miércoles, 2 de mayo de 2018

Robert Bresson: “Notas sobre el cinematógrafo” Autobiografía artística.









La fragmentación como única vía de acceso a la ilusión de la totalidad: Pickpocket o los extraños caminos del azar
Tenía previsto hacer una crítica de la película de Bresson Pickpocket que acabo de ver, en mi empeño de no dejar, a poder ser, obra maestra del cine sin ser vista. Inmediatamente después, el azar ha querido que viera Sueño y silencio, de Jaime Rosales, película que parece haber sido rodada siguiendo, aforismo a aforismo, buena parte de los contenidos en ese librito en que Bresson los fue recogiendo como si de una autobiografía artística se tratase, porque, por suerte para los intelectores aficionados a la aforística y al cine, la aproximación al género artístico creado por Bresson, el cinematógrafo, que él se empeña en el libro en distinguir nítidamente del Cine, va más allá de los aspectos técnicos de su arte y se expande a consideraciones con valor universal para cualquier ser humano, porque describen un modo de estar en el mundo que dice mucho, al mismo tiempo, del porqué de su arte y de la singularidad universalmente reconocida de su cine. Bresson no es un cineasta popular, está claro. Algunos cinéfilos discuten su importancia. Otros, lo tienen en el altar de las obras “de culto”, por películas de insólita belleza y originalidad como Al azar Baltasar, la que acabo de ver, Pickpocket e incluso por la que, en su día, tanto me impactó, Lancelot du Lac, cuando leía con fanática devoción las novelas de Chrétien de Troyes y la materia de Bretaña era el pan de las lecturas de cada día… Vi en su momento, hace mucho, Las damas del bosque de Bolonia, con la que no conecté en primera visión, aunque la vi muy intrigado por ver por primera vez a María Casares. Digamos que, como pasa con algunas obras de arte contemporáneas, es conveniente acceder a un breve manual de instrucciones que nos permitan comprender ciertas revoluciones artísticas como esta de Bresson, quien, en un momento dado, extremó las condiciones de realización de su obra, optando por trabajar casi “contra” la industria, valiéndose de actores no profesionales, prescindiendo de la banda sonora musical -que no del sonido- y escogiendo asuntos en modo alguno complacientes con lo que el gran publico que abarrota las salas de cine podría esperar. Es cierto que conoció el éxito popular, como El diario de un cura rural, basado en la novela de Bernanos, cuyo tema, la crisis de fe de un cura al que sus propios feligreses le dan la espalda, tan cerca está de las  vivencias religiosas del propio Bresson. Y no olvidemos que en uno de sus últimos aforismos lo deja dicho: Un pequeño tema puede servir de pretexto a combinaciones múltiples y profundas, Evita los temas demasiado vastos o demasiado alejados, donde nada te indica cuándo te extravías. O bien toma solo aquello que podría pertenecer a tu vida y que concierne a tu experiencia. Pero, en general, podemos considerar que las grandes películas de Bresson son obras para iniciados en el cine, para aspirantes a cinéfilos y para amantes de las rarezas, amén de para no pocos directores que pueden aprender mucho de ellas, como el caso de Jaime Rosales, por poner el ejemplo más reciente de una obra influida por el director francés. Pickpocket es una película casi mística. Está inspirada lejanamente en Crimen y castigo de Dostoievski y en ella un ser nihilista, con ciertos delirios de grandeza centrados en que el arte de los carteristas, que abraza con la decidida voluntad de triunfar en él sin otra motivación que el riesgo inherente a la “profesión”,  sea capaz de crear una escuela contra la que ni la misma policía pueda hacer nada, demostrando, así, el poder de lo antisocial creativo. La película se convierte en la crónica minuciosa, precisa, contundente, de los esfuerzos de ese ser, que vive solo en una habitación humilde, por dominar un arte para el que tampoco está excesivamente dotado. Ni él mismo sabe por qué ha escogido ese camino, apartándose de la proposición “honesta” que le hace un amigo para emplear en la senda del bien sus evidentes cualidades. El personaje, poseído por su determinación, se mueve como un autómata inexpresivo que, al margen de la rivalidad con la policía -nace después de que le detengan por haber robado en el hipódromo, aunque el comisario lo suelta porque no lo han pillado in fraganti y no tienen pruebas incriminatorias contra él-, tiene un conflicto con su madre, con quien se relaciona a través de una joven vecina por la que parece sentir “algo” que no sabe concretar ni para sí propio. Quienes recuerden el comienzo de Nueve reinas, de Fabián Bielinsky cuando se describe en pleno centro de la ciudad cómo operan los amigos de lo ajeno, sabrán ahora donde está el origen de esa no novedad, porque la atención que le presta Bresson al arte del carterismo le lleva a crear unas imágenes de rápidos planos sucesivos que forman una suerte de silenciosa partitura musical para un ballet digital que hechiza con su habilidad para el robo más difícil, porque se produce en o que podríamos denominar el “cuerpo a cuerpo” con la víctima, con la que, como se ve en la película, se entra en una suerte de intimidad espacial capaz de descargar la adrenalina del ladrón en chorros adictivos. Es probable que la inexpresividad del protagonista, en realidad de cuantos personajes aparecen en la película, y sobre todo la joven de la que se acaba enamorando, amor que dará pie al desconcertante y arrebatadoramente hermoso final de la película: cuando, como ignorante sujeto pasivo de la predestinación, el protagonista le confiesa su amor y su desconcierto por los caminos tan extraños que ha de haber seguido su vida para poder llegar hasta encontrarla a ella. La suerte de hieratismo que fundamenta la actuación de Martin LaSalle hemos de buscarla en lo que los aforismos de Bresson denominan “modelo”, frente al “actor” tradicional, que él detesta:  Lo importante no es lo que me muestran, sino lo que me esconden, y sobre todo aquello que no sospechan que está en ellos, y de ahí la dificultad, para los “modelos” de saber qué quiere el autor, porque en realidad no quiere nada “de ellos”, sino, como acaba de decir, lo que la cámara va a descubrir en ellos. El trabajo minucioso de los planos que van a configurar la narración no responde, pues, a una planificación previa total, sino a una cierta improvisación que le permite al autor captar lo genuino, lo espontáneo, la vida manifestándose como tal al ser recogida por la cámara, cuya mirada ni siquiera es la misma del director, para acabar de complicarlo. Tengamos presente que una película para Bresson es, ante todo, una aventura, un descubrimiento, o, como clama con recogimiento religioso: Cámara y grabadora, llevadme lejos de la inteligencia que todo lo complica, porque, como insiste: Prefiero lo que te sopla la intuición a lo que has hecho y rehecho diez veces en tu cabeza. La búsqueda del descubrimiento de lo verdadero que no está en lo real por sí mismo, sino en la manera de acercarse a lo real desde una nueva visión, será algo así como el leit-motiv de su discurso parafílmico. Lo define de una manera tan simple como complicada es su realización y difícil de captar y asimilar para el espectador de la obra acabada: EL CINEMATÓGRAFO ES UNA ESCRITURA CON IMÁGENES EN MOVIMIENTO Y CON SONIDO.(Las mayúsculas son suyas). A lo largo del libro hallamos lo que, en puridad, hemos de llamar la “poética” de Bresson: Aplicarme a imágenes insignificantes o Filmar de improviso, con modelos desconocidos, en lugares imprevistos, adecuados para mantenerme en un estado tenso de alerta o la muy perspicaz: No corras tras la poesía. Ella sola penetra por las junturas (elipsis). Por encima de todo, lógicamente está la famosa precisión casi maquinal, adjetivo que definiría bien la actuación del protagonista de Pickpocket, siempre dispuesto a echarse a andar como movido por un resorte. En ese sentido, son característicos los planos de espacios como las escaleras, los pasillos u otros fondos urbanos en los que se detiene la cámara en plano fijo y en el que, usualmente por la izquierda, entra el personaje con esa determinación de quien parece creer que sabe a dónde va. La austeridad en que vive el protagonista y su rechazo del mundo  que lo angustia porque él es incapaz de saber qué pinta en él y de ahí esa necesidad de transgredir la estructura legal que lo fundamenta, está en consonancia con la austeridad estética que predica Bresson de su “cinematógrafo”: Asegúrate de haber agotado todo lo que se comunica por medio de la inmovilidad y el silencio, nos dice. E igualmente suprime elementos decisivos en el concepto de “cine”, diametralmente opuesto a su “cinematógrafo”, como la música: Nada de música de acompañamiento, de sostén o de refuerzo. Absolutamente nada de música, algo que, sin embargo, aún incumple en Pickpocket, en el que la música de Lully con esa obstinación danzante se erige en algo así como un desdoblamiento del protagonista, lo que refuerza la idea central del ballet urbano que interpreta el ladronzuelo de poca monta consciente en todo momento de su inferioridad en un campo, el delictivo, que tanta profesionalidad exige. Aunque menosprecia la música, Bresson encarece lo que su ausencia posibilita: el silencio y el ruido, los sonidos de la vida cotidiana, a los que privilegia incluso sobre la visión en algunos momentos: EL CINE SONORO HA INVENTADO EL SILENCIO, y en él cobran una vida insólitamente descriptiva ciertos sonidos. Como dice Bresson El ojo es (en general) superficial; el oído, profundo e inventivo. El silbido de la locomotora nos suprime la visión de toda una estación. Que el  “cinematógrafo” es, para Bresson, una misteriosa aventura creativa de primer orden ( Filmar es ir a un encuentro)  se confirma en su insistencia en huir de la planificación y en permanecer en la actitud de espera de lo desconocido, de lo insospechado: Filmación. Atenerse únicamente a impresiones, a sensaciones. Ninguna intervención de la inteligencia extraña a esas impresiones y sensaciones. En cierta manera, Bresson concibe el cine como una epifanía, un sacro misterio: Sé tan ignorante acerca de lo que vas a atrapar como el pescador empuñando su caña, por más, sin embargo, que Lo real en bruto no dará por sí mismo lo verdadero y se necesita una transformación que suele pasar por la manera singular de ver lo que otros no han visto. Lo chocante de Bresson es el altísimo grado de autoexigencia con que concibe la realización formal de esa aventura: Controlar la precisión. Ser yo mismo un instrumento de precisión, y eso pasa, por ejemplo por crear una nueva relación entre las personas y los objetos o una nueva concepción de esos objetos a los que privilegia Bresson en su narrativa: Infundir a los objetos el aire de tener ganas de estar allí. Hay, aparte de ese autodominio del proceso creativo (Ve instantáneamente en lo que ves lo que será visto) una suerte de espíritu de Vanguardias en el planteamiento antiintelectual y antirracional de Bresson: Las cosas que reunimos por azar, ¡qué poder tienen!, que tanto no recuerda a aquel “azar objetivo” de los surrealistas e incluso el famoso juego del objet trouvé.  La situación desasosegante del protagonista, que también nos recuerda la literatura del absurdo de la posguerra, e incluso la narrativa de Kafka, conceden un espesor referencial al cine de Bresson sin el cual difícilmente lo que vemos en pantalla acaba de tener sentido. Pensemos que el autor francés le exige a su cine, y por ende al espectador, algo tan refinado como la Producción de la emoción obtenida por una resistencia a la emoción. Parapetado en esa resistencia, el espectador paciente tendrá la recompensa de un final emocionante ¡e incluso romántico!

lunes, 23 de abril de 2018

La era de la preverdad: Antonio de Torquemada y su “Jardín de flores curiosas”.



