En franca competencia con su prosa celebérrima, Borges levanta una versión lírica de su mundo personal e intransferible: Escribir un poema es ensayar una magia menor, confiesa el poeta argentino y universal.
Leer poesía
tiene algo que ver con visitar pinacotecas. Vamos pasando por los poemas o las
salas, esperando el momento mágico en que una imagen o un verso nos atrapa, nos
seduce y nos invita a acercarnos para saborearlo de forma íntima, porque
sabemos que estamos siendo revelados por el arte que todo lo puede. Leer,
además, la obra completa de un poeta significa recorrer toda su vida, desde el
fervor inicial por la palabra hasta las luminosas y sombrías reflexiones sobre
lo vivido. Si ese poeta, como Homero y Milton es un poeta ciego, enseguida
ciertos ecos se superponen inevitablemente en la obra del argentino. Los trece
libros de poesía que escribió demuestran que vivía ajeno a las supersticiones,
pero en modo alguno a las ficciones, que son parte intrínseca de su
autobiografía, aunque, paradójicamente, allí donde un lector pudiera creer que
la encontraría en su más aquilatada expresión, en sus poemas Yo y Soy,
de indudable querencia quevedesca, se encuentra con el eco del clásico, sobre todo el poderoso impulso barroco
conceptista que anida en el interior de ambos poemas: que se dispersa en
oro, en sombra, en nada, escribe en Yo; en la guerra. Soy eco,
olvido, nada, escribe en Soy; aunque, a pesar de tanta semejanza,
hay en Soy un latido humano más profundo y desolado, a fuer de la desconcertante ignorancia de sí que exhibe: Soy el que
pese a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular
y plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.
No pretendo
explicar ni analizar ni categorizar ni desmenuzar ni mucho menos interpretar
estos libros tan variados y hermosos en los que cabe, como en el Aleph,
todo, y que nos muestran un hilo conductor que los une a los de sus prosas,
siempre breves, porque Borges, a pesar de su bibliomanía, era un autor que
dependía del rayo fulgurante de la inspiración, como reconoce en El otro, a propósito de la inspiración que guio a
Homero: Sabía que otro ―un Dios― es el que hiere / de brusca luz nuestra
labor oscura. En estos poemas tenemos sobrados ejemplos.
Que Borges es
un escritor deudor en grado sumo de la tradición literaria es un tópico que
solo uso para introducir una muestra no exhaustiva de los autores que
«aparecen», con mayor o menor relieve, en sus poemas: Macedonio Fernández;, Guillermo de Torre,
Joseph Conrad, Scott Fitzgerald, Alfonso Reyes, Luis de Camoens, Ariosto,
Anaxágoras, Pitágoras, Cervantes, Gracián, Scholem, Emerson, Allan Poe, Heine,
Wat Withman, Cansinos-Assens, Sófocles, Sócrates, Verlaine, Séneca, Lucano,
Zenón, Joyce, Omar Khayyam, Robert Browning Mujica Lainez, Herman Melville,
Brahms, Spinoza, Heráclito, Descartes, Plotino, Stevenson... Todos
ellos forman el universo de lecturas recurrentes de quien fue
progresivamente perdiendo la vista, hasta que en 1955 la perdió
definitivamente, justo cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de
Argentina, momento que recogió en sus poemas Los dones y El ciego I y II. Borges fue perdiendo
paulatinamente la visión, hasta quedar definitivamente ciego. En el Poema de
los dones, dejó memoria de la gran paradoja: quedarse ciego, lo fue casi
totalmente desde 1955, y ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de
Argentina en octubre de ese mismo año, cargo en el que estuvo durante dieciocho
años, o, dicho poéticamente: Nadie rebaje a lagrima o reproche / esta
declaración de la maestría / de Dios, que con magnifica ironía / me dio a la
vez los libros y la noche. El tema de su ceguera, que atraviesa, con leves
pinceladas casi toda su obra desde el libro de poemas El hacedor, tiene
en El ciego presencia total: Es de noche. No hay otros. Con el verso
/ debo labrar mi insípido verso, dice en el I, y concluye en el II: El
azul y el bermejo son ahora una niebla /y dos voces inútiles. El espejo que
miro / es una cosa gris. En el jardín aspiro, / amigos, una lóbrega rosa de la
tiniebla. / Ahora sólo perduran las formas amarillas / y solo puedo ver para
ver pesadillas.
