miércoles, 29 de agosto de 2018

“Emblemas”, de Andrés Alciato y “Empresas políticas” de Saavedra Fajardo.






La fértil  tradición del humanismo desde el Derecho y la Política: el apogeo de los apotegmas y las sentencias o  la sabiduría clásica moral quintaesenciada.


Tenía ganas de detenerme con continuidad en estos dos libros de mi biblioteca en los que piqué, de estudiantón, sin ceder a la exigencia imperativa del detenimiento en ellos que aquellos tiempos de nefasta formación requerían. ¡Cuánto más hubiera ganado con su lectura que con la inmersión alocada en aquellas pilas infectas de bibliografía barata con que los malos profesores sustituían la palabra luminosa que ellos no tenían sobre los textos originales cuyas bondades debían, en principio, esclarecernos! El viejo debate con una profesora estirada y enmohecida: “descubrir mediterráneos”, llamaba ella a sacar conclusiones de una lectura individual de las obras que ella sepultaba bajo una tonelada de volúmenes de sus comentaristas canónicos, en los que, a su parecer, ya “todo” estaba dicho. Solo “descubriendo mediterráneos puede uno, ejercitándose en ello, descubrir, después, algún océano ignoto”, le contradecía. ¡Lo que le hubiera gustado suspenderme! Y me puso un 6 en un trabajo sobre El criticón de Gracián que escribí, íntegro, en el viejo Café Zúrich de Plaza Cataluña, reconociendo a regañadientes que le habían sorprendido algunas conclusiones… Pero de lo que yo quiero hablar no es de mi pernicioso paso por las aulas de la UB, auténtica alma madráster del conocimiento, excepto por el magisterio del insigne José Manuel Blecua, que en gloria de Hermes esté, sino del placer inequívoco que cualquier lector no especializado ni filólogo de profesión va a hallar en la lectura, quizás un pelín exigente por su hermoso castellano antiguo, lleno de sabor a raíz germinal de nuestra lengua, de dos obras hijas de un mismo género aforístico y  epigramático. Si Alciato es hijo de Erasmo; Saavedra Fajardo lo es de ambos, pero también de Maquiavelo. La diferencia notable entre el libro de Alciato y el de Saavedra Fajardo es el planteamiento general ético del primero y el carácter inequívocamente político, de “manual de príncipes”, del de Saavedra Fajardo, un curtido embajador que reflexiona, al final de su vida, sobre un arte al que le dedicó una asendereada existencia. Son, pues, libros complementarios e ilustrativos de una corriente de pensamiento humanista de origen greco-latino que está en la base de la civilización europea y a la que conviene volver de vez en cuando la vista para saber de dónde venimos y cuál es nuestro mejor equipaje para nuestras aventuras personales y colectiva. La originalidad de los emblemas de Alciato radica en la unión del texto, en principio de origen griego, y de la ilustración alusiva. Aunque parezca mentira, dada la simplicidad de la fórmula, me ha costado lo mío averiguar que Breuil, tal cual, a secas, fue el ilustrador de la edición de 1531 y que los ilustradores fueron variando según quién editara los Emblemas. Así, la traducción que he leído de Bernardino Daza, el “Pinciano”, de 1549 ya lleva ilustraciones de Pierre Eskreich o Pierre Vase, pues ambos nombres aluden a la misma persona. Así pues, la responsabilidad de Alciato se ciñe a los textos y, junto a ellos, los editores o reproducen las ilustraciones ya existentes o crean otras nuevas. Lo llamativo, frente a otras ilustraciones anteriores de libros de contenido parecido, es el aprovechamiento de toda la página con una decoración profusa en arabescos y vegetales con voluntad de marco escénico del contenido. Las preocupaciones del autor van diseminándose en esas “ventanas” decoradas junto a dibujos que reflejan lo que los textos indican, textos en los que predomina la intención de una lección moral, cívica o política, ajustada al saber tradicional y al de los grandes autores de la filosofía. Pocos ámbitos de la realidad y de la reflexión moral caen fuera de los Emblemas, e incluso hay una serie de ellos dedicados a los árboles, como si fueran nuestros parientes más cercanos, un pensamiento que se sustenta en la protección especial que exige la Biblia para con ellos, cuya tala está radicalmente prohibida, y ya se entiende, en aquellos terrenos desérticos del Asia Menor. Daza, es el traductor del libro de Alciato, escrito en latín, la lengua culta de entonces, y no solo se siente orgulloso de su traducción, sino que reta a cualquiera a llevarla a cabo sin haber leído la suya previamente: El que quisiere ver quánto trabajo me aya costado hacer este librillo de buen latino mal Castellano, procure de traducirle otra vez sin tener este nuestro delante.No soy quién para discernir el buen o mal latín de Alciato, pero sí pedo asegurar que el castellano de Daza sorprenderá gratamente a los lectores, sobre todo si se mantienen las grafías originales. Reconozco que lo mío es vicio -como ver las películas en versión original, sea cual sea la lengua en que en ellas se hable-, pero leer el castellano antiguo sin adaptación al tiempo presente le añade a la lectura un placer diacrónico de muchos quilates. En cualquier caso, la sabiduría reunida en los Emblema traza un panorama de un estado moral europeo que no debería sernos tan ajeno como la antigüedad de la obra da a entender, porque esta colección de “avisos” que conviene tener presente para mejorar nuestra vida cotidiana y ajustarla a principios morales incontrovertibles, sigue teniendo hoy idéntico valor al que tuvo en su época. No olvidemos que la obra de Alciato tiene mucho que ver con una de las obras cumbre de Erasmo, los famosos Adagia, una colección de proverbios griegos y latinos, que se adelantan un tercio de siglo a la obra del jurista italiano. Este movimiento literario centrado en ese campo prodigioso de los proverbios, los refranes, las sentencias, los aforismos, los adagios, los apotegmas, etc. va preparando la eclosión de libros dedicados al tema que, en nuestra literatura, culminará en esa obra prodigiosa que es Agudeza y arte de ingenio, de Baltasar Gracián, lectura en la que disfrutará quien se pierda para ganarse más avisado y, acaso, algo más ingenioso de como en ella entró. Finalmente, antes de entrar en algunas muestras de  la traducción de Daza, quiero recordar que la obra se publicó en Lyon, en 1549, pero, para encontrar una edición hecha en España, en castellano, habrá de esperarse hasta la que publicó en Nájera, en 1615, Diego López, en la imprenta de Juan de Mongastón, en la que se reproducían los grabados de la de 1549 pero con algunos errores. Lo propio es que el titular del Emblema sintetice en breves palabras el contenido -propiamente lo representado en el dibujo- que se explicita a través de la composición poética breve en que se declara. Como reproducir texto e imagen alargaría al infinito esta entrada, he escogido ciertas expresiones felices de la traducción de Daza que inducirán, ¡eso espero!, a la lectura de su obra:

La concordia: De la concordia muy clara figura/son las cornejas, en quien la pureza/(sin ser jamás rota) de amor dura.

Que en el matrimonio se requiere reverencia: Quando de Venus en furor se enciende/la bívora y se allega a la ribera,/pidiendo con silvar lo que pretende,/a la Murena faz’ salir afuera,/que con presteza da lo que ya entiende,/mostrando a los casados la manera/ como a de ser el tálamo tratado/ con ánimo de entrambos concertado.
Sí, choca, en efecto, que la morena o la corneja sean animales “ejemplares”, pero en estos emblemas hay no poco de los lapidarios, herbolarios y bestiarios que dominaron la Edad Media, y en la que el valor de piedras, animales y plantas no necesariamente coinciden con la visión de ellos que tenemos en nuestro presente.

La Amistad que dura aun después de la muerte: Pues no es perfetto amor el que no dura/ al menos hasta el ir de aquesta vida,/bueno será buscar amigos tales/ que quedos siempre estén a nuestros males.

Que los doctos lexos de su tierra son más estimados: De Persia vino el árbor que esta fruta/nos da, porque, después que es desterrada,/como antes su veneno no executa. /La lengua humana en su hoja está pintada,/ y el fruto tien’ la imagen absoluta/ del corazón. Tu sciencia transplantada/ (Alciato que en hablar y saber vales)/honrras acanzará más inmortales.

Que el señorío no admite compañero: Quán mal admitta el mando compañero/ declara el ave que en Grecia es llamada/ Erythaco, que jamás por entero/tuvo consorte, en rama d’él morada.

Contra los que aman a las rameras: El Sargo pez (cosa maravillosa)/ del amor de la cabra es encendido,/de donde el pescador, con la vellosa/ piel de la cabra todo bien vestido,/echando la sotil red engañosa/ le engaña con amor falso y fingido./ La cabra es la ramera, y el sargo peze/ el triste amante de que de amor pereze.

Que del estudio de las letras nace la inmortalidad: Tritón que es de Neptuno trompetero,/medio hombre y medio pez, está cercado/de una serpiente que por lo postrero/tiene su cola asida de un bocado. /La Fama favorece a el hombre entero/en letras, y pregona ansí su estado,/ que le hace retumbar hasta que asombre/La tierra y mar con gloria de su nombre.

La necedad: L. ¿Qué monstruo es este? A. Sfinge. L. ¿Por qué tiene/ el rostro de muger, y plumas de ave,/ y piernas de león? A. Porque es la llave/ de la ignorancia lo que aquí contiene./ Que aquesta enfermedad, a uno viene/por la sobervia, a otro por suave/ deleite, a otro porque antes que acave/de madurar su liviandad mantiene;/
Sí, también se emplea el diálogo en los emblema, uno de los géneros predilectos del humanismo. Y es innovación formal de Daza señalar los interlocutores explícitamente.

Que todo se debe hazer con sazón: Un medio entre pararnos e ir depriesa./Aquesto aqueste pez mostrar desea,/porque él es tardo y la saeta amuesa*. [Latinismo de amissa, “enviada”]

La estatua de Baco: [Baco] Porque quien moderarse sabe/ en mocedad perpetuamente dura.(…) De allí fue cuerdo quien la fuerxa mía/ mezcló con agua, y quien me beve puro/abrasa sus entrañas a porfía. (…) Un vaso de buen vino ser aguado/ con doblada agua (por lo menos) quiere. (…) No ay bien que no se agüe en esta vida.
Recuérdese que aguar el vino era también una exigencia socrática, según se lee en los Diálogos de Platón. Se tardará mucho, en Europa en beber el vino puro, que antes de ser bebida del placer fue medicina, administrado sin agua.

Que el virtuoso Amor venze a Cupido:  Al fuego del Amor con otro fuego/ con arco al arco, a alas con las alas/ la Némesis amó, porque Amor ciego/ (como las hizo) suffra cosas malas./ No le basta llorar, no basta ruego,/escúpese tres vezes en sus galas,/con fuego el fuego (gran cosa) se inflama/del Amor aborreze Amor la llama.

Que la letra mata y el Spíritu da vida: Las letras halló Cadmo, que fatigan/el alma, mas las sciencias la mitigan.

La temeridad: En vano aprieta el freno el carretero/a quien lleva el cavallo desbocado/a derribarle de un despeñadero. /No te confíes de hombre sonlocado,/en quien no ay uso de razón entero,/siendo por su alvedrío gobernado.

