sábado, 19 de mayo de 2012

Por atajos y de antojos...




Lúdica soledad



Las personas propensas a la soledad y al silencio (Los lectores avezados saben, sin necesidad de excursiones teóricas improcedentes, que ciertos discursos, como el presente son, también, silencio); los insulanos, decía,  somos amigos de ocupaciones raras, propias de mixtificadores como Silvestre Paradox, Pío Cid o Pierre Menard, y las más de las veces damos en extravagancias que no son sino una suerte de  digresiones de nuestra naturaleza, extravíos por atajos (y antojos) que nos llevan mucho más rápidamente de lo que incluso desearíamos, a ninguna parte, dondequiera que esta se halle. Lo único cierto es que allí donde esa ninguna parte se halle estaremos nosotros, rodeados de ausencia y acomodados en el mirador privilegiado desde donde se contempla cómo el resto de la inhumanidad se hunde en sus afanes, se ata a sus asuntos y se ahoga en sus quehaceres. Escribo en plural únicamente porque a los seres insociables, ariscos, megalómanos, egófilos y adictos al ingenio de quienes lo poseen y exhiben -¡imperecedero estímulo!- nos gusta la ficción de no ser únicos, sino miembros de  una inmensa minoría que, al modo de los masones antañones, es capaz de reconocerse, congeniar, confraternizar y sellar un vínculo de empático socorro mutuo indestructible.
Hecho el preámbulo de rigor, deambulo sin demora hacia mi propuesta. El coleccionismo es mal universal del que no me considero exento. Llevo tiempo dedicado a la colección de aforismos y a su estudio, y, con no poco atrevimiento, a su tímida creación. Uno de los rasgos específicos del aforismo es la autoría, esto es,  frente a la creación anónima del refranero, de los proverbios, el aforismo ha de ser engendrado por un autor o autora a quienes, presumiblemente deberíamos poder identificar, del mismo modo que podemos atribuir, a primera lectura, la paternidad de ciertos textos a autores fácilmente identificables como Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Goethe, Góngora, Camilo José Cela, Breton, García Márquez o Flaubert –dejo de lado, por supuesto, el problema de los epígonos, pues no son sino máscaras fraudulentas de los originales-. ¿Qué ocurre, sin embargo, cuando nos situamos ante una ristra de aforismos y hemos de emparentar cada uno de ellos con quien lo alumbró? ¿Atribuimos la paternidad de los mismos con la misma decisión que en los casos anteriores? Mi tesis es que la vocación secreta de los aforismos es el anonimato, y por ello, si mi teoría es correcta, nos ha de ser imposible, o casi, casar obras y autores con la exactitud de que podemos hacer gala en otros retos que tengan como objetivo los géneros tradicionales: la narrativa, la lírica y el teatro. Y ello porque, en los aforistas, el yo se difumina hasta borrarse ante el resplandor del hallazgo refulgente del ingenio: en-sí es una piedra preciosa, aerolito, monolito o cohete, tanto remonta...
Ahí está lanzado el reto para una tarde de domingo que se prevé lluviosa y algo fresca en las postrimerías de este mes de mayo barcelonés lleno de contrastes atmosféricos y feéricos. El próximo sábado, la solución. 

P.S. Si a algún miembro de la inmensa minoría le escuece su vanidad lectora y desea que le anticipe el resultado pueden pedírmelo vía correo electrónico, el de ver mi octavo de perfil. Contestaré con prontitud y agradecimiento.









1)    El hombre que habla como un libro es incapaz de hacer un libro que hable como un hombre.

2)    Leemos mal en el mundo y después decimos que nos engaña.


3)    Alguien dijo que la gloria no es otra cosa que la vanidad satisfecha.

4)    La excentricidad es el gran remedio de las grandes desesperaciones.

5)    Azar es una palabra económica. Evita largas explicaciones.

6)    La terquedad acusa ignorancia.

7)    En el dominio de los sentimientos, lo real no se distingue de lo imaginario.

8)    La mejor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.

9)    Cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón.

10) Por la calle del ya voy se va a la casa del nunca.

11) Las gentes vulgares no encuentran diferencia entre los hombres.

12) Un hombre solo está siempre en mala compañía.

13) Las costumbres son la hipocresía de las naciones.

14) Dos son siempre tres: tú y yo y nosotros.

15) Estudiar sin pensar es inútil. Pensar sin estudiar es peligroso.

16) No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí mismo su propio camino.

17) En este mundo, para conservar amigos, es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.

18)  La resignación es un suicidio cotidiano.

19). Después de todo, ¿qué es la mentira sino una verdad inventada?

20) Oculta tu vida.

21)  Ciertamente el hombre es como un vado; recela la gente de él antes de haberlo pasado.

22)  Quien no sabe saber, no sabe.

23)       El olfato es una vista rara.

24)       Todo lo que uno ha olvidado pide socorro a gritos en el sueño.

25)      Jamás un hombre sabio deseó rejuvenecer.

26)      En vano llama a las puertas de la poesía quien está en sus cabales.

27)      Realmente hay muchísima gente que lee solo para no tener que pensar.

28) No es lo mismo servicial que servicioso.

29)      Fotografía: ¡la verdad revelada!

30)      La tierra entera es patria para todo hombre sensato.

31)      La delicadeza es la mano derecha de la inteligencia.

32)      ¿Quién escucha disculpas cuando puede oír acciones?

33)      La verdad se parece mucho a la falta de imaginación.

34)      En lo borrado se conoce lo que se piensa; que quien no piensa no borra.



Adolfo Bioy Casares; André Gide; Ángel González; Balzac; Byron; Canetti; Cervantes; Confucio; Chamfort; E. Jardiel Poncela; Epicuro; Fernando Pessoa; Jonathan Swift; José Bergamín; José Luis Coll; Juan de Zabaleta; Juan Luis Vives; Juan Ramón Jiménez; *Lichtenberg (2); Lope de Vega; Mariano José de Larra; Menandro; Miguel de Unamuno; Nabokov; Pascal; Paul  Valéry; *Platón (2); R. Tagore; Santiago Rusiñol; Sem Tob; Shakespeare; Sófocles.



*A estos dos autores les pertenecen dos aforismos a cada uno.


sábado, 12 de mayo de 2012

Los arrabales del saber

                                                             

La tentación de la miscelánea: acampada a pie de página

           Cada cual se construye su canon, como bien lo ha predicado Bloom, por más que los propensos a la canonicidad suelan compartir, todos ellos, el tic autoritario de imponértelo con calzador, te respeten o no los juanetes de tus andanzas lectoras. Y esa es polémica muy de eruditos y graciosa de observar desde la barrera protectora del pelo de la dehesa. Piénsese que los alcornoques desencajados, pero no desarraigados, producimos bellotas, el fruto exquisito par excellence de la Edad de Oro, como bien degustaron D. Quijote y Sancho y le sirvió de pie al primero para su famoso discurso. Hay quienes leen como “por escalafón”, con servil ánimo nutritivo de cabo furriel, y piensan que “han” de leer ciertas obras inexcusablemente, pues de ese cumplimiento jerárquico se derivará el inconfundible aire de superioridad de quien “sabe”, de quien está “en la pomada”, de quien custodia el gran secreto de la revelación de los inmortales. Y hay quienes creen que han de escribir, con pomada o sin pomada antiinflamatoria para la artritis de los nudillos, y que, puestos a leer, se vuelven muy a menudo forajidos del canon y sientan su reales pacíficos en el mejor de los locus amoenus: la nota a pie de página. Tiene su historia, por supuesto: http://www.amazon.es/The-Footnote-A-Curious-History/dp/0674307607,  aunque se iniciaron en el mundo de la edición en ubicación lateral, como las glosas silenses, por ejemplo, pero yo quiero traer alguno de sus frutos, dorados  limones recogidos del fondo de la fuente, para solaz y recreo de los lectores no canónicos.    
         Avanzo que la afición es viciosa y que incluso da frutos académicos no bordes, como el  GLOSARIO DE VOCES ANOTADAS en los 100 primeros volúmenes de Clásicos Castalia, de apasionante lectura. El vicio consiste en abrir volúmenes para leer exclusivamente las notas a pie de página, marginando por completo el texto al que estas remiten. Se trata, lo reconozco de lecturas salvajes, un poco al modo de aquellos psicoanalistas berlineses que ejercían sin haber sido autorizados para ello por el Instituto Psicoanalítico de Berlín, representantes oficiales de la escuela freudiana. Libros como Segunda Parte del Lazarillo o Segunda Celestina, amén de otros como El pasajero, de Suárez de Figueroa y Día de fiesta por la tarde, de Juan de Zabaleta –cuyos Errores celebrados de la Antigüedad es de las lecturas más amenas que hayan caído jamás en mis manos– me han deparado más placer en la relectura exclusiva y continuada de sus notas a pie de página que la propia de los textos.      
         En la jaima levantada en los reales de la lectura de estas notas puede uno descubrir que Hucbaldo fue quien llevó el juego pangramático a su perfección en la égloga sobre la calvicie dedicada a Carlos el Calvo: la friolera de 146 versos cada una de cuyas palabras comienza por la letra c. Que las moras deben su color oscuro a la sangre de Píramo. Que el color solferino, poco usado, afortunadamente, debe su nombre al color rojo oscuro que teñía la tierra tras la famosa batalla de Solferino, cuyas secuelas conoció de primera y horrorizada mano quien después fue el creador de la Cruz Roja internacional: Henry Dunant. Que los afrikaaners llamaban a los negros “hotnot”, drástica reducción de hotentote. Que Walter Benjamin recoge la historia del rey egipcio Sammenito,  “expuesto”, en procesión ciudadana, por Cambises a la vergüenza pública, vestido con un saco. Que el lema de Nietzsche, (Nitimur in vetitum (nos lanzamos a lo prohibido’), lo toma del libro de Ovidio, Amores, donde, completo, dice así: Nitimur in vetitum Semper cupimusque negata; sic interdictis imminet aeger aquis (‘Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega; así el enfermo acecha las aguas prohibidas’) et sic de caeteris.
              Aunque se trata de una evidente perversión de la lectura –conviene reconocer públicamente nuestras ‘desviaciones’–, resulta reconfortante no saberse solo en el ejercicio la misma. Compañero de tan digresiva afición, si bien a siglos de distancia, es Lichtenberg, de quien se hacen buenas lenguas todos los pomaderos y cuyos Aforismos –nombre que no le puso él a su obra, por cierto, sino los diversos editores –hermano e hijos del escritor– que las publicaron póstumamente – [Ejercitémonos: en inglés mantienen la ‘h’ en posthumous, y nosotros, que la mantenemos de forma tan asilvestrada, al decir de García Márquez, en multitud de palabras que perfectamente se entenderían sin ella, como la propia ‘omne’ medieval, la quitamos, impidiendo así que a simple vista nos percatemos de que ese humus tiene arraigada relación con ‘inhumar’ y ‘exhumar’]– son, sin duda, el paradigma de esta desviación que me honro en compartir con él, en quien leí que Homo pollice truncato llamaban los romanos al que se cortaba el pulgar de la mano derecha para salvarse del reclutamiento – yo me corté la visión, aumentando las dioptrías para obtener el mismo resultado–, que así quedaba incapacitado para realizar trabajos. De ahí la palabra francesa poltrón y que En la edición Schreveliana de Cicerón (Basilea 1687), la ornamentación de la letra S, con la que empieza el primer ibro del De inventione rhetórica, representa un genio que está defecando.
             No multiplicaré las pruebas inequívocas de mi vicio, por no fatigar a los lectores y para “matar la marioneta”, que es como llamaba Monsieur Teste al ahorro de la gesticulación en las conversaciones, porque esta miscelánea –un género barroquísimo, por cierto– tiene algo de esos visajes, aspavientos y cirigañas propios de los charlatanes que se prodigan hasta el aburrimiento. No me despediré, sin embargo, sin recomendar un cuento de Clarín, Un jornalero, en el que se hace una encendida defensa del trabajo erudito, apreciado por los escasos buenos lectores e ignorado por la mayoría, sin el cual no solo no podría ser yo el vicioso que soy, sino que ni siquiera tendríamos textos fiables que llevarnos a los ojos.

