domingo, 12 de mayo de 2019

«El crepúsculo de las ideologías», de Gonzalo Fernández de la Mora o la injusta preterición de un intelectual conservador.


      


Un ensayo visionario sobre la democracia  desde dentro del franquismo.
  
Leí hace muchos años El crepúsculo de las ideologías y me sorprendió en aquel entonces la crítica bien razonada a las ideologías como fuentes de sectarismo y confusión, y su inutilidad como receta para enfrentarse a los desafíos de sociedades complejas como la que el autor anticipa ya en fecha tan temprana como 1965, aunque fue corrigiendo  y ampliando el original en las sucesivas ediciones de una obra que, leída hoy, a más de medio siglo de distancia de cuando nació, no deja de tener una actualidad sorprendente, porque muchas de sus apreciaciones forman parte del debate político y sociopolítico en nuestros días.
Lo más chocante, sin duda es la propio evolución política del autor en relación con las ideas, muchas de ellas, de índole liberal, que ha sembrado en su breve tratado lleno de intuiciones muy acertadas y de sugerencias provechosas. Lo primero que se advierte en la lectura es la sólida formación del autor, lo que no es extraño si tenemos en cuenta que se licenció en Derecho y en Filosofía pura. Siguió la carrera diplomática, de cuya escuela sería Director al final de su carrera profesional, y sus frecuentes estancias en el extranjero le permitieron tener una visión del tema de su obra propiamente europea, alejada, por lo tanto, de la estrechez de la democracia orgánica franquista cuyas leyes fundamentales, sin embargo, él contribuyo a crear. Quizás por eso se opuso a la aceptación de la Constitución por el grupo político de Alianza Popular en el que se encuadró con la llegada de la Transición. Como dijo en frase ya célebre: «España no necesita constitución porque es un Estado perfectamente constituido». Ello mismo le condujo a escorarse hacia la ultraderecha en un grupúsculo escindido de AP que no tuvo ninguna presencia política. Desde esa posición política, sin embargo, se convirtió en un debelador de la Transición, según se recoge en su libro Los errores del cambio (1986), que no sé si habrá leído Pablo Manuel Iglesias, la verdad, dada su oposición coincidente al Régimen del 78, como el dirigente de Podemos lo llama.
         Ignoro si su obra Pensamiento español le habrá servido a Gregorio Luri como preciosa fuente para su reciente obra La imaginación conservadora, pero Fernández de la Mora llevo a sus páginas lo más sobresaliente de ese pensamiento conservador racionalista que se refugió en la revista Razón Española, editada por la Fundación Balmes, y que aún sigue editándose en la actualidad, dirigida por su hijo. No se trata de una revista “de partido”, ni del órgano oficial de una ideología -¡tendría su gracia, después de haber escrito el libro que nos ocupa!-, sino de una aportación humanística al pensamiento político y sociológico.
         Buena parte de los postulados que se recogen en la revista proceden de este breve tratado de ciencia política que disecciona desde una defensa de la razón científica y el predominio de los expertos el sistema democrático vigente en su época y que se refería más al que él contempló como diplomático en el extranjero que propiamente al sistema español, en modo alguno homologable con él, como bien hemos podido comprobar hasta que, tras la promulgación de la Constitución del 78, se nos consideró «aptos» para pasar a formar parte del selecto club europeo de democracias.
La crítica que Fernández de la Mora le hace al sistema democrático a través del predominio de las ideologías en la vida política, una muestra, para él, de total anacronismo que sirve de agente retardatario del desarrollo y del progreso material de las sociedades, llama extraordinariamente la atención por la lucidez de su planteamiento, el conocimiento de las fuentes clásicas del  pensamiento político y por un buen puñado de intuiciones que forman parte de algunos principios con que partidos de nuestro presente se han presentado a las elecciones generales y se presentan a las elecciones municipales, autonómicas y europeas de aquí a pocas semanas.
Hay en este libro una crítica de la masa y de cómo esta condiciona no solo las ideologías, sino también, vía sufragio, los modos poco efectivos de encarar los problemas sociales y, sobre todo, la solución más racional y efectiva a los mismos. El autor hace una precisa descripción antitética entre el entusiasmo como motor de las ideologías, y el razonamiento como elemento esencial del método científico que, a través de los expertos, ha de promover el auténtico «desarrollo», concepto que le parece a él, ¡en aquella época!, que identificaba el verdadero objetivo de la teoría política frente al marrullero y vago de las ideologías.
Que un ministro del gobierno de Franco, del último, además, encabece su análisis con una afirmación como esta: Necesitamos una gran cura de racionalización, nos da a entender que en él vamos a hallar algo muy distinto de lo que popularmente se ha entendido siempre como «franquismo», esto es,  una recopilación de la tradición tridentina que ha hecho suyo el beato y totalitario tradicionalismo español desde entonces. Que Fernández de la Mora perteneciera al ala tecnócrata del franquismo, en la órbita del «desarrollismo» del catalán Laureano López Rodó, permite entender ese afán racionalista que, desde una inequívoca asepsia ideológica, de ahí la tesis del libro, pretendía buscar, para ese desarrollo, las soluciones científicas que permitieran las mejores decisiones.
Está claro que, a su entender, las ideologías significan algo así como oscuros saberes nigrománticos que pretenden actuar en la sociedad a través de la alienación y no de la racionalidad del método científico, y de ahí la descalificación radical de las mismas, de todas, las conservadoras también:  Cuando se dice ideología se está aludiendo a lo que no es ni ciencia rigurosa ni sabiduría estricta. Esta distinción entre el saber cierto y el problemático, entre el exacto y el aproximativo, entre el razonado y el de emergencia, entre el puro y el interesado, es tan antigua como la especulación misma. El respeto de Fernández de la Mora hacia el lector adulto, formado, es, en consecuencia,  de una exquisita corrección clásica, por eso se agradecen en la lectura el tono, las referencias clásicas y la cortesía: Insistir en la caricatura es deslizarse por la línea de menor resistencia, es dar al lector no la verdad, sino lo que espera; no lo que le salva, sino lo que le divierte, aunque acabe por condenarle. No es extraño, por lo que llevo dicho, que el propio Fernández de la Mora, por la audacia de su planteamiento, se sintiera, de repente, en tierra de nadie, pero incluso en esa situación él tenía muy claro cuál había de ser su norte: Verse tachado de revolucionario por los reaccionarios y de reaccionario por los revolucionarios suele mover a la independencia. Y cuando la contradicción ambiente nos amenaza de desgarro, hemos de retornar a la consigna de Píndaro: «Sé tú mismo
Teniendo en cuenta la breve extensión del tratado, apenas 168 páginas, es una tentación renunciar a esta presentación e insistir a los lectores en que se acerquen a él, sin prejuicios, porque grande será su sorpresa y me lo acabarán agradeciendo. Con todo, fiel al lema de este cuaderno de bitácora cultural, “Alumbrado público”, trataré de resumir, con sus palabras, no con las mías, los puntos cardinales de su dotrina política. Toca, pues, ir al capítulo de las definiciones, porque en el libro se progresa, según mandan los cánones del método cientítico, a partir de definiciones que, a su autor, le parecen incontrovertibles, por supuesto. Comencemos, pues, por lo que Fernández de la Mora entiende por ideologías: Las ideologías son fatores de tensión social; pero vivimos una coyuntura de apatía política y de relajamiento. Las ideologías son extremosas y pugnaces; pero asistimos  una amalgama liberal-socialista. Las ideologías son patéticas y míticas; pero la política y la vida se están racionalizando velozmente. Las ideologías están emparentadas con las creencias; pero las religiones se interiorizan y depuran. Las ideologías proliferan en los niveles culturales modestos y en las coyunturas económicas críticas; pero nos encontramos ante una era de fabuloso desarrollo material y cultural. Y añade, más adelante: Las ideologías no se condenan por su mayor o menor falsedad, sino por su propia naturaleza, por ser ideologías, es decir subproductos degenerativos de una actividad mental vulgarizada y patetizada. No son ideas genuinas, y esta distinción es absolutamente capital (…) Son pseudoideas. Y el diagnóstico de la crisis se funda en los hechos mondos y lirondos. A través de la exposición razonada de De la Mora, podemos seguir el nacimiento de las ideologías y la naturaleza de las mismas, consideradas desde el punti de vista fiosofico. Así, desde su propio nombre: «Ideología» fue un helenismo puesto en circulación por Destutt de Tracy en una breve nota al pie de la introducción de sus Eleménts. La definió etimológicamente como «ciencia de las ideas», pero De la Mora no duda en emparentar esa oscura y poco científica «ciencia de las ideas» con precedentes filosóficos que nos ayudan a precisar el significado de las mismas. ¿Qué mejor, entones, que recurrir a los míticos idola de Bacon, los «ídolos de la tribu» que van a caracterizar las ideologías por su relación con el sentimiento y las emociones más que con el pensamiento:   Bacon define los idola como nociones erróneas que dificultan el hallazgo de la verdad y que provienen de la condición biológica, individual, social o culta del hombre. Son falacias recibidas que nublan el conocimiento. El racionalismo moderno eleva a la categoría de ídolo o prejuicio todas las creencias, las tradiciones e innúmeras opiniones a las que, ya entrado el siglo XIX, se empieza a llamar ideologías. Así cobra este vocablo su acepción flosóficamente negativa, como sinónimo de convicción inauténtica, irracional y, en definitiva, falsa.
Desde el comienzo del ensayo, De la Mora rechaza el análisis emotivo de la política y la Historia y se afilia al uso de la razón, que él asocia con la escolástica representada por Francisco Suárez: Ganivet, Unamuno, Baroja fueron una explosión sentimental y romántica: no un argumento frio, sino una voz patética. Lo que ahora necesitamos es, precisamente lo contrario, la suareziana racionalización [Recordemos, aunque sea a título anecdótico, que el jesuita Suárez fue uno de los primeros defensores de que la soberanía radicaba en todo el pueblo, no solo en la realeza]. Insiste mucho, el autor, en la idea de la vertiente apasionada de las ideologías a las que solo puede oponérseles el ejercicio de la razón: Las pugnas ideológicas, por su carácter pasional, simplista y multitudinario, son las menos propicias para la síntesis, el esclarecimiento y el diálogo. No son, propiamente, procesos hermenéuticos, sino endurecedores. Además del pluralismo ideológico hay el de las ideas, que es el que anima la auténtica vida intelectual. De hecho, son increíblemente contemporáneas las descripciones de los métodos ideológicos que se aprovechan del entusiasmo como herramienta social privilegiada para conseguir sus objetivos; porque, para él, la asunción de una ideología es fundamentalmente fáctica, volitiva y emocional. No es una meditación, sino una ilusión; no una convicción, sino una situación; no una conclusión, sino una pasión. De ahí que su carga emotiva, su inercia social y sus valores útiles acaben anulando a los elementos discursivos. Una ideología establecida es lo más parecido a un mito. Esté atento el intelector curioso a la clásica estructuración trimembre del párrafo y percibirá los elevados modelos expresivos de que se hace eco el autor, lo cual redunda, está claro, en el placer de la lectura, se compartan o no los postulados que defiende. Pero estábamos en lo de la emotividad de unas ideologías que, aun a pesar de ello no nacen para la discusión teórica, sino con el fin  práctico de devenir lo que comúnmente entendemos como un plan de gobierno de la sociedad.  Y en este punto es cuando conviene recordar la defensa que hace el autor de la nueva diciplina, la sociología científica, consolidada como principal auxiliar del discurso político, por los años en que escribe su tratado: los años 60 del pasado siglo, a pesar de que, como tal disciplina, naciera en el siglo XIX, con Auguste Comte. Frente a esa índole emotiva de las ideologías, el autor se declara partidaria, no tanto de la tecnocracia -aunque esta le parece el principal auxiliar de la obra de gobierno: han de ser los «expertos» quienes busquen las mejores fórmulas racionales para la acción de gobierno-, cuanto la ideocracia, que él define en estos términos: La solución propuesta no es la tecnocracia, sino la «ideocracia». No es un nuevo ideologismo, sino una posición antiideológica a secas. No es una desintelectualización, sino una superinteletualiación de la vida social. No es una deshumanización, sino una exaltación de lo más humano, porque lo propio del hombre es que, además de obrar por instintos y por emociones, puede obrar según ideas racionales.
Fernández de la Mora arremete con una particular inquina contra lo que de vulgarización y «plebeyismo» de las ideas encarnan las ideologías y el modelo de democracia liberal  en el que estas dominan: Las ideologías no son otra cosa que opiniones colectivas acerca del bien general. Y a las deficiencias anejas a esa primitiva forma de conocimiento que es la doxa hay que sumar el patetismo, el utopismo, la pugnacidad, la inautenticidad y el sectarismo de los estados de ánimo masivos. Como el vacío de una evidencia lo llena una opinión, el vacío de las ciencias sociales lo llena una ideología, o sea, una opinión colectiva, vulgarizada y radicalizada sobre la cosa pública. Se remonta a Parménides, y su clásica distinción entre la «aletheia», la vía de la verdad,  y la «doxa», la vía de la opinión, para justificar su posición. Por todo ello, no le parece desatinado al autor que la democracia representativa haya acabado -¡y esto lo defiende cuando en España estábamos aún lejos de experimentar ese desengaño de las democracias consolidadas!- siendo un sistema fallido: Lo cierto es que, como ya reconoció Rousseau, la voluntad general es irrepresentable. Hoy todo el mundo sabe o siente que entre el voto depositado en la urna y la ley promulgada e interponen tantos mecanismos arbitrarios que el elector se esfuma. El primer filtro es, incluso en los países de sufragio universal femenino, la eliminación de los menores de una cierta edad. El segundo es la delimitación de las circunscripciones electorales, ingenioso trámite que, mediante la transferencia de un distrito, puede inclinar la mayoría en un sentido o en otro. El tercero es la confección de las listas de candidatos, faena capital en la que el pueblo no interviene. El cuarto es el sistema de escrutinio, que por sí solo puede determinar los resultados finales. El sexto es la disciplina del partido, que impide a los diputados votar según el mandato de sus electores o el imperativo de su conciencia. El séptimo es el predominio de las comisiones de expertos en la elaboración de los proyectos de ley. Y el octavo es el cercenamiento de las facultades legislativas del Parlamento en beneficio de las del Gobierno, con el pretexto, de ordinario fundadísimo, de no interrumpir la gestión pública. (…) El esquema demoliberal de la representación no es verdad, es una ficción. Para fijar el poder casi omnímodo de las ideologías como soporte del sistema democrático, Fernández de la Mora recupera un concepto político que aportó la experiencia española a la politología internacional: el «integrismo», que él advierte en cualquier ideología fosilizada, digámoslo así, esto es, que se convierte en dogma muy alejado de la realidad que si por algo se caracteriza es por su transformación constante: «Integrismo» es una de las voces que la España contemporánea ha aportado al léxico político. No fue una invención anónima y popular, sino documentada y culta. El vocablo lo acuñó Ramon Nocedal cuando, hacia el año 1898, fundó el Partido Integrista. Su programa era un Estado teocrático, inquisitorial, republicano y enteramente sometido a las consignas religiosas y temporales de roma. (…) El integrismo ya no consiste en la adhesión al extinto partido nocedalista, sino en una calidad que pueden revestir las posiciones políticas, sea cual fuere su contenido afirmativo; en un talante desde el cual cabe vivir cualquier convicción. (…) El integrismo estriba en reducir lo complejo a lo simple, aun a riesgo de mutilarlo o de caricaturizarlo: es un mentís al distingo y a la veladura, a la precisión y a la complejidad. Es utópico y extremista; insensible a las correcciones circunstanciales y a las limitaciones de la realidad. (…) Los integrismo no han muerto, puesto que son la meta natural de toda ideología. Mao Tse-tung es la cabeza del integrismo marxista. El Ku-Klux-Klan es una especie de nacionalismo racista de un país superdesarrollado.
