miércoles, 20 de marzo de 2013

Sem Tob: Protoaforista español.



Don Sem Tob:
      Glosas de Sabiduría
          (Versión actualizada en aforismos
      hecha por Juan Poz)


Don Sem Tob de Carrión (Rab Shem tob ibn Ardutiel ben Isaac) fue un escritor judío de mediados del siglo XIV del que poco se sabe, además de sus orígenes y de, por supuesto, tener el honor de haber escrito el primer libro del canon de la  aforística en lengua castellana, si bien aún estamos lejos de que el concepto aforismo halle carta de naturaleza en nuestra literatura para referirnos a lo que hoy, sin ninguna duda, como demostraré en su día, constituye un género mayor de nuestra historia literaria junto a la narrativa, la lírica y la dramática. El libro de Sem Tob, dedicado en principio a Alfonso onceno, fue rededicado, tras la muerte de éste, a su hijo,  D. Pedro I, llamado el cruel. Los Proverbios morales o las Glosas de Sabiduría, pues de ambas maneras se ha conocido desde siempre la obra, fue citada por el Marqués de Santillana en lo que se considera la primera historia de nuestra literatura, por sucinta que fuera, el famoso Prohemio e Carta a sus obras:  
Concurrió en estos tiempos un judío que se llamó Rabí Santo; escribió muy buenas cosas y entre las otras Proverbios morales, en verdad de asaz recomendables sentencias. Púselo en cuento de tan nobles gentes por gran trovador, que así como él dice en uno de sus proverbios:
"No vale el azor menos/ por nacer en vil nido,/ni los ejemplos buenos/por los decir judío."

            El origen de este trabajo mío ha de buscarse en la pretensión de presentarlo a una editorial que publica actualizaciones de clásicos. He hecho el trabajo, pero, en vez de continuar adelante con el proyecto de presentarlo a la editorial para su posible publicación, me limito a dar una muestra de él en estas páginas, con lo que, en parte, cumplo la misma función última que había animado mi esfuerzo.
          Para realizar mi versión modernizadora del clásico he seguido, como no podía ser de otro modo, la única edición crítica de la obra de Sem Tob que merece ese nombre, la llevada a feliz término por Agustín Garcia Calvo para Alianza Editorial: Don Sem Tob Glosas de Sabiduría o Proverbios morales y otras Rimas, una auténtica joya de la filología. Se trata de un estudio y edición con un nivel de calidad, de dedicación, de sabiduría y de intuición como pocas veces me ha sido dado ver en mi larga y mediocre vida de filólogo diletante. Remito al lector interesado en el tema a que se sumerja en ese mar de erudición y de amor a la filosofía. Seguro que me lo agradecerá.
          La obra de Sem Tob procede de la tradición judía, pero también de los florilegios de sentencias de origen grecolatino que proliferaron en Europa desde mucho antes de la caída del imperio romano. A nadie se le oculta que la tradición de los aforismos se remonta a Sumeria, a la Biblia, a los libros egipcios y, por supuesto, a los autores griegos, cuyos presocráticos, como Heráclito, por ejemplo, transmitían su saber en forma de aforismos.   
            Don Sem Tob escribió su obra en coplas de cuatro versos heptasílabos y rima  cruzada consonante, si bien, para la modernización que he llevado a cabo no he respetado esta forma original, sino que la he volcado en la forma habitual en prosa del aforismo. La forma poética del rabino nos recuerda no sólo la tradición milenaria de la poesía gnómica, que llega, en nuestra literatura hasta Campoamor y hasta el Antonio Machado de sus conocidísimos Proverbios y Cantares. Los aforismo en prosa a que he reducido las cuartetas heptasílabas de Sem Tob pretenden acercar al público no familiarizado con el castellano medieval una obra cuyo valor moral continúa vigente, como podrán ver quienes se paseen por esta avenida de aforismos semtobianos que les ofrezco. No quiero entrar en el análisis de las fuentes y en el parentesco intelectual de Sem tob, tan felizmente esclarecido por García Calvo, pero me quedo de su análisis con una idea que se capta en cuanto uno echa a andar por su selva de aforismos: que Sem Tob, más allá de la influencia de los clásicos, se ha nutrido de su experiencia personal, y es este poso vital lo que convierte sus aforismos en textos imprescindibles para la persona de cualquier época, lugar y circunstancia, porque se adentra en la medula (digámoslo quevedescamente…) de la existencia.
          Helos aquí:

Alza los ojos y mira: verás flotar sobre las crestas del mar los pecios muertos y yacer hundidas las cargas de piedras preciosas de los naufragados navíos: así el peso la balanza más llena baja y la más vacía alza

                                ♣♥♦♠
 Cuando no ocurre lo que quiero, he de querer yo lo que ocurre. Me pesará primero, gozaré después.

                              ♣♥♦♠

Apenas nada es la vida del hombre, y todos sus actos y sus penalidades recorren escaso trecho.

                              ♣♥♦♠
  
He probado lo pesado y ahora probaré lo liviano: quizás mude de fortuna cuando cambie de dirección. El que no cambia, no halla lo que le agrada; dicen que el ave muda, agüero no hace.

                              ♣♥♦♠

Mejor es hablar que quedar por necio. Hablan poco tiempo los hombres que pisan la tierra, pues ésta, cuando los pisa a ellos, los calla para siempre.

                              ♣♥♦♠

Entendí que, si callaba, mi vida mejoraría; pero aborrecí el hablar y peor me iba.

                              ♣♥♦♠

No se desprecien mis razones porque sea persona de baja condición; que hay espadas que salen de rotas vainas y del gusano se hace la fina seda; barcas destartaladas recorren largas distancias y una pelliza astrosa encubre blancos pechos.

                              ♣♥♦♠
  
Bien sé que cuatro lanzamientos de lanza no llegan hasta donde la flecha alcanza.
         
                              ♣♥♦♠

Al sabio que es tímido, reservado, se le toma por necio y desgraciado.