Los bulos de la auctoritas:  la tradición de bestiarios, lapidarios, antropólogos y geógrafos en un bestseller europeo: el  jardín dialogado de las flores fantásticas.

En esta época ya definida como de la posverdad, es reconfortante viajar, leyendo, en el tiempo para descubrir este estupendo Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, donde se dan cabida todas las rarezas, y que bien podría haber sido titulado Jardín de las Hipérboles, a juzgar por el uso no retórico, sino falsado, de las tales. Porque lo primero que sorprende de este conjunto de noticias peregrinas, en la línea de las misceláneas, polianteas y florilegios propios de la época del autor, el siglo XVI, e incluso de siglos posteriores es la decidida voluntad de avalar los testimonios, por disparatados que hoy nos puedan parecer, con la autoridad de historiadores, filósofos y cuantas autoridades, de tipo civil o religioso, puedan contribuir a desechar de la mente de los lectores que aquello que se cuenta, por inverosímil que nos parezca, no responde a la verdad. Es cierto que el Renacimiento es la época en la que el conocimiento suma al cultivo hasta entonces casi exclusivo de la teología y las artes humanísticas clásicas, la literatura, la historia, el descubrimiento de la naturaleza y su estudio pormenorizado, tanto en la Tierra como en el cosmos, y de ahí, por parte del autor, la necesidad casi compulsiva de verse obligado a añadir la ristra de autoridades que dan fe de la verdad de cuanto se cuenta. En cierto modo, los dos volúmenes de este Jardín… tienen algo, por lo que hace al conocimiento del cuerpo humano, de manual de teratología, del mismo modo que, en cuanto a los animales, las tierras y las personas de tribus exóticas, el libro tiene algo de aquellas geografías fantásticas de los primeros cartógrafos y no poco de los herbolarios y los lapidarios que nos transmitieron las propiedades maravillosas de plantas, piedras y animales, todo ello procedentes de épocas que yo he situado en lo que defino como la “preverdad”, cuando la historia y el mito aún son inextricables, cuando las narraciones fabulosas tienen un público expectante en los mercados de las ciudades y las aldeas. Todo es posible, nada es inverosímil. Y a pesar de que los contertulios del personaje que lleva la voz cantante del coloquio manifiestan a veces lo difícil que resulta creer ciertas cosas de las que se dicen, un conato de escepticismo que no tardará en cuajar, como doctrina filosófica en las páginas del  Quod nihil scitur,  de  Francisco Sánchez, publicado en 1581, es decir, que esa época de la preverdad tiene fecha de caducidad, aunque lo cierto es que, a pesar del espíritu científico propio del Renacimiento, o quizás por ello mismo, recordemos que Servet muere en la hoguera,  las supersticiones han seguido formando parte del cuerpo social con una solidez a prueba de ilustraciones… Desde el siglo XXI, la lectura del Jardín de flores curiosas se emprende como un viaje fantástico hacia los sucesos y anécdotas más peregrinos que puedan ser imaginados, y el lector halla en sus páginas un auténtico virtuosismo de la invención. Desde esa adscripción al género de lo fantástico, tan de moda en las trilogías y tetralogías que devoran millones de lectores, bien pudieran estos volúmenes acabar convirtiéndose en el bestseller europeo que fueron en su momento, como así mismo lo fueron otras obras del autor, quien, también premonitorio en este sentido, pasó por la Universidad sin que saliera de ella con título alguno, ni ful ni legal, pero con un extraordinario olfato para saber, literariamente, qué estaban deseando leer sus contemporáneos. El Jardín… está lleno de flores exóticas en tal cantidad, que pondría a prueba la incredulidad de los intelectores que se paseen por él, porque se extienden a veintiuna páginas las notas que he tomado de los fragmentos dignos de ser leídos. Desde el punto de vista estrictamente literario, todo ha de decirse, la obra no es un prodigio de estilo ni sorprende en modo alguno por la audacia compositiva o la capacidad de descripción. De hecho, se ciñe a las noticias fabulosas y las entrega, como si dijéramos, en bruto, sin elaborar; al estilo de esas pujas coloquiales en las que los interlocutores se quitan unos a otros la palabra con el latiguillo “pues lo que me pasó a mí sí que…”  introductor de lo que se supone que es tan extraordinario que todos los demás han de callar inmediatamente y oírlo. Si noticias como la de los partos -acto propenso a las maravillas per se- alimentaban fantasías como esta: Refiere Alberto magno, el cual dice que un médico por cosa muy cierta le contó, que siendo llamado en una ciudad de Alemania para la cura de una señora, vio que Parera de un parto ciento cincuenta hijos, envueltos todos en una red, los cuales eran tan grandes como el dedo pequeño de la mano, y que todos salieron vivos y figurados. Bien entiendo que estas son cosas difíciles de creer a los que no las hubieren visto, pero hácelas posibles ser cosa muy notoria y averiguada; aunque, cierto, es más admirable que todas, lo que sucedió a la Princesa, o según otros condesa, Margarita en Irlanda, que parió de un parto trescientos y seis hijos todos vivos y tamaños como unos ratones muy pequeños; los cuales en una fuente o vasija de plata, que hoy día para memoria de esto está en la iglesia de aquella isla, fueron bautizados por mano de un obispo, y nuestro invictísimo César Carlos V la tuvo en sus manos, y averiguó ser esto verdad por muchos y muy claros testimonios, ni que decir tiene que las referentes a hechos fuera de lo común, aunque dentro del orden de lo natural, como lo androginia alimentaban el morbo de los oyentes, puesto que este tipo de obras misceláneas, como tantas otras, y ahí está el Quijote que lo avala, solían ser leídas para un publico expectante y crédulo: En los confines de los Nasamones hay una provincia de gentes, llamadas andróginas, que todos ellos son hermafroditas, sin guardar orden ni concierto alguno en el coito, sino que los unos y los otros usan de ello igualmente. Y según la poca noticia que destos se tiene, no diera mucho crédito a estos autores, si no lo confirmara Aristóteles diciendo que estos andróginos tienen la teta derecha como hombre y la siniestra como mujer, porque con ella alimentan las criaturas que paren. La explicación de muchas de estas anomalías o excepciones, radica, para el autor, en el poder de la imaginación, lo cual nos sitúa casi en la órbita de las vanguardias literarias: Según dice Algazar, filósofo antiguo de muy grande autoridad, y o refiere Gentil, la imaginación intensa tiene tan gran fuera y poder que no solamente puede imprimir diversos efectos en aquel que está imaginando, pero también puede hacer efecto en las mesmas cosas que imagina. Como buen aficionado al cine de terror y de lo fantástico, una historia me ha hecho pensar en la secuencia clásica de Desafío total, de Verhoeven: No será pecado mortal, aunque no le deis mucho crédito; pero yo quiero deciros una cosa no menos monstruosa que todas las que aquí se han contado, la cual vi, como suelen decir, con mis propios ojos, y fue en el año de trece o catorce sobre quinientos, que un hombre extranjero iba para Santiago, el cual llevaba unas ropas largas hasta los pies y todas hendidas por delante y así mesmo la camisa con ellas, y dándole alguna limosna, abría las ropas y mostraba una criatura cuya cabeza estaba al parescer, metida en la boca del estómago, o algo más arriba; lo de fuera era todo el pescuezo, y que allí para abajo estaba toda complida y muy bien formada con sus miembros enteros, que se meneaban; así, que en un hombre estaban dos cuerpos, y si se gobernaba esta criatura por el hombre que la traía o por sí, en las operaciones naturales, no lo sabré decir, porque yo era tan niño, que ni lo supe mirar, ni preguntar, ni tenía entendimiento para ello; y no lo osara contar, si no hubiera muchas personas en España que lo vieron y se acordarán de ello; y así fue público y notorio. De ahí, por consiguiente, la actualidad extremada de esta obra, capaz de competir, en imaginación, con las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Conviene recordar, por si no lo hubiera dicho, que el libro acabó en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición, como no podía ser de otra manera, a tenor de las historias subidas de tono que recoge. Son innumerables las referencias a pueblos exóticos cuyas particularidades van más allá de todo lo imaginable, pero sobre cuya existencia nada se puede objetar teniendo en cuenta los autores que avalan dicha existencia: Plinio y Solino y Estrabon y otros muchos los refieren particularmente; pero todavía quiero haceros mención de algunos dellos. Hay unos que llaman monoscelos que no tienen más de una pierna, y son tan ligeros en saltar con ella, que corren más que otros animales, yendo a saltos tras ellos. Estos tienen el pie tan grande, que cuando hace gran calor se echan en el suelo, y alzándolo se defienden de ella haciendo sombra con él. (…) También escriben de otros, que llaman faneseos, con las orejas tan grandes, que cubren todo el cuerpo con ellas, y que estos son de mus grandes fuerzas. (…) Solino dice que los Arismaspos, que están en una provincia entre los Scitas, cerca de los montes Rifeos, todos tienen un solo ojo. En parte, esas noticias propias de viajeros intrépidos, y el autor tiene siempre presente a Marco Polo, alimenta una imaginación de “lo desconocido” que llena páginas y páginas del libro con una pormenorizada descripción de lugares inhóspitos, de animales fabulosos y de costumbres humanas casi estrafalarias; todo ello al estilo de la muy venerable “novela bizantina”, como lo demuestra en el Jardín la historia de Jambolo, condenado a vivir en una isla maravillosa de la que él y su compañero, tras siete años, son forzados a salir. La coartada de los interlocutores en el coloquio que se extiende a lo largo de los dos volúmenes está clara, en boca de Luis: Creedme en esto que