         Escrito desde una inequívoca perspectiva sociológica, El crepúsculo de las ideologías tiene la virtud anticipatoria de hablarnos, en 1965, de una sociedad que ha resultada ser, en buena medida, la nuestra de 2019. Leyéndolo, detecta el lector situaciones muy de nuestro presente, como el caso de la apatía política en quienes, más allá de las ideologías, buscan una Administración eficaz que les permita «ahorrarles» la decisión de identificarse casi religiosamente con unas u otras de las muchas que solicitan la atención de los «electores», más que, propiamente, la de unos «ciudadanos» libres y con espíritu crítico. Si a algo le teme una ideología es, ciertamente, a la libertad de crítica de a quienes pretende «capturar»: No es lo mismo la apatía política que el robinsonismo, la resignación o la insociabilidad. Se puede despreciar la política y respetar la gobernación, porque la «cosa pública» no equivale a la «cosa de los políticos» Entre la «res publica» y la «res politicorum» hay una distancia sideral. Solo hay que considerar el desprestigio actual de nuestra clase política, la famosa «casta», para advertir lo premonitorio del análisis de De la Mora. Porque muchos ciudadanos, hoy, confían más en la profesionalidad y probidad de los funcionarios públicos que en la actuación de unos políticos desacreditados por el escándalo inmoral de la corrupción:  El aumento de la confianza en la Administración. No es que se hayan volatilizado la recomendación y el cacicato; pero cada vez más, el gobernado ve en el funcionario un experto neutral, la pieza de un aparato que no reacciona a estímulos cordiales, sino reglados, mecánicos y bastante autónomos. Llegados a este punto, De la Mora se permite hacer sus pinitos neologísticos y se descuelga, con  un helenismo que aspira a consolidar como aportación a la teoría política: La salud de los Estados libres puede medirse por el grado de apartamiento de la «cratomaquia», ósea, de apatía política. A su juicio, cuanto mayor es el grado de desarrollo, mayor es la *cratomaquia popular, pues los ciudadanos confían en la rectitud de los administradores. Estamos a un paso, pues, del ideal que defiende De la Mora en el libro: el de la tecnocracia -aunque él prefiere hablar de la ideocracia, en la medida en que entiende por tal lo que ya hemos reseñado ut supra, lo que complementa con este perspicaz juicio: Contrariamente a lo que se ha supuesto, lo reaccionario no es el antiideologismo, sino las ideologías. Para la «ideocracia» o política de las ideas racionalizadas apenas tienen sentido las nociones de conservatismo y progresismo. La justa medida no es ni la antigüedad ni la novedad; es la verdad y la eficacia-, porque solo de las personas con una formación científica sólida pueden esperarse las mejores soluciones para los problemas sociales. Y hemos de recalcar -porque la idea popular sobre el franquismo es la de 40 años de absoluta ignorancia y corrupción, exclusivamente- que Fernández de la Mora perteneció a una generación formada en la solidez del conocimiento riguroso y que, en su caso particular, todo el libro es un elogio constante del pensamiento científico riguroso como herramienta imprescindible para hacer frente a las realidad complejas de la vida del país. De acuerdo con esta concepción hiperracionalista, a pesar de ser el autor persona de acendrada religiosidad y valores marcadamente tradicionalistas, es como hemos hemos de entender la concepción , y crítica, de esa perspectiva tecnocrática a la que Fernandez de la Mora saluda con las albricias de rigor, pero sin excluir una visión crítica que demuestra, ¡por si hiciera falta, después de todo lo leído!, la ecuanimidad del autor a la hora de juzgar cualesquiera soluciones para una complejidad tan peliaguda como la de la vida social y los conflictos de intereses constantes que se manifiestan en su seno:  Parece obvio que para resolver una ecuación de tercer grado, o para operar una retina, o para construir un puente,  o para defender un pleito, se requieran unos estudios previos. No obstante, los ideólogos insisten en que para resolver los complejos problemas que plantean hoy el regimiento de los pueblos basta una receta elemental y relativamente autodidacta. (…) Es natural que los legos en ciencias sociales sigan disfrazando su ignorancia tras las «chuletas» ideológicas. Son legión, y considerable es su fuerza retardataria. Sus oportunidades dependerán del nivel de las masas. A medida que estas descubran que hay expertos en los distintos sectores que afectan a los intereses públicos, los ideólogos irán cayendo, como no hace mucho los curanderos, en el descrédito general. (…) Lo primitivo y lo mágico son las ideologías; lo progrediente y lo eficaz, y por ello lo  más humano, son la ciencia política y el gobierno con el máximo posible de razón. Fernández de la Mora intuye, en aquellos años del desarrollismo español que tanto contribuyó a acercar el tardofranquismo al resto de sociedades de nuestro entorno que ese iba a ser el objetivo de cualesquiera gobiernos de cualquier signo: Sobre la faz de la tierra alborea con nitidez un renovado idea que, propiamente ni es nacionalista ni confesional, ni ideológico. Esa diana a la que ya apuntan todos los Estados, desde los recién nacidos a la soberanía hasta las grandes potencias reducidas al originario solar metropolitano, es el «desarrollo». (…) Estamos ante el motor primario de la humanidad en la era del átomo.(…) El desarrollo, a la vez que acelera los procesos de invención, producción y distribución de bienes, crea un clima noético e impulsa al hombre a proseguir la escalada de las pinas pendientes del logos. (…) El desarrollo no es un materialismo; es el humanismo de la razón. Y retengamos esa dimensión humanística que le concede al desarrollo, materializada en lo que podríamos considerar un hermoso aforismo político: El desarrollo no es un materialismo; es el humanismo de la razón, al que complementa a la perfección otra de esas ideas, de las muchas y brillantes que contiene el texto:  La dieciochesca fórmula de que «la ciencia es una lengua bien hecha» vale singularmente para los saberes sociales.
         Como es habitual en él, Fernánde de la Mora, rastrea los orígenes de los fenómenos políticos que estudia para fijar con propiedad el inicio de los mismo y calibrar de modo ecuánime las virtudes y defectos de los mismos. Así nos informa de que  el neologismo Technocraty lo lanzó, hacia 1920, un grupo de ingenieros norteamericanos acaudillados por un colega idealista, Howard Scott. Se inspiraban en un pensador bohemio, resentido y de gran talento, Thotstein Veblen, y, singularmente, en sus dos breves trabajos Una política de reconstrucción (1918) y Memorándum sobre un soviet práctico de técnicos (1921); lo cual, intuitivamente ya, nos da a entender, or tan somera descripción, que la «tecnocracia» no es solo una alternativa «virtuosa», a pesar de la especialización y competencia de quienes se presentan en la vida publica como os detentadortes de la razón científica, sino que también tiene un lado de sombra que pone en peligro la armonía social, al contribuir a la marginación de una veta social que es inseparable de nuestra definición como grupo humano: Los tecnócratas defendían la entrega del poder a los ingenieros, y la sustitución de la política por la tecnología. (…) El apoliticismo extremado es una forma de amoralismo, puesto que la Política, en cuanto saber de fines, no es son una rama de la Ética. Una cosa es la promoción del ingeniero y otra muy diferente la implantación de su dictadura y el exterminio de los sacerdotes, los filósofos, los juristas y los artistas. He aquí, pues, una muestra evidente de la fina sensibilidad humanista del autor, a pesar de su adscripción política a esa manera tecnocrática de encarar los retos sociales.
Hay en el libro, entre muchos otros aciertos sobre los que me temo que no me voy a poder extender, excepto que decida que sí y levante un muro de extensión insalvable entre mis intelectores y mis propuestas de lectura, una distinción que llamará poderosamente la atención de los intelectores de nuestros días: me refiero a la que hace el autor entre la autoridad y el poder, sobre todo en estos tiempos en que la principal autoridad del país, el Presidente del Gobierno, es autor de un fraude intelectual que lo descalifica académica y humanamente incluso para desempeñar el cargo político, pero en esta España de la renovada picaresca, ni eso siquiera es suficiente para que alguien tenga el decoro político que exige la limpieza inmaculada de un expediente académico para mantenerse en el poder. «El poder -escribe Maritain- es la fuerza que permite obligar a otros, mientras que la autoridad es el derecho a mandar.» Pero este planteamiento remite a la moral, puesto que envuelve un rotundo juicio de valor: la autoridad legitima al poder. Conviene, pus, definir qué es la «autoridad» para que nadie se llame a equívoco: La «autoridad» es la posesión en grado eminente de una virtud reconocida. A diferencia del «prestigio», requiere, más que una opinión publica favorable, una cualidad real del sujeto. (…) La autoridad es el producto de una actividad inmanente. Nace del propio perfeccionamiento en el saber o en el obrar. Es un hábito. El fundamento de la autoridad no se encuentra en los demás, sino en el mérito de uno mismo. ¡Ah, el viejo asunto de la meritocracia frente a la corrupción del nepotismo, amiguismo, el enchufismo, el caciquismo y todas esas manifestaciones que han distorsionado desgraciadamente en nuestro país la jerarquía de los méritos! Pero el autor tiene más que clara la distinción entre «poder» y «autoridad», y conviene que la recordemos con sus propias palabras:  En el poder se «está»; la autoridad se «tiene» o, más exactamente, se «es». El poder puede ser impersonal y residir en una institución; la autoridad es personal e intransferible. La autoridad solo podemos quitárnosla nosotros mismos; es constitutivamente autárquica. ¡Si será así, que nos trae el máximo ejemplo de autoridad para que nadie se llame a engaño: Y no se acrecienta la autoridad matando, sino, como Sócrates, rubricándola con el sacrificio! Se trata de dos mundos diametralmente opuestos, aunque cada uno de ellos alimenta riesgos ciertos que no se le escapan al autor:  Por su tendencia, el poder trata de perpetuarse y robustecerse. Y, lo decía Montesquieu, llega hasta donde le detienen. (…) Tiende a desligarse de todo precepto externo y a constituirse en razón última de sí mismo. (…) En cambio, la autoridad solo aspira a ser libremente reconocida. Exige la espontaneidad y abomina de la coacción. Ni el pensador ni el rapsoda quieren ser oídos a la fuerza. La autoridad, entregada a su dialéctica más desgarrada, no tiende a esclavizar a nadie; desemboca, por el contrario, en la soberbia del turrieburnismo y en el desinterés hacia el aplauso de las masas. En el límite, el poder político parece no dejar otra solución que hacerse matar, la revolución; la de la autoridad es la antípoda, hacerse rogar, la petición. El poder va hacia la dominación, y la autoridad hacia el ensimismamiento. (…) Dejado a sí mismo y desligado de tensores heterónomos, el poder resulta egoísta y, en definitiva, inmoral. Por eso decía lord Acton que el poder corrompe siempre, y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Está clara, con todo, la opción del autor, dado que lo esencial de la autoridad es su dimensión ética:  La autoridad ha de ser ética, so pena de destruirse a sí misma. El egoísmo de la autoridad es constructivo, pasivo y honesto La autoridad maligna es una contradicción in terminis; la cual contrasta nítidamente con los desempeños de quien hace cualquier cosa, literalmente, con el solo objetivo de mantenerse en el poder: El hombre de autoridad no padece esa terrible angustia por la continuidad en el poder, que es la gran neurosis del político y que tantas veces le lleva a subordinar todo, incluidos los preceptos, a la personal permanencia en la soberanía. DE todo ello se sigue, casi como un corolario, la irracionalidad constitutiva del poder frente a la racionalización intrínseca de la autoridad:  Por su sujeto pasivo, el poder no es racional. El que lo obedece, aunque lo haya elegido, está inmediatamente movido por el temor.(…) El poder se inserta en la voluntad. La racionalidad es un rasgo accidental en el ejercicio concreto del poder, algo esforzadamente añadido. En cambio, la autoridad es acatada cuando es reconocida objetivamente. «Lo ha dicho X.» Nadie lo ha designado, nadie le teme; pero tiene autoridad.
No quiero dar por concluida esta presentación de un libro tan lleno de análisis sugerentes e intuiciones brillantes sin destacar uno de los factores más distorsionadores de las ideologías y de la vida política en general: el «entusiasmo». De hecho, en las últimas elecciones generales que hemos vivido, se multiplicaban los llamamientos de la diferentes ideologías a votar más con adhesión y «entusiasmo» que con la convicción de la razón. Así mismo, el «entusiasmo» es el fundamento de los actuales populismos y del resurgir del peor  nacionalismo de los y sufridos, ¡y cómo!, a partir de los años 20 y 30 del pasado siglo.
Fernández de la Mora, fiel a su método y fiado a su notabilísima cultura, fija, de buen comienzo, los antecedentes del concepto: Para Platón es «un estar fuera de sí», «una desviación como la enfermedad o el sueño»; es decir, un paréntesis de irreflexión.  (…) Kant: «el entusiasmo dificulta la libre consideración de los principios y en modo alguno puede merecer la aquiescencia de la razón». Por eso prefiere la Affektlosigkeit o flema. (…) Voltaire: «el entusiasmo se compagina maravillosamente con el espíritu de partido, es una devoción mal entendida, resulta incompatible con la razón es como el vino». Así pues, no es de extrañar que, para De la Mora, el entusiasmo frente al equilibrio reproduzca la antítesis entre la ideología y la razón científica:  El entusiasta tiende a ser apasionado, parcial, ingenuo, impermeable, obsesivo, dogmático, incongruente, alternante y elemental. En las antípodas están el equilibrio, la objetividad, el criticismo, la apertura, la duda, la consecuencia, el matiz; es decir, los valores más estrictamente racionales. El verdadero punto de partida filosófico es la curiosidad, no el entusiasmo. Por todo ello, y como bien hemos podido comprobar con lo sucedido en Cataluña desde hace siete años:  El entusiasmo es, en suma, la forma que tienen a revestir los sentimientos multitudinarios. (…) Un pueblo entusiasmado multiplica su agresividad y, en ocasiones, su eficacia. (…) Es tan dócil que se le puede conducir a cualquier parte, incluso al suicidio. (…) No necesita noticias, sino estímulos, por lo que se le puede mantener sin información fidedigna, e incluso al margen de los hechos, Se le sostiene, no con realidades, de ordinario arduas, sino simplemente con palabras. Tentado he estado de destacar este párrafo con negritas…, pues no, he caído en ella, ¡qué caramba! Es lo adecuado para esa manipulación política que enseguida nos desribe el autor:  La manipulación política del entusiasmo es eficaz; pero ¿es, además, deseable? Hay tres connotaciones que apuntan a una respuesta. En primer lugar, un pueblo entusiasmado es fácil presa de la tiranía Y la técnica gubernamental totalitaria es el entusiasmo  Las razones son obvias. Mando persona, predominio del activismo, la información como propaganda, anulación del diálogo, sustitución de la razones por las ilusiones, perpetuación de los estados excepcionales, imperio absoluto de la voluntad, colosalismo generalizado y apelación a la fantasía. En suma: la política como retórica y como patética. Es, literalmente, el estilo nazi. ¡Mas contemporáneo, imposible!
¿Cuál es la alternativa a ese entusiasmo colectivo? Pues el autor se adelanta incluso a lo que, años más tarde, caracterizaría a la Transición del 78, el consenso, que se plasmaría en aquel acuerdo de Estado que fueron Los pactos de la Moncloa y que constituyeron el primer paso para la modernización de España, un proceso basado, por supuesto, en los esfuerzos desarrollistas del tardofranquismo a cargo del grupo de «tecnocratas» que, desde dentro del Régimen franquista, prepararon, en parte, el país para poder dar ese salto adelante inmenso que supuso la integración total en Europa y la corrección de todos los errores autárquicos a que forzó tener un gobierno autoritario, en vez de uno democrático: Lo que en una sociedad desarrollada sustituye al entusiasmo colectivo es la tácita adhesión general o consenso. (…) El consenso es relativamente silencioso, está muy lejos del aspaviento, la exhibición y la alharaca, y, salvo en las coyunturas críticas, se manifiesta por omisión: el que cal la otorga, y quien acata sostiene. (…) El consenso es más estable que el entusiasmo, porque se alimenta de sobrios juicios y decisiones íntimas, y no necesita grandes volúmenes de combustibles patéticos. Como tiene por costumbre casi en cada capítulo, Fernández de la Mora suele acabar con un corolario que no solo resume el tema tratado, sino que destaca la posición humanista del autor: Lo más noble del saldo colectivo de la Humanidad, que es la ciencia, se ha hecho mediante el sereno consenso de la minoría sabia; pero los crímenes colectivos más atroces se han realizado en olor de populares entusiasmos.

