viernes, 6 de noviembre de 2026

«Cuarto Lucidario», «La oscura mano del tiempo» y «Una rosa es (Haikus)», de Luis Valdesueiro, entre la reconocida excelencia y el experimento poético.




La lucidez que no cesa; la decantación de una sabiduría existencial poco común, y un personalísimo modus dicendi.

                                                  

Cuarto Lucidario.

Bajo la advocación de cuatro clásicos españoles, Juan Ramon Jiménez, Francisco de Quevedo, Lope de Vega y Rubén Darío, con un epígrafe de cada uno de ellos para marcar los cuatro movimientos de esa sinfonía conceptual, Luis Valdesueiro nos ofrece su Cuarto Lucidario, tras haber publicado no hace mucho el tercero. No se trata de que sea un autor prolífico, en el mal sentido de la palabra, sino de que ha sido un autor voluntariamente silencioso durante más de medio siglo, tiempo en el que, con cuentagotas, aparecieron algunas muestras muy aisladas de su obra. Como aquello tan popular del «a la vejez, viruelas», el autor ha creído oportuno ―y yo particularmente lo considero «necesario»― poner a nuestro alcance buena parte de ese «tesoro» escondido, pero lo hace con la misma humildad con que ha renunciado a buscar el eco o el renombre por el que otros se desviven. Poco a poco, con un gusto muy personal por la edición cuidada de sus propios textos, porque hay en él mucho de editor clásico y perfeccionista, además de seleccionar entre sus materiales lo que nos ofrece, nos lo hace llegar con una exquisitez propia de quien busca el mejor continente para unos contenidos de por sí aquilatados, porque sorprende, ciertamente, el nivel de calidad de unos textos que han creado una suerte de cosmovisión en los que se va y se vuelve a ciertos temas que bien podrían ser los que, por ejemplo de condensan en uno de los aforismos de este Cuarto Lucidario: Nada es razonable: ni la vida, ni la muerte, ni el amor, n el odio, ni el placer, ni el dolor, ni el sueño, ni la fe, ni la alegría, no la tristeza, ni la pasión, ni la esperanza, ni el deseo, ni la venganza, ni el rencor, ni la felicidad, ni la desesperación, ni la soledad ni el tedio... Y que difícil es dar razón de aquello que es ajeno a la razón.

          Con la razón como herramienta ―La lucidez, rayo del espíritu que fustiga sombras―, aunque no siempre con ella, porque incluso sobre sus carencias se reflexiona en este nuevo Lucidario, Valdesueiro es capaz de aportar nuevas visiones que, como variaciones de esos temas relacionados ut supra, nos envuelven en ráfagas de claridad conceptual que nos dejan suspendidos, emocionados, perplejos, fascinados o, y es lo normal, meditativos, porque todos y cada uno de los nuevos aforismos de este volumen nos esculpen a la manera de Rodin frente a ellos: Que lo que piensas no te distraiga de lo que sientes, ni lo que sientes anule tu entendimiento, nos impone, y lo aceptamos de buen grado, porque sabemos cuánto de cordial ha de latir en la razón para que esta sea verdaderamente «vital», no «bital», como parecen exigir los tiempos.

El tiempo es el eje del primer movimiento del cuarteto, por eso nos dicen que Los recuerdos acaban convertidos en nuestra más íntima fantasía, sobre todo a cierta edad, esa edad cierta desde la que escribe el aforista, que no ignora el hecho de que Cuando los recuerdos son el único tesoro de la vida, agoniza la vida porque, inevitablemente, Somos el presagio de la nada que seremos.

          En el segundo movimiento, auspiciado por el olvido en que, al decir de Quevedo, yace la vida, hallamos una técnica definitoria que rinde excelentes conquistas: Aburrimiento, latigazo del vacío, o La desidia, carcoma del alma, o La monotonía, crisol de la paciencia, o Hastío: apatía que se regodea en su nada, o, finalmente, La indolencia, ponzoña de la inacción, que nos traen a la memoria aquel prodigio que fue el Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce, donde leyera yo , en su día, la mejor definición de «religión» que me ha sido dado leer nunca: Religión. Hija del Terror y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible.