Ahí aparecen los espejos, el reflejo, el jardín, las palabras, que junto con las guerras de sus antepasados, el barrio, el tango, lo normando, el alemán, los sueños, la literatura, los amores frustrados, el tímido y prevenido acercamiento al yo intuido ―que me ha suscitado un pozaforismo: No sé, si es crueldad, o ciencia, decir que el de Borges es un yo a tientas―, entrevisto en la tiniebla..., son parte de sus temas, como lo son, además, el puñal, el cafetín, el barrio, la milonga, Islandia, el normando, el latín y el laberinto, en una colección que reviste rasgos arbitrarios que Borges se empeña en destacar en numerosas enumeraciones arbitrarias, uno de sus recursos preferidos y más sentidos.
No sigo un orden cronológico, porque la
poesía admite lecturas a través de calas, y porque no hay posibilidad alguna
del concepto de «progreso» en un autor que debuta en el género con idéntico
dominio al que le pone fin. Por eso traigo a colación un poema que no me
resisto a transcribir totalmente en esta libérrima recensión, porque el impulso
del recuerdo de Leonardo Da Vinci poniendo a sus alumnos frente a una pared
desconchada para que imaginen todas las formas posibles que los relieves de la
pared les sugieran, se transforma en un poema que recoge algunos de los rasgos
esenciales de la obra de Borges, como las enumeraciones, pero, en este caso,
puestas al servicio de un final extraordinario:
Ante
la cal de una pared que nada
nos
veda imaginar como infinita
un
hombre se ha sentado y premedita
trazar
con rigurosa pincelada
en
la blanca pared el mundo entero:
Puertas,
balanzas, tártaros, jacintos,
ángeles,
bibliotecas, laberintos,
anclas,
Uxmal, el infinito, el cero.
Puebla
de formas la pared. La suerte,
que
de curiosos dones no es avara,
le
permite dar fin a su porfía.
En
el preciso instante de la muerte
descubre
que es vasta algarabía
de
líneas es la imagen de su cara.
Del mismo modo, observamos ese fenómeno
retorico de la enumeración arbitraria en poemas como Los justos, en este
caso de las personas que, bautizados como «justos», acaso con un eco judío en
la expresión, hacen del mundo un lugar amable y deseado; se trata de aquellas personas
que realizan actividades en apariencia insignificantes, pero que encierran un
poder humanista extraordinario, como El que descubre con placer una
etimología. [...] El ceramista que premedita un color y una forma.
[...] El que acaricia a un animal dormido. [...] El que prefiere que
los otros tengan razón. Idéntico recurso retórico escoge cuando reflexiona
sobre lo que para él es ininteligible: la fama que le ha deparado su obra en el
mundo de la cultura, y ciertamente no es pose, o es una pose sabiamente
estudiada. A Borges siempre le pareció,
con una modestia hermosamente trabajada en la naturalidad más exquisita, que se
exageraba mucho sobre su valía literaria. En este poema reflexiona sobre los
hechos trascendentales de su vida y se pregunta por qué se le adjudica ese
valor a hechos que, a su modo de ver..., no tienen nada de extraordinario. De
nuevo una enumeración caótica en la que aparecen sus aficiones, sus devociones,
sus pasiones: Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.
[...] Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro. [...]
No haber salido de mi biblioteca. / Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser
don Quijote. [...] Haber urdido algún endecasílabo. / Haber vuelto a
contar antiguas historias. / Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo
las cinco o seis metáforas.
La vida amorosa de Borges fue una escuela
de dolor y dejó un sello indeleble en su personalidad, porque, a la dura
realidad de ser rechazado por la persona amada, drama que en el Romanticismo
llevo a muchos enamorados al suicidio, siguiendo la estela del joven Werther,
añadió, en su caso, la espesa sensación amarga de lo que confiesa con enorme
valor, tanto como tristeza, en uno de sus más célebres poemas: que no ha sido
feliz, El remordimiento. No es inusual, ente los poetas, confesar al
papel el desvalimiento, la infelicidad, la desdicha y el dolor. Ahora bien, se
ha de ser un poeta como Borges para expresarlo de una manera que aúna la
dicción más clara con el dolor más penetrante. Se trata de un poema
inextractable, y me veo obligado a transcribirlo enteramente:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he
sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan,
despiadados.
