viernes, 4 de diciembre de 2015
Una debilidad comprensible; una ingenuidad ignorante...
Mi/s lector/es de Mountain View entre la cibernética y las Humanidades.*
Permítaseme lo que he calificado de "debilidad" en el título de la entrada, porque desde hace ya mucho tiempo, e ignoro si por confusión del o de los destinatarios, no hay entrada que cuelgue en este Diario o mi sosias Juan Pérez en su Provincia mayor que al poquísimo tiempo, a veces de forma casi simultánea, no aparezca en el contador de visitas del Live Traffic Feed la presencia de uno o varios intelectores de Mountain View, la capital del mundo de la computación en Silicon Valley, en California, que se asoman a este Diario más próximo a las Humanidades que a la cibernética, aunque ésta me haya ofrecido el canal gracias al cual me comunico con ellos y con quienes tienen la santa paciencia de meterse entre pecho y espalda los ladrillos que cuelgo aquí a su suerte, como pecios del naufragio de una vida. Pergeño estas líneas de agradecimiento, como ya lo hice tiempo atrás al reparar en la hermosa diversidad de los lugares desde los que los intelectores accedían a mi Diario, de lo que dejé noticia en aquel Intermedio sin carácter, porque me tiene admirado semejante lealtad y puntualidad en acudir a la cita. Bien es verdad que, como dice el tópico futbolero, "yo vengo a darlo todo", pero no es menos cierto que doy de todo menos diversión, quizás por eso cedo a esta debilidad del agradecimiento sincero, a ellos y, por extensión, a cuantos como ellos hacen lo mismo: perderse en este pretencioso Paraíso cerrado para muchos,y jardines abiertos para pocos..., donde voy dejando muestra inequívoca de mis limitaciones y señal abundante de mis pasiones.
Mountain View debe de ser una ciudad hecha a la medida de las personas, a juzgar por su número de habitantes, su extensión, sus alrededores y por esa calma de ciudad pequeña, un poco al modo de las ciudades de provincias de Chabrol donde todas las manifestaciones de la vida caben, para sorpresa de quien se empeña en descubrirlas.Algunas imágenes me han traído a la memoria el Somerville bostoniano donde pasé un año como lector en Tufts University, y una terrible añoranza, si no fuera por dos malos recuerdos asociados a aquella "aventura usamericana": la muerte de John Lennon y el golpe de estado del 23F. Me pregunto quiénes son quienes acuden puntuales a la cita con mis publicaciones y qué han hallado en ellas que, una vez que han conocido el percal, se atreven a volver... No espero respuestas, obviamente. Pero es bien cierto que hace varias semanas que me ronda la necesidad de singularizarlos, bien que sea relativamente, porque, más allá del nombre de la ciudad, nada sé de quienes cometen la osadía de la reincidencia. En cualquier caso, discúlpeseme esta ombligada y quedan, cuantos intelectores aún me queden, citados para mi próxima entrada sobre El Corán, si nada me tuerce la intención...
* Gracias a María, una intelectora de pro, mujer batalladora e instalada en la dura y compleja realidad de los conflictos jurídicos, además de en la poesía, la reflexión y la ilustración, me entero de un proceso mediante el cual, como ella lo explica mejor que yo en su comentario, quienes quieren preservar el anonimato al acceder a una página, son "deslocalizados" a un servidor de Mountain View, lo que significa que me he dirigido a quienes no existen, en un acto de ficción que me ha deparado la realidad sin yo mover ni un dedo de los dos escasos que tengo de frente. En cualquier caso, aprovecho para remitir al Intermedio sin carácter donde ya manifesté mi perplejidad y mi agradecimiento a quienes creen que alguna de mis entradas merece ser leída.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Lo inefable.
No
me podrán quitar el dolorido sentir…
Nunca se está preparado para recibir al dolor. Llega y
toma el mando, y te vuelves guiñapo suyo, y carne inerte. Da igual que te pille
por sorpresa o que lo veas venir, de cerca o de lejos. No puedes esconderte.
Tampoco le sobrevives. Te hundes en él entre espasmos y convulsiones y te falta
el aire, como si la sal de las lágrimas que te desfondan el corazón se solidificara
en la garganta y tuvieras que tragarla por extraña ley que quisieras resistirte a
obedecer. No eres, ya, tú; ni estás ni te reconoces en ti. Una pesada borrasca
de presiones inmisericordes te estalla en las sienes, y sientes en los globos
oculares una tensión que el llanto no alivia. Jadeas horror. Tus hipidos se
convierten en esquinados singultos y, cuando boqueas hinchando los pulmones en
busca del aire que no te llega, hasta te duelen las costillas y parece que el
esternón vaya a rompérsete para dejarlas flotando, todas ellas, a la deriva, en
el piélago atroz del sufrimiento irredimible. El dolor te deshumaniza. Nadie
está exento del zarpazo plantígrado que te deja la espalda abierta como un
campo roturado y te lanza la nuca hacia los talones, tensándote como un arco que
disparara más lejos el grito, más fuerte, más certero, sin posible consuelo.
Envuelto en el silencio que rodea los gemidos, se te deshilvanan los pespuntes
de la fingida entereza y aguantas la quemadura agresiva que se pasea por tus
nervios con su vocación de llama que devasta y a la que le es imposible
cauterizar la herida viva y sangrante en que todo tú te has convertido:
piltrafa que ni a los perros aprovecha. Nada existe, fuera del dolor. Y estas
palabras, expelidas a golpe de crispadas falangetas sobre teclas que nada han
hecho para merecer tanta furia descargada, ni son reflejo ni son consuelo ni
son queja ni son el pecio del naufragio sufrido, sino la torpe máscara de un
dolor indefinible, indescriptible, inenarrable; porque el horror es siempre un
enorme vacío, una ausencia de vida, de voz y de presencia. Preso del dolor, se
dice, y no es cárcel, sino cepo del alma y por ello aherrojada y expuesta a la
humillación propia, al ajeno desprecio. El dolor va más allá del castigo,
cuando de él a ti se celebra una macabra transustanciación y dejas de ser quien
has sido para ser en quien nunca hubieras imaginado que te podrías convertir:
un amasijo de quebradas certezas e insufribles evidencias que te arrancan con
el dolorido sentir la vida. Nadie, nunca, está preparado para resistir el dolor
que interpela el existir, el ser o no ser, la extraña y desconcertante melodía
de la alegría. Te llega, te asalta y te vence. No hay defensa. No hay teoría
que te proteja. No hay autoayuda que te asista. No hay queja que te consuele. Sufres.
Eres el padecer. No eres. Estás. Resistes. Deshecho. Erguido, como un
pararrayos que saliera a su encuentro. Y sollozas con la violencia del
torturado para quien las mismas letras tiene un no que un sí. Y eres incapaz de
articular palabra, porque el silencio del dolor solo está lleno de llanto
acibarado. No, nunca se está preparado para recibir al dolor.
martes, 17 de noviembre de 2015
Para qué sirve una profesora: Elogio de la profesionalidad.
La razón de ser de una profesión: texto ajeno, mérito ajeno, satisfacción conjunta.
Cuando
trabajábamos como auxiliares administrativos en la Delegación de Hacienda, mi
conjunta y yo decidimos preparar las oposiciones a profesores de Secundaria. Alteramos
nuestro ritmo vital: trabajábamos de 8 a 3, dormíamos de 3’30 a 10, cenábamos y
pasábamos toda la noche preparando esas oposiciones; después a trabajar…, y esa
misma rueda gozosa durante cinco meses… Cuando las ganamos es cuando empezó lo realmente
duro, porque convertirte en auténtico profesional de la enseñanza no es algo
que te proporcionen las oposiciones aprobadas, sino el duro trabajo diario en
el que se han de ir haciendo mil rectificaciones y mil nuevos aprendizajes mediante
los que encontrar los métodos adecuados para obtener los resultados deseados.
Soy testigo, pues, de la dedicación absoluta de una profesora cuya
profesionalidad siempre me ha parecido excepcional y nunca, como en el caso de
muchos otros colegas suyos, lo suficientemente reconocida ni social ni
administrativamente. Es público y notorio que la consideración y estimación del
profesorado por parte de la sociedad y de los poderes públicos ha descendido
hasta niveles alarmantes, y que se tiene de él la imagen de un adversario en la
tarea política de la lucha contra el fracaso escolar, como si este no
dependiera, fundamentalmente, de las degradadas condiciones en que se ha de
ejercer la profesión.
Próxima a jubilarse, algo a
lo que el sistema de éxito del modelo catalán, ¡más cercano a la Formación del
Espíritu Nacional que al fomento del pensamiento crítico y la formación plurilingüística
del alumnado!, casi podría decirse que la empuja, he querido hoy, tomándome acaso
una libertad excesiva, traer a este Diario
una muestra emocionante de lo que quiero que se entienda por “profesionalidad”
docente. Se trata de una autoevalución hecha por un alumno de 2º de ESO cuya
lectura consigue algo tan precioso como dar sentido a una vida profesional,
convirtiéndose, de paso, en la mejor de las recompensas para quien se ha
entregado en cuerpo y alma a esa formación del espíritu crítico y de la expresión,
en este caso en lengua castellana, de sus alumnos durante 33 generosos años. Dice así, sin las correcciones pertinentes:
Puede que parezca un
pelota haciendo esta conclusión, pero la verdad es que intentaré ser todo lo
sincero que pueda: este trabajo me ha encantado. Mejor dicho, lo que me ha
encantado es como lo hemos hecho.
Desde el momento en que escuché: “Podéis hacer el trabajo
del tema que queráis”, supe que me lo pasaría bien. Como tuve el tema pensada
desde el primer momento no me costó organizarme. Bueno, un poco sí porque el
tema era muy extenso y no podía explicarlo todo sobre él. No obstante, debido a
que hicimos el trabajo en partes: primero el guión del trabajo, las fichas
resumen, la introducción… Todo me resultó mucho más fácil. Y es por eso, por lo
que el trabajo me ha gustado, porque lo hemos hecho de una manera que me ha
facilitado muchísimo la enmienda. En segundo lugar, otra de las razones por las
que el trabajo me ha encantado es el hecho de que me he sentido muy libre
escribiendo. Me he sentido libre en el sentido de que podíamos explicarlo todo
como quisiéramos, y eso, también me ha ayudado mucho.