          El tercer movimiento, acogido a la experiencia de Lope, quien sabe de sobra lo que es Hablar entre las mudas soledades, porque ha sido la tarea del autor durante años de paciente labor incansable, en esas soledades que, a veces, tienen algo de altivas y otras no poco de indeseado pero soportable castigo, pero en las que La constancia es la fuerza que persevera tras el fracaso, la que permite detectar que Muchos pensamientos nos asedian, solo algunos nos conquistan. El aforista, en esas soledades afina el instrumento, porque está convencido de que Si renuncia a razonar, la razón enloquece, aunque a mi modesto entender cabe, también, que mude en imaginación, como le ocurrió a Alonso Quijano... En todo caso, Valdesueiro no ignora que Somos, en cada instante, lo que somos, y el eco de lo que dejamos de ser, y es ese «eco» algo que preocupa mucho a quien ha hecho de la vida retraída e íntima, una soledad ejercida con todas sus consecuencias. No se trata de sentir nostalgia por lo que se pudo haber sido o por lo que pudiendo haberlo sido, renunciamos a ello, sino la seguridad de que, como señala oportunamente, Cuando el deseo duerme, el alma sestea, pero al aforista lo despierta el latigazo lúcido de la presencia, de la inmediatez:  Si buscas el que eres en lo que no eres, te condenas a no encontrar el que eres en lo que eres. Y así los días se suceden en quien es, como le define Dimas Mas en el prólogo a Lucidario, el «escultor de su alma», sabiendo, ¡altísimo saber!, que En lo sencillo, nada falta; en lo perfeto, nada sobra.

          El cuarto movimiento, bajo la advocación de Rubén Darío, el cantor de la vida y la esperanza, de los azules del alma y de la pluralidad celeste de su corazón contiene, sin embargo, una corrección a la máxima lección del nicaragüense, dispensada rítmicamente en Lo fatal, porque frente al optimismo de Rubén, La carne que tienta con sus fresco racimos, Valdesueiro opone la discreción del barroco: El pesimismo permite ver la realidad con más sosiego. Los aforismos sobre la poesía, otra de las pasiones del aforista, se enhebran bajo la sombra eminente del músico autor, pero late en ellos una suerte de desconfianza hacia la posibilidad de la poesía, ¡tantas veces cubierta por la hojarasca de las palabras!. Por eso es frecuente esta consideración del autor: Palabra arcaica, realidad caduca o, lo que es lo mismo: Vocablos huecos, heraldos de la nada. La poesía es lo que sobrevive, pues, a los usos o abusos de la palabra. Por eso el autor es tan consciente de que su obra no es otra que Escribir para el silencio, para la nada, para el olvido, igual que se vive para la muerte, para la nada, para el olvido. Y a los lectores no nos cabe otra que agradecerle que haya abandonado esa soledad para reunirse con nosotros, sus lectores, acaso porque sea él muy consciente de que Las ideas maduran en el silencio y se curten en el bullicio.

   

                                      


          La oscura mano del tiempo

          No sé si me va a costar más, en esta ocasión, mantener la ecuanimidad crítica de la que me ufano en privado, porque he ejercitado tanto la lectura crítica que me creo inmune al sectarismo o al amiguismo, y viene esto a cuenta de que Luis Valdesueiro ha tenido la gentileza de dedicarme este volumen en el que mezcla sus dos géneros predilectos: la divagación y el aforismo. Las divagaciones no llegan a la extensión de los propos de Alain, y fluctúan entre el fragmento nietzscheano y algunas reflexiones pascalianas, y no hay que olvidar la extensión propia de las entradas en las bitácoras, donde, acaso, se forjaron los límites de esas divagaciones.

