27 de setiembre de 2...
La alergia colinérgica es enfermedad paralizante. ¡No haces otra cosa que rascarte! Inmóvil, angustiado, mientras contemplas –naturalista bebecesco- cómo se llena el cuerpo de bubones que, como las gotas de aceite sobre el agua, se unen hasta formar una meseta paramesca, un yermo enrojecido del que se eleva un calor dolorido cuyos gritos tensos se te meten hacia dentro como la brasa se abre camino hacia el hueso en el pie que se equivoca en el brasero... Es la humedad, en parte, responsable, ¡y el azar! Tal como vino quizás algún día se vaya, dicen los doctores en ignorancia y maestros en la minuta.
El fracaso, mi desencajamiento, también es responsable. Las bubas son sensibles a los estados depresivos. Sería éste un buen argumento para cortar el discurrir de los días y mis desahogos; pero quienes tenemos el alma masoquista, como la tenía Reich, nos nutrimos de ella para seguir aguantando hasta que lleguen los días de la gloria desconcertante. Ya no tengo prisa. Quien fui sí que la tuvo. ¡Cómo deseaba que se consumieran los meses que tenía que aguardar en vilo hasta que se fallaran los cien mil concursos a los que se presentó durante toda su vida! ¡Si se hubiera cumplido su deseo, apenas habría pasado de los veintipocos años...!
Estoy bien aquí, calentito, con las manos sobre el casi zoster que me rodea la cintura, preludio de las manos sobre las castañas noviembrescas... Muchos puntos suspensivos son éstos que llevo, la verdad. Y yo he venido aquí a suspender a otros, no a quedarme yo romantizado, con tres pañuelos llenos de esputos sanguinolentos, los ojos en blanco y la tez avinagrada. Cualquiera me vale, claro está. Cualquier nombre al voleo de Voland pone el dedo en la llaga: da igual que Marías, da igual que Mendoza, da igual que el difunto nobelcelado, da igual que Reverte, da igual que Umbral, da igual que Vila, da igual que las sonrisantas utsupradas, da igual que Muñoz y cia (vale santa costilla), da igual que... Son nombres al bote pronto del desdén, ni mayores ni menores que otros que pudieran haber botado: todos ellos en el bote fáctico de los emporios donde jamás admitirían una obra como ésta (y aquí vendría pintiparada la cita de Marx, que dejo a elección de los perspicaces y sobrados).
Es muy de cánones religiosos hablar de autores mayores y menores, de capítulo entero, de negrita o de bastardilla en los libros de la Historia, la gran mentecata; pero convendría hablar, quizás simplistamente, de obras literarias y de obras de pasatiempo, casi de pasa el viento...Y dejo para los iluminados por el sentido excepcional de la sensibilidad, discernir en qué consista lo literario. Yo me retiro hasta mejor ocasión: el masaje de la bolsa de guisantes congelados sobre mis bubas enardecidas me ha dejado helado, y plumisilánime.
lunes, 27 de marzo de 2006
lunes, 13 de marzo de 2006
20 de setiembre de 2...
¡Apertura del año literario! ¡Salen las glorias rancias/patrias a la pasarela! ¡Se inicia el desfile de las inanidades! Las matronas paisanas se liftean la sonrisa y ofrecen sus novedades: se ha abierto la veda de lo nimio y ahí se aprestan los cazadores seducidos por la publicidad para cobrar su piel de marmóreo blanco, tan a juego con la pizarra cerebral del mismo color de quienes disparan con el ojo guiñado y el gusto estragado.
Montero y Grandes se ensanchan en las adulaciones de edecanes y corifeos. La literatura, avergonzada, se escapa hacia el amparo de quien, al otro lado de las páginas, las aleja de sí con repugnancia. Yo mismo.
¡Antañones parecen los años bisiestos que parecen haberse cumplido desde que Echevarría I El Arbitrario desnudó al martinvigilesco bobo de los caseríos! ¿Piedra en estanque? ¡Picatoste en puré! Miseria.
El Goytisolo que tiene la patente de maldito oficial perpetuo –el otro anda licuado en el desvarío de sindicatos criminales y especies de asemejo- lo dice con la regularidad con que acuden las cigüeñas a Extremadura. Se espera su discurso recurrente, flagelante, inquisidor -¡todo se pega!, hasta aquello que se denuncia.... con verbo flamigeromozárabe-, definitivo, de y punto. Pues vale.
¡Apertura del año literario! ¡Salen las glorias rancias/patrias a la pasarela! ¡Se inicia el desfile de las inanidades! Las matronas paisanas se liftean la sonrisa y ofrecen sus novedades: se ha abierto la veda de lo nimio y ahí se aprestan los cazadores seducidos por la publicidad para cobrar su piel de marmóreo blanco, tan a juego con la pizarra cerebral del mismo color de quienes disparan con el ojo guiñado y el gusto estragado.
