La lucidez que no cesa; la decantación de una sabiduría existencial poco común, y un personalísimo modus dicendi.
Cuarto Lucidario.
Bajo la advocación de cuatro clásicos
españoles, Juan Ramon Jiménez, Francisco de Quevedo, Lope de Vega y Rubén
Darío, con un epígrafe de cada uno de ellos para marcar los cuatro movimientos
de esa sinfonía conceptual, Luis Valdesueiro nos ofrece su Cuarto Lucidario,
tras haber publicado no hace mucho el tercero. No se trata de que sea un autor
prolífico, en el mal sentido de la palabra, sino de que ha sido un autor
voluntariamente silencioso durante más de medio siglo, tiempo en el que, con
cuentagotas, aparecieron algunas muestras muy aisladas de su obra. Como aquello
tan popular del «a la vejez, viruelas», el autor ha creído oportuno ―y yo
particularmente lo considero «necesario»― poner a nuestro alcance buena parte
de ese «tesoro» escondido, pero lo hace con la misma humildad con que ha
renunciado a buscar el eco o el renombre por el que otros se desviven. Poco a
poco, con un gusto muy personal por la edición cuidada de sus propios textos, porque
hay en él mucho de editor clásico y perfeccionista, además de seleccionar entre
sus materiales lo que nos ofrece, nos lo hace llegar con una exquisitez propia
de quien busca el mejor continente para unos contenidos de por sí aquilatados,
porque sorprende, ciertamente, el nivel de calidad de unos textos que han
creado una suerte de cosmovisión en los que se va y se vuelve a ciertos temas
que bien podrían ser los que, por ejemplo de condensan en uno de los aforismos
de este Cuarto Lucidario: Nada es razonable: ni la vida, ni la
muerte, ni el amor, n el odio, ni el placer, ni el dolor, ni el sueño, ni la
fe, ni la alegría, no la tristeza, ni la pasión, ni la esperanza, ni el deseo,
ni la venganza, ni el rencor, ni la felicidad, ni la desesperación, ni la
soledad ni el tedio... Y que difícil es dar razón de aquello que es ajeno a la
razón.
Con la razón
como herramienta ―La lucidez, rayo del espíritu que fustiga sombras―,
aunque no siempre con ella, porque incluso sobre sus carencias se reflexiona en
este nuevo Lucidario, Valdesueiro es capaz de aportar nuevas visiones
que, como variaciones de esos temas relacionados ut supra, nos envuelven
en ráfagas de claridad conceptual que nos dejan suspendidos, emocionados,
perplejos, fascinados o, y es lo normal, meditativos, porque todos y cada uno
de los nuevos aforismos de este volumen nos esculpen a la manera de Rodin
frente a ellos: Que lo que piensas no te distraiga de lo que sientes, ni lo
que sientes anule tu entendimiento, nos impone, y lo aceptamos de buen
grado, porque sabemos cuánto de cordial ha de latir en la razón para que esta
sea verdaderamente «vital», no «bital», como parecen exigir los tiempos.
El tiempo es el eje del primer movimiento
del cuarteto, por eso nos dicen que Los recuerdos acaban convertidos en nuestra
más íntima fantasía, sobre todo a cierta edad, esa edad cierta desde la que
escribe el aforista, que no ignora el hecho de que Cuando los recuerdos son
el único tesoro de la vida, agoniza la vida porque, inevitablemente, Somos
el presagio de la nada que seremos.
En el segundo
movimiento, auspiciado por el olvido en que, al decir de Quevedo, yace la vida,
hallamos una técnica definitoria que rinde excelentes conquistas: Aburrimiento,
latigazo del vacío, o La desidia, carcoma del alma, o La
monotonía, crisol de la paciencia, o Hastío: apatía que se regodea en su
nada, o, finalmente, La indolencia, ponzoña de la inacción, que nos
traen a la memoria aquel prodigio que fue el Diccionario del Diablo, de Ambrose
Bierce, donde leyera yo , en su día, la mejor definición de «religión» que me
ha sido dado leer nunca: Religión. Hija del Terror y la Esperanza, que vive
explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible.
El tercer
movimiento, acogido a la experiencia de Lope, quien sabe de sobra lo que es Hablar
entre las mudas soledades, porque ha sido la tarea del autor durante años
de paciente labor incansable, en esas soledades que, a veces, tienen algo de
altivas y otras no poco de indeseado pero soportable castigo, pero en las que La
constancia es la fuerza que persevera tras el fracaso, la que permite
detectar que Muchos pensamientos nos asedian, solo algunos nos conquistan.