Contra los suzios: La Ibis en el Nilo conoscida,/que con el pico a cámara provoca/su vientre, como quien recibe ayuda,/es afrentoso nombre, con que toca/Battiades y Publio ser la vida/de su enemigo baxa, sucia y loca. [Los egipcios, observadores como eran, comprobaron que esta singular ave exótica introducía su largo pico encorvado lleno de agua en el ano para limpiarlo, y he aquí que aparece la idea de los enemas (2.500 a.C.). Tanto Calímaco(Battiades) como Ovidio, escribieron sendos poemas contra dos enemigos suyos a quienes encubrieron bajo el nombre de Ibis.]
Curiosamente, el emblema LXXX original de Alciato, que tenía que ver con una defecación  en un pozo, después en una vasija en una alcoba, fue, finalmente, expurgada y desapareció de la colección.  

Decía así, en su original latino: Adversus naturam peccantes
 Turpe quidem factu, sed et est res improba dictu,
  Excipiat siquis choenice ventris onus.
Mensuram, legisque modum hoc excedere sanctae est,
  Quale sit incesto pollui adulterio
.


La luxuria: El Fauno con la oruga coronado/da señal de luxuria y de su llama,/que en el cabrón y oruga esto es notado,/y el Sátiro a las Ninfas sigue y ama. [La oruga es la rúcula, que tiene fama, al parecer de afrodisíaco.]

Bivir templadamente y no creer de ligero: El ser templado y no creer fácilmente/ser certidumbre de la vida humana/ dixo Epicarmo. Mira la prudente/mano con ojos, que jamás fue vana/por creer o que ve tan solamente./Mira el Poleo, señal de la anciana/templanza, con el qual apartar pudo/Heráclito del bando al pueblo rudo. [La anécdota de Heráclito tomándose un poleo-menta en medio de los disturbios de Éfeso para llamar a la reflexión a sus habitantes.]
Sería muy injusto con Alciato y la tradición clásica de los herbolarios, si no añadiera aquí, aun de manera muy resumida, el fervoroso  homenaje que a los árboles -seres tan amados por mí- les dedica en sus emblemas: Ciprés; enzina; laurel (“con polvo haze el sueño verdadero”); abeto(Nasce en los altos montes el Abeto,/para el mar conveniente. En la adversas/cosas, siempre ay de bien algún secreto.); pino; membrillo (Precepto de Solón fue que a la esposa/el membrillo por don se presentase,/por ser muy sana fruta y deleitosa,/y que en la boca suave olor dexasse.); coscoja; yedra(Es verde por de fuera su semblante,/y en lo demás la amarillez la abona,/como al que en los estudios se envejece,/de do siempre su fama reverdece.): box (…de amarillez está teñido/ como el que del Amor se siente herido.); naranjo (De Venus es este fruto dorado:/su amargor dulce claro lo demuestra/que ansí el Amor dulzagro fue llamado.); álamo blanco; sauze (Al Sauze llamó Homero pierdefruto,/y dio a entender que el que aborrece el vino/ jamás en sciencia alguna es absoluto.); moral (Nunca el moral prudente reverdece/hasta que todo el frío sea pasado,/y tiene nombre que no le merece/pues necio (con ser sabio) fue llamado).