Montero y Grandes se ensanchan en las adulaciones de edecanes y corifeos. La literatura, avergonzada, se escapa hacia el amparo de quien, al otro lado de las páginas, las aleja de sí con repugnancia. Yo mismo.
¡Antañones parecen los años bisiestos que parecen haberse cumplido desde que Echevarría I El Arbitrario desnudó al martinvigilesco bobo de los caseríos! ¿Piedra en estanque? ¡Picatoste en puré! Miseria.
El Goytisolo que tiene la patente de maldito oficial perpetuo –el otro anda licuado en el desvarío de sindicatos criminales y especies de asemejo- lo dice con la regularidad con que acuden las cigüeñas a Extremadura. Se espera su discurso recurrente, flagelante, inquisidor -¡todo se pega!, hasta aquello que se denuncia.... con verbo flamigeromozárabe-, definitivo, de y punto. Pues vale.
viernes, 24 de febrero de 2006
12 de setiembre de 2...
No debería dejarme tentar por ninguna historia. Ni siquiera por la que se presenta con la banda sonora de la gloria. No, al menos, mientras dure este desahogo catártico, aunque mucho me temo que va a ser imposible. En el fondo sé que estoy cumpliendo con la aspiración máxima de cualquier escritor que se precie, es decir, al que los editores desprecian: ser fiel a sí mismo, aun sacrificándose en el altar de la conmiseración ajena.
¡Que se traguen su solemnidad de mercachifles de la pseudocultura! ¡Qué coño editores! ¡Ajustadores de balances, todo lo más! ¡Qué sabran de narraciones, los falsos contables! Envarados y trascendidos van por la vida los impostores...
Mentira me parece que haya perdido el culo –y un tercio de mi mísero sueldo con tantas copias y encuadernaciones- buscando su favor. Juan de Zabaleta decía que es de cocineros andarse tras el gusto de los demás... Y se ve que tienen los tales, es decir, los no tales, el estómago delicado, hecho a los efluvios inaprehensibles, de puro sutil, de la cocina moderna....; no a un buen guiso de toma pan y moja, reconstituyente. ¡Allá ellos con sus sirles inodoras o sus falsos amigos “constipados”!
No debería dejarme tentar por ninguna historia. Ni siquiera por la que se presenta con la banda sonora de la gloria. No, al menos, mientras dure este desahogo catártico, aunque mucho me temo que va a ser imposible. En el fondo sé que estoy cumpliendo con la aspiración máxima de cualquier escritor que se precie, es decir, al que los editores desprecian: ser fiel a sí mismo, aun sacrificándose en el altar de la conmiseración ajena.
¡Que se traguen su solemnidad de mercachifles de la pseudocultura! ¡Qué coño editores! ¡Ajustadores de balances, todo lo más! ¡Qué sabran de narraciones, los falsos contables! Envarados y trascendidos van por la vida los impostores...
Mentira me parece que haya perdido el culo –y un tercio de mi mísero sueldo con tantas copias y encuadernaciones- buscando su favor. Juan de Zabaleta decía que es de cocineros andarse tras el gusto de los demás... Y se ve que tienen los tales, es decir, los no tales, el estómago delicado, hecho a los efluvios inaprehensibles, de puro sutil, de la cocina moderna....; no a un buen guiso de toma pan y moja, reconstituyente. ¡Allá ellos con sus sirles inodoras o sus falsos amigos “constipados”!
sábado, 11 de febrero de 2006
27 de agosto de 2...
Me fue imposible continuar: al llegar a mí mismo el ordenador se me detuvo en seco, como si me quisiera evitar el chorreo que se avecinaba, ¡caritativo él! Pero aquí estoy, ahora, dispuesto a reconocer esa verdad palmaria: la literatura deprava, no ennoblece; condena, no salva. De mí ha hecho un ser huidizo, asocial, bárbaro, inmisericorde... Misántropo, en resumidas cuentas.
Un escritor ha de ser así, sin embargo: el ombligo del mundo. Por ahí quiere atacarme quien fui para lanzarme a la aventura exterior, para hacerme rodar hacia los tropezones, hacia los picatostes del puré de la realidad. Me resistiré. Yo estoy aquí para algo muy diferente: independizarme de la ambición, de la vanidad y del orgullo. Tengo de todo, y hasta la saciedad, pero no voy a alimentarlo. Bastante tengo con mi maldición, mi bendita –es decir, bien dicha- maldición: que a nadie le interese cuanto escribo, que nadie lea cuanto vomito.
Desabrido me siento, y sin arrimo, y sin abrigo. Solo. ¡Me es tan imposible la inhumana humildad de Juan de la Cruz! ¡Me es tan ajena la voluntad indesmayable de su hermana Teresa! Sé que todo cuanto escribo es digno de ser leído, hasta cuando me equivoco, como ahora, que, entre denuesto y vituperio, apenas construyo el malencarado perfil de un esputo avinagrado y violento. Es lo que hay. Es lo que soy.
