sábado, 21 de octubre de 2023

«Un joven distinguido y otros tipos trashumantes», de José María de Pereda y «Corte de amor. Florilegio de honestas y nobles damas», de Ramón del Valle-Inclán ¡o la plenitud del XIX y la insinuación del XX…



   El inequívoco placer de leer a dos clásicos muy distintos: Pereda, en su chispeante faceta costumbrista y Valle-Inclán como exquisito estilista.

 

          Que Valle y Pereda son, cada uno a su manera, «clásicos» de nuestras letras, no creo que admita excesiva censura, aunque se miré con sorna que se predique de don José María, dadas sus limitaciones ideológicas tradicionalistas y su cultivo de un casticismo heredado del viejo costumbrismo que, en Mesonero, y sobre todo en Larra y, a su manera, en Cadalso, nos ha legado páginas inmortales. Hasta hoy, y tras una poco grata, por muy prejuiciosa, lectura de algunos fragmentos de sus obras más destacadas, la muestra suficiente en la que no hallé alicientes para continuar, no había descubierto su veta estrictamente costumbrista, la de Tipos y costumbres y Esbozos y rasguños, que tras la muestra editada por Bravo-Villasante, leeré completos en un breve futuro, teniendo en cuenta el excelentísimo humor de Pereda y su magnífico desempeño en el uso de la sátira que he comprobado en esta antología, con la que tan buenos momentos de sano humor he pasado. Ni imaginaba, dada la pomposa imagen de Pereda, que fuera capaz de un sentido del humor tan estupendo. Fiel a los orígenes del costumbrismo, Pereda se afana en ridiculizar tipos y situaciones con un estilo y una capacidad de selección de los detalles que me ha parecido muy contemporánea del humor de Jacques Tati, uno de los grandes autores cómicos de la Historia del Cine.

Pereda usa mucho las cursivas como método para destacar los tics de la supuesta modernidad de la época, si bien es en la reproducción de los tipos donde se luce espléndidamente (y disculpen la redundancia). Santander, y específicamente los veraneos de los madrileños en la costa cántabra, es el asunto de casi todas las «estampas» contenidas en este chispeante volumen. El uso del lenguaje coloquial y especialmente del deturpado: dúlceras, por ejemplo, nos sitúa perfectamente en un ámbito creativo que será la base de los futuros esperpentos del Valle de quien traigo a este artículo uno de sus libros primerizos, Corte de amor. En la medida en que la composición de estos cuadros sainetescos ha de apreciarse en su totalidad, que resulta difícil extrapolar esta o aquella escena que pueda ofrecerse como muestra del buen hacer del escritor, he optado por reproducir el más corto y, acaso, de mayor actualidad, dado que se retrata un modo de hacer política que no dista excesivamente del de nuestros días, mutatis mutandis. Así mismo, no quiero dejar de insistir en la lectura, por si se hiciera aislada en la red, dado que no está sujeto a los derechos de autor, del capítulo Un aprensivo que es la joya del volumen. De momento, vaya por delante este En candelero, expresión que la sátira radiofónica moderna convirtió en «en candelabro», en boca de una vip anodina y olvidable.

 

En candelero

          —Que va a Alicante; que prefiere a Valencia; que acaso se decida por Barcelona-

            —Que ya no va a Barcelona, ni a Valencia, ni a Alicante, porque viene a Santander.

            —Que ya no va a ninguna parte.

            —Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.

            —Que se decide por la playa del Sardinero.

            —Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de septiembre.

            —Que ya no viene n i en julio, ni en agosto, ni en septiembre.

            ―Que, por fin, viene y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.

            —Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.

            —Que no se sabe si le tendrá en su casa el marqués de X, o el conde Z, o don Pedro, o don Juan, o don Diego.

            —Que resueltamente se hospedará en casa del señor de Tal.

            Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo a fin de julio, casi en cada año, refiriéndose a alguno de los personajes que a la sazón se hallan en candelero.

            Un día vemos conducir a hombros, por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada… algo, en fin, que no se ve en público a todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mitrando los muebles, y hasta las oímos exclamar: «Son para el gabinete que le están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de mengano y la sillería de Perengano».

            Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cuál uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el señor de Tal, propio, si le tiene y si no, prestado.

            Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y pueden verse en el fondo, en frente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él el oro de los uniformes con el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio arriba muy a menudo, dejando ver, a tiempos, en su centro, una persona erguida e impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; sale éste al trote de sus caballos, síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven a verse los mismos franques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.

            Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.

            —¿Cuál de ellos es? —pregunta algún curioso, al ver apearse a los del coche.

            —Ése que va en medio…

            —Pues no tiene la menor traza, —replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado a embellecerse a medida que asciende en la escala de los empleos.

            Los que le acompañaron hasta su misma casa, salen de ella al poco rato; y cuando anochece, comienzan a llenar de ruido la barriada la charanga de la Caridad, y sucesivamente todas las murgas que de la caridad pública viven.

            Al día siguiente vuelven a verse por la calle las libreas de la etiqueta. Son de los que tienen obligación de ir a ofrecer sus respetos al recién venido, y de las comisiones de esto y de lo otro. Recibe a cada grupo a hora distinta, y tiene para todos frases bastante lisonjeras, ya que no muy variadas.

            —Señores —suele decirles—, yo me felicito de recibir el cordial saludo de… (aquí lo que sean los visitantes) tan dignos y beneméritos. Estad seguros de que, si seguís prestándonos todo el apoyo de vuestra importantísima adhesión y de vuestro celo e inteligencia en el desempeño de vuestros respectivos cargos, el Gobierno se envanecerá de ello; y el país, que tanto espera de nosotros, porque por nosotros está nadando en la felicidad y en la abundancia, os lo recompensará con largueza. Yo, fiel intérprete de sus deseos y aspiraciones, os lo prometo en su nombre.

            Se dicen luego cuatro vaguedades sobre la salud del visitado, sobre la virtud de los baños de ola, y sobre el paisaje y el clima de la Montaña, y a otra cosa.

            Al segundo día, aún se ven algunos curiosos… y curiosas de copete, husmeando hacia la puerta de la calle, a las horas probables en que él ha de salir.

            Al tercero, nadie se acuerda ya del personaje. Sólo la prensa local se ocupa, con un celo superior a todo elogio, en decirnos si va o si viene, si le pintan los baños; si piensa darse tantos o cuántos, y cuántos se ha dado ya; si prefiere el bonito a la merluza; con quién comió y con quién comerá; a qué hora se acuesta; quiénes le hacen la tertulia; de qué lado duerme y a qué hora se levanta.

            Al octavo día, observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche lleno de señores muy espetados.

            —Ahí va —dicen algunos.

            —A visitar el Instituto. Desde allí irá a la Farola. Ahora viene del Cristo de la Catedral.

            —Entones, ¿está ya para marcharse?

            —Claro; ¡cuando le enseñan eso!...

            Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada, vuelven a verse una mañana, camino de la estación, los fraques, los galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio personaje, que va poco a poco desapareciendo en un coche trese4rvadp y muy majo; estalla en los aires otra m3edia docena de cohetes; vuelve a silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando atrás la consabida crencha de humo vaporoso que ondula, se enrosca y serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas las vanidades de la tierra.