          Como magnifico artesano del verbo, Valdesueiro tiene una relación conflictiva con las palabras, de ahí que medite sobre ellas a menudo y florezca en brillantes aforismos. Un ejemplo: Cada vez pesa menos la palabra dada. Las palabras se vuelven huidizas, menos firmes. A veces parece que no hubiera nadie detrás de ellas para cumplirlas. Se sostienen solas y, a la mínima, caen derrotadas. Las palabras se vuelven espurias, idóneas para engatusar y engañar con su sonsonete. Las palabras, perdido su fondo, se vuelven pura forma. Cuando las palabras se dicen sin cumplir, se sienten traicionadas. Obligadas a engañar, las palabras sienten íntima vergüenza, una desolación que no hay palabras que la explique. No tardamos, sin embargo, en encontrarnos con meditaciones que pasan del instrumento al hacedor: Todo, incluso lo que antaño hiciera nuestras delicias, puede acabar provocando el hastío. La vida nos cambia de tal manera que apenas si nos reconocemos. Y quien dice que la vida cambia, dice que todo cambia. Y por eso el tiempo nos convierte en sucesión de nosotros mismos. En cada momento teneos cartas distintas, y las jugamos de distinto modo. Nada se repite, todo es distinto. Hemos muerto varias veces y resucitado otras tantas. Para la vida y el pensamiento, muertos y resucitados. Y en ocasiones nos cuesta reconocernos a nosotros mismos, empeñados en buscarnos en el que fuimos. Y ese, quién sabe si lamentablemente, es otro, alguien que nos precedió en el camino hacia nosotros mismos. No somos quien fuimos, ni somos quien seremos, mientras lo quiera el tiempo. Ahí ya nos movemos entre sus reflexiones como en territorio conocido, porque, como en todo pensador con mundo propio, hay constantes que los lectores siempre espera que aparezcan, y la recompensa es siempre la presencia de razonamientos que añaden siempre variaciones sorprendentes sobre esos temas que nos son familiares en el autor, como en este caso: La sensación de fracaso es un abismo sin fondo. Cuando caemos en él, todo se vuelve oscuridad y culpa, tormento y desesperación. Y nada importa que otros no vean el fracaso donde lo vemos nosotros. Nada importa eso. El fracaso es algo íntimo, algo que remite a nuestras aspiraciones incumplidas, a esos sueños de los que nos vemos obligados ―la necesidad obliga― a despertar. Del fracaso nada nos libra, ni siquiera el éxito, nada. A este final lapidario me refería, está claro.

          No me extenderé en presentar otros ejemplos de tan adictiva prosa porque no quiero chafarles a los lectores el descubrimiento personal de una voz tan necesaria en estos tiempos banales, frívolos y superficiales que nos ha tocado vivir: son textos cuyo máxima virtud es incitar a la reflexión propia, más que a la mera complacencia en el acierto de los planteamientos que leerán, aunque no se trata de experiencias incompatibles, por supuesto. Si quiero, sin embargo, entresacar algunos aforismos de los que complementan esta volumen híbrido, porque a veces constituyen algo así como el viejo epifonema de la retórica clásica, pero, en esta ocasión, en vez de acompañar a las divagaciones, nos los ofrece de forma exenta, en su capítulo correspondiente, aunque no pocas frases de esas divagaciones funcionan como aforismos incrustados en la diadema de la prosa: La sabiduría popular lo expresa a las mil maravillas: «La vida da muchas vueltas» o La aflicción impostada y la alegría fingida son veneno para el alma, entre otras muchas. Los aforismos, siempre en ese nivel de excelencia que cultiva Valdesueiro, exploran las muy diversas experiencias humanas que nos condicionan e incluso nos definen: ¡Qué suplicio, las palabras que sobran! ¡Qué tormento, las palabras que faltan!, nos dice el aforista, siempre consciente de lo mucho que se debate sobre él y sobre todos en nuestra relación con el lenguaje, porque es en él donde se sustancia, como señal de posmodernidad, la cuestión de la identidad, del yo, algo que el autor percibe con notable escepticismo: Aferrados a nuestro yo, ¿cómo desasirnos de nuestro yo? No podemos, ciertamente, y por eso las miradas sobre el yo son tantas como yoes ajenos nos miran y a los que miramos, con idéntica extrañeza compartida: Soy quien soy, y para cada quien soy quien él quiere. Esa convicción se resquebraja, sin embargo, cuando se solidifica como conocimiento incuestionable, de ahí que no le quede al autor más remedio que reconocer que La soberbia es un tumor del yo. Al margen de cuestiones ontológicas, propias de quien ha escogida la soledad familiar como hábitat y la reflexión como espacio vital, Valdesueiro es aforista proclive al ingenio y, de una forma muy sutil, al humor. ¿De qué otra manera puede entenderse esta «variación» sobre lo que fue un éxito de la música popular en su día: Triángulo vital: salud, dinero y amor. Triángulo equilátero, para unos; isósceles, para otros, y escaleno para el resto? Hay en el autor, desde esa torre de Dios, que no otra cosa es el poeta, al decir de Rubén Darío, una cálida contemplación de la naturaleza humana, la propia y la ajena, por eso afloran verdades como puños cuyo descubrimiento solo se produce merced a la atención sostenida en «lo que acontece en la rúa», esos famosos «eventos consuetudinarios» de los que se riera el machadiano  Juan de Mairena: Jactarse de sus carencias es la vanidad del necio, o Cuando no se tiene nada que decir, conviene callarse; y a veces, incluso cuando se tiene algo que decir. Hay, como salta a la vista, mucho de juego conceptista, porque, no en vano, el autor es hijo intelectual de una tradición clásica en la que el ingenio ha tenido la más distinguida consideración, por eso repara, por ejemplo, en que El ateo monoateísta reniega del dios de su infancia, en que El recelo inventa espías, para acabar, finalmente, convencido de Qué poco razonable es confiar ciegamente en la razón...

