martes, 14 de abril de 2020

«La educación del género humano» (1780), de Gotthold Ephraim Lessing o un ilustrado en apuros…



El extraño y oscuro viaje místico-religioso hacia la Razón de un ilustrado bibliotecario, crítico de arte, dramaturgo y filósofo por libre...

Cuando adquirí La educación del género humano lo ignoraba casi todo de Lessing, salvo su espíritu tolerante e ilustrado que llevó al teatro con una obra clásica en la formación de los alemanes, Nathan, el sabio, hasta que llegó el nazismo, como es fácil de comprender, y su estudio sobre la representación artística a propósito de una obra tan impresionante como el Laocoonte y sus hijos, presumiblemente de los artistas de Rodas Agesandro, Polidoro y Atenodoro. Lessing estableció en ese ensayo la distinción básica entre la poesía y la pintura y escultura, reservando para la primera el dominio del tiempo (sonidos articulados) como su característica fundamental esencial y para las segundas el espacio (mediante la forma y los colores). Igualmente, y dentro de la atención que le dedicaron los autores alemanes a nuestros autores barrocos, Lessing fue traductor de La vida es sueño, de Calderón. Al parecer, en el origen de esas disquisiciones acerca de las diferencias entre pintura y poesía, sobre todo, debe situarse, según Lessing, la caracterización que de ambas hiciera el poeta griego Simónides de Ceos: “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda”.
Con tan escaso bagaje, reconozco que me esperaba una disertación pedagógica en la línea de una tradición de tratados que arranca, probablemente, de Luis Vives y que pasa por Rousseau y acaba, pongamos por caso, en la escuela moderna de Ferrer y Guardia.  Al hojearlo y ver que se había escrito mediante la técnica de los aforismos, acaso tomada de la devoción que tenía Lessing por Spinoza, advertí enseguida que la línea de reflexión iba más por el arduo y enrevesado camino de una lectura insólita de la palabra de Dios que por el arte antiguo de la Paideia, pero no dudé en salir de la librería de segunda mano con él, prometiéndomelas tan felices como siempre que cualquier volumen supera ese rápido escrutinio y acaba formando parte de mi vida, antes que de mi biblioteca.
También he de reconocer que a quien la idea de Dios apenas le parece una ficción afortunada y exitosa, como es mi caso,  una reliquia aún actuante de los tiempos arcaicos de la superstición, el miedo y el desamparo, no le es fácil aceptar este mundo de creencias que se ofrecen como verdades absolutas y se toman con una seriedad digna de debates medievales como de los que arranca este texto de Lessing, porque su teoría de las tres edades del género humano: la niñez del Antiguo Testamento; la madurez del Nuevo Testamento y la culminación de la Razón ilustrada tiene su origen en las doctrinas, en aquel momento heréticas de Joaquín de Fiore, recogidas en su obra Concordia del Nuevo y del Antiguo Testamento (Liber Concordiae Novi ac Veteris Testamenti, en el original latino).
         Como nos resume Emilio Estiu en las esclarecedoras notas que le pone al casi esotérico texto de Lessing:  Según su filosofía de la historia, el hombre ha ido progresando y a la vez cambiando de una manera real en sus conceptos acerca de la divinidad y de las relaciones entre Dios y el hombre. Hubo una primera época en la que Dios regía a los hombres por la Ley: es la edad del Padre o del Antiguo testamento; la segunda época, la de su propio tiempo, era la edad del Hijo, en la que los hombres obedecen a Dios por la fe en el ejemplo de Cristo; llegará una tercera época -que Joaquín profetizaba como muy cercana y que se iniciaría hacia 1260- que será la edad del Espíritu Santo- y en la cual el hombre contemplará directamente con el alma a la divinidad. Entre una edad y otra hay un proceso dialéctico por el cual la última, al trascender a las anteriores, no las anula, sino que las conserva como contenidos de ella y como pasos necesarios de su aparición. «El primer tiempo -dice Joaquín- ha sido el del conocimiento, el segundo el de la sabiduría, el tercero será el de la plena inteligencia. El primero ha sido la obediencia servil, el segundo la servidumbre filial, el tercero será la libertad. El primero ha sido la experiencia, el segundo la acción, el tercero será la contemplación. El primero ha sido el temor, el segundo la fe, el tercero será el amor […] La primera edad se refiere al padre, que es el autor de todas las cosas, el segundo al Hijo, que se dignó revestirse con nuestro barro, el tercero será la edad del Espíritu Santo de quien el apóstol dice: Donde está el Espíritu del Señor está la libertad».
         De alguna manera, lo que está en juego dialéctico es lo que Umberto Eco llamó «la triple calígine: la eternidad del mundo, la unicidad del intelecto y la ausencia de penas ultraterrenas», todas ellas ideas que nacen en la lectura que hace Averroes de Aristóteles y que chocan con la ortodoxia de la iglesia católica. Por ese sendero que transita Lessing y que lo lleva a la reinterpretación del Antiguo y Nuevo Testamento, comparándolos con la educación de un niño, al que se ha de estimular para que él mismo llegue hasta el uso de la razón, asumiendo en sí la herencia del camino recorrido, hay una relectura de la elección del pueblo judío como epítome de la Humanidad: de ser un pueblo rústico y sin más dios propio que el de conveniencia, hasta convertirse, por influjo de culturas superiores como la persa, en el pueblo escogido que descubre la supremacía del Dios Único y la inmortalidad del alma, no sin un duro proceso de rechazos y reinterpretaciones de su relación con Dios a través de los profetas y de los creadores, en Babilonia, del Libro de libros.
         Para entender bien el drama íntimo que se refleja en estos aforismos, hemos de tener en cuenta que la Ilustración chocaba de frente con cualquier idea de lo suprarracional, que rechazaba radicalmente. Lessing, por lo tanto, desde una creencia en la metempsicosis, muy propia de la época, va a intentar demostrar la gran aventura del género humano hacia su independencia racional a través de las fases de creencia en el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Debajo de este debate subyacía otro: si la ética racional era o no independiente de la moralidad heredada de la religión. Como recuerda Feliu en el prólogo, Lessing solía decir: Según el conocimiento, somos ángeles; según la vida, diablos. Y esa tensión está presente a lo largo del teto de forma inequívoca, porque para Lessing  el valor de la conducta moral depende de la pureza con que el hombre concibe sus relaciones con Dios.
         Nos enfrentamos, pues, a una narración casi épica de esas tensas relaciones con Dios que nacieron en el pueblo liderado por Moisés en su éxodo y que se religaron con la actualización del testimonio y el legado de quien se proclamó Hijo de Dios. Siempre, además. No lo olvidemos, con la analogía de la educación como referente último de la misma para hacer accesible la interpretación: [20] Mientras que Dios conducía a su pueblo elegido por todos los grados de una educación infantil, los otros pueblos de la tierra continuaban su camino guiados por la luz de la razón. La mayor parte de ellos habían quedado muy por atrás del pueblo elegido; solo algunos lo aventajaban. Y también esto ocurre con los niños que se dejan crecer solos: muchos siguen siendo totalmente incultos pero otros se educan a sí mismos de un modo asombroso. La tesis básica de la obra es que la Revelación divina va a impulsar el descubrimiento de la Razón por parte de los fieles de un modo más ventajoso que el acceso a la misma por cuenta y riesgo de cada cual y de cada sociedad. A mí me llama la atención el esencial paralelismo que subyace entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, porque escoger un pueblo inculto como vehículo de afirmación existencial del Dios único y del sentido del más allá tras la muerte es esencialmente el mismo proceso que siguió Jesucristo al escoger a los hombres menos preparados, los más humildes, como sus discípulos para asegurar la transmisión de su nueva Alianza con la especie humana, mediante la cual le sería perdonado a todos el pecado original y disfrutarían de la gloria divina tras la muerte, afirmando la inmortalidad del alma que no recogía el Antiguo Testamento.
         Lessing describe cómo los israelitas se preguntaron, estando sometidos a los persas, por qué ellos no tenían concepciones religiosas más razonables: [39] Así -en virtud de la doctrina persa más pura- los judíos no solo reconocieron en su Jehová al más grande de todos los dioses nacionales, sino a Dios mismos: lo encontraron como tal en sus Sagradas Escrituras nuevamente buscadas, y pudieron mostrarlo así a los otros, porque realmente estaba en ellas. Manifestaban además un horror tan grande por cualquier representación sensible del mismo -semejante horror por lo menos estaba indicado en estas Escrituras- como el de los persas. No es extraño, pues, que su culto encontrara gracia ante los ojos de Ciro, aunque él lo considerara muy lejos todavía del puro sabeísmo [El culto de los habitantes de Saba], pero también muy por encima de las groseras idolatrías que se habían apoderado de la tierra abandonada por los judíos. Recordemos que la idolatría de los judíos permaneció durante mucho tiempo después de aquella famosa adoración del becerro de oro en las faldas del Sinaí. Pasar del Dios bélico y todopoderoso al Dios único, al que es, como esencia de lo real y de la vida, no fue un camino fácil y, como hemos indicado antes, fue una concepción que comenzó a desarrollarse entre ellos al contacto con culturas más avanzadas, como la persa.
         Sigamos con ese desarrollo del pensamiento que describe Lessing. Una vez que el pueblo escogido es capaz de alzarse a la concepción de un Dios más allá de los castigos y las recompensas, de un Dios útil en función de su ayuda para someter a otros pueblos y otros dioses, aparece Cristo: [53]Tenía que llegar un pedagogo mejor para que arrebatara de las manos del niño al agotado libro elemental. Llegó Cristo. El género humano, seleccionado por Dios en la «persona» del pueblo judío, ya había «madurado». O sea, pasamos del temor a Dios a una visión del sujeto en libertad, autónomo, éticamente responsable de sus propios actos. O dicho en la terminología pedagógica que usa Lessing: El niño [el pueblo judío] llegó a ser joven: las golosinas y los juguetes [las recompensas y castigos del Dios todopoderoso y terrible] cedieron su puesto al deseo incipiente de ser tan libre, respetado y feliz como sus hermanos mayores [los sabios griegos egipcios y los cultos persas de Babilonia].
         [58] De este modo, Cristo fue el primer Maestro auténtico y práctico de la inmortalidad del alma. [Auténtico, en palabras de Lessing, «por las profecías que parecían acabadas en él» […], «por los milagros que ejecutó» […] «y por su propia resurrección»]. Lo sorprendente es lo que añade, desde la perspectiva ilustrada a continuación: No nos interesa ahora discutir sobre si esta resurrección y estos milagros se pueden demostrar o no, como tampoco nos interesa saber quién haya sido la persona de este Cristo, es decir, deslinda claramente la crítica histórica positiva de lo que simbólicamente representa, en términos de progreso racional, la aventura de reflexión religiosa que nos lleva desde la superstición hasta el dominio de la Razón a través de la Revelación divina. Uno sospecha, con todo, que esa Razón ilustrada que se encarnó en Lessing, un campeón absoluto de la tolerancia religiosa, un rasgo de su personalidad algo más que inusual en su época, ¡y aun hoy!, la concibe este más como un regalo de Dios que como una conquista de la Humanidad, propiamente. Algo se revuelve dentro de él cuando se plantea lo que para cualquier racionalista debería de ser obvio: El Universo no necesitó ayuda de Dios para existir, como dijo Hawkins. De igual modo, es irrelevante para la existencia de la especie humana sobre la Tierra, y para la andadura sinuosa que ha trazado sobre ella y que seguimos trazando, ¡quién sabe si hasta el apocalipsis predicho por el de Patmos, pero sin intervención supraterrenal!
