sábado, 29 de septiembre de 2012

Horacio visitado



        Un joven poeta se acerca a Horacio

Con atrevimiento de indocto e iletrado, el joven poeta abre, también con emoción, y no sin cierta solemnidad el volumen de las Odas y Épodos de Horacio. [Edición bilingüe de Manuel Fernández Galiano y Vicente Cristóbal. CATEDRA. Letra Universales]. Son palabras mayores, le dicta la tradición, y ese es el horizonte de su ambición.
Es tan intensa su ansiedad que ni siquiera se detendrá en la Introducción académica, donde quizás le sirviera de consuelo saber que Horacio fue un poeta incomprendido y desdeñado en sus días, si bien él siempre supo que su nombre acabaría inscrito en los muy a menudo sorprendentes anales de la posteridad.
No le anima al joven poeta ningún insensato propósito comparativo, porque entiende que entre los modos de decir y de sentir de entonces y de hoy se abre el abismo que le permitirá, si se diera, mitigar el desengaño o, como espera, celebrar el hallazgo del en exceso postergado conocimiento.
¿Qué busca, así pues, en el renombrado poeta romano, en el peso pesado de aquellas letras de las que extrajo Luis de León la dulce veta sonora de su austeridad?  Lo primero, cubrir una de las cien mil lagunas bajo cuyas aguas trata, en vano inundado, de disimular su precaria formación. Lo segundo, acarrear versos de relumbrón con que vestir el santo desnudo de su devoción poética: ninguna cita más llena de sol que la del clásico, sea el recóndito o el ofrecido en peana a la admiración diacrónica de los sectarios de la lectura. Lo tercero, recibir el estímulo de la voz canónica para su nuevo impulso poético, para el poemario futuro cuya clasicidad combatirá el prosaico aliento del son  sincrónico de la experiencia en que se ha asfixiado hasta hoy mismo, como en un sueño inclemente entre los cuadros de Hopper.
Con la lectura de Horacio pretende apartarse del desaliento y de la envenenada maldición del silencio, de la sequedad espiritual en que lo dejó la pérdida del aliento poético. Un mal día la página en blanco perdió su condición de sendero y allí, frente a ella, quedó el joven poeta, sorprendido entre interrogantes y con las exclamaciones abatidas a sus pies, cansadas de ser puertas batientes de la nada.
No se puede querer ser poeta. Y más disparatado aún es creer que hay un canon de obligada lectura para el aspirante, para el anhelante. No existe, por otro lado, la vana ficción del poeta intonso; ni las imágenes o metáforas surgen ex nihilo. Es secreta alquimia, sin duda, la que, como la benéfica atutia de los hornos de cerámica, deja en el poeta el poso de lo vivido, de lo leído: ¡hipóstasis perfecta!, que es, al cabo, su voz de paso. Es el poeta el primer sorprendido de sí, y el más ineficaz hermeneuta de sí mismo.
El joven poeta no ignora que las leyes poéticas latinas, con la cantidad como piedra ancilar de su construcción, son una exigencia que se aparta, como las galaxias del big bang, de su limitado versolibrismo. Homero se ajusta a la tejné como un acreditado artesano, mientras que el joven poeta siempre ha considerado el laberinto acentual de los versos como una coraza reichiana. Está deseando comprobar si la estrecha cárcel compositiva del romano libera más poesía que la espaciosísima libertad poética total de Vicente Aleixandre, por ejemplo. Ese, si acaso, es el único reto que anima su morosa lectura, su rito devoto, porque se reconoce feligrés de la religión poética en cuyo altar se representa la siempre nueva ceremonia de la pasión.
