miércoles, 29 de agosto de 2018

“Emblemas”, de Andrés Alciato y “Empresas políticas” de Saavedra Fajardo.






La fértil  tradición del humanismo desde el Derecho y la Política: el apogeo de los apotegmas y las sentencias o  la sabiduría clásica moral quintaesenciada.


Tenía ganas de detenerme con continuidad en estos dos libros de mi biblioteca en los que piqué, de estudiantón, sin ceder a la exigencia imperativa del detenimiento en ellos que aquellos tiempos de nefasta formación requerían. ¡Cuánto más hubiera ganado con su lectura que con la inmersión alocada en aquellas pilas infectas de bibliografía barata con que los malos profesores sustituían la palabra luminosa que ellos no tenían sobre los textos originales cuyas bondades debían, en principio, esclarecernos! El viejo debate con una profesora estirada y enmohecida: “descubrir mediterráneos”, llamaba ella a sacar conclusiones de una lectura individual de las obras que ella sepultaba bajo una tonelada de volúmenes de sus comentaristas canónicos, en los que, a su parecer, ya “todo” estaba dicho. Solo “descubriendo mediterráneos puede uno, ejercitándose en ello, descubrir, después, algún océano ignoto”, le contradecía. ¡Lo que le hubiera gustado suspenderme! Y me puso un 6 en un trabajo sobre El criticón de Gracián que escribí, íntegro, en el viejo Café Zúrich de Plaza Cataluña, reconociendo a regañadientes que le habían sorprendido algunas conclusiones… Pero de lo que yo quiero hablar no es de mi pernicioso paso por las aulas de la UB, auténtica alma madráster del conocimiento, excepto por el magisterio del insigne José Manuel Blecua, que en gloria de Hermes esté, sino del placer inequívoco que cualquier lector no especializado ni filólogo de profesión va a hallar en la lectura, quizás un pelín exigente por su hermoso castellano antiguo, lleno de sabor a raíz germinal de nuestra lengua, de dos obras hijas de un mismo género aforístico y  epigramático. Si Alciato es hijo de Erasmo; Saavedra Fajardo lo es de ambos, pero también de Maquiavelo. La diferencia notable entre el libro de Alciato y el de Saavedra Fajardo es el planteamiento general ético del primero y el carácter inequívocamente político, de “manual de príncipes”, del de Saavedra Fajardo, un curtido embajador que reflexiona, al final de su vida, sobre un arte al que le dedicó una asendereada existencia. Son, pues, libros complementarios e ilustrativos de una corriente de pensamiento humanista de origen greco-latino que está en la base de la civilización europea y a la que conviene volver de vez en cuando la vista para saber de dónde venimos y cuál es nuestro mejor equipaje para nuestras aventuras personales y colectiva. La originalidad de los emblemas de Alciato radica en la unión del texto, en principio de origen griego, y de la ilustración alusiva. Aunque parezca mentira, dada la simplicidad de la fórmula, me ha costado lo mío averiguar que Breuil, tal cual, a secas, fue el ilustrador de la edición de 1531 y que los ilustradores fueron variando según quién editara los Emblemas. Así, la traducción que he leído de Bernardino Daza, el “Pinciano”, de 1549 ya lleva ilustraciones de Pierre Eskreich o Pierre Vase, pues ambos nombres aluden a la misma persona. Así pues, la responsabilidad de Alciato se ciñe a los textos y, junto a ellos, los editores o reproducen las ilustraciones ya existentes o crean otras nuevas. Lo llamativo, frente a otras ilustraciones anteriores de libros de contenido parecido, es el aprovechamiento de toda la página con una decoración profusa en arabescos y vegetales con voluntad de marco escénico del contenido. Las preocupaciones del autor van diseminándose en esas “ventanas” decoradas junto a dibujos que reflejan lo que los textos indican, textos en los que predomina la intención de una lección moral, cívica o política, ajustada al saber tradicional y al de los grandes autores de la filosofía. Pocos ámbitos de la realidad y de la reflexión moral caen fuera de los Emblemas, e incluso hay una serie de ellos dedicados a los árboles, como si fueran nuestros parientes más cercanos, un pensamiento que se sustenta en la protección especial que exige la Biblia para con ellos, cuya tala está radicalmente prohibida, y ya se entiende, en aquellos terrenos desérticos del Asia Menor. Daza, es el traductor del libro de Alciato, escrito en latín, la lengua culta de entonces, y no solo se siente orgulloso de su traducción, sino que reta a cualquiera a llevarla a cabo sin haber leído la suya previamente: El que quisiere ver quánto trabajo me aya costado hacer este librillo de buen latino mal Castellano, procure de traducirle otra vez sin tener este nuestro delante.No soy quién para discernir el buen o mal latín de Alciato, pero sí pedo asegurar que el castellano de Daza sorprenderá gratamente a los lectores, sobre todo si se mantienen las grafías originales. Reconozco que lo mío es vicio -como ver las películas en versión original, sea cual sea la lengua en que en ellas se hable-, pero leer el castellano antiguo sin adaptación al tiempo presente le añade a la lectura un placer diacrónico de muchos quilates. En cualquier caso, la sabiduría reunida en los Emblema traza un panorama de un estado moral europeo que no debería sernos tan ajeno como la antigüedad de la obra da a entender, porque esta colección de “avisos” que conviene tener presente para mejorar nuestra vida cotidiana y ajustarla a principios morales incontrovertibles, sigue teniendo hoy idéntico valor al que tuvo en su época. No olvidemos que la obra de Alciato tiene mucho que ver con una de las obras cumbre de Erasmo, los famosos Adagia, una colección de proverbios griegos y latinos, que se adelantan un tercio de siglo a la obra del jurista italiano. Este movimiento literario centrado en ese campo prodigioso de los proverbios, los refranes, las sentencias, los aforismos, los adagios, los apotegmas, etc. va preparando la eclosión de libros dedicados al tema que, en nuestra literatura, culminará en esa obra prodigiosa que es Agudeza y arte de ingenio, de Baltasar Gracián, lectura en la que disfrutará quien se pierda para ganarse más avisado y, acaso, algo más ingenioso de como en ella entró. Finalmente, antes de entrar en algunas muestras de  la traducción de Daza, quiero recordar que la obra se publicó en Lyon, en 1549, pero, para encontrar una edición hecha en España, en castellano, habrá de esperarse hasta la que publicó en Nájera, en 1615, Diego López, en la imprenta de Juan de Mongastón, en la que se reproducían los grabados de la de 1549 pero con algunos errores. Lo propio es que el titular del Emblema sintetice en breves palabras el contenido -propiamente lo representado en el dibujo- que se explicita a través de la composición poética breve en que se declara. Como reproducir texto e imagen alargaría al infinito esta entrada, he escogido ciertas expresiones felices de la traducción de Daza que inducirán, ¡eso espero!, a la lectura de su obra:

La concordia: De la concordia muy clara figura/son las cornejas, en quien la pureza/(sin ser jamás rota) de amor dura.

Que en el matrimonio se requiere reverencia: Quando de Venus en furor se enciende/la bívora y se allega a la ribera,/pidiendo con silvar lo que pretende,/a la Murena faz’ salir afuera,/que con presteza da lo que ya entiende,/mostrando a los casados la manera/ como a de ser el tálamo tratado/ con ánimo de entrambos concertado.
Sí, choca, en efecto, que la morena o la corneja sean animales “ejemplares”, pero en estos emblemas hay no poco de los lapidarios, herbolarios y bestiarios que dominaron la Edad Media, y en la que el valor de piedras, animales y plantas no necesariamente coinciden con la visión de ellos que tenemos en nuestro presente.

La Amistad que dura aun después de la muerte: Pues no es perfetto amor el que no dura/ al menos hasta el ir de aquesta vida,/bueno será buscar amigos tales/ que quedos siempre estén a nuestros males.

Que los doctos lexos de su tierra son más estimados: De Persia vino el árbor que esta fruta/nos da, porque, después que es desterrada,/como antes su veneno no executa. /La lengua humana en su hoja está pintada,/ y el fruto tien’ la imagen absoluta/ del corazón. Tu sciencia transplantada/ (Alciato que en hablar y saber vales)/honrras acanzará más inmortales.

Que el señorío no admite compañero: Quán mal admitta el mando compañero/ declara el ave que en Grecia es llamada/ Erythaco, que jamás por entero/tuvo consorte, en rama d’él morada.

Contra los que aman a las rameras: El Sargo pez (cosa maravillosa)/ del amor de la cabra es encendido,/de donde el pescador, con la vellosa/ piel de la cabra todo bien vestido,/echando la sotil red engañosa/ le engaña con amor falso y fingido./ La cabra es la ramera, y el sargo peze/ el triste amante de que de amor pereze.

Que del estudio de las letras nace la inmortalidad: Tritón que es de Neptuno trompetero,/medio hombre y medio pez, está cercado/de una serpiente que por lo postrero/tiene su cola asida de un bocado. /La Fama favorece a el hombre entero/en letras, y pregona ansí su estado,/ que le hace retumbar hasta que asombre/La tierra y mar con gloria de su nombre.

La necedad: L. ¿Qué monstruo es este? A. Sfinge. L. ¿Por qué tiene/ el rostro de muger, y plumas de ave,/ y piernas de león? A. Porque es la llave/ de la ignorancia lo que aquí contiene./ Que aquesta enfermedad, a uno viene/por la sobervia, a otro por suave/ deleite, a otro porque antes que acave/de madurar su liviandad mantiene;/
Sí, también se emplea el diálogo en los emblema, uno de los géneros predilectos del humanismo. Y es innovación formal de Daza señalar los interlocutores explícitamente.

Que todo se debe hazer con sazón: Un medio entre pararnos e ir depriesa./Aquesto aqueste pez mostrar desea,/porque él es tardo y la saeta amuesa*. [Latinismo de amissa, “enviada”]

La estatua de Baco: [Baco] Porque quien moderarse sabe/ en mocedad perpetuamente dura.(…) De allí fue cuerdo quien la fuerxa mía/ mezcló con agua, y quien me beve puro/abrasa sus entrañas a porfía. (…) Un vaso de buen vino ser aguado/ con doblada agua (por lo menos) quiere. (…) No ay bien que no se agüe en esta vida.
Recuérdese que aguar el vino era también una exigencia socrática, según se lee en los Diálogos de Platón. Se tardará mucho, en Europa en beber el vino puro, que antes de ser bebida del placer fue medicina, administrado sin agua.

Que el virtuoso Amor venze a Cupido:  Al fuego del Amor con otro fuego/ con arco al arco, a alas con las alas/ la Némesis amó, porque Amor ciego/ (como las hizo) suffra cosas malas./ No le basta llorar, no basta ruego,/escúpese tres vezes en sus galas,/con fuego el fuego (gran cosa) se inflama/del Amor aborreze Amor la llama.

Que la letra mata y el Spíritu da vida: Las letras halló Cadmo, que fatigan/el alma, mas las sciencias la mitigan.

La temeridad: En vano aprieta el freno el carretero/a quien lleva el cavallo desbocado/a derribarle de un despeñadero. /No te confíes de hombre sonlocado,/en quien no ay uso de razón entero,/siendo por su alvedrío gobernado.

