martes, 9 de octubre de 2012

Justina: la pícara narratóloga


La pícara Justina: Más aquí y más allá de la novela picaresca.


Lo primero que llama la atención de Justina es la mezcla sorprendente de la reflexión metaliteraria con un estilo jocoso, propio de la materia de que está hecha la novela, cual es la vida de la pícara mesonera, llena de lances propios del género, tanto escatológicos como folclóricos.
Así abre su reflexión:
“Un pelo tiene esta mi negra pluma. ¡Ay, pluma mía, pluma mía! ¡Cuán mala sois para amiga, pues mientras más os trato, mas a pique estáis de prender en un pelo y borrarlo todo. Pero no se me hace nuevo que me hagáis poca amistad, siendo (como lo sois) pluma de pato; el cual por ser ave que ya mora en el agua como pez, ya en la tierra como animal terrestre, ya en el aire como ave, fue siempre símbolo y figura de amistad inconstante, si ya no dicen los escribanos de el número, y aun  los sin número que con ellos han hecho treguas sus plumas. En fin, señor pelo, no me dejáis escribir.
            No sé si dé rienda al enojo o si saboree el freno a la gana de reírme, viendo que se ha empatado la corriente de mi historia, y que todo pende en el pelo de una pluma de pato. Mas no hay para qué empatarme; antes os confieso, pluma mía, que casi me viene a pelo el gustar de el que tenéis, porque imagino que con él me decís mil verdades de un golpe y un golpe de mil verdades. Y entenderéis el cómo si os cuento un cuento que puede ser cuento de cuentos”
.
                                           (…)
        Así que, de haberse atravesado este pelo, y de lo que yo alcanzo, por la judiciaria picaral, colijo para conmigo que mi pluma ha tomado lengua (aunque de borra) para hablarme. Sin duda, que me quiere dar matraca por ver que me hago coronista de mi misma vida. En lo cierto estoy, como si lo adivinara. Ella es matraca. Al arma, señora pluma. Aquí estoy, y resumo finalmente lo que me decís, porque en pago escribáis con fidelidad lo que yo os dijere. (…) Los que pretendieren entretenimiento, tras el gasto hallarán el gusto. No quiero, pluma mía, que vuestras manchas cubran las de mi vida, que (si es que i historia ha de ser retrato verdadero, sin tener que retratar lo mentido), siendo pícara, es forzoso pintarme con manchas y mechas, pico y picote, venta y monte, a uso de la mandilandinga.
En ella salta a la vista la firme decisión de inscribirse el autor en la academia de los doctos, en las filas del ingenio y en la nómina de los sagaces. Del primer capítulo en adelante, todo lo iluminará la luz de la retórica. Olvídese el famoso realismo picaresco de aparecer en las páginas, salvo bajo forma episódica, en algunos cuentos de tipo folclórico, y como recurso léxico, siguiendo la estela del Arcipreste de Toledo, con su Corbacho, obra maestra del habla coloquial del siglo XV. El primer diálogo entre el pelo de la pluma y la narradora dan el pie forzado del esfuerzo elocutivo inmenso que devendrá una obra tan difícil de seguir en su hilo narrativo como difícil de comprender en su enmarañamiento retórico.
El afán de singularizarse de la composición aparece ya en la estructura formal. Los capítulos, además de llamarse “Capitulos”, llevan el sobrenombre de “Número”, y cada uno de ellos va introducido por un poema de diferente naturaleza, recurso con el  que se quiere ofrecer una antología de formas poéticas comunes y no tan comunes, aunque todas ellas con una clara intención paródica y estrechamente relacionadas temáticamente con el contenido del libro. Cada capítulo se cierra con un “aprovechamiento”, que actúa a modo de reflexión moral sobre el contenido de cada capítulo y, a veces, se manifiesta como moraleja, al viejo estilo de las del Conde Lucanor. Ha de decirse que en esos “aprovechamientos" hay, claramente, una intención paródica de los libros edificantes, de loas “vidas ejemplares”, pues toda la novela de López de Úbeda lo es, algo muy propio del género picaresco, ya desde sus inicios en Lazarillo.  Esta mezcolanza de elementos estructurales responde, en parte, al desafío que se plantea el autor a la hora de escribir el libro: al inscribirlo en el género picaresco –Guzmán será para él como el Amadís para D.Quijote–, quiere hacer una obra de burlas y donaires que le dé gusto al pueblo llano al que le lean pasajes escogidos, pero, al mismo tiempo, llama a la puerta de los poderosos ingenios de su tiempo para ser aceptado en el estrecho círculo de los entendidos, a quienes deleita con un enorme repertorio de agudezas y paradojas.
Después de haberse entretenido en la conversación con el pelo de la pluma de pato, la narradora repara en la culebrilla pintada en el papel sobre el que va a escribir, como veíamos hace tiempo el galgo en el papel del mismo nombre, Galgo, y entra en una digresión que se articula como principal motor dinamizador del relato. Continuamente, cualquier pretexto será bueno para abandonar el relato de la acción y perderse en consideraciones de todo tipo, si bien predomina el carácter culto de la mayoría de ellas, como ocurre en la presente donde vemos desfilar desde Aristóteles hasta Mercurio, pasando por Esculapio, Circe, Medea o Cecrope. Cabe reseñar el colofón del Número:
Vayáis norabuena, librito mío, que más cuestan los naipes y valen menos. Si ello el libro está bueno, buen provecho les haga, y si malo, perdonen, que mal se pueden purgar bien los enfermos si yo me pongo ahora muy de espacio a purgar la pícara. Mas ¡ay!, que se me olvidaba que ero mujer y me llamo Justina. Vayan con Dios, que estábamos hablando y el señor don papel de culebrilla.
        Señor don papel: como digo de mi cuento, si alguno destos hombriperros o perrihombres os saliere a cantar por delante y a morder por detrás, no tengáis pena, que (teniendo culebrilla), con lo que os ladraren, jugaréis de diente, y con lo que os cantaren con lisonja o sin lisonja, haréis lo que la culebra, cosiendo el un oído con el suelo de humildad y el otro con la cola de despedida.
        El ignorante vulgo es de casta de perro de aldea, que halaga al zafio mal vestido, y ladra y muerde al caballero bien ataviado que pasa de camino, no teniendo otra causa deste mal acierto, que su natural ignorancia y el no tener trato ordinario con los de hábito semejante. Así el vulgo ignorante, como no conoce ni sabe qué cosa es una discreción en hábito peregrino, a bulto ladra a la fama del autor; y aun si puede morder, se ceba asaz.
        Culebra tenéis, papel mío; defendeos. Si a lo grave que tenéis os perdieran el respeto, silbades, y aprovechaos de que tenéis culebra, y tenéis de pícaro lo que yo de pícara. Y si prohidiaren, morded, que los dientes no se hicieron para echar melecinas.
El juego metaliterario plantea una narradora que lleva hasta sus últimas consecuencias su condición advenediza, en manifestaciones como la propia sorpresa por su “existencia”, apenas se ha lanzado, tras el diálogo con la pluma y con el papel –y aliviada por no haberlo tenido con el tintero (No me faltaba sino que vos, señor tintero, os entonásedes y hubiésemos menester haceros otros tantos conjuros)–, a la escritura de su vida “por sus propios pulgares”, y tras requerir nuestra atención con el escatológico: ¡Agua va! ¡Desvíense, que lo tengo todo a punto y va de historia!.
¿Ya soy nacida? ¡Ox, que hace frío! ¡Tapagija, que me verán nacer desnuda!, se pregunta la protagonista en su cámara poco antes de que entre la primera joya pícara del relato, Perlícaro, a mofarse de sus pretensiones: Yo bien estoy, señora miadora, que después de ser quincuagésima dé en carnestolendas, pero no historiogarfia. Justina enseguida acarrea respuestas que se da a sí misma en monólogo que nos permite ir comprobando el extenso repertorio de sus artes, pícaras y literarias: No me dio pena que fray Menos diese matraca a fray Más, pues en la historias consta que ha habido criados que se han puesto a dar matraca a príncipes, sus señores. Tampoco me pareció cosa indigna de pechos nobles sufrir vayas y fisgas y de fisgones y rateros de medio mocate, que aun el águila, según vemos, muestra su realeza y condicionaza hidalga en estar muy paciente y serena cuando la corneja se pone, papo a papo, a partir peras con ella, y aun a hacer dello burla con visajes y ademanes, sin que esto gaste un adarme de su paciencia. Tanto, que algunos filosofos griegos dieron esto por jiroblífico de la paciencia, a que su misma realeza les obliga a los monarcas. Su queja, además de que la califiquen de cincuentona larga, es la de la principiante a la que le duele que, apenas comenzada su aventura literaria haya venido a hablar a la mano a una persona cargada de concetos, a tiempo que comenzaba a parir y hacer hacienda, que fue tanto como helar sobre las yemas de vid y ventear sobre cierna de espiga.
Justina declara por extenso su linaje, después de un breve excurso sobre su linaje, como es preceptivo en el género y, desdoblándose, se invita a hacerlo: ¡Ea, Justina!, ya que no quieren veros nacer monda y redonda, sino que vais con raíces y todo, para que adonde quiera que os planten deis fruto, decid vuestra prosapia; vean que sois pícara de ocho costados, y no como otros, que son pícaros de quien te me enojó Isabel, que al menor repiquete de broquel, se meten a ganapanes. Elogia a sus abuelos “machunos y hembrunos” y le saca punta a su nombre: Justina porque yo había de mantener la justa de la picardía, y Díez, porque soy la décima esencia de todos ellos, cuanto y más la quinta. Así pues, Justina sigue el modelo clásico de la autobiografía, ya establecido por Lazarillo.
La narradora siempre mantiene viva la conciencia de estar escribiendo su historia, de ahí las múltiples interrupciones que rompen el hilo narrativo y ejercen un efecto distanciador que permite al lector no perder de vista la calidad de experimento narrativo de la obra: ¿Adónde vas. Hermana Justina, cargada de prólogos de burlas? ¡Ay, hermano lector! Iba a persuadirte que no te admires si en el discurso de mi historia me vieres, no sólo parlona, en complimiento de la herencia que viste en el número pasado, pero loca saltadera, brincadera, bailadera, gaitera, porque, como verás en el número presente, es también herencia de madre. El determinismo más estricto justifica los pasos de la narradora y protagonista, ajustándose al viejo refrán: De tal palo… De la herencia  de su tatarabuelo materno, gaitero, hereda Justina una calidad rítmica que le lleva a formular lo que podemos considerar una divisa personal: Nace y vive y trota al son. Y en un salto diacrónico y circense, hemos de brincar hasta la obra inmortal de Rubén Darío para encontrar, con otras palabras, idéntica divisa: Ama tu ritmo y ritma tus acciones, en lo que, por fuerza, ha de parecernos una coincidencia turbadora.
Como mesonera profesional, Justina está orgullosa de ser la primera narradora que va a dejar por escrito un elogio del mesón como éste se merece: La primera pluma que se ha ensillado en Castilla para alabar la vida de el mesón será ésta, que tengo pico a viento esperando si viene el arriero de el Parnaso y me trae alguna carraca con  que hacer la costa de la buena barba del mesón. ¿No viene? Pues crean que he recorrido hasta el pajar de las mulas y los moldes de las loas y no hallo molde que diga de el mesón cosa que de contar sea. Es técnica recurrente la del diálogo constante con el lector, cuyas reacciones expone Justina para defenderse de las objeciones: Ya te veo estar grojeando por decirme que ninguno desos símbolos cuadran con el mesonaje porque ninguna destas aves mesoneras pide dinero de cama ni de posada. ¡Oh, pues si todo lo quieres tan guisado, hazte preñada! El elogio del mesón y la minuciosa –y es ésta cualidad y defecto por iguales de la obra– descripción del mismo desarrolla una veta novelística que, andando el tiempo, se bifurcaría en dos ramas bien definidas: la vida del café y la vida de pensión, aunque ambas hayan sido compatibles. El fundamento retórico de la novela también es, al tiempo, virtud y defecto de la obra. Virtud porque López de Úbeda tiene la pluma bien afilada y el verbo ágil y preciso; defecto porque la morosidad lastra el desarrollo argumental y desespera al lector que busca acciones en vez de discursos: con quien hablardes, siempre tierra en medio, que la mujer es cosa para de lejos, que es como figura de cera, como pintura al temple, librea de oropel, labor de masa, forma de emprenta, cadáver de embalsamado añejo, polvos de clavete de azucena, que en tocándolos se descomponen, deslustran y deshacen. En ese diálogo constante con el lector también las burlas tienen su parte, porque Justina va moldeando el interlocutor a su gusto, a fuerza de usurpar sus reacciones, de ahí que se permita ciertas libertades: Por aquí sacarás, lector benevirlo (digo benévolo), la discreción de mi padre, su erudición y maestría.(Benevirlo vale ‘buen ladron’, lo cual significa que Justina insinúa que se dirige a sus “iguales”, que todos, en una u otra medida, somos tan pícaros como ella y su familia). El determinismo de la herencia genética es la excusa a la que recurre Justina para justificar ante el lector su ser y sus obras: Yo, hermano lector, ya adivino que en oyendo quién fue mi madre, te has de santiguar de mí como de la Bermuda. ¿Qué quieres? Diérasme tú otro molde, y saliera yo más amoldada. Soy fruta de aquel árbol y terrón de aquella vena. ¿Qué me pides? Estos diálogos tienen por finalidad la justificación de sus acciones y la imposibilidad de escapar de esa determinación familiar y social que la ha llevado a ejercer su muy reprobable oficio de pícara.
