martes, 1 de agosto de 2023

«El creador», de Mynona (Salomo Friedländer), y «Púrpura imperial», de Edgar Saltus, dos «raros» finiseculares.

 












La literatura metafísica del filósofo bohemio del dadaísmo y la estilizada recreación  histórica de un neoyorquino atípico: dos desconocidos para el público lector  español que la editorial La Vorágine pone a su alcance.

 

          Algunas semanas atrás recibí una amable comunicación de los editores de La Vorágine, solicitándome una dirección postal para hacerme llegar una novedad en España: la publicación de un relato de Mynona, El creador. Se la facilité lleno de agradecimiento y, al cabo de pocos días apareció en mi buzón un sobre que contenía, para mi sorpresa, no solo el original de Mynona, sino un extra, Púrpura imperial, de un autor, Edgar Saltus, de quien hasta la fecha no había oído hablar, como imagino que le pasará a la mayoría de los lectores de este Diario. No ignoro que la deferencia de los editores para conmigo tiene su origen en haberle dedicado yo a Salomo Friedländer un pequeño ensayo de divulgación de su figura en las páginas de este Diario, lo que, sin duda, debió de llamar su atención, porque no es un autor conocido, ni poco ni mucho, excepto para todos aquellos que tengan algo que ver con la vida o la teoría de Fritz Perls, el creador de la terapia Gestalt, aún en fase de expansión global.

          Mynona, «anónimo» al revés en alemán, oficiaba de máximo pontífice en la tertulia bohemia del café Romanisches en el corazón del Berlín de los años 20 y 30. Presidía allí la reunión de la plana mayor del dadaísmo berlinés y sentaba cátedra de filósofo y combativo escritor antisistema que no solía dejar títere con cabeza, y ahí ha de incluirse Erich Maria Remarque, lo que le valió un furibundo ataque de uno de los popes del periodismo progresista, Tucholsky, aunque es bien conocida la enemiga que le profesaba Thomas Mann, cuya intervención fue decisiva, al parecer, para que le negaran el visado para exiliarse en  Usamérica. Se exilió a París, pero las autoridades alemanas de la Francia ocupada llevaron a sus familiares a campos de concentración y a él, impedido, lo dejaron en su casa, donde murió literalmente de inedia. Un dramático final para un hombre lleno de energía e imaginación que tantas veladas había animado a no pocos nombres de auténtico relumbrón en el panorama artístico berlinés de entreguerras.

          La literatura fantástica de Mynona tiene mucho que ver con los avances tecnológicos, y parte de ella bien puede ser caracterizada como de ciencia-ficción , si bien la parte científica no es más que un mero soporte instrumental para una fabulación de tintes morales, éticos, que le preocupa bastante más. En parte, el magnetófono que recoge la voz de Goethe en una de sus fantasías literarias equivale en El creador al aparato que le permite al barón dirigir el sueño de sus dos conejillos de indias, en una escenografía absolutamente romántica e hija de Mary Shelley y su inolvidable creación. Pero El creador es una obra singular de Mynona, porque en ella se plasma una concepción del ser muy entroncada con su pensamiento filosófico, dedicación para la que reservaba su nombre real, Salomo Friedländer.