Contra los suzios: La Ibis en el Nilo conoscida,/que con el pico a cámara provoca/su vientre, como quien recibe ayuda,/es afrentoso nombre, con que toca/Battiades y Publio ser la vida/de su enemigo baxa, sucia y loca. [Los egipcios, observadores como eran, comprobaron que esta singular ave exótica introducía su largo pico encorvado lleno de agua en el ano para limpiarlo, y he aquí que aparece la idea de los enemas (2.500 a.C.). Tanto Calímaco(Battiades) como Ovidio, escribieron sendos poemas contra dos enemigos suyos a quienes encubrieron bajo el nombre de Ibis.]
Curiosamente, el emblema LXXX original de Alciato, que tenía que ver con una defecación  en un pozo, después en una vasija en una alcoba, fue, finalmente, expurgada y desapareció de la colección.  

Decía así, en su original latino: Adversus naturam peccantes
 Turpe quidem factu, sed et est res improba dictu,
  Excipiat siquis choenice ventris onus.
Mensuram, legisque modum hoc excedere sanctae est,
  Quale sit incesto pollui adulterio
.


La luxuria: El Fauno con la oruga coronado/da señal de luxuria y de su llama,/que en el cabrón y oruga esto es notado,/y el Sátiro a las Ninfas sigue y ama. [La oruga es la rúcula, que tiene fama, al parecer de afrodisíaco.]

Bivir templadamente y no creer de ligero: El ser templado y no creer fácilmente/ser certidumbre de la vida humana/ dixo Epicarmo. Mira la prudente/mano con ojos, que jamás fue vana/por creer o que ve tan solamente./Mira el Poleo, señal de la anciana/templanza, con el qual apartar pudo/Heráclito del bando al pueblo rudo. [La anécdota de Heráclito tomándose un poleo-menta en medio de los disturbios de Éfeso para llamar a la reflexión a sus habitantes.]
Sería muy injusto con Alciato y la tradición clásica de los herbolarios, si no añadiera aquí, aun de manera muy resumida, el fervoroso  homenaje que a los árboles -seres tan amados por mí- les dedica en sus emblemas: Ciprés; enzina; laurel (“con polvo haze el sueño verdadero”); abeto(Nasce en los altos montes el Abeto,/para el mar conveniente. En la adversas/cosas, siempre ay de bien algún secreto.); pino; membrillo (Precepto de Solón fue que a la esposa/el membrillo por don se presentase,/por ser muy sana fruta y deleitosa,/y que en la boca suave olor dexasse.); coscoja; yedra(Es verde por de fuera su semblante,/y en lo demás la amarillez la abona,/como al que en los estudios se envejece,/de do siempre su fama reverdece.): box (…de amarillez está teñido/ como el que del Amor se siente herido.); naranjo (De Venus es este fruto dorado:/su amargor dulce claro lo demuestra/que ansí el Amor dulzagro fue llamado.); álamo blanco; sauze (Al Sauze llamó Homero pierdefruto,/y dio a entender que el que aborrece el vino/ jamás en sciencia alguna es absoluto.); moral (Nunca el moral prudente reverdece/hasta que todo el frío sea pasado,/y tiene nombre que no le merece/pues necio (con ser sabio) fue llamado).

Los emblemas de las Empresas políticas, cuyo verdadero título fue Idea de un príncipe político cristiano, representada en cien empresas, son mucho más discretos en lo que se refiere a la ilustración, porque son pequeños dibujos alegóricos de lo que desarrolla Saavedra Fajardo en cada una de las ciento una empresas que configuran una obra de madurez con fuertes componentes autobiográficos y con un afán memorialístico de primera magnitud. Queda claro, desde el principio de la obra, que Saavedra no quiere que se pierda el caudal de experiencias que ha atesorado a lo largo de su ajetreada vida como embajador y negociador en las corte de Europa. Su modelo es El príncipe de Maquiavelo, aunque coincide en sus fechas con otro libro paradigmático de ese género, El político, de Baltasar Gracián, que toma como modelo a Fernando de Aragón. El libro de Saavedra tiene un enfoque práctico que le da una personalidad muy marcada a la obra, porque, lejos de perderse en reflexiones sobre la naturaleza del Poder o de los límites de su ejercicio, Saavedra concibe el suyo casi como un libro de autoayuda al que pueda recurrir el Príncipe cada vez que la gobernación de la república le ponga en un aprieto, que es el estado natural del gobernar, como nadie ignora: [He] procurado cultivar este libro por si acaso entre sus hojas pudiese nacer algún fruto, que cogiese mi príncipe y señor natural, y no se perdiesen conmigo las experiencias adquiridas en treinta y cuatro años que, después de cinco en los estudios de la Universidad de Salamanca, he empleado en las cortes más principales de Europa. (…) Toda la obra está compuesta de sentencias y máximas de estado, porque estas son las piedras con que se levantan los edificios políticos. No van sueltas, sino atadas al discurso y aplicadas al caso, por huir del peligro de los preceptos universales. Con estudio particular he procurado que el estilo sea levantado sin afectación, y breve sin oscuridad. (…) Bien sé, ¡oh, lector!, que semejantes libros de razón de estado son como los estafermos, que todos se ensayan en ellos y todos los hieren; y que quien saca a luz sus obras h de pasar por el humo y prensa de la murmuración (que es lo que significa la empresa antecedente, cuyo cuerpo es la emprenta); pero también sé que cuanto es más oscuro el humo que baña las letras u más rigurosa la prensa que las oprime, salen a la luz más claras y resplandecientes. Vale.
Las Empresas políticas es un libro más citado que leído, eso seguro, y mi propósito es  invitar a los intelectores a recuperarlo como lectura de horas sueltas y provechosas. En estos tiempos en que Pablo Casado es cuestionado intelectualmente como líder recién elegido del PP, quiero mencionar que la edición de Anaya que he leído es una edición de Manuel Fraga Iribarne, quien no solo derrama sus saberes en un documentado prólogo, muy interesante, sino que, además, se ha encargado de seleccionar el texto definitivo de cada Empresa, con lo cual, quien lea el libro, lee, a su vez, la lectura de Fraga, y a ese respecto pueden estar tranquilos: Don Manuel, en su vertiente intelectual de catedrático, ha escogido la veta y ha dejado fuera la escasa ganga que hay en estos textos escogidos de Saavedra Fajardo, de tal manera que abe agradecerle esa “poda” que aligera una obra propiamente “torrencial” -364 pp en la edición de Fraga- , porque Saavedra tiene poca contención a la hora de escribir, por más que sea propenso a una formulación aforística que, sin embargo, acaba traicionando con prolijas explicaciones. De ese pensamiento vivo sobre lo que ha de ser una república, sobre cómo ha de ser y qué ha de hacer el Príncipe que la gobierna, iré extractando algunos fragmentos que podríamos considerar de aplicación preceptiva en nuestro presente,  salvadas todas las distancias. No estamos en presencia de un escéptico o de un librepensador, pero Saavedra se acerca mucho a la imagen del intelectual desprejuiciado que se encara con la realidad y no quiere ni que le engañen ni engañar él a otros, y menos, por supuesto, al Príncipe que puede beneficiarse de sus enseñanzas. Dejamos de lado tópicos recurrentes, como que la historia es maestra de la verdadera política, y entramos en lo que las Empresas tienen de auténtico tratado antropológico en el cual el estudio de las pasiones del alma ocupan un lugar preferente, dado que el Príncipe, para poder serlo con eficacia y justicia, ha de ser, antes que nada, un perfecto ejemplo de hombre templado, equilibrado, de ahí que no haya de ser, jamás, juguete de pasiones ni arrebatos que, como la ira, por ejemplo, pueden acarrearle grandes daños: En la ira no es un hombre el mismo que antes, porque con ella sale de sí. No la ha menester la fortaleza para obrar, porque esta es constante, aquella varía; esta sana, y aquella enferma. (…) No se vencen las batallas con la liviandad y ligereza de la ira. Ni es fortaleza la que se mueve sin razón. Y, finalmente, el príncipe que se deja llevar por la ira, pone en la mano de quien le irrita las llaves de su corazón, y le da potestad sobre sí mismo. Todo el libro está lleno de un conjunto de aforismos morales que, adecuadamente extractados, podrían habernos dado un volumen como el de los aforismos de Antonio Pérez, tan celebrados en su momento cuando fueron extractados de sus cartas españolas y latinas: No es menos peligrosa la buena fama que la mala. (…) No se teme a los hombres el vicio, porque los hace esclavos; la virtud sí, porque los hace señores. (…) La pompa engendra soberbia, y la soberbia ira. Hay una permanente loa de la contención y la brevedad, ya digo, como muestra de la necesaria sindéresis que ha de manifestarse en las palabras y obras del Príncipe:  Los razonamientos breves son eficaces y dan mucho que pensar. Ninguna cosa más propia del oficio de rey que hablar poco y oír mucho, porque, como es bien sabido, desde la sabiduría popular,  los locos tienen el corazón en la boca, y los cuerdos la boca en el corazón. Saavedra Fajardo se me ha revelado como un autor sorprendentemente “moderno” para su época, en la medida en que ni siquiera comparte algo que fue doctrina incuestionable de los reinos europeos hasta la Revolución Francesa, propiamente: el origen divino de los reyes: La naturaleza no hizo reyes; que la purpura es símbolo de la sangre que ha de derramar por el pueblo, si conviniere, no para fomentar en ella la polilla de los vicios; que el nacer príncipe es fortuito, y solamente propio bien del hombre la virtud; que la dominación es gobierno, y no poder absoluto, y los vasallos súbditos, y no esclavos. (…) No se eligió el príncipe para que solamente fuese cabeza, sino para que, siendo respetado como tal, sirviese a todos. Esta misma visión  del Príncipe como sujeto de deberes, más que de derechos, no deja de ser, en cierto modo, un visión adelantada a su época ¡y aun a la nuestra!, a juzgar por cómo ciertos representantes democráticos más parece que hayan sido elegidos para “aprovecharse” del Poder que para usarlo en provecho de la comunidad. De hecho, es curiosa su teoría de la fiscalidad, tan progresista: No se han de imponer los tributos en aquellas cosas que son precisamente necesarias para la vida, sino en las que sirven a las delicias, a la curiosidad, al ornato y a la pompa; con lo cual, quedando castigado el exceso, cae el mayor peso sobre los ricos y poderosos y quedan aliviados los labradores y oficiales, que son la parte que más conviene mantener en la república. Llama la atención de cualquier intelector avezado la defensa de la libertad de expresión que invoca Saavedra Fajardo, quien siempre está presto a recordar que el pueblo tiene derechos y, entre ellos, el de ser oído, por más que en los palacios se procura divertir con los entretenimientos y la música los oídos del príncipe, para que no oiga los gemidos del pueblo. Esa libertad de expresión la extiende Saavedra incluso a los libelos contra el rey y sus consejeros, como medida higiénica para la salud de la república: La murmuración es argumento de la libertad de la república, porque en la tiranizada no se permite. (…) “Dejadlos murmurar, pues nos dejan mandar”,  decía Sixto V a quien le refería cuán mal se hablaba de él en Roma. (…) Por las alabanzas y murmuraciones se ha de pasar, sin dejarse halagar de aquellas ni vencer de estas. (…) Es de príncipes saberlo todo; pero indigna de un corazón magnánimo la puntualidad en fiscalear las palabras. La república romana las despreciaba, y solamente atendía a los hechos. Y. finalmente, esta apelación sorprendente a la verdadera necesidad del Príncipe para evaluar su acción de gobierno, ¡y que tanto contrasta con el rigorismo con que se tratan en nuestros días ciertas libertades expresivas!:  Procure también el príncipe que lleguen a sus ojos los libelos infamatorios que salieren contra él; porque, si bien los dicta la malicia, los escribe la verdad, y en ellos hallará lo que le encubren los cortesanos, y quedará escarmentado en su misma infamia.  Como no podía ser de otro modo, dado lo que vamos leyendo de este autor tan injustamente olvidado…(quizás sea necesario que vaya preparando un entrada sobre el descuido e incluso indiferencia con que tratamos todo lo “nuestro”, sin pecar de chovinismo, pero defendiéndolo con convicción), son muchas las páginas que Saavedra dedica al fundamento de la república, que no es, como pudiera pensarse, la institución real, el Príncipe, sino la ley, que precede a quienes, solo gracias a ella, ejercen su ministerio: La ley le constituye y conserva al príncipe, y le arma de fuerza. Si no se interpusiera la ley, no hubiera distinción entre el dominar y el obedecer. Sobre las piedras de las leyes, no de la voluntad, se funda la verdadera política. Líneas son del gobierno, y caminos reales de la razón de estado. ¿No me digan que esa manera de concluir los razonamientos, esos broches retóricos no son una joya elocuente de muchísimos quilates: líneas son del gobierno, y caminos reales de la razón de estado. ¡Y luego quieren algunos que leamos artículos, memoriales, informes y proyectos de ley de nuestros contemporáneos! Meterse en este jardín manierista, porque el arte de los emblemas tiene mucho de esa transición entre el Renacimiento y el Barroco que fue el Manierismo, ¡cómo soporta la comparación con esos textos abstrusos, anodinos y desaliñados? Denme cientos como esta de Saavedra y apártenme de esos centones insufribles que pretenden pasar por teoría política, crítica ideológica o ensayo sobre la moral y las costumbres… Estábamos, sin embargo, que es lo que importa, en lo que a Saavedra le parece el fundamento del orden social: la ley:  Mejor se gobierna la república que tiene leyes fijas, aunque sean imperfectas, que aquella que las muda frecuentemente. O, como lo dice con esplendente claridad:  El fundamento principal de la monarquía de España, y el que la levantó y la mantiene, es la inviolable observación de la justicia, y el rigor con que obligaron siempre los reyes a que fuese respetada. Ningún desacato contra ella se perdona, aunque sea grande la dignidad y autoridad de quien la comete. Entre esos desacatos, curiosamente, ha de incluirse el delito de secesión, tan de moda en estos momentos en el actual reino de España. Y es aleccionador lo que nos dice Saavedra al respecto, porque, a mi entender, tanto la pasividad de Rajoy en su momento, como la política de distensión absurda de Sánchez ahora, no atajan un problema que amenaza con escapárseles de las manos a las autoridades del Estado, si siguen con la política de paños calientes: En estos y en los demás remedios de las sediciones es muy conveniente la celeridad, porque la multitud se anima y se ensoberbece cuando no ve luego el castigo o la oposición; el empeño la hace más insolente, y con el tiempo se declaran los dudosos y peligran los confidentes. (…) Como se levantan aprisa las sediciones, se han de remediar aprisa; más es menester entonces el hecho que la consulta, antes que eche raíces la malicia y crezca con la tardanza y con la licencia. Por todo ello, Saavedra tiene muy claro que la mano blanda no es el mejor remedio para atajar ciertos males que amenazan con enquistarse en el cuerpo social:  Ninguna cosa más dañosa que un príncipe demasiado misericordioso. (…) A veces se peca más con la absolución que con el delito. Es la malicia muy atrevida cuando se promete el perdón. (…) La confianza del perdón hace atrevidos a los súbditos, y la clemencia desordenada cría desprecios, ocasiona desacatos y causa la ruina de los estados. Como vengo diciendo, se trata de una lectura en la que quien entre me agradecerá haberlo movido a dar el paso, si es que esta breve reseña de la magna obra tiene ese poder movilizador. Está tan lleno de “perlas” de la experiencia, y expresadas con ese amor al laconismo que acredita de verdadero orador clásico a quien lo usa, que quiero acabar con un pequeño ramillete de ellas para sola de los intelectores que han tenido la osadía de llegar hasta esta recompensa…
Lo que se promete y no se cumple lo recibe por afrenta el superior, por injusticia el igual, y por tiranía el inferior; y así, es menester que la lengua no se arroje a ofrecer lo que no sabe que puede cumplir.
Ningunos consejeros mejores que las murmuraciones, porque nacen de la experiencia de los daños.
Un espíritu grande mira a lo extremo: o a ser César o nada, o a ser estrella o ceniza.
No puede ser virtud la que no es hábito constante.
Mantener una maldad es multiplicar inconvenientes; peligrosa fábrica, que presto cae sobe quien la levanta.
Ninguna maldad mayor que vestirse de la virtud para ejercitar mejor la malicia. Cometer los vicios es fragilidad; disimular virtudes, malicia. Los hombres se compadecen de los vicios y aborrecen la hipocresía; porque en aquellos se engaña uno a sí mismo, y en esta a los demás.
Es la prudencia regla y medida de las virtudes; sin ella pasan a ser vicios. Áncora es la prudencia de los estados, aguja de marear: si en él falta esta virtud, falta el alma del gobierno.
Gran maestro de príncipes es el tiempo. Hospitales son los siglos pasados, donde la política hace anatomía de los cadáveres de las repúblicas y monarquías que florecieron, para curar mejor las presentes.
No siempre las novedades son peligrosas; a veces conviene introducirlas; no se perfeccionaría el mundo si no innovase; (…) lo que seguimos por experiencia se empezó sin ella.
Los naufragios, vistos desde la arena, conmueven el ánimo, pero no el escarmiento; el que escapó de ellos, cuelga para siempre el timón en el templo del desengaño.
A más príncipes ha destruido la lisonja que la fuerza. ¿Qué púrpura real no roe esta polilla, que cetro no barrena esta corona?
¡Oh, infeliz suerte de la majestad, que aún no tiene segura la verdad de los libros, siendo los más fieles amigos del hombre!
No se ha de lisonjear a un enemigo declarado. Lo que se deja de obrar con las armas, no se interpreta a benignidad, sino a flaqueza, y, perdido el crédito, aun los más poderosos peligran.
A título informativo, incluyo una brevísima selección de algunos de los emblemas usados por Saavedra para ilustrar sus Empresas:










domingo, 26 de agosto de 2018

Digresomnios


És quan dormo que hi veig clar... o una leve patología de la lectura.


Hasta este año jamás me había ocurrido algo semejante. Antes, no era extraño que, vencido por el cansancio de los entrenamientos, por el insomnnio en fase cadente o por un yantar copioso, me quedara profundamente dormido con un libro en las manos, bien modo la bendita siesta del carnero bien modo intenso sopor de la sobremesa; pero en ningún caso había nada más que una profunda suspensión de la conciencia y las percepciones sensoriales. De poco tiempo a esta parte, sin embargo, y sobre todo después de desayunar, cuando abro la letura correspondiente, me ha sucedido adentrarme en un sueño profundo, como el ortodoxo de la fase REM, en que, no al hilo de lo leído, sino propiamente contra él, me veía de hoz y coz sumergido in media res de un vívido sueño tan sorprendente como realísimo. Leía, por ejemplo, un pasaje de alguno de los volúmenes de Los episodios nacionales, ya fuera un lance bélico ya un desengaño amoroso lleno de malentendidos que prometen siempre insólitos entendimientos futuros, y, sin solución de continuidad, pasaba de los morros de una ninfa enfurruñada al guiño malicioso de un diablo con perilla, mono de lycra ajustado y resaltando un paquete dormido pero imponente, amén de la pertinente capa dócil pero viciosa... Luci o Mefi o Belce o Sata se recostaba en extraño escorzo ladeado contra la jamba de una puerta abierta a un resplandor como  vulgar promesa de feriante. Yo me quedaba parado, muy parado, a fuerza de intentar establecer la relación peligrosa entre la aparición y... ¡Imposible me era recuperar el otro elemento de la comparación! Se había desvanecido como el humo inicial con que se había presentado la visión, un humo de atrezo, más apto para escenas lacrimógenas que para entradas escalofriantes o, en el peor de los casos, solemne, tirando a pomposa. .. Eso sí, del mismo modo que soy deslocalizado del texto en cuestión -y no es culpa de ellos, me pasa con todos, sin distinción jerárquica alguna- vuelvo a él con absoluta naturalidad y sigo leyendo sin dificultad, pero con la enojosa sensación de haber introducido en ese relato una suerte de agujero negro que lo lleva a una dimensión distinta. A menudo, el texto suele ganar mucho con el desconcierto de la interrupción, y a mí, por mi cuenta y riesgo, me deja estupefacto la inverosímil persuasión realista de lo ¿soñado? Dudo de la naturaleza sómnica de esas "presencias", porque, a pesar de estar "técnicamente" dormido, estoy tan involucrado en ellas, tan presente, que la mayor parte de las veces me pregunto cómo es posible que un sonámbulo pase las hojas y siga leyendo, incluso con asentimientos o disentimientos a y de lo que lee como si mis digresomnios (¡ese es el fenómeno, en efecto, bendita palabra!) no hubieran supuesto un notorio punto y aparte en la lectura. Por lo general, lo más chocante del fenómeno es la total falta de relación entre lo leído y lo digresomniado.Yo soy el único puente de plata entre ambas realidades que parecen huir la una de la otra refugiándose en mí, o mejor dicho, avasallándome ambas para que le dé el ostrakón al rival... Esto lo digo a posteriori y en frío, o sea, con la serenidad de no estar leyendo ni digresomniando, porque a veces, pocas, pero las hay, me desasosiega ser campo de batalla de ambos fenómenos: me da por pensar que llevo todas las de perder, y a buen entendedor… Esas presencias, que borran lo leído como barre el pentotal sódico hasta el más leve rastro de conciencia en nuestro cerebro, son una fuente inagotable de imágenes y palabras, y no exagero si subrayo que suelen presentarse como secuencias cinemtográficas , específicamente como planos-secuencia muy a menudo rodados con cámara subjetiva. Ahí estoy siempre, a pie de cámara, sin pestañear, como un buzo con escafandra en aguas transparentes. Domina, entre las presencias, la del seguimiento, en  todas las variedades que las metamorfosis permiten y aun más allá, y esa posición erecta sí que tiene que ver, imagino, con el hecho incontrovertible de que casi siempre lea sentado o reclinado. ¡No quiero ni pensar qué ocurriría si esas trasposiciones me sobrevinieran mientras leo de pie! Tengo, con todo, la enorme suerte de olvidar casi al instante esos digresomnios que, lejos de entorpecerme la lectura, han acabado por sumarle un poderoso aliciente. He de confesar que cuando me siento a leer y no tengo la fortuna  de caer en uno de esos delicados estados, me siento ya algo estafado, y me da por pensar, paradójicamente, que una lectura que no favorezca esas apariciones probablemente no tenga nada que aportarme... El refinamiento del suceso estribaría en la creación de un texto que contenga ambos fenómenos, lo leído y lo digresomniado, pero ese dibujo escheriano habrá de esperar mejor ocasión, humor, tiempo y diligencia...

martes, 24 de julio de 2018

“Celebración del sentido”, una novela inédita de Rafael Carreras.