                                      

Una rosa es (Haikus)

          La tentación poética, presente en Luis Valdesueiro desde su primer volumen poético publicado, Cuaderno de sombras (Huerga y fierro Editores, 2001), y retomada en 2025 con Ni vuelve ni tropieza, título tomado del soneto de Quevedo  Repite la fragilidad de la vida, y señala sus engaños y sus enemigos, reaparece de nuevo para ofrecernos un modesto volumen de haikus (la RAE admite también «haikús») cuyo título evoca la célebre tautología de Gertrud Stern:  Una rosa es.

          Vayamos, primero, a los orígenes del género en España. Aunque Machado, por vía de la influencia francesa, adapta los haikús, si bien confundidos con los ensayos de poesías populares: Silencio. / El canto de la cigarra / taladra la roca, es Enrique Díez-Canedo quien lo da a conocer en a revista España. El género se vuelve muy popular y la literatura de Vanguardia lo acoge con cierto entusiasmo. Podemos decir, pues, que se trata de un género que lleva entre nosotros más de un siglo, y cuyo cultivo, en los últimos decenios, ha florecido notablemente: Susana Bonet, Borja Álava, José Antonio Santano o Pedro Carbajal son algunos de sus más recientes cultivadores. A ellos se suma ahora Luis Valdesueiro con este volumen sobre el que, desde el punto de vista crítico, tengo mis más y mis menos.

          Me he informado, gracias al documentado artículo de Viginia López Domínguez en la revista digital El vuelo de la lechuza. Filosofia, literatura., humanidades. [https://elvuelodelalechuza.com/] del origen que tuvo en Japón este género de poesía tan extraño como difícil. Desgajado de una creación de carácter colectivo, algo parecido al juego surrealista del «Cadáver exquisito», López Domínguez concluye: A estos poemas colectivos se los llamó «haikai no renga». Se componían de un número determinado de versos, con una métrica férrea y un cierto toque de humor, que a veces producía resultados delicados, frescos e imprevistos. De la cadena de estos poemas comunitarios, Bashō independizó la primera estrofa (hokku) y así surgió el haiku, constituido por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Este mero cambio estructural fue acompañado también de una importante transformación en el contenido. La nueva forma poética ya no manifestaba sin más lo cotidiano o intrascendente. Es cierto que mantenía la alusión a cosas simples y, sobre todo, una constante referencia a la naturaleza, fundada en la simpatía con todo lo que existe, pero se había refinado, sufriendo una espiritualización, semejante a la operada por el propio poeta, quien abandonó las tareas mundanas para consagrarse al budismo zen, a la vida ascética y la pobreza material. Por ser una construcción de gran sencillez y concentración verbal, el haiku dejaba espacio a la contemplación extática. Se había vuelto poesía mística, un vehículo para meditar a la espera de la iluminación. El descubrimiento de la eternidad en el instante eleva lo sensible, lo dota de un halo divino y hace de su presencia algo siempre extraordinario. Esto permite su transfiguración estética a través de distintos recursos, como la celebración y la sorpresa ante lo singular e inimitable, el descenso hasta la nimiedad del detalle o el uso de metáforas inusitadas:

 A caballo en el campo,  / y de pronto, detente: / ¡el ruiseñor!         

Primera nieve: /  las hojas del narciso /   casi curvadas.

A una amapola / deja sus alas una mariposa / como recuerdo.      