                              ♣♥♦♠
  
A quien arroja la lanza, despacio le parece que va; pero al que por ella es alcanzado la tiene por presurosa.

                              ♣♥♦♠
  
Con frío le hace fiestas al sol y sale a su encuentro quien, a la hora de la siesta, cuando llega el calor, con la puerta le da en el rostro.

♣♥♦♠
  
Cuando pienso que lo mejor en todo es lo derecho, descubro al poco que no es cosa cierta: a unos les aprovecha y a los otros les sale caro: el derecho del arco es ser torcido y el placer de la balanza tener vertical el fiel.

                              ♣♥♦♠

Nada puedo loar o denostar sin más: según el lugar, así se ve la realidad: prisa llaman al ir despacio y envés al haz.

                              ♣♥♦♠
  
No es buena la cordura que deshonra a su dueño; ni mala la locura que vuelve persona al suyo.

                              ♣♥♦♠
  
Es gran torpeza pensar que todos los tiempos son iguales: unas veces se es escudo y otras venablo.
  
                              ♣♥♦♠

El hombre que transgrede la medida de las buenas costumbres pierde la bondad: tanto da traspasar el límite por un dedo como alejarse una jornada.

                              ♣♥♦♠
No por mucho andar se alcanza lo pasado, ni se pierde, por estarse quieto, lo que ha de llegar.

                              ♣♥♦♠

Ni fea ni hermosa cosa se puede alcanzar en el mundo si no es con su contrario: quien no siega el trigo no lo cosecha; si bajo tierra no yace la semilla, a espiga no llega.                          

                              ♣♥♦♠

Le place al ojo del lobo el polvo que levanta el ganado.

                              ♣♥♦♠
  
En el riesgo y la aventura yace el provecho y con las locuras se compran las ganancias.

                              ♣♥♦♠
  
El mundo no se guía por la razón, y la duda constante lleva al hombre a la miseria.
         
                              ♣♥♦♠
  
No habría en el mundo mayor proeza que la generosidad si no fuera por una tacha que la desmerece: que mengua como la luna y que nunca crece.

                              ♣♥♦♠
  
Como la candela misma es el hombre generoso: se quema por dar a otro lumbre.

                              ♣♥♦♠

Si el hombre es dulce como el agua, lo beberán; si sabe amarga, lo escupirán.

                              ♣♥♦♠

Aunque solo sea por guardarse de los intrigantes, el hombre debe cambiar sus costumbres a menudo: hoy bravo, mañana manso; hoy simple, mañana despierto; hoy generoso, mañana tacaño; hoy abrupto, mañana llano, hoy humilde, mañana orgulloso, a veces vengativo y a veces compasivo.

                               ♣♥♦♠

Ciertamente es el hombre como un vado: recela de él la gente antes de pasarlo.
     
                               ♣♥♦♠

En cuanto se barrunta la debilidad de un hombre, por ella le llega el ataque.

                              ♣♥♦♠
  
No conviene ser manso con todos.

                              ♣♥♦♠

Pocos son los que tienen buen seso: parejo es el escaso número de los locos y el de los cuerdos.

                              ♣♥♦♠

Ningún nacido puede vivir sin su afán,  y su único refugio es la acción. No se quedan las estrellas fijas en un lugar: mal sería que ellas se afanasen y el hombre se dedicara al ocio
                   
                              ♣♥♦♠

Establo es el huerto donde no nace fruto; y no vale más que un muerto, el hombre que no se afana.

                              ♣♥♦♠

El ocio alimenta el corazón de funestas preocupaciones y lo inducen a error.

                              ♣♥♦♠

Lo mucho nunca es bueno, aunque sea de fina especia; más vale escaso antídoto que mucha medicina.

                              ♣♥♦♠

A todo hombre le digo que se guarde más de sí mismo que de su enemigo, con eso le basta para poder andar tranquilo: guárdese de su envidia, de su saña y de su codicia, el peor de sus defectos.

                              ♣♥♦♠

Es imposible la mesura en la codicia: es mar profundo, sin puerto y sin orillas.

                              ♣♥♦♠

Conseguir una cosa despierta la codicia de lograr otra mejor y más trabajosa: la carencia procede de la abundancia.
                             
                              ♣♥♦♠

Dueño es el hombre de lo que tiene; esclavo de lo que le falta mientras viva.

                              ♣♥♦♠

Si no quieres que la codicia te prive de todo, codicia lo que tienes.

                              ♣♥♦♠

Por iluso a sí mismo se tendría el malvado si  pensara en que la fortuna le pudiera ser propicia, mas he aquí que ella se le entrega sin trabajar para conseguirla: esto es algo que no puedo perdonar.

                              ♣♥♦♠

Le preguntaban al Sabio un día su discípulo por qué no se afanaba por enriquecerse, y dijo que por algo así no se tomaría la más mínima molestia: ¿Por qué habría de molestarme por hallar algo de lo que nunca me hartaría de tener?

                              ♣♥♦♠

No por diligencia ni cordura se gana el dinero, sino por azar. La generosidad lo dilapida; la avaricia lo guarda y la mezquindad lo conserva.

                              ♣♥♦♠

Quien llena su talego con malas ganancias; desangra la vena de su despreocupación.

                              ♣♥♦♠

No hay más poderoso orgullo que la obediencia, ni mayor satisfacción que la resignación.

                              ♣♥♦♠

Nada más descansado que la pobreza, ni tan atribulada como la riqueza.

                              ♣♥♦♠

Ensoberbecerse por la honra es acreditar la falta de merecimiento.

                              ♣♥♦♠

De sí revela el orgulloso que no tiene en la sesera ni una pizca de meollo.

                              ♣♥♦♠

El hombre noble se crece ante los poderosos y se humilla ante los menesterosos; el villano se humilla ante los poderosos y se crece ante los humildes.

                              ♣♥♦♠

No vale tu cuerpo más que el de un mosquito después que el espíritu que lo anima de él sale.

                              ♣♥♦♠

Sabe cuál es tu medida y nunca errarás, y nunca la soberbia te ganará.

