viernes, 1 de abril de 2016

"Proceso Personal": El extraño caso del escritor José Suárez Carreño, ganador del Adonáis, del Nadal y del Lope de Vega.



                          





Proceso personal, de José Suárez Carreño, una excelente reflexión moral y social sobre unos personajes y una sociedad en tiempo de silencio…

         En mi extensa Clónica del año 2. publicada íntegramente en el blog Clónica del año 2. Un año en el país de El País, recogí el obituario que le dedicó El País a José Suárez Carreño, y ese día me hice el firme propósito de leer Proceso personal, obra a la que se le negó el Premio de la Crítica cuando era vox pópuli que se trataba de la mejor novela publicada ese año, 1955, en el que, sin embargo, se lo concedieron a Camilo José Cela por una novela de encargo, La Catira, que no pasaba del pastiche. Allí escribí lo siguiente:  José Suárez Carreño ha muerto. Clonista ha leído sus títulos de crédito, escritor y luchador por la democracia, y ha seguido leyendo hasta descubrir lo que quizás sea una más entre sus muchas lagunas formativas. En 1955, su novela Proceso personal perdió el reconocido Premio de la Crítica ante La Catira, de Cela, aunque en la época se valoraba más la novela de Carreño. Clonista acaba de comprometer una lectura inmediata, si es capaz de encontrar la novela, claro, porque en las librerías de nuestros días, como en los museos que denuncia Millás, no hay fondo, esto es, nada se retiene más allá de los pocos meses que duran las viejísimas novedades sobre los estantes privilegiados.
Ignoro si esa cacicada de la época tuvo algo que ver o no con la decisión del autor de retirarse de la práctica de la literatura para dedicarse en cuerpo y alma al activismo político, pero lo cierto es que después de haber ganado sucesivamente el Premio Adonáis de poesía, en su primera convocatoria, con un libro de sonetos en la línea de los de Blas de Otero, Edad del hombre,  como miembro de lo que entonces se llamó la corriente “garcilasista”; el Lope de Vega de teatro con Condenados, llevada al cine por Manuel Mur-Oti en una excelente película cuya crítica hice en mi blog El ojo cosmológico, y  el Premio Nadal, con Las últimas horas, que fue un claro exponente, junto con La noria, de Luis Romero y La colmena, de Cela, de la asimilación de las nuevas técnicas novelísticas extranjeras que encarnaban autores como Joyce o Dos Passos; después de conseguir esos galardones de tanta altura, digo, José Suárez Carreño apenas se limitó, artísticamente, a otra actividad que no fuera la de guionista y sí por entero a una dedicación política en compañía de Dionisio Ridruejo con quien fundó el Partido de Acción Democrática, junto con Joaquín Ruiz Giménez, en lo que se presentó como un intento de crear una fuerza política de centro a medio camino ideológico entre la Democracia cristiana y el socialismo, lo que impicaba una curiosa evolución política en una persona que había sido miembro del PCE y activista en la clandestinidad. Es destacable el juicio humano que Ridruejo formula de Suárez Carreño en carta a Justino de Azcárate, el 19 de junio de 1964: Suárez Carreño -hombre raro de gran lucidez- me ha ayudado mucho.  ¡Qué magnífico retrato: Hombre raro de gran lucidez! En tan breves palabras se condensa una biografía: rareza y lucidez… José Suárez Carreño, que fue detenido la misma noche de la concesión del Nadal, pasó la frontera clandestinamente, con Ridruejo y el editor Fernando Baeza, para asistir a lo que el régimen de Franco llamó el “Contubernio de Múnich”, esto es, el intento de superar las diferencias de los opositores al Régimen para ofrecer una posibilidad de futuro democrático a la sociedad española. Al regreso de Múnich, tras pasar dos años en París, becado para elaborar un informe sobre la sociedad española del momento, José Suarez Carreño participó en la creación y gestión, con Ridruejo de la Sociedad Española de Escritores, de la que sale, mal, en 1965. Reaparece después como encargado del servicio de documentación del diario de los sindicatos verticales Pueblo. Y, como cuenta el memorialista Trapiello en su diario Apenas sensitivo, Suárez Carreño, que vivía en un barrio burgués, solvente y con empaque, murió solo y soltero en la extrema pobreza, sin decírselo a nadie. En 1950 quedó finalista de la primera convocatoria del Premio Calderón de la Barca de teatro, que fue ganado por un joven José Luis Sampedro con La paloma de cartón, una farsa pacifista.
Se trata, así pues,  de una renuncia a la creación más que notable, máxime en un autor tan bien galardonado y con una proyección tan magnífica. ¿Se dejó absorber por la misión política que el imperativo de sufrir una dictadura como la franquista le imponía, a quien, durante su juventud, en la República, había sido dirigente estudiantil, presidente del sindicato estudiante del PSOE y de la FUE (Federación Universitaria Española)? Como recoge Santos Sanz Villanueva: José Suárez Carreño había sido jefe de la FUE antes de la contienda, militó en el Partido Comunista en el decenio posterior a la victoria franquista y fue detenido por la policía numerosas veces en esos años. Aquella militancia era vox populi en el Café Gijón, según recuerdan los muchos cronistas ocasionales de la famosa tertulia madrileña. Todo el mundo que había de saberlo, pues, estaba al corriente de la actividad política comprometida de Suárez Carreño, de ahí que a un autor tan dedicado a la “conquista” de su propia obra como Miguel Delibes, le sorprendiera tantísimo que un autor tan dotado como Suárez Carreño apareciera y se eclipsara en el panorama literario español casi como un fulgurante cometa en un viaje sin sentido desde la plenitud hacia la nada: Carreño llegó a la chiticalla y, en 1949, ganó el Nadal con su novela Las últimas horas, no muy divertida pero construida sabiamente. (…) Todos pensábamos