sábado, 27 de julio de 2013

Víctor-José Herrero Llorente: Diccionario de expresiones y frases latinas: Collectanea, Mirabilia et Rariora.


DICCIOCLOPEDIA: intelligenti pauca.

Ignoro si es afición común la lectura de diccionarios. De mí sé decir que me ha acompañado desde que me inicié en la escritura, no solo por un justificable afán normativo y por la necesidad de encontrar siempre le mot juste, sino por las inconmensurables carencias con que me metí de lleno en una actividad para la que no estaba particularmente dotado, dada mi sostenida aversión a la letra impresa hasta casi los quince años. Los profesores antiguos solían darle “vueltas” a los libros de texto, y presumían de haberlo recorrido hasta tres veces en el mismo curso, por ejemplo. Como reputado mal estudiante que fui, ni siquiera atendí nunca a la primera, pero, sin embargo, sí que le he dado muchas “vueltas” al Diccionario Ideológico de Casares, al de la RAE, al De uso de María Moliner, al Etimológico de Corominas, al de Argot de Víctor León, al de Palabras y frases extranjeras de Del Hoyo y a tantos otros que jalonan mi vida de lector extraño, raro, pero no menos que lo son autores como Bierce: Diccionario del Diablo o Flaubert: Diccionario de lugares comunes, tan releídos siempre.
Los veranos son épocas de lecturas clásicas para mí, y con motivo del desmantelamiento de una biblioteca clásica en un centro público –metáfora de la deshumanización del sistema–, tuve acceso a algunos volúmenes que salvé de su horrible destino: ser arrojados al contenedor de reciclaje, para acogerlos en mi hospitalaria biblioteca. El Diccionario de expresiones y frases latinas, de Víctor-José Herrero Llorente, en Gredos, no es excesivamente antiguo, fue publicado en 1980, pero cualquier volumen que tenga que ver con los clásicos greco-latinos tiene un perfume de antigüedad que contagia de estupefaciente felicidad a quienes los abren y se sumergen en ellos. Es lo que a mí me ha pasado. Buscaba satisfacer ese lado chismoso de los aficionados a la lectura que es el anecdotario, las notas a pie de página, las referencias curiosas, como las de los Hechos y Dichos memorables de Valerio Máximo, gran correveidile del mundo clásico, que le ha cogido el relevo lector al Diccionario de expresiones…, y me he encontrado con una joya que ha ido mucho más allá de las expectativas que me podía haber forjado sobre ella, tras haberle echado un vistazo en el escrutinio en el que decidí indultarla. Estoy más que satisfecho. No sólo he cumplido ese objetivo menor de la memorabilia, la collectanea, la mirabilia y la rariora, sino que el diccionario aporta, sobre todo, una estupenda colección de aforismos, entre los que destacan los del dramaturgo, repentista y mimo extraordinario Publio Siro, cuyas Sententiae me nutrirán en un futuro inmediato, si bien la galería de autores no descuida los grandes clásicos: Cicerón, Séneca, Terencio, Juvenal, etc.
La diccioclopedia latina que en realidad es este diccionario tiene la virtud de deshacer algunos equívocos y restituir la exactitud de algunas citas que han pasado a la posteridad sin haber sido enunciadas como la transmisión nos la ha legado, como en el caso de *CREDO QUIA ABSURDUM: “Creo porque es absurdo”. Atribuida a San Agustín, se trata, en realidad, de una frase de Tertuliano con la que culmina un razonamiento del siguiente modo: CERTUM EST QUIA IMPOSSIBILE. La magnífica obra de Víctor-José Herrero va más allá de lo que promete en el título y nos ofrece una visión de la lengua latina y de las costumbres romanas que permiten al lector disfrutar de un viaje al pasado a partir de los ecos de aquella civilización  que aún se advierten en nuestro atribulado presente.
Por los complacidos ojos del lector desfilan desde la severa moralidad de sus aforismos, los jurídicos incluidos, hasta los detalles menores de la vida cotidiana y el modo de pensar que se recoge en tanta frases de tipo proverbial que permiten reconstruir la manera como los romanos se relacionaban con la realidad y cómo la percibían y escogían de ella todo aquello que les permitía ilustrar su pensamiento. Lo mejor será, sin duda, que pongamos algunos ejemplos de cuanto exalto para que el lector pueda apreciar por sí mismo el valor de este thesaurus que hoy comento con exultación y agradecimiento.
El capítulo de aforismos es nutrido y provechoso, porque las máximas latinas tienen un afán ético que aspiran a convertirse en lección de vida para contribuir a la educación moral del ciudadano. Así, aforismos clásicos como el de Séneca: ADULATIO QUAM SIMILIS EST AMICITIAE: “¡Cuánto se parece la adulación a la amistad!”, tan desgraciadamente de actualidad por lo que hace a la vida interna de los partidos políticos y a cualquier relación social de tipo cerrado, como la laboral o la familiar, convive con otros como este de Plauto: BONUS ANIMUS IN MALA RE, DIMIDIUM EST MALI: “El buen ánimo en una situación difícil reduce el mal a la mitad”, que parece animarnos a sobrellevar con entereza esta crisis que sí que nos está demediando a todos nosotros. Otros, como éste de Cicerón: FRONS, OCULI, VULTUS PERSAEPE MENTIUNTUR; ORATIO VERO SAEPISSIME: “La frente, los ojos, el rostro engañan muchas veces; pero la palabra muchísimas”, nos recuerdan la ingenuidad pueril del culto a la palabra y a sus virtudes, tan extendida entre los creadores para quienes el lenguaje es poco menos que un dios al que se le ha de rendir perpetuo vasallaje. Y otros, como el desgarrado de Publio Siro, IN MISERIA VITA ETIAM CONTUMELIA EST: “En medio de la miseria, incluso la vida es una afrenta”, nos ponen ante el espejo de una realidad dura, durísima, que ha provocado no pocos suicidios por desesperación; un autor al que no se le escondía que  PAUCORUM IMPROBITAS EST MULTORUM CALAMITAS: “La maldad de unos pocos es la desgracia de muchos”. En estos tiempos de tribulación, siempre resulta esperanzador leer una afirmación tan sensata como la de Cicerón: VECTIGALIA, NERVOS REIPUBLICAE: “Los impuestos son los nervios del estado”, en las antípodas de personajillos nefastos como el Caudillito Aznar pidiendo rebajar los impuestos o el abarcenado presidente de Gobierno deseando bajarlos en cuanto la troika le deje, a quienes desde el socialismo gestor del capital se les imita con la prontitud de la mímesis plebeya. Oímos en los clásicos lejanos incluso el retrato más apropiado del presente insorportable, como cuando Publio Siro establece que TACITURNITAS STULTO HOMINI PRO SAPIENTIAE EST: “En el hombre necio, el silencio hace las veces de la sabiduría”, axioma al que parece haberse acogido el presidente del gobierno español más inverosímil que hemos tenido, superando con creces a Calvo-Sotelo, el pianista no fumador.
