lunes, 9 de junio de 2014
Intermedio sin carácter: el lugar, el lector.
Mon semblable; mon frère: breve excursión global. La persona y el lugar: dónde y quién.
[Nota: Antes de afrontar la revolución que supuso la obra freudiana en la teoría del carácter, y su desarrollo en uno de sus discípulos más polémicos, Wilhelm Reich, ofrezco a mis veedores un reconocimiento que nace de mi amor a la geografía y a la diversidad humana.]
Un reciente artilugio, Live Traffic Feed, aplicación lo llaman unos, gadget, lo llaman otros, "claraboya" habría de ser su nombre, ha venido a animar el escaso ocio de este Artista Desencajado. Por curiosidad he ido anotando los lugares, para mí remotos -cualquier lugar allende la puerta de mi estudio lo es-, desde donde los intelectores se asoman a estas páginas. En algunos casos, hasta se consigna en la referencia en qué página concreta han entrado. Y así es como he sabido que un lector de Lepe ha accedido a esta página para leer la entrada dedicada a las Meditaciones del Quijote, de Ortega, lo cual, para quienes conocen la fama de Lepe, es un buen desmentido. Igual que desdeño, como el poeta, las romanzas de los tenores huecos, he preterido, aunque no hubiera debido hacerlo, los lugares de sobra conocidos: capitales con reputación de albergar intelectores atentos a todo aquello que pueda tener interés cultural.
He querido quedarme, en este paseo global, con esos nombres, esos espacios, esos intelectores en ellos, de quienes me siento tan cerca y a quienes creo estar dirigiéndome personalmente cada vez que escribo una entrada. Hay un hilo tendido entre quien me lee y quien esto escribe, no siempre ese contacto significa entendimiento, pero sí siempre la calidez del contacto humano a través de la palabra que nos une, negando las distancias. Tú lees, yo escribo. Estamos aquí, juntos. En Magán (Toledo), que tiene apenas poco más de las 1280 almas de Jim Thompson, alguien ha entrado a leer algo de lo que he escrito, y enseguida el dispositivo de proyección le pone cuerpo, rostro, mirada, gestos peculiares y lo sitúa acaso en un estudio no diferente de este, lleno de estanterías abarrotadas de libros, pero no lo sé. El Artista Desencajado tiende a pensar que los heridos del mal de la letra impresa somos hermanos de religión, que ese mal nos re-liga y nos hace cercanos, parecidos, correligionarios. En Munro, ¡cuna del cine sonoro argentino!, y que albergó estudios de cine; en Trois-rivières; en Pedreguer (Alicante), donde nació Celedonio Calatayud, el introductor de la radioterapia en España; en Morelia, la ciudad de las puertas abiertas; en Monterrey, cuna de Lorenzo Garza, el único torero mejicano que cortó un rabo en la Monumental de Madrid; en Astraján, en la desembocadura del Volga, de inequívocas resonancias textiles; en Sarria (Lugo), donde murió el padre de Alfonso X, a quien el castellano tanto debe; en Leganés, donde en 1870 se celebró el último duelo legal, por el que el duque de Montpensier acaso perdió un trono; en Metz, ciudad de ida y vuelta en las disputas franco-prusianas, y acaso bilingüe sin quererlo; en Tudela, patria chica de José María Iribarren, autor del muy querido para mí El porqué de los dichos, libro de amabilísima lectura y mejor recuerdo, y ciudad guerrera donde las haya, pues fue la última en ser incorporada al reino de España; en Talca (Chile), "ciudad del trueno", donde tienen un dicho que he conocido en otros dos lugares, estos españoles: Talca-París-Londres, para darse el el pisto de un cosmopolitismo de quiero y no puedo, como el del Reus-París-Londres catalán o el Abarán-París-Londres murciano; en Tlaltizapán, tierra heroica de zapatistas; en Apatzingan, donde se firmó la primera Constitución democrática sudamericana en 1814, hija directa de la Pepa gaditana; en Tijuana, que significa "junto al mar", por más que la ciudad, fronteriza con Usamérica, tenga más connotaciones azules de Heinsenberg que marinas...; en Burnaby, que pertenece al área metropolitana de Vancouver; y, finalmente, en Torrent, una localidad de apenas185 personas, según el último censo...Es cierto que está en un lugar privilegiado como es el Ampurdán catalán, pero el privilegiado se siente, en realidad, este artista que ha hollado digitalmente ese rincón tranquilo, apartado, discreto, tal que el lugar luisiano donde ni envidiado ni envidioso pueda pasar uno los días dedicados a los afanes del intelecto y la sensibilidad, y ha sido capaz de interesar a un intelector en estos discursos tan plomizos a veces...
Quería ofrecer una pequeña muestra de mi sorpresa y de lo que ello supone para mí, un acicate y un compromiso que no coartan mi libertad creadora, pero que me hacen cercano, ¡presente!, al semblable, al frère, al que me dirijo con la complicidad de quienes habitan en la inquietud, la curiosidad, el pasmo y la pasión por la vida y sus obras.
Gracias a quienes leen y a quienes lo hagan en el futuro o lo hicieron en el pasado: lo leído es carga ligera que nunca abruma, si se queda; pero que desespera, cuando lo perdemos.
sábado, 31 de mayo de 2014
La caracterología kantiana: sus fundamentos estéticos y morales.
Teoría del carácter.
IV
Lo bello y lo sublime, de Immanuel Kant:
Los prejuicios, los tópicos y la
misoginia de una mente todopoderosa.
Sorprende al intelector
diletante que un filósofo como Kant, capaz de ponerle los acentos a la razón,
como otros los puntos a las íes, se acoja, a la hora de hablar sobre algo tan
resbaladizo como el carácter, al amparo de la tradición de una forma adherente,
casi acrítica. A poco que se lean a continuación sus definiciones de los
diferentes caracteres, se comprobará que del Arcipreste de Talavera a él parece
que no haya pasado el tiempo. Es cierto que la clasificación kantiana se ofrece
sobre una división que parece justificar el esquematismo de su planteamiento:
lo bello y lo sublime, los dos conceptos alrededor de los cuales estructura su
texto. La distinción entre ambos conceptos la ofrece en el arranque de su
ensayo: Lo sublime conmueve; lo bello encanta.(…)
Los sublime ha de ser siempre grande; lo bello puede ser también pequeño. Lo
sublime ha de ser sencillo; lo bello puede estar engalanado.(…) Las cualidades
sublimes infunden respeto; las bellas, amor. Y enseguida nos ofrece un
ejemplo práctico para que captemos el sentido de esa división: La amistad presenta principalmente el
carácter de lo sublime; el amor sexual, el de lo bello. Si bien el autor es
consciente de las carencias perceptibles en la materialización de ambos
conceptos: Las sensaciones de lo sublime
tunden las fuerzas del alma más enérgicamente, y fatigan antes, por tanto.
Mientras que en lo bello nada cansa más
que el arte trabajoso tras él adivinado. El esfuerzo por impresionar resulta
penoso. Kant compara, por cierto, la lectura de La Bruyère y la de Young, y
reprocha al último la uniformidad exasperante en el tono sublime de una
composición de raíz moralista –intuimos que se refiere a Night Thoughts –después imitada por Cadalso en sus Noches lúgubres–, frente a la ligereza y
entretenimiento, queremos creer que eso pensaba Kant, de la obra miscelánea del
francés. De igual manera, Kant nos advierte de los extremos en que pueden
degenerar tanto lo bello como lo sublime: Nada
es más contrario a lo bello que lo repugnante, así como nada caer más por debajo
de lo sublime que lo ridículo. En nuestros días, sin embargo, el concepto
de lo bello, como es obvio, anda muy distanciado del que tuvo Kant…
A partir de esa reducción,
y con un notable desenfado expositivo, porque este ensayo nos muestra ese lado
alegre, casi jovial y ligero del sesudo autor, como si se hubiera tomado unas
breves vacaciones en sus abstrusos menesteres filosóficos, Kant inicia una
curiosa serie de adjudicaciones a los campos de lo bello y de lo sublime cuya exacerbada
subjetividad nos deja perplejos, como si cediera al perverso placer de la
arbitrariedad. Recordemos que se cura en salud cuando dice que no se necesita poco ingenio para juzgar con
el entendimiento sin dar alguna vez una nota falsa, y que quien mezcla la
jovialidad con desbarrar, da en mentecato. Así, nos dice que el cabello oscuro y los ojos negros tienen
más afinidad con lo sublime; los ojos azules y el tono rubio, más con lo bello.
O bien que a la vejez convienen los
colores oscuros y la uniformidad mientras que la juventud brilla en los colores claros y las formas de contrastes
animados.
A lo largo de la
exploración que Kant hace del mundo de los caracteres, aunque sea con la
limitación de su adscripción a lo sublime y a lo bello, advertimos la
naturaleza esencialmente conservadora y ajustada a los valores de su época
histórica, lo que contrasta con la potente innovación, casi revolucionaria, de
su obra filosófica, si bien hay una suerte de tono burlón que preside la
redacción del ensayo, como si supiera que se trata de una obra menor donde dar
rienda suelta a la vena satírica que también había en él, ¡y qué asunto mejor
que este de los caracteres, tan necesitado de puntualizaciones y descripciones!