Hay mucho «material», y muy interesante, que no desprecio, sino que propongo ya como lectura personal de cada cual, pero el análisis del pluriculturalismo o el de los sistemas electorales son de una actualidad absoluta, y supongo que leídos en aquella gris sociedad franquista de 1965 a muchos les sonaría a realidades ignotas, como en efecto eran, porque l democracia orgánica del franquismo en modo alguno era equiparable a las sociedades democráticas de nuestro entorno más cercano. Acabemos con la expresión de una idea que se ajusta como un guante a la queja que expresamos muchos ciudadanos respecto de nuestra vida política: plagada de «políticos profesionales» que ni han hecho una carrera académica y profesional seria y que solo son deudores de la demagogia de las escuelas de formación de sus ideologías respectivas: Los gobernantes ya no pueden reclutarse entre los aficionados a la retórica popular ni entre los diletantes de la política, sino entre los profesionales. Las supremas decisiones gubernativas solo cabe adoptarlas, con probabilidad de acierto, si se tienen en cuenta los dictámenes de equipos de especialistas. Ya no es lícito administrar con corazonadas y tanteos, o entregando la solución del problema al azar del sufragio universal. Hay que gobernar como se monta una fábrica: sabiendo lo que, según los últimos conocimientos, procede hacer. (…) La ideologías se baten en retirada ante la progresiva racionalización de la política. Están demasiado cerca del remedio casero y del conjuro mágico para que puedan sobrevivir a estas alturas del conocimiento científico. Ante el sociólogo, los ideólogos cobran un cierto aire de curanderos de masas. Y en esas estamos, a juzgar por los resultados de las últimas elecciones generales. Que el amor a la razón, a la profesionalización y a la autoridad nos amparen para las que vienen…