quiero deciros, que pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente nescio, porque son dos cosas que con dificultad se compadescen: que los hombres sabios siempre procuran saber más, paresciéndoles que es poco lo que saben y entienden, y los nescios, como no extienden su entendimiento a pensar que hay más saber ni entender de lo que ellos entienden y alcanzan, piensan que allí hace fin la ciencia, y así, porfían y disputan las cosas, sin querer conceder ni otorgar más de lo que la torpeza de su ingenio alcanza, teniendo aquel por el verdadero fin y remate de todas ellas. ¡A ver quién es el guapo, pues, que arde en deseos de dar crédito a tantos historiadores que les hablan de realidades tan fantásticas como difíciles de creer! La obra progresa en una sucesión de auctoritas que realmente apabulla a los interlocutores, y si salió Carlos V, como vimos, también ejerce el mismo papel Boccaccio o el propio Aristóteles, amén de la caterva de autores de mayor o menor prestigio que se anteponen a la narración de los hechos fantásticos. Pongamos por caso lo relativo a los gigantes: Sinforiano Campegio, en un libro que llamó Ortus Gallicus, lo cual dice por autoridad de Juan Bocacio, que afirma él mesmo haberle visto, y fue que en Sicilia, cerca de la ciudad de Trapana, a la raíz de un monte, que está cerca de ella, andando unos labradores cavando un cimiento para hacer una casa, descubrieron una cueva que tenía grandísima anchura, y, encendidos unos matojos, entraron dentro para ver lo que había, y hallaron en medio de ella un hombre sentado, de tan admirable grandeza, que espantados y atónitos comenzaron a huir hacia el lugar, y dando nuevas de lo que habían visto, se juntaron muchos, y con armas y lumbres entraron en la cueva a certificarse de la verdad, y hallaron aquel hombre, tan grande, cual otro jamás nunca se ha visto ni oído. Tenía en la mano siniestra un báculo tan grande y tan grueso como una grande antena de nao, y perdido el temor, con ver que estaba muerto, llegaron a tocarle, y luego se deshizo en ceniza quedando los huesos tan disformes, que en lo hueco del casco de la cabeza cabía gran cantidad de una medida de trigo que se llama modio, y seis dientes se guardaron por cosa monstruosa, y tomada la medida de todo el cuerpo, paresció que tenía doscientos codos de largo, cosa que tendría por increíble, y aun imposible, si tan graves autores no diesen testimonio de ello. Del mismo modo que hay hombres del mar que acechan a las doncellas par raptarlas y aprovecharse de ellas en sus cuevas marinas, hay hombres lobo que salen a los caminos de Galicia para matar y devorar criaturas, exactamente igual que nos lo contó Olea en El bosque del lobo, por ejemplo; o doncella que, secuestrada por un oso, acaba conviviendo con él e incluso pariendo un hijo humano que se encargará de vengar el asesinato del padre y dará lugar a una genealogía de reyes nórdicos… El libro está tan lleno de embustes como de aciertos que nos sorprenden por su rigor científico, como la descripción de un ataque de furor, posible una fase maníaca de una bipolaridad, en una persona aquejada de “melancolía”-un estado, por cierto, llevado magistralmente al cine por Lars von Trier en película con ese título: Melancolía-: Yo vi en una mujer muy cercana parienta mía, que siendo fatigada de una melancolía, que los médicos llaman mirrachia, la cual es muchas veces causa de hacer perder el juicio y venir a hacerse furiosos y locos los que la tienen, prevenirse de tal manera con la discreción y razón, que nunca pudo acabar de vencerla. Y era cosa de ver la batalla que entre la melancolía y ella pasaba, tanto que hacían a la pobre mujer echarse en el suelo boca a bajo, y la melancolía la forzaba a que hiciese pedazos lo que traía sobre sí y que tirase piedras a los que veía, y que arremetiese con los que topaba, e hiciese otros géneros de locuras; y la razón íbale a la mano, y la discreción la detenía, tanto, que al fin vino a perder aquella alteraciones y desechar el humor melancólico, quedando su juicio claro y desavahado como de antes lo tenía. Aunque para invención con solera, ninguna mejor que la del manuscrito hallado, que Torquemada, vía Santo Tomás de Aquino, remonta a la primera familia sobre la Tierra: Dice Santo Tomás en el tratado que hizo De ente & esentia, aunque algunos dicen no ser suyo, sino apócrifo, donde trae que Abel, hijo de Adán, hizo un libro de todas las virtudes y propiedades de los planetas, y conosciendo que el mundo de había de perder por el Diluvio, metiolo en una piedra y cercola de manera que las aguas no pudiesen corromperla, para que viniese a ser notorio a todas las gentes. Esta piedra hallo Hermes Trimegisto y quebrándola y viendo el libro que estaba dentro, se aprovechó de él en muchas cosas. De hecho, también lo usó Santo Tomás, nos dice el autor, porque  molestándole el paso de los animales con motivo de estar enfermo, hizo una imagen conforme a las indicaciones del libro, la enterró en la calle y las bestias se negaban a pasar por la calle y se daban la media vuelta. La mayor parte del segundo volumen está dedicado a las tierras cercanas al Polo Norte y los pueblos que en ella viven. La simple enumeración de tales pueblos  y lugares y algunas de sus costumbres, que el autor repite hasta tres veces con idénticas expresiones, no produciría la impresión de estar en el seno de unas de esa sagas de pueblos extraños con las que estamos familiarizados sea a través de la insufrible Juego de Tronos sea a través de las tribus de todo tipo que nutren los últimos bestsellers casi infantiles -¡qué lejos de Tolkien, por amor de Hermes!- con que tanto nos afligen las editoriales en los últimos tiempos mediocres de su quehacer editorial: Perioscoeos, Antoscoeos, Amphioscoeos, que son vocablos griegos, por donde declaran de la manera que están. Perioscoeos son aquellos a quien las sombras andan al derredor, y estos , como adelante veréis, no pueden ser sino los que están debajo de los polos. Amfioscoeos llamamos a los que tienen las sombras a una parte y a otra, que es hacia el aquilón y hacia el austro, conforme a cómo se halla el sol con ellos. Eterosceos son los que su sombra va siempre a una parte.
Los Hiperboreos, cuyos pueblos son los Parigitas, los Carcotas.
Casi conforme a estas regiones son Escamia y Dacia. Y un poco más adelante, hablando de las provincias de Suecia, la cual llaman Gocia Occidental, a diferencia de otra que se nombra Meridional, y de Noruega, que por la costa del Occidente se extiende hacia la isla de Tile y se junta con Grovelant y con Engrovelant, fuera del círculo Ártico, dice que están las provincias de Pilapia y Vilapia, las más frías de todas las regiones, porque se llegan mucho al Polo Ártico. (…) Provincias ignotas, entre las cuales me acuerdo que es una que llama Pila Pilanter, y otra, más adelante Euge Velanter (…) Y estas provincias tengo yo por cierto que son las que Gemma Frigio llama Pilapia y Vilapia.
Del singular bestiario de esos territorios, me quedo con una práctica bulímica que tanto aqueja hoy a los jóvenes, como un mal de nuestro tiempo. La descripción es impactante, por su crudeza, propiamente de registro naturalista, casi al estilo de los cuentos de Pardo Bazán reunidos en El destripador de antaño y otros cuentos: Hay también otros animales llamados gulones, del tamaño de un perro grande, las facciones como de gato, las uñas muy largas y fuertes, la cola como de raposa; estos cuando cazan o matan alguna bestia comen de ella hasta que no les puede caber más en el estómago o vientre, el cual se hincha tanto, que paresce que quieren reventar; y cuando se sienten así, se meten por lo más espeso de los montes hasta que hallan dos árboles muy juntos, y metiéndose entre ellos, aprietan el vientre de manera que forzosamente vienen a vomitar lo que han comido, y acabando de hacerlo, tornan a comer otro tanto, y también a vomitarlo, y tantas veces hacen esto, que acaban de comer toda la bestia, por muy grande que sea. Si bien no puedo dejar de mencionar un tópico que forma parte incluso de las hagiografías, como la de San Francisco de Asís, me refiero a la capacidad de las personas para entender la lengua de las aves: 
Luis.- Según eso, queréis decir que las aves se entienden.
Bernardo.- ¿Y vos dudáis de eso? Pues así como los animales se llaman con los bramidos y se conoscen y vienen a juntarse, también las aves con el canto malo o bueno se llaman y se juntan, y en fin, es entre ellas un lenguaje con que se en tienden las unas a las otras.
Antonio.- De Apolonio Tianeo se escribe que también él las entendía.
Luis.- Por cosa imposible lo tengo yo.

Sin  embargo, en el Jardín se cuenta que Apolonio oyó que un pájaro llevaba nuevas a otros de que a un molinero se le había caído un costal de trigo de un asno y había quedado el grano esparcido por el lugar. Los compañeros de Apolonio no lo creyeron hasta que pasaron por el camino y vieron a los pájaros comiendo donde se había caído el saco....  Y nada más leerlo, ¡quien puede resistirse a evocar aquellas secuencias mirificas en que Totó, en la película de Passolini, Uccelacci e ucellini, después de una humilde espera de recogimiento, logra entender ese lenguaje de las aves...
A modo de final filológico, permítaseme concluir con un listado no completo de las auctoritas citadas por Antonio de Torquemada, entre las cuales surgen, enseguida, posibles lecturas futuras, como la de los Días geniales, de Alejandro de Alejandro o el Hortus Gallicus, de Sinforiano Campegio…
Plinio, Solino, Aristóteles, Gema Frisio, Juan Bohemio, Varrón, Pontano, a Juan Pio Bononiense, San Agustín, Crates Pergameno, Eleanico, Damaste, Cornelio Tácito, Theodoro Gaza,  Alejandro de Alejandro, Juan Saxo, Juan Magno, Olao Magno, Pigata. San Jerónimo, , y Alberto Crancio, Alemán, Moscovita Polonio, Averroes, Dioscórides, Juvenal, Isaías, Boecio, Gaudenci Merula, Lópe Obregón, Paulo Jovio, Arriano, Estrabón…

lunes, 2 de abril de 2018

“Ensayos liberales”, de Gregorio Marañón.