            Durante algunos días después, la gente bien informada se las promete muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el Municipio tiene pendientes de superior resolución, serán despachados como se pide; habrá subvenciones para esto y parta lo otro y para lo de más allá; el puerto va a quedar como nuevo; los barrancos que están a expensas del Estado a las inmediaciones de Santander, volverán a ser anchas, firmes y cómodas carreteras… Él lo ha prometido, él lo ha asegurado; él se lo ha ofrecido en confianza a Juan, a Pedro y a Diego… Va muy satisfecho de nosotros, ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!

            Claro es que ninguna de esas ofertas se cumple, no sé si porque, en realidad, no se hicieron, o porque se olvidaron, como tantas otras, pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y Comendadores de tal y de cual, seis docenas de ciudadanos que se acostaron simples mortales como yo. ¡Única estela que hoy dejan, a su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan del eventual y efímero privilegio de ser recibidos con música y cohetes!

 

            Posterior a Femeninas (1895) y Epitalamio (1897), Corte de Amor es el primer libro del siglo xx que publica Valle (1903), y lo hace muy ajustado aún, temática y estilísticamente a un Modernismo que él defiende en un prólogo en el que habla de sí mismo a través de un alias, M. Murguía, para destacar las virtudes del autor, no exento de hipérboles: «El fruto de una inspiración, dueña ya de las condiciones necesarias para alcanzar de golpe un primer puesto en la literatura del país». El análisis no deja lugar a dudas sobre la complacencia de Valle con su nueva obra y su propósito artístico: «De su tiempo tiene lo que llamamos modernismo, y la nota de color viva, ardiente, sentida. En cambio, es suya la frase elegante, armoniosa, llena de luz, que se desliza con gracia femenil, serpentina casi» y, más adelante: «Romántico, aunque por modo novísimo, y femenino, puesto que no nos habla de otra cosa que de los lances a que da lugar el amor de las mujeres y de los afectos que inspiran».

          Aunque he escogido dos clásicos opuestos, un modo de habitar literariamente en el XIX y otro de entrar en el XX, las narraciones de Valle tienen también algo de cuadro, aunque no solo de costumbres, el mundo amatorio de la infidelidad, sino, sobre todo, de una sutil psicologización, una indagación soberbia en el mundo interior de los protagonistas, hombres y mujeres, pero sobre todo el de ellas, que son las protagonistas cuyos nombres dan título a los relatos. El majestuoso estilo decadentista de Valle asoma en todos los «cuadros», pero al buen observador no le pasa desapercibida la irrupción de ciertas maneras satíricas que no están lejos de sus futuros esperpentos, como se aprecia claramente en esta escena de vodevil de Rosita:

«La bella Cardinal y la bella Otero, como dos favoritas reales, se apeaban de sus carrozas doradas, luciendo el zapato de tacón roja y la media de seda. Un lloro mexicano gritaba en el minarete del palacio árabe, y una vieja enlutada, con todo el cabello blanco, acechaba tras los cristales esperando al galán de su señora la princesa, para decirle, por señas, que no podía subir. El enjambre de abejorros y tábanos zumbaba en torno de los globos de luz eléctrica que iluminaba el pórtico del «Foreign Club» y sobre la terraza de mármol blanco, colgada de enredaderas en flor, la orquesta de zíngaros preludiaba en sus violines un viejo minué de Andrés Belino. El Duquesito de Ordax quiso despedirse. La reina de Dalicam lo retuvo:

          —Quédate, niño. Quiero que intimes con mi marido».

          

           Me ha llamado la atención, en obra tan primeriza de Valle, el dominio estilístico pleno que se manifestará como un arte total en la publicación de sus Sonatas, que incluye no solo uno de los personajes de ficción más famosos de nuestras letras, el marqués de Bradomín, sino la creación de un mundo que, gracias a la iniciativa del rey Juan Carlos, traspasó la ficción para llegar a la realidad como titulo nobiliario del que disfrutan sus descendientes. En estos retratos de mujeres apasionadas, cínicas, discretas, amantes y hasta pudorosas, hay fragmentos tan propios de Valle que permiten trazar una continuidad estilística entre esta obra y sus hallazgos futuros, sea en la novela histórica, sea en el teatro, sea incluso en la lírica caprichosa, ventolera, de La pipa de kif. Está claro lo mucho que tienen de transgresión, en nuestros pacatos tiempos actuales neopuritanos, retratos tan encarnados… —iba a escribir «descarnados», pero he caído enseguida en el error— como el de Augusta: «Como el calor de un vino añejo, así corría por su sangre aquel amor de matrona lozana y ardiente, amor voluptuoso y robusto como los flancos de una Venus, amor pagano, limpio de rebeldías castas, impoluto de los escrúpulos cristianos que entristecen la sensualidad sin domeñarla. […] Se negaba y resistía con ese instinto de las hembras que quieren ser brutalizadas cada vez que son poseídas. Era una bacante que adoraba el placer con la epopeya primitiva de la violación y de la fuerza». Si tenemos en cuenta que va a casar a su hija con su amante, tenemos un retrato «galante» de quien hoy, con nuestra legislación vigente, acabaría en la trena… O sea, que de esteticismos melifluos ni por asomo…

Currita, sin embargo, la protagonista de La Generala, enamorada literariamente del joven teniente Sandoval, sí se acerca más a la estampa de prudencia de las malmaridadas de la época: «La Generala, sin ser dueña de sí por más tiempo, empezó a sollozar con esa explosión de cristales rotos que tienen las lágrimas en las mujeres nerviosas». Del mismo modo que la matrona que quiere romper con el joven sin oficio ni beneficio que tiene por amante, después de recuperar y quemar las cartas que la comprometían, y tras oír de labios del joven despechado que su propia madre tenía amoríos y la llamaban «La Canóniga», se aparta de su lado por la apariencia honrada del matrimonio y de sus hijos de este modo inequívoco: «¡Y, sin embargo, la mirada que ella le dirigió desde la puerta al alejarse para siempre, no fue de odio, sino de amor…!».

          Sorprende la maestría con que Valle ha confeccionado estos retratos de psicologías de mujeres enamoradas con matices tan variados, pero aún sorprende más el dominio estilístico con que los hace. Es, por lo tanto, un placer inmenso sumergirse en las páginas de esta Corte de amor de la magnífica Biblioteca Valle-Inclán del Círculo de Lectores. A nadie decepcionará, del mismo modo que se divertirán lo suyo con la lectura de la selección hecha por Bravo-Villasante para la colección El Carnaval de las Letras, de la editorial Montena.

jueves, 31 de agosto de 2023

Tras los pasos de Fritz y Lore Perls en Berlín..., de la mano de Christof Weber.

 



[Cedo este espacio de mi Diario gustosamente para un apunte de viaje de mi buen amigo Dimas Mas, quien ha podido cumplir su deseo de visitar Berlín, escenario de parte de su última novela. Es breve y de carácter informativo, porque aún anda procesando una experiencia de viaje que ha ido bastante más allá de lo que solemos entender por turismo, si bien ha incurrido en las perentorias exigencias de este, por supuesto.]