que, con un ser tan generosamente dotado por la providencia, disponíamos del literato del siglo, un literato en prosa y verso que todo lo podía. Y ¿qué pasó? Esto es lo divertido. No pasó absolutamente nada. Carreño se dio por satisfecho con los tres premios conseguidos, enfundó su pluma, se puso el sombrero y no escribió ni una letra más. ¿Dónde se metió Carreño? Ni se sabe: Carreño seguía viviendo una vida misteriosa, se supone que en algún lugar de España, pero sin ninguna seguridad. Él había cumplido lo que se había propuesto pero ni se jactó del triplo ni volvió a humillar a todos los colegas que, aunque de lejos, le hacíamos la competencia. Se trata de una visión curiosa, la de quien parece haberse empeñado en demostrar algo y, cumplida tal demostración, no siente necesidad alguna de mejorar lo logrado. Me cuesta creer esa visión. No dispongo de ninguna hipótesis que explique el silencio literario de Suárez Carreño, más allá del compromiso ético con la lucha contra la dictadura franquista, pero ese tipo de compromisos rara vez han disuadido a los autores que realmente lo son de seguir, aunque sea a trancas y barrancas, desarrollando su obra. El desengaño por no recibir el reconocimiento de la Crítica no deja de ser, también, una razón muy endeble. Intuir que había alcanzado el súmmum de su capacidad literaria con Proceso personal, y que, por consiguiente, ya no podría escribir nada que mejorase lo ofrecido en esa novela, bien pudiera ser tenido en cuenta, pero, aun a pesar de su enorme calidad y atractivo, me parece evidente que Suárez Carreño podría haber escrito alguna novela superior a la última que escribió. Sea como fuere, el caso es que se trata de un caso prácticamente único en nuestra literatura, de ahí el interés redoblado con que he leído Proceso personal. En ella hay no pocas relfexiones sobre la realidad y la literatura ue permiten intuir el proceso de reflexión que debió llevar al esritor a tomar una decisión tan radical como la de abandonar la literatura de ficción y dedicarse al activismo político, en el que nunca acabó de pasar de comparsa, a diferencia del brillante porvenir que le abría su dedicación literaria. A título de anécdota, bien merece recordarse que el  finalista del premio Nadal que Suçarez Carreño ganó fue su compañero de partido Luis Benito Landínez, con Los hijos de Máximo Judas. Choca, que dos comunistas se disputasen dicho premio literario en unos años de concienzuda represión política…y moral, porque Landínez era homosexual, algo que uno puede sospechar que era Suárez Carreño, lo que abriría otra vía de indagación que nos acercara a su “sublime decisión”, pero todo ello no deja de ser una especulación sin fundamento. La sostengo porque de su novela y por la identificación del autor con uno de los personajes, de quien otro está arrebatadamente enamorado, puede intuirse esa orientación, pero no es menos cierto que hay un retrato indirecto del autor en varios personajes de su novela, a juzgar por las diferentes reflexiones que de ellos se transcribe y que se acercan mucho a lo que debió de ser el propio pensamiento del autor, a juzgar por el nivel de veracidad y convicción con que son formuladas. Pongamos por caso, la reflexión de un personaje clave en la trama que quiere escribir una novela para ganar el Nadal: “La novela es una toma de contacto ficticia, falsa. Urdir una trama y sacarme de la manga unos tipos hubiera sido tanto como haber perdido la intuición directa, el saber de las cosas, el tomarlas en toda su pureza La novela es falsedad intelectual porque consiste, ya a priori, en una fórmula. Sé que todavía no he caído tan bajo. Puedo ser un metafísico”, y sonreía como si él hubiera escrito “Ser y tiempo”, de Heidegger o “El ser y la nada” de Sartre. Pero ahora era diferente. Ahora eran cosas de verdad, no palabras. Hay que ser valiente o cobarde. Y no cabía tampoco que declarase pomposamente que era un cobarde. Porque el miedo no admite explicación, sino que da sudor y retira la sangre hasta que se queda el sujeto blanco como la pared y, sobre todo, no deja ser, eso era lo que Ricardo con ahínco buscaba. ¿Qué vida haría si resultaba que tenía miedo? ¿Dónde se metería? ¿Qué tono de voz tendría? (…) ¿Cómo le miraría entonces? Esa novela que quiere escribir y que le “arranca” a la mujer separada del protagonista es la propia historia de Proceso personal. Hay, por lo tanto, buena parte de juego metaliterario en la novela que, sin embargo, no oculta las nítidas líneas de la trama, que prevalece sobre las disquisiciones literarias y el retrato de los jóvenes existencialistas a quienes la Guerra Civil ya les suena más a Historia que a realidad y que se debaten en un mundo vacuo de referencias culturales, muy bien descrito por el autor. Una generación en la que Juan, lleno de resentimiento, y su pizca de dignidad histórica, quiere centrar en la persona de Tomás Ozores, el protagonista, una suerte de juicio criminal a los vencedores de la Guerra Civil, acusándolo de haberse enriquecido fraudulentamente a través del estraperlo, lo cual es del todo cierto; pero él lleva más allá su venganza, pues decide matar a quien ha hecho sufrir a la mujer a quien corte, Maruja, la esposa de Tomás, de quien se ha separado, pero no, como es lógico en aquella época, divorciado: “Hay que evitarlo. Estos muchachos están sedientos de que ocurran cosas y no saben lo terrible que es cuando ocurren” (…) Es una generación muy curiosa. Sólo han oído hablar de cosas enormes. Primero la guerra nuestra. ¿Usted supone lo que habrá sido la guerra en los niños pequeños, oyendo, temiendo, haciendo de todo eso sus juegos en cierta manera? ¿Y luego la guerra del mundo, leída en los periódicos, oída en la radio, vista en los cinematógrafos? No tienen experiencia. Tienen imágenes vacías, espectros. Lo sé muy bien. ¿No ve que me he refugiado entre ellos? ¿Sabe por qué? Porque yo soy fallido. Una vida fallida… Un hombre fallido. A su lado lo noto menos. Ellos están empezando; dicen que van a ser más grandes que Baroja y que Ortega; echan pestes de Benavente. Se beben los libros que están de moda en París como el “Coyote” los horteras. Y yo estoy también empezando. Hago lo que ellos. Acostarme a la mañana, hacer ostentación de la pobreza. Pero no puedo pensar como ellos porque he cumplido los cuarenta. No estoy con mi edad. No tengo casa, ni mujer, ni hijos. Ni una posición. ¿Comprende? Así que tengo que juntarme a ellos. No se puede ser solo, andar solo. Hasta los animales saben eso. Y yo…; pero bueno, eso es otra cuestión. La mía -dijo con desaliento.