El joven poeta se adentra en la voz horaciana y lo primero que le sorprende es el uso constante y cansino de la adjetivación, posterior y anterior: eras líbicas, fortuna atálica, ponto mirtoo, bajel ciprio, olas icarias, lira lesboa, augur Apolo, riente Ericina, sabina ánfora, férvido piélago, cruda Prosérpina, sículas vacadas, afra purpura, veraz Parca, pingüe Frigia, caleno podón, verde lagarto, negras cuitas, pérfido enemigo, pingüe Forento, hoz bantina, ígneas sedes, ardua pobreza, áspero león, profano vulgo, espontáneo bálago, ciegos azares…, una nutrida lista en la que no le costaría reconocer la copia que de él hicieron no pocos clásicos –al menos los pocos que él ha leído- y que tanto distancian esa voz pomposa y solemne de la naturalidad de dicción que él ha buscado siempre para su propia poesía, la misma que iniciara la dulzura del Garcilaso de verme morir entre memorias triste o del echado está por tierra el fundamento/que mi vivir cansado sostenía.
Entiende el joven poeta que hay en ese proceso adjetivador un eco del argumento de autoridad, y la imitación forzosa de Homero: aquello que ha sancionado la tradición opera como el certificado de denominación de origen. Las innovaciones, de haberlas, dentro de un orden. Así parece actuar Horacio.
Le sorprende a nuestro poeta el retorcimiento sintáctico al que tan inclinado es el poeta romano, una construcción sintáctica en la que halla eco de los intestinales hipérbatos gongorinos, aunque le parece incongruente, a primera lectura, relacionar a Horacio con Góngora como si uno aspirara a la luz y el otro a las tópicas sombras luciferinas que durante tanto tiempo lo condenaron al ostracismo por ilegible e ininteligible, hasta que el buen Dámaso lo rescató del Orco… Y ríe si alguien se angustia mas, un mortal siendo, de lo debido; Las danzas jónicas de aprender la precoz doncella gusta y, experta en artificios, pronto empieza, ya desde la misma niñez, a proyectar torpes amores y luego amantes jóvenes se busca mientras bebe el marido y ni aun elige ilícito galán que a oscuras y a toda prisa disfrute de ella, mas se levanta ante su esposo cómplice si la llama el viajante o capitán de nave hispana que más alto el precio ponga de su deshonra.
Ese proceder tortuoso de la sintaxis del vate aleja al joven poeta de unos versos en los que, no sin razón ni justificada dureza de oído, no halla nada a lo que asentir (según lo estipula Bousoño): ¿Un soldado de Craso pudo esposo /degenerado ser de mujer bárbara/ y, oh, senado y monstruosos usos,/ conmilitón el Marso y Ápulo/ de hostiles suegros bajo algún rey medo/ sin respetar anciles, nombre, toga,/ ni a la eterna Vesta y todo ello/ mientras subsiste con Roma Jove?
Sigue leyendo con paciencia nuestro joven poeta, y con perseverancia. Sabe que no puede rendirse al reto apenas el texto se le ha opacado de manera que la información referencial mínima exija las notas que los editores, perezosos ellos, ¡siendo dos!, han obviado con un desparpajo que en modo alguno cubre la laguna una introducción brevísima a cada Oda y Épodo, comentarios muy generales, salvo el tipo de verso empleado, que en modo alguno satisface la curiosidad lectora mínima de quien escoge un clásico, sea cual sea la estación del año. El joven poeta ignora que con razón se quejó Menéndez Pelayo, ¡el mayor prodigio laboral de la Historia de la erudición universal!, de que a Horacio se le haya traducido siempre tan mal que no se pueden leer seguidas dos páginas sin dormitar y sin dejar caer el libro de las manos.
Venciendo esa tentación, porque el joven poeta quiere hallar a toda costa cualquier destello poético que justifique su empeño lector, se pregunta, porque solo por esa razón ha adquirido una edición bilingüe, como la que compro de Catulo el año pasado,cuál será el misterio poético de la lengua latina, misterio perdido, a todas luces, en la traducción. Lee con respeto la lengua de las divinas palabras y cree hallar una cierta música solemne en los versos bimembres:
                 Fecunda culpae saecula nuptias
                 Primim inquinavere et genus et domos;
                 Hoc fonte drivata clades
                 In patriam populumque fluxit.