La imprescindible libertad de pensamiento y la necesaria cordialidad humana como fundamentos de un liberalismo ética e intelectualmente enriquecedor.

Gregorio Marañón no debería necesitar presentación, porque se trata de una de las mentes más lúcidas que actuó social y políticamente en lo que Mainer llamó La edad de plata de la cultura española y que el propio Marañón, yendo un poco hacia atrás, prefiere denominar el Siglo liberal español, una época tan brillante, para la cultura española como los llamados siglos de oro de nuestra cultura: el XVI y el XVII. El siglo liberal, que acoge en su seno no solo a la generación del 98, sino también a la del 14, menos conocida, pero no menos importante y, por supuesto, a la del 27, a la que otros denominan Generación de la República. Netamente republicano y liberal, Marañón ha de contarse entre los intelectuales, junto con Ortega y Gasset, sobre todo, pero también con otros como Unamuno, Pérez de Ayala, Juan Ramon Jiménez, Azorín o los hermanos Machado, que impulsaron la creación de la Agrupación al Servicio de la República, aquella esperanza que no tardó mucho en desvanecerse cuando los impulsos revolucionarios se impusieron sobre los usos democráticos y se armó el belén de todos conocidos y que Payne ha retratado con magistral uso de los datos y análisis de las fuentes en un obra de tan expresivo subtítulo como este:  La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936). Esa erosión está en la base de los ensayos que se recogen en este librito de insospechada actualidad cuando reparé en él en una de mis librerías de segunda mano y que me ha impelido a escribir las presentes líneas, no tanto para destriparlo ce por be, cuanto para invitar a los intelectores animosos que a veces me visitan a sumergirse en esas páginas que, con apariencia de tono menor, nos habla de realidades de nuestra vida española que son parte inequívoca de nuestro presente. Muy al estilo orteguiano y D’orsiano, el doctor Marañón -recuérdese que su dedicación al estudio y la práctica de la medicina le valieron tanta reputación como sus estudios humanísticos, muchos de ellos cimentados con su experiencia científica, como los estudios sobre Don Juan y Antonio Pérez, abre Marañon el volumen con un largo ensayo dedicado  a la Psicologia del gesto y a la importancia del mismo para explicar conductas fundamentales en la vida social y aun determinantes de nuestro devenir histórico y del de otros pueblos. Sigue después con El deber de las edades, otro ensayo largo de tipo biológico en el que analiza pormenorizadamente las clasificaciones que tan arbitrariamente solemos establecer con una leve frivolidad que Marañón trata de reconducir desde la ciencia y desde la estrecha unión entre las exigencias biológicas y las sociales. Luego cierra el volumen con tres breves apuntes, no pasan de ahí, sobre tres temas muy distintos, pero todos ligados por ese hilo sutil del análisis de lo que España podía haber sido y fue en tiempos del liberalismo y dejó de ser en los tiempos revolucionarios para nunca más volver a ser nada reconocible en el marco de las democracias occidentales consolidadas, teniendo en cuenta cómo acabó nuestra Guerra Incivil: Dos monólogos sobre la prensa y la cultura, un froz ataque a la banalización de lo real que ha supuesto el periodismo; Dos vidas en el tiempo de la concordia, sobre la relación entre dos intelectuales antagonistas de la talla de Leopoldo Alas y Mennendez y Pelayo, y, finalmente, Dos poetas de la España liberal, sobre los hermanos Machado, de tan diferentes destinos vitales. No es poca la penetración psicológica que exhibe Marañón  a la hora de analizar el “gesto” y ver su trascendencia en la vida social. Partiendo de una definición neutra: Entendemos por “gesto” la traducción material de un estado de ánimo, por los medios habituales de la expresión emotiva y no solo por los de la cara: ya los contemplemos ejecutar o ya los imaginemos, a la vista de una actitud social determinada, lo primero que advierte Marañón, en un siglo veinte dominado por la mímesis inconsciente de los modelos de éxito social, es el peligro de tal proceder: Hablaré luego de la discutible categoría de la facilidad para estos contagios. Pero desde este momento quiero insistir en una de sus principales consecuencias, que es la atenuación de la personalidad, porque la contrapartida de esa debilidad individual es la aparición del hombre-masa fácilmente gobernable por lo que él denomina “conductores” o “domadores” que, a través del gesto autoritario y vehemente logran hacer mella en esa psicología rendida a la seducción ejercida por esos “domadores” de las voluntades. Es evidente que no ha tardado Marañón en derivar hacia un análisis de los fascismos en el primer tercio del siglo XX, esa monstruosidad que barrió el liberalismo como proyecto civilizado de vida social. Después de haber dejado clara la insufrible merma de la personalidad que supone la imitación de la gesticulación -y en esa deriva social adjudica un papel importantísimo al cine, moldeador de conductas y gestos-, capaz de influir en la dificultad que puedan tener las personas de ambos sexos para relacionarse mutuamente, por la falta del atractivo individualizado capaz de generar sorpresa y atracción en el otro o la otra, el doctor Marañón, siguiendo en parte a Keyserling, establece lo que parece una ley sociológica de indudable cumplimiento: Cuando los pueblos atraviesan sus fases de bienestar, un hombre que gesticula es contemplado con indiferencia o con burla. Pero este mismo hombre, en la fase crítica de la Historia, alcanza, súbitamente, y gracias a su gesto, la energía sobrehumana del conductor. Esta energía no es, por lo tanto, virtud pura del agitador sino suma de esa virtud más el terreno propicio del pueblo hiperestésico. Esto nos explica el que la mayoría de esos grandes agitadores eran, casi siempre, personajes vulgares, antes de la rotura del equilibrio popular. De La vida íntima, de Keyserling, toma Marañon la distinción entre el conductor espiritual y el domador, clave para entender modos tan distintos de influir en la conducta de los ciudadanos: el papel de ciertos políticos no es el de guía espiritual, sino el de domador. El guía espiritual, en realidad, no actúa nunca sobre las muchedumbres, sino tan solo de individuo a individuo; y, a lo sumo, sobre las minorías inteligentes que, en los tiempos de paz, gobiernan a los pueblos. Su acción, fina y compleja, es como música de cámara que jamás escucha el populacho, aunque, a la larga, sus ecos se puedan difundir hasta muy lejos de su punto de origen. Cuando la masa hiperestésica surge, el guía espiritual es, en efecto, suplantado por el domador, cuya música es pura trompetería estruendosa, hora de ideas pero de potente emotividad. ¿Quién no recuerda los gestualidad aparatosa de los líderes fascistas, Mussolini y Hitler, sobre todo, -Franco era un vulgar imitador sin cualidades para seducir a nadie-, a la hora de buscar una explicación de su capacidad para influir en las masas?:  El orador popular no convence con el razonamiento (…), sino que conmueve con los accesorios de la oratoria que tan bien estudió nuestro Juan de Huarte. Lo que Huarte llamaba “el meneo y gestos” con que se acompaña el discurso. (…) El mismo Cicerón, orador máximo, lo reconocía así: Actio quae motu corporis, quae gestu, quae voltu, que vocis confirmationes ac varietate moderanda est. (…) En su masa preparada, toda esa exorbitada gesticulación electriza y subyuga; y no se podría sustituir por una oración académica sin que, al punto, la muchedumbre se disgregase. En esa suma de individuos susceptibles de aceptar la sumisión a los líderes hay siempre, a juicio de Marañón, lo que el llama el factor antropoide, una suerte de descenso a los instintos que explicarían la necesidad de identificación con la masa, con la manada, con el clan: Esta es la razón de la importancia del gesto rítmico y continuado en la vida militar. El gesto externo crea la disciplina interna. Mientras más esclavo de su gesto es un ejército, más disciplinado será. (…) La ejecución del gesto rítmico, mantenido por la música o el canto, indispensable en todo movimiento de masas, condiciona por lo tanto, el reflejo de la disciplina, de la pérdida de la personalidad, absorbida por la masa organizada. Ahora bien: esta sensibilidad ante el ritmo es significativa del sentido primitivo que tiene el espíritu de la multitud disciplinada; primitivo y, por lo tanto, inferior, porque, sin duda, las fases iniciales de la vida están sujetas al ritmo; mientras que el progreso vital equivale a liberarse de él y a actuar con movimientos libres y, en cierto modo, desordenados; aunque siempre, en la normalidad civilizada, subordinados a una jerarquía. Eso explicaría, dice Marañón una paradoja monumental y divertida: España es el único país del mundo que ofrece la paradoja de un partido organizada de anarquistas. Estoy convencido de que mis intelectores asiduos -¡si es que existe tal especie exótica y casi extraterrestre, porque, de existir, no serían de este mundo…!- se preguntarán cómo es posible que aún no haya arrimado la sardina del delirio del prusés a estas ascuas convincentes y caloríficas que nos regala Marañon. Lo dejaba para el final, porque el paralelismo de los ejemplos destacados por Marañón con las “paradas” secesionistas está fuera de toda duda, y más aun si se atiende a esta fina observación que ya he denunciado en la Provincia Mayor… bajo el título de La pederastia ideológica secesionista: En cada pueblo, cualquiera que sea la modalidad de su alma colectiva, hay una masa específicamente sensible al contagio del gesto que está precisamente formada por los jóvenes; porque su festividad intensa y su falta de crítica les coloca muy cerca de la psicología del gesticulador. Por ello las milicias del gesto empiezan, siempre, reclutándose entre adolescentes Lo saben bien los domadores, y por ello cultivan con tanto afán la adhesión, no ya de la juventud, sino de los mismos párvulos. A medida que los años son menos, será el contagio del gesto más fácil, y el condicionamiento de la conducta al gesto más hondo y duradero. Imposible ser más claro y, por lo que respecta al prusés, clarividente. Cataluña se había forjado una imagen de sociedad “avanzada”, siempre, a pesar del carlismo tradicional y la religiosidad ultramontana que ha anidado de continuo en su agro y en parte de su burguesía, dispuesta a señalar la dirección de Europa y de las sociedades avanzadas. Esa es la imagen que se ha roto como un espejo, como el mirall trencat de la novela de Rodoreda. Y lo que ahora le duele a esa masa uniforme y sincronizada que se mueve bajo la batuta de sus enloquecidos domadores es la imposibilidad, parece, de encontrar el remedio para ese mal, que también, gentilmente, nos ofrece Marañón: El hombre de categoría superior no siente nunca la necesidad del gesto externo, porque él mismo conduce su propia vida con gestos interiores, más rígidos a medida que los va obedeciendo. En realidad, es esta creación de los propios deberes la señal más cierta del gran espíritu. (…) Servir a las normas que uno mismo se creó, al gesto recatado de la conciencia, este es el sentido humano superior