domingo, 29 de abril de 2012

Receta para escribir una novela mittleeuropea como migas: "Los hermanos Tanner", de Robert Walser.


 

Restaurador: Robert Walser. Plato: Los hermanos Tanner.

           Escójase un joven con predisposición a la oratoria clásica, a la reflexión y al análisis psicológico, propio y ajeno. Añádase una actitud vital que lo lleva a conducirse con arreglo a unos principios éticos y estéticos inflexibles. Rodéese de cuatro hermanos cuyas vidas discurren ajenas al personaje principal, si bien a lo largo de la novela entrará en contacto con todos ellos, aunque siempre de manera fugaz. Apenas ha de haber circunstancias reales que condicionen la vida de los personajes, aunque a lo largo del libro se hagan algunas referencias a las necesidades básicas, sobre todo la alimentación, que han de satisfacerse. En contadísimas ocasiones, sin embargo, la descripción pormenorizada de la vida real ha de irrumpir en la novela, dominada, por el contrario, por un planteamiento reflexivo que eluda lo cotidiano hasta la inverosimilitud. Cuando Simon, el protagonista, recibe una carta de su hermano Klaus, mayor que él, se niega a contestarle porque, siendo consciente de su estado actual de desdicha, no ve motivos para compartirlo con su hermano: “Al escribir nos vamos dejando arrastrar y acabamos diciendo imprudencias. En las cartas el alma siempre quiere tomar la palabra y por lo general hace el ridículo”, piensa.
Simon, el personaje de Los hermanos Tanner, de Robert Walser, es un culo de mal asiento y ama la libertad, sobre todo de movimientos, por encima de todas las cosas. No ha nacido para uncirse a un destino que lo amarre a una profesión a una localidad o a una familia: “Quiero luchar con la vida hasta hundirme yo solo, no quiero saborear la libertad ni las comodidades, odio la libertad cuando me la tiran a la cara como se tira un hueso a un perro.” Queda claro, pues, que Simon va a contracorriente del pensamiento tradicional cuyas aspiraciones clásicas le repelen. No le importa vivir incluso la degradación y la miseria si con ello preserva su independencia de criterio:  “la verdadera infelicidad no es ningún oprobio y solo puede parecerles ridícula a los espíritus y mentes vulgares, a esas personas que, burlándose de ella, no hacen más que deshonrarse a sí mismas”. Recuerda, su actitud, en cierta manera a la de T.E.Lawrence (Sí, el de Arabia…) descrita en El troquel, donde el autor narra su reincorporación al ejército como soldado raso, sometiéndose a las brutales maneras que emplean los “formadores” de la tropa sin revelar en ningún momento su verdadera identidad y su condición de coronel del ejército. La extrañeza que habita a nuestro protagonista es lo que, en cierta forma, lo hace intemporal, porque se ajusta al modelo del heterodoxo, del insociable, del solitario dueño de una moral estrictamente individual, enfrentada, por lo general, a la de la colectividad en la cual le ha tocado vivir. Así lo pone de manifiesto un alma gemela del personaje, con quien tiene un anticlimático escarceo homosexual: “Ya no puedo compartir los sentimientos de mis compatriotas. Entiendo tan poco sus preferencias como sus iras y aversiones. En cualquier caso, soy un extraño, y siento que toman a mal el que alguien se convierta en un extraño” Que esa actitud puede incluso conducir a  la pobreza no es algo que haya de arredrar a nuestros personajes: “Vale la pena ser pobre a cambio de la libertad. Tengo qué comer, porque poseo el talento de saciarme con muy poco. Me indigno cuando alguien me viene con la palabra “trabajo fijo” y los compromisos que ella supone. Quiero seguir siendo un ser humano. En una palabra: ¡me gusta lo peligroso, lo abisal, lo flotante y no controlable!” Simon, así pues, está instalado en el presente, en el aquí y ahora, con la terquedad de quien no ignora la trampa mortal que suponen las convenciones sociales, y entre ellas, la necesidad de “labrarse un futuro”: “No quiero un futuro, lo que quiero es un presente. Me parece más valioso. Solo se tiene futuro cuando no se tiene un presente, mientras que si se tiene un presente, uno hasta se olvida de pensar en el futuro.
          El párrafo anterior creo que describe sobradamente las características del personaje-tipo de la novela mittleeuropea que  cualquiera se puede atrever a escribir siguiendo esta receta. Añadamos algo más: Simon, con quien Kafka empatizó al instante, nos revela el porqué de esa empatía: “La verdad es que somos dos bichos raros, tú y yo. Nos movemos por este planeta como si en él solo viviéramos nosotros dos y nadie más”. “La vida es muy aburrida, y esto favorece la proliferación de bichos raros. Nos volvemos bichos raros antes de que nos demos cuenta”. (Las cursivas son mías). Y aún un poco más: “ se decía, ¿por qué el hombre deseará siempre la vastedad, además de la nostalgia, que es tan oprimente?”. He ahí, descrito metafóricamente, el individualismo feroz que quizás su autor, Walser, leyera en Max Stirner (“el de la ancha frente”), de cuya obra las reflexiones de Simon parecen, a veces, meras paráfrasis. Aunque es muy probable que lo leyera en Nietzsche, que fue el “descubridor”, por así decirlo, de Stirner, cuando éste yacía en el olvido de los pensadores de finales del XIX. Así lo indica por ejemplo, la descripción de la imposible fortaleza de su hermano Sebastian (vid infra).
          El retrato del personaje central de la novela mittleeuropea ha de adobarse con  una pasión por la naturaleza de índole romántica. Ése es su espacio vital: la naturaleza. De hecho, en una de las escenas más conmovedoras de la novela  –en la que los sentimientos apenas tienen cabida, a fuerza de sublimación, o por puro rechazo visceral: “Simon inclinó la cabeza. Estaba furioso por la ternura de sus sentimientos”– es el suicidio por congelación de uno de sus hermanos en una tormenta de nieve. Cuando se lo encuentra, en lo alto de la montaña, lo deja allí sepultado, sin tocarlo, formando parte de la naturaleza como las raíces de un árbol: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones (…). Yacer y congelarse bajo unas ramas de abeto sobre la nieve: ¡qué espléndido reposo!. Es lo mejor que pudiste hacer. La gente está siempre dispuesta a hacerles daño a las aves raras como tú, y a burlarse de sus sufrimientos. Saluda a los queridos y silenciosos muertos debajo de la tierra y no ardas demasiado en las eternas llamas del no ser (…). Despreciabas a tus semejantes, Sebastian. Pero esto, querido mío, es algo que solo un set fuerte puede permitirse, y tú eras débil”.
          Al cóctel narrativo han de sumársele opiniones sobre el arte, pues los familiares de Simon cultivan la pintura y la poesía, con desigual fortuna. Quizás el modelo de Walser sea el Werther de Goethe, donde el protagonista se manifiesta sobre lo divino y lo humano. No ha de faltar, pues, en la composición de nuestra novela mittleeuropea su buena dosis de reflexión sobre el arte, algo que practican, en general, casi todos los personajes de la novela, como Klara, por ejemplo, la mujer casada de quien se enamoran los dos hermanos, Simon y Kaspar (el pintor): “Por más refinada que sea la cultura, seguirá siendo naturaleza, pues no es más que una lenta invención, realizada a través de los tiempos por seres que siempre dependerán de la naturaleza”. Pero no solamente sobre el arte, pues un rasgo particularísimo de este tipo de novelas es que están trufadas de reflexiones, de carácter aforístico, que seleccionan realidades hasta cierto punto comunes pero contempladas desde una óptica original y, en la medida de lo posible, sorprendente: “No oír nada es mucho más angustioso que oír algo cuando se está en la oscuridad, con el oído atento”;  “A menudo necesitamos del delirio para mantenernos de algún modo a flote sobre el oleaje de la vida”; “Las intenciones demasiado buenas envenenan el corazón de un hombre mucho más que lo contrario”. Quedan avisados, por consiguiente, quienes no se sientan con fuerzas para esmaltar la narración con broches de ingenio semejantes a los aquí expuestos.
          El protagonista de la novela que queremos escribir, asocial por convicción y por “naturaleza”, ha de ser descrito como un ser excepcional que contempla lo que le rodea bien como un campo de investigación bien como una fuente de reflexiones morales mediante las que expresar su divorcio de lo gregario: “<<¿No es el pueblo un gran niñito pobre que debe estar bajo tutela y vigilado?>>, exclamaba una voz en su interior.” A sí mismo se ve no solo como el bicho raro del que  hemos hablado ut supra, sino como un ser cuyo destino fatal le sirve de alimento espiritual: “Se sentía a gusto haciendo cualquier cosa allí sentado, y entregándose a la idea de ser un hombre olvidado”. Regodearse en el fracaso, intelectualizándolo, forma parte esencial del ser del protagonista:  “No soy proclive a sentir una carencia como algo opresivo. ¡Cómo podría serlo! Por el contrario, hay en ella algo liberador, que aligera”. Algo parecido, aunque salvando las distancias, a la “necesidad” del “amaneramiento maldito” de Vila-Matas, quien llegó a escribir que su ideal consistía en desaparecer como Vila-Matas y comenzar una nueva carrera renunciando a su nombre y a su gloria, algo que está perfectamente a su alcance, pero que, en el fondo, le resulta tan indeseable como falso es su deseado malditismo y el ansiado olvido de sí.
          Es evidente que entre el autor y el protagonista central hay una unión tan estrecha que la novela ha de caer, por fuerza, en el apartado de la autoficción. Es significativo a este respecto que un intento de escritura del protagonista tengo por objeto su niñez: la vida en familia, los primeros estudios, donde se aprecian los conflictos que condicionan, desde lejos, su presente actual.
          Una vez que ya tenemos claro el tono de lo que hemos de escribir, conviene introducir personajes que nos permitan abordar realidades próximas o conocidas, como ocurre en la novela que nos ocupa, Los hermanos Tanner. Hedwig, la hermana de Simon es una maestra que ha perdido la vocación, lo que permite introducir una reflexión a la que serán sensibles todos aquellos docentes que sientan la tentación de la Literatura: “¡Los niños! Ya no puedo soportarlos. Al principio me encantaban sus caritas, sus pequeños gestos, sus afanes y hasta sus defectos. Me alegraba la ida de haberme dedicado a ese grupo de seres menudos, tímidos y desvalidos. Pero ¿puede un solo pensamiento como éste engañarnos a lo largo de toda una vida? ¿Puede vivirse una vida entera con una sola idea? ¡Ay de nosotros, si esa idea y ese sacrificio nos parecen un día indiferentes, si nos volvemos incapaces de seguir pensando en esa idea, llamada a sustituirlo todo para nosotros, con el apasionamiento que pueda justificar aquel trueque en nuestra alma!” Adviértase que el planteamiento abstracto ha de tener suficientes dosis de oscuridad enunciativa como para que incluso el lector más atento perciba que se ha perdido y que necesita volver a leer algún párrafo para asegurarse de que lo ha entendido. De ahí la tendencia al retruécano o a la paradoja: “No quiero ser infeliz porque me falte valor para confesarme que se puede ser infeliz por haber intentado ser feliz. Esta infelicidad es digna de respeto, no la otra: pues no se puede respetar la falta de valor”.
          A la hora de plantearnos escribir una novela mittleeuropea hemos de tener en cuenta, finalmente, que nuestro personaje central, además de todas las características que hemos ido enumerando, ha de ser un ser hiperestésico y propenso al insomnio, razón por la que el ideal de salud es, en él, más estimulante que el ideal del conocimiento: “Dormir tranquilamente una sola noche puede, según he oído, cambiar por completo a un ser humano. Y lo creo”. Se trata de un vitalismo instintivo que sin duda Walser bebió ávidamente en Nietzsche, el gran defensor decimonónico del cuerpo, los sentidos y el deseo. “¡Qué maravilla es un hombre sano, desnudo! ¡Qué dicha más grande no llevar ninguna prenda puesta, estar desnudos! Ya es una dicha venir al mundo, y no tener más dicha que la de estar sano es algo que supera en brillantez y esplendor a las piedras más preciosas, a todas las flores y alfombras bellas, los palacios y maravillas del mundo. Lo más extraordinario es la salud”.  Ha de tenerse claro que nuestro protagonista tiene entablada una dura lucha represiva contra sus “desórdenes”, de modo que, en sus palabras: “En algún momento hay que reprimir y ordenar los sentimientos, consolidando una postura”. Con todo, el sutil análisis que el personaje lleva a cabo le fuerza a situar en una dimensión abstracta aquello que le afecta emocionalmente: La desdicha es la amiga un poco hosca, pero tanto más sincera, de nuestra vida.  Ignorarlo sería bastante desvergonzado e indecoroso por nuestra parte. En el primer momento nunca entendemos qué es la desdicha, por eso la odiamos en el instante mismo en que se nos presenta. Es una compañera tan sutil y silenciosa que siempre nos sorprende sin anunciarse, como si fuéramos sólo una caterva de necios a los que se puede sorprender en cualquier momento”. Esa actitud “desdeñosa” para con los pobres de espíritu se refleja en la indignación que se apodera de él cuando se enfrenta a las personas “compasivas”: “Mi corazón es a veces muy duro, sobre todo cuando veo gente que rebosa compasión. En esos casos me entran ganas de arremeter con burlas y denuestos contra esa compasión tan fervorosa”.
          Estoy convencido de que “con estos mimbres”, como dicen los pedantes, se pueden escribir novelas mittleeuropeas por docenas; sesudas novelas que horrorizarán a cualquier editor/pegamento de los que sólo tienen como ideal estético que sus “productos” “enganchen” a los lectores (aunque se pringuen de vulgaridad). Antes, los exquisitos solían referirse al fenómeno de la atracción que ejerce el libro sobre el lector como un proceso de “imantación” o como la redicha “epifanía” que deslumbraba al desprevenido lector, pero ahora, en la era del masvendidismo (casi del masbandidismo), del lector solo se habla como “instancia” que completa el fenómeno de “lo” literario. Pero todo esto son ya palabras mayores ante las que mi escasa capacidad intelectiva se desmaya, totalmente acomplejada. Queda cumplida, con creces y con sus buenas dos horas de trajín  gastronómico, mi promesa culinaria.