Mis padres me engendraron para el
juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el
fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi
lado
la sombra de haber sido un desdichado.
En El amenazado leemos la
importancia capital que otorgaba Borges al deseo de ser amado: Estar contigo o no estar contigo es la medida
de mi tiempo, escribe en el poema, uno
de los grandes poemas del libro, porque la historia amorosa de Borges es, como
en muchos hombres, la del amor no correspondido. El autor se siente
absolutamente desvalido frente al amor, impotente, consciente de que nada le
valen todas sus «habilidades», lo que él llama sus «talismanes que son, al
cabo, él mismo, para conquistar a la mujer deseada: Hay una esquina por la
que no me atrevo a pasar. [...] El nombre de una mujer me delata. / Me
duele una mujer en todo el cuerpo.
Ignoro si esa frustración derivó a Borges
por otro derroteros poéticos o simplemente confirmó una tendencia que nació
desde bien joven, cuando «entró» en la impresionante biblioteca de su padre
para no salir ya de ella nunca más. Recordemos su confesión en El hacedor:
Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, /
yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca. Ello se
debe a que, como confiesa en el Epílogo a Historia de la noche: ¿Me
será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital
de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la
suya Alonso Quijano. Tanto en los prólogos a sus libros como en los epílogos
o las notas pertinentes, Borges ha destilado una suerte de poética que acaso
convenga conocer para entender cabalmente muchas de sus composiciones. En este
mismo Epílogo, añade: Un volumen de
versos no es otra cosa que una sucesión de ejercicios mágicos. El modesto
hechicero hace lo que puede con sus modestos medios. Una connotación
desdichada, un acento erróneo, un matiz, pueden quebrar el conjuro. Whitehead
ha denunciado la falacia del diccionario perfecto: suponer que para cada cosa
hay una palabra. Trabajamos a tientas. El universo es fluido y cambiante; el
lenguaje, rígido. Rescatemos del prólogo a El oro de los tigres la constatación
de un estado de ánimo que es, al tiempo, un modo de «estar» en la poesía: De un hombre que ha cumplido los setenta
años que nos aconseja David poco podemos esperar, salvo el manejo consabido de
unas destrezas, una que otra ligera variación y hartas repeticiones. [...] Un
idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario
repertorio de símbolos.
La tradición, para Borges, es su patria,
sí, aquella cuyos límites geográficos se corresponden con el espacio mágico de
la biblioteca, compendio de esa tradición que ha ayudado al autor a conformar
su visión de la vida como un laberinto: nunca se acaba de leer el último libro,
y aun uno sobradamente leído, pongamos el Quijote, da para infinitas
interpretaciones. Parece paradoja hablar de un devoto lector ciego, pero esa
condición es rasgo sustantivo de la personalidad del poeta. Recordemos que
cuando hubo de abandonar la lectura directa de los volúmenes, dependió de otros
lectores ―¡qué lección de humildad trasladar en otra voz, con otros acentos,
los libros a sus oídos...!― y aunque el más famoso, por su Historia de la
lectura, ha sido Alberto Manguel, no hemos de preterir el recuerdo de María
Kodama, quien acabaría convirtiéndose en su esposa; Leónidas Barletta; Norman
Thomas di Giovanni: además de traducir su obra al inglés, trabajaba con Borges
leyendo y discutiendo textos en colaboración estrecha, y Susana Bombal. Lectores esporádicos hubo bastantes
más, desde luego, lectores que le leían en alemán, inglés y francés. No es extraño
que al lector, a los lectores, dirigiera Borges su atención poética, sobe todo
en un poema que ha hecho célebre estos versos de Un lector: Que otros
se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he
leído. En ese poema, aunque en versos menos citados, acaba de completar su
retrato como lector: : Mis noches están llenas de Virgilio; / haber sabido y
haber olvidado el latín / es una posesión, porque el olvido / es una de las
formas de la memoria, su vago sótano, / la otra cara secreta de la moneda.