Me fue imposible continuar: al llegar a mí mismo el ordenador se me detuvo en seco, como si me quisiera evitar el chorreo que se avecinaba, ¡caritativo él! Pero aquí estoy, ahora, dispuesto a reconocer esa verdad palmaria: la literatura deprava, no ennoblece; condena, no salva. De mí ha hecho un ser huidizo, asocial, bárbaro, inmisericorde... Misántropo, en resumidas cuentas.
Un escritor ha de ser así, sin embargo: el ombligo del mundo. Por ahí quiere atacarme quien fui para lanzarme a la aventura exterior, para hacerme rodar hacia los tropezones, hacia los picatostes del puré de la realidad. Me resistiré. Yo estoy aquí para algo muy diferente: independizarme de la ambición, de la vanidad y del orgullo. Tengo de todo, y hasta la saciedad, pero no voy a alimentarlo. Bastante tengo con mi maldición, mi bendita –es decir, bien dicha- maldición: que a nadie le interese cuanto escribo, que nadie lea cuanto vomito.
Desabrido me siento, y sin arrimo, y sin abrigo. Solo. ¡Me es tan imposible la inhumana humildad de Juan de la Cruz! ¡Me es tan ajena la voluntad indesmayable de su hermana Teresa! Sé que todo cuanto escribo es digno de ser leído, hasta cuando me equivoco, como ahora, que, entre denuesto y vituperio, apenas construyo el malencarado perfil de un esputo avinagrado y violento. Es lo que hay. Es lo que soy.
miércoles, 1 de febrero de 2006
15 de agosto de 2...
¿Quién dijo que la literatura salvaba, o que ennoblecía?
¿Matas? ¡Y una mierda!
La literatura es una depravación constante. Y te convierte en un inmoral de la más baja estofa: ¡estofado de la vanidad del mal y la autocompasión disfrazada de autocrítica insincera!
Mediada la canícula, con una humedad que amenaza con devenir un cortocircuito al filtrarse el sudor por entre las teclas, ¿hay alguien capaz de arrojarse el más tímido de los insultos o los halagos, si ambos no son una y la misma cosa?
Una constatación: la literatura me ha echado a perder; me ha convertido en un paria semiilustrado o ilusoustrado, en un rufián sensibilísimo, en un déspota cortés. Y solo a medias me arrepiento. He sacado lo peor de mí mismo. ¿O sólo lo único de mí mismo?
¿Quién dijo que la literatura salvaba, o que ennoblecía?
¿Matas? ¡Y una mierda!
La literatura es una depravación constante. Y te convierte en un inmoral de la más baja estofa: ¡estofado de la vanidad del mal y la autocompasión disfrazada de autocrítica insincera!
Mediada la canícula, con una humedad que amenaza con devenir un cortocircuito al filtrarse el sudor por entre las teclas, ¿hay alguien capaz de arrojarse el más tímido de los insultos o los halagos, si ambos no son una y la misma cosa?
Una constatación: la literatura me ha echado a perder; me ha convertido en un paria semiilustrado o ilusoustrado, en un rufián sensibilísimo, en un déspota cortés. Y solo a medias me arrepiento. He sacado lo peor de mí mismo. ¿O sólo lo único de mí mismo?
sábado, 21 de enero de 2006
7 de agosto de 2...
¡Otra negativa al zurrón! Esta vez, con todo, la plumilla de turno se ha sentido compasiva y, al margen de la ausencia de encaje con que borda, paradójicamente, la cruel indiferencia, añade que la obra tiene “notables puntos de interés”. ¿O los notables me los pongo yo, profesando una generosidad docente indecorosa? ¡A la mierda con ellos! Como con todos. ¡Se arrepentirán!, que es el grito de quien anda a medio monte escalando las escarpadas, las anfractuosas laderas de la vanidad. No por este Diario lleno de bilis, de bilirrubina y de bravatas de boquirrubio y carifarto; sino por lo que haya de venir, la futura e inobjetable obra gloriosa de la escéptica consagración.
Quien fui me ha jodido bien en lo vivo, desde luego. Esto tiene la heterogeneidad, la heterodoxia y los heterónimos, ¡para que me entere!, que vale casi tanto como ¡para que me integre! Me está desasosegando de lo lindo la sensación de ser utilizado y, además, ucrónicamente. Sé que seré carne de narración a destiempo, pero voy haciéndome al episodio, porque es imposible hacérselo a la idea. En todo caso al disparate, pero eso no es algo nuevo. Mayor aún lo es el de las ellenjamesianas de El mundo según Garp, pero ahí está, vivita y coleando, llena de imputada reputación. ¡Ah, mi Johnny de las debilidades betsellerescas! Me dejo llevar por la cadena de episodios que mitiguen la torpeza mental del mes y le acompaño hasta el final, accidentes automovilísticos incluidos, que son su especialidad.