Los emblemas de las Empresas políticas, cuyo verdadero título fue Idea de un príncipe político cristiano, representada en cien empresas, son mucho más discretos en lo que se refiere a la ilustración, porque son pequeños dibujos alegóricos de lo que desarrolla Saavedra Fajardo en cada una de las ciento una empresas que configuran una obra de madurez con fuertes componentes autobiográficos y con un afán memorialístico de primera magnitud. Queda claro, desde el principio de la obra, que Saavedra no quiere que se pierda el caudal de experiencias que ha atesorado a lo largo de su ajetreada vida como embajador y negociador en las corte de Europa. Su modelo es El príncipe de Maquiavelo, aunque coincide en sus fechas con otro libro paradigmático de ese género, El político, de Baltasar Gracián, que toma como modelo a Fernando de Aragón. El libro de Saavedra tiene un enfoque práctico que le da una personalidad muy marcada a la obra, porque, lejos de perderse en reflexiones sobre la naturaleza del Poder o de los límites de su ejercicio, Saavedra concibe el suyo casi como un libro de autoayuda al que pueda recurrir el Príncipe cada vez que la gobernación de la república le ponga en un aprieto, que es el estado natural del gobernar, como nadie ignora: [He] procurado cultivar este libro por si acaso entre sus hojas pudiese nacer algún fruto, que cogiese mi príncipe y señor natural, y no se perdiesen conmigo las experiencias adquiridas en treinta y cuatro años que, después de cinco en los estudios de la Universidad de Salamanca, he empleado en las cortes más principales de Europa. (…) Toda la obra está compuesta de sentencias y máximas de estado, porque estas son las piedras con que se levantan los edificios políticos. No van sueltas, sino atadas al discurso y aplicadas al caso, por huir del peligro de los preceptos universales. Con estudio particular he procurado que el estilo sea levantado sin afectación, y breve sin oscuridad. (…) Bien sé, ¡oh, lector!, que semejantes libros de razón de estado son como los estafermos, que todos se ensayan en ellos y todos los hieren; y que quien saca a luz sus obras h de pasar por el humo y prensa de la murmuración (que es lo que significa la empresa antecedente, cuyo cuerpo es la emprenta); pero también sé que cuanto es más oscuro el humo que baña las letras u más rigurosa la prensa que las oprime, salen a la luz más claras y resplandecientes. Vale.
Las Empresas políticas es un libro más citado que leído, eso seguro, y mi propósito es  invitar a los intelectores a recuperarlo como lectura de horas sueltas y provechosas. En estos tiempos en que Pablo Casado es cuestionado intelectualmente como líder recién elegido del PP, quiero mencionar que la edición de Anaya que he leído es una edición de Manuel Fraga Iribarne, quien no solo derrama sus saberes en un documentado prólogo, muy interesante, sino que, además, se ha encargado de seleccionar el texto definitivo de cada Empresa, con lo cual, quien lea el libro, lee, a su vez, la lectura de Fraga, y a ese respecto pueden estar tranquilos: Don Manuel, en su vertiente intelectual de catedrático, ha escogido la veta y ha dejado fuera la escasa ganga que hay en estos textos escogidos de Saavedra Fajardo, de tal manera que abe agradecerle esa “poda” que aligera una obra propiamente “torrencial” -364 pp en la edición de Fraga- , porque Saavedra tiene poca contención a la hora de escribir, por más que sea propenso a una formulación aforística que, sin embargo, acaba traicionando con prolijas explicaciones. De ese pensamiento vivo sobre lo que ha de ser una república, sobre cómo ha de ser y qué ha de hacer el Príncipe que la gobierna, iré extractando algunos fragmentos que podríamos considerar de aplicación preceptiva en nuestro presente,  salvadas todas las distancias. No estamos en presencia de un escéptico o de un librepensador, pero Saavedra se acerca mucho a la imagen del intelectual desprejuiciado que se encara con la realidad y no quiere ni que le engañen ni engañar él a otros, y menos, por supuesto, al Príncipe que puede beneficiarse de sus enseñanzas. Dejamos de lado tópicos recurrentes, como que la historia es maestra de la verdadera política, y entramos en lo que las Empresas tienen de auténtico tratado antropológico en el cual el estudio de las pasiones del alma ocupan un lugar preferente, dado que el Príncipe, para poder serlo con eficacia y justicia, ha de ser, antes que nada, un perfecto ejemplo de hombre templado, equilibrado, de ahí que no haya de ser, jamás, juguete de pasiones ni arrebatos que, como la ira, por ejemplo, pueden acarrearle grandes daños: En la ira no es un hombre el mismo que antes, porque con ella sale de sí. No la ha menester la fortaleza para obrar, porque esta es constante, aquella varía; esta sana, y aquella enferma. (…) No se vencen las batallas con la liviandad y ligereza de la ira. Ni es fortaleza la que se mueve sin razón. Y, finalmente, el príncipe que se deja llevar por la ira, pone en la mano de quien le irrita las llaves de su corazón, y le da potestad sobre sí mismo. Todo el libro está lleno de un conjunto de aforismos morales que, adecuadamente extractados, podrían habernos dado un volumen como el de los aforismos de Antonio Pérez, tan celebrados en su momento cuando fueron extractados de sus cartas españolas y latinas: No es menos peligrosa la buena fama que la mala. (…) No se teme a los hombres el vicio, porque los hace esclavos; la virtud sí, porque los hace señores. (…) La pompa engendra soberbia, y la soberbia ira. Hay una permanente loa de la contención y la brevedad, ya digo, como muestra de la necesaria sindéresis que ha de manifestarse en las palabras y obras del Príncipe:  Los razonamientos breves son eficaces y dan mucho que pensar. Ninguna cosa más propia del oficio de rey que hablar poco y oír mucho, porque, como es bien sabido, desde la sabiduría popular,  los locos tienen el corazón en la boca, y los cuerdos la boca en el corazón. Saavedra Fajardo se me ha revelado como un autor sorprendentemente “moderno” para su época, en la medida en que ni siquiera comparte algo que fue doctrina incuestionable de los reinos europeos hasta la Revolución Francesa, propiamente: el origen divino de los reyes: La naturaleza no hizo reyes; que la purpura es símbolo de la sangre que ha de derramar por el pueblo, si conviniere, no para fomentar en ella la polilla de los vicios; que el nacer príncipe es fortuito, y solamente propio bien del hombre la virtud; que la dominación es gobierno, y no poder absoluto, y los vasallos súbditos, y no esclavos. (…) No se eligió el príncipe para que solamente fuese cabeza, sino para que, siendo respetado como tal, sirviese a todos. Esta misma visión  del Príncipe como sujeto de deberes, más que de derechos, no deja de ser, en cierto modo, un visión adelantada a su época ¡y aun a la nuestra!, a juzgar por cómo ciertos representantes democráticos más parece que hayan sido elegidos para “aprovecharse” del Poder que para usarlo en provecho de la comunidad. De hecho, es curiosa su teoría de la fiscalidad, tan progresista: No se han de imponer los tributos en aquellas cosas que son precisamente necesarias para la vida, sino en las que sirven a las delicias, a la curiosidad, al ornato y a la pompa; con lo cual, quedando castigado el exceso, cae el mayor peso sobre los ricos y poderosos y quedan aliviados los labradores y oficiales, que son la parte que más conviene mantener en la república. Llama la atención de cualquier intelector avezado la defensa de la libertad de expresión que invoca