domingo, 6 de mayo de 2018

Cuarta serie de “Los episodios nacionales” de Benito Pérez Galdós.



La perfección del machihembrado de la intrahistoria y la Historia: De la degradación del reinado de Isabel II al triunfo de la setembrina: ¡El hallazgo narrativo de Mariclío!

Tanto en  la Cuarta como en la Quinta serie de estos Episodios nacionales, la invención de los narradores correspondientes va a ser determinante para elevar el tono de la narración, al tiempo que para mostrar con mayor profundidad la complejidad de los tiempos “nuevos” que se abren para quienes vana entrar, tras la Revolución europea de 1848, en una época dominada por la aparición de agentes históricos determinantes como las organizaciones obreras o los partidos progresistas que se acercan al socialismo y abandonan el liberalismo bajo el que hasta entonces se encuadraban. La invención de un narrador como José García Fajardo -Pepe para todos, incluidos los lectores- de extracción popular y enviado a formarse a Italia para ser sacerdote, vocación de la que desiste por la tentación de la carne, tiene tal entidad en esta cuarta serie que va mucho más allá del valor testimonial, porque en sí mismo, Pepe es un personaje propio de su tiempo que, a través de la suposición de su mucho valer acabará siendo más reconocido por la presunción de esos saberes que por la demostración de los mismos, lo cual le abre las puertas incluso de la nobleza, gracias a un matrimonio con una mujer Ignacia, fea e inteligente, decidida y enamorada de él, lo que lo acerca a personajes fundamentales para la historia de España de ese periodo. Su intención testimonial es inequívoca: Estoy resuelto a perpetuar la verdad de mi vida para enseñanza y escarmiento de los venideros, aunque tome sus precauciones para solo ser leído después de muerto. Su teoría es la propia del afán galdosiano, que luego será unamuniano en su concepto de la intrahistoria: Todos los hombres hacen historia inédita; todo el que vive va creando ideales volúmenes que no se estampan ni aun se escribe. (…) Todo ejemplo de vida contiene enseñanza para los que vienen detrás, ya sea por fas, ya por nefas, y útil es toda noticia del vivir de un hombre. Como revela Sofía, la cuñada del memorialista y narrador: Sofía: Todo ello [la agitación revolucionaria] es por haber tomado en serio ese poema católico y político del papado al frente del liberalismo y de la unidad de Italia, que en rigor nos importa un comino. [Sofía es conservadora y critica la visión “progresista” de Pío nono.] (…) Ya en Francia no se dice las “turbas” -indicó Sofía-, sino las “masas”, nombre nuevo del populacho, y me parece que también por acá vamos a tener masas, que es lo único que nos faltaba. En efecto, la aparición de los partidos de ideología progresistas que se dirigen a las “masas”: liberales progresistas, republicanos, y republicanos federalistas es a lo que vamos a asistir en esta Cuarta serie que nos acerca a la contemporaneidad del propio Galdós, quien, de hecho, no tardará en narrar sucesos ya vividos por él en primera persona cuando se instala en Madrid como joven periodista, antes de dedicarse en cuerpo y alma a la elaboración del corpus novelístico más importante de nuestra literatura después del cervantino. La intimidad que establece el narrador con los lectores es clave para entender el modo como aquel nos acerca incluso a las desgracias que nunca llegan solas, porque, por amor del juego y de las mujeres, Pepe se ve envuelto en situaciones muy comprometidas de las que sabe, sin embargo, salir con un espíritu materialista: Déjame, déjame, ¡oh, ignoto público de la posteridad, si en efecto existes y me lees!; déjame que me tome respiro y ataje los vuelos de mi pluma en esta parte de mis Memorias, pues tantas desdichas en ella se reúnen, que me será difícil transcribirlas con orden para que aparezcan en la serie aterradora con que me las ha deparado el Destino. Esa biografía, salpicada de aconteceres de todo pelaje, permite entender lo cercano que Pepe se siente del pueblo y de su malhadado destino histórico: El orden por sí no es nada, y cuando se ejerce contra la voluntad del pueblo, es el desorden con insignias usurpadas… El pueblo ama la libertad… solo que no le dejan manifestarlo… ¿Pies la tropa? ¿Qué es la tropa más que pueblo con uniforme? La sensibilidad del narrador ante lo inevitable, la inexorabilidad de un levantamiento popular que genere un contrato social diferente del sistema casi feudal que domina las relaciones de producción y de poder, es fácilmente comprensible, así como su decidida voluntad de librarse de la degollina: La revolución vendrá… La tormenta que vaga por Europa, de pueblo en pueblo, descargando aquí centellas, allá granizo, en una parte y otra eléctrico fluido que todo lo trastorna, ha de ser, andando el tiempo, furioso torbellino que arrase el vano edificio de nuestra propiedad, sin que contra él nos valgan falanges ni falansterios… ¿Tardará meses, años, lustros; tardar siglos?... Que a mí no me coja es lo que deseo, y que cuando estalle, ya estén leídas y dadas al olvido mis deslavazadas Confesiones…Para ello, su “plan de vida” se acomoda a la clase a la que pertenece y a la iniciativa de la que se precia: Mi riqueza me hace benévolo. Imitando al filósofo inglés, erigiré una gran fábrica o manufactura al estilo de la New Lanark, y entre mis felices y bien alimentados obreros practicaré todas las virtudes evangélicas. Solo “desde dentro” de aquella degradada estructura de poder que fue el reinado de Isabel II es posible mostrar a los lectores del futuro -mi menda mismo…, para quienes realmente escribe Galdós, y ahí ha de encontrarse el sentido de este homenaje que ha significado mi lectura continuada de su magna obra- cómo fue posible no solo su destronamiento, sino, sobe todo, el fallido intento de cambio de dinastía gracias Prim o el impensable fracaso de la Primera República, incapaz de gestionar unos anhelos de libertad que descarrilaron sobre el frágil proyecto del federalismo mal entendido, como lo demostró el cantón de Cartagena y el posterior golpe de estado de Pavía, que devolvió a España a la tradición borbónica. Estamos aún en la España de los “espadones”, con un Narváez conservador y mesiánico sustituyendo a la figura del progresista Espartero, que concitó la esperanza de los trabajadores en una época en la que comenzaron a surgir en Barcelona lo que primero fueron Asociaciones de Socorros mutuos antes de devenir lentamente sindicatos organizados y futuras bases electorales del republicanismo federal. Galdós acentúa en esta Cuarta serie las tramas folletinescas que ya vimos en las series anteriores, pero se vale de unos personajes a los que insufla una vida no meramente instrumental, sino densa, compleja y propia, de lo que se deriva que estamos, en estas dos última series ante novelas en todo equiparables a las más famosas de su ciclo de novelas contemporáneas. De hecho, no en esta Serie, sino en la siguiente, incluso aparecerán personajes de aquellas, como Ido del Sagrario, por ejemplo, entre otros. Lucila, la hija del gitano Ansúrez, cuya belleza tanto impacto al narrador, Pepe, hasta el punto de incluso pode poner en peligro su matrimonio, si bien la aventura de la joven pronto se aparta del derrotero estrecho de la vida del desclasado: ese ser fronterizo entre la aristocracia, acaba siendo Marqués de Beramandi, y el pueblo humilde del que procede por origen familiar. De hecho, él mismo se ofrece como síntesis que permita superar antagonismos sociales y emprender una vía de entendimiento entre los españoles que nos aleje de las luchas fratricidas y los sempiternos enfrentamientos. Los juicios de Pepe, sin embargo, sobre el presente y el inmediato futuro están impregnados de un pesimismo y un escepticismo muy notables:  Si la Historia, mirada de hoy para lo pasado, nos presenta la continuidad monótona de los mismos crímenes y tonterías, vista de hoy para lo futuro, no ha de ofrecernos mejoría visible de nuestro ser, sino tan solo alteraciones de forma en la maldad y ridiculez de los hombres como si estos pusieran todo su empeño en amenizar el Carnaval de la existencia con la variación y novedad pintoresca de sus disfraces morales, literarios y políticos. La vida del campo que describe Pepe y que conocen ambos, él e Ignacia, durante su veraneo, arroja una visión tenebrosa de la realidad española más allá de los círculos de la Corte. Desde los quintos que quieren escaparse del servicio por vía expeditiva:  Leyó mi padre que en un pueblo de Soria se había descubierto el estupendo caso de que todos los mozos útiles y robustos, de ocho años acá, daban en la flor de cortársela primera falange del dedo índice de la mano derecha con el santo fin de eludir el servicio militar…, hasta la pobreza de quien, como Miedes, pierde la cabeza de tan bien llevarla sobre los hombros:  Es un sabio tonto y un alma de Dios, en la cual se juntan la erudición pasmosa y una simplicidad digna del limbo, pasando por una de esas genialidades de Galdós como la recreación de los lenguajes populares o de argot, que no son mera invención, sino callado trabajo de campo, apuntes tomados del natural. Las quejas de las trabajadoras del campo, que oye el matrimonio, constituye un excelente repertorio tomados cuando Pepe y su mujer, Ignacia, entran en contacto, como señores, con los padecimientos de los ¡aún! propiamente “siervos de la gleba”: “¡Señor, Señor, que esté una trabajando todo el año para que venga una cochina nube de ese cochino cielo a quitarle a una lo ganado!” U por otra parte oíamos: “Santos, ¿qué jacedes que esto consentides? Mala peste con vos y con el cura que no echa las aconjutaciones”… “Virgen del Pilar, acude pronto acá y líbranos”… “San Roque, ¿a dónde vos metéis, santico, que estos cielos dejáis a los demonios?”…”Padre nuestro… todo perdido, todo arrasado… venga a nos tu reino… mi patatal que estaba como un verjel de Dios, y ahora… el pan nuestro… Perdición, Señor, perdición y vengan rayos”… “Jesús, Jesús, ¿aónde estás metío, señor Jesús de la cruz a cestas?”… “Tiran coces los ángeles, y aquí nos mandan los cascos del pavimento celestial”… “Virgen, para, para; ya no más… que nos morimos”… “¿Quién da patás en el cielo, y quién descuaja los afirmamentos y nos echa encima too este vridio?”…”¡Malhaya quien trabaja, malhaya quien trae criaturas a mundo! Santo Jesús, ¿no diz que sodes Pastor? ¿Por qué matas tu ganado? ¡Trocarte has en labrador que no mandes truenos, no esta encandilación de tufo de azufre, ni estos cantos de dos libas!”… “¿Qué pecado hicistes, patatas mias; en qué habedes faltado, judías, tomates y lechugas?”… “Apóstoles y mártires, ¿qué enfado tenéis? Semos pobres, trabajamos para vivir, y nos dejáis en los huesos. Pelados huesos, ya no tenéis sino hebras de carne, y estas hebras los perros de la contribución vendrán a quitárnoslas. El niño no saca de nuestros pechos más que amargura, y el marido, si no le dan vino, quiere que seamos burras para el trabajo”… “¡Malhaya el mundo, malhaya el trabajo, ábranse las sepulturas!” “¡Justicia caiga sobre los malos, no sobre los pobres, que meten su alma en la tierra!”