Finalmente diré que me ha servido mucho para aprender. NO
sólo de cine, que de eso he aprendido muchísimo, sino he aprendido cómo
deberíamos hacer todos los trabajos. He aprendido a organizarme, a buscar
información, a entenderla, a redactar y a emitirla a la gente que me rodea.
Pero de lo que más he aprendido es el hecho de escribir. He aprendido a
escribir de manera que los demás lo entiendan. He aprendido a escribir de forma
ordenada y con sentido. Y he apredido a escribir historias, informaciones y
valoraciones.
Aquí termino mi conclusión, a la vez que finalizo el trabajo
de “Historia del cine”. Junto a él, me siento más mayor y más aduro (y no por
el hecho de que hoy cumpla 13 años). Espero que os haya parecido de agrado e
interesante.
Un texto
como este justifica, en efecto, toda una dedicación profesional y da la medida
exacta del bien que se ha ofrecido a la sociedad a lo largo de años y años en
los que, como en ciertas profesiones vocacionales, jamás se han tasado las
horas de dedicación, de entrega. Pocos agradecimientos hay para ese esfuerzo
constante siempre cerca de caer en el desaliento por el nulo reconocimiento por
parte de las autoridades y de la sociedad en su conjunto, excepto, como en el
presente caso, el muy valioso y emocionante de quienes reciben directamente los
resultados de esa dedicación; de quienes, al fin y al cabo, son la razón de ser
de una profesión como la docencia.
domingo, 8 de noviembre de 2015
“Aforismos que nunca contaré a mis hijos”. Gregorio Luri se estrena en el mundo de la aforística con la solidez del resto de su obra.
La aforística de Gregorio Luri, Aforismos que nunca contaré a mis hijos, o el rigor conceptual del
laconismo que no pierde ni el sentido del humor ni el del amor: Eros, Ágape y
Philos.
Si
cada nueva publicación de Gregorio Luri es un festín para la inteligencia, su
nueva publicación, este libro de aforismos de título tan sugestivo como
enigmático no podía incumplir la norma de calidad a la que nos tiene
acostumbrados a quienes lo frecuentamos
en las múltiples facetas polígrafas en las que se derrama con una generosidad
intelectual tan acreditada como ejemplar. Tenemos la suerte de que Luri no le
hace ascos a ningún canal de comunicación, de ahí que sea tan natural leerlo en
libro de papel como en su acogedor Café
de Ocata, en los diarios o en Twitter: la sabiduría es la misma y Luri tiene
la virtud de modularla en función del canal a través del cual nos la hace
llegar. Algunos de los aforismos que ahora aparecen en forma de libro hemos
podido leerlos en su Café o en Twitter, pero convenía recogerlos en libro
porque, a su manera, son una especie de autobiografía intelectual en la que
Luri ha querido dejar bien claro, en la bella forma lacónica del clásico
aforismo, un pensamiento a contracorriente de lo políticamente correcto. Son
aforismos de combate, por lo tanto, pero también confidenciales y obra, en su
conjunto, de quien vive proyectado en dos dimensiones no siempre
complementarias: la interior de la vida espiritual y la exterior del “ruido”
sociopolítico. Me hubiera gustado, eso sí, que la edición le hubiera hecho más
justicia, porque, estoy obligado a decirlo, hay un tono general de descuido en
la presentación de los textos que pone de relieve una de las más graves
carencias de nuestro mundo editorial: el editor, entendido a la manera
anglosajona. Echo de menos, así mismo, un prólogo del autor, o de algún lúcido
lector suyo, que contextualice el vendaval de claridades y perplejidades en el
que se adentra el lector sin esa guía, por somera que sea, de quien traza el
marco cultural e individual de lo que se va a encontrar. La parte positiva de la
ausencia del prólogo es que la entrada in
media res obliga a los lectores a irlo confeccionando a golpe de aforismo,
si bien el autor, desde la primera página comienza a sembrar las “referencias”
de su discurso atomizador: Schmitt, Heidegger, Cassirer. Gira la primera cara,
tan nominal, y nos encontramos, casi de bruces, con un epifonema que está en la
base de su discurso pedagógico: No hay
normalidad sin excelencia. Es decir, que, apenas empezado el combate
dialéctico, Luri dispara con bala de plata contra la licantropía supersticiosa
de la correcta bobería política, como se subraya dos aforismos más allá: Toda juventud aspira a la libertad
entregándose generosamente a una idea dominante y uniformadora.
Volvamos
un momento al título, que tanto me extrañó cuando lo conocí en su Café.
“Aforismos que nunca contaré a mis hijos”. A los amantes del género aforístico
les chocará, sin duda, la aparición de un verbo “contar”, relatar, que choca de
frente con la condición epifánica del aforismo. No sé si la ausencia de prólogo
tiene algo que ver con esa renuncia a “contar”, a darle naturaleza narrativa a
la pulsión aforística del autor, tan buen lector de poesía, por cierto. En
cualquier caso, ni “contar” ni “explicar”, porque los aforismos tienen la
virtud de explicarse a sí mismos sin necesitar desarrollos complementarios que
anulen la belleza propia de su construcción sintética. En cualquier caso,
intuyo que el carácter sombrío y desengañado de muchos de los aforismos, un
reconocimiento de las muchas debilidades humanas y, sobre todo, sociales, no
constituye un motivo de “relato” con el que entretener, distraer o aleccionar a
los hijos, quienes, por cuestión biológica, han de habitar en la esperanza de
lo mejor por venir, una aventura individual que no se les puede “anticipar” ni
condicionar. Quiero entender el título como la firme declaración de la
exigencia ética de los padres de no aleccionar ideológica, religiosa o
vitalmente a sus descendientes, tan en las antípodas de la pederastia
ideológica a que nos ha acostumbrado la indecencia secesionista. Entre el
“Dejad que se acerquen a mí” y el “Ay de aquellos que escandalizaren”, qué poco
extendido está el compromiso del respeto a los hijos y a su libertad de
pensamiento. Quiero, pues, entender el título en ese poderoso sentido ético de
no imponer el propio pensamiento a nuestros hijos, algo que se compadece, estoy
convencido, con la firme convicción de Luri de la individualidad a ultranza de
la aventura vital de cada ser humano, único e irrepetible, aunque, como con
singular gracejo, piense que El hombre es
un error de casting.
Como
intelector par excellence, Luri es
heredero de una tradición cultural en la que el aforismo siempre ha tenido un
lugar destacado, porque la condensación ingeniosa del pensamiento, a medio
camino entre la retórica poética y la concisión filosófica, forma parte de lo
mejor de la cultura occidental, aunque el aforismo es universal y ha sido
cultivado en oriente y en occidente, al norte y al sur, desde sumerios y chinos
hasta egipcios y griegos, pasando por los judíos. Hay ecos en los aforismos de
Luri de un prodigioso bagaje de lecturas que se cuelan, como de rondón,
inadvertidamente, en los suyos propios, como en esa excelente coincidencia con
Valéry: En el diálogo más que la verdad suele
pesar la necesidad de guarecer la propia imagen. Paul Valéry: Todo el que participa en una discusión
defiende dos cosas: una tesis y a sí mismo; o como el fondo clásico de los
aforismos de Salomón, por ejemplo, que se puede advertir en el sentencioso: Las tres las señales que delatan la
estupidez de las personas, dijo un sabio judío, son la impaciencia para
responder, la fragilidad de la atención y la excesiva confianza en los demás.
[Adviértase la incuria editora en ese inicio: “Las tres las señales”, que por
sí misma no pasaría de anécdota, pero que sumada a las que vendrán nos permite
usar el latinismo.] Pero otras veces, son los aforismos de Luri los que nos
llevan al recuerdo de otros textos, como este: ¿Quién maneja los hilos? ¿El yo¿ ¿Y quién maneja los hilos que maneja
el yo? ¿Y los hilos del que maneja, etc., etc.? Que enseguida me ha traído a la memoria la reflexión
de Sánchez Ferlosio sobre la paradoja de la marioneta: cuantos más hilos la
mueven, más libertad de movimiento tiene.
A lo
largo del libro (y al final hubiera debido
haber un índice por materias, algo que me parece inexcusable en un libro de
aforismos para facilitar la búsqueda) irán apareciendo las realidades de
dominio común, desde el psicoanálisis a la Historia, pasando por la política,
la pedagogía, la religión, las pasiones, los deseos, el catalanismo, la
estética, los sueños, las costumbres, la psicología, el Eros, etc., sobre los
que Luri construye una biografía intelectual desafiante, no porque sea su
empeño llevar la contraria, sino porque es contrario, por imperativo
categórico, a la pereza de la razón que habita en la corrección política y que
se consuma y consume en la ignorancia y sus muchos desprecios. Como buen
frecuentador de aforismos, además, en los suyos propios advertimos ecos incluso
de las Greguerías de Gómez de la Serna o de los Aerolitos, de Edmundo De Ory, y
sobre todo, la gran lección de los Escolios
a un texto implícito de Nicolás Gómez Dávila, un autor que no tardaré en
traer a este Diario, si la salud
asiste, el tiempo se estira y la admiración no me deja mudo y ágrafo.
No
pretendo reproducir ilegalmente el contenido del libro, porque flaco favor les
haría a los editores de La Isla del Siltolá, pero supongo que avanzar una parte del mismo en modo
alguno puede ir en detrimento de su apuesta editorial, sino, ¡espero y deseo!,
en pro del conocimiento, difusión y compra de un volumen que, descuidos formales
parte, complacerá a cuantos lo lean. No me he podido resistido a elaborar lo
que ni siquiera pueden considerarse atrevidos escolios, sino, como mucho,
ligeras apostillas hechas al hilo de la lectura cuando ésta las facilitaba en
el acto, aunque todo el libro, he de reconocerlo, se presta al diálogo fértil,
como lo prueba la necesidad de subrayar y poner notas al margen, como auténtico
escriba silense, porque la lectura de libros de aforismos constituye una
incitación a la emulación, como era el caso de Wallace Stevens, por ejemplo,
quien lo tenía por ejercicio habitual, casi como un entrenamiento intelectual.