        Después del retrato paterno, viene el materno. Es su madre quien la aveza a ser su digna sucesora, quien le dice que tiene puesta en ella todas sus esperanzas para que la sobrepase en el oficio. Justina la toma como modelo, pues reconoce su maestría: No acabara hoy si te contara por extenso sus tretas. Concluyo con decirte que para abrasar el asa, le sobraban dos hervorcitos de imaginación. (…) Estos trastos heredé de mi madre, sin quedar cachibacho que no me traspalee. ¿Qué quieres? Quien da lo que tiene, no debe nada, y quien enseña lo que sabe, menos. Esos son los que tiene Justina para aderezar la historia de su vida: dos hervorcitos de imaginación acompañados de un dominio notable de los registros lingüísticos y una agudeza conceptual notabilísima. Acabada la ristra de lecciones maternas, Justina elogia a su madre por vía de crítica a quienes se las suelen dar de sabidos a través de un quiasmo con aires de retruécano: Así que, hermano lector, cada cual enseña lo que sabe, aunque no todos saben lo que enseñan.
El libro primero, después de una Introducción general titulada “La melindrosa escribana”, está dedicado, pues, a la descripción pormenorizada de su linaje, incluida la muerte de sus padres y cómo queda “sola” frente al mundo. El libro segundo se titula “La pícara montañesa”, el tercero: “De la pícara pleitista” y el cuarto: “De la pícara novia”. Un proceso en el que la acompañamos desde que es expulsada de la casa paterna por sus hermanos hasta que, después de diversas aventuras, logra un capital y un marido, estableciéndose como mesonera.
        Justina se precia de ser buena bailadora y de ser andariega. La generalización que hace del conocimiento de sí, suele caer en juicios que claramente proceden de una mentalidad masculina, como cuando justifica los desdenes y hasta a violencia que se puede emplear contra la mujer: Somos como pulpo que nos halla mejores quien nos hostiga más. El carácter episódico, propio de la literatura picaresca se pone de manifiesto a partir del Libro segundo, cuando de cada insignificante anécdota, el autor dispone los enxemplos casi al modo medieval para coronarlos con la flor de la agudeza o del chascarrillo, como cuando Justina se queda pensativa, maganta, mirando atentamente una calavera de conejo: -Justina, si como creo que has sido pecadora, creyera que eras penitente, dijera que estando así pensativa mirando esa cadavera de conejo que tienes en la mano, te estabas diciendo a ti misma: “Acuérdate Justina, que eres conejo, y en conejo te has de volver”.
           A lo menos, no negaré que este dicho me torno en gazapo, pues me agazapó de modo que no dije más que si tuviera los dientes zurcidos. Tanto fue lo que me hizo callar y encallar.(…) En resolución, como me vi sola y a peligro de dar en la secta de la melancólica, que es la herejía de la picaresca determiné de irme al baile, dando dos higas al tiempo y otras tantas a la mudanza, y cuarenta mil a quien mal le pareciese.
Capítulo central de sus aventuras, y no solo por hallarse en la mitad justa de la extensión del libro, es el dedicado a la aventura de la Bigornia, una sociedad de estudiantes poco amigos de los libros y sí mucho de la farra, de la eutrapelia. Todo el episodio tiene un aire carnavalesco inconfundible, aunque la escurridiza prosa de Justina deja no pocas veces al lector en la duda de qué ocurre en realidad, tan encubierta ésta con agudezas y alusiones retóricas de todo tipo, y ese es uno de los principales obstáculos para que este libro picaresco pueda gozar de una acogida lectora popular. Desgraciadamente, buena parte de nuestra literatura clásica adolece de esa distancia elocutiva casi imposible de salvar para el que no sea especialista o devoto. En síntesis, la trama consiste en que Justina es raptada por los estudiantes, una suerte de cofradía goliardesca, y llevada en una carreta donde le aguardan múltiples violaciones inminentes:  ¡Ay, hermano letor, mira con quién, para consolarme con decir: no estás conmigo! ¡Qué Faltiel para Mucho! ¡Qué Absalón en guarda e Tamar, sino un obispo de la Bigornia y capataz de la bellacada! Pero bien dicen que la apretura y estrecheza en que se ve un entendimiento es la rueda en que obra filos (…) Valióme mi ingenio; a él le doy gracias, que por su industria embalsamé mi cuerpo y le libré de corrupción y del poder de aquella fantasma eclesiastíca y del incendio que ya me tenía tan socarrada como socarretada”.
A la natural agudeza del pícaro se suma en Justina su condición de mujer, para quien los repentismos y la improvisación providencial son propiamente su segunda naturaleza, como se echa de ver en el cuento del loro del Sendebar, por ejemplo, que forja el modelo de la mujer ingeniosa en defensa de su propio placer frente a las imposiciones sociales: Cuando las necesidades son repentinas, las mejores trazas y remedios son los que las mujeres damos, ca así como el uso de la razón en nosotras es más temprano, así nuestras trazas son las que más presto maduran. Mil veces verás en los entremeses ofrecerse necesidad de trazas repentinas y, por la mayor parte, las dan mujeres, que son únicas para de repens. Es el discurso y traza de la mujer como carrera de conejo, que la primera es velocísima, o como envión de francés, que el primero es invencible. Esto quisieron decir los antiguos cuando pintaron sobre la cabeza de la primer mujer un almendro, cuyas flores son las más tempranas.  Anotemos, aunque sea a título erudito, que ese mismo emblema de la cabeza coronada por el almendro es en Alciato, símbolo de inmadurez, como aclara en nota a pie de página el editor de la obra, Luc Torres, quien nos depara una cuidadísima edición con una disposición gráfica que, a pesar de la extensión del libro, consigue que se progrese en él con elegante facilidad. El valor de las nota a pie de página y del vocabulario final merecen un sostenido aplauso. ¡Pocos aprecian las horas de trabajo, de búsqueda ejemplar, que hay tras esta fuente, aquella referencia o el dato fidedigno!, pero solo con ese esfuerzo generoso se construye un patrimonio cultural. No es el momento de rendir homenaje a los hispanófilos, pero ¡qué hubiera sido de nuestra cultura sin su amoroso trabajo, sin su denodada dedicación, sin su entrega apasionada!
No quiero entrar en la “geografía” de la obra, pero de Mansilla de Mulas, nombre que aprovecha Justina para “rematar” su cuento de la Bigornia con los parabienes de rigor que vivió con la satisfacción de que “el gusto es el corazón de la vida”, la trama lleva a la protagonista a León. Se trata, pues, de una picaresca “norteña”, que en poco o nada se distingue de la del resto de la geografía española, salvo las peculiaridades propias de la idiosincrasia del antiguo reino, entre ellas cierta circunspección alejada del gracejo meridional y un menor uso de la escatología como fuente de las risas. Mediada la obra, han disminuido bastante los diálogos con el lector, aunque, al introducir sus andulencias por León capital, se descuelga con este dialoguillo: La ciudad de León está solas tres leguas de mi pueblo, aunque hay en medio un mal paréntesis de un puertecillo, en cuya cumbre, en tiempos pasados estuvo gran tiempo la estatua de un hombre capón. Hombre, digo, capón. Alguno me dirá: -Justina, adjetivad para peras*.
    Acaba ya, hermano lector. Vete conmigo, que buena es mi compañía.
   Así que la estatua deste capón tenía el letrero siguiente: “El capón tiene del hombre lo peor y de la mujer lo más ruin”.
“Adjetivar para peras” vale tanto como “hablar claro”, “hablar en plata”, que es un giro coloquial muy ilustrativo de los recursos con que López de Úbeda ha dotado de verosimilitud una aventura que, la más de las veces, se pierde en digresiones que enlentecen el desarrollo de la obra hasta desesperar al lector no acostumbrado a las florituras, los lances de ingenio y las mil y una agudezas con que López de Úbeda pretende sentar cátedra de estilista: partí llevando los ojos de la vecindad, que si los ojos que tras mí llevé se estamparan en mi jumenta, de burra se volviera pavón, o más adelante: Paréceme que dijo que habían fingido sin mentir; yo no dijera así, sino que habían hecho aparencia de ficción. Esa lentitud digresiva tiene un sentido estructural, como confirma Justina en el seno del relato: Vaya de traza y no me maten, que esto de contar cuentos ha de ser de espacio, como el beber.  
La aparición de un cruce epistolar en el relato incluye la del autor de la obra, que habla por primera vez, en el texto, de “mi Justina”, usurpando la voz narrativa siquiera sea por breve espacio y para introducir ese cruce epistolar como una aportación documental que contribuya a cimentar la realidad inequívoca de lo narrado, por más que parezca desmentirlo el enrevesamiento de dicha introducción: Este es un traslado, bien fielmente sacado, de un scripto y rescrito que pasó entre mi Justina, y el bachiller Marcos Méndez Pavón, en razón de una burla mayor de marca, que después de haber pasado e cosa juzgada por espacio de nueve años, retoñando las quejas en el corazón y lengua del sobredicho bacalario, enviaron a las quince un correo a su pluma y ella al papel, y todos dieron de rebato sobre la pobre Justina, a quien con porte de real y  medio, bien llorado y mal pagado, le publicaron la sentencia y misiva siguiente, que a no poder apelar para la respuesta, era casi casi cosa de afrente. El editor, Luc Torres nos indica, siguiendo la estela de otros eruditos, que el Méndez Pavón que aparece en el relato puede ser identificado con Francisco Vallés, personaje real de la Corte, lo cual convierte, siquiera en parte,  La pícara Justina en un roman à clef, si bien esa posibilidad lo único que haría, respecto del lector actual, es aumentar la distancia con que éste se asoma a las páginas cifradas, cuya dimensión ficticia ya resulta, de por sí, suficientemente críptica en no pocos pasajes, como para añadirle, además, la parodia, sátira u homenaje que pudiera haber a personas o hechos reales. Al acabar el cruce epistolar y retomar Justina la voz que había venido usando hasta entones, incurre el autor en una incongruencia, porque Justina se atribuye a sí misma la intercalación de la correspondencia, ignorando que es obra del autor: Ya que he dado cuenta de lo que me sucedió en León y del retoño que de ahí a nueve años hubo (lo cual puse junto porque se conociese más de próximo la materia de que las cartas trataban), quiero que nos descartemos de cartas para ir adelante con el cuento de mi jornada.
 El estilo conceptuoso de la epístolas nos permite asistir a un duelo de agudezas y de noticias peregrinas, propias de las polianteas cuyo modelo forma parte estructural del relato, como confiesa la propia Justina en la prticular “poética” que disemina a lo largo del texto:  Yo pienso que la bondad de las cosas no consiste tanto en la sustanciad dellas cuanto en menudencias y accidentes de ornatos y atavíos. Ansí mismo, pienso yo que la bondad de una historia no tanto consiste en contar la sustancia della cuanto en decir algunos accidentes, digo acaecimientos transversales, chistes, curiosidades y otras cosas a este tono con que se saca y adorna la sustancia de la historia, que ya hoy día lo que más se gasta son salsas, y aun lo que más se paga.
 . Esta suerte de justas prosísticas, muy propias del barroco, se resuelven en una expresión justiniana que nos devuelven a la ficción, desmoronando el pretendido afán documental, y fundamentando el afán lúdico-retórico de López de Úbeda, quien intenta competir nada menos que con Quevedo: “Yo, la licenciada Justina Díez, llamada por otro nombre la Guzmana de Alfarache, y Pícara de prima por claustro, a vos, el bachiller Marcos Méndez, fullero, burlón de palabras y burlado de obras, nariz de alquitara, ojo de besugo cocido, pescuezo de tarasca cuerpo de cotas, piernas de rastrillo, pies de mala copla… (…) Primeramente, por esos mis escritos, os inhibo de mi fisgón y os apercibo que para el tiempo que durare el resolveros el alma con dichos y la bolsa con hechos –que será el que la nuestra merced durare-, os arméis de la paciencia que tuvo vuestra caritativa madre en oír llamar a su marido, vuestro putativo padre, hijo de Cornelio Tácito, por vía de hembra, y por la del varón, de Rabí Sidraque. (…) Ríome mucho de que repudiéis mi burla por ir mezclada con veras; ¿pues ahora sabéis que todas las cosas vivientes, cuanto más perfectas, son más mixtas?
       