El diccionario está lleno de pequeños detalles de erudición que contentarán a los lectores como yo, de poco vuelo intelectual y mucha muleta ajena. Se agradece poder contar con fuentes donde abrevar la sed de conocimientos inútiles que son tan placenteros. Los herederos de Bouvard y Pécuchet no aspiramos a la inefable pretensión quimérica de nuestros predecesores, pero seguimos el camino abierto por ellos con idéntico entusiasmo y eutrapelia. La roma vida moderna nos da pocas ocasiones para incluir latinismos en la conversación o los escritos, pero es indudable que a cualquiera le gustaría descolgarse con un RELATA REFERO: “Como me lo contaron lo cuento”, un “te lo explicaré IN NUCE (“de forma compendiosa”) para no perder tiempo…” o un QUID MULTA?: ¿Para qué más? ¿Para qué seguir hablando?, una vez que la indignación nos ha dejado exhaustos tras criticar la miserable contemporización con la corrupción de todo el arco parlamentario.
Es, sin embargo, en el apartado de las expresiones coloquiales donde el lexicógrafo aficionado puede llegar al éxtasis, porque, si por él fuera, esmaltaría cualquiera de sus discursos con teselas brillantes e incisivas como ASINUS ASINUM FRICAT: “El asno frota al asno”, que se dice de las personas que se dirigen  mutuamente grandes elogios, como en los relevos de cargos en los partidos políticos o en ministerios u otros altos cargos. CUCULLUS NON FACIT MONACHUM: “La cogulla no hace al monje”, que nos permite huir del hábito para sorprender a los contertulios. DENTIBUS ALBIS: “Con dientes blancos”, esto es, una crítica amable y sin encono, como las que yo prodigo en este blog. DIFFICILES NUGAE: “Bagatelas laboriosas”, que se aplica a personas que se afanan en cosas sin importancia, como un servidor. O una de las estrellas de esos usos coloquiales, la brillante y esperanzadora  paronomasia: DUM SPIRO SPERO: “Mientras vivo, tengo esperanza”. Así mismo, para criticar los fatalismos a que tan aficionados son los españoles de cualquier región de nuestro hermoso territorio, qué duda cabe que el FATA DUCUNT, NON TRAHUNT: “El destino dirige, no arrastra” constituye un argumento de muchísimo peso, pues le devuelve a cada uno las riendas sobre sus propio destino, para bien o para mal. El rizo se riza cuando se tiene la oportunidad de “meter”, aunque sea con calzador, este poético palíndromo que no aparece en el capítulo dedicado a los tales –lo afirmo de memoria, pero puede que falte a la verdad–, Onis es asesino, de Monterroso: IN GIRUM IMUS NOCTE ET CONSUMIMUR IGNI: “Andamos vagando por la noche y nos consumismos en el fuego”. Herrero Llorente nos informa de la leyenda según la cual este palíndromo se lo enseñó el diablo a un seminarista y de ahí que le suela llamar “verso del diablo”. Más oportunidades se tienen, en la vida política y en la vida diaria, de introducir esta expresión: SI CHARTA CADIT, TOTA SCIENTIA VADIT: “Si se te cae el papel, toda tu ciencia se esfuma”, que a día de hoy podría traducirse por “si se te estropea el power-point, l’has cagao, macho”, que no cumple, sin embargo, con el requisito de estar construido con el medieval verso leonino del original. Para la reluctancia de Rajoy a las ruedas de prensa, bien puede traerse a colación, sin mucho esfuerzo el famoso: SI NON VIS AUDIRE, NEC REGNES: “Si no quieres escuchar, no reines”, que ya se usó nada menos que contra el rey Filipo de Macedonia. Finalmente, bien podría reclamarse como novedad coloquial en nuestro ecosistema lingüístico el uso de una expresión que goza de excelente salud en otros países centroeuropeos, como Holanda y Alemania. Me refiero a SUB ROSA: “Privadamente, en secreto”, cuyo origen es desconocido, si bien, como dice Herrero Llorente pueda deberse a que la rosa era la flor de Harpócrates, el dios del silencio. Y para lograr supraexcelente, nada como este calambur originalísimo que pone el dedo en la llaga: SI CUM IESU ITIS, NON CUM IESUITIS: “Si vais con Jesús, no vayáis con los jesuitas”. Un rasgo de ingenio verbal al que los latinos eran más que aficionados. Quizás porque su lengua sintética daba para ello y para más.
 El diccionario recoge algunos usos marginales que merecerían una entrada. Me refiero, por un lado, a las inscripciones horológicas y a los epitafios, que constituyen una modalidad muy singular dentro de la literatura autobiográfica, como ya lo estudio Paul De Man con un acierto insuperable. En nuestro ámbito, a pesar de haber recopilaciones de epitafios, aún no se ha llevado a cabo, que yo sepa, un estudio lo más completo posible y que nos permita disfrutar con un género que no por breve deja de ser denso y proclive al ingenio. Los romanos les temían a las palabras morir y muerte, de ahí que un epitafio bien corriente fuera el de: NON OBIIT, ABIIT: “No murió, partió”; y que la inscripción equivalente a nuestro RIP, REQUIESCAT IN PACE fuese STTL, SIT TIBI TERRA LEVIS: “Que la tierra te sea leve”, de gran delicadeza.
 Por lo que hace a las inscripciones horológicas, en Julio Caro Baroja leí aquella estupenda inscripción del reloj de sol de un caserío vasco: “Todas hieren, la última mata”, que es un perfecto aforismo, dicho sea de paso. En latín, de donde procede, VULNERANT OMNES, ULTIMA NECAT. Pero llama la atención la ingeniosísima: CUM UMBRA NIHIL, ET SINE UMBRA NIHIL: “Nada es con sombra, y nada sin sombra”, que solo puede entenderse si se piensa en el gnomon que marca las horas, claro está.
En el orden estrictamente léxico, aunque este diccionario sea de expresiones y frases, también hallamos “joyas” con que adornar el collar de sabiduría  bisutero que puede el lector colgarse al cuello para exhibirlo, una vez cerrado el libro. Saber que Delirium tremens no procede de la época latina, sino que fue inventada por el Dr. Sutton en 1813 puede caer del lado de esa rariora a la que hemos hecho referencia, pero CORVO RARIOR ALBO (más raro que un cuervo blanco) es el IENTACULUM: “Desayuno”, habitualmente compuesto por pan, miel, dátiles, aceitunas y queso. Irritación, por otro lado, nos ha de causar que a un esclavo se le denomine INSTRUMENTUM VOCALE, y sorpresa que se llame LANISTA (con una curiosa etimología que remite a abrirse el cráneo)al maestro de gladiadores; pero aún nos parecerá que estamos en un mundo muy lejano del latín del que procede nuestro dialecto castellano cuando nos enteramos de que VADIMONIUM es  “Promesa, compromiso”. Por suerte, la analogía nos permite no extrañarnos de que VIATICUM sea “Dinero para el viaje”, pues los santos óleos con que asisten los sacerdotes a los enfermos desahuciados equivalen en todo al óbolo que se le ponía al muerto en la boca para que pagara la travesía de la laguna Estigia.
Como se ha podido observar, la lectura de un diccionario, y es raro, sea el que sea, que nos defraude, se convierte, con un poco de atención en una lectura de la que extraer informaciones valiosas y amenas que pueden consolarnos y fortalecernos. Animo desde aquí a todos los lectores a que no los desdeñen como meros “libros de consulta”, una etiqueta que los convierte en seres languidecientes, cuando su verdadera vocación es la locuacidad gozosa. Puedo garantizar, por ejemplo, que ninguna novela de detectives estará nunca a la altura del Diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas.

