sábado, 19 de mayo de 2012
Por atajos y de antojos...
sábado, 12 de mayo de 2012
Los arrabales del saber
domingo, 29 de abril de 2012
Receta para escribir una novela mittleeuropea como migas: "Los hermanos Tanner", de Robert Walser.
viernes, 20 de abril de 2012
Nos acercamos a la gran feria de la casposa vanidad, la del San Jorge matadracenas, porque en festividad de origen tan machista, a ellas la flor, a ellos la cultura, no creo que San Jorge, aunque sea homófobo, casi como cualquier santo, matara dragones. Horrorizados por el contacto con sus lectores reales, los firmantes exitosos pensarán si no se han equivocado de oficio o de registro. La gran fiesta del día de los aléxicos (nada que ver, para los ignaros, con hipocorísticos de Alejandro) es el día del gran sainete de la mesopseudocultura. Felices y felizas desfilarán las hordas rituales con su cuarto, medio, tres cuartos o la resma entera de palabras con que entretener sus horas, las que nunca encontrarán para abrir la cubierta del libro y adentrarse en la lectura. San Jorge es el día en que los lectores que leen y compran libros los restantes 364 días del año se refugian en casa con un clásico y aguardan a que pasen las hordas de figurantes.
Un artista desencajado nunca está al tanto de las novedades ni frecuenta las revistas literarias ni los suplemientos literarios -donde hay más de erario público malgastado que de letras interesantes-, llenos de hiperbólicas excelencias de los genios que crecen como senderuelos. El artista desencajado se mueve en los terrenos exquisitos de lo desconocido, de lo postergado, de lo que algunos bufones de lo metaliterario como Vila-Matas, cultivan como maldita flor de estercolero. Pongamos por caso, uno de excelencia: Robert Walser y su tan espléndida como desconocida Los hermanos Tanner. Que el autor transcurriera los últimos años de su vida en una casa de enajenados aumenta la reputación del autor lo suficiente como para compararlo a Nietzsche y Holderlin, eminentes enajenados. Si el autor, además, fue leido y admirado por Kafka, estamos en presencia ya de una "cumbre" de la narrativa europea o, más propiamente mittleeuropea, para que los exquisitos puedan orientarse con propiedad.
En la próxima entrega ofreceré una receta para escribir una perfecta novela mittleeuropea que pueda ser rechazada por cualquier adocenada editorial, que leerá con horror un original que se ajuste a lo que aquí se ofrezca, siguiendo el modelo de los hermanos Tanner, tan alabada en su momento por ciertos seres singulares como ignorada por la masa sanjorgista.
De Walser aguardo a poder ahorrar los casi 30 euros que cuestan sus Microgramas para poder confirmarme como lector de afines, esto es, de quienes lo hacían sin objetivo y con el único norte de la devoción a lo literario, que no siempre coincide, como bien se sabe con la Literatura. Simon, el protagonista de los hermanos Tanner es un trasunto biográfico del autor que nos guiará en la próxima entrega.
martes, 5 de diciembre de 2006
14 de febrero de 2...
La fecha me ha escogido a mí, sin duda, con ganas de choteo y babeando almíbar. Un escritor desencajado es consciente del valor de las fechas: flechas lanzadas contra los redaños con la intención de ridiculizar. Hoy, sin embargo, en día odioso y nunca cuajado, a pesar de la publicidad y de las cuantiosas inversiones de los vendedores, yo venía a este diario con la avinagrada intención de mostrar mi indignación contra los colegas argumentadores.
Acabo de oír a Molina Foix, cuya prosa, al menos la de La comunión de los atletas, me impresionó favorablemente, disertar con desmesurada elocuencia sobre su propia obra en venta, de tal manera que ha hecho imposible no sólo la crítica, sino la posible valoración del lector que haya tenido la desgracia de oírlo con esa facilidad de palabra tan engañosa, una verborrea casi de charlatán de feria.