Una sucesión de episodios propios del género picaresco se suceden en los alrededores de León y en la propia capital. Justina, sin embargo, no descuida nunca, porque sabe que es recurso que puede atrapar al lector en la red de sus fabulaciones, la interpelación directa al mismo:  ¿Para qué ando por rodeos? [Esos rodeos son una especulación sobre los bienes y una explicación emblemática del deseo, sobre todo del de rapiñar. Conviene reproducirla porque es un buen ejemplo del modelo retórico escogido por Úbeda para la construcción de su personaje y de la trama, continuamente salpicada por este tipo de interrupciones reflexivas de carácter paródico: Míralo tú; los bienes son en tres maneras: honesto, útil y deleitable. En el oro hallamos honra y estima, que es mona del premio del bien honesto; en el oro tenemos el interés y el provecho, que es el bien útil; tenemos gusto, hermosura y gala, que es bien deleitable. Mira, pues, con tanto tropel de bienes adunados, cómo no se ha de avivar el deseo. A la vanagloria (que es un deseo de honra y estima) la pintaron con unas vela hinchadas que caminan presurosamente al gusto, con tijeras y aguja para cortar y coser nuevos trajes; a la codicia, con ala; pues juntándose todo en uno, ¿qué se puede imaginar sino que, como codiciosa, había de ser inventiva y en hilar mil trazas y dar mil cortes, y como deseosa de gusto y fau fau, había de andar solícita, viento en popa y volando, para poner mis deseos en ejecución?] Yo determiné hacerme pobre envergonzante y ponerme a la puerta de la iglesia para igualar mis deseos con mi bolsa y con mi deuda. Ya paree que te ríes y das vaya a la envergonzanta. Oye, por tu vida, siquiera un descarte, para no hacerme tener tanta vergüenza ahora como entonces. Deseos de galas hicieron a Medusa idólatra; a Hotensia, incestuosa; a Pentesilea, patricida; a Romelia, voladora; a Ceusis, gata; a Silva, impúdica; que a mí me hiciesen pobre envergonzanta, ¿qué hay que espantar?
Así mismo, de lo que nunca reniega Justina es de la bachillería andante en la que ha entrado al dar en escritora, y estima en mucho su nueva condición, consuelo de la vejez, que es el presente desde el que recuerda su vida. Me parece oportuno reflejar esa conciencia creativa de Justina en estas acertadas palabras:  Les quiero contar muy de espacio, no tanto lo que vi en León, cuanto el modo con que lo vi, porque he dado en que me lean el alma, que, en fin, me he metido a escritora, y con menos que esto no cumplo con mi oficio. Y noten que cuando les parezca que mormuro, me aguarden, no me maldigan luego. Espérenme, que, cuando no piensen, volveré con la lechuga, que aunque sea para tocino no es mala. Revelador de su extraña modernidad es esa confesión de que quieren que le “lean el alma”, un impulso autobiográfico que está en la raíz de buena parte de la literatura de nuestros días. A diferencia de los “planos” modernos, cuyos estilos propios apenas se distinguen de la prosa del currículum vitae o de las redacciones de 2º de bachillerato, Justina pone el acento en contarnos “el modo con que lo vi”, antes que “lo” que vio.
Al acabar el episodio, Justina retoma el diálogo con el lector, porque a lo largo de toda la obra se mantiene ese diálogo crítico en el que la narradora busca a veces la complicidad del lector y otras, como la presente, alardear de sus capacidades, tanto picarescas como expresivas: Aquí se acabó el ser envergonzanta y comenzó el tornar a andar con mi cara descubierta y tan sin vergüenza como antes. ¿Qué te parece de la invención? Dirás que bien. Pues a mí mejor. Dirás quizá que aunque fue la traza aprovechada, pero no honrosa. ¡Ay, hermanito, cuántos hidalgos honrados hay que en achaque que piden para pobres envergonzantes piden sin vergüenza para sí!
Después de la estancia en León, buena parte de la cual habría de ser entendida como roman à clef, la protagonista vuelve a Mansilla, a su casa natal, donde se enfrentará con sus hermanos incluso judicialmente Es expulsada de su casa, se hace hilandera y junta un capital. Se traslada a Rioseco y se instala en casa de una bisabuela de Celestina, morisca vieja y hechicera, tras cuya muerte  se alza Justina, arteramente, con la herencia, en lucha con el sacristán que pretende ambas, la herencia y a Justina. Se trata, con todo, en el caso de la hechicera, del único personaje ante el que, como le dice al lector: me veras rendir mi entono y humillar mi no domada cerviz, sin más ruido ni semejanza de quien fui que si nunca fuera. Una vez de regreso en Mansilla, Justina se deja pretender de varios partidos cuya descripción, tan cerca del final del libro, dejan un regusto de satisfecha complacencia en el lector, sobre todo cuando, después de una excelentísima digresión sobre su concepción del amor, Justina se promete con un pretendiente y se casa, con lo que la novela se cierra, precisamente, la noche de bodas. Para mi gusto, como lector asiduo de nuestros clásicos, las páginas en las que Justina desarrolla su concepción del amor deberían formar parte de las analectas de nuestra literatura:
            Así como en un cuerpo humano vemos que su hermosura no consiste toda en ojos, que es fuera ser el hombre puente, ni toda en pies, que eso fuera ser copla, ni toda en brazos, que eso fuera ser mar, ni toda en manos, que fuera ser papel, sino que también requiere la hermosura que haya uñas, cejas, cabellos, vello y otros excrementos, así el conocer el honor de haber sido pretendida no consiste en que se conozcan los amantes admitidos tanto cuanto en que se conozcan los desechados, que son como excrementados. Estos han de honrar mi historia.
        Estos desechados honran a las damas como espina a flor, como cabeza de tirano a pies de capitán, como cautivo acoyundado en carro de triunfo. Y créeme que pudiera hacer una historia entera de los varios sucesos que en mi breve doncellez me sucedieron, porque no hay duda sino que una moza, después que se embarca en el propósito de casar, es navío que compite con todos los vientos, derechos y traveses, altos y bajos, mansos y furiosos, y aun es como roca o muro de junto a mar, donde son tan frecuentes las olas, que por instantes unas a otras se van siguiendo el alcance hasta que mansamente se quebrantan en la ribera, roca o playa arenosa; sino que hay olas que para ser apacibles es necesario que no salgan de madre. Quédese ansí. Sólo haré, en general, alarde de mis aventureros pretendientes, porque decir en particular de todos fuera reducir a cuenta los átomos del sol, las estrellas del cielo, las gotas del mar y los mínimos de las cosas cuantiosas y continuas y los juramentos falsos de los mercaderes
Unos de mis pretendientes ponían la gala en mostrarse graves, por parecerles que yo tenía algunas avenidas de toldo y entono grave. Estos pasaban por mi calle tan llenos de este almidón y tan embutidos de juiciazo, que parecían unos senadores de Atenas. De estos me reía yo mucho, considerando su corto entendimiento, pues no veían que el fuego corporal de las minas quita la gravedad a las rocas y peñas y las levanta desde lo ínfimo hasta la torre de Eolo, aligerando su peso, y ellos, siendo de pluma, presumen que el fuego interior de su amor los vuelve en piedras, peñas y rocas de gran peso.
No creo amor tan de a pie quedo, que es amor peñasquino, amor que para cuerdo es loco y para loco es cuerdo. No creo al amor, si ese es amor. Eso fuera creer que el amor sólo por bien parecer tiene saetas ligeras en las manos y en el cuerpo voladoras alas, y fuera pensar que el fuego enfría y el agua seca. No creo en el amor si ese es amor.
Otros daban en quererme enamorar por galas, y estos ponían todo su fin en ir muy bien entablados e espalda, a puro papel y engrudo; sobrepuestos de pantorrilla, a puro embutir calzas estofadas; asentados de planta, a cota de tacón delantero; borneadizos de empeña, a puro torcedor; y sobre todo descontentadizos de cuello, yendo siempre tomando el somorgujo hacia dentro, y finalmente, nunca contentos del asiento del vestido. Allí vi ser verdad que una de las necedades que están en la lista de España es que el galán español siempre se anda vistiendo. Mas no creo en amor, si este es amor, si no es que pensemos haber sido acaso el pintar al amor desnudo y como niño que no se sabe ni puede vestir. Al amante de veras no le ha de sobrar tanto tiempo para acordarse de su vestido, ni ha de ser su amor tan garrapato, que se quede en el vestido del mismo amante sin salir afuera. Eso llamo yo ser Narcisos de sí mismos y no amantes de sus pretendidas. Es su amor fuego de tan poca fuerza, que los enciende por de fuera, como a ungidos con agua ardiente, y por dentro los deja fríos. Estos son amantes de entre cuero y carne, requebradores de boca y de estómago y aun estomagadores de boca.