El privilegio de leer una obra singular que difícilmente verá la luz  en un panorama literario adocenado y bestsellerificado...

 Los caminos de la cultura son bastante más inescrutables que los de las divinidades, siempre tan previsibles y con una tendencia hacia la complicación melodramática que los vuelve aburridos, pesados. En el ámbito de la verdadera cultura, que no suele necesariamente coincidir -vamos, que no coincide nunca…- con lo que oficialmente entendemos por cultura reconocida o consagrada, las posibilidades de la epifanía feliz están en relación directa con la capacidad de ocupar, en el tiempo y en el espacio, el lugar por el que Azar ha de portar sus dones. Mi condición de Artista Desencajado me ha permitido tener acceso a realizaciones culturales cuya existencia, de otro modo, hubieran permanecido ignotas para mí y para el resto de los mortales, a quienes ahora me dirijo para hablarles de un texto, Celebración del sentido, que  he tenido el privilegio de conocer. Sí, privilegio, y entiéndase la palabra en el sentido en que la emplea Clarín para hablar de un personaje, Fernando Vidal, en el cuento Un jornalero: el de que podía permanecer en la Biblioteca de la ciudad, él solo, cuando todo el mundo había tenido que abandonarla por imperativo horario, aunque corriera por su cuenta el gasto de las velas para la iluminación durante esas horas de trabajo en que, como un fantasma, investigaba sobre las revueltas gremiales del medievo en su ciudad. Rafael fue alumno mío en el primer año de profesión, uno de esos alumnos en quienes los profesores advertimos enseguida, a su favor, el injusto reparto de las luces y de la sindéresis. Recuperado, gozosamente, el contacto casi cuarenta años después, no solo me encuentro con un pianista admirable, sino con la sólida, poderosa y compleja voz de un escritor en busca del género donde verter sus incomparables dones. Sí, Celebración del sentido, pretende ser una novela, y es posible que lo sea, porque hay un género de novela -ya ha escrito sobre él abundantemente en este Diario, e incluso ofrecí una Receta para confeccionarlas… , el de la novela mittleuropea, al que propiamente se ajustaría esta novela en su estado actual, que tiene tanto de derroche íntimo, intelectual, irónico, como de ajuste de cuentas con la propia biografía y una complejo visión del mundo. Es difícil, salvo en los casos de decantación nítida desde un buen comienzo, saber cuál es el género más adecuado para desarrollar nuestras capacidades expresivas. En esta novela, muy próxima a la narrativa de Robert Walser y la de Robert Musil, hay, sin embargo, fragmentos de texto que no desmerecerían, en absoluto, en El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, o en Orbe, de Juan Larrea. Doy estas referencias, antes de meterme en harina, como contexto indiscutible de un proyecto narrativo al que quizás el propio concepto de narración no le es del todo predicable. La novela nos habla de un amor perdido, el de Elsa, de unos amigos que constituyen un grupo de agitación cultural, de una codiciada cantante de ópera y de unos personajes corruptos que representan las flaquezas de una democracia formal en la que la cultura y los dineros establecen relaciones prohibidas y miserables al amparo de una ideología “regionalista”, digámoslo así, porque la indignada parodia contra ese estado de cosas  se refugia, precisamente, en la ironía, el sarcasmo y la ambigüedad transparente. Hay no poco de autobiográfico en la novela, no solo por lo que afecta al narrador, limitado sosias del autor, sino también por multitud de detalles reflexivos de los otros personajes, sobre de Aymart, en cuya boca pone el autor no pocas reflexiones que él mismo podría asumir y defender como suyas. Esa novela centroeuropea tan intelectualizada nos tiene acostumbrados a una construcción expositiva -más que narrativa- que convierte  la percepción en el eje central de la imposible acción que, como concesión a la arqueología del género, aparece, aquí y allí, a lo largo del libro con una sólida vocación de pretexto que desaparece así que nos dejamos llevar, cautivar, seducir  y deslumbrar por los hallazgos de todo tipo que el texto nos brinda con una generosidad digna, desde luego, de que sea yo solo el único Fernando Vidal que disfrute de este privilegio. A la quintaesenciada capacidad de observación de Rafael Carreras ha de sumarse una depurada expresión capaz, además, de registros muy diversos: líricos, filosóficos, sociológicos, cómicos…, porque, además de los finísimos planteamientos en todos esos órdenes de la realidad que nos ofrece el autor, este intelector infatigable agradece, sobre todas las cosas, el incisivo y brillante sentido del humor que preside toda la peripecia de unos personajes muy a menudo presentados como meras voces elocutivas, desprendidas de las circunstancias concretas de condiciones vitales tan comunes como el cuerpo, los hábitos, el espacio común o las expresiones vitales habituales: la calle, la casa, la cocina, la alimentación, la higiene, el clima, qué sé yo…, todos esos minúsculos actos casi insignificantes que nos construyen como seres sociales en un tiempo y un espacio concretos, en una lengua y en una Historia, y en una formación. He de excluir, eso sí, las hermosas páginas que aparecen en la novela dedicadas al paisaje, a su descripción minuciosa y al romanticismo implícito en ellas, porque, además de una sensibilidad hacia la materialidad específica del paisaje, hay una proyección emocional indiscutible, al menos a mi modesto entender. Es hora de entrar en la selección de esos higlights operísticos que ayuden al lector de estas líneas a hacerse una idea más o menos cabal de qué tipo de narrativa nos propone el autor. Hay, me parece, una cierta intención de construir los capítulos como “retratos”, individuales, dobles o múltiples, corales, ateniendo al encadenamiento de discursos que, aun perteneciendo a personajes distintos -y eso incluso podría entenderse como una cierta debilidad del intento narrativo-, este intelector se atreve a defender que pueden ser asociados -hasta donde se me alcanza- con el autor, lo cual nos deriva hacia una “confesionalidad” o la creación de un “yo lírico” que aproxima este intento novelístico a aquellos autores, sobre todo Pessoa y Larrea, de quienes ya hablé ut supra. Que nos movamos en ese ámbito de inclinaciones expresivas nos permite identificar algunos rasgos creativos que son, sin duda, habilidades notables del autor, como la finura en e análisis psicológico de la pasión amorosa: Pero quién entiende, por otro lado, la gramática del dolor cuyo léxico destruye la carne. Quien ha pasado por el dolor, quien se ha fortalecido y debilitado por el dolor, tendrá cosas particulares que decir, o que evitar decir. El contacto del narrador/protagonista con el círculo de “iniciados” en la dialéctica que se enfrenta al Todo con afán de comprenderlo, de reducirlo, de disolverlo, para lo que es preciso abordarlo desde un pluriperspectivismo que queda manifiesto en el texto con las reflexiones, desde ángulos tan insólitos, como las que nos asaltan durante la lectura: Desde un punto de vista intelectual, el deseo es poco más que una pulsión desasida de objeto. Sin embargo, quien conoce el placer, tan ratificador, que resurge inmediatamente tras la satisfacción y que consiste en saber que pronto se volverá a desear lo mismo, con la seguridad de que se obtendrá aquello que se desea, cuenta el tiempo a su manera, en forma de cumplimiento, retorno y ausencia. A los lectores avisados no les habrá pasado por alto ese final de párrafo, tan barroco, como quien cierra, con la recolección de rigor, una estructura de diseminación. En efecto, las páginas de Celebración del sentido constituyen un hermoso capitulo actual de una tendencia reunida y clasificada por Baltasar Gracián en uno de los grandes libros de nuestras Letras hispánicas: Agudeza y arte de ingenio. Es frecuente, además, que a esa fina agudeza se una el afán paradójico, tan propio de los seres libres. Sin duda, la gran paradoja del libro es la expuesta en el capítulo 13, tras haberle precedido, en el 8, una reflexión que la prepara: No sabemos gran cosa del sueño, ni tampoco dónde está el que duerme, desconocemos cuál es el lugar y si lo atraviesa o permanece en él, y si su permanencia es feliz (si es posible dar a este término un carácter plenamente simbólico, como el de una celebración) o bien está llena de incertidumbres y repeticiones obsesivas. Tal vez la inmovilidad  exterior nos engaña sobre el suceso del sueño y la posición en apariencia relajada que ha adoptado el cuerpo es la que necesita el esfuerzo interior para afrontar las dificultades que impiden un descanso profundo. Con ese antecedente, donde ya se manifiesta el grado de elucubración a que llega el autor, desembocamos, más adelante, en una paradoja fecunda como pocas: Pero, ¿quién es él, ese que nos recuerda quiénes somos? Nada más individual que un sueño nocturno, y sin embargo su imaginería abunda en lugares comunes. También es común el lenguaje de la vigilia, el lenguaje que ordena el mundo, el indescifrable. ¿Por qué el sueño elige este durmiente en lugar de otro? El recurrente, el evasivo, elige sus hombres, sus criaturas de predilección. ¿Poseen una predisposición innata o adquirida? En cualquier caso, ellos serán testigos, en la vigilia, de lo que anuncia la falta de descanso. Inevitablemente, el sueño es el anuncio de una lucidez. ¿Se puede concebir planteamiento más audaz que el de una suerte de Central de los Sueños que elige a los durmientes para endosarles este o aquel sueño? El propio final del párrafo, con toda la propiedad retórica del epifonema, es un broche de oro que nos habla bien a las claras de los sólidos fundamentos clásicos del autor, a quien seguro que no le gusta que yo aquí diga que lee a Tucídides en el original griego…, pero yo me acojo al también clásico facta, non verba… Al narrador/autor no se le escapa que el gran peligro de la inteligencia y de las personas es la dispersión - una forma de esterilidad que conduce inevitablemente al desengaño de sí mismo. Es bueno, si uno saca las conclusiones adecuadas. Pero uno cree abrazar el mundo con la vaguedad, y lo único que hace es sostener los brazos en el aire-, de ahí ese sutilísimo recordatorio que enuncia como una conjuración del peligro: Una atención dirigida constantemente a muchas cosas corre el riesgo de convertirse, más que en el ejercicio de un talento, en un tóxico. Pero eso sí que parece inevitable, en la novela, porque toda ella es una sucesión de atenciones en las que parece complacerse el narrador a modo de evasión y diversión, en su raíz etimológica, di verter: dar giro en dirección opuesta, alejarse, entretenerse, recrear. Desde esta perspectiva, la novela, a quien los fulgores de la inteligencia le susciten una emoción profunda -¡es mi caso!