La literatura moderna se va acercando peligrosamente a la pintura no figurativa: ha de llevar adjunta el discurso que la justifica. La mayor de las mediocridades, como la del acordeón del ínclito demediado vascongado, quiere pasar la prueba de los lectores mediante un prólogo mediático en que, por activa, muy activa, buscan convertir al receptor en pura pasividad y asentimiento.
Como cuando Polanco llegó a la reunión que fallaba un Premio Alfaguara que iba a ser para Núria Amat y, llevando con él bajo el brazo los folios de la última bobaliconería de Manuel Vicent, ordenó al jurado que se repensasen el voto, que el gran vate valenciano, gloria de las letras patrias, había escrito una obra inmortal. Y el jurado dócil lo repensó y coincidió con quien manda, como está mandado. Mendoza estaba allí, pero nunca se ha querido enfrentar a los patrones de su barquichuela de los lunes y probablemente jamás avalará esta versión que él sabe que es rigurosamente cierta. Ser un autor desencajado no significa ser sordo, que conste.
Decía que esas prolijas explicaciones con que se adornan los novelistas ad hoc del régimen consiguen, aparte de darme la envidia que los frecuentadores de estas páginas saben, sacarme de mis casillas. Menuda cantidad de memeces y argumentaciones de medio pelo tiene uno que oír o que leer en los programas de propaganda cultural del mundo prisado, el episcopado o el mundializado. Ganas dan de vomitar. Cualquier indecencia narrativa, cursilerías de insoportable y hediente calaña quieren hacerse pasar por muestras paradigmáticas de unos discursos trufados de trascendencia, solemnidad, profundidad, compromiso y otras zarandajas. Los editores no quieren obras bien escritas, sino charlatanes de feria que voceen la mercancía con esos discursos que lo tienen todo de recurso comercial y nada del antiguo discurrir. Me escurro y me voy.
sábado, 25 de noviembre de 2006
30 de enero de 2...
Cualquier Diario, aunque sea de tan limitado alcance como este mío de mis desencajamientos, debería ofrecer a los posibles lectores que se asomen a él un retrato verdadero de quien lo escribe. No se me oculta que me es difícil hacer ese ejercicio de sinceridad, y que de mí, al margen de mis escritos, nada vale un ardite, ni siquiera los traumas infantiles o las anodinerías diversas de mi adolescencia obsexiva o mi madurez desencantada.
Ni yo mismo sé en qué sentido marcó mi vida que uno de mis primeros recuerdos fuera el suicidio de un familiar que se tiró por el balcón del quinto piso en que vivíamos, o que asistiera a la flagelación inmisericorde de mi hermano mayor a manos de un padre energumenizado, mientras nuestra madre imploraba piedad llorando a raudales y protegiéndonos, bajo sus brazos, al resto de la prole...
No soy dado a las confidencias. Muy probablemente acabe convirtiéndolas en materia literaria para poder dar salida, así, a los enormes abscesos de pus que, de tanto en tanto, conviene drenar para que la infección no se me lleve por delante.
Que mi progenitor intentara asesinar a mi madre despeñándola por el hueco de una escalera debería de haber sido, quizás, uno de esos momentos decisivos en la biografía de alguien; del mismo modo que la infame intención de volverla loca con llamadas de variado pelaje: amenazadoras; silentes; jadeantes; susurrantes; sibilantes; insultantes... Y poco, en realidad, podría yo escribir acerca de esos sucesos que ninguna cicatriz han dejado en mi memoria, salvo conservarse en ella como rastro inequívoco de la ignominia y la vileza.
Estoy convencido de que cualquier mamón de la edición, de leer estas líneas, me animaría a redactar ipso facto esa historia de degradación y dolor, porque la tragedia sigue vendiendo...
Dudo mucho de que fuera capaz de hacer progresar una historia tan roturada. La invención de cada cual es capricho de las Musas que lo habitan y le dictan, y no ha de cambiar de topos ni de argumentos porque los ignorantes y los agnósicos que se dedican a la edición no sepan encajar esos mundos particulares en el amplio mapa de lo publicable. Ser fiel a la propia inclinación siempre será una virtud. ¡Y allá los mamones y sus dividendos!