El aforista, en esas soledades afina el instrumento, porque está convencido de
que Si renuncia a razonar, la razón enloquece, aunque a mi modesto
entender cabe, también, que mude en imaginación, como le ocurrió a Alonso
Quijano... En todo caso, Valdesueiro no ignora que Somos, en cada instante,
lo que somos, y el eco de lo que dejamos de ser, y es ese «eco» algo que
preocupa mucho a quien ha hecho de la vida retraída e íntima, una soledad
ejercida con todas sus consecuencias. No se trata de sentir nostalgia por lo
que se pudo haber sido o por lo que pudiendo haberlo sido, renunciamos a ello,
sino la seguridad de que, como señala oportunamente, Cuando el deseo duerme,
el alma sestea, pero al aforista lo despierta el latigazo lúcido de la
presencia, de la inmediatez: Si
buscas el que eres en lo que no eres, te condenas a no encontrar el que eres en
lo que eres. Y así los días se suceden en quien es, como le define Dimas
Mas en el prólogo a Lucidario, el «escultor de su alma», sabiendo, ¡altísimo
saber!, que En lo sencillo, nada falta; en lo perfeto, nada sobra.
El cuarto
movimiento, bajo la advocación de Rubén Darío, el cantor de la vida y la
esperanza, de los azules del alma y de la pluralidad celeste de su corazón contiene,
sin embargo, una corrección a la máxima lección del nicaragüense, dispensada
rítmicamente en Lo fatal, porque frente al optimismo de Rubén, La
carne que tienta con sus fresco racimos, Valdesueiro opone la discreción
del barroco: El pesimismo permite ver la realidad con más sosiego. Los
aforismos sobre la poesía, otra de las pasiones del aforista, se enhebran bajo
la sombra eminente del músico autor, pero late en ellos una suerte de
desconfianza hacia la posibilidad de la poesía, ¡tantas veces cubierta por la
hojarasca de las palabras!. Por eso es frecuente esta consideración del autor: Palabra
arcaica, realidad caduca o, lo que es lo mismo: Vocablos huecos,
heraldos de la nada. La poesía es lo que sobrevive, pues, a los usos o
abusos de la palabra. Por eso el autor es tan consciente de que su obra no es
otra que Escribir para el silencio, para la nada, para el olvido, igual que
se vive para la muerte, para la nada, para el olvido. Y a los lectores no
nos cabe otra que agradecerle que haya abandonado esa soledad para reunirse con
nosotros, sus lectores, acaso porque sea él muy consciente de que Las ideas
maduran en el silencio y se curten en el bullicio.
La oscura
mano del tiempo
No sé si me va
a costar más, en esta ocasión, mantener la ecuanimidad crítica de la que me
ufano en privado, porque he ejercitado tanto la lectura crítica que me creo
inmune al sectarismo o al amiguismo, y viene esto a cuenta de que Luis
Valdesueiro ha tenido la gentileza de dedicarme este volumen en el que mezcla
sus dos géneros predilectos: la divagación y el aforismo. Las divagaciones no
llegan a la extensión de los propos de Alain, y fluctúan entre el
fragmento nietzscheano y algunas reflexiones pascalianas, y no hay que olvidar
la extensión propia de las entradas en las bitácoras, donde, acaso, se forjaron
los límites de esas divagaciones.
Como magnifico
artesano del verbo, Valdesueiro tiene una relación conflictiva con las
palabras, de ahí que medite sobre ellas a menudo y florezca en brillantes
aforismos. Un ejemplo: Cada vez pesa menos la palabra dada. Las palabras se
vuelven huidizas, menos firmes. A veces parece que no hubiera nadie detrás de
ellas para cumplirlas. Se sostienen solas y, a la mínima, caen derrotadas. Las
palabras se vuelven espurias, idóneas para engatusar y engañar con su
sonsonete. Las palabras, perdido su fondo, se vuelven pura forma. Cuando las
palabras se dicen sin cumplir, se sienten traicionadas. Obligadas a engañar,
las palabras sienten íntima vergüenza, una desolación que no hay palabras que la
explique. No tardamos, sin embargo, en encontrarnos con meditaciones que
pasan del instrumento al hacedor: Todo, incluso lo que antaño hiciera
nuestras delicias, puede acabar provocando el hastío. La vida nos cambia de tal
manera que apenas si nos reconocemos. Y quien dice que la vida cambia, dice que
todo cambia. Y por eso el tiempo nos convierte en sucesión de nosotros mismos.
