Vivir de espaldas a la presencia social y atesorar una irrefragable poética existencial.
El pudor me pone difícil hablar de Luis
Valdesueiro, pero, dada la escasa difusión de las páginas de este Diario...,
me atrevo a hacerlo porque es casi como hablar en la intimidad de una biografía
que deliberada o accidentalmente, ¡El azar, ¿timón sin timonel? ¡Nadie sabe
adónde le llevara el azar y la necesidad!, ha querido construir el autor sin
mover un dedo para participar en la feria de las vanidades en que todos cuantos
escribimos, en mayor o menor medida, participamos. Él, a contracorriente del caudaloso
río de las novedades y las revelaciones que nos anega a un ritmo imposible de
seguir ―sobre todo si la relectura de los clásicos es un afán constante, como
es su caso―, ha escogido otro camino que lo singulariza y lo identifica como lo
que es, una de las voces indispensables en el panorama de la aforística
española, Es imperativo que cada uno ahogue, en el río del olvido, el
Narciso que lleva dentro, se impone.
Conocí a Luis, ¡pasa ya del medio siglo...!,
cuando teníamos, los dos, quince años,
en la Academia Nobel, de la Calle de la Montera, en Madrid. Desde entonces,
porque de intuición siempre he andado bien, pero no tanto de formación y expresión,
supe que estaba en presencia de alguien excepcional, al menos como excepción
frente a lo que por entonces conocía. Andando el tiempo constaté que la
excepcionalidad de su caso se mantenía, a pesar de ampliar yo mucho y en la dirección
correcta de la formación, la lectura y el pensamiento mis intereses. El siempre
estaba donde estuvo: adelantado a su tiempo y exhibiendo siempre, en la más
rigurosa intimidad, una capacidad analítica para la disección de todo, desde la
vida cotidiana hasta las ideas más abstrusas y los pensamientos más complejos,
una capacidad insólita, luminosa. Soy, por lo tanto testigo privilegiado de una
vida y una obra que ha ido escribiendo en una soledad voluntaria, en un
silencio profundo y fértil que contrasta con la necia vanidad exhibicionista de
tantísimos autores que pavonean sus carencias, sus limitaciones, con un orgullo
solo digno de las piedras que pavimentan el infierno. Valdesueiro pertenece,
pues, a esa estirpe de autores que rehúyen la búsqueda de la notoriedad y el
aplauso, como si intuyeran que se ha multiplicado ad infinitum el número
de los necios, y que no tiene ningún sentido apelar al reconocimiento de
quienes acaso ni entiendan lo que hayan leído, porque la literatura de Valdesueiro
exige un lector a la altura de lo que él ofrece, una destilación exquisita del
pensamiento que hunde sus raíces en la mejor tradición clásica de la filosofía y
la literatura universales,
En la adenda que ha añadido a este Terer
Lucidario tenemos un retrato fiel de la singularidad de la que venimos
hablando. En el prólogo a la primera edición de Lucidario, Dimas Mas, quien lo
tituló El escultor de su alma, afirma: « Esa es su grandeza y su servidumbre: de puro
resplandor apenas vemos, entre claridades que nos llagan los ojos y nos aviejan
el corazón, la alegría que emerge de la pulsión oscura del ser, de esa sombra
espesa que quiere seguir siendo el hontanar secreto de la dicha muda, que es
poesía rebelada». Y en la recepción crítica que del libro hizo Ángel
Guinda leemos: «Luis Valdesueiro es un poeta secreto dentro de un pensador
oculto. Por ello su comparecencia en la jungla de la literatura es, más que una
presencia, una aparición. [...] Como si el aforismo fuese una gota de la
destilación del pensamiento, la conciencia alambicada de Valdesueiro nos
entrega una guía material de conocimiento, una guía espiritual de conducta
pensante y estética, de estrategias de acción rehumanizadora» y concluye: «Características
de la originalidad de su estilo son la elegancia en el decir, la prudencia en
el amonestar, la finura en la utilización de la ironía ―más para enseñar que
para herir―, el triunfo final de la vitalidad frente al nihilismo y, sobre
todo, la lucidez de su pesimismo edificante».
¿Qué más puede añadir este veterano intelector
a esas palabras reveladoras? Nada, excepto hacer un pequeño repaso de las
aportaciones de este Tercer Lucidario que renueva temas, tonos y agudezas
propias de la lucidez extrema de los dos anteriores, porque Valdesueiro, defendiéndose
de las asechanzas, Los sofismas nos asedian. Y no siempre los reconocemos,
ha cartografiado con mimo el terreno por
el que se mueve con la inseguridad de quien se asoma a lo familiar, pero
también a lo tenebroso, Para alcanzar la claridad, fustiga sombras. Que
lo familiar no sea siempre lo confortable es una señal de inteligencia, y más
aún la decisión de mantenerse en ese ámbito de incertidumbres en el que tanto
nos cuesta encontrar asideros que nos permitan seguir viviendo, La vida es
un camino entre dos nadas, y porque, como reconoce humildemente, Al
pensamiento ebrio de soberbia solo le humilla el dolor.
De la mano el autor volvemos a
paisajes en los que tanto asoma una voluntariosa negación del escepticismo, Vivir para que la vida
arraigue en nosotros, y no vivir por vivir, como un cierto temor a los
inmisericordes efectos del tiempo, Que tu madurez no acabe en putrefacción.
En los aforismos de este Tercer Lucidario tienen cabida muchos registros que
hacen de su lectura una entretenida errancia, desde el humor escatológico, ¿Qué
distingue a la paloma símbolo de la paloma real? La palomina, de
raíz luterana, pues fue él quien dijo, al parecer, que la naturaleza humana es algo así como «cuando
uno sueña que orina y termina haciéndolo de verdad», a la parodia de frases muy
conocidas, lo que activa una intertextualidad que sobredimensiona su obra, como
en El escepticismo bien entendido
empieza por uno mismo o en el muy penetrante El hombre es un hombre para
el hombre. Lo diga Hobbes o no lo diga.
No insistiré en desgranar las muchas joyas aforísticas que tiene el volumen, porque el mejor regalo del lector discreto, al que le encanta entablar un diálogo íntimo con un libro como este, que nos habla a solas a cada lector, con una complicidad que nos ennoblece, es, justamente, sentarse en un rincón, con la luz adecuada y el silencio imprescindible para dejar que sobre el espacio de la conciencia se nos vayan dibujando las letras de pensamientos tan indispensables como este: La emoción, esplendor del alma; como este otro: El deseo es la pértiga de los anhelos, y constataciones tan clarividentes como esta: Las decepciones son yerros de la ilusión. Pero no quisiera concluir sin mostrar el más esperanzador del volumen: Bendición de la existencia: encontrar en un tú nuestro mejor yo. Estoy convencido de que, a ese respeto, él es un bendito, como tambien, afortunadamente, yo lo soy.

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