viernes, 20 de abril de 2012

                                El contador de visitas no deja de sorprenderme. Hay sombras que entran y se alejan casi continuamente. Soy blog de paso. Está bien. Nada se le pide al forastero y se le ofrece el albergue de las palabras desencajadas. Nichos, es la expresión sociológica, al parecer, para hablar de dominios, de clasificaciones, de actividades, de espacios reservados, de hornacinas, en definitiva. Es lúgubre, pero tiene un sí sé qué de amable nocturnidad que me la vuelve acogedora. Urna cineraria, podría considerar que es, esta bitácora, y rumor levantisco el de las cenizas, el escaldado pósito de la existencia.
                                Nos acercamos a la gran feria de la casposa vanidad, la del San Jorge matadracenas, porque en festividad de origen tan machista, a ellas la flor, a ellos la cultura, no creo que San Jorge, aunque sea homófobo, casi como cualquier santo, matara dragones. Horrorizados por el contacto con sus lectores reales, los firmantes exitosos pensarán si no se han equivocado de oficio o de registro. La gran fiesta del día de los aléxicos (nada que ver, para los ignaros, con hipocorísticos de Alejandro) es el día del gran sainete de la mesopseudocultura. Felices y felizas desfilarán las hordas rituales con su cuarto, medio, tres cuartos o la resma entera de palabras con que entretener sus horas, las que nunca encontrarán para abrir la cubierta del libro y adentrarse en la lectura. San Jorge es el día en que los lectores que leen y compran libros los restantes 364 días del año se refugian en casa con un clásico y aguardan a que pasen las hordas de figurantes.
                                 Un artista desencajado nunca está al tanto de las novedades ni frecuenta las revistas literarias ni los suplemientos literarios -donde hay más de erario público malgastado que de letras interesantes-, llenos de hiperbólicas excelencias de los genios que crecen como senderuelos. El artista desencajado se mueve en los terrenos exquisitos de lo desconocido, de lo postergado, de lo que algunos bufones de lo metaliterario como Vila-Matas, cultivan como maldita flor de estercolero. Pongamos por caso, uno de excelencia: Robert Walser y su tan espléndida como desconocida Los hermanos Tanner. Que el autor transcurriera los últimos años de su vida en una casa de enajenados aumenta la reputación del autor lo suficiente como para compararlo a Nietzsche y Holderlin, eminentes enajenados. Si el autor, además, fue leido y admirado por Kafka, estamos en presencia ya de una "cumbre" de la narrativa europea o, más propiamente mittleeuropea, para que los exquisitos puedan orientarse con propiedad.
                                 En la próxima entrega ofreceré una receta para escribir una perfecta novela mittleeuropea que pueda ser rechazada por cualquier adocenada editorial, que leerá con horror un original que se ajuste a lo que aquí se ofrezca, siguiendo el modelo de los hermanos Tanner, tan alabada en su momento por ciertos seres singulares como ignorada por la masa sanjorgista.
                                 De Walser aguardo a poder ahorrar los casi 30 euros que cuestan sus Microgramas para poder confirmarme como lector de afines, esto es, de quienes lo hacían sin objetivo y con el único norte de la devoción a lo literario, que no siempre coincide, como bien se sabe con la Literatura. Simon, el protagonista de los hermanos Tanner es un trasunto biográfico del autor que nos guiará en la próxima entrega.

martes, 5 de diciembre de 2006

14 de febrero de 2...

La fecha me ha escogido a mí, sin duda, con ganas de choteo y babeando almíbar. Un escritor desencajado es consciente del valor de las fechas: flechas lanzadas contra los redaños con la intención de ridiculizar. Hoy, sin embargo, en día odioso y nunca cuajado, a pesar de la publicidad y de las cuantiosas inversiones de los vendedores, yo venía a este diario con la avinagrada intención de mostrar mi indignación contra los colegas argumentadores.
Acabo de oír a Molina Foix, cuya prosa, al menos la de La comunión de los atletas, me impresionó favorablemente, disertar con desmesurada elocuencia sobre su propia obra en venta, de tal manera que ha hecho imposible no sólo la crítica, sino la posible valoración del lector que haya tenido la desgracia de oírlo con esa facilidad de palabra tan engañosa, una verborrea casi de charlatán de feria.
La literatura moderna se va acercando peligrosamente a la pintura no figurativa: ha de llevar adjunta el discurso que la justifica. La mayor de las mediocridades, como la del acordeón del ínclito demediado vascongado, quiere pasar la prueba de los lectores mediante un prólogo mediático en que, por activa, muy activa, buscan convertir al receptor en pura pasividad y asentimiento.
Como cuando Polanco llegó a la reunión que fallaba un Premio Alfaguara que iba a ser para Núria Amat y, llevando con él bajo el brazo los folios de la última bobaliconería de Manuel Vicent, ordenó al jurado que se repensasen el voto, que el gran vate valenciano, gloria de las letras patrias, había escrito una obra inmortal. Y el jurado dócil lo repensó y coincidió con quien manda, como está mandado. Mendoza estaba allí, pero nunca se ha querido enfrentar a los patrones de su barquichuela de los lunes y probablemente jamás avalará esta versión que él sabe que es rigurosamente cierta. Ser un autor desencajado no significa ser sordo, que conste.
Decía que esas prolijas explicaciones con que se adornan los novelistas ad hoc del régimen consiguen, aparte de darme la envidia que los frecuentadores de estas páginas saben, sacarme de mis casillas. Menuda cantidad de memeces y argumentaciones de medio pelo tiene uno que oír o que leer en los programas de propaganda cultural del mundo prisado, el episcopado o el mundializado. Ganas dan de vomitar. Cualquier indecencia narrativa, cursilerías de insoportable y hediente calaña quieren hacerse pasar por muestras paradigmáticas de unos discursos trufados de trascendencia, solemnidad, profundidad, compromiso y otras zarandajas. Los editores no quieren obras bien escritas, sino charlatanes de feria que voceen la mercancía con esos discursos que lo tienen todo de recurso comercial y nada del antiguo discurrir. Me escurro y me voy.

sábado, 25 de noviembre de 2006

30 de enero de 2...