En cada momento teneos cartas distintas, y las jugamos de distinto modo. Nada
se repite, todo es distinto. Hemos muerto varias veces y resucitado otras
tantas. Para la vida y el pensamiento, muertos y resucitados. Y en ocasiones
nos cuesta reconocernos a nosotros mismos, empeñados en buscarnos en el que
fuimos. Y ese, quién sabe si lamentablemente, es otro, alguien que nos precedió
en el camino hacia nosotros mismos. No somos quien fuimos, ni somos quien
seremos, mientras lo quiera el tiempo. Ahí ya nos movemos entre sus
reflexiones como en territorio conocido, porque, como en todo pensador con
mundo propio, hay constantes que los lectores siempre espera que aparezcan, y
la recompensa es siempre la presencia de razonamientos que añaden siempre
variaciones sorprendentes sobre esos temas que nos son familiares en el autor,
como en este caso: La sensación de fracaso es un abismo sin fondo. Cuando
caemos en él, todo se vuelve oscuridad y culpa, tormento y desesperación. Y
nada importa que otros no vean el fracaso donde lo vemos nosotros. Nada importa
eso. El fracaso es algo íntimo, algo que remite a nuestras aspiraciones
incumplidas, a esos sueños de los que nos vemos obligados ―la necesidad obliga―
a despertar. Del fracaso nada nos libra, ni siquiera el éxito, nada. A este
final lapidario me refería, está claro.
No me
extenderé en presentar otros ejemplos de tan adictiva prosa porque no quiero
chafarles a los lectores el descubrimiento personal de una voz tan necesaria en
estos tiempos banales, frívolos y superficiales que nos ha tocado vivir: son
textos cuyo máxima virtud es incitar a la reflexión propia, más que a la mera
complacencia en el acierto de los planteamientos que leerán, aunque no se trata
de experiencias incompatibles, por supuesto. Si quiero, sin embargo, entresacar
algunos aforismos de los que complementan esta volumen híbrido, porque a veces
constituyen algo así como el viejo epifonema de la retórica clásica, pero, en
esta ocasión, en vez de acompañar a las divagaciones, nos los ofrece de forma
exenta, en su capítulo correspondiente, aunque no pocas frases de esas
divagaciones funcionan como aforismos incrustados en la diadema de la prosa: La
sabiduría popular lo expresa a las mil maravillas: «La vida da muchas vueltas»
o La aflicción impostada y la alegría fingida son veneno para el alma,
entre otras muchas. Los aforismos, siempre en ese nivel de excelencia que
cultiva Valdesueiro, exploran las muy diversas experiencias humanas que nos
condicionan e incluso nos definen: ¡Qué suplicio, las palabras que sobran!
¡Qué tormento, las palabras que faltan!, nos dice el aforista, siempre
consciente de lo mucho que se debate sobre él y sobre todos en nuestra relación
con el lenguaje, porque es en él donde se sustancia, como señal de
posmodernidad, la cuestión de la identidad, del yo, algo que el autor percibe
con notable escepticismo: Aferrados a nuestro yo, ¿cómo desasirnos de
nuestro yo? No podemos, ciertamente, y por eso las miradas sobre el yo son
tantas como yoes ajenos nos miran y a los que miramos, con idéntica extrañeza
compartida: Soy quien soy, y para cada quien soy quien él quiere. Esa
convicción se resquebraja, sin embargo, cuando se solidifica como conocimiento
incuestionable, de ahí que no le quede al autor más remedio que reconocer que La
soberbia es un tumor del yo. Al margen de cuestiones ontológicas, propias
de quien ha escogida la soledad familiar como hábitat y la reflexión como
espacio vital, Valdesueiro es aforista proclive al ingenio y, de una forma muy
sutil, al humor. ¿De qué otra manera puede entenderse esta «variación» sobre lo
que fue un éxito de la música popular en su día: Triángulo vital: salud,
dinero y amor. Triángulo equilátero, para unos; isósceles, para otros, y
escaleno para el resto? Hay en el autor, desde esa torre de Dios, que no
otra cosa es el poeta, al decir de Rubén Darío, una cálida contemplación de la
naturaleza humana, la propia y la ajena, por eso afloran verdades como puños
cuyo descubrimiento solo se produce merced a la atención sostenida en «lo que
acontece en la rúa», esos famosos «eventos consuetudinarios» de los que se
riera el machadiano Juan de Mairena: Jactarse
de sus carencias es la vanidad del necio, o Cuando no se tiene nada que
decir, conviene callarse; y a veces, incluso cuando se tiene algo que decir.