jueves, 11 de abril de 2019

«El tesoro olvidado», un diccionario singular de Dimas Mas, autor de «El tesoro de Fermín Minar».




¿Reunirá Dimas Mas los doscientos suscriptores que necesita para editar su diccionario? ¿Será suficiente  saber que la edición es obra feliz y mayúscula del mejor editor de España, Emilio Pascual?  

Venciendo no pocas resistencias, pero asumiendo que  he de  hacer cuanto esté en mis manos para que mi heterónimo Dimas Mas -si es que no soy yo el suyo o ambos de un tercero que se lava las manos de estos menesteres de la forja o la disolución de la identidad- consiga ver realizado su proyecto, realizado por el sin par editor Emilio Pascual, de ver editado su diccionario El tesoro escondido. Breve diccionario de la elocuencia minimalista. Quinientas palabras para quien quedar bien quiera, me avengo a colgar aquí el anuncio de la apertura del periodo de suscripciones a la obra en la plataforma de micromecenazgo VERKAMI, de cuya fecha informaré también oportunamente, aunque la más es el 1 de mayo.Se trata de una empresa lexicográfica y literaria que se extiende hasta las casi 800 páginas encuadernadas con pastas duras, en la que figurará un apéndice con la lista de todos los suscriptores que hayan hecho posible  edición, a todos los cuales les será dedicado a mano y de forma personalizada su ejemplar. La mejor manera de saber cuál es el contenido de ese diccionario es acceder a una entrada de muestra. ¡Cuál mejor que *lercha, de historia tan alambicada! Hela: 



*lercha. f. Junquillo con que se ensartan aves o peces muertos, para llevarlos de una parte a otra.
            Hace siglos, como se dice coloquialmente, que los zagales han dejado de tener entre sus aficiones la captura de las ranas o la pesca en los riachuelos y, por consiguiente, los mismos que la palabra lercha ha dejado de usarse, si es que alguna vez llegó a ser usada. Los lexicógrafos sólo han descubierto una aparición en los siglos XVI y XVII, pero el hecho de que ésta se dé en el Quijote la ennoblece tanto que, aunque sólo fuera por ello, ya deberíamos intentar insuflarle hoy la vida que no sabemos si tuvo ayer. Contribuye a esa percepción el origen incierto de la palabra, quizás una voz celta, prerromana; y mayor enigma aún es cómo llegó Cervantes a conocerla, si fue a través de algún pariente gallego o de otra forma que se les escapa a los investigadores. En cualquier caso, su aparición en el Quijote demuestra el finísimo oído de D.Miguel, su sensibilidad léxica y su voluntad de precisión. Por extensión, bien podríamos usar lercha para los junquillos con que ensartan los churreros su crujiente obra de arte, innovando con oportunidad y propiedad. No son pocas las ocasiones, ya sea a través de las representaciones artísticas, ya por su aparición en el cine, en que una lercha caiga dentro de nuestro radio de observación, y en todas ellas hemos de procurar, por vía de ilustración erudita, por vía de acertijo de sociedad, o por la que sea, traer a colación esta palabra elegida por Cervantes, pero no, y ya es curioso, por ningún otro de cuantos monstruos literarios vieron aquellos siglos para pasmo del mundo. En el mundo de la caza, por supuesto, hallamos un ámbito idóneo para la extensión de la palabra, por más que los morrales sustituyan su función. A diferencia del morral, sin embargo, el uso de la lercha permite una exhibición inmediata y transparente de los trofeos, ¡algo de capital importancia para los practicantes de ese rito ecológico!
P.S. Con satisfacción y agradecimiento infinito a Pollux Hernúñez y a Emilio Pascual, he tenido el gusto filológico de poner el asterisco ante *lercha para que se haga a la idea el lector de que es fábula lexicográfica cuanto acaba de leer acerca de dicha voz , ahora ya neologismo…, que jamás ha existido sino en la mala lectura de la «percha» que originalmente escribió Cervantes, tal y como lo demuestra Pollux Hernúñez en un memorable artículo, a propósito del IV centenario del Quijote,  titulado Sardinas en leche y publicado en el cuarto número de los Pliegos de Yuste en 2006. La benemérita indagación, esta sí que auténticamente lexicográfica, no como este diletante divertimento mío, fue capaz de convencer al omnipotente dios de la Filología, encarnado, ¡ay!, en perecedero  ser mortal que responde al nombre de Francisco Rico, quien aceptó modificar su edición cumbre del Quijote tras las pruebas aducidas en ese artículo, si bien hízolo con la displicencia olímpica que lo caracteriza. Remito a los morenos lectores a la lectura del artículo de Hernúñez porque disfrutarán lo que está escrito, y más. En descargo de mi entrada solo me cabe alegar que, aun no habiendo existido nunca en castellano este vocablo, y teniendo en cuenta los atrevidos neologismos que a veces propongo, la prolongada prosapia cervantina, bien que errática…, de «lercha» merece, a pesar de las reticencias con que la recogía, que se instale entre nosotros como los impresores de Cervantes nos la legaron, y que la usemos, como sinónimo, con sabor barroco, del junco con que se ensartan los castizos churros.
            -¿Qué va a ser?
            -Una lercha de churros y otra de porras, calentitas…, que corre un gris que corta el cutis (¿o habremos de leer, more Arniches, *cutís…?).
            -¡Ensartándolos…!




sábado, 6 de abril de 2019

Un aprendiz de barroco lee un magnífico «bestseller»: «Shangri-La» , de Julio Murillo o leer a galope tendido…



El bestseller como peregrino y paradójico arte-facto o las enseñanzas que un intelector, habituado a los textos en las antípodas de aquellos, extrae de una lectura minuciosa, entretenida, divertida…