¿En qué sentido, pues, cabe preguntarse, la nueva doctrina de Cristo sobre la inmortalidad del alma “ha dado un nuevo impulso a la razón humana”? La explicación de Lessing tiene que ver con la tradición judeocristiana como un camino privilegiado frente a otras «soluciones» como supone el resto de religiones o las religiones orientales sin dios, como el budismo: [65] Durante diecisiete siglos han ocupado a la inteligencia humana más que cualquier otro libro: la han iluminado como ningún otro, aun cuando no haya sido más que por la luz que en ellos introducía el entendimiento humano mismo. En este sentido, Lessing considera que la existencia de un único libro, (La Biblia, con los Evangelios) fue más ventajoso para el entendimiento humano que si cada pueblo por sí hubiese tenido su propio y particular libro elemental; del mismo modo que también fue ventajoso por el hecho de que durante cierto tiempo cada pueblo tuviese a este libro como el non plus ultra de sus conocimientos. Ve Lessing en él una suerte de depositario de verdades reveladas a las que solo podremos llegar con la Razón, pero sin renunciar a los pasos anteriores que nos han permitido trascender los textos y entender conceptos definitivos, «fundacionales», como la identificación de Dios como el principio «único» de todo lo que es o la inmortalidad del alma, mediante la muerte y resurrección de Cristo.
Y aquí llegamos al momento en que Lessing se extravía por una hermosa demostración del sentido de la Santísima Trinidad que supera cualquier expectativa de verosimilitud para un agnóstico e incluso para un Ilustrado como él mismo lo fue, a su manera. Él la propone como una suerte de demostración de la unicidad de Dios, más allá de las vías «humanas» que escogió para reafirmarla, a través del ungimiento del Hijo: [73] Por ejemplo, la doctrina de la Trinidad. Si se pusiera fin a infinitos tanteos errados, ¿esta doctrina no conduciría acaso al entendimiento humano al reconocimiento de que es imposible que Dios pueda ser uno, en el sentido en que las cosas finitas son unas? ¿No lo llevaría a la admisión de que también su unidad es una unidad trascendental que no excluye una especie de pluralidad? ¿No es necesario que Dios, por lo menos, tenga la más perfecta representación de Sí mismo, es decir, una representación en la que se encuentre todo lo que está en Él? ¿Y se encontraría en ella todo lo que en Él está si solo tuviera de su realidad necesaria y de sus demás cualidades una mera representación o una mera posibilidad? Esta posibilidad agotaría la esencia de sus restantes cualidades; ¿pero agotaría también a su realidad necesaria? No lo creo. Por tanto, o Dios no puede tener una perfecta representación de sí mismo o esta perfecta representación es igualmente una realidad necesaria tal como Él mismo, etc. Cierto que mi imagen en un espejo no es más que una vacía representación de mí mismo, porque solo tiene de mí lo que los rayos luminosos proyectan sobre su superficie. Pero si esta imagen tuviese todo, absolutamente todo lo que yo tengo, ¿sería todavía una vacía representación o un verdadero desdoblamiento de mi yo? Cuando creo reconocer en Dios un desdoblamiento semejante, más que equivocarme, someto mis conceptos al lenguaje [limitado]; pero lo que sigue siendo incontradictorio es que quienes quisieron tornar popular esta idea difícilmente se hubieran podido expresar de modo más claro y hábil que llamándole un Hijo que Dios engendra para la eternidad. [76] No se me reproche que semejantes sutilezas sobre los misterios de la religión están prohibidas. En los primeros tiempos del cristianismo la palabra misterio significaba algo completamente diferente a lo que ahora comprendemos por ella y la configuración de las verdades reveladas en verdades de razón es absolutamente necesaria si es que el género humano quiere verse ayudado por ellas. Es cierto que cuando fueron reveladas no eran todavía verdades de razón: pero fueron reveladas para que llegaran a serlo. [78] No es cierto que las especulaciones sobre estos temas hayan causado jamás daño y hayan perjudicado a la sociedad civil. No se ha de llevar esta objeción a las especulaciones mismas, sino a la locura y tiranía de querer dirigirlas y de no permitirlas a los hombres que las habían ejercitado.
Me temo que, en el fondo, el afán dialéctico de Lessing no es otro que convencernos de que la Razón es la hipóstasis evidente de Dios y que a ella solo se llega a través, como ya hemos dicho anteriormente, de la revelación, independientemente de la «realidad histórica» que pueda ser la base incontrovertible e irrefragable de la misma. Por ello es por lo que su concepción de la Trinidad es consustancial a su planteamiento, y el modo como se resuelve el acceso a la Razón desde la Revelación. Emilio Estiu nos dirige al texto complementario en el que Lessing expresa su pensamiento con total claridad y pertinencia respecto de lo que estamos tratando:  En Das Christentum der Vernunft (El cristianismo de la razón), se lee:  1. El Ser perfectísimo y único no se ha podido ocupar, desde la eternidad, sino con la contemplación de lo perfectísimo. 2.  Lo perfectísimo es Él mismo y por tanto Dios solo se ha podido pensar, desde la eternidad, a sí mismo. 3. Representar, querer y crear son en Dios una misma cosa. Por tanto, se puede decir: todo lo que Dios se representa lo crea también. […] 5. Dios se ha pensado desde la eternidad en toda su perfección; esto es, Dios creó desde la eternidad un Ser al que no le faltaba ninguna de las perfecciones que Él mismo posee. […] 9. Cuanto más de común tienen dos cosas, tanto más grande es la armonía entre ellas. Por tanto, la mayor armonía tiene que estar entre dos cosas que tienen todo en común; es decir, entre dos cosas que juntas son solo una. 10. Tal es lo que ocurre con Dios y el Hijo-Dios o la Imagen idéntica de Dios; y las Escrituras llaman a la armonía que existe entre ellos Espíritu que viene del Padre y del Hijo. 11. En esta Armonía está todo lo que está en el Padre y por tanto todo lo que está en el Hijo; luego, esta Armonía es Dios. 12. Pero esta Armonía es Dios; de modo que no lo sería si el Padre y el Hijo no fueran Dios; y ambos no podrían ser Dios si no hubiese esta armonía: esto es: los tres son Uno.
Me parece evidente la oscuridad del planteamiento de Lessing y las constantes peticiones de credulidad que dirige al lector para que las «verdades reveladas» puedan devenir «verdades de razón». Y ese esa es la tesis central de La educación del género humano, en realidad, o dicho con sus propias palabras, [82] La educación, tanto en el género como en el individuo, tiene su fin. Quien ha sido educado, fue educado para algo. Así pues, la Razón deviene ese instrumento que nos permite conocer, sobre todo, la existencia del Dios único y la convicción, consecuente, de que existe tal cosa como la inmortalidad del alma. A lo largo del desarrollo propositivo del libro, Lessing, que estaba leyendo en los días de la redacción de este «opúsculo», la obra de Charles Bonnet, Palingenesia filosófica [Palingénésie philosophique (1769)], se adentra en esa suerte de eterno retorno nietzscheano con una fe digna de mejor causa: [93] Cada hombre en particular tiene que haber recorrido (más temprano o más tarde) el mismo camino por el cual el género alcanza su perfección. «¿Pero tiene que haberlo recorrido en una y la misma vida? ¿Puede haber sido en la misma vida un judío carnal y un cristiano espiritual? ¿Puede en la misma vida haber sobrepasado a los dos?» [94] Difícilmente será así. Pero ¿por qué cada uno de los hombres, individualmente considerados, solo podría haber existido en este mundo únicamente una vez? [95] ¿Es esta hipótesis tan risible por ser la más antigua? ¿O porque cayó en ella el entendimiento humano antes de ser destruido por el espíritu sofístico de las escuelas?[96] ¿Por qué no habría de retornar tantas veces como sea capaz de alcanzar nuevos conocimientos y habilidades? ¿Llevaría tanto conmigo de una sola vez que no valdría la pena volver? [97] ¿No es mía la eternidad entera? Esta concepción de la preexistencia del alma y la creencia en la metempsicosis era bastante común en la época. Se encuentra en obras juveniles de Kant y Herder la sostiene en sus Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad , con el mismo fin que Lessing: para que el progreso del género humano sea a la vez el desenvolvimiento del alma individual. Para completar el pensamiento de Lessing al respecto, se ha de bucear en otros escritos del autor, como nos propone Emilio Estiu en las valiosas notas que nos aclaran el sentido último del oscuro texto de Lessing:  en Dass mehr als füynf Sinne für den Menschen sein können (Que para el hombre pueden existir más de cinco sentidos), Lessing escribe:  Mi sistema es, por cierto, el más antiguo de todos los sistemas filosóficos. Pues en verdad no es más que el sistema de la preexistencia del alma y de la metempsicosis que no solo fue pensado por Pitágoras y Platón, sino también, antes que por ellos, por los egipcios, caldeos y persas, es decir, por todos los sabios de Oriente. Y ya este hecho le es favorable. La opinión primera y más antigua, siempre es, en cosas especulativas, la más verosímil, debido a que el sano entendimiento del hombre enseguida se percató de ellas.
Y en ese punto acaba Lessing un opúsculo escrito desde una idea panteísta de Dios que choca, necesariamente, con el afán ilustrado de quien quiere abrirse camino con la Razón en la senda llena de espinos de la superstición humana. Lo que defiende Lessing es que solo la idea de Dios nos hace mejores y le da sentido a nuestras vidas, pero la ética no religiosa es capaz de proveer a cualquiera de los mismos valores positivos sin tener que ceder ante una explicación tan simple de nuestra existencia como especie sobre el planeta. Se vive tan humanamente sin la ficción de Dios que a algunos nos resulta incomprensible el empecinamiento de nuestros congéneres en vivirla, la ficción, con una pasión que desborda nuestra capacidad de entendimiento. Sí, seguramente la religión es una sumisión gozosa al misterio, ese concepto que, para Lessing, difiere mucho de cómo se entendía en los albores del descubrimiento «razonado» del Dios único, sede de la realidad toda, fundamento y destino último de ella. Se trata de una superstición, en efecto, pero he de añadir que, junto a la barbarie intolerante que ha generado a lo largo de la Historia -e incluso en la Prehistoria-, no es menos cierto que esa creencia ha contribuido ampliamente al desarrollo tanto del pensamiento como, sobre todo, del arte, algo que me parece indiscutible. ¡Qué sería del turismo europeo de los agnósticos sin las visitas a los templos y a las ruinas! Yo viví inmerso en la acrítica cultura religiosa de mis progenitores hasta los 14 años. Ni un día más ni un día menos. Desde entonces esa ficción ha quedado relegada, para mí, a un capítulo interesantísimo de la antropología, la abstrusa «filosofía» de la religión, excepción hecha de la gloriosa mística, y poco más. «Siervas», «esclavas», y otras denominaciones semejantes de algunas órdenes religiosas dan fe del poder de esa ficción, del mismo modo que las Actas de los mártires cristianos -que he leído con delectación- dan fe del menosprecio de la propia vida ante la afirmación del Dios mudo y oculto a cuyos representantes en la Tierra tanto cuesta creer… Como escribió  Wallace Stvens: Es la creencia y no el dios lo que cuenta.