Un remedio que tiene que ver con ese ideal de vida que es para Marañón la “austeridad” y que analiza en el segundo de los ensayos del libro, el dedicado a las edades. Después de advertirnos del disparate de intentar clasificar a las personas en función de algo tan absurdo como la edad, en permanente cambio, Marañón señala el eje de su discurso: Los derechos de la edad solo serán legítimos cuando entendamos, a la par, que cada edad nos impone también deberes ineludibles y estrictos. Eso que hoy suena casi como una herejía nefanda: “deberes”, forma parte de las exigencias de cualesquiera edades, y olvidarlos significa crear personalidades cojas, carentes de entidad. Junto a ciertos tópicos no carentes de fundamento, como el de la rebeldía propia de la juventud: El deber fundamental de la juventud es la rebeldía. (…) Toda la vida seremos lo que seamos capaces de ser desde jóvenes.(…) ¿Y cómo va a realizarse la gran obra de la forja de la personalidad sin lucha, sin arbitrariedad, sin rebeldía? Es preciso decirlo muchas veces, porque es este uno de los puntos en que más claramente se observa el conflicto, a que antes me he referido, entre las normas naturales y los prejuicios sociales. Toda la pedagogía, con gloriosas excepciones, tiende a hacer del joven un ser gregario, sin esquinas ni asperezas, conforme con las ideas que transmite la tradición y con los modos psicológicos y éticos consagrados; pensando y sintiendo a la zaga de lo que piensan y sienten los viejos. Y esto equivale, ni más ni menos, que a destruir, si no la misma juventud, que no hay fuerza que la coarte, al menos el germen de la futura personalidad; Marañón se descuelga con un anatema al deporte que no puede por menos de sorprendernos en nuestra sociedad, que ya en los tiempos de la juventud del propio Marañon comenzaba a rendir culto al "sportman": No he de ocultar ahora mi antipatía, ya explanada en otra ocasión, por estos entusiasmo deportivos. (…) Es indudable la influencia perniciosa que ejerce en la mentalidad de la juventud que lo practica como ahora se practica, es decir, como una religión. (…) el deporte acaba por ocupar el puesto del trabajo de una manera capciosa e infinitamente dañina para el varón que se está formando. El joven que ha jugado y que siente la voluptuosidad del cansancio físico satisfecho, tiene una suerte de sensación del deber cumplido tan falsa y perniciosa como el que, en lugar d apagar el hambre física con el alimento natural, la calma con la voluptuosidad de la borrachera. Y este equívoco es aún más llamativo y pernicioso cuando se compara el ruidoso triunfo del deportista con el rendimiento cotidiano y gris de la labor provechosa. (…) Se me dirá que los tiempos mandan y que los nuestros son tiempos deportivos. Pero por eso mismo hay que rebelarse contra la fascinación de la actualidad. (…) Por esto, yo quisiera que los jóvenes empleasen una parte de su rebeldía en rebelarse contra la actualidad o, si queréis, contra la moda. (…) Claro está que todo e cuestión de medida. UN deporte prudente es favorable, incluso por esa misma disciplina que impone; siempre que no deforme la personalidad del mozo. Así mismo, vuelve a redoblar en este otro ensayo su prevención contra el abuso que la ideología totalitaria puede hacr del joven en formación, incapaz, a esa edad, de discernir las asechanzas de un discurso que quiere moldearlo, conformarlo, definirlo según un canon político del que le costará mucho desprenderse, como si se tratase de una camisa de serpiente de bronce:   Cuando vemos algunos ejemplos de pueblos emborrachados con la droga de un nacionalismo exultante, damos por buenas las ventajas que hayan podido lograrse con semejante tratamiento; pero pensamos con un seguro terror en el porvenir de esas juventudes con el alma perdurablemente deformada en un troquel estrecho y violento; juventudes que cavarán por no servir para nada el día -siempre cercano a pesar de las apariencias- en que ya no se cotice el signo en que se troquelaron. El metal inservible de refunde en unas horas, con formas distintas y utilidades nuevas. Pero el alma de los hombres jóvenes tarda muchos años en adquirir una estructura diferente y expurgada de las ruinas de su pasado inservible.  ¡Cómo nos parece estar leyendo al mismísimo Ortega en esa facilidad para la comparación y la imagen! Si algo distingue a las edades es que se manifiestan en conflicto en la sociedad y que lo propio es que haya entre ellas una lid noble y respetuosa. Cada cual ha de saber cuál es su lugar y cuáles sus deberes:  Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho como su sumisión incondicional a la juventud de los otros. El culto actual a la juventud no es, desde luego, el ideal de sociedad liberal avanzada que complacía a Marañón.  Las edades avanzadas, a su parecer, han de encontrar su camino en la adaptación y en el principio de austeridad. El doctor traza una línea que emparenta sociología y biología: Obediencia, rebeldía, austeridad, adaptación: he aquí la línea quebrada que la evolución del organismo marca a nuestro deber: la obediencia del niño, la rebeldía del joven la austeridad del ser maduro – que es lo contrario de la inconstancia y la superficialidad- y la adaptación del anciano -que no quiere decir renunciación ni esterilidad.
La última parte del libro recoge algunas impresiones volanderas que tienen, igualmente, una actualidad más que notable. La  concepción de la Prensa casi como un obstáculo para poder entender el presente desde eso que ellos llaman la “rabosa actualidad” es ya una experiencia común y corriente en nuestros días en que, para nuestro mal, se ha consolidado el “periodismo de trinchera”, una guerra de informadores en el que, como en las reales, es la verdad la primera víctima. Como dice Marañón, la Prensa diaria produce en el mundo de los lectores una tendencia excesiva a la acción, con detrimento de la meditación,  lo cual, también lo dice él es gravísimo, porque sume a los lectores en un estado casi delirante de actividad sin sentido y proclive a las violencias verbal y física. A las colaboraciones alimentarias de los intelectuales en esa Prensa achaca Marañón el hecho inequívoco de que hayan dejado de escribirse obras de infinitamente más valor que el de esas colaboraciones indispensables para la supervivencia. Hay ahí un punto de resentimiento inobjetable. Desde Larra arrastramos que escribir en España es llorar, y, salvo casos excepcionales y un avance general que hemos de reconocer, aún no hemos sido capaces de crear una sociedad ampliamente culta que permita la existencia de creadores dedicados a su labor de forma exclusiva y lo suficientemente remunerada, sin tener que dedicar su esfuerzo y su tiempo a la Prensa.  A mí me llama la atención, de ese juicio severo sobre la Prensa, el buen olfato de Marañón para saber ver en los márgenes de la misma el pálpito de la vida real: Instintivamente huíamos de la primera plana, donde está el material de la gran historia artificiosa, e íbamos a sumergirnos en las columnas secundarias, en las que queda vivo a través del tiempo el pequeño suceso de barrio, de vecindad, el eco vago de un hogar; o bien buscábamos gustosamente la sección de los anuncios, donde laten venas sutiles de humanidad, invisibles en las veinticuatro horas que dura la primera vida del periódico.
Las breves páginas dedicadas a la relación entre dos catedráticos como Clarín  y Menéndez Pelayo cifran, inequívocamente, para Marañón el ideal de la España liberal, basada en la concordia entre diferentes y en el profundo respeto a la libertad intelectual de cada cual: Clarín figuraba entre las izquierdas; Menéndez y Pelayo era la figura preeminente de las derechas españolas. Y en estas confesiones de los dos se ve, a cada paso, la mano furtiva del extremista que atiza el fuego de la pasión política para convertir en hoguera hostil la llama nobilísima de su amistad. No lo consiguieron. Porque a los dos les animaba el mismo santo amor a la verdad y a España y la misma generosidad de humanistas, ante las cuales se borraban los accidentes de sus respectivas actitudes en lo ideológico y en lo social. (…) Clarín llegó a perder la colaboración en los periódicos de la izquierda porque, según nos explica, “mis queridos correligionarios son así, y a veces, como los de usted (los de Menéndez y Pelayo), no comprenden que se alabe a los contrarios y se pegue, como ellos dicen, a los amigos”. En esa misma línea hemos de entender la existencia de dos poetas a quienes separó la guerra y la posición política de cada cual, pero no los sentimientos ni, por supuesto, su posición intelectual. Los hermanos Machado le sirven a Gregorio Marañón para fundamentar el elogio de esa España liberal, ese nuevo Siglo de Oro del que no se percataron que lo era mientras lo vivían, pero al que, mirando hacia atrás con objetividad y ecuanimidad, se le ha de reconocer dicho mérito: Esa época de esplendor del alma española en que vivieron no puede designarse con otro signo que con el de liberalismo. La historia es historia y no política. Ahora se habla mal del liberalismo con pasión política y sin conciencia histórica. (…)  “El segundo Siglo de Oro español”, como le ha llamado el maestro Azorín, es de un oro más nuestro que el de los Austrias. La segunda característica es, ya lo hemos dicho, el espíritu liberal. España estaba dividida entre liberales y conservadores; pero los conservadores eran ya, desde entonces, más liberales que los que se llamaban así. (…) En verdad, en verdad, Cánovas solo se hizo reaccionario cuando hastiado de luchar, pactó con los liberales. Acabo de volver de Valencia y, como si la ciudad del Turia se hubiera hecho eco de estas páginas de Marañón, una de las grandes avenidas de la ciudad, si bien, en el extrarradio, se llama Avenida de los hermanos Machado, un signo de verdadera reconciliación que no debería caer en saco roto en estos tiempos en que la proclividad al enfrentamiento sectario puede poner en peligro incluso una democracia en apariencia, solo en apariencia, tan firme como la nuestra. Como muy bien resume Marañon, y le dejamos que ponga él la última palabra a esta recensión de su librito: El alma liberal de aquellos decenios, en España y en todo el mundo, no era, como torpemente creen algunos, pura ideología de partido sujeta, por lo tanto, al azar de sus aciertos o fracasos, sino aire de la época, que respiraban todos los seres humanos, como se respira, quiérase o no, con disgusto o con gusto el vaho cálido de los trópicos o el aire sutil de las estepas, según donde se viva. (…) No sé; muchas veces el antiliberal da la impresión de que solo aspira a ser algún día liberal por su cuenta, sin tener para serlo que pedir permiso a los liberales.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La compulsión del pseudónimo: un apunte nominal.