                 Motud doceri gaudet Ionicos
                 Matura virgo et fingitu artbus
                 Iam nunc et incestos aores
                 De tenero meditatur ungui;

Aunque sabe que una lectura acentual es imposible, y que se deja llevar por la sonoridad de repiquete de las lenguas vulgares. Intuye, con todo, en esa sequedad léxica un reto espacial que torpemente los hipérbatos y los epítetos quieren reproducir en nuestra lengua.
Le cuesta al joven poeta entrar en el mundo horaciano y en la mentalidad acomodaticia del viejo poeta, tan pronto celoso de su mundo chico como inopinadamente altavoz de los padres de la patria y defensor de la religión tradicional. Hay cierto universales morales que, leídos en Horacio, añadirán una pátina erudita a su persona, de la que, dadas sus muchas ignorancias, se cuidará muy mucho de hacer ostentación:

                 No hay cumbres para el humano;
                 Nuestra insensatez busca el cielo y nuestro
                 Crimen a Jove no deja
                 que jamás deponga su iracundo rayo.
Lee, después,  con cierta desazón el tópico del carpe diem en una composición en asclepiadeos mayores que propiamente pueden considerarse prosa poética:

No investigo, pues no es lícito, Leucónoe, el fin que ni a mi
Ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
No te entregues. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
Que destroza al mar Tirreno contra las rocas, prudente
Sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza
Contén. Mientras hablo, el tiempo celoso habrá ya escapado:
Goza del día y no jures que otro igual vendrá después.

Más cerca se halla, expresivamente, de alguna queja celosa del poeta:

Y me enardecen tus blancos
Hombros lacerad por ebrias querellas
O en labio la señal
Visible del diente del furioso mozo.
No esperes, si oírme quieres,
Que ha de ser constante quien bárbaro daña
La dulce boca que Venus
Con la quintaesencia bañó de su néctar.
Felices una y mil veces
Los que siempre unidos sin viciosa pugnas
Están a quienes amor
Hasta el postrer día no separará.

Y retiene, con delectación, la imagen de los hombros lacerados por ebria querellas, y se dice que así le gustaría que le fluyera a él la voz poética.
Le atrae y repele a un tiempo, al joven poeta,  la despiadada, franca y delicada expresión del cazador que acosa a su presa, aún tierna para el complejo goce amoroso:


                 Me andas, Cloe, evitando como el cervatillo
                 Que a su temerosa madre en extraviados
                 Montes busca con vano
                 Miedo al bosque y a las brisas.
                 Si la primavera llega movedizas
                 Fronda agitando, si el verde lagarto
                 Se mueve entre las zarzas,
                 Tiemblan tus rodillas y ánimo.
                 Mas ni fiero tigre ni gétulo león
                 Soy que te destroce: no sigas corriendo
                 Tras tu madre, que estás
                 En sazón ya para el hombre.   

Si bien, desde su ignorancia supina, le parece que ha obrado con no poca libertad el traductor al verter los dos últimos versos: tandem desine matrem/tempestiva sequi viro.
Hay, en el orondo poeta Flaco, una propensión a ridiculizar los ardores sexuales de la vejez y, con mano descarnada, hunde la pluma en la más espesa de las tintas, revelando una crueldad que se manifiesta, aún con acentos más acerbos en los épodos, que acaso compiten con los de Catulo de tú a tú:
                 Serás, en cambio, pobre vieja que ante
                 Las arrogancias llore del rufián
                 Sola en el callejón cuando enloquezcan
                 Los vientos tracias
                 En la noche sin luna y un deseo
                 Como aquel de las treguas furor cause
                 A tu hígado ulcerado por quemarte
                 Amor y gimas
                 Porque la alegre juventud prefiere
                 El mirto oscuro y la verdeante yedra
                 Y al Euro, compañera del invierno,
                 Da la hojarasca.