Tras acabar, ¡finalmente!, mi maratoniana novela sobre Fritz Perls, mi buen amigo Bernd Bocian me facilitó el contacto con Christof Weber  para tener el privilegio de seguir su ruta turístico-gestáltica por la zona de Wilmersdorf, y muy especialmente por el barrio Bávaro, que se convirtió en un centro de la inteligencia judía de los años 20 y 30 en Berlín. Nosotros seguíamos, en todo caso, las huellas de la familia Perls y las  de Fritz y Lore, aunque la visita fue convirtiéndose en una suerte de homenaje al pueblo judío, tan sanguinariamente perseguido y diezmado por el nazismo. El barrio Bávaro y sus múltiples plazas es un remanso de paz y tranquilidad en una ciudad  supuestamente agitada como Berlín. Los edificios de pocas alturas, las calles arboladas, el silencio, la escasez de tráfico rodado, las plazas acogedoras, todo nos habla de un ritmo de vida que facilita la creación artística, como atestigua que en él vivieran desde el inquieto Billy Wilder, hasta el sesudo Walter Benjamin, pasando por autores no judíos como Gottfried Ben o Erich Kästner, el afamado autor de Emilio y los detectives o Fabian. A lo largo de sus pacíficas calles, se han mantenido, como museo viviente, los carteles infames que avisaban a los residentes judíos de sus numerosas limitaciones para todo, incluyendo el toque de queda y la prohibición de usar reloj, por ejemplo. Recorrimos el barrio con verdadera emoción, no solo por lo que tenía de emotivo recuerdo a los perseguidos, sino por las referencias a la madre y la hermana mayor de Fritz, quienes tienen en la acera una placa recordatoria en bronce de que habían vivido allí. La casa de Fritz y Lore, tras su boda ya no existía, y en su lugar se levanta hoy una escuela. La Sinagoga también fue destruida. Christof, un terapeuta Gestalt seguidor de la línea del Este, encabezada por Laura, en que se dividió la Terapia Gestalt tras el viaje de Fritz a Miami y posteriormente a Esalen, cuando los métodos del fundador difirieron grandemente del enfoque más humanístico y empático del Instituto de Nueva York frente a su  técnica frustradora y agresiva para liberar a los pacientes de sus propias trampas incapacitantes; Christof, decía, ha sido el mejor guía imaginable para un recorrido en el que hemos ido amigablemente charlando sobre la importancia de la intelectualidad berlinesa de los 20 y 30 y, sobre todo, de las difíciles relaciones familiares de los Perls a lo largo de toda su vida. En el transcurso de la visita logro enterarme de que los breves segundos del vídeo que aparecen en su página web del documental sobre Laura Perls son parte del documental que él y Wolf Lindner hicieron para celebrar la personalidad de Lore Perls con motivo de su centenario. Se trata ―Christof tuvo la gentileza de regalarme una copia del mismo, y en cuanto he regresado a Barcelona es lo primero que he hecho: verlo― de un valioso documental con imágenes inéditas de Laura Perls en sesión terapéutica y otras circunstancias, en el que se explica parte de esa difícil relación familiar de la que hablaba antes, y muy concretamente de la coautoría en la creación de la Terapia Gestalt, dado la intimísima relación intelectual que mantuvieron Lore y Fritz hasta la casi sesentena de Fritz, y muy especialmente durante la elaboración del primer libro de ambos: Yo, hambre y agresión.          El vídeo es propiedad de la Asociación Alemana de Terapia Gestalt, donde imagino que podrán conseguir un ejemplar cuantos estén interesados en ella. Por si acaso, dejo aquí  la dirección: info@dvg-gestalt.de, la de la página web: www.dvg-gestalt.de y la postal: Deutsche Vereinigung für Gestalttherapie  Grünbewrger Strasse 14  D-10243 Berlin.

          En el vídeo se siguen los pasos, a grandes rasgos, de la vida de Lore Perls y se atiende a su legado. Se entrevista así mismo a la hija de Fritz y Lore, Renate, quien nos da una visión de sus padres que se ajusta mucho a la realidad de lo que a ella le fue dado vivir. Gracias a Christof me entero también de que Stephen, el hijo «solo de Lore», acaba de fallecer hace poco, si bien el distanciamiento de este respecto de sus progenitores fue una constante a lo largo de su vida.

          Christof nos permitió, así pues, evocar muy fidedignamente el ambiente en que vivieron Perls y Lore en Berlín y nos facilitó una vívida comprensión del contexto vital e intelectual del barrio Bávaro de Berlín, un escenario nada frecuentado por turistas, excepto por la pareja que formamos mi mujer y yo, si bien la compañía de Christof nos naturalizaba en esas calles como dos interesados en la rica vida intelectual berlinesa de antaño. Por ellas caminábamos, admirados por todo, como buenos turistas, pero felices de conocer lo que no está en las rutas habituales. Nos ha parecido, por las prolijas y documentadas explicaciones de Christof, una visita digna de hacerse si se va a Berlin y alguien tiene alguna relación con la Terapia Gestalt o está interesado, como es mi caso, en Lore o Fritz o en ambos. En cualquier caso, los interesados pueden contactar con él para concertar su tour Perls en esta dirección: nachricht@leben-cw.de.

         

martes, 1 de agosto de 2023

«El creador», de Mynona (Salomo Friedländer), y «Púrpura imperial», de Edgar Saltus, dos «raros» finiseculares.

 












La literatura metafísica del filósofo bohemio del dadaísmo y la estilizada recreación  histórica de un neoyorquino atípico: dos desconocidos para el público lector  español que la editorial La Vorágine pone a su alcance.

 

          Algunas semanas atrás recibí una amable comunicación de los editores de La Vorágine, solicitándome una dirección postal para hacerme llegar una novedad en España: la publicación de un relato de Mynona, El creador. Se la facilité lleno de agradecimiento y, al cabo de pocos días apareció en mi buzón un sobre que contenía, para mi sorpresa, no solo el original de Mynona, sino un extra, Púrpura imperial, de un autor, Edgar Saltus, de quien hasta la fecha no había oído hablar, como imagino que le pasará a la mayoría de los lectores de este Diario. No ignoro que la deferencia de los editores para conmigo tiene su origen en haberle dedicado yo a Salomo Friedländer un pequeño ensayo de divulgación de su figura en las páginas de este Diario, lo que, sin duda, debió de llamar su atención, porque no es un autor conocido, ni poco ni mucho, excepto para todos aquellos que tengan algo que ver con la vida o la teoría de Fritz Perls, el creador de la terapia Gestalt, aún en fase de expansión global.

          Mynona, «anónimo» al revés en alemán, oficiaba de máximo pontífice en la tertulia bohemia del café Romanisches en el corazón del Berlín de los años 20 y 30. Presidía allí la reunión de la plana mayor del dadaísmo berlinés y sentaba cátedra de filósofo y combativo escritor antisistema que no solía dejar títere con cabeza, y ahí ha de incluirse Erich Maria Remarque, lo que le valió un furibundo ataque de uno de los popes del periodismo progresista, Tucholsky, aunque es bien conocida la enemiga que le profesaba Thomas Mann, cuya intervención fue decisiva, al parecer, para que le negaran el visado para exiliarse en  Usamérica. Se exilió a París, pero las autoridades alemanas de la Francia ocupada llevaron a sus familiares a campos de concentración y a él, impedido, lo dejaron en su casa, donde murió literalmente de inedia. Un dramático final para un hombre lleno de energía e imaginación que tantas veladas había animado a no pocos nombres de auténtico relumbrón en el panorama artístico berlinés de entreguerras.