Bien,
entremos, sin demora, en esa revisión de alguno de los hitos que no
necesariamente por aparecer aquí indican preeminencia frente a otros, sino, en
todo caso, confirmación de mi coincidencia o discrepancia con ellos.
Habitualmente la vía paradójica surge no tanto del afán del aforista cuanto de
la misma materia advenida del aforismo, porque, como quería Cristóbal Serra,
experto en ellos donde los haya, los aforismos comparten con la poesía muchas
cosas, pero la inspiración es, acaso, la principal: no se elabora un aforismo,
sino que se descubre: El solipsismo es la
única teoría que no se puede compartir. Para ello, sin embargo, es
imprescindible poseer una intuición, una visión privilegiada que ve donde otros
están ciegos totalmente a la revelación: Cuán
elásticos son nuestros rígidos principios cuando nos los tenemos que aplicar a
nosotros mismos. No es infrecuente que esa visión reveladora se fije en esa
especie de retruécano ideológico que es la revisión del lugar común como motivo
creador para desvelar nuestras cotidianas incongruencias: Estadísticamente, nada tiene tanto éxito como el fracaso. ¡Que se lo
digan a este Artista Desencajado, quien saborea sin delectación, pero con
asiduidad, las hieles de ese éxito! O el acertadísimo y demostrado: El antifranquismo más allá de Franco es la
verdadera herencia sociológica del franquismo. Provocadora, en cierto modo,
es su visión del hecho religioso, como cuando reconoce que Hoy nadie pronuncia la palabra alma sin sentirse un poco anacrónico,
si bien, me permito añadir, solemos repetir “desalmado” con pasmosa facilidad…
Y reveladora, su precisión conceptual: Quien
dice “Humanidad” ya está haciendo profesión de fe. Los griegos, más próximos a
la naturaleza, preferían hablar de “mortales”. El “común de los mortales”,
decimos nosotros también…, sin embargo.
No
son pocos los aforismos polémicos que pueden suscitar poderosa controversia,
como el finísimo: Muchos catalanes llaman
“España” a lo que menos les gusta de sí mismos. De ahí que entiendan la
independencia como una catarsis o los profundos: Los mitos verdaderos no se construyen, nos construyen y Entre las familias, es la sangre la causante
de las heridas.
Luri
domina el arte de los registros, porque desde la seriedad filosófica de algunos
de los aforismos no duda en descender a las sanas raíces del humor transgresor
para deleitarnos con algunas muestras de aforismos que nos arrancan la sonrisa
e incluso la risa franca: Nadie es
nihilista mientras canta el himno de su equipo de fútbol o ¿Tiene el caníbal ardores de conciencia?,
que parecen nuevas e incisivas greguerías, como Feliz:
aquel que se cree propietario de lo mejor de sí mismo e inquilino del resto,
y los jardelianos La gente educada solo
se mata por la espalda y Los santos
que nunca tuvieron ocasión de pecar son recibidos en el cielo con un poco de
lástima.
Entre
los “chocantes”, quiero destacar, por ejemplo: Más me sé a mí mismo con el “se” del sabor que con el “sé” del saber,
en el que la aparición de ese “se” del saborear me ha dejado compuesto y sin
novia gramatical, aunque reconozco la osadía conceptual y la aplaudo, que
conste. De lo que estoy seguro es de que el autor no se ha dejado llevar por la
cólera para escribirlo, como sostenía Blake: Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber.
Así mismo, instintiva ha sido la reacción ante el gracioso Los masoquistas están exentos de cumplir el precepto de amar al prójimo
como a uno mismo: “Han de estar” exentos…, he añadido enseguida. Del mismo
modo que, como un resorte, al Eros: el
solipsismo ubicuo, le he añadido: “El pluripsismo, pues”; y ante el
ingenioso El órgano más eréctil del
hombre es el ego, no me he resistido a apostillar: “Y más si alimentado con
orgón…”, referencia acaso rebuscada, pero no para quienes hayan disfrutado de
obras memorables como Análisis del
carácter.
Por
razones de orden íntimo que no vienen al caso, quizás el aforismo al que he
asentido con más intensa emoción hay sido a este apunte psicológico de hermosa
certeza: La melancolía es una pasión
conspiradora contra la terapia del olvido. Si bien hay otros que vehiculan
un lirismo solo propio de quien reside en la existencia con total plenitud: La lengua materna es la caricia o este
otro: El cuerpo tiene rincones
inexplorados por el alma.
[Dejo para el final, porque aún hay
una larga lista de aforismos que me gustaría comentar, cada uno por distinta
razón, y en letra ínfima, esos descuidos que he advertido en la edición: comas
entre el sujeto y el verbo: La
indignación moral, es la forma más engolada del narcisismo; la ausencia de
comas prescriptivas, como en ¿Cuando nos
amamos, qué nos intercambiamos caricias o síntomas?; usos prepositivos,
como en: El paisaje es a la naturaleza lo
que la ley es el hombre [Se ha de entender “al hombre”…]; usos impropios y
concordancias fallidas: Le gustaba buscar
su imagen en las charcos, tras la lluvia, a donde acude también a reflejarse el
cielo; los relativos con preposición en peligro de extinción: Hay gentes que el nacer los deja exhaustos
[“a quienes”]. Hay, así mismo, una repetición con una ligera variación que no
altera el contenido: Quien se miente a sí
mismo tiene siempre motivos para creerse. Quien se miente a sí mismo siempre encuentra motivos para creerse;
y un cambio en los firuletes que separan unos aforismos de otros, de repente
aparece un 2 que no necesariamente indica que el aforismo posterior sea
complementario del anterior o contradictorio u otra versión. De otro orden
serían algunos usos discutibles a nivel semántico, como ocurre en La educación no tendría sentido si no
hubiese en nuestra alma semillas naturales que es necesario arrancar, donde
tanto choca lo de “arrancar” las semillas, sin duda. Como repugna al oído, por
ejemplo, sin que haya una intención irónica apreciable –aunque tal vez mi roma
percepción sea la responsable de no haberla captado- el “instintual” en el sometimiento
de lo instintual a la coherencia”, teniendo a mano “instintivo”. Esa ironía
que sí capto, aunque atenuada en el neologismo de La felicidad: tragarse con naturalidad los propios encantamientos
felicitarios. Poca cosa, ya digo, que no empaña el brillo innegable de esta
colección aforística.]
sábado, 31 de octubre de 2015
“La escuela moderna”, de Francesc Ferrer i Guàrdia: actualidad de una propuesta pedagógica revolucionaria.
La
escuela moderna: La insólita peripecia vital de un
pedagogo anarquista cuya obra deja obsoletas muchas de las propuestas educativas
actuales o cuando ideología y vida aún cabían inextricablemente en las biografías.
Al margen de lo chocante
que resulta saber que la nueva alcaldesa de “la gente” de Barcelona escogiera a un aventurero político como
Companys en vez de a un pedagogo anarquista para rendir tributo a su memoria,
habiendo sido ambos fusilados en el Castillo de Montjuïc el mismo día de
diferente año, me temo que sea entre poco y nada lo que quede en la memoria
ciudadana, y aun profesional, de la vida y la obra del pedagogo Francesc Ferrer
i Guàrdia, un teórico del anarquismo pedagógico y del político, si bien al
primero dedicó todos sus esfuerzos profesionales y propiamente su vida.
A principios del siglo
XX , las mentalidades forjadas en el XIX aún tenían ciertos componentes
heredados que, a día de hoy, incluso nos resultan sorprendentes, cuando no
contraproducentes. La vida de Ferrer y Guardia tiene mucho de vida agitada al
servicio de sus ideas republicanas, primero, y anarquistas después, lo que lo
llevó al exilio en París, adonde fue en compañía de su mujer Teresa Sanmartí,
con quien tuvo cuatro hijos y con quien,
como en cualquier divorcio de nuestros días, a punto estuvo de aparecer en la
sección de sucesos de los diarios, mucho antes de su ejecución política como
inspirador –le acusaron– de la insurrección de La Semana Trágica. El caso es
que el desacuerdo con su mujer sobre la custodia de sus dos hijas mayores,
llevo a su mujer a intentar asesinarlo. Ferrer i Guàrdia no puso denuncia
alguna, pero aún hubo otro intento de asesinato, con pistola, por parte de su
mujer, ninguno de los cuales fue mortal para el pedagogo. Más adelante se casa
con Leopoldine Bonnard, una pedagoga, con quien tiene un hijo, Riego, de quien,
finalmente, también se separará para acabar uniéndose con una colega de su obra
pedagógica La Escuela Moderna, que puede llevar a buen término en Barcelona
porque una antigua alumna suya francesa, Ernestina Meunier, le dejó una
herencia de un millón de francos franceses. Decidido a poner en práctica sus
ideales pedagógicos anarquistas, Ferrer i Guàrdia abre en Barcelona una escuela
en la que, con algunas épocas de cierre forzado por la autoridad, va a ejercer
su magisterio durante un periodo de ocho años, de 1901 a 1909.
La reflexión
pedagógica suele, como el sueño de la razón, alumbrar no pocos monstruos, como
bien sabemos quienes fuimos impelidos a aplicar un sistema, el constructivista
de la LOGSE, que ha acabado prácticamente con la escuela pública, antes con
cierto prestigio, en detrimento de la escuela concertada y privada, refugio de
quienes buscan, supuestamente, lo mejor para sus hijos. Es por ello que me he
acercado con vivo interés al libro en el que Ferrer i Guàrdia reunió sus
experiencias para transmitirlas a cuantos ejercen la indispensable labor de la
enseñanza, en cualquier nivel, porque todos, desde Parvulario hasta la
Universidad son igualmente importantes, al funcionar a modo de castillo humano,
como los populares de Cataluña, en los
que la base ha de ser lo suficientemente fuerte como para poder elevar el resto
de los pisos.