[...] A mis años, toda empresa es una aventura / que linda con la noche.
En el poema titula Lectores, en el que se hermana con Alonso Quijano, lector
de lectores, completa su retrato lector: Tal es también mi suerte. Sé que
hay algo /inmortal y esencial que he sepultado / en esa biblioteca del pasado /
en que leí la historia del hidalgo.
El trabajo intelectual es propiamente la vida de Borges, quien huyó pronto de la notoriedad social y más aún, ¡y bien escaldado!, de la política, desde una lucidez crítica parecida a la del magistral aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, principal debelador de las trampas políticas de la modernidad. En el prólogo a La rosa profunda Borges se enfrenta a la idea aberrante de la concepción política del arte como instrumento de acción social: El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta. [...] Las teorías, como las convicciones de orden político o religión, no son otra cosa que estímulos. De hecho, es teoría extendida la de que su conservadurismo y su escepticismo en ese campo de las ideologías fueron la causa de que no le concedieran el premio Nobel, lo cual, dada la vecindad inevitable con algunos de los galardonados, más parece un galardón que un error. En otro prólogo, en este caso La moneda de hierro y como si fuera consciente de esa marginación, Borges dejó bien clara su posición al respecto: Bien cumplidos los sesenta años que aconseja el Espíritu, un escritor, por torpe que sea, ya sabe ciertas cosas. La primera, sus límites. Sabe con razonable esperanza lo que puede intentar y ―lo cual sin duda es más importante― lo que le está vedado. [...] Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.
Borges
es un autor capital del siglo XX y se ha convertido en un clásico como aquellos
en los que él bebió incesantemente en su intensa vida bibliófila y
bibliotecaria. Las preocupaciones filológicas de Borges, ¡tan propias de sus
quehaceres intelectuales constantes!, quien aquilató la expresión, en prosa y
en verso, de una manera tan concentrada, tan barroca, forman parte de sus
ocupaciones habituales, e incluso acaban siendo inspiración de no pocos poemas
de su obra poética total, como esta Composición escrita en un ejemplar de la
«Gesta de Beowulf» donde recoge la sorpresa que le depara a él mismo el
abanico de sus talismanes:
A
veces me pregunto qué razones
me
mueven a estudiar sin esperanza
de
precisión, mientras mi noche avanza
la
lengua de los ásperos sajones.
Gastada
por los años la memoria
deja
caer la en vano repetida
palabra
y es así como mi vida
teje
y desteje su cansada historia.
[...]
Más
allá de este afán y de este verso
me
aguarda inagotable el universo.
La precisión
propia de ese afán estudioso, que atiende a la verdad de lo citado es lo que o
lleva a rectificar en las notas finales algún verso que no se ajustaba al
original, como ocurre en Calle desconocida, donde dice: Penumbra de
la paloma / llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde. Hecha la averiguación
correspondiente, escribe la siguiente nota: Es inexacta la noticia de los
primeros versos. De Quincy (Writings, tercer volumen, pág. 293) anota
que, según la nomenclatura judía, la penumbra del alba tiene el nombre de
penumbra de la paloma; la del atardecer, del cuervo.