          Literariamente, estamos ante una nouvelle o novela corta, género que aclimató en nuestras letras Cervantes, con sus novelas ejemplares. Ello nos permite centrarnos en el corazón del asunto casi de buenas a primeras, y. en este caso, en el mundo onírico, justo cuando los sueños, a partir del libro de Freud, La interpretación de los sueños, forma parte del dominio común e incluso decanta ciertas vocaciones hacia el ejercicio del psicoanálisis. Téngase presente que Friedländer estudio medicina, aunque no llegó a ejercer, y que su vocación filosófica lo llevó a Berlín para seguir esos estudios, lo que le vale ser desheredado. Medicina y filosofía se dan la mano, pues, para adentrarse en una narración de marcado carácter paradójico y fantástico. El narrador nos avisa pronto de lo que observaremos en el desarrollo posterior: No pertenezco a la clase de personas que buscan el origen de sus sueños en algún tipo de estado corpóreo, sino en el interior: en el alma. Sí, me inclino a considerar el propio cuerpo como una solidificación del alma. La oposición materia/espíritu adquiere rango metafísico en esta narración en la que tanto el protagonista como los personajes que aparecen después se decantan por los postulados que el barón, propiciador del experimento onírico en que se ven embarcados el protagonista y Elvire, expone siguiendo las líneas fundamentales del «pensamiento» de Friedländer: la indiferencia creativa y la divinización del ser, lo que lo convierte en un auténtico creador: El verdadero Yo no tiene absolutamente nada de objetivo, digamos que es el principio creador de todo lo objetivo, externo, diferenciado. Por eso, este verdadero yo, el mago, para poder materializar sus poderes, es decir, crear sus objetos realmente con su propia fuerza, necesita una plena conciencia y voluntad y mantenerse alejado de todos los elementos externos que puedan inducir una confusión con el propio ser. Tengan en cuenta que el yo verdadero es el todo cósmico sin excepciones, la indiferencia creadora de todo lo diferente, el inmenso syn [¿sinónimo?]del mundo, y uno se puede servir, en principio, de la ventaja de todas las ventajas, la de ser el creador del mundo, sola y exclusivamente cuando uno no puede ni quiere reconocerse a sí mismo como otra cosa que como tal, recién entonces podrá sentirse así y experimentarse en plenitud. Recuérdese que entre los aforismos de Mynona destaca este: «Yo surgí de mi propio sombrero de copa», lo cual, por la vía de la experiencia mágica pone en relación la prestidigitación con las ideas creativas de Mynona. De hecho, Magia gris es una novela en clave en la que se refleja, desde su perspectiva crítica el ambiente cultural de la República de Weimar, y en la que aparece como personaje un filósofo citado en El creador y que fue uno de sus referentes, Ernst Marcus. No sé si el límite en extensión de las publicaciones de La Vorágine permitiría una excepción con esta novela, sobre todo porque los costes de edición dependen siempre del número de lectores posibles. Está claro que El creador es una magnífica tarjeta de presentación de Mynona entre el público lector español y deseo que crezca exponencialmente el número de lectores interesados en este autor por quien Walter Benjamin sintió franca simpatía.

          La novela avanza hacia una situación tan paradójica como la de que el barón que dirige los sueños de sus «conejillos» acabe convertido en un ser dependiente del sueño creativo del protagonista. Recordemos la conditio sine qua non del «creador»:  ―La libertad ―exclamó el barón entusiasmado e irónico al mismo tiempo―, la más íntima autosuficiencia del alma es la única autodeterminación creadora posible. Aquel que no posea la fuerza impetuosa fundamental para liberarse a sí mismo del mundo y vivir en el seno de su propia individualidad no es más que una creación, lejos de ser un creador. De hecho, nos movemos en el ámbito de lo mirífico, como constata el barón: En el fondo no hay nada que no sea un milagro. […] Si la propia voluntad, el milagro de los milagros, es realmente creativa, conseguirá así también brillar objetivamente con su propio resplandor a través de la sobria superficie de la regularidad misma. Diríase que la auténtica individualidad es algo así como un vacío fértil desde el que se experimenta la omnipotencia divina del creador, quien, al cabo, no es nada ni nadie, sino una mera instancia «creativa»: Me deleito en el placer creador del sueño. ¿Pero quién soy yo en verdad? ¡Espeluznante…! No soy nadie, nada, nunca ni en ningún lugar. Los que son alguien, algo, espacio, tiempo o materia son mis creaciones, pero yo no. Esta es la condición de mi omnipotencia: la renuncia a toda exterioridad o diferencia. Yo solo soy un diferenciador, un creador. Ese es, curiosamente, el punto vacío que ha de alcanzar el terapeuta de la terapia Gestalt para, incontaminado, poder intuir la deriva del sujeto hacia la superación de su neurosis.