Sin tener una vocación
definida como profesor, me acerqué a la profesión con una sola ambición: ser
útil, y darles a mis alumnos aquello que, desde mi especialidad, la Filología
Hispánica, me veía capacitado para ofrecerles: ayudarles a saber leer y
escribir lo más correctamente posible, amén de conseguir, si ello fuera
posible, un estilo propio, una manera personal de manifestarse oralmente y por
escrito. Las derrotas han sido innumerables, magros los éxitos y por toneladas
de ceniza muerta, sin rescoldo alguno, pueden contarse las indiferencias
recogidas en las aulas. Más aún cuando las autoridades, especializadas en no
dar a los alumnos aquello que les conviene, sino lo que desde su paternalista
visión de la vida creen que ellos necesitan, decidieron ampliar la
obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años, modificando, además, la doble
vía Bachillerato y Formación Profesional para conseguir arruinarlo todo. Hoy me
estremezco al leer que quieren elevar tal disparate hasta los 18 años…
Ferrer i Guàrdia, a
pesar de cierta convencionalidad de aspecto con que ha pasado a la posteridad
en los retratos que se conservan de él, a partir de los cuales casi nadie
podría deducir su ideología anarquista y revolucionaria, fundó una escuela, La
Escuela Moderna, en la que pretendió llevar a la práctica un modelo de
enseñanza que se apartaba radicalmente del que era común en su época. Lo
sorprendente de la lectura de su libro es que muchos de aquellos principios y
no pocas de las prácticas cotidianas en su revolucionaria institución aún lo
son en nuestros días, como veremos inmediatamente. Tener capital suficiente
para afrontar la creación de una institución como la suya fue el mejor golpe de
suerte en su vida de que disfrutó Ferrer i Guàrdia, quien, en el exilio, vivió
las estrecheces propias de quien ha de defenderse, como él lo hacía, dando
clases de español. Es llamativo que, en vez de mejorar su condiciones de vida,
invirtiese ese millón de francos en la creación de una escuela que permitiese a
sus alumnos prepararse para ser los forjadores del futuro del país a partir de
la forja de sus propias personas, porque la voluntad de transformación social
de la Escuela Moderna es tan inequívoca como el proyecto de contribuir a la
formación individual de la persona, de quien ha de depender la primera,
siguiendo su pensamiento anarquista. Al margen de su labor académica, Ferrer i
Guàrdia fue el editor de un diario La
Huelga General, que fue suspendido porque uno de sus redactores, Mateo Morral,
fue el anarquista que lanzó la bomba contra la carroza real que llevaba al
recién casado Alfonso XIII por las calles de Madrid, la cual, al tropezar con
el tendido del tranvía, acabó matando a 25 personas que contemplaban el paso de
la comitiva real, en vez de acabar con la vida del rey, quien salió ileso.
Ferrer i Guàrdia también fue detenido, así como Soledad Villafranca, amante de
Morral, pero ambos fueron absueltos. Soledad Villafranca, profesora de La
Escuela Moderna, y anarquista como Morral y Ferrer, acabó siendo la última
pareja del pedagogo, después de separarse éste de Leopoldine Bonnard, quien
permaneció en Francia
[Dejo anotada aquí la sugerencia de investigar sobre esa
notable mujer, Soledad Villafranca, porque a quien lo haga le será muy fácil sacar
una novela biográfica muy digna de leerse con apasionado interés, a poco que
sepa escribirla sin una retórica demasiado desaliñada].
Mateo Morral, cuya vida
daría pie para una entrada de este y de cualquier Diario, huyó después del atentado, pero fue detenido en una venta
cerca de Torrejón de Ardoz. Lo delató, al parecer, el acusado contraste entre
sus finas maneras burguesas y su atuendo, un mono de mecánico, además del
fuerte acento catalán. En el curso de la detención, fue ejecutado en oscuras
circunstancias que impidieron resolver el misterio de aquel atentado, porque el
informe oficial habla, contra la lógica indiciaria del examen forense, de que
Morral mató al guardia que lo custodiaba y acto seguido se suicidó. La historia
de Mateo Morral y su relación con él forma parte, sin duda, de las pruebas que,
por instigación de La Semana Trágica, se presentaron en su contra en el juicio
en el que acabó siendo condenado a muerte, lo que provocó una ola de protestas
a nivel internacional que volvería a repetirse, no mucho después, en agosto de
1927 por el proceso a los anarquistas Sacco y Vanzetti.
Una característica esencial
del proyecto pedagógico de Ferrer i Guàrdia en aquella época represiva es la
coeducación, algo que choca frontalmente con la separación por sexos de la
enseñanza estatal, excepto en la escuela rural, donde sí está permitida esa
coeducación por mor de las circunstancias propias de tales escuelas. Ciertas
corrientes pedagógicas insisten hoy, por ejemplo, en la separación de sexos
como una vía que permita, sobre todo a las mujeres, desarrollar plenamente su
potencialidad académica, algo que el contacto con los chicos tiende, a veces, a
inhibir, por razones obvias. La coeducación va asociada a la reivindicación del
nuevo papel que ha de desempeñar la mujer en la sociedad como portadora de la
igualdad de derechos, una igualdad que, en aquel momento, no alcanzaba ni
siquiera al derecho al voto, que aún habría de esperar a la Segunda República
para ser conseguido. La igualdad de sexos, así pues, patentizada en la acción
diaria de La Escuela Moderna es, por tanto, una seña de identidad clarísima del
motor revolucionario que supuso la institución de Ferrer i Guàrdia, la cual fue
atacada por la prensa conservadora de una manera casi encarnizada. Pero para
Ferrer i Guàrdia era evidente que la dona
no ha d’estar reclosa a la llar. El radi de la seva acció ha de dilatar-se
enfora de les parets de la casa: aquest radi hauria d’arribar fins on arriba i
acaba la societat.
A pesar de ser una
escuela privada, la suya, se impuso como norma de admisión que se pagara la
matrícula y las cuotas mensuales en función de las posibilidades económicas de
las familias, lo que significaba que había quienes apenas pagaban nada y otros
que pagaban por ellos y por buen número de quienes no podían pagar nada. Es
evidente, pues, que la escuela funcionaba a partir de personas vinculadas muy
estrechamente al ideario que impulsaba Ferrer i Guàrdia, por lo que éste pudo
sacar adelante tan particular institución que él asemejaba, si hubiera de
buscar un ejemplo en el resto del país, a la Institución Libre de Enseñanza. Lo
que distinguía a una de otra era la orientación anarquista de la de Guàrdia y
la burguesa dela ILE, si bien ambas instituciones compartían la enseñanza
racional, la experimentación, el contacto del alumno con la realidad, la
enseñanza práctica y la formación individual del carácter.
La Escuela Moderna, a
diferencia del modelo educativo catalán actual, por ejemplo, no se planteaba
“adoctrinar” a los alumnos, sino formarlos para que, desde el respeto a su
autonomía, ellos fueran apropiándose de las herramientas que les permitieran
formarse una idea de ellos mismos y de la realidad en que vivían: [els nostres alumnes]
quan s’emancipin de la racional tutela
del nostre Centre, continuaran essent enemics mortals dels prejudicis; seran
intel·ligències substantives, capaces de formar-se conviccions raonades,
pròpies, seves, sobre tot allò que sigui objecte del pensament. Y ello
siguiendo algo que hoy en día casi nos parece a muchos educadores un insulto a
la corrección política defendida por no pocos manipuladores de conciencias, en
estos tiempos en los que parece que solo sea políticamente correcto la
exigencia de derechos sin contraprestación de deber alguno: Ensenyarà els veritables deures socials, de
conformitat amb la justa màxima: No hi ha deures sense drets; no hi ha drets
sense deures. Sí, me parece evidente que la pedagogía respetuosa con el
educando de Ferrer i Guàrdia dista años luz de los intentos de todas las leyes
educativas forjadas en la actual atapa democrática española por modelar a ese
alumnado a partir de ideologías específicas, sean de derechas o de izquierdas.
Recordando aquel célebre artículo de Manuel Vicent, a los pedagogos actuales
podríamos decirle: “¡No pongas tus sucias manos sobre esos discentes!” De eso
es de lo que se trata en el libro donde Ferrer i Guàrdia hizo una
recapitulación de su aventura pedagógica. Quiero aportar un presupuesto de la
nueva Escuela Moderna que, a quien lo lea, le hará reflexionar hasta qué punto
el sistema educativo nacionalsecesionista catalán se sitúa en las antípodas de
la razón: L’Escola Moderna actua sobre
els infants: els prepara per l’educació i la instrucció per a ser homes, i no
anticipa amors ni odis, adhesions ni rebel·lies, que són deures i sentiments
propis dels adults: en altres paraules, no vol collir el fruit abans d’haver-lo
produït pel seu propi conreu, ni vol atribuir una responsabilitat sense haver
dotat la consciencia de les condicions que han de constituir-ne el fonament:
els nens han d’aprendre a ser homes i quan ho siguin, en el seu moment, que es
declarin en rebel·lia.
En estos tiempos de
extendidos adoctrinamientos de todo tipo, pero sobre todo nacionalistas,
resulta curiosa la reacción de Ferrer i Guàrdia cuando un nacionalista catalán
le sugirió que llevara a cabo su obra en catalán: Hi va haver, per exemple, qui inspirat en mesquineses de patriotisme
regional, em va proposar que l’ensenyament es fes en català, empetitint així la
humanitat i el món als escassos milers d’habitants que caben en el racó format
per part de l’Ebre i els Pirineus. Ni en espanyol l’establiria jo –vaig
contestar al fanàtic catalanista–, si l’idioma universal, reconegut com a tal,
ja l’hagués anticipat el progrés. Abans que el català, cent vegades l’esperanto.