miércoles, 1 de abril de 2020

Elogio de la crestomatía: «El viaje de Astolfo en busca del Juicio…» en el «Orlando furioso,» de Ludovico Ariosto.



Un episodio fantástico y moralizante que pudiera considerarse una influencia en Los sueños, de Quevedo. Un viaje a la luna anterior en un siglo al celebrado de Cyrano de Bergerac.
—¿Ya no te he dicho —respondió don Quijote— que quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo como mejor pudiere en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.
                                                                       (Don Quijote I, capítulo XXV)

Las crestomatías siempre han estado al servicio de la enseñanza, porque la selección de textos fundamentales de nuestra Literatura ha servido para enseñar a leer, para educar el gusto literario y como modelo de estilo para muchas generaciones de estudiantes. Con la llegada de nuevas promociones de profesores educados en otra mentalidad y deseosos de poner a disposición del alumnado las obras completas, no solo fragmentos escogidos de las mismas, ha decaído hasta casi desaparecer ese hermoso arte de la compilación de textos fundamentales de nuestra Literatura para la enseñanza. En realidad, ha decaído la edición comercial de las mismas, porque esos libros fueron sustituidos por las antologías que cada profesor de Literatura confeccionaba desde su perspectiva estética. Cuantos hemos sido profesores disponemos de ese arsenal privado de textos con que hemos facilitado el aprendizaje de la asignatura.
En esta ocasión, y dada la evidente limitación que guía siempre el uso de los textos en la enseñanza, el presente nunca llegue a utilizarlo, pero siempre lo he tenido por uno de esos fragmentos que todo el mundo debería de leer alguna vez. Esta es la razón de ofrecérselo a los intelectores amantes no solo del género épico, aventuras de carácter caballeresco, sino también del género fantástico, tan ligado a ellas, como hemos leído con extrema delectación en Chrétien de Troyes, y, sobre todo del ingenio que apuntaba ya al Barroco, en tiempos del Renacimiento, como lo prueban las imitaciones de Barahona de Soto, Las lágrimas de Angélica y el poema narrativo de Lope, La hermosura de Angélica. A mí, más allá de la perspectiva religiosa que adquiere aquí el viaje al más allá en busca del rescate de la cordura de Orlando, me llamó la atención en su momento la felicísima invención de los frascos del juicio que todos tenemos en aquel mundo donde se guardan además, ¡otro hallazgo inmortal!, las cosas que perdemos en este. Me ha venido a la memoria al hacer la crítica de La muerte cansada, de Fritz Lang, donde aparecemos, los seres humanos como velas que se van consumiendo hasta que se apagan al llegar al final de nuestro tiempo asignado. La extrema finura de la invención también me ha traído a la memoria Los sueños, de Quevedo, si bien en este la mordacidad es muy diferente de la suave dulzura que se desprende de los versos de Ariosto, aunque, a falta de una traducción definitiva en verso, he optado por la traducción en prosa de Manuel Aranda, de 1872. Ya metidos en harina filológica, recordemos que la primera versión del poema, la publicó Ariosto en 1516 en dialecto ferrarés, que hubo una segunda versión en 1521 con algún uso del toscano y, finalmente, con el añadido de 6 cantos a los 40 iniciales, se publicó en 1532 la edición definitiva en lengua toscana, de la que el cardenal Pietro Bembo, amante de Lucrecia Borgia, había escrito su primera gramática: Prosas sobre la lengua vulgar.
Y sin más preámbulos enojosos, pongo a disposición de los intelectores este encantador viaje en busca del propio juicio… donde se guarda el de cada cual. Renuncio, en estos tiempos de confinamiento riguroso, a imaginar siquiera sea sucintamente, cómo estarán los frascos del juicio de nuestras autoridades en aquel empíreo hasta el que llegó Astolfo…, si llenos o vacíos.