INDOCTI DISCANT ET AMENT MEMINISSE PERITI


jueves, 18 de julio de 2013

Actualidad de las "Meditaciones del Quijote" al borde de su centenario





El ensayo como prueba irrefutable de la razón vital: D. Quijote como pretexto del  hipertexto de la vida…


       A veces la obligación nos conduce hacia la relectura de libros que redescubrimos como si nunca los hubiéramos leído antes, como si entre nosotros y ellos se hubieran interpuesto ciertas veladuras que nos impidieron, en la primera lectura, sacarles todo el jugo vital que nos ofrecían. A diferencia de la novela, en el ámbito de la cual las relecturas suelen ser muy a menudo fuentes de lamentable desazón –¿quién no tiene experiencia de que se le caigan de las manos, en la madurez, lecturas que lo significaron todo para esos lectores en la juventud, pongamos por caso El lobo estepario, como a mí me sucedió, o La montaña mágica, como fue el caso de mi amigo Joselu?–, en el campo del ensayo y de la no ficción en general –como distribuyen los anglosajones la creación intelectual  ¡tan prácticamente! (Fiction / Non fiction)–, tenemos muchas más oportunidades de rescatar obras y autores a quienes leímos o interpretamos de forma inequívocamente deficiente, debido, sospecho, a la endeblez de nuestra propia formación, lo cual siempre es cierto en mi caso.
Por gustosa obligación filológica  he tenido que volver a leer Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset, y aunque ya dejé escrito que nada me es tan gravoso como leer de forma obligada, hay ocasiones, como ésta, en que de la obligación se salta a la devoción apenas subrayadas las diez primeras páginas, y entonces la continuación de la lectura no responde tanto a la obligación originaria cuanto al hecho de haber sido contagiado por el vivo y razonable deseo del autor en su larga y admirable Meditación preliminar: Entre las varias actividades de amor sólo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Una vez contagiado por ese amor, adentrarse en la prosa de Ortega, que mezcló desde sus inicios, con sabiduría impropia para su juventud, la llaneza con la densidad conceptual, es un placer que recomiendo a quien quiera oír razones que emergen de la vida, frente a las que lo hacen  desde recónditas abstracciones donde incluso de la razón se sospecha. Nada de cuanto nos dice Ortega es ajeno a nuestra vida común, y muchas de sus reflexiones parecen formuladas al hilo de la actualidad, como ocurre, por lo demás, con los auténticos clásicos (Dentro de poco traeré a estas páginas a Hesíodo y, como si ello fuera necesario…, lo podremos confirmar): El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad, nos dice el filósofo y parece que esté hablando de la obra del nacionalismo, tan volcado hacia la consecución de la unanimidad sin discrepancia posible. O:  Ha habido una época de la vida española en que no se quería reconocer la profundidad del Quijote. Esta época queda recogida en la historia con el nombre de Restauración. Durante ella llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto. (…) Este vivir el hueco de la propia vida fue la Restauración. (…) La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría”. ¿Cómo es posible, cómo es posible que se contente todo un pueblo con semejantes valores falsos?, donde parece que describa esta otra fantasmagoría en que se ha convertido la política del imperfecto bipartidismo de esta nueva restauración, aun democrática, que padecemos. Este afán de intelección es determinante para identificarnos con la caña pascaliana cuya oración matutina podemos hacer nuestra: A la mañana, cuando me levanto, recito una brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del  Rig-Veda, que contiene estas pocas palabras aladas: “¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!” Una religión poco española, como se echa de ver enseguida, puesto que la común, entre nosotros, es pedir, desde el resentimiento por ser injustamente preteridos, el reconocimiento, sin conocimiento ni mérito que lo avale, y la pleitesía lambiscona de los aduladores.
La Meditación preliminar es, siguiendo la analogía amorosa que establece el autor:  El pensamiento siente una fruición muy parecida a la amorosa cuando palpa el cuerpo desnudo de una idea, un conjunto de preliminares eróticos, ¡ojo, mano, lengua, mente…!, en el sentido platónico del término, como se encarga de establecer el propio Ortega: Platón ve en el “eros” un ímpetu que lleva a enlazar las cosas entre sí; es –dice– una fuerza unitiva y es la pasión de la síntesis. Por esto, en su opinión, la filosofía, que busca el sentido de las cosas, va inducida por el “eros”. La meditación es ejercicio erótico. El concepto, rito amoroso; son preliminares, decía, que consiguen hacer entrar al lector en un estado de excitación intelectual idóneo para disfrutar de cuanto el autor nos va a ofrecer después, auténtica carnaza conceptual digna de dos buenas noches de insomnio…
Aunque la meditación sobre D. Quijote lo es, de hecho, sobre el estado del género novela y sus posibilidades de supervivencia, así como sobre el impulso estético, la sorpresa del lector es que la sorprendente capacidad de asociación de Ortega y su tendencia al medineo reflexivo convierten estas páginas en una suerte de bazar del conocimiento donde puede el lector adquirirlos  tan variados como lo pueden ser los pertenecientes a la ética, la política, la gnoseología, la pintura, la crítica literaria, etc. Desde consideraciones antropológicas como ésta: He observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de la veracidad, hasta aforismos como éste: Cada día me interesa menos sentenciar; a ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante, pasando por reflexiones estrictamente filosóficas, como la presente:  Comparado con la cosa misma, el concepto no es más que un espectro o menos aún que un espectro. (…) La misión del concepto no estriba, pues, en desalojar la intuición, la impresión real. La razón no puede, no tiene que aspirar a sustituir la vida. Esta misma oposición, tan usada hoy por los que no quieren trabajar, entre la razón y la vida es ya sospechosa. ¡Como si la razón no fuera una función vital y espontánea del mismo linaje que el ver o el palpar!, Ortega ofrece al lector un conjunto de ideas de fácil comprensión y profundo calado, aun a pesar de su en apariencia sencilla formulación, porque el enrevesamiento del discurso, more lacaniano, por ejemplo, no ex-plica (despliega, etimológicamente), sino que com-plica (repliega, oculta).
Qué duda cabe que en el análisis literario de la novela, tomando como pretexto el Quijote, es donde Ortega nos ofrece algunas ideas que pueden considerarse “necesarias” en estos tiempos de desorientación estética y de mercadotecnia de baratillo. Tiempos en los que el criterio estético para determinar qué sea una novela podría reducirse a la definición que dio del género CJC: novela es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra novela. Una definición que parece evitar cualquier complicación reflexiva de enjundia, algo propio de CJC, tan dado al efectismo. Para Ortega, por el contrario, el género consiste en ciertos temas radicales, irreductibles entre sí, verdaderas categorías estéticas. Y añade una definición de la lírica que puede hacerse extensible tanto a la novela como a la aforística: La lírica no es un idioma convencional al que puede traducirse lo ya dicho en idioma dramático o novelesco, sino a la vez una cierta cosa a decir y la manera única de decirlo plenamente. Una teoría, como se aprecia, que explica la mala fortuna que suelen tener las adaptaciones cinematográficas de ciertas obras maestras de la literatura como Bajo el volcán, de Lowry, aun a pesar de haber tenido como director y co-guionista, junto a Guy Gallo, a uno de los grandes mitos del cine: John Huston.
Quizás estas teorías orteguianas se iluminen con la distinción fundamental que hace el filósofo entre el pensamiento y el arte literario, mientras el primero admite la “caza” de los conceptos, el secreto del arte no se revela necesariamente a quien lo persigue, por más que se empeñe en alcanzarlo a toda costa, sino que parece ofrecerse arbitrariamente a quien a él se acerca sin afán de dominio.  Marca como terreno propio de la creación literaria, frente a la realidad, la cuestión del estilo, y de esa demarcación deriva una división entre lo real y lo virtual que le chocará a más de un joven lector:  La cultura –la vertiente ideal de las cosas– pretende establecerse como un mundo aparte y suficiente, adonde podamos trasladar nuestras entrañas. Esto es una ilusión, y sólo mirada como ilusión, sólo puesta como un espejismo sobre la tierra, está la cultura puesta en su lugar, señala Ortega. Y más adelante:  Del mismo modo que las siluetas de las rocas y de las nubes encierran alusiones a ciertas formas animales, las cosas todas, desde su inerte materialidad, hacen como señas que nosotros interpretamos. Estas interpretaciones se condensan hasta formar una objetividad que viene a ser una duplicación de la primaria, de la llamada real. Nace de aquí un perenne conflicto: la “idea” o “sentido” de cada cosa y su “materialidad” aspiran a encajarse una en otra. Pero esto supone la victoria de una de ellas, Si la “idea” triunfa, la “materialidad” queda suplantada y vivimos alucinados. Si la materialidad se impone, y, penetrado el vaho de la idea reabsorbe ésta, vivimos desilusionados.  De estos planteamientos se sigue una concepción de la novela que aboga, aun dentro de su esfera alejada de lo material, por una imitación densa, plena, de lo real: ¿Qué diferencia hay entre el chafarrinón y la buena pintura?  -Se pregunta Ortega para darle cuerpo a su teoría de lo propio del género novela–. En la buena pintura, el objeto que ella representa se halla, por decirlo así, en persona, con toda la plenitud de su ser y como en absoluta presencia. En el chafarrinón, por el contrario, el objeto no está presente, sino que hay de él en el lienzo o tabla sólo algunas pobres e inesenciales alusiones. Cuanto más lo miremos, más clara nos es la ausencia del objeto. (…) Esta distinción entre mera alusión y auténtica presencia es, en mi entender, decisiva en todo arte; pero muy especialmente en la novela.
El corolario de estas teorías es la presencia de la vida sin intermediarios, esto es, sin la mediación de  narradores que nos “refieran” los hechos, privándonos de juzgar y/o  amar por nosotros mismos. Ortega y Gasset está convencido de que la novela de su tiempo había llegado a un callejón sin salida: Proust, por ejemplo –Ortega califica su gran obra de novela paralítica–; pero está convencido de que es un género del que se pueden esperar grandes cosas que, por sus pasos contados, irían llegando, como ha sucedido, aunque no en nuestro país.
La idea de Ortega sobre la representación adecuada de la vida incluye un espesor narrativo que presta total atención a la “presentación”, por decirlo así, de esa vida propia de la novelería: Hemos de “ver”, en acción a los personajes, no pueden reducirse a mera referencia, y eso solo se consigue mediante la observación directa del lector, de ahí la importancia, dice Ortega, de esas tiradas dialógicas de los personajes de Dostoievski, por ejemplo, que sólo pueden redundar en un exhaustivo y preciso conocimiento propio de los personajes.
Para Ortega, son pocas las condiciones que ha de cumplir la novela para estar a la altura de las exigencias del género, pero su pertinencia es absolutamente actual: Es menester que el autor construya un recinto hermético, sin agujero ni rendija por los cuales, desde dentro de la novela, entreveamos el horizonte de la realidad. (…) Fuera como mirar en el jardín un cuadro que representa un jardín. El jardín pintado sólo floree y verdea en el recinto de una habitación sobre un muro anodino, donde abre el boquete de un mediodía imaginario. (…)Sólo es novelista quien posee el don de olvidar él, y de rechazo, hacernos olvidar a nosotros, la realidad que deja fuera de su novela.. (…) El novelista ha de intentar, por el contrario, anestesiarnos para la realidad, dejando al lector recluso en la hipnosis de una existencia virtual. (…)Novelista es el hombre a quien, mientras escribe, le interesa su mundo imaginario más que ningún otro posible. (…) Divino sonámbulo, el novelista tiene que contaminarnos con su fértil sonambulismo. Se trata, pues, de un realidad imaginaria en la que hemos de habitar olvidando su correlato, aunque la experiencia del mismo sea el que nos hace interesarnos por ese mundo imaginario que, sin embargo, tiene su propia verdad, no siempre, necesariamente, la verosimilitud. Ortega resume de forma poética esa experiencia del mundo paralelo: Nuestro brazo de soñadores es un espectro sin vigor suficiente para sostener un pétalo de rosa. Finalmente, dejándose llevar por la herencia de la gran novela del XIX europeo, Ortega muestra una de las principales carencias de la novelística española actual: No en la invención de “acciones”, sino en la invención de almas interesantes veo yo el mejor porvenir del género novelesco. Si en vez de por títulos o por autores, se preguntara a los lectores actuales por una relación de las almas interesantes que pueden recordar de sus lecturas de novelas españolas, bien pronto se acabaría la nómina, la verdad. Y bien nutrida sería la de estereotipos insustanciales, sin embargo.