No quiero escribir así, nunca lo he hecho, nunca podré hacerlo. Otra cosa es mi muy querido y marginadote Carlo Emilio Gadda, cuyo libro Coneixença del dolor me “alegra” estos días de contrariedades varias, calores desmayadores –velo incluido, por supuesto- y ansias infinitas de desquite. PM lo dijo un buen día: habría que conformarse con ser un lector agradecido (¡y mejor aún si agraciado...!, añadiría yo; pero eso es ya mucho pedir) . Allá cada cual con su saco de ambiciones. El mío siempre ha estado a reventar, pero nadie es tan imbécil como yo, ni tan ingenuo, de ahí el atrevimiento. ¿Y qué? No es menos cierto que tampoco nadie es tan “trabajador” como yo, siempre dando el callo... ¿Y eso vale tanto como dar la callada por respuesta?
Probablemente sí. Ahí te tienes en estado de purita corrupción: asido al clavito ardiendo de la paronomasia y bellezas afines y dejando pasar de largo la cabellera nuccial de la ocasión... Esa también se ha de apuntar. Remedio cómo he de tener, sino el de recuartos o reoctavos: purita carnicería.... Bien grosera la sacó Bieito en su Rey Lear de casquería, Leatherface incluido, y ahí está: recibiendo los pláceles de los críticos docilados... Y a mí me miran hasta los refajos... Mañana, cualquier mañana, será otro día, y el mismo de hoy. ¡Qué pobreza episódica la del resentimiento monotemático!
¡Otra negativa al zurrón! Esta vez, con todo, la plumilla de turno se ha sentido compasiva y, al margen de la ausencia de encaje con que borda, paradójicamente, la cruel indiferencia, añade que la obra tiene “notables puntos de interés”. ¿O los notables me los pongo yo, profesando una generosidad docente indecorosa? ¡A la mierda con ellos! Como con todos. ¡Se arrepentirán!, que es el grito de quien anda a medio monte escalando las escarpadas, las anfractuosas laderas de la vanidad. No por este Diario lleno de bilis, de bilirrubina y de bravatas de boquirrubio y carifarto; sino por lo que haya de venir, la futura e inobjetable obra gloriosa de la escéptica consagración.
Quien fui me ha jodido bien en lo vivo, desde luego. Esto tiene la heterogeneidad, la heterodoxia y los heterónimos, ¡para que me entere!, que vale casi tanto como ¡para que me integre! Me está desasosegando de lo lindo la sensación de ser utilizado y, además, ucrónicamente. Sé que seré carne de narración a destiempo, pero voy haciéndome al episodio, porque es imposible hacérselo a la idea. En todo caso al disparate, pero eso no es algo nuevo. Mayor aún lo es el de las ellenjamesianas de El mundo según Garp, pero ahí está, vivita y coleando, llena de imputada reputación. ¡Ah, mi Johnny de las debilidades betsellerescas! Me dejo llevar por la cadena de episodios que mitiguen la torpeza mental del mes y le acompaño hasta el final, accidentes automovilísticos incluidos, que son su especialidad.
No quiero escribir así, nunca lo he hecho, nunca podré hacerlo. Otra cosa es mi muy querido y marginadote Carlo Emilio Gadda, cuyo libro Coneixença del dolor me “alegra” estos días de contrariedades varias, calores desmayadores –velo incluido, por supuesto- y ansias infinitas de desquite. PM lo dijo un buen día: habría que conformarse con ser un lector agradecido (¡y mejor aún si agraciado...!, añadiría yo; pero eso es ya mucho pedir) . Allá cada cual con su saco de ambiciones. El mío siempre ha estado a reventar, pero nadie es tan imbécil como yo, ni tan ingenuo, de ahí el atrevimiento. ¿Y qué? No es menos cierto que tampoco nadie es tan “trabajador” como yo, siempre dando el callo... ¿Y eso vale tanto como dar la callada por respuesta?
Probablemente sí. Ahí te tienes en estado de purita corrupción: asido al clavito ardiendo de la paronomasia y bellezas afines y dejando pasar de largo la cabellera nuccial de la ocasión... Esa también se ha de apuntar. Remedio cómo he de tener, sino el de recuartos o reoctavos: purita carnicería.... Bien grosera la sacó Bieito en su Rey Lear de casquería, Leatherface incluido, y ahí está: recibiendo los pláceles de los críticos docilados... Y a mí me miran hasta los refajos... Mañana, cualquier mañana, será otro día, y el mismo de hoy. ¡Qué pobreza episódica la del resentimiento monotemático!
viernes, 13 de enero de 2006
22 de julio de 2...