No hay más que recordar esas distinciones pseudoescolásticas que pretenden marcar el vasto territorio de la
caracterología (al distinguir ciertos caracteres conocidos, y sufridos, por
todos), para darnos cuenta de la gracia alada con que se presta al menester
taxonómico:
La vanidad
solicita el aplauso, es volandera y tornadiza; pero su conducta externa es
cortés.
El arrogante
está penetrado de una pretendida superioridad, y no le preocupa el aplauso de
los demás; sus maneras son rígidas y enfáticas.
El orgullo
solo consiste propiamente en la profunda conciencia del valer propio, que puede
ser a menudo muy justa (por eso se le llama también a veces un noble
sentimiento; nunca, en cambio, se puede atribuir a nadie una noble arrogancia,
porque ésta muestra siempre una falsa y exagerada estimación de sí propio); la
conducta del orgulloso para con los demás es indiferente y fría.
La ostentación es un orgullo que al mismo
tiempo es vanidad. No es necesario que un ostentoso sea al mismo tiempo
arrogante, esto es, se forme un concepto falso de sus cualidades, sino que
puede acaso no estimarse más de lo que merece: su defecto es sólo tener un
falso gusto en hacer valer este mérito exteriormente.
El pudor es un
secreto de la naturaleza para poner barrera a una inclinación muy rebelde y que
contando con la voz de la naturaleza parece conciliarse siempre con cualidades
buenas morales, aun cuando incurra en excesos.
El fanatismo
es una especie de temeridad piadosa, y lo ocasionan un cierto orgullo y una
excesiva confianza en sí mismos para aproximarse a las naturalezas celestes y
alzarse en un vuelo poderoso sobre el orden común y prescrito.
Fiel a su proverbial
minuciosidad, Kant no puede prescindir de mostrarnos la, podríamos llamarla
así, teratología del carácter, como
cuando precisa que la inclinación a lo
monstruoso origina el chiflado (Grillenfänger),
en alemán, y no sé si nuestro grillado
pudiera venir de aquí… o que el
sentimiento de lo bello degenera cuando él falta por completo lo noble, y
entonces se le denomina frívolo. Kant nos advierte de que en todo este
asunto casi escolástico de la caracterología, muchos juicios caen dentro del
ámbito de las emociones, esa caída brusca
de la conciencia en lo mágico, al decir de Sartre, en su Bosquejo de una teoría de las emociones (librito
muy recomendable y, en cierta manera, de parecido espíritu menor que el que nos
ocupa), quien no se recata en recurrir a un concepto, lo “mágico”, que, en el
autor de la Crítica de la razón
dialéctica, suena también a vacaciones conceptuales.
De ahí que, para Kant, la alteración del justo medio que tan a menudo
se manifiesta en el ámbito del carácter, devenga, si es por exceso, en la
extravagancia disparatada o, por otro nombre, en el romanticismo: cuando la sublimidad o la belleza rebasa el
conocido término medio se la suele denominar romántica (romanich). Y de
ahí, así mismo, que esté convencido de que el
dominio de las pasiones en nombre de principios es sublime. Las
mortificaciones, los votos y otras virtudes monacales son más bien cosas
monstruosas. Esa convicción está en
el fundamento del análisis del carácter de las naciones, un concepción romántica
en la que incurre alegremente nuestro autor, como veremos más adelante.
Sírvanos ahora, para concluir este sucinto apartado dedicado a las perversiones
del carácter, la descripción que nos
ofrece Kant de la perversión del carácter melancólico: En la degeneración de este carácter, la seriedad se inclina a la
melancolía, la devoción al fanatismo, el celo por la libertad al entusiasmo. La
ofensa y la in justicia encienden en él deseos de venganza. Es muy temible
entonces. Desafía el peligro y desprecia la muerte. Falseado su sentimiento y
no serenado por la razón, cae en lo extravagante: sugestiones, fantasías, ideas
fijas. Si la inteligencia es aún más débil, incurre en lo monstruoso: sueños
significativos, presentimientos, señales milagrosas. Está en peligro de
convertirse en un fantástico o en un chiflado.
Kant levanta acta de un
repertorio de caracteres, o a veces simples rasgos de carácter –entendiendo que
la suma de ellos puede darnos un resultado distinto de lo que podríamos
considerar rasgo dominante–, y lo hace un poco como a salto de mata, lo cual no
deja de ser curioso en carácter tan metódico como el suyo, de quien es
proverbial el riguroso cumplimiento de una planificación vital a la que fue fiel
toda su vida; de hecho, el prisionero de
Konigsberg, así podríamos llamarlo sin apartarnos de la verdad, no necesitó
salir de su lugar de nacimiento y muerte para cambiar el rumbo de la filosofía
occidental. Como el autor sabe que trata de un asunto que necesita pruebas
inequívocas, nos dice que con algunos
ejemplos voy a hacer algo más inteligible este extraño compendio de las
debilidades humanas. Cuando nos hablaba del ingenio que se necesitaba para
tratar de estos asuntos sin desbarrar, nos avisó de que aquel cuya conversación ni divierte ni conmueve es un fastidioso, y si
además se esfuerza en conseguir ambas cosas resulta un insípido. Y
concluye: cuando el insípido es, además,
un envanecido, viene a parar en tonto. El afán de precisión de nuestro
autor, tan proverbial como su vida metódica, no se queda satisfecho con lo
expuesto y se ve impelido a autoponerse una nota a pie de página cuya
pertinencia sigue teniendo vigencia, por eso la transcribo: Pronto se advierte que esta honrada sociedad
está repartida en dos palcos: el de los chiflados y el de los fatuos. A un
chiflado instruido se le llamada piadosamente un pedante. Cuando adopta un aire
presuntuoso de sabiduría, como los necios antiguos y modernos, le sienta
perfectamente la capa con cascabeles. La clase de los fatuos se encuentra
principalmente en el gran mundo. Acaso es mejor que la priemra. Hay en ellos
mucho que ganar y que reír. El tonillo zumbón del autor que se manifiesta
en esta jocosa nota aparece igualmente en el resto del ensayo. Los caracteres,
por tanto, han sido, desde Teofrasto, el reino propio de la sátira, y casi
podríamos decir que sin ellos, sin la invitación a la ridiculización que parece
formar parte de su naturaleza, hubiera resultado difícil concebir tal género.
Para Kant, que hace de la
virtud el eje de sus reflexiones sobre el carácter, la verdadera virtud emana
no tanto de unas reglas especulativas, cuanto de la conciencia de un sentimiento que vive en todo pecho humano (…) el
sentimiento de la belleza y la dignidad d la naturaleza humana, que es algo
así como una especie de instinto auxiliar de la flojedad ética propia de la
debilidad especulativa de la naturaleza humana. Ese criterio ha de guiarlo para
ir analizando los caracteres generalmente admitidos, heredados de la tradición
secular:
El melancólico es un temperamento que tiene
principalmente sensibilidad para lo sublime.
El temperamento sanguíneo, que es volandero y dado a las
diversiones. El de carácter sanguíneo tiene predominante sensibilidad para lo
bello.
Aquel cuyo carácter es calificado de colérico tiene sensibilidad
predominante para el género de lo sublime que se puede denominar magnífico. (…)
El colérico considera su propio valor y el de sus cosas y actos según el
prestigio o la apariencia de que se revistan a los ojos de los demás. (…) su
conducta es artificiosa.(…) Recurre por tanto , con frecuencia, al fingimiento;
en religión es hipócrita; en el trato, adulador; en política, versátil, según
las circunstancias. Se complace en ser esclavo de los grandes para después ser
tirano de los humildes.
Puesto que en el compuesto flemático no suelen aparecer
ingredientes de lo sublime y de lo bello en un grado particularmente
apreciable, cae esta carácter fuera del círculo de nuestro examen.
Más allá de los rasgos
propios de los tipos clasificados tradicionalmente, Kant alerta sobre el fácil
recurso que tenemos a nuestro alcance para, observando las reacciones de los
individuos ante aspectos de la realidad no teñidos por la moralidad, detectar
cuál puede ser la sensibilidad de los tales ante, como Kant las denomina, las cualidades superiores de su espíritu y
aun las de su corazón: El que se
fastidia oyendo una hermosa música hace sospechar mucho que las bellezas de la
literatura por los encantos del amor no ejercerán poder sobre él. Hay un cierto
espíritu de las pequeñeces (esprit des bagatelles) que muestra una especie de sensibilidad delicada, pero dirigida
precisamente a lo contrario de lo sublime. Es el gustar de algo por ser muy
artificioso y difícil; el gustar de todo lo que está ordenado de una manera
minuciosa, aunque sea sin utilidad, por ejemplo, de libros primorosamente
colocados en largas filas dentro de la estantería, y una cabeza vacía que los
contempla, llena de satisfacción.