Otros daban en representarse enamoradísimos y derretidos. Estos iban por la calle como absortos y asustados, haciendo de su corazón Vulcano, y de su frente cielo, y de sus ojos rayos con que abrasar mi casa y persona. Y si les parecía no tan a propósito este ensayo, luego que me vían, mudaban figura, trocando sus guiños locos en un mirar piadoso y tierno, y con él iban mansamente repasando el espejo de mis ojos, y al trasponer de la calle, se cosían como pulpos a un cantón, tan sesgos y enteros como si hubieran venido por cuerda como cohetes. Y si acaso yo al descuido les daba una onza de mírame Miguel, allí era el alcachofar el alma y regraciar mi vista con tanto del meneo, que parecían sus rostros colas de mula rabona, ya ojialegres, ya elevados, ya hacia un lado, ya hacia el otro. Aún destos me reía más, y no creo en amor, si este es amor. Amor que, antes de llegar a su punto, representa los extremos de su última perfección, es como camuesa que sin estar madura huele y está amarilla; amor que sale primero a los ojos y a los meneos que a las manos, no creo en él; manos muertas y ojos vivos es imaginación y quimera de amor. Si con este éxtasis de contemplación tuvieran obras realengas, era entrar por camino real, mas esotras veredas no las conozco. Reniego del amor, si ese es amor. Creer que en mirar ventanas echa el amor su caudal es creer que sin fundamento pintaron amor con los ojos vendados. Es risa pensar que está atenido el amor a mírame Miguel. No creo en amor, si ese es amor. El amor chapado cierra los ojos y abre los puños, encarcela la lengua y desataca la bolsa; en fin, es calentura que tiene el pulso en las manos.
                 (…)
¡Oh, ignorantes, que pensáis que las damas viven de valentías y roldanajes! Eso es no saber que Cupido jamás ciñó espada ni daga, ni embrazó adarga ni escudo, ni empuñó lanza ni chuzo, ni jugo montante ni alabarda. Son dos cosas entre sí muy diferentes cursar valentía y profesar amor, que lo uno vive en el alma y es huésped del cuerpo, y lo otro vive en  el cuerpo y solo tiene por mesonera al alma. Es el amor humano, si está en posesión, noble, ahidalgado, manso, apacible, quieto, asentado y reposado. Pero la fiereza y braveza es rigurosa, avara inquieta, impaciente, tirana, espantosa y formidable. De donde saco que quien lleva el amor por estos cerros no conoce qué es amor, o es su amor cerril, que no puede se domado menos que con albarda, y aún.
Ya quiero callar pretendientes de otras sectas por no hacer letanía de erradores. Callo los donaires que me decían algunos, tan fríos, que al llegar a mi ventana se volvían calamocos o pinganillos. No digo de los michos billetes, que fueron en tanto número, que no se hacía empanada en el pueblo que no se sentase sobre ellos ni rueca de vieja que se enmitrase con un rocadero hecho dellos. Una moza tenía que ganó muchos ochavos a engrudar papel de estraza aforado en billete, y a cuarto el rocadero rayado con bermellón hecho de teja.
¿Qué diré de las músicas zorreras con que me hacían tornar a la memoria el olor el requieliternam con que me sahumaron en el entierro de Rioseco?  Pues, ¿qué si contara los pretendientes rústicos que con su humilde bucólica aspiraban a la pretensión y cátedra de la pobre mesoneruela? Fuera un juicio contarlos. Mal digo fuera un juicio, antes fuera una gran locura. ¿Qué cuenta ni qué cuento he yo de hacer de amadores de estómago, indigestos de bolsa, mancos de manos, que piensan conquistar la torre de un corazón atacando el arcabuz de sólo papel de billete y pólvora de apariencias? Si no hay cosa que vale, no vale nada, y es tirar sin balo, que por eso se dijo: “Quien dispara sin bala nunca mata”. Tales amantes, ni los creo ni los quiero.
¿Saben a qué los comparo yo estos amantes campanudos que hacen apariencia y no ofrecen? Parécenme que son como afinadores de órganos que el templan y no le tocan; son como hombres de reloj, que amagan a quebrar la campana y sólo la hacen sonar; son como truenos, que hacen ruido y nunca daño; son como fuego, que guisa lo que no come; son, finalmente, como parras locas, que todo es hoja y el fruto no es ninguno. ¿De qué sirven accidentes sin sustancia, pumas sin carne, paja sin grano, apariencias sin verdad? Es disparate pensar que esto puede satisfacer a una mujer. Tal amor, no le creo ni le quiero.
Sí que a las damas las despierta el gusto, pero luego se queda como pulso de desahuciado. Es el dinero el plus ultra con quien todo crece y pasa adelante. Gustaos las amas que haya pasajeros por nuestra puerta, que no es buen bodegón donde no cursan muchos. Pero no es ese el finis terrae, que ya la gallardía, gravedad, señorío –y aun el gusto y el amor-, por pragmática usual se ha reducido a sólo el dar. Decía un licenciado soleta, mi amigo, que se halló en la batalla gramatical en que salieron muchos verbos con las narices cortadas, que el amor se declina por sólo dos casos, conviene a saber: dativo y genitivo. El primero por antes de casarse y el segundo por postre. ¡El diablo soy, que hasta los nominativos se me encajaron! [Las negritas son mías]
En conclusión, que La pícara Justina es una obra no apta para todos los paladares, aunque ninguna lengua habrá que no saque de ella extremado gusto y placer. Insisto en que el tiempo y las circunstancias históricas y literarias en que nació la novela condicionan la lectura actual. Al lector de nuestros días, hecho, en la mayor parte, a las exigencias rítmicas de la trepidante sucesión de episodios de los best-sellers, es indudable que la novela le parecerá morosa hasta el aburrimiento y críptica hasta la indignación, convirtiéndose las más de las veces en un ejercicio de consulta de las notas a pie de página, ¡benditas sean!, repito, y del léxico inserto, ¡en buena hora!, insisto, al final de la obra. Me disgusta que un clásico como éste no forme parte del listado de lecturas imprescindibles de aquellos siglos, pero el apasionamiento no puede cegarnos a la hora de considerar el abismo estético y temático que hay entre La pícara Justina y D.Quijote, por ejemplo, o, sin ir más allá, el modelo del que se reclama heredera: Guzmán de Alfarache. Hay en Mateo Alemán un poder narrativo que no hallamos en Justina, pero, y ese es el objetivo de mi reflexión, hay en Justina una creatividad, aun dentro del molde picaresco,  del que carecen la mayoría de las novedades recientes de nuestra literatura. La estructura metaliteraria de la obra, por ejemplo, deja pequeñísimas esas novelas contemporáneas en las que sus autores confiesan que han “reflexionado sobre el propio género” y superfluidades semejantes. Frente a esas obras, es evidente que La pícara Justina tiene mucho que enseñar a muchos aspirantes a consagrados, lecciones que, sin duda hemos aprendido cuantos artistas desencajados habitamos extramuros de la podrida República de las Letras.
A modo de generosa propina, extracto a continuación algunas de  las perlas con que a cada página se entretiene el lector agradecido:
Usos coloquiales:
 1. Padecí cochura por hermosura. 2. No hay mejor perro que sobra de mesonero.3.Sin Baco y sin Ceres son de sobra gustos, juegos y mujeres.[traducción del aforismo de Terencio: sine Cerere et Libero friget Venus]. 4. Quien no trae soga, de sed se ahoga. 5. ¿Qué burla puede medrar donde el secreto se extiende más de a dos? 6. Sabe más una mujer en la cama que un estudiante en la universidad deshojándose. Es nuestra ciencia natural, y por tanto las ciencias de acarreo son de sobra. 7. El toro y el vergonzoso poco paran en el coso. 8. Cuando corre la ventura, las aguas son truchas. 9. El águila cuando se remoza se despide de ser vieja. 10.  No hay mejor perro que sombra de mesonero. 19. Cada loco con su tema y cada llaga con su postema”. 20. En consejo de bellacos, razonamiento de trapos. 21. Quien tiene tejado de birlo, no es bien bolee al del vecino.
Agudezas:
1. El sueño es loco; si da en seguir, no hay quien le eche a palos, y si da en huir, no hay traerle con maromas. 2. La guerra y la paz de las mujeres anda presa con puntas de alfileres. 3. Fue la causa del tripularme y del engaño esta negra habla española, que después que hay sermones impresos en romance, da de sí más que unto de anguila. 4. Los bobos son de muchos provechos para un discreto. Un bobo picado y enojado sirve de truhán; mandado, sirve de burro; despachado, sirve de posta; y a mí me sirvió éste de todo esto y de sombra de hombre, por ser, como era, hombre de sombra*. [*Hombre de sombra: espantadizo.] 5. Esto de decir gracias, si no cae en manos de discretos, es retozar a coces. 6. No alabo el parlar mucho, que bien sé que es gran mal; bien sé que es resolver el alma en aire y dar la llave del castillo al enemigo (Dios nos libre y nos guarde), y que contiene otros mil males que la lengua los calle por no escupirse a los ojos; mas lo que vitupero es que se tenga por grandeza y blasón decir que uno no hace lo que no sabe y que sepa callar quien no sabe hablar 7. Ya yo sabía que la ausencia aumenta los regalos de boca y apoca los de obra, que por eso pintan a la ausencia con la lengua de fuera y las manos cortadas. 8. Quiso vengarse, no con piedras, sino poniendo en la honda de su lengua (…) crudas e indigestas razones. 9. Como el odio es fuego, si una vez mina el alma, crece, y cuando más no puede, revienta. 9. Quien dijo hermano, dijo herir con la mano. 10. Cobrar deudas es busca ruidos y descubre verdades. 11. En las mujeres las pasiones de amor no sólo son, como dijo el otro, reposadas y raposadas, sino son lentas y amortiguadas. 12. El tiempo, aunque es todo locura, todo lo cura.  13. No hay perdición ni libertad cuyo principio y fomento no sea la demasiada parlería. 14. Cada cual enseña lo que sabe, aunque no todos saben lo que enseñan. 15. El ánima de un ladrón es de casta de agua de pozo, que no sale sin soga. 16. Bien dicen que la apretura y estrecha en que se ve un entendimiento es la rueda en que cobra filos. 17. El gusto es el corazón de la vida. 18. El gusto es el corazón de la vida. 18. El hombre solo y con mujer fue simbolizado en un nogal junto a la hortaliza, la cual con su sombra se enflaquece y con sus nueces se deshace. 19. ¿Hay cosa más fácil que dejar de hacer lo imposible?