Saavedra Fajardo, quien siempre está presto a recordar que el pueblo tiene derechos y, entre ellos, el de ser oído, por más que en los palacios se procura divertir con los entretenimientos y la música los oídos del príncipe, para que no oiga los gemidos del pueblo. Esa libertad de expresión la extiende Saavedra incluso a los libelos contra el rey y sus consejeros, como medida higiénica para la salud de la república: La murmuración es argumento de la libertad de la república, porque en la tiranizada no se permite. (…) “Dejadlos murmurar, pues nos dejan mandar”,  decía Sixto V a quien le refería cuán mal se hablaba de él en Roma. (…) Por las alabanzas y murmuraciones se ha de pasar, sin dejarse halagar de aquellas ni vencer de estas. (…) Es de príncipes saberlo todo; pero indigna de un corazón magnánimo la puntualidad en fiscalear las palabras. La república romana las despreciaba, y solamente atendía a los hechos. Y. finalmente, esta apelación sorprendente a la verdadera necesidad del Príncipe para evaluar su acción de gobierno, ¡y que tanto contrasta con el rigorismo con que se tratan en nuestros días ciertas libertades expresivas!:  Procure también el príncipe que lleguen a sus ojos los libelos infamatorios que salieren contra él; porque, si bien los dicta la malicia, los escribe la verdad, y en ellos hallará lo que le encubren los cortesanos, y quedará escarmentado en su misma infamia.  Como no podía ser de otro modo, dado lo que vamos leyendo de este autor tan injustamente olvidado…(quizás sea necesario que vaya preparando un entrada sobre el descuido e incluso indiferencia con que tratamos todo lo “nuestro”, sin pecar de chovinismo, pero defendiéndolo con convicción), son muchas las páginas que Saavedra dedica al fundamento de la república, que no es, como pudiera pensarse, la institución real, el Príncipe, sino la ley, que precede a quienes, solo gracias a ella, ejercen su ministerio: La ley le constituye y conserva al príncipe, y le arma de fuerza. Si no se interpusiera la ley, no hubiera distinción entre el dominar y el obedecer. Sobre las piedras de las leyes, no de la voluntad, se funda la verdadera política. Líneas son del gobierno, y caminos reales de la razón de estado. ¿No me digan que esa manera de concluir los razonamientos, esos broches retóricos no son una joya elocuente de muchísimos quilates: líneas son del gobierno, y caminos reales de la razón de estado. ¡Y luego quieren algunos que leamos artículos, memoriales, informes y proyectos de ley de nuestros contemporáneos! Meterse en este jardín manierista, porque el arte de los emblemas tiene mucho de esa transición entre el Renacimiento y el Barroco que fue el Manierismo, ¡cómo soporta la comparación con esos textos abstrusos, anodinos y desaliñados? Denme cientos como esta de Saavedra y apártenme de esos centones insufribles que pretenden pasar por teoría política, crítica ideológica o ensayo sobre la moral y las costumbres… Estábamos, sin embargo, que es lo que importa, en lo que a Saavedra le parece el fundamento del orden social: la ley:  Mejor se gobierna la república que tiene leyes fijas, aunque sean imperfectas, que aquella que las muda frecuentemente. O, como lo dice con esplendente claridad:  El fundamento principal de la monarquía de España, y el que la levantó y la mantiene, es la inviolable observación de la justicia, y el rigor con que obligaron siempre los reyes a que fuese respetada. Ningún desacato contra ella se perdona, aunque sea grande la dignidad y autoridad de quien la comete. Entre esos desacatos, curiosamente, ha de incluirse el delito de secesión, tan de moda en estos momentos en el actual reino de España. Y es aleccionador lo que nos dice Saavedra al respecto, porque, a mi entender, tanto la pasividad de Rajoy en su momento, como la política de distensión absurda de Sánchez ahora, no atajan un problema que amenaza con escapárseles de las manos a las autoridades del Estado, si siguen con la política de paños calientes: En estos y en los demás remedios de las sediciones es muy conveniente la celeridad, porque la multitud se anima y se ensoberbece cuando no ve luego el castigo o la oposición; el empeño la hace más insolente, y con el tiempo se declaran los dudosos y peligran los confidentes. (…) Como se levantan aprisa las sediciones, se han de remediar aprisa; más es menester entonces el hecho que la consulta, antes que eche raíces la malicia y crezca con la tardanza y con la licencia. Por todo ello, Saavedra tiene muy claro que la mano blanda no es el mejor remedio para atajar ciertos males que amenazan con enquistarse en el cuerpo social:  Ninguna cosa más dañosa que un príncipe demasiado misericordioso. (…) A veces se peca más con la absolución que con el delito. Es la malicia muy atrevida cuando se promete el perdón. (…) La confianza del perdón hace atrevidos a los súbditos, y la clemencia desordenada cría desprecios, ocasiona desacatos y causa la ruina de los estados. Como vengo diciendo, se trata de una lectura en la que quien entre me agradecerá haberlo movido a dar el paso, si es que esta breve reseña de la magna obra tiene ese poder movilizador. Está tan lleno de “perlas” de la experiencia, y expresadas con ese amor al laconismo que acredita de verdadero orador clásico a quien lo usa, que quiero acabar con un pequeño ramillete de ellas para sola de los intelectores que han tenido la osadía de llegar hasta esta recompensa…
Lo que se promete y no se cumple lo recibe por afrenta el superior, por injusticia el igual, y por tiranía el inferior; y así, es menester que la lengua no se arroje a ofrecer lo que no sabe que puede cumplir.
Ningunos consejeros mejores que las murmuraciones, porque nacen de la experiencia de los daños.
Un espíritu grande mira a lo extremo: o a ser César o nada, o a ser estrella o ceniza.
No puede ser virtud la que no es hábito constante.
Mantener una maldad es multiplicar inconvenientes; peligrosa fábrica, que presto cae sobe quien la levanta.
Ninguna maldad mayor que vestirse de la virtud para ejercitar mejor la malicia. Cometer los vicios es fragilidad; disimular virtudes, malicia. Los hombres se compadecen de los vicios y aborrecen la hipocresía; porque en aquellos se engaña uno a sí mismo, y en esta a los demás.
Es la prudencia regla y medida de las virtudes; sin ella pasan a ser vicios. Áncora es la prudencia de los estados, aguja de marear: si en él falta esta virtud, falta el alma del gobierno.
Gran maestro de príncipes es el tiempo. Hospitales son los siglos pasados, donde la política hace anatomía de los cadáveres de las repúblicas y monarquías que florecieron, para curar mejor las presentes.
No siempre las novedades son peligrosas; a veces conviene introducirlas; no se perfeccionaría el mundo si no innovase; (…) lo que seguimos por experiencia se empezó sin ella.
Los naufragios, vistos desde la arena, conmueven el ánimo, pero no el escarmiento; el que escapó de ellos, cuelga para siempre el timón en el templo del desengaño.
A más príncipes ha destruido la lisonja que la fuerza. ¿Qué púrpura real no roe esta polilla, que cetro no barrena esta corona?
¡Oh, infeliz suerte de la majestad, que aún no tiene segura la verdad de los libros, siendo los más fieles amigos del hombre!
No se ha de lisonjear a un enemigo declarado. Lo que se deja de obrar con las armas, no se interpreta a benignidad, sino a flaqueza, y, perdido el crédito, aun los más poderosos peligran.
A título informativo, incluyo una brevísima selección de algunos de los emblemas usados por Saavedra para ilustrar sus Empresas:










domingo, 26 de agosto de 2018

Digresomnios


És quan dormo que hi veig clar... o una leve patología de la lectura.


Hasta este año jamás me había ocurrido algo semejante. Antes, no era extraño que, vencido por el cansancio de los entrenamientos, por el insomnnio en fase cadente o por un yantar copioso, me quedara profundamente dormido con un libro en las manos, bien modo la bendita siesta del carnero bien modo intenso sopor de la sobremesa; pero en ningún caso había nada más que una profunda suspensión de la conciencia y las percepciones sensoriales. De poco tiempo a esta parte, sin embargo, y sobre todo después de desayunar, cuando abro la letura correspondiente, me ha sucedido adentrarme en un sueño profundo, como el ortodoxo de la fase REM, en que, no al hilo de lo leído, sino propiamente contra él, me veía de hoz y coz sumergido in media res de un vívido sueño tan sorprendente como realísimo. Leía, por ejemplo, un pasaje de alguno de los volúmenes de Los episodios nacionales, ya fuera un lance bélico ya un desengaño amoroso lleno de malentendidos que prometen siempre insólitos entendimientos futuros, y, sin solución de continuidad, pasaba de los morros de una ninfa enfurruñada al guiño malicioso de un diablo con perilla, mono de lycra ajustado y resaltando un paquete dormido pero imponente, amén de la pertinente capa dócil pero viciosa... Luci o Mefi o Belce o Sata se recostaba en extraño escorzo ladeado contra la jamba de una puerta abierta a un resplandor como  vulgar promesa de feriante. Yo me quedaba parado, muy parado, a fuerza de intentar establecer la relación peligrosa entre la aparición y... ¡Imposible me era recuperar el otro elemento de la comparación! Se había desvanecido como el humo inicial con que se había presentado la visión, un humo de atrezo, más apto para escenas lacrimógenas que para entradas escalofriantes o, en el peor de los casos, solemne, tirando a pomposa. .. Eso sí, del mismo modo que soy deslocalizado del texto en cuestión -y no es culpa de ellos, me pasa con todos, sin distinción jerárquica alguna- vuelvo a él con absoluta naturalidad y sigo leyendo sin dificultad, pero con la enojosa sensación de haber introducido en ese relato una suerte de agujero negro que lo lleva a una dimensión distinta. A menudo, el texto suele ganar mucho con el desconcierto de la interrupción, y a mí, por mi cuenta y riesgo, me deja estupefacto la inverosímil persuasión realista de lo ¿soñado? Dudo de la naturaleza sómnica de esas "presencias", porque, a pesar de estar "técnicamente" dormido, estoy tan involucrado en ellas, tan presente, que la mayor parte de las veces me pregunto cómo es posible que un sonámbulo pase las hojas y siga leyendo, incluso con asentimientos o disentimientos a y de lo que lee como si mis digresomnios (¡ese es el fenómeno, en efecto, bendita palabra!) no hubieran supuesto un notorio punto y aparte en la lectura. Por lo general, lo más chocante del fenómeno es la total falta de relación entre lo leído y lo digresomniado.Yo soy el único puente de plata entre ambas realidades que parecen huir la una de la otra refugiándose en mí, o mejor dicho, avasallándome ambas para que le dé el ostrakón al rival... Esto lo digo a posteriori y en frío, o sea, con la serenidad de no estar leyendo ni digresomniando, porque a veces, pocas, pero las hay, me desasosiega ser campo de batalla de ambos fenómenos: me da por pensar que llevo todas las de perder, y a buen entendedor… Esas presencias, que borran lo leído como barre el pentotal sódico hasta el más leve rastro de conciencia en nuestro cerebro, son una fuente inagotable de imágenes y palabras, y no exagero si subrayo que suelen presentarse como secuencias cinemtográficas , específicamente como planos-secuencia muy a menudo rodados con cámara subjetiva. Ahí estoy siempre, a pie de cámara, sin pestañear, como un buzo con escafandra en aguas transparentes. Domina, entre las presencias, la del seguimiento, en  todas las variedades que las metamorfosis permiten y aun más allá, y esa posición erecta sí que tiene que ver, imagino, con el hecho incontrovertible de que casi siempre lea sentado o reclinado. ¡No quiero ni pensar qué ocurriría si esas trasposiciones me sobrevinieran mientras leo de pie! Tengo, con todo, la enorme suerte de olvidar casi al instante esos digresomnios que, lejos de entorpecerme la lectura, han acabado por sumarle un poderoso aliciente. He de confesar que cuando me siento a leer y no tengo la fortuna  de caer en uno de esos delicados estados, me siento ya algo estafado, y me da por pensar, paradójicamente, que una lectura que no favorezca esas apariciones probablemente no tenga nada que aportarme... El refinamiento del suceso estribaría en la creación de un texto que contenga ambos fenómenos, lo leído y lo digresomniado, pero ese dibujo escheriano habrá de esperar mejor ocasión, humor, tiempo y diligencia...

martes, 24 de julio de 2018

“Celebración del sentido”, una novela inédita de Rafael Carreras.



El privilegio de leer una obra singular que difícilmente verá la luz  en un panorama literario adocenado y bestsellerificado...