Leyendo esta furibunda reacción no le extraña a uno, como es lógico, que la
alcaldesa independentista de Barcelona prefiriera homenajear a un golpista como
Companys antes que a un liberador de servidumbres como Ferrer i Guàrdia.
Supongo que el respeto integral a la capacidad de decisión de los seres humanos
que no advertimos en el movimiento secesionista catalán es incompatible con la
visión anarquista de Ferrer i Guàrdia, para quien la missió de l’Escola Moderna consisteix a fer que els nens i les nenes
que li són confiats arribin a ser persones instruïdes, verídiques, justes i
lliures de qualsevol prejudici. Amb aquesta finalitat, substituirà l’estudi
dogmàtic pel raonat de les ciències naturals. Excitarà, desenvoluparà i
dirigirà les aptituds pròpies de cada alumne, per tal que amb la totalitat de
la pròpia vàlua individual, no solament sigui un membre útil a la societat,
sinó que, com a conseqüència, enlairi proporcionalment el valor de la
col·lectivitat. Supongo que los neopaleocomunistas de las miles de
plataformas que dicen representar a “la gente”, advertirán en esas ideas de
Guàrdia poco menos que un individualismo capitalista que les parecerá
aberrante.
Hace unas semanas tuve
el placer de leer un artículo de Joselu en su extraordinario blog, Profesor en la Secundaria, donde se hacía un elogio de la alegría como fundamento del acto
pedagógico. Sin alegría no se puede estudiar, sin alegría no hay posibilidad de
que el acto educativo cumpla con su finalidad, sin alegría, venía a decir,
cualquier intento formador nace muerto. No me sorprendió el planteamiento,
porque eso es algo de lo que cualquier profesor sin orejeras, pero no quienes lucen
las ojeras del amargo desencanto profesional, se da cuenta a poco de empezar su
práctica educativa. Otra cosa es cómo conseguir ese bendito clima en el aula
alrededor de ciertas materias más dadas a la aridez que otras, claro está. En
cualquier caso, lo que me llamó la atención fue la coincidencia entre el
renovado esfuerzo creativo-profesional de Joselu y el planteamiento pedagógico
de Ferrer i Guàrdia con más de un siglo de distancia: ambos, por supuesto, a la
vanguardia de los movimientos de renovación pedagógica. Joselu mezcla la
alegría con otro concepto venido de allende la mar océana, la gamificación, que también aparece en la
teoría de Guàrdia, lo que constituye, sin duda, una coincidencia sorprendente.
He aquí lo que sostenía Ferrer i Guàrdia al respecto: L’alegria, com afirma Spencer, “constitueix el tònic més poderós; tot
accelerant la circulació de la sang, facilita millor l’acompliment de totes les
funcions; contribueix a augmentar la salut quan n’hi ha, i a restablir-la quan
s’ha perdut. El viu interès i l’alegria que els infants experimenten en els
entreteniments són tan importants com l’exercici corporal que els acompanya.
Per això la gimnàstica, que no ofereix aquests estímuls mentals, resulta
defectuosa…” Però, hem de dir amb el pensador al·ludit: una mica és millor que
res. Si haguéssim d’escollir de quedar-nos sense joc i sense gimnàstica, o
acceptar el gimnàs, de seguida, amb els ulls tancats, optaríem pel gimnàs. Els
jocs, d’altra banda, mereixen en la pedagogia un altre punt de vista i una
major consideració, si es vol. És d’absoluta necessitat que es vagi introduint
substància del joc a l’interior de les classes. [Al països més cultes] no s’ha
fet altra cosa, per realitzar aquesta finalitat, que arrencar d’arrel, de les
sales de les classes, el mutisme i la quietud insuportable, característiques de
la mort, i portar-hi, a canvi, el benestar, la intensa alegria, la joia. La
joia, la intensa alegria del nen a la classe, quan comparteix l’ambient amb els
col·legues, s’assessora amb els llibres, o està en companyia i intimitat amb
els Mestres, és el senyal infal·lible de la seva salut interna: de vida física
i de vida d’intel·ligència. Esa insistencia en la seriedad del juego, lo
mismo que en la práctica del ejercicio físico -¡hoy sabemos que el ejercicio
aeróbico es capaz de generar nuevas neuronas y se ha convertido en la principal
terapia contra la depresión profunda!– es algo que debió de chocar lo suyo en
aquellos tiempos encorsetados y envarados, en los que la ignorancia del propio cuerpo
y de sus necesidades, a todos los niveles, formaba parte del “orden natural de
las cosas”. Ferrer i Guàrdia, desde esa perspectiva, puede ser considerado como
un avanzado de tantas y tantas terapias como nos ofrecen hoy mejorar nuestra
vida con poco esfuerzo: Taylor diu:
“S’hauria d’ensenyar els infants a jugar amb la mateixa cura que més tard se’ls
ensenyarà a treballar…” A més, el joc és apte per a desenvolupar en els infants
el sentit altruista. El nen, en general, es egoista, i en aquesta fatal disposició
hi intervenen moltes causes, essent la principal de totes la llei d’herència.
De la qualitat indicada es desprèn el natural despòtic dels infants, que els
porta a voler manar arbitràriament els altres amiguets. En el joc és on hem
d’orientar els infants perquè practiquin la llei de la solidaritat. Les
prudents observacions, els consells i les reconvencions de pares i professors
s’han d’encaminar, en els jocs dels infants, a provar-los que es treu més
utilitat si s’és tolerant i condescendent amb l’amiguet que no pas si s’és
intransigent: que la llei de la solidaritat beneficia els altres i el que la
produeix.
Hay otros aspectos de
la Escuela Moderna algo más obvios y que responden a la situación social propia
de la época, como la lucha por la racionalidad científica y contra las
supersticiones, sobre todo las de la religión católica, sobre las que no merece
la pena detenerse. Sí conviene hacerlo, sin embargo, ahora que está tan de moda
el debate acerca de la teoría constructivista de la enseñanza, sobre la opción
de Ferrer i Guàrdia por la creación propia de los materiales educativos, algo a
lo que le dedicó mucho tiempo y dinero, porque editó buena parte de los
utilizados en la Escuela Moderna. Igualmente, su teoría contraria a los
exámenes y a las calificaciones escolares que dividen a los alumnos
estigmatizándolos e incluso provocándoles malestares de índole física
incompatibles con el proyecto de crear seres libres que no vean la competencia
como un valor, sino que reserven ese lugar de privilegio a la solidaridad, la
única alternativa para construir la sociedad sin clases que él preconizaba. Es
enérgica su denuncia contra la enseñanza oficial, contra el uso de los
manuales, contra el poder casi omnímodo de la Iglesia católica en el ámbito de
la enseñanza, etc. Pero lo que quiero
destacar con algún énfasis es la coincidencia que he advertido entre una parte
de la teoría de la Escuela Moderna y las teorías pedagógicas de Pedro
Montengón, exjesuita ilustrado exiliado, expuestas en su novela Eusebio, de clara raigambre
rousseauniana, sobre quien escribí una entrada en este Diario, y que defienden la preeminencia del aprendizaje inicial
de un oficio, algo que choca con la soberbia educativa de nuestros próceres
políticos actuales, empeñados en conseguir seres renacentistas duchos en
humanidades y ciencias para acabar, en realidad, expulsando del sistema a
quienes han de dejarlo sin siquiera la oportunidad de hacerse con un oficio del
que poder vivir con un mínimo de dignidad. Dice Guàrdia: En comptes de fonamentar-ho tot sobre la instrucció teórica, sobre l’adquisició
de coneixements que no tenen significació per a l’infant, es partirà de la
instrucció pràctica, aquella l’objectiu de la qual se li mostrio clarament, és a
dir, es començarà ler l’ensenyament del treball manual. (…) Un home i un infant
sans tenen necessitat de treballar; ho prova la història sencera de la
humanitat. (…) L’ofici té la lógica inflexible: guía el treball millor que no ho
podriea fer l’alta ciencia. (…) Fàcilment es pot comprendre que qualsevol ofici
en els nostres diez, per ser convenientment conegut i exercit, va acompanyat d’un
treball intel·lectual. (…) A mesura que l’infant avanci en l’aprenentatge, se
li presentarà la necessitat de saber, d’instruir-se, i laeshores s’haura de
vigiñar de no ofegar aquesta necessitat, ans al contrari, una vegada sentida i
manifestada, se li facilitaran els mitjans de satisfer-la. En Eusebio, el instructor del personaje le
insiste en que ha de aprender el oficio de cestero mediante el cual poder
mantenerse, satisfacer sus mínimos vitales, para, después, dedicarse a
menesteres intelectuales de más enjundia, como el estudio de los clásicos.
En términos generales,
así pues, las líneas básicas de la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia implican
una concepción pedagógica de inesperada vigencia que convendría incluir en los
estudios para la formación del profesorado, del mismo modo que las teorías socializadoras
de Paul Goodman, el anarquista usamericano coautor del célebre manual teórico
de la terapia Gestalt con Fritz Perls. Como prueba de que mi intuición no debe
de andar muy lejos de la realidad, adjunto fotografía de una nota hallada en el
libro de la Biblioteca de la Facultad de Pedagogía en la que se detalla una
referencia bibliográfica a la que hace unos días me había acercado por rutas
que nada tienen que ver con este acercamiento a Ferrer i Guàrdia que he hecho
por sorpresa, porque mi hija lo había sacado de dicha biblioteca.
En el texto
de la nota hallada se lee: Paul Goodman –Ensayos
utópicos y propuestas prácticas. BCN. Península, 1973. Acaso algún día
caiga, como este de Ferrer i Guàrdia en mis manos, por pura ley del azar, y
algo saque en claro.
P.S. Siguiendo una costumbre de otras entradas, he dejado sin traducir unos textos en catalán cuya comprensión no me parece difícil para cualquiera que conozca bien el castellano.
martes, 20 de octubre de 2015
“Història mínima de Catalunya” o las cuentas ajustadas a los mixtificadores secesionistas
Del mito a la
realidad: un libro de obligada lectura, Història
mínima de Catalunya, para tener auténticos
y verdaderos elementos de juicio.