          Teniendo presente la evolución del haikú, que contempla en sus orígenes la variante cómica, reconozco mis limitaciones a la hora de evaluar el volumen de Valdesueiro, porque, hasta donde llegan mis lecturas de haikus, y una de ella fue una audición de los que nos leyó el poeta Joan Margarit en una sesión poética en mi último Instituto, el Milà i Fontanals, siempre los he identificado más con ese proceso de espiritualización que se produjo en Bashō, que con el espíritu lúdico que animó aquellas composiciones improvisadas de la Generación del 27, como el «anaglifo», que incorporaba en el tercer verso, obligatoriamente «la gallina», como en este de Lorca: Guillermo de la Torre, / Guillermo de la Torre, / la gallina / y por ahí debe andar algún enjambre.

          Insisto en que me parece un género tan especial que en él cabe la poesía sublime y el disparate cómico, aunque está claro que el lector reacciona de manera muy distinta ante unas y otras muestras de haikus, de ahí que, de los epígrafes bajo cuya impronta se despliegan los de este volumen, me quede con el de Vicente Haya: El poeta de haiku solo de constancia de cómo / ocurrieron las cosas. No es un fabricante / De hermosura sino un cronista de asombros. Me he animado, no obstante, a buscar ejemplos en algunos autores e incluso he leído alguna antología de Bashō para tener constancia de algunos ejemplos que me sirvieran para ponderar los que he leído en Una rosa es (haikus). Por no extenderme más de lo que ya suelo, aportaré un ejemplo bellísimo de Borges: Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga, y estos de Matsuo Bashō, el auténtico maestro del género: 1. Corto un árbol. / Miro el tronco partido. / La luna llena. 2. La mariposa / vuela en el campo, sola: /sombra bajo el sol, y el 3. A un discípulo: Sé tú, no yo, / nunca un melón partido, / mitad idéntica.