                              ♣♥♦♠

Quien mal quiera hacer, conviene que esté al tanto de que no podrá evitar recibirlo.

                              ♣♥♦♠

No nació el hombre para vivir apartado; no vino al mundo para sacar ventaja frente a los demás.

                              ♣♥♦♠

Para ganar amigos, nada mejor que ser sencillo y saber razonar.

                              ♣♥♦♠

No hay mejor caudal en el mundo que el saber, ni herencia ni otra riqueza se pueden comparar con él.

                               ♣♥♦♠

No hay mejor compañía que los libros, y tenerles afición vale más que la paz: cuanto más se aficione, mayor sabiduría alcanzará: hallará a los sabios a quienes quería ver y hablará con ellos.

                               ♣♥♦♠

Lo que codiciaba de aquellos sabios, su sabiduría y sus aforismos, en el libro lo hallará y de ellos respuesta tendrá.

                              ♣♥♦♠

No va mucha diferencia de ser siervo de un hombre sabio a señor de un hombre necio.

                              ♣♥♦♠

El necio es la peor alimaña que hay en el mundo, no lo dudes: solo piensa en ser desleal y no tiene otro placer que hacer el mal.

                              ♣♥♦♠

Para el sabio, la verdad es como una leona coronada y la mentira como una zorra contrahecha.

                              ♣♥♦♠

Siempre se ha de decir la verdad, aunque lleve aparejado el daño; y nunca la mentira, aunque se derive un provecho de ella.

                              ♣♥♦♠

Nada hay tan sin vergüenza como el derecho, los mismos oídos presta al daño y al beneficio.

                              ♣♥♦♠

El juez no puede mudar su ejercicio, ni entender que su cargo ha de ser en propio beneficio: por el bien del ganado se pone al pastor, y no al revés.

                              ♣♥♦♠

Codicia y Derecho, es cosa cierta, no han de cobijarse bajo el mismo techo.

                              ♣♥♦♠

El oficio del hombre es una joya prestada; la buena costumbre, virtud suya.

                              ♣♥♦♠

Hay tres dolencias contra las que no hay posible medicina: el pobre perezoso, la malquerencia del envidioso y las dolencias de la vejez.

                              ♣♥♦♠

No hay hombre más bienaventurado que el que no se afana por ser más de lo que es: no se avergüenza de vestir mala capa ni de robar dos panes en el mercado ni de hurtar la fruta ni de emborracharse en la taberna.

                              ♣♥♦♠

El entendido sabe que la cima de su riqueza es la pobreza y que bajo lo alto se abre una honda sima.

                               ♣♥♦♠

Quien quiere guardar su secreto del enemigo, tampoco lo revela al amigo.
                              ♣♥♦♠

Verdad cierta es que lo que saben tres todo el mundo lo sabe y comidilla de plaza es.

                              ♣♥♦♠
Son las buenas costumbres fáciles de nombrar; pero pocos son los hombres que las saben practicar.

                              ♣♥♦♠

No decir ni hacer no es cosa loada; cuando se busca el placer, más vale algo que nada.

                              ♣♥♦♠

Lo que anheles con inmediatez, hazlo despacio; las prisas acabarán obligándote a ir paso a paso.

                                 ♣♥♦♠

Quien siembra prisa, cosecha arrepentimiento; quien actúa con sosiego declara su talento.

                                ♣♥♦♠

Ya sea brava, ya mansa, la palabra es como la sombra que pasa y no deja huella.

                                ♣♥♦♠

No hay lanza que burle las armaduras y las traspase como la escritura.

                                ♣♥♦♠

La flecha tiene un corto recorrido; la letra va desde Burgos a Egipto.

                                ♣♥♦♠

La flecha solo hiere al que está presente; la escritura alcanza, allende el mar, al que está ausente.

                                ♣♥♦♠

De la saeta le defiende al hombre un escudo; de la letra no le defiende nada en el mundo.

                                ♣♥♦♠

Es propio de la naturaleza del hombre enojarse y quejarse de lo que mucho dura.

                                ♣♥♦♠

Las cosas que no tienen que ver con la lengua y el entendimiento suelen conllevar placeres menguados y perecederos.

                                ♣♥♦♠

No se desvanece el placer que siembra la buena compañía de los hombres; antes bien, se acrecienta y mejora.

                                ♣♥♦♠

Ninguna alegría mayor que la compañía de un amigo inteligente.


                                ♣♥♦♠

No has de fiarte del amigo que te loa el bien que no hiciste, porque a tus espaldas te afeará el mal que no causaste.

                                ♣♥♦♠

No hay mayor riqueza que la hermandad ni peor pobreza que la soledad.

                                ♣♥♦♠

La soledad depara malos pensamientos, por eso dice el Sabio: <>

                                ♣♥♦♠

Hay soledades, sin embargo, que más que las compañías valen: la compañía de los hombres puede ser la mayor de las pesadumbres.

                                ♣♥♦♠

Antes es preferible yacer en la montaña expuesto a la serpientes que estar en compañía de necios y torpes.

                                ♣♥♦♠

Los hombres tienden a loar las costumbres comunes.

                                ♣♥♦♠

Quien quiera hablar sin saber, mejor negocio haría callando.

                                ♣♥♦♠

Si el hablar fuera plata repujada; el callar, oro aquilatado.

                                ♣♥♦♠

Más prefiere el Sabio, callando él, aprender de otros, que, hablando, enseñarles.

                                ♣♥♦♠

Por no poder hablar sufren males las bestias; el hombre, por no callar.

                                ♣♥♦♠

Elogiar el callar es un discurso que no se puede afear.

                                ♣♥♦♠

Con el habla decimos los muchos bienes del callar; callando no podemos decir los del hablar.

                                ♣♥♦♠

No hay nada que cueste menos y que más aproveche que la buena respuesta, breve o larga.

                                ♣♥♦♠

No hay  gigante más fuerte que la lengua blanda que le quiebra la pierna a la saña.