Con todo, el deseo de las yeguas, la noche sin luna y el mirto oscuro y la verdeante yedra le llevan, sin cita exacta, y salvando las distancias, al decir lorquiano y a su pasión flamenca y equinada.
Sin duda es el acento austero, la conformidad con lo mínimo sin zozobras, lo que le parece al joven poeta lo más actual de Horacio, sobre todo en tiempos de crisis en que tanto sufren quienes han visto podadas sus ambiciones y son incapaces de hallar ningún consuelo en la moderación. No asiente, sin embargo, a la evolución conservadora del poeta, a su aburguesamiento con que rinde su pluma al enaltecimiento de dioses y próceres.
Hay, en la elogiada áurea mediocridad de Horacio resabios de prudencia y escarmiento, con sus gotas de inevitable cobardía. La doctrina conservadora del bien cierto, en aquellos tiempos turbulentos, como lo son los nuestros, destila la sabiduría del que rehuye la aventura, el riesgo, si en ellos suele ir la vida:
                 Quien la mediocridad áurea prefiera,
                 Abrigado, más libre está del sórdido
                 Techo ruinoso y sobrio a la envidiable
                 Sala renuncia.
                         (…)
                 Sé valiente en lo adverso y animoso,
                 Pero recoger vela sabiamente
                 Debes si demasiado favorable
                 Soplare el viento.

La presencia del mito en la poesía horaciana distancia del deleite al joven peta, poco dado a las expansiones religiosas ni a pagar peajes a santoral ninguno. Entiende que no se podía entender entones la vida sin la omnipresencia de los dioses ni un culto al que Horacio fue un tiempo ajeno, pero la frialdad nominativa de tantísimos versos suyos le deja un regusto de salmodia y de listín telefónico incompatible con su acendrada sensualidad:
                 Mas ¿qué pudo Tifeo, qué Mimante
                 El fuerte o Porfirión con su amenaza,
                 Qué Reto, que Encélado, audaz
                 Lanzador de árboles desarraigados
                 En su pugna con Palas y con su égida
                 Resonante? Vulcano allí luchaba
Animoso y la madre Juno
Y quien de su hombro jamás el arco
Separará e que lava su melena
Suelta en Castalia con pura agua y rige
Las breñas de Licia y el bosque
Nativo, Apolo delio y patáreo.
La furrza sin cordura abajo viénese…

Vis consili expers mole ruit sua, retiene el joven poeta como aforismo de los que escasean en el vate romano, si imprudentemente comparado con autores como su amigo Virgilio o el filósofo Marco Aurelio, buen proveedor de ellos, siguiendo a Epícteto. Paulum sepultae distat inrtiae celata virtus: “Poco de la escondida cobardía dista el valor oculto”, es  otro de los aforismos que se añade al anterior para su exiguo florilegio. Y aun a ellos añade dos más: dulce et decorum est pro patria mori (“Dulce y *decoroso es morir por la patria”) y Virtus repulsae nescia sordidae (“La virtud no sabe de fracasos sórdidos”), ambos fieles representantes de la poesía virtuosa y cívica que también cultivó Horacio, autor del Carmen saeculare, pluma política que alabó a Augusto, su verdadero Mecenas, el que convenía con el juicio crítico que de sí mismo formuló Horacio cuando escribió que había escrito una obra más perenne que el bronce, verso con el que construyó Unamuno su elogio de la durabilidad de la palabra escrita.
Son, tales aforismos, destellos de una veta moral que Horacio sabe conjugar con su hedonismo y su aceptación de la vida sencilla, sin que rechine el conjunto:

                 No llamarás dichoso con justicia
                 Al que mucho  posee, mas a aquel
                 Que usar de los dones divinos
                 Sensatamente sabe, la dura
                 Pobreza sobrelleva, el deshonor
                 Peor estima que la muerte misma
                 Y no teme entregar la vida
                 Por sus amigos o por su patria.

