John Frankenherimer (Un francotirador en Hollywood), de Christian Aguilera y Alfred Hitchcock (El cine es sueño) de Sergi Grau.
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no ha sido, en mi vida, la lectura de libros dedicados al cine, una constante
tan habitual como la de la lectura de novela, poesía, teatro y filosofía, además de
las lecturas profesionales a que obliga la carrera profesional de filólogo. No
pasarán de un centenar los libros dedicados al cine que alojo en mi biblioteca,
aunque recientemente algunos he añadido vía en línea, como las Notas sobre
el cinematógrafo, de Robert Bresson. Es cierto que los documentales sobre
el cine, como los quince imprescindibles capítulos de la obra de Cousins: Historia
del cine, una odisea, o los innumerables sobre Hitchcock y otros directores,
así como los dedicados a actores y actrices de gran relieve, contribuyen a la
formación de cualquiera.
Por todo lo anterior es
por lo que quiero presentar hoy a cuantos intelectores se acerquen a estas
páginas una obra editorial tan seria como necesaria, porque Kane Ediciones es una «pequeña / gran»
editorial de libros de cine que se ha propuesto ofrecer a los cinéfilos y a los
aficionados al cine en general unas ediciones perfectamente editadas, con un
papel y unas ilustraciones fotográficas de altísima calidad, que satisfarán el
paladar crítico de los más refinados cinéfilos; ediciones, además, de libros que tratan
parcelas del cine a las que no siempre se les ha dedicado la denida atención bibliográfica,
aunque no desdeñe ofrecer obras sobre los grandes clásicos. La atención a la
música en el cine va pareja con el interés de Kane Ediciones en cubrir ciertos
huecos bibliográficos que merecen la atención crítica rigurosa.
La editorial trata de
abrirse paso en un sector que cada día que pasa añade más lectores, ¡y
escritores!. No hay más que entrar en las redes sociales para descubrir que
somos acaso miles los aficionados que contribuimos a la mayor gloria del arte
cinematográfico a través de espacios críticos que no por no ser profesionales
dejan de tener cierto o mucho interés. Los intelectores de este Diario
no ignoran que yo mismo cultivo la crítica cinematográfica, como he dicho
antes, y gracias a esta dedicación, y a
mi interés por publicar mi libro Cien películas de las que acaso no hayas oído
hablar y que no deberías dejar de ver, logré entrar en contacto con esta
editorial que merece todo el apoyo de los aficionados al cine. Mi libro
lo autopublique en Amazon y está a disposición de todos los aficionados. Pero
el contacto con Christian Aguilera me ha permitido no solo conocer por dentro
este esfuerzo editorial espléndido y riguroso, sino que, llevado por mi fatal
inclinación a la lectura, he «devorado», previo justo pago, dos libros del
catálogo que me han parecido formidables, los dedicados a Frankenheimer y a
Hitchcock respectivamente.
La información
exhaustiva y el fino análisis crítico de los autores, en uno y otro volumen, permiten
entender la peripecia de ambos diretores, ciertos títulos ―sobre todo los
tenidos por «menores»― y la constante sensación de que el hecho de que una
película llegue a las pantallas es siempre un auténtico prodigio, si es que
llega, porque Frank Sinatra retuvo durante veinticinco años, en calidad de
productor, la exhibición pública de Mensajero del miedo (The
Manchurian Candidate), rodada en 1962 y «estrenada» en 1987, aunque, antes
de ser retirada dio tiempo a ser estrenada en España, por cierto, según recoge Aguilera en su volumen dedicado a
Frankenheimer, una guía imprescindible para conocer en profundidad al relevante
director que nos legó obras tan trascendentales como El hombre de Alcatraz,
El mensajero del miedo, Siete días de mayo, El tren, Orgullo de estirpe y, ya en sus
postrimerías, la trepidante Ronin, pero, sobre todas y, sobre todo, quiero
yo destacar Plan diabólico, ¡una joya aún por descubrir, me temo, para
la mayoría de los espectadores! Sobre ella escribí en mi Ojo cosmológico:
«Mi admiración por Frankenheimer y
algunas películas que están en la línea estética de esta, como El mensajero
del miedo, Siete días de mayo o El tren, siempre ha sido
enorme, pero la visión de esta película, tras de la que andaba, sin saber
cuándo Azar la iba a poner en mis manos, ¡bendito sea por hacerlo!, me
reconvierte en un devoto que sitúa Seconds, su congruente título
original, a la altura de cimas del cine como Ciudadano Kane, sin ir más
lejos. La potentísima historia de esta transformación imposible es un prodigio
de inventiva literaria, y la extraordinaria realización fílmica de
Frankenheimer, apoyado en una fotografía prodigiosa de James Wong Howe, creador
del enfoque profundo, que mantiene nítidos el primero y el segundo plano,
convierte esta historia en un referente casi totémico para el cine fantástico,
chorreante de psicología y empapadito de delirios».