El trabajo meticuloso, concienzudo, estilizado, sincero, acabará teniendo su día de gloria, ése, finalmente, en el que cobrará pleno sentido la expresión ordenancista y funcionarial del visto bueno. Con la buena vista de la lucidez leerán, en su momento, los mejores lectores mis mejores obras. Entonces nos veremos las caras y sabrán más de mí de cuanto yo pudiera recordar de cuanto he vivido.
martes, 14 de noviembre de 2006
18 de enero de 2...
No hay estaciones, para la creación. Y menos aún para los desengaños. Sí las hay, por el contrario, para las lecturas y para ciertos avatares existenciales. De esa convicción he querido apartarme leyendo a Simenon a destiempo, y la conclusión ha sido satisfactoria: es autor que traspasa las estaciones. Los cómplices es una auténtica película de Chabrol, y de las mejores. Se aprende mucho en la frecuentación del autor modesto, y algunas de sus novelas, como las dedicadas a Monsieur Hire, son auténticas joyas que sólo aprecian quienes se han quitado de encima la presión canónica de los repartidores de credenciales de calidad.
De otro estilo y de muy diferente naturaleza ha sido la otra transgresión navideña que me he permitido: El caballo percherón, de Bardin, cuyo comienzo merece los honores estelares de cualquier buena antología de comienzos novelísticos. Como mi propias obras nada tienen que ver con ese registro policial, salvo una inocente tentativa de mi segunda juventud, Levente, que duerme el sueño de los justos despreciados, aprecio con absoluta libertad el buen quehacer y el mayor enseñar de obras falsamente acogidas a los subgéneros y cuya capacidad para hacer disfrutar al lector son un premio extraordinario para cualquiera de ellos, yo el primero. Pocos serán, los morenos lectores, que no hayan colocado en una hornacina de su memoria La piedra lunar, de Wilkie Collins, supongo, ¡y deseo!, que no todo han de ser, a pesar de ocupar todo un altar mayor, The Man Without Qualities, de Musil, a quien he leído en inglés porque siempre estará más cerca del alemán que nuestro castellano.
Con este muestrario de lecturas varias quiero reivindicar, más allá de la creación perpetua, la lectura constante, y la necesidad vital de la misma, en el mismo plano de igualdad que la escritura. Todos nos quejamos del escaso tiempo que tenemos para leer, pero si pensáramos en términos de espacio, en vez de tiempo, la cosa cambiaría. Un buen rincón, un sillón confortable, una luz suficiente, un silencio denso son una provocación difícil de resistir.
No diré lo mismo de la escritura, porque, a lo largo de mi miserable vida desencajada he tenido experiencia de escribir en los lugares más inverosímiles. El hecho de hacerlo con pluma y en libretas o folios doblados me ha permitido adelantar historias en lugares insospechados y a veces en compañías no aconsejables.
En mi adolescencia desnortada y cutre hasta llegué a instalar mi chiringuito artístico –de poeta adopté entonces no sólo la pose sino la profesión en el carnet de identidad...- en una discoteca de barrio, vestido yo con una chilaba árabe..., pero estas intimidades en modo alguno pertenecen a este diario, sino a las páginas autobiográficas que quizás jamás escribiré.
Lo propio de esta entrega es la reivindicación del canon individual y, sobre todo, el descubrimiento no aleccionado, ni programado, sino caprichoso, de las lecturas de nuestra vida. Con especial cariño mantengo aún vivo en los anaqueles de mi biografía dos pequeños libritos de la extinta Plaza, de Luis de Caralt: Satán en los suburbios y El mago de Lublin, de Bertrand Rusell y Bashevis Singer respectivamente: dos revelaciones para un atolondrado muchachuelo a quien habían deslumbrado las dadaístas Historias de Cronopios y Famas, éstas sí que, paradójicamente, recomendadas, ¡y no en vano!