          En esa lucha constante entre el determinismo de la naturaleza y las exigencias psíquicas, el protagonista reconoce, y es confesión autobiográfica, que lo libra el hecho de dormir ocho horas cada día y de respirar por la nariz mientras habla, y añade: La omnipotencia es muy común; pero por lo general no sabe nada de sí misma. […] Yo había interiorizado esa sensación de ser el Amo del mundo. Pero también era consciente de que la omnipotencia no era para haraganes, sino que requería la más severa disciplina. No nos movemos, pues, en el ámbito mágico del capricho, sino en el de la responsabilidad, en el de la seriedad. Y esa mezcla de planos le confiere a la narración una dimensión filosófica que la aparta de la mera fantasía, sin renegar de ella.

 

          El escritor neoyorquino Edgar Saltus, cuya obra tengo el placer de conocer gracias a esta edición de La Vorágine de una de sus obras más importantes, Púrpura imperial, que figuraba entre las predilectas de Henry Miller, comparte con Salomo Friedländer el amor por la filosofía, lo que lo lleva a iniciarse en el mundo de las publicaciones con dos libros de naturaleza filosófica que «prometen» mucho: The philosophy of Disenchatment y The Anatomy of Negation, que buscaré en edición virtual inmediatamente. A Púrpura Imperial le acompaña en el volumen unos apuntes biográficos sobre Oscar Wilde, con quien el autor mantuvo cierta relación, y que se nos ofrecen bajo el título Wilde: impresiones de un ocioso. Se trtata de una visión del escritor inglés poco complaciente pero psicológicamente muy penetrante, escrita sin la reverencia habitual con que suele escribirse sobre el gran dramaturgo.

          Del prólogo de Jason de Boer a Púrpura imperial rescato la profesión de fe estética del autor: Saltus describió su propia estética de este modo: «en la literatura cuentan solo tres cosas: el estilo, el estilo pulido, y el estilo vuelto a pulir». Estamos, pues, ante un escritor eminentemente esteticista que aplicó sus principios a las más diversas materias, aunque la crítica escoge entre sus pobras principales la presente que comentamos y The imperial Orgy, de naturaleza semejante a  Púrpura imperial, pues se trata de una historia de los zares que, imagino, no diferirá de la esta antología del horror y el exceso protagonizada por los emperadores romanos desde Augusto. Se trata, en definitiva, de una reescritura de la Historia de Roma a la que ya dedicó su atención Robert Graves en su Yo, Claudio, cuya adaptación televisiva se convirtió en una de las primeras *bestseries de la televisión, cuando aún el concepto de «serie» no tenía el significado actual.

          Saltus acompaña su relato de las vidas de los césares con una capacidad de análisis histórico, psicológico y sociológico notabilísimo, y lo pone al servicio de una narración agilísima que recorre a grandes zancadas una historia decadente plagada de disparates, venganzas, absurdos, intrigas, rencores, momentos estelares y personajes reales con los que a la ficción le es imposible competir, incluida la de Rabelais o Jarry. El punto de partida lo fija Saltus en el cambio de condición del Estado y del César: Cuando sucumbió la República, su divinidad fue traspasada al emperador; él se hizo con el rango de Júpiter y, como tal, fue investido de una majestad que era un sacrilegio ofender. […] Era un delito desnudarse ante una estatua de Augusto, mencionar su nombre en las letrinas, llevar una moneda con su efigie en un lupanar. El castigo era la muerte. De las propiedades del acusado, una tercera parte iba a manos del denunciante, el resto al Estado. […] Si el acusado disponía de tiempo para suicidarse antes de su juicio, su propiedad quedaba a salvo y su cadáver no era profanado. El suicidio se volvió endémico en Roma. ¿Qué guía inspira a Saltus en el recorrido estremecedor que sigue su pluma? Muy sencillo, el de los escritores que siguiendo a Blake, «el camino del exceso conduce a la sabiduría», advierten que la descripción del mal en estado puro puede acercarles a  una percepción de  lo sublime: Analizad lo terrible y encontraréis lo sublime, nos dice Saltus. De algún modo, el horror y lo sublime son conceptos que van de la mano desde la Ilustración. Si el sueño de la razón produce monstruos, ¿quién puede dudar de que el estudio de lo monstruoso nos acercará a la razón? A ese horror ha de sumársele, sin duda, la perspectiva estética que tanto peso y valor tiene en la corte imperial, esa «púrpura» que nos habla de un gusto exquisito y decadente, propio de Baudelaire, quien con sus Flores del mal se anticipa a parnasianos, simbolistas, expresionistas y las vanguardias en general.