Cualquier Diario, aunque sea de tan limitado alcance como este mío de mis desencajamientos, debería ofrecer a los posibles lectores que se asomen a él un retrato verdadero de quien lo escribe. No se me oculta que me es difícil hacer ese ejercicio de sinceridad, y que de mí, al margen de mis escritos, nada vale un ardite, ni siquiera los traumas infantiles o las anodinerías diversas de mi adolescencia obsexiva o mi madurez desencantada.
Ni yo mismo sé en qué sentido marcó mi vida que uno de mis primeros recuerdos fuera el suicidio de un familiar que se tiró por el balcón del quinto piso en que vivíamos, o que asistiera a la flagelación inmisericorde de mi hermano mayor a manos de un padre energumenizado, mientras nuestra madre imploraba piedad llorando a raudales y protegiéndonos, bajo sus brazos, al resto de la prole...
No soy dado a las confidencias. Muy probablemente acabe convirtiéndolas en materia literaria para poder dar salida, así, a los enormes abscesos de pus que, de tanto en tanto, conviene drenar para que la infección no se me lleve por delante.
Que mi progenitor intentara asesinar a mi madre despeñándola por el hueco de una escalera debería de haber sido, quizás, uno de esos momentos decisivos en la biografía de alguien; del mismo modo que la infame intención de volverla loca con llamadas de variado pelaje: amenazadoras; silentes; jadeantes; susurrantes; sibilantes; insultantes... Y poco, en realidad, podría yo escribir acerca de esos sucesos que ninguna cicatriz han dejado en mi memoria, salvo conservarse en ella como rastro inequívoco de la ignominia y la vileza.
Estoy convencido de que cualquier mamón de la edición, de leer estas líneas, me animaría a redactar ipso facto esa historia de degradación y dolor, porque la tragedia sigue vendiendo...
Dudo mucho de que fuera capaz de hacer progresar una historia tan roturada. La invención de cada cual es capricho de las Musas que lo habitan y le dictan, y no ha de cambiar de topos ni de argumentos porque los ignorantes y los agnósicos que se dedican a la edición no sepan encajar esos mundos particulares en el amplio mapa de lo publicable. Ser fiel a la propia inclinación siempre será una virtud. ¡Y allá los mamones y sus dividendos!
El trabajo meticuloso, concienzudo, estilizado, sincero, acabará teniendo su día de gloria, ése, finalmente, en el que cobrará pleno sentido la expresión ordenancista y funcionarial del visto bueno. Con la buena vista de la lucidez leerán, en su momento, los mejores lectores mis mejores obras. Entonces nos veremos las caras y sabrán más de mí de cuanto yo pudiera recordar de cuanto he vivido.

martes, 14 de noviembre de 2006

18 de enero de 2...

No hay estaciones, para la creación. Y menos aún para los desengaños. Sí las hay, por el contrario, para las lecturas y para ciertos avatares existenciales. De esa convicción he querido apartarme leyendo a Simenon a destiempo, y la conclusión ha sido satisfactoria: es autor que traspasa las estaciones. Los cómplices es una auténtica película de Chabrol, y de las mejores. Se aprende mucho en la frecuentación del autor modesto, y algunas de sus novelas, como las dedicadas a Monsieur Hire, son auténticas joyas que sólo aprecian quienes se han quitado de encima la presión canónica de los repartidores de credenciales de calidad.
De otro estilo y de muy diferente naturaleza ha sido la otra transgresión navideña que me he permitido: El caballo percherón, de Bardin, cuyo comienzo merece los honores estelares de cualquier buena antología de comienzos novelísticos. Como mi propias obras nada tienen que ver con ese registro policial, salvo una inocente tentativa de mi segunda juventud, Levente, que duerme el sueño de los justos despreciados, aprecio con absoluta libertad el buen quehacer y el mayor enseñar de obras falsamente acogidas a los subgéneros y cuya capacidad para hacer disfrutar al lector son un premio extraordinario para cualquiera de ellos, yo el primero. Pocos serán, los morenos lectores, que no hayan colocado en una hornacina de su memoria La piedra lunar, de Wilkie Collins, supongo, ¡y deseo!, que no todo han de ser, a pesar de ocupar todo un altar mayor, The Man Without Qualities, de Musil, a quien he leído en inglés porque siempre estará más cerca del alemán que nuestro castellano.
Con este muestrario de lecturas varias quiero reivindicar, más allá de la creación perpetua, la lectura constante, y la necesidad vital de la misma, en el mismo plano de igualdad que la escritura. Todos nos quejamos del escaso tiempo que tenemos para leer, pero si pensáramos en términos de espacio, en vez de tiempo, la cosa cambiaría. Un buen rincón, un sillón confortable, una luz suficiente, un silencio denso son una provocación difícil de resistir.
No diré lo mismo de la escritura, porque, a lo largo de mi miserable vida desencajada he tenido experiencia de escribir en los lugares más inverosímiles. El hecho de hacerlo con pluma y en libretas o folios doblados me ha permitido adelantar historias en lugares insospechados y a veces en compañías no aconsejables.
En mi adolescencia desnortada y cutre hasta llegué a instalar mi chiringuito artístico –de poeta adopté entonces no sólo la pose sino la profesión en el carnet de identidad...- en una discoteca de barrio, vestido yo con una chilaba árabe..., pero estas intimidades en modo alguno pertenecen a este diario, sino a las páginas autobiográficas que quizás jamás escribiré.
Lo propio de esta entrega es la reivindicación del canon individual y, sobre todo, el descubrimiento no aleccionado, ni programado, sino caprichoso, de las lecturas de nuestra vida. Con especial cariño mantengo aún vivo en los anaqueles de mi biografía dos pequeños libritos de la extinta Plaza, de Luis de Caralt: Satán en los suburbios y El mago de Lublin, de Bertrand Rusell y Bashevis Singer respectivamente: dos revelaciones para un atolondrado muchachuelo a quien habían deslumbrado las dadaístas Historias de Cronopios y Famas, éstas sí que, paradójicamente, recomendadas, ¡y no en vano!
Pero basta, que a los seres avinagrados por el desprecio de los devotos de Mamón, editores mamones que sólo saben chupar del beneficio como si fuera una ubre o un falo, o ambas cosas, no les están permitidas las evocaciones atemperadas. Quédense, como decía, para otra ocasión que acaso sea pintiparada.

lunes, 6 de noviembre de 2006

13 de enero de 2...

Me lo temía y, para mi impotencia, se va fraguando: hay narración sobre mí, conmigo incluso, y bajo mi nombre, pero mucho me temo que sin mí... ¿O no es así? A un heterónimo le resulta todo más difícil. Se trata de la ¿inmejorable? oportunidad de acreditarme, porque si lograra algún día publicar la novela en curso, La manzana de Poz, bien que se le iban a bajar los humos a quien yo me sé, ¡archiengreído y vanisoso –sin errata, faltaba más, ¡y a su salud!- autorzucho de quinta!
De momento llevo escritos cinco capítulos y creo que aún necesitaré otros cinco más, como mínimo, para esclarecer qué sea, en qué consiste y cómo se come esa manzana del título, si es que soy capaz de mantener el impulso inicial que me llevó a escribir los tres primeros capítulos como afiebrado.
Advierto ya de que no es obra menor, sino al detalle; de que no es individual, sino colectiva; de que no pretende la originalidad a toda costa, sino llegar a los orígenes... En fin, soy incapaz de juzgarme con la severidad con que me merezco y renuncio, lo confieso sin rubor, a señalar cuantos defectos me harían rechazarla y negarme a asociarla con mi nombre en aras de la severa y frustrante excelencia a la que siempre he aspirado...
Llevo sufridas tantas contrariedades, he encajado tantos desencajamientos, tantas negativas, tantos desprecios, que incluso aunque no esté a la altura de otras obras mías, lucharé por esta manzana. Estoy tan convencido de la legibilidad e interés de la misma que, cuando la acabe, o incluso antes, haré públicos algunos capítulos en este blog de mis desahogos para que, si así lo juzgan oportuno algunos de mis tan apreciados como escasísimos lectores, me disuadan de probar fortuna con tan escaso bagaje, o todo lo contrario.
Lo prometido es deuda y sabré cumplir el compromiso.

lunes, 23 de octubre de 2006

1 de enero de 2...

¡Bendito día de soledad y de escrutinio implacable! Hoy emergen de las ergástulas las apasionadas ficciones, pálidas y desmedradas a ojos de los editores tiranos... ¡Y renuncio al juego de vocablo! Se van ordenando ante mis ojos, las temerosas criaturas, para que, canónigo y barbero a un tiempo, dicte sentencia de vida o de muerte: ¡qué dura la ley del espacio! Y cuando se es tan prolijo, conviene siempre la poda y hasta la erradicación.
¿Cómo saber que una ficción está viva, o muerta, sin haberse expuesto nunca al rechazo o la aceptación de los lectores? Bien es cierto que un disco extraíble de 512 MB puede contener cuanto he escrito y cuanto habré de escribir hasta que me incineren, pero las copias en papel de cuanto escribo ( ¡por triplicado además, por si, en dispendiosa hora, se me ocurre hacer de figurante en algún concurso amañado, con la esperanza ingenua de que algún conjurado moreno rasgue el velo de maya que me oculta!) van creciendo a un ritmo espacialmente insoportable; de ahí la necesidad del juicio y, sobre todo, de la ejecución de la sentencia.
Es rito tradicional, para mí, hacer coincidir el cambio de año con la suelta de lastre y la liberación de espacio. Al contenedor irán cuantos residentes míos del Lazareto, donde conviven todos los personajes de ficción que han sido, son y serán, yo me atreví a trasladar al papel para su no excesiva vergüenza, pues la gran mayoría de ellos no han tenido más indiscreto lector que yo mismo, por lo que pueden seguir paseándose por el pobladísimo recinto con la frente bien alta y la mirada como la tengan: desafiante, tímida, torva, aguerrida, complaciente, tierna, enigmática, displicente, satisfecha, curiosona....
Otra cosa, según mi viejo cuento, es lo que les ocurre a quienes han sido leídos por millones de ojos de todo tipo y condición: que viven, en aquel ámbito utópico, sometidos al escarnio, el desprestigio y la vergüenza de su humanización degradante, por limitada. Los personajes del Lazareto tienen vidas bastante más ricas de las que los autores que los trasladamos a las páginas somos capaces de inventar. Ahora bien, una vez que les hemos hecho vivir cuanto se nos ha ocurrido, de poco o nada valen en el Lazareto sus protestas y el curiosísimo relato de cuanto los autores no han sido capaces de conocer de ellos.
Así pues, hoy es día de liberación, de deliberación y de libre acción. Nada ni nadie me obliga, excepto yo, a la agresiva cirugía. ¿Aguantaré, como Valle, sosiado en Bradomín, la amputación de la extremidad sin exhalar queja ninguna? Harélo.

lunes, 9 de octubre de 2006

25 de diciembre de 2...