A pesar de su innegable interés, sobre todo por lo
que tiene de historia desmitificadora de los pseudohistoricistas panfletos
secesionistas del catalanismo
tradicionalista actualmente en el poder como institución autonómica y aspirante
a continuar manteniéndolo como estado propio tan aislado políticamente como
Corea del Norte, he de confesar que la lectura serena que he hecho de la Història mínima de Catalunya, de Jordi
Canal, me ha renovado la insatisfacción que siempre me ha producido esa
disciplina a medio camino entre las ciencias sociales, el periodismo poco
exigente, la literatura y el panfleto político, es decir, la indefinición genérica
por excelencia. Sería ingenuo que, a pesar de la descalificación precedente, no
reconociera el prestigio que tiene la Historia en todas las sociedades, como
eco del que tuvo en las pasadas, como bien lo señaló Cicerón: La Historia es testigo de las edades, luz de
la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la Antigüedad.
Ahora bien si consideramos que los testigos no son siempre de fiar, que la
verdad anda más fragmentada que el átomo, que la memoria es de suyo flaca y
quebradiza, que el magisterio suele caer en saco roto y que al heraldo le sobra
heráldica y le faltan datos, de poco consuelo nos sirve el elogio ciceroniano.
Más cerca andamos de la verdad si reconocemos, con Sartre, que incluso el pasado puede modificarse; los
historiadores no paran de demostrarlo. En cualquier caso, y ya que de haberla,
hayla, Historia, lo más adecuado sería que la
Historia se ajustara a la condición que a sus practicantes les impone aquel precursor
de la Revolución Francesa que fue Fenelon: el
buen historiador no es de ninguna época ni de ninguna nación; si bien me
temo que en el caso que nos ocupa, la Historia de Cataluña, eso chocaría
frontalmente con la convicción sectaria y facciosa de los apologetas
secesionistas que no dudan en considerarse a sí mismo no solo historiadores,
sino, además, los únicos objetivos y poseedores del relato histórico que se
ajusta a la verdad como el famoso guante, aunque ellos le hayan aplicado a la
historia de Cataluña la túnica de Deyanira, el lecho de Procusto y el buey de
Falaris. Usan la Historia como “demostración”, más que como “mostración”.
No voy
a centrar esta entrada de mi Diario
en una argumentación contra la Historia, por más que la tentación de ajustar
cuentas con una disciplina tan tramposa sea harto poderosa. No excluso, como en
el párrafo precedente, que aquí, allá y acullá deje caer, incidentalmente,
alguna que otra crítica contra ella y contra sus terribles efectos en el seno
de las sociedades cuando, como hemos visto en los fastos nefastos del Tricentenari de la Guerra de Sucesión
(convertida por esos fastuosos despilfarradores de los dineros públicos en
Guerra de Secesión), se utiliza como poderoso combustible por insensatos pirómanos
políticos a quienes nada les importan los males, e incluso las tragedias, que de
tales actividades se puedan derivar. Hay cultos patrióticos que arrasan incluso
con la patria que pretenden preservar y defender.
Ramón
de Campoamor quizás no posea la auctoritas
que este asunto de la Historia requiere, para que su opinión sea considerada
libre de toda sospecha, pero cuando afirma: no
creo en la historia antigua desde que he visto escribir la historia moderna,
me siento inclinado a reconocérsela, sobre todo después de la lectura de un
libro como Historia de un alemán, de
Sebastian Haffner, quien vive la Historia trágica del pueblo alemán en la época
de la conquista del poder por parte del NSDAP de Hitler sin apenas darse ni
cuenta de cómo, casi insensiblemente, se iba extendiendo el dominio social del
partido racista. Es obvio que Campoamor se refiere a la falta de nobleza e
incluso a la trilería y a la corrupción políticas de su época, que es la de todas
las épocas, por otro lado; pero a mí me interesa más esa vertiente de lo que
Unamuno denominaba la “intrahistoria”, cuya representación en ese constructo
indigerible y pretencioso al que llamamos Historia es mínima o inexistente. De
hecho, incluso se ha editado ya una interesantísima Historia de la vida privada que se acercaría, más o menos, a lo que
le interesaba a Unamuno, pero sin cubrirlo por completo. Ahí está el arte, y
sobre todo la novela, para remediar las carencias de la Historia. Lo peor de
ese remedio es la facilidad con la que los historiadores han acabado creyendo
que lo suyo era construir un “relato” verosímil, antes que indagar sobre la verdad
inequívoca de los hechos para ofrecérselos a los lectores en su elocuente
desnudez. Hay un mucho de cocina demoscópica, digámoslo así, en ciertas elaboradas
narraciones históricas.
Desde
el punto de vista del novelista, un libro de Historia es siempre un trampolín.
Su interés siempre se dispara a lo que no se dice, hacia donde vuela disparado,
acaso como el hombre-bala, desde el cañón de ciertos hechos o conductas a
menudo incomprensibles o carentes de motivaciones plausibles. Lo que cualquier
lector, sea novelista o no, no puede hacer es limitarse a asentir a una
catarata de nombres y hechos tras los que se adivinan situaciones tan complejas
como las propias que se viven, que vive cada cual, en el momento presente de la
lectura. No discuto que la inclusión de “Mínima” en el título puede descargar
de responsabilidad al historiador, Jordi Canal, en el caso de que no queden
suficientemente colmadas las expectativas de los lectores respecto de lo que el
resto del título promete, nada menos que una Historia de Cataluña; pero, en
términos generales, y por encima de las virtudes de este libro, que son muchas,
desde el punto de visto del afán de objetividad, sobre todo, queda un poso de
insatisfacción que se acrecienta a medida que nos acercamos al siglo XXI. No sé
si el afán sintético es incompatible con la Historia, aunque Pierre Villar lo
cultivó con maestría y éxito, pero no me cabe duda de que la poda excesiva
también impide ver el bosque (en todo su esplendor).
Si
alguna impresión indeleble deja esta Història
mínima de Catalunya en el lector es la de que la sociedad catalana puede
ser cualquier cosa menos un todo homogéneo y que se trata de una sociedad
permanentemente “en obras”, es decir, en permanente formación, es decir, lo más
alejado de ese hilo patriótico que se remonta casi a los neandertales y que poco
menos que atraviesa las épocas históricas fiel a su trenzado y a su trazado
lineal. La historia conjunta de Aragón y el Principado de Cataluña que
desemboca en la unión de Castilla y Aragón para formar lo que nominalmente se
conocía como España antes de esa unión, es un laberinto de casamientos,
herencias, enfrentamientos y conquistas cuyo potencial narrativo tiene más peso
que el propiamente histórico, sobre todo cuando pensamos en el referente exacto
de las realidades sociales de las que se habla en términos de poder real, población,
riqueza, etc. Que a los catalanes en el Poema del Mío Cid se les denomina “francos”
nos indica ya, bien a las claras, de qué hablamos, o el hecho de que el rey de
Mallorca, Jaume II, hijo de Jaume I el Conquistador, residiera en Perpiñán,
aunque la capital del reino fuera Mallorca. Todo, en Cataluña, se ha ido
haciendo poco a poco y no sin mezclar en exceso la leyenda con los hechos
ciertos. Incluso la fijación del número de barras sobre el fondo dorado, o, en
términos heráldicos que recoge el libro: El
blasó d’or amb quatre pals de gules no se acaba de fijar hasta el siglo XV.
Compárese esa tradición con la “invención reciente” de la estelada, de 1918, y
veremos el mundo de mixtificaciones que rodea lo que podríamos considerar la
verdadera Historia de Cataluña.
Me
ha llamado la atención de esta Història
mínima de Catalunya la visión clara de lo que podría considerarse la permanente
división de los catalanes a lo largo de su historia. Las cataluñas de los señores
feudales y de los siervos de la gleba, del absolutismo real y de las Cortes, la
del seny
y la de la rauxa, de los austracistas
y los borbones, de los liberales y los carlistas, de los republicanos y los
nacionalistas (españoles), de los revolucionarios y los moderados…, una
Cataluña dividida –en un momento dado incluso llegó a haber dos Generalitats
enfrentadas y operativas, reclamando cada una ser la representante fiel de la
Cataluña real– habitualmente por
motivos de clase y nunca, como sucede ahora mismo, por motivos identitarios con
tintes etnicistas y supremacistas.
Jordi
Canal se ha propuesto escribir una historia desmitificadora, ¡y vaya si lo ha conseguido! El hecho, por ejemplo, de que se atreva a romper el tabú de la lengua “propia”
y que hable de que lenguas propias de Cataluña a lo largo del tiempo ha habido no pocas, ¡hasta el vasco!, y destacadamente el castellano, es suficiente para que se granjee la
ojeriza e incluso el odio eterno de los mixtificadores de su gremio y del gremio ignaro
de los contertulios, opinadores y politólogos varios que invaden los medios de
comunicación públicos y privados (si es que, a día de hoy, puede trazarse una línea
divisoria entre ambos en Cataluña, la verdad). Que el libro nos ofrezca una
visión ajustada a la realidad de la obra nada edificante de lo que los
mixtificadores han construido, en términos religiosos, como el martirio del
Presidente Companys, un dechado intachable de aventurerismo político a quien el
actual Presidente de la institución, el Nada Honorable Artur Mas quiere imitar,
dice mucho y bueno de los valores cívicos de su autor y de su valentía
intelectual. Solo por ello el libro merece la compra y la lectura atenta, más
allá de las insatisfacciones que a los detractores de la disciplina nos pueda
dejar.
viernes, 9 de octubre de 2015
El Quadern gris o el “Mundo Pla”: obra total.
El
quadern gris, un clásico de la literatura universal.