Comparte radicalmente el joven poeta la exigencia eutrapélica que plantea Horacio para tener una vida llena; un imperativo categórico que procede ya de los viejos proverbios griegos y de los aforismos de Menandro. Dulce est desipere in loco: “dulce es delirar a tiempo”, escribe Horacio para coronar una fresca invitación al placer de vivir, y de ahí se reprodujo en los innumerables “elogios de la locura” que no pudieron vencer al más importante de todos ellos, el de Erasmo de Rotterdam.

                 Deja las demoras y el afán de lucro:
Piensa, ahora que puedes, en las negras llamas
Y un poco en tu espíritu de locura mete:
Dulce es delirar a tiempo.

Al fin y al cabo, ¿qué podría esperarse del creador de esa Oda tan extraordinaria cuyas dos primeras palabras Beatus ille, han devenido lugar exotérico y al que cualquier poeta, el joven nuestro, o el viejo ajeno, de cualesquiera edades, deben rendir pleitesía siquiera fuera por ser la inspiradora de la Canción a la vida solitaria de Luis de León? Sin embargo, Horacio acertó mejor en la expresión de su ideal de la vida retirada en la oda 29 de su libro tercero:
        Mas la dvinidad prudente cubre
        El futuro de niebla y ríe si alguien
        Se angustia más, un mortal siendo,
        De lo debido. Piensa tan solo
        En moderar sereno cuanto ocurra;
        Lo demás fluye como río que ora
        Va al mar etrusco con tranquilo
        Curso, ora arrastra piedras roídas,
        Árboles descuajados, reses, casas,
        Todo revuelto entre el clamor del monte
        Y del bosque vecino cuando
        Fiero diluvio las aguas quietas
        Irrita. Gran dominio de sí mismo
        Y placidez l del que al fin del día
        Dice: “He vivido”.

Vixi, recuerda, de pronto, el joven poeta, es la clave semioculta de por qué es el viernes 17 el día de mal agüero para los romanos y, a través de ellos, para otros pueblos, porque XVII es anagrama de VIXI, he vivido, es decir, ya estoy muerto. Nada tiene que ver el anecdotario con la poesía, pero lo poético se extiende a todas las manifestaciones vitales: no hay a prioris poéticos.
De todo lo leído le ha llamado poderosamente la atención al joven poeta un verso no especialmente significativo pero sí suficientemente enigmático. Se trata de un verso de la oda 18 del libro tercero, dedicado a Fauno: Entre osados corderos vaga el lobo. Chocóle, claro está, la osadía de la adjetivación, que tanto cargaba la mano en el imposible de los corderos conscientes de ella, de la osadía. Al cotejar la traducción con el original, inter audaces lupus errat agnos, la perplejidad se hizo todopoderosa, porque aun en sentido figurado es mucho pedir que sean los corderos osados, y, sintácticamente, más complicado es olvidar que agnos es acusativo de un verbo transitivo inexistente en el verso. La perplejidad no solo asaltó al joven poeta, nada ducho en latines gramaticales y vitales, sino a no pocos de los traductores que  con el verso de marras se atrevieron. He aquí una reducida muestra de las traducciones que ha encontrado en el buscador de Google el joven poeta:
Javier de Burgos: Pace entre hambrientos lobos el corderillo manso.
Germán Salinas: El lobo anda entre los corderos libres de temor.
Urbano Campos S.I.: Andan juntos lobos y corderos.
Joaquín Arcadio Pagaza: Discurre el lobo con la oveja audace.
Se aprecia, así pues, y con meridiana claridad, que, si tantos problemas da un solo verso, casi imposible ha de ser dar por buena una traducción completa de sus odas.
El joven poeta no lamenta haber conseguido tan parva cosecha en los que se prometían fértiles campos horacianos, pero está convencido de que su enrevesada, epitética y virtuosa voz ha dejado en él la huella indeleble de la comunión con lo esencial: Ceres, Baco, el sobrio pasar y el justo medio donde la serenidad tiene su asiento.




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