jueves, 8 de agosto de 2019

«Andanzas y viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo habidos», de Pero Tafur


Firma de Pero Tafur


El primer libro de viajes de la literatura española: un recorrido por Asia Menor y Europa, inédito hasta 1874: Las andanzas y viajes… de Pero Tafur, un observador minucioso en un delicioso castellano arcaico.

En esta época de turismo masivo, en la que cada hijo de vecino se considera poco menos que un Marco Polo dispuesto a darte la tabarra con la narración de sus viajes de verano, proyección de fotos incluida, pocos serán los que elijan, como mi menda leyenda, adentrarse en la narración de un prototurista, Pedro Tafur, que recorrió media Europa y Asía Menor, viaje del que dejó relación escrita en un libro escrito, según el estudioso Rafael Bertrán1, unos quince años después de haberlo hecho, en 1454, y del que a buen seguro debió de tomar abundantes notas, habida cuenta del nivel de detalle de cuanto relata en su texto: nombres, lugares, hechos, costumbres, tradiciones, mitos, etc. El ilustre académico Marcos Jiménez de la Espada lo publicó en 1874 haciéndose la impresión. á costa de nuestro inolvidable tío el Marqués de la Fuensanta del Valle, en el tomo octavo de la «Colección de libros españoles raros ó curiosos». O sea, que desde su llegada a la imprenta para solaz de los lectores, el relato de Tafur entró por derecho propio en ese cajón de sastre de los libros «raros o curiosos», aunque en esa clasificación se justificaba su presencia entonces. Hoy, sin embargo, estaría justificada su presencia en los nutridos estantes de los libros de viajes, un género que va aumentando de forma espectacular el número de volúmenes y el de lectores, a medida que se sigue popularizando no solo el turismo de masas, sino también el más atrevido de aventura, con viajes insólitos a lugares remotos. Ser un viajero o un turista no implica, necesariamente, que se tenga la habilidad necesaria para poder después relatar de forma amena e interesante aquello que se ha conocido y vivido, y ahí los verdaderos creadores están en relación inversa a la del aumento de viajeros: de cien mil que viajan apenas uno es capaz de encandilar a los oyentes con el relato de lo vivido; el resto estamos condenados a enhebrar tópicos tras tópicos hasta el aburrimiento final de nuestra audiencia. Dejo de lado los autores de viajes imaginarios, de quienes es conocida su habilidad para captar la atención de los lectores u oyentes. De hecho, Emilio Salgari podría entrar en esa categoría con todos los honores; del mismo modo que entró en el XVII Cyrano de Bergerac con su Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna o Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver. El libro de Tafur, que bien puede ser considerado el primer libro de viajes de nuestra literatura en lengua castellana, aunque los estudiosos nos hablan, al menos de cuatro libros que reclaman ese «honor»: La Fazienda de Ultramar, de mediados del XII, una suerte de guía de peregrinos a Tierra Santa y que bien pudo haber tenido presente Tafur al escribir el suyo, dada la atención que le presta al recorrido por los Santos Lugares; el Libro del conosçimiento de todos los reinos e tierras e señoríos que son por el mundo, escrito hacia 1350 por un franciscano anónimo, y La embajada a Tamorlán, de Ruy González de Clavijo. Como resume López Estrada (1981: 245), según recoge Rafael Beltrán en su estudio sobre los primeros libros de este género en nuestra literatura: el libro aún conserva el frescor y la gracia de la obra de un primitivo de la literatura: su esfuerzo por captar la vida cotidiana, aún en los aspectos asombrosos que se presentan en el viaje, nos lo sitúan en la corriente estética del arte gótico en su vertiente realista. La embajada de González de Clavijo presenta un problema de autoría que aún no ha sido resuelto y es muy posible, al decir de los expertos, que varias manos hayan acabado entrando en su confección. El siguiente en la lista cronológica es ya el de Pero Tafur, y aquí sí que no hay duda de la autoría, algo que la coherencia estilística de todo el texto demuestra sobradamente, pero, además, es el primero en el que la decidida voluntad testimonial objetiva se antepone a cualesquiera otras motivaciones que haya podido tener el caballero cordobés que empleó tres años de su vida en el periplo que lo llevó por la mayor parte de Europa, Turquía, Palestina, Arabia, Egipto, etc. Recordemos, a título anecdótico, y por su relación con nuestra historia literaria que Pero Tafur fue, en 1476, uno de los caballeros que acudió a sofocar la rebelión de Fuente Ovejuna contra el Comendador de Calatrava, amigo suyo y a quien dedicó su libro, tomando posesión de la villa en nombre de Córdoba, una historia más cercana a las luchas de poder que a la versión dramatizada sobre la honra que haría Lope siglos después. Es posible que para el lector moderno no enamorado de nuestros clásicos o de los estadios primitivos de nuestra lengua pueda resultar algo abusivo el uso permanente de la estructura copulativa para la formación de las frases, como si estuviéramos aún en las Partidas de Alfonso X, pero se trata de un uso engañoso, porque el autor es capaz de desarrollar descripciones y aun breves relatos con mucha mayor agilidad de lo que el limitado recurso sintáctico hace prever. Otra cosa es la lengua aun en formación que usa el autor y cuyo repertorio de topónimos, por ejemplo, tanto dista del nuestro actual, o ciertos usos que, aun siendo parte del diccionario hoy, han caído en desuso, como:  E allí posamos el día de Pascua de Cinquesma, nuestra actual Pascua de Pentecostés, aunque «cincuesma» figura en el DRAE con todos los honores de su veteranía… Para tratarse de uno de nuestros primeros libros de viaje, tuvimos la suerte de que Pero Tafur fuera no solo una persona curiosa y con notable capacidad de percepción, sino un atento observador de la realidad material y social de la época, de modo que de sus observaciones se puede levantar un mapa muy aproximado de cómo era la vida cotidiana, la cortesana y la popular en aquel siglo XV tan lejano. Su atención no sufre limitaciones, y su espíritu abierto a toda novedad, por más que pudiera repugnar sus propios principios o pensamientos, nos permite tener noticia fidedigna de unos hechos y unas costumbres que no excluyen ni siquiera lo maravilloso. El nivel detallista de sus observaciones desciende incluso al precio de los bienes o los servicios, y convierte a su libro, por lo tanto, en una fuente de primera mano para los historiadores, aunque en modo alguno da la impresión de que el autor tenga presente esa función «notarial» a la hora de escribir su libro, sino que lo guía ofrecer un relato de «maravillas» exóticas y fuera del alcance de la mayoría de lectores que lo leyeran. De alguna manera, y ese es privilegio de los intelectores, me he acercado al relato de estas aventuras con la misma candidez con que se hubiera acercado un lector de la época del autor, máxime cuando no he estado sino en muy pocos de los lugares que él visito, lo cual me ha permitido disfrutar de lo lindo. Esta lectura me ha traído a las mientes la epifánica que hice del Viaje a Turquía, de Cristóbal de Villalón -aunque Bataillon empeña su prestigio en atribuírselo a Andrés Laguna-, y no andan muy distantes las sensaciones que tuve entones con las que me ha deparado esta última del encantador librito de Tafur. Y vayamos ya, sin más demora, a espigar algunas impresiones de ese viajero auroral de nuestra literatura. Lo primero que nos llama la atención de este libro es el castellano vacilante que usa Tafur, con unas denominaciones geográficas aun no fijadas e incluso con unas grafías aún más vacilantes si cabe, todo lo cual dota al volumen de una dimensión lingüística apasionante para quienes son sensibles a los estadios primitivos de las lenguas. La edición que he leído ha normalizado en castellano moderno buena parte del texto, en vez de haber hecho una edición respetuosa con los usos primitivos, pero, aun así, han respetado no pocos de ellos que, desde el inicio del libro nos sorprenden: A éste llaman Gibralfar; ciudad muy mercadantesca, leemos nada más empezar el periplo. Tafur debió de ser un hombre sin enemigos, a juzgar por los constantes elogios que le dedica a cuantos lugares visitó, e incluso tiene una «fórmula» de halago que se va repitiendo a lo largo de la obra y que tiene en la descripción de Brujas -aunque sea iniciar el camino casi por el final-su más acabado ejemplo: Esta ciudad de Brujas es una gran ciudad muy rica e de la mayor mercaduría que hay en el mundo, que dicen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes en el Poniente, e Veneza en el Levante. (…) Esta ciudad de Brujas en el condado de Frandes e cabeza dél es gran pueblo, e muy gentiles aposentamientos e muy gentiles calles, todas pobladas de artesanos, muy gentiles iglesias e monesterios, muy buenos mesones, muy gran regimiento ansí en la justicia como en lo demás. (…) Esta ciudad de Brujas es de muy gran renta e de gente muy rica.(…) La gente de esta tierra es de gran pulicía en el vestir e muy costosa en los comeres e muy dados a toda lujuria; e dicen que en aquella Hala habían libertad las mujeres que querían, fuese quien se pagase de ir de noche a estar allí, e los hombres que allí iban podían traer a quien quisiese a echarse con ella, por condición que non se trabajase por las ver nin saber quién son, que merescía muerte quien tal feciese; e a los convites de los baños los hombres con las mujeres, por tan honesto lo tienen, como acá visitar los santuarios; e sin duda, aquí gran poder tiene la dehesa de la Lujuria, pero es menester que non les venga hombre pobre, que sería mal rescebido. El itinerario de Tafur lo lleva a Génova (Génova (…) la más fermosa ciudad del mundo de ver; a quien non la conosce paresce que todo es una ciudad, tan poblada es e tan espesa de casas. (…) La iglesia mayor, que se llama San Juan Lorence, muy notable, especialmente a portada; aquí tienen ellos el Santo Vaso, que es de una esmeralda maravillosa reliquia. Esta ciudad con todo su patrimonio se rige a comunidad)  Tafur pone el acento en el régimen comunitario del gobierno de Génova, es decir, está atento a formas de gobierno distintas de la monarquía absoluta y, por otro lado, destaca cuantas reliquias famosas se va encontrando, frente a las que, en alguna ocasión da, con sano juicio, sobradas muestras de incredulidad, lo que nos permite trazar un retrato del autor como persona con notables dosis de sentido común. Adviértase lo que dice cuando visita la iglesia principal de Nieremberga: Aquí está una iglesia donde el Emperador Carlo Magno puso las reliquias que trajo de Ultramar, cuando ganó a Jerusalem; e fui allí con los cardenales a ver aquellas reliquias e mostráronnos muchas, entre las cuales nos mostraron una lanza de fierro tan luenga como un cobdo, e decían que aquella era la que había entrado en el