Hay, como salta a la vista, mucho de juego conceptista, porque, no en vano, el
autor es hijo intelectual de una tradición clásica en la que el ingenio ha
tenido la más distinguida consideración, por eso repara, por ejemplo, en que El
ateo monoateísta reniega del dios de su infancia, en que El
recelo inventa espías, para acabar, finalmente, convencido de Qué poco
razonable es confiar ciegamente en la razón...
Una rosa es (Haikus)
La
tentación poética, presente en Luis Valdesueiro desde su primer volumen poético
publicado, Cuaderno de sombras (Huerga y fierro Editores, 2001), y
retomada en 2025 con Ni vuelve ni tropieza, título tomado del soneto de
Quevedo Repite la fragilidad de la
vida, y señala sus engaños y sus enemigos, reaparece de nuevo para ofrecernos
un modesto volumen de haikus (la RAE admite también «haikús») cuyo título evoca
la célebre tautología de Gertrud Stern: Una
rosa es.
Vayamos,
primero, a los orígenes del género en España. Aunque Machado, por vía de la
influencia francesa, adapta los haikús, si bien confundidos con los ensayos de
poesías populares: Silencio. / El canto de la cigarra / taladra la roca,
es Enrique Díez-Canedo quien lo da a conocer en a revista España. El género se
vuelve muy popular y la literatura de Vanguardia lo acoge con cierto
entusiasmo. Podemos decir, pues, que se trata de un género que lleva entre
nosotros más de un siglo, y cuyo cultivo, en los últimos decenios, ha florecido
notablemente: Susana Bonet, Borja Álava, José Antonio Santano o Pedro Carbajal
son algunos de sus más recientes cultivadores. A ellos se suma ahora Luis
Valdesueiro con este volumen sobre el que, desde el punto de vista crítico,
tengo mis más y mis menos.
Me he
informado, gracias al documentado artículo de Viginia López Domínguez en la
revista digital El vuelo de la lechuza. Filosofia, literatura., humanidades.
[https://elvuelodelalechuza.com/] del origen que tuvo en Japón este género de
poesía tan extraño como difícil. Desgajado de una creación de carácter
colectivo, algo parecido al juego surrealista del «Cadáver exquisito», López
Domínguez concluye: A estos poemas colectivos se los llamó «haikai no
renga». Se componían de un número determinado de versos, con una métrica férrea
y un cierto toque de humor, que a veces producía resultados delicados, frescos
e imprevistos. De la cadena de estos poemas comunitarios, Bashō independizó la
primera estrofa (hokku) y así surgió el haiku, constituido por tres versos de
cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Este mero cambio estructural fue
acompañado también de una importante transformación en el contenido. La nueva
forma poética ya no manifestaba sin más lo cotidiano o intrascendente. Es
cierto que mantenía la alusión a cosas simples y, sobre todo, una constante
referencia a la naturaleza, fundada en la simpatía con todo lo que existe, pero
se había refinado, sufriendo una espiritualización, semejante a la operada por
el propio poeta, quien abandonó las tareas mundanas para consagrarse al budismo
zen, a la vida ascética y la pobreza material. Por ser una construcción de gran
sencillez y concentración verbal, el haiku dejaba espacio a la contemplación
extática. Se había vuelto poesía mística, un vehículo para meditar a la espera
de la iluminación. El descubrimiento de la eternidad en el instante eleva lo
sensible, lo dota de un halo divino y hace de su presencia algo siempre
extraordinario. Esto permite su transfiguración estética a través de distintos
recursos, como la celebración y la sorpresa ante lo singular e inimitable, el
descenso hasta la nimiedad del detalle o el uso de metáforas inusitadas:
A caballo en el
campo, / y de pronto, detente: / ¡el
ruiseñor!
Primera nieve: /
las hojas del narciso / casi
curvadas.
A una amapola / deja sus alas una mariposa / como recuerdo.