Pero basta, que a los seres avinagrados por el desprecio de los devotos de Mamón, editores mamones que sólo saben chupar del beneficio como si fuera una ubre o un falo, o ambas cosas, no les están permitidas las evocaciones atemperadas. Quédense, como decía, para otra ocasión que acaso sea pintiparada.
lunes, 6 de noviembre de 2006
13 de enero de 2...
Me lo temía y, para mi impotencia, se va fraguando: hay narración sobre mí, conmigo incluso, y bajo mi nombre, pero mucho me temo que sin mí... ¿O no es así? A un heterónimo le resulta todo más difícil. Se trata de la ¿inmejorable? oportunidad de acreditarme, porque si lograra algún día publicar la novela en curso, La manzana de Poz, bien que se le iban a bajar los humos a quien yo me sé, ¡archiengreído y vanisoso –sin errata, faltaba más, ¡y a su salud!- autorzucho de quinta!
De momento llevo escritos cinco capítulos y creo que aún necesitaré otros cinco más, como mínimo, para esclarecer qué sea, en qué consiste y cómo se come esa manzana del título, si es que soy capaz de mantener el impulso inicial que me llevó a escribir los tres primeros capítulos como afiebrado.
Advierto ya de que no es obra menor, sino al detalle; de que no es individual, sino colectiva; de que no pretende la originalidad a toda costa, sino llegar a los orígenes... En fin, soy incapaz de juzgarme con la severidad con que me merezco y renuncio, lo confieso sin rubor, a señalar cuantos defectos me harían rechazarla y negarme a asociarla con mi nombre en aras de la severa y frustrante excelencia a la que siempre he aspirado...
Llevo sufridas tantas contrariedades, he encajado tantos desencajamientos, tantas negativas, tantos desprecios, que incluso aunque no esté a la altura de otras obras mías, lucharé por esta manzana. Estoy tan convencido de la legibilidad e interés de la misma que, cuando la acabe, o incluso antes, haré públicos algunos capítulos en este blog de mis desahogos para que, si así lo juzgan oportuno algunos de mis tan apreciados como escasísimos lectores, me disuadan de probar fortuna con tan escaso bagaje, o todo lo contrario.
Lo prometido es deuda y sabré cumplir el compromiso.
lunes, 23 de octubre de 2006
1 de enero de 2...
¡Bendito día de soledad y de escrutinio implacable! Hoy emergen de las ergástulas las apasionadas ficciones, pálidas y desmedradas a ojos de los editores tiranos... ¡Y renuncio al juego de vocablo! Se van ordenando ante mis ojos, las temerosas criaturas, para que, canónigo y barbero a un tiempo, dicte sentencia de vida o de muerte: ¡qué dura la ley del espacio! Y cuando se es tan prolijo, conviene siempre la poda y hasta la erradicación.
¿Cómo saber que una ficción está viva, o muerta, sin haberse expuesto nunca al rechazo o la aceptación de los lectores? Bien es cierto que un disco extraíble de 512 MB puede contener cuanto he escrito y cuanto habré de escribir hasta que me incineren, pero las copias en papel de cuanto escribo ( ¡por triplicado además, por si, en dispendiosa hora, se me ocurre hacer de figurante en algún concurso amañado, con la esperanza ingenua de que algún conjurado moreno rasgue el velo de maya que me oculta!) van creciendo a un ritmo espacialmente insoportable; de ahí la necesidad del juicio y, sobre todo, de la ejecución de la sentencia.
Es rito tradicional, para mí, hacer coincidir el cambio de año con la suelta de lastre y la liberación de espacio. Al contenedor irán cuantos residentes míos del Lazareto, donde conviven todos los personajes de ficción que han sido, son y serán, yo me atreví a trasladar al papel para su no excesiva vergüenza, pues la gran mayoría de ellos no han tenido más indiscreto lector que yo mismo, por lo que pueden seguir paseándose por el pobladísimo recinto con la frente bien alta y la mirada como la tengan: desafiante, tímida, torva, aguerrida, complaciente, tierna, enigmática, displicente, satisfecha, curiosona....