costado de Nuestro Señor; e yo dije cómo la había visto en Constantinopla, e creo que si los señores allí nos estuviera, que me viera en peligro con los alemanes por aquello que dije… En el recorrido que el autor hace por Italia son muy dignas de leer las noticias curiosas con las que el autor ameniza su narración, principalmente tienen que ver con los monumentos que aún hoy nosotros admiramos en nuestros viajes, como las relativas a la Iglesia de San Pedro: Un poco más adelante están dos columnas grandes de fuera encayadas de madera, donde meten a los que son tocados de los espíritus; e éstas son donde Nuestro Señor predicaba al pueblo en Jerusalem; en frente déstas está colgada la soga o cuerda de que se aforcó Judas, que es tan gruesa como el brazo o más; pero también tienen cabida, ¡afortunadamente!, cierto aspectos propios del viaje como la dificultad intrínseca de algunos desplazamientos en aquella época como es el caso del transporte fluvial desde Boloña:  E partí para Ferrara todavía por aquella rivera que dije que pasa por Boloña; e es tan angosta, que non cabe más de una barca, e si otra le viene en contra, es forzado de sacar la una en tierra. Esta agua se yela cada noche de muy grueso yelo, e acostumbran los de las aldeas tener barcas la carena ferrada de cravos agudos , e ellos con palancas ferradas agudas, de media noche abajo, andan por la rivera  quebrando los yelos, por facer camino a los que pasan; e salen los niños cantando, diciendo: «buena chaza», que quiere decir: buena helada. Del mismo modo que luego recorrerá los Lugares Santos en Jerusalem, uno por uno de todos cuantos son hoy en día un reclamo turístico y rutístico para los cristianos de todo el mundo, no deja lugar de Roma sin visitar que tenga un interés para los lectores, sea por su conexión histórica, sea por lo inverosímil de la reliquia que se guarde en ellos. Atentos a estos dos:  La primera mezcla la Historia de Roma y la Cristiandad: Una iglesia muy antigua, que llaman Escala Celi, debajo de la cual está un gran aposento e bóveda so tierra, e allí algunas veces los romanos tenían consejo, e allí fue muerto Julio César por mano de Casio e Bruto. (…) E junto con ella está una iglesia que llaman Santa Précidis, donde está la mitad de la coluna en que fue azotado Nuestro Señor, e allí está el cuerpo del bienaventurado San Gerónimo -precisamente cuando investigadores del CSIC acaban de descubrir que Julio César fue asesinado en la Curia de Pompeyo-: y la segunda: En esta ciudad de Gubio están muchas reliquias, entre las cuales está el dedo de la mano derecha de San Juan Bautista con que él señaló: ecce agnus Dei. Como se advierte -o quizás es una connotación que sobrepongo yo al texto- hay como una suerte de deje burlón de Tafur que se recrea en la minuciosidad de los datos, a sabiendas de la inverosimilitud radical de algo, las reliquias y las supersticiones, a lo que solo empezará a hacer frente la Iglesia en el siglo XVIII, como Feijoo en su Teatro Crítico Universal, por ejemplo. Tras pedir autorización al Papa para ir a visitar los Santos Lugares, Tafur continúa viaje por Grecia y llega hasta  el puerto de Modon en el Peloponeso,  ciudad de paso de todos los peregrinos que iban a Jerusalén, pero aunque esté de paso, no pierde el tiempo y visita un monesterio muy notable de calogueros de San Basilio, que nosotros los latinos llamamos monjes. (…) e lleveles pescado, que jamás ellos según su regla non comen carne. [καλόγερος, «monje» en griego, es como se llama a los monjes del Monte Atos en Grecia.]. Después pasa por la Candia, en Creta, aunque Tafur confunde ambas denominaciones: Candía, que antiguamente se llamaba Creta, do fue rey Agamenón. (…) La ciudad de Candía es muy grande e de grandes edificios; dicen que tres millas de allí está aquel laberinto que fizo Dédalo, e otros muchos antiguos; (…) allí en cierto tiempo del año vienen de paso tantos falcones sacres, que apenas fallan quien los compre. Para tener una idea del floreciente negocio que era la venta de halcones, piénsese que, actualmente, en los Emiratos Árabes Unidos, un halcón sacre cuesta unos 50.000€. La extensión de la visita a los Lugares Santos, motivo central del viaje de Pero Tafur nos impide traer a esta invitación a la lectura de la obra, tantísimas referencias como en el libro aparecen. Espigo estas, a título de ejemplo de lo mucho que el lector curioso puede encontrar en el volumen: El Santo Sepulcro, el cual es una gran capilla muy alta cubierta de plomo, encima  della un gran agujero por donde entra la lumbre, e en medio de aquella una capilla pequeña. E en aquella capilla otra más pequeña, e allí es el Santo Sepulcro; tan estrechamente está, que non cabe en ella sinon el que dice la misa e otro que sirve; allí fecimos nuestra oración e partimos ordenadamente con la procesión al monte Calvario, do fue crucificado Nuestro Señor, que será doce o quince pasos de allí, e es una peña alta cubierta de una capilla labrada de musaico muy ricamente; allí está el agujero en la peña donde fue puesta la cruz de Nuestro Señor e los otros dos agujeros de los ladrones. Se desplazo a Belén donde se amontonan los referentes «santos» de un modo que parece querer comprimirlos para abarcarlo todo en el menor tiempo y espacio posibles: E fuimos a Belleem, que es cinco leguas de allí, e allí nos mostraron, en saliendo, una capilla donde les tornó a parecer el estrella a los tres Reyes Magos, e cuando una legua delante fallamos la casa del profeta Elías. (…) e nos metieron luego en una capilla baja sotierra, a donde Nuestro Señor nasció; e luego allí cerca está el pesebre, e a la salida de aquella cueva el lugar donde fue circuncidado; e de allí fuimos a las cuevas do fueron enterrados los Inocentes, e allí está la casa en estas cuevas donde San Jerónimo trasladó la Brivia. El atrevimiento del viajero  Tafur se parece mucho al de los  viajeros actuales que tratan a toda costa de entrar incluso donde les está vedado el paso por razones religiosas, políticas o de otro tipo, y de ahí su empeño en querer ver el Templo de Salomón por dentro: Que le daría dos ducados e me metiese aquella noche a ver el templo de Salomón, e fízolo así; e a una hora de la noche yo entré con él vestido de su ropa e vi todo el templo, el cual es una nave sola toda de oro musaico labrada, e el suelo e paredes de muy fermosas losas blancas, e tantas lámparas colgadas, que paresce que se juntan unas con otras, e el cielo de arriba todo llano cubierto de plomo (…) si yo allí fuera conocido por cristiano, luego fuera muerto. Este templo pocos días ha que era iglesia sagrada, e un privado del Soldán fizo tanto con él que la tomó e fizo mezquita. El libro está abarrotado de referencias bien comunes para quienes tuvimos la suerte de estudiar Historia Sagrada en el Bachillerato, pero con algunos cambios curiosos. Así, Hericó, que es una aldea de fasta cien veinos o el monte Tabor, donde Nuestro Señor se transfiguro, e dice que es allí el val de Hebrón, donde están las sepolturas de Adán e de Eva, pasando por esa hermosa manera de llamar al mar Rojo que sepulto a Faraón y sus huestes: El mar Bermejo. En Nicosia, le llamó la atención la figura de la hermana del rey, que gobernaba con él con absoluta propiedad, siendo mujer:  Llegó a mí un escudero de madama Inés, hermana del rey Ianus, que me enviaba llamar. (…) Esta señora era muy noble, e nunca casó, seyendo moza virgen, e siempre estaba en el consejo del Rey, e por su voto se regió las más veces el reino; sería de edad de cincuenta años. He de decir que Pero Tafur llevaba cartas de recomendación para  casi todas las casas reales, a juzgar por la manera fácil como accede a todos los mandatarios allá donde llega. Está comprobado, al parecer, que, al margen de la visita a los Lugares Santos, Tafur también negociaba cuando se desplazaba de un reino a otro, fuera como actividad suya habitual, fuera como fuente de financiación para los tres años que duró su viaje, durante el cual en ningún momento parece que pase necesidad alguna y en todos ellos es recibido por las más altas jerarquías de los territorios que visita. Tafur extendió su peregrinaje a Egipto y llegó al puerto de Damiata, en la parte derecha de la desembocadura del Nilo, opuesto a Alejandría que, en la parte izquierda, consiguió disminuir la importancia de la primera que Tafur describe con entusiasmo. Lo importante es la noticia que da del uso de las palomas mensajeras, desconocido entonces en España, quiero creer, dada su sorpresa: Llegamos a puerto de Damiata, donde el río Nilo, que procede de Paraíso terrenal, entra en el mar Mediterráneo, e allí entramos por la rivera fasta la ciudad de Damiata, que es legua e media, que será tamaña como Salamanca, abundosa de pan e de uvas y de toda fruta, e más de azucarales, ciudad llana e desmurada e sin castillo, muy caliente en demasiada manera, posadas muy frescas, tantas comadrejas por las calles e por las casas, que hay más que acá  en las partes donde hay muchos ratones. Allí vi las primeras palomas que traen la carta en una pluma de la cola; esto se face llevándolas del lugar donde son criadas a otra parte, e poniéndole la carta suéltanla e tórnase a su lugar; esto se face por saber presto las nuevas de las gentes que vienen por la mar o por la tierra, que non les tomen desproveídos. La atención de Tafur, como ya dijimos, se fija en todo, desde las personas hasta las cosas pasando por los lugares y las costumbres. Veámoslo en tres ejemplos muy distintos: E dijéronme que aquellos son los mamalucos, que acá llamamos elches renegados, una gran muchedumbre de gente, e esto son los que el Soldán hace comprar por sus dineros en el mar Mayor e en todas las provincias donde los cristianos los venden. La presencia de los esclavos, con la dispensa papal incluida para poder comprarlos que tenían los cristianos, y de hecho, Tafur se volvió con tres para Córdoba, aunque más adelante volveremos sobre este asunto del tráfico de seres humanos. El otro ejemplo es el de los presentes, como la ropa, la vajilla o las armas:  Este día me dio el Soldán una ropa que él suele dar en señal de vasallaje al rey de Chipre, la cual era de acitimí verde e colorado labrada de oro, e forradas las muestras de armiño. Acitimí, según el arabista Reinhart Dozy, es una tela adamascada de terciopelo o satén verde… Del árabe zaytün, «aceituna». El tercer ejemplo es la visita que hizo Tafur a Matarea, la actual Al Matariyah,  unos 150 km de El Cairo, lugar donde, según la tradición, vivió en Egipto La Sagrada Familia:  Un día cabalgamos en amanesciendo e fuimos a la Matarea, que es donde se hace el bálsamo. (..) La Matarea es una gran huerta cercada de uro, en la cual está el jardín do nasce el bálsamo, el cual habrá sesenta o setenta pasos cuadrados, e allí nasce, e es ansí como majuelo de dos años, e córtase por el mes de octubre; e allí va el Soldán con gran cirimonia a coger aquel aceite, e dicen que e tan poco, que non basta a medio azumbre de