… “Virgen pura, Madre nuestra, líbranos de todo mal perverso, quítanos el rayo y la piedra, amén, y guarece nuestros campos, amén, amén y amén”. Parte de ese arte narrativo de Galdós es el fragmento que extraje en su momento, lleno de admiración, y que colgué en una separata de estas recensiones para que los intelectores pudieran admirarlo en todo su esplendor (http://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com.es/2018/01/el-arte-narrativo-de-galdos-o-el.html.). Entre los conflictos de todo tipo que van a alimentar la decadencia del reinado de Isabel II, entregada a las tenebrosas influencias de Sor Patrocinio, la monja de las llagas, de su confesor, el padre Claret y la intransigencia ultraconservadora del rey consorte, Francisco de Asís, no falta ni siquiera el problema regional, mezclado, en aquel entonces, con las aspiraciones carlistas al trono. Tan es así, que resulta muy chocant este diálogo -visto desde nuestro presente- entre Egaña, Madoz y el Presidente Narváez:  -“¿Pero esto es España o la ermita de San Jarando que hay en mi tierra, donde cada sacristán no pide más que pasa su santico? Ea, caballeros, yo estoy aquí para mirar por el padre eterno, que es la nación, y no por los santos catalanes o vascongados… -“General -le contesta Madoz-, es usted atroz, y a este paso iremos… a donde no queremos ir.” Desde los tiempos de la Pepa, no ha habido militar en España que no se haya considerad el hombre “providencial” que el país necesitaba, algo que hemos sufrido propiamente hasta casi el último tercio del siglo XX, y de ahí la reflexión que Narváez, desde la soledad del poder que no tardará en ceder, siguiendo el voluble capricho de la reina, le hace al narrador, a Pepe: A veces, metido yo en mí mismo, me pregunto: ¿Pero seré yo solo el cuerdo entre tanto tocado, y mi papel aquí es el de rector de un manicomio?... ¡España y los españoles! ¡Vaya una tropa, compadre! Aquí, el Gobierno no halla día seguro; aquí es imposible acostarse sin pensar: ¿qué absurdo, qué disparate nos caerá mañana? (…) El que inventó el llamar “cosas de España” a todos los desatinos que da de sí esta nación, ya supo lo que decía. Y aquí no se puede gobernar porque nadie está en su puesto, nadie en su obligación y en su papel, sin todo el mundo en el papel de los demás. (…) ¡Ay, pollo! Usted no es militar, usted no ha hecho la guerra, peleándose con otros españoles por “un sí y un no”; usted no se ha metido hasta la cintura en ríos de sangre. ¿Y todo para qué? Para que, a la vuela de algunos años de lucha y de otros tantos de celebrar la victoria con himnos y luminarias, nos encontremos como el primer día… ni más ni menos que el primer día, creyendo, como antes se creyó, que puede venir el Zancarrón, y que aquí no ha pasado nada… Lo que digo: todos locos… Otra de las especialidades novelísticas de Galdos es esa suerte de labor informativa que levanta acta de oficios e industrias que han formado parte de nuestra vida social. En este caso se trata de la industria de la cera, la fabricación de velas, un negocio que acabará atendiendo una exclaustrada del convento, Domiciana, quien se interpondrá en el camino de los amores de Lucila, la gitana, y un militarote revolucionario al que Domiciana acaba secuestrando e introduciendo en las dependencias de la servidumbre en Palacio, donde ella también ha entrado a servir. Estamos ante una parte de la historia que nos es contada por un narrador desconocido en 3ª persona, centrada en ese proceso de amores rotos que nos llevará a un matrimonio desigual entre Lucila y un rico hacendado, Vicente Halconero, que la corteja y ante el que cede para no caer en la miseria, si bien mantiene siempre viva la esperanza de volver a encontrarlo, aunque los diferentes nacimientos de sus hijos acaban enterrando aquella etapa de su vida, sobre todo el primogénito, que tantos cuidados necesita por su delicado estado de salud desde el mismo momento de nacer. Al final, Lucila, que también sirvió en Palacio durante un tiempo, sabe reconocer que es incomparablemente mejor la situación de rica hacendada que la de sierva sin oficio ni beneficio: Te lo aseguro, Rosenda: no supe lo que llevaba… pienso que no sería cosa buena. Déjame que suspire un poco. El recordar mi vida de palacio me pone aquí un peso, una opresión…! Nunca he sido más inútil que en aquel tiempo; nunca me he sentido más sola; nunca me han aburrido tanto las máscaras, pues máscaras me parecían cuantas personas traté en aquella casa… Tanto me amarga este recuerdo, que no he contado los lances de aquella mi vida boba más que a dos personas, a Tomín, a poco de conocerle, y hoy a ti. A la boticaria, nada o muy poco de esto le conté, porque con esa maldita nunca tuve yo verdadera confianza… siempre la temía, siempre de ella desconfiaba… No sirvo yo para esa vida de los palacios grandes, grandes… Las personas me parecen figuras que han salido de los tapices, y que hablando y moviéndose siguen siendo de trapo… En todo no ves más que vanidad, mentira, y todo se te confunde y se te vuelve del revés; llegas a no saber si los criados parecen señorones o los señorones parecen criados. La revolución de los sargentos en Vicálvaro fue el aviso de lo que acabaría pasando, aunque la represión de la reina fue tan severa que, en vez de granjearse el respeto de los súbditos, se granjeó su enemistad más profunda, y por esa razón, si bien a Pepe le pareció un juego de chiquillos la sublevación, no es menos cierto que “entiende” los fundamentos del conflicto: No espero nada; no creo en nada… Me hastía el recuerdo de la batalleja que vi en Vicálvaro. Me figuro  los niños de Clío jugando con soldaditos de plomo, dice al recordarlo; pero enseguida, casi desde una perspectiva republicana, Pepe es usurpado por el autor para exponer un punto de vista en parte ajeno a la relevancia social aristocrática del narrador:  Mañana, pensaba yo, se juzgarán estos hechos como atentados a la propiedad, como profanación de la ley o arrebatos de salvaje cólera. ¡Y las culpas de esta brutal plebe, nadie las atenuará con el recuerdo de las horribles violaciones de toda ley moral y cristiana que se contienen en el gobierno regular de la sociedades; nadie verá la inmensa barbarie que encierra el régimen burocrático, expoliador del ciudadano y martirizador de pobres y ricos; nadie se acordará del sinnúmero de verdugos que constituyen la familia oficial, y cuya única misión es oprimir, vejar, expoliar y apurar la paciencia, la sangre y el bolsillo de tantos miles de españoles que sufren y callan!... Nadie se fijará en el crimen lento, hipócrita, metodizado, de la acción gobernante, mientras que salta a la vista el crimen desnudo, instantáneo, de unas gavillas de insensatos que asaltan, queman, matan, sin respetar haciendas ni vidas. Nadie ve las víctimas obscuras que inmoló la ambición de los poderosos, ni los atropellos que se suceden en el seno rescatado de una paz artificiosa, sostenida por la fuera bruta dominante, y todos se horrorizan de que la fuera oprimida y dominada se sacuda un día y, aprovechando un descuido del domador, tome venganza en horas breves de los ultrajes y castigos de siglos largos… Y bien mirado esto, delante del sacro altar de Clío, ante el cual no cabe falsear la verdad; bien miradas estas vindicaciones instantáneas frente a las demasías que las motivaron, todo se reduce a una bella variedad de formas de justicia dentro del canon de la Naturaleza. (…) Puestos todo a violar no creo que deban cargarse a la cuenta de la plebe las más escandalosas violaciones. El favoritismo en altas esferas no hace menos estragos que la desatada barbarie en las bajas. No es el pueblo quien da forma de embudo a las leyes, ni quien envenena las aguas del poder en su propio manantial. Su ignorancia no es el único mal; otros males hay, de que son responsables los que leen de corrido, los que escriben con buena sintaxis, y los que hablan con sonora elocuencia. Así están las leyes, arrinconadas como trastos viejos cuando perjudican a los que las han hecho, Así huele tan mal el libro de la Constitución Resulta curiosa la implicación que acaba teniendo Pepe en la vida de Lucila, a quien tanto deseó, porque, al final, cuando Gracián, liberado del “secuestro” de Domiciana, quiere volver a meterse en la vida establecida y decente de quien fuera su amante en la pobreza y en el ocultamiento a las autoridades, es Pepe quien se lo acaba impidiendo matándolo en una pelea. La familia de Lucila, el padre y su hermano Leoncio, que se va a vivir con una mujer casada, y lo hacen al campo, para estar en contacto con la naturaleza, en una prefiguración ecologista de primer nivel (Tan hechos estaban  Mita y Ley al vivir campestre, que no podían pasarse sin salir los domingos a ver grandes espacios luminosos, tierra fecunda o estéril, árboles siquiera matas o cardos borriqueros, la sierra lejana coronada de nieve, agua corriente o estancada, avecillas, lagartos, insectos, todo, en fin, lo que está fuera y en derredor del encajonado simétrico que llamamos poblaciones) , así como el hermano que se instala en Marruecos, se hace comerciante y se “naturaliza” árabe, llegando incluso a participar en la Guerra de África, de la que se habla en esta Serie, tomará un relieve que se extenderá incluso al cambio de narrador, porque el hermano de Lucila que se hará llamar El Nasiry,  narrará la batalla de Tetuán desde el punto de vista marroquí y entra, en el curso de la acción bélica, en relación con Juan Santiuste, el místico pacifista a quien lleva consigo a su casa antes de “despacharlo” para la península, consolándolo después de su fallida boda con la hija del comerciante. Su crónica tiene, como no puede por ser menos en Galdós, todos los resabios cervantinos de la de Cide Hamete Benengeli. Ese personaje, José Santiuste, un periodista sin fortuna, cuya participación en la Guerra de África, donde descubre el pacifismo, va a tener, de la mano de Pepe, un importancia relevante, aunque por la vía de la enajenación, convirtiéndose en otro de esos personajes enajenados que pueblan la novelística galdosiana. De hecho, José Santiuste será también narrador de esta serie, por encargo del marqués de Beramndi, Pepe, quien nos describe como vuelve a encontrarse con él, una vez regresado de la aventura africana:  Quien conoció a este hombre hace un año y ahora le vea -dijo Beramendi-, no comprenderá que así podamos saltar de la juventud alegre a la triste vejez. El que se llamó Santiuste, ahora lleva el nombre de “Confusio”, que él mismo se aplica olvidado de su verdadero apellido. Una enfermedad terrible de la que escapó mal curado, para caer luego en un tifus horroroso, deshizo su naturaleza física y mental. Y el que ahora ven ustedes es un guapo mozo comparado con el que me encontré hace meses, cuando salió del hospital, y se arrastraba por los declives de Gilimón como un pobre animal moribundo. Yo lo había perdido de vista: ignoraba su paradero y sus enfermedades… Pues Señor, le recogí; le puse en una vivienda saludable, al cuidado de personas caritativas. Se le reconstituyó lo mejor que se pudo. Fue como cadáver que resucitamos trayéndolo un poco más acá de los linderos de la vida. A fuerza de cuidados recobró la acción muscular, el uso de la palabra con torpeza de pronunciación y penuria de voces; luego vino la escritura, que con el ejercicio gradual llegó a ser lo que fue, a medida que se iba corrigiendo el temblor de la mano. La reparación del entendimiento fue más perezosa, y las facultades del hombre muerto reaparecieron en el resucitado como destello de la luz de otros días. Casi todas sus ideas habían volado; olvidó su nombre y los anteriores sucesos de su vida, que fueron complejos y muy interesantes, dramáticos los unos, otros graciosísimos. (…) Le estimulo para que trabaje en eso que él llama Historia lógico-natural de los españoles de ambos mundos en el siglo XIX. Tras un