Kant divide su ensayo en cuatro
partes bien definidas: I sobre los diferentes objetos del sentimiento de lo
sublime y de lo bello. II. Sobre las propiedades de la sublime y de lo bello en
el hombre en general. III Sobre la diferencia entre lo sublime y lo bello en la
relación recíproca de ambos sexos. IV. Sobre los caracteres nacionales en
cuanto descansan en la diferente sensibilidad para lo sublime y lo bello. Pues
bien, en el apartado III es donde posiblemente las intelectoras den algún
respingo, sobre todo porque los juicios que Kant emite tendrán un valor determinante
en el joven Otto Weininger y su teoría de la supremacía genética y moral del
hombre sobre la mujer. A pesar de los elogios sinceros e interesados con que abre la sección de dicada casi
íntegramente al bello sexo: Tienen muy pronto un carácter juicioso,
saben adoptar aire fino y son dueñas de sí mismas, y eso a una edad en que
nuestra juventud masculina bien educada es todavía indómita, basta y torpe (…)
prefieren lo bello a lo útil. (…) Son muy sensibles a la menor ofensa y
sumamente finas para advertir la más ligera falta de atención y respeto hacia
ellas. (…) El sexo masculino se afina con su trato. (…) El bello sexo tiene
tanta inteligencia como el masculino, pero es una inteligencia bella; la
nuestra ha de ser una inteligencia profunda, expresión de significado
equivalente a lo sublime; no tarda en presentarnos un retrato de la mujer
propio de la mente más retrógrada, lo que no deja de chocar, tratándose de un
filósofo como Kant, como si él fuera el representante de la sociedad castradora
en que vivía y asumiera esos valores represivos como los únicos posibles de ser
pensados y llevados a la práctica. No lo exculpan, como es obvio, las
invectivas que lanza contra los hombres, y la constatación de que sólo la frecuentación
de las mujeres es capaz de sacar lo
mejor de ellos. Kant lleva a cabo una asignación de roles que parece responder
a lo que hoy en día se conoce por el título de un libro de autoayuda que se
hizo célebre: Los hombres son de Marte,
las mujeres de Venus, de John Gray :
En historia no se llenarán la cabeza con
batallas ni en geografía con fortalezas: tan mal sienta en ellas el olor de la
pólvora como en los hombres el del almizcle. La diferencia entre belleza y
nobleza, como atributos de uno y otro sexo, le lleva a una concepción de la
mujer de la que él ya intuye la injusticia que la anima: Nada de deber, nada de necesidad, nada de obligación. A la mujer es
insoportable toda orden y toda construcción malhumorada. (…) Me parece difícil
que el bello sexo sea capaz de principios, y espero no ofender con esto:
también son extremadamente raros en el masculino. A continuación, Kant hace
un repaso de lo que él considera han de ser rasgos de carácter
predominantemente femeninos, como el pudor: Esta
cualidad es principalmente propia del bello sexo, y le sienta muy bien. Debe
considerarse como una grosera y despreciable inconveniencia sumir en confusión
y desagrado la delicada honestidad del mismo con esas plebeyas bromas que se
suelen llamar frases equívocas. Y añade, para sorpresa del lector
indignado, una matización cuya franqueza, que luego desarrollará con mayor
precisión, le despoja de la condición de filósofo mojigato y lo acerca a la
verdadera dimensión de su fondo positivista: Pero en último término, la inclinación sexual es el fundamento de todos
los demás encantos. (…) Toda esta
seducción está, en el fondo, extendida sobre el instinto sexual. La naturaleza
persigue su gran propósito, y todas las finuras añadidas, por mucho que de él
parezcan desviarse, son sólo ornamentos, y al cabo toma su encanto justamente
de ese mismo manantial. Un gusto rudo y sano, atenido siempre de cerca a este
instinto, se preocupará poco en una mujer de los encantos del talle, del
rostro, de los ojos, etc. (…) Aunque poco delicado, no ha de menospreciarse
tampoco este gusto. Por él la mayor parte de los hombres observa el gran orden de
la naturaleza de una manera sencilla y segura. En ese vaivén entre lo natural y lo social,
Kant aboga por que la mujer, sin descuidar la “apariencia bonita”, se preocupe
de los “encantos morales”, porque allí
donde se revelan, cautivan más. Todo, sin embargo, dentro del orden supremo
de la moderación, porque querer sustituir totalmente los instintos nos hace
caer de lleno en la máscara ridícula de la afectación, de la pretensión: La vanidad y las modas pueden acaso dar una
falsa dirección a estos instintos naturales y convertir a muchos hombres en señoritos
empalagosos y a muchas mujeres en pedantes o amazonas; pero la naturaleza
procura siempre restablecer sus disposiciones.
Acaba Kant el capítulo con
una reflexión sobre la vida conyugal, el éxito de la cual, tomen nota los cónyuges
intelectores –que haberlos, haylos…– que por este Diario se paseen…, consiste en lo siguiente: En la vida conyugal, la pareja unida debe constituir como una sola persona
moral, regida y animada por la inteligencia del hombre y el gusto de la mujer.(…)
Cuando se llega a alegar el derecho de quien manda, las cosas están perdidas;
esta unión, que solo debe estar fundada en la simpatía mutua, queda destruida
no bien el deber principia a hacerse oír. Las pretensiones de la mujer en este
tono duro son extremadamente odiosas, y las del hombre, innobles y
despreciables en sumo grado.
Para acabar este breve
ensayo sobre lo bello y lo sublime aplicado a los caracteres humanos, Kant se lía
la manta a la cabeza y, reconociendo en la primera nota a pie de página la
injusticia de ciertos juicios, acaso escasamente fundados, se lanza a una
descripción de caracteres nacionales muy del gusto del romanticismo, que es
donde nace la ideología del alma popular, la volkgeist, de tan perniciosos efectos
para el continente europeo. Esos caracteres van unidos, al decir de Kant, a las
tendencias morales, y de ahí sale que el español sea serio, callado y veraz. Pocos comerciantes hay en el mundo más honrados
que los españoles. [Y eso que a buen seguro no faltarían en aquella época
nuestros Bárcenas, Millet, Matas y
Condes…] Tiene un alma orgullosa y siente
más los actos grandes que los bellos. Por su parte, el francés gusta de ser ingenioso y sacrificará sin
remordimiento algo de la verdad a una ocurrencia, lo que nos habla, sin
duda, de ese esprit que sería el
equivalente del wit inglés y de
nuestra agudeza. Kant captó perfectamente
que el francés gusta de la audacia de sus expresiones; pero para alcanzar la verdad no
hay que ser audaz, sino precavido. En cuanto al inglés, se manifiesta
ambivalente: El inglés es glacial siempre cuando uno comienza a
tratarle, y se muestra indiferente con un extraño; en cambio, una vez hecho
amigo, está dispuesto a prestar grandes servicios. Y no podía faltar en
este retrato caracterológico la visión que comparten todos los continentales: Se convierte fácilmente en un excéntrico no
por vanidad, sino por preocuparse poco de los otros y porque no contraría
fácilmente su gusto por amabilidad o imitación. Para Kant, su compatriota,
el alemán, se pregunta mucho más que los
precedentes acerca de lo que puedan pensar de él los demás., y si hay algo en su carácter que pueda excitarle a desear
una mejora importante es esta debilidad, por la cual no se atreve a ser
original, aun cuando tiene todas las condiciones para ello.
Le ahorro a mis queridos
intelectores el incomprensible y deleznable broche de acendrado racismo con que
Kant despacha a los pueblos negros, hirientes anécdotas incluidas, y no por
respeto a su venerable figura, sino por el que los primeros me merecen. Aunque
ello explique, y avale hasta cierto punto, las aberraciones ideológicas y
filosóficas que vendrán después, porque Weininger, por ejemplo, aclama a Kant
como filósofo-guía. Y ya se sabe de Hitler que admiraba solamente a un judío:
Weininger.
jueves, 22 de mayo de 2014
Jean de La Bruyère: La genética no experimental del carácter.
Teoría del carácter III
Los caracteres, de
Jean de La Bruyère: la observante serenidad de la sindéresis.
Consuelo Berges, la
traductora de esta primera edición completa de Los caracteres o las costumbres de este siglo, de La Bruyère (en Hermida Editores, 2013, en una colección
de nombre tan inducidor al vicio de la lectura como El jardín de Epicuro, de origen anatoliano, supongo), por sí sola
ya merecería una entrada en este Diario
que publicitara su meritoria labor intelectual autodidacta y su singular carácter
vital y contestatario. Su ejemplo de entrega a la labor intelectual y a la
reivindicación de la lucha de las mujeres por su emancipación absoluta
constituyen aún hoy un ejemplo digno de ser imitado.