la medida de acá; e después toman aquellas ramas, e cuécenlas en aceite, e llévanlas por el mundo diciendo que es bálsamo. Acabado de arrincar labran luego encontinente la tierra, e toman de aquellos palos labrados e fíncanlos en tierra, e riéganlos con aquella agua que Nuestra Señora la Virgen María sacó en aquel lugar, cuando iba fuyendo con su fijo a Egipto. Para los aficionados a la zoología, no faltan en el lbro referencias a los animales e los que poca noticia se tenía en aquel entonces en la península. Pongamos como ejemplo los elefantes y las jirafas: E otro día siguiente fuimos a ver la casa donde están los elefantes, e fallé siete, los cuales son negros de color e de grandeza más que camellos, e de fortaleza ansí de brazo como de piernas que parescen marmoles, la mano redonda e con uña fuerte, e dicen que conjuntura tienen, pero que non tiene tuétano ninguno; tienen los ojos muy chequitos como un cornado e colorados, la cola corta como de oso, la oreja como una comunal adarga e la cabeza como de tinaja de estas de seis arrobas, los colmillos de cuatro palmos tiene la boca muy chica, tiene en el bezo de arriba una trompa de fasta seis palmos; ésta él la aluenga cuando él quiere, e la encoge cuando quiere, e con ésta apaña las cosas que ha de comer e la mete en la boca, e fínchela de agua cuando quiere beber. Estas bestias paresce como que tengan entendimiento; tantas buelas facen, que a las veces traen aquella trompa llena de agua, e échala encima a quien quiere, e fácenlos jugar con una lanza echándola en alto e rescibiéndola, e otros muchos juego; e cuando están en celo llévanlos desde amanesciendo e métenlos en el río por que se resfríen, en otra manera no los podrían mandar. Éstos tienen el cuerpo muy duro, e si resciben alguna ferida, pónenlo donde le dé la luna, e luego otro día es sano; el que los manda lleva un ferrezuelo engastado en un palo, es escárbale tras la oreja e llévalos donde quiere, porque allí tienen e cuero muy delgado, a aun una mosca que se asiente allí le da pena. Y otro tanto vale la admiración que le causa la contemplación de las jirafas: Otro día siguiente fui a ver una animalia que llaman jarafia, que es tan grande como un gran ciervo, e tiene los brazos tan altos como dos brazas e las piernas tan cortas como un cobdo, e toda la facción como una cierva, e rodada, las ruedas blancas e amarillas, el cuello tan alto como una razonable torre, e muy mansa. Momento destacado en el devenir de su periplo es el encuentro en Arabia con un explorador y comerciante italiano, Nicolò Da Ponti: Yo fui por la costa el mar Bermejo, que es media legua del monte Sinaí, por ver cómo vinía la caravana, e fallé que vinía allí un veneciano que decían Nícolo de Conto, gentil hombre de natura, e traía consigo su mujer e dos fijos e una fija, que hobo en la India, e vinía él e ellos tornados moros, que los ficieron renegar en la Meca. Cuando Da Ponti volvió a Italia, pidió audiencia al Papa Eugenio IV para que le perdonara su apostasía «forzada», lo que el Papa, veneciano como él, le concedió siempre y cuando se aviniera, a modo de penitencia, a narrar su aventura a su secretario Poggio Bracciolini, apodado Il Pogge. El relato fue publicado como un capítulo de la obra De Varietate Fortunae, de Bracciolini., y se compone de tres partes principales: Descripción del itinerario. Descripción detallada de las Indias. Y la narración acerca del mítico Preste Juan, probablemente inventada por Bracciolini.. A título anecdótico para losconsumidores de hoy, en la obra se describe el mango, al que llama «amba» , del sánscrito amram. De los relatos de Da Conti que Tafur incluye en su propio libro conviene recordar algunos que llaman poderosamente la atención del lector actual, al menos e este intelector abierto a cualquier experiencia humana, ninguna de las cuales le es ajena:  Dice [Da Conti] que había una fruta como calabazas grandes redondas, que dentro dellas había tres frutas cada una de su sabor; e dice que había una costa de mar, donde en saliendo los cangrejos e dándoles el aire se tornaban piedras. (…) Ansímesmo dice que vido comer carne de hombres, e que ésta es la cosa más estraña que él vido. La costumbre hindú de la incineración de las esposas junto al marido es otra de esas costumbres totalmente desconocidas en la España de Tafur: e después desnúdase de aquellas ropas, e vístese de una triste ropa como mortaja, e diciendo ciertas endechas e cantares tristes, despídese de todos, e va e acúestase cabo su marido, e pone su cabeza sobre el brazo derecho dél, diciendo muchas cosas, en conclusión, que la mujer non debe más vevir de cuanto es honrada e defendida por aquel brazo, e fácese poner fuego, e alegre e voluntariamente rescibe la muerte. Finalmente, Da Conti refiere la existencia del particular Copito de Nieve que, en el mundo de los elefantes, tuvo la singular ocasión de conocer: En una tierra de gentiles vido un elefante muy grande blanco como nieve, que es cosa bien estraña, por cuanto todos son negros, e que lo tenían atado  una columna con cadenas de oro, a aquél por Dios adoraban. El libro incluye también breves relatos «ejemplares» que ponen de manifiesto la acendrada religiosidad de ciertos personajes, como fue el caso de Pedro de la Randa y un catalán, ambos matamoros de primera…Una vez capturados por el Soldán, si reniegan, salvan la vida. El catalán quiere renegar a toda costa. De la Randa le dice al Soldán que si le venga del catalán, que él reniega y se hace musulmán. El soldán mata al catalán. De la Randa incumple su promesa y le dice que si hizo el intercambio de favores con el Soldán era para evitar que renegara el catalán y muriera fuera de la religión verdadera, y que ahora podía hacer con De Randa lo que quisiera. Soldán, en vez de vengarse por el engaño, lo nombra poco menos que jefe de su ejército y le promete que no lo llevará nunca a luchar contra cristianos. Muerto aquel Soldán, le sucedió otro que acabo mandando degollar a De la Randa, quien lo prefirió antes que renegar de su religión. Pero Tafur viajaba como embajador de Juan II de Trastámara, Rey de Castilla y León, de ahí que ostentara las armas de su Señor en su escudo: Fui a facer reverencia al emperador de Constantinopla (…) e yo púseme a punto lo mejor que pude, e con el collar descama. El collar de la Escama simboliza, en la superposición de las escamas, la unión de la familia de los Trastámara, que es la divisa del rey don Juan II. También incluye algunas leyendas, como la de “la mano foradada” de Alfonso VI, el de la Jura de Santa Gadea del Cid: E vínose en España, e arribó en Castilla en tiempo que reinaba el rey don Alfón que conquistó a Toledo, el cual algunos nombran de la mano aforadada.  Habla Tafur, del pr9ncipe griego al que llama don perillán y del que hace descender su propia familia, de liña en liña:  E éste es aquel que está enterrado en la capilla de los reyes antiguos de Toledo, e en lo alto del cielo está pintado en un caballo e su bandera e sus paramentos de sus armas, las cuales son aquellas que hoy trae el muy virtuoso e generoso señor don Fernán Álvarez de Toledo, conde de  Alba, porque de liña en liña viene de aquel príncipe de la Grecia que en Castilla vino; e yo ansimesmo de aquellas armas traigo e de aquel mesmo linaje vengo; e aquel don Pero Ruiz Tafur, que fue principal en ganar a Córdoba, era nieto del conde don Esteban Illán, fijo o nieto de aquel don Perillán príncipe que ya dije. ¡Toda una afirmación de prosapia y sangre real! La leyenda de la mano foradada se resume brevemente:  estando refugiado Alfonso VI en Toledo para huir de la persecución de su hermano Sancho II “El fuerte”, oyó, mientras dormía la siesta, cómo hablaba el rey de Toledo a los suyos de los puntos débiles de la ciudad para ser tomada. Para asegurarse de que no habían sido oídos, vertieron plomo derretido en la mano de Alfonso, quien, para no delatarse -lo que le hubiera deparado la muerte- aguantó la “lluvia de plomo” en su mano, y de ahí lo de “el de la mano foradada”… Como corroborará mucho después el Viaje a Turquía, del que los turcos emergen poco menos que como emblema de la caballerosidad, la cortesía y la gracia, la opinión de Tafur sobre ellos se adelante a la de Villalón: Los turcos es noble gente en quien se falla mucha verdad, e viven en aquella tierra como fidalgos ansí en sus gastos como en sus traeres e comeres e juegos, que son muy tahúres, gente muy alegre e muy humana e de buena conversación, tanto, que en las partes de allá, cuando de virtud se fabla, non se dice de otros que de los turcos. En trapisonda se encuentra con un exiliado real de quien no se resiste a divulgar una habladuría de peso: E el hermano mayor déste que agora es, es aquel que yo fallé en Constantinopla desterrado e estaba con su hermana la emperatriz e aun dicen que se envolvía con ella en deshonesto modo. Esta ciudad de Trapisonda será de cuatro mil vecinos, e bien murada, e dicen que tiene buena tierra e buena renta. A quienes hayan visto la película de éxito de Steve McQueen, 12 años de esclavitud, les será completamente familiar la terrible escena que Pero Tafur describe en su libro sobre el comercio de esclavos en el siglo XV: Aquí [se refiere a Cafa, sin duda Kazán, a orillas del Volga]] se venden más esclavos e esclavas que en todo lo otro que queda del mundo, e aquí tiene el soldán de Babilonia sus factores, e mercan allí, e llevan a Babilonia, e estos son los que dije mamalucos. Los cristianos tienen bula del Papa para comprar e tenerlos perpetuamente por cautivos a los cristianos de tantas naciones, porque non acampen en mano de moros e renieguen la fe; estos son rojos, mígrelos, e abogasos, e cercajos, e búrgaros, e armenios, e otras diversas naciones de cristianos; e allí compré yo dos esclavas e n esclavo, los cuales hoy tengo en Córdoba e generación dellos. (…) Los que los venden fácenlos desnudar en cueros también al macho como fembra, e pónenlos unos gabanes encima de fieltro, e fácese el precio, es después de fecho, tíranselos de encima e quedan desnudos e fácenos pasear, esto por ver si hay algún defecto de miembro, e después oblígase el vendedor, que si dentro de sesenta días muriese de pestilenc9a, que sea tenido a tornar el dinero que rescibe. (…) Si entre ellos hay tártaro fembra o macho vale un tercio más que los otros, porque se falla de cierto que nunca tártaro fizo traición a su señor. Ese sobeprecio, nos dice después Tafur, es lo que justifica que entre los tártaros se roben unos a otros para venderse a los traficantes de esclavos…. Hay, sin duda, una dimensión antropológica importante en el relato de Tafur, porque no descuida en ningún momento informarnos no solo de los usos políticos, sino también de las costumbres de esas sociedades que el ve con ojos de extranjero sorprendido : E lo que yo mejor vi nin mayor abundancia  fue la gran pellitería de martas cebellinas e comunes, e muchos armiños, e con dientes, de unos raposos que allí tienen en mucha