Blanco. Blanco. Blanco. Y este asco. Que es el de antesdeayer y el de pasadomañana, y el de un hoy que es hoyo y que, a duras penas, quizás llegue a ser algún día ¡Oh, yo! La vacación, ¿la acción de la vaca, un ramonear indigesto?, se va acabando y llega el momento en que por fin voy ascendiendo a mi propio nombre, a mi nombre propio, o a una parte exigua de él, porque la totalidad es tan desoladora que bien está donde se queda, en la penumbra, gestante.
Intuyo que, por detrás, quien fui me quiere hacer una jugarreta, como si fuese imbécil, y que se servirá de esa inmediata Pdml para reivindicarse. ¡Va dado! Todo está dispuesto para lanzarse a la aventura del blanco roto, y no como en este caso, que es ocaso de mi invención, consuelo de mi marginación y pozo ciego de mis desabridos humores.
¡Ah, Benjamín Jarnés de mis amores! Aún sigues en el olvido, convertido en paradoja de tu propio título: Locura y muerte de Nadie. Habitar tu título ha acabado siendo tu derrota particular. Pero desde la eternidad unamuniana del bronce siempre pueden llegar los tiempos mejores. Estamos solos y aislados. Yo, ebrio de orgullo y decepción. Soy una mala alma en pena por los estériles yermos del resentimiento. Y abstemio, ¡para colmo! Es el mío un malditismo más que sui géneris. Mi vida disoluta lo es literalmente. Y sin solución de continuidad. Soy una necia invención ancillar y huérfana; un borrón difuminado, y un gorrón tradicional. Y me tambaleo por las sacudidas del odio que me agitan y me sereno por las fulminaciones de la indiferencia que me enervan. Y sigo marcando el compás de esa cojera cojonera. Y resisto. Sí, estoy: eso es lo que quiere decir resistir. Y si tuviera un poco de decencia, esa ciencia elevada a la décima potencia, pondría ahora mismito el punto final a este dislate, a este decir lateral, marginal, a este escurrebultismo de opereta grotesca, y , lamiéndome la oscura bilis de las crueles heridas editorialescas, saldría a enfrentarme con cualquier imaginación de las que se proyectan desde este o desde aquel nombre: todos ellos claros signos descifrables. Pero no. Se ve que la queja, además de aliviar las jaquecas, tiene alma de endorfina. Pues eso.
Blanco. Blanco. Blanco. Y este asco. Que es el de antesdeayer y el de pasadomañana, y el de un hoy que es hoyo y que, a duras penas, quizás llegue a ser algún día ¡Oh, yo! La vacación, ¿la acción de la vaca, un ramonear indigesto?, se va acabando y llega el momento en que por fin voy ascendiendo a mi propio nombre, a mi nombre propio, o a una parte exigua de él, porque la totalidad es tan desoladora que bien está donde se queda, en la penumbra, gestante.
Intuyo que, por detrás, quien fui me quiere hacer una jugarreta, como si fuese imbécil, y que se servirá de esa inmediata Pdml para reivindicarse. ¡Va dado! Todo está dispuesto para lanzarse a la aventura del blanco roto, y no como en este caso, que es ocaso de mi invención, consuelo de mi marginación y pozo ciego de mis desabridos humores.
¡Ah, Benjamín Jarnés de mis amores! Aún sigues en el olvido, convertido en paradoja de tu propio título: Locura y muerte de Nadie. Habitar tu título ha acabado siendo tu derrota particular. Pero desde la eternidad unamuniana del bronce siempre pueden llegar los tiempos mejores. Estamos solos y aislados. Yo, ebrio de orgullo y decepción. Soy una mala alma en pena por los estériles yermos del resentimiento. Y abstemio, ¡para colmo! Es el mío un malditismo más que sui géneris. Mi vida disoluta lo es literalmente. Y sin solución de continuidad. Soy una necia invención ancillar y huérfana; un borrón difuminado, y un gorrón tradicional. Y me tambaleo por las sacudidas del odio que me agitan y me sereno por las fulminaciones de la indiferencia que me enervan. Y sigo marcando el compás de esa cojera cojonera. Y resisto. Sí, estoy: eso es lo que quiere decir resistir. Y si tuviera un poco de decencia, esa ciencia elevada a la décima potencia, pondría ahora mismito el punto final a este dislate, a este decir lateral, marginal, a este escurrebultismo de opereta grotesca, y , lamiéndome la oscura bilis de las crueles heridas editorialescas, saldría a enfrentarme con cualquier imaginación de las que se proyectan desde este o desde aquel nombre: todos ellos claros signos descifrables. Pero no. Se ve que la queja, además de aliviar las jaquecas, tiene alma de endorfina. Pues eso.
domingo, 1 de enero de 2006
15 de julio de 2...