Dejo para el final ese rasgo definitorio que Ortega consideraba como lo propio de la literario, por encima, como no podía ser de otra manera, de la “materia”, el estilo, para él la fuente directa del género: La obra de arte lo es merced a la estructura formal que impone a la materia o al asunto: Las cosas reales están hechas de materia o de energía; pero las cosas artísticas –como el personaje Don Quijote– son de una sustancia llamada estilo. Cada objeto estético es individuación de un protoplasma-estilo. Así, el individuo Don Quijote es un individuo de la especie Cervantes. Y ahí es donde ya podemos dar por no nacida la novelística española contemporánea, porque el adocenamiento y la vulgaridad tópica son la medula (como quería Quevedo) del chafarrinón que domina el Ruedo Ibérico de la República de las Letras, capítulo esperpéntico en su conjunto del capítulo de la falsa solemnidad de Movimiento perpetuo de Monterroso, acaso sin él saberlo.

miércoles, 26 de junio de 2013

Despedirse en vida.



       NUEVO   NUEVO   NUEVO      NUEVO     NUEVO 
         ¡LA MODA DEFINITIVA
            EN ceremonias fúnebres!
       CONVIVIUM
                  (La última despedida)

Cuando se haya cerciorado de que tiene ya puesto el pie en el estribo, de que le ronda la última hora; cuando su esperanza de vida sea tan endeble como fuerte es su amor hacia los suyos, cuando llega el momento de saber decir adiós con serenidad y entereza…
No se vaya de este mundo sin oír, de labios de sus seres queridos (los racionales), todo lo bueno que dirían de Vd. una vez haya muerto. Dese el gran gustazo de estar de cuerpo vivo presente en una ceremonia entrañable que será su mejor recuerdo postmórtem, y el de todos ellos.
Oiga y vea en el escenario más solemne, con la música más selecta, en un ámbito de estricto recogimiento o exaltación, según su personalidad lo disponga, las palabras escogidas ex abundantia cordis, los poemas más exultantes o melancólicos, según el carácter de sus amistades y familiares, las más sinceras emociones traducidas en sobrios, dulces o entusiastas gestos de despedida, los torpes o ingeniosos discursos de despedida llenos de citas sacadas de las webs ad hoc, pero dichas con las palabras que entrecorta la emoción de los momentos trascendentales.
            Petrarca dijo: un bel morir tutta una vita honora.
       ¿Contradirá la autoridad del clásico?
Atienda nuestro buen consejo: organizar el propio funeral en vida es una de las mejores oportunidades para despedirse con decoro, elegancia, imaginación y estilo. No deje que otros le “interpreten”. Sea Vd. quien lleve, ¡aún en vida!, las riendas de su propia ceremonia mortuoria, la voz cantante de circatumba: distribuya a sus amistades en la sala según el orden íntimo que le parezca, seleccione el orden de las intervenciones, escoja la música que necesite oír, opte, entre nuestro surtido repertorio, por  el sitial pre-ataúd a la altura de sus exigencias: en maderas  nobles, en mármol de carrara, en mimbre, en bambú oriental, en diwan arabizante o en triclinio latino… Presida con solemnidad, pero sin envaramiento, las exequias que a Vd. le hubiera gustado tener después de muerto, con la ventaja de disfrutar de ellas ¡en vida!
Sorprenda realmente a sus allegados y llégueles a lo más profundo de sus sentimientos: deles la oportunidad de no decirle adiós sin haberle dicho cuanto sentían por Vd. Que nadie le pueda reprochar haberse ido sin despedirse, con el sigilo de los despiadados infartos cordiales o los derrames cerebrales. Reúnase por última vez con todos ellos y despídase de ellos para que guarden como último recuerdo la emoción del último encuentro.
        ¡Aproveche esta imaginativa                                      oportunidad!
Si su presencia de ánimo se lo permite, puede compartir con sus invitados, a modo de rúbrica de su afecto, un pica-pica de selectos productos de chacinería y quesería nacionales regados con los mejores caldos del país. Todo ello al precio que merece la ocasión. Con facilidades de pago y financiación con mínimos intereses (Hasta un 3%TAE) en 3, 6 o 12 meses.
       Llámenos. Discreción absoluta. Confianza total. 