estimación, ansí por ser gentil pelleja, como porque tienen muy gran molesa e son muy calientes para en tierra tan fría; muchos dellos se cubran las cabezas con lienzos, e otros con sombreros fechos al modo del tocado de las Huelgas de Burgos. Para los lectores modernos es fácil comprender el asombro de Tafur ante un descubrimiento como el del caviar, que ya empezaba a exportarse por el mudo conocido, como una joya gastronómica: En esta rivera – la del Tana, el antiguo Tanais de la Antigüedad y el  actual Don, que desemboca en el mar de Azov- hay muy muchos pescados de que se cargan muchos navíos; especialmente hay muy gran copia de esturiones, que acá llamamos sollos, muy buen pescado fresco e aun salado. (…) Mueren allá unos pescados que llaman merona e dicen que son muy mucho grandes, e de los huevos de aquéllos finchen toneles e tráenlos a vender por el mundo, especial por la Grecia e la Turquía, e llámanlos caviar, e son a punto como jabón prieto, e ansí lo toman, como está blando, con un cuchillo e lo pesan como acá el jabón, e si lo echan a las brasas, fácese duro e muéstrae cómo son huevos de pescado; es cosa muy salada. Cuando, ya de regreso de la expedición a Tartaria, pasa por la Dalmacia, recoge Tafur dos historias muy diversas que marcan., sin embargo, el ritmo de atención binario del autor a la realidad: una historia religiosa y otra pagana. En el primer caso, la leyenda de San Cristóbal y en el segundo la leyenda de los hombres-pez que han nutrido los folclores todos y que Dragó reseña en su Gárgoris y Habidis: hay en ella [Dalmacia] muy buenos azores, que es tierra muy alta e muy montañosa. (…) E fuimos a una villa que llaman Espalato, que es en la mesma Esclavonia, e allí nasció San Jerónimo e San Cristóbal, e en un brazo de mar, que pasa de una aldea a la villa de Espalato, dicen que San Cristobal pasaba a la gente pobre que non tenía con qué pagar la barca, e aun agora hay memoria de la casa del uno e del otro. (…) E fue ansí que un día, estando las mujeres en el agua como solían, un monstruo medio pescado de la cinta ayuso e de allí arriba de forma humana con alas como morciélago -e esta figura en Castilla fue traída e por todo el mundo- arremetió a una mujer e trabó della, e metiola al fondo del agua, e dio voces, e fue acorrida de las otras luego e de muchos hombres que cerca de allí estaban, e fueron e falláronla cómo el monstruo la tiraba dentro e nin por su venida dellos la quería soltar, e allí lo ferieron e sacaron en tierra vio, e estuvo tres horas e más que non murió; e de allí se cree que las mujeres que de ante fallescían, aquel las hobiese fecho menos; e abriéronlo e saláronlo e enviaron a la Señoría de Veneza para que lo enviase al papa Eugenio. De muy distinta naturaleza es la noticia en que repara cuando se halla en Venecia, y que da lugar al nacimiento de un hospicio que evite un elevado número de infanticidios: Solía en estos tiempos pasados, que pocas semanas e aun días había en que los pescados non sacaban en las redes criaturas muertas; dicen que esto era por el gran alongamiento que los mercaderes facen de sus mujeres, e que ellas, con el deseo de la carne, poniéndolo en obra e empreñándose, por guardar su amas e como el lugar es dispuesto para ello, en pariendo, echaban las criaturas por las ventanas en la mar; e los Señores, veyendo pecado tan inorme, hobieron consejo sobre ello, e ficieron un gran espital e muy rico e muy bien labrado, e pusieron en él continuamente cien amas que den leche a los niños, e allí llevan a criar los fijos de las envergonzantes; e ganaron tal bula del Papa, que cualquiera que fuese a visitar aquellos niños e espital, ganase ciertos perdones. Todo lo cual viene a recordarnos lo actual de la tirada de Pitas Paya del Libro de Buen amor. Inicia Tafur, después, un recorrido por Europa en el que continúa recogiendo noticias de todo tipo, desde las cerezas de Bolonia: Aquí en esta ciudad ]Boloña] hay las mayores cerezas que nunca vi, hasta una visión de Milán en la que destacan sus artesanos de lo relativo a la milicia y el rígido control sanitario de forasteros para evitar las pestes que diezman las poblaciones: asteros e silleros e sastres, que facen avillavizo de guerra. (…) Hay muy notables iglesias e monesterios, especialmente la iglesia mayor, que ellos llaman Prudomo [el Duomo, la catedral gótica de Milán], edificio muy suntuoso. (…) En esta ciudad non puede ninguno entrar, sin que primeramente, entrando en tierra del duque, non muestre albalá que faga fe cómo viene de tierra sana e non contaminada de aire pestelencial; en esto se tiene una gran cura, e dicen que había sesenta años que non habían sentido pestilencia en toda la tierra. A Tafur propiamente no se le escapa detalle, y esto es lo que hace su libro una verdadera obra recreativa y gustosa de leer, porque no hay detalle que se lase por alto, como el de la calefacción subterránea en Hungría: Mas hay otra manera de estufas, que es una sala sobrada e debajo ponen fuego, e arriba están agujeros atapados e puestas sillas encima foradadas, e asiéntase hombre encima de la silla e destapa el agujero, e por allí le entra por entre las pierna el calor a toda la persona. E tanto es fría esta ciudad, que el Emperador e todos los otros van por las calles en un madero asentados como trillo, e un caballo ferrado a la manera de allá lo tira, e ansí se facen llevar arrastrando por las calles. Cuando llega a las ciudades, Tafur tiene el buen criterio de hacer una comparación con las ciudades españoles, de modo que los lectores puedan hacerse una idea bastante aproximada de qué tipo de población estamos hablando: Llegar a Viana [Viena] en Austerlic (Austria). (…) Esta ciudad está sobre la ribera del Dinubio, e es muy grande tanto como Cordoba, e muy fermosa de casas de dentro e de fuera, muy gentiles calles, e muy gentiles mesones e iglesias. Y otro tanto con una de las dos partes de la actual ciudad de Budapest: E llegamos a Buda, que es una ciudad tan grande como Valladolid, e pasa por ella el Danubio. Esta es la mejor ciudad que hay en Hungría, e de muchos artesanos, aunque non en aquella policía que Alemaña. Es altamente entretenido el juego de ir identificando los lugares que describe Tafur con los actuales, siquiera sea nominalmente, porque el libro está abarrotado de nombres en castellano que ya son autenticas reliquias de los nombres a los que evolucionaron después, y esa distorsión afecta en mayor o menor grado, y no solo a los nombres europeos, sino también a los de cualquier lugar que visite. Pongo aquí unos cuantos para que los intelectores afilen su capacidad de reconocimiento: Barut; Susa; VEneza; Alijandria; Roxeto; Aherines; Ténedon; Dardinelo; Zorcate; Astraburque; Magoncia; Coloña; NUmeque; Buduc; Lila; Mequelen; Broselas; Estrasburque; Niremberga, Vresalavia; Bresa; Cecilia…
Y acabo ya esta excursión por tan ameno libro de viajes con dos referencias que muestran esa curiosidad innata de un viajero temprano que tuvo la delicadeza de dejarnos relación de sus andanza. La primera es de Padua y la descripción exacta de una capilla que puede compararse con la ilustración que adjunto; así mismo, recoge la historia de dos paduanos ilustres por muy distinto motivo :
E fui a la ciudad de Padua, que es una gran ciudad tamaña como Sevilla e muy rica, e de grandes mercadurías cerca de la mar, media jornada de Veneza, (…) e estuve en esta ciudad tres días, que bien había que ver en ella; aquí está un muy notable estudio de los buenos de la cristiandad; aquí está un magnífico monesterio e muy rico, do está el cuerpo de San Lucas Evangelista, e es gran romeraje e casa muy devotísima. Está en el medio de la ciudad una gran sala, la mayor dos tanto que yo he visto en el mundo, e de fuera cubierta de plomo e de dentro de chapa de Milán, todo el cielo de azul fino pintado a trechos con estrellas de oro, e ella por medio grandes barras de fierro como por vigas con unas manzanas gruesas doradas; e está toda pintada desde el comienzo del mundo fasta el Advenimiento; dicen que costó más de cuarenta mil ducados la pintura; toda ella está en torno de asientos de madera, e allí se face la razón, que es la Justicia, e toda en torno es de portales; e tiene cuatro puertas, e a cada una están escurpidos de piedra mármol dos de aquellos que fueron de aquella ciudad hombres señalados en ciencia, ansí como Titu Libius estorial, e maestre Pedro de Abano, grande nigromántico, el cual fue allí quemado por los frailes menores, que lo acusaron, que dicen que facía cosas muy estrañas, e que las naos de Constantinopla de súbito las traía al puerto de Veneza, e ansí de otras cosas que caben en la nigromancia. De hecho, Pietro d’Abano no fue quemado. Fue absuelto de heterodoxo y nigromante en un primer juicio, pero condenado, después de morir en prisión, en el segundo. Sus amigos le dieron cristiana sepultura y la Inquisición no encontró sus restos para quemarlos y esparcir sus cenizas, que era el más infamante de los castigos, es decir, justo lo contrario de lo que sucede actualmente, incluso entre los creyentes católicos. La segunda tiene que ver con un relato bélico que me ha traído a la memoria dos películas maravillosas de Werner Herzog:  Aguirre o la cólera de Dios y Fitzcarraldo. Juzguen los intelectores: Estando allí [en Venecia], en tanto que el Papa asentaba su corte, vino nueva cómo el duque de Milán tenía cercada muy estrecha la ciudad de Bresa, e que por un lago que tiene traía barcos, por manera que non le dejaba entrar provisión ninguna; e los venecianos armaron una galea, e lleváronla con arteficio por tierra, e subiéronla por una sierra tan alta como la que más en Castilla, e decendiéronla fasta la echar en el lago; e  ver esto vinieron creo que cien mil personas, e non sin razón, que yo nunca vi cosa nin arteficio tan duro de creer que pudiese ser; e como fue en e agua, luego destruyó todas las otras barcas , e ninguna non osaba ganar; e socorrió la ciudad, e por aquella causa se descercó, que ya le tenían para ganar los milaneses. Para otra ocasión tendríamos que dejar un montón de noticias curiosas como esta con la que cierro, ahora sí que definitivamente, la presente recensión: E allí enfrente está la isla el Volcán, que dicen que es una de tres bocas del Infierno. (…) E luego cerca esta otra boca, que llaman Estrángulo, que ansimesmo face aquel ruido que lo otro. E junto con ella está una isla en que hay una pequeña ciudad, que llaman Liperi, e con aquel fumo que Estrángulo lanza, los que allí viven son mal sanos de los ojos; e ésta es cabeza de obispado. El "Estrángulo" de Tafur responde al original griego: Su nombre es una corrupción del antiguo nombre griego Στρογγυλή (Stroŋgul) que se le dio por su forma redonda y abombada. E de allí fuimos a la ciudad de Catánea, que es en la falda de Mongibel, la tercera boca del Infierno. ¡Para que luego digan que, sin movernos de casa, con un oportuno libro entre las manos, los intelectores no hacemos grandes viajes…!