sábado, 29 de septiembre de 2012

Horacio visitado



        Un joven poeta se acerca a Horacio

Con atrevimiento de indocto e iletrado, el joven poeta abre, también con emoción, y no sin cierta solemnidad el volumen de las Odas y Épodos de Horacio. [Edición bilingüe de Manuel Fernández Galiano y Vicente Cristóbal. CATEDRA. Letra Universales]. Son palabras mayores, le dicta la tradición, y ese es el horizonte de su ambición.
Es tan intensa su ansiedad que ni siquiera se detendrá en la Introducción académica, donde quizás le sirviera de consuelo saber que Horacio fue un poeta incomprendido y desdeñado en sus días, si bien él siempre supo que su nombre acabaría inscrito en los muy a menudo sorprendentes anales de la posteridad.
No le anima al joven poeta ningún insensato propósito comparativo, porque entiende que entre los modos de decir y de sentir de entonces y de hoy se abre el abismo que le permitirá, si se diera, mitigar el desengaño o, como espera, celebrar el hallazgo del en exceso postergado conocimiento.
¿Qué busca, así pues, en el renombrado poeta romano, en el peso pesado de aquellas letras de las que extrajo Luis de León la dulce veta sonora de su austeridad?  Lo primero, cubrir una de las cien mil lagunas bajo cuyas aguas trata, en vano inundado, de disimular su precaria formación. Lo segundo, acarrear versos de relumbrón con que vestir el santo desnudo de su devoción poética: ninguna cita más llena de sol que la del clásico, sea el recóndito o el ofrecido en peana a la admiración diacrónica de los sectarios de la lectura. Lo tercero, recibir el estímulo de la voz canónica para su nuevo impulso poético, para el poemario futuro cuya clasicidad combatirá el prosaico aliento del son  sincrónico de la experiencia en que se ha asfixiado hasta hoy mismo, como en un sueño inclemente entre los cuadros de Hopper.
Con la lectura de Horacio pretende apartarse del desaliento y de la envenenada maldición del silencio, de la sequedad espiritual en que lo dejó la pérdida del aliento poético. Un mal día la página en blanco perdió su condición de sendero y allí, frente a ella, quedó el joven poeta, sorprendido entre interrogantes y con las exclamaciones abatidas a sus pies, cansadas de ser puertas batientes de la nada.
No se puede querer ser poeta. Y más disparatado aún es creer que hay un canon de obligada lectura para el aspirante, para el anhelante. No existe, por otro lado, la vana ficción del poeta intonso; ni las imágenes o metáforas surgen ex nihilo. Es secreta alquimia, sin duda, la que, como la benéfica atutia de los hornos de cerámica, deja en el poeta el poso de lo vivido, de lo leído: ¡hipóstasis perfecta!, que es, al cabo, su voz de paso. Es el poeta el primer sorprendido de sí, y el más ineficaz hermeneuta de sí mismo.
El joven poeta no ignora que las leyes poéticas latinas, con la cantidad como piedra ancilar de su construcción, son una exigencia que se aparta, como las galaxias del big bang, de su limitado versolibrismo. Homero se ajusta a la tejné como un acreditado artesano, mientras que el joven poeta siempre ha considerado el laberinto acentual de los versos como una coraza reichiana. Está deseando comprobar si la estrecha cárcel compositiva del romano libera más poesía que la espaciosísima libertad poética total de Vicente Aleixandre, por ejemplo. Ese, si acaso, es el único reto que anima su morosa lectura, su rito devoto, porque se reconoce feligrés de la religión poética en cuyo altar se representa la siempre nueva ceremonia de la pasión.
El joven poeta se adentra en la voz horaciana y lo primero que le sorprende es el uso constante y cansino de la adjetivación, posterior y anterior: eras líbicas, fortuna atálica, ponto mirtoo, bajel ciprio, olas icarias, lira lesboa, augur Apolo, riente Ericina, sabina ánfora, férvido piélago, cruda Prosérpina, sículas vacadas, afra purpura, veraz Parca, pingüe Frigia, caleno podón, verde lagarto, negras cuitas, pérfido enemigo, pingüe Forento, hoz bantina, ígneas sedes, ardua pobreza, áspero león, profano vulgo, espontáneo bálago, ciegos azares…, una nutrida lista en la que no le costaría reconocer la copia que de él hicieron no pocos clásicos –al menos los pocos que él ha leído- y que tanto distancian esa voz pomposa y solemne de la naturalidad de dicción que él ha buscado siempre para su propia poesía, la misma que iniciara la dulzura del Garcilaso de verme morir entre memorias triste o del echado está por tierra el fundamento/que mi vivir cansado sostenía.
Entiende el joven poeta que hay en ese proceso adjetivador un eco del argumento de autoridad, y la imitación forzosa de Homero: aquello que ha sancionado la tradición opera como el certificado de denominación de origen. Las innovaciones, de haberlas, dentro de un orden. Así parece actuar Horacio.
Le sorprende a nuestro poeta el retorcimiento sintáctico al que tan inclinado es el poeta romano, una construcción sintáctica en la que halla eco de los intestinales hipérbatos gongorinos, aunque le parece incongruente, a primera lectura, relacionar a Horacio con Góngora como si uno aspirara a la luz y el otro a las tópicas sombras luciferinas que durante tanto tiempo lo condenaron al ostracismo por ilegible e ininteligible, hasta que el buen Dámaso lo rescató del Orco… Y ríe si alguien se angustia mas, un mortal siendo, de lo debido; Las danzas jónicas de aprender la precoz doncella gusta y, experta en artificios, pronto empieza, ya desde la misma niñez, a proyectar torpes amores y luego amantes jóvenes se busca mientras bebe el marido y ni aun elige ilícito galán que a oscuras y a toda prisa disfrute de ella, mas se levanta ante su esposo cómplice si la llama el viajante o capitán de nave hispana que más alto el precio ponga de su deshonra.
Ese proceder tortuoso de la sintaxis del vate aleja al joven poeta de unos versos en los que, no sin razón ni justificada dureza de oído, no halla nada a lo que asentir (según lo estipula Bousoño): ¿Un soldado de Craso pudo esposo /degenerado ser de mujer bárbara/ y, oh, senado y monstruosos usos,/ conmilitón el Marso y Ápulo/ de hostiles suegros bajo algún rey medo/ sin respetar anciles, nombre, toga,/ ni a la eterna Vesta y todo ello/ mientras subsiste con Roma Jove?
Sigue leyendo con paciencia nuestro joven poeta, y con perseverancia. Sabe que no puede rendirse al reto apenas el texto se le ha opacado de manera que la información referencial mínima exija las notas que los editores, perezosos ellos, ¡siendo dos!, han obviado con un desparpajo que en modo alguno cubre la laguna una introducción brevísima a cada Oda y Épodo, comentarios muy generales, salvo el tipo de verso empleado, que en modo alguno satisface la curiosidad lectora mínima de quien escoge un clásico, sea cual sea la estación del año. El joven poeta ignora que con razón se quejó Menéndez Pelayo, ¡el mayor prodigio laboral de la Historia de la erudición universal!, de que a Horacio se le haya traducido siempre tan mal que no se pueden leer seguidas dos páginas sin dormitar y sin dejar caer el libro de las manos.
Venciendo esa tentación, porque el joven poeta quiere hallar a toda costa cualquier destello poético que justifique su empeño lector, se pregunta, porque solo por esa razón ha adquirido una edición bilingüe, como la que compro de Catulo el año pasado,cuál será el misterio poético de la lengua latina, misterio perdido, a todas luces, en la traducción. Lee con respeto la lengua de las divinas palabras y cree hallar una cierta música solemne en los versos bimembres:
                 Fecunda culpae saecula nuptias
                 Primim inquinavere et genus et domos;
                 Hoc fonte drivata clades
                 In patriam populumque fluxit.

                 Motud doceri gaudet Ionicos
                 Matura virgo et fingitu artbus
                 Iam nunc et incestos aores
                 De tenero meditatur ungui;

Aunque sabe que una lectura acentual es imposible, y que se deja llevar por la sonoridad de repiquete de las lenguas vulgares. Intuye, con todo, en esa sequedad léxica un reto espacial que torpemente los hipérbatos y los epítetos quieren reproducir en nuestra lengua.
Le cuesta al joven poeta entrar en el mundo horaciano y en la mentalidad acomodaticia del viejo poeta, tan pronto celoso de su mundo chico como inopinadamente altavoz de los padres de la patria y defensor de la religión tradicional. Hay cierto universales morales que, leídos en Horacio, añadirán una pátina erudita a su persona, de la que, dadas sus muchas ignorancias, se cuidará muy mucho de hacer ostentación:

                 No hay cumbres para el humano;
                 Nuestra insensatez busca el cielo y nuestro
                 Crimen a Jove no deja
                 que jamás deponga su iracundo rayo.
Lee, después,  con cierta desazón el tópico del carpe diem en una composición en asclepiadeos mayores que propiamente pueden considerarse prosa poética:

No investigo, pues no es lícito, Leucónoe, el fin que ni a mi
Ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
No te entregues. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
Que destroza al mar Tirreno contra las rocas, prudente
Sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza
Contén. Mientras hablo, el tiempo celoso habrá ya escapado:
Goza del día y no jures que otro igual vendrá después.