Teniendo
presente la evolución del haikú, que contempla en sus orígenes la variante
cómica, reconozco mis limitaciones a la hora de evaluar el volumen de
Valdesueiro, porque, hasta donde llegan mis lecturas de haikus, y una de ella
fue una audición de los que nos leyó el poeta Joan Margarit en una sesión
poética en mi último Instituto, el Milà i Fontanals, siempre los he
identificado más con ese proceso de espiritualización que se produjo en Bashō,
que con el espíritu lúdico que animó aquellas composiciones improvisadas de la
Generación del 27, como el «anaglifo», que incorporaba en el tercer verso,
obligatoriamente «la gallina», como en este de Lorca: Guillermo de la Torre,
/ Guillermo de la Torre, / la gallina / y por ahí debe andar algún enjambre.
Insisto en que
me parece un género tan especial que en él cabe la poesía sublime y el
disparate cómico, aunque está claro que el lector reacciona de manera muy
distinta ante unas y otras muestras de haikus, de ahí que, de los epígrafes
bajo cuya impronta se despliegan los de este volumen, me quede con el de
Vicente Haya: El poeta de haiku solo de constancia de cómo / ocurrieron las
cosas. No es un fabricante / De hermosura sino un cronista de asombros. Me
he animado, no obstante, a buscar ejemplos en algunos autores e incluso he
leído alguna antología de Bashō para tener constancia de algunos ejemplos que
me sirvieran para ponderar los que he leído en Una rosa es (haikus). Por
no extenderme más de lo que ya suelo, aportaré un ejemplo bellísimo de Borges: Es
un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga, y estos de Matsuo Bashō,
el auténtico maestro del género: 1. Corto un árbol. / Miro el tronco
partido. / La luna llena. 2. La mariposa / vuela en el campo, sola:
/sombra bajo el sol, y el 3. A un discípulo: Sé tú, no yo, / nunca un
melón partido, / mitad idéntica.
Ahora sí,
ya, entramos, con este bagaje previo en
la consideración de algunas muestras del volumen de Valdesueiro, más proclive
al apunte zumbón que al rapto lírico, aunque yo recojo unos y otros. Ignoro si
el hecho de ser un género oriental condiciona, en cierto modo, los referentes,
pero, al margen de algunos localismos muy hispánicos, como en ―¡No me llamaron, / ni pollas en vinagre!
/ ―se queja el viejo, el recurso a la naturaleza, sobre todo las flores y
muy especialmente los pájaros ―¡ah, esos mirlos omnipresentes...!―. Respeto el
acabado de citar, que podría unirse a otros ejemplos, como En la calzada /
una paloma muerta. / Espachurrada, se me ha ocurrido pensar en que «lo
chusco» puede llegar a ser considerado como una categoría estética, un afán
antipoético cercano a «lo soez», a lo que podríamos considerar algo así como el
esperpento de lo chusco. En las Vanguardias siempre ha habido un espíritu e
transgresión antiburgués que se complacía más en, supuestamente, escandalizar
que en hacer un ate de la transgresión, algo que sí sucedió en el Barroco, por
ejemplo. El contraste con «lo chusco» es la voz plenamente lírica, como aquí: ¡Cuántas flores / cuyo nombre no soñé! /
Belleza muda o en el ingenio verbal de este: El perro corre. / ―No
corras tanto, Luna. / El perro ladra. Ignoro si lo sorpresivo es una de las
notas dominantes del género, porque muchos ejemplos canónicos nos hacen pensar
que así sea, algo que, como lector, recibo con cierta admiración: El viento
airado / levanta dunas de agua / en el estanque o aquí: Una paloma /
coja avanza a saltitos. / Mañana fría. En general, sin embargo, me parece
que un abuso del género es el excesivo uso de la racionalidad, algo así como la
mera constatación de lo real, ejemplos que me dejan bastante indiferente: Fin de febrero. / Los almendros en flor. / Muere
el invierno o este otro centrado en el viejo tópico de la vejez encorvada:
¡Qué encorvado / camina el viejo! / Pesan los años. A mi parecer, ese exceso
de lógica es un lastre para el haiku, y ello sin desmerecer que la selección
léxica, por ejemplo, tenga cierta sonoridad y hasta encanto, como en el penúltimo
que acabamos de ver. En el caso de este, para mí desconcertante, librito de
haikus, sobre cuyas virtudes creo que serán los lectores quienes tengan «su»