1.Rafael Beltrán: Los libros de viajes medievales castellanos. Introducción al panorama crítico actual: ¿cuántos libros de viajes medievales castellanos? (Filología Románica. Anejo 1- 1991 - Ed. Universidad Complutense. Madrid.)

sábado, 6 de julio de 2019

Pozaforismos del Viajero




Pozaforista a orillas del Turia...

26 Pozaforismos sobre la experiencia del viaje.


Llega, porque todo llega, aunque no para todos, y mucho menos en condiciones semejantes, la época de los viajes. Asoman el buen tiempo y las vacaciones -para quienes no están lastimosamente condenados a ese simulacro hiriente de ellas que es el paro- y en las buenas gentes que no se han movido del estrecho radio de su vida rutinaria durante todo el año -casa, trabajo,casa, trabajo- o desde las últimas vacaciones se despierta un ansia de desplazarse que contribuye a la economía mundial en la misma medida en que está contribuye a la degradación del planeta, pero no vamos a seguir por aquí, en estos días en que, con razón y necesidad, las ciudades se vacían, las playas se llenan y las sierras acogen senderistas que les temen a las llamas, a los lobos y a los osos. Los obreros disfrutamos de vacaciones desde 1936, cuando el Frente Popular concedió quince días de vacaciones pagadas a los obreros. En España, por nuestra propia trágica historia, las vacaciones solo se generalizan a finales de los años 60, que es en lo poco en que hemos coincidido con Europa, porque la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial no llevó a la gente a viajar masivamente hasta mediados de los 60, cuando empieza, gracias a esa invasión de turistas, nuestro desarrollo y la suavización  moral y cultural del Régimen. Aún recuerdo que mis primeras vacaciones, propiamente dichas, las hice allá por 1975, y tuvieron Toledo como destino. Viajes los hay de muchas clases, interiores, exóticos, alrededor del propio cuarto, infernales, ulisianos, en globo, a pie, en canoa, trasatlántico, tren, avión, bicicleta o moto, próximos y remotos. Y luego estaba Tierno Galván que no se movía del sitio en agosto en Madrid, poco menos que como don Kant. Desplazarse, atravesar el espacio, tiene una función hechizadora a la que es difícil sustraerse. Somos, además de bípedos implumes, semovientes, y eso imprime carácter genético, a lo que se ve. Dejo de lado el fenómeno de la inmigración porque sus raíces no están en el ocio, sino en el negocio sucio de las clases que gobiernan los países de donde huyen. Supongo que hay un abismo enorme entre las tres categorías que se distinguen en los aforismos a los que estas notas dispersas preceden sin ánimo de aburrir: explorador, viajero y turista. La gran mayoría pertenecemos a la tercera categoría. Algunos nos hacemos a la idea de que, por la actitud, las lecturas, la sensibilidad y el respeto, pertenecemos a la segunda; y son una minoría exquisita, y rarísima los que pueden contarse entre los primeros. Eso sí, reconozco que el don del relato lo puede tener cualquiera, pertenezca a la clase que pertenezca. Son innumerables los libros «de viajes» y todos ellos singulares, salvo las guías escritas con plantilla, que equivalen a los folletines que siguieron a Los misterios de París: los de Londres, de Madrid, de Barcelona, de Roma, etc. A veces los más interesantes son, precisamente, aquellos que no se nos ofrecen como libros de viajes, sino como autobiografías o ficciones en las que el viaje ocupa un lugar de especial relieve. Ni un título se me caerá de las teclas; y dejo que los lectores se inventen su propia biblioteca «viajera», y establezcan la jerarquía correspondiente. Mi propósito, liviano, por estos calores que no dejan ni concentrarse para leer,  se reduce al deseo de compartir un ramillete de aforismos a los que les puse el título que les precede, y que fueron escritos en mi visita a Lanzarote, de la que ya dejé constancia aquí. Son estos:


Pozaforismos del viajero:
                                                                             A José Luis, viajero.
1. No viaja quien se desplaza, sino quien ve, esté donde esté, y sin perder detalle, sin buscar ventaja.
2. Al viajero no lo hacen las gentes ni las costumbres, sino el paisaje: dime por donde pasas y me dirás quién eras y quién eres.
3. El verdadero viajero ni entre la multitud pierde su altiva condición de singular punto de vista.
4. Aquello en que el turista no repara siempre tendrá un viajero atento que lo recoja.
5. También el viaje deviene rutina que le exige al viajero convertirse en transitorio, ¡cómo no!, mirador estable.
6.  Para el viajero lo más sorprendente de un viaje está siempre en los actos más rutinarios, bien mirados, mejor o peor vividos.
7. El viajero nunca ha de ser intrépido, sino que ha de dominar el enrevesado arte de dejarse llevar…
8. Por lejos que te lleve el viaje, ¡qué imposible te resulta alejarte ni un milímetro de ti!
9. Para algunos pretendidos viajeros no hay equipaje más pesado que el de  sus propios prejuicios.
10.«Destino turístico» es la paz de un veraneante y la tumba de un viajero.
11.Entre esotérico y exotérico, jamás hay punto medio para el viajero…
12.En un viaje genuino todas las experiencias son o invasiones o transferencias.
13.Recordemos, con humildad que para los exploradores, los viajeros eran el aburguesamiento de la aventura…
14.El mejor elogio de un viaje es volver sintiéndose un poco desconocido para uno mismo.
15.Salvar distancias es condenar experiencias.
16.El único contratiempo canónico del viajero es no tenerlos.
17.No hay viaje sin relato.
18.El viajero, si lo es, ha de ser sospechoso, por definición.
19.Solo el viaje que te lleva más allá de tus propios límites lo es.
20.Como el místico, también el viajero entra en «regiones extrañas», solo y sin compaña…
21.El viajero es más paisajista que antropólogo.
22.Ninguna formulación más esotérica para el viajero que la de «necesidades básicas».
23.Se viaja como se muere: solo.
24.El viajero no «descubre», encuentra.
25.Al viajero, como al místico, le sienta bien el desapego de sí.
26.El viajero teme más sus reflexiones -debilidad del yo- que sus observaciones -fortaleza del yo.


martes, 25 de junio de 2019

«Terra somnàmbula», de Mia Couto o el realismo mágico en Mozambique.



La creativa traducción al catalán de una novela que refleja el espíritu de un continente: Terra somnàmbula o cómo de la lengua emerge la realidad sin romper el presente continuo de lo que ha sido, lo que es y lo que será…