Más cerca se halla, expresivamente, de alguna queja celosa del poeta:

Y me enardecen tus blancos
Hombros lacerad por ebrias querellas
O en labio la señal
Visible del diente del furioso mozo.
No esperes, si oírme quieres,
Que ha de ser constante quien bárbaro daña
La dulce boca que Venus
Con la quintaesencia bañó de su néctar.
Felices una y mil veces
Los que siempre unidos sin viciosa pugnas
Están a quienes amor
Hasta el postrer día no separará.

Y retiene, con delectación, la imagen de los hombros lacerados por ebria querellas, y se dice que así le gustaría que le fluyera a él la voz poética.
Le atrae y repele a un tiempo, al joven poeta,  la despiadada, franca y delicada expresión del cazador que acosa a su presa, aún tierna para el complejo goce amoroso:


                 Me andas, Cloe, evitando como el cervatillo
                 Que a su temerosa madre en extraviados
                 Montes busca con vano
                 Miedo al bosque y a las brisas.
                 Si la primavera llega movedizas
                 Fronda agitando, si el verde lagarto
                 Se mueve entre las zarzas,
                 Tiemblan tus rodillas y ánimo.
                 Mas ni fiero tigre ni gétulo león
                 Soy que te destroce: no sigas corriendo
                 Tras tu madre, que estás
                 En sazón ya para el hombre.   

Si bien, desde su ignorancia supina, le parece que ha obrado con no poca libertad el traductor al verter los dos últimos versos: tandem desine matrem/tempestiva sequi viro.
Hay, en el orondo poeta Flaco, una propensión a ridiculizar los ardores sexuales de la vejez y, con mano descarnada, hunde la pluma en la más espesa de las tintas, revelando una crueldad que se manifiesta, aún con acentos más acerbos en los épodos, que acaso compiten con los de Catulo de tú a tú:
                 Serás, en cambio, pobre vieja que ante
                 Las arrogancias llore del rufián
                 Sola en el callejón cuando enloquezcan
                 Los vientos tracias
                 En la noche sin luna y un deseo
                 Como aquel de las treguas furor cause
                 A tu hígado ulcerado por quemarte
                 Amor y gimas
                 Porque la alegre juventud prefiere
                 El mirto oscuro y la verdeante yedra
                 Y al Euro, compañera del invierno,
                 Da la hojarasca.

Con todo, el deseo de las yeguas, la noche sin luna y el mirto oscuro y la verdeante yedra le llevan, sin cita exacta, y salvando las distancias, al decir lorquiano y a su pasión flamenca y equinada.
Sin duda es el acento austero, la conformidad con lo mínimo sin zozobras, lo que le parece al joven poeta lo más actual de Horacio, sobre todo en tiempos de crisis en que tanto sufren quienes han visto podadas sus ambiciones y son incapaces de hallar ningún consuelo en la moderación. No asiente, sin embargo, a la evolución conservadora del poeta, a su aburguesamiento con que rinde su pluma al enaltecimiento de dioses y próceres.
Hay, en la elogiada áurea mediocridad de Horacio resabios de prudencia y escarmiento, con sus gotas de inevitable cobardía. La doctrina conservadora del bien cierto, en aquellos tiempos turbulentos, como lo son los nuestros, destila la sabiduría del que rehuye la aventura, el riesgo, si en ellos suele ir la vida:
                 Quien la mediocridad áurea prefiera,
                 Abrigado, más libre está del sórdido
                 Techo ruinoso y sobrio a la envidiable
                 Sala renuncia.
                         (…)
                 Sé valiente en lo adverso y animoso,
                 Pero recoger vela sabiamente
                 Debes si demasiado favorable
                 Soplare el viento.

La presencia del mito en la poesía horaciana distancia del deleite al joven peta, poco dado a las expansiones religiosas ni a pagar peajes a santoral ninguno. Entiende que no se podía entender entones la vida sin la omnipresencia de los dioses ni un culto al que Horacio fue un tiempo ajeno, pero la frialdad nominativa de tantísimos versos suyos le deja un regusto de salmodia y de listín telefónico incompatible con su acendrada sensualidad:
                 Mas ¿qué pudo Tifeo, qué Mimante
                 El fuerte o Porfirión con su amenaza,
                 Qué Reto, que Encélado, audaz
                 Lanzador de árboles desarraigados
                 En su pugna con Palas y con su égida
                 Resonante? Vulcano allí luchaba
Animoso y la madre Juno
Y quien de su hombro jamás el arco
Separará e que lava su melena
Suelta en Castalia con pura agua y rige
Las breñas de Licia y el bosque
Nativo, Apolo delio y patáreo.
La furrza sin cordura abajo viénese…

Vis consili expers mole ruit sua, retiene el joven poeta como aforismo de los que escasean en el vate romano, si imprudentemente comparado con autores como su amigo Virgilio o el filósofo Marco Aurelio, buen proveedor de ellos, siguiendo a Epícteto. Paulum sepultae distat inrtiae celata virtus: “Poco de la escondida cobardía dista el valor oculto”, es  otro de los aforismos que se añade al anterior para su exiguo florilegio. Y aun a ellos añade dos más: dulce et decorum est pro patria mori (“Dulce y *decoroso es morir por la patria”) y Virtus repulsae nescia sordidae (“La virtud no sabe de fracasos sórdidos”), ambos fieles representantes de la poesía virtuosa y cívica que también cultivó Horacio, autor del Carmen saeculare, pluma política que alabó a Augusto, su verdadero Mecenas, el que convenía con el juicio crítico que de sí mismo formuló Horacio cuando escribió que había escrito una obra más perenne que el bronce, verso con el que construyó Unamuno su elogio de la durabilidad de la palabra escrita.
Son, tales aforismos, destellos de una veta moral que Horacio sabe conjugar con su hedonismo y su aceptación de la vida sencilla, sin que rechine el conjunto:

                 No llamarás dichoso con justicia
                 Al que mucho  posee, mas a aquel
                 Que usar de los dones divinos
                 Sensatamente sabe, la dura
                 Pobreza sobrelleva, el deshonor
                 Peor estima que la muerte misma
                 Y no teme entregar la vida
                 Por sus amigos o por su patria.

Comparte radicalmente el joven poeta la exigencia eutrapélica que plantea Horacio para tener una vida llena; un imperativo categórico que procede ya de los viejos proverbios griegos y de los aforismos de Menandro. Dulce est desipere in loco: “dulce es delirar a tiempo”, escribe Horacio para coronar una fresca invitación al placer de vivir, y de ahí se reprodujo en los innumerables “elogios de la locura” que no pudieron vencer al más importante de todos ellos, el de Erasmo de Rotterdam.

                 Deja las demoras y el afán de lucro:
Piensa, ahora que puedes, en las negras llamas
Y un poco en tu espíritu de locura mete:
Dulce es delirar a tiempo.

Al fin y al cabo, ¿qué podría esperarse del creador de esa Oda tan extraordinaria cuyas dos primeras palabras Beatus ille, han devenido lugar exotérico y al que cualquier poeta, el joven nuestro, o el viejo ajeno, de cualesquiera edades, deben rendir pleitesía siquiera fuera por ser la inspiradora de la Canción a la vida solitaria de Luis de León? Sin embargo, Horacio acertó mejor en la expresión de su ideal de la vida retirada en la oda 29 de su libro tercero:
        Mas la dvinidad prudente cubre
        El futuro de niebla y ríe si alguien
        Se angustia más, un mortal siendo,
        De lo debido. Piensa tan solo
        En moderar sereno cuanto ocurra;
        Lo demás fluye como río que ora
        Va al mar etrusco con tranquilo
        Curso, ora arrastra piedras roídas,
        Árboles descuajados, reses, casas,
        Todo revuelto entre el clamor del monte
        Y del bosque vecino cuando
        Fiero diluvio las aguas quietas
        Irrita. Gran dominio de sí mismo
        Y placidez l del que al fin del día
        Dice: “He vivido”.

Vixi, recuerda, de pronto, el joven poeta, es la clave semioculta de por qué es el viernes 17 el día de mal agüero para los romanos y, a través de ellos, para otros pueblos, porque XVII es anagrama de VIXI, he vivido, es decir, ya estoy muerto. Nada tiene que ver el anecdotario con la poesía, pero lo poético se extiende a todas las manifestaciones vitales: no hay a prioris poéticos.
De todo lo leído le ha llamado poderosamente la atención al joven poeta un verso no especialmente significativo pero sí suficientemente enigmático. Se trata de un verso de la oda 18 del libro tercero, dedicado a Fauno: Entre osados corderos vaga el lobo. Chocóle, claro está, la osadía de la adjetivación, que tanto cargaba la mano en el imposible de los corderos conscientes de ella, de la osadía. Al cotejar la traducción con el original, inter audaces lupus errat agnos, la perplejidad se hizo todopoderosa, porque aun en sentido figurado es mucho pedir que sean los corderos osados, y, sintácticamente, más complicado es olvidar que agnos es acusativo de un verbo transitivo inexistente en el verso. La perplejidad no solo asaltó al joven poeta, nada ducho en latines gramaticales y vitales, sino a no pocos de los traductores que  con el verso de marras se atrevieron. He aquí una reducida muestra de las traducciones que ha encontrado en el buscador de Google el joven poeta:
Javier de Burgos: Pace entre hambrientos lobos el corderillo manso.
Germán Salinas: El lobo anda entre los corderos libres de temor.
Urbano Campos S.I.: Andan juntos lobos y corderos.
Joaquín Arcadio Pagaza: Discurre el lobo con la oveja audace.
Se aprecia, así pues, y con meridiana claridad, que, si tantos problemas da un solo verso, casi imposible ha de ser dar por buena una traducción completa de sus odas.
El joven poeta no lamenta haber conseguido tan parva cosecha en los que se prometían fértiles campos horacianos, pero está convencido de que su enrevesada, epitética y virtuosa voz ha dejado en él la huella indeleble de la comunión con lo esencial: Ceres, Baco, el sobrio pasar y el justo medio donde la serenidad tiene su asiento.




miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado X



                  Hoy no tengo el día culto, la verdad.