Goytisolo, Juan, siempre ha acometido, incapaz y pseudobarroca pluma en ristre, contra la mediocridad de la sociedad literaria española. Clama, maldito oficial él, contra los aires mefíticos y las prosas encenagadas que impiden que haya algo vivo en las letras españolas, antaño gloriosas, a fuerza de hambrientas y de vivir de espaldas a los reconocimientos del inexistente mercado.
Hoy, sin embargo, y más en estas fechas, el mercado dicta su ley y nos incita a cumplir con la elegancia social del regalo: nómina de propuestas en la que, en vano, puede ni debe buscarse obra suya. Goytisolo, Juan, recocido en su paupérrima ironía de bachiller esmerado, pone el grito en El País, que es ponerlo, acaso, en el cielo; pero se adivina, enseguida, que clama contra el olvido por cuyo tobogán lleva años deslizándose; incapaz, desde hace mucho, de levantar una ficción que se haga acreedora a tan alto nombre y que emparente con la famosa Reivindicación del rubio desdén fluido.
Peor suerte ha corrido su protegido larvario, aunque sigue ocupando su merecido puesto en el escalafón del malditismo marginal y perfectamente reconocido y asimilado por las capillas variopintas de la caótica república literaria. Con todo, ¡qué ternura despiertan aquellos retos a lo establecido!; ¡qué dulce se leen ahora aquellos desvaríos literales! No renegaré yo de ellos, puesto que en la anchísima banda de su estela caben estas lamentaciones desencajadas, aunque circulen mis verdugazos por los estrechos arcenes de aquélla. Minúscula es mi marginalidad frente a la de los malditos oficiales a quienes se les reconoce la palma del martirio crítico, pero quienes, en cambio, ¿o a cambio?, poseen un territorio perfectamente orinado en el que mucho se cuidan de que no haya intrusos que les muevan la silla de su desprestigio oficial.
Funciona esta jerarquización como ese Broadway al que se le van añadiendo offs siempre precarios, pues cualquier advenedizo trae, bien enganchado en el pelo de la dehesa, la fuerza del escupitajo que insulta a las vacas sagradas vendidas al negocio de su subsistencia, de su posición, de su rango, ¡y hasta de su pedestal!
Yo, como se sabe y he repetido ad nauseam, envidio a todo el mundo, incluso a quienes me mirarían como a un apestado y me leerían... ¿me leerían? Mejor no hacerse ficciones... Este Diario resentido y avinagrado, esta encíclica del esputo original, tiene sus lectores contados, aunque sé, desde lo profundo de mis depresiones bulímicas, que bien se merece legiones de ellos. Ya llegarán, suelo mentirme con aire dandyesco y errolflynesco, ¿o es otra de mis burdas redundancias? El por qué habrían de venir a leer estas líneas amargas, llenas de hiel y acíbar, requiere una reflexión volcánica para la que no tengo el cuerpo.
¡Y bien que se hartó Goytisolo de repetir que la verdadera literatura es la que se escribe y la que se lee con el cuerpo! Pues eso.

lunes, 25 de septiembre de 2006

15 de diciembre de 2...

Contra las emociones publicitarias que se acercan para asediarnos con sed de lágrimas efusivas no hay como apedernalizarse con el recuerdo de un acto transgresor. Querelle de Brest, por ejemplo. O El almuerzo desnudo. O La lozana andaluza.
¡Demasiada autocastración he soportado siempre! Las palabras acto han de liberarse de los rígidos corsés morales, ¡al menos ellas! Los actos sin palabras han de esclavizarse a su realidad intransitiva. Yo ando a medio camino entre ambos, un poco sin saber y otro sin querer saber.
Cuando uno, yo, sabe que su vida no es literatura, ¡qué tentación la de convertir la literatura en su vida! En eso estoy. Me dejo impregnar de las historias que, en el universo paralelo a este Diario Desencajado, van tomando forma. No sé si la distancia con que el narrador me trata me permitirá esa construcción mítica, porque imagino un yo todopoderoso por cuyas laderas me despeño en el empeño por coronarlo. No sé si el Juan Poz que da vueltas a su manzana, testigo depauperado de tantas vidas, extraordinarias a fuerza de comunes, en el dominio inexplorado, logrará coronar la cima de sus ambiciones. En eso está.
Hoy por hoy, sin embargo, todo se resuelve en amenaza de futuras novedades, en aguerridas campañas para asediar a los lectores con reclamos de vistosa pavisosería. Nos acechan las obras de días señalados. Lo último de... se nos cuela por la retina como un bífido sacacorchos que nos horada y saquea el monedero y la sensibilidad. Bustos estampados contra el fondo de la solemnidad ridícula nos interpelan con la pose de los prestigios de baratillo. Apellidos que sólo apelan a la rutina de los negocios editoriales, pelotazos de quienes han desertado del retador terreno de la imaginación y se han instalado en el lucrativo del oficio, todo se junta para hundir a los desencajados en su silencio de fantasmas febriles, ¡becquerianos!
Intemperie, es la palabra. Y destemplanza. Intempestivo se suma con desconfianza. Intemporal, con todo, es la epifanía de su desvergüenza, de mi hilarante descompostura.

lunes, 11 de septiembre de 2006

10 de diciembre de 2...

¡El Réquiem de Mozart está escrito en tonalidad de Re menor, como su concierto nº 20, como el tétrico acorde inicial de su Don Giovanni! También la Tocata y Fuga de Juan Sebastián. Ése es mi tono, el de este Diario, el de toda mi obra, el de mis sueños, el de mis rencores y mis envidias, el de mi soledad atrabiliaria y hediente, el de mi incomprensible vanidad, el de mis extravíos verbales, el de mi casi extinta ciclotimia, el de mis decantadas depresiones y mi consolidada fobia focalizada. Pero en mí todo suena apagado, con sordina. Es extraña la mezcla de la melanolía y la rabia, un monstruo con reacciones difíciles de prever y más aún de atemperar o de encauzar. La herida de la vanidad insatisfecha supura un pus mefítico y espeso, pero no municipal. Muy a menudo, además, me lo acabo tragando y mi cuerpo no sólo se resiente, sino que se desordena y descompone, atosigado, intoxicado, deseante e indeseado... ¡Qué vanidad más innoble y absurda que ésta de pretender convertir en literatura terapéutica, de prospecto..., los rechazos editoriales a mi obra literaria!
Es labor añadida, está claro, pero no me miento: aspiro a que mi Diario desencajado me granjee la reputación que se les han negado a mis encendidas ficciones, porque sé que me he vuelto agnóstico escultor del esputo y de la atrabilis. Al final es muy posible que unas y otro acaben cruzando sus caminos, si quien fui no se me adelanta y me acaba vampirizando... en no me imagino dónde ni con qué argumento –porque esa primera página ya mencionada bien estaría que acabara donde debe: en la papelera: la mejor amiga y confidente de cualquier escritor que se precie–, ¡pero yo sabré resistirme! Es muy probable, además, que me adelante y ocurra justo lo contrario, ¡para su sorpresa, su desconcierto y quién sabe si su metamorfosis!
¿Cómo podría convencerle de que cada cual ha de seguir su propio camino? Nunca ha sido fácil la convivencia entre heterónimos, y estamos todos sujetos a destinos más que caprichosos; pero este Diario lo he convertido en mi lazareto particular, ¡y nadie entrará que no se contamine de mi desgarrada y escarnecedora condición!

viernes, 25 de agosto de 2006

6 de diciembre de 2...

Una figuración pesadillesca se me ha atragantado como el pescado al bufón del visir en una de las expectantes noches orientales: ¡ellos, ay, tienen razón! Un poco más y me quedo en el sitio, no ya de un aire, sino propiamente traspuesto, ¡traspapelado!
He pasado revista a mis ficciones y, bajo la influencia de la fortísima impresión que me ha producido esa imaginación aleve, cruel, inmisericorde, las he visto desustanciadas, como los caldos desengrasados para los hospitalizados; anodinas -¡ah, palabra cruel entre las crueles, lápida toneládica, espesísima niebla helada!-; insignificantes... ¡Ni mías me parecían! Acostumbrado a verles todas las gracias, ¡no he soportado la contemplación de sus carencias, de sus defectos, de sus limitaciones, de sus errores, de sus desvíos, de sus fealdades, de sus necias vanidades, de sus abyecciones! He estado a punto de enviar incluso las entradas de este archivo a la papelera de reciclaje y, de ahí, ¡a la nada!, con un certero y apesadumbrado golpe de verduguíndice...
Aún no sé cómo he logrado sobreponerme a esa infición atosigante, a esa impresión deletérea, ¡a ese destino sombrío! ¡Ni quejarme podría!, tan demoledor fue el impacto de esa figuración aciaga. Los genios sólo solemos dudar de nosotros mismos como parte del juego perverso de la puesta en escena de nuestra grandeza: necesitamos una compensación sombría para equilibrar el exceso de fulguración que dimana de nuestras pompas y nuestras obras. Aun así, me he excedido. Está claro: me ha cegado el exceso de obscuridad –sic, sí, à l’ancienne-.
Les he cedido la razón a los miopes y así me luce el pelo. ¡A mí, nictálope y noctívago confeso! Una cosa es moverme a mis anchas en la noche oscura del alma y otra muy distinta que me caiga encima una ciénaga de sombras. No estoy dispuesto a transigir con esa ficción inmisericorde. ¡Nunca tendrán razón, esos juntacadáveres iletrados, frente al misterio genésico de mis ficciones! ¡Si me pudiera reír post mórtem! Seguro que lo acabaré haciendo. ¡Menudo soy yo! Bien chico, la verdad. Apenas un mierda. ¡Puro estiércol! ¡Bendito fiemo! Cada vez me siento más hermanado con Violette Leduc. Somos, en efecto, en defecto, almas gemelas. Y quien no haya leído La bastarda, eso que se pierde: cirugía mayor del alma.

jueves, 13 de julio de 2006

29 de noviembre de 2...