¡No hay como tener amistades entre cuyos mesteres esté el de la creación literaria, sea cosecha propia, sea en la vertiente, no menos propia, de trujamán de la obra de otros, como es el caso! Quienes se hayan acercado a la tarea de la traducción saben, sobradamente, todo lo que de reto tiene verter en la propia lengua una obra escrita en otra, por cercana que sea, como también es el caso, porque Pere Comellas ha traducido del portugués, lengua románica más que próxima al catalán y al castellano, una novela de Mia Couto que pasa por ser una de las más importantes del autor mozambiqueño. Hace poco anduvo el autor por España y leí un entrevista con él en El País. Mi amigo Pere me ha permitido, así pues, salir de mi refugio clásico, donde suelo perderme en obras que ya solo leen los filólogos y otros lectores curiosoanacrónicos, para “ponerme al día” con una lectura “de las que se habla”. ¡Qué agradecido le estoy!
Terra somnàmbula es una obra de sencilla apariencia pero de notabilísima complejidad, porque su estructura contrapuntística va alternando el presente de dos personajes, el joven Muidinga y el viejo Tuhair, que huyen de la guerra y se refugian en un autobús calcinado, y el de otro personaje, Kindzu, cuyos cuadernos descubren los primeros en una bolsa en el interior del autobús que les sirve de refugio. La historia personal y familiar de Kindzu se la irá leyendo el jovencísimo Muidinga al viejo Tuahair para entretener sus muchos ocios y olvidar la terrible incertidumbre en la que viven, como si no tuvieran un mañana y estuvieran a merced de esos señores de la guerra cuyas luchas tribales marcan todo el continente de norte a sur: Tuahir: «Sort que saps llegir», comentà el vell. Si no fos per les lectures, estarien condemnats a la solitud.
Desde el punto de vista del lector europeo, es evidente que la obra de Couto, aun a pesar de sus raíces africanas, por la realidad que se describe en la novela, pertenece por derecho propio a nuestra tradición, y ello se advierte, sobre todo, en la facilidad con que el autor ha asimilado la técnica del realismo mágico de García Márquez, por un lado, y, por otro, la aceptación de la ausencia de fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos que recuerda, vagamente, a Juan Rulfo. Lo que está claro es que desde la idiosincrasia mozambiqueña descrita en la novela, la existencia es un continuo en el que no se trazan fronteras inamovibles entre los muertos y los vivos, lo cual nos va a permitir sumergirnos en un ambiente entre onírico y fantástico que multiplica exponencialmente el interés por la materia narrada a medida que se avanza en la lectura. Al margen de las raíces universales de la obra de Couto, lo más llamativo de ella -y ahí es donde el trabajo de Pere Comellas ha sido determinante para la traducción idónea de la obra del portugués al catalán- es el poderío estilístico que salpica constantemente la narración: el amor por los juegos conceptuales, por los meros juegos de palabras, por las agudezas, por los calambures, por los neologismos… atraviesa toda la narración de cabo a rabo, para sorpresa y placer de los lectores, que asistimos, perplejos, ante tal despliegue de inventiva constante que más de un quebradero de cabeza ha de haberle deparado al Pere. Lo que está claro es que, cuando me la regaló, no se equivocó: aquesta, tot sabent com tu escrius, segur que t’agradarà. Y no se ha equivocado, en efecto. A otros lectores supongo que les dejará indiferentes el juego con el lenguaje, pero un afirmación sobre Kindzu como esta: Al capdavall estava com deia el cantador del poble: «En l’assossec, soc cec; en la batussa, no m’hi veig», a mí me sorprende y maravilla, porque tiene el lector, o sea, mi menda leyenda, la percepción de que de esos encuentros mágicos entre las palabras surgen ráfagas de iluminación que nos permiten ver la realidad de una manera distinta. No digo que mejor, sino distinta. Y ahí entra ya, claro está, cómo actúan  en la imaginación de los lectores esos hallazgos verbales.
La novela tiene el terrible trasfondo de una guerra civil, lo cual es el principal fracaso de una sociedad; pero al hilo de las vidas y las muertes que aparecen en la historia casi en igualdad de condiciones los lectores pueden advertir la profunda desarticulación de sociedades con una visión de lo real bastante más compleja de lo que nuestro férreo racionalismo nos permite. Está claro que no podemos analizar dichas relaciones con los patrones europeos, y ese es, acaso, el principal valor de la novela: su africanidad, la descripción de una realidad que se nos escapa a los lectores ilustrados, porque las leyes que la rigen están más cerca de la superstición, por un lado, y del holismo, por otro, que de nuestros estándares dominados por el pensamiento científico. Tanto la relación entre Muidinga y su «tío», título que este, Tuahir, rechaza vehementemente, como la de Kindzu con su madre, su padre muerto y su hermano encantado, convertido en un gallo de corral, desafían la capacidad de asentimiento de los lectores, pero, una vez entrado en ese mundo mágico, y más extenso que el nuestro occidental, son constantes las apelaciones al buen sentido, a la contundente lección de la experiencia y a ciertas verdades de alcance universal: ─Fill meu, la feina dels bandolers és matar. La feina dels soldats és no morir. Nosaltres som el terra dels uns i la catifa dels altres. De este estilo, así pues, vamos a ir encontrando reflexiones que, más allá de la circunstancia africana concreta, apelan a un fondo universal de constataciones empíricas, de valores y de creencias que nos permiten disfrutar aún más de la lectura.
         Son constantes, como vengo diciendo, las innovaciones estilísticas que aparecen en el relato con una naturalidad que el traductor ha sabido recrear con ingenio y hasta facilidad, porque en modo alguno reparamos en ellas con extrañeza, sino como lo que exige la narración -como aquellos desnudos “que exigía el guion” en los primerísimos tiempos de la Transición-, y así, nos divierte y aun  hasta admira el modo como Pere Comellas ha ido resolviendo ese modo natural de decir de Couto: Somnambulant;  Estic prenyada, naltravegada; Segles sencers moribundant a la sabana; en el pugibaixa de l’aigua: Com més em nortejava més estranyes succedències em passaven. I jo em geperutava a la canoa, ingeni, creduteista. Era just, allò?;  Les esmentades xicalamitats;  El pit em bumbumbava, accelerat; S’hi està una estona, quatregraper, somrient a la terra;  En Romão sorgia cada cop més agafallifós, fastiganxós com un gripau; Quan els seus ulls em van arribar vaig recular en tanta bocobertura, abismeravellat.
Si a esos usos innovadores añadimos la facilidad de Couto para la irrupción de sentencias que bien pueden pasar por aforismos (y aun hasta por greguerías…): El cansament es una vellesa sobtada, no nos quedará más remedio que reconocer que estamos ante un verdadero maestro del lenguaje y de la narración. Son constantes, por otro lado, las muestras del ingenio del autor para las descripciones sucintas y poderosas, de esas que nos permiten visualizar o entender a un personaje o una situación  en tres o cuatro líneas:
Qui fa una casa no es qui la construeix, sinó qui hi viu. I ara, sense residents, les cases de ciment es podrien com la carcanada d’una bèstia.
Recordo la lluna que s’exhibia com una medalla a l’escot de la nit.
Els somnis són cartes que enviem a les nostres altres, restants vides.
Vaig anar pujant per un caminet descalç, un corriol tan estret que no hi podien festejar dues serps.
Les seves miratginacions anaven sempre contra el règim de la realitat.
O la que, a mi modesto entender, es de una sutileza e ingenio para la que todos los elogios me parecen pocos:
Quintino Massu, home nerviós, tan prim que una idea, si tenia pes, el faria suar…
A pesar de este despliegue estilístico, la obra no pierde el norte de la revelación de ese fracaso social del que hablábamos al principio. Una Administración corrupta, un racismo contra los indios comerciantes,  una reverencia al poder por el hecho de serlo, un mentalidad  machista y un temor reverencial a la naturaleza y a la acción permanente de los muertos en la vida de los vivos define las coordenadas básicas del tipo de relaciones humanas que vamos  encontrar en Terra sonámbula en la que hay escenas como la de la masturbación del joven Muidinga por parte de su «tío», como ayuda para que él, despreocupado de la «parte mecánica», se concentre en los atractivos de las jóvenes que ha de evocar para llegar al orgasmo, que nos dejan, como lectores europeos, al borde de la incredulidad o del estupor. No creo que le sea aplicable el marbete de novela «étnica», que se suele usar mucho para las películas de ciertas filmografías como la iraní y otras, por ejemplo, porque al fin y al cabo, además de la lengua europea en que la novela está escrita, hay un trasfondo antibelicista en la novela que reconocemos y al que sentimos con europeo entusiasmo: Vaig recordar les paraules d’en Surendra: hi havia d’haver guerra, hi havia d’haver mort. I tot per què? Per autoritzar el robatori. Perquè avui cap riquesa no podia néixer del treball. Només el saqueig donava accés a les propietats. Calia que hi hagués mort perquè les lleis s’oblidessin. Ara que el desordre era total, tot estava autoritzat. Els culpables sempre serien els altres.
El resto, que cada cual lo descubra. ¡Menudo regalo que nos ha hecho Pere Comellas a los lectores en catalán! Gràcies, Pere.

viernes, 31 de mayo de 2019

Los «Diálogos», de Pedro Mejía o el arte eminente de la miscelánea.
















Un género clásico que el humanista Pedro mejía, autor de la celebérrima Silva de varia lección, aclimata en nuestra literatura: Una colección «sabrosa» de noticias variopintas y algunas cuestiones tradicionales: los médicos, los convites, etc.