De nuevo en la senda desencajada. De viejo otra editorial que me dice que me meta mi manuscrito donde me quepa. Iré a recogerlo, nos ha jodido. ¡Menuda inversión en copias y encuadernación! ¡Ah, el pobre D., qué difícil nacimiento va a tener! Ese cabronazo que fui se quiere aprovechar de este desahogo y ya se ha inventado una rebuscada ficción Pdml , donde aprovecharse de estos esputillos lejanamente marchenoirescos. Pero no se lo voy a permitir. Me quiere reinventar. Hacer de mí un anodino cicerone de vidas mediocres. ¡Que lo folle un pez! ¡Cómo sigue aún sin enterarse de lo terriblemente plastas que son esos conflictos de identidad a los que tan aficionado sigue siendo! ¡Si hoy todo el mundo tiene clara su internetidad! ¡Hasta yo! Por defecto, claro. Quien no está en la Red no existe. Yo no existo, y eso es definitivo, exacto, irrefutable. Vivo al margen. Solo. Jodido. Amargado. Eufórico. Ceñido. Indiscreto. Emputecido. Desbravado. Ido. Desvariado. Recogido. Exultante. Peatonal. Ulcerado. Engolfado. Y libre. Para no sentirme castrado por la censura del correccional político cuyos muros y comisarios políticos se confunden con lo canónicamente exaltado por los medios de consumación y subordinación de las masas. ¡Tiene tantos sinónimos el asco! El calor lo pudre todo. Hiedo a rencor. Estoy cansado.
viernes, 23 de diciembre de 2005
6 de junio de 2..
.
Aún recuerdo el día en que me acerqué al veterano editor que, tras explicarle por teléfono la obra, dadc, me animó a ir deprisa y corriendo a llevarle el manuscrito. Comprobó que eran dos tomazos de 350 páginas cada uno y, aflojándose el nudo de la corbata y sin siquiera haber leído ni una frase, se descolgó con un asfixiado: “¡pero esto no es comercial!” Debería habérmelos llevado en ese preciso instante, pero la fe en el azar me hizo dejarlos para que adquirieran la brillante pátina de mis patinazos editoriales antes de recogerlos, en este caso particular -¡y general!- seis meses después.
La existencia de Internet me ha permitido multiplicar los envíos sin que ese capítulo se me coma buena parte de mis modestos ingresos. ¡Menuda tristeza económica la mía cuando la amable empleada de Correos me dijo que enviar Aldvte a Venezuela, para un concurso, costaba la friolera de 60 euros! No tengo tiempo para seguir aquí. Que le den por saco a mis miserias. El calor agota, cuando llega de golpe. Y la alergia colinérgica me acaba de dejar los brazos con más bubas que un leproso. Hasta otro día.
Aún recuerdo el día en que me acerqué al veterano editor que, tras explicarle por teléfono la obra, dadc, me animó a ir deprisa y corriendo a llevarle el manuscrito. Comprobó que eran dos tomazos de 350 páginas cada uno y, aflojándose el nudo de la corbata y sin siquiera haber leído ni una frase, se descolgó con un asfixiado: “¡pero esto no es comercial!” Debería habérmelos llevado en ese preciso instante, pero la fe en el azar me hizo dejarlos para que adquirieran la brillante pátina de mis patinazos editoriales antes de recogerlos, en este caso particular -¡y general!- seis meses después.
La existencia de Internet me ha permitido multiplicar los envíos sin que ese capítulo se me coma buena parte de mis modestos ingresos. ¡Menuda tristeza económica la mía cuando la amable empleada de Correos me dijo que enviar Aldvte a Venezuela, para un concurso, costaba la friolera de 60 euros! No tengo tiempo para seguir aquí. Que le den por saco a mis miserias. El calor agota, cuando llega de golpe. Y la alergia colinérgica me acaba de dejar los brazos con más bubas que un leproso. Hasta otro día.
jueves, 15 de diciembre de 2005
3 de mayo de 2... 15 de mayo de 2...
3 de mayo de 2...
No se trata de confesar ciertas miserias que no por ser de artista encanallado dejan de ser como son, ¡atroces!, sino de darme el gustazo, ¡qué leches!, de escribir liberado de esa losa mausolea del superyó castrador. En menos de media hora de espera en la consulta del traumatólogo -¡amo esos espacios asépticos en todos los sentidos!- se me han pasado por el caletre enfermizo dos argumentos narrativos de los de dejarlo todo y ponerse a ello. No puedo, ni debo, claro, y menos después de haber consignado ya ut supra un titulejo que me compromete, porque viene de años atrás cuando me decía que en cuanto tuviera un hueco me dedicaba a esa historia grialesca. Pero no es a esto a lo que yo he venido aquí, sino a vomitar mi resentemiento por tanta mediocridad y tanta desconsideración editorial como padezco. ¿Acaso estoy predestinado a esa marginalidad propia de los bohemios heroicos? ¿Habré de hacer como Valle-Inclán, autoeditarme? ¿Estaré condenado a pasarme la vida mendigando un albergue editorial donde puedan pasar la noche oscura del alma mis variadas y raras invenciones?
15 de mayo de 2...