Hoy toca, sin embargo, continuar con esta aproximación al concepto
de carácter y su evidente repercusión en la construcción de las teorías de la
personalidad y de los estereotipos, porque el subtítulo de la obra de La
Bruyère, “las costumbres”, incide en una visión social de la persona que, más
adelante, antes del realismo, dará como fruto una literatura costumbrista en la
que el estereotipo se impone de manera tan claustrofóbica que con razón el
Romanticismo exageró hasta el desgarro retórico –y en no pocas ocasiones vital,
como Werther se encargó de popularizar– sus individualistas rasgos rebeldes y
liberales, por más que haya un romanticismo conservador que, respecto a los
tipos, comparte la misma rebeldía del liberal. Dicho subtítulo, no obstante, no
le hace justicia al libro, porque una de las tesis principales del mismo es el
de la radical heterogeneidad de la especie humana, la dificultad insalvable
de establecer patrones a los cuales se
ajusten, como al lecho de Procusto, los miembros de los múltiples grupos
humanos que conforman nuestras sociedades. De ahí se deriva una visión
antinacionalista muy curiosa, que no enfatizaré, teniendo en cuenta que el
lector puede repasar la entrada sobre Jespersen, donde se recogen, se revalidan
y amplían las tesis de La Bruyère.
Traductor de Teofrasto,
labor que le impulsa a emularlo, al ser recibida con notable éxito popular su
versión del clásico griego, es consciente de no ser un mero continuador de la
tradición moralista de La Rochefoucauld, porque, como él dice: Lo que yo he querido escribir no son
máximas: son como leyes morales, y confieso que no poseo ni bastante autoridad
ni bastante genio para hacer de legislador; incluso sé que habré pecado contra
el uso de las máximas, que las exige cortas y concisas, como los oráculos.
En efecto, nuestro autor peca contra el laconismo con una alegría descriptiva
que hace las delicias de los lectores, o al menos las de uno tan cualificado
como Flaubert, según se recoge en la contraportada, donde se extracta una de
sus cartas a Louise Colet: Ayer noche
estuve leyendo a La Bruyère al acostarme. Es bueno bañarse de cuando en cuando
en esos grandes estilos. ¡Cómo está escrito! ¡Qué frases! ¡Qué relieve y qué
nervio! Nosotros no tenemos ya ni idea de todo eso. Incluso leemos esos liobros
una vez y ya está. Deberíamos saberlos de memoria. ¡Qué descansado queda
este Artista Desencajado cuando puede delegar los halagos en crítico tan fuera
de sospecha como el autor de Bouvard y
Pécuchet! Me permito contradecirle, sin embargo, en que no solo las noches
nos ha de ocupar su lectura, sino buena parte de los días también.
Los caracteres es un
libro que se le fue de las manos al autor, sin duda. Es, como es sabido, el
libro de su vida, que fue ampliando sucesivamente hasta la novena edición de
1696, aparecida pocos días después de la muerte del autor y la única en la que
no había ninguna adición. No se le fue de las manos por la extensión, sino por
la indeterminación de su objetivo y el carácter misceláneo del mismo, muy al
estilo de las polianteas y florilegios del Barroco. No sólo es plurigenérico,
sino pluridisciplinar: Desde reflexiones políticas al estilo de los Manuales de
Príncipes, hasta cuadros de costumbres sociales de diferentes clases, pasando
por reflexiones antropológicas, religiosas, sociológicas, políticas y, sobre
todo, psicológicas, lo constituyen. Son de muy desigual valor, a pesar del
magnífico tono general del libro, y pesan mucho los condicionamientos de época
que el autor o no se atreve a transgredir o acepta de todo grado. Como él mismo
define su mester: La crítica no suele ser una ciencia; es un oficio, en el que se
necesita más salud que talento, más trabajo que capacidad, más costumbre que
genio. Y La Bruyère, como ahora este atrevido apologeta, damos fe de la importancia
de esa dedicación casi exclusiva. Hay algo de artesanía en la crítica, una
suerte de elocución manual, si se me permite la sinestesia, que obliga a ir
retocando constantemente la obra hasta darla por aceptable, que nunca por
definitiva, palabra pesada como las losas sepulcrales.
Hemos de avanzar
rápidamente que la visión de la galería de caracteres que La Bruyère lleva a su
libro está teñida de un sano escepticismo respecto de la posible bondad innata
del ser humano. Frente a esa ingenuidad que adoptará como base de su
pensamiento Rousseau, el parisino suele ofrecer ejemplos que nos traen en su
suma de imperfecciones y vicios ecos del viejo Medievo. El autor observa la
realidad sin mezclarse demasiado con ella, pues adopta la figura de observador discreto
que se limita a tomar nota, a levantar acta, al más estricto modo notarial,
pero sin la asepsia de estos funcionarios, porque los informes que podríamos considerar que son Los caracteres son una exhibición estilística apabullante. El autor
ha dividido su obra en varios epígrafes, prefigurando futuras ediciones de
libros de aforismos agrupados por la temática. Ese hecho no obra a favor del
libro, porque no permite la irrupción sorprendente de ciertos hallazgos que, en
un contexto diferente, brillarían con más luz, pero en un capítulo en el que
todas las reflexiones tienen mucho en común ese efecto sorpresa casi
desaparece. Solo se manifiesta en forma de aforismos que alcanzan la plenitud
de expresión y contenido mediante la gracia poética que es su razón de ser.
Frente a certeras reflexiones de orden caracterológico, al estilo de la
siguiente: Para ciertas personas, hablar
y ofender es exactamente lo mismo. Son picantes y amargas; su estilo es una
mezcla de hiel y ajenjo: la burla, la injuria, el insulto, les resbalan de los
labios como la saliva. Les hubiera convenido nacer malas o estúpidas. Lo que
tienen de vivacidad o de ingenio les perjudica más que a otros su tontería. No
siempre se conforman con replicar con acritud, a veces atacan con insolencia;
arremeten contra todo lo que cae bajo su lengua, contra los presentes, contra
los ausentes; embisten de frente y de costado, como los carneros. ¿Acaso se les
pide a los carneros que no tengan cuernos? Pues tampoco hay que esperar
corregir con esta semblanza naturalezas tan duras, tan ásperas, tan indóciles.
Lo mejor que se puede hacer al verlas, aunque sea de lejos, es huir de ellas
con todo ímpetu y sin mirar hacia atrás, no es infrecuente hallar en las
páginas de Los caracteres brotes de
lucidez que se ciñen a la mejor tradición de las máximas moralistas que definen
la escuela aforística francesa: Todas las
pasiones mienten, se disfrazan cuanto pueden a los ojos de los demás, se
esconden de sí mismas. No hay vicio que no se parezca algo a alguna virtud y
que no se sirva de ella.
En términos generales, aún podemos
asentir a no pocas averiguaciones sobre el carácter hechas por nuestro autor,
porque en punto a la descripción de ciertos rasgos de personalidad poco o nada
influyen las circunstancias, a tenor de la similitud diacrónica que hallamos en
textos remotos y textos próximos. De Teofrasto acá, bien puede decirse que sea
temerario combatir la idea de los universales del carácter, porque la
repetición ad náuseam de ciertos
tipos permite elaborar una clasificación bastante ajustada a lo que nuestra
experiencia propia nos deja conocer, a poco que la observación crítica de
nuestro prójimo entre en el amplio o reducido círculo de nuestros intereses
vitales. Tomemos como ejemplo el análisis que hace La Bruyère de la falsa y la
verdadera grandeza: La falsa grandeza es
hosca e inaccesible: como se da cuenta de su inconsistencia, se esconde, o, al
menos, no se muestra de frente y sólo se deja ver lo necesario para impresionar
y no parecer lo que es: quiero decir una verdadera pequeñez.
La verdadera grandeza es libre, sencilla, familiar,
popular; se deja toar y manejar, no pierde nada en ser vista de cerca; cuanto
más se la conoce, más se la admira. Se inclina por bondad hacia sus inferiores
y vuelve sin esfuerzo a su posición natural; se abandona a veces, se descuida,
se desprende de sus ventajas, siempre dueña de recobrarlas y hacerlas valer;
ríe, juega y bromea, pero con dignidad; se la aborda a la vez con libertad y
con continencia.
De este tenor son las
muchas y provechosas incursiones de nuestro autor en todos los órdenes de la
vida: desde lo más nimio hasta lo más encumbrado; para el moralista no hay
parcelas excluidas de su observación y reflexión: desde un juicio literario: Un talento mediocre cree escribir divinamente;
un talento sólido cree escribir razonablemente, hasta el elogio de una
virtud escasa y resbaladiza: La modestia
es al mérito lo que las sombras a las figuras de un cuadro: les dan fuerza y
relieve, pasando por la facilidad para la agudeza –y recuérdese al respecto
que las obras de Baltasar Gracián tuvieron formidable eco en Francia desde la
traducción de su Oráculo manual, en
francés L’homme de Cour, según nos
recuerda Berges en su escueta pero pedagógica introducción a su versión–, tan
valorada en los salones literarios: Si es
corriente que nos conmuevan las cosas raras, ¿por qué nos conmueve tan poco la
virtud? O la muy propia de todas las épocas: Se mira a una mujer sabia como se mira un arma bella, en que se
refleja esa prevención común contra las mujeres sabias, propia de una
concepción tradicional y machista del papel de la mujer que desde Lope hasta
Molière, pasando por quien se quiera añadir, ha llegado hasta nuestros días,
como el emperador intelectual Cañete nos lo ha demostrado recientemente –¡qué
lejos el Cañuelo ilustrado de El censor
de este Cañete lastrado de prepotencia masculina!–, una postura que llegará a
su apogeo en la obra de un genio extraviado como Otto Weininger, de quien ya
hablaremos despacito y con buena letra.