Hace algo más de cuarenta años leí en el suplemento de Libros -¡ni siquiera se llamaba Babelia aún!- de El País un cuento cuyo autor no recuerdo si era Ítalo Calvino o Umberto Eco, o, ¡en el peor de los casos!, ni uno ni otro. Seguro que algún intelector con una memoria digna de su propio nombre me lo soplará/suplirá de aquí a poco. El cuento describía una situación muy curiosa: dos escritores, uno de bestsellers y el otro de novela intelectual -llamémosla así, para entendernos, tipo La montaña mágica o El hombre sin atributos- contemplaban, desde sus casas próximas, a una atractiva mujer que, en una casa equidistante de las de ambos, leía con verdadera devoción un libro. Ambos escritores reflexionaban sobre cuál sería el libro al que esa mujer dedicaba aquella auténtica voracidad lectora. El escritor «intelectual» se repetía una y mil veces que indudablemente estaba leyendo un libro de los de su vecino, porque esos «infames bestsellers», si tenían alguna virtud, era la de atrapar a los lectores y exigirles una lectura «a uña de caballo» que casi no te deja ni vivir, si descuidas tu atención de esas tramas magnéticas que poco menos que te exigen vivir para la lectura, más que leer para vivir, y que te obligan a desayunar leyendo, a viajar leyendo, a comer leyendo, a tomarte un tentempié leyendo y a acabar el día en la cama sin dejar de leer… El escritor «intelectual» sabía que eso no podría pasar jamás con sus obras, que más suponían un reto lleno de dificultades para los lectores que una autopista por la que discurrir únicamente pendiente del acelerador… Definitivamente, esa mujer había escogido el camino de la legítima satisfacción lectora y no podía reprochárselo. Y estaría deseando que el autor de bestsellers se lo dedicase para presumir de ello ante sus amigas, porque, poco a poco, la lectura, como esa vecina lo demostraba, se estaba convirtiendo en una actividad casi exclusivamente femenina. A él le estaba vedado semejante logro. Se empeñaba en complicarse la vida y complicársela a los lectores y así no había manera de llegar al público amplio al que el bestsellerista llegaba como estaba llegando a esa vecina lectora: hasta el corazón de la pasión lectora. El escritor de bestsellers, por su parte, se decía que lo que esa mujer estaba leyendo, tan abstraída, tan concentrada, con esa gesto grave en el ceño fruncido, no podía en modo alguno ser una obra suya, tan ligera, tan superficial, escrita con tan escasa preocupación por «lo trascendente» y con un etilo que difería, diametralmente, de esas exquisiteces estilísticas que su vecino dominaba como nadie y que tanta reputación académica y crítica le había deparado. Seguro que la vecina se hallaba inmersa en una trama en la que complejas psicologías desplegaban ante ella profundos problemas de orden moral, social o político, y todo ello, volvía a repetirse, con una de esas prosas de las que siempre se dice que se caracterizan por ser «una voz propia e inconfundible», algo que jamás dirán de la suya propia, tan despreciada por «los que saben» y «pueden», porque el poder literario lo ejercen «popes» que ignoran, cuando no desprecian, artefactos literarios como los suyos, que hechizan, sin embargo, a una legión de lectores que nunca se acercarán a los libros de su vecino. La vecina, sin embargo, no había más que verla, seguro que había escogido uno de esos libros que te obligan a detenerte cada dos por tres en la lectura para meditar sobre la trascendencia de lo leído: sí, esa novela «intelectual», también apasionante a su manera, te invitaba a ir más allá de ella, mientras que las suyas, las del bestsellerista, te invitaban a quedarte en ella  y a engolfarte en ella completamente, sin posibilidad de levantar ni la vista ni el espíritu hacia ese otro más allá al que invitaban las obras del vecino.  Y ahí se acaba mi recuerdo del cuento…, lamentablemente, porque ni siquiera recuerdo cuál era el desenlace.
         Con mimo de amigo, con paciencia de escriba y con férrea voluntad de intelector confirmado en este Diario desde hace muchos años… he leído de la primera  a la última página de Shangri-La. La cruz bajo la Antártida, ¡540 páginas!, de Julio Murillo, obra que fue galardonada con el Premio de novela histórica Alfonso X El Sabio, en 2008. Lo bueno de la novela histórica es que, mucho más que otras, sabe mantenerse siempre «de actualidad», y, leída hoy, la novela no ha perdido ni un ápice de su interés intrínseco. Me apresuro a confirmar lo que acaso el intelector que frecuenta mi Diario haya ya comenzado a sospechar: ¿desde cuándo nuestro buen Juan Poz se dedica a leer bestsellers? No he leído otros, en mi vida, que los que, por ser Literatura sin apellidos, han acabado siéndolos, como El nombre de la rosa, Cien años de soledad o El señor de los anillos, por ejemplo, que no caen, «exactamente», bajo dicho marbete, bestsellers, porque en modo alguno se ajustan a ciertos elementos constructivos y estilísticos que  comparten las obras que sí caen bajo él con todo derecho,  con toda intención y con toda legitimidad.
No voy a elaborar aquí una teoría del bestseller ni a realizar una anatomía forense del género, sobre todo porque no hay quien desconozca sus leyes ni sus procedimientos connaturales constitutivos. Obras como El médico, Los pilares de la Tierra, Crepúsculo, El código Da Vinci, etc., lista en la que no desmerece la que acabo de leer, Shangri-La,  se ofrecen a la voracidad de los lectores con unas características compositivas idénticas, y con una capacidad expresiva que no plantea ninguna dificultad de traducción a cualquier lengua, traducciones que se leen con idéntica «facilidad» que la lengua original quienes pueden leer en ella.
La novela de Julio Murillo se ofrece al lector como una trama político-policiaca urdida con una pericia y una eficacia absolutas. Desde la hipótesis verosímil que da pie a la obra, que Hitler sobrevivió a la derrota del nazismo y se refugió en Sudamérica, y que ha sido tratada con anterioridad y posterioridad a esta obra, el último Eric Frattini en ¿Murió Hitler en el búnker?,
hasta los elementos ficticios, pero no menos verosímiles, de la creación de esa sociedad secreta, al estilo de la masonería, en cuya organización se inspira -recordemos que para Hitler el mejor modelo de organización sectaria capaz de infiltrarse en todos los países del mundo era la Iglesia católica-, la obra de Murillo reconstruye una historia que, aun dentro de la ficción, plantea dudas razonables sobre su tesis fundamental.
Une sabiamente Murillo dos realidades relativas al régimen nazi, el misterio de la muerte y desaparición de Hitler y otra que ya ha sido llevada al cine, como la de los Lebensborn, una institución para el «cultivo» de ejemplares genéticamente seleccionados de la raza aria que tuve la oportunidad de conocer en una película excelente: Dos vidas, de George Maas y Judith Kaufmann, criticada en mi Ojo Cosmológico: https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/search?q=Zwei+Leben
         Con una estructura de novela policiaca, y con la factura estructural de las mismas, es decir, somera caracterización de los personajes, abundante diálogo y una acción trepidante, la historia nos relata la peripecia de un superviviente del exterminio de una expedición científica a la Antártida que descubre un secreto que «compromete» a demasiada gente y no pocos gobiernos como para que la verdad pueda ver la luz de modo que todos seamos conscientes de lo que ocurrió y de lo que está ocurriendo ante nuestras ingenuas narices de personas condicionadas por las información sesgada y limitada que sobre la realidad nos llega a través de las fuentes habituales que nos abastecen de noticias. Un biólogo noruego, una violinista alemana y un periodista inglés de The Guardian son los tres protagonistas básicos de la historia. Si una virtud destaca sobre todo en el libro, esta es la de la sabiduría estratégica con que el autor va distribuyendo la información sobre la historia que nos quiere contar para, por un lado, hacernos leer sin desmayo en busca de esas explicaciones y, por el otro, encontrarnos con una dosificación milimétrica que conducirá a un desenlace sobre el que ni insinuar nada me está permitido y que es uno de sus grandes aciertos. Esta novela exige, como se les ruega a los espectadores de La ratonera, que se abstengan sus lectores de hacer la más mínima alusión a ese final. Hecha, así pues,  la pertinente abstracción del final intocable, cabe destacar una sensación que he tenido constantemente mientras leía la novela: no leía tanto una novela, cuanto el guion, acabadísimo, con todo lujo de detalles, de una película que no me costaba nada ir visualizando capítulo a capítulo, con ese ritmo vertiginoso de los thrillers en los que, como está mandado, aparecen villanos requetevillanos, perseguidos como el Dr. Kildare de El fugitivo, periodistas despiertos y sagaces, mujeres hermosas y misteriosas, como la violinista alemana, y una caterva de personajes secundarios que no siempre son quienes nos hacen creer que son, para sorpresa del lector y acicate de su lectura, aunque se trata de una obra con eslabones tan bien encadenados que bien puede decirse que podemos recurrir al tópico del mecanismo perfectamente engrasado que funciona a la perfección y que va provocando en los lectores las sorpresas -desgraciadamente no llegamos a las emociones por la simplicidad estructural y utilitaria de los personajes – pertinentes para satisfacer la necesidad de hechos incontrovertibles que tienen quienes siguen esa peripecia de conjura de alto nivel político y ningún escrúpulo a la hora de mantener el anonimato de la misma.
         Por su pasos contados llego, ahora sí, a lo que, a mi leal entender, es un serio defecto del libro, si bien, quede eso claro,  desde el exclusivo punto de vista de los gustos literarios de este Artista Desencajado: la plasmación expresiva, narrativa, de esta historia tan eficazmente inventada -asacada, se dice también- y tan sabiamente estructurada. Una buena historia, más allá de los hechos encadenados que la tejen, es la suma de las palabras con que se levanta para el lector; el encadenamiento de frases de todo tipo que le permiten al lector asentir a lo que va leyendo y disfrutar con ello. Por supuesto que existen diversos niveles de fruición, y que la exigencia expresiva está en función de la formación lectora de cada cual, pero me resisto a creer que un bestseller, por definición, haya de tener un código expresivo que se base, sobre todo, en el tópico, esto es, en un repertorio de expresiones con las que los lectores están hiperfamiliarizados, sea por lecturas de semejante naturaleza, sea por las películas, por la radio, las series televisivas o por el canal que aparezcan. Estoy de acuerdo en que establecer contacto con el lector a través de ese nexo permite ampliar el numero de destinatarios de la obra, porque, como ya lo vio con tino insuperable Lope, en su Arte nuevo de hacer comedias: Y escribo por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron, / porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto. Aunque el muy ladino, llenó sus obras de una quintaesenciada agudeza barroca que nos deja mudos incluso a los que aspiramos a no hablarle en necio para darle gusto… La perspectiva estilística, así pues, que para muchos se salva con una apelación a la llamada «escritura transparente», es decir, aquella en la que jamás se demora el lector curioso ni perturba la atención del lector de los «de corrido», supone un serio hándicap para el intelector que busca siempre una exploración del lenguaje en el acto literario, una crítica de los usos comunes, una refutación del tópico y una audaz invención que permita una recreación original -dentro de lo posible- de la realidad. No se trata tanto de llenar una novela de hallazgos como el de Juan Goytisolo para la meada: rubio desdén fluido…, cuanto de no dar por buenos unos usos manidos hasta la peligrosa despersonalización que implica su uso: como si el autor en vez de «crear» se limitara a coger del archivo de esos usos retóricos los cadáveres apolillados que cuelgan de las perchas y a los que los usuarios de la lengua suelen recurrir en los más informales contextos. Pongamos algún ejemplo de lo que intento explicar: Los cosieron a balazos, acabaron tan agujereados como un gruyer de buen tamaño. [Aún no se hacía MasterChef en 2008, pero que el agujereado es el Emmental y no el Gruyère ya viene de lejos, ¿no?] El autor, amante de los westerns, de los thrillers y de cierto lenguaje sancionado por el mundo cinematográfico, en el que el alcohol ocupa un lugar destacadísimo, no lo duda, a la hora de recrear un tipo de lenguaje que, sin embargo, al menos para este Artista Desencajado, que ha leído «de todo», desde Zane Grey hasta Corín Tellado, también está ligado a una literatura de consumo, de quiosco, lo que los usamericanos llaman la Pulp fiction -por ese áspero papel amarillento tan propio de esas ediciones- y que, hace milenios, incluso tenía comercios dedicados a la compraventa y alquiler de obras de dicho género. Así, expresiones como: Se juró celebrarlo por todo lo alto, vaciando una botella entera en tres tragos o Deseo morirme fumando y bebiendo whisky, amigo mío o Repararemos las viejas piraguas, barnizaremos el porche y escucharemos cada noche a Neil Young con una botella de tu maldito bourbon hasta llorar y caer derrumbados o Siempre me siento cerca del bar. Si hay que estrellarse, lo mejor es tener un whisky gran reserva a mano -ironizó  son expresiones que parecen parodiar otras semejantes, más oídas en las películas que leídas en el papel. Lo mismo podríamos decir de ciertas expresiones, digamos «desgarradas», en labios de personajes también más propios de las películas que de la literatura: -¡Esos bastardos del Chelsea nos han encajado dos! (En la que, por cierto, se dice, por evitar esta vez lo manido, «metido», justo lo contrario de lo que intuyo que se quiere decir: «nos han encajado dos» significa que les han metido dos al Chelsea y, en consecuencia que les han ganado el partido; «nos han metido dos» significa que el Chelsea les ha ganado por dos goles a cero). -Adiós, maldito cerdo -musitó Rainer pisando el acelerador o  Es hora de ir al infierno. Y tú me vas a enseñar el camino. Adiós, Günter Baum, o -Escucha cabrón, no intentes reírte de mí. No he disparado en mi vida, pero a esta distancia te juro que te llenaré la boca de balas,  o, finalmente: -Estás muerto, Eilert. Lo sabes. Eres un cadáver putrefacto. Un puto zombi -masculló Bum con expresión asqueada. Se trata, como se advierte, de usos de escasa invención, pero de muy extendido dominio por parte de los posibles lectores de los bestsellers, y no me cabe duda de que el autor es consciente de esa «comunión» justa y necesaria con su audiencia: comparte con ella un código que esta aprecia no solo porque lo conoce y lo domina, sino porque, llegado el caso, incluso lo contextualiza con algún referente propio de esas otras artes que se mueven en la órbita del bestseller: las películas populares, los videojuegos e incluso las series de televisión.
A este Artista Desencajado, ya digo, le cuesta una penosa subida al Everest en chanclas -¡me consta que ya ha habido algún intento…!- asentir a usos lingüísticos que, a su manera, corroboran aquella célebre afirmación de Valéry en Tel Quel, según la cual jamás escribiría una frase como La marquesa saló a las cinco de la tarde… y que, curiosamente, escogió Julio Cortázar para iniciar su primera novela: Los premios, cuyo epígrafe, de Dostoievski, curiosamente, dice lo siguiente, muy instructivo para el caso de esta recensión que me ocupa: ¿Qué hace un autor con la gente vulgar, cómo ponerla ante sus lectores y cómo hacerla interesante? Es imposible dejarla siempre fuera de la ficción, pues la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad. Ese repelús que le producía a Valéry cierta escritura es el que a un lector con cierta experiencia le impide disfrutar con un estilo plagado de coloquialismos y usos tópicos cuya reiteración ad infinitum se convierten en una sensación de agobio excesivo, insisto, para ciertas sensibilidades que no necesariamente han de llegar a la predilección por soluciones barrocas como la reseñada de Juan Goytisolo en su barroca novela Reivindicación del conde don Julián.
Quiero dejar muy claro, eso sí, que, dejando de lado la particular y arbitraria sensibilidad lingüística de quien esto escribe, en una novela de 540 páginas, todos estos usos, algunos de los cuales enumeraré para acabar,  en modo alguno impiden una lectura ágil, continuada y enfocada con total eficacia al objetivo máximo de la novela: seguir la senda del descubrimiento de un secreto al que vamos accediendo por su pasos estratégicamente contados y sabiamente, desde el punto de visto estructural, dados. Entiendo que esta es la diferencia entre aquellos dos escritores que describía al principio: someter a crítica o aceptar una constelación de expresiones comunes que nos han llegado mediante vías de transmisión de muy diferente naturaleza: la conversación, la propia literatura, el cine, la radio, la televisión, etc.
Me refiero, creo que todos los intelectores ya lo han entendido, a expresiones como las siguientes: Le dieron carpetazo al tema a toda prisa; Permanecía sentada con cara de circunstancias; A pesar de que pintaba canas (Puede que se trate de una errata: «pintaba» por «peinaba»…); Te ruego que guardes absoluto silencio. Silencio sepulcral; Ahogando una risilla de hiena; Rezongó Simon Darden entre dientes (olvidando que lo propio de «rezongar» es hacerlo, en efecto, «entre dientes»); Poner a buen recaudo; Me muero de ganas por invitarte a cenar; El corazón le dio un vuelco; Blanco como el papel de fumar; En su fuero interno estaba resuelto a despejar la incógnita; La mayoría creyó a pies juntillas; A la hora de atar cabos; Eichel seguía husmeando por la sala como un sabueso en busca de algún rastro; Estoy en ascuas; A los pocos segundos les iba a la zaga, pisándoles los talones;  En esta jungla solo impera la ley del talión; El corazón me dio un vuelco; En un titánico esfuerzo;  Por ti hubiera puesto mis manos en el fuego (donde el plural de la expresión coloquial actúa como hipérbole).
 Se trata, como se advierte, de usos muy coloquiales y propios de un registro que, llevado a la escritura de un bestseller busca reforzar, como ya he dicho, la comunión con los lectores: una suerte de contrato implícito: yo no te voy a complicar la vida estilísticamente, y, además, te garantizo -¡y eso el autor lo cumple a rajatabla, doy fe!-  que vas a pasar un ratazo (¡540 páginas!) en el que no vas a poder dejar de leer hasta que sepas qué ocurrió exactamente a estos personajes que yo voy a animar para ti en una aventura que te mantendrá imantado a las páginas del libro hasta que llegues a su apoteósico final.
         Y cuando hay un contrato por medio, y este se cumple como estipulan las leyes, ¿quién puede llamarse a engaño? Julio Murillo cumple sobradamente su promesa y el lector recibe lo estipulado: una novela de la que no va a poder levantar los ojos para no «perder ripio» de una trama que seguirá «como alma que lleva el diablo: azogada».  