La invención del nombre propio como necesidad a pesar de la imposición eluctable del nombre (in)civil.

Uno nunca sabe en qué oscura raíz se nutre el  impulso que le lleva a encarnarse en heterónimos o en pseudónimos, ni en qué lúcido momento  de su vida se convence de que él es cualquiera menos aquel a quien nombra y apellida el registro civil que otros te legaron el día que naciste. Cada cual sabe, para sí, qué tenebrosa batalla se ha librado en su interior antes de renegar de un nombre y unos apellidos que percibe como una lechada de cal y optar por una invención que tiene más de marbete que de nombre, de aspiración que de consagración, de orgullosa imposición que de humilde sugerencia. Nacido de sí mismo es el pseudonomista y ubérrimo heterogéneo de la creación quien se vierte en heterónimos con obra cumplida, por más que a veces cueste hallar los matices que distinguen unas personas de otras, unos autores de otros, unas voces de otras, unos fracasos de otros. No es máscara de un ser pudibundo o atacado de timidez exasperada, el pseudónimo; ni tampoco falsa humildad de quien aguarda a ser descubierto en el esplendor final del nombre propio, porque la única propiedad de quien se pseudonomiza es la necesidad de huir de ese nombre civil, municipal y espeso…, aunque en su carrera artística hacia la gloria del conocimiento -jamás, en su caso, del reconocimiento- no halle sino los oscuros corredores de la nada, el vacío, la soledad y, a la larga, el olvido marmóreo de un epitafio erosionado por la lluvia, el viento, el granizo y la escasa memoria de la especie. Recordemos que Alonso Quijano no llegó a ser quien fue sino cuando, a sí mismo, ocho días después de hallar para su caballo el nombre de Rocinante, alto, sonoro y significativo, se llamó don Quijote de la Mancha. Así mismo, bautizó a su enamorada, motivo dinámico de sus hazañas, como Dulcinea del Toboso: nombre músico, peregrino y significativo. De más está averiguar -¡averígüelo Vargas!- qué entendía el insomne intelector manchego por “significativo”, pero que quien para sí busca un pseudónimo anda en tratos de significados y significantes no es misterio para nadie. Qué salga de esos tratos, acaso esté de más inquirirlo, y menos aún exigir que el interesado se explaye al respecto. Conseguido el pseudónimo, todo está dicho, el misterio elucidado, la egolatría cumplida. Que en el Quijote sea Sancho Panza quien le sirve en bandeja al enteco caballero uno de sus nombres más hermosos, Caballero de la Triste Figura, algo de lo que se precia con legítimo orgullo: -Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la más alta cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo y que no hay cosa que no sepa, nos dice bien a las claras que el arte del pseudónimo está al alcance de todo el mundo.. No se llega, con todo, de buenas a primeras, y con tanta facilidad aparente como en el Quijote al pseudónimo, al alias, al nom de guerre, al nom de plume… De mí sé decir que quise nacer al mundo de la ficción con el de Alonso de Celada, que deseché pronto por exceso de cervantinismo confeso; pasé después al orgulloso Alda Bozes, porque creí, con toda la ingenuidad del mundo que una mediocre poesía con acné podría ser un “aldabonazo” en un panorama literario en el que tan aristocráticos pomos modulaban los sonidos de la fama; pasé por otros que no vienen al caso y llegué a uno con el que incluso llegué a estar encajado, y con cierto renombre tan efímero como constante ha sido la fidelidad a su propia inspiración; muerto para el siglo el redundante, renací transformado en el presente desde el que escribo y me prodigo en suicidios varios de la imaginación, junto con mi aún no arrumbado Juan Pérez que nació para una colaboración, ya extinta, con Crónica Global, bajo la inspiración unamuniana, pero sin su augusta pretensión. No dejo de notar, en este proceso de tantos años, cómo me he ido acercando a aquel nombre propio al que renuncié siempre, algo que tiene su contrapartida en la firma oficial que, bajo forma arábiga, aísla mis dos nombres vulgares hasta la extenuación, y ello desde que me hice mi primer carnet de identidad. Siempre me ha chocado esa fidelidad absurda a lo repudiado. Un pseudónimo ha de ser un hallazgo feliz, está claro. Del mismo modo que un nombre literario ha de tener una eufonía que no admite su antónimo. Imposible, desde este punto de vista, es que JRJ rindiera jamás homenaje a su madre, por no tener que verse obligado a incluir un gravoso Mantecón o que Valle-Inclán rindiera idéntico homenaje a la suya, un Peña que unido a lo demás Ramón Valle Peña, hubiera sido nombre de funcionario de Hacienda con visera y  manguitos de percalina…, ¡nada que ver con el no menos ato, sonoro y significativo : Ramón María del Valle Inclán, por supuesto! ¿Qué hubiera sido de la fama de Bécquer, si, en lugar de este, hubiera firmado con el preceptivo Bastida de la partida bautismal? A día de hoy, pocos serán ya quienes tras Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto sepan que se encuentra el autor de 20 poemas de amor y una canción desesperada, cuyo apellido pseudonímico, Neruda, el propio poeta envolvió en un misterio casi irresoluble, porque lo “inventó” a los 16 años, antes de siquiera conocer la existencia del poeta checo Jan Neruda. La vida está llena de peudónimos y la antropología nos indica que en los ritos de paso, los adolescentes que se convertían en guerreros, lo primero que hacían era cambiar de nombre. Sea en las artes, en la política, la guerra, el deporte o  la vida corriente -ahí están los hipocorísticos y sus excesos- pocas actividades humanas se escapan del afán de cambiar de nombre y buscar aquel con el que las personas se identifiquen y se encuentren a gusto. Los meandros por los que un nacido X acaba siendo conocido por YZ forman parte de esas inquisiciones que les gustan a los biógrafos, pero quienes sufren la compulsión de los pseudónimos o los heterónimos, como Machado o Pessoa, a duras penas pueden explicar la fertilidad de sus desdoblamientos, ¡vitales, por otro lado, para ellos! He de reconocer que bajo este nombramiento de Juan Poz estoy consiguiendo, en parte por ciertos ajustes de cuentas autobiográficos, cuya revelación aún  no viene al caso, una cierta tranquilidad de espíritu que no sé cuánto durará. Curado de la podre de la fama en lo que de hambrienta -afamada, en catalán- hay en ella, me ayuda a combatir el desasosiego de otros naufragios esta estabilidad nominal escueta, simple, profunda como el pozo inacabado, a veces artesiano, a veces ciego y casi siempre desfondado. Que algo de juego hay siempre en la elección de los pseudónimos está tan fuera de duda, que aquí dejo el rastro real olvidado de los nombres ficticios que están  en boca de todos: Emil Sinclair. David Cornwell. Strekfus Persons. Samuel Langhorne Clemens. François-Marie Arouet. Marie-Henri Beyle. Eric Arthur Blair. Amantine-Lucile-Aurore Dupin.Charles Lutwidge Dodgson. Pierre-Augustin Caron Boz. Gabrielle Sidonie. Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. John Griffith Chaney. Isidore Ducasse. Jean Baptiste Poquelin. Paul French. Félix Rubén García Sarmiento. Adeline Virginia Stephen. Hiraoka Kimitake. Annos Klauusne. Alexei Maximovich Pechkov. René Babrazon Raymond.


lunes, 19 de febrero de 2018

Las “Epístolas familiares”, de Antonio de Guevara.







La amena y variada correspondencia de un precursor de Montaigne o el esmerado arte de la prosa exquisita al servicio del humanismo y la política. 