paréntesis por una no explicada crisis de salud que le impidió seguir sus memorias, Beramendi recupera la voz narrativa, descolgándose con un retrato burlón de Clío, la diosa de la Historia, que no nos va a abandonar prácticamente hasta el final de esta y de la última serie novelística. Este giro sarcástico acentúa el escepticismo de Galdós no solo respecto de la narración de la Historia, sino de las posibilidades del pueblo español como artífice de un destino que se aparte del diagnóstico relativamente reciente de Gil de Biedma: De todas las historias de la Historia/la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal. Como si el hombre,/ harto ya de luchar con sus demonios,/ decidiese encargarles el gobierno/ y la administración de su pobreza. La desesperación del gitano Ansúrez, el padre de Lucila, Leoncio y “el africano”, a quien un cura prestamista, Merino, que luego atentaría contra Isabel II, le niega la posibilidad de establecerse por cuenta propia, acierta con la descripción de la época: Loco es en España el que fíe del trabajo para vivir a gusto, que de su sudor no ha de sacar más que afanes, y ser el hazmerreír de los que manipulan con lo trabajado. Tres oficios no más hay en España que labren riqueza, y son estos: bandido, usurero y tratante en negros para las Indias. (…) Mientras los cortesanos se hartan en banquetes, el pueblo cena pan seco, y por no tener para carbón, que vale, como sabéis, a catorce reales, no puede ni calentar agua para hacer unas tristes sopasPero estaba comentando, antes de esta digresión, ese tono zumbón del narrador sobre el acertado personaje que incorpora Galdós al último tramo de su Episodios, Doña Mariclío, es decir, la musa inspiradora de la Historia, Clío: O’Donnell es el rótulo de uno de los libros más extensos en que escribió sus apuntes del pasado siglo la esclarecida jamona doña Clío de Apolo, señora de circunstancias que se pasa la vida escudriñando las ajenas, para sacar de entre el montón de verdades que no pueden decirse, las poquitas que resisten el aire libre, y con ellas conjeturas razonables y mentiras de adobado rostro. Lleva Clío consigo, en un gran puchero, el colorete de la verosimilitud y con pincel o brocha va dando sus toques allí donde son necesarios. Pues cuenta esta buena señora Llevado por esa vena de lo grotesco, la extiende el narrador, vía Galdós, a la impagable descripción de la Gaceta, esto es, de lo que actualmente denominamos BOE, órgano de gobierno real y efectivo del país: Daba gusto ver la Gaceta aquellos días, como risueña matrona, alta de pechos, exuberante de sangre y de leche, repartiendo mercedes, destinos, recompensas, que eran el pan, la honra y la alegría para todos los españoles, o para una parte de tan gran familia. (…) La Gaceta, con ser tan frescachona y de libras, no podía con el gran cuerno de Amaltea que llevaba en sus hombros, del cual iban sacando credenciales y arrojándolas sobre innumerables pretendientes, que se alzaban sobre las puntas de los pies y alargaban los brazos para alcanzar más pronto la felicidad. (…) La Gaceta tenía rasgos de locura en su semblante iluminado por un gozo parecido a la embriaguez. Diríase que había bebido más de la cuenta en los festines revolucionarios, o que padecía el delirio de grandezas, dolencia muy extendida en los pueblos dados al ensueño, y que fácilmente se transmite de las almas a las letras de molde. El camino que nos lleva hasta la Revolución del 68 va a incluir dos salidas narrativas de la península, la Guerra de Marruecos, en uno de los mejores volúmenes de la serie y aun de todas ellas,  y la lucha en las colonias americanas, a partir, sin embargo, de un viaje de carácter científico, con lo que Galdós quiere equilibrar el pasado irremediablemente perdido de un Imperio imposible y la fe en el porvenir. Así mismo, habrá de salvarse el espectáculo grotesco del intento de los carlistas, desembarcando en San Carles de la Ràpita para fracasar una vez más en su empeño trinitario: dios, patria y rey:  En San Carlos de la Rápita desembarcó la locura. Venía guiada por la necedad, y a recibirla salió la ceguera. ¡Y nos habían hecho creer que todo lo tenían muy bien dispuesto… que Francia estaba en el ajo… que Madrid se pronunciaba, que palacio se pronunciaba, y que Prim en África se pronunciaba!   La novedad narrativa es la aparición, ya de nuevas generaciones de personajes que tuvieron protagonismo en series anteriores, como el hijo de Santiago Ibero o el hijo de Lucila, generaciones que se acercan al ideal republicano, porque ciertos episodios, como la represión de la revuelta campesina de Arahal y Utrera, obligan a una reflexión cuyo dramatismo el narrador no nos ahorra en su verdadera crudeza: Cuando se hicieron públicos los graves sucesos del Arahal [y Utrera], una revolución más agraria que política, no bien conocida ni estudiada en aquel tiempo, no podía el buen hombre contener su ira, y en medio de la calle con descompuestos gritos expresaba su protesta contra la bárbara represión de aquel movimiento. (…) ¿Pues qué hace el Gobierno con estos pobres hambrientos? ¿Mandarles algunos carros cargados de hogazas? No. Les manda dos batallones con las cartucheras surtida de pólvora y balas. La tropa, bien comida, pone  cerco al pueblo, embiste, penetra en las calles y acosa con tiros a la multitud revolucionaria para que se entregue. ¿Por ventura los soldados apuntan a la cabeza? No. ¿Apuntan al corazón? No. Apuntan a los estómagos, que son las entrañas culpables. El corazón y el cerebro no son culpables… No van los tiros a matar las ideas, que no existen; no van a matar los sentimientos, que tampoco existen: van a matar el hambre…(…) Pues escogidos cien democráticos, o dígase cien estómagos vacíos, los llevaron contra unas tapias que hay a la salida del pueblo, y allí les sirvieron la comida, quiero decir, que los fusilaron… Y ya se les cerró el apetito, que abierto tenían de par en par. No hay cosa que más pronto quite la gana de comer que cuatro tiros con buena puntería. He de reconocer que a medida que avanza la penúltima serie, el interés narrativo va creciendo, no solo porque los diferentes personajes que siguen las novelas en su peripecia personal son muy atractivos para el lector, sino porque los hechos históricos asumen la importancia decisiva que tendrá en nuestra historia tanto el intento de Prim de cambiar de dinastía reinante como, finalmente, la declaración republicana hecha en falso y que acabó, propiamente, como el famoso rosario de la aurora con el cantonalismo militante. La perspectiva sarcástica que adoptan los narradores de esta Cuarta serie y aun los de la Quinta, lleva a que Galdós ponga el acento en esa cara cómica que es el reverso de la solemnidad de ciertos hechos supuestamente heroicos o históricos como el de la sublevación contra Isabel II, cuando Prim, Serrano y Topete están a punto de desembarcar en Cádiz para poner España patas arriba y acabar con el reinado de Isabel II. Prim no tiene el uniforme y busca algún remedo de autoridad ornamental para saltar a tierra desde el buque en el que ha llegado a Cádiz: Mandó que con lanilla roja de banderas le hicieran una faja; se la puso, y en verdad que una vez ceñida al cuerpo y vista de lejos, todo el mundo la disputara por legítima y noble seda. Para cubrirse tomó la gorra del oficial de Marina cuyas medidas de cabeza correspondían a las de la suya. Tocó este honor a la cabeza del ilustrado oficial don Camilo Arana. Véase cómo un gran suceso de la Historia contemporánea fue precedido de incidentes vulgares, cómicos, contrarios a toda solemnidad. Ni que decir tiene que la jugada de Prim salió feliz, y que, sin apenas resistencia de los militares fieles a la reina, consiguió que Isabel II renunciara al trono y se exiliara a Francia, sin querer abdicar en su hijo Alfonso, a quien, según Beramendi, educaban más para idiota que para rey: Alfonso es un niño inteligentísimo; posee cualidades de corazón y pensamiento que bien cultivadas,  bien dirigidas, nos darían un Rey digno de este pueblo; pero semejante ideal no veremos realizado, porque se le cría para idiota: en vez de ilustrarle, le embrutecen; en vez de abrirle los ojos a la ciencia, a la vida y a la naturaleza, se los cierran para que su alma tierna ahonde en las tinieblas y se apaciente en la ignorancia. (…) Compadezco a ese niño y compadezco a mi patria. En Alfonso vi una esperanza. Ya no veo más que un desengaño, un caso más de esta inmensa tristeza española, que ya ¡vive Dios! se nos está haciendo secular. (…) Así sabrás la verdad [se dirige a Confusio] de la educación del príncipe, que no es educación, sino todo lo contrario, un sistema contraeducativo. Sus maestros le enseñan a ignorar, y cuanto más adelantan en sus lecciones, más adelanta el niño en el arte de no saber nada”. De hecho, la reina no abdicaría en el hasta dos años después, en 1870. 
Apéndice documental
Quizás porque fue muy famosa en su tiempo, reproduzco aquí, para los verdaderamente interesados en estos pormenores de la Historia, la proclamación de la rebelión contra Isabel II, escrita por Adelardo López de Ayala y conocida popularmente como la de los Queremos
Españoles: La ciudad de Cádiz, puesta en armas con toda su provincia, con la armada anclada en su puerto y todo el departamento marítimo de la Carraca, declara solemnemente que niega su obediencia al Gobierno que reside en Madrid, asegura que es leal intérprete de los ciudadanos que, en el dilatado ejercicio de la paciencia, no hayan perdido el sentimiento de la dignidad, y resuelta a no deponer las armas hasta que la nación recobre su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla. ¿Habrá algún español tan ajeno a las desventuras de su país que no pregunte las causas de tan grave acontecimiento? Si hiciéramos un examen prolijo de nuestros agravios, más difícil sería justificar a los ojos del mundo y la historia la mansedumbre con que los hemos sufrido que la extrema resolución con que procuramos evitarlos. Que cada uno repase en su memoria, y todos acudiréis a las armas. Hollada la ley fundamental; convertida siempre antes en celada que en defensa del ciudadano; corrompido el sufragio por la amenaza de soborno; dependiente la seguridad individual, no del derecho propio, sino de la irresponsable voluntad de cualquiera de las autoridades; muerto el Municipio; pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad y del agio; tiranizada la enseñanza; muda la prensa; y solo interrumpido el universal silencio por las frecuentes noticias de las nuevas fortunas improvisadas, del nuevo negocio, de la nueva real orden dada encaminada a defraudar al Tesoro público; de títulos de Castilla vilmente prodigados; del alto precio, en fin, al que logran su venta la deshonra y el vicio; tal es la España de hoy. Españoles, ¿quién la aborrece tanto que se atreve a exclamar: “Así ha de ser siempre”? No, no será. Ya basta de escándalos. Desde estas murallas, siempre fieles a nuestra libertad e independencia, depuesto todo interés de partido, atentos sólo al bien general, os llamamos a todos a que seáis partícipes de la gloria de realizarlo. Nuestra heroica Marina, que siempre ha permanecido extraña a nuestras diferencias interiores, al lanzar la primera el grito de protesta, bien claramente demuestra que no es un partido el que se queja, sino que los clamores salen de las entrañas mismas de la patria. No trataremos de deslindar los campos políticos, nuestra empresa es más alta y más sencilla: peleamos por la existencia y el decoro.