Hay clásicos a los que no se visita porque se ignora el caudal de placer que son capaces de depararnos, sin que, como creen los lectores ingenuos, hayamos de atravesar el campo minado de una lengua poco menos que esotérica a juzgar por la respetable ancianidad desde la que nos habla, y sin que reparen en la belleza propia, ¡y tan atractiva!, de esos estadios primeros del desarrollo de nuestra lengua castellana. La silva de varia lección es su obra cumbre, la que le valió la reputación de que goza en nuestra Historia de la literatura, si bien, todo hemos de decirlo, en ese apartado menor de lo que los especialistas  llaman la literatura didáctica, gnómica y también miscelánea: un género fronterizo entre la narración de apólogos, la Historia, la divulgación científica y el folclore, así como lo que luego sería uno de los  géneros románticos por naturaleza: el cuadro de costumbres.
En castellano usamos para los libros de misceláneas un galicismo, pot pourri, «popurrí», que nació allá como calco de nuestra famosa «olla podrida» aquí. Yo propongo, sin embargo, otra voz que, relacionándose también con la comida, incluye en su significado la idea del viaje: matalotaje, lo que viene de perlas para entender este género del Diálogo que restauran los humanistas como Petrarca a imitación de los diálogos filosóficos, principalmente los platónicos.
Pero Mejía se jacta en el proemio de la obra de haber sido el primero en aclimatar a nuestra literatura el género del diálogo, si bien no tarda en añadir que esta obra bebe de las mismas fuentes de las que bebió su libro clave: Silva de varia lección, título que explica él mismo: Le puse por nombre Silva, porque en las selvas y bosques están las plantas y árboles sin orden ni regla. Este desorden es el propio de los modelos en los que se basa toda la variada colección de textos misceláneos que van desde La Officina, de Ravisio Textor , estricto contemporáneo de Mejía, quien usa las mismas fuentes ue usa nuestro autor, muy especialmente el libro canónico de Aulo Gelio, cuyas Noches áticas pasan por ser el modelo por excelencia del género de la miscelánea.
Pero Mejía inaugura una corriente en nuestra literatura desde unos niveles de excelencia muy marcados, y ello a pesar de que al desarrollarlo se queja él de su escasa pericia y del espíritu lúdico con que decidió emprender la aventura de aclimatarlo en España: Me quise ocupar en este ejercicio, más por mi recreación y por probar la mano en este género de escritura que porque creí que hacía cosa que mereciese el acatamiento de Vuestra Señoría ni salir a luz actitud y fines de la Silva de varia lección.
El autor hace una selección temática que se centra en los motivos más comunes para esta clase de obras dialogadas. En primer lugar: los médicos, y la terrible disputa entre ignorarlos o seguir sus consejos que atraviesa el humanismo, el renacimiento, el barroco y que comienza a desaparecer con la llegada de la ciencia experimental al ámbito de la medicina, si bien, por lo que se leerá, siguen vivos en nuestra sociedad los hondos recelos hacia los «matasanos», de lo que familiares y amigos nos ejemplos a cada cual ejemplos supersticiosos como para escribir una antología del terror a los esforzados galenos. Pasamos después al dialogo sobre los convites, esa institución social helénica que desde el Symposio de Jenofonte llega hasta nuestros días, con textos de tanta importancia como el Satiricón de Petronio con el famoso Banquete de Trimalción, una de las joyas de la literatura clásica. Finalmente, el coloquio llamado «del porfiado», en el que se incluye un maravilloso «elogio del asno», digno de figurar como pórtico del libro de Juan Ramon Jiménez, y que responde a una tradición perfectamente estudiada en la creación grecolatina clásica, en buena parte como ejercicios propios de la retórica. Desde el Elogio de la mosca, de Luciano, pasando por el Elogio de la calvicie, de Sinesio de Corene, hasta el Elogio el papagayo de Dion de Prusa o la Alabanza de la indolencia, de Marco Cornelio Frontón, sin olvidar el Elogio de la vista del águila de Apuleyo, estamos ante un género que reaparece en el renacimiento de la mano del Elogio de la locura de Erasmo y que, propiamente ha llegado a nuestras días, como en Movimiento Perpetuo, de Augusto Monterroso o en el elogio de la pereza, ascendido a Derecho a la pereza, de Paul Lafargue.
Los otros diálogos, algo más enrevesados, por lo en mantillas que aún estaba la ciencia experimental tienen como objeto el sol, la tierra y la naturaleza, y son, obviamente, los realmente «envejecidos», aunque hay en ellos algunas muestras de ingenuidad poética que hará las delicias de los intelectores que se atrevan a una lectura de la que en modo alguno se van a arrepentir.
         Entremos, sin más demora, en ese viejo litigio entre la salud, su ausencia y quienes se reclaman como los apropiados restablecedores de ella. El diálogo se abre con la contundente afirmación de uno de los interlocutores: He vivido cuarenta y cinco años sin ellos, y sanada de algunas enfermedades con solo dieta y buen regimiento, la cual nos indica los dos argumentos tradicionales para mantener la salud: la dieta, entendiendo por tal la moderación en el comer y el beber, claro; y el buen regimiento, esto es las costumbres saludables, no agresivas para el cuerpo. Como pruebas de dicha afirmación se echa mano de la celebrada Antigüedad: Seiscientos años se defendieron los romanos de los médicos, que nunca los hubo en Roma ni los admitieron, y nunca tan sanos vivieron, ni tanto como en aquel tiempo. (…) Después de muerto Catón, andando el tiempo, con la cudicia y ambición y con otros vicios entraron los médicos en Roma. (…)  Pero sé también que desque comenzó a haber médicos se usó vivir poco los hombres, y que los romanos antiguos vivían más sanos y más tiempo que esos reyes y emperadores que dieron salarios e hicieron mercedes excesivas a médicos.  La convicción profunda en que una buena conducta alimentaria y unos hábitos saludables son suficientes para hurtarse a las «atenciones» de los doctores forma parte de un razonamiento que deja de lado lo «teórico» y se centra en lo «experimental», que viene a ser algo así como el elogio actual de la llamada «dieta mediterránea» para evitar algunos cánceres, sobre todo el de colon que tan extendido está y tantos muertos provoca. No nos sorprende, pues, desde nuestro presente pro-vegano…y pro-fitness el hincapié que entonces se hacía en el desprecio a quienes andaban, por aquel entonces, más a tientas, respeto de las diferentes patologías, que a ciertas…Como concluye Gaspar, frente a la defensa de la Medicina como ciencia que sostiene otra contertulio, Bernardo:  Así que, señor Bernardo, pues que ni vuestros argumentos ni las respuestas a los míos tienen fuerza, debéis de apartaros de vuestra opinión. No queráis que se deje de saber Medicina comúnmente, pues se puede saber; no nos hagamos sujetos a la voluntad de dos o tres, y que, como se queja Plinio, por no querer saber lo que nos cumple, andemos con ajenos pies, comamos con ajeno apetito y que sea otro el árbitro de nuestra salud y vida; no dificultéis tanto este negocio que queráis que para curar sea menester gastar la vida en los estudios, y que se cobren más enfermedades por saberlo que se pueden sanar con lo que se sabe. Bástenos, como dicho tengo, que por experiencias y dieta y buen regimiento nos curemos. No busquéis la experiencia racional, la experimental nos basta; no penséis que después de la razón se halló la medicina, porque antes, hallada ella, se cayó en la razón; que el buen labrador o marinero con el uso y ejercicio se hizo maestro, no con estudiar ni aprender las calidades de los elementos, n los cursos de los planetas y estrellas, ni los libros del cielo y mundo de Aristóteles. (…) El comendador Hernán Núñez, preceptor de Retórica y otras artes en la insigne Universidad de Salamanca, el cual jamás ha fiado su salid de médicos, y la ha conservado más de setenta años sin ellos. (…) Asclepiades, condenando las reglas y preceptos de todos los otros curaba con solo dieta y regla en comer y beber, y con fricaciones de miembros. (…) Y decía el Asclepiades que su medicina era tan cierta, que él afirmaba de sí, porque la guardaba, que nunca enfermaría, y que si enfermase, no lo tuviesen por médico, y cumplió tan bien lo que afirmó, que jamás enfermó en su vida, y vino a morir muy viejo de que cayó de una escalera. Con todo, el tal Bernardo, en una posición ecléctica, viene a defender el conocimiento medico a través de la experimentación, y defiende que no hay por qué oponerse al saber y sus progresos, y que el saber y la experimentación no se oponen, sino que se complementan: Desto es prueba y argumento ver que para la una parte de la Medicina, que según ellos mismos es la principal, que la llaman esual  [ yc omo se nos indca en la oportuna y erudita nota a pie de página: [esual] corresponde a la parte de la medicina que hoy denominamos dietética y «la palabra esual es un latinismo crudo, relacionado directamente con los sustantivos esus (‘comida’) y esuries (‘apetito, hambre’)] Y remacha: ] Aliende de esto, muchas de las otras causas y noticia de letras y cosas que se han platicado, aunque quieran decir que saberse no sea notoriamente necesario, a lo menos no pueden negar que no sea provechoso, y que aunque no hiciesen al médico más diestro, que lo harán más discreto y avisado, y si no lo hicieren médico, hacerlo han más sabio y mayor médico, lo cual no puede ser sin aprender artes y letras. Y si estas cosas son dificultosas y muchas, no por eso debe desesperar de saberlas, como dijo el señor Gaspar, que bien sabemos que el arte es luenga, pero todo lo vence el continuo trabajo y buen ingenio, y si no se puede saber todo, sépase lo posible y más necesario. (…) Todas las cosas se juntan y ayudan y templan y resisten, lo cual verdaderamente es necesario hacer en la Medicina, y es de grandes efectos y provechos. Al principio del diálogo, demos este pequeño salto inverso, ya se nos avisó de que la posición del defensor de la Medicina, Bernardo, exigía una dedicación intelectual muy alejada de la vía del conocimiento meramente tradicional de la mayoría de los contertulios. De él, Bernardo, se dice, de forma encomiástica: -Aunque ha sido poco lo que ha dicho el señor Bernardo, no ha sido menester leer poco para decirlo. -Bien lo habéis retoricado -añade otro.
Y a título anecdótico, porque los clásicos siempre están llenos de datos inverosímiles, los autores de la edición,  Isaías Lerner y Rafael Malpartida, nos ofrecen en sus interesantísimas nota a pie de página esta noticia impagable acerca de una nueva especie vegetal importada de las Indias…: Este palo que llaman santo. [Nota: Sobre el llamado palo santo, remedio recién importado de América, véase ahora la edición bilingüe de El modo de adoperare el legno de India Occidentale, salutífero remedio a ogni piaga et mal incurabile de Francisco Delicado, que lo tiene por «único y actual remedio contra el mal francés, del cual padecí yo por veintitrés años, no curado jamás por ningún otro remedio sino por el sobredicho leño», del que describe su origen, modo de preparación, posología y dieta posterior] No ha de confundirse el palo santo, un árbol amazónico, familia de los cítricos, con el caki o palosanto, una fruta depurativa de origen oriental.
Los convites requieren unas condiciones mínimas que y quedaron establecidas desde la Antigüedad, y conviene recordarlas para que sepamos de que hablamos exactamente cundo hablamos de un banquete: Marco Varrón (…) según refiere Aulo Gelio, dice que para el perfeto y buen convite se requieren cuatro cosas: la primera, que los convidados sean de buena conversación y virtuosos (…); la segunda, que el lugar sea decente y bueno (…); la tercera, en que manda que el tiempo sea conveniente (…); la otra, es que en el aderezo y manjares haya primor y cuidado.[…] Maestro: Se os olvida alguna que toca a los convidados (…), y son que los convidados no sean muy habladores ni muy callados, porque dicen que el hablar y el predicar es para el púlpito, y el callar para la cama. (…) Aconsejan también que no se traten a la mesa negocios pesados ni graves, sino alegres y fáciles, y que se tenga manera que la conversación, con ser apacible, sea provechosa; finalmente, que tenga más de alegría que de gravedad, lo cual dio a entender bien Isócrates, orador excelentísimo, que siendo rogado en un convite que tratase de sus ciencias y artes, respondió él: «las cosas que yo sé y son de mi facultad, no son para este tiempo, y las deste lugar yo no las sé». Aparece Isócrates por primera vez en los Diálogos, y aprovecho para anunciar que, como propina de estos Diálogos, el autor, Pedro Mejía, hizo una traducción de la  Parénesis o exhortación a Virtud que se ha añadido a su obra desde las primeras ediciones. Se trata de un manual de consejos edificantes siguiendo el modelo que instauró Hesíodo en Los trabajos y los días. Concluiremos esta revisión de los Diálogos con un breve muestrario de esas recomendaciones “para bien vivir” de un autor para el que el “servicio público” de ilustración de sus lectores formaba parte de sus desvelos intelectuales: quería formar e informar, y divertir, pero siempre con arreglo al argumento de autoridad de las innúmeros fuentes que consultaba y usaba. Era muy consciente, además, de que estaba inaugurando en nuestras Letras el fecundo género de la Miscelánea, que, en cierta manera, bien podría emparentarse hasta con las Etimologías de San Isidoro, desde luego, uno de los libros de más interesante lectura que puede echarse a los ojos un intelector de nuestros días. Lo garantizo. A las anteriores condiciones sine qua non del convite, haría falta añadir la del número de comensales, como no se le olvida recordar a Arnaldo, uno de los contertulios: Macrobio dice que no han de ser menos de tres ni más de nueve, y esto por el número de las Gracias, que dicen ser tres, y por el de las nueve Musas. [En Roma y en Atenas] [decían por refrán: «Siete es convite y nueve convicio y confusión». [De nuevo en oportuna nota, en este caso lexicográfica, los autores de la edición nos informan de un conocimiento necesario y sorprendente:  Convicio es «afrenta, injuria o improperio. Tiene poco uso, y viene del latín convicium, que significa esto mismo».].