                                ♣♥♦♠

El callar no es nadie, no merece nombre; el hablar es alguien, y por él es hombre el hombre.

                                ♣♥♦♠

Según la raíz que tenga, así el árbol crece: por sus obras, cómo y quién sea un hombre se advierte.            

                                ♣♥♦♠

Según el talante se muestra un rostro; según su entendimiento sea, su palabra será.

                                ♣♥♦♠

El hombre cuerdo siempre desconfía del bien de que goza, porque se puede perder sin que el hombre tenga culpa en ello y el saber no defiende a nadie de acabar en la pobreza.

                                ♣♥♦♠

Las cosas del mundo están sujetas a zozobra y muy a menudo hace el mundo unas cosas y las contrarias. Gira la rueda de la fortuna e iguala el zapato astroso y la corona.

                                ♣♥♦♠

Al sol claro y placentero la nube lo oscurece; ni de un solo día completo puede el hombre estar seguro.

                                ♣♥♦♠

De la sierra al valle y de la nube al abismo, según lo ponen a uno vale como cifra de  guarismo.

                                ♣♥♦♠

Más vale un hombre apercibido que muchos acorazados.

                                ♣♥♦♠

No piense que, sin dolor, alegría tendrá; que día sin noche nunca habrá.

                                ♣♥♦♠

Decimos mal del mundo y no hay en él otro mal sino nosotros mismos.

                                ♣♥♦♠

El mundo no tiene ojos, ni entiende de causar a un hombre placer y a otro enojo: ni se paga de nada ni se ensaña con nadie; ni ama ni desama; ni usa de ninguna treta ni responde ni llama.

                                ♣♥♦♠

Uno es, siempre, el mundo; pero todos los nacidos se oponen como el haz y el envés.

                                ♣♥♦♠

No hay en el mundo nada tan peligroso como el hombre, tan perjudicial ni tan dañino.

                                ♣♥♦♠

Las bestias, cuando están hartas, no se preocupan de hacer el mal y se sosiegan: cuando el hombre está hambriento, roba, mata y mil maldades hace a pesar de estar harto, pues nada le harta más que el hambre de otro, ni le hace tan rico como la ajena pobreza: mil quintales de oro no le satisfacen si el otro no pierde el oro y el moro.

                                ♣♥♦♠

Mitad es muy fea el poder con desmesura, y quiera Dios que no sea muy larga semejante vestidura, porque el que la vistiese a otros desnudaría.
                                      
                                ♣♥♦♠

El poder con mesura es cosa galana; como en el rostro el blanco entreverado con la grana.

                                 ♣♥♦♠

Teñí las canas no por aborrecimiento ni por parecer mancebo, sino por miedo de que no hallaran en mí el buen consejo del viejo.

                                ♣♥♦♠

Cuanto el hombre aumenta el decir, tanto disminuye el hacer, que decae la mano por la lengua.

                                ♣♥♦♠

miércoles, 20 de febrero de 2013

Una novela pedagógica olvidada: Eusebio




El Eusebio de Pedro Montengón: La educación según los ideales de la Ilustración.


No es todo amor puro el que sentimos por los hijos, Leocadia. Lleva mucha liga de amor propio y vanidad. A las veces nos amamos más a nosotros que a los mismos hijos. Tiene también sus vicios el amor paterno, y el principal entre ellos es el que nos incita a condescender con lo que muestran querer los niños, temiendo darles que sentir si se lo negamos. Así los hacemos viciosos y mal criados. La naturaleza engendra al hombre sin antojos, sin ansias, sin deseos, fuera de los que contribuyen a la conservación de su ser. Todos los demás se los infunde nuestro ejemplo, se los fomenta nuestro vicioso amor. Nosotros somos los que los cargamos de nuestras pasiones.
Pedro Montengón. Eusebio.