En esto del análisis del
carácter lo que más se agradece es la capacidad de matización, esa sutileza que
nos permite afinar el análisis y precisar variantes de las maneras de ser y de
estar casi impensables hasta que las leemos como una epifanía en los libros de los
demás: se nos revelan con las palabras exactas con que nosotros alguna vez
hemos creído poder definirlas borrosamente. Así, no es extraño que apreciemos algunas
precisiones, no necesariamente deslumbrantes, pero sí, casi siempre,
reveladoras de un espíritu observador que repara en lo que suele pasarnos
desapercibido, como que La liberalidad no consiste tanto en dar
mucho como en dar a tiempo o que Se
pisa a los graciosos de mala sombra; pero hay en todas partes una plaga de esta
clase de insectos. El gracioso auténtico es un ejemplar raro; incluso al que ha
nacido tal le es difícil sostener mucho tiempo el papel; no es corriente que el
que hace reír se haga estimar, en la que apreciamos que la peste del graciosismo es de todas las épocas y en
que un gracioso auténtico es, por el contrario, diamante irregular único; sin
olvidar iluminaciones sombrías como que
les cuesta menos trabajo a ciertos
hombres enriquecerse de mil virtudes que corregirse un solo defecto.
A poco que La Bruyère parece
ceder a la necesidad de fundamentar antropológicamente su visión del carácter
repara en la dificultad intrínseca que conlleva cualquier intento de
definición: Todo es postizo en el humor,
las costumbres y las maneras de los hombres: (…) las exigencias de la vida, la
situación en que uno se encuentra, la ley de la necesidad, fuerzan la
naturaleza y causan grandes cambios. Por eso un hombre, en el fondo y en sí
mismo, no puede ser definido: demasiadas cosas ajenas a él le alteran, le
cambian, le trastornan; no es preciosamente lo que es o lo que parece ser. Hasta
el clima y la tierra de nacimiento pueden condicionar el carácter, al decir de
nuestro autor, en una teoría que no anda lejos de la concepción eurocéntrica
que tantas aberraciones racistas permitió fundamentar: Creo que los lugares influyen en la inteligencia, en el carácter, en el
gusto y en los sentimientos. Para La Bruyère el hombre es, básicamente, una
pluralidad de máscaras que necesita del arte para saber mantenerlas con cierto
decoro, ¡Cuánto arte hace falta para
llegar a la naturalidad!; concepciones todas ellas que adelantan, en cierto
modo, aquella radical heterogeneidad del ser machadiana: Un hombre desigual no es un hombre solo, sino varios: se multiplica
tantas veces como nuevos gustos y maneras diferentes tiene; en cada momento es
lo que no era y muy pronto será lo que nunca ha sido: se sucede a sí mismo. No
preguntéis qué carácter tiene, sino cuáles son sus caracteres; ni cómo es su
genio, sino cuántas clases de genio se hallan en él.
Cuando dije, al principio, que Los caracteres se le habían ido de la
mano al autor me refería concretamente a la facilidad con que, al hilo de las
descripciones caracterológicas (1.Un
carácter muy insípido: el de no tener ninguno. 2.Creer que desde un alto cargo se domina a los hombres con amabilidades
estudiadas y abrazos interminables y estériles, es tener de ellos muy mala
opinión y, al mismo tiempo, conocerlos bien. 3. Un hombre que se disfraza de un carácter que no le pertenece, cuando
vuelve al suyo es como si llevara una careta.) el autor incursiona en
terrenos como la teoría política, la filosofía, la teología o la hermenéutica.
De esta última rescato un apunte, al
más puro estilo canettiano, que he estado tentado de colocar en el frontispicio
de este Diario como una declaración
de principios:
Nunca será bastante recomendado el estudio de los textos;
es el camino más corto, el más seguro y el más agradable para todo género de
erudición; poseed las cosas de primera mano, id a la fuente, manejad y manosead
el texto, aprendedlo de memoria, citadlo en las ocasiones, preocupaos, sobre
todo, de penetrar su sentido en toda su extensión y circunstancias; conciliad a
un autor original, ajustad sus principios, sacad vos mismo las conclusiones;
los primeros comentadores estaban en el caso en que yo deseo que os encontréis:
ni acudáis a sus luces y no sigáis sus puntos de vista sino en el caso de que
los vuestros fuesen demasiado otros; sus explicaciones no os pertenecen y
podéis muy bien no entenderlas; en cambio, vuestras propias explicaciones nacen
de vuestro cerebro y en él permanecen, y las encontraréis más fácilmente en la
conversación, en la consulta y en la controversia. (…) Acabad así de
convenceros con este método de estudio de que es la pereza de los hombres lo
que ha animado a la pedantería a engrosar, más que a enriquecer, las
bibliotecas, a sumergir el texto bajo el peso de los comentarios, y que de este
modo se ha perjudicado a sí misma y a sus más caros intereses, multiplicando
las lecturas, las investigaciones y el trabajo que se proponía evitar.
A medio camino entre el aforismo, la
nota, el apunte y el fragmento, he aquí un breve reguero de extractos de Los caracteres que le permitirán al apasionado
intelector desear cuanto antes perderse en la fronda amable y lúcida de libro
tan apetecible como en agosto la sombra del alcornoque en la dehesa:
En el trato social, la que primero cede es la razón. Los
más discretos suelen ser dominados por el más loco o el más extravagante.
Vemos a ciertos hombres caer de una elevada posición por
los mismos defectos que le habían servido para subir.
Nadie es desvergonzado por gusto, sino por naturaleza;
serlo es un vicio, pero congénito.
El esclavo solo tiene un amo; el ambicioso tiene tantos
como personas útiles a su encumbramiento.
La agudeza no es cualidad ni demasiado buena ni demasiado
mala: flota entre el vicio y la virtud. No hay ocasión en que no pueda, y acaso
en que no deba, ser reemplazada por la discreción.
Los poderosos desprecian a las personas de talento que
solo tienen talento; las personas de talento desprecian a los poderosos que
sólo tienen poder. Los hombres de bien compadecen a los unos y a los otros, que
tienen poder o talento y ninguna virtud.
Quien dice pueblo dice muchas cosas. Es ésta una
expresión muy vasta y asombraría ver lo que abarca y hasta dónde se extiende.
Está el pueblo que es contrario a los poderosos, esto es, el populacho y la
multitud; está el pueblo que es contrario a los sabios, a los inteligentes y a
los virtuosos, esto es, los poderosos y los humildes.
No hacer la corte a nadie ni querer que nadie os la haga:
dulce situación, edad de oro, estado el más natural del hombre.
Nada más parecido a una viva persuasión que una mala
obstinación; de ahí los partidos, los grupos, las herejías.
Nada refresca tanto la sangre como haber sabido evitar
una tontería.
Decir de un hombre colérico, desigual, pendenciero,
malhumorado, quisquilloso, caprichoso, “es su genio”, no es excusarle, como se
cree, sino confesar sin pensarlo que tan grandes defectos son irremediables.
La descortesía no es un vicio del alma, sino el efecto de
varios vicios: de la necia vanidad, de la ignorancia de los deberes, de la
pereza, de la estupidez, de la distracción, del desprecio a los demás, de la
envidia.
Nada hace comprender mejor lo poco que Dios estima las
riquezas, el dinero y otros grandes bienes de fortuna y posición, que el
considerar la clase de hombres a quienes se los concede.
jueves, 15 de mayo de 2014
Huarte de San Juan: un olvidado precursor del holismo.
del carácter
II: Examen de Ingenios para las ciencias,
de Huarte de San Juan: la larga pervivencia de la teoría de los humores
La intención
pedagógica de Huarte de San Juan parte de una premisa que hoy en día pocos
pedagogos admitirían: que cada uno debe ocuparse de aquello para lo que está
capacitado, cuyo reverso es impecablemente cierto: Nuestra capacidad no nos
permite dedicarnos a cualquier ocupación. Esta cura de humildad sobre nuestras
potencialidades es importante recordarla y tenerla en cuenta, porque el poder
político que depende de los votos de los ciudadanos se he empeñado en “garantizar
el derecho a la competencia individual”, porque “todos somos iguales” y, en sus
demagógicas consecuencias, “todos podemos conseguir lo que nos propongamos”,
etc. Contra este discurso alienador fue escrito, con preclara anticipación, el Examen de Ingenios para las Ciencias, de
Huarte de San Juan. De hecho, lo primero que le llama la atención al estudioso
es lo siguiente: Cosa es digna de grande admiración que, siendo Naturaleza tal cual
todos sabemos, prudente, mañosa, de grande artificio, saber y poder, y el
hombre una obra en que ella tanto se esmera, y para uno que hace sabio y
prudente cría infinitos faltos de ingenio.