          La literatura fantástica de Mynona tiene mucho que ver con los avances tecnológicos, y parte de ella bien puede ser caracterizada como de ciencia-ficción , si bien la parte científica no es más que un mero soporte instrumental para una fabulación de tintes morales, éticos, que le preocupa bastante más. En parte, el magnetófono que recoge la voz de Goethe en una de sus fantasías literarias equivale en El creador al aparato que le permite al barón dirigir el sueño de sus dos conejillos de indias, en una escenografía absolutamente romántica e hija de Mary Shelley y su inolvidable creación. Pero El creador es una obra singular de Mynona, porque en ella se plasma una concepción del ser muy entroncada con su pensamiento filosófico, dedicación para la que reservaba su nombre real, Salomo Friedländer.

          Literariamente, estamos ante una nouvelle o novela corta, género que aclimató en nuestras letras Cervantes, con sus novelas ejemplares. Ello nos permite centrarnos en el corazón del asunto casi de buenas a primeras, y. en este caso, en el mundo onírico, justo cuando los sueños, a partir del libro de Freud, La interpretación de los sueños, forma parte del dominio común e incluso decanta ciertas vocaciones hacia el ejercicio del psicoanálisis. Téngase presente que Friedländer estudio medicina, aunque no llegó a ejercer, y que su vocación filosófica lo llevó a Berlín para seguir esos estudios, lo que le vale ser desheredado. Medicina y filosofía se dan la mano, pues, para adentrarse en una narración de marcado carácter paradójico y fantástico. El narrador nos avisa pronto de lo que observaremos en el desarrollo posterior: No pertenezco a la clase de personas que buscan el origen de sus sueños en algún tipo de estado corpóreo, sino en el interior: en el alma. Sí, me inclino a considerar el propio cuerpo como una solidificación del alma. La oposición materia/espíritu adquiere rango metafísico en esta narración en la que tanto el protagonista como los personajes que aparecen después se decantan por los postulados que el barón, propiciador del experimento onírico en que se ven embarcados el protagonista y Elvire, expone siguiendo las líneas fundamentales del «pensamiento» de Friedländer: la indiferencia creativa y la divinización del ser, lo que lo convierte en un auténtico creador: El verdadero Yo no tiene absolutamente nada de objetivo, digamos que es el principio creador de todo lo objetivo, externo, diferenciado. Por eso, este verdadero yo, el mago, para poder materializar sus poderes, es decir, crear sus objetos realmente con su propia fuerza, necesita una plena conciencia y voluntad y mantenerse alejado de todos los elementos externos que puedan inducir una confusión con el propio ser. Tengan en cuenta que el yo verdadero es el todo cósmico sin excepciones, la indiferencia creadora de todo lo diferente, el inmenso syn [¿sinónimo?]del mundo, y uno se puede servir, en principio, de la ventaja de todas las ventajas, la de ser el creador del mundo, sola y exclusivamente cuando uno no puede ni quiere reconocerse a sí mismo como otra cosa que como tal, recién entonces podrá sentirse así y experimentarse en plenitud. Recuérdese que entre los aforismos de Mynona destaca este: «Yo surgí de mi propio sombrero de copa», lo cual, por la vía de la experiencia mágica pone en relación la prestidigitación con las ideas creativas de Mynona. De hecho, Magia gris es una novela en clave en la que se refleja, desde su perspectiva crítica el ambiente cultural de la República de Weimar, y en la que aparece como personaje un filósofo citado en El creador y que fue uno de sus referentes, Ernst Marcus. No sé si el límite en extensión de las publicaciones de La Vorágine permitiría una excepción con esta novela, sobre todo porque los costes de edición dependen siempre del número de lectores posibles. Está claro que El creador es una magnífica tarjeta de presentación de Mynona entre el público lector español y deseo que crezca exponencialmente el número de lectores interesados en este autor por quien Walter Benjamin sintió franca simpatía.

          La novela avanza hacia una situación tan paradójica como la de que el barón que dirige los sueños de sus «conejillos» acabe convertido en un ser dependiente del sueño creativo del protagonista. Recordemos la conditio sine qua non del «creador»:  ―La libertad ―exclamó el barón entusiasmado e irónico al mismo tiempo―, la más íntima autosuficiencia del alma es la única autodeterminación creadora posible. Aquel que no posea la fuerza impetuosa fundamental para liberarse a sí mismo del mundo y vivir en el seno de su propia individualidad no es más que una creación, lejos de ser un creador. De hecho, nos movemos en el ámbito de lo mirífico, como constata el barón: En el fondo no hay nada que no sea un milagro. […] Si la propia voluntad, el milagro de los milagros, es realmente creativa, conseguirá así también brillar objetivamente con su propio resplandor a través de la sobria superficie de la regularidad misma. Diríase que la auténtica individualidad es algo así como un vacío fértil desde el que se experimenta la omnipotencia divina del creador, quien, al cabo, no es nada ni nadie, sino una mera instancia «creativa»: Me deleito en el placer creador del sueño. ¿Pero quién soy yo en verdad? ¡Espeluznante…! No soy nadie, nada, nunca ni en ningún lugar. Los que son alguien, algo, espacio, tiempo o materia son mis creaciones, pero yo no. Esta es la condición de mi omnipotencia: la renuncia a toda exterioridad o diferencia. Yo solo soy un diferenciador, un creador. Ese es, curiosamente, el punto vacío que ha de alcanzar el terapeuta de la terapia Gestalt para, incontaminado, poder intuir la deriva del sujeto hacia la superación de su neurosis.

          En esa lucha constante entre el determinismo de la naturaleza y las exigencias psíquicas, el protagonista reconoce, y es confesión autobiográfica, que lo libra el hecho de dormir ocho horas cada día y de respirar por la nariz mientras habla, y añade: La omnipotencia es muy común; pero por lo general no sabe nada de sí misma. […] Yo había interiorizado esa sensación de ser el Amo del mundo. Pero también era consciente de que la omnipotencia no era para haraganes, sino que requería la más severa disciplina. No nos movemos, pues, en el ámbito mágico del capricho, sino en el de la responsabilidad, en el de la seriedad. Y esa mezcla de planos le confiere a la narración una dimensión filosófica que la aparta de la mera fantasía, sin renegar de ella.

 

          El escritor neoyorquino Edgar Saltus, cuya obra tengo el placer de conocer gracias a esta edición de La Vorágine de una de sus obras más importantes, Púrpura imperial, que figuraba entre las predilectas de Henry Miller, comparte con Salomo Friedländer el amor por la filosofía, lo que lo lleva a iniciarse en el mundo de las publicaciones con dos libros de naturaleza filosófica que «prometen» mucho: The philosophy of Disenchatment y The Anatomy of Negation, que buscaré en edición virtual inmediatamente. A Púrpura Imperial le acompaña en el volumen unos apuntes biográficos sobre Oscar Wilde, con quien el autor mantuvo cierta relación, y que se nos ofrecen bajo el título Wilde: impresiones de un ocioso. Se trtata de una visión del escritor inglés poco complaciente pero psicológicamente muy penetrante, escrita sin la reverencia habitual con que suele escribirse sobre el gran dramaturgo.