No me extraña que Pere Gimferrer nos
ofreciera como coronat opus de su
magnífico Dietario –sobre el que ya he escrito una admirativa entrada en este
Diario– un homenaje a Josep Pla titulado Posible
imagen de Pla. No se me ocurre mejor
manera de comenzar esta entrega sobre El
quadern gris que con las palabras de
su mejor discípulo dietarista en las que recuerda el momento imborrable en que
conoció al maestro ampurdanés:
Mirad: mi Josep Pla está aquí, visto
al sesgo, en un ángulo de un salón del Ritz. Hay unas señoras sentadas
hablando. Pla lleva una boina y, también sentado, habla a ratos y a ratos
calla, lúcido y vívido, con ojos chispeantes de pastor tártaro*. Caminamos,
Josep Maria Castellet y yo, por las claridades de alambre que deslindan los
trebejos televisivos, bajo el fuego imprevisto y súbito de las lámparas
instantáneas de las cámaras fotográficas. Josep Pla está al fondo, muy lejos de
todo esto Y ahora Josep Vergés y Joan Teixidor me presentan a Pla. No nos
habíamos visto nunca, aunque, durante años, semanalmente, el uno leyera al
otro. Pese a todo, pese a que incluso habla de mí en Notes per a Sílvia, yo no estaba seguro de que Pla me recordara, de
que asociara mi nombre a las cosas frívolas y desperdigadas que he sido capaz
de escribir. Ah, pero Josep Pla se levanta, con vigor, enérgico en la flaqueza
vulnerable de la senectud; Josep Pla se levanta y me mira y me señala con el
dedo y me dice –la voz viene de muy lejos, quebradiza, pero las palabras, con
sonido ahogado y mortecino, son precisas, son nítidas–: «Usted escribe un
dietario…» Quizá hace un elogio, quizá no dice nada más, o casi nada más. El
autor de Quadern gris, el autor del
Dietario, del único Dietario con mayúsculas, me ha dicho que yo, precisamente
yo, escribo un dietario. (14 de marzo)[de 1982]. [*¿Tendría en la memoria Gimferrer la descripción
que Pla hace de sí mismo en el Quadern:
Tinc la cara notòriament plana i els
pòmuls amples i sortits. Això féu dir a alguns amics de Barcelona (...) que jo
semblo un rus del Mediterrani.]
De esto trata esta entrada, del único Dietario con mayúscula, porque si
algo sorprende al lector avejentado del Quadern
gris es no solo que su autor lo escribiera con 21 años, en un caso
excepcional de precocidad literaria y humana, sino, sobre todo, la absoluta
contemporaneidad de dicho Dietario, porque su autor, que se desnuda en las
páginas con una sinceridad y honestidad que lo honran, es nuestro contemporáneo
por el hecho de ser, indiscutiblemente, un clásico, y ello a pesar de todas las
reticencias que entre mis conciudadanos catalanes pesan a la hora de acercarse
a la obra de un catalán tan ilustre y universal como Dalí, pongamos por caso, y
no menos polémico que el propio pintor, tan
ampurdanés como nuestro dietarista, una ampurdanesía de la que hace
ostentación y gala a lo largo de las páginas de este Dietario que, no creo que
pueda ser de otra manera, cualquier intelector con un mínimo de sensibilidad
estética ha de intentar leer en la versión original, un catalán que se ha
convertido en auténtico modelo de lengua: un catalán no alambicado en un estilo
nada embolismático, y con unos contenidos de carácter universal a partir de la
pasión por lo cercano. Pla vive en un momento crucial para la cultura catalana, porque ante ella se abren dos caminos que vamos a representar aquí, simbólicamente, con dos palabras: quartilles, la usada por Pla y quartel·les, aquesta és la paraula que Josep Carner proposa per anomenar aquesta classe de papers. La diferencia me parece evidente: alejarse lo más posible del castellano [opresor...] o convivir con él de forma natural. La reforma normativa de Pompeu Fabra va en la primera direccion, y por ese camino hacia el establecimiento ridículo de una lengua literaria "exclusivamente" para una megaminoría (sic, sí, aunque suene a oxímoron), lo que, claramente, está en contra de la lucha por asegurar su supervivencia como lengua de cultura, lo cual no deja de ser paradójico. Cataluña, por otro lado, y volvemos a lo cercano, es La Mancha de Pla, y él el Don Quijote de sí
mismo, dispuesto a no dejar títere con cabeza, a juzgar por la dureza con que
ataca la hinchazón, la falsa solemnidad, la nesciencia y la vanidad de las
quimeras literarias del joven amanuense, perdido en un mundo en descomposición
del que acabará huyendo, vía París, para oxigenarse y poder respirar otros
aires que los mefíticos de la oscura provincia flaubertiana, asolada por la
gripe deletérea, como la Florencia de Boccaccio por la peste bubónica, si bien
Pla volverá su vista a lo más cercano, comenzando por sí mismo, y no con afán
de entretenimiento sino por puro ejercicio disciplinar: Quan d’ací a trenta o quaranta anys aquests papers es publiquin –si és
que algun dia es publiquen–, ¿quines reaccions produiran en l’esperit del
lector , si és que tenen algun lector escadusser? Jo només m’atreviria a
demanar una cosa a aquest lector hipotètic; li demanaria que els llegís amb
calma, lentament. (...) Aquest quadern és en primer lloc un element de
disciplina –un dels pocs elements de disciplina positiva que actua sobre la
meva vida.
Dos años de la vida del autor, 1918 y
1919, contienen este Dietario ejemplar, en un tomo de casi 800 páginas que se
leen con el indescriptible placer de quien ha hallado, por fi, a quien sabe
cómo y qué contar de su vida. Hay dos Josep Pla, en esos años: el joven que
intenta abrirse camino literario con un estilo ampuloso y noucentista en revistas
comarcales que nadie lee y el hombre sin edad, retraído y reflexivo que asiste
regocijado y molesto a partes iguales al espectáculo de la vida que se
desarrolla ante su mirada crítica, irónica y descreída. Este último es el que conocemos
en el Dietario. Y lo conocemos tan a fondo como intenta conocerse él a sí
mismo, en este juego de osada exhibición constante y ningún exhibicionismo,
porque, ya lo he dicho antes, la honestidad del autor está fuera de toda duda,
tanto que incluso ha sido capaz de ser lo valiente que exigía el género para
relatarnos lo que ha de entenderse como un intento de acoso sexual a una menor:
A la carretera trobo Adela, la nena del
far. És més menuda, plena, i deliciosa que mai. Se m’acosta amb moltes ganes de
riure. Tracto de fer-li una carícia, però de sobte veu en la meva cara alguna
cosa estranya, es torna pàl·lida, forceja nerviosament i fuig, corrent com un
coet. Després ve la depressió de l’alcohol i el remordiment per les violències.
Un dels dies més desagradables de la meva existència.
El Quadern gris
tiene una dimensión casi enciclopédica y muchos niveles de lectura. Se nos
aparece como una guía esclarecedora de un momento histórico y como un
observador privilegiado de la construcción de una identidad. El ser y su
circunstancia se imbrican de tal manera en las páginas del Quadern que deberíamos hablar de un “Mundo Pla” para hacerle justicia.
Desde una insobornable individualidad crítica, el autor construye el ajustado relato
de su propia vida de estudiante que acaba los estudios de Derecho en la
Barcelona del pistolerismo y la eclosión nacional; un estudiante que aborrece
dichos estudios, que tantos sacrificios le ha costado a la familia, y a los que
no se dedicará profesionalmente, pues la posibilidad de poder vivir de la
pluma, aunque sea como periodista mal pagado, se le antoja un auténtico ideal
de vida. La austeridad con que ha soportado su largo ciclo de vida
universitaria lo ha educado en el arte de la privación y el sentido del humor,
como se refleja en muchas anécdotas que jalonan el libro, como ésta en que le
describe a un amigo las terroríficas judías que, en cuanto se levante, va a ir
a comer a la pensión. Camps i Margarit, un pudiente socio del Ateneo lo escucha
y… En el moment d’alçar-me per tal
d’emprendre el camí, absolutament fatídic, de la dispesa*, se m’acostà, em posà
un duro de plata a la mà amb un moviment imperceptible (cosa que em dóna idea
que estava habituat a fer-ho) i em digué:
–Aneu a sopar al restaurant... La descripció que heu fet de les mongetes
verdes val més d’un duro. Desprès, deixeu-vos caure a l’Ateneu. (*Pensión.)
De Pla yo había leído, con motivo de
una larga investigación sobre la vida de Josep Anselm Clavé, el creador de los
coros de su nombre, un republicano federalista de vida ejemplar, Un senyor de Barcelona, libro con el que
disfruté desde el punto de vista de la investigación, pero también desde el
estilo. En su momento, hará ya más de 30 años, había proyectado una novela A la sombra de Clavé en que mezclaba dos
vidas: la propia de Clavé y la de mi padre, un joven socialista que, cambió de
bando en la Guerra Civil, tras sufrir el chantaje de la amenaza contra su
familia, si bien se adhiere después a la “causa nacional” con una vehemencia
digna de mejores causas. El título proviene de las largas tardes evocadoras que
el narrador pasa junto a la monumental estatua del músico en lo alto del Paseo
de San Juan, tocando a Gracia. Madrid. El
advenimiento de la República, por otro lado, en su dimensión de periodista, es un conjunto de magníficas
crónicas de los primeros momentos de la República. Pla es un polígrafo y muchos
sus intereses, entre los que han de destacarse dos muy curiosos: el paisaje,
sobre todo el de su Ampurdán natal y la gastronomía, como acredita en su
devoción por los sofritos: Els
empordanesos –no es pot pas negar- som una mica poca-soltes, però els sofregits
d’ací no tenen rival; són, sense discussió, els millors del país. Sofritos
que le inducen a un párrafo evocador lleno de una extraordinaria delicadeza: És la nostra vida mortal: tots portem el
record d’un sofregit de l’ermita clavat al cor i una ombra de vi rosat
tremolant a la nina de l’ull. I la darrera cosa que veurem en morir-nos i la
que veuen els nostres morts és la proa de l’ermita, penjada entre el mar i el
cel, suspesa en el buit de l’oblit fabulós.