Los estudiosos han
considerado a Huarte como el primer gran psicólogo europeo, y su obra, como el
primer tratado escrito con afán científico sobre los fundamentos de la
personalidad humana. De hecho, está considerado, sin ser santo, como el patrono
–esa paradójica figura universitaria– de las facultades de Psicología. La
influencia de Huarte, uno de los pocos intelectuales españoles verdaderamente
presentes en la cultura occidental –Lessing escribió sobre el Examen… su tesis doctoral, por ejemplo–,
puede rastrearse, siglos después, en un autor tan distante como el olímpico, y
romántico, Goethe: Feliz el que reconoce a tiempo que sus deseos no
van de acuerdo con sus facultades, máxima que va algo más allá de la tesis huartiana, pero con la que
comparte un idéntico fondo: que no somos un libro en blanco y que si, como
rastreó Chomsky en él, nacemos con una gramática innata, también llevamos
impresa de nacimiento las características esenciales de nuestra personalidad.
Vamos, que, como siempre se ha dicho, la cabra tira al monte…
Aunque
Huarte parte, como tantísimos otros antes y después de él, de la teoría de los
humores, con la que se asocia a Hipócrates, el creador del género aforístico en
su dimensión estrictamente científica, como principal defensor, si bien es
anterior a él, de la doctrina que establecía cuatro caracteres básicos: sanguíneo,
colérico, melancólico y flemático, en correspondencia con los cuatro humores
fundamentales: la sangre, la bilis, la bilis negra (o atrabilis( y la flema, lo
cierto es que la obra de Huarte de San Juan se inspira directamente, según él
mismo lo reconoce, en la obra de Galeno, epónimo de los profesionales de la
medicina, pero él va bastante más allá de la mera labor recopiladora y
divulgativa del saber preexistente, como lo fueron, en su momento, las Etimologías de San Isidoro, una
Enciclopedia avant la lettre y una
deliciosa lectura que recomiendo vivamente.
Ciento treinta y
siete años antes de la aparición de la obra de Huarte de San Juan, Alfonso
Martínez de Toledo había publicado su famoso Arcipreste de Talavera o Corbacho, una obra en la que el autor se
remite a los famosos cuatro humores para trazar un retrato de las
personalidades humanas básicas, personalidades que, además, pone en relación
con los signos del zodiaco. Este libro de Martínez de Toledo ha de ser lectura
imprescindible para quien quiera saber con meridiana exactitud cómo era el
habla en la España del siglo XV, porque la obra es un valiosísimo documento
vivo del habla coloquial de entonces. Para entrar en calor, veamos cómo
describe él, más de un siglo antes, las cuatro caracterizaciones básicas el
carácter:
E[n] Onbres ay muchas maneras, e por ende son malos de
conocer, peores e castigar. E por quanto es cosa muy fonda el coraçón del
onbre, segund Salomón dize, por enmde non sólo por lo que de partes de fuera
demuestra es conoscido, mas aun por las calidades e conplisyones que cada uno
tiene es por malo o bueno avido. E son en quatro principales maneras falladas:
unos son secrectos, callados, e de cortas razones, flemáticos, adustos; e otros
son en otras tres manmeras: unos sanguinos, alegres e plazenteros; [otros]
colóricos e furiosos; otros malenconiosos, tristes e pensativos.
[Samnguino] Este tal en sý conprehende la
correspondencioa del ayre, que es húmido e caliente.
Pues, digo primeramente que el onbre sanguino que es muy
alegre, franco, riente e plazentero. Son gualladores e del mundo burladores: ay
aquí, cras allý; sy Marina non me plaze, Catalina, pues, sý faze. Estos tales
son onbres muy alegres, plazenteros e mucho rientes de voluntad. De una
paxarilla que vaya bolando [se reyrán] fasta saltarles las lágrimas de los
ojos. Non tienen gesto nin risa fyngida; todos onbres alegres aman; todos
juegos le plazen, especialmente cantar, tañer, baylar, dançar, fazer trovas,
cartas de amores; guasajosos en dezir, alegres en participar, verdaderos en lo
que prometen, entremetidos en toda proeza.
Ay otros onbres de calidad colóricos: éstos son calientes
e secos, por quanto el elemento del fuego es su correspondiente, que es
calyente e seco.
Estos tales son muy curiosos e de gran seso, ardidos,
sotiles, sabyos, ingeniosos, movidos de lygero e feridores. E a estos que estas
calydades tienen, verés de muchas vezes fazer sus fechos tan arrebatados, que
sy en algo alguna buena calidad tienen, en otro la pierden.
Ay otros que son flemáticos, húmidos, fríos de su
naturaleza de agua.
Éstos son primeramente perezosos. Toma quanto a lo
primero: para comienço de amar son muy cobardes, más que judíos. Nota lo segundo:
para ser amados son flacos e lygeros de seso, sospechosos, groseros e non en
cosa de pro nin de honra entremetidos.
Ay otros onbres que son malencónicos: a éstos corresponde
la tierra, que es el quarto elemento, la qual es fría e seca.
Estos tales son como los susodichos e aun peores; que son
ayrados, tristes, y pensé[r]osos, ynicos e maliciosos e rifadores. Pero de otra
parte son muy tristes e pensativos en sus malenconías, e buscan luego vengança;
non ay compañía que con ellos dure, non ha mujer que los pueda conportar. Estos
son picantones de noche e de día, jugadores de dados e muy perigrosos
barateros, trafagadores, enemigos de justicia, fazedores de ultrajes e
soberguerías a los que poco pueden: roblar, furtar, tomar lo ageno por fuerça.
Non ha maldad que por dineros no cometan; nin ha mujer que por ellos non
vendan, por aver o más valer.
[Nota: Mantengo la ortografía de la magnífica edición de Joaquín González
Muela en Clásicos Castalia, Madrid, 1970, para que se aprecie en toda su
intensidad el sabor de aquella lengua cuyos vestigios, aún vivos, podemos
admirar en el romance sefardí que los judíos expulsados de su patria han
mantenido vivo desde entonces.]
Ya veremos en otra entrega de
esta serie dedicada a la caracterología que esta división tan elemental llega
aún a Immanuel Kant, quien no duda en recurrir a ella en Lo bello y lo sublime con una adhesión cognitiva que sorprende en
el filósofo alemán –que conste que se me había escapado, en el primer tecleado,
el “filósofo animal”…, lo que, bien meditado, tampoco andaría muy lejos de la
verdad, de esas verdades metamorfoseantes que suelen encarnar las erratas y que
necesitan prolija explicación.
Vayamos ahora, sin
dilaciones, a comprobar el atrevimiento intelectual de Huarte y a comprender
por qué su obra acabó bajo la lupa de la Inquisición y en el Índice de libros
prohibidos, del que no salió, aun en su versión expurgada, la de 1594 –cuya difusión,
sin embargo, sí se permitió–, hasta tan tarde como 1966, es decir, cuando la Iglesia
renunció per in saecula saeculorum a
la existencia misma de los Índices. Porque la obra de este navarro, quien tuvo
que acreditar repetidamente su limpieza de sangre por esos azares de límites
fronterizos y contenciosos entre reinos, que se instaló finalmente como médico
–profesión harto sospechosa de judaizante en su época– en Baeza, donde trabajó,
gajes del azar, otro heterodoxo y semillero de heterónimos, Antonio Machado,
chocó y mucho con ciertas creencias y mentalidades para cuyos ortodoxos poseedores
ciertos atrevimientos, como el eugenésico, por ejemplo, estaban poco menos que
inspirados directamente por Lucifer.
Comienza Huarte su
Examen con una declaración de intenciones basada en su convicción de la
desigualdad natural de entendimientos que se da entre los hombres:
Yo a lo menos, si fuera maestro, ante que recibiera en mi
escuela ningún discípulo, había de hacer con él muchas pruebas y experiencias
para descubrirle el ingenio. (…) Pero entendido que para ningún género de
letras tenía disposición ni capacidad, dijérale con amor y blandas palabras:
“Hermano mío, vos no tenéis remedio de ser hombre por el camino que habéis
escogido: por vida vuestra que no perdáis el tiempo ni el trabajo y que
busquéis otra manera de vivir que no requiera tanta habilidad como las letras”.
En la segunda edad, que es la adolescencia, se ha de
trabajar en el arte de raciocinar; porque ya se comienza a descubrir el
entendimiento, el cual tiene con la dialéctica la mesma proporción que las
trabas que echamos en los pies y manos de una mula cerril que andando algunos
días con ellas toma después cierta gracia en el andar; así nuestro
entendimiento, trabado con las reglas y preceptos de la dialéctica, toma
después en las ciencias y disputas un modo de discurrir y raciocinar muy
gracioso.
¿Recuerda el
intelector aquella sabia decisión del tutor de Eusebio de convertirlo en
cestero para que tuviera un oficio del que poder vivir, por si no podía salir
con bien del estudio de las letras? En esa novela late, sin duda, la enseñanza
de esta obra de Huarte, que Montengón debió de leer con no poca atención.