          Del prólogo de Jason de Boer a Púrpura imperial rescato la profesión de fe estética del autor: Saltus describió su propia estética de este modo: «en la literatura cuentan solo tres cosas: el estilo, el estilo pulido, y el estilo vuelto a pulir». Estamos, pues, ante un escritor eminentemente esteticista que aplicó sus principios a las más diversas materias, aunque la crítica escoge entre sus pobras principales la presente que comentamos y The imperial Orgy, de naturaleza semejante a  Púrpura imperial, pues se trata de una historia de los zares que, imagino, no diferirá de la esta antología del horror y el exceso protagonizada por los emperadores romanos desde Augusto. Se trata, en definitiva, de una reescritura de la Historia de Roma a la que ya dedicó su atención Robert Graves en su Yo, Claudio, cuya adaptación televisiva se convirtió en una de las primeras *bestseries de la televisión, cuando aún el concepto de «serie» no tenía el significado actual.

          Saltus acompaña su relato de las vidas de los césares con una capacidad de análisis histórico, psicológico y sociológico notabilísimo, y lo pone al servicio de una narración agilísima que recorre a grandes zancadas una historia decadente plagada de disparates, venganzas, absurdos, intrigas, rencores, momentos estelares y personajes reales con los que a la ficción le es imposible competir, incluida la de Rabelais o Jarry. El punto de partida lo fija Saltus en el cambio de condición del Estado y del César: Cuando sucumbió la República, su divinidad fue traspasada al emperador; él se hizo con el rango de Júpiter y, como tal, fue investido de una majestad que era un sacrilegio ofender. […] Era un delito desnudarse ante una estatua de Augusto, mencionar su nombre en las letrinas, llevar una moneda con su efigie en un lupanar. El castigo era la muerte. De las propiedades del acusado, una tercera parte iba a manos del denunciante, el resto al Estado. […] Si el acusado disponía de tiempo para suicidarse antes de su juicio, su propiedad quedaba a salvo y su cadáver no era profanado. El suicidio se volvió endémico en Roma. ¿Qué guía inspira a Saltus en el recorrido estremecedor que sigue su pluma? Muy sencillo, el de los escritores que siguiendo a Blake, «el camino del exceso conduce a la sabiduría», advierten que la descripción del mal en estado puro puede acercarles a  una percepción de  lo sublime: Analizad lo terrible y encontraréis lo sublime, nos dice Saltus. De algún modo, el horror y lo sublime son conceptos que van de la mano desde la Ilustración. Si el sueño de la razón produce monstruos, ¿quién puede dudar de que el estudio de lo monstruoso nos acercará a la razón? A ese horror ha de sumársele, sin duda, la perspectiva estética que tanto peso y valor tiene en la corte imperial, esa «púrpura» que nos habla de un gusto exquisito y decadente, propio de Baudelaire, quien con sus Flores del mal se anticipa a parnasianos, simbolistas, expresionistas y las vanguardias en general.

          Saltus llena su narración histórica de hechos sorprendentes, propios del anecdotario, como que los Sármatas nutridos con leche de yegua se oponían a la debilidad imperial, pero enseguida añade el diagnóstico histórico que le da el contexto preciso. En este caso, que Domiciano pagó a las sármatas para que estuvieran quietos. Se requiere poca agudeza para darse cuenta fe que cuando Roma permitía que la extorsionaran, el fin estaba cerca. Sí, Saltus narra la decadencia moral de un imperio, y ello siempre da pie al lucimiento, aunque ha de reconocerse que personajes como Calígula, Nerón, Heliogábalo o el propio Claudio contribuyen poderosamente a facilitar la labor del autor. El propio autor reconoce el hechizo de la lectura de la Historia:  Adriano era el diletante, también el erudito; viajaba no para conquistar, sino para aprender, para satisfacer una insaciable curiosidad, para ser mejor, para la gloria. […] Hubiera sido interesante, sin duda, haber cenado con él en París; haberse batido contra los leones en sus pantanos de África; haber oído los himnos arcaicos ondular por los torrentes del Nilo; haber reposado en la Academia; escalado en el Parnaso y navegado en el mar Egeo; pero un libro de historia y una butaca bastan para que el viajero cierre los ojos y regrese el pasado. A eso nos ayuda Saltus con su pluma, a revivir el pasado desde una perspectiva que no se extraña de lo atroz ni de lo criminal, ni de la ebriedad divina ni del extraño mundo de una civilización que se encamina hacia su final entre estertores cuya descripción nos acerca al «realismo mágico» de García Márquez: Habían luchado tres años contra un Nabucodonosor que había provocado torrentes de sangre tan abundantes como para arrastrar las piedras a millas de distancia, y que había dejado suficientes cadáveres para hacer fértil la tierra durante diez años. […]  Donde había estado la ciudad de David, se erigió Aelia Capitolina, una Roma en miniatura, cuyas puertas, excepto un solo día del año y so pena de muerte, estaban prohibidas a los judíos, que no las podían traspasar ni mirar, y sobre las que había imágenes de cerdos, puercos de hocico desdeñoso, con las pezuñas hacia dentro y la cola retorcida como una mentira.

          Saltus se percata enseguida de que Roma está por encima de los individuos que la forman: todo se subordina al Imperio, nadie es más importante, ¡ni aun el propio emperador!, que la propia Roma: El dios de Roma era Roma, y su religión el patriotismo. Las virtudes antiguas, valor en la guerra, templanza en la paz, y honor en todo momento, eran cívicas, no personales. Era el estado quien tenía un alma y no el individuo. El hombre era efímero; la nación perduraba. Era la permanencia de su grandeza lo que importaba, y nada más. De algún modo, Roma es ya la prefiguración del Leviatán de Hobbes, de igual manera que se convierte en el referente político europeo por excelencia, y muy particularmente del sueño imperial alemán, el Sacro Imperio Germánico. Con todo, y a pesar de las virtudes cívicas que se ensalzan como ideal de vida social y política, las grandes virtudes no complacen, son los sinvergüenzas a quienes venera la chusma. A pesar de todo, Nerón había sido amado por la masa. Hubo rosas sobre su tumba durante años. Un contraste que no nos es ajeno, porque está sucediendo ahora mismo…

          Si alguien tiene un buen recuerdo de la obra de Graves o de su adaptación televisiva, este breve libro le va a deparar un placer muy intenso, porque el estilo sentencioso y afilado de Saltus no se pierde en digresiones, sino que se ciñe a algunos rasgos, muy a menudo estrambóticos, de unos personajes que bien pudiera decirse de ellos que forman una galería de dementes en los que la crueldad se alía con la estética para alcanzar la apoteosis sublime del mal en estado puro.

miércoles, 24 de mayo de 2023

«La piel de zapa», de Honoré de Balzac, al fin.

Mi primer Balzac, y nunca mejor elegido al más puro azar objetivo.

 

         Si los Episodios nacionales, de Galdós, los dejé deliberadamente para los tiempos supuestamente generosos, en términos temporales, de la jubilación, ¡serio error de apreciación…!, Balzac era otra de esas lecturas que no me apremiaban en vida laboral, de por sí ya muy llena de muchas otras, y postergaba hasta años como el presente. Curiosamente, ha coincidido mi lectura con el siempre ameno e interesante artículo que Jordi Llovet le dedicó en Quadern a una reedición de la Fisiología del matrimonio, del mismo autor, y del que he tomado muy buena nota. La piel de zapa lo tengo comprado desde hace mucho, a la espera del tiempo de su lectura, que acabo de realizar.