A Frankenheimer se le
asocia con la «acción», y es cierto que es un maestro de ella, pero este volumen de Christian Aguilera nos
descubre las preocupaciones sociales y existenciales de un director que, a
pesar de su trayectoria, no siempre lo tuvo fácil en la industria usamericana,
y ahí está la temprana Los jóvenes salvajes, por ejemplo. Su marcada
inclinación a tratar temas sociales lo ubica perfectamente en el seno de esa
generación de la televisión a la que Aguilera ha dedicado ya cuatro libros,
además del presente, por lo que solo restaría por entregar el último, el
dedicado a Schaffner, si la previsión no falla. Es inútil referir aquí siquiera
una mínima parte de la ingente información, toda ella interesantísima, con que
Aguilera ha escrito su libro, pero lo más sorprendente es que haya hecho lo
mismo y con idéntico rigor, no me cabe duda, sobre los otros autores. No está
de moda la cultura del trabajo, del esfuerzo, del rigor en los datos y en las
citas, y la prueba son todos esos libros de cine que no pasan de «banalidades
encuadernadas» sin gracia ni interés alguno. Pues los libros de Kane son la
némesis de esas ofensas al estudio serio del Séptimo Arte.
Gracias sobre todo a
Filmin y a YouTube, he podido ver todas las películas de la etapa británica de
Hitchcock, esas que, aparentemente, son el pasado de lo que luego sería un presente
esplendoroso en Usamérica, cuando realiza obras que le han hecho acreedor, para
muchos, al título de mejor director de la Historia del Cine, si bien es trono de
alta capacidad, porque ahí también se sientan Kurosawa, Ozu, Ford, Dreyer,
Welles, Bresson, Erice y un largo etcétera. Lo que está claro es que la obra de
Hitchcock despierta cada vez mayor interés, de ahí que la bibliografía sobre el
personaje siga creciendo, así como, fílmicamente, los documentales que se centran
en su vida y su obra, porque este británico católico es la más rara
extravagancia artística que se haya dado en el mundo cinematográfico. Su vida y
su obra corren parejas con el interés
que ha despertado siempre otro compatriota suyo: Winston Churchill, y si a este
le concedieron el Premio Nobel de Literatura, Hitchcock puede presumir en el
Olimpo de los fallecidos de no haber recibido un Oscar en su vida, lo cual deja
claro de qué estamos hablando: de cine, y sí, también de industria, y en ningún
caso de lo que tanto se asocia con ambos: la «frivolidad».
Decía que la
filmografía inglesa de Hitchcock a la que volvió al final de su carrera, con Frenesí,
es más interesante de lo que a primera vista pueda parecer, sobre todo teniendo
en cuenta que Sir Alfred se inicia en el cine mudo, hace suyo el sonoro y nos
ofrece auténticas maravillas en color. Solo cinco años más joven que Ford, la
obra de Hitchcock es también un resumen de la historia técnica y artística del
Séptimo Arte. En la medida en que de sus 53 películas 23 pertenecen a la época
inglesa, ello nos habla bien a las claras de que si no está en ellas «todo
Hitchcock», sí, como lo demuestra Sergi Grau, lo esencial de él. La aspiración máxima de Hitchcock fue tener
el control absoluto de su obra, no depender de veleidades de productores como David
O. Selznick ni de otros estudios, de ahí la lucha constante y cansadísima por
hacer valer sus derechos sobre su obra artística, lo que ha permitido que
rodara las joyas que todos conocemos y que prácticamente nos sabemos de memoria:
Vértigo ―siempre en los primeros puestos como candidata a la mejor película
de la Historia del Cine, en dura pugna con Ciudadano Kane, de Orson
Welles, de donde toma el nombre la editorial―, Con la muerte en los talones, Marnie,
la ladrona, Encadenados, La soga, Náufragos, incluso
la propia Rebeca, que tan poco le gustaba...
Confieso que he
subrayado el libro de Sergi Grau desde la introducción hasta el epílogo
dedicado a la producción televisiva de Hitchcock, un medio en el que su
intervención tuvo un carácter casi revolucionario, ¡y ya ando detrás de
adquirir algún DVD con todos esos episodios de algunos de los cuales tengo muy
vaga memoria en la retina, tras haberlos visto en el famoso UHF de los 60! Sería
una insensatez transcribir tan valiosa información, porque lo bueno de esta
obra de Grau es que se lee, sin serlo, como una apasionada biografía del director,
sobre todo si nos atenemos a los ejes temáticos esenciales de sus películas y a
su propia vida. Hitchcock se abrió en canal a sí mismo en la famosa entrevista
con Truffaut, porque nadie ignora que él tiene hoy la posición que ocupa en
este arte por que la nouvelle vague lo colocó allí, del mismo modo que
hizo con muchos otros directores no siempre tan valorados, como Jerry Lewis, otra
de mis devociones.
Reivindicaba la etapa
inglesa de Hithcock porque en ella no solo hay maravillas, sino, en cada una de
esas películas, detalles que nos revelan expresamente la brillante imaginación
del director, quien es maestro en sintetizar en imágenes partes sustanciales de
la historia narrada, así como inventar soluciones inverosímiles para trávelins con
grúa y otras tomas casi acrobáticas y llenas de ingenio. Leer Alfred
Hitchcock. El cine es sueño es una experiencia tan cinematográfica
como haber visto las películas de las que habla con sólido criterio y perspicaz
interpretación. El autor entra en detalles de cada una de ellas que no solo se
ciñen a la película tratada, sino que se extienden, por contexto, al resto de
su obra, dada la reiteración de muchos de sus temas en su filmografía, como la
visión de la vida en pareja, por ejemplo, la visión escéptica de la vida o la
angustia el falso culpable, tan cercana a la literatura de Kafka, por ejemplo,
y ello por no mencionar la torturadas psicologías de personajes a medio camino
entre el delirio y la locura, como Norman Bates. Y a propósito, la escena del
asesinato en la bañera en Psicosis, acaso la secuencia más famosa de la Historia
del Cine por derecho propio, no deja de ser algo casi anecdótico en el conjunto
de revelaciones acerca de los intríngulis de las películas de tan complejo
autor, porque, parafraseando el dicho, no da plano sin hilo (a seguir)... nuestro
amigo Sir Alfred.
Como ferviente
aficionado y crítico diletante, ¡y perseverante!, le deseo a Kane Ediciones la larga y prospera vida que
merece un empeño cultural de esta naturaleza en la que hacen falta muchos «quijotes»,
como Christian Aguilera, para revertir el yermo cultural en que la educación
académica, la deseducación paterno-materna y el (mal)uso de móviles y otras
herramientas tecnológicas nos están convirtiendo. El cine «escrito», en libros
imprescindibles para los cinéfilos y los simples aficionados dará muchas
alegrías como las dos que yo he vivido siguiendo muy de cerca todas y cada una
de las obras de dos autores tan señalados e importantes, al menos para mí.
P. S. Aprovecho esta salutación a tan
generoso empeño, anunciando que el próximo 17 de abril a las 19’00h Christian Aguilera presenta en la
FNAC de las Ramblas (donde antes estaba Modelo) los libros de la generación de la televisión:
Martin Ritt, Arthur Penn, Robert Mulligan, Sidney Lumet, John Frankenheimer y
Franklin J. Shaffner. Cuantos puedan asistir comprobarán en persona cuanto
sostengo en esta salutación a su esfuerzo editorial: Kane Ediciones.


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