miércoles, 20 de marzo de 2019

Llamar a capítulo…



Traspasar el umbral.

Sabes exactamente lo que has de narrar, pero colocas ante ti el cuadernillo del folio doblado y no descapuchas la pluma. Has de ponerle un título provisional. Dudas. Se insinúa una tibia ansiedad. Sabes que M.F. ha de contar para sí, sin narratario posible, el encuentro que le cambió la vida. Aún te impone, después de más de cincuenta años, la amenaza del cuadernillo en blanco donde tú sabes que acabarás escribiendo lo que te bulle desordenadamente en la cabeza y que jamás has querido planificar antes de dejarte ir, de abrir el pico garlador por donde se desparramará, con enrevesada cacografía, el río de palabras por el que ha de navegar hacia el ancho mar de lo biográfico, ¡que es un sinvivir!,  la vida infinitamente anónima de M.F. Cepos te aherrojan las manos, porque se escribe siempre con las dos, o así lo declaraba Ginesillo, quien confesaba haber escrito su vida “con estos pulgares”. En efecto, has de «hacer» la vida de F.M.,  has de reconstruir lo que fue, y de lo que tú sabes lo esencial, aunque a ti te preocupan, sobre todo, los detalles del contexto: la fiebre del dato exacto, la minuciosidad del miniaturista, el rigor del atestado y la verdad última del forense. Pero sigues ahí detenido, respirando cada vez con mayor dificultad y atento a la creciente taquicardia que has de atajar de inmediato. Liberas el pico y escribes: Los cuadernillos de M.F., y vuelves a silenciar el pico que ha esculpido la única línea tautológica que te permite disolver la espiral de ansiedad que amenaza con bloquearte un rato largo, lo bastante como para reconsiderar que «no es el momento» de iniciar, aun con los propios titubeos de los comienzos, el nuevo capítulo. Te sientes llamado a él, pero no vas a poder defender tu posición indecisa. Y sí, te recuerdas, como en un suave calentamiento para empezar a entrenar en serio, que lo sabes todo, que has de comenzar por el encuentro, que has de seguir con la explosión bigbanguesca de vida que libera la sexualidad desreprimida y que has de visitar el infierno de la dependencia, los celos y la dominación, fugazmente. Son los clímax, a los que no se llega en veinte párrafos, por supuesto. El capítulo exige la morosidad que desarrolla en el tiempo una evolución psicológica anclada en el entumecimiento sexual y moral sin otra perspectiva que la salida dramática de la obra, un mutis trágico y discreto, camuflado de accidente, para no herir a los hijos supervivientes. Lo sabes. Tú mismo te detienes, con firmeza. Lo ves todo ahí, en esa pantalla blanca, desarrollándose con vívida fuerza, con los tonos exactos de la dicción precisa, con los gestos inequívocos de las revelaciones insospechadas, con las palabras literales de las confesiones íntimas que desgarran y que oxigenan. Sigues sin atreverte. Tu mano izquierda empuña la pluma y la derecha juguetea con el capuchón, como si tú fueras un señor feudal dispuesto a practicar la cetrería y liberar al gerifalte del capuchón que lo ciega para que se eleve hacia los cielos en busca de la presa sobre la que abatirse… Ambas cosas están en tu mano: el ave que vuela y la presa, F.M., pero te detiene una vez más el miedo, si ese temor al borrón inmediato que desfigure y borre la primera palabra que se estampe en el cuadernillo así puede ser llamado. ¡Cuántos capítulos has iniciado en tu vida! Jamás se aprende. Todos son siempre, sin diferencia alguna, el primero, ¡el único!, ese en el que te juegas la confirmación de ti mismo, tu difícil absolución. La sombra oscura, cacografiada, de esa vida se agita en el blancor inmaculado del cuadernillo, como las ondas del moaré en la delicada tela de un vestido transparente: es la resurrección de un cuerpo preterido lo que baila en ese cuadernillo, y tú conoces, exactamente, insisto, su alcance y la poderosa transformación sufrida. Poco a poco has ido reuniendo las circunstancias, los sentimientos, los silencios, las ignorancias, las desesperaciones sosegadas, y la luz, como la propia de este cuadernillo en blanco ante el que mantienes, impertérrito, tu guardia; la luz, te dices, de una metamorfosis común que, a pesar de su grandeza, su propia trivialidad no nos permite valorarla como se merece. Por eso decides, finalmente, con no fingida audacia y elocuente indecisión, acercar el pico a la orilla de la blanca salina y trazar los primeros signos húmedos del río que nace en el hontanar de la inspiración:
Necesito sentarme y escribir sobre cuanto me está pasando, porque corro el peligro de convertirme, guardándolo solo para mí, en una olla a presión que acabará explotando el día menos pensado…

viernes, 1 de marzo de 2019

Experiencia atemporal. Cuadernos y textos literarios inéditos de Laura Perls (1946-1985)



Autobiografía y afanes literarios de Laura Perls, creadora, junto a Fritz Perls, de la Terapia Gestalt.