Como lo ignoraba casi todo sobre el autor, ahora sé que esta novela forma parte de su ciclo monumental agrupado bajo el marbete de La comedia humana, con esta lectura así mismo inaugurado. Y he de confesar que, salvo desengaños posteriores, me he abierto un horizonte de lecturas en todo similar al que me abrí con mi afición a las nouvelles de Simenon, siempre de agradable lectura, aun, con mis limitaciones, en el original francés. La serie de novelas «filosóficas» no tardarán en aparecer por casa, porque el botón de muestra que contiene La piel de zapa da a entender que han de ser muy interesantes.

Bien se puede decir que esta novela fue el detonante de la fama del autor y su aceptación como uno de los escritores franceses más representativos de su generación. Y no me extraña. La novela,  muy ambiciosa, reúne muy diversas tendencias: el drama existencial, la novela romántica, la fábula oriental, la novela filosófica, la devoción por la ciencia y la reflexión moral y política, así como una descripción del ambiente social, sin dejar por ello de lado el fino análisis psicológico de los muchos y variados personajes que aparecen en la obra: Para juzgar a un hombre se necesita al menos estar en el secreto de sus pensamientos, de sus desventuras, de sus emociones; no querer conocer de su vida sino los acontecimientos materiales es hacer simple cronología, la historia de los necios.

A punto de suicidarse lanzándose al Sena en plena noche, después de haber perdido sus últimos dineros en una casa de juegos, el joven Rafael decide postergar el momento de hacerlo y entra en una tienda de anticuario donde se encuentra con un propietario tan fabuloso como la prenda con que lo va a obsequiar, aunque más tiene de condena que de obsequio, porque ha de firmar un contrato que liga su vida a la aceptación del poder de la piel de onagro que tiene la virtud de hacer que sus deseos se cumplan, si bien cada vez que manifieste un deseo la piel se encogerá, hasta que llegue a acabar entregando su vida a cambio de esos deseos. El «sabio» enigmático que regenta la tienda va a mantener con Rafael una conversación que marcará el rumbo de su vida en el inmediato futuro. Se trata, en su conjunto, de una situación trágica, el suicidio inminente de un joven que desespera de poder hallar su sitio a través del estudio en la sociedad, y de un encuentro en el que el discurrir filosófico-mistérico del anciano rescatará en Rafael la ambición que guiaba sus pasos a través del esfuerzo, sustituyendo estos, a partir de ahora, por las artes mágicas del trozo de piel que, como amuleto, acabará aceptando Rafael, no sin antes dejarse convencer por la persuasión de su mefistofélico interlocutor: El hombre se agota por dos actos realizados instintivamente y que secan las fuentes de su existencia. Dos verbos expresan todas las formas que toman esas dos causas de muerte: Querer y Poder. […] Querer nos abrasa y Poder nos destruye: pero Saber deja a nuestra débil organización en un perpetuo estado de calma. […] En dos palabras: he colocado mi vida no en el corazón, que se rompe, ni en los sentidos, que se embotan, sino en el cerebro, que no se desgasta y sobrevive a todo. […] Mi única ambición ha sido ver. Ver, ¿no es saber? […] El pensamiento es la llave de todos los tesoros, proporciona los goces del avaro, exentos de todos sus sinsabores. […] Lo que los hombres llaman pesares, amores, ambiciones, reveses, tristeza, son para mí ideas que yo transformo en ilusiones; en vez de sentirlas, las expreso, las traduzco; en lugar de dejarles que devoren mi vida, las dramatizo, la desarrollo; me divierto con ellas como lo haría con novelas que leyera por distracción.

La presencia de Rastignac, que como  protagonista en Papá Goriot se nos presentará como un modelo de ética que no se compadece con el retrato que se nos da aquí, es determinante para convencer a Rafael de que la mejor manera de suicidarse es entregarse al libertinaje hasta que este acabe con uno: Yo también, como todos los jóvenes, he meditado sobre el suicidio. ¿Quién de nosotros a los treinta años no se ha matado dos o tres veces? Pues no he encontrado nada mejor que desgastar la existencia con el placer. Sumérgete en una disolución profunda: tu pasión o tú pereceréis en ella. El libertinaje, querido, es el rey de todas las muertes. Eso le dice en una reunión con otros jóvenes que pretenden fundar un periódico del que quieren hacer a Rafael la cabeza visible:  El poder se ha trasladado, como sabes, de las Tullerías a casa de los periodistas. […] El gobierno, es decir la aristocracia de banqueros y abogados que se ocupan hoy de la patria como los curas se ocupaban antiguamente de la monarquía, ha sentido la necesidad de engañar al buen pueblo de Francia con palabras nuevas e ideas rancias, a ejemplo de los filósofos de todas las escuelas y los hombres fuertes de todos los tiempos. Un banquete que degenera en francachela y del que Rafael sale con un contrato para escribir memorias ficticias, lo que le permite instalarse en una habitación modesta donde proseguir sus estudios para escribir su gran tratado sobre la voluntad y desde donde aspirará a enamorar a Fedora, una mujer caracterizada por destruir a cualquier amante que pretendiera someterla a su poder, a través de la seducción. Para Rafael, Fedora se convierte en una pasión irreprimible que está a punto de llevarlo al asesinato, aunque sabe retirarse a tiempo y continuar con su vida hasta que recibe una herencia cuantiosa que lo convierte en una persona rica. En el cuarto donde se instaló establece una relación afectiva con la hija de la dueña, Pauline, a quien da lecciones de cultura y de piano. Más tarde, cuando la propia familia de Pauline se ha enriquecido por la llegada del padre que estaba en el extranjero, en Sudamérica, ambos coinciden en el teatro y se produce una anagnórisis que acabará en enamoramiento y en anuncio de boda.

En la medida en que el protagonista advierte que se va cumpliendo la ominosa parte del contrato, que la piel encoge y él se acerca cada vez más al peligro de muerte, inicia una ronda científica para tratar de someter la piel a un tratamiento material que impida el encogimiento, pero no hay ciencia humana que pueda luchar contra la contracción de la piel. En esa deriva científica se intuye la poderosa vena realista del autor, si bien el rasgo fantástico de la novela es el que permite seguir las peripecias de los esposos con redoblado interés, porque la ciencia, advirtiendo su impotencia frente a la piel, deriva la raíz del misterio a la propia salud del protagonista, quien se instalará en un balneario de montaña para combatir un mal, al estilo de lo que habría de ser, mucho después, el hotel balneario de La montaña mágica, de Mann. El enfrentamiento con los residentes, un episodio estupendo en el que se retrata la marginación del diferente, frente al que se agrupan «los otros» para marcarlo con el estigma del peligro,  acaba en un duelo al que él asiste con el fatal conocimiento previo de que habrá de huir de las autoridades tras matar a su oponente sin siquiera disparar él la pistola.