 Los caminos de la cultura son bastante más inescrutables que los de las divinidades, siempre tan previsibles y con una tendencia hacia la complicación melodramática que los vuelve aburridos, pesados. En el ámbito de la verdadera cultura, que no suele necesariamente coincidir -vamos, que no coincide nunca…- con lo que oficialmente entendemos por cultura reconocida o consagrada, las posibilidades de la epifanía feliz están en relación directa con la capacidad de ocupar, en el tiempo y en el espacio, el lugar por el que Azar ha de portar sus dones. Mi condición de Artista Desencajado me ha permitido tener acceso a realizaciones culturales cuya existencia, de otro modo, hubieran permanecido ignotas para mí y para el resto de los mortales, a quienes ahora me dirijo para hablarles de un texto, Celebración del sentido, que  he tenido el privilegio de conocer. Sí, privilegio, y entiéndase la palabra en el sentido en que la emplea Clarín para hablar de un personaje, Fernando Vidal, en el cuento Un jornalero: el de que podía permanecer en la Biblioteca de la ciudad, él solo, cuando todo el mundo había tenido que abandonarla por imperativo horario, aunque corriera por su cuenta el gasto de las velas para la iluminación durante esas horas de trabajo en que, como un fantasma, investigaba sobre las revueltas gremiales del medievo en su ciudad. Rafael fue alumno mío en el primer año de profesión, uno de esos alumnos en quienes los profesores advertimos enseguida, a su favor, el injusto reparto de las luces y de la sindéresis. Recuperado, gozosamente, el contacto casi cuarenta años después, no solo me encuentro con un pianista admirable, sino con la sólida, poderosa y compleja voz de un escritor en busca del género donde verter sus incomparables dones. Sí, Celebración del sentido, pretende ser una novela, y es posible que lo sea, porque hay un género de novela -ya ha escrito sobre él abundantemente en este Diario, e incluso ofrecí una Receta para confeccionarlas… , el de la novela mittleuropea, al que propiamente se ajustaría esta novela en su estado actual, que tiene tanto de derroche íntimo, intelectual, irónico, como de ajuste de cuentas con la propia biografía y una complejo visión del mundo. Es difícil, salvo en los casos de decantación nítida desde un buen comienzo, saber cuál es el género más adecuado para desarrollar nuestras capacidades expresivas. En esta novela, muy próxima a la narrativa de Robert Walser y la de Robert Musil, hay, sin embargo, fragmentos de texto que no desmerecerían, en absoluto, en El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, o en Orbe, de Juan Larrea. Doy estas referencias, antes de meterme en harina, como contexto indiscutible de un proyecto narrativo al que quizás el propio concepto de narración no le es del todo predicable. La novela nos habla de un amor perdido, el de Elsa, de unos amigos que constituyen un grupo de agitación cultural, de una codiciada cantante de ópera y de unos personajes corruptos que representan las flaquezas de una democracia formal en la que la cultura y los dineros establecen relaciones prohibidas y miserables al amparo de una ideología “regionalista”, digámoslo así, porque la indignada parodia contra ese estado de cosas  se refugia, precisamente, en la ironía, el sarcasmo y la ambigüedad transparente. Hay no poco de autobiográfico en la novela, no solo por lo que afecta al narrador, limitado sosias del autor, sino también por multitud de detalles reflexivos de los otros personajes, sobre de Aymart, en cuya boca pone el autor no pocas reflexiones que él mismo podría asumir y defender como suyas. Esa novela centroeuropea tan intelectualizada nos tiene acostumbrados a una construcción expositiva -más que narrativa- que convierte  la percepción en el eje central de la imposible acción que, como concesión a la arqueología del género, aparece, aquí y allí, a lo largo del libro con una sólida vocación de pretexto que desaparece así que nos dejamos llevar, cautivar, seducir  y deslumbrar por los hallazgos de todo tipo que el texto nos brinda con una generosidad digna, desde luego, de que sea yo solo el único Fernando Vidal que disfrute de este privilegio. A la quintaesenciada capacidad de observación de Rafael Carreras ha de sumarse una depurada expresión capaz, además, de registros muy diversos: líricos, filosóficos, sociológicos, cómicos…, porque, además de los finísimos planteamientos en todos esos órdenes de la realidad que nos ofrece el autor, este intelector infatigable agradece, sobre todas las cosas, el incisivo y brillante sentido del humor que preside toda la peripecia de unos personajes muy a menudo presentados como meras voces elocutivas, desprendidas de las circunstancias concretas de condiciones vitales tan comunes como el cuerpo, los hábitos, el espacio común o las expresiones vitales habituales: la calle, la casa, la cocina, la alimentación, la higiene, el clima, qué sé yo…, todos esos minúsculos actos casi insignificantes que nos construyen como seres sociales en un tiempo y un espacio concretos, en una lengua y en una Historia, y en una formación. He de excluir, eso sí, las hermosas páginas que aparecen en la novela dedicadas al paisaje, a su descripción minuciosa y al romanticismo implícito en ellas, porque, además de una sensibilidad hacia la materialidad específica del paisaje, hay una proyección emocional indiscutible, al menos a mi modesto entender. Es hora de entrar en la selección de esos higlights operísticos que ayuden al lector de estas líneas a hacerse una idea más o menos cabal de qué tipo de narrativa nos propone el autor. Hay, me parece, una cierta intención de construir los capítulos como “retratos”, individuales, dobles o múltiples, corales, ateniendo al encadenamiento de discursos que, aun perteneciendo a personajes distintos -y eso incluso podría entenderse como una cierta debilidad del intento narrativo-, este intelector se atreve a defender que pueden ser asociados -hasta donde se me alcanza- con el autor, lo cual nos deriva hacia una “confesionalidad” o la creación