Me siguen castigando con sus respuestas desencajantes. ¡Nada les parece bien, ni estimulante ni curioso ni atractivo ni digno de la semiescasa inversión que supondría, publicar apenas unas cuatrocientas hojillas de nada, para quienes editan centenares de miles de ellas llenas de bodrio, bazofia y aguachirle. Comienza a hinchárseme el hígado con tanto desdén sistemático, pero, a pesar de todo, sigo emborronando decenas de archivos y folios en los que mis ficciones levantan su vida espesa y cincelada, con una voluntad artesana que poco o nada tiene que ver con los bodrios en serie que tanto les gustan a los mierditores de nuestros días, aunque cabría el mierditoras genérico, porque la profesión se ha feminizado, como la enseñanza, y quien quiera sacar conclusiones allá él o ella allá. Me he vuelto ¡empiriocríptico...!
Aquel que fui ya tiene hasta página inicial sobre mí, pero también le van a dar a él por el alambique, ¡qué cojones! Más vale que se la guarde y me deje en mi paz jobairada y jobdida, con la tejuela y la laceración del cuerpo y del alma. Sí, son como dioses esos editores del carajo, pero yo soy un agnóstico y hasta un ateote como el Guimarán vetusto, sin haber tenido comercio religioso jamás. ¡Pues no estaba dispuesto a decir, arrastrado por el orgullo, que no los necesito para nada, y que se pueden quedar en el empíreo de sus banalidades, entre los nubarrones de sus trivialidades betsellerizadas! ¡Ay, cómo podemos llegar a desbarrar los borrados, los aniquilados!, ¡los nunca estampados! ¡Y cómo duele, a día de hoy, que es año de casi siempre, la antigua bravata infantil: Te doy una hostia que te estampo! ¡Ojahermes!
Hay obsesiones enfermizas, y una de ellas es, con toda precisión, la de dejar de ser novel para convertirse en caballero real del reino de la novelería andante. Los armados dicen que nada cambia, que publicar sin publicitar es como mear en el mar, y que a veces es más digno el silencio que sufrir la indiferencia y el desdén. Quizás. Nunca se sabe. Pero juegan con ventaja. Quien fui disfrutó de esa fortuna y no fue afortunado, salvo en amores. Váyase a saber. No se puede ser escritor sin escribir, ¡y yo me jarto a ello!; pero tampoco sin publicar, tampoco sin que los desvelos de las novelas se encarnen en cuerpos de tomo y lomo, vanidosos, ufanos, narcisistas, megalómanos..., y necesariamente absurdos.
No ignoro que la visita a una librería de viejo es el mejor antídoto contra la obsesión fetichista de la publicación. ¡Cuántos cadáveres pulcramente ordenados en sus nichos anchoados! Pero ahí están, al menos, al alcance de la mano que los expolve o exborre para vivir quién sabe qué nueva, vieja o eterna vida. Lo cierto es que desde el cajón de las ficciones dormidas jamás, por sí solos, llegarán sino, herederos mediante, al contenedor de papeles y cartones. ¡Hospedarse en los anaqueles de las librerías de viejo es, sin duda, haber triunfado! Allí está el poso de lo preciable y lo despreciable, allí la joya y la ganga, allí la prueba del gran olfato y también la del moco espeso de los tasadores acatarrados, de los justipreciadores gargajientos. ¡Qué largo el camino para llegar desde la muerte hasta la resurrección! ¡Y qué frío!

domingo, 25 de junio de 2006

25 de noviembre de 2...

Monstruo barroco soy, como el viejo-niño. Pasada con creces la cincuentena, ¡qué adolescencia más granujienta que la de estas líneas henchidas de rencor y altivez! Ajadita ya la carcasa y averiadas las vísceras, qué estampa tan ridícula compone mi peregrina soberbia. Aficionada mi vanidad a las varas de medir, ¡con qué gruesa palmeta de brezo me ha castigado siempre el destino o, con mayor propiedad, los destinatarios de mis ficciones impúblicas! ¡Y con qué verde junco ha acariciado a otros!
No se me cae de ante los ojos lectores la parcialidad iletrada de Fortuna. Es cosa, lo sé, de capítulo o de epígrafe, de itálicas o bastardillas, ¡afortunadamente! ¡Suerte de la rueda que todo lo trueca! Ahora anda encumbrado MVM y, de aquí a bien poco, cuando el aire de la crítica se serene y se vista de la luz no usada de la ecuanimidad, además del rigor imprescindible, ¿en qué quedará el buen gacetillero fogonero? Si Blasco Ibáñez apenas merece tres renglones en cualquier historia de la literatura que se precie, cuántos le reserva el destino a MVM. Búsquesele en los anales periodísticos, donde algún nicho se le abrirá; pero nunca donde los literatos, y menos donde los cantantes..., aunque tal vez sí en los templos de las artes cisorias...
No es pose pubescente, sino auténtico poso reposado y contrastado con el inapelable dictamen de lo falsado: ¡no hay quien se lo trague, a ese redactor archiprotoplano y topicante, autoridad desatenta y fabulador de vía estrecha! ¡Cuántos funcionarios de la pluma se hinchan a cobrar trienios y pluses varios con la complacencia de los jefecillos de negociado atentos al roce del que, en vez de cultura les llueve la caspa sobre las solapas abiertas!
Es la edición impresa, sin duda, como imaginó Pedro de Espinosa (¿o no era él y cito para que me embista el toro del ridículo?) su obra: Jardín cerrado para muchos y abierto para pocos. Pero aún necesitaría otra vida para entender las sinrazones de quienes administran la gloriecilla efímera, ¡pero tan dulce, ay!, de la publicación.
Quien fui se ríe de mí como un jayán y se llora, aunque lo esconda, la sequedad inhóspita de su presente. Sigo sin dejarme, por si le interesa. Que no cuente conmigo. Yo a lo mío, al quejío, al desgarro, aunque desbarro en frío... Se me tiene que notar el temple desvaído del afiebrado, estoy seguro..., el vaivén del disparate al absurdo.

domingo, 4 de junio de 2006

13 de noviembre de 2...
¡Qué sobrecogedor el primer movimiento de la tercera sinfonía de Mahler! Tenebroso, lírico, sentimental, militar y nupcial, según avanza su polimórfica andadura. Wagner siempre alienta al fondo de la inspiración, me parece, aunque mis referencias musicales son tan pobres, inexactas y frágiles como mis posibilidades de llegar a ser editado. Aspiré a superar el analfabetismo musical y quedé ahorcado en el pentagrama por las axilas, hecho un guiñapo sordo y ciego.
No fue un accidente muy distinto de los que me acontecen cuando creo haber escrito una novela, un poemario o una obra de teatro dignas de las afónicas fanfarrias de la fama de la inmensa minoría, la sólida estimación de los discretos y la indiferencia de los innúmeros estólidos para quienes jamás salió una palabra de mi pluma. Mi cajón de desencajados se va llenando al tiempo que se vacía mi corazón de la confianza necesaria para que el aire sanador de su exhibición pública les arranque la mefítica pátina del fracaso.
De vez en cuando, al roer el hueso de mi preterición, me ha sucedido que alguna esquirla se me ha clavado en la garganta y ha estado a punto de ahogarme, ¡una digna muerte, a fe!, la de que se me atraviese esta doble novelería de eterno bachiller bachelor... Porque con la soledad del escritor fracasado, ¡ay!, quién es capaz de empatizar...
Nadie puede siquiera imaginar el sabor amargo de estos lametazos que me inflijo, como un paradójico dolor añadido, porque la saliva fría del rencor me abre las carnes aún más de lo que ya lo hace la indiferencia de los editores que, al menos para mí, se han comportado siempre con un gélido rigor deletéreo digno de mejores candidatos que andan por ahí exihibiendo su incompetencia y su cualitativo y levaduro dominio pastelero de la amigocracia.
Aquel que fui sigue a la caza y captura de quien soy para llevarme a un terreno pantanoso en el que quiere perderme para rencontrarse ¿con qué o con quién?, lo ignoro; ¡pero sigo resistiéndome a entrar en su juego viciado! Bastante tengo yo con mis miserias y mis erratas. ¡Qué se me da a mí de estériles ecos, inanes desdoblamientos y endemoniados reflejos! ¡Allá cada cual con el peso de sus acritudes y el grosor de la espuma de sus esputos!

domingo, 21 de mayo de 2006

2 de noviembre de 2...
Días de Tenorios e Ineses estos del mes más dulce del calendario. Salir de octubre, tan rotundo y aguerrido, tan espantacaguetas como yo, es una bendición. Noviembre es pura glucosa, a su lado. Y es buena la compañía del retador valentón, y más para un deslenguado y desplumado como yo, enteclado como estoy en este archivo descortés de las desdichas novelescas de un resentido de tomo y lomo, con más de tomo que de lomo, obviamente, pues pocos volúmenes propios adornan mis pobladas estanterías sobre las que la borra del vivir diario, ¡ay, Marchenoire, nada menos que la borra!, va dejando una espesa capa de marmóreo olvido, de granítica indiferencia, de plúmbeo desprecio.
Y no es fácil sobrevivir a ello, qué cojones, y menos para un absurdo surrealista aquejado de megalomanía como yo, empeñado en haber escrito páginas inolvidables y merecedoras no sólo del cálido hogar de la celulosa, sino de la admiración de los discretos. Pero en eso estoy, jobeo y me lamo, contorsionista de la resignación, mis amargas heridas sin que me mueva otro afán que el exhibicionismo más impúdico que imaginarse pueda.
Aquí estoy, abriéndome las carnes para soportar el befador escarnio de quienes, desde el poder editorial y cultural –pura microfísica del poder, desde luego– se complacen en el menosprecio de mi obra y se derriten, de pura diarrea esnobista, ante las mamarrachadas del primer incompetente de turno que les cae en gracia, por lo general incapaces ante quienes hacen valer sus tres referencias cultas mal traídas a colación como roja insignia del valor acreditado en el comercio bélico con las grandes plumas del orbe muy pasadas, poco pasadas, pasadas, y muy presentes, poco presentes y presentes a secas.
¡A Poz, ni agua! Y así sigo yo mi travesía del desierto, agobiado por el tiempo que se me escurre de las manos y sin entrever ni siquiera el espejismo del locus amoenus: la palmera, el oasis, el dátil, la jaima... Desespero y no, claro. Si Valle Inclán, con ser quien fue, hubo de autoeditarse... Mal ando yo de liquidez, ¡y con una sed de gloria que ya ya!, para empresas financieras que rompan el frágil equilibrio de mi digna miseria, pero como siga así mi historia editorial, ¿sería capaz de llegar al latrocinio como patrocinio? ¡Ay, Caco, ay, que una voz me dice: “serías, serías...”! Serias voces son ésas, y demasiado jocoso cojitranco ando yo de humor en este día de difuntos, ¿o de todos los santos?, para escucharlas.