A día de hoy son tres las herencias de quien fui que andan en manos de editores compe e incompetentes. O sea, que no tardaré en recibir tres negativas para la sorprendente Pddl, una para el necesario Mae y otras tres, posiblemente, para la emotiva Eneym. De mi trato exiguo con los editores he sacado en claro que la literatura, es decir, aquellas creaciones liberadas del afán bestselleresco, es lo que menos les importa. Este mundo del libro solo admite una recreación -¡un nuevo proyecto en el que sólo una adecuada combinación de seis cifras podría permitirme entrar!- como el imaginado y aun representado monólogo del neurasténico, cabreado y poco amigo de la ducha empleado de la librería de segunda mano que comienza: El libro es un género difícil. Tiene poca salida. Y los clientes son peores que las mujeres en las zapaterías. Y mancha, ¡joder que si mancha! No hay nada que hacer. Mal negocio. Mucho polvo. Y mucho estirao. Eso. Mucho estirao es lo que viene por aquí. Con gafas y sin gafas, con barba y sin ella, de postín y arrastraos. Sobones todos. ¡Y con pipas malolientes que me dejan el garito hecho un Londres de Cherloc Jolmes! Mi experiencia me dice que el papanatismo esnobista sigue teniendo unas poderosísimas raíces que hacen imposible que la perversa planta se desaclimate. Cualquier texto del tres al cuarto procedente de agentes o agentas extranjeros, sea de los Esteits o del Londón, principalmente, se admite con una pasmosería de pasamanos sólo equivalente a la desmesurada exigencia peliseñálica con que se han atrevido los editores ejecutivos, ¡ejecutores!, con cualesquiera de mis textos. Después llegan las indiferencias y las rebajas de cuantos sufridos lectores no logran explicarse qué cojones se les ve a esas supuestas “revelaciones”, porque en este munditito de la literatura el espíritu religioso aún causa estragos, ¡y no hablemos de la sempiterna fe que tienen los editores en que tal o cual libro arrase! ¿Se ha de explicar que arrasar es deseurar a los ciegos feligreses?
Hoy, después de haber hojeado sin ganas un suplemento literario, y da igual cuál, pues son clónicos en su estupidez y en sus servidumbres, me he dado cuenta de lo muy higiénicas que pueden ser las páginas de este archivo. En su forma fascicular, cerrada, exenta, se presenta el suplemiento como una invitación para sacarlo del diario y que no nos moleste durante la lectura de éste, por la tendencia que tiene a escaparse, a salirse del mismo, como si fuera incompatible con el resto de la desinformación, y de hecho lo es. Pues eso. Lo he hojeado y el asco casi me ha hecho vomitar un excelente arroz a banda aromado de allioli. ¡Cómo se pueden llegar a decir tantas necedades perecederas! No sé si hay o debe haber un canon en la crítica volandera, pero no puede haber hasta casi ocho novedades mensuales que supongan un antes y un después en el arte de la novela, el ensayo o la poesía, como ya señaló Salinas, en El defensor, hace la tira de años, lo cual indica, bien a las claras, que el imperio de la necedad no cede.
Pero yo no quería decir nada de lo que acabo de decir. Considerémoslo todo ello un lapsus literae sin mayor trascendencia, excepto la de poner de relieve que lo ha provocado esa antigua pretensión mía del encajonamiento. ¡Al puto carajo, pues, con los encajes, las cajas y los cajones! ¡Qué se me da a mi ahora de esas veleidades! ¡Pues mucho, qué cojones, a fuer de sincero!, pero eso no obsta para que las reubique en mi existencia en el pozo ciego de donde no deberían haber salido nunca si yo no hubiera sido tan idiota como aún lo sigo siendo, bien que atemperado por la corrección etimológica, que prevalece. Y a otra cosa.
No se trata de confesar ciertas miserias que no por ser de artista encanallado dejan de ser como son, ¡atroces!, sino de darme el gustazo, ¡qué leches!, de escribir liberado de esa losa mausolea del superyó castrador. En menos de media hora de espera en la consulta del traumatólogo -¡amo esos espacios asépticos en todos los sentidos!- se me han pasado por el caletre enfermizo dos argumentos narrativos de los de dejarlo todo y ponerse a ello. No puedo, ni debo, claro, y menos después de haber consignado ya ut supra un titulejo que me compromete, porque viene de años atrás cuando me decía que en cuanto tuviera un hueco me dedicaba a esa historia grialesca. Pero no es a esto a lo que yo he venido aquí, sino a vomitar mi resentemiento por tanta mediocridad y tanta desconsideración editorial como padezco. ¿Acaso estoy predestinado a esa marginalidad propia de los bohemios heroicos? ¿Habré de hacer como Valle-Inclán, autoeditarme? ¿Estaré condenado a pasarme la vida mendigando un albergue editorial donde puedan pasar la noche oscura del alma mis variadas y raras invenciones?
15 de mayo de 2...