Otra cosa, según mi viejo cuento, es lo que les ocurre a quienes han sido leídos por millones de ojos de todo tipo y condición: que viven, en aquel ámbito utópico, sometidos al escarnio, el desprestigio y la vergüenza de su humanización degradante, por limitada. Los personajes del Lazareto tienen vidas bastante más ricas de las que los autores que los trasladamos a las páginas somos capaces de inventar. Ahora bien, una vez que les hemos hecho vivir cuanto se nos ha ocurrido, de poco o nada valen en el Lazareto sus protestas y el curiosísimo relato de cuanto los autores no han sido capaces de conocer de ellos.
Así pues, hoy es día de liberación, de deliberación y de libre acción. Nada ni nadie me obliga, excepto yo, a la agresiva cirugía. ¿Aguantaré, como Valle, sosiado en Bradomín, la amputación de la extremidad sin exhalar queja ninguna? Harélo.
lunes, 9 de octubre de 2006
25 de diciembre de 2...
Goytisolo, Juan, siempre ha acometido, incapaz y pseudobarroca pluma en ristre, contra la mediocridad de la sociedad literaria española. Clama, maldito oficial él, contra los aires mefíticos y las prosas encenagadas que impiden que haya algo vivo en las letras españolas, antaño gloriosas, a fuerza de hambrientas y de vivir de espaldas a los reconocimientos del inexistente mercado.Hoy, sin embargo, y más en estas fechas, el mercado dicta su ley y nos incita a cumplir con la elegancia social del regalo: nómina de propuestas en la que, en vano, puede ni debe buscarse obra suya. Goytisolo, Juan, recocido en su paupérrima ironía de bachiller esmerado, pone el grito en El País, que es ponerlo, acaso, en el cielo; pero se adivina, enseguida, que clama contra el olvido por cuyo tobogán lleva años deslizándose; incapaz, desde hace mucho, de levantar una ficción que se haga acreedora a tan alto nombre y que emparente con la famosa Reivindicación del rubio desdén fluido.
Peor suerte ha corrido su protegido larvario, aunque sigue ocupando su merecido puesto en el escalafón del malditismo marginal y perfectamente reconocido y asimilado por las capillas variopintas de la caótica república literaria. Con todo, ¡qué ternura despiertan aquellos retos a lo establecido!; ¡qué dulce se leen ahora aquellos desvaríos literales! No renegaré yo de ellos, puesto que en la anchísima banda de su estela caben estas lamentaciones desencajadas, aunque circulen mis verdugazos por los estrechos arcenes de aquélla. Minúscula es mi marginalidad frente a la de los malditos oficiales a quienes se les reconoce la palma del martirio crítico, pero quienes, en cambio, ¿o a cambio?, poseen un territorio perfectamente orinado en el que mucho se cuidan de que no haya intrusos que les muevan la silla de su desprestigio oficial.
Funciona esta jerarquización como ese Broadway al que se le van añadiendo offs siempre precarios, pues cualquier advenedizo trae, bien enganchado en el pelo de la dehesa, la fuerza del escupitajo que insulta a las vacas sagradas vendidas al negocio de su subsistencia, de su posición, de su rango, ¡y hasta de su pedestal!
Yo, como se sabe y he repetido ad nauseam, envidio a todo el mundo, incluso a quienes me mirarían como a un apestado y me leerían... ¿me leerían? Mejor no hacerse ficciones... Este Diario resentido y avinagrado, esta encíclica del esputo original, tiene sus lectores contados, aunque sé, desde lo profundo de mis depresiones bulímicas, que bien se merece legiones de ellos. Ya llegarán, suelo mentirme con aire dandyesco y errolflynesco, ¿o es otra de mis burdas redundancias? El por qué habrían de venir a leer estas líneas amargas, llenas de hiel y acíbar, requiere una reflexión volcánica para la que no tengo el cuerpo.
¡Y bien que se hartó Goytisolo de repetir que la verdadera literatura es la que se escribe y la que se lee con el cuerpo! Pues eso.
lunes, 25 de septiembre de 2006
15 de diciembre de 2...