      CONVIVIUM
                           
(La última despedida)


Teléfono: XXXXXXXXX    O visite nuestra web: www.convivium.com

jueves, 20 de junio de 2013

La generación Tippex


Descorramos un tippexado velo…

Siempre ha estado de moda bautizar a las generaciones literarias o artísticas, en cierto modo por un prurito terminológico que sea de utilidad para los estudios históricos, y así hablamos de la Generación del 98, la del 27 o De la República, los novecentistas, los modernistas, los novísimos, la Joven narrativa española o la demasiado reciente generación Nocilla, por ejemplo, que es marbete un tanto degradado en el plano del referente.
Hoy me atrevo a proponer otra generación, la generación Tippex. He llegado a este bautismo por varias vías, pero la principal viene no tanto del mundo artístico, cuanto del académico, porque es conocida la pasión por el tippex, a todos los niveles, que sienten los jóvenes escolares españoles, e ignoro si europeos y mundiales. Ese uso masivo me ha llevado a establecer una analogía que quizá peque de falta de fundamento y/o pertinencia. En cualquier caso, a nadie le ha pasado desapercibida la extensión diastrática, diatópica y diacrónica del líquido mágico capaz de suprimir por arte de birlibirloque, dos toquecitos de pincel aquí y allá, los errores. Una vez cubiertos con el sudario que envolverá al ¿acierto? resurrecto de la corrección, ¿qué autor retendrá que esa reaparición fue precedida por un error, la mayoría de las veces de mucho más que de bulto?
El uso del tippex, esa suerte de líquido seminal que permitirá el alumbramiento del deseado acierto, remite a una fobia al proceso de tanteo que supone el error-acierto del aprendizaje y a un blanqueo del mismo. Nada más infamante que la tachadura y, más aún, el añadido√, esa punta de flecha de bandada grullesca, que nos permite  insertar la nueva redacción. El lopesco oscuro el borrador y el verso claro y el juanramoniano  en lo provisional, exactitud también, como si  fuera definitivo, presuponen esa incesante labor de corrección en la que al artista que de verdad lo es le interesan mucho más los errores que los aciertos, porque  esos descensos de la excelencia al abismo de lo vulgar, lo adocenado o la fórmula estilística desustanciada son, a su manera paradójica (Fallar es otra manera de hallar, dice uno de mis aforismos), el esclavo que nos acompaña en la cuadriga, recordándonos que somos humanos:  Respice post te, hominem te esse memento  El artista puro, en consecuencia, es el más humilde de los mortales, y a veces se cree que es falsa modestia su aparecer como un galardonado por las musas, cuando se trata en realidad de su verdadera faz, la de quien contempla en sus escritos las mil y una tachaduras que le devuelven, espejo del alma, la dificultad intrínseca del proceso artístico.
Hay, con todo, muchas maneras de tachar. A unos les basta una sola línea. A otros, por el contrario, solo les complace una tupida red de tachones que impiden entrever cuál fue la apuesta retórica rechazada. Algunos no se quedan satisfechos si no han reproducido con su tachadura una perfecta y espesa gota de tinta que borre lo desechado como si se hubiera vertido el tintero. Otros, sin embargo, tachan tan livianamente que parecen empeñados en que casi no se note, como si dieran por buena la primera intención pero quisieran dejar constancia de que otra posterior superaba aquella. Los hay que ponen entre paréntesis lo rechazado y comienzan a dibujar diagonales y cruces hasta permitir la lectura fluida de lo que queda haciendo caso omiso de la oscura mancha resultante. Para los estudiosos, todas las tachaduras son significativas, y los hay que darían la vida por poder llegar a aplicar a los textos manuscritos la técnica de los rayos X que permiten descubrir insólitas pinturas bajo lienzos renombrados.
Un manuscrito tippexado es la negación de la literatura y exponente inequívoco de la ingenua creencia en que la “presentación” es ya el primer valor de la obra. Los autores tippex pertenecen a ese sistema educativo en el que, más allá de la imaginación, la rebeldía, la inspiración y la lógica endemoniada, se valora sobre todo una libreta impoluta, al margen de que se digan en ella obviedades sin cuento o se instruyan, sus pergeñadores, en la perversa técnica del recorta y pega que suele ser preludio inevitable de la práctica de la intertextualidad, eufemismo, como es bien sabido, del viejo plagio contra el que ya ponían la tachadura en el cielo Thomas Crenius y Ludow Schlichter, y que han defendido, no sin ironía, Lautreamont: El plagio es necesario, está implícito en la idea de progreso y T.S. Elliot: Los poeta malos se apropian, los buenos roban. Pudiera pensarse que intentan emular el ideal Mallarmiano de la página en blanco, del silencio, como suprema aspiración de la palabra, pero no hay tal: se trata de una expresión burguesa de la vergüenza, y poco más.

La generación tippex pretende algo imposible: no aprender de sus errores.

domingo, 9 de junio de 2013

JACOB MORENO LEVÍ: PSICOLOGÍA DEL ENCUENTRO



Jacob  Moreno Levy: Creador del Psicodrama.


Hay psicoanalistas que, apartándose de Freud, lograron abrir senderos nuevos en el campo del análisis de la mente de las personas. Uno de ellos, olvidado del gran público, de los propios interesados en el campo de la psicología, pero no, por supuesto, de todos aquellos que han buscado alternativas a la arqueología del psicoanálisis freudiano y a la aridez intelectual del psicoanálisis lacaniano, es Jacobo Levy Moreno, nacido Jacobo Nissim Levy en Bucarest en 1899, pero reabautizado por sí mismo como Jacobo Moreno Levy, transformando el nombre del padre en primer apellido, para dar a entender que a partir de él nacía una genealogía, en vez de limitarse a ser el continuador de la de su padre. En la megalomanía de Moreno entraba no sólo ese concepto, sino también la fabulación de un nacimiento en el mar en una noche de tormenta, todo lo cual nos indica su propensión a la forja mitológica de su personaje, al que sometió a un intenso proceso de divinización. De hecho, su labor como Director que indica los pasos que han de seguir quienes se someten a la psicoterapia del psicodrama o de los grupos de encuentro que él también  creó es una proyección de esa naturaleza divina de la que supo convencer a sus discípulos, porque Moreno se corresponde con la figura de un iluminado que seduce a quienes se convierten en sus discípulos, no con la del intelectual que convence a los alumnos que se convertirán en sus seguidores.
Moreno no es un charlatán, por más que su tendencia mística puede predisponer a quien se acerca a su figura a incluirla dentro de ese ámbito religioso en el que basta la fe  para sobrevivir. Fue un intelectual bien formado, serio,  y eficaz en  la creación de su teoría y de la aplicación práctica correspondiente. Como le dijo en persona a Freud al acabar éste una conferencia en Viena: “Vd. analiza los sueños: yo ayudo a soñar”. Esa es la gran diferencia entre esas dos escuelas psicoanalíticas. A través del reconocimiento de la espontaneidad como fundamento esencial de la persona; de la aceptación del aquí y el ahora; del reconocimiento de la relación Yo-Tú, que se anticipó a la formulación de Martín Buber, y de la teoría de los roles como explicación de nuestra conducta social, dentro de lo que él bautizó como Sociometría, Moreno ha dejado una notable obra teórica frente a la que gran parte de los estudiosos de la psicología han manifestado un desdén altivo, orgulloso. No lo hizo así Fritz Perls, el creador de la Gestalt, que toma de Moreno no pocos elementos de sus innovaciones gestálticas, si bien nunca lo reconoció públicamente, e incluso le molestaba que le recordaran el gran parecido de su método de interpretación de los sueños y otras técnicas gestálticas, como la de la silla vacía, con los de Moreno. No hay más que comparar la importancia que tiene en la Gestalt la representación de los traumas e incluso de los sueños, adoptando el rol de cada uno de los elementos del sueño, yendo de la desintegración hacia la integración y recuperación de la estructura holística de nuestra personalidad, para darse cuenta de la deuda contraída por Perls con Moreno; del mismo modo que el desdoblamiento de personalidad en el caso de la silla vacía se corresponde con los juegos de rol en el teatro de la improvisación de Moreno. El concepto de rol social es tan importante para Moreno que llega a afirmar que el “yo” psicológico debe ser definido por el rol que desempeñamos. Una perversión de esa concepción es el hecho de actuar en función de las expectativas de los demás respecto de nosotros, en vez de hacerlo desde el corazón del espontaneidad propia.
De hecho, es muy posible que cuando ambos, Moreno y Perls, eran estudiantes en Viena, hubiera llegado Perls a saber algo del primero, porque la estrafalaria presencia de aquél –enorme abrigo verde campesino, poblada barba pelirroja, cabeza descubierta- en los parques, haciendo psicodrama con los niños o, posteriormente, en el teatro o con las prostitutas del barrio chino de Viena, no pasaron desapercibidos a las fuerzas vivas de la intelectualidad de aquella época de entreguerras. De hecho, en la revista que creó Moreno, Daimon, participaron algunos de los más notables expresionistas de la época, Martin Buber incluido, como Max Scheler, el sociólogo; Franz Werfel o el poeta Jakob Wassermann,. El concepto de “Teatro de la improvisación” lo llevará después a Norteamérica, donde, en  la década de 1930,  trabaja en la prisión de Sing-Sing, con ideas muy claras ya sobre la terapia psicodramática que tanto éxito le deparará.
Hay una película de Raúl (Raoul, a veces) Ruiz, Genealogías de un crimen, que fue despachada por la crítica especializada como un disparate, como un experimento fallido, porque se le había ido de las manos al director la complejidad psicoanalítica del argumento. Lo que ocurría era que ninguno de los críticos tenía ni la más remota idea de las terapias psicoanalíticas de Moreno y ello les privó de comprender la naturaleza de muchos tramos de la película, incluida la representación de la propia muerte, un proceso equivalente al de la recuperación existencial del propio nacimiento, como punto esencial para la formación de la personalidad. El trauma del nacimiento es para Moreno un momento de crecimiento, es lo más genuino, original y primario, el instante en que el hombre es más original, por más espontáneo. Tan positivamente le impresiona el nacimiento que intenta encontrarle el status nascendi a todos los conceptos que expone en su obra, nos dice Eugenio Garrido Martín en su más que recomendable libro Jacob Leví Moreno. Psicología del encuentro, en el cual disecciona los fundamentos teóricos de la obra de Moreno y su relación con las corrientes filosóficas, religiosas y artísticas de su tiempo. La película tiene un corrosivo sentido del humor que permite seguirla con un interés redoblado. Si añadimos un trío de intérpretes en estado de gracia: Piccoli, Deneuve y Seweryn, el placer alcanza unos niveles excepcionales de gratificación.
Además del nacimiento, el concepto clave de Moreno es la espontaneidad, cuya ausencia conduce irremisiblemente a la neurosis, a la despersonalización, a la mecanización. Según Garrido: Moreno distingue cuatro clases de espontaneidad. Primero es un impulso; después una adquisición cultural (la espontaneidad crea nuevos organismos, nuevas formas de arte y nuevos tipos de ambiente). A continuación hay un tipo de espontaneidad que es una creación de libre expresión de la espontaneidad. Finalmente, hay un tipo de espontaneidad que es la expresión de una respuesta adecuada a nuevas situaciones. Es decir, la posibilidad de adaptación e integración a una situación nueva.  La terapia de grupo es otra de sus innovaciones fundamentales, algo que también tomó Perls de él. El objetivo fundamental de Moreno fue evitar el anquilosamiento de las conductas y reacciones ante la realidad, las “conservas culturales”, como él llama a la mecanización conductual que amenaza con privarnos de nuestro bien más preciado: la espontaneidad.
Es muy conocida la llamada oración de la Gestalt, pero no lo es tanto la de Moreno, cuya dimensión social es diametralmente opuesta a la individualidad exacerbada, Stirneriana, de la de Perls:
Un encuentro de dos: ojo a ojo, cara a cara.
Y cuando estés cerca arrancaré tus ojos
y los colocaré en el lugar de los míos,
y tú arrancarás mis ojos
y los colocarás en el lugar de los tuyos,
entonces te miraré con tus ojos
y tú me mirarás con los míos.