Astolfo [duque de Inglaterra] refrenó su corcel, dirigiéndolo a paso lento hacia el palacio, que tenía más de treinta millas de circunferencia, y se puso a contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una mansión miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo. ¡Obra sublime de un arquitecto superior a Dédalo! ¿Cuál de nuestros más afamados edificios podrá compararse a ti? ¡Enmudezca a tu lado la gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!
En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable parecía uno de los bienaventurados elegidos del Paraíso. Dirigiéndose con agradable rostro al Paladín, que acababa de apearse respetuosamente de su corcel, le dijo:
—¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado hasta el Paraíso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje, y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oír mis consejos y saber cómo has de socorrer a Carlos, y librar a la Santa Fe del peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mío, de atribuir tu presencia en estos sitios a tu ciencia o a tu valor, pues de nada te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y te diré cuanto debes hacer: ahora ven a recrearte con nosotros, pues tu prolongado ayuno debe serte ya molesto.
El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer a sus hermanos que la muerte no pondría fin a sus días, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera a Pedro: —«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta?». Y aun cuando no dijo: «No debe morir», ellos lo supusieron así. Fue transportado a aquellos lugares, donde encontró a Enoch juntamente con el gran profeta Elías, a quien había precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.
Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitación en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladín diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables a nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó a desobedecer las órdenes del Eterno Padre.
Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente a su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora había salido ya de los brazos de su anciano esposo, á quien ama a pesar de su edad avanzada, y vio que se dirigía hacia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó a tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Después le dijo:
—Tal vez ignoras, hijo mío, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, a quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido a mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fe, como constituyó a Sansón en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hacia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel e impío, quitar la vida a uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razón y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer a nadie, ni aun a sí mismo. Según se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladín ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir su juicio a Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar a Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.
Durante el resto del día, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparose un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elías de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció a él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hacia el Cielo. Remontose el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve a la región del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Después de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, o poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, a nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.
Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detención sus miradas cuando quería distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en la Luna ríos, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevación cual nunca había visto el Paladín: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar continua caza a las fieras.
Como la causa de la ascensión del Duque a las regiones de la Luna no había sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse a apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo a un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo o por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va a parar allí. No hablo de los reinos o de las riquezas que la suerte prodiga o arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar o quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen a Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan a ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resumen, allí arriba podréis encontrar todo cuanto aquí abajo habéis perdido.
Conforme iba pasando el Paladín por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigía preguntas a su guía con respecto a ellos: llamole, sobre todo, la atención uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Después vio una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen a los reyes, a los príncipes y a los poderosos. Vio unas guirnaldas, entre las que había redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un montón de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan a sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden a sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vio Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó a su guía por ellas, y supo que eran tratados o conjuraciones mal encubiertas. Vio serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vio bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condición de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.
—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta después de su muerte.»
Atravesó después una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido a la sazón en un insoportable hedor: era la donación (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vio una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.
No acabaría nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las cosas que allí vio Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los días que había malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habría podido conocerlos en sus distintas formas, si su guía no le hubiera llamado la atención sobre ellos. Después llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir a Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados a tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripción: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenían escrito también el nombre de aquellos cuyo juicio contenían. El Duque vio que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponía en el pleno uso de su razón, no tenían mucha, a juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la había hecho perder el amor; a otros el deseo de honores; a otros el afán de atesorar riquezas, que les obligaba a cruzar la vasta extensión de los mares: estos la habían perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la magia; varios por su pasión por las alhajas, o los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenían allí como en depósito gran parte de su juicio.
Mediante la venia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó a sus narices el cuello de la botella que lo contenía, y creyó sentir que la parte de juicio que había perdido, volvía a colocarse en su primitivo asiento; lo cual sería así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.
El Paladín cogió también la botella más grande y más llena, donde estaba el juicio que solía hacer prudente y sabio al Conde; la cual no era tan ligera como presumió al verla reunida a las otras en la montaña. Antes que el Paladín descendiese de aquella esfera llena de luz, el santo Apóstol le condujo a un palacio situado a orillas de un río: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda, algodón y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes, y otros sucios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se ve a las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados, durante la época de la recolección. Cuando se concluía un copo, otra anciana acudía con uno nuevo, y se llevaba a otra parte lo ya devanado, mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separación.
—¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo a Juan, que no lo puedo comprender?
—Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber la hora en que cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen después para servir de adorno al Paraíso: con los más toscos se hacen fuertes ligaduras para los condenados.
Todos los copos que habían pasado ya por las devanaderas, y estaban preparados para otros trabajos, tenían puestas unas pequeñas planchas de hierro, de oro o de plata con los nombres de aquellos a quienes correspondían. Después se iban haciendo con ellos compactos montones, y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel viejecillo era tan listo y ágil, que parecía haber nacido para correr constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las llevaba a otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré dónde se dirigía y el objeto de su trabajo, si me indicáis que tenéis placer en ello, prestándome la halagüeña atención que acostumbráis.


lunes, 30 de marzo de 2020

Quintañón. En tiempos de cuarentena, que no nos falten las palabras.


Decimoquinta y última palabra del confinamiento (alargado con nocturnidad y alevosía...) que ofrezco como homenaje a nuestros mayores (entre los que soy uno de los menores...).


quintañón, na. adj. Centenario.|| 2.  Muy viejo.
         Las cien libras del quintal son la medida que se toma como referencia para referirse a los centenarios, si bien es éste un dato más olvidado aún que la propia palabra, fuera del personaje cervantino, claro está, al que se asocia como nombre propio, Quintañona, sin que de él se haya dado el salto al uso coloquial para el que probablemente nació, si nos atenemos a la comparación implícita en la palabra. Tiene quintañón, además, toda la apariencia de ser un apellido, como si dijeramos Quiñones, de rancio abolengo, una palabra que nos llega desde los primeros vagidos de la creación de la lengua, como Pero, Mencía, Álvaro o Hernando. El campo semántico de la vejez no es tan extenso como para prescindir alegremente de una voz tan expresiva. Decimos quintañón y parece que se nos represente, enseguida, una poderosa carga que casi nos dobla las rodilllas y nos hace trastabillar, lo que el propio final de la palabra, desgajado del pesado quintal,  –añón, también parece representar a la perfección. No hay tal, sino todo lo contrario. De hecho, tenemos un añoso que cubre con toda propiedad esa parcela de la avanzada edad, sin ser término ofensivo, como tampoco lo sería el hipotético *añón y como, solo a medias, no lo es quintañón, como vio Cervantes a la perfección cuando inventó su graciosa Quintañona, casi como personaje de comedia de enredo. Quintañón tiene las dosis exactas de buen humor, de burla donosa y de capacidad descriptiva objetiva como para que se convierta en palabra que podamos usar con toda liberalidad en las más variadas circunstancias. “Mi tío es ya un quintañón de mucho cuidado, pero sigue fuerte como un roble”. “Hay vejestorios y quintañones, que conste, como hay jóvenes fortachones y otros delicados que parecen ya prejubilados”. “Acabé cogiendo un autobús lleno de quintañones y quintañonas que parecían salir de un jardín de infancia: ¡Jesús, qué energías, no pararon en todo el viaje: que si chistes, que si canciones, que si bromas...!” Los eufemismos, en el ámbito de las edades avanzadas, están a la orden del día, pero quintañón nada tiene que ver con ellos. La empleamos y no se nos viene valetudinario a la cabeza, sino recio, fibroso e incluso poderoso, de ahí que sea ésta una propuesta que, a buen seguro, no hallará objeciones de enjundia ni renuencias absurdas  para instalarse entre nosotros con todos los honores de las voces expresivas y necesarias.

domingo, 29 de marzo de 2020

Jabonar. En tiempo de cuarentena, que no nos falten las palabras...


Decimocuarta palabra del confinamiento, indispensable para entender la doble vara de medir que hemos de tener con quienes nos rodean y tienen los gobernantes con nosotros...
jabonar. tr. Reprender ásperamente.