Queremos que una legalidad común, por todos creada, tenga implícito y constante el respeto de todos.
Queremos que el encargado de observar y hacer observar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable.
Queremos que las causas que influyen en las supremas resoluciones las podamos decir en voz alta delante de nuestras madres, esposas e hijas.
Queremos vivir la vida de la honra y la libertad.
Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país que asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política.
Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito con el concurso de todos los liberales, unánimes y compactos ante el común peligro; con el apoyo de las clases acomodadas, que no querrán que el fruto de sus sudores siga enriqueciendo la interminable serie de agiotistas y favoritos; con los amantes del orden, si quieren verlo establecido sobre las firmísimas bases de la moralidad y del derecho; con los ardientes partidarios de las libertades individuales, cuyas aspiraciones pondremos bajo el amparo de la ley; con el apoyo de los ministros del altar, interesados antes que nadie en cegar desde en su origen las fuentes del vicio y del ejemplo; con el pueblo todo y con la aprobación, en fin, de la Europa entera, pues no es posible que en el consejo de las naciones se haya decretado ni se decrete que España ha de vivir envilecida.
Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre, y no olvidéis que en estas circunstancias en que las poblaciones van sucesivamente ejerciendo el gobierno de sí mismas, dejan escritos en la historia todos sus instintos y cualidades con caracteres indelebles. Sed, como siempre, valientes y generosos. La única esperanza de nuestros enemigos consiste ya en los excesos a que desean vernos entregados. Desesperémoslos desde el primer momento, manifestando con nuestra conducta que siempre fuimos dignos de la libertad que tan inicuamente nos han arrebatado. Acudid a las armas, no con el impulso del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, siempre débil, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada.
¡Viva España con honra!
Duque de la Torre, Juan Prim, Domingo Dulce, Francisco Serrano Bedoya, Ramón Nouvillas, Rafael Primo de Rivera, Antonio Caballero de Rodas, Juan Topete.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Robert Bresson: “Notas sobre el cinematógrafo” Autobiografía artística.









La fragmentación como única vía de acceso a la ilusión de la totalidad: Pickpocket o los extraños caminos del azar
Tenía previsto hacer una crítica de la película de Bresson Pickpocket que acabo de ver, en mi empeño de no dejar, a poder ser, obra maestra del cine sin ser vista. Inmediatamente después, el azar ha querido que viera Sueño y silencio, de Jaime Rosales, película que parece haber sido rodada siguiendo, aforismo a aforismo, buena parte de los contenidos en ese librito en que Bresson los fue recogiendo como si de una autobiografía artística se tratase, porque, por suerte para los intelectores aficionados a la aforística y al cine, la aproximación al género artístico creado por Bresson, el cinematógrafo, que él se empeña en el libro en distinguir nítidamente del Cine, va más allá de los aspectos técnicos de su arte y se expande a consideraciones con valor universal para cualquier ser humano, porque describen un modo de estar en el mundo que dice mucho, al mismo tiempo, del porqué de su arte y de la singularidad universalmente reconocida de su cine. Bresson no es un cineasta popular, está claro. Algunos cinéfilos discuten su importancia. Otros, lo tienen en el altar de las obras “de culto”, por películas de insólita belleza y originalidad como Al azar Baltasar, la que acabo de ver, Pickpocket e incluso por la que, en su día, tanto me impactó, Lancelot du Lac, cuando leía con fanática devoción las novelas de Chrétien de Troyes y la materia de Bretaña era el pan de las lecturas de cada día… Vi en su momento, hace mucho, Las damas del bosque de Bolonia, con la que no conecté en primera visión, aunque la vi muy intrigado por ver por primera vez a María Casares. Digamos que, como pasa con algunas obras de arte contemporáneas, es conveniente acceder a un breve manual de instrucciones que nos permitan comprender ciertas revoluciones artísticas como esta de Bresson, quien, en un momento dado, extremó las condiciones de realización de su obra, optando por trabajar casi “contra” la industria, valiéndose de actores no profesionales, prescindiendo de la banda sonora musical -que no del sonido- y escogiendo asuntos en modo alguno complacientes con lo que el gran publico que abarrota las salas de cine podría esperar. Es cierto que conoció el éxito popular, como El diario de un cura rural, basado en la novela de Bernanos, cuyo tema, la crisis de fe de un cura al que sus propios feligreses le dan la espalda, tan cerca está de las  vivencias religiosas del propio Bresson. Y no olvidemos que en uno de sus últimos aforismos lo deja dicho: Un pequeño tema puede servir de pretexto a combinaciones múltiples y profundas, Evita los temas demasiado vastos o demasiado alejados, donde nada te indica cuándo te extravías. O bien toma solo aquello que podría pertenecer a tu vida y que concierne a tu experiencia. Pero, en general, podemos considerar que las grandes películas de Bresson son obras para iniciados en el cine, para aspirantes a cinéfilos y para amantes de las rarezas, amén de para no pocos directores que pueden aprender mucho de ellas, como el caso de Jaime Rosales, por poner el ejemplo más reciente de una obra influida por el director francés. Pickpocket es una película casi mística. Está inspirada lejanamente en Crimen y castigo de Dostoievski y en ella un ser nihilista, con ciertos delirios de grandeza centrados en que el arte de los carteristas, que abraza con la decidida voluntad de triunfar en él sin otra motivación que el riesgo inherente a la “profesión”,  sea capaz de crear una escuela contra la que ni la misma policía pueda hacer nada, demostrando, así, el poder de lo antisocial creativo. La película se convierte en la crónica minuciosa, precisa, contundente, de los esfuerzos de ese ser, que vive solo en una habitación humilde, por dominar un arte para el que tampoco está excesivamente dotado. Ni él mismo sabe por qué ha escogido ese camino, apartándose de la proposición “honesta” que le hace un amigo para emplear en la senda del bien sus evidentes cualidades. El personaje, poseído por su determinación, se mueve como un autómata inexpresivo que, al margen de la rivalidad con la policía -nace después de que le detengan por haber robado en el hipódromo, aunque el comisario lo suelta porque no lo han pillado in fraganti y no tienen pruebas incriminatorias contra él-, tiene un conflicto con su madre, con quien se relaciona a través de una joven vecina por la que parece sentir “algo” que no sabe concretar ni para sí propio. Quienes recuerden el comienzo de Nueve reinas, de Fabián Bielinsky cuando se describe en pleno centro de la ciudad cómo operan los amigos de lo ajeno, sabrán ahora donde está el origen de esa no novedad, porque la atención que le presta Bresson al arte del carterismo le lleva a crear unas imágenes de rápidos planos sucesivos que forman una suerte de silenciosa partitura musical para un ballet digital que hechiza con su habilidad para el robo más difícil, porque se produce en o que podríamos denominar el “cuerpo a cuerpo” con la víctima, con la que, como se ve en la película, se entra en una suerte de intimidad espacial capaz de descargar la adrenalina del ladrón en chorros adictivos. Es probable que la inexpresividad del protagonista, en realidad de cuantos personajes aparecen en la película, y sobre todo la joven de la que se acaba enamorando, amor que dará pie al desconcertante y arrebatadoramente hermoso final de la película: cuando, como ignorante sujeto pasivo de la predestinación, el protagonista le confiesa su amor y su desconcierto por los caminos tan extraños que ha de haber seguido su vida para poder llegar hasta encontrarla a ella. La suerte de hieratismo que fundamenta la actuación de Martin LaSalle hemos de buscarla en lo que los aforismos de Bresson denominan “modelo”, frente al “actor” tradicional, que él detesta:  Lo importante no es lo que me muestran, sino lo que me esconden, y sobre todo aquello que no sospechan que está en ellos, y de ahí la dificultad, para los “modelos” de saber qué quiere el autor, porque en realidad no quiere nada “de ellos”, sino, como acaba de decir, lo que la cámara va a descubrir en ellos. El trabajo minucioso de los planos que van a configurar la narración no responde, pues, a una planificación previa total, sino a una cierta improvisación que le permite al autor captar lo genuino, lo espontáneo, la vida manifestándose como tal al ser recogida por la cámara, cuya mirada ni siquiera es la misma del director, para acabar de complicarlo. Tengamos presente que una película para Bresson es, ante todo, una aventura, un descubrimiento, o, como clama con recogimiento religioso: Cámara y grabadora, llevadme lejos de la inteligencia que todo lo complica, porque, como insiste: Prefiero lo que te sopla la intuición a lo que has hecho y rehecho diez veces en tu cabeza. La búsqueda del descubrimiento de lo verdadero que no está en lo real por sí mismo, sino en la manera de acercarse a lo real desde una nueva visión, será algo así como el leit-motiv de su discurso parafílmico. Lo define de una manera tan simple como complicada es su realización y difícil de captar y asimilar para el espectador de la obra acabada: EL CINEMATÓGRAFO ES UNA ESCRITURA CON IMÁGENES EN MOVIMIENTO Y CON SONIDO.(Las mayúsculas son suyas). A lo largo del libro hallamos lo que, en puridad, hemos de llamar la “poética” de Bresson: Aplicarme a imágenes insignificantes o Filmar de improviso, con modelos desconocidos, en lugares imprevistos, adecuados para mantenerme en un estado tenso de alerta o la muy perspicaz: No corras tras la poesía. Ella sola penetra por las junturas (elipsis). Por encima de todo, lógicamente está la famosa precisión casi maquinal, adjetivo que definiría bien la actuación del protagonista de Pickpocket, siempre dispuesto a echarse a andar como movido por un resorte. En ese sentido, son característicos los planos de espacios como las escaleras, los pasillos u otros fondos urbanos en los que se detiene la cámara en plano fijo y en el que, usualmente por la izquierda, entra el personaje con esa determinación de quien parece creer que sabe a dónde va. La austeridad en que vive el protagonista y su rechazo del mundo  que lo angustia porque él es incapaz de saber qué pinta en él y de ahí esa necesidad de transgredir la estructura legal que lo fundamenta, está en consonancia con la austeridad estética que predica Bresson de su “cinematógrafo”: Asegúrate de haber agotado todo lo que se comunica por medio de la inmovilidad y el silencio, nos dice. E igualmente suprime elementos decisivos en el concepto de “cine”, diametralmente opuesto a su “cinematógrafo”, como la música: Nada de música de acompañamiento, de sostén o de refuerzo. Absolutamente nada de música, algo que, sin embargo, aún incumple en Pickpocket, en el que la música de Lully con esa obstinación danzante se erige en algo así como un desdoblamiento del protagonista, lo que refuerza la idea central del ballet urbano que interpreta el ladronzuelo de poca monta consciente en todo momento de su inferioridad en un campo, el delictivo, que tanta profesionalidad exige. Aunque menosprecia la música, Bresson encarece lo que su ausencia posibilita: el silencio y el ruido, los sonidos de la vida cotidiana, a los que privilegia incluso sobre la visión en algunos momentos: EL CINE SONORO HA INVENTADO EL SILENCIO, y en él cobran una vida insólitamente descriptiva ciertos sonidos. Como dice Bresson El ojo es (en general) superficial; el oído, profundo e inventivo. El silbido de la locomotora nos suprime la visión de toda una estación. Que el  “cinematógrafo” es, para Bresson, una misteriosa aventura creativa de primer orden ( Filmar es ir a un encuentro)  se confirma en su insistencia en huir de la planificación y en permanecer en la actitud de espera de lo desconocido, de lo insospechado: Filmación. Atenerse únicamente a impresiones, a sensaciones. Ninguna intervención de la inteligencia extraña a esas impresiones y sensaciones. En cierta manera, Bresson concibe el cine como una epifanía, un sacro misterio: Sé tan ignorante acerca de lo que vas a atrapar como el pescador empuñando su caña, por más, sin embargo, que Lo real en bruto no dará por sí mismo lo verdadero y se necesita una transformación que suele pasar por la manera singular de ver lo que otros no han visto. Lo chocante de Bresson es el altísimo grado de autoexigencia con que concibe la realización formal de esa aventura: Controlar la precisión. Ser yo mismo un instrumento de precisión, y eso pasa, por ejemplo por crear una nueva relación entre las personas y los objetos o una nueva concepción de esos objetos a los que privilegia Bresson en su narrativa: Infundir a los objetos el aire de tener ganas de estar allí. Hay, aparte de ese autodominio del proceso creativo (Ve instantáneamente en lo que ves lo que será visto) una suerte de espíritu de Vanguardias en el planteamiento antiintelectual y antirracional de Bresson: Las cosas que reunimos por azar, ¡qué poder tienen!, que tanto no recuerda a aquel “azar objetivo” de los surrealistas e incluso el famoso juego del objet trouvé.  La situación desasosegante del protagonista, que también nos recuerda la literatura del absurdo de la posguerra, e incluso la narrativa de Kafka, conceden un espesor referencial al cine de Bresson sin el cual difícilmente lo que vemos en pantalla acaba de tener sentido. Pensemos que el autor francés le exige a su cine, y por ende al espectador, algo tan refinado como la Producción de la emoción obtenida por una resistencia a la emoción. Parapetado en esa resistencia, el espectador paciente tendrá la recompensa de un final emocionante ¡e incluso romántico!