Resulta imposible resumir una obra
capital como El quadern gris o
extractar aquellos fragmentos que nos parecen “definitivos”, porque la ristra
de ellos se extendería, al menos, las 50 páginas de transcripción apretada que
he elaborado a partir de la atenta lectura, de la morosa lectura que exigía Pla
de su obra, y que yo he cumplido con creces. Disfrutaría haciéndolo para un
trabajo académico, pero para trasladar a los intelectores ociosos que tienen a
bien pasearse por este Diario –que no
dietario, quede claro…– la pasión que he sentido por esta obra, casi podría
escoger al azar cualquier página de esa cincuentena de ellas de apuntes para
que se entendiera a la perfección la delectación con que he leído/devorado esta
obra. Lo he hecho tarde, lo sé. Otro tanto me ocurrió con Platero y yo, en cuya lectura no me metí hasta cumplidos, amb escreix, los 50 años, para
descubrir, sorprendido, que se trata de un libro que poco aprovecha a quienes
no hayan acumulado la experiencia vital que se supone se ha de haber alcanzado
a esa edad, si no se va con retraso, como yo voy, pues a mi edad actual se le
han de descontar los primeros quince años iniciales, auténticamente analfabetos. En cualquier caso, lo evidente
es que, en modo alguno, es una obra para niños, ni para adolescentes o jóvenes,
sino para lectores muy hechos y derechos, o mejor dicho, algo vencidos de la
edad y con sus muros en parte desmoronados… ¿Probamos? La 21, venga, la de la
edad que tenía cuando lo escribió: He aquí íntegro lo contenido en ella:
En les relacions personals, el coneixement de les febleses alienes és
l’element d’integració actiu. Forma un secret de dos, una zona d’ombra que
fusiona les ànimes.
El teixit de les relacions humanes està governat d’una manera tan poc
lògica i natural que, si hom estudia amb detenció el cas més corrent de la
realitat, queda esgarrifat de l’abundància de causes i situacions paradoxals,
impensades, imprevisibles, absolutament insospitades.
La primera cosa que es necessita per sentir una passió es saber-la
expressar. És
indescriptible fins a quin extrem ens hem tornat curts, espessos i ignorants. Som uns perfectes ases.
Hi ha països en què la monotonia és per a la gent una cosa més necessària
que el pa i les patates. El nostre país ocupa en aquest punt un lloc molt
important.
El diàleg d’un home que no s’equivoca mai té tres característiques: és
segur, és seguit i és inacabable. Són les tres mateixes característiques d’allò
que no s’acaba mai: la mediocritat, la impressionant mediocritat.
De vegades, boigs fan bitllets... comprèn? [Se trata de una errata no corregida.
La frase proverbial es: Boigs fan bitlles..., que significa “los locos a veces
aciertan”]
Tothom posava aquella cara de sofriment fingit que era costum de fer
davant de la música distingida.
L’obsessió del gran àpat acabat en cançons és permanent en el país
[Palafrugell]. És una obsessió tan forta que hom cantaria encara que el dinar o
el sopar fos corrent. Si hom se n’absté és a contracor –per no ésser pres per
boig, simplement.
Nydia, de Juli Garreta, és la millor sardana que s’ha escrit mai en
aquest país, una pura meravella.
Àdhuc suposant un moment que la intimitat fos expressable, ¿qui
l’entendria, qui la podria comprendre? Si no fos única, particularista,
personalíssima, absolutamente primigènia, ¿quin aspete tindria?, ¿com es podria
imaginar la seva presència? Quan no podem aclarir la nebulosa interna, diem
habitualment: «Jo ja m’entenc...» Els embriacs diuen el mateix. Sospito que les
criatures que no arriben a fer-se entendre, pensen el matei. La meva idea,
doncs, és que la intimitat és inexpressable per falta d’instrument d’expressió,
que la seva projecció exterior és pràcticament informulable. (...) I, però si
això no fos prou, hi ha tots els monstres invencibles: la vanitat, el
tartufisme, l’educació, l’egism, el convencionalisme, l’enveja, el
ressentiment, la humiliació, la influència dels diners o de la manca de diners,
la impotència..., és dir, tot el detritus de passions i de sentiments que hom
arrossega des que hom es lleva fins que se’n va al llit. (...) Les
contradiccions íntimes són permaents. Per exemple: jo tendeixo en públic, o
quan escric, a combatre el sentimentalisme per pornogràfic o antihigiènic, però
el cert és que personalment sóc una mena de vedell sentimental evanescent.
El último párrafo sobre la intimidad,
que es el corazón de la materia alrededor del cual gira buena parte del Quadern, me parece tan suficientemente
significativo de la madurez y del nivel de reflexión del autor que cumple a la
perfección, a mi entender, la misión de convencer al intelector de las bondades
de esta obra clásica de la literatura autobiográfica. Ha de tenerse en cuenta
que Pla es un lector voraz y un espectador nato, poco amigo del protagonismo y
mucho de mantener cierta distancia desde la que convertirse en fenomenólogo que
no pierde ripio de cuanto sucede, lo cual analiza, además, desde una
preparación tan sólida como la de su formación de escritor y filósofo
autodidacto. Su construcción libresca, no obstante, chocará indefectiblemente
con la realidad, y de esa dialéctica surgirá su obra luminosa: És quan parlo amb la gent que té vint anys
més que jo que veig clarament les característiques de la generació de què formo
part. Nosaltres venim dels llibres, Nosaltres hem llegit i llegim llibres.
Creiem que hem viscut perquè hem llegit els llibres. Els llibres ens han donat
l’esperança d’alguna cosa. Els llibres ens han suggerit l’esperança d’alguna
cosa. Hem esperat anys i anys que alguna cosa es produiria. ¿Què s’ha produït?
Absolutament res. Res. Això ens ha portat a suposar que els llibres diuen una
cosa i que la vida en diu una altra de molt diferent. (...) La vida és això i
allò i el de més enllà –diuen els llibres–, però després resulta que ningú no
es dóna per entès, que ningú no fa cap esforç per fer quedar bé les afirmacions
dels llibres. Hom descobreix que el que diuen els llibres serveix per
dissimular, per camuflar –és una paraula de moda– la vida mediocre i
acomodatícia. (...) Les èpoques sempre han estat iguals i el que s’anomena les
grans èpoques només han existit en la imaginació dels que n’han escrit els llibres…
No es infrecuente, por otro lado, que Pla se enfrente a ciertas materias desde
una perspectiva jocosa, porque ha de reconocerse que su humor, un humor
singular y malicioso, alivia una visión un tanto oscura del ser humano y de la
sociedad que animal tan imperfecto ha construido. Recuerdo, ya puestos en los
libros, la anécdota de un tal Pelegrí Casades i Gramatxes, un hombre terrible i menut rondinaire, biliós,
malcarat, sàtrapa i llengua viperina desenfrenada, y de tan escasa altura
que para llegar a la mesa de trabajo se hacía poner sobre la cadira un gavadal de llibres voluminós. Aquests llibres
contenen les obres més considerables que ha produït l’esperit humà: la Sagrada
Bíblia, la Patrologia dels santes pares, les Decretals. És molt possible que
hagin passat pel seu cul llibres molt més importants que els que han passat per
les seves mans.
La riqueza de los motivos de reflexión
de Pla es de tal extensión y transversalidad que el concepto de “Mundo Pla”
para referirme al Quadern tiene como
objeto alimentar la curiosidad del intelector que aún no se haya decidido, bien
por prejuicio pseudoizquierdista, si es catalán, bien por desconocimiento, si
es de otra parte de España a internarse en las páginas de este DIETARIO no con
mayúscula, sino mayúsculo todo él, y apasionante. Da igual que el emotivo que
propicia la reflexión sea la escritura, la política, los sofritos, el paisaje, la
universidad, la vida de pensión, las tertulias del Ateneo o lo primero que se
le ponga por delante, porque no hay asunto al que no le saque punta con una
agudeza que maravilla por su precocidad y con la que resulta más que difícil no
empatizar. Hablamos de un escritor que “no se gusta a sí mismo”, que se
considera menos que dotado para la vida social y aun para la escritura, carente
de imaginación, con turbias pulsiones sexuales y entregado a la drogadicción
alcohólica, como me confirmó de segunda mano –la primera es su propia confesión
en el Dietario: L’alcohol em fa molt de
mal... però tinc tanta set! A més, m’acosto a l’alcohol amb una mena de
il·lusió que m’abassega. Aquesta il·lusió va lligada a un desig irrefrenable de
vehemència i atordiment. (...) Per un duro (vint miserables rals) es poden
tenir quatre Pernods autèntics (Pernod Fils) gelats, deliciosos, exquisits i
estar dominat per un remolí dionisíac set o vuit hores–mi buen amilega
Benet Martínez, nacido en Pals, que tuvo un santo día la inmensa fortuna de ser
invitado a Llofriu por Pla; invitación de la que, chispeante conversación al
margen, a mi amigo Benet se le quedó grabado el saque alcohólico del escritor,
capaz de tumbar a un cosaco, él tan ruso y tártaro…
Me parece importante señalar que
dentro del Dietario hay, como mínimo, un par de relatos breves que tienen la
suficiente entidad como para haber podido ser editados al margen del Dietario,
dado su intrínseco valor narrativo y el hecho de comenzar y concluir sin necesidad
de ulteriores explicaciones. Uno de ellos, el del aprendiz que roba al amo
pertenece a la veta estupenda del Bartleby, y no desmerece en absoluto. El otro,
un intento de sátira sobre dos prometidos y el amor, es de una deliciosa
crueldad diabólica…
Por lo demás, y dada la
imposibilidad, en una obra construida bajo el signo estructural del
amontonamiento, del añadido arbitrario, de establecer las líneas maestras de un
discurso fragmentario, pero no quebradizo, me veo obligado a proseguir por más
tiempo esta laudatio merecidísima, y
dejo, para el turno de réplica, algunos añadidos que pueden hacer las delicias
de los intelectores, si es que no, por petición manifiesta, me incitan a
continuar con esta entrada.Vale.
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