sábado, 25 de mayo de 2013

Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología [1980-2012] -II

El género que sale del armario: *Canonicación del aforismo. (II) 
En esta segunda entrega de la calurosa acogida crítica a Pensar por lo breve quiero centrarme en lo que los posibles lectores de la entrega anterior habrán echado de menos: los 2.549 (salvo error u omisión) aforismos de la antología y el análisis de los mismos, juicio crítico incluido, a pesar de los pesares. Acabé el texto anterior agradeciéndole a José Ramón González que me hubiera dado la oportunidad de reflexionar de nuevo sobre ciertos aspectos de la aforística, algunos de ellos obvios; los otros, nuevos. Entre los obvios estaba la valoración de la disposición formal de los aforismos en el espacio de la página, porque se trata de un género en el que la brevedad, además de ser fundamento básico del mismo, exige la parvedad: pocos han de ser,  y suficientemente oreados, los aforismos que compongan un volumen. Eugenio Trías, en La  dispersión, señalaba con clarividente intuición que el espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a olvidar, lo que representa una visión del género que se acerca más a la poesía que a la reflexión filosófica. El espacio en blanco no es un marco del aforismo, sino su razón de ser: el aforismo surge del silencio, como un abracadabra etimológico –y pragmatista–: “Creo lo que digo”, aunque otras versiones nos lo traducen como “Envía tu rayo hasta la palabra”o “Envía tu rayo hasta la muerte”;  y busca precipitarse en él, a fuerza de contención expresiva. No afecta, sin embargo, ese principio compositivo, a las antologías, como, por la muestra, es evidente que sucede; pero, y de ahí la abundancia de editoriales “independientes” que los publican, los libros de aforismos requieren esa generosidad tempo/espacial de la que ya henos hablado. El hecho de que tantos libros de aforismos hayan aparecido en editoriales de corto radio de alcance social indica bien a las claras que estamos ante lo que podríamos llamar la pariente pobre de los géneros, por delante de la poesía, que hasta ahora se llevaba la gloria de ser la “palabra esencial” y sus creadores la de ser la encarnación de “la voz de la tribu”. Aún está por ver la dimensión socioliteraria que acabarán teniendo los cultivadores de este género aforístico que cada día que pasa gana más adeptos, si bien no está de más consignar aquí que se trata de un dominio literario en el que algunos poetas se mueven con envidiable soltura y en el que algunos pensadores reconocidos naufragan aparatosamente: no se hizo el aforismo para la boca del rumiante…, podríamos decir, sin ánimo ofensivo, lo cual prueba, por si hiciera falta prueba alguna, que el aforismo es siempre algo más que mero pensamiento y algo distinto de la pura lírica o el travieso juego lúdico. De todas maneras, una muestra tan extensa como la presente peca, quizá, de esa afición a la “física de los grandes números” que fácilmente se cuela de rondón en el mundo de la aforística, como lo exhiben algunas infames páginas de internet: 20.000 aforismos, 25.000 refranes, 30.000 proverbios, publicitan: ¡el saber universal a un clic de ratón! Si una  de las más famosas colecciones de aforismo, el Viking Book of Aphorisms no pasa de los 3.000, contando la historia universal del género, es evidente que en una entrega de la magnitud de la presente haría falta una poda extraordinaria para reducir a sus justos términos la producción aforística memorable –una de las condiciones del aforismo, según Carlos Marzal:  No hay nadie tan idiota como para no ser capaz de escribir un aforismo memorable – y relegible, porque es necesario distinguir, en primer lugar, entre los aforismos rutinarios y los que marcan la ruta del género como faros que los  principiantes toman como punto de referencia.
Entre los nuevos aspectos de la aforística sobre los que esta antología me ha movido a reflexionar está lo que, al final, se ha convertido en el primer intento de  clasificación retórica de los mismos, un proceso que he llevado a cabo aprovechando tan generosa oportunidad como la de esta publicación. Se trata de un afán taxonómico que me ha permitido, por  ese bonito juego de la inclusión y la exclusión, fijar las líneas básicas de la producción aforística que se recoge en la antología, lo que, per se, equivale a disponer de una suerte de mapa mediante el que recorrer los principales parajes aforísticos de nuestro noviviejo género ahora remozado. No se trata, por supuesto, de nada definitivo, pero creo que todos los avances que puedan hacerse en este terreno, aún por desbrozar, de la consolidación del nuevo género de la Aforística habrán de ser tenidos en cuenta.
La distribución de la cuota por autores no revela, en principio, sino las afinidades electivas del compilador, como se aprecia por el hecho de que Fernando Menéndez sea el autor con más obra recogida, seguido por Ramón Eder, Dionisia García, Jordi Doce, Juan Varo y Vicente Núñez. En un segundo grupo vendrían autores como Carlos Marzal, José Luis Gallero, Luis Felipe comendador, Rafael Gonzalo Verdugo, Ángel de Frutos Salvador y Andrés Ortiz-Osés. En un tercero, Eugenio Trías, Carlos Edmundo de Ory, Ángel Guinda, Rafael Argullol, Luis Valdesueiro y, después de estos  grupos, apenas habría ya diferencia entre los restantes. Esta contabilidad en modo alguno tiene nada que ver con la posible calidad de los aforismos recogidos, porque dentro de un mismo autor no es infrecuente que haya notables abismos de calidad entre unos y otros aforismos, algo que solo se justifica desde el punto de vista de la paternidad. Esos desniveles cualitativos quizás tengan que ver con el carácter intuitivo del género, con esa naturaleza de hallazgo feliz, completamente ajeno al  método, algo que es consustancial al aforismo. Cuando se tiende la plantilla para escribir una aforismo es cuando se queda uno plantado fuera del género, y se trata de una tentación a la que ningún aforista parece hurtarse, a juzgar por lo leído.
Bien, no demoremos más el inicio del análisis que había prometido. He clasificado 366 aforismos, lo que equivale, aproximadamente, a un 14% del total. No es una base de datos espectacular, pero nos permitirá tener una idea aproximada de lo que el lector se encontrará en el volumen. Por otro lado, tampoco quiero excederme de las mil palabras del derecho de cita que gentilmente están obligados a ceder los dueños del copyright de la obra.
El primer grupo de aforismos que hemos de considerar es el que denomino Parodiásticos, de los cuales lo mejor que puede decirse es que constituyen un diálogo vivo con la tradición, aunque no siempre la réplica está a la altura del interlocutor. Se trata de aforismos que toman como pie no forzado referencias literarias, filosóficas o literarias de dominio común, al menos para los buenos lectores:
Ángel Crespo: Ser y no ser: he aquí el poema.
Ramón Eder: Uno no puede ahogarse dos veces en el mismo río.
Rafael Marín: La cópula del Sueño y la Razón engendra monstruos.
Miguel Ángel Arcas: Cuando desperté, mi soledad todavía estaba allí.
Juan Varo Zafra: Misantropía, dame el nombre exacto de las cosas.
El segundo grupo en orden de importancia numérica es el que denomino Paradoxales, por constituir la paradoja uno de los recursos constructivos fundamentales del género aforístico,  dado el carácter transgresor y desubicador del discurso aforístico. La paradoja desconcierta y desorienta al lector, y le fuerza a recomponer el sentido del aforismo desde su propia lectura y nivel de comprensión:
Jordi Doce: No basta con tener razón. Hay que aparentar no tenerla.
Enrique Baltanás: Soy como el árbol, fiel a sus raíces, continuamente alejándose de ellas.
Vicente Núñez: ¿Quién está libre de ser esclavo?
Ángel Guinda: La poesía es una pregunta a todas las respuestas.
Ricardo Martínez Conde: Escribe como duda, con la misma convicción.
El tercer grupo es el de los Metaforismos, exigencia de cualquier género, que acaba indefectiblemente  interrogándose por su naturaleza y sus límites, como ha hecho la novela con Cervantes, el teatro con Pirandello o la poesía con Bécquer:
Andrés Ortiz-Osés: El aforismo no es un lenguaje limitado  sino lenguaje-límite: limita con el silencio del sentido.
Manuel Neila: Lo que dice un aforismo es la punta de un iceberg cuya parte sumergida corresponde a lo que sugiere.
Fernando Menéndez: Los aforismos son relámpagos del pensamiento.
Luis Valdesueiro: Arte aforística: concreción y belleza.
Erika Martínez: Todo aforismo exige su refutación.