Leí durante la carrera universitaria aquel best-seller europeo que fue Menosprecio de corte y alabanza de aldea y algunos pasajes de su Marco Aurelio, e inevitablemente El villano del Danubio, un pasaje del libro que circuló en copias manuscritas antes de que saliera editado el libro, y que fue recreado por Tirso de Molina y por Lafontaine. Se trata de un texto utopista, en la línea del de Tomás Moro, publicado diez años antes, y centrado en la figura del “buen salvaje” opuesto al refinamiento de la nobleza. Su brevedad, sin embargo, su concisión, contribuyó a la rápida popularidad del mismo. Antonio de Guevara, que como segundón fue enviado a la Corte para abrirse camino, acabó tomando el hábito franciscano para acabar escalando puestos en la Corte hasta llegar a ser predicador real y Cronista oficial, por más que nunca se dignara escribir crónica alguna del reinado de Carlos I. Ello no obstó para que tuviera una posición elevada en la corte e incluso para que interviniera, desde el bando del Emperador, en la Guerra de las Comunidades o revuelta de los comuneros, como se aprecia en algunas de las cartas que se contienen en el volumen Epístolas familiares que acabo de leer con tanto placer y entusiasmo que me apresuro a recomendar su lectura a cuantos aún son aficionados al retirado y silencioso arte intransitivo de la lectura de los clásicos, siempre tan propensos a depararnos sorpresas como la propia de la lectura de esta obra sorprendente.  Radica lo sorpresivo de la misma en que se adelanta, en cierto modo, a Michel de Montaigne en el cultivo de un arte epistolar que prefigura lo que sería el gran descubrimiento del francés: el ensayo, como género literario maridado con la autobiografía, porque el objeto de la pluma de Montaigne es él mismo, como repite a menudo en su obra. Guevara no se centra tanto en sí mismo como Montaigne, por supuesto, pero, en la medida en que responde a consultas la mar de peregrinas sobre mil asuntos de muy diversa naturaleza, las epístolas acaban conformando una suerte de poliantea en la que no faltan las confidencias íntimas, los relatos clásicos, las habladurías de la Corte, los apólogos, la investigación humanista, las reflexiones sobre la dieta, el matrimonio, la virtud e incluso la teoría política, a propósito de su intervención directa, supongo que por encargo del Emperador, en el asunto de la revuelta comunera para tratar de reconducir al sometimiento al rey a los airados nobles que, frente a la influencia de los extranjeros de confianza del rey en el gobierno de Castilla, acabaron promoviendo poco menos que la desaparición de Castilla y la emergencia de una suerte de ciudades-estado o reinos independientes, para lo que se aliaron con las clases populares. Guevara no era un hombre de acción, al menos él tiende a retratarse como un hombre de Corte que se mueve a disgusto en ella y echa constantemente de menos el retiro del convento para poder dedicarse al estudio y a la escritura. Estamos en presencia, pues, de un intelectual al que su condición de obispo encumbrado en la Corte lo lleva a participar en hechos históricos que chocan con su necesidad imperiosa de retirarse a la soledad que añora su condición de filósofo; un hombre que se ha ido construyendo a sí mismo poco a poco y que es consciente de qué es la construcción de una vida acreditada por los hechos, no por virtudes supuestamente sobrevenidas por nacimiento o herencia de clase: La honra es muy poco tenerla y muy mucho merescerla.  Su fama fue creciendo con el tiempo, de igual modo que ascendía en la escala social, y ahí hemos de ver la explicación de su relación con tantos nobles que se dirigen a él en busca de consejo, para que los ilumine sobre algún aspecto doctrinal, para que les confirme la fuente originaria de tal expresión clásica o incluso para solicitarle que se digne escribir una carta de amor para que un viejo noble pueda conquistar los favores de una joven dama (Escrebisme una cosa, la cual habíades de tener vergüenza de la escribir, pues la tengo yo agora de os responder; conviene a saber, que al cabo de sesenta y cuatro años, andáis agora muy metido en amores. Enviáisme también a rogar en vuestra letra que os escriba una carta de amores para vuestra amiga, en la cual persuada a que cumpla con vos, aunque olvide un poco a Dios. (…) En tal edad como la vuestra, más os habéis de regir por la campana que tañe a las diez a queda, que  no por la que tañe de mañana a prima) , que a esos extremos de cotidianidad extravagante y curiosa se llega en estas epístolas, un ramillete de preocupaciones de la vida cotidiana, no siempre culta, pero sí siempre humana e interesante, porque el conjunto de las epístolas, sin constituir la Crónica del reinado de Carlos I que nunca escribió, sí que son una radiografía casi naturalista -como diría Américo Castro de ellas- del primer tercio del siglo XVI. El atractivo de estas epístolas va, sin embargo, bastante más allá del curioso contenido de las mismas, para centrarse en el trabajado estilo del autor, curtido en la creación de las estructuras cuatrimembres, las paralelísticas, las similicadentes y, por supuesto, y casi como “marca de fábrica”, en el uso constante del  homoioteleuton o prosa rimada, y todo ello, sin embargo, y aunque cueste creerlo, sin perder en ningún momento el tono de confidencia llana con que se conversa con alguien íntimo o cercano; en modo alguno se trata de una prosa afectada, sino elaborada, que es muy diferente, pero Guevara es muy consciente del carácter casi coloquial que han de tener las cartas, y lo imprime a las suyas, aunque ello no obsta para que las salpique de citas latinas -un recurso omnipresente en Montaigne, por cierto-  que usualmente traduce, aunque no siempre, y las abarrote de referencias a obras clásicas, en lo que constituye un recorrido por las “autoridades” clásicas greco-latinas de las que tan cerca se siente el humanista al que la política y la religión tantas horas del placer del estudio le robaron, y también de anécdotas propias de esas colecciones de apotegmas que ocuparon un lugar importantísimo en la producción literaria española de finales del XVI. Tomemos como ejemplo estas dos enumeraciones, que parecen anticiparnos el barroco:  Una sobre el estado de casado, contra el que escribe desde la objetividad del religioso y desde la misoginia medieval que aún no acaba de desaparecer del todo, a pesar de la revalorización de l mujer que supuso el Dolce Stil Nuovo poético: La riqueza congoja, la pobreza entristece, el navegar espanta, el comer empalaga y el caminar cansa; los cuales trabajos todos vemos entre muchos estar derramados, sino es en los casados, que están todos juntos; porque el hombre casado pocas veces le vemos que no ande acongojado, triste, cansado, empalagado y aun asombrado, digo asombrado de lo que le puede acontescer y su mujer osar hacer. La otra, una confidencia sobre su condición de cortesano a su pesar: De mí le hago saber que estoy con todas las condiciones del buen pleiteante; es, a saber: ocupado, solícito, congojoso, gastado, sospechoso, importuno, desabrido y aun aborrido, porque pleiteamos el señor arzobispo de Toledo y yo sobre la Abadía de Baza, sobre la cual tengo por mí una famosa sentencia.  Sin querer abusar del término, Antonio de Guevara es un autor “moderno”, en lo que la modernidad intelectora tiene de antiguo, esto es, de devoción por el conocimiento, por el estudio, por la frecuentación de los clásicos, por la curiosidad desmesurada por todo, por la autoexigencia del rigor expresivo, por el interés por todo lo humano y lo divino que jamás le es ajeno, o por la amplitud de miras humanista que lo lleva a considerarse antes ciudadano del mundo que hijo de una nación concreta: Estos insulanos agitas eran en toda la Grecia tenidos por hombres muy cuerdos, y no poco esforzados, y ordenaron entre sí mismos que ninguno se osase llamar natural de aquella isla si no hubiese primero hecho alguna notable hazaña, porque, según decían ellos, la tierra es la que se ha de presciar de tener tales hijos, que los hijos de ser más de una que de otra tierra. Antonio de Guevara nos ofrece con estas Epístolas familiares un valioso modelo de intelector, precursor de Montaigne. No estamos ante una obra perfecta -no son pocos los que acusan a Guevara de no ser riguroso en el uso de las fuentes, de inventarse algún destinatario y de no haber renunciado a la imaginación en su manual del príncipe cristiano que es el Reloj de príncipes, ampliación del Libro áureo de Marco Aurelio, pero, en su género, me parece una colección que no tiene desperdicio y una fuente, fiable en lo que de fiable tienen las versiones de los hechos en política desde uno de los bandos, interesante, en todo caso, sobre esa Guerra de las Comunidades que tanto divide a los historiadores. Su visión de la Corte casi como un auténtico nido de víboras Américo Castro señala el éxito indiscutible que tuvo la obra de Guevara en Francia, por ejemplo: las famosas Epistres Dorées se editaron en francés más de diez veces entre 1556 y 1578; y hubo también unas veinte ediciones del Horloge des Princes (Reloj de Príncipes) entre 1531 y 1608. Traigo los datos para despejar las dudas de quienes, neciamente, piensen que se trata de una obra localista que no trasciende las fronteras patrias. De igual manera que a Gracián poco menos que nos lo descubrieron los alemanes, bien podemos deducir de ese éxito francés que a ellos haya de deberse la revalorización de un autor que, ciertamente, no parece gozar de excesivo predicamento entre nuestros intelectuales, aunque sí, afortunadamente, como esta recensión quiere indicar, entre nuestros intelectores, de quienes me erijo en portavoz accidental y entusiasta. A mí, particularmente, me han llamado la atención las referencias autobiográficas con que Guevara esmalta su respuestas, sobre todo aquellas que nos revelan no tanto un pensamiento como un carácter, un modo de estar en el mundo con el que cualquier puede simpatizar, empatizar o meramente sentirse cercano. Se trata de detalles que revelan un modo de reaccionar que delata la dimensión exacta de su humanidad, sea por sus méritos, sea por sus defectos. A nadie puede llamar a engaño la mentalidad conservadora del prelado, pero todos podemos advertir en sus escritos su talante liberal y la ecuanimidad de sus juicios sobre las innumerables flaquezas humanas, propia de quien ha frecuentado los clásicos y, sobre todos ellos, ha escogido como guía el estoicismo de Marco Aurelio y el idealismo del “divino” Platón. Y lo cierto es que empieza por él mismo, porque son frecuentes las confidencias sobre su persona y sus estado de ánimo, como cuando nos revela que Escrebir corto o largo, escribir tarde o temprano, escribir polido o desabrido, ni está en el juicio que lo ordena, ni en la pluma que lo escribe, sino en la materia de que se trata, o  en el tiempo que lo lleva; porque si está hombre desgraciado escribe lo que no debe, y si está contento dice lo que quiere. Homero, Platón, Esquines y Cicerón, en sus escritos, y por ellos, se quejan, y aun nunca se acaban de quejar, que cuando sus republicas estaban quietas y pacíficas, ellos estudiaban y leían y escrebían y que cuando estaban alteradas y remontadas, ni podían estudiar, ni menos escrebir. Añadamos el juicio sobre sus propias capacidades y la objetividad con que es capaz de discernir sus estados de agudeza y de embotamiento: Veces hay que tengo el