Contra las emociones publicitarias que se acercan para asediarnos con sed de lágrimas efusivas no hay como apedernalizarse con el recuerdo de un acto transgresor. Querelle de Brest, por ejemplo. O El almuerzo desnudo. O La lozana andaluza.¡Demasiada autocastración he soportado siempre! Las palabras acto han de liberarse de los rígidos corsés morales, ¡al menos ellas! Los actos sin palabras han de esclavizarse a su realidad intransitiva. Yo ando a medio camino entre ambos, un poco sin saber y otro sin querer saber.
Cuando uno, yo, sabe que su vida no es literatura, ¡qué tentación la de convertir la literatura en su vida! En eso estoy. Me dejo impregnar de las historias que, en el universo paralelo a este Diario Desencajado, van tomando forma. No sé si la distancia con que el narrador me trata me permitirá esa construcción mítica, porque imagino un yo todopoderoso por cuyas laderas me despeño en el empeño por coronarlo. No sé si el Juan Poz que da vueltas a su manzana, testigo depauperado de tantas vidas, extraordinarias a fuerza de comunes, en el dominio inexplorado, logrará coronar la cima de sus ambiciones. En eso está.
Hoy por hoy, sin embargo, todo se resuelve en amenaza de futuras novedades, en aguerridas campañas para asediar a los lectores con reclamos de vistosa pavisosería. Nos acechan las obras de días señalados. Lo último de... se nos cuela por la retina como un bífido sacacorchos que nos horada y saquea el monedero y la sensibilidad. Bustos estampados contra el fondo de la solemnidad ridícula nos interpelan con la pose de los prestigios de baratillo. Apellidos que sólo apelan a la rutina de los negocios editoriales, pelotazos de quienes han desertado del retador terreno de la imaginación y se han instalado en el lucrativo del oficio, todo se junta para hundir a los desencajados en su silencio de fantasmas febriles, ¡becquerianos!
Intemperie, es la palabra. Y destemplanza. Intempestivo se suma con desconfianza. Intemporal, con todo, es la epifanía de su desvergüenza, de mi hilarante descompostura.
lunes, 11 de septiembre de 2006
10 de diciembre de 2...
¡El Réquiem de Mozart está escrito en tonalidad de Re menor, como su concierto nº 20, como el tétrico acorde inicial de su Don Giovanni! También la Tocata y Fuga de Juan Sebastián. Ése es mi tono, el de este Diario, el de toda mi obra, el de mis sueños, el de mis rencores y mis envidias, el de mi soledad atrabiliaria y hediente, el de mi incomprensible vanidad, el de mis extravíos verbales, el de mi casi extinta ciclotimia, el de mis decantadas depresiones y mi consolidada fobia focalizada. Pero en mí todo suena apagado, con sordina. Es extraña la mezcla de la melancolía y la rabia, un monstruo con reacciones difíciles de prever y más aún de atemperar o de encauzar. La herida de la vanidad insatisfecha supura un pus mefítico y espeso, pero no municipal. Muy a menudo, además, me lo acabo tragando y mi cuerpo no sólo se resiente, sino que se desordena y descompone, atosigado, intoxicado, deseante e indeseado... ¡Qué vanidad más innoble y absurda que ésta de pretender convertir en literatura terapéutica, de prospecto..., los rechazos editoriales a mi obra literaria!
Es labor añadida, está claro, pero no me miento: aspiro a que mi Diario desencajado me granjee la reputación que se les han negado a mis encendidas ficciones, porque sé que me he vuelto agnóstico escultor del esputo y de la atrabilis. Al final es muy posible que unas y otro acaben cruzando sus caminos, si quien fui no se me adelanta y me acaba vampirizando... en no me imagino dónde ni con qué argumento –porque esa primera página ya mencionada bien estaría que acabara donde debe: en la papelera: la mejor amiga y confidente de cualquier escritor que se precie–, ¡pero yo sabré resistirme! Es muy probable, además, que me adelante y ocurra justo lo contrario, ¡para su sorpresa, su desconcierto y quién sabe si su metamorfosis!