El cuarto grupo es el de las Greguerías. Ramón se empeñó toda su vida en deslindar la greguería del aforismo, pero no triunfó en el empeño: Tampoco es aforística la greguería. Lo aforístico es enfático y dictaminador. No soy un aforista. Reprochaba al aforismo su sequedad sentenciosa, tan próxima a la máxima, y su falta de humor. En su momento pudo tener algún sentido el intento diferenciador. Las nuevas generaciones son conscientes de que “aforismo” es, hoy en día, marbete que acoge también, con feliz entusiasmo risueño, las amables greguerías de toda la vida:
Rafael Pérez Estrada: Con el ángel caído empieza la gravedad.
Ramón Andrés: Cebo de los creyentes, la eternidad.
Miguel Ángel Arcas: ¿Cuál es el sueño de un barco? / ¿Navegar o llegar a puerto?
Lorenzo Oliván: Sólo quien vuela bien alto consigue darle esquinazo a su sombra.
Carlos R. Pavon: El protocolo es la moral de los mediocres.
El quinto grupo, y lamento que haya quinto malo, es el de los aforismos a los que he llamados Aforemnes o Prosopopéyicos, uno de los más tristes paisajes que nos muestra el aforismo de cualquier época, porque traslucen el engolamiento, el envaramiento, la pomposidad vana de la afectación que con ajustada expresión criticaba Cervantes: Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala... Monterroso, por su parte –y hasta por su porte…– nos dejó un texto definitivo sobre la “falsa solemnidad” al que remito a quien quiera entender el porqué de la afectación que lastra con el enorme peso de la pedantería tantos y tantos aforismos de los que apenas ofrezco esta expresiva docena más que adocenada. Bien podría haberles llamado también Coturnales, por aquello de las ínfulas de los cómicos de la farándula, pero quédense en Aforemnes, que expresa ceñidamente la pomposa cojera de que hacen gala:
Rafael Argullol: Sólo somos auténticamente libres cuando olvidamos que formamos parte de la rutina de la eternidad.
Rafael Argullol: La entera civilización occidental es una respuesta a la soledad.
Antonio Fernández Molina: Vivir conversaciones donde no suenen los vocablos.
Antonio Fernández Molina: Cruzar un poema lleno de espinas.
Dionisia García: El tiempo no pasa por los escritores altos.
Ricardo Martínez Conde: ¡La consumación de las estaciones nos trae el entendimiento de la lentitud!
Fernando Menéndez: En el corazón, florecen laberintos.
Luis Felipe Comendador: Sé que mis versos son efímeros a pesar de la inmortalidad que los madura.
Rafael Gonzalo Verdugo: llevo en mi corazón la estela de todos los mundos que fracasaron.
Juan Varo Zafra: A lo más profundo ladra la nada.
Carmen Camacho: Yo estoy hecha de derribos.
Ricardo Martínez Conde: ¡Tardes de invierno, cuadernos en blanco que intimidan!
El sexto grupo es el de los denominados Aforobvios, pariente cercano del quinto grupo y producto de ese ensimismamiento intuitivo que, de repente, producto del mismo fulgor, nos deja ciegos para impedirnos reconocer que hemos caído en la obviedad más chata del mundo. Nadie está exento de no ver lo obvio, pero lo que en un político forma parte de su ADN, en un aforista es pecado imperdonable:
Dionisia García: Residimos, fundamentalmente, en nosotros mismos.
Ricardo Martínez Conde: ¡Todo viaje es hacia el final!
Álvaro Salvador: El horror merodea constantemente, el horror no descansa.
Miguel Ángel Arcas: La mediocridad no afecta sólo a los mediocres.
Rafael Gonzalo Verdugo: Los obstáculos del camino forman parte del camino.
        El séptimo grupo lo forman los aforismos a los que denomino Apodícticos, que tampoco andan muy lejos de los dos grupos anteriores, aunque aspiran a emparentar directamente con la sentencia y la máxima por su impersonalidad y pretendida universalidad. En el marco de esta reflexión retórica sobre el aforismo, he llegado a pensar que la figura retórica más íntimamente emparentada con él es el Epifonema, del que el aforismo constituiría, a su vez,  una sinécdoque. El carácter concluyente del epifonema, la virtud de rúbrica brillante y persuasiva de un razonamiento  -los fúlmina in cláusula de la epigramática- lo comparte con el aforismo, que alude a un discurso de innecesaria pero inexcusable enunciación:

Fernando Menéndez: Un pensamiento no depende de su belleza sino de sus axiomas.
José Luis Gallero: Sólo quien no logra nada –y mientras no logra nada– aprende.
Andrés Trapiello: el hombre sagaz siempre es oblicuo.
Mario Pérez Antolín: Emocionar como un poeta, contar como un novelista, pensar como un filósofo y, sobre todo, callar como un cartujo.
Pablo Miravet: El destino miente, el carácter somete.
         