Balzac, un autor de compleja personalidad, que se describe, en la figura de Rafael,  a sí mismo en su habitación mísera en la época de sus inicios como escritor, sin contar con el aval y la ayuda de sus padres, pero fiel a su determinación de convertirse en escritor a toda costa, llena su novela de muchos apuntes francamente interesantes sobre muchas realidades de su tiempo, y buena parte de ellos tienen que ver con su propia obra literaria, porque Rafael es, a todas luces, un alter ego del autor, mutatis mutandis. Si ibas a dormir por diez céntimos en esas casas filantrópicas en las que los mendigos duermen apoyados en cuerdas tirantes…, no describe el autor con un realismo que parece preludiar el aún lejano naturalismo de Zola; el mismo que, ante el caso de Rafael, le sirve para hacerse eco de un problema que fue de ayer y que es de hoy: Cada suicidio es un poema sublima de melancolía. ¿Dónde podrá encontrarse en el mar de la literatura, un libro flotando que pueda luchar en genio con este suelto?: «Ayer, a las cuatro, un joven se echó al Sena desde el puente de las Artes.»

         Está claro que Rafael ha escogido el camino que le ha abierto la posesión fantástica de la piel de onagro para aventurarse en la vida, pero no es menos cierto que Balzac sabe sacarle a esa maldición un rendimiento dramático que va creciendo, de forma sostenida, hasta un final romántico. A su manera, Oscar Wilde aprendió muy bien la lección de Balzac para su Retrato de Dorian Gray, que se condensa en esta Piel de zapa tan inspiradora y emotiva.  Sencillamente, no me esperaba un relato tan magistral como el que acabo de leer. Es cierto que el intermedio científico es asaz moroso y distrae no poco del curso de los acontecimientos que el lector quiere seguir, pero Balzac siempre encuentra el modo de sacar alguna enseñanza que nos compensa por esas páginas que nos detienen en exceso.

         La importancia del fundamento económico de la sociedad y de los individuos que pueblan el periodo postnapoleónico en Francia es uno de los rasgos distintivos de algunas novelas de Balzac. Él mismo durante toda su vida anduvo en pleitos, morosidades, impagados, créditos y otros pormenores económicos de los que habla en sus novelas con mucho conocimiento propio y excepcional agudeza. En general, los juicios críticos del autor, a pesar de su recio conservadurismo, siguen teniendo vigencia, porque quien ha buceado en sí mismo con tanta diligencia ha sabido entrar en los demás con y sin respeto, pero hasta la médula del hueso. Nada humano le era ajeno, y esa curiosidad, expresada por el viejo anticuario, por saber enriquece sus novelas extraordinariamente. Pongamos por caso su concepción de la prensa:

— El periodismo, ves, es la religión de las sociedades modernas y es un progreso.

—¿Por qué?

—Porque los pontífices no están obligados a creer, ni el pueblo tampoco

que remacha cuando, ya casado con Pauline y disfrutando de las excelencias del matrimonio que se basta a sí mismo, sin necesitar nada fuera de él, Rafael se queda adormilado leyendo el periódico —político por definición— y Pauline se lo arrebata: Rafael había olvidado su periódico. Paulina lo cogió, lo arrugó, hizo una bola con él y la lanzó al jardín: el gato corrió tras de la política que giraba como siempre, sobre sí misma.

         Sorprende, además, en ese mundo densamente conceptual de Balzac que acabo de descubrir, algunos relámpagos de ingenio muy adelantado a su época, como se advierte en esta definición del arte: No hay nada en el lenguaje humano, ninguna traducción del pensamiento hecha con ayuda de los colores, de los mármoles, de las palabras o de los sonidos que pueda representar el nervio, la verdad, lo acabado, la rapidez del sentimiento en el alma. ¡Sí, quien dice arte dice mentira! Una mentira que se reviste, en La piel de zapa, con todas las falas de lo real objetivo, a pesar de la acusada sentimentalidad que preside buena parte de la historia, sobre todo al final, un desenlace que reúne todas las características de un final operístico que se adelanta, también, de forma precursora, a La dama de las camelias, de Dumas, hijo.

         Permítanme consignar, a modo de coda, algunas de las observaciones con que va esmaltando Balzac su historia, destellos de su aguzado ingenio y de su baqueteada experiencia:

         En primer lugar una observación sobre el sueño que se adelanta a las investigaciones de Freud: El sueño, hecho vulgar en apariencia, pero en el fondo lleno de problemas insolubles para el sabio.

         Un apunte ligero, casi frívolo, pero con un envidiable poder de síntesis, además de una prefiguración de la importancia capital del género en el realismo del XIX: Era más que una mujer, era una novela

         Un apunte histórico que, conveniente y modestamente investigado, nos da como resultado que la vendetta era algo así como el sistema judicial popular de la isla de Córcega. De hecho, Balzac publicó en el mismo año que La piel de zapa un libro sobre Córcega titulado precisamente así: La vendetta: Como el deseo de venganza roe el corazón de un fraile corso

         Un apunte social que nos roca muy de cerca: Señora, hay dos tipos de miserias. La que va por las calles vestida de harapos pero con la cabeza alta y que, sin saberlo, imita a Diógenes. […] Y luego está la miseria del lujo, una miseria española que oculta la mendicidad bajo un título nobiliario: orgullosa y engalanada con plumas.

         De Fisiología del matrimonio, publicado antes que la novela que nos ocupa, debió de sacar Balzac esta sentencia lapidaria: El matrimonio es un sacramento en virtud del cual no nos comunicamos más que disgustos.

         Y, finalmente, que es también conclusión llena de delicadeza moral y estilística, estefino apunte psicológico de Balzac que nos remite a las literaturas galantes del VIII francés, cuando, efectivamente, una frase dicha oportunamente podría arruinar una reputación: En Francia sabemos cauterizar una llaga: pero aún no conocemos remedio para el daño que produce una simple frase.

 

 

 

 

 

 

domingo, 14 de mayo de 2023

«Mockingbird», de Walter Tevis, el autor de «Gambito de dama».

 

En tiempos de la polémica inteligencia artificial, un futuro distópico, sin lectura ni escritura, en una sociedad dominada por robots en un planeta casi deshabitado.


 

         Hay libros de libros que no son necesariamente la «biblia», sino el rastro de una vida lectora entretenida en rastrear la existencia de los mismos en las bibliotecas de la ficción novelística. Eso es El gabinete mágico. El libro de las bibliotecas imaginarias, de Emilio Pascual, un paseo emocionante por tal cantidad de obras literarias, de ficción y de no ficción, que requeriría, su sola enumeración, una larguísima y provechosa entrada en este Diario. De entre esas ficciones innúmeras que anota Pascual en su magna obra, enseguida, al leer su libro, se me quedó la copla de este de Walter Tevis, autor de ciencia-ficción desconocido para mí, que no soy frecuentador habitual del género. Luego supe que conocía de él una adaptación televisiva de una novela suya: Gambito de dama, una serie magnífica.

         Esta novela nos presenta una distopía en la que la sociedad que ha sobrevivido a una supuesta devastación del planeta (Africa has approximately three million […] Asia has about four and a half millions souls […] Australia has been evacuated and has zero population. Europe is about the same. […] The goddamn population of North America is two million one hundred seventy-three thousand and twelve) ha perdido el uso de la lectura y de la escritura, salvo en el caso de personas aisladas o, como le sucede al protagonista, un profesor universitario, porque ha aprendido a hacerlo descifrando los intertítulos de las películas mudas que ve.