¿Cómo podría convencerle de que cada cual ha de seguir su propio camino? Nunca ha sido fácil la convivencia entre heterónimos, y estamos todos sujetos a destinos más que caprichosos; pero este Diario lo he convertido en mi lazareto particular, ¡y nadie entrará que no se contamine de mi desgarrada y escarnecedora condición!
viernes, 25 de agosto de 2006
6 de diciembre de 2...
Una figuración pesadillesca se me ha atragantado como el pescado al bufón del visir en una de las expectantes noches orientales: ¡ellos, ay, tienen razón! Un poco más y me quedo en el sitio, no ya de un aire, sino propiamente traspuesto, ¡traspapelado!
He pasado revista a mis ficciones y, bajo la influencia de la fortísima impresión que me ha producido esa imaginación aleve, cruel, inmisericorde, las he visto desustanciadas, como los caldos desengrasados para los hospitalizados; anodinas -¡ah, palabra cruel entre las crueles, lápida toneládica, espesísima niebla helada!-; insignificantes... ¡Ni mías me parecían! Acostumbrado a verles todas las gracias, ¡no he soportado la contemplación de sus carencias, de sus defectos, de sus limitaciones, de sus errores, de sus desvíos, de sus fealdades, de sus necias vanidades, de sus abyecciones! He estado a punto de enviar incluso las entradas de este archivo a la papelera de reciclaje y, de ahí, ¡a la nada!, con un certero y apesadumbrado golpe de verduguíndice...
Aún no sé cómo he logrado sobreponerme a esa infición atosigante, a esa impresión deletérea, ¡a ese destino sombrío! ¡Ni quejarme podría!, tan demoledor fue el impacto de esa figuración aciaga. Los genios sólo solemos dudar de nosotros mismos como parte del juego perverso de la puesta en escena de nuestra grandeza: necesitamos una compensación sombría para equilibrar el exceso de fulguración que dimana de nuestras pompas y nuestras obras. Aun así, me he excedido. Está claro: me ha cegado el exceso de obscuridad –sic, sí, à l’ancienne-.
Les he cedido la razón a los miopes y así me luce el pelo. ¡A mí, nictálope y noctívago confeso! Una cosa es moverme a mis anchas en la noche oscura del alma y otra muy distinta que me caiga encima una ciénaga de sombras. No estoy dispuesto a transigir con esa ficción inmisericorde. ¡Nunca tendrán razón, esos juntacadáveres iletrados, frente al misterio genésico de mis ficciones! ¡Si me pudiera reír post mórtem! Seguro que lo acabaré haciendo. ¡Menudo soy yo! Bien chico, la verdad. Apenas un mierda. ¡Puro estiércol! ¡Bendito fiemo! Cada vez me siento más hermanado con Violette Leduc. Somos, en efecto, en defecto, almas gemelas. Y quien no haya leído La bastarda, eso que se pierde: cirugía mayor del alma.
jueves, 13 de julio de 2006
29 de noviembre de 2...
domingo, 25 de junio de 2006
25 de noviembre de 2...
Monstruo barroco soy, como el viejo-niño. Pasada con creces la cincuentena, ¡qué adolescencia más granujienta que la de estas líneas henchidas de rencor y altivez! Ajadita ya la carcasa y averiadas las vísceras, qué estampa tan ridícula compone mi peregrina soberbia. Aficionada mi vanidad a las varas de medir, ¡con qué gruesa palmeta de brezo me ha castigado siempre el destino o, con mayor propiedad, los destinatarios de mis ficciones impúblicas! ¡Y con qué verde junco ha acariciado a otros!