lunes, 23 de abril de 2018

La era de la preverdad: Antonio de Torquemada y su “Jardín de flores curiosas”.



Los bulos de la auctoritas:  la tradición de bestiarios, lapidarios, antropólogos y geógrafos en un bestseller europeo: el  jardín dialogado de las flores fantásticas.

En esta época ya definida como de la posverdad, es reconfortante viajar, leyendo, en el tiempo para descubrir este estupendo Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, donde se dan cabida todas las rarezas, y que bien podría haber sido titulado Jardín de las Hipérboles, a juzgar por el uso no retórico, sino falsado, de las tales. Porque lo primero que sorprende de este conjunto de noticias peregrinas, en la línea de las misceláneas, polianteas y florilegios propios de la época del autor, el siglo XVI, e incluso de siglos posteriores es la decidida voluntad de avalar los testimonios, por disparatados que hoy nos puedan parecer, con la autoridad de historiadores, filósofos y cuantas autoridades, de tipo civil o religioso, puedan contribuir a desechar de la mente de los lectores que aquello que se cuenta, por inverosímil que nos parezca, no responde a la verdad. Es cierto que el Renacimiento es la época en la que el conocimiento suma al cultivo hasta entonces casi exclusivo de la teología y las artes humanísticas clásicas, la literatura, la historia, el descubrimiento de la naturaleza y su estudio pormenorizado, tanto en la Tierra como en el cosmos, y de ahí, por parte del autor, la necesidad casi compulsiva de verse obligado a añadir la ristra de autoridades que dan fe de la verdad de cuanto se cuenta. En cierto modo, los dos volúmenes de este Jardín… tienen algo, por lo que hace al conocimiento del cuerpo humano, de manual de teratología, del mismo modo que, en cuanto a los animales, las tierras y las personas de tribus exóticas, el libro tiene algo de aquellas geografías fantásticas de los primeros cartógrafos y no poco de los herbolarios y los lapidarios que nos transmitieron las propiedades maravillosas de plantas, piedras y animales, todo ello procedentes de épocas que yo he situado en lo que defino como la “preverdad”, cuando la historia y el mito aún son inextricables, cuando las narraciones fabulosas tienen un público expectante en los mercados de las ciudades y las aldeas. Todo es posible, nada es inverosímil. Y a pesar de que los contertulios del personaje que lleva la voz cantante del coloquio manifiestan a veces lo difícil que resulta creer ciertas cosas de las que se dicen, un conato de escepticismo que no tardará en cuajar, como doctrina filosófica en las páginas del  Quod nihil scitur,  de  Francisco Sánchez, publicado en 1581, es decir, que esa época de la preverdad tiene fecha de caducidad, aunque lo cierto es que, a pesar del espíritu científico propio del Renacimiento, o quizás por ello mismo, recordemos que Servet muere en la hoguera,  las supersticiones han seguido formando parte del cuerpo social con una solidez a prueba de ilustraciones… Desde el siglo XXI, la lectura del Jardín de flores curiosas se emprende como un viaje fantástico hacia los sucesos y anécdotas más peregrinos que puedan ser imaginados, y el lector halla en sus páginas un auténtico virtuosismo de la invención. Desde esa adscripción al género de lo fantástico, tan de moda en las trilogías y tetralogías que devoran millones de lectores, bien pudieran estos volúmenes acabar convirtiéndose en el bestseller europeo que fueron en su momento, como así mismo lo fueron otras obras del autor, quien, también premonitorio en este sentido, pasó por la Universidad sin que saliera de ella con título alguno, ni ful ni legal, pero con un extraordinario olfato para saber, literariamente, qué estaban deseando leer sus contemporáneos. El Jardín… está lleno de flores exóticas en tal cantidad, que pondría a prueba la incredulidad de los intelectores que se paseen por él, porque se extienden a veintiuna páginas las notas que he tomado de los fragmentos dignos de ser leídos. Desde el punto de vista estrictamente literario, todo ha de decirse, la obra no es un prodigio de estilo ni sorprende en modo alguno por la audacia compositiva o la capacidad de descripción. De hecho, se ciñe a las noticias fabulosas y las entrega, como si dijéramos, en bruto, sin elaborar; al estilo de esas pujas coloquiales en las que los interlocutores se quitan unos a otros la palabra con el latiguillo “pues lo que me pasó a mí sí que…”  introductor de lo que se supone que es tan extraordinario que todos los demás han de callar inmediatamente y oírlo. Si noticias como la de los partos -acto propenso a las maravillas per se- alimentaban fantasías como esta: Refiere Alberto magno, el cual dice que un médico por cosa muy cierta le contó, que siendo llamado en una ciudad de Alemania para la cura de una señora, vio que Parera de un parto ciento cincuenta hijos, envueltos todos en una red, los cuales eran tan grandes como el dedo pequeño de la mano, y que todos salieron vivos y figurados. Bien entiendo que estas son cosas difíciles de creer a los que no las hubieren visto, pero hácelas posibles ser cosa muy notoria y averiguada; aunque, cierto, es más admirable que todas, lo que sucedió a la Princesa, o según otros condesa, Margarita en Irlanda, que parió de un parto trescientos y seis hijos todos vivos y tamaños como unos ratones muy pequeños; los cuales en una fuente o vasija de plata, que hoy día para memoria de esto está en la iglesia de aquella isla, fueron bautizados por mano de un obispo, y nuestro invictísimo César Carlos V la tuvo en sus manos, y averiguó ser esto verdad por muchos y muy claros testimonios, ni que decir tiene que las referentes a hechos fuera de lo común, aunque dentro del orden de lo natural, como lo androginia alimentaban el morbo de los oyentes, puesto que este tipo de obras misceláneas, como tantas otras, y ahí está el Quijote que lo avala, solían ser leídas para un publico expectante y crédulo: En los confines de los Nasamones hay una provincia de gentes, llamadas andróginas, que todos ellos son hermafroditas, sin guardar orden ni concierto alguno en el coito, sino que los unos y los otros usan de ello igualmente. Y según la poca noticia que destos se tiene, no diera mucho crédito a estos autores, si no lo confirmara Aristóteles diciendo que estos andróginos tienen la teta derecha como hombre y la siniestra como mujer, porque con ella alimentan las criaturas que paren. La explicación de muchas de estas anomalías o excepciones, radica, para el autor, en el poder de la imaginación, lo cual nos sitúa casi en la órbita de las vanguardias literarias: Según dice Algazar, filósofo antiguo de muy grande autoridad, y o refiere Gentil, la imaginación intensa tiene tan gran fuera y poder que no solamente puede imprimir diversos efectos en aquel que está imaginando, pero también puede hacer efecto en las mesmas cosas que imagina. Como buen aficionado al cine de terror y de lo fantástico, una historia me ha hecho pensar en la secuencia clásica de Desafío total, de Verhoeven: No será pecado mortal, aunque no le deis mucho crédito; pero yo quiero deciros una cosa no menos monstruosa que todas las que aquí se han contado, la cual vi, como suelen decir, con mis propios ojos, y fue en el año de trece o catorce sobre quinientos, que un hombre extranjero iba para Santiago, el cual llevaba unas ropas largas hasta los pies y todas hendidas por delante y así mesmo la camisa con ellas, y dándole alguna limosna, abría las ropas y mostraba una criatura cuya cabeza estaba al parescer, metida en la boca del estómago, o algo más arriba; lo de fuera era todo el pescuezo, y que allí para abajo estaba toda complida y muy bien formada con sus miembros enteros, que se meneaban; así, que en un hombre estaban dos cuerpos, y si se gobernaba esta criatura por el hombre que la traía o por sí, en las operaciones naturales, no lo sabré decir, porque yo era tan niño, que ni lo supe mirar, ni preguntar, ni tenía entendimiento para ello; y no lo osara contar, si no hubiera muchas personas en España que lo vieron y se acordarán de ello; y así fue público y notorio. De ahí, por consiguiente, la actualidad extremada de esta obra, capaz de competir, en imaginación, con las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Conviene recordar, por si no lo hubiera dicho, que el libro acabó en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición, como no podía ser de otra manera, a tenor de las historias subidas de tono que recoge. Son innumerables las referencias a pueblos exóticos cuyas particularidades van más allá de todo lo imaginable, pero sobre cuya existencia nada se puede objetar teniendo en cuenta los autores que avalan dicha existencia: Plinio y Solino y Estrabon y otros muchos los refieren particularmente; pero todavía quiero haceros mención de algunos dellos. Hay unos que llaman monoscelos que no tienen más de una pierna, y son tan ligeros en saltar con ella, que corren más que otros animales, yendo a saltos tras ellos. Estos tienen el pie tan grande, que cuando hace gran calor se echan en el suelo, y alzándolo se defienden de ella haciendo sombra con él. (…) También escriben de otros, que llaman faneseos, con las orejas tan grandes, que cubren todo el cuerpo con ellas, y que estos son de mus grandes fuerzas. (…) Solino dice que los Arismaspos, que están en una provincia entre los Scitas, cerca de los montes Rifeos, todos tienen un solo ojo. En parte, esas noticias propias de viajeros intrépidos, y el autor tiene siempre presente a Marco Polo, alimenta una imaginación de “lo desconocido” que llena páginas y páginas del libro con una pormenorizada descripción de lugares