La novela de Suárez Carreño es un auténtico ejemplo de maestría narrativa, no solo por el modo como va dosificando el conocimiento de los personajes que forman parte de la trama, sino, sobre todo, por la excepcional manera que tiene de dibujar psicológicamente a los personajes y mostrárnoslos como personajes redondos. Destaca, con todo, que Proceso personal sea lo más parecido a un thriller, por la estructura policiaca de la novela: se le anuncia al personaje su próxima ejecución y, a partir de ahí, se va desarrollando una trama a través de la cual se va conociendo a fondo la vida de Tomas, cómo consiguió hacerse millonario y cuál es su verdadera catadura moral. Lo bueno de la novela es que está exenta totalmente de maniqueísmo, que no cae, dada la época en que fue escrita, en hacer una “apología de los vencidos”, sino que aspira a plantearnos el retrato lo más fidedigno posible de unas vidas absolutamente verosímiles en aquellos años. A medida que van apareciendo personajes y los vamos conociendo, la complejidad humana va gananando en densidad, e incluso con la aparición, muy al final, de un personaje como Manuel Molero, por el que parece respirar el autor, esa complejidad humana gana muchos enteros y consigue mantener la admiración del lector hasta el final de la novela. No quiero extenderme mucho sobre la trama, porque en la medida en que se trata de un caso policiaco, tampoco quiero reventar la sorpresa de lo que se va descubriendo a medida que la novela avanza. Sí que quiero destacar, sobre todo, el ajustado retrato que hace el autor de los jóvenes existencialistas, próximos a la generación beat ya, ellos con melenas, ellas con el pelo corto, afectando todos una desinhibición algo forzada, y con algunos diálogos francamente muy bien llevados. Que el autor se tome la libertad de hablar de un bar de ambiente masculino y que trate abiertamente de las relaciones sexuales, con notable franqueza, no deja de sorprender a quien ha vivido la pacatería mojigata de la censura franquista. Tomemos como ejemplo el diálogo del ayudante de Tomás en las faenas del estraperlo, Julián, con esa generación de jóvenes contestatarios incipientes:
-¿De qué habláis? -preguntó Oti a uno de los chicos, como si en realidad no le interesase saberlo.
            -De basura -contestó el chico con voz torva-, de García Lorca.
            -Federico no es basura -dijo otro de los de la mesa.
            -Bah -volvió a decir el chico-; tenía unas preocupaciones artísticas idiotas. Creía en lo popular y lo bello.
            -Todo el que no se aburre es un idiota.
            -Oye -le atajó Julián-. Yo he sacado a muchos hombres a bofetadas por menos.
            [Aclarado el malentendido, sigue Julián:] -Pero yo no me aburro. No me gusta. A mí dame un poquito de barullo, y gente que sepa beber sin que le haga daño, y que sea su poquito ocurrente y chistosa.
            -Pero eso es burgués -se atrevió a decir la de las trenzas (que le aclaró lo del aburrimiento).
            -Mira, muñeca -dijo Julián riéndose y mirando con descaro a la de las trenzas-; tú eres muy bonita; y yo con las mujeres bonitas no discuto. Si puedo, las beso. (…) Y en lo de burgueses, te equivocas. No hay nadie que haya tenido más mujeres que yo en Madrid, sin sacar la cartera, que es como hay que tenerlas. Y tengo horas de baile como para cobrar el retiro por ello.
            -Eso es existir -dijo el del feroz silencio-. Sartre en una de sus novelas presenta…
            - Déjate de novelas. Eso son tonterías. [Julián]
            - Ya lo sé -dijo el otro-. La literatura es un mal necesario. Es una falsedad…
            -Es perder el tiempo… dijo Julián.
            (…)
            -El tiempo es la idea de nuestro tiempo -dijo el chico muy solemne.
            -Del tiempo se habla cuando no se sabe de qué, hombre -le dijo Julián riéndose. (…) ¿Sabes cuándo me daba yo cuenta del tiempo? En la guerra.
            -¿Hiciste la guerra?
            -¡A ver, qué remedio!
            -Entonces has tenido angustia.
            -Lo que tuve fue miedo, pero poco, porque estaba en Intendencia. Me pasé una guerra estupenda. Si no hubiera sido por las ratas y los piojos, como en casita.
            -Nosotros ahora hacemos otra clase de guerra -dijo el del silencio-. Una guerra incesante que consiste en existir. (…) No hay tiros, desde luego -reconoció con amargura el chico-. Pero yo estoy destruyendo ese absurdo que es mi existencia.
            -¿Y te dedicas?
            - Coches. Cuando no hay coches hago estraperlo. Y cuando no hago nada, viene una mujer y me trae dinero. ¿Comprendes?
            -Yo soy escritor -dijo el chico modestamente-. Es decir, soy hombre que se desespera.