No se me cae de ante los ojos lectores la parcialidad iletrada de Fortuna. Es cosa, lo sé, de capítulo o de epígrafe, de itálicas o bastardillas, ¡afortunadamente! ¡Suerte de la rueda que todo lo trueca! Ahora anda encumbrado MVM y, de aquí a bien poco, cuando el aire de la crítica se serene y se vista de la luz no usada de la ecuanimidad, además del rigor imprescindible, ¿en qué quedará el buen gacetillero fogonero? Si Blasco Ibáñez apenas merece tres renglones en cualquier historia de la literatura que se precie, cuántos le reserva el destino a MVM. Búsquesele en los anales periodísticos, donde algún nicho se le abrirá; pero nunca donde los literatos, y menos donde los cantantes..., aunque tal vez sí en los templos de las artes cisorias...
No es pose pubescente, sino auténtico poso reposado y contrastado con el inapelable dictamen de lo falsado: ¡no hay quien se lo trague, a ese redactor archiprotoplano y topicante, autoridad desatenta y fabulador de vía estrecha! ¡Cuántos funcionarios de la pluma se hinchan a cobrar trienios y pluses varios con la complacencia de los jefecillos de negociado atentos al roce del que, en vez de cultura les llueve la caspa sobre las solapas abiertas!
Es la edición impresa, sin duda, como imaginó Pedro de Espinosa (¿o no era él y cito para que me embista el toro del ridículo?) su obra: Jardín cerrado para muchos y abierto para pocos. Pero aún necesitaría otra vida para entender las sinrazones de quienes administran la gloriecilla efímera, ¡pero tan dulce, ay!, de la publicación.
Quien fui se ríe de mí como un jayán y se llora, aunque lo esconda, la sequedad inhóspita de su presente. Sigo sin dejarme, por si le interesa. Que no cuente conmigo. Yo a lo mío, al quejío, al desgarro, aunque desbarro en frío... Se me tiene que notar el temple desvaído del afiebrado, estoy seguro..., el vaivén del disparate al absurdo.
domingo, 4 de junio de 2006
¡Qué sobrecogedor el primer movimiento de la tercera sinfonía de Mahler! Tenebroso, lírico, sentimental, militar y nupcial, según avanza su polimórfica andadura. Wagner siempre alienta al fondo de la inspiración, me parece, aunque mis referencias musicales son tan pobres, inexactas y frágiles como mis posibilidades de llegar a ser editado. Aspiré a superar el analfabetismo musical y quedé ahorcado en el pentagrama por las axilas, hecho un guiñapo sordo y ciego.
No fue un accidente muy distinto de los que me acontecen cuando creo haber escrito una novela, un poemario o una obra de teatro dignas de las afónicas fanfarrias de la fama de la inmensa minoría, la sólida estimación de los discretos y la indiferencia de los innúmeros estólidos para quienes jamás salió una palabra de mi pluma. Mi cajón de desencajados se va llenando al tiempo que se vacía mi corazón de la confianza necesaria para que el aire sanador de su exhibición pública les arranque la mefítica pátina del fracaso.
De vez en cuando, al roer el hueso de mi preterición, me ha sucedido que alguna esquirla se me ha clavado en la garganta y ha estado a punto de ahogarme, ¡una digna muerte, a fe!, la de que se me atraviese esta doble novelería de eterno bachiller bachelor... Porque con la soledad del escritor fracasado, ¡ay!, quién es capaz de empatizar...
Nadie puede siquiera imaginar el sabor amargo de estos lametazos que me inflijo, como un paradójico dolor añadido, porque la saliva fría del rencor me abre las carnes aún más de lo que ya lo hace la indiferencia de los editores que, al menos para mí, se han comportado siempre con un gélido rigor deletéreo digno de mejores candidatos que andan por ahí exihibiendo su incompetencia y su cualitativo y levaduro dominio pastelero de la amigocracia.
Aquel que fui sigue a la caza y captura de quien soy para llevarme a un terreno pantanoso en el que quiere perderme para rencontrarse ¿con qué o con quién?, lo ignoro; ¡pero sigo resistiéndome a entrar en su juego viciado! Bastante tengo yo con mis miserias y mis erratas. ¡Qué se me da a mí de estériles ecos, inanes desdoblamientos y endemoniados reflejos! ¡Allá cada cual con el peso de sus acritudes y el grosor de la espuma de sus esputos!