inhóspitos, de animales fabulosos y de costumbres humanas casi estrafalarias; todo ello al estilo de la muy venerable “novela bizantina”, como lo demuestra en el Jardín la historia de Jambolo, condenado a vivir en una isla maravillosa de la que él y su compañero, tras siete años, son forzados a salir. La coartada de los interlocutores en el coloquio que se extiende a lo largo de los dos volúmenes está clara, en boca de Luis: Creedme en esto que quiero deciros, que pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente nescio, porque son dos cosas que con dificultad se compadescen: que los hombres sabios siempre procuran saber más, paresciéndoles que es poco lo que saben y entienden, y los nescios, como no extienden su entendimiento a pensar que hay más saber ni entender de lo que ellos entienden y alcanzan, piensan que allí hace fin la ciencia, y así, porfían y disputan las cosas, sin querer conceder ni otorgar más de lo que la torpeza de su ingenio alcanza, teniendo aquel por el verdadero fin y remate de todas ellas. ¡A ver quién es el guapo, pues, que arde en deseos de dar crédito a tantos historiadores que les hablan de realidades tan fantásticas como difíciles de creer! La obra progresa en una sucesión de auctoritas que realmente apabulla a los interlocutores, y si salió Carlos V, como vimos, también ejerce el mismo papel Boccaccio o el propio Aristóteles, amén de la caterva de autores de mayor o menor prestigio que se anteponen a la narración de los hechos fantásticos. Pongamos por caso lo relativo a los gigantes: Sinforiano Campegio, en un libro que llamó Ortus Gallicus, lo cual dice por autoridad de Juan Bocacio, que afirma él mesmo haberle visto, y fue que en Sicilia, cerca de la ciudad de Trapana, a la raíz de un monte, que está cerca de ella, andando unos labradores cavando un cimiento para hacer una casa, descubrieron una cueva que tenía grandísima anchura, y, encendidos unos matojos, entraron dentro para ver lo que había, y hallaron en medio de ella un hombre sentado, de tan admirable grandeza, que espantados y atónitos comenzaron a huir hacia el lugar, y dando nuevas de lo que habían visto, se juntaron muchos, y con armas y lumbres entraron en la cueva a certificarse de la verdad, y hallaron aquel hombre, tan grande, cual otro jamás nunca se ha visto ni oído. Tenía en la mano siniestra un báculo tan grande y tan grueso como una grande antena de nao, y perdido el temor, con ver que estaba muerto, llegaron a tocarle, y luego se deshizo en ceniza quedando los huesos tan disformes, que en lo hueco del casco de la cabeza cabía gran cantidad de una medida de trigo que se llama modio, y seis dientes se guardaron por cosa monstruosa, y tomada la medida de todo el cuerpo, paresció que tenía doscientos codos de largo, cosa que tendría por increíble, y aun imposible, si tan graves autores no diesen testimonio de ello. Del mismo modo que hay hombres del mar que acechan a las doncellas par raptarlas y aprovecharse de ellas en sus cuevas marinas, hay hombres lobo que salen a los caminos de Galicia para matar y devorar criaturas, exactamente igual que nos lo contó Olea en El bosque del lobo, por ejemplo; o doncella que, secuestrada por un oso, acaba conviviendo con él e incluso pariendo un hijo humano que se encargará de vengar el asesinato del padre y dará lugar a una genealogía de reyes nórdicos… El libro está tan lleno de embustes como de aciertos que nos sorprenden por su rigor científico, como la descripción de un ataque de furor, posible una fase maníaca de una bipolaridad, en una persona aquejada de “melancolía”-un estado, por cierto, llevado magistralmente al cine por Lars von Trier en película con ese título: Melancolía-: Yo vi en una mujer muy cercana parienta mía, que siendo fatigada de una melancolía, que los médicos llaman mirrachia, la cual es muchas veces causa de hacer perder el juicio y venir a hacerse furiosos y locos los que la tienen, prevenirse de tal manera con la discreción y razón, que nunca pudo acabar de vencerla. Y era cosa de ver la batalla que entre la melancolía y ella pasaba, tanto que hacían a la pobre mujer echarse en el suelo boca a bajo, y la melancolía la forzaba a que hiciese pedazos lo que traía sobre sí y que tirase piedras a los que veía, y que arremetiese con los que topaba, e hiciese otros géneros de locuras; y la razón íbale a la mano, y la discreción la detenía, tanto, que al fin vino a perder aquella alteraciones y desechar el humor melancólico, quedando su juicio claro y desavahado como de antes lo tenía. Aunque para invención con solera, ninguna mejor que la del manuscrito hallado, que Torquemada, vía Santo Tomás de Aquino, remonta a la primera familia sobre la Tierra: Dice Santo Tomás en el tratado que hizo De ente & esentia, aunque algunos dicen no ser suyo, sino apócrifo, donde trae que Abel, hijo de Adán, hizo un libro de todas las virtudes y propiedades de los planetas, y conosciendo que el mundo de había de perder por el Diluvio, metiolo en una piedra y cercola de manera que las aguas no pudiesen corromperla, para que viniese a ser notorio a todas las gentes. Esta piedra hallo Hermes Trimegisto y quebrándola y viendo el libro que estaba dentro, se aprovechó de él en muchas cosas. De hecho, también lo usó Santo Tomás, nos dice el autor, porque  molestándole el paso de los animales con motivo de estar enfermo, hizo una imagen conforme a las indicaciones del libro, la enterró en la calle y las bestias se negaban a pasar por la calle y se daban la media vuelta. La mayor parte del segundo volumen está dedicado a las tierras cercanas al Polo Norte y los pueblos que en ella viven. La simple enumeración de tales pueblos  y lugares y algunas de sus costumbres, que el autor repite hasta tres veces con idénticas expresiones, no produciría la impresión de estar en el seno de unas de esa sagas de pueblos extraños con las que estamos familiarizados sea a través de la insufrible Juego de Tronos sea a través de las tribus de todo tipo que nutren los últimos bestsellers casi infantiles -¡qué lejos de Tolkien, por amor de Hermes!- con que tanto nos afligen las editoriales en los últimos tiempos mediocres de su quehacer editorial: Perioscoeos, Antoscoeos, Amphioscoeos, que son vocablos griegos, por donde declaran de la manera que están. Perioscoeos son aquellos a quien las sombras andan al derredor, y estos , como adelante veréis, no pueden ser sino los que están debajo de los polos. Amfioscoeos llamamos a los que tienen las sombras a una parte y a otra, que es hacia el aquilón y hacia el austro, conforme a cómo se halla el sol con ellos. Eterosceos son los que su sombra va siempre a una parte.
Los Hiperboreos, cuyos pueblos son los Parigitas, los Carcotas.
Casi conforme a estas regiones son Escamia y Dacia. Y un poco más adelante, hablando de las provincias de Suecia, la cual llaman Gocia Occidental, a diferencia de otra que se nombra Meridional, y de Noruega, que por la costa del Occidente se extiende hacia la isla de Tile y se junta con Grovelant y con Engrovelant, fuera del círculo Ártico, dice que están las provincias de Pilapia y Vilapia, las más frías de todas las regiones, porque se llegan mucho al Polo Ártico. (…) Provincias ignotas, entre las cuales me acuerdo que es una que llama Pila Pilanter, y otra, más adelante Euge Velanter (…) Y estas provincias tengo yo por cierto que son las que Gemma Frigio llama Pilapia y Vilapia.
Del singular bestiario de esos territorios, me quedo con una práctica bulímica que tanto aqueja hoy a los jóvenes, como un mal de nuestro tiempo. La descripción es impactante, por su crudeza, propiamente de registro naturalista, casi al estilo de los cuentos de Pardo Bazán reunidos en El destripador de antaño y otros cuentos: Hay también otros animales llamados gulones, del tamaño de un perro grande, las facciones como de gato, las uñas muy largas y fuertes, la cola como de raposa; estos cuando cazan o matan alguna bestia comen de ella hasta que no les puede caber más en el estómago o vientre, el cual se hincha tanto, que paresce que quieren reventar; y cuando se sienten así, se meten por lo más espeso de los montes hasta que hallan dos árboles muy juntos, y metiéndose entre ellos, aprietan el vientre de manera que forzosamente vienen a vomitar lo que han comido, y acabando de hacerlo, tornan a comer otro tanto, y también a vomitarlo, y tantas veces hacen esto, que acaban de comer toda la bestia, por muy grande que sea. Si bien no puedo dejar de mencionar un tópico que forma parte incluso de las hagiografías, como la de San Francisco de Asís, me refiero a la capacidad de las personas para entender la lengua de las aves: 
Luis.- Según eso, queréis decir que las aves se entienden.
Bernardo.- ¿Y vos dudáis de eso? Pues así como los animales se llaman con los bramidos y se conoscen y vienen a juntarse, también las aves con el canto malo o bueno se llaman y se juntan, y en fin, es entre ellas un lenguaje con que se en tienden las unas a las otras.
Antonio.- De Apolonio Tianeo se escribe que también él las entendía.
Luis.- Por cosa imposible lo tengo yo.

Sin  embargo, en el Jardín se cuenta que Apolonio oyó que un pájaro llevaba nuevas a otros de que a un molinero se le había caído un costal de trigo de un asno y había quedado el grano esparcido por el lugar. Los compañeros de Apolonio no lo creyeron hasta que pasaron por el camino y vieron a los pájaros comiendo donde se había caído el saco....  Y nada más leerlo, ¡quien puede resistirse a evocar aquellas secuencias mirificas en que Totó, en la película de Passolini, Uccelacci e ucellini, después de una humilde espera de recogimiento, logra entender ese lenguaje de las aves...