El endecasílabo, desde que Garcilaso lo
aclimatara, junto con el soneto, en la lengua castellana. ha contado con el
favor de la inmensa mayoría de poetas que han escrito en nuestra lengua. El
propio Garcilaso es autor de uno de los remates de soneto más hermosos que se
hayan escrito: verme morir entre memorias tristes, digno de parangonarse
con el famosísimo de Quevedo: polvo serán, mas polvo enamorado. Borges,
émulo de casi todo y modelo él mismo para quienes escriben tras él, no era
insensible a esa forma condensada que encierra el secreto del artificio poético
en su medida estrofa de catorce versos. El libro no se prodiga en sonetos, pero
ha de reconocerse que cuando los ensaya, alcanza cotas de perfección
extraordinaria, como ocurre en los dos poemas titulados 1964, y que, en manos de un cirujano del pensamiento,
recuperan, ¡muy curiosamente!, la influencia insospechada en Borges de un autor
como Antonio machado, aunque los pinitos filosóficos del autor sevillano puedan
acercarlo al maestro argentino de las paradojas. Lo suyo sería transcribirlos
completos, pero me quedo con el primer verso del primero: Ya no es mágico el
mundo. Te han dejado, que me trae enseguida a la memoria el verso de
Machado ¿Y ha de morir contigo el mundo mago? Y también, si acaso, con
estos otros, de la misma estirpe machadiana: Nadie pierde (repites
vanamente) / sino lo que no tiene y no ha tenido / nunca, pero no basta ser
valiente / para aprender el arte del olvido. / Un símbolo, una rosa, te
desgarra / y te puede matar una guitarra. ¡Nada menos que y te puede
matar una guitarra! No sé si hay mejor remate de soneto en todo el libro,
pero este se eleva a un nivel difícil de igualar. La poesía no es competición,
sino con uno mismo, y aquí Borges supo, estoy convencido de ello, que había
llegado a una cima expresiva. El segundo soneto ―ambos curiosamente encabezados
por un título meramente cronológico, 1964― nos detalla la herida provocada por
el anterior: Ya no seré feliz. Tal
vez no importa. [...] La dicha que me diste / y me quitaste debe ser
borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. / Solo me queda el goce de estar
triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta
esquina.
Sería algo
presuntuoso por mi parte prescindir en esta recensión de la referencia a una de
las aperturas poéticas más conocidas del poeta, porque la fama de los remates puede
equipararse a la de los comienzos, ¡cuántos lectores no cultivan con esmero la
memoria del inicio de obras tan clásicas
como La Ilíada (Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles…), Don
Quijote (En un lugar de la Mancha...), Moby Dick (Llamadme Ismael),
Ana Karenina (Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada
familia infeliz lo es a su manera.) y tantas otras...! Desde esa perspectiva,
el comienzo de El Golem:
Si (como el griego afirma en el
Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y
todo el Nilo en la palabra Nilo.
puede ser considerado algo así como la prueba del algodón de
haber disfrutado de la poesía del escritor argentino. Se trata, además, de uno
de los cuatro poemas que él prefiere entre todos los suyos, en un ejercicio de
autolectura crítica que no deja de sorprender, porque bien remilgosos son casi
todos los autores a la hora de marcar preferencias entre sus obras, a las que
quieren como, teóricamente, quieren las madres a todos sus hijos, porque
sabemos que en la práctica nunca es así. El Golem es el poema dedicado
al afán monstruoso de intentar emular la divina creación del mundo:
Los
artificios y el candor del hombre
No
tienen fin. Sabemos que hubo un día
En
que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En
las vigilias de la judería
y como en el Frankenstein de Shelley, terrible es la
pesadumbre de quien suplantando a Dios contempla a su balbuciente criatura:
El rabí le explicaba el universo
«Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la
soga»
Y logró, al cabo de años, que el
perverso
Barrera bien o mal la sinagoga.
y no acierta a explicar en que se ha equivocado para haber
creado un ser tan deforme y mentecato.
Sin querer
agotar la paciencia de los intelectores que a veces, en horas bajas...,
tienen a bien pasearse por las páginas amazacotadas de este Diario
extraño, no quiero dejar al maestro sin traer a colación sabrosa uno de sus
temas preferidos: «los espejos», porque de la recapitulación de algunos de
ellos que hice muy ut supra, este de los espejos me parece sustantivo, sobre
todo teniendo en cuenta la ceguera del autor, dado que Borges se complace en
jugar con ellos y con ella, la ceguera, para acercarse a la condición viva de
paradoja, porque estoy convencido de que, de encarnarse en alguna figura retórica,
Borges hubiera escogido la paradoja. Acaso sea en el propio poema titulado Los
espejos, donde se lee con mayor claridad su concepción de tal artilugio y
su relación con ellos: Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y
las formas del espejo /para que el hombre sienta que es reflejo / y vanidad.