          Saltus llena su narración histórica de hechos sorprendentes, propios del anecdotario, como que los Sármatas nutridos con leche de yegua se oponían a la debilidad imperial, pero enseguida añade el diagnóstico histórico que le da el contexto preciso. En este caso, que Domiciano pagó a las sármatas para que estuvieran quietos. Se requiere poca agudeza para darse cuenta fe que cuando Roma permitía que la extorsionaran, el fin estaba cerca. Sí, Saltus narra la decadencia moral de un imperio, y ello siempre da pie al lucimiento, aunque ha de reconocerse que personajes como Calígula, Nerón, Heliogábalo o el propio Claudio contribuyen poderosamente a facilitar la labor del autor. El propio autor reconoce el hechizo de la lectura de la Historia:  Adriano era el diletante, también el erudito; viajaba no para conquistar, sino para aprender, para satisfacer una insaciable curiosidad, para ser mejor, para la gloria. […] Hubiera sido interesante, sin duda, haber cenado con él en París; haberse batido contra los leones en sus pantanos de África; haber oído los himnos arcaicos ondular por los torrentes del Nilo; haber reposado en la Academia; escalado en el Parnaso y navegado en el mar Egeo; pero un libro de historia y una butaca bastan para que el viajero cierre los ojos y regrese el pasado. A eso nos ayuda Saltus con su pluma, a revivir el pasado desde una perspectiva que no se extraña de lo atroz ni de lo criminal, ni de la ebriedad divina ni del extraño mundo de una civilización que se encamina hacia su final entre estertores cuya descripción nos acerca al «realismo mágico» de García Márquez: Habían luchado tres años contra un Nabucodonosor que había provocado torrentes de sangre tan abundantes como para arrastrar las piedras a millas de distancia, y que había dejado suficientes cadáveres para hacer fértil la tierra durante diez años. […]  Donde había estado la ciudad de David, se erigió Aelia Capitolina, una Roma en miniatura, cuyas puertas, excepto un solo día del año y so pena de muerte, estaban prohibidas a los judíos, que no las podían traspasar ni mirar, y sobre las que había imágenes de cerdos, puercos de hocico desdeñoso, con las pezuñas hacia dentro y la cola retorcida como una mentira.

          Saltus se percata enseguida de que Roma está por encima de los individuos que la forman: todo se subordina al Imperio, nadie es más importante, ¡ni aun el propio emperador!, que la propia Roma: El dios de Roma era Roma, y su religión el patriotismo. Las virtudes antiguas, valor en la guerra, templanza en la paz, y honor en todo momento, eran cívicas, no personales. Era el estado quien tenía un alma y no el individuo. El hombre era efímero; la nación perduraba. Era la permanencia de su grandeza lo que importaba, y nada más. De algún modo, Roma es ya la prefiguración del Leviatán de Hobbes, de igual manera que se convierte en el referente político europeo por excelencia, y muy particularmente del sueño imperial alemán, el Sacro Imperio Germánico. Con todo, y a pesar de las virtudes cívicas que se ensalzan como ideal de vida social y política, las grandes virtudes no complacen, son los sinvergüenzas a quienes venera la chusma. A pesar de todo, Nerón había sido amado por la masa. Hubo rosas sobre su tumba durante años. Un contraste que no nos es ajeno, porque está sucediendo ahora mismo…

          Si alguien tiene un buen recuerdo de la obra de Graves o de su adaptación televisiva, este breve libro le va a deparar un placer muy intenso, porque el estilo sentencioso y afilado de Saltus no se pierde en digresiones, sino que se ciñe a algunos rasgos, muy a menudo estrambóticos, de unos personajes que bien pudiera decirse de ellos que forman una galería de dementes en los que la crueldad se alía con la estética para alcanzar la apoteosis sublime del mal en estado puro.

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