         He aquí una muestra de la ambivalencia de ciertas voces, que sirven para describir un cometido y su contrario, con escasísima variación formal en su enunciación. Mientras jabonar a alguien, o “darle un jabón”, significa esa reprensión que figura en la definición –María Moliner incluye, además, el castigo físico en forma de golpes–; “dar jabón” a alguien significa adularlo. ¿Qué extraña virtud advirtieron nuestros antepasados en el jabón para otorgarle ese poder?  Ignoro los usos punitivos que antaño llegó a tener el jabón, pero parte de mi memoria personal ha sido la amenaza de lavarme la boca con él –en forma de escamas del popular Lagarto, se entiende... – para impedir que la ensuciara cotidianamente con las pudorosamente llamadas “palabras malsonantes”, “tacos” o “voces desgarradas”. Lo cierto es que el jabón tiene una consistencia pétrea, pero no me atrevo a pensar siquiera que pudiera existir algo así como un castigo de *jabolapidación. El significado de “dar jabón” es harto evidente y no requiere explicación ninguna, pues son muchas las sortijas que lo han precisado, por ejemplo, para salir de dedos en los que nunca deberían  haber entrado. Del mismo modo, la naturaleza viscosa del jabón, propia de los aceites de que suele estar hecho, ha servido como lubricante para encajar unas piezas en otras, como las espigas de los muebles. Así pues, la propuesta de este nuevo sentido, ‘reconvenir a alguien por una conducta impropia’, habrá de abrirse paso frente a la incredulidad inicial de quienes conservan en su buena memoria el significado contrario. Empeñarse en la propagación de la misma conlleva la excelente oportunidad de ilustrar las complejidades del léxico y prestar atención, de paso, al modo como los hablantes han asociado tal o cual significado a tal o cual palabra. Si se escarba sin pedantería, se pueden conseguir no pocos adeptos para esta disciplina de la lexicografía que, más allá de las arideces técnicas de las transformaciones fonéticas, tiene, en las pesquisas etimológicas, una lectura por la que se puede llegar a sentir auténtica pasión. Entre los justos está, según Borges, “el que descubre con placer una etimología”. En última instancia, si no se llega tan lejos, sí, al menos, habremos contribuido a la preocupación por mejorar la expresión, lo que elevará significativamente el nivel cultural de un país como el nuestro, ¡tan necesitado de esa conquista social e individual!

sábado, 28 de marzo de 2020

Meldar. En tiempo de cuarentena, que no nos falten las palabras.


Decimotercera palabra del confinamiento y nunca mejor ofrecida: la quintaesencia de la idoneidad para estos días de resistencia manual, ¡jamás para manuales de resistencia, ojo!
meldar. tr. Leer, aprender.

         Voz rara, sin duda, pero cuya aparición en la Danza de la Muerte, monumento de la poesía medieval española, nos permite rescatarla con todos los honores siquiera sea para saber que existe, que no es una voz muerta y sepultada, como tantas, en los renglones de los diccionarios. Aparece allí como lo que es: una palabra del sefardí, el castellano medieval que los judíos sefardíes, es decir, originarios de Sefarad, España,  se han encargado, en su desconsolado, injusto y eterno destierro, de mantener vivo. Por su origen griego, la palabra significa ‘esforzarse’, y más concretamente esforzarse en aprender algo a fuerza de repetirlo, o sea,  estudiar de viva voz, esto es, aprender “de coro”. Este significado griego se mantiene en la voz catalana maldar, ‘afanarse’ ‘esforzarse por’, de uso habitual en la lengua hermana. No os preocupéis, amables lectores, porque ya pongo yo todas las objeciones posibles e imposibles para disuadiros de tan difícil empresa como sería intentar sustituir las muy asentadas y asendereadas voces leer y aprender o la, en nuestros días de desorientada pedagogía, denostada expresión “estudiar de memoria” por el presente meldar de casi imposible retorno:  “Meldar el código de circulación es la única receta para pasar la teórica”  “Ya me acuerdo yo, ya, de cuando nos obligaban a meldar la lista de los reyes godos”.  “Los maestros de hoy no quieren que los niños melden las lecciones, pero los neurólogos no dejan de insistir en que las repeticiones memorísticas ayudan a desarrollar la inteligencia” ¿Por qué, entonces, incorporarla a este diccionario? En parte como homenaje a esa rica rama del castellano que fue desgajada del tronco central por la intolerancia religiosa –uno de los grandes males de nuestra patria y del mundo todo–; y también como propuesta lúdica para auspiciar el interés por el perfeccionamiento de nuestros usos lingüísticos y la ampliación de nuestro jibarizado vocabulario en estos tiempos en que se nos anuncia que el aprendizaje de las lenguas no necesita más de 1000 palabras... de las más de 100.000 de la mayoría de ellas.

viernes, 27 de marzo de 2020

«Selva de aventuras», de Jerónimo de Contreras o un destensado ejercicio de novela bizantina y sazonada novela sentimental.



¿Leyó Cervantes este clásico poco citado y menos leído: la Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras, que tuvo de poeta la gracia que no quiso darle el cielo y de narrador tan escaso arte como por sí se ganó…? 