A modo de final filológico, permítaseme concluir con un listado no completo de las auctoritas citadas por Antonio de Torquemada, entre las cuales surgen, enseguida, posibles lecturas futuras, como la de los Días geniales, de Alejandro de Alejandro o el Hortus Gallicus, de Sinforiano Campegio…
Plinio, Solino, Aristóteles, Gema Frisio, Juan Bohemio, Varrón, Pontano, a Juan Pio Bononiense, San Agustín, Crates Pergameno, Eleanico, Damaste, Cornelio Tácito, Theodoro Gaza,  Alejandro de Alejandro, Juan Saxo, Juan Magno, Olao Magno, Pigata. San Jerónimo, , y Alberto Crancio, Alemán, Moscovita Polonio, Averroes, Dioscórides, Juvenal, Isaías, Boecio, Gaudenci Merula, Lópe Obregón, Paulo Jovio, Arriano, Estrabón…

lunes, 2 de abril de 2018

“Ensayos liberales”, de Gregorio Marañón.



La imprescindible libertad de pensamiento y la necesaria cordialidad humana como fundamentos de un liberalismo ética e intelectualmente enriquecedor.

Gregorio Marañón no debería necesitar presentación, porque se trata de una de las mentes más lúcidas que actuó social y políticamente en lo que Mainer llamó La edad de plata de la cultura española y que el propio Marañón, yendo un poco hacia atrás, prefiere denominar el Siglo liberal español, una época tan brillante, para la cultura española como los llamados siglos de oro de nuestra cultura: el XVI y el XVII. El siglo liberal, que acoge en su seno no solo a la generación del 98, sino también a la del 14, menos conocida, pero no menos importante y, por supuesto, a la del 27, a la que otros denominan Generación de la República. Netamente republicano y liberal, Marañón ha de contarse entre los intelectuales, junto con Ortega y Gasset, sobre todo, pero también con otros como Unamuno, Pérez de Ayala, Juan Ramon Jiménez, Azorín o los hermanos Machado, que impulsaron la creación de la Agrupación al Servicio de la República, aquella esperanza que no tardó mucho en desvanecerse cuando los impulsos revolucionarios se impusieron sobre los usos democráticos y se armó el belén de todos conocidos y que Payne ha retratado con magistral uso de los datos y análisis de las fuentes en un obra de tan expresivo subtítulo como este:  La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936). Esa erosión está en la base de los ensayos que se recogen en este librito de insospechada actualidad cuando reparé en él en una de mis librerías de segunda mano y que me ha impelido a escribir las presentes líneas, no tanto para destriparlo ce por be, cuanto para invitar a los intelectores animosos que a veces me visitan a sumergirse en esas páginas que, con apariencia de tono menor, nos habla de realidades de nuestra vida española que son parte inequívoca de nuestro presente. Muy al estilo orteguiano y D’orsiano, el doctor Marañón -recuérdese que su dedicación al estudio y la práctica de la medicina le valieron tanta reputación como sus estudios humanísticos, muchos de ellos cimentados con su experiencia científica, como los estudios sobre Don Juan y Antonio Pérez, abre Marañon el volumen con un largo ensayo dedicado  a la Psicologia del gesto y a la importancia del mismo para explicar conductas fundamentales en la vida social y aun determinantes de nuestro devenir histórico y del de otros pueblos. Sigue después con El deber de las edades, otro ensayo largo de tipo biológico en el que analiza pormenorizadamente las clasificaciones que tan arbitrariamente solemos establecer con una leve frivolidad que Marañón trata de reconducir desde la ciencia y desde la estrecha unión entre las exigencias biológicas y las sociales. Luego cierra el volumen con tres breves apuntes, no pasan de ahí, sobre tres temas muy distintos, pero todos ligados por ese hilo sutil del análisis de lo que España podía haber sido y fue en tiempos del liberalismo y dejó de ser en los tiempos revolucionarios para nunca más volver a ser nada reconocible en el marco de las democracias occidentales consolidadas, teniendo en cuenta cómo acabó nuestra Guerra Incivil: Dos monólogos sobre la prensa y la cultura, un froz ataque a la banalización de lo real que ha supuesto el periodismo; Dos vidas en el tiempo de la concordia, sobre la relación entre dos intelectuales antagonistas de la talla de Leopoldo Alas y Mennendez y Pelayo, y, finalmente, Dos poetas de la España liberal, sobre los hermanos Machado, de tan diferentes destinos vitales. No es poca la penetración psicológica que exhibe Marañón  a la hora de analizar el “gesto” y ver su trascendencia en la vida social. Partiendo de una definición neutra: Entendemos por “gesto” la traducción material de un estado de ánimo, por los medios habituales de la expresión emotiva y no solo por los de la cara: ya los contemplemos ejecutar o ya los imaginemos, a la vista de una actitud social determinada, lo primero que advierte Marañón, en un siglo veinte dominado por la mímesis inconsciente de los modelos de éxito social, es el peligro de tal proceder: Hablaré luego de la discutible categoría de la facilidad para estos contagios. Pero desde este momento quiero insistir en una de sus principales consecuencias, que es la atenuación de la personalidad, porque la contrapartida de esa debilidad individual es la aparición del hombre-masa fácilmente gobernable por lo que él denomina “conductores” o “domadores” que, a través del gesto autoritario y vehemente logran hacer mella en esa psicología rendida a la seducción ejercida por esos “domadores” de las voluntades. Es evidente que no ha tardado Marañón en derivar hacia un análisis de los fascismos en el primer tercio del siglo XX, esa monstruosidad que barrió el liberalismo como proyecto civilizado de vida social. Después de haber dejado clara la insufrible merma de la personalidad que supone la imitación de la gesticulación -y en esa deriva social adjudica un papel importantísimo al cine, moldeador de conductas y gestos-, capaz de influir en la dificultad que puedan tener las personas de ambos sexos para relacionarse mutuamente, por la falta del atractivo individualizado capaz de generar sorpresa y atracción en el otro o la otra, el doctor Marañón, siguiendo en parte a Keyserling, establece lo que parece una ley sociológica de indudable cumplimiento: Cuando los pueblos atraviesan sus fases de bienestar, un hombre que gesticula es contemplado con indiferencia o con burla. Pero este mismo hombre, en la fase crítica de la Historia, alcanza, súbitamente, y gracias a su gesto, la energía sobrehumana del conductor. Esta energía no es, por lo tanto, virtud pura del agitador sino suma de esa virtud más el terreno propicio del pueblo hiperestésico. Esto nos explica el que la mayoría de esos grandes agitadores eran, casi siempre, personajes vulgares, antes de la rotura del equilibrio popular. De La vida íntima, de Keyserling, toma Marañon la distinción entre el conductor espiritual y el domador, clave para entender modos tan distintos de influir en la conducta de los ciudadanos: el papel de ciertos políticos no es el de guía espiritual, sino el de domador. El guía espiritual, en realidad, no actúa nunca sobre las muchedumbres, sino tan solo de individuo a individuo; y, a lo sumo, sobre las minorías inteligentes que, en los tiempos de paz, gobiernan a los pueblos. Su acción, fina y compleja, es como música de cámara que jamás escucha el populacho, aunque, a la larga, sus ecos se puedan difundir hasta muy lejos de su punto de origen. Cuando la masa hiperestésica surge, el guía espiritual es, en efecto, suplantado por el domador, cuya música es pura trompetería estruendosa, hora de ideas pero de potente emotividad. ¿Quién no recuerda los gestualidad aparatosa de los líderes fascistas, Mussolini y Hitler, sobre todo, -Franco era un vulgar imitador sin cualidades para seducir a nadie-, a la hora de buscar una explicación de su capacidad para influir en las masas?:  El orador popular no convence con el razonamiento (…), sino que conmueve con los accesorios de la oratoria que tan bien estudió nuestro Juan de Huarte. Lo que Huarte llamaba “el meneo y gestos” con que se acompaña el discurso. (…) El mismo Cicerón, orador máximo, lo reconocía así: Actio quae motu corporis, quae gestu, quae voltu, que vocis confirmationes ac varietate moderanda est. (…) En su masa preparada, toda esa exorbitada gesticulación electriza y subyuga; y no se podría sustituir por una oración académica sin que, al punto, la muchedumbre se disgregase. En esa suma de individuos susceptibles de aceptar la sumisión a los líderes hay siempre, a juicio de Marañón, lo que el llama el factor antropoide, una suerte de descenso a los instintos que explicarían la necesidad de identificación con la masa, con la manada, con el clan: Esta es la razón de la importancia del gesto rítmico y continuado en la vida militar. El gesto externo crea la disciplina interna. Mientras más esclavo de su gesto es un ejército, más disciplinado será. (…) La ejecución del gesto rítmico, mantenido por la música o el canto, indispensable en todo movimiento de masas, condiciona por lo tanto, el reflejo de la disciplina, de la pérdida de la personalidad, absorbida por la masa organizada. Ahora bien: esta sensibilidad ante el ritmo es significativa del sentido primitivo que tiene el espíritu de la multitud disciplinada; primitivo y, por lo tanto, inferior, porque, sin duda, las fases iniciales de la vida están sujetas al ritmo; mientras que el progreso vital equivale a liberarse de él y a actuar con movimientos libres y, en cierto modo, desordenados; aunque siempre, en la normalidad civilizada, subordinados a una jerarquía. Eso explicaría, dice Marañón una paradoja monumental y divertida: España es el único país del mundo que ofrece la paradoja de un partido organizada de anarquistas. Estoy convencido de que mis intelectores asiduos -¡si es que existe tal especie exótica y casi extraterrestre, porque, de existir, no serían de este mundo…!- se preguntarán cómo es posible que aún no haya arrimado la sardina del delirio del prusés a estas ascuas convincentes y caloríficas que nos regala Marañon. Lo dejaba para el final, porque el paralelismo de los ejemplos destacados por Marañón con las “paradas” secesionistas está fuera de toda duda, y más aun si se atiende a esta fina observación que ya he denunciado en la Provincia Mayor… bajo el título de La pederastia ideológica secesionista: En cada pueblo, cualquiera que sea la modalidad de su alma colectiva, hay una masa específicamente sensible al contagio del gesto que está precisamente formada por los jóvenes; porque su festividad intensa y su falta de crítica les coloca muy cerca de la psicología del gesticulador. Por ello las milicias del gesto empiezan, siempre, reclutándose entre adolescentes Lo saben bien los domadores, y por ello cultivan con tanto afán la adhesión, no ya de la juventud, sino de los mismos párvulos. A medida que los años son menos, será el contagio del gesto más fácil, y el condicionamiento de la conducta al gesto más hondo y duradero. Imposible ser más claro y, por lo que respecta al prusés, clarividente. Cataluña se había forjado una imagen de sociedad “avanzada”, siempre, a pesar del carlismo tradicional y la religiosidad ultramontana que ha anidado de continuo en su agro y en parte de su burguesía, dispuesta a señalar la dirección de Europa y de las sociedades avanzadas. Esa es la imagen que se ha roto como un espejo, como el mirall trencat de la novela de Rodoreda. Y lo que ahora le duele a esa masa uniforme y sincronizada que se mueve bajo la batuta de sus enloquecidos domadores es la imposibilidad, parece, de encontrar el remedio para ese mal, que también, gentilmente, nos ofrece Marañón: El hombre de categoría superior no siente nunca la necesidad del gesto externo, porque él mismo conduce su propia vida con gestos interiores, más rígidos a medida que los va obedeciendo. En realidad, es esta creación de los propios deberes la señal más cierta del gran espíritu. (…) Servir a las normas que uno mismo se creó, al gesto recatado de la conciencia, este es el sentido humano superior