     
  Después de aquellas excursiones materialistas, lo cierto es que no le quedaron al sujeto excesivas ganas de hacer las pertinentes al polo opuesto: el espíritu. Más allá, al menos, de hasta donde ya había llegado, que no era poca oscuridad. Pues si llegar a conocer la materia le acabó llevando a que ésta se le volviera una suerte de ficción energética; el laberíntico camino del conocimiento del ser y aledaños -el ser y la nada y el ser y el tiempo, fundamentalmente- ha constituido siempre una suerte de vereda de trampantojos encadenados de los que ha ido saliendo para caer en otros nuevos:
El individuo, en la estrecha medida en que le resulta posible evitar o provocar, se encuentra, de hecho, como mediación entre las exigencias de la totalidad material (y mediada por cada uno) y las de la totalidad restringida que es él mismo. Su ser-fuera-de-sí se vuelve lo esencial y, en la medida en que éste reencuentra su verdad en el seno de la totalidad práctico-inerte, este ser-fuera-de-sí disuelve en sí los caracteres de seudo interioridad que le había dado la apropiación. El individuo encuentra así su realidad en un objeto material aprehendido ante todo como totalidad interiorizante y que de hecho funciona como parte integrante de una totalidad exteriorizada; cuanto más se esfuerza por conservar y aumentar este objeto que es él mismo, más desvía el objeto al Otro en tanto que dependiente de todos los Otros, y el individuo como realidad práctica se determina más como inesencial en la soledad molecular, es decir, como un elemento mecánico.

¡Soledad molecular!  Mole de concentración con el culo sentado en duro asiento fue el sujeto en tantas y tantas horas de inmersión envuelta en la humareda tóxica de la pipa ad hoc. Por todo ello, no es de extrañar que, huyendo de ese ser que tan pronto se volvía un espejismo como se convertía en la turbia materia de los sueños, condujese sus pasos interesados y egoístas, a la par que angustiados por las espesas sombras en que el ser y la materia le habían dejado, hacia la elucidación del único instrumento del que podría valerse para luchar contra tan viscosa obscuridad: ¡la razón!
Al cabo, si las primeras palabras del dios de dioses, el del libro de libros, fueron: Hágase la luz, no es extraño que toda esa claridad genésica se le haya atribuido a la razón. Lo sorprendente, viéndolo ahora con la perspectiva que le da su decisión salvífica, es la escasísima intensidad de esa radiación luminosa y su casi absoluta incapacidad para comprenderse a sí misma: tanto en el plano formal del puro razonar, como en el material de su asiento: el cerebro, auténtico laberinto enigmático por cuyas vueltas y revueltas se suelen dar más patinazos que otra cosa.
Dudaba mucho el sujeto, con todo, de que la razón dialéctica -que es ciertamente una de esas razones que el corazón ni tiene ni entiende, pero con cuya autoridad hubo el sujeto de vérselas, por la época que le ha tocado vivir- le permitiera ir más allá de su propia definición, tan abstrusa:
La dialéctica es, pues, actividad totalizadora; no tiene más leyes que las reglas producidas por la totalización en curso y éstas evidentemente conciernen a las relaciones de la unificación con lo unificado, es decir, los modos de presencia eficaz del devenir totalizador a las partes totalizadas. Y el conocimiento, que es totalizador a su vez, es la totalización misma, en tanto que ésta está presente en determinadas estructuras parciales de un carácter determinado. Con otros términos, si hay presencia consciente de la totalización para sí misma, sólo puede ser en tanto que ésta es la actividad aún formal y sin rostro que se unifica sintéticamente, pero que unifica por la mediación de realidades diferenciadas que la encarnan eficazmente en tanto que se totalizan por el movimiento mismo del acto totalizador.
¿Está claro? Pues aun así, todo lo daba el sujeto -totalmente, claro- por bien empleado, si ello le permitía acceder a la posesión del estatuto de culto.
¡Posesión! Esa sí que era una palabra clave. La cultura vivida como una pertenencia, como un patrimonio que podría exhibir o poner a prueba -a duelo- ante los auténticos plutócratas de ella, caso de poder acceder a relacionarse con tan altas cimas del arte y del conocimiento, lo cual, afortunada o lamentablemente no llegó a producirse antes de su gozoso, ¡y un punto plúmbeo!, abandono de hoy.
De todos modos, no cree el sujeto que en su decisión haya influido la fantasía verosímil del ridículo espantoso que hubiera hecho al verse avergonzado y corrido por la implacable ironía corrosiva con que esos magnates de la alta cultura suelen alejar, fulminándolos, a los advenedizos pardillos y dehésicos.
En vida de su quimera ya hubo de sufrir lo suyo al tenérselas que ver con los simulacros de los mandarines, esos reflejos afectados y desustanciados cuya superficialidad corre pareja con su osadía, como para ahora agradecer de todo corazón que el destino marcara sus días con la ausencia de contacto con los originales -a algunos de los cuales, no obstante, también se les podría quitar la risa sibilina y heráldica para que acabaran ofreciendo, entonces, su auténtica cara de bacía.
El sujeto se prometió no dejarse arrastrar por las artes resentidas de Marchenoir, y lo suyo le ha costado detener el plumín que discurría a sus anchas por esos paisajes tétricos de sus intentonas,  poniendo de relieve su condición de decorado de la gran obra de la cultividad (se atreve a decir ahora con el valor transgresor que entonces nunca tuvo; tan imbuido como estaba del respeto religioso a la omnipotente deidad), cautiva de la arrogancia, la presunción y la elata asunción de su excepcionalidad de mirífica isla desafiante en el vastísimo océano de la mediocridad.
 En el medineo constante que fue su peripatético recorrido por esas selvas intrincadas y remotas, supo el sujeto de culo inquieto, anchas posaderas y rumiantes tragaderas que al conocimiento le gusta ocultarse –¿no dijo Heráclito lo mismo acerca de la realidad? El sujeto se resiste a hacer las comprobaciones de rigor, por pura coherencia y ahí lo deja, arrepentido ya de haber recaído en el viejo vicio tauromáquico-. Al conocimiento, decía el sujeto, le gusta aislarse, alejarse de la medianía, recluirse en pequeños cenobios, cavernas del desierto e incluso en el exiguo asiento de la columna donde el estilita se aísla por encima de lo contingente. El saber se vuelve sectario y sólo los elegidos pueden participar de él tras pagar el peaje de su sumisión. Saber es, muy a menudo, la necesidad de verse rodeado de  asentimientos especulares, a los que se les halaga la generosidad barroca del marco mientras reflejen, en eco agradecido, las rebeldes verdades reveladas. Todo se vuelve, entonces, un protocolo de consignas, contraseñas, reservas y fidelidades.

                            

viernes, 21 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado IX

                 Hoy no tengo el día culto, la verdad.


Tras los vértigos y las asfixias sufridas al ascender a las altas cimas filosóficas, quiso descender el sujeto a la humilde carnicería de la materia que llevan a cabo los físicos, aunque su ignorancia en esa disciplina corría pareja  con el desparpajo de su juvenil atrevimiento.
Y la ciencia, siempre tan agradecida, le proveyó de algunas claridades -la identificación entre materia y energía- y no pocas complejidades y perplejidades, porque las cuatro fuerzas que consideran (fuerte, electromagnética, débil y gravitatoria) las sintió de repente como si al unísono se hubieran cebado en él y quisieran reproducir en el interior de su propio cuerpo el Big Bang.
¡Qué entusiasmo el suyo cuando iba cobrando piezas reconocibles: el protón, el neutrón, el electrón y los quarks! ¡Qué desolación cuando en esos túneles carniceros con nombre de complejo vitamínico se seguía descuartizando la res! En las muchas capas de la cebolla de la realidad, el sujeto se detuvo cuando, preceptivamente arrasados los ojos en lágrimas, leyó:
De la misma forma que la teoría de la interacción débil apareció cuando estudiábamos los dobletes de sabor (el electrón y el neutrino son dos sabores leptónicos, por ejemplo), sería interesante preguntarse qué ocurriría al repetir el mismo juego con tripletes de color, por ejemplo:
( quark rojo )
( quark verde )
( quark azul ),

construyendo una teoría SU(3) con matrices 3X3.
El resultado es una teoría similar a la electrodinámica cuántica, pero basada en tres colores. En lugar de un fotón o los tres transmisores de la fuerza débil ( W+, W-, Z), encontramos ahora ocho transmisores de color “Agluones”. Esta teoría es precisamente la cromodinámica cuántica. Las teorías construidas por este procedimiento se denominan teorías gauge. Las interacciones electromag­nética y débil están descritas por teorías gauge U(1) y SU(2); la cromodinámica cuántica es una teoría gauge SU(3).
Esas lágrimas parecían sacarle del entendimiento, como las riadas erosionan los campos adyacentes al cauce de un río desmadrado, los bariones, los bosones -el W y el Z-, los hadrones, los mesones -el J ¡con su impagable quark encantado!-, los muones, los neutrinos, los piones y los úpsilon que, en aquel entonces, -¡y tan fugazmente como la vida de billones de espermatozoides!- llegó a saber qué significaban.
A día de hoy, el nada solemne de la clara -¡y parece que extensa!- declaración de su ambigua liberación, retirado ya de aquellos esfuerzos inadecuados a su naturaleza y a sus luces, ve el sujeto ese pedregoso camino energético como un descenso a la nada, la misma que debía circundar aquella bola incandescente, aquel óvulo hiperdenso que se desarrolló como por partenogénesis, si es que el Todo, sin la nada posible, lo era aquel punto preñado de tanto universo, el que ha dado a luz la materia y los abismos siderales que nos sobrecogen cuando contemplamos esa inacabable cabalgata fou de galaxias.

En cualquier caso, siempre le ha reconfortado al sujeto la solidez de las cosas, por más que, a pesar de la ciencia, siempre haya mantenido esa reserva literaria obligada de la cadena de soñadores borgiana (¡y excúlpesele -aunque mucho peca el fementido ya- por ese desliz absolutamente anacrónico!).



            

domingo, 16 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado VIII

          Hoy no tengo el día culto, la verdad.



