viernes, 17 de abril de 2026

«Contra lo woke y otros virus identitarios», de Iñaki Ellakuría o el periodismo de sólida y fundada opinión.

Del periodismo al Ensayo y a la Historia: el periodismo de opinión que juzga entre la maleza y se arriesga en el diagnóstico. Memoria viva de la fugacidad, de «lo que pasa y nos pasa (a veces a por encima)» sustentada en el conocimiento y en la expresiva voluntad de estilo.

 

José Luis Pardo sostiene que la recopilación de artículos periodísticos busca «la dignidad de la última morada bajo la tapa de un libro». Es, con todo un género tradicional, y solo hay que recordar Parlamentarismo español, las crónicas periodísticas de Azorín como periodista parlamentario para saber cuánto fino análisis político y buena literatura puede haber en el género de opinión. Las «columnas», más modestas que el artículo de opinión, tienen también su importancia y su lugar en el mundo de las publicaciones, porque se trata de un género «nervioso», muy vivo, que responde en el acto a la provocación constante de lo real que no da tregua, a veces ni siquiera para poder abordar los hechos desde una perspectiva teórica que fundamente la opinión, de ahí el valor de las que nos ofrece este volumen de las publicadas en El Mundo por un periodista «sin carnet de conducir» y que él denomina «notas a pie de Mundo». Los intelectores de este Diario saben el culto que aquí se le dedica a las notas a pie de página y al género apasionante de la Miscelánea, europeo hasta la médula desde las Noches áticas, de Aulo Gelio, por eso convendrán conmigo en que un repaso de nuestra vida política desde 1919 hasta 1924, en el que se atiende a fenómenos tan singulares en nuestra sociedad como la epidemia del COVID o la aprobación de la primera «moción de censura negativa» de nuestra historia parlamentaria, revalidada contra toda lógica política habitual en los pactos infames del PSOE con el nacionalismo golpista, constituyen una oportunidad excelente para que la epidemia de olvido que promueve el Poder con todos los medios a su alcance y rapiña no prospere.

Supongo que esta recopilación de las columnas escritas por Iñaki Ellakuría y publicadas en El Mundo caen dentro de lo que Unamuno calificaba como «intrahistoria», dado que están escritas desde dentro de la sociedad en el mismo momento en que suceden los hechos comentados. Son, por lo tanto, cada una de ellas, como predicaba Zola de sus novelas, una tranche de vie que nos acerca a una mejor comprensión de eso que, a veces, es casi inaprehensible: la realidad. Como el columnista tiene, además, una libertad absoluta para escoger el tema de su pieza, la variedad de los mismos dota a esta recopilación de un interés suplementario. Dominan en el conjunto los de tema político, por supuesto, que son los que más pasiones mueven, pero, aun así, el campo de visión del autor es muy amplio y nos movemos con suma facilidad por los cuatro rincones del mundo, aunque, con especial atención a los conflictos que han marcado estos años bélicamente, el de Ucrania y el de Gaza, sin olvidar muchos otros parámetros de la actualidad global que pasan por asuntos que nos atañen específicamente: el auge del islamismo, las debilidades políticas de la UE, la ola conservadora mundial, etc.

En diferentes columnas recogidas, Ellakuría practica muy sucintamente el arte de la breviografía, porque no escapa a la sensación que tienen los periodistas de que su oficio es, en cierta manera, un privilegio exigente, esto es, piensan en ellos como los llamados a custodiar el santo fuego de la verdad: A los periodistas nos gusta decir, y que nos digan, que somos una herramienta esencial en la defensa de la democracia. Y en eso todavía no nos falta razón: seleccionar, distinguir, contextualizar e interpretar es imprescindible en una sociedad en la que la ficción, con sus diferentes formatos, desde el bulo interesado a la mentira oficial, resulta apabullante. Otra cosa es que esa «misión» haya saltado desde su profesión a la pluralidad de manifestaciones que recogen las redes sociales, en las que, efectivamente, bulos y mentiras oficiales hacen su agosto. La labor de discriminación a que obliga a cualquier lector tal situación es un incentivo más en estos tiempos en los que la superabundancia de información y de opinión obligan a leer con mucho cuidado y criterio. Ellakuría lo sabe, por eso exige que la escritura periodística debe permanecer fiel a la verdad factual, sin guiños ni distracciones sentimentales; y que tiene en la nostalgia, hija bastarda del recuerdo, una peligrosa tentación. Y tiene muy claro que el puesto del periodista no está ni junto al teletipo ni en las moquetas del Poder: En las viejas redacciones entendí que una de las ventajas para el periodista de no tener permiso de conducir es que le obliga a patearse la calle y a coger el transporte público. A eso, en mis tiempos viejos le llamaban ser un periodista «de raza», esto es, aquel que salía al encuentro del mítico «hombre de la calle», cuya opinión aparecía mediatizada por el leal entender del periodista. Justo lo contrario de lo que hoy padece el periodismo: la inflación de opiniones anónimas que se nos ofrecen como determinantes para la formación de la opinión, independientemente del «valor» de la misma, al margen del viejo «lado humano» de la noticia, siempre de interés, pero complementario del fenómeno en cuestión. En cierta forma, algo parecido ocurre en las redes sociales, como denuncia el autor: Un estudio reciente muestra que casi dos tercios de las interacciones en plataformas como X (anteriormente Twitter) constituyen reacciones emocionales inmediatas, no argumentaciones razonadas.