Por eso nos alarman. [...] Me pregunto qué azar de la fortuna / hizo que
yo temiera los espejos. En un poema tan fuera de la emoción como el dedicado
¡nada menos que al inicio del estudio de una lengua abstrusa!, Al iniciar el
estudio de la gramática anglosajona, también tienen los espejos su lugar: Alabada
sea la infinita / urdimbre de los efectos y de las causas / que antes de
mostrarme el espejo / en que no veré a nadie o veré a otro / me concede esta
pura contemplación / de un lenguaje del alba. Esos espejos donde el autor
está convencido de que o no verá o verá a otro, que no a él, son, también,
depositarios de una realidad en fuga, como dice en El pasado: El
ilusorio ayer es un recinto / de figuras inmóviles de cera / o de
reminiscencias literarias / que el tiempo ira perdiendo en sus espejos. Recordemos,
ante lo reseñamos, que el poeta, además de no haber sido feliz, es quien, pese
a tan ilustres modos / de errar, no ha descifrado el laberinto / singular y
plural, arduo y distinto / del tiempo que es de uno y es de todos.
Del mismo modo
―y voy concluyendo, sus señorías intelectoras...― que Góngora cultivó la poesía
de estilo popular en sus maravillosas letrillas, romances y sonetos ―obras que
le costaron mil y una correcciones en sus abigarrados manuscritos, frente a la
limpidez de los originales de sus «poesías mayores»―, Borges, en su exultante
libro Para las seis cuerdas, milongas que en su mayor parte han sido
musicadas, con mayor o menor éxito, dio rienda suelta a su pasión por los
malevos, los amores trágicos y los destinos arrabaleros. Quienes hayan visto la
película Invasión, de Hugo Santiago, con guion de Borges y Bioy Casares, habrán
escuchado la interpretación de esa milonga arquetípica que es la célebre Milonga de Manuel Flores, a
la que pertenecen estos versos inolvidables:
Manuel Flores va a morir. / Eso es moneda corriente; / morir es una
costumbre / que sabe tener la gente. [...] Vendrán los cuatro balazos /
y con los cuatro el olvido; / lo dijo el sabio Merlín / morir es haber nacido.
A pesar de que
los poemas por los que a Borges le gustaría ser recordado son Poema
conjetural, Poema de los dones, Everness, El Golem y Límites,
yo me salgo por la tangente de sus gustos y traigo como colofón a este
acercamiento a la lectura de sus poesías completas, un poema que a mi juicio
tiene un latido borgiano del que será harto difícil disentir. Se trata de Una
brújula, para mí, al menos, uno de los poemas cardinales del autor, y lo he
guardado para el momento de la despedida, en esta tarde calurosa de abril en que transpira la pasión que despierta la
compleja perfección del soneto:
Todas las cosas son palabras del*
idioma en que Alguien o Algo, noche y
día,
escribe esa infinita algarabía
que es la historia del mundo. En su
tropel
pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,
mi vida que no entiendo, esta agonía
de ser enigma, azar, criptografía
y toda la discordia de Babel.
Detrás del nombre hay lo que no se
nombra;
hoy he sentido gravitar su sombra
en esta aguja azul, lúcida y leve,
que hacia el confín de un mar tiende
su empeño,
con algo de reloj visto en un sueño
y algo de ave dormida que se mueve.
Y como soy ser
de propinas, porque sé lo que ha significado ganarlas desde la cueva de una
bolera donde se corría el serio riesgo de quedar lisiado por una bola lanzada a
destiempo, me permito el lujo de añadir al soneto anterior este estrambote de
su poema On his blindness:
A
los otros les queda el universo;
a
mi penumbra, el hábito del verso.
* Qué clara se admira cierta influencia de Verlaine en su poesía en ese del , ¡tan atrevido!, con que cierra el primer verso.
P.S. Entiéndase esta aproximación a la Poesía completa
de Borges como una muestra de auténticos palos de ciego de quien,
desgraciadamente, ha sido incapaz de esclarecer las verdaderas dimensiones de la
obra capital de la literatura mundial que se contiene (¡tan expansiva, valga el
oxímoron!) en tan valioso y, por definición,
inagotable volumen.


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