Quedó dicho con anterioridad que esa línea fronteriza era la que separaba, sin pretender agotar las posibilidades, los territorios de la simplicidad y la complejidad; conceptos, éstos, que se han convertido, con el paso de los siglos, en el paradigma universal de la oposición de la que tratamos. Y se puso, para ilustrarla, un ejemplo cinematográfico. Pero a poco que ese impulso reflexivo tarde un poco en abandonarle como para que le dé tiempo a acabar esta confesión (¡qué tentación la de adjetivarla! El sujeto ha sabido resistirse y en eso advierte, al menos, que progresa), es indudable que a esa pareja mal avenida de lo simple y lo complejo ha de añadírsele su máscara, su persona: lo superficial y lo profundo.
!Ah, demoledor dicterio, el de la superficialidad! ¡Capaz de reducir el hombre a homúnculo y de levantar un muro de imposible escalo! ¡Cuántas veces no le habrá arrebolado el rostro a cualquiera ese escupitajo tan educado como viscoso! ¡Y qué imposible le resulta al aprendiz de culto -y ha de disculpársele de nuevo al sujeto que haya caído en ese reflejo contextual inconsciente de paratitulear a Dukas- no pasarse la vida sorteando esos bajíos en los que parezca que, indefectiblemente, haya de encallar el bajel de la culta piratería antes de llegar al sagrado donde compartir las innumerables riquezas de las que se hizo acopio en las trabajadas singladuras!
Lo profundo, sin embargo, ¡trisílabo dulcísimo!, siempre, paradójicamente, tan altivo y distante, ha sido la permanente aspiración, la meta final de las penalidades del aspirante a culto. ¡No hay embriaguez comparable a la posesión de ese elogio que, dicho de nosotros o de nuestras obras, nos suspende en un éxtasis transverberador del que, una vez conocida la perversa dulzura del dolor, jamás querríamos ya salir!
Los matices de uno y de otro, de lo superficial y de lo profundo, y su infinita gradación, permiten que entre la vergüenza y el éxtasis absolutos quepan muchos estados intermedios capaces de engatusar al aspirante para que persevere en su empeño y ni siquiera perciba la reconfortante, la reparadora sombra de la tentación del abandono que el sujeto está consumando en estas líneas liberadoras.
Y llama la atención que ni uno ni otro reciban la más mínima atención especulativa por parte de quienes, habiéndolos convertido en bandera de descalificación y apreciación respectiva­mente, se resisten a definirlos. ¡Enigmática y arbitraria justicia la que no consiente definición! Máxime cuando, desde la música hasta la pintura, pasando por el teatro, el cine, la novela e incluso la arquitectura, nada escapa a su casi inapelable poder sancionador.
Pero conviene salir de esas máscaras emblemáticas, fastas y nefastas, para ver más de cerca las piedras del infierno sobre las que se coció el sujeto antes de meterse en el pediluvio benefactor de estas líneas cuyas sales son muy otras de aquellas del ingenio que tanto se necesitaban para que las aspiraciones cultas no convirtieran las espiraciones en regüeldos.
La primera de ellas, y ha sido siempre, además, piedra de escándalo, es algo tan sencillo como la materia. Entre el ser y el no ser, ese dilema tan frío y principesco, siempre se ha interpuesto, para él, lo tangible, la materia. Y ha arado mucho el sujeto en ese campo ingrato, con toda suerte de aperos; pero, al cabo, parva ha sido la cosecha y de escasísimo calidad el grano. El señor Berkeley, en uno de los amenos diálogos entre Hilas y Filonús, escribió con convicción:
Yo no tengo razón alguna para creer en la existencia de la materia. No tengo una intuición inmediata de ella ni puedo inferir inmediatamente de mis sensaciones, ideas, nociones, acciones o pasiones, una substancia no pensante, ni percipiente e inactiva, ni por deducción probable ni por consecuencia necesaria.
Y eso a pesar de que los escolásticos reconocían hasta cuatro clases de materia: prima, comunis, sensibilis comunis y sensibilis individualis (alias materia signata); lo cual representaba un considerable adelanto respecto a la idea de Plotino de que La materia es un no ser; es sombra y oscuridad. Por si la aprehensión de lo tangible no se le complicaba demasiado al sujeto, no se le ocurrió otra idea más brillante que buscar la luz en el seno de un volumen cuyo título le pareció iluminador: Ensayos materialistas. En él halló, por el contrario, una bofetada de penumbra que ¡casi consiguió adelantar esta decisión de hoy en veinte años! El caso es que el sujeto, aunque maltrecho, sobrevivió -¡e incluso acabó todo el volumen!- a lo siguiente:

La Materia en cuanto en algún Género cósmico, es decir, en cuanto “M i”, como variable cuyo campo de valores no es otro sino {M1,M2,M3}, resulta así contextualizada por la propia Idea de materia regresivamente obtenida; o, si se prefiere, esta idea está contextualizada por la Materia cósmica (M i), en cuanto procede regresivamente de ella. Por ello, si continuamos sirviéndonos de los functores de la lógica de clases (no ya tanto referidos a las materialidades mismas cuanto a sus Ideas, por cuanto, como Ideas estas materialidades se comportan en gran medida como clases), estableceremos nuestro segundo postulado ontológico-crítico en estos términos:

(M i U M)                                                               [P.II]
que hacemos equivalente, por definición (en rigor, por simple desarrollo algebraico), a la siguiente expresión:
(M i U M) v (M 2 U M) v (M3 U M)                 [P.II=]
Adviértase que la expresión AM i “M” contiene, precisamente, la intención regresiva de la Idea “M”, respecto de los Géneros de Materialidad “M i” -por tanto, no puede confundirse con su recíproca (M < M i), de la que hablaremos largamente más tarde. Asimismo, tampoco cabe confundir [P.II=] con [P.I=], puesto que [P.II=] se limita a incluir, al menos, un Género de Materialidad en la idea de Materia, mientras que [P.I=] incluye, no a cada uno de los géneros, sino su suma lógica, en “E”, y recíprocamente. Lo indiscutible es que, ejercitativamente, [P.II=] supone [P.I=] y recíprocamente, pero cuando se supone la actividad “E”, en el sentido dicho -no así formalmente, “representativamen­te", “algebraicamente.”
¿Las claves? Las siguientes: M i = Mundo; E = Idea de la Materia; Ego ideológico y trascendental; M1, M2, M3 = Géneros de Materia. [ P.I= = [E <(M1 UM2UM3)] ^ [(M1 UM2UM3) < E] o, resumidamente, (E = M)] )
¡Bueno! ¡Menudo alivio le supuso poder salir de aquel bosque enigmático y ungirse de realidad al cerrar el volumen! Por más que el gusanillo de la materia se asomara una y otra vez por la corteza del pan de cebada, que es la etimología de masa (y vuélvasele a perdonar al sujeto esta licencia que aparece más como curiosidad que como conocimiento, no obstante) y le retara, descarado, a descubrir su fundamento.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado VII

           Hoy no tengo el día culto, la verdad.



La absoluta insensatez de su afán se manifestaba, sobre todo, en la necesidad que tenía de imponerse -o acaso simplemente de iniciarse- en cuantas más disciplinas mejor. En vez de que nada humano le fuera ajeno, aspiraba el sujeto a que ningún conocimiento le fuera ajeno. ¡Ay, demente! ¡Ay, infeliz! ¡Ay, confundido! ¡Ay, temerario! Ahí, a su juicio, al poco que le ha quedado sano, se originó esa sombra del desengaño que ha acabado por absorberle, hundiendo aquel afán en la espesa tiniebla de la locura.
El ideal del hombre renacentista, ducho en ciencias y letras, diestro en lanzas y pluma, fue un espejo en que absurdamente se miraba de continuo. Al cabo, las imágenes que ahora rescata son las de la impotencia y las vigilias esforzadas, amén de los pulmones encharcados de alquitrán. ¿Qué orgullo nefando le llevó a creer que uno, él, podría transitar con igual comodidad por la sociología de Weber, la bioquímica de El azar y la necesidad o la física de los grandes números?
Lo peor, lo infinitamente peor fue que, sin haberlo leído nunca -o mejor dicho, no habiendo querido hacerlo- había acabado por convertirse en la tercera pata del taburete que formaba con Bouvard y Pecuchet. De otro modo no se explica que su afán compulsivo le hubiera llevado a interesarse por la Dactiloscopia, la cría del canario, el Columela, la homilética, la antropometría oro-facial, la coprología clínica, la filatelia, el espiritismo de Allan Kardec, la quiromancia o la técnica del masaje..., si bien esto último ha contribuido lo suyo a la solidez de su vida de pareja, dicho sea de paso.
Lo que quiere resaltar, y eso lo comprenderán muy bien quienes hayan padecido el delirio que él padeció, es que la carta de naturaleza de persona culta ha ido aumentando los requisitos que permiten conseguirla a medida que la humanidad ha ido cumpliendo su aventura en el mundo. Se le ha ocurrido que podría decir progresando, pero la ingenuidad que está recobrando con su decisión no significa necesariamente estupidez.
Hasta ayer, propiamente, la lista de requisitos incluía disciplinas tan dispares y conocimientos tan diversos, que supone algo más que un compromiso el poder siquiera iniciarse en ellos para acreditar una pertenencia al club del que, sin poseerlos con conocimiento de causa y vasta extensión, es uno puesto de patitas en la calle sin mayores contemplaciones.
No solo se trata de que uno haya de haberse impuesto en el enciclopédico mundo del toreo, desde el popular Cossío hasta el selecto La música callada del toreo, de Bergamín; sino que, igualmente, uno ha de dar por fuerza en gastrónomo y enólogo, casi con condición de sumiller en este caso, y de artista nutroestético de los fogones en el otro. Antes, no obstante, se ha de haber pasado por la antropología del alimento en el imprescindible Harris y otros menos populares.
La imposibilidad de dominar cuantas disciplinas le intitularían de culto si lograba acreditar tal dominio ha contribuido no poco a su decisión. Al principio pensaba que se trataba de una decisión vergonzante, y ahora, al final -este dilatado final de su catártica, de su exculpadora reflexión- considera que se trata de una decisión higiénica y, por supuesto, saludable.
Ello no quiere decir que estas líneas se alumbren desde un ánimo despreciativo hacia cuanto constituyó su vida y sabe que es la vida de buena parte de sus amistades y conocidos, por más que ellos se le representan ahora como esforzados ilusos que intentan sobrevolar la mediocridad en la que, no sin cierta inevitable prevención, ha plantado él sus reales; o en donde quizás nunca había dejado de tener un pie bien firme. Experimenta el sujeto una viva compasión por esos héroes esforzados en mantenerse, asiéndose por sus propios cabellos, sin que la hediondez de lo común les salpique, dos palmos por encima de la masa, unos, y varios quilómetros otros, que muy distintos son los vuelos de cada cual en ese cielo infinito en el que la condición de culto parece alejarse más cuanto mayor es el esfuerzo por alcanzarla.
Le sucede, al mirar hacia atrás, hacia aquel esfuerzo inverosímil, que los detentadores del estatuto de cultos le parecen ya pobres almas extraviadas -cegadas por la lucidez-, ya despóticos clasistas inmisericordes en cuya compañía le parece del todo razonable que sea una insensatez -la insensatez- querer estar.
Se vislumbra en la reflexión anterior una cuestión ética en la que, fiel a su decisión, se resiste el sujeto a entrar; pues no deja de ser bien sabido que, en las postrimerías del siglo, el cumplido dominio -teórico, por descontado- de la ética es uno de esos signos distintivos del paradigma de lo culto.
En todo caso, entre la compasión y el desprecio quizás lo único indicado sea la indiferencia, aunque no responde el sujeto de cómo pueda respirar, la verdad, pues lo hace por la herida; y no sería extraño que el rencor destilara algunas gotas de su ácido, ni tampoco que el amor las intentara dulcificar. De su natural es el sujeto fronterizo, como su decisión. Y esa doble cara de Jano -hoy más que nunca mirando hacia el pasado y hacia el mañana- no puede dejar de sintetizar sus miradas en la de este hoy enigmático y ambiguamente auroral.