Los temas a los que presta atención el autor me parecen determinantes de nuestro presente, porque no hay fenómeno actual que no le haya sugerido un comentario, una columna o una reflexión, y, al mismo tiempo, una toma de partido (A la pujante brigada identitaria, banderín de enganche de barbas viejas y juventudes rojipardas [...] le irrita de Macron todo aquello que a mí me gusta: el olor a aristocracia europea, aireada, culta, cosmopolita.. Es decir, la Europa que construyó el estado del bienestar tras la II Guerra Mundial, desde la defensa innegociable de la libertad individual y el libre comercio), porque es lo que tiene el periodismo de opinión: emite juicios. Lo interesante de los emitidos por Ellakuría es que defienden a capa y espada, las de aquel viejo periodista escéptico que lucha por mantener una línea ideológica en su diario en El cuarto poder, de Richard Brooks o sacrifica la amistad a la verdad en La llama sagrada, de George Cukor.  A mí, particularmente, me ha gustado mucho el tono incisivo y sarcástico de las presentaciones de los «personajes» de la actualidad, tanto los conocidos nacionalmente, como los propiamente autonómicos, porque el prusés y sus protagonistas forman una caravana de fantoches que nos tocan muy de cerca a quienes hemos vivido/padecido el disparate del supremacismo xenófobo del catalanismo golpista, maneras, algunas ideas y estrategias adoptadas por el segundo gobierno ilegítimo del presidente Sánchez. Así, desde los  Influencers que hablan una neolengua sin diccionario, hasta los revolucionarios de iPhone y subvención vitalicia, dicen que protestan por el pueblo palestino, a que, en realidad, quieren cautivo del integrismo que les condena al desastre, pasando por los corsarios de la bandera verde, saludamos a personajes como el excantante Lluís Llach, arcángel llorica de Waterloo, la pionera en España de la nueva izquierda idiota, Ada Colau; el inefable dúo cómico Puigdemont y Junqueras, nuestros Capuletos y Montescos del pa amb tomàquet o los menos conocidos nacionalmente, pero destacados estafermos de la política doméstica catalana: Orriols, una mujer de áurea grisácea, tenebrosa como un relato de Mary Shelley;  Marina Garcés ―que consideró víctimas del sistema a los terroristas islamistas de las Ramblas―, la Pilar Rahola de nuestra podemia, o  Vicent Partal, vocero de Puigdemont y uno de los valencianos que ejercen de camisas pardas del independentismo catalán...

          La política es un flujo constante que, más allá de la observación de Heráclito, no permite a veces vivir ciertas tesis más allá de un muy breve tiempo, porque esta actividad humana lo tiene todo de rueda de la fortuna que fue sólida convicción teleológica desde la Edad Media, en que se popularizó: hoy estás arriba, al minuto siguiente abajo. Piénsese, por ejemplo en esta predicción bien intencionada y llena de lógica de 2020: La primera operación conjunta PSOE-ERC será la de matar políticamente a Puigdemont y despejar el camino de Junqueras a la Generaltiat. Con lógica siciliana. A la vuelta de tres años, Puigdemont pasó a ser el oscuro objeto de deseo del caudillo Sánchez, turbia relación que aún se mantiene y mantiene al indigno autócrata en el Poder, o en el Mando, a juzgar por la degradación democrática que vivimos. Otros juicios coyunturales, sin embargo, mantienen su validez plenamente: El consenso del bien común, dominado por el neofeminismo anglosajón y el islamowokismo, pasa por reprimir todo lo que sea reprimible: carne roja, la galantería, la seducción, el alcohol, la masculinidad el deseo, el libertinaje, a los judíos... [...] Estamos ante lo que Kamel Daoud define como un intento de controlar los cuerpos y aniquilar el deseo: «el islamismo lo soñó, Occidente está en proceso de cumplirlo».