Atrevido debió de
parecerles a sus contemporáneos, por ejemplo, que Huarte desdibujara las
fronteras de la racionalidad entre hombres y animales: Da a entender Galeno, aunque con algún miedo, que los brutos animales
participan de razón, unos más y otros menos, y dentro de su ánimo usan de
algunos silogismos y discursos puesto caso que no lo puedan explicar por
palabras; y que la diferencia que les hace el hombre consiste en ser más racional
y usar de prudencia con más perfección. Una conclusión que en modo alguno
les es extraña a naturalistas renombrados como Goodall o De Waal y a todos aquellos que han estudiado a
los chimpancés o los bonobos, por ejemplo.
La teoría de los
principios elementales, sobre todo el calor y la humedad y sus muchas
relaciones graduales, convierte estos en
el eje de la clasificación que lleva a cabo Huarte, de la cual se deriva una
suerte de determinismo que esclaviza más que encasilla a las personas, porque,
constatado el predominio de uno u otro humor, nadie puede escaparse de
ajustarse al tipo definido: del calor y de la frialdad nacen todas las
costumbres del hombre, porque estas dos calidades alteran más nuestra
naturaleza que otra ninguna. De donde nace que los hombres de grande
imaginativa, ordinariamente son malos y viciosos, por se dejar ir tras su
inclinación natural, y tener ingenio y habilidad para hacer mal. Desde esta perspectiva, llama mucho la
atención el “materialismo” huartiano, de naturaleza holística –el pensamiento
es producto del cuerpo y se deja influir por él y sus estados– que le lleva a
oponerse a Platón y a Aristóteles, pero que va corrigiendo poco a poco para no
acabar totalmente fuera de la Iglesia y de sus dogmas.
Se advierte, en la lectura del Examen, esa
permanente travesía entre Scila y Caribdis, entre el respeto a la ortodoxia
trentina y el vuelo libre del intelecto que quiere ser fiel a la experiencia
directa de lo que experimenta ( lo que
muestra la experiencia no admite disputas ni argumentos, nos dice con
convicción profunda) , de lo que captan sus sentidos y de lo que aprehende su
razón: Los filósofos vulgares (…)
viéndose cercados de las cosas sutiles y delicadas de la filosofía natural,
hacen entender a los que poca saben que Dios o el demonio son autores de los
efectos raros y prodigiosos, cuyas causas naturales ellos no saben ni entienden.
Con toda propiedad podría ser considerado Huarte, así pues, como el primer
ilustrado en la lucha contra las supersticiones, que tantas energías mentales
ha gastado, ¡y sigue gastando…! a lo
largo de la Historia. Se trata de acercarse al conocimiento con el espíritu
filosófico que caracterizaba el impulso aristotélico: el que tuviere docilidad en el entendimiento y buen oído para percibir
lo que naturaleza dice y enseña con sus obras, aprenderá mucho en la
contemplación de las cosas naturales: el que no, terná necesidad de preceptor
que le avise y le haga considerar lo que los brutos animales y plantas están
voceando.
La estrecha relación que Huarte establece
entre cuerpo y mente, que no otra cosa es el holismo, se advierte enseguida en
su reflexión: Pensar que el ánima
racional –estando en el cuerpo– puede
obrar sin tener órgano corporal que la ayude, es contra toda la filosofía
natural. También, pues, Huarte podría ser considerado un holista mucho
antes de que Jan Smut inventara la teoría y el concepto. ¿De qué otro modo
puede entenderse, si no, su complacencia en esta reflexión de Galeno: Galeno
dijo que se holgara que fuera vivo Platón para preguntarle cómo era posible ser
el ánima racional inmortal alterándose tan fácilmente con el calor, frialdad,
humidad y sequedad; mayormente viendo que se va del cuerpo por una gran
calentura, o sangrando al hombre copiosamente, o bebiendo cicuta, y por otras
alteraciones corporales que suelen quitar la vida; y si ella fuera incorpórea y
espiritual, como dice Platón, no le hiciera el calor –siendo calidad material–
perder sus potencias, ni le desbaratara sus obras.
La clasificación de
las personalidades establecidas por Huarte puede parecernos, como de hecho lo es,
escasamente fundada, a pesar de su orientación científica, pero no cabe duda de
que lo que podríamos llamar la sabiduría popular se ha nutrido de esas descripciones
de la personalidad que aún siguen teniendo cierta vigencia. Con todo, el
navarrés no deja de manifestar la extraordinaria dificultad de llegar a
conclusiones válidas de forma permanente, porque, a su entender: La filosofía y medicina son las ciencias más
inciertas de cuantas usan los hombres. Y si esto es verdad, ¿qué diremos de la
filosofía que vamos tratando, donde se hace con el entendimiento anatomía de
cosa tan oscura y difícil como son las potencias y habilidades del ánima
racional, en la cual materia se ofrecen tantas dudas y argumentos que no queda
doctrina llana sobre qué restribar? Sólo desde esa precaución reflexiva ha
de entenderse la precariedad de las conclusiones a las que llega Huarte a la
hora de establecer la relación entre humor y este o el otro tipo de personalidad. Si todos
los humores de nuestro cuerpo que tienen demasiada humidad hacen al hombre
estulto y necio, por ejemplo, y los que tienen fuerte imaginativa ya hemos
dicho atrás que son de temperamento muy caliente; y de esta calidad nacen tres
principales vicios del hombre: soberbia, gula y lujuria. El esquema básico
de su análisis es el siguiente:
Las calidades elementales, aisladas o combinadas dos a
dos, originan ocho temperamentos:
Caliente.
Frío.
Húmedo.
Seco
Caliente y húmedo: sanguíneo
Caliente y seco: colérico
Frío y húmedo: linfático [o flemático]
Frío y seco: melancólico
A partir de aquí, se
suceden en la obra las descripciones de las diferentes posibilidades de
manifestación de esos caracteres, como cuando nos precisa que Hay dos
géneros de melancolía. Una natural, que es la hez de la sangre, cuyo
temperamento es la frialdad y sequedad con muy gruesa sustancia; ésta no vale
nada para el ingenio, antes hace los hombres necios, torpes y risueños porque
carecen de imaginativa. Y la que se llama atra bilis o cólera adusta, de la cual dijo Aristóteles que hace los hombres
sapientísimos; cuyo temperamento es vario como el del vinagre: unas veces hace
efectos de calor, fermentando la tierra, y otras enfría; pero siempre es seco y
de sustancia muy delicada.
Se trata de una
casuística que hará las delicias de los aficionados a estos vericuetos del
pensamiento escrupuloso, amigo de las mil y una matizaciones, porque ya se
advierte que los caracteres se construyen mediante una combinatoria cuaternaria
que da mucho juego: Las
señales con que se conocen los hombres que son de este temperamento (Cólera
adusta) son muy manifiestas. Tienen el color del rostro verdinegro o cenizoso;
los ojos muy encendidos (por los cuales se dijo: “es hombre que tiene sangre en
el ojo”); el cabello negro, y calvos; las carnes pocas, ásperas y llenas de
vello; las venas muy anchas. Son de muy buena conversación y afables; pero
lujuriosos, soberbios, altivos, renegadores, astutos, doblados, injuriosos, y
amigos de hacer mal y vengativos. Esto se entiende cuando la melancolía se
enciende; pero si se enfría, luego nacen en ellos las virtudes contrarias:
castidad, humildad, temor y reverencia de Dios, caridad, misericordia y gran
reconocimiento de sus pecados con suspiros y lágrimas. Por la cual razón viven
en una perpetua lucha y contienda, sin tener quietud ni sosiego: unas veces
vence en ellos el vicio y otras la virtud. Pero con todas estas faltas, son los
más ingeniosos y hábiles para el ministerio de la predicación y para cuantas
cosas de prudencia hay en el mundo, porque tienen entendimiento para alcanzar
la verdad y grande imaginativa para saberla persuadir.
Como muestra ya me
parece suficiente, pero no quiero terminar sin recordarle a los intelectores
que quieran adentrarse en el jardín huartiano su teoría eugenésica para lograr
tener hijos que respondan a las siempre alta expectativas de los padres. Se
trata de una peculiar eugenesia que se une, sin embargo, a una misoginia que,
con el tiempo, acabará recogiendo el autor del siglo XX, Otto Weininger, que me
ha dado el pie para esta serie de artículos y a cuya obra dedicaré un
pormenorizado estudio. Se trata del capítulo XXV (donde se trae la manera cómo los padres han de engendrar los hjijops
sabios y del ingenio que requieren las letras. Es capítulo notable) del
libro, por si quieren ir directamente a consultarlo. Además de detalles como
que el esperma haya de caer en el óvulo derecho, Huarte sugiere incluso dietas
específicas para poder concebir ese hijo deseado: Si los padres quieren de veras engendrar un hijo gentil hombre, sabio y
de buenas costumbres, han de comer, seis o siete días antes de la generación,
mucha leche de cabras; porque este alimento, en opinión de todos los médicos es
el mejor y más delicado de cuantos usan los hombres; entiéndese, estando sanos
y que les responda en proporción. Pero dice Galeno que se ha de comer cocida
con miel, sin la cual es peligrosa y fácil de corromper.
Nuestro temperamento,
hijo de nuestros humores, bien puede ser excusado por el benigno juicio de Platón,
para quien ninguno es malo de su propia y
agradable voluntad, sin ser irritado primero del vicio de su temperamento.