         
Cualquier historia de la literatura suele tener galerías subterráneas por donde solo se internan quienes llevan en la frente la linterna polifémica de la desmesura lectora,  quienes, como confesaba Cervantes de sí mismo, leen hasta los papeles que se encuentran por la calle, y que recogen con la esperanza de hallar en ellos, como le pasó a su narrador del Quijote, la puerta de acceso a una historia extraordinaria. Pedro Montengón (1745-1824) es un autor cuyo nombre nada les dirá a los aficionados a la literatura o a la cultura española. Eusebio es el título de una novela que menos aún les dirá a los cofrades de esa secta minoritaria que hace de la lectura de los clásicos un objetivo vital preeminente. Sin embargo, en su momento, cuando fue publicada, entre 1786 y 1788, porque se trata de una obra extensa, cuatro volúmenes, el Eusebio tuvo  una fama que, medida en número de ejemplares vendidos, 70.000, deja palidísimos a muchos libros de éxito modernos que no pasan de los 20.000, y fue considerada como el Emilio español, es decir, una novela pedagógica que podía competir con la de Rousseau en cuanto a la innovación de los métodos educativos expuestos y los fundamentos racionalistas de sus planteamientos filosóficos. Ello nos asegura que, entre la hojarasca abundante de su estructura folletinesca, podemos rescatar no pocas  ideas cuya actualidad puede incluso resultar sorprendente, dada la venerable edad de esta novela.
Su autor, Pedro Montengón, fue un alicantino inducido por sus padres a ingresar en los jesuitas contra su propia voluntad, sufrió la expulsión de  España de la orden, si bien, en su condición de novicio, protestó por el hecho de que hubiera sido considerado un miembro de la orden y se le obligara a ir al exilio. Dos años después de la expulsión, abandonó la orden, no sin haber escrito algunos opúsculos en que la ridiculizaba. De su espíritu ilustrado es buena muestra el Eusebio del que aquí hablo, pero también lo es el hecho de que Carlos III le concediera una pensión para compensar, doblándosela, la que los jesuitas le retiraron tras las publicaciones en que arremetía contra antiguos compañeros de orden, sus métodos pedagógicos y su cerrazón peripatética, y ello en virtud de sus méritos literarios. Sus compañeros de orden, por su parte, promovieron ante los inquisidores que fuera declarado hereje. Lo cierto es que su novela no pasó la censura de la Inquisición y se vio obligado a publicar un Eusebio “expurgado y corregido”, tras haber sido condenada labra por la Inquisición en 1799.
Un capítulo interesante de la historia del Eusebio, es el calvario judicial que tuvo que pasar Montengón para poder disponer de los derechos de su propia obra, que explotaba el impresor Sancha, quien, queriendo arrancarme de las manos este pedazo de pan que me cuesta mucho sudor y fatiga, según alega el autor en el proceso para garantizarse los derechos de la nueva versión “enmendada y corregida” del Eusebio, reivindicaba sus derechos por tratarse, sostenía el impresor, de la misma obra que él publicó antes de ser prohibida por la Inquisición. Desde esta perspectiva bien puede ser considerado un abanderado de la lucha por los derechos al copyright de los creadores contemporáneos, en estos tiempos en que el ideal del “todo gratis”, y sobre todo la cultura, no permite valorar aún el daño irreparable que se le puede estar infligiendo a la creación artística.
          Eusebio es una novela pedagógica, pero también de formación, precedente, salvando las distancias, del  romántico bildungsroman goethiano. Adopta la forma narrativa de una novela bizantina, llena de aventuras, viajes, malentendidos, anagnórisis y con una historia  de amor siempre a pique de no poderse consumar por el tejido de lances sorprendentes que dilatan el momento del reencuentro de los enamorados. Hay en ella no poco de folletín, en la medida en que la herencia juega un papel importante para devolver al náufrago su perdida posición social, casi como una recompensa de la virtud alcanzada mediante las enseñanzas de Hardyl. Este esquema narrativo sirve de vehículo para que los dos personajes fundamentales, el ayo y el discípulo, Hardyl y Eusebio, desarrollen ante los ojos del lector las virtudes de un método educativo que, como en la novela de tesis, será puesto a prueba mediante las adversidades que ambos han de sufrir antes de que la virtud sea recompensada. Hay largas secuencias teóricas, discursos llenos de meandros inacabables sobre los grandes temas de la humanidad, si bien todos ellos no tienen otro  objetivo que el de la mejor formación del joven náufrago que es recogido en las costas de Usamérica y dado a una familia cuáquera para ser educado. Su padre adoptivo, Jorge Hardyl, de origen español (al final sabremos que se trata nada menos que de su tío), y cuyo nombre es referencia explícita a la dureza del aprendizaje, se encarga de instruirlo  para convertirlo en un hombre virtuoso.
Vamos a seguir durante un rato, los  hitos fundamentales de ese proceso, porque de él se derivan algunas curiosidades que no está de más recordarlas, porque pueden ilustrarnos sobre el fracaso escolar de nuestro sistema educativo. Frente al disparatado renacentismo que está  en el origen de las concepciones escolares de quienes “desgobiernan” la educación en España, Hardyl le impone a Eusebio en primer lugar el aprendizaje de un oficio como la sólida base sobre la que construir una educación que incluya las áridas disciplinas abstractas. Lo inicia en la cestería, y hasta que no se ha convertido en un eficiente artesano, no comenzará a guiarlo por otros conocimientos indispensables para su formación como la moral estoica a través del estudio del Enquiridión, de Epícteto. ¡Cómo choca contra nuestros delirios de grandeza escolares que los niños comiencen por dominar un oficio! ¡Y cuán necesario es que todos los alumnos pudieran descubrir los muchos caminos que le abren a una persona en la vida la inteligencia  práctica y la habilidad manual, en vez de estar encerrados,  sin entender ni jota, con la teoría durante seis horas al día!
Hardyl es un enemigo de la condescendencia para con los hijos,  fuente de todas las desgracias, porque en modo alguno contribuyen a fortalecer el carácter de los niños ni a forjar la asunción de responsabilidades. A través de Epícteto y su ideal de la vida serena, austera y virtuosa, Hardyl enseña a Eusebio a desconfiar de la maldad de los hombres, una perversión de la bondad natural con que nacen, si bien le insta a tener compasión de los malvados e indiferencia hacia sus maquinaciones: A la desgracia, haz concha de galápago. De hecho, cuando Eusebio llegue él mismo a tener hijos, querrá que se eduquen en su primera infancia en el campo, porque la concepción rousseauniana de la virtud de la naturaleza impregna la concepción de la persona que se expone en el Eusebio: La naturaleza no edificó ciudades, donde los hombres, reducidos en sociedad se apartaron de sus primitivas leyes, y estragaron su ser. Sus mejores instituciones no hicieron sino avivar más sus pasiones, que engendraron todos los vicios. Lejos de encontrar la dicha en el concurso y afluencia de sus semejantes, agravaron sus males y desazones. Las riquezas mismas acrecentaron su pobreza, y sirvieron de preciosas cadenas a su esclavitud, así pública como privada. Montengón defiende el  contacto con la naturaleza como la mejor y más auténtica escuela en la que se puede forjar el conocimiento y la virtud del ser humano: Yo no pretendo que el niño sea toda su vida labrador, sino que lo sea hasta su mocedad, y hasta que haya aprendido la labranza. Esta debiera ser el empleo de todos los hombres, ella será el primero de nuestro hijo, como el campo será su primera escuela. Salga el que quiera y muestre si hay colegio o seminario en la tierra más útil y provechoso para el hombre: en él no aprenderá a la verdad las fútiles artes y ciencia que en aquellos se enseña, pero tampoco se le pegarán los más fuertes vicios de la juventud. El acercamiento a la naturaleza, el hecho de saber leer en ella cómo sobrevivir, empapándonos de cuantos ejemplos morales podemos extraer de ese contacto, tiene una actualidad sorprendente. Esta visión de Montengón del ser como hijo de la naturaleza, cuyas leyes ha de respetar la persona, entronca con la visión ecologista del planeta y los modelos holistas. Que Eusebio quiera educar a su hijo Henriquito (sic) en contacto con la naturaleza no deja de ser un homenaje a Hardyl, que le había enseñado a cultivar sus propia verduras y a sembrar las semillas de las frutas que comía. O, puesto en boca de Hardyl:  Luego que se elude y altera el orden de la naturaleza se altera y corrompe la moral.