de un “yo lírico” que aproxima este intento novelístico a aquellos autores, sobre todo Pessoa y Larrea, de quienes ya hablé ut supra. Que nos movamos en ese ámbito de inclinaciones expresivas nos permite identificar algunos rasgos creativos que son, sin duda, habilidades notables del autor, como la finura en e análisis psicológico de la pasión amorosa: Pero quién entiende, por otro lado, la gramática del dolor cuyo léxico destruye la carne. Quien ha pasado por el dolor, quien se ha fortalecido y debilitado por el dolor, tendrá cosas particulares que decir, o que evitar decir. El contacto del narrador/protagonista con el círculo de “iniciados” en la dialéctica que se enfrenta al Todo con afán de comprenderlo, de reducirlo, de disolverlo, para lo que es preciso abordarlo desde un pluriperspectivismo que queda manifiesto en el texto con las reflexiones, desde ángulos tan insólitos, como las que nos asaltan durante la lectura: Desde un punto de vista intelectual, el deseo es poco más que una pulsión desasida de objeto. Sin embargo, quien conoce el placer, tan ratificador, que resurge inmediatamente tras la satisfacción y que consiste en saber que pronto se volverá a desear lo mismo, con la seguridad de que se obtendrá aquello que se desea, cuenta el tiempo a su manera, en forma de cumplimiento, retorno y ausencia. A los lectores avisados no les habrá pasado por alto ese final de párrafo, tan barroco, como quien cierra, con la recolección de rigor, una estructura de diseminación. En efecto, las páginas de Celebración del sentido constituyen un hermoso capitulo actual de una tendencia reunida y clasificada por Baltasar Gracián en uno de los grandes libros de nuestras Letras hispánicas: Agudeza y arte de ingenio. Es frecuente, además, que a esa fina agudeza se una el afán paradójico, tan propio de los seres libres. Sin duda, la gran paradoja del libro es la expuesta en el capítulo 13, tras haberle precedido, en el 8, una reflexión que la prepara: No sabemos gran cosa del sueño, ni tampoco dónde está el que duerme, desconocemos cuál es el lugar y si lo atraviesa o permanece en él, y si su permanencia es feliz (si es posible dar a este término un carácter plenamente simbólico, como el de una celebración) o bien está llena de incertidumbres y repeticiones obsesivas. Tal vez la inmovilidad  exterior nos engaña sobre el suceso del sueño y la posición en apariencia relajada que ha adoptado el cuerpo es la que necesita el esfuerzo interior para afrontar las dificultades que impiden un descanso profundo. Con ese antecedente, donde ya se manifiesta el grado de elucubración a que llega el autor, desembocamos, más adelante, en una paradoja fecunda como pocas: Pero, ¿quién es él, ese que nos recuerda quiénes somos? Nada más individual que un sueño nocturno, y sin embargo su imaginería abunda en lugares comunes. También es común el lenguaje de la vigilia, el lenguaje que ordena el mundo, el indescifrable. ¿Por qué el sueño elige este durmiente en lugar de otro? El recurrente, el evasivo, elige sus hombres, sus criaturas de predilección. ¿Poseen una predisposición innata o adquirida? En cualquier caso, ellos serán testigos, en la vigilia, de lo que anuncia la falta de descanso. Inevitablemente, el sueño es el anuncio de una lucidez. ¿Se puede concebir planteamiento más audaz que el de una suerte de Central de los Sueños que elige a los durmientes para endosarles este o aquel sueño? El propio final del párrafo, con toda la propiedad retórica del epifonema, es un broche de oro que nos habla bien a las claras de los sólidos fundamentos clásicos del autor, a quien seguro que no le gusta que yo aquí diga que lee a Tucídides en el original griego…, pero yo me acojo al también clásico facta, non verba… Al narrador/autor no se le escapa que el gran peligro de la inteligencia y de las personas es la dispersión - una forma de esterilidad que conduce inevitablemente al desengaño de sí mismo. Es bueno, si uno saca las conclusiones adecuadas. Pero uno cree abrazar el mundo con la vaguedad, y lo único que hace es sostener los brazos en el aire-, de ahí ese sutilísimo recordatorio que enuncia como una conjuración del peligro: Una atención dirigida constantemente a muchas cosas corre el riesgo de convertirse, más que en el ejercicio de un talento, en un tóxico. Pero eso sí que parece inevitable, en la novela, porque toda ella es una sucesión de atenciones en las que parece complacerse el narrador a modo de evasión y diversión, en su raíz etimológica, di verter: dar giro en dirección opuesta, alejarse, entretenerse, recrear. Desde esta perspectiva, la novela, a quien los fulgores de la inteligencia le susciten una emoción profunda -¡es mi caso!- es una tentación a la que resulta difícil resistirse. Es cierto que es una rareza, una novela que se ajusta a ese “cabe todo” que decía Cela del marbete “novela” que precede a cualquier texto, una pieza singular poco identificable con esas vulgaridades que “atrapan” y que te hacen leer “perdiendo el huelgo” y que “no se te cae de las manos”, pero una vez que los intelectores han aceptado el reto que el narrador les plantea, esto es, seguir desde su percepción el asalto a la ciudadela de las imposturas de la  realidad, ninguna lectura más atractiva que Celebración del sentido, probablemente una obra que, bien entrado el capítulo segundo -el primero es una joya lirica- , pierda no pocos lectores de esos a los que no se les puede pedir esfuerzos de intelección, los ariádnicos que se limitan a seguir tranquilamente el hilo que los lleva al desenlace y los devuelve al seguro anodino de la entrada del laberinto. Esa supuesta dispersión, más se parece a la aspersión mediante la que el narrador/autor va regando el jardín emblemático donde Sánchez Ferlosio pasaba sus semanas de recreo, evocación, a su vez, de los de Soto de Rojas: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, que a buen seguro son lecturas que el autor, licenciado en Filología Hispánica, habrá hecho en sus años mozos… En ese asalto a las innúmeras manifestaciones de lo real, la cuestión