- es una tentación a la que resulta difícil resistirse. Es cierto que es una rareza, una novela que se ajusta a ese “cabe todo” que decía Cela del marbete “novela” que precede a cualquier texto, una pieza singular poco identificable con esas vulgaridades que “atrapan” y que te hacen leer “perdiendo el huelgo” y que “no se te cae de las manos”, pero una vez que los intelectores han aceptado el reto que el narrador les plantea, esto es, seguir desde su percepción el asalto a la ciudadela de las imposturas de la  realidad, ninguna lectura más atractiva que Celebración del sentido, probablemente una obra que, bien entrado el capítulo segundo -el primero es una joya lirica- , pierda no pocos lectores de esos a los que no se les puede pedir esfuerzos de intelección, los ariádnicos que se limitan a seguir tranquilamente el hilo que los lleva al desenlace y los devuelve al seguro anodino de la entrada del laberinto. Esa supuesta dispersión, más se parece a la aspersión mediante la que el narrador/autor va regando el jardín emblemático donde Sánchez Ferlosio pasaba sus semanas de recreo, evocación, a su vez, de los de Soto de Rojas: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, que a buen seguro son lecturas que el autor, licenciado en Filología Hispánica, habrá hecho en sus años mozos… En ese asalto a las innúmeras manifestaciones de lo real, la cuestión de la identidad ocupa un lugar preeminente, el propio que ha de ocupar en personas de tan marcado individualismo militante: Si el deseo encarna nuestra personalidad, lo hace rodeado de máscaras. Hay una multitud de posibilidades que no se han desarrollado, porque otros deseos se han situado en primera fila. Entonces, uno de ellos decide hacer de crítico y aprobar -o desaprobar- mientras el resto se limita a aplaudir y desaparecer por los corredores. De hecho, y esta vinculación literaria se me ocurre al hilo de la propia definición del concepto “espacio propio”, ¿se advierte o no el eco de Virginia Woolf en esa reivindicación de ese espacio, equivalente a la habitación propia de la autora británica?: Todos necesitamos un espacio propio, o pertenecer a un espacio que sentimos como propio, en el que estamos y nos movemos. Es un espacio imaginario en primer lugar. A veces los hechos lo rebasan, lo reducen y hasta cierto punto lo aniquilan. Pero ese espacio está ahí, de todos modos, en confrontación, tanto si lo defendemos como si no. Y allí encontramos el esperar y el desear, el prometer y el recordar. Pues bien, Celebración del sentido “es” ese espacio, y hemos de agradecer el valor del autor para ofrecerlo a la consideración ajena con un valor que a los escritores se les supone, como a los militares, pero que echa a muchos para atrás a la hora de dar el paso de “ofrecerse” casi abierto en canal ante ojos críticos que no siempre tendrán las claves de lo que el narrador les expone. La sinceridad sobre las propias limitaciones, en modo alguna fingida, sino sentida en lo más vivo del dolor que produce siempre la poca confianza en la capacidad del lenguaje para expresarnos propiamente, aparece a menudo en boca del narrador, por más que a sus lectores nos parezca una exageración que raya la falsa modestia, pero no hay tal; antes al contrario, en las páginas de la novela hay, también, como no podía ser de otra manera en un texto tan intelectualizado, una epistemología subyacente: Trataba de rehuirlas [las voces interiores del un pelma que no hay quien lo aguante] apelando a su insignificancia, a la verdadera falta de poder sobre mí de esos restos , desechos que no eran capaces de prolongarse en una ensoñación ni menos aún de articularse en un discurso, pues no eran más que el resentimiento de la incapacidad de expresarse de otra forma. Y por ahí sí que entramos en la parte más ardua, pero también gratificante para ciertos lectores, porque siempre es emocionante el reto de describir el proceso del conocimiento, y perdóneseme la longitud de esta dos citas: A esa experiencia, productora de posibilidades, pertenecía una semántica recorrida por constantes bifurcaciones, de apariencia fluida e inquieta, en la que “fuego”, por ejemplo, describía un estado singular que recreaba con sólo pronunciar esa palabra, sin aludir necesariamente al fuego. Su dinamismo impreciso, evolutivo, hacía que evitara referir tal vivencia, y guardaba para mí los símbolos que contenía. Presentía que tratar de expresarla habría sido como si, después de contemplar un cuadro que representa una escena campestre, me hubiese puesto a dar lección sobre el uso de determinada herramienta que en el aparece pintada, una hoz, y sobre la correcta forma de empuñarla, afilarla y guardarla. Y, más adelante:  La vivencia era única, se repetía porque volvía a sí misma, y en eso consistía su amplitud. Sin embargo, como las palabras son comunes no solo con oros hablantes sino también con los momentos menos extraordinarios en los que un término acostumbra a denotar de forma directa, estas acudían como por sí solas, generadas por un impulso que escapaba enteramente a mi voluntad, de tal modo que la misma palabra que nombra la llama de la hoguera servía para la agitación del álamo y también para la exaltación que surgía en mí, si se asociaba con ese momento, Y así lo hacía, como por sí sola. No se crea, sin embargo, que esta deriva gnoseológica domina la mayor parte de la novela. Aparece como forma inequívoca de manifestarse no solo el narrador sino el resto de los miembros del círculo cultural que el autor frecuenta y en el que él se incluye, si bien desde una posición ciertamente periférica y, sobre todo, crítica. Podría seguir, sin duda, porque la novela es rica en reflexiones de poderoso calado, al estilo de los dos siguientes apuntes que el narrador nos regala con esa insultante facilidad suya para captar los movimientos del espíritu: Seguramente uno pervive en la lucidez solo cuando esta proporciona, en compensación, cierto deleite en la indiferencia, o mejor aún, en el desprecio y esta magnífica apología de la radical heterogeneidad del ser que defendiera Antonio Machado en su Juan de Mairena, otro inequívoco referente para este libro singular de Rafael Carreras: Nos apresuramos a juzgar a quienes frecuentamos, pero la opinión  no abarca la multitud de personas que es un individuo a quien hemos tratado durante años, nosotros, es decir, las muchas personas que también somos y a las que, para ser justos, deberíamos exigir unanimidad para dar crédito a su plural dictamen. Pero su contenido limitado halaga nuestra inteligencia. Nunca alcanzamos a aquel que perseguimos, por eso, en lugar de guardar silencio, hablamos, intrusores en la sombra del silencio, creyendo sacudirnos de incertidumbres y temores para adoptar el protagonismo de una verdad. Y, tarde o temprano, nos permitimos una opinión, más o menos apresurada, más o menos acomodada al ecosistema de la voluntad, compuesto de carácter, deseo, representación, discriminación, desconfianza, impulso, repetición, crecimiento y fatiga. Debería dejar un espacio en blanco equivalente a quince o veinte líneas para que todas estas ideas luminosas, formuladas con tan rico estilo, fueran, a modo de berbiquí, abriéndose paso en ese otro ecosistema del lector que es la reflexión sobre lo leído…, propiamente la degustación. No quiero acabar, sin embargo, sin rebajar un poco la tensión conceptual que se ha ido apoderando de esta presentación de mi privilegio, porque acaso se acabe en mí la lista de intelectores a quienes les ha sido otorgado, por más que este presentación busque todo lo contrario, darlo a conocer para que alguien  con poder y verdaderamente amante de la cultura, con las mayúsculas de rigor, advierta el riquísimo mineral sin ganga que esta obra, de indeterminado género, es y, justo por eso mismo, sin valor comercial alguno en el mercado, pero valiosísimo  para quienes saben apreciar paraísos de Rojas como el presente. Quería acabar, ya digo, con el comentario de unas cuantas curiosidades que salpican la lectura con un espíritu de saber misceláneo que, al menos a mí, me parece que siempre enriquecen los textos. Una breve descripción de gestos tan cotidianos a los que se les encuentra una analogía insospechada: Charlaban y se reían agachando la cabeza en un gesto compartido, repetido, accionado por el resorte de la jovialidad contagiosa en la que iba y venía el ping-pong del fastidio.O una descripción lírica del amor perdido: En la aridez del lugar, su piel relucía como un bronce que disuelve la pátina de luz en humedad. O el chiste que emerge de un comparación parecida a la popular de los “colmos”: Como esperar que creciera el césped en un estadio regándolo con escupitajos…, que provoca incluso la carcajada. O el saber folclórico y social a los que remite en un paisaje, la presencia de un brote lejano de vidalba… catalanismo en el texto -clemática vitalba en castellano- , porque es la hierba con que se rodean el cuello para no quemarse los participantes en la Patum de Berga, ciudad de donde el autor es originario, y, en castellano, una especie a la que se llama “hierba de los pordioseros” porque los tales se untaban con ella el cuerpo para provocarse la aparición de llagas con las que sacar buen partido de su limosneo. ¡O la referencia, insólita para mí, un ser descorbatado durante toda mi vida, del nudo de corbata Windsor, que fui a comprobar a un tutorial de YouTube! De hecho, el propio autor viene a decirnos que esa perspectiva “rebajada” al nivel anecdótico de lo real es el alimento básico de lo que él denomina el kitsch, necesario, a su entender, para sobrellevar esta existencia nuestra en un medio tan hostil: Como publico agradecemos el kitsch, porque nos resguarda de la rigidez ética, ante la que es preferible una fantasía a medio camino entre la suposición de lo digno y lo útil, que en todo caso amuebla el mundo, siempre demasiado vacío. Y no seré yo quien le contradiga, ¡faltaba más! Lamento muy sinceramente no haber sido capaz de articular un comentario crítico que exprimiese este texto de modo que extrajera de él ese zumo de granadas que Rebeca, la cantante de ópera, sirve al protagonista, porque sería el néctar de los dioses que los escasos intelectores de esta entrada merecían. ¡Quién sabe si entre las volteretas de saltimbanqui que da la vida no acaba este texto a la venta algún día, para íntimo placer de cuantos intelectores podrían disfrutarlo! Ojalá así sea. Si no, de lo que estoy seguro es de que la voz interior del autor acabará encontrando la unión perfecta entre su dominio conceptual y narrativo y la forma genérica adecuada para que ese acceso a la difusión pública se produzca.