Paralelamente, Hardyl enseña a Eusebio a nadar: remedio de su salud en muchas destemplanzas. El cuerpo se corrobora y fortalece con el baño. Hardyl le recomienda el baño de mar diario como prevención de enfermedades, lo cual nos recuerda el éxito reciente de la talasoterapia, los spa y los balnearios, además de una preocupación integral en la que el deporte, y sobre todo el completísimo de la natación, ocupa un lugar fundamental. La inquina de Montengón contra la vida muelle se refleja perfectamente en esta opinión suya contra la inactividad a la que tan dados son muchos españoles actuales:  Ves en esos mismos un dibujo grosero de la felicidad que se forman los mundanos: beber, comer, algazara, alegría, buena vida como dicen, pareciéndoles que con esto matan los cuidados y desazones de sus ánimos; sin echar de ver que eso es querer matar la lumbre con azeite..
Por lo que se refiere a la verdadera instrucción, Hardyl comienza por la ética y entre las posibles por la muy exigente del estoicismo, adoptando el  Enquiridión de Epícteto como, literalmente, un vademécum, “va conmigo”, donde hallar refugio permanente contra las adversidades e incluso contra la próspera Fortuna, de modo que la persona nunca pierda de vista el justo medio ilustrado que le garantice la estabilidad frente al vendaval de las pasiones, los deseos y la insensatez de las ambiciones humanas. Montengón comienza la educación por la adquisición de la expresión y propone como modelos los poéticos de los Argensola, de Garcilaso y de Fray Luis de León y los prosísticos del Lazarillo, Cervantes, Quevedo y Mateo Alemán. Al parecer de Montengón, muchos hay que hablan excelentemente su lengua, y que sin embargo no saben escribirla. Parece que la pluma zambulle en el tintero todas las gracias y pureza de su elocución. Esta distinción entre dos habilidades bien diferentes prácticamente ha desaparecido de los planes de estudio actuales, en los que un mediano uso oral  y una desoladora pobreza escrita pasan por competencias básicas “suficientes” para nuestras autoridades, y de ahí las alarmas que se han disparado en las universidades respecto de la incuria expresiva de las últimas promociones. Eusebio ha de aprender también el griego y el latín y Hardyl deja para el final la Historia, pues pide más maduro juicio y criterio del que suelen tener los muchachos que la suelen aprender. Todo lo contrario de a lo que aspiran las neoestalinistas autonomías gobernadas por nacionalismos secesionistas que no solo reescriben su Historia, sino que lo primero que pretenden es inoculársela a los educandos que dependen de su acción educoalienadora autónoma.
 Eso sí, de lo que está convencido Montengón,  y es verdad de verdades que nuestros legisladores olvidan, es de que poco o nada se aprende de mala gana, que es la situación actual de tantísimos jóvenes obligados a recibir una educación que rechazan en vez de formarse en un oficio. No ocurre lo mismo con la filosofía, ya que, como expone Hardyl en las páginas de la novela, cuanto más medito los sentimientos del corazón del hombre, tanto más echo de ver que él mismo es el que se fabrica todos sus males; principalmente los del alma, y estos mismos se le hacen los más difíciles de vencer por la falsa opinión que los acrecienta, siendo así que son los más fáciles de destruir destruyendo esa errónea y engañada visión. Este es el fin que nos propone la filosofía: la perfección y bien del alma, desarraigando de ella las falsas ideas y sustituyendo estas por las de la sabiduría que no son otras que las de la naturaleza perfeccionada de la razón. Todo un programa educativo, como se advierte, centrado en la formación de la persona, porque frente a las  tinieblas de la ignorancia, el sabio no padece injuria.
A pesar del supremo concepto que tiene Hardyl de la naturaleza como realidad máxima de la que se derivan casi de forma inmanente la verdad de la razón y de la fe, hay en Hardyl una visión realista de la persona y de la sociedad que contrasta con la sacralización que lleva a cabo Rousseau del mismo concepto: Ninguno conoce mejor al hombre que el que se precave de él, nos dice, evocando el proverbio de Sem Tob:
      Ca tal es çiertmente /el omre comm’ el vado:/reçélanlo la gente/ante que l’han passado.
          Y no olvida que La naturaleza sigue el hábito de la inclinación, según las dobleces que éste toma. De ahí su convicción de que la razón es clara. La vanidad todo lo corrompe. Por eso el principio de temor que generó en su día la creación de la religión claudica ante la paz y la serenidad  que ofrece el estudio: Ninguno teme menos que aquel que más reflexiona. Toda esta propedéutica desemboca en una concepción de la existencia que se ajusta al imperativo estoico de los principios de Epícteto  que siempre debemos llevar presentes: no te afanes en desear lo que no depende de ti el conseguir, ni ames demasiado lo que, conseguido, puedes perder con dolor si lo pierdes, el corolario de todo lo cual es la confianza en la razón y en la duda como método: Me acuerdo de haber oído en una comedia española: ‘De las cosas más seguras, la más segura es dudar.
 No quiero acabar sin destacar, aunque sea a título anecdótico, la mención que se hace en el Eusebio de la novela  El nuevo Robinsón, del alemán Joachim Henrich Campe (1746-1818), traducida por Tomás de Iriarte,  que fue uno de los grandes éxitos de la literatura infantil del XVIII, y que bajo el subtítulo de Historia moral  reducida a diálogos para instrucción y entretenimiento de niños y jóvenes, se ajusta, como empresa creativa, a una petición de Rousseau, quien recomienda en su Emile que alguien rehaga la historia de Robinson para poder emplearla como medio para instruir a los niños sobre sí mismos y la sociedad. Es evidente, por lo expuesto con anterioridad, que la  situación de Robinson se ajusta a las doctrinas rousseaunianas sobre  el estado natural del hombre. Campe sigue al pie de la letra  los consejos de Rousseau y escribe un superventas que le permite vivir con comodidad el resto de su vidaEs obligado recordar, en todo caso, dado el tema central de la novela de Montengón, el valor “ejemplar” que le concedía al Robinson de Defoe el mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins, Betteredge, quien hallaba en sus páginas una guía de conducta para cada situación cotidiana. La estructura catecumenal del libro y ciertas reliquias expresivas, con una ñoña retórica ilustrada de manual del buen hijo, ciudadano, etc., alejan este Robinson de Campe de las costumbres lectoras de nuestro presente, pero tal vez una nueva versión, despojada de ese lastre, hiciera de esta obra una lectura que, tres siglos después, pudiera volver a tener su lugar entre los jóvenes lectores.

