tiempos de la metaliteratura y la autoficción, las meditaciones acerca del arte de narrar, de las condiciones de la biografía, de la naturaleza de la ficción, etc., cobran un interés evidente para lectores que han tenido que vérselas con múltiples ejercicios narrativos en los que se juega con los límites de los géneros e incluso con la existencia objetiva de los mismos, de ahí que se lean con placer no pocas reflexiones como las siguientes, tan explícitas que me evitan tener que dar explicaciones innecesarias. No quiero dejar de constatar, no obstante, la pureza y pertinencia de estas meditaciones, tan por encima de las de tantos y tantos aprendices que se nos publicitan como valores consolidados de nuestras Letras actuales, y a quienes la simple mención de Noel Clarasó les debe de provocar un repelús parejo al de ser considerados  epígonos menores de Arturo Reverte:
1.La vida se vive bien, a veces, pero siempre se explica mal. Un episodio cualquiera real, un choque de carácter, una agresión, un amor, una sombra de pasión enseña cien veces más que un montón de libros. Pero también distrae menos. A la vida le falta emoción, sal y vinagre de lo raro y lo inesperado. A los libros, no. La habilidad del escritor consiste en salpicar de emoción falsa las escenas vulgares sencillamente humanas.
2. Las novelas corresponden también a los dos únicos tipos: las que describen la vida de las personas y las que hacen vivir a los personajes.
3. ¿Qué valor tiene ser protagonista de una historia? Ninguno. El caso es que la historia exista y poderla contar y hasta desfigurar. Todo el valor está en lo que cada uno pone de su parte al desfigurar la primitiva historia. Pero los hombres preferimos, quizá para dar menos explicaciones, atribuirnos todas las historias y presentarnos siempre como  protagonistas. Es más cómodo.
     Yo también algunas veces me apodero de las historias ajenas y me revisto de ellas como de un ropaje prestado. Algunas me caen pintadas. En otras me muevo con torpeza. Y así se escriben las historias y se inventan las biografías. Los que no hemos tenido argumento ni hemos sido jamás protagonistas del verdadero drama o de la aventura esencial, no tenemos otro remedio, si queremos llamar la atención, que inventar una biografía, darle una cierta unidad, descabellarla un poco después para que parezca más auténtica e introducirnos en ella, de noche, como un ladrón.
      Todos podemos inventar un pasado. He aquí una idea maravillosa. He repetido tantas veces algunas historias falsas de i juventud, las he enriquecido con tantos detalles verosímiles que ya las veo ahora como las imágenes de un auténtico film de mi vida.
                           ¡Cuánta levadura en esas tres reflexiones! ¡Cuánta perspicacia! ¡Cuánta sabiduría literaria! Y lo más importante, expuestas todas con la sencillez de quien no tiene que demostrar nada a nadie, porque Noel Clarasó no mendigó un reconocimiento que no buscaba, como le pasa a Zafón. Él era consciente de su arte y, al menos en esta novela/ensayo, lo derrochó con una generosidad que espero, a partir de esta recensión, tenga el aplauso que nuestra historia literaria le debe.
                           Me reservo para casi el final un “apunte” que, aparecido en esta novela, que es del 47, muy anterior al de Canetti, dedicado a John Aubrey, en 1978, permite comprobar el clasicismo vanguardista (valga el oxímoron) del planteamiento de Clarasó. A quien leyera mi entrega sobre Canetti le sorprenderá leer lo siguiente:          Me gustaría escribir en forma de biografías breves la historia de toda la gente que he conocido. Cien, quinientas o mil biografías; no lo sé. Todas anodinas y sin argumento. Una breve pintura del personaje y un final inventado, porque la mayoría de la gente que he conocido aún vive.
          Aparte el final, creo que se podrían escribir casi todas con las mismas palabras, sólo cambiando los nombres de los protagonistas. Y, sin embargo, somos todos distintos. No existen dos rostros iguale ni dos voces que se confundan. ¿Qué hay en la voz? ¿Tan matizada es la gama del sonido que puede dar lugar a dos mil millones de voces distintas? Y no solo es la voz. La risa, la tos, el ruido de los pies al andar es distinto en cada uno de nosotros.
          Pero estos datos diferenciales no pueden constar en una biografía. Se puede decir que un personaje tenía una risa especial y su voz especial y su manera de andar. No se puede decir cómo era su voz, ni su risa, ni su gesto para distinguirlos de los demás.
          Los novelistas, en su lucha contra el adjetivo. Hablan de voces claras, estridentes, cálidas, apagadas, bien templadas, gangosas, secas, ásperas, dulces. Pero todos estos calificativos no hacen una verdadera distinción. Creo que ninguna descripción puede distinguir  a una persona de las demás. Un retrato, sí. Y quizás es tan interesante hojear un álbum de retratos como leer una colección de biografías breves.
                   Estas últimas meditaciones sobre el estilo se corresponden con otra veta que hay en la novela, la reflexión sobre el lenguaje, que ocupa un fragmento completo, el 22: Una palabra en flor, del que me limito a extractar una breve parte que expresa con toda contundencia la profunda reflexión sobre la lengua que llevó a cabo un artífice de ella, un teórico y un practicante poco dado a la verborrea y mucho al laconismo:   ¿De qué puede quejarse un hombre que ha recibido el don de la palabra y un libro en donde constan las cien mil palabras de su lenguaje que ya han sido aceptadas y reconocidas por un organismo oficial? Si no sabe qué hacer, que se dedique a estudiarlas y a distribuirlas a lo largo de su vida.
El hombre que conoce las palabras, las estudia a fondo, las domina y no las usa en vano sino en toda su pureza y su belleza, ¿qué más puede desear? El hombre desea muchos tesoros distintos de la palabra, lo sé, pero esto es debido a su desconocimiento del valor de la palabra. Y por lo mismo que desconoce su valor no se atreve a usarla y a servirse de ella como de un arma poderosa.