Los dos creadores de la Terapia Gestalt han sido, en realidad,  uno, Fritz Perls,  y un apéndice, Laura Posner,  cuya importancia ha sido objeto de discusión y sigue siéndolo, porque el hecho de haber sido matrimonio ha complicado no poco la posibilidad de hacer una crítica factual de qué se debe al uno y a la otra, máxime si constatamos, como a través de la lectura del presente volumen puede hacerse, que Laura Perls fue educada en esa ideología en la que a las mujeres les estaba reservado poco menos que un papel “secundario” respeto de los varones. En la medida en que lo que ahora se edita son los papeles “personales” de Laura Perls, estamos, pues, ante una obra de contenido memorialístico, no doctrinal respecto de la Gestalt, de ahí que esta recensión se dirija más a esa dimensión humana que a la profesional, si bien entre ambas, como no se le escapa a ningún seguidor de esta terapia hay un vínculo sólido y permanente. De todos modos, no siempre, desde esta perspectiva de la identificación biografía-teoría, la Gestalt acaba configurando la vida tanto como sería imaginable suponer, e incluso son notorios los muchos momentos vitales en los que advertimos una oposición no diré radical, pero sí llamativa, entre la vida de Laura y la defensa de los postulados gestálticos. Recordemos que ella, como su marido, nunca se sometieron a su propia terapia, es decir, jamás otro gestaltista tuvo la oportunidad de hacer terapia con ellos, lo cual no deja de ser curioso. Había en ambos una suerte de espíritu de superioridad respecto de la teoría, de la práctica y de sus pacientes que les impelía a ver esa posibilidad casi como un fracaso. Lo cierto es que quizás se hubieran ahorrado muchos malentendidos y sus vidas hubieran tenido una dimensión menos áspera de la que tuvieron, a partir, sobre todo, de su separación formal, con carácter definitivo, hacia 1955, cuando Fritz lo dejó todo y se instaló en Miami, como quien dice, dispuesto a morir, tras haber sufrido varias anginas de pecho.
         Los “papeles personales” de Laura Perls funcionan, de hecho, como una autobiografía y en ella vamos a encontrar datos biográficos que nos ayudan a completar la imagen que teníamos de la primera dama de la Gestalt, en quien Fritz se apoyó siempre para elaborar sus teorías y con quien colaboró estrechamente en Yo, hambre y agresión, que salió a la luz cundo aún estaban en Sudáfrica. No solo hay datos puntuales sobre la vida cotidiana, sobre su relación con Fritz, sus hijos, su madre, el resto de su familia, etc., sino, también los ensayos literarios a los que siempre dedicó algún tiempo, si bien, y ello a pesar de sus aspiraciones, jamás con la intensidad que una dedicación de esa naturaleza exige para tener la condición de  autora. Laura tenía una fina intuición literaria y su experiencia lectora le permitía evaluar, sin tapujos, el nivel de sus propias creaciones, algunas de las cuales tienen un excelente nivel, sobre todo cuando escoge la vía del surrealismo como forma de expresión. Aunque todos sabemos que un texto de vanguardia, máxime si es surrealista, permite una libertad de creación en la que resulta complicado evaluar la calidad del mismo. Imaginemos cualquier texto del dadaísmo, por ejemplo, formado como quería Tzara con palabras recogidas del suelo, tras haber sido recortadas y arrojadas a él, y colocadas al azar en una hoja en blanco. No quiero decir con esto que los textos literarios de Laura Perls no alcancen el estándar mínimo que pueda acreditarlos como tales, porque hay algunas composiciones que, más allá de ser una vía de liberación para expresar sus congojas, miedos, temores o rabias, alcanzan esos estándares, como en este ejemplo, escrito tras la separación de Fritz en 1946, cuando este se fue, en avanzadilla, a Canadá y Usamérica:
Muriendo, dejo atrás el embotamiento de las vidas ajenas,
En vida me he puesto las velas como faro de mi propia muerte.
Muriendo mi corta y atestada vida.
Viviendo mi larga y solitaria muerte que madura,
Sacrificando el curso de la vida eterna
Por una bendición de una duración determinada de mi propia
Muerte,
Renunciando a la re-unión,
Sufriendo la separación,
Rezando por la aceptación,
Vivo y muero, muero y vivo, muero y muero.

O este otro ejemplo, muy cercano a la separación definitiva de Fritz:
Los seres queridos que amé y que no he amado.
Las líneas que escribí y que no escribí.
La vida que he vivido y que no he vivido:
Ahora no es, pero es.
Lo que era, no es, lo que no era, es.
El placer pasado, no utilizado, es presente vacío-
El placer pasado, encontrado, es presente perdido.
Lo que no ha sido, pero ha sido.
Lo que no es, pero es.
Lo que no es, es decir, lo que no va a ser.
L angustia pasada deja el corazón roto.
La ausencia de angustia deja el corazón vacío.
          
De hecho, estos papeles personales de Laura Perls tienen un gran valor para tratar de entender la relación de amistad y matrimonial que mantuvo con Fritz Perls desde que se caso a sus 25 años con él, después de algunas experiencias frustradas por la oposición de sus padres, y que la llevaron a estar internada en un sanatorio mental donde recuperarse de la quiebra emocional sufrida. El hecho de casarse con alguien absolutamente desconocido, Berlinés, que la llevaba 12 años de edad supuso un duro golpe para su familia, quienes incluso contrataron detectives para informarse de sus antecedentes, dada su buena situación económica. Desde ese momento comenzó algo así como un pequeño calvario para Laura que consistió en la total libertad con que su marido vivía su unión, sobre todo en lo referente a las relaciones con otras mujeres, como sucedió cuando se reunió con él en Amsterdam, huyendo de los nazis y Fritz quiso incorporarla a un relación a tres que ella rechazó, supongo que indignada.
         En las páginas de esta Experiencia atemporal queda constancia de la superioridad intelectual que Laura sintió siempre respecto de su marido:  Fritz no podía escribir ni en alemán. No tenía ninguna facilidad para los idiomas ni, en general, para la lógica u el desarrollo de algo. Tenía buenas ideas, pero se las tenía que dar algún tipo de forma, y esto, por ejemplo, lo puedes ver en Dentro y fuera del tarro de la basura y también en Sueños y existencia, que son grabaciones, ya sabes, la forma en la que hablaba. Así era como escribía. Y tampoco leía mucha. O lo que leía, lo leía más por el valor de la historia, no del estilo ni nada de ese tipo. De hecho, no tenía ningún interés por la lengua. Yo tengo mucho más. Algo que se traducía en la constante competencia que se estableció entre ellos y que sin duda degradó la relación entre ambos hasta que se les volvió insoportable una convivencia tan desastrosa. Si a eso añadimos el desinterés de Fritz por sus hijos, y luego por sus nietos, tendremos un panorama claro del porqué de una separación «de hecho» que nunca llegó al divorcio, aunque de milagro, porque si Marty Fromm hubiera aceptado la proposición de Fritz, imagino que sí se hubiera divorciado, porque ella, Marty, a diferencia de Lore, sí que fue «el amor de su vida»,  de Fritz. En la época de Nuea York, cuando se produce la separación, el matrimonio, junto con los otros siete miembros archiconocidos de la primera época gestáltica, había fundado el Instituto de Terapia Gestalt, si bien la desventaja en que se hallaba Fritz frente al terrible dúo intelectual Goodman-Laura, lo llevó a dicha separación. La anotación de 1955 es elocuente:
Mi amado Fritz,
Estoy escribiendo esto mientras tú estás en Cleveland. No estoy escribiendo un carta, y tampoco te estoy escribiendo a ti. Estoy escribiendo esto principalmente para mí, o posiblemente solamente para mí. NO sé dónde estoy, o mejor dicho, dónde estamos -si todavía hay un “nosotros”. Ahora, no existe casi ninguna prueba de ello. Las lágrimas están ya corriendo por mi cara -me parece que no hago nada más, excepto llorar, cada día, cuando estoy sola. Siempre estoy sola, incluso cuando estoy en la misma habitación que tú. O mejor dicho, tú estás solo, y no pareces ser consciente de que estoy allí. Me siento como un gato ronroneando alrededor de tus pies, pero incluso ni me acariciarías, como sin ninguna duda harías con un gato. ¿Qué nos ha ocurrido? Incluso no puedo preguntarte directamente. No puedo preguntarte nada. Ya no puedo hablar contigo nunca, no durante mucho tiempo.
         La colección de escritos de Laura tienen, casi siempre, el aire de bocetos para los que no tuvo los arrestos necesarios para convertir en textos acabados, porque ello exigía una dedicación y una disciplina a la que no supo someterse. Sin embargo, ella acusaba a su marido de ser, sobre todo, perezoso, muy perezoso, y Fritz se quejaba de que ella no lo hubiera «empujado» para salir de ese estado de apatía o postración. Hubo un cuento,  Una percha para colgar el sombrero (Réquiem por Isaac Rosenfeld) , que fue recomendada por Goodman para que fuera publicada en una revista, pero el editor se la devolvió porque no cumplía las expectativas de la revista, lo que debió de suponer un duro golpe para las aspiraciones llamémoslas artísticas de Laura. Entre esos bocetos, Laura tuvo la ocurrente idea de parodiar la magnífica obra de Pirandello, Seis personajes en busca de un autor, para trazar un bosquejo autobiográfico que tiene el valor de descubrir cómo se ve ella a sí misma:
I.       Una mujer con más de cincuenta años; sintiéndose
1)       Mayor, con la melancolía del climaterio, tensión alta, preocupada por los nietos, la familia, el marido que envejece.
2)       Viéndose diez años más joven, sintiéndose quince años más joven. Hambrienta de amor y sexo. Viviendo principalmente una vida fantasiosa de éxito sexual, con ocasionales aventuras reales. Preocupada por la impresión, la ropa, la apariencia, la agudeza mental.
II.      Profesionalmente exitosa.
1)       Experimentada, confiada, impresionante, reconocida pero no ambiciosa.
2)       Fracasada profesionalmente; insegura, sintiéndose un fraude, sintiéndose ignorante, temerosa de “ser descubierta”. Competitiva pero asustada, supermodesta y arrogante (nadie me conoce, nadie se da cuenta de mí vs. Soy muy conocida, estoy en lo alto de mi progresión, etc., etc.
III.     Escritora.
1)       Niña prodigio; dotada, precoz, muy elogiada, ridiculizada, herida. Capullo.
2)       Buena estudiante; ávida lectora, escritora de artículos y ensayos escolares. Enpeñada en ser racional. Útil social versus “lúdicamente artista egotista.
IV.    Ama de casa
1)       Indiferente, negligente, sin que le importe, irregular, sin rutinas, Schlamperei (dejada), sin tiempo para nada, derrochadora.
        
El libro es interesante, para los muy interesados en la vida, obra y milagros de los creadores de la Gestalt, porque Laura ofrece una visión bastante extensa de su vida adolescente y repasa épocas de las que no suelen circular muchos datos concretos, específicos, como la de tiempo en Sudáfrica. Las fotos que se incorporan al volumen permiten la contemplación de lo que el matrimonio llamó la primera residencia Bauhaus en Joahnnesburgo, por ejemplo. La vida de Laura Perls, sobre todo después de la separación de su marido fue una vida marcada por el decidido carácter varonil de las mujeres de su familia, según confiesa, pero también porque ella hubo de estudiar en un  Gymnasium masculino, junto con dos chicas más, una de las cuales no se adaptó y abandonó. Estamos hablando de una mujer que abría caminos en una época en la que pocas accedían a los estudios universitarios, y esa necesidad de “imponerse” frente a los hombres, de reafirmarse, desarrolló en ella ese sentido de la competitividad que acabó chocando con el de su marido.  A través de las páginas del libro, así pues, asistimos, también a la recreación de una época la de los años veinte y treinta marcada por el decidido movimiento de liberación de la mujer que, como en el caso de Laura, se realizaba de forma individual. El libro incluye varias entrevistas que permiten redondear el carácter autobiográfico de la obra. En una de ellas, el entrevistador le reprocha a Laura las vaguedades y alguna contradicción, como que el matrimonio leyera Politics, la revista neoyorquina de ínfima tirada, donde, al decir de ambos, conocieron a Paul Goodman, porque firmaba un artículo sobre la izquierda y las teorías freudianas. Y aunque ha de reconocerse que la cultura de Laura en modo alguno es fingida, y que sus referencias son sólidas, no deja de haber en su manera de referirse a lo que fue su vida de relación social con una sofisticación en la que se intuye una cierta y leve impostura. La manera de referirse a ciertos movimientos artísticos y su papel en aquel mundo de la bohemia berlinesa de los años 30, tiene un aire hasta cierto punto frívolo que no acaba de convencer al lector crítico. En cualquier caso, el libro tiene muchos alicientes y hay en él muchos detalles biográficos que satisfarán la curiosidad con que los lectores solemos acercarnos a estos libros testimoniales.


sábado, 16 de febrero de 2019

Las campañas electorales o el aburrido circo de los campeadores…Un capítulo-botón de «La España vulgar».