De ahí la extrañeza que suele embargarnos ante según qué reacciones que nos
cuesta identificar con el núcleo duro de nuestra personalidad, de ese yo
perplejo y a la defensiva en el cuadrilátero de los humores.
martes, 6 de mayo de 2014
El carácter y los caracteres: Del marbete coloquial a la psicología disciplinar...
Teorías del carácter I
Los orígenes descriptivos: Teofrasto.
Lo que
caracteriza, en efecto, a un hombre que tenga carácter, es que sabe fijarse
objetivos y defenderlos, hasta el punto que estimaría que habría perdido su
individualidad si tuviera que renunciar a ellos. Esta constancia y la sustancialidad
del objetivo constituyen la base de lo que se llama un carácter.
Hegel: Estética.
Comenzar por el principio
una reflexión, al menos para Unamuno, consistía en investigar cuál era la etimología del
concepto sobre el que se centraría el discurso. En nuestro caso, el muy
discutido y resbaladizo del “carácter”.
Consultada esa maravilla que es el Diccionario
etimológico indoeuropeo de la lengua española, de Edward A. Roberts y
Bárbara Pastor (Alianza Diccionarios), del que me convertiría gatuitamente en
evangelista que lo publicitara incluso por los más recónditos. lugares de
nuestro país, porque intelectores los hay hasta debajo de las piedras en el más
humilde de los lugarejos, nos enteramos de que su raíz emparenta nuestro
carácter con el sánscrito gharsati:
rasca; con el griego karacther:
grabador, instrumentos grabador; y con el latín carácter: hierro de marcar ganado, marca con hierro. Más allá de
ese significado compartido, se creó el carátula
(antiguo carátura) con el significado
de máscara y profesión histriónica. Es evidente que no voy a entrar en esa
hermosa digresión que nos invita a viajar por el camino que va del hierro de
marcar ganado a la máscara del actor, porque es evidente lo que tiene de
impronta sobre la persona tanto el carácter como la máscara del mismo, que a
veces acaba fundiéndose con el rostro que se esconde tras ella.
La idea básica de la
huella indeleble es lo que todos los estudiosos parecen compartir acerca del
carácter, y hay quienes sostienen que ya nacemos con esa huella, y el proceso
de la vida consiste entones en amoldarnos a ella, acaso cumpliendo el
pindárico: llega a ser quien eres; y
quienes defienden que ese carácter lo vamos forjando a golpe de experiencia sin
cerrar nunca su expresión definitiva, una suerte de work in progress en el que, sin saber muy bien cuál pueda ser
nuestro carácter, aquel en el que terminemos por reconocernos, acaba
sorprendiéndonos la muerte sin fijar nuestra máscara definitiva.
Las socorridas expresiones
coloquiales relativas al carácter: ¡menudo
carácter! ¡Vaya un carácter! Es todito un carácter, en efecto. ¡Demonio de
carácter! ¡Qué carácter!, y otras similares, sobre todo las definitorias
del mismo: carácter cerrado, abierto,
esquinado, intolerante, áspero, animoso,
insoportable, iracundo, manso, pusilánime, decidido, atrabiliario, melancólico,
pacífico, belicoso, intrépido, orgulloso, espontáneo, rebuscado, afectado, humilde,
desabrido, suave, adusto, bonachón, dominante…, dejan constancia en esa suerte de ADN de las
colectividades que es su lengua la importancia de tenerlo o no tenerlo, de
tener en demasía o en parvedad ese carácter que, en el imaginario colectivo,
nos representamos como la verdadera expresión de la persona, su auténtica
naturaleza, lo inmodificable, su más sólida raíz. El carácter no anda lejos del
genio, y éste, está claro, del daimon
helénico que nos guía a veces a nuestro pesar, como una maldición de la que no
podemos escapar. A nadie deja de sorprenderle la facilidad con la que una
atribución caracterológica encierra a una persona en una cárcel definitoria de
la que le es socialmente imposible evadirse. A pesar de ello, del carácter de
sentencia civil que tiene el hecho de ser caracterizado, es ejercicio al que
rara vez nos hurtamos, por su espíritu crítico ligero, puesto que no nos exige
más que recordar taxonomías establecidas desde la noche de los tiempos y
perfectamente reconocibles por todos.
La caracterología es el fundamento
de la psicología. El estudio y la clasificación de los caracteres, cuya
rentabilidad literaria le es de sobra conocida a todo el mundo, fue el primer
paso para levantar el rudimentario mapa inicial de la psicología personal. Las
dotes de observación y el estudio minucioso del comportamiento permitieron ya a
Tírtamo de Éreso, rebautizado Teofrasto ("el expositor divino") por Aristóteles, establecer
ciertos tipos cuyas características fundamentales apenas han variado con el
paso del tiempo. Que se trate, como con precisión
nos informa de ello Elisa Ruiz García en la introducción, de una obra de
circunstancias, de marcado acento cómico, destinada a servir de pie para
ejercitarse en el arte del diálogo, no le quita ningún valor al repertorio de
rasgos de conducta que Teofrasto reúne y que tiene, en el siglo XXI, la
actualidad propia del IV antes de Cristo en que se escribió. He mencionado el
concepto “tipo” y ello puede inducir a creer que estamos ante una obra de
carácter costumbrista, en vez de un ingenioso estudio de las debilidades del
alma humana, porque la vena cómica desde la que escribió Teofrasto tienden a
ridiculizar lo que, siendo acusados rasgos de personalidad, nos parece que se
apartan un buen trecho de lo que la cortesía exige y la pacífica convivencia necesita;
pero lo cierto es que Menandro, discípulo de Teofrasto, fue el primero en
llevar a la arena del teatro esos caracteres que han ido moldeando, desde
entones, tipos que unos y otros autores han ido fijando para la posteridad: el miles gloriosus, el avaro, el fanfarrón, el don Juan, el glotón, el
perezoso, el misántropo, el beato meapilas, el hipócrita, el indeciso, el
desconfiado, el héroe, el hipocondríaco…
He aquí, en esencia
definitoria, parte de la corta galería de caracteres definida por Teofrasto con
singular perspicacia:
La rusticidad parece ser una ignorancia carente de
modales. (Hacia finales del siglo V antes de
Cristo, el término ágroikos comienza a tener un sentido peyorativo, como nos
recuerda Elisa Ruiz y sólo una diferencia acentual permitió distinguir las
acepciones de campesino y de “paleto”.
La oficiosidad, si queremos abarcarla en una definición,
es un tipo de relación cuyo objetivo no es el bien, sino procurar agrado.
La locuacidad, si alguien quisiera definirla, parecería
ser una incontinencia de palabra.
La novelería es una invención de dichos y hechos falsos,
a los que quiere su portavoz que se les preste crédito. (…) Hay quienes, por
haber conquistado ciudades de palabra, se han perdido una cena.
La sordidez es un ahorro excesivo de gastos.
La inoportunidad es una intervención extemporánea que
perturba a las personas de nuestro entorno.
El entremetimiento parece ser un exceso de buena
disposición tanto de palabra como de obra.
La grosería es una tosquedad en el trato que se manifiesta
verbalmente.
La superstición parece ser un amedrentamiento respeto a
lo sobrenatural.
La insatisfacción de la propia suerte es una crítica
injustificada de cuanto se recibe.
La desconfianza es una sospecha de maldad en todos los
seres humanos.
La guarrería es un abandono del cuerpo que resulta
desagradable a los demás. El guarro es un individuo capaz de pasearse con su
costra, su roña y sus largas uñas, y asegurar que éstas son enfermedades suyas
hereditarias, pues las han tenido su abuelo, su padre y él. (…) Otros rasgos
propios de él son: sonarse mientras come, rascarse en medio de un sacrificio,
salpicar con saliva cuando habla y eructar al tiempo que bebe.
La impertinencia es, en lo que atañe a su definición, una
forma de trato que, sin dañar, causa fastidio.
La vanidad parece ser un deseo mezquino de ostentación.
La tacañería es una ausencia de generosidad en lo que
atañe al gasto.
Por supuesto la manía de grandezas parece ser una
invención ficticia de bienes inexistentes.
La altanería es un cierto desprecio de todo lo que no es
uno mismo.
La cobardía parecer ser una cierta deficiencia del
espíritu causada por el miedo.
Perro del pueblo [así se
llamaba coloquialmente a los sicofantas].
La codicia es una pasión por un tipo de ganancia
vergonzante.
La labor de Teofrasto no
acaba en esas definiciones rigurosas y sencillas del carácter, sino en un
desarrollo expositivo en el que se aprecia a la perfección, a través de las
anécdotas pertinentes, los efectos
sociales de semejante posesión psicológica
Como se advierte, desde
que la horda primitiva estableció sus primeras relaciones interpersonales, las familiares
incluidas, debieron de empezar a gestarse estos rasgos de carácter que han ido
perfilándose con el pasar de los siglos para recordarnos de forma permanente la
solidez de nuestras peores raíces, la de la cizaña. Se han ido reformulando y
sutilizando, pero siempre serán, esos esfuerzos definidores, el intento de
perfección del mapa preciso de la condición humana.
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