Habiendo leído no hace mucho las Andanzas y viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo habidos, del propio Tafur, es evidente que no hay comparación entre el bien hacer de Tafur y el convencionalismo de Contreras. En el primer caso tenemos un  libro de viajes lleno de auténticas curiosidades, y en el segundo, una extraña mezcla de novela sentimental y novela bizantina, aunque no llega a la intensidad de los mejores ejemplos de La cárcel de amor o Siervo libre de amor, de Diego de san Pedro y Juan Rodríguez del Padrón, respectivamente.
Mi atrevimiento me lleva, incluso a descubrir en esta obra de Contreras algo así como el equivalente del cine musical, porque su historia alterna los diálogos y los “números musicales” que sirven para seguir contando la historia, como suele ocurrir en el género cinematográfico, con mayor o menor propiedad. Podríamos hablar de una suerte de opera primitiva en la que se alternaran el recitativo y las arias, a juzgar por la estructura del libro. En todo caso, hubiera dado de sí, en su tiempo, para una adaptación escénica muy del gusto de la época.
         Se sabe poco del autor, y, más allá de las clásicas fechas, c.1505- c. 1582, y de que escribió un libro de caballerías, Don Polismán de Nápoles, un título que bien podría haber aparecido en el listado de los que enumera D. Quijote como fuente de su inspiración, solo hay noticia de su Dechado de varios subjetos, en la que repite la mezcla de prosa y verso ya usada con anterioridad en la Selva. La Selva de aventuras tuvo cierto éxito, a juzgar por las ediciones, y ello movió al autor a hacer una nueva versión corregida y aumentada con dos capítulos en los que se cambia el desenlace original de la novela y se les ofrece a los lectores un “final feliz” que, a buen seguro, esperaba el autor que colmara la expectativa de los lectores y le granjeara mayor reconocimiento.
En la primera versión, los amantes se separan, porque ella, Arbeloa, quiere entrar en religión, y él, Luzmán, se lanza a recorrer tierras extranjeras, Italia, fundamentalmente, donde espera olvidarla, acaban reuniéndose en Sevilla y dedicados ambos a la vida religiosa, pero muy cerca el uno del otro. En la segunda versión, sin embargo, después de diferentes aventuras que separan a los amantes, más en la línea de la novela bizantina, se reúnen, se casan y viven felices.
En 1615 deja de editarse y ya no vuelve a ser editada hasta su aparición en la BAE, en 1849. No es autor que haya suscitado el interés de los estudiosos, porque, aunque es propio de estos recuperar textos de nuestra historia literaria sumidos en el olvido, no es menos cierto que la recompensa en términos literarios no es tan «vistosa» académicamente, por ejemplo, como la de recuperaciones tan interesantes como la del poeta gongorino Gabriel Bocángel, pongamos por caso. Ni que decir tenemos que tampoco como antecedente de El peregrino en su patria, de Lope de Vega, acaba teniendo la obra de Contreras valor suficiente.
         Lo que se estará preguntando el lector de estas páginas es por qué diablos, entonces, le propongo la lectura de un clásico tan «menor», de tan aparente poca valía. Le contesto enseguida: porque cualquier clásico así considerado es una lectura más provechosa que mil insulsas naderías actuales. Estar en compañía de un escritor, por discreto que sea en el brillante escalafón de aquellos siglos que tantos ingenios exquisitos contemplaron, nos permite sumergirnos en ciertos modos de decir que nos reconfortan en el uso de la lengua, a la vista de las constantes deturpaciones a las que hemos de asistir cada día en la sufrida vida pública, ¡y no digamos en la política!
         Desde que se abre la novela, advertimos un ejemplo de aceleración narrativa que nos sorprende, ciertamente:  Y porque ya era hora de cenar, dio a Luzmán de lo que tenía para sí, y reposó ahí esa noche y otros ocho días, y al cabo dellos se partió con lágrimas de entrambos. Y así Luzmán, yendo pensando siempre en Arbolea, llegó a Barcelona; y dende a diez días se embarcó en una nave que iba para Italia, y así dio en un puerto en la tierra de Toscana, y hallándose así, acordó de irse a Venecia, por ver aquella ciudad que tan mentada era; y así se despidió de los marineros, y se fue su camino. Y tanto anduvo que llego a Venecia, en un día que en la plaza de San marcos se representaba aquella tarde la memoria de la edificación y fundamento de aquella ciudad; y siendo desto muy alegre, se fue al lugar donde se hacía esta representación. En nueve líneas viajamos de Sevilla a Venecia, ¡ni el famoso tren bala japonés! Y ninguna comparación, está claro, con el caballo que lleva a Gladiator desde Vindobona, la Viena de los romanos, hasta Mérida… en apenas día y medio.
         La prosa, como ya hemos dicho se alterna con el verso, y aunque este sea de escasa calidad, hay excepciones, dado lo mucho que se recurre a su uso, y no es extraño encontrarnos incluso con algún aforismo que nos place así lo leemos:  Llamaron a la paz antiguamente/reloj de la bondad bien concertado.
         La acción propiamente dicha de la obra va a consistir en el encadenamiento de encuentros sucesivos en los que se cuentan las historias de los personajes con quienes, por azar, se encuentra el peregrino y cuyas historias son, en la casi totalidad de los casos, de orden sentimental, usualmente amores frustrados, como su propia historia. Así ocurre con la hermosa Porcia, sobrina del duque de Ferrara, que sirve, podríamos decir, de molde para los encuentros por venir:  Señora, yo soy un peregrino que anda deseoso de ver las cosas que el mundo en sí tan maravillosas tiene, se presenta el peregrino a la hermosa y doliente doncella. Porcia pena, en apartados montes, la muerte de su marido, quien yace en una tumba junto a la que llora de continuo a la espera de consumir su vida:  Desprecié a Galeazo, duque de Milán, y a Artidonio, mi primo hermano, hijo de mi tío, en cuya compañía me crié, y asimismo tuve en poco a Calistro, hijo del marqués de Mantua: y esto todo para mayo gloria mía. Porque sepas que amé a un caballero, natural de la fértil España, de una ciudad llamada Zaragoza: estaba en el servicio de mi tío el duque, muy privado suyo, llamábase Erediano.” Huyen y llegan al lugar solitario donde Luzmán la descubre: vinimos a este lugar, el cual es tan fragoso, y de fieros animales poblados, que jamás hombre aquí allegó, ni creo que pueda llegar, si no es por ventura como tú has hecho. Estamos, pues, ante una novela sentimental, parece. Al poco, recitando su duelo sobre la tumba, como hacía dos veces al día, Porcia se desvaneció muerta ante los ojos de Luzmán, quien cavó en la sepultura de Erediano y, cuando llegó hasta sus huesos, depositó el cadáver de Porcia junto a él, y volvió a cubrirlos con la misma tierra que haí sacado. Hacer analogías con movimientos literarios tan lejanos como el Romanticismo quizá esté fuera de lugar, pero la vena mortuoria de dicho movimiento, los Pensamientos nocturnos, de Edward Young, o las Noches lúgubres, de Cadalso, imitador de aquél, se alzan ahí como hitos de un camino que el Romanticismo siguió hacia atrás, en su predilección por los tiempos pasados, las ruinas y los amores desdichados.
         Está claro que, dada su condición, el personaje, al llegar a Ferrara, donde para tres meses, es recibido por la nobleza y, tras la presentación de rigor, declara con cierto orgullo su ascendencia: Has de saber [Luzmán le habla a Artidonio, hijo del duque de Ferrara], que yo soy caballero de España, que deseoso de ver y entender las estrañas cosas que el mundo tiene en sí salí de mi tierra desta manera, como me ves vestido, y viniendo a esta ciudad no sé cómo el camino perdí, y anduve por un estraño bosque cuatro días, y al cabo dellos, hallándome en un llano topé una sepultura. Y desde ahí en adelante continúa la narración de los amores trágicos de Porcia y Erediano, de la manera que lo había visto y oído de  boca de ella.