domingo, 10 de febrero de 2013

La imposible divulgación: Erotismo y prudencia, de Gregorio Luri

Lesendes Lernen: “Aprender leyendo”: Biografía intelectual de Leo Strauss.

        

    Si escribir en España ha sido siempre un larriano llorar constante, ello se ha debido a que leer en España ha sido noble y alegre heroicidad de inmensas minorías educadas en el amor al pensamiento y al arte. Si la lectura tiene pocos practicantes, los lectores de filosofía pueden ser considerados, como los de poesía, especies que, sin haber estado nunca en peligro de extinción, perviven en la frontera estadística de ese punto crítico. Valga lo anterior para describir el injusto contexto en que hemos de valorar la aparición de un libro tan apasionante como el que nos ha entregado Gregorio Luri desde una honestidad intelectual que escasea en este país nuestro tan dado a las banderías, las descalificaciones ad hominem, y al seguimiento de las consignas. La investigación del filósofo navarroocatense sobre la figura de Leo Strauss (un nombre que nada les dirá a quienes no frecuenten el mundo académico de la filosofía política y nada bueno a quienes menudeen sus visitas a los análisis volanderos de articulistas de medio pelo en blogs más próximos a la difamación que al estudio riguroso), es de una exquisitez intelectual tan grande que hemos de agradecerle no sólo el acercamiento a la figura de Strauss para conocer la génesis de su pensamiento, sino la profundidad y el rigor con que la ha expuesto ante nuestros ojos ávidos de conocimiento. Al concluir la lectura emerge un sentimiento de agradecimiento profundo por la claridad con que ha sabido exponernos las ricas ramificaciones de ese árbol genealógico del pensamiento del filósofo alemán. Teniendo en cuenta, además, la importancia de Platón y otros autores clásicos en la formación del pensamiento de Strauss, nadie mejor que un especialista en Platón y Sócrates como Gregorio Luri para desentrañar, más allá de los inevitables clichés que siempre se originan en torno a personajes que devienen polémicos a fuerza de ser consecuentes con la  actitud intelectual a que les inclina su propio daimon, la verdad de su pensamiento, siempre en permanente lucha, como quería Unamuno, en quien las ideas batallaban sin cuartel, y con quien he creído ver que guarda Strauss alguna relación, sobre todo con su San Manuel Bueno, mártir, por la idea de la pia fraus, de la mentira piadosa, entre otras. Strauss, judío, se declara ajeno a la Revelación y al mesianismo, y se reconoce incapaz de creer en Dios, aunque ese debate le acompañará a lo largo de su vida, porque el concepto de Dios y el de Ley, como el de Naturaleza, forman parte importantísima del entramado de ideas, propias y ajenas, que usa para sus análisis filosóficos. De igual modo que con Unamuno, en la lectura que hace Strauss de Maquiavelo como origen de la Ilustración y la Modernidad, resulta familiar  al lector de nuestra tradición literaria española, la concepción de la Fortuna como motor del mundo que ya se halla en el impresionante monólogo final de Pleberio en La Celestina, un breviario filosófico-poético que se adelanta a su tiempo.

          Lo primero que llama la atención en esta Biografía intelectual de Leo Strauss es el caudal de trabajo invertido en la escritura del libro, porque Luri nos da lo que promete: “biografía intelectual” significa rastrear no sólo las fuentes filosóficas de Strauss, sino también la atmósfera social en la que el autor se abre al mundo del pensamiento y la importancia y repercusión que tienen en su historia personal ciertas posturas vitales que supo adoptar contra la corriente general, porque no traicionarse a sí mismo en aras del reconocimiento público o de la recompensa material es lo propio de quien entendió la figura del filósofo como alguien opuesto a los ideales del común de los mortales, volcados a la práctica mientras él lo estuvo hacia la teoría, a sabiendas de la decidida autoexclusión social que ello supone y el alto precio que se ha de pagar por ella. O, como señala Luri: El Sócrates de Aristófanes defiende un adikos logos  según el cual la verdadera comunidad es la de aquellos que saben, y no la de la polis. El que sabe está más próximo a un extranjero sabio que a su propia familia. Otra cosa muy distinta es la facilidad con que quienes saben pueden ser atacados por la hibris y caer dentro del retrato desfavorable que hace Agustín García Calvo de ellos. Asistiendo a la narración de la vida de Strauss, el lector está tentado de pensar en los primeros catedráticos, por la silla, no por el escalafón, está claro, de las universidades medievales, con quienes iban a estudiar estudiantes de cualquier parte, los clerici vagantes, para hacerse con un saber que no encontraban en otra parte, de donde se derivó, sin duda el aura hermética que acompañaba el saber expuesto, y deseado, y a quien lo ofrecía. De ahí el concepto de “discípulos” que se asigna a un buen número de quienes recibieron las enseñanzas de Strauss y las propagaron, frente al ordinario de “estudiantes”, oyentes menos permeables del nada exotérico profesor alemán.