          Ahora sí, ya,  entramos, con este bagaje previo en la consideración de algunas muestras del volumen de Valdesueiro, más proclive al apunte zumbón que al rapto lírico, aunque yo recojo unos y otros. Ignoro si el hecho de ser un género oriental condiciona, en cierto modo, los referentes, pero, al margen de algunos localismos muy hispánicos, como en  ―¡No me llamaron, / ni pollas en vinagre! / ―se queja el viejo, el recurso a la naturaleza, sobre todo las flores y muy especialmente los pájaros ―¡ah, esos mirlos omnipresentes...!―. Respeto el acabado de citar, que podría unirse a otros ejemplos, como En la calzada / una paloma muerta. / Espachurrada, se me ha ocurrido pensar en que «lo chusco» puede llegar a ser considerado como una categoría estética, un afán antipoético cercano a «lo soez», a lo que podríamos considerar algo así como el esperpento de lo chusco. En las Vanguardias siempre ha habido un espíritu e transgresión antiburgués que se complacía más en, supuestamente, escandalizar que en hacer un ate de la transgresión, algo que sí sucedió en el Barroco, por ejemplo. El contraste con «lo chusco» es la voz plenamente lírica, como aquí:  ¡Cuántas flores / cuyo nombre no soñé! / Belleza muda o en el ingenio verbal de este: El perro corre. / ―No corras tanto, Luna. / El perro ladra. Ignoro si lo sorpresivo es una de las notas dominantes del género, porque muchos ejemplos canónicos nos hacen pensar que así sea, algo que, como lector, recibo con cierta admiración: El viento airado / levanta dunas de agua / en el estanque o aquí: Una paloma / coja avanza a saltitos. / Mañana fría. En general, sin embargo, me parece que un abuso del género es el excesivo uso de la racionalidad, algo así como la mera constatación de lo real, ejemplos que me dejan bastante indiferente:  Fin de febrero. / Los almendros en flor. / Muere el invierno o este otro centrado en el viejo tópico de la vejez encorvada: ¡Qué encorvado / camina el viejo! / Pesan los años. A mi parecer, ese exceso de lógica es un lastre para el haiku, y ello sin desmerecer que la selección léxica, por ejemplo, tenga cierta sonoridad y hasta encanto, como en el penúltimo que acabamos de ver. En el caso de este, para mí desconcertante, librito de haikus, sobre cuyas virtudes creo que serán los lectores quienes tengan «su» última palabra, no quisiera dejar de anotar brevemente el casi hilo conductor que en él tienen el «mirlo», que, frente a otras aves presentes, me atrevería a decir que tiene un valor casi totémico, a tenor de la reiteración con que aparece. No niego que la propia voz del ave tiene una capacidad evocadora y una connotación poética indudable, e incluso que el autor lo haya considerado «consustancial» al género, pero desde su brillante aparición: Tras el abeto, / la mitad de la luna. / Cantan los mirlos, y tras haber comprobado la aparición del pato, la mariposa, la cotorra y la urraca, no es de extrañar que el autor se complazca en su elección: ¡Qué delicia! / el canto de los mirlos / de madrugada y le agrade, tras la muy lírica aparición de la abubilla, el espíritu coloquial de la especie: Un mirlo canta / y un mirlo responde. / A mediodía, y quizá por esa razón se afana en detectarlos en su entorno: ¿Dónde canta el mirlo? / Oteo cada rama. / ¡Ah, allí está!, y hacerse la pregunta de rigor: ¿Para quién canta / el mirlo solitario? / Nadie responde, aun sabiendo que ha de ser él quien asuma ese involuntario protagonismo. Se trata de una especie, la del mirlo, especial y significativamente cantarina, porque si antes cantaba al mediodía, ahora lo hace entre las sombras de la noche: Noche cerrada. /se oye cantar al mirlo /  y a las cigarras. Del mismo modo que, dos haikus más allá son los grillos quienes lo hacen. Con estos antecedentes, y sin pecar de suspicacia, advierto cierta contumacia en el autor cuando hace una constatación que nos asombra: Vuelven los mirlos. / ¿Cantarán este año / otra canción? ¡Pero si no se han ido...!, protesta el lector, algo descolocado. Y pronto el texto le da la razón de la incontinencia cantora del animalejo: Amanecer, / Soplan rachas de viento. /Cantan los mirlos. Y ahí es donde este lector se deja ganar por la idea de que este género poético no existiría si no están y cantan los mirlos... en sus breves manifestaciones. Sí, por supuesto, es extensa la fauna que aparece en ellas, pero ¿cómo competir con los mirlos? ¡Imposible! Y más adelante tiene el lector la prueba: Todos los mirlos / qué idénticos parecen. / y no lo son. Y llegados a este punto uno no sabe si el librito es una colección de haikus o un tratado sobre el mirlo común... por el que el autor muestra una predilección que va más allá del interés poético y el científico: El estruendoso / zurear de las palomas. /¡Benditos mirlos! Léase, para constatarlo, el interés que raya en la obsesión: ¿Adónde fueron / los mirlos que cantaban / antes del alba? , porque no de otra manera ha de considerarse la preocupación por la identidad del mirlo concreto: ¿Será el mismo / ese mirlo que canta / todas las noches?  Hasta este momento, todas las apariciones del mirlo tienen un evidente contenido lírico, por eso me sorprende que el autor, en la última aparición del ave totémica del haiku, haya optado por la variante «chusca», como si rizara el rizo de una intención que se declaró al poco de iniciarse el volumen, como ya hemos visto: Escribo un haiku / y ¡zas!, heces de mirlo / sobre el papel. Ya se advierte que este último puede ser considerado una brillante realización de una vertiente jocosa que el autor desarrolla con evidente maestría, aunque no constituya la nota dominante del volumen, está claro, pero el lector recibe esas muestras de jocosidad con la sonrisa o la risa que merecen: Una minúscula / salamandria. El gato / se vuelve loco, nacida, ya se advierte, de la observación cotidiana, o La biblioteca. / Recogido silencio. / Ah, una tos, que bien puede entenderse como la variante cómica que supera el concepto de «lo chusco». Hay ocasiones en que el propio haiku es tan antipoético que, la verdad, a mí me parece que no pasan la prueba del algodón genérico: El niño cae / del patinete y se / niega a subir. De verdad, me niego a creer que esto sea un  haikú..., aunque hay otros que acaso tampoco pasen la prueba de la *haikuidad... Sábado tarde. / El silencio ilumina / la huida del tiempo, y que a mí me gustan, como este que me parece el mejor del libro: Bajo la lluvia / se cruzan dos mujeres. / Hola y adiós.