sábado, 30 de junio de 2018

"Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana", de Frederick S. Perls; Ralph Hefferline y Paul Goodman



Los fundamentos libertarios de una terapia que exige de los pacientes el valor del enfrentamiento y la aceptación con y de uno mismo para recuperar la espontaneidad, la libertad y la autonomía a la hora de escribir el guion de su propia vida.

Es curiosa la historia del libro “fundacional” de la terapia Gestalt, no solo la de su redacción, sino, sobre todo, la de su destino: devenir un texto de referencia que no tiene, para los gestaltistas profesionales, ese carácter de “verdad revelada” que suelen tener las obras donde se fijan los principios básicos de cualquier teoría, sea psicológica, religiosa, política, antropológica, artística, etc. A veces pasa, que los manifiestos envejecen deprisa y quedan, al final, muy distanciados de los avances que se han ido produciendo en las disciplinas que, en su día, partieron de esos textos programáticos. Piénsese, por ejemplo, en el corpus freudiano, cada día más en entredicho y buena parte de él desacreditado definitivamente, si hacemos salvedad de La interpretación de los sueños, y al margen, por supuesto de las cientos de intuiciones geniales que pueblan sus muchas páginas; considérese, hoy en día, que se habla de la refundación del capitalismo, quién abre El capital, de Marx y organiza su ideología en función de sus postulados… Algo así ha sucedido con este libro extensísimo que, en su momento, fue leído con agrado por no pocos psicólogos y terapeutas que vieron en su método una posibilidad de plantear el análisis y la curación de las neurosis con la perspectiva de un “cierre” de terapia que supusiera la curación del paciente. Cuando Perls, después de Yo, hambre y agresión, decidió probar fortuna editorial con un nuevo texto que le sirviera de carta de presentación en Usamérica de su nuevo planteamiento terapéutico, en realidad una continuación de los fijados en el primer libro, editado en Sudáfrica, atravesaba una época delicada en su vida, porque, a la profunda insatisfacción familiar, el fracaso de su vida marital y paternal, para las que, como sabía desde muy joven, “no estaba hecho”, se añadían serios problemas de salud, diversas anginas de pecho incluidas, y, sobre todo, una cierta fase de desidia y desesperanza que, poco tiempo después de publicado el libro, lo llevó a tomar la decisión de “retirarse a morir” a Miami. Para escribir el libro, Perls se asoció a dos pacientes con quienes supo organizarse para hacer él lo menos posible y obtener idéntico crédito que los dos “machacas”.  Dividieron el proyecto en dos partes, una teórica -de la que se iba a encargar Paul Goodman- y una práctica -de la que se iba a encargar Ralph Hefferline-, y Perls trabajaría codo con codo con ambos para que los borradores imperfectos que él facilitó a sus colaboradores alcanzaran un grado de calidad que permitiera convertir el texto en algo así como el texto de referencia del nuevo Instituto Gestalt de Nueva York, recién creado por el círculo reducido de pacientes de los Perls con quienes lo crearon. Por más que reprocharan a Freud la puerilidad de su círculo secreto del anillo, lo cierto es que los Perls reprodujeron, a su modo, ese ambiente de “conjurados” de la Gestalt en el círculo íntimo de los 7 defensores de la nueva terapia: Fritz y Laura Perls, Paul Goodman, Isadore From, Paul Weisz, Elliot Shapiro, Sylvester Eastman y Ralph Hefferline). Salvo Isadore From, que fue el único que usaba el texto en sus cursos de formación siguiendo un método de lectura frase a frase del mismo, al más puro estilo de la enseñanza medieval en las primeras universidades, el libro se vendió poco y mal, y sufrió una alteración capital por parte del editor, Arthur Ceppos, que acaso influyese poderosamente en su indefinición, a medio camino entre el libro de autoayuda -un género exitoso en aquellos años 50 en Usamérica- y el libro de fundamentación teórica de una nueva terapia. Ceppos había publicado, en Hermitage House,  un año antes otra “biblia” muy diferente, Dianetics, de Ron L. Hubbard, el creador de la Cienciología, aunque acabó siendo acusado de peligroso comunista por el desequilibrado fundador de la iglesia de Tom Cruise. Ese giro, anteponer la práctica en forma de procedimiento de autoayuda a la teoría, lastró el libro de Perls y muy pocos fueron capaces de empaparse de los sólidos fundamentos teóricos que desarrolló Goodman en la segunda parte. De hecho, cuando Perls se instaló en Esalen, para su aventura carismático-totémica, se olvidó completamente del libro, del que renegó diciendo que era auténtica elephant shit, aunque esa aversión a la teorización que aleja del contacto espiritual y físico con el aquí y ahora forma parte de sus innovaciones: Sobreenfatizar lo abstracto es característico de los llamados intelectuales. Con algunos de ellos se siente que lo que dicen deriva únicamente de otras palabras -los libros que han leído, las conferencias que han oído, o las discusiones en las que han tomado parte- sin tener un fuerte contacto con lo no verbal. Para estas personas el intento de empezar a ser conscientes de su experiencia inmediata podría ser perturbador al principio y sentirlo como un trabajo extenuante.
Hefferline fue el encargado de pasar a sus alumnos universitarios una serie de ejercicios que les ayudarían a explorarse a sí mismos en el camino de superación de sus posibles desequilibrios e incluso neurosis, una serie bien pautada que se basaba en la potenciación del awareness, el punto de partido indiscutible de la nueva terapia. A través de esas prácticas académicas, Hefferline y Perls establecieron, mediante las respuestas de los alumnos, de todo tipo, elogiosas y despreciativas, los fundamentos de la nueva terapia, sobre todo los mecanismos de evasión mediante los cuales el yo pretende rehuir su necesidad de enfrentare a sí mismo para encontrarse entre estrategias de disuasión de la aceptación de nuestra responsabilidad indiscutible en cuanto nos ocurre: la retroflexión, la proyección, la introyección y la confluencia, mecanismos que elucidó Perls a partir de la provechosa lectura del libro de Anna Freud: El yo y los mecanismos d defensa. A diferencia de otras terapias, la Gestalt establece desde el principio la responsabilidad inexcusable del paciente en el tratamiento: Lo que es esencial no es que el terapeuta aprenda algo sobre el paciente y después se lo enseñe a él, sino que el terapeuta enseñe al paciente cómo puede aprender sobre sí mismo. Esto supone empezar a ser, directamente, consciente de cómo funciona, verdaderamente, un organismo vivo. Y junto a esa responsabilidad, añade, como rasgo singular el concepto de organismo como una totalidad, abandonando la vieja separación psique-cuerpo que domina en el corpus freudiano, por ejemplo. Las enseñanzas del holismo de Smuts y el concepto de campo de la psicología Gestalt son la base de esa concepción que va a llevar al siguiente paso lógico: ese organismo total se autorregula, pero los pacientes pueden impedir ese fenómeno o facilitarlo, y ahí es donde se agigante la figura del terapeuta Gestalt como guía que contribuye a que el paciente sepa ayudarse a sí mismo, hacerse cargo de sí mismo, responsable, para lo cual ha de empezar por no negar ninguna de sus respuestas, la agresividad incluida, porque se trata de un fenómeno organísmico del que el paciente puede obtener progresos incuestionables en el conocimiento, la aceptación y la regulación de sí mismo: Se ha de aprender a reconocer la agresividad como una función sana que evita la introyección. La atención a la unificación del campo que formamos con el entorno es básico para la Gestalt, porque es ahí en esa frontera  donde se produce el contacto entre el self y el entorno que nos define, porque el self no es una entidad material, sino una frontera de contacto con nuestro ser y el entorno, y solo el reconocimiento de ello nos permite llegar a asumir el yo verdadero, aquel al que le hemos quitado de encima los famosos cinco estratos superficiales que define la Gestalt para un ser neurótico. Está claro que solemos huir de cualquier elemento que nos defina negativamente y que tendemos a reprimir los aspectos poco favorables de nuestra conducta o, en el peor de los casos de nuestro carácter o de nuestra personalidad, un juego de máscaras en el que nos movemos con una sorprenden habilidad para tratar de ignorar lo que, al final, acaba, sin embargo, obsediéndonos y volviéndonos neuróticos. La Gestalt nace para ayudar a esos pacientes a reconocerse incluso en sus aspectos más desfavorables porque está claro que “somos” también esas inclinaciones o esas pulsiones: Algunos sentimientos negativos son habitualmente rechazados por su significado emocional. Cosas como la frigidez o el aburrimiento, por ejemplo, son realmente sentimientos muy intensos, ya que no son simplemente ausencia de sentimientos. Se siente el hielo lo mismo que se siente el fuego. El entumecimiento -la ausencia de sentimiento donde lo hubiéramos esperado, es, paradójicamente, un sentimiento abrumadoramente intenso, tan intenso que pronto queda excluido de la consciencia inmediata. O dicho más brevemente: Se ha de aprender a reconocer la agresividad como una función sana que evita la introyección. Toda esta teoría parte de la concepción de los Perls, porque en ella tuvieron tanta parte Laura como Fritz, de la concepción de las resistencias orales frente a las resistencias anales fijadas por el psicoanálisis. En su momento, la defensa de ese  concepto les valió incluso la excomunión de la iglesia psicoanalítica oficial, oficiado a través de Marie Bonaparte, en Sudáfrica, donde se habían instalado los Perls como representantes, por así decirlo, de la Iglesia oficial en la que la Princesa acabó actuando como ministra plenipotenciaria. Perls contó con gracia su estupor cuando Bonaparte le recriminó que “hubiera dejado de creer”, ¡de “creer”!, en la teoría de la libido. La alimentación, los problemas de la misma y la analogía de los procesos digestivos con hechos psicoanalíticos básicos como la introyección o la confluencia, supusieron un enfoque nuevo que fue abriéndose paso poco a poco en los planteamientos terapéuticos de la pareja y, después, en Usamérica, de sus seguidores, hasta consolidarse como una de la terapias existenciales más exitosas en la actualidad, a pesar de sus detractores. Vamos viendo que el principal objetivo de la terapia Gestalt es conseguir que la persona sea libre, que se asuma como tal y que sea la única responsable de su propia vida, que, como solía decir Fritz, “escriba el guion de su propia vida” o sea capaz , como definía Selig Morgenrath, el arquitecto de Esalen, a las personas adultas: “de limpiarse su propio culo”. La ausencia de prejuicios, la libertad moral, la ausencia de credos religiosos a los que ajustar la propia vida y otros muchos planteamientos de ese talante liberal conforman una visión de la persona auténticamente libre, no condicionada por los estándares sociales usualmente represivos. Una prueba excelente es el análisis que en Gestalt Therapy hace Fritz de la masturbación, y recordemos el año de publicación, 1951, para percatarnos de lo que entonces supondría para tantos y tantos puritanos usamericanos la lectura de estas líneas que hoy nos parecen absolutamente inocuas: En teoría, la frigidez masculina y femenina es meramente uno de estos puntos ciegos y se puede curar con una concentración correcta. (…) El bloqueo muscular principal en la frigidez es la represión de la pelvis, principalmente en la zona lumbar y en las ingles. Esto a menudo está ligado a la masturbación incorrecta. (…) Se ha dicho que el sentimiento de culpa y el remordimiento son los daños provocados por la masturbación, y esto es cierto; sin estos sentimientos no se causa uno ningún daño. (…) La culpabilidad no concierne tanto al acto de por sí, como a las fantasías que lo acompañan -por ejemplo, el sadismo, el estar a la espera de que alguien le pille y le castigue a uno, la autoglorificación  ambiciosa, etc.-. Dado que la masturbación sana expresa un impulso saliente -es un sustituto de un coito-, la fantasía de una masturbación sana sería el acercarse y el tener una relación sexual con una persona querida. (…) El segundo punto, en cuanto al peligro de la masturbación, es la carencia de la actividad pélvica. El acto se transforma en algo en donde las manos son el compañero activo y agresivo del coito, mientras los genitales están meramente violados. Un hombre que está tumbado boca arriba concibe una fantasía femenina pasiva. O, en la ausencia de una excitación sexual que va desarrollándose espontáneamente, la situación se transforma en una lucha, un esfuerzo por conseguir la victoria -las manos intentan violar mientras los genitales resisten y desafían al violador. La pelvis, mientras tanto no se mueve en oleadas y sacudidas orgásmicas, se mantiene inmovilizada, tensa y rígida. No se obtiene ningún orgasmo satisfactorio, la excitación, estimulada artificialmente, se descarga de modo inadecuado, se produce la fatiga y la necesidad de intentarlo de nuevo.