          Una recensión tiene sus límites, pero aun en estos tiempos procustianos del twitter, estoy convencido de que el valor de la extensión acabará  recobrando su lugar para satisfacción de quienes creemos que un desarrollo extenso no está reñido con la intensidad de los temas que se debaten, sino que, antes al contrario, es necesario para poder acercarnos con cierta garantía de rigor intelectual a problemas tan complejos como los que se dirimen en la biografía intelectual que nos propone Gregorio Luri: el estatuto de la razón frente al de la Revelación (La Ley de la religión judía que justifica su proyecto político), algo que le parece a uno de los maestros de Strauss, Jacobi, el problema esencial de la filosofía; la legitimidad de los sistemas políticos como la razón práctica frente a la razón teórica; la problemática naturaleza del “ser”; la concepción de la Naturaleza frente a la Ley; la oposición entre Atenas y Jerusalén; la lucha de la razón ilustrada contra el dogma religioso desde Maquiavelo hasta Heidegger; el lugar de excepción del filósofo en la sociedad; el historicismo como legitimación última de la política, etc. Estoy seguro de que esta síntesis no ha hecho sino banalizar unos contenidos que, a poco que el lector se interne en ellos, comprobará que responden a las preguntas esenciales de la filosofía y de la política, tanto por separado como juntas (en la filosofía política como disciplina en la que Strauss adquirió su preeminencia académica y social), y que le lanzan a la lectura y/o relectura de cuantos clásicos sirven como punto de partida y/o llegada para la elaboración del pensamiento straussiano: Nietzsche, Heidegger, Maquiavelo, Platón, Jenofonte, Tucídides, Tomás de Aquino, Rousseau, Lucrecio, Hobbes, Aristófanes, Aristóteles, Spinoza, Hegel, Vico, Weber, Schmitt, Maimónides, etc.

He querido titular esta recensión con un aspecto esencial de la práctica docente de Strauss que Gregorio Luri, como buen discípulo, recoge y propaga con entusiasmo: Lesendes Lernen: “Aprender leyendo”. Porque si Strauss se significó por algo como docente fue por haber enseñado a muchas generaciones a leer  los clásicos y a leer en general para tratar de interpretarlos  sin tergiversarlos, algo que a Gadamer le parece imposible, porque, a su parecer, somos incapaces de apreciar en su dimensión pragmática el lenguaje de un tiempo tan lejano, y eso es algo que le reprochaba a Strauss. Con todo, el filósofo alemán propugnaba, según  Luri,  que cada autor debe, “en la medida de lo posible”, ser interpretado por sí mismo, sin hacerlo portador de puntos de vista que no puedan ser confirmados por sus declaraciones explícitas, algo que debemos considerar como el abecé del trabajo intelectual y que tan difícil les resulta de cumplir a quienes buscan en los clásicos la confirmación de su pensamiento antes que el esclarecimiento del del propio clásico. De ahí que el significado profundo de un autor relevante no se encuentre nunca en profundidades abisales, sino a la vista de todos. Pero no todos sabemos mirar y, en concreto, el lector impaciente es el más ciego. La lectura filosófica es una lectura lenta cuya clave no tiene por qué esconderse en la última página. El corolario de esta actitud intelectual es la defensa de la “lectura lenta”, que defiende Luri con sereno entusiasmo, frente a la lectura en diagonal que practican quienes quieren aparentar el saber, es decir, maquillar la ignorancia.

          La elección de un personaje tan polémico como Strauss tiene algo de sana provocación y de reto, porque cuando las pegajosas etiquetas de la propaganda se adhieren a las personas, cuesta “Dios y ayuda”, naturalmente..., tratar de rescatar la verdadera dimensión del intelectual desde el análisis sereno y lo más objetivo posible de su obra, de sus obras. Es muy posible que el conservadurismo declarado de Strauss –rayano en el fascismo para sus enemigos más extremistas- haya sido un obstáculo insalvable para acercarse al personaje con la suficiente ecuanimidad. Gregorio Luri, gracias a su amena biografía casi de novela negra: Para Strauss el filósofo tiene mucho de investigador privado (tomó la expresión The art of writing  de un párrafo de una novela de Nero Wolfe titulada La liga de los hombres asustados) y su investigación se desarrolla en torno a un cadáver, el de Sócrates. El hecho de que Sócrates fuera condenado a muerte en la democrática Atenas sin que eso supusiera el fin de la fiosofía es para Strauss el acontecimiento decisivo de la historia del pensamiento y, por supuesto el acontecimiento fundacional de la filosofía política, nos permite tener esa visión de Strauss libre de prejuicios interesados, y he de confesar que la lectura de su libro incita a sentir una profunda simpatía por quien ha hecho del combate de las ideas la pasión de su vida. Resulta  difícil de creer que quien ha tenido discípulos como George Steiner o Susan Sontag, entre otros, pueda ser presentado como el paradigma de los neocons usamericanos, como una especie de fascista redivivo defensor del superhombre nietzscheano y azote de las clases menesterosas… Es cierto, como señala Luri, que el personaje tuvo no pocas zonas oscuras y que algunas de sus posiciones políticas fueron tan controvertidas como agónica (de agón, lucha) fue su agitada vida intelectual, en la que se granjeó tantos  enemigos como respeto a su honestidad, pero no es menos cierto que jamás actuó políticamente y que sólo la verdad fue la meta permanente de su actividad filosófica, opuesta radicalmente a los usos sociales, porque, al decir de Luri,  los hombres sienten aprecio a muchas cosas y la más importante de ellas no es necesariamente la verdad. Por otro lado no está de más recordar, por lo que hace a la combativa actitud filosófica de Strauss, que la moderación es una virtud política, no filosófica…, según el apasionado biógrafo.

Cuando se han tomado 15 páginas de notas de la lectura de un libro, ello forzosamente ha de significar algo. En el caso de mi lectura de la lectura que hace Luri de Strauss ello no puede significar sino la decidida voluntad de lanzarme a la relectura de todos aquellos textos ahora presentados bajo una nueva luz, los que le sirvieron a Strauss para forjar su propio pensamiento y los propios de Strauss, para poder ejercitar ese “arte de la lectura” que requiere su “arte de la escritura”. Confío en que las noches del ferragosto propicien dichas lecturas.