A día de hoy son tres las herencias de quien fui que andan en manos de editores compe e incompetentes. O sea, que no tardaré en recibir tres negativas para la sorprendente Pddl, una para el necesario Mae y otras tres, posiblemente, para la emotiva Eneym. De mi trato exiguo con los editores he sacado en claro que la literatura, es decir, aquellas creaciones liberadas del afán bestselleresco, es lo que menos les importa. Este mundo del libro solo admite una recreación -¡un nuevo proyecto en el que sólo una adecuada combinación de seis cifras podría permitirme entrar!- como el imaginado y aun representado monólogo del neurasténico, cabreado y poco amigo de la ducha empleado de la librería de segunda mano que comienza: El libro es un género difícil. Tiene poca salida. Y los clientes son peores que las mujeres en las zapaterías. Y mancha, ¡joder que si mancha! No hay nada que hacer. Mal negocio. Mucho polvo. Y mucho estirao. Eso. Mucho estirao es lo que viene por aquí. Con gafas y sin gafas, con barba y sin ella, de postín y arrastraos. Sobones todos. ¡Y con pipas malolientes que me dejan el garito hecho un Londres de Cherloc Jolmes! Mi experiencia me dice que el papanatismo esnobista sigue teniendo unas poderosísimas raíces que hacen imposible que la perversa planta se desaclimate. Cualquier texto del tres al cuarto procedente de agentes o agentas extranjeros, sea de los Esteits o del Londón, principalmente, se admite con una pasmosería de pasamanos sólo equivalente a la desmesurada exigencia peliseñálica con que se han atrevido los editores ejecutivos, ¡ejecutores!, con cualesquiera de mis textos. Después llegan las indiferencias y las rebajas de cuantos sufridos lectores no logran explicarse qué cojones se les ve a esas supuestas “revelaciones”, porque en este munditito de la literatura el espíritu religioso aún causa estragos, ¡y no hablemos de la sempiterna fe que tienen los editores en que tal o cual libro arrase! ¿Se ha de explicar que arrasar es deseurar a los ciegos feligreses?
Hoy, después de haber hojeado sin ganas un suplemento literario, y da igual cuál, pues son clónicos en su estupidez y en sus servidumbres, me he dado cuenta de lo muy higiénicas que pueden ser las páginas de este archivo. En su forma fascicular, cerrada, exenta, se presenta el suplemiento como una invitación para sacarlo del diario y que no nos moleste durante la lectura de éste, por la tendencia que tiene a escaparse, a salirse del mismo, como si fuera incompatible con el resto de la desinformación, y de hecho lo es. Pues eso. Lo he hojeado y el asco casi me ha hecho vomitar un excelente arroz a banda aromado de allioli. ¡Cómo se pueden llegar a decir tantas necedades perecederas! No sé si hay o debe haber un canon en la crítica volandera, pero no puede haber hasta casi ocho novedades mensuales que supongan un antes y un después en el arte de la novela, el ensayo o la poesía, como ya señaló Salinas, en El defensor, hace la tira de años, lo cual indica, bien a las claras, que el imperio de la necedad no cede.
Pero yo no quería decir nada de lo que acabo de decir. Considerémoslo todo ello un lapsus literae sin mayor trascendencia, excepto la de poner de relieve que lo ha provocado esa antigua pretensión mía del encajonamiento. ¡Al puto carajo, pues, con los encajes, las cajas y los cajones! ¡Qué se me da a mi ahora de esas veleidades! ¡Pues mucho, qué cojones, a fuer de sincero!, pero eso no obsta para que las reubique en mi existencia en el pozo ciego de donde no deberían haber salido nunca si yo no hubiera sido tan idiota como aún lo sigo siendo, bien que atemperado por la corrección etimológica, que prevalece. Y a otra cosa.
domingo, 11 de diciembre de 2005
25 de abril de 2...
Lo primero elegir el tipo. Garamond es el adecuado: clasicismo para la ruptura violenta. Después, mantenerlo. Pasada la feria de vanidades machista de san Matadracos, entro, aún ignoro con qué periodicidad, en esta resurrección que me alivie como a una presa al borde de su capacidad. Desencajado también significa liberado del ataúd en que me acosté voluntariamente durante tantos años con la esperanza lunática de alumbrar a los insomnes. Incluso como uno que fui, el único, tuve algunos segunditos de mínima gloriecilla venal, pero, todo junto, apenas un chispacín junto a los fulgores de los astros maniamediáticos.
¿Quién puede vanagloriarse de haber recibido tantos portazos editoriales como yo? ¡Cuantísimas no han sido las ocasiones en que, con pésimas redacciones, además de breves, se me negaban las cuatro tablas del encajonamiento! En un momento u otro había de tomar una decisión, ésta: dejar de insistir y ponerme a escribir, ¡ay!, para resistir, o mejor sentido, para reexistir. Y a eso voy. ¿A eso salgo? De momento voy.
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