La segunda parte del libro, escrita íntegramente por Paul Goodman, el anarquista y humanista usamericano que formó parte de la generación de artistas transgresores que cambiaron el panorama artístico usamericano a finales de los cuarenta y en la década de los 50. Goodman se enfrenta a la doctrina Gestalt desde un planteamiento estrictamente teórico, aunque todas las referencias  a la práctica clínica provienen, como es lógico, de la experiencia de Perls y de su mujer, Laura. Paul Goodman, un intelectual brillante y consumado artista -su novela The Empire (publicada por entregas desde 1942 a 1959) define canónicamente la figura emergente del hipster-  atraído desde bien joven por el psicoanálisis freudiano y por la impronta que dejó en su persona la lectura de La interpretación de los sueños, algo en lo que coincide plenamente con su mentor, Frtiz Perls, va a dar algo sí como el do de pecho ensayístico para dotar a la Gestalt de unos ascendentes intelectuales- la psicoterapia es una disciplina que forma parte de las Humanidades, un desarrollo de la dialéctica socrática- tan sólidos que garanticen el lugar de excepción que, para él, había de ocupar la terapia Gestalt en un mundo, el de los tratamientos psicoanalíticos, en constante ebullición de novedades, no todas recomendables. Aunque sigue las pautas marcadas por Fritz, Goodman incluye en su exposición un capítulo suyo, La Antropología de la Neurosis, que ya había sido editado en la revista psicoanalítica Complex, aunque se lo había adjudicado a Perls porque él, como editor y único redactor de la revista, aparecía de forma omniprensente. Enseguida apreciamos que  el estilo ensayístico de esta parte es muy distinto del sencillo de la primera, de tipo práctico, más cercano a los libros de autoayuda que, se supone, quería remedar, aunque los contenidos son, como no podía ser de otra manera, los mismos. La gran diferencia entre Freud y la terapia Gestáltica es que la primera pretendía adaptar al paciente al “principio de realidad”, pero, para la Gestalt, esa “realidad” no deja de ser un introyecto más del que el paciente se ha de liberar mediante una serie de ajustes creativos que le permitan vivir íntegramente su realidad desde la experiencia genuina de sus emociones y la percepción lúcida de su auténtico yo, no de las falsificaciones que, habitualmente, casi todos usamos, en mayor o menor medida, para sobrevivir en entornos no siempre agradables o complacientes: Nos autoinfligimos una buena parte de las perturbaciones que vivimos. Goodman recoge la idea básica de Perls, que la toma su vez de Heráclito, de que la realidad es cambio constante: Πάντα ε, todo fluye, nada es nunca igual a sí mismo ni siquiera efímeramente. No existen por lo tanto caracteres trabajados en mármol, sino una sucesión de experiencias que ponen a prueba la flexibilidad de nuestro sistema de adaptación: La terapia Gestalt es una fenomenología aplicada. Tal como la concibe la Gestalt, la frontera-contacto es una construcción fenomenológica. Lo mismo sucede con el self, en sus retrocesos y avances, y también es así el momento presente, que aparece y desaparece. Ninguna de estas concepciones supone una entidad fija que se detenga lo suficiente para ser cosificada o medida cuantitativamente. (…) Una fijación crónica e inconsciente tratada como una realidad es evidencia de neurosis, tanto en una teoría como en una persona.  De su preparación humanística, Goodman rescata la idea clásica del nosce te ipsum de Delos como fin de la terapia: El objetivo de la psicoterapia no es que el terapeuta se vuelva consciente de algo del paciente, sino que el paciente se vuelva consciente de sí mismo.(…) La idea aquí es que la máxima “Conócete a ti mismo” es una ética humana; no es algo que se aplica a alguien que tiene dificultades, sino algo que se hace uno a sí mismo, en tanto que humano. (…) Debería ser evidente que la horrorosa falta de curiosidad de la gente es un síntoma neurótico y epidémico. Sócrates había comprendido que esto era debido al miedo al conocimiento de uno mismo. Ese miedo es, precisamente lo que lleva al sujeto a crear los mecanismos de evasión necesarios par rehuir su responsabilidad frente a sí mismo, pero Goodman, en esta parte del libro, remacha lo ya descrito por Perls y Hefferline en la primera. Además de constituir un repertorio de las diferencias que separan al psicoanálisis freudiano de la terapia Gestalt, Goodman se detiene ampliamente en lo que él titulo La teoría del self, porque la concepción holística del individuo como un ser con un cuero en un entorno con el que interactúa determina qué concepción tiene de la realidad individual la Gestalt y cómo es posible ayudar a recuperar esa conciencia de totalidad en la que se integran armónicamente todas las partes. De hecho, durante un tiempo, Perls y los suyos dudaron de si deberán llamar Terapia de integración o de concentración a lo que acabará llamándose terapia Gestalt por la importancia de la autorregulación organísmica, el concepto de campo y el juego fondo/figura que permitirá hablar de las gestalts que se le presentan al individuo en el primer y que ha de resolver de forma urgente para que pasen al segundo y emerjan otras nuevas a las que tener debidamente, porque, como ya hemos dicho con anterioridad, el concepto de fluidez es básico en la teoría de la Gestalt: la rigidez es el síntoma neurótico por excelencia: Es el organismo en tanto que totalidad, en contacto con el entorno, quien es inmediatamente consciente, manipula o siente. Esta integración no es pasiva; es el ajuste creativo. La oposición sanidad/enfermedad o perturbación/normalidad se disuelve, desde la perspectiva de la Gestalt cuando se asume que el término proscrito de la dualidad forma parte también el individuo: Si la concepción básica de una naturaleza humana sana (sea cual sea) es correcta, entonces todos los pacientes al curarse serían iguales. ¿Es este el caso? Por el contrario, es precisamente en la salud y en la espontaneidad en donde los hombres son más diferentes, más imprevisibles, más “excéntricos”. Como una clase de neurosis los hombres se parecen mucho: la enfermedad tiene como efecto atenuar las diferencias. Aquí, de nuevo, se puede constatar que el síntoma tiene un doble aspecto: como rigidez, hace de un individuo un simple ejemplo de un tipo de “carácter”, y según esto existe una media docena. Pero como obra de su propio self creativo, el síntoma expresa el carácter único de un individuo. Es muy interesante el análisis que hace Goodman del poder creativo y curativo de la poesía frente a la verbalización incontrolada del sujeto como sustituta de la realidad, y en esa dimensión creativa hace hincapié la terapia gestáltica, porque lo que pretende, básicamente, es recuperar la espontaneidad e  ingenuidad literal del ser humano, aquella que se manifiesta en su etimología: ingenuus, “nacido libre”: Lo contrario a la verbalización neurótica es el habla variada y creativa; no es ni la semántica ni el silencio, es la poesía.(…) Como decía Freud, la obra de arte reemplaza al síntoma. (…) La poesía es, por lo tanto, el opuesto exacto al discurso neurótico, ya que es lenguaje en tanto que actividad orgánica de resolución de problemas, es una forma de concentración; mientras que la verborrea es un habla que trata de disipar la energía del discurso, que reprime la necesidad orgánica y que repite una escena subvocal inacabada en lugar de concentrarse en ella. (..) En lugar de ser un medio de comunicación o de expresión, la verborrea protege al individuo aislándole a la vez del entorno y del organismo. (…) El verborreico raramente oye su propia voz y, cuando la escucha, se sorprende. Pero el poeta está atento al murmullo subvocal y a los susurros, los hace audibles, critica el sonido y vuelve a ello. (…) El verborreico, por lo tanto, aburre porque pretende aburrir, quiere que le dejen solo. El compromiso consiste en hablar mediante estereotipos, en utilizar abstracciones vagas, particularidades superficiales u otras formas de decir la verdad no diciendo, de hecho, nada. Hemos de destacar, en la parte de Goodman, que hay una descripción muy ajustada del proceso terapéutico y de las situaciones que permiten progresar o no en él. Del mismo modo que el paciente acude libremente a un terapeuta, dice Goodman, debería poder dejar de ir cuando lo estimara conveniente, algo que choca, ciertamente, con ese “control” que cualquier psicoanálisis le impone al paciente y que este suele aceptar, por lo general, desde la situación inferior de quien sufre frente a quien, teóricamente, ha de ayudarlo. En la Gestalt, sin embargo, esa relación cambia sustancialmente: No es el objetivo de la terapia disuadir al paciente de ninguno de sus deseos. Incluso debemos añadir que si, en el presente, no se puede satisfacer la necesidad, y por lo tanto no se satisface realmente, todo el proceso de tensión y de frustración volverá a empezar y el individuo o bien reprimirá de nuevo la toma de consciencia y caerá en la neurosis o bien, como es más probable, se conocerá a sí mismo y sufrirá hasta saber que puede crear un cambio en el entorno. El terapeuta Gestalt vendría a ser algo sí como un facilitador de la toma de control sobre ellos mismos de los pacientes, únicos en quienes está la posibilidad de aplicar cambios en sus vidas capaces de disolver sus síntomas y recobrar “las riendas” sobre su propia vida. Ello implica un coraje -es decir, la transformación de la agresividad que suele dominarlos y que dirigen ya contra ellos mismos, ya contra otros- que no siempre está a su alcance. Lo más normal, como bien describe Goodman, es la huida instintiva a una acomodación incluso al sufrimiento: Frente a la amenaza crónica de dejar de funcionar, el organismo se repliega a sus mecanismos de seguridad: represión, alucinación, desplazamiento, aislamiento, huida, regresión; y el hombre trata de hacer del “arte de vivir sobre sus nervios” una nueva proeza de la evolución. La terapia Gestalt tiene algo de revolucionario en su concepción, porque se opone a que la función de la misma sea llevar a la persona a la aceptación del principio de realidad, que era el objetivo del psicoanálisis freudiano, dado que el propio concepto de “realidad” es lo que la terapia se encarga de demoler, revelando, digámoslo de un modo algo tremendista, el lado oscuro de esa herramienta de alienación social: Considerada fríamente, en los términos como la describió [Freud], la adaptación a la “realidad” es precisamente la neurosis: es, en efecto, una interferencia deliberada en la autorregulación del organismo, una transformación de las descargas espontáneas en síntomas. Una civilización así concebida es una enfermedad. (…) La pregunta es: ¿cuál es la realidad que es importante? Durante el tiempo que la actividad sentida transcurra suficientemente bien, el niño va a aceptar cualquier propuesta: el centro de la realidad está, en todos los casos, en la acción. En comparación, el adulto “maduro” está esclavizado, no por la realidad, sino por una abstracción de la realidad neuróticamente fija, llamada el “conocimiento”, que ha perdido su subordinación al uso, a la acción, a la felicidad. En consecuencia, solo los individuos con talento son quienes saben mantener esta capacidad de la infancia, ya que el individuo medio se encuentra metido en responsabilidades hacia cosas que no le interesan profundamente.
Está claro que la Biblia de la Gestalt ni siquiera remotamente puede ser reducida a los límites de un artículo de presentación de las líneas maestras de la misma, porque, en la medida en que afecta a la vida toda, todo lo vital cae dentro de lo que a la Gestalt le interesa del sujeto que en modo alguno está separado de la realidad de la que forma parte como elemento del continuo sin el cual resulta inexplicable su existencia. La concepción del self como un símbolo de identificación, en vez de como una realidad física -y recordemos a dónde le llevó a Reich su creencia en la realidad física de la libido: ¡nada menos que al diseño de los tanques de orgón para apresarla!- abrió, en su momento, las puertas de la percepción de una manera que aún nos beneficiamos de ello.