El octavo grupo lo forman los aforismos que hacen bueno el de Samuel Johnson: El infierno está empedrado de  buenas intenciones (que otros atribuyen, por cierto, a San Bernardo de Claraval), y a los que denomino Homiléticos, en congruencia con la actitud y la intención de quienes los escriben y sin desmerecer, ¡hasta ahí podríamos llegar!, el talante filantrópico que anima a sus creadores, por supuesto. Como expresión del pensamiento destilado, quintaesenciado, el aforismo puede sufrir también el contagio de la predicación y confundir juicios subjetivos con verdades o dogmas:

Castilla del Pino: No hagas el mal porque te lo haces.
Rafael Argullol: En los días de soledad debemos ir a la caza de lo mejor de nosotros mismos.
Fernando Aramburu: La gramática civiliza.
Jordi Doce: No esgrimas tu sinceridad como un arma.
Andrés Neuman: Nuestra fuerza radica en la honestidad de nuestros límites.
A partir del noveno grupo, los Calambúricos:
Ángel Guinda: Estilo: este hilo de voz que con la vida enhebro.
Ángel de Frutos Salvador: Haz hablar al azar.
Rafael Gonzalo Verdugo: Estética: Estilo de la ética.
 nos adentramos en el conocido terreno de recursos formales propios del género, como el de los Paronímicos:
Cristóbal Serra: Quieras o  no: la Revolución francesa es hito y también hiato.
Andrés Ortiz-Osés: Las identidades cerradas son cerriles.
Álvaro Salvador: Cretinos y discretos tienen los mismos deseos.
el de los Paradiastólicos:
Castilla del Pino: Lo indescifrado es un problema, no un misterio.
Ángel Crespo: El diablo sabe pero no entiende.
José Luis Gallero: Lo grande exige ambición; lo pequeño, audacia.
Juan Varo Zafra: Sencillo, a veces; simple, jamás.
        el de los Derivativos:
Guillermo Puerto: Existió sin ser: fue sido.
Álvaro Salvador: El seductor, cuando seduce, se disfraza de seducido.
Luis Valdesueiro: Unas palabras hieren, otras son la herida.
Juan Varo Zafra: Nunca fuimos lo que éramos.
         y el de los Quiásmicos:
Luis Valdesueiro: Hablar hacia dentro, callar hacia fuera.
Luis Felipe Comendador: El cielo de un poeta es su silencio. El infierno, la palabra.
Andrés Ortiz-Osés: Simplificar lo complejo para poder vivirlo, y complejizar lo simple para poder revivirlo.
      Finalmente, quiero ofrecer una brevísima muestra de otros procedimientos que forman parte del arsenal de recursos utilizados por los aforistas y que todos los lectores distinguen a simple vista, no sólo por su carácter fijo, casi de matriz –El aforismo es lengua matriz de la intuición, me permití formular, modestamente, en su momento–, sino también porque su existencia es una prueba inequívoca de que hacen, los aventureros lectores, una lectura genérica adecuada, lo que les permite moverse con mayor confianza en y entre  los textos aforísticos. Saberse en el ámbito inequívoco de un género satisface buena parte de las expectativas del lector, si bien es parte intrínseca de lo literario forzar esas expectativa para llevar a los lectores más allá de la comodidad genérica, hacia la incertidumbre y el fértil desasosiego consiguiente. No es mi intención agotar la catalogación de los recursos formales usados en la construcción de los aforismos, pero quedaría bastante cojo este intento taxonómico si no aparecieran los siguientes:
Bucléicos:
Rafael Gonzalo Verdugo: Poeta: Escritor de poesías que inventan al poeta que las escribe.
Neológicos:
Carlos Edmundo de Ory: Todo suicida es existicida.
Carlos Edmundo de Ory: Soy un sabelonada.
Toposales:
Cristóbal Serra: Refulgente es la memez, y la agudeza, tan difícil de descubrir como aguja en pajar.
Jordi Doce: Nadie menciona el miedo, mucho más común, a lo conocido.
Jordi Doce: ¿Y la insatisfacción del deber cumplido?
y
Sinestésicos:
Antonio Fernández Molina: El letal olor de la estupidez.
       No le habrá pasado desapercibido al lector atento que un buen número de los aforismos catalogados pueden pertenecer a dos o  más de los grupos propuestos, porque es característico del género de la quintaesencia tener ese espíritu sincrético. Así pues, la inclusión en uno o en otro atiende a lo que podríamos llamar rasgo dominante del aforismo, elección que cae de lleno en ese casi obligado e ineludible  margen de subjetividad con que han de hacerse estas taxonomías.

    He querido dejar para la conclusión de esta presentación crítica el comentario sobre el criterio de selección del corpus aforístico seguido por José Ramón González, puesto que plantea un curioso problema genérico y canónico que convendría resolver para unificar criterios entre lectores y, sobre todo, estudiosos de la lacónica materia. Ha sido voluntad inicial del antólogo la de incluir en la antología aforismos pertenecientes a obras publicadas como volúmenes dedicados exclusivamente al aforismo, y ello se cumple en la mayoría de los casos. En los casos en que no sucede así, el autor justifica la inclusión de un corpus de aforismos extraídos de algunos libros, frecuentemente de naturaleza genérica inclasificable, próximos a las Silvas de varia lección, por el valor intrínseco de los tales, en condición de estricta igualdad con los  concebidos tradicionalmente como tales. ¿Es genéricamente legítimo dicho proceder? Aceptarlo supone, a mi parecer, concebir el aforismo como un texto específico e independiente que puede aparecer en cualquier contexto con idéntico valor, de modo que, extraído de esos contextos ajenos al tradicional libro de aforismos de autor, pueda formar parte de uno que no ha sido concebido como tal por autor alguno, sino por el antólogo de turno. Es evidente que la figura del editor en este género cumple un papel de primera importancia, porque en comparación con la publicación habitual de los aforismos en voluminosas antologías, han sido, hasta hace poco, relativamente escasas las obras concebidas por sus autores con una distribución inmodificable y no aleatoria de los aforismos, de acuerdo con el  criterio organizador de su autor. Se trata de una cuestión abierta a muchas interpretaciones, porque, en relación con el canon, según se conciba el género, podrían, y acaso deberían, reeditarse los aforismos machadianos, por ejemplo, para formar un solo volumen unitario, desgajándolos de su pertenencia a libros concebidos como obra acabada por el poeta, como es el caso de Campos de Castilla y Nuevas canciones, si bien no pocos de esos aforismos se publicaron de forma independiente en la prensa, lo que abonaría la opción de la concepción del aforismo como un texto específico no ligado ni necesaria ni genéticamente al contexto en el que aparece. Diferente es, me parece, el caso de los aforismos extraídos  de obras a las que están ligados como parte esencial del texto, cual es el caso de los volúmenes tradicionales de aforismos extraídos de las obras de grandes autores: Cervantes, Shakespeare, Goethe, etc. 
       Aquí lo dejo. Como se advierte, la Aforística es un nuevo género lleno de atractivas cuestiones pendientes de ser resueltas, siquiera sea de forma provisional. En ello estamos. En ello está José Ramón González y prueba evidente de tan noble, apasionada e inteligente dedicación es esta antología, Pensar por lo breve, que bien podría haber llevado por subtítulos Emocionar por lo intenso y Deslumbrar por lo lúcido.