          Al margen de los atinados juicios del autor sobre esa degradación que se ha extendido no como la tópica mancha de aceite, sino como la reventada cloaca de la corrupción cenagosa, los lectores ―¡determinados lectores, está claro...!― disfrutarán de unos juicios que dejando de lado lo políticamente correcto ―¡esa lacra!―, aciertan de lleno en el diagnóstico de «lo que ocurre», ¡tan evidente para la sindéresis! Pongamos como ejemplo el caso de las redes, de internet: Internet es la casa de la anarquía. Quien lo controle, controlará la información. [...] Decidí meterme en Bluesky, La nueva plataforma a la que se mudan tantos pijoprogres que, descompuestos y sollozantes por la victoria de Trump, acusan a Musk de poner al servicio de la «desinformación» y de la extrema derecha. [...] Convencido de que iba a descubrir en Bluesky un foro de debate plural, cívico y riguroso, me bastó con teclear los nombres de Ayuso y Feijóo para encontrarme con todo lo contrario; centenares de mensajes de odio en contra de los líderes del PP. Internet es, además, el espacio donde anidan  los influencers españoles, que es la manera guay con la que se hacen llamar los actuales mercachifleros y oportunistas. ¿Cuál es, pues el peligro que se deriva de esa nueva realidad que opera en los electores de muy poco tiempo acá. El autor lo tiene claro: Resulta peligroso el creciente número de adultos que piensan, actúan y votan igual de irresponsablemente que sus hijos y nietos. Fruto del desencanto del privilegiado occidental y su caprichoso nihilismo. Con decisiones que atentan contra sus intereses personales y colectivos. Así sucedió con el Brexit y el procés, dos suicidios grupales, y así puede pasar durante los próximos meses en Francia si se impone el lepenismo, en EEUU si vuelve Trump a la Casa Blanca y en España si se consolida la autocracia de Sánchez.

El periodismo columnista no está reñido ni con el dato objetivo cuantificable ni con la verdad palmaria, de ahí que, a lo largo del libro, los intelectores vayan descubriendo algunos datos que contextualizan el relato con precisión quirúrgica irrefragable, como que en 1922 Harvard fijó en un 15% la cuota de estudiantes judíos, para evitar que «arruinaran» la vida interna, y la mantuvo cuatro décadas;  que el sueldo más frecuente en 2024 en España es de 14.586 euros, en 2021 era de 18.500 o que, con datos de 2020, Madrid es la comunidad que más aporta, con 3.919 millones, al fondo de solidaridad. Triplicando a la segunda, Cataluña. Si bien también se añaden otros cuya verificación solo puede caer del lado de los protagonistas, como este: Incluso José Bono y Alfondo Guerra llegaron a sondear a Albert Rivera para que se pusiera al frente de una Federación Catalana del PSOE y competir en las urnas con el PSC.

Por lo que nos afecta a los damnificados del salvaje prusés, quienes salimos en masa el 8 de octubre para defender la legalidad vigente, frente a la burla de ella que ha llevado a cabo el (des)gobierno del caudillo socialista, no está de más traer a colación aquí algo que se olvida con frecuencia: el origen del prusés no está en las fuerzas nacionalista supremacistas, sino en los no menos nacionalistas acomplejados del PSC: Lo hizo (romper el statu quo del 78) con dos presidentes socialistas, Pasqual Maragall y José Montilla. El primero, al traicionar a Rodríguez Zapatero e impulsar un nuevo estatuto catalán inconstitucional; el segundo al proclamar, tras la sentencia contraria de TC al proyecto de ley que ningún tribunal «puede jugar con los sentimientos y la voluntad de los catalanes». A quienes nos duele profundamente la politización que se ha hecho del catalán, convirtiéndolo en herramienta de exclusión y de lucha política polarizadora no nos gusta la herencia que ha dejado el prusés: El catalán apenas lo hablan el 25% de los jóvenes que residen en Barcelona. Aunque no nos disgusta la otra realidad que nos ha dejado: La Cataluña de ERC y Junts ya no existe. Nuevas generaciones que viven ajenas a muchos de los dogmas que el nacionalismo utilizó durante décadas para crear una «identidad propia», a través de estructuras de adoctrinamiento como las aulas y medios de comunicación militantes (TV·, Catalunya Ràdio, etc.). Con todo, la famosa pax sanchista no deja de ser un espejismo: la división social no se ha suturado porque, como bien defiende el autor la actitud de las fuerzas nacionalistas, que «han sustituido la algarada por el chalaneo con el inquilino de la Moncla», sigue siendo esta: Ingrese puntual la transferencia, firme el indulto y déjenos mangonear sin interferencias «nuestra nación»: son los tres puntos del guion del único diálogo que espera de Sánchez la élite cataana, con la bendición de la Iglesia de homilía patriótica. [...] Pague y calle, paleto ―para resumir―.

Están invitados a adquirirlo y ayudarse a entender nuestra historia reciente.

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