última palabra, no quisiera dejar de anotar brevemente el casi hilo conductor
que en él tienen el «mirlo», que, frente a otras aves presentes, me atrevería a
decir que tiene un valor casi totémico, a tenor de la reiteración con que
aparece. No niego que la propia voz del ave tiene una capacidad evocadora y una
connotación poética indudable, e incluso que el autor lo haya considerado «consustancial»
al género, pero desde su brillante aparición: Tras el abeto, / la mitad de
la luna. / Cantan los mirlos, y tras haber comprobado la aparición del
pato, la mariposa, la cotorra y la urraca, no es de extrañar que el autor se
complazca en su elección: ¡Qué delicia! / el canto de los mirlos / de
madrugada y le agrade, tras la muy lírica aparición de la abubilla, el espíritu
coloquial de la especie: Un mirlo canta / y un mirlo responde. / A mediodía,
y quizá por esa razón se afana en detectarlos en su entorno: ¿Dónde canta el
mirlo? / Oteo cada rama. / ¡Ah, allí está!, y hacerse la pregunta de rigor:
¿Para quién canta / el mirlo solitario? / Nadie responde, aun sabiendo
que ha de ser él quien asuma ese involuntario protagonismo. Se trata de una
especie, la del mirlo, especial y significativamente cantarina, porque si antes
cantaba al mediodía, ahora lo hace entre las sombras de la noche: Noche
cerrada. /se oye cantar al mirlo / y a
las cigarras. Del mismo modo que, dos haikus más allá son los grillos
quienes lo hacen. Con estos antecedentes, y sin pecar de suspicacia, advierto
cierta contumacia en el autor cuando hace una constatación que nos asombra: Vuelven
los mirlos. / ¿Cantarán este año / otra canción? ¡Pero si no se han ido...!,
protesta el lector, algo descolocado. Y pronto el texto le da la razón de la
incontinencia cantora del animalejo: Amanecer, / Soplan rachas de viento.
/Cantan los mirlos. Y ahí es donde este lector se deja ganar por la idea de
que este género poético no existiría si no están y cantan los mirlos... en sus
breves manifestaciones. Sí, por supuesto, es extensa la fauna que aparece en
ellas, pero ¿cómo competir con los mirlos? ¡Imposible! Y más adelante tiene el
lector la prueba: Todos los mirlos / qué idénticos parecen. / y no lo son.
Y llegados a este punto uno no sabe si el librito es una colección de haikus o
un tratado sobre el mirlo común... por el que el autor muestra una predilección
que va más allá del interés poético y el científico: El estruendoso / zurear
de las palomas. /¡Benditos mirlos! Léase, para constatarlo, el interés que raya
en la obsesión: ¿Adónde fueron / los mirlos que cantaban / antes del alba?
, porque no de otra manera ha de considerarse la preocupación por la identidad
del mirlo concreto: ¿Será el mismo / ese mirlo que canta / todas las noches?
Hasta este momento, todas las
apariciones del mirlo tienen un evidente contenido lírico, por eso me sorprende
que el autor, en la última aparición del ave totémica del haiku, haya optado
por la variante «chusca», como si rizara el rizo de una intención que se
declaró al poco de iniciarse el volumen, como ya hemos visto: Escribo un
haiku / y ¡zas!, heces de mirlo / sobre el papel. Ya se advierte que este
último puede ser considerado una brillante realización de una vertiente jocosa
que el autor desarrolla con evidente maestría, aunque no constituya la nota
dominante del volumen, está claro, pero el lector recibe esas muestras de
jocosidad con la sonrisa o la risa que merecen: Una minúscula / salamandria.
El gato / se vuelve loco, nacida, ya se advierte, de la observación cotidiana,
o La biblioteca. / Recogido silencio. / Ah, una tos, que bien puede
entenderse como la variante cómica que supera el concepto de «lo chusco». Hay
ocasiones en que el propio haiku es tan antipoético que, la verdad, a mí me
parece que no pasan la prueba del algodón genérico: El niño cae / del
patinete y se / niega a subir. De verdad, me niego a creer que esto sea
un haikú..., aunque hay otros que acaso
tampoco pasen la prueba de la *haikuidad... Sábado tarde. / El
silencio ilumina / la huida del tiempo, y que a mí me gustan, como este que
me parece el mejor del libro: Bajo la lluvia / se cruzan dos mujeres. / Hola
y adiós.



.jpg)