Con idéntica pericia, Suárez Carreño traza la biografía de un ganador de la guerra que busca hacerse millonario a toda costa y  halla en el estraperlo la vía directa para arrancar en el mundo de los negocios, aunque, más tarde, “blanquea” su pasado para meterse en negocios, como el de las inmobiliarias donde continuar haciendo fortuna. Se trata de un proceso corrupto que coincide a la perfección con lo que estos días salta a la prensa en titulares cuya trastienda se reconoce en este modus operandi del protagonista cuando trae oro de Portugal de estraperlo:  El oro fue examinado y pesado por quien compraba. Y luego Tomás contó los billetes. Todos, como es natural, de mil pesetas. Los metió en el maletín. Ya eran suyas seiscientas mil pesetas.[ Engaña a Julián, su compinche, diciéndole que solo traía la mitad de oro de lo previsto, para estafarlo en su último negocio, ideado por él. Así se lo justifica]: Quería empezar una vida decente. La que empezó, con voluntad, con paciencia. El dinero le daba calma y la calma le permitía emplear la inteligencia. (…) Tomás vio claro. El asunto de ellos no era hacer casas, sino sacar ganancias de ellas. Ya no le interesaron para nada las casas construyéndose.
El retrato de la sociedad, aun siendo magnífico, no puede competir con la finura psicológica con que el autor ha diseñado a sus principales personajes, sobre todo a Tomas y a su mujer, de quien se nos narra una emotiva historia de amor y de malentendidos sobre cuyo final nada quiero tampoco decir. Lo que está claro es la honestidad y la valentía con que Suárez Carreño aborda el problema matrimonial, y la madurez con que aborda la necesidad de independencia de la mujer ya en aquellos tiempos. Maruja, que se separa de su marido, fracasa en un negocio de modas y ha de montar una pensión para poder mantenerse, puesto que, a pesar de que su marido sea millonario, no quiere recurrir a él. En parte, por ello comienza a gestarse la venganza contra él a través de Juan, para que Maruja pueda conseguir lo que es suyo, lo que, legalmente, le pertenece como cónyuge de Tomás. Resulta francamente llamativo el pequeño cuento intercalado del modo como Juan, de noche en la pensión, se levanta y se acerca a la puerta de la habitación de Maruja y comienza a susurrarle obscenidades con el afán de seducirla. Se trata de una situación que la censura dejó pasar incomprensiblemente, como se puede apreciar en el modo como recibe, tal asedio, Maruja: “Y al tiempo que se horrorizaba, escuchaba incrédula, como si se tratase de lo contrario, de un milagro, De la aparición del Demonio a través de una voz. Tembló de vergüenza, se sintió tocada por algo viscoso. Sabía que era verdad aquella voz, pero al mismo tiempo creyó que se había vuelto loca. Las palabras aquellas la infamaban, la mancillaban de tal forma que parecía que el solo oírlas ya producía la deshonra, Pero no dejaba de oírlas y estaba entera en sus oídos, sufriendo allí su alma y hasta su cuerpo, como el que recibe la tortura se traslada en todo lo que es al sitio del dolor. (…) Cada noche era como una repetición de lujurias idénticas. Maruja, con todo, reacciona como lo había hecho siempre desde que se separó del hombre “que la hizo mujer”:  Todos los hombres que la habían intentado seducir (y ¡cuántas variantes hay en los procedimientos que los hombres emplean en la necia creencia de que la mujer es lo pasivo y apropiable en la relación de los dos sexos!) fueron rechazados porque eran como Tomás, pero sin su significación, sin su amor vivido y descubierto. De ahí que por Juan se limitara a sentir, cuando se le reveló que era él el autor de las insinuaciones a través de la puerta, un amor maternal: Juan era como una herida que es sucia y sangrantemente espantosa y hasta puede dar hedor, pero inspira compasión, no miedo.
Suárez Carreño no es un estilista, al modo como si lo era Carmen Laforet, por ejemplo, pero lo que se pierde en condensación estilística se gana en complejidad psicológica y en verdad humana, porque el interés de los conflictos suscitados en la novela de Suárez Carreño nos ofrece una obra muy madura que en nada desmerece de otros narradores fundamentales de aquel periodo. De hecho, ya hemos recogido una admirada semblanza hecha por Miguel Delibes en la que se le reconocía esa condición de modelo que guiaba a otros autores como el propio Delibes, quien tanto ha sido y es en las Letras españolas. Son muchos los detalles de sabiduría narrativa que prodiga el autor a lo largo de la novela. Casi tantos como los apuntes reflexivos, de certera profundidad que nos incitan, constantemente, a hacer la lectura con el lápiz en la mano: Había que tener cuidado con los engaños que producen las ganas de tranquilidad; a veces no se podía quitar importancia a las cosas desagradables. O el excelente retrato del contable de Tomás, Roca: No desperdiciaba palabras, como no desperdiciaba papel cuando escribía, con aquella letra que parecía hecha con piojos quietos, letra pequeña y mezquina, de hombre avaro. (…) No perdía la calma. No insistía en sus razonamientos cuando Tomás se los combatía, pero tampoco rectificaba. No los retiraba; los dejaba en ese silencio, en el que se escondía como en el escondrijo la rata, como si supiese que eran invulnerables. Por no hablar del monólogo en el que desgrana sus sensaciones cuando va a Valladolid a comunicarle a la madrina de guerra de un compañero suyo de batallón que ha muerto pero que, de haber vivido, se hubiera casado con ella, que es lo que acabará haciendo Tomás: Claro que se divertiría. Y armaría algún escándalo. Pero para un joven oficial no es eso incompatible con aquello hermoso de llevar a una muchacha, guapa, muy guapa, en las fotografías, el sueño o el deseo o la fallida promesa de un muerto. ¿Qué era novelesco? También era novelesco pensar cómo un chico que hace solo un año que ha terminado la carrera de Derecho y empieza a preparar las oposiciones de abogado del Estado, un chico de veinte años, hijo de familia (porque así ocurre con las familias burguesas), un día sea teniente de infantería y haga la guerra. ¿Y qué no es novelesco cuando hay que encontrar bella la muerte? ¿Qué no es novelesco cuando hoy se ríe y mañana una bala perdida…? Bueno; Tomás estaba contento, sentimentalmente, de hacer aquello.