juicio tan acendrado y tan delicado, que a mi parescer barrenaría un grano de trigo, y hendería por medio un cabello, y otras veces le tengo tan boto y tan remontado, que ni acierto en la yunque con el martillo y ni aun sé labrar de mazo y escoplo. Son muy interesantes sus reflexiones teóricas sobre lo que ahora los cursis llaman la gobernanza. El buen gobierno es uno de los referentes clásicos del discurso de quien en su Reloj de príncipes escribió un manual del arte del buen gobierno, inspirado, sin duda,  en la Republica de Platón: Si en las cortes de los príncipes no hubiese tantos caballos en las caballerizas, tantos halcones en las alcándaras, tantos truhanes en las salas, tantos vagamundos por las plazas ni tanto desorden en las despensas, soy cierto que ni ellos andarías tan alcanzados ni los vasallos tan agraviados. El retrato del legislador lacedemonio Licurgo, hecho por Plutarco, lo ofrece Guevara como el modelo de príncipe, y es digno de remarcar, no solo la austeridad de quien ejerce el poder, sino la dimensión social que ha de tener su obra. Si tenemos en cuenta que en la Guerra de las Comunidades actuó al lado del Emperador y frente a los supuestos alborotadores populares, llama la atención esta dimensión social que, para él, ha de tener el buen gobernante: Plutarco dice deste Licurgo que fue bajo de cuerpo, algo descolorido, amigo de callar, enemigo de hablar, hombre de poca salud y mucha virtud. Nunca fue notado de cosa deshonesta, nunca perturbó la República, nunca vengó injuria, nunca hizo injusticia, ni dijo a nadie palabra mala. Era en el comer, templado; en el deber, sobrio; en el dar, largo; en el rescebir, recatado; en el dormir, corto; en el hablar, reposado; en el negociar, afable; en el oír, paciente; en el expedir, pronto; en el castigar, manso, y en el perdonar, benigno. (…) También se escribe de que fue el primero que invento en Grecia haber  casas públicas de los bienes públicos fundadas y dotadas a do los enfermos se curasen y los pobres se recogiesen. (…) Ordenó y mandó Licurgo que todos los montes y prados y casas y heredades se partiesen e igualmente se dividiesen, para quitar que no hubiesen ricos que tiranizasen, ni pobres que se quejasen. (…) Cinco cosas les enseñaban cada día que guardasen, las cuales un pregonero, puesto en un alto de la plaza, las pregonaba diciendo: “Lo que manda el Senado de Licaonia es que honréis a los dioses, seáis pacientes en las adversidades, obedezcáis a los censores, os vecéis a los trabajos y que volváis de las guerras muertos o vencedores. Las Epístolas familiares nos ofrecen también un modelo de perfecto caballero cortesano muy en relación con la obra de Baltasar de Castigliones, El cortesano, nuncio del Papa en Toledo durante el reinado de Carlos V y a quien, a buen seguro, hubo de tratar de Guevara, pues la sensibilidad humanística de ambos es idéntica: Lo que al caballero le hace ser caballero es ser medido en el hablar, largo en el dar, sobrio en el comer, honesto en el vivir, tierno en el perdonar y animoso en el pelear, por más que su visión de la Corte se corresponda con la de la Caína, o poco menos:  Decís, señor, que os escriba qué es la cosa en que más ocupo el tiempo, y a esto os respondo que, según los cortesanos, tenemos por oficio malquerer, cizañar, blasfemar, holgar, mentir, trafagar y maldecir, con más verdad podremos decir del tiempo que le perdemos que no que le empleamos. (…) En las cortes de los príncipes yo confieso que hay conversación de personas, mas no hay confederación de voluntades, porque aquí la enemistad es tenida por natural y la amistad por peregrina. (…) Es de tal condición la Corte, que los que más se visitan peor se tratan, y lo que mejor se hablan peor se quieren. Las cartas contienen noticias de todo tipo, y reflexiones de notable interés, pero es curioso observar la atención que le dedica Guevara al funcionamiento del rudimentario servicio de comunicación epistolar de la época. Después de señalar que Pirro, rey de los epirotas, fue el primero que inventó correos, comenta  el retraso con que ha recibido una carta: Aunque partió de allá por agosto, llegó acá a quince de noviembre; de manera que vuestras cartas, señor, son tan cuerdas y tan bien proveídas, que antes que salgan de su tierra dejan ya hecho el agosto y vendimia. Si como era carta fuera cecina, ella hubiera tenido tiempo para venir bien sazonada, porque ya hubiera tomado la sal y aun descolgádose del humo. Y aquí advertimos ese sano humor irónico de quien lo gasta con generosidad, para delectación de sus lectores, los de ayer y lo de hoy, porque el ingenio es impagable y se conserva tan lozano como el día que se escribió aunque se lea casi quinientos años después…, como lo demuestra la cita clásica con que ilustra la irregularidad temporal en la recepción de las cartas: Filistrato, en la vida de Apolonio Tianeo, dice que era costumbre entre los ipineos de poner las datas de las cartas en los sobreescritos dellas, para que si fuesen de pocos días escritas, las leyesen, y si fuesen añejas, las rasgasen. Guevara es un apologeta de la correspondencia, a la que otorga un lugar fundamental en las relaciones humanas, algo casi obligado en un humanista, una figura que no puede concebirse sin una fluida relación epistolar con compañeros de estudio y erudición, tan alejados geográficamente: Para el hablar no es menester más de viveza; mas para el escribir es necesario mucha cordura, porque para probar si un hombre es cuerdo o loco no es más menester de ponerle unas espuelas en los pies o una pluma en la mano. O, como escribe más adelante, sobre las pruebas para determinar la sindéresis de los sujetos: Para conocer a un hombre si es cuerdo o loco, mucha parte es mirarle si escribe sobre  acuerdo y habla sobre pensado, porque no ha de escribir el hombre lo que le viene a la memoria, sino lo que le dita la razón. A los intelectores, tan apegados a los libros, los que llevamos un veneno que no nos permite ni hacer distingos entre los de papel y los electrónicos, la lectura de ciertos pasajes de las epístolas nos reconfortan especialmente, porque compartimos con Guevara esa condición de, lletraferits, que decimos en catalán, y de ahí el enfado morrocotudo del autor cuando descubre que, a traición, le han robado un preciado libro de su colección: Entre hombres doctos las burla entiéndense hasta decirse palabras, mas no hasta hurtarse escrituras. Como, señor, no tengo otra hacienda que grangear, ni otros pasatiempos en que me recrear, sino en los libros que he procurado y aun de diversos reinos buscado, creedme una cosa, y es que llegarme a los libros es sacarme los ojos; así como la declaración de amor a la tradición libresca: Yo no pienso que la sabiduría está en los hombres canos, sino en los libros viejos. El buen rey don Alonso, que tomó a Nápoles, decía que todo era burla, sino leña seca para quemar, caballo viejo para cabalgar, vino añejo para beber, amigos ancianos para conversar y libros viejos para leer. Los libros viejos tienen muchas ventajas a los nuevos; es a saber, que hablan verdad, tienen gravedad y muestran autoridad; de lo cual se sigue que los podemos leer sin escrúpulo y alegar sin vergüenza. Ante las constantes solicitudes de sus corresponsales para que investigue para ellos extremos del conocimiento que exigen una dedicación que los otros no son capaces de valorar en su justo termino de esfuerzo físico, material e intelectual, Guevara se reivindica, ¡en época tan temprana!, como un profesional del estudio que exige ser pagado de acuerdo con su dedicación y con los resultados de la misma: Si vuestro amo, el Almirante [don Fadrique Enríquez], quiere ser bien servido, también quiero ser yo muy bien pagado, y la paga ha de ser por oficio de cronista, de teólogo, de amigo y consejero, que pues no puedo ganar de comer con la lanza, lo tengo de ganar con la pluma. De todos modos, su exquisita servicialidad lo lleva incluso al etremo de atender solicitudes que a cualquiera, dado su condición monástica, le parecerían indecorosas, y de ahí el arrepntimiento de haber traducido la corresondencia amorosa de Marco Aurelio, por ejemplo, o de oner en claro las biografías de tres cortesanas célebres, Lamia, Flora y Layda, a quien su corresponsal había confundido con santas en un retrato. He aquí su “retractación” por aquella correspondencia amorosa: Siendo, como yo era, en sangre limpio; en profesión, teólogo; en hábito, religioso, y en condición , cortesano, bien excusado fuera a mí oficio de enamorado; es a saber, en pararme a escribir aquellas vanidades, o aquellas liviandades; por lo cual, yo, pecador, digo mi culpa, mi gravísima culpa, pues ofendí a mi gravedad y aun a mi honestidad. Muchos señores y aun señoras, se paran a linsongearme y alabarme del alto estilo en que traduje aquellas cartas y de las razones tan delicadas y enamoradas que puse en ellas, y mejor salud les dé Dios que yo tomé dello gloria, ni aun vanagloria, porque así me afrento cuando me hablan en aquella materia, como si me echasen una pulla. Finalmente, que no quiero abusar una vez más de los escasísimos intelectores que se atreven a entrar en este Diario, también, como sucede en Montaigne, hay en las Epístolas Familiares espacio para las noticias curiosas, sobre todo en el capítulo de las costumbres de pueblos bárbaros o lejanos cuyas prácticas tan alejadas están de las de los lectores de Guevara, pero también otras como la afición del autor a leer epitafios (No puedo negar que, a manera de borracho que huele a do hay buena taberna, así a mí se me van los ojos a do hay una sepultura antigua, para ver si hallare allí alguna letra que leer, y algún letrero que sacar), un género literario sobre el que ando ya tomando notas para una futura entrada, o su interés por la dieta alimentaria, por ejemplo.. Dejo aquí, espigadas al azar, algunas de ellas que, a buen seguro, sorprenderán a buena parte de esos mínimos intelectores:
Ley Falcídica: Por el primer delito cometido fuese el hijo avisado; por el segundo, fuese castigado, y por el tercero, que fuese el hijo ahorcado, y el padre, desterrado.
Los masajetas, en muriendo el hombre o la mujer, les sacaban toda la sangre de las venas y, juntos aquel día todos sus parientes, bebían la sangre y después enterraban el cuerpo.
Los batros, que era una gente muy bárbara, curaban al humo todos los cuerpos, como se curan agora las cecinas, y después entre año, en lugar de cecina echaban un pedazo del cuerpo del muerto en la olla.
Si al padre se le moría el hijo, o el hijo al padre, o el amigo a su amigo, usaban algunos de los egipcios raerse la mitad de los cabellos de la cabeza, en señal que se les había muerto el amigo, que era la mitad de su corazón.
Adriano mandó poner estas palabras en su sepulcro: “Perii turba medicorum”. Como si más claro dijera: “No me habiendo podido matar mis enemigos, vine a morir a manos de médicos”.
Laercio y Lactancio dicen que las causas por las que los griegos evitaban los médicos eran porque:  cogían en mayo yerbas odoríferas que tenían en sus casas, y porque se sangraban una vez en el año, y porque se bañaban una vez en el mes, y porque no comían más de una vez al día.
Bien está que acabemos con el aforismo que, acaso, más se haya destacado de estas Epístolas familiares, nacido, propiamente, de la directa experiencia del autor, a tenor de lo leído en ellas: El aconsejar es un oficio tan común que lo usan muchos y lo saben hacer muy pocos.