         Como es obvio, este diálogo tiene poca materia discutible y sí mucha información de carácter anecdótico que alegra al lector por el caudal de informaciones que le permiten tener una idea de lo que a supuesto en la tradición europea el fenómeno social del convite. Así, y sin querer ser exhaustivos, no está de más recordar que, por ejemplo: Los romanos no comían más de una vez al día, y esa era cena. (…) Y dicen que los godos trujeron a Italia y a estas partes el comer dos veces al día de propósito. (…) y llaman cena adventicia al convite que se hacía al que venía de camino nuevamente, y cena recta al banquete complido o de propósito, al cual o a su igual convite Terencio llama cena dudosa, dando a entender que se servía tanto y tal, que dudaban en el escoger lo que comerían. (…) Según Sexto Pompeyo,  la que llamamos comida, que ellos llamaban propiamente prandio, la llamaban también cena las más veces. O que: Los romanos daban un puerco entero relleno de aves de diversas maneras, con grandes especias y aderezo, y por eso le llamaban puerco troyano. Y dice Plinio que el primero que dio puerco entero fue P. Servilio, y que Marcio Apicio los engordaba con higos pasados, y cuando los quería matar, les daba a beber clarea o aloja. [Los editores nos aclaran en la pertinente nota a pie de página: Clarea: Bebida que se hace con vino blanco, azúcar o miel, canela y otras especies aromáticas, según el gusto de cada uno. Alojo: Bebida que se compone de agua, miel y especias.] Pero para los lectores que pecan de filólogos, quizás la noticia más curiosa sea la de que en este texto aparece por vez primera en nuestra literatura la palabra «humanista», al decir de sus editores: Maestro: La verdad es que yo no pensaba que lo había con teólogos, sino con humanistas, y por eso echaba la cosa a hipocresía, pero paréceme que hallo en esto mejor recaudo, y temo que me habéis de llevar por santidad, porque es cosa que se usa agora mucho. [Nota: Puede que sea la primera documentación en castellano del sustantivo humanista (no en vano la primer aparición en francés del término puede vincularse con Mejía. En DCECH se consigna 1613 con texto de Cervantes, pero ya se encontraba en autores como Juan de Arce de Otálora o Luis de Granada. [Aquí] se entiende por humanista aquel que domina o cultiva las letras humanas, frente al teólogo que se dedica al estudio de las cosas divinas.] Y, finalmente, un uso «asombroso» que deberíamos rescatar: Ya sabéis que era ésa ley de convite antigua en Roma, que el convidado podía llevar otro, y llamábanlo sombra. [Nota: Plutarco dice llamarse sombra porque Aristodemo, convidado por Sócrates para el convite de Agatón, «entró primero que Sócrates, como la sombra va delante del que deja al sol atrás», que me parece de una delicadeza apotegmática excepcional.
         El diálogo sobre el porfiado contiene el ya mencionado elogio  del asno que me parece lo más sobresaliente de él y que conviene recoger íntegro sin mayor atención a algunos otros centros de interés como el intento de definición psicológica de un rasgo de conducta, la porfía, la terquedad, que depara algunas intervenciones brillantes, como cuando uno de los contertulios define la porfía sumada al espíritu de la contradicción de «quien sabe»:   Ludovico: Vuestra Merced que no solamente es porfiado, pero es espíritu de contradicción, porque ninguna cosa ve formar a otro que no la contradice y afirma y sustenta lo contrario, y no le faltan razones aparentes para lo uno y lo otro, porque, como os dijimos, verdaderamente es de agudo ingenio, y ha leído y visto mucho. A lo que otro compañero remacha: Fabián: De manera que se verifica en él lo que decía Hernando de Vega, que es peligro ser los hombres leídos, porque por la mayor parte son muy habladores. Esa prevención contra las personas letradas como fuente de inagotable cháchara con ínfulas se desarma cuando advertimos que el Bachiller no solo les hace el impecable elogio del asno, sino que, además, parte de una premisa que conviene no olvidar, dada la reverencia de Pedro Mejía al principio de autoridad: Bachiller:  Suélese decir común opinión la que los más tienen, de manera que es mejor que tengamos con los sabios, aunque sean menos, que no llegarnos a la comunidad de los simples, y así se manda entre los preceptos de la Ley que no siga el hombre la multitud ni se aparte de la verdad por consentir el parecer y sentir de los más. Y vamos ya, sin otra interrupción a ese admirable elogio el asno, digno de figurar en las crestomatías junto al famosísimo Elogio del acordeón, de Pío Baroja: Bachiller: Pues que me dais licencia, yo quiero esta vez hacer del retórico, que según os mostráis odiosos a la causa, todo creo ha de ser menester, aunque confiado estoy que tengo de persuadiros mi opinión, y que oyendo lo que se dirá, ese odio se ha de volver en afición, porque trato este negocio ante personas sabias y virtuosas. Y aunque apriesa y con brevedad, decirse han tan ciertas y tan importantes excelencias de nuestro asno, que no podréis dejar de entender que tengo razón y de confesar la verdad. Y para esto pido una cosa justa que no se me debe negar, y es que no se mire en este juicio el menosprecio que el pueblo hace y a la poca estima con que el asno es tratado comúnmente agora de los hombres, sino que se conozca y estime la verdad en lo que debe, do quiera que esté porque la estimación ajena y la bajeza y humildad del estado o lugar, no quita la virtud a la cosa, como no es menos fina la piedra preciosa porque la quitéis de la cabeza y la pongáis en el pie, cuanto mas que una de las mayores excelencias del asno es ser tan común y tan humilde, porque sus provechos se comunican así más y gozan y participan dél todos como en el proceso mostremos. (…) Entre las grandes riquezas que del santo y paciente Job se escriben pone la Santa Escritura por una de las mayores que tenía quinientas asnas. (…) Por excelencia lo consagraron y dedicaron al dios Baco, y aliende desto, lo honraron tanto, que lo fingieron y aposentaron en el cielo, y así hay dos estrellas en el sino de Cancro llamas Asnillos. (…) Y también sabemos que el asna en que iba el profeta Balaam, quiso Dios que viese el ángel que se le ponía delante, y aun antes que el mismo profeta, y que hablase y lo manifestase ella propia, que es cosa maravillosa y que contiene misterios y significaciones. (…) la leche del asna, bebida, aprovecha contra todo veneno, y sana y cura el dolor de la gota. (…), la misma leche, mezclada con el polvo de sus uñas, es excelente medicina para el mal de los ojos, y con la leche sola sabemos de muchos hombres que, estando casi para morir, han sanado. (…) Se podría decir que el asno no es hábil para la guerra ni para pelear, porque esto verdaderamente lo tengo por privilegio y gracia que Dios le dio por que para tan mala cosa como es matarse los hombres los unos a los otros, él no fuese dispuesto, de manera que para sustentar y ayudar la vida del hombre en la misma guerra y fuera della, en todas las cosas se sirven dél y es provechoso, pero par dañar y empecer al hombre, no quiso Dios que lo hallasen tan aparejado. (…) Se escribe en los Libros de los Reyes que estando cercada Samaria del rey de Siria, llegó a valer una cabeza de asno (para comerla) ochocientas monedas de plata o reales.
         Para acabar, aunque siento defraudar a los espíritus científicos, hurtándole la recensión de esos diálogos sobre los fenómenos naturales tan simpáticos… Bueno, aportemos un ejemplo, que no se diga: Antonino: Pero muchas veces, y las más, le acontece que en la media región topa esta exhalación con alguna nube de las que se engendraron, como está declarado, de vapores húmidos que antes o juntamente con ella subieron, e impedida y cercada de la nube ya fría y húmida, se recoge y aprieta, hasta que de muy apretada, así el calor del frío, por la acción o obra que dijimos llamarse antiparistes, que la lengua castellana no tiene vocablo que le signifique, se esfuerza y escalienta más, y busca naturalmente la salida, y al cabo rompe la nube. Y deste rompimieno, como de  romper un pergamino, y de pasar lo caliente por lo húmido, se causa el sonido, que es lo que llamamos trueno. (…) Y esta exhalación, que desta manera sale ardiendo, o que de la colisión y rompimiento de la nube como pedernal se encendió, causa la lumbre y resplandor a que decimos relámpago. (…) Esta exhalación impetuosísima (…) viene con tanta violencia y actividad tan grande , que todo lo que topa más fuerte y duro, rompe y deshace, Y está tan sutil y delgada, que acontece pasar las ropas de hombre sin lisión y deshacerle los huesos, y esto es lo que llamamos rayo. Pues después de esta excursión por los reinos celestiales y sus estentóreas manifestaciones, solo nos queda ya ofrecer algunas muestras del breve enquiridión o manual de bien vivir que Isócrates dedica a Demónico y del que Mejía nos dice que hubo de aplicarle la «censura» porque, al fin y al cabo, por razonable que sea los consejos de Isócrates, no dejaba de ser un pagano y, en consecuencia, había que «limarlo» para adaptarlo a lo permitido por la Inquisición, sin extravíos ni heterodoxias… Veamos, pues, un ramillete escogido de esos consejos que a buen seguro no caerán en saco roto:
Los malos solamente miran y honran a los amigos presentes, y los buenos, de los ausentes, por muy lejos que estén, se acuerdan y les tienen amor y respeto. Y la amistad de los unos, en breve tiempo se rompe y delata; y la de los otros, no basta todo el curso de la vida a deshacerla.
Alababa él [el padre de Demónico] siempre y tenía mayor respecto al que le era amigo verdadero que a los que le tocaban en deudo. Y tuvo opinión y persuadía a otros que más fuerza ponía en el amistad la buena condición que la ley, y la semejanza en las costumbres que el parentesco; y el juicio y elección que la ocasión o necesidad.
No te creas muy de ligero ni seas muy confiado en tus palabras, porque lo primero es de hombre loco; lo segundo, de furioso.
Todo género de murmuración contra ti debes evitar, aunque sea liviana o fingida, porque el pueblo como no conoce la verdad, sigue la opinión.
En lo tocante a las letras, si con cudicia te dieres a ellas, muchas cosas aprenderás, pero debes conservar lo que así alcanzares con plática y ejercicio.
Ten por de más precio y valor las letras y reglas dellas que las muchas riquezas, porque las riquezas ligeramente se pueden perder y las letras duran toda la vida; porque sola la sabiduría es inmortal entre todas las cosa.
No visites muy a menudo a una persona ni hables muchas veces en un propósito, porque créeme que todas las cosas dan en rostro si son muy continuas.
En el trato común con los hombres ten aviso en conocer no solamente quien se duele de tus males, pero también quien no ha envidia de tus bienes.
En tu vestido has de procurar ser pulido, limpio y bien aderezado, y no muy costoso y deshonesto, porque lo primero es de hombre honrado y liberal; lo otro, de desordenado y prodigo.
Los bienes que alcanzares, ámalos y consérvalos para uno de dos fines: conviene a saber, para remedio y amparo de algún grande daño, si acaeciera, o para socorrer a la pobreza y trabajo de los amigos, porque para los otros usos, un mediano cuidado basta sin que se ponga demasiada diligencia.
No seas muy reprehendedor ni áspero y seco, ni tampoco amigo de porfiar con todos, ni muy presto en resistir a la ira de los con quien tratas, aunque a veces se enojen sin razón; antes da lugar a su furia por que, pasado aquel ímpetu, les reprehendas seguramente.
Entre las cosas de tomo y peso, no mezcles las burlas y donaires, ni entre las que son de placer trates de negocios graves, porque todo lo que viene fuera de tiempo es enojoso.
De los tales cargos y administraciones publicas no procures salir con acrecentamiento de bienes, sino de gloria y estimación, porque más que grandes riquezas vale el loor y buena fama.
Para hablar con sazón, débeslo hacer a uno de dos tiempos: el uno, cuando se trata de negocio de que tienes experiencia y noticia; el otro, cuando necesidad te constriñe a hacerlo. En estos dos lugares, parece ser mejor el hablar que el silencio; en lo demás, por mejor tengo el callar.
Has de tener por constante verdad que ninguna firmeza hay en las cosas humanas y así no te alegrarás demasiado en la prosperidad ni desmayarás en las adversidades.
         Pues nada, a practicarlos y, sobre todo, a engolfarse en la lectura de estos Diálogos que son la mejor lectura para el descanso estival, lejos del mundanal ruido.