jueves, 7 de junio de 2018

"Máximas y pensamientos" de Napoleón Bonaparte en el ocaso de su aventura vital.



El político, el militar y el filósofo: Máximas y pensamientos de la ambición de un hombre forjado en la extraña aventura romántica del absolutismo ilustrado.

No cabe duda de que cuando Orwell bautizó al cerdo de su novela Rebelión en la granja con el nombre de Napoleón estaba lanzando un mensaje sobre su valoración histórica del personaje, quien, por ley, estableció que en Francia no se pudiera llamar jamás Napoleón a ningún cerdo, so pena de incurrir en delito. Que Beethoven le retirara la dedicatoria de su tercera sinfonía, la Heroica o que Stendhal fuese incondicional admirador del general nos indica que estamos ene presencia de un ser complejo y poiédrico, capaz de suscitar rencores tan profundos como los que Jefferson expresó sobre él y admiraciones como la propia de Stendhal. Y miedo, mucho miedo. Durante un decenio, Napoleón fue algo así como la personificacón del terror para las monarquías europeas, que advertían en él, al margen de su entronización como Emperador, al embajador de ideas revolucionarias que acabarían con sus reinados, como las propias de su Código Civil, por ejemplo. Que Bonaparte fuera un aventurero de la política explica no solo lo azaroso de su vida, sino también los vaivenes a que estuvo sometida hasta que, derrotado en Waterloo, fue desterrado a la isla de Santa Elena, frente a las costas de Angola. Allí vivió, intentó aprender inglés y murió, no se sabe si envenenado o no. Un leal ayudante suyo, Emanuel Augustus Dieudonné, le Comte de Las Casas, se encargó de ir recogiendo en papel las máximas, pensamientos, aforismos y ocurrencias de Napoleón, un corpus que constituye la base de la presente edición de las máximas y pensamientos de Napoleón, de cuya mano autobiográfica sí que conocemos las memorias, aunque en solo 40 páginas de las 84 que componen el libro, las restantes las dictó al mariscal Bertrand y a los generales Montholon y Gourgaud. La difusión rocambolesca de las Máximas  y pensamientos, porque los textos burlaron la férrea vigilancia impuesta a todo lo relativo al destronado Emperador y se publicaron primero en inglés, supuso una nueva condena para el conde Las Casas, autor del Memorial de Santa Helena, quien fue enviado al Cabo de Buena Esperanza. La fiabilidad total de su Memorial, sin embargo, deja mucho que desear, al parecer, pues, según los expertos, se permitió numerosas licencias sobre lo que nos ofrece como reflexiones propias del Emperador. El conde fue el encargado de enseñar inglés a Napoleón, y de esa enseñanza se conservan algunos ejercicios de puño y letra del aplicado estudiante. Al margen de estas circunstancias que encuadran el contenido indudablemente napoleónico de sus aforismos, lo cierto es que el texto como tal, y a pesar de la pasión que Napoleón sintió toda su vida por Plutarco y otros historiadores antiguos, no destaca por una originalidad que le haya permitido, al general francés, pasar a la historia de los grandes aforistas, aunque muchos de ellos revelan el gran caudal de experiencia que acumuló en su corta vida el intrépido militar, al que tanto se le admira como se le odia. Acabados de leer los Episodios nacionales es evidente que, al menos en España, no dejó “gran memoria de sí”…, por más que, desde el plano racional exento de cualesquiera emociones, mucho perdió España con la vuelta al absolutismo tradicional que abortó las reformas ilustradas de los afrancesados. Los aforismos de Napoleón revelan fielmente la mentalidad de un ser decidido, expeditivo, consciente de su destino y conocedor de no pocos resortes de la naturaleza humana que le ayudaron a forjar su imperio: La desgracia es la comadrona del genio.  A través de ellos, con el poso de quien reflexiona sobre su vida, descubrimos un modo de pensar que fundamenta el autoritarismo al servicio del procomún y del propio ego: El hombre superior no marcha por caminos ajenos No está entre todos los que he leído, sin embargo, el más célebre de todos, que pasa por proverbio universal: El fin justifica los medios, escrito por él en la última página de su volumen anotado de El príncipe, de Maquiavelo, autor a quien, por cierto, desprecia olímpicamente Napoleón, a pesar de haberlo traducido y comentado ampliamente. En ese mismo volumen escribió también una variación del aforismo anterior: El éxito justifica todas las causas, que se corresponde fielmente con un ideal de vida que hacía de la conquista del poder, de todo el poder, y de la admiración ajena, su ideal de vida. Este último aforismo parece incluso más propio de la mentalidad del siglo XXI que de la del XIX suyo. El hermoso volumen en octavo del Círculo de lectores lleva un prefacio de Balzac, otro de los grandes admiradores del corso, que traza los caracteres básicos del carácter que va a manifestarse en las máximas, de ahí que, a su parecer, destaque lo coherencia del personaje como un valor indiscutible: Hay que reconocerle en justicia que fue franco y no retrocedió ante ninguna consecuencia; glorificó la acción y condenó el pensamiento. Aunque agrupados en bloques que resaltan la unidad temática de los mismos: lo militar, la experiencia política, la vida íntima, el republicanismo…, lo cierto es que la poderosa personalidad de Napoleón se vierte en todas las facetas de su vida con la misma intensidad ardiente: La tortura de tomar precauciones es superior a los peligros que se pretenden evitar: es mejor abandonarse al destino. Si algo puede decirse de él es que no era una persona adicta a las medias tintas, desde luego, aunque cifró en el azar la gran ley de la existencia: El azar es el único rey legitimo del universo. De lo que no cabe duda es de que su origen periférico -siempre habló el francés con acento italiano- en la política francesa, su ambición y sus cualidades, permitieron que, a partir de una identificación con la Revolución, captara fielmente el espíritu popular no expreso ni en códigos ni en el folclore, sino en ese reducto de la intimidad compartida  que construye la “nación”: En Francia solo se admira lo imposible. Y de ahí a su dictamen sobre la inoperancia republicana hay un paso: En Francia no puede haber ya república: los republicanos de buena fe son idiotas; los demás, incautos o intrigantes. Algo tendrá que ver su admiración por Robespierre, desde luego… Lo que está claro es que Napoleón aboga rápidamente por una institución que se sitúe por encima de los partidos, todos ellos jacobinos, a su parecer, y poco de fiar por su propia naturaleza: Los partidos se debilitan por su miedo a las personas capaces, de lo que aquí en España tenemos sobrados ejemplos. Digamos que su “teoría” política pasa por sobreponerse, desde el genio, a la mediocridad de las formas republicanas: Es raro que una gran asamblea razone; se apasiona demasiado pronto y Toda asamblea tiende a convertir al soberano en un fantasma, y al pueblo en un esclavo. De algún modo, el ideal aristocrático que él encarna, sería algo así como una enmienda a la totalidad de las viejas aristocracias europeas: La nobleza habría subsistido si se hubiese interesado más por las ramas que por las raíces. No estamos en presencia de un demócrata, y mucho menos de un socialista utópico, sino de un pragmático que se afirma en la realidad a partir de la constatación de ciertas tendencias individuales y sociales que no nos permiten llamarnos a engaño: La igualdad solo existe en teoría, nos recuerda; de ahí que ni se le ocurra entrar en dinámicas de nominalismos inoperantes:  El nombre y la forma de gobierno no significan nada, con tal de que los ciudadanos sean iguales en derechos y se imparta bien la justicia. Napoleón es conocedor de un secreto a voces que él sabe administrar a la perfección: En política, un absurdo no constituye un obstáculo. Su gran capacidad analítica, no solo en términos presentes de la situación política y social que le permite esta o aquella decisión, sino en términos históricos lo apreciamos en esta aguda observación que constituye al tiempo la constatación de una verdad apodíctica y un canto a la esperanza de la esperanza, por infundada que pueda aparecer a ojos de todo el mundo:  Los cirios que se encienden hoy a la luz del día iluminaron en otros tiempos las catacumbas. Nadie discute su genio militar, aunque en su haber consten casi por igual los grandes éxitos como los grandes fracasos, pero Le petit caporal  -así lo llamaban sus soldados- era, sin duda, un caudillo a la antigua usanza, esto es, a la de los nueve héroes de la fama para la Antigüedad. Un militar próximo a sus hombres y que anteponía la resistencia a la fatiga al valor, por ejemplo, como la gran cualidad de un soldado:  La primera cualidad del soldado es la constancia para soportar la fatiga; el valor es solo la segunda. Cuantos intelectores lean estos aforismos, descubrirán una capacidad de reflexión, e incluso cierto aire repentino a los grandes moralistas franceses, que les sorprenderá: Los sentimientos son, en su mayoría, tradiciones o Quien practica la virtud con la sola esperanza de adquirir una gran fama se halla muy cerca del vicio, en el que oímos los ecos de toda una escuela francesa del aforismo. Hay, curiosamente, dada la época,  una suerte de antirromanticismo que choca en el caudillo militar, como si la dedicación épica hubiera acallado el espíritu romántico de la época: El amor es una necedad cometida por dos personas, aunque haya corrido la leyenda del apasionado amor por Josefina. Todo esto que llevamos dicho ha de predicarse de un hombre que no dudó en reconocer lo siguiente: No hay nada más difícil que tomar una decisión, casi como dándole la razón a un Rajoy que por no tomar la decisión de dimitir cuando abrazó por sms a su tesorero, ha sufrido un revolcón parlamentario que lo ha llevado a la tumba política, de imposible noche de Walpurgis ya. Aunque desterrado a un islote en medio del Atlántico, Napoleón llevaba dentro el demonio de la política, él que había configurado la de toda Europa durante más de un decenio, y murió con los análisis puestos, podríamos decir, porque de se final son algunas reflexiones que merecen toda nuestra consideración: Es injusto que una generación se ve comprometida por la anterior; los empréstitos deberían estar limitados a cincuenta años (…) Hay que hallar un medio de preservar a las generaciones futuras de la codicia de las presentes sin tener que recurrir a la bancarrota. Un señora advertencia a aquellos gobiernos que, más amantes del gasto que de la creación de riqueza, no solo se endeudan ellos, sino que implican en esas deudas, a menudo para empresas faraónicas absurdas, a las siguientes generaciones. No sé si podríamos hablar de una política de “quita” de la deuda como la que exigió el rompecabezas de la deuda griega para evitar la ruina del país y el arrastre de la UE por la misma senda, pero por ahí parece andar la sugerencia. DE igual modo, no deja de sorprender que en aquellos tiempos de colonialismo y aranceles, Napoleón intuyera la aldea global en que vivimos: El sistema colonial ha terminado: hay que aceptar la libre navegación de los mares y la libertad de intercambio universal. Todo ello nos habla, así pues, de una personalidad que supo extraer lecciones de su derrota, cuando ya solo tenía ante sí una vida de reclusión imposible de soportar para quien había cabalgado victorioso por toda Europa. No se sabe si murió envenenado, pero no es descabellado pensar que, de ser cierto, dicho envenenamiento hubiera sido con toda propiedad un suicidio, por más que reconociera, con inequívoco estoicismo que  Sufrir con constancia los males de la vida supone tanto valor como mantenerse firme bajo la metralla de una batería. Él esta hecho de esa pasta, según se desprende de su concepción de la formación de carácter: Los golpes del destino son como los de la prensa de acuñar moneda: imprimen su valor a las personas.