 

10. De gofos y gofas. (¡Ahora sí que sí...!, y sic)


           Curiosamente, por ninguno de esos espacios vulgocráticos se pasean los prohombres y las promujeres de la política cuando nos visita, cada cuatro años o asín, el circo de las vulgares campañas electorales, supremo ritual del adocenamiento, la ranciedumbre y la soez estulticia publicitaria. 

No hay mejor escaparate para calibrar la vulgaridad de un país que una ocasión excepcional, y al tiempo frecuente, como es la del desarrollo de una interminable campaña electoral. En nada se distinguen las tales del resto de la vida política habitual, sino en la intensidad con que se manifiestan los peores resabios de la desigual comunión que estrecha, hasta la asfixia, a los representantes y a los representados, en un abrazo vivificador para ambos: absoluta confirmación de sus inanidades respectivas. Tales para cuales. Demos los cría y ellos se juntan en la Gogia, en perfecta ouroborosía, y vuelva a disculpársele al libelista el atrevido neologismo, de común significado, no obstante.

En ese periodo excepcional, en el que se suspende el principio de racionalidad, ad maiorem populi gloriam, y los labios se ven desbordados por el ímpetu falaz de las promiscuas lenguas promitentes, ¿dónde esconderse de las necedades que, al modelno bombo y platillo de los cutrísimos vídeos de trasnochado agitprop, ofenden a los escasos y avergonzados depositarios del sentido común, aquellos a quienes ya les ofendieron, en los nefastos tiempos en que los parieron, los ferocísimos doberman que babeaban y ladraban su agresividad de camada negra?  

No hay lugar en la realidad donde ocultarse del vocerío desgarrado, del atropello del insulto, de la falacia contumaz, de la chirigota  grosera, del esperpento consumado, de la amenaza del miedo, de los eslóganes aciagos y así sucesivamente hasta la basca final. Se queda pequeña, la realidad, en efecto, para huir de la viscosidad que se extiende hasta lograr que todo se enganche en ella. Allá donde uno vaya, en periodo electoral, le será imposible distanciarse de la sombra pegajosa de la irracionalidad que pretende obnubilarle para que el así ensombrecido –sin asomo de asombro...– acabe dando por buena y justa la derrota de la razón y proclame la buena nueva de la bandería, de la secta, de la horda. 

Con razón hablan del juego de la política. Y una campaña electoral es la suprema expresión de ese espíritu lúdico que banaliza cuanto toca, que trivializa cuanto existe, que lo infantiliza todo. De ahí que, con deleznable paternalismo, se apele, con sospechosa constancia, a la mayoría de edad del electorado y a su madura capacidad de decisión. Primero te ponen a bailar el corro de la patata al ritmo del romance del traidor Marquillos o de la adúltera Catalina, y después pretenden que separes el grano de la paja de los diferentes programas que se te ofrecen reducidos a latiguillos, muletillas, chascarrillos y esloganillos que, con pericia y devoción divulgan los organilleros de rigor por todas las plazas de España. 

En última instancia, sin embargo, la petición final no es que te guíes por un análisis razonable de las diversas ofertas que se te ofrecen y que decidas en conciencia, sino que reconozcas a qué bando, a qué tribu perteneces y cierres filas para derrotar al adversario, la encarnación de todos los males habidos y por haber. Democracia y espíritu crítico son una pareja mal avenida, incompatible, en constante desavenencia, imposible. Democracia y sumisión, el matrimonio ideal por el que suspira el espectro político desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. Asentimiento entusiasta,  adulación cortesana y obediencia ciega, la tríada mágica que abre las puertas del escalafón que lleva a la gloria del poder con mayúsculas, el PODER, o a la mera ficción del tal, cuando se es el líder de un partido en la oposición, como le ocurre a quienes, como Rajoy o Mas,  tienen el triste hábito de perder elecciones y ganar disgustos.

¿Qué más risible, bochornoso y patético, por poner el ejemplo autonómico bien conocido, que un Molt Honorable in péctore y sin Govern ni DOG que llevarse a la firma paseando su esencialismo  y su carisma presidencial —con heredada gesticulación pujoliana ad hoc— por las inventadas Vegueries de la Cataluña sempiternamente amenazada y en peligro de extinción, de consunción patriótica? El señor Mas, a quien le aplanan el nombre –Àrtur, dicen los amantes de decir A Coruña y LLeida, en vez de los castellanísimos La Coruña y Lérida, para pasar por paletos lingüísticamente correctos– para kennedyficarlo y darle un toque internacional de Prime Minister de mercadillo, es un alma en pena, atiborrada de triunfos electorales morales que no le han deparado sino un eterno aire de apolillado figurón de la política que acabará deshaciéndose en el aire de sus fracasos, como las momias expuestas a la curiosidad de los profanadores de tumbas, antes de alcanzar el poder real, la firma, y la visita de pleitesía a Montserrat. Y si algún día llegara a gobernar, ¿quién duda ya de que lo acabará haciendo como un espectro, como una sombra pitarresca, como el simulacro torpón y difuminado de quien pudo haber sido?

Las campañas electorales derrochan dineros, esfuerzos y euforias levantiscas con una alegría de nuevos ricos que ofende incluso más que sus viciados contenidos de catecismo elemental. Las costosas banderolas, las vallas intimidatorias, la megalomanía sembrada aquí, allá y acullá, las cuñas coñonas y agresivas en las radios, las páginas enteras en la prensa, las ideas esquinadas en los simulacros de debates con espadas de tercera fila, y más aún con los primeros espadas, diestros de postín, pero auténticos postes respondones que monologan y predican.

Pero nada es comparable al gran mitin, el fantástico aquelarre donde el Gran Buco preside el oficio de tinieblas en las que con extático placer se sumergen los participantes, los laicos feligreses. Un mitin es un agujero negro de la realidad: lo engulle todo y no irradia nada, a fuerza de desearlo, no obstante. Cualquier espectador de telediarios desvía la atención cuando, entre rugidos, vítores, aplausos, requiebros, y siempre ¡más caña! y ¡dales duro!, ¡y vengan globos!, ¡y banderas, banderolas y banderines!, el líder de turno le quita el torniquete al herido adversario para que se desangre ante la concurrencia sedienta de su fracaso. ¡No en vano se escogen las plazas de toros para el supremo ritual partidario!  

Los asistentes y las asistentas al oficio religioso de la comunión colectiva aguardan las revelaciones aduladoras del BucoBocazas con la misma fe depositada en otros dioses menores y santos mayores. Un chapuzón de piropos, un baño de elogios, una ducha de localismo, una fiebre de bandería y tres consignas mal cosidas al paño raído de un discurso lleno de mentiras y anacolutos sirven graciosamente al fin perseguido: ruge la marabunta; se desborda la emoción primitiva de la horda; se besan con estruendo las manos al ritmo febril que marcan los himnos fanfarriones y todo el mundo sale satisfecho de haber estado presente y haber contribuido a lograr un nuevo score en la batalla democrática: «¡Que lo superen, si pueden!», se congratula el jefe de campaña, con fe ciega en la falacia de cantidad. Y a recogerlo todo para llegar a tiempo al próximo escenario, donde se repiten ce por be las mismas escenas, los mismos arrebatos, las mismas bromas ad hominem, las mismas brumas de la razón, los mismos bramidos de entusiasmo y regocijo... 

Y el líder entronizado, Gran Buco al que se le rinde pleitesía, vasallaje. Todo gira en torno a su mágica capacidad de seducción: nadie sonríe mejor; nadie es más honesto; nadie inspira más confianza; nadie dice la verdad como él; nadie tiene tantas palabras de aliento para los desfavorecidos y los preteridos; nadie tiene tantos elogios para quienes se acercan a él... ¡y se alejan salvos! ¡Día dichoso aquél en el que, gracias a la mujer del amigo del primo de un vocal tercero de la asociación del barrio, pudo el humilde votante anónimo tener la fortuna de estrechar la mano teresiana, a fuer de santa, del líder, por la suerte de estar sentado al lado del pasillo por donde hizo su entrada triunfal en el coso!

Las campañas electorales van prescindiendo poco a poco de esos grandes mítines por la imposibilidad de movilizar a un electorado que, a medida que pasan los años, es más difícil de engatusar, aunque más fácil de convencer. La división enconada del espectro falaciológico favorece la política de reducción del gasto y la invención de nuevas vías de propaganda: desde las mortecinas páginas web de los candidatos, donde está celosamente reservado el derecho de admisión, razón por la que se censura cualquier mensaje que no sirva de claca al sermón de cada día, hasta los SMS, pasando por los vídeos colgados en la red para solaz y estrechamiento de lazos entre los conmilitones, y para espanto y sonrojo de quienes se niegan a creer que la abyección alcance cotas, ¡y costas!, semejantes.

Aun así, en la quincena infinita de su existencia, ¿quién puede quedarse a salvo de ella?, ¿dónde hay un sagrado al que acogerse, sin riesgo de que la vulgaridad exacerbada se te lleve por delante, como una turbia riada que todo lo anega, dejando un estéril barrizal a su paso? Ni aunque por ley fueran las campañas electorales en el mes de agosto, lograría el sufrido y castigado abstencionista hallar rincón patrio donde refugiarse frente al turbión (3ª acepción) devastador. 

El allanamiento de morada electoral es de tal naturaleza que el único remedio radical sería decretar su prohibición, cortar por lo podrido, por la sangría de dineros y de bajezas pseudointelectuales con que se maltrata a la ciudadanía con amparo legal, de tal manera que los ciudadanos hubieran de escoger a sus representantes tras cuatro años de evaluación constante de su acción de gobierno o de oposición. La objeción evidente, se convertirían las legislaturas en cuatro años de campaña electoral constante, queda anulada por la constatación de que eso es lo que ya sucede de hecho. El derecho siempre llega tarde. La realidad siempre va muy por delante de la legislación. Del mismo modo que la acción política siempre camina siguiendo el husmo de las estadísticas cocinadas...