viernes, 5 de mayo de 2006

23 de octubre de 2...
Sí, Rousseau lo clavó, si la memoria, que siempre me falla, no me falla esta vez: “el hombre que medita es un animal depravado.” Ni siquiera paso por Google, la enciclopedia americana, para verificarlo.
Escribir de oídas tiene el encanto de la aventura y del riesgo, inherente a ella. Además, buena parte de mis méritos están ahí, en escribir de oídas frente a todos cuantos escriben “de leídas”. La diferencia es sustancial.
Hay autores, y son legión de sordos, que parecen haber vivido siempre en una burbuja libresca, sin entrar jamás en contacto con la lengua viva del pueblo, para bien o para mal; y otros, como yo, que nos hemos pasado la vida pegando la oreja a la realidad para detectar, en los flujos verbales populares, verdades sólidas, profundas, de esos seres extraños con los que convivimos y que, por lo general, combaten con la lengua, más que la utilizan, dadas sus carencias y sus limitaciones, de todo orden.
Pero estaba en el animal depravado... No es otro que el autorzucho de turno que se asoma a la mediocridad de los media y nos espeta: “mi obra es una reflexión sobre...” Y a partir de ahí ¡vengan cangilones de reflexiones paratextuales tópicas y de baratillo!
¡Mediocre siempre, antes que mediático! Al fin y al cabo, mediocre, etimológicamente, es el que anda aún “ a medio camino en la ascensión a la cima del monte”. Queda, pues, al menos, la esperanza de llegar.
Al mediático, empapuzado de la vulgaridad digital, ¿qué le queda? ¿Acaso a un autor que es la encarnación de la corrección política, Rivas, no le ocurre que, cuanto más se prodiga en los mass media, más mediana es su obra, más demediada? Una obra, es cierto, que jamás tuvo nada de entera ni de verdadera: estampitas provinciales y pare usté de contar.
Pero peor, ¡siempre!, es el querer y no poder del inédito, porque a los manuscritos encajonados no sólo les sale la pátina del desdén, tan molesta y pringosa, tan enturbiadora, sino que crece en sus páginas blancas un moho inclasificable y deletéreo, imposible de combatir. No tiene nada que ver con el posible valor del contenido, sino con las derrotas del espíritu, de las que se dice, con escaso fundamento, que son grandes maestras vitales. ¡Y una mierda! ¡Y un zurullo! Las derrotas escuecen, ¡qué coño!; las derrotas escarnecen; las derrotas deprimen... Pero bebido el cáliz hasta las heces, acostumbrado el estómago al veneno, se suele salir de ellas con una fortaleza que ofende y genera vergüenza ajena.
¡Pues que se jodan los púdicos! Jesús echó del Templo a los mercaderes. ¿Por qué no puedo yo, en este Diario de mi consuelo, echar de la Literatura a los mercachifles, a los barbianes, a los boquirrubios, a los carifartos, a los charlatanes, a los pocimeros, a las glorias patrias, a los amanerados, a los milibristas, a los plumiferuchos, a los letralisiados, y otros parasítodos?
¡Ay, hermano Bloy, qué falta nos haría que tu hijo Marchenoire abriera un Blog! Desde su memoria dostoievskiana imborrable me atrevo yo a escribir estos esputos avinagrados. ¡A su salud!, siempre quebradiza y febril.

viernes, 14 de abril de 2006

1 de octubre de 2...
Octubre es el mes más largo del año, cuando se trabaja en el esquileo. Es el tiempo apropiado para la suma de depresiones, porque apenas se cabe en la dehesa y el ganado se alborota con la desesperación de la falta de luces. Las tardes se estrechan hasta desaparecer y las mañanas..., las mañanas nunca tienen algo de mañana, sino todo de ayer, de un ayer revenido, desabrido y hasta mohoso. Debería decir, pues, que es mi mes, que tengo el mes, pero hay una diferencia insalvable entre aquellas bestias pastoreadas y yo: ¡la ignorancia enciclopédica! No es señal distintiva de los necios, que propiamente deberían llamarse nescios, sino de los antiguos dehesanos reconvertidos -hoy, ¡ay!, ya recalvastros-, en rabadanes misántropos e iluminados por las ensoñaciones de la soledad más alta.
Hay ciertas seguridades, incluso en el menosprecio de uno mismo, que sólo pueden provenir de la devoración compulsiva del saber libresco, de esos empachos que acaban destrozando el estómago, la sensibilidad y dejan su huella perenne en la expresión pretenciosa, altanera, pedantona, bronca, agria y transversal, como la presente. ¡Sirva de ejemplo, pues, a malditos extraviados o descarriados, traviatenses! Evitad extraer del arca el buen paño, pues, como los fantasmas al contacto con el sol del mediodía, se convierten, los esmerados tejidos, en polvillo de urna funeraria volcada tópicamente sobre las olas del mar en el más cursilíneo de los homenajes agnósticos. Lo propio de este mes en este archivo es desoír las algarabías enjauladas y seguir, con el escoplo afilado, extrayendo del voluminoso esputo solemne lo más parecido al busto solemne de la necedad doliente.
Si los suplementos literarios son mera publicidad, sin la imaginación de los publicistas profesionales, cuyos derroches de imaginación dadaísta alegran la contemplación de cualquier periódico o revista, los programas literarios televisivos caen ya, de lleno, en el apartado de la teratología. Los ribetes de riada de la estupidez se perfilan con mayor nitidez, sin embargo, cuando los o las escritoras deciden aceptar aparecer en programas ajenos a su gueto, donde, al menos, está homogeneizada la estupidez.
La contemplación de la plagiaria Etxebarria en un programa desconocido tuvo la virtud de confirmarme mis certezas sobre la deriva folclórica de la edición en el país de Larra. La imaginé al lado de la “eterna promesa balcellesca”, Javier García Sánchez, y supuse que, si aparecía de repente, como “colaboración especial” que ponen en los títulos de crédito de las películas, Jesús Ferrero, exautor de Bélver-Yin, sólo hubiera faltado entonces el palmero coro lolailo anagramesco Puértolasmataspisón para convertir la aparición en una experiencia extática impagable.
La iluminación del aburrimiento/aborrecimiento hubiera sido de tal magnitud que difícilmente me hubiera podido recuperar para seguir con estas varapalos a quien vive podridito de envidia y hastiado de vergüenza ajena de los citados y de otros por citar. Es la doble condición del genio: capaz de despreciar cuanto haya a su alrededor y cuanto haya en su interior.

lunes, 27 de marzo de 2006

27 de setiembre de 2...
La alergia colinérgica es enfermedad paralizante. ¡No haces otra cosa que rascarte! Inmóvil, angustiado, mientras contemplas –naturalista bebecesco- cómo se llena el cuerpo de bubones que, como las gotas de aceite sobre el agua, se unen hasta formar una meseta paramesca, un yermo enrojecido del que se eleva un calor dolorido cuyos gritos tensos se te meten hacia dentro como la brasa se abre camino hacia el hueso en el pie que se equivoca en el brasero... Es la humedad, en parte, responsable, ¡y el azar! Tal como vino quizás algún día se vaya, dicen los doctores en ignorancia y maestros en la minuta.
El fracaso, mi desencajamiento, también es responsable. Las bubas son sensibles a los estados depresivos. Sería éste un buen argumento para cortar el discurrir de los días y mis desahogos; pero quienes tenemos el alma masoquista, como la tenía Reich, nos nutrimos de ella para seguir aguantando hasta que lleguen los días de la gloria desconcertante. Ya no tengo prisa. Quien fui sí que la tuvo. ¡Cómo deseaba que se consumieran los meses que tenía que aguardar en vilo hasta que se fallaran los cien mil concursos a los que se presentó durante toda su vida! ¡Si se hubiera cumplido su deseo, apenas habría pasado de los veintipocos años...!
Estoy bien aquí, calentito, con las manos sobre el casi zoster que me rodea la cintura, preludio de las manos sobre las castañas noviembrescas... Muchos puntos suspensivos son éstos que llevo, la verdad. Y yo he venido aquí a suspender a otros, no a quedarme yo romantizado, con tres pañuelos llenos de esputos sanguinolentos, los ojos en blanco y la tez avinagrada. Cualquiera me vale, claro está. Cualquier nombre al voleo de Voland pone el dedo en la llaga: da igual que Marías, da igual que Mendoza, da igual que el difunto nobelcelado, da igual que Reverte, da igual que Umbral, da igual que Vila, da igual que las sonrisantas utsupradas, da igual que Muñoz y cia (vale santa costilla), da igual que... Son nombres al bote pronto del desdén, ni mayores ni menores que otros que pudieran haber botado: todos ellos en el bote fáctico de los emporios donde jamás admitirían una obra como ésta (y aquí vendría pintiparada la cita de Marx, que dejo a elección de los perspicaces y sobrados).
Es muy de cánones religiosos hablar de autores mayores y menores, de capítulo entero, de negrita o de bastardilla en los libros de la Historia, la gran mentecata; pero convendría hablar, quizás simplistamente, de obras literarias y de obras de pasatiempo, casi de pasa el viento...Y dejo para los iluminados por el sentido excepcional de la sensibilidad, discernir en qué consista lo literario. Yo me retiro hasta mejor ocasión: el masaje de la bolsa de guisantes congelados sobre mis bubas enardecidas me ha dejado helado, y plumisilánime.

lunes, 13 de marzo de 2006

20 de setiembre de 2...
¡Apertura del año literario! ¡Salen las glorias rancias/patrias a la pasarela! ¡Se inicia el desfile de las inanidades! Las matronas paisanas se liftean la sonrisa y ofrecen sus novedades: se ha abierto la veda de lo nimio y ahí se aprestan los cazadores seducidos por la publicidad para cobrar su piel de marmóreo blanco, tan a juego con la pizarra cerebral del mismo color de quienes disparan con el ojo guiñado y el gusto estragado.
Montero y Grandes se ensanchan en las adulaciones de edecanes y corifeos. La literatura, avergonzada, se escapa hacia el amparo de quien, al otro lado de las páginas, las aleja de sí con repugnancia. Yo mismo.
¡Antañones parecen los años bisiestos que parecen haberse cumplido desde que Echevarría I El Arbitrario desnudó al martinvigilesco bobo de los caseríos! ¿Piedra en estanque? ¡Picatoste en puré! Miseria.
El Goytisolo que tiene la patente de maldito oficial perpetuo –el otro anda licuado en el desvarío de sindicatos criminales y especies de asemejo- lo dice con la regularidad con que acuden las cigüeñas a Extremadura. Se espera su discurso recurrente, flagelante, inquisidor -¡todo se pega!, hasta aquello que se denuncia.... con verbo flamigeromozárabe-, definitivo, de y punto. Pues vale.