Un remedio que tiene que ver con ese ideal de vida que es para Marañón la “austeridad” y que analiza en el segundo de los ensayos del libro, el dedicado a las edades. Después de advertirnos del disparate de intentar clasificar a las personas en función de algo tan absurdo como la edad, en permanente cambio, Marañón señala el eje de su discurso: Los derechos de la edad solo serán legítimos cuando entendamos, a la par, que cada edad nos impone también deberes ineludibles y estrictos. Eso que hoy suena casi como una herejía nefanda: “deberes”, forma parte de las exigencias de cualesquiera edades, y olvidarlos significa crear personalidades cojas, carentes de entidad. Junto a ciertos tópicos no carentes de fundamento, como el de la rebeldía propia de la juventud: El deber fundamental de la juventud es la rebeldía. (…) Toda la vida seremos lo que seamos capaces de ser desde jóvenes.(…) ¿Y cómo va a realizarse la gran obra de la forja de la personalidad sin lucha, sin arbitrariedad, sin rebeldía? Es preciso decirlo muchas veces, porque es este uno de los puntos en que más claramente se observa el conflicto, a que antes me he referido, entre las normas naturales y los prejuicios sociales. Toda la pedagogía, con gloriosas excepciones, tiende a hacer del joven un ser gregario, sin esquinas ni asperezas, conforme con las ideas que transmite la tradición y con los modos psicológicos y éticos consagrados; pensando y sintiendo a la zaga de lo que piensan y sienten los viejos. Y esto equivale, ni más ni menos, que a destruir, si no la misma juventud, que no hay fuerza que la coarte, al menos el germen de la futura personalidad; Marañón se descuelga con un anatema al deporte que no puede por menos de sorprendernos en nuestra sociedad, que ya en los tiempos de la juventud del propio Marañon comenzaba a rendir culto al "sportman": No he de ocultar ahora mi antipatía, ya explanada en otra ocasión, por estos entusiasmo deportivos. (…) Es indudable la influencia perniciosa que ejerce en la mentalidad de la juventud que lo practica como ahora se practica, es decir, como una religión. (…) el deporte acaba por ocupar el puesto del trabajo de una manera capciosa e infinitamente dañina para el varón que se está formando. El joven que ha jugado y que siente la voluptuosidad del cansancio físico satisfecho, tiene una suerte de sensación del deber cumplido tan falsa y perniciosa como el que, en lugar d apagar el hambre física con el alimento natural, la calma con la voluptuosidad de la borrachera. Y este equívoco es aún más llamativo y pernicioso cuando se compara el ruidoso triunfo del deportista con el rendimiento cotidiano y gris de la labor provechosa. (…) Se me dirá que los tiempos mandan y que los nuestros son tiempos deportivos. Pero por eso mismo hay que rebelarse contra la fascinación de la actualidad. (…) Por esto, yo quisiera que los jóvenes empleasen una parte de su rebeldía en rebelarse contra la actualidad o, si queréis, contra la moda. (…) Claro está que todo e cuestión de medida. UN deporte prudente es favorable, incluso por esa misma disciplina que impone; siempre que no deforme la personalidad del mozo. Así mismo, vuelve a redoblar en este otro ensayo su prevención contra el abuso que la ideología totalitaria puede hacr del joven en formación, incapaz, a esa edad, de discernir las asechanzas de un discurso que quiere moldearlo, conformarlo, definirlo según un canon político del que le costará mucho desprenderse, como si se tratase de una camisa de serpiente de bronce:   Cuando vemos algunos ejemplos de pueblos emborrachados con la droga de un nacionalismo exultante, damos por buenas las ventajas que hayan podido lograrse con semejante tratamiento; pero pensamos con un seguro terror en el porvenir de esas juventudes con el alma perdurablemente deformada en un troquel estrecho y violento; juventudes que cavarán por no servir para nada el día -siempre cercano a pesar de las apariencias- en que ya no se cotice el signo en que se troquelaron. El metal inservible de refunde en unas horas, con formas distintas y utilidades nuevas. Pero el alma de los hombres jóvenes tarda muchos años en adquirir una estructura diferente y expurgada de las ruinas de su pasado inservible.  ¡Cómo nos parece estar leyendo al mismísimo Ortega en esa facilidad para la comparación y la imagen! Si algo distingue a las edades es que se manifiestan en conflicto en la sociedad y que lo propio es que haya entre ellas una lid noble y respetuosa. Cada cual ha de saber cuál es su lugar y cuáles sus deberes:  Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho como su sumisión incondicional a la juventud de los otros. El culto actual a la juventud no es, desde luego, el ideal de sociedad liberal avanzada que complacía a Marañón.  Las edades avanzadas, a su parecer, han de encontrar su camino en la adaptación y en el principio de austeridad. El doctor traza una línea que emparenta sociología y biología: Obediencia, rebeldía, austeridad, adaptación: he aquí la línea quebrada que la evolución del organismo marca a nuestro deber: la obediencia del niño, la rebeldía del joven la austeridad del ser maduro – que es lo contrario de la inconstancia y la superficialidad- y la adaptación del anciano -que no quiere decir renunciación ni esterilidad.
La última parte del libro recoge algunas impresiones volanderas que tienen, igualmente, una actualidad más que notable. La  concepción de la Prensa casi como un obstáculo para poder entender el presente desde eso que ellos llaman la “rabosa actualidad” es ya una experiencia común y corriente en nuestros días en que, para nuestro mal, se ha consolidado el “periodismo de trinchera”, una guerra de informadores en el que, como en las reales, es la verdad la primera víctima. Como dice Marañón, la Prensa diaria produce en el mundo de los lectores una tendencia excesiva a la acción, con detrimento de la meditación,  lo cual, también lo dice él es gravísimo, porque sume a los lectores en un estado casi delirante de actividad sin sentido y proclive a las violencias verbal y física. A las colaboraciones alimentarias de los intelectuales en esa Prensa achaca Marañón el hecho inequívoco de que hayan dejado de escribirse obras de infinitamente más valor que el de esas colaboraciones indispensables para la supervivencia. Hay ahí un punto de resentimiento inobjetable. Desde Larra arrastramos que escribir en España es llorar, y, salvo casos excepcionales y un avance general que hemos de reconocer, aún no hemos sido capaces de crear una sociedad ampliamente culta que permita la existencia de creadores dedicados a su labor de forma exclusiva y lo suficientemente remunerada, sin tener que dedicar su esfuerzo y su tiempo a la Prensa.  A mí me llama la atención, de ese juicio severo sobre la Prensa, el buen olfato de Marañón para saber ver en los márgenes de la misma el pálpito de la vida real: Instintivamente huíamos de la primera plana, donde está el material de la gran historia artificiosa, e íbamos a sumergirnos en las columnas secundarias, en las que queda vivo a través del tiempo el pequeño suceso de barrio, de vecindad, el eco vago de un hogar; o bien buscábamos gustosamente la sección de los anuncios, donde laten venas sutiles de humanidad, invisibles en las veinticuatro horas que dura la primera vida del periódico.
Las breves páginas dedicadas a la relación entre dos catedráticos como Clarín  y Menéndez Pelayo cifran, inequívocamente, para Marañón el ideal de la España liberal, basada en la concordia entre diferentes y en el profundo respeto a la libertad intelectual de cada cual: Clarín figuraba entre las izquierdas; Menéndez y Pelayo era la figura preeminente de las derechas españolas. Y en estas confesiones de los dos se ve, a cada paso, la mano furtiva del extremista que atiza el fuego de la pasión política para convertir en hoguera hostil la llama nobilísima de su amistad. No lo consiguieron. Porque a los dos les animaba el mismo santo amor a la verdad y a España y la misma generosidad de humanistas, ante las cuales se borraban los accidentes de sus respectivas actitudes en lo ideológico y en lo social. (…) Clarín llegó a perder la colaboración en los periódicos de la izquierda porque, según nos explica, “mis queridos correligionarios son así, y a veces, como los de usted (los de Menéndez y Pelayo), no comprenden que se alabe a los contrarios y se pegue, como ellos dicen, a los amigos”. En esa misma línea hemos de entender la existencia de dos poetas a quienes separó la guerra y la posición política de cada cual, pero no los sentimientos ni, por supuesto, su posición intelectual. Los hermanos Machado le sirven a Gregorio Marañón para fundamentar el elogio de esa España liberal, ese nuevo Siglo de Oro del que no se percataron que lo era mientras lo vivían, pero al que, mirando hacia atrás con objetividad y ecuanimidad, se le ha de reconocer dicho mérito: Esa época de esplendor del alma española en que vivieron no puede designarse con otro signo que con el de liberalismo. La historia es historia y no política. Ahora se habla mal del liberalismo con pasión política y sin conciencia histórica. (…)  “El segundo Siglo de Oro español”, como le ha llamado el maestro Azorín, es de un oro más nuestro que el de los Austrias. La segunda característica es, ya lo hemos dicho, el espíritu liberal. España estaba dividida entre liberales y conservadores; pero los conservadores eran ya, desde entonces, más liberales que los que se llamaban así. (…) En verdad, en verdad, Cánovas solo se hizo reaccionario cuando hastiado de luchar, pactó con los liberales. Acabo de volver de Valencia y, como si la ciudad del Turia se hubiera hecho eco de estas páginas de Marañón, una de las grandes avenidas de la ciudad, si bien, en el extrarradio, se llama Avenida de los hermanos Machado, un signo de verdadera reconciliación que no debería caer en saco roto en estos tiempos en que la proclividad al enfrentamiento sectario puede poner en peligro incluso una democracia en apariencia, solo en apariencia, tan firme como la nuestra. Como muy bien resume Marañon, y le dejamos que ponga él la última palabra a esta recensión de su librito: El alma liberal de aquellos decenios, en España y en todo el mundo, no era, como torpemente creen algunos, pura ideología de partido sujeta, por lo tanto, al azar de sus aciertos o fracasos, sino aire de la época, que respiraban todos los seres humanos, como se respira, quiérase o no, con disgusto o con gusto el vaho cálido de los trópicos o el aire sutil de las estepas, según donde se viva. (…) No sé; muchas veces el antiliberal da la impresión de que solo aspira a ser algún día liberal por su cuenta, sin tener para serlo que pedir permiso a los liberales.