         La sociedad, ahora que tanto hablamos de la inteligencia artificial, está regida por robots y, de hecho, uno de los tres protagonistas de la novela es el robot Robert Spofforth (mankind’s most beautiful toy),un Make Nine tan perfeto que, como sucede con los replicantes de Blade Runner, de Riddley Scott, habita en él ese deseo de saber exactamente cómo sentirán los seres humanos, de quienes es copia perfecta. En el mundo casi sin sentido ya en el que se mueve Spofforth, llega un momento en que quiere desaparecer, pero ha sido programado de tal manera que le está prohibido el suicidio.

         El otro protagonista, Robert Bentley, que ha sido criado, como las últimas generaciones, en dormitorios, y que no se recuerda habiendo sido niño ni teniendo padres que lo eduquen o con quienes hablar (Most drugs fort the past thirty years have contained a fertility-inhibiting agent), tiene la particularidad de haberse acercado al mundo del cine mudo y haber intentado descifrar los intertítulos. Más tarde, descubre el Diccionario (The book is called Dictionary. It contains a forest of words) y recibe una impresión tan poderosa que todo su afán de ese momento en adelante consistirá en dominar algo prohibido: leer y escribir.

         Las rígidas normas que imperan en la sociedad ultraindividualista se resumen en unos pocos eslóganes que nadie se cuestiona: Don’t ask, relax; Alone is best; Quick sex is best; y rigen normas como la de la Mandatory Politeness y, sobre todo, los principios fundamentales del Individualism and Privacy que el protagonista transgrede cuando se encuentra, en las instalaciones del zoo, con el tercer personaje principal de la novela: Mary Lou, una mujer que logra sorprender a Bentley cuando ella le dice que esta empeñada en recordar su vida: «I’ve been trying to memorize my life»  «Memorize my life». The phrase was so odd that I said nothing. […] I discovered the word «memorize». And this was the definition given: «To learn by heart», and how strange that was —heart, to learn by heart. I could noy understand it all. And yet the word «heart» seems somehow right, for I know that my heart has always beaten. Always.

         Como se advierte, el planteamiento nos permite colocarnos en la situación de quien descubre el lenguaje escrito y ha de descifrarlo como, en su tiempo, gracias a la piedra Rosetta se descifraron los jeroglíficos egipcios. Las referencias constantes a las películas mudas y a actrices propias de la época, como las ya olvidadas Theda Bara, la primera vamp del cine, apelativo que se deriva de su película A fool there was, de Frank Powell, donde interpreta el papel de una vampiresa, Gloria Swanson y Zasu Pitts, de larguísima carrera, y protagonista de una de las mejores películas de todos los tiempos, Avaricia, de Erich von Stroheim, nos introducen en un ámbito que nos es cercano, del mismo modo que, sabiendo que el autor escribió Gambito de dama, no nos sorprende que en su aventura de descubrir libros aparezcan los manuales de ajedrez que, imaginamos, el autor habrá leído con suma atención, como  «Basic Chess Endings» and the author’s name was Reuben Fine, quien fue campeón de ajedrez en los años 30 y renunció a disputar el trono mundial a Alekhine, muy admirado por Bobby Fisher o  Paul Morphy and the Golden Age of Chess, campeón del mundo oficioso a finales del XIX, quien se retiró a los 21 años.

         Se trata, como se aprecia, de un libro lleno de referencias culturales de todo tipo en una sociedad en la que los protagonistas se preguntan: Why don’t we talk to one another? […] Why can no one read? What happened? Una Sociedad de las que se nos precisa un dato escalofriante que no sé si resistirá el paso del tiempo, porque la acción de Blade Runner estaba fijada en 2019, por ejemplo:  The last book ever published by Random House, once a place of business that caused books to be printed and sold by the millions. The book is called Heavy Rape; it was published in 2189. […] The abolition of reading programs in the schools during the past twenty years has helped bring this about. […] Bob [Spofforth] seems to know almost everything; but he doesn’t know when or why people stopped reading. «Most people are too lazy», he said. «They only want  distractions».

         Detenido y llevado a juicio, Bentley es destinado a una prisión donde ha de realizar trabajos forzados, de donde escapa para, con su nuevo compañero, un gato, desplazarse hacia el norte en un duro invierno hasta que llega a una colonia habitada en la que es hecho prisionero por quienes están dispuestos a arrojarlo al fuego eterno, y del que se escapa por su invocación bíblica. En efecto, se ha encontrado con una secta cristiana que no solo se admira de que él conozca a Jesús, sino de que, para sorpresa de los demás, sepa leer la Biblia, por lo que es tratado a cuerpo de rey y convertido en lector oficial de la secta, que se reúne para escuchar su lectura del texto sagrado.

No tarda mucho en decidir seguir su camino y con un autobús inteligente que no solo interactúa con él, sino que es capaz de leerle los pensamientos, se dirige hacia Nueva York en busca de Mary Lou, quien a esas alturas ya está desarrollando un embarazo que es propiamente una incógnita: I have read a book about having babies and taking care of them. But I have no idea of what it will feel like to be a mother. I have never seen one. Vive con Spofforth, porque fue el robot quien denunció a Bentley para sustituirlo, supuestamente, en el corazón de la joven, a quien atiende con suma deferencia rayana en imposible amor; y es el robot quien la atiende en el parto.

La aparición del autobús es un regalo literario, pero es una lástima que ocurra en el último tercio de la novela que, formalmente, va cambiando cada capítulo de personaje y en el de Bentley se recoge un diario que va escribiendo, aunque le cueste hacerlo.

Este libro es una tentación constante para los cinéfilos, porque Zasu Pitts, hasta donde se me alcanza, no rodó ninguna película titulada The Lost Chord, por ejemplo; pero la referencia que hace a la Swanson:  And I did buy her flowers, at a vending machine. White carnations, like Gloria Swanson wore in Queen of Them All, un título que no responde a ninguna película, sino a un programa de televisión en el que apareció la actriz. Gloria Swanson sí rodó Queen Kelly, de Erich von Stroheim, pero el rodaje en África fue tan accidentado que Stroheim fue despedido y desecharon ese material africano, con una danza de la Swanson en un burdel…La película se estrenó solo en Europa y sin el material africano. Curiosamente, ¡lo que son las vueltas y revueltas de los rodajes cinematográficos!, esas escenas se ven en una película magistral de Billy Wilder, Sunset Boulevard, cuando Erich von Stroheim se las proyecta a la vieja actriz del cine mudo [Gloria Swanson] en su barroca mansión…

No sé si la novela puede considerarse una novela optimista, en la medida en que se recupera, aunque sea muy parcialmente, la lectura y la escritura, pero el protagonista no lo acaba de ver claro: I thought of myself and of Mary Lou, possibly the last generation of man on the face of the earth, in a place with no children and no future. De ahí que tenga una opinión tan negativa del hecho de estar sometidos al control de los robots: I was seeing for the first time what the significance of this dumb parody of humanity really was; nothing, nothing at all. Robots were something invented once out of a blind love for the technology that could allow them to be invented. They had been made and given to the world of men as the weapons that nearly destroyed the world had once been given, as a «neccessity».

En todo caso, y dada la polémica actual en torno a la inteligencia artificial, no está de más considerar un futuro tan distópico como el de esta novela, en la que, de nuevo, como en Fahrenheit 451, se impone, a toda costa, no perder ni la lectura ni el patrimonio cultural que nos define como civilización.