viernes, 24 de febrero de 2006

12 de setiembre de 2...
No debería dejarme tentar por ninguna historia. Ni siquiera por la que se presenta con la banda sonora de la gloria. No, al menos, mientras dure este desahogo catártico, aunque mucho me temo que va a ser imposible. En el fondo sé que estoy cumpliendo con la aspiración máxima de cualquier escritor que se precie, es decir, al que los editores desprecian: ser fiel a sí mismo, aun sacrificándose en el altar de la conmiseración ajena.
¡Que se traguen su solemnidad de mercachifles de la pseudocultura! ¡Qué coño editores! ¡Ajustadores de balances, todo lo más! ¡Qué sabran de narraciones, los falsos contables! Envarados y trascendidos van por la vida los impostores...
Mentira me parece que haya perdido el culo –y un tercio de mi mísero sueldo con tantas copias y encuadernaciones- buscando su favor. Juan de Zabaleta decía que es de cocineros andarse tras el gusto de los demás... Y se ve que tienen los tales, es decir, los no tales, el estómago delicado, hecho a los efluvios inaprehensibles, de puro sutil, de la cocina moderna....; no a un buen guiso de toma pan y moja, reconstituyente. ¡Allá ellos con sus sirles inodoras o sus falsos amigos “constipados”!

sábado, 11 de febrero de 2006

27 de agosto de 2...
Me fue imposible continuar: al llegar a mí mismo el ordenador se me detuvo en seco, como si me quisiera evitar el chorreo que se avecinaba, ¡caritativo él! Pero aquí estoy, ahora, dispuesto a reconocer esa verdad palmaria: la literatura deprava, no ennoblece; condena, no salva. De mí ha hecho un ser huidizo, asocial, bárbaro, inmisericorde... Misántropo, en resumidas cuentas.
Un escritor ha de ser así, sin embargo: el ombligo del mundo. Por ahí quiere atacarme quien fui para lanzarme a la aventura exterior, para hacerme rodar hacia los tropezones, hacia los picatostes del puré de la realidad. Me resistiré. Yo estoy aquí para algo muy diferente: independizarme de la ambición, de la vanidad y del orgullo. Tengo de todo, y hasta la saciedad, pero no voy a alimentarlo. Bastante tengo con mi maldición, mi bendita –es decir, bien dicha- maldición: que a nadie le interese cuanto escribo, que nadie lea cuanto vomito.
Desabrido me siento, y sin arrimo, y sin abrigo. Solo. ¡Me es tan imposible la inhumana humildad de Juan de la Cruz! ¡Me es tan ajena la voluntad indesmayable de su hermana Teresa! Sé que todo cuanto escribo es digno de ser leído, hasta cuando me equivoco, como ahora, que, entre denuesto y vituperio, apenas construyo el malencarado perfil de un esputo avinagrado y violento. Es lo que hay. Es lo que soy.

miércoles, 1 de febrero de 2006

15 de agosto de 2...

¿Quién dijo que la literatura salvaba, o que ennoblecía?
¿Matas? ¡Y una mierda!
La literatura es una depravación constante. Y te convierte en un inmoral de la más baja estofa: ¡estofado de la vanidad del mal y la autocompasión disfrazada de autocrítica insincera!
Mediada la canícula, con una humedad que amenaza con devenir un cortocircuito al filtrarse el sudor por entre las teclas, ¿hay alguien capaz de arrojarse el más tímido de los insultos o los halagos, si ambos no son una y la misma cosa?
Una constatación: la literatura me ha echado a perder; me ha convertido en un paria semiilustrado o ilusoustrado, en un rufián sensibilísimo, en un déspota cortés. Y solo a medias me arrepiento. He sacado lo peor de mí mismo. ¿O sólo lo único de mí mismo?

sábado, 21 de enero de 2006

7 de agosto de 2...

¡Otra negativa al zurrón! Esta vez, con todo, la plumilla de turno se ha sentido compasiva y, al margen de la ausencia de encaje con que borda, paradójicamente, la cruel indiferencia, añade que la obra tiene “notables puntos de interés”. ¿O los notables me los pongo yo, profesando una generosidad docente indecorosa? ¡A la mierda con ellos! Como con todos. ¡Se arrepentirán!, que es el grito de quien anda a medio monte escalando las escarpadas, las anfractuosas laderas de la vanidad. No por este Diario lleno de bilis, de bilirrubina y de bravatas de boquirrubio y carifarto; sino por lo que haya de venir, la futura e inobjetable obra gloriosa de la escéptica consagración.
Quien fui me ha jodido bien en lo vivo, desde luego. Esto tiene la heterogeneidad, la heterodoxia y los heterónimos, ¡para que me entere!, que vale casi tanto como ¡para que me integre! Me está desasosegando de lo lindo la sensación de ser utilizado y, además, ucrónicamente. Sé que seré carne de narración a destiempo, pero voy haciéndome al episodio, porque es imposible hacérselo a la idea. En todo caso al disparate, pero eso no es algo nuevo. Mayor aún lo es el de las ellenjamesianas de El mundo según Garp, pero ahí está, vivita y coleando, llena de imputada reputación. ¡Ah, mi Johnny de las debilidades betsellerescas! Me dejo llevar por la cadena de episodios que mitiguen la torpeza mental del mes y le acompaño hasta el final, accidentes automovilísticos incluidos, que son su especialidad.
No quiero escribir así, nunca lo he hecho, nunca podré hacerlo. Otra cosa es mi muy querido y marginadote Carlo Emilio Gadda, cuyo libro Coneixença del dolor me “alegra” estos días de contrariedades varias, calores desmayadores –velo incluido, por supuesto- y ansias infinitas de desquite. PM lo dijo un buen día: habría que conformarse con ser un lector agradecido (¡y mejor aún si agraciado...!, añadiría yo; pero eso es ya mucho pedir) . Allá cada cual con su saco de ambiciones. El mío siempre ha estado a reventar, pero nadie es tan imbécil como yo, ni tan ingenuo, de ahí el atrevimiento. ¿Y qué? No es menos cierto que tampoco nadie es tan “trabajador” como yo, siempre dando el callo... ¿Y eso vale tanto como dar la callada por respuesta?
Probablemente sí. Ahí te tienes en estado de purita corrupción: asido al clavito ardiendo de la paronomasia y bellezas afines y dejando pasar de largo la cabellera nuccial de la ocasión... Esa también se ha de apuntar. Remedio cómo he de tener, sino el de recuartos o reoctavos: purita carnicería.... Bien grosera la sacó Bieito en su Rey Lear de casquería, Leatherface incluido, y ahí está: recibiendo los pláceles de los críticos docilados... Y a mí me miran hasta los refajos... Mañana, cualquier mañana, será otro día, y el mismo de hoy. ¡Qué pobreza episódica la del resentimiento monotemático!

viernes, 13 de enero de 2006

22 de julio de 2...
Blanco. Blanco. Blanco. Y este asco. Que es el de antesdeayer y el de pasadomañana, y el de un hoy que es hoyo y que, a duras penas, quizás llegue a ser algún día ¡Oh, yo! La vacación, ¿la acción de la vaca, un ramonear indigesto?, se va acabando y llega el momento en que por fin voy ascendiendo a mi propio nombre, a mi nombre propio, o a una parte exigua de él, porque la totalidad es tan desoladora que bien está donde se queda, en la penumbra, gestante.
Intuyo que, por detrás, quien fui me quiere hacer una jugarreta, como si fuese imbécil, y que se servirá de esa inmediata Pdml para reivindicarse. ¡Va dado! Todo está dispuesto para lanzarse a la aventura del blanco roto, y no como en este caso, que es ocaso de mi invención, consuelo de mi marginación y pozo ciego de mis desabridos humores.
¡Ah, Benjamín Jarnés de mis amores! Aún sigues en el olvido, convertido en paradoja de tu propio título: Locura y muerte de Nadie. Habitar tu título ha acabado siendo tu derrota particular. Pero desde la eternidad unamuniana del bronce siempre pueden llegar los tiempos mejores. Estamos solos y aislados. Yo, ebrio de orgullo y decepción. Soy una mala alma en pena por los estériles yermos del resentimiento. Y abstemio, ¡para colmo! Es el mío un malditismo más que sui géneris. Mi vida disoluta lo es literalmente. Y sin solución de continuidad. Soy una necia invención ancillar y huérfana; un borrón difuminado, y un gorrón tradicional. Y me tambaleo por las sacudidas del odio que me agitan y me sereno por las fulminaciones de la indiferencia que me enervan. Y sigo marcando el compás de esa cojera cojonera. Y resisto. Sí, estoy: eso es lo que quiere decir resistir. Y si tuviera un poco de decencia, esa ciencia elevada a la décima potencia, pondría ahora mismito el punto final a este dislate, a este decir lateral, marginal, a este escurrebultismo de opereta grotesca, y , lamiéndome la oscura bilis de las crueles heridas editorialescas, saldría a enfrentarme con cualquier imaginación de las que se proyectan desde este o desde aquel nombre: todos ellos claros signos descifrables. Pero no. Se ve que la queja, además de aliviar las jaquecas, tiene alma de endorfina. Pues eso.

domingo, 1 de enero de 2006

15 de julio de 2...


De nuevo en la senda desencajada. De viejo otra editorial que me dice que me meta mi manuscrito donde me quepa. Iré a recogerlo, nos ha jodido. ¡Menuda inversión en copias y encuadernación! ¡Ah, el pobre D., qué difícil nacimiento va a tener! Ese cabronazo que fui se quiere aprovechar de este desahogo y ya se ha inventado una rebuscada ficción Pdml , donde aprovecharse de estos esputillos lejanamente marchenoirescos. Pero no se lo voy a permitir. Me quiere reinventar. Hacer de mí un anodino cicerone de vidas mediocres. ¡Que lo folle un pez! ¡Cómo sigue aún sin enterarse de lo terriblemente plastas que son esos conflictos de identidad a los que tan aficionado sigue siendo! ¡Si hoy todo el mundo tiene clara su internetidad! ¡Hasta yo! Por defecto, claro. Quien no está en la Red no existe. Yo no existo, y eso es definitivo, exacto, irrefutable. Vivo al margen. Solo. Jodido. Amargado. Eufórico. Ceñido. Indiscreto. Emputecido. Desbravado. Ido. Desvariado. Recogido. Exultante. Peatonal. Ulcerado. Engolfado. Y libre. Para no sentirme castrado por la censura del correccional político cuyos muros y comisarios políticos se confunden con lo canónicamente exaltado por los medios de consumación y subordinación de las masas. ¡Tiene tantos sinónimos el asco! El calor lo pudre todo. Hiedo a rencor. Estoy cansado.