Muy pocas palabras son esenciales para la conversación. Casi todas expresan conceptos extremos y opuestos dos a dos: sí y no, bueno y malo, frío y caliente. Los términos intermedios no se necesitan para hablar. Pero a todo lo que existe le corresponde de verdad uno de esos términos medios. La palabra se expresa a sí mismo, pero no expresa jamás una realidad exterior.
Es sumamente difícil conocer el verdadero sentido de una palabra. Todos lo destrozamos y por falta de conocimiento hacemos gala de dar a las palabras una falsa interpretación. Las ensartamos unas detrás de otras precipitadamente, las desnudamos para no perder tiempo, les quitamos todo su valor para que luego no se revuelvan contra nosotros. Ya no es el sentido de la palabra lo que nos interesa, sino la voz, el gorjeo, la pura articulación o la inarticulación de sonidos.
Nuestras palabras son ruidos de la naturaleza. El ruido del hombre sobre la tierra. Quizá algunos hombres hablan. Los demás, la mayoría, hacen ruido.
(…)
Los hombres gozan hablando cuando nada se han de decir. Y esto estaría muy bien porque la palabra en sí es un goce. Pero ellos fingen que hablan para decir algo y pretenden atender, no al sonido puro, sino al sentido de las palabras. Este ha sido siempre su gran error.
(…)
Lo cierto es que la palabra cuanto más escasa, más retenida y más sobria, más llena es de significado. La palabra poética, la que lo expresa todo sin decir casi nada, nunca reside en las bocas de los parlanchines.
                  A quien le suene a amenaza que podría extenderme más sobre El asesino de la luna para atender a todas las riquezas de inventio, dispositio y elocutio que contiene, le consolará saber que pongo punto final a esta invitación a la lectura de una obra que no defraudará, al menos, a quienes La manzana de Poz les pareció digna de elogio y aprecio. Como los lectores de este Diario conocen mi dedicación investigadora al mundo del aforismo, y como Noel Clarasó, bien por sí mismo, bien a través de su heterónimo León Daudí, apenas es conocido hoy en internet más que por sus chispeantes aforismos de honda raigambre inglesa, quiero concluir esta presentación de su novela con algunos aforismos que, por haber sido extractados de la novela juntamente con los que, definidos como tales, encabezan algunos fragmentos de la misma, difícilmente serán encontrados en esas páginas que no le honran como se merece:
·       El hombre es un animal de costumbres, dicen, pero que se harta pronto de ellas. Creo que es el animal menos constante en sus costumbres de todos los de la creación.
·       El hombre siempre es enemigo natural de otro hombre desconocido. La amistad es un estado de excepción y el amor una excepción rarísima.
·     Las cosas que se han aprendido a hacer mal, cuanto mejor se saben, peor.
·       Un pasado, en realidad, no es nada, pero sirve de consuelo a muchas almas y de tema a muchas conversaciones.
·         Los hombres veneran la memoria de sus padres aunque no se acuerden de nada más que de una imagen falsa.
·       El ser humano es incomprensible para los otros seres humanos; solo algunos animales domésticos le comprenden. Pero estos no escriben sus memorias y no se sabe lo que piensan del hombre.
·       Una cosa es la vida y otra la novela. Una cosa es la filosofía y otra el pensamiento.
·       No tenía conversación. Sólo sabía contar su historia.
·       Me dejo engañar como todo el mundo. ¡Qué fuerza tiene la palabra! Asegure usted la cosa más absurda y alguna convicción ajena se tambaleará.
·       No es conveniente que los niños descubran la existencia de palabras que expresan una cualidad de la que ellos carecen.
·       Yo nunca he admirado a un sabio o a un político eminente. Los sabios me dan una impresión de pobres gentes convencidos de la verdad de un error cualquiera y hundidos en él. Los políticos eminentes me parecen títeres. Se les aprieta un botón y sueltan una andanada de palabras; las únicas que hay en la cajita de música. Y he admirado siempre a los payasos de circo y a los jardineros municipales que se suben a los árboles en otoño para cortarles las ramas.
·       Sí: es cierto que Dios hace llover y hace salir el sol para justos y pecadores, pero los hombres tienen otro criterio de clasificación, se dividen en ricos y pobres.
·       Como todos los hombres muy sensibles, no podía vivir solo y no dejaba vivir a los que le acompañaban.
·       Los hombres hacen las frases al derecho y las cosas al revés.
·       Hay quien sostiene que para encontrar una cosa perdida, lo primero es empezar por perderse uno mismo.
·       El hombre mejor situado para triunfar no es el que sabe dominar sus pasiones, sino el que sabe dominar las pasiones ajenas.
·       El amor es una oscuridad en donde se pierde el más avisado.
·       Sólo hay dos maneras de ser desgraciado en el amor: desear lo que no se tiene o tener lo que no se desea.
·       No hay sino investigadores temporales de la verdad. Uno permanente es una imposibilidad humana.
·       “Un día llegué a descubrir el camino de la verdad; este es el único castigo de los que nos empeñamos en encontrarla” [Paráfrasis de Rusiñol: Los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla].
·       Después de cincuenta años de vida he llegado a una sola conclusión, de la que creo estar seguro: los actos del hombre no tienen nada que ver con sus ideas.
·       Donde fueres haz lo  que vieres; pero donde fueres viejo, que los otros vean lo que haces tú.
·       Vivimos en armisticio con algunos grupos de hombres. En alianza, con ninguno.
·       Las razones aplastantes sólo aplastan si se saben expresar en ráfagas violentas de palabras.
                                ¡Qué aproveche el festín