De Ferrara fue a la Lombardía, concretamente a Milán. Visita el palacio del duque Galeazo el día de su boda. Contempla una representación alegórica del triunfo del Amor. De Milán va a Génova, donde entra en conocimiento del devastador amor que sufre Salucio, a quien su familia da por perdido, si bien Luzmán, por sus buenas artes, consigue devolverlo a su hogar. Se trata de una situación técnicamente muy llamativa, porque se emplea la composición poética del verso «en eco», gracias al cual, Salucio cree que este le responde con la repetición del último verso de cada estrofa a sus propios versos: Luzmán, que atento había estado a todas estas palabras, bien entendió que aquel que tales cosas decía, loco de amor estaba; pues del eco que en los aires le respondía al acento de sus palabras tomaba por el propio Amor. Salucio, después de pedirle que se identifique, le cuenta, bajo promesa de guardar secreto quién es y por qué se ve reducido a ese estado lamentable. Criado de Galeazo, que estaba enamorado de Beliana, hija del duque de Urbino, acabó enamorándose de ella también. Un día le revela el amor que siente, pero ella lo rechaza, enamorada como está de su marido. Él toma el hábito y se pierde en la espesura para penar su mal. La declaración de amor no correspondido de  Salucio es una perfecta muestra del modelo de amor cortés: Conocida cosa es, hermosa Beliana, señora de todo aquello que humano ser tiene, que no puede el enfermo encubrir al médico su mal para que sea con prudencia curado; así yo, que a la muerte me veo por tu causa, es justo que entiendas que muy presto acabaré estos tristes días que agora se sustentan con la esperanza que de mi firme amor tiene, si tú, señora, no pones remedio doliéndote de mí; y por Dios, no me culpes, que soy hombre, y Amor me ha puesto en la cumbre de mi deseo, contento con morir si mi atrevimiento lo merece, pues caer de tan alta gloria es imposible aunque muera. Vesme aquí rendido y descubierta mi voluntad: si de mí te dueles, a tiempo estás de mostrarlo; y si venganza quieres, tuyo soy; no me puedes más deshacer de lo que yo estoy deshecho; y así gano gran bien con cualquier cosa que de tu mano me venga, pues siendo ella tal y tú tan hermosa, lo que diere será para mí sobrado contentamiento. Luzmán restituye a Salucio a casa de su padre, pero este escribió en verso una carta de despedida antes de caer muerto. La carta acaba así: No os duela mi muerte agora,/que el morir por tal señora/no es muerte, mas es vivir;/que sabed que un bel morir/a toda la vida honora, que nos remite a la conocida sentencia petrarquista.
Luzmán pasa por Pisa y llega a Luca, donde recibe la noticia de que en la plaza del Domo se celebrará un juicio para decidir a cuál de tres hermanos con diferente estado civil le corresponde la herencia del padre rico. El mayor, Ardonio, defiende el estado de casado como aval de su pretensión: Yo dije y digo, que el mayor bien que Dios hizo al hombre, después de haberle dado el conocerlo con las armas de su fe, selladas en el entendimiento humano, fue concederle y ordenarle que se casase y atase al yugo del matrimonio, cuyo arado abre la tierra de la consideración del ánimo para poder sembrar recogimiento, honestidad, amor casto y celo puro y santo, con el regalo y compañía de los apacibles hijos y mujer.. ¿Podréisme decir que se puede llamar hombre al que no es casado? […] ¡Oh sabrosa celada, apacible guerra, suave lucha, aquella que tiene el buen casado! Que no lo siendo, ¡con cuánta libertad se ofende al divino Criador, quedando el hombre hecho animal, pues dél no procede el fruto que los hombres desean! Mirad que la mujer es vuestra propia carne, el hombre y ella son una cosa, y los hijos retrato de los dos, medio de los trabajos: aquella es cama no violenta ni manchada, donde los tales se acuestan; aquella es mesa y santo altar, donde se come este pan de verdadero amor; pues así, quien desto huye, abraza las ofensas, cíñese de pecados, y ya que por ventura esto no haga, más querrá guardar castamente su vida, queriendo pretender amores y Enel aire levantar sus sentidos. Todavía me parece yerro, porque la contemplación solo ha de ser en el cielo, y en el alto principio de sus maravillas y en el movedor dellas.
Belio, el segundo hermano, arguye contra el estado matrimonial. Estamos, pues, ante la herencia medieval de las contiendas y denuestos, como la del agua y el vino, por ejemplo: ¡Oh valerosa república, y excelente y maravilloso sabio [el filósofo Plomis, que preside el «duelo» dialectico entre los hermanos, es quien ha de decidir a cuál de los hijos le corresponde la herencia] ante quien y por quien se han de saber nuestras diferencias! Oíd el error y ceguedad de mi hermano, pues quiere llamar a la muerte vida, y al engaño consuelo, y a la mentira verdad. ¿Qué hombre hay en la vida, que si se ha casado, no llore la prisión que, pudiendo escusar, escogió con sus propias manos? ¿Nudo dulce llamas al que jamás desatarse puede si no es a la fin de la vida, cuando de fuerza se ha de acabar todo? ¿Tú quieres alabar lo que todos lloran, y como prudentes sienten, porque solo tú te halles contento? ¿Y acá, en ese homenaje y castillo de turbaciones, qué hay sino sospechas? Y el alcaide dél es el sobresalto, y los soldados que le guardan los temores y afrentas en que muchos han caído, por eso que tú tanto alabas. ¿Llamas cama contenta y casta aquella que muchas veces derriba la honra de los maridos, de cuya consideración yo lloro? ¿Llamas mesa alegre y buena aquella que con tanta pesadumbre hace al hombre con cada bocada dar mil sospiros? Siempre está celoso; de sí propio no se fía, cuando por alguna manera alcanza a tener sospecha de la cosa que ama. Alaba a los hijos; mejor es no tenerlos, pues son muchas veces afán y deshonra de sus padres; pues amor por cualquier vía, si el hombre pone en él perfecta afición, yerro es grande. ¿Por qué se ha de amar lo que no os ama, y poner la vida por quien os desea la muerte? ¿Hay por ventura mujer alguna que firmemente ame? No, ni nadie lo crea: fingidas son sus lágrimas, engañosas sus apariencias, y falsas sus promesas, y crueles las más dellas; y así yo entiendo aquesto: de ninguna me he fiado, gozando a mi voluntad de cuantas he podido, sospirando en la presencia dellas, fingiendo amarlas, como ellas hacen, y en ausencia, riéndome de todas. Así que así se ha de amar sin firmeza por pagarles en la misma moneda con la mercaduría que ellas venden; y el que otro dijere se engaña.
Finalmente, el hermano pequeño, Basurto, que defiende el amor místico, algo así como la tercera vía, enhebró las siguientes razones: Conocida cosa es, que antiguamente la locura se tuvo por alegre movimiento entre los hombres, dándole lugar para que así con ella se holgasen y entretuviesen, como con las otras cosas que mayor sustancia tenían. ¡Oh hermanos, y cuán poco entendéis del amor y de sus altos efectos! ¿De dónde pensáis que ha procedido todo? Del cielo, y así la contemplación dél allá sube. No llamo amor el efectuarse, ni tampoco cuando se ama con esperanza de galardón ¿sabéis qué es querer y firmeza? Trasfiguraos en la cosa que amáis, y hacer de dos cosas una. Yo amo, y siempre he amado con la consideración de una firmeza que no puede tener fin, si no es con la muerte, no efectuando jamás mi deseo, porque entonces perdería el premio de aquel alto sujeto donde subió mi intento. Buena cosa es el casado; todas las mujeres buenas, buenas son; firmeza hay en ellas, la cual no falta por su parte, mas por la nuestra que somos animales varios. Mas muy mejor es la libertad del hombre, y ésta desean todos los animales brutos, cuanto más el verdadero animal señor  dellos. Y pues esto es así, yo digo que amor ha de ser altivo sin  confianza, y cuanto más se penare meno se ha de pretender galardón, como yo, que ha quince años que amo en un lugar do jamás espero alcanzar cosa ninguna; y a pensar alcanzar galardón de mis servicios, antes tomara la muerte con mis propias manos, que llamarme amante. Así que, esto es lo mejor y más firme estado; y quien  otra cosa dijere, no entiende qué es amor, ni le conoce, ni le precia; antes es figura del desamor y engaño que los fingidos enamorados tienen, cuando por su contentamiento le quitan a la parte contraria. De aquí vienen las burlas, las malicias y traiciones, con muchas enemistades entre los más caros amigos. Pues luego yo acierto, y he escogido el mejor estado.
El sabio falla y lo hace en favor del hermano mayor, quien es declarado único heredero de todos los bienes, y a cuyo arbitrio se deja si ha de favorecer a sus hermanos con alguna cantidad o heredad de la misma. Recordemos que estamos ya en pleno Renacimiento, una época en la que el impulso emprendedor de las ciudades y de la nueva clase pujante defiende un sentido pragmático de la existencia que, en este caso, representa el hermano mayor, y de ahí el fallo del sabio Plomis.
De Luca pasa a Mantua. En esta ciudad, conoce al marqués Octavio, quien, a su vez, conoció al padre de Luzmán. Lo acoge en su palacio y le cuenta su “proceso de amores” con Vitoriana, hija del rico Mecides, de Florencia. Enseguida se plantea un nuevo debate en el que el sabio Soticles se declara enemigo del amor frente a Luzmán. Para Soticles:  Cupido quiere decir que ocupa el sentido, apartándole del bien y ocupándole en el mal; y este amor es carcoma, reloj desconcertado, mentiroso, engendrado de una cosa que ninguna entiende. […] Es amar un mar esquivo, lleno de tormenta, donde ninguno supo navegar, ni halló puerto seguro. Para Luzmán, sin embargo, el amor es:  Una fuente de una agua de amoroso deseo, árbol que no pierde jamás su verdura, y una visión del ánima esmaltada en los sentidos, sin la cual el hombre es un dibujo muerto… Soticles lo refuta: Muy errado vas -dijo Soticles-; que el amor es mar de sangre, árbol seco sin hojas, edificio sobre arena, movimiento loco, piedra engastada en el juicio, lanceta que rompe las mejores venas, lanza de dos hierros, por do se hacen cien mil.
Va a Sena [nuestra actual Siena]. Y allí conoce el caso del dadivoso Oristes que vive en pobreza por repartir cuanto ha poseído y aún posee a los pobres. Oristes, asimismo es un claro ejemplo del barroco hacia el que se encaminan los tiempos literarios, según podemos advertir en una de las mejores composiciones poéticas de la obra, este soneto:

¡Qué es ver la clavelina o la blanca rosa,
el lirio, o otra flor que bien parece,
cuán presto se marchita y entristece
perdiendo la color y el ser hermosa!
Hoy penáis y morís por una cosa;
mañana vos enfada y aborrece,
cuán presto pasa el día y anochece;
el tiempo es la ocasión que no reposa.
Ninguno con su suerte está contento;
la vida es un golfo de cuidados,
que va por esta mar de nuestro intento.
Deseos y esperanzas lleva el viento
de muchos, que viviendo confiados
fundaron en el aire firme asiento.

Ya en prosa, Oristes justifica su elección de la vida retirada, austera y dadivosa, con un punto de ascetismo de honda raíz religiosa que estaba propiamente en «el ambiente» del tiempo del autor:  Déjate de pensar más en eso -dijo Oristes-; que has de saber que las cosas de los reyes y grandes príncipes no son para todos los hombres. ¿Parécete a ti que haría bien el que está en el seguro puerto, si se metiese en los golfos y tormentas de la mar? ¿No entiendes que en los tales lugares los hombres se tornan aves, queriendo volar sin alas a la presunción y privanza? Pues ¿qué te diré de las envidias y murmuraciones y diferencias que se hallan en esa pequeña honra pretendida por soberbia y vanagloria? Así que, no me contenta; y pues la desprecio, quiero que mis hijos huyan della. Virtudes les dejo, crianza y cristiandad: válganse con ellas como yo hago en esta vida; pues dicen los sabios que la mayor joya es el anima, y esta se ha de guardar; que el cuerpo es bruto, y así se ha de tratar con aspereza, porque no tome malas costumbres.
Oristes le recomienda ir a ver el palacio de Birtelo, a siete leguas de Roma. Se trata de otro benefactor como él y amigo de la austeridad y la pobreza. Y allá que se dirige Luzmán, intrigado por una nueva maravilla de las que había salido a conocer en su peregrinaje. Como se advierte, los fracasos amorosos no tardan en orientarse «a lo divino», como compensación por los sufrimientos que el tal depara a quienes han de sufrirlo en esta vida. En el palacio de Birtelo hay siete tablas con otros tantos personajes de carácter alegórico y leyendas que declaraban el contenido de las mismas: Dios, el tiempo, la juventud, la vejez, etc. Después de la comida con Birtelo, dos poetas, Pirón y Ansilo entablan un diálogo musical con posiciones opuestas. Pirón representa la complacencia en el Mundo; Ansilo, el amargo desengaño. Finalmente, Birtelo le cuenta su historia: estaba a punto de casarse con una dama, matrimonio concertado con sus padres, pero ella se casó en secreto con un criado. Birtelo mató al criado y su futura esposa se suicidó clavándose un puñal. Birtelo renunció al mundo y a las mujeres y se retiró a su mansión, que administra con tino para poder ser generoso con los pobres mientras viva.
A dos leguas de Roma entra en la cabaña de un pastor, quien también prefiere su cabaña humilde al mejor de los palacios, aunque sea rico. En el curso del diálogo entre Luzmán y el pastor, el peregrino, sin saberlo, le da pie con una breve reflexión: ¿Por qué padre, me di -le dijo Luzmán-; que los hijos todos cuantos son lo primero que desean son ellos? , a que el rico pastor le cuente la historia de su desdichado hijo: Bien has preguntado -respondió el pastor- […] Habrá siete años que se enamoró de una pastora, hija de un compadre mío, que allí abajo tiene su cabaña al pie de un arroyo; y ella, dándose muy poco por él, se ha casado habrá seis meses con un pastor, siervo de su padre, y todavía el loco de mi hijo la ama, y nunca sale de entre aquellos árboles que allí parecen, donde tañendo en una zampoña anda diciendo cosas estrañas; jamás viene aquí, ni bastan los consejos ni los de sus amigos; y así temo que presto morirá; esta es la causa por que desalabo los hijos. Luzmán sale al encuentro del hijo, cuya decisión nos recuerda el retiro de don Quijote en Sierra Morena para penar sus amores y hacer mil extremos de penitencia por su señora Dulcinea. Luzmán oye la invectiva cantada contra el amor por Persio, que así se llama el enamorado hijo del pastor: Eres maldito alacrán,/navaja que mata aguda,/sombra que presto se muda,/fuego de crudo alquitrán/más amargo que la ruda., pero, finalmente, como ya ha hecho su padre, ha de darlo por imposible, dada su no fingida locura.
Luzmán continúa camino y llega a Roma. Allí admira el Capitolio, y una piedra alta hecha de una piedra llamada el Aguja; y encima della en alto una poma dorada, donde decían estar los polvos de Julio César. En nuestros días, ese obelisco está ubicado en el medio de la plaza del Vaticano, si bien se me esconde la información sobre la manzana a la que alude el personaje. Al parecer, Julio César fue incinerado y sobre las cenizas se instaló el obelisco.
         Paseando por la ribera del Tíber se encuentra con un mercader, Belcaro, amigo de su padre y a quien había conocido en su Sevilla natal. Como va vestido pobremente, enseguida el mercader quiere  prestarle  ropas acorde con su estado, pero Luzmán le dice que hizo promesa de no mudar de hábito durante su peregrinación y que prefiere seguir vestido tal como lo está. Es invitado a acudir a casa del cardenal Juliano, amigo de las artes, quien tiene un teatro en su casa donde organiza representaciones. Tras una introducción de la Muerte.  Dos mujeres, Julia y Camila, contienden poéticamente, siguiendo el modelo de disputas en verso anteriores. Julia defiende la hermosura, siendo, además, hermosa; Camila defiende la fealdad, siendo, además, fea. Acabada su contienda, entra Amor rodeado de siete doncellas: los siete pecados mortales, aunque enseguida salen otras siete: las siete virtudes. Todas las intervenciones, muy breves, son manidas y sin apenas mérito poético.
         Luzmán va a Gaeta, camino de Nápoles. Es reseñable su encuentro con un prototipo de avaro, el rico Argestes, un avaro auténticamente de manual, aunque nos lo presenta como un de esas “cosas estrañas” tras las que él se lanzó a peregrinar. Con poéticas razones muy cristianas lo persuade de que está cometiendo una locura y consigue, no tanto reformarlo, como obrar el milagro de su arrepentimiento profundo, en una crisis de lucidez que lo despierta a una nueva vida.
         Desde Gaeta se mete “en una fusta” para navegar hasta Nápoles, pero acabó en el puerto de Baya (hoy Bayas), al lado de Puzol (Hoy Pozzuoli), de donde prefiere ir por tierra a Nápoles. A poco de echar a andar descubre la cueva de la sabia Cuma. Ese encuentro se convierte en una aventura que constituye un auténtico cuentecito fantástico intercalado en la narración y que, también a su manera, nos recuerda, en parte, la aventura de don Quijote en la cueva de Montesinos, lo cual, y dado que Cervantes escribió su última novela siguiendo el modelo de la novela bizantina, a la que también algunos críticos adhieren esta libro de Jerónimo de Contreras, se me ocurre pensar que acaso Cervantes leyera con atención esta obra: A Luzmán le vino gran deseo de ver esta cueva; y despidiéndose de los pescadores comenzó a entrar por ella. Pues habiendo andado por un camino escuro, como cien pasos, hallose en un verde y hermoso prado, alrededor dél grandes peñas que le cercaban, y pasando por él entró por otra angosta senda, y no tardó que se halló en un hermoso patio labrado de singulares piedras, cubierto de hermosa madera labrada sotilmente y de fino oro dorada, y alrededor dél muchos aposentos, Pues estando así Luzmán maravillado de ver lo que veía, vio salir de un aposento una doncella vestida y tocada de muy blancos vestidos, y en la mano un bordón de plata. Maravillado Luzmán de verla, con grande acatamiento se le humilló, y ella le dijo: «bien seas venido, Luzmán, a esta mi cueva; gran virtud es la tuya, pues tuviste poder de entrar en ella, y así yo te quiero mostrar esta rica morada; y porque sepas quién soy, decírtelo he. Has de saber que es mi nombre la sabia Cuma, señora de esta ciudad que Puzol se llama, hija del sabio Quircio, que en su tiempo ninguno le igualó, do después de su muerte, que habrá doscientos años, aquí me dejó encantada, dejando aquí pintados todos los hechos del mundo, así los pasados como muchos de los presentes, y aun algunos alcanzó de los por venir, siendo Dios servido de arle gracia, porque él fue muy buen cristiano, y pues te he dicho quién soy, entra agora y mira con tus ojos las cosas estrañas que aquí están. [Ve al EmperadorCarlos y a su hijo Felipe] Como no podía ser de otra manera, dado el plan del libro, también la profetisa es amante del canto y la poesía:  Con fuerza y artificio va la nave:/no solo son sus pies los duros vientos,/ni puede sin las alas ir el ave./Ligera cosa son los  pensamientos; /caminan sin mudarse todo el mundo/y forman en el aire dos mil cuentos./No dejan de bajar hasta el profundo,/y luego sin moverse van al cielo/gozando lo primero y lo segundo./En todos los estados hay recelo.  Estando en la cueva, sueña que su señora Arbolea se ha casado. Y de ahí le viene la urgencia de volver a España para comprobar si es cierto.
         Antes de embarcarse de regreso para España, es llevado a presencia del rey de Nápoles, don Alonso el Sabio. Y allí, le son presentadas dos mujeres, Vitoria y Esperanza, “las hermanas desamoradas”, que reniegan del amor humano por preferir el amor divino, lo cual prefigura el desenlace del libro.
En el último libro, de los siete de que consta la novela, cae prisionero de unos piratas que lo llevan a Argel prisionero, por quien esperan un buen rescate. Seis años está cautivo. Lo compra Laudel, pariente cercano del rey. Laudel muere y Calimán, su hijo, se hace cargo de la casa e intima con Luzmán. Calimán se enamora de la hija del rey, Arlaja. Por su parte, Luzmán evoca el desleal casamiento de Arbolea y canta sus penas en lengua morisca, que hablaba a la perfección. Calimán lo oye y simpatiza con él. Seis años de cautiverio lleva cuando intima con Calimán, por ser sus vidas paralelas: has de saber que un enfermo huélgase de hablar con otro que ha tenido o tiene su enfermedad. Anticipándose a la vida y los hechos de  Cyrano de Bergerac, Calimán le canta a Arlaja una serenata bajo el balcón, de tal manera que la enternece. Canta muchas otras noches y, al final, del trato y el roce, Arlaja acaba enamorándose de Calimán. Calimán, en justa agradecimiento por sus servicios, lo libera y ordena que lo lleven en barco hasta Málaga. Y ahora, después de las semejanzas que vengo haciendo con el Quijote, digáseme que, tras este cautiverio en Argel del protagonista, aunque fuera un hecho común en aquella época, Cervantes no leyó atentamente la obra de Contreras…
Finalmente, Luzmán llega a casa de sus padres y él confirma que Arbolea ha abrazado la vida religiosa, razón por la que él hace lo mismo y construye un monasterio cerca del de su amada para estar muy cerca de ella. Y hasta aquí la versión que yo he leído. La edición ampliada, que es la que, en realidad, aproxima más la novela al modelo de la novela bizantina, le da un giro radical a ese desenlace tan religioso y busca, tras diversas aventuras de ambos protagonistas por separado, el desenlace de su unión en un happy ending que ya por el siglo XVI estaba claro que prefería el público lector. Lo de las distopías apocalípticas tipo Mad Max aún tardarían mucho en llegar…