Es curiosa la insistencia en calificar de “novelesca” la trama que contiene tantos narradores: Juan, que quiere escribir la novela del marido de Maruja y un tal Manuel Palomero que escribe un cuento sobre la aventura de Juan… Sí, decididamente, estamos ante una obra mayor de la literatura de posguerra, y me parece que Suárez Carreño anda necesitado de una revisión crítica que lo ponga en ese lugar de honor que lo rescate del actual olvido en el que yace sepultado. Desde aquí animo a los intelectores que suelen entrar por reiterada equivocación en este Diario a leer la novela. Se llevarán una más que grata sorpresa.

4 comentarios:

  1. Es significativo que hiciera un curso en la UAB sobre Narrativa de postguerra y el director del mismo no mencionara a Suárez Carreño durante aquel año. Leí incluso La noria que no me convenció demasiado. Lo retengo porque esta década de 1950 me parece interesantísima en el campo de la creación literaria tanto en España, con sus condicionantes, como en el resto de Europa. Y el cine es también es de una producción extraordinaria. España y Europa se alejan de los rescoldos de la guerra y comienza la tarea de reconstrucción de otra literatura marcada por el existencialismo y la influencia de autores anteriores a las contiendas. Ignoraba todo sobre Suárez Carreño, pero tu semblanza me lo hace apetecible. Creo que no nos has mencionado sus fechas vitales (1914 o 1915, depende de qué biografía-2002). Es un dato importante, igual que el hecho de que fuera mexicano pero emigrado a España, algo poco frecuente. Fue mucho más habitual el trasvase contrario. Tenía cuarenta años cuando Proceso personal y vivió la transición democrática y entró en el siglo XXI, al parecer manteniendo un enigmático y sonoro silencio creativo.

    Tal vez sea algo admirable el hecho de decir lo que uno tiene que decir y callar definitivamente. ¡Cuántos bodrios nos habríamos ahorrado si muchos hubieran actuado así!

    Tal vez si este fuera un país más normal -aunque el criterio de normalidad es etéreo- su figura hubiera sido tratada e investigada. ¿Qué fueron esos años de silencio para Suárez Carreño? Al parecer no tuvo familia y vivió solo.

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    1. Yo me matriculé en una asignatura de carrera que se llamaba Literatura española del siglo XX y el insigne profesor se dedicó un trimestre a La muralla, de Joaquín Calvo-Sotelo. Como puede deducirse, salí de una carrera de Filología Hispánica sin que se me hubiera hablado ni de la generación del 98, ni de la del 14 ni de la del 27... ¿A que es de récord Guiness? Si encuentro, en esos azares de rebusca en la segunda mano, la novela que ganó el Nadal, la leeré, a ver si me confirma el buen sabor de boca que me ha dejado la lectura de esta. Condenados, la obra de teatro, la he visto "indirectamente" en la película magnífica de Mur-Oti.

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  2. Te la puedes bajar aquí:

    http://bajafiles.com/f/PF9J/

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    1. Muchas gracias por el vínculo, pero trataré o de encontrarla en mi circuito de segunda mano o de comprarla a través de internet, porque lo de leer en pantalla no lo puedo hacer extensible a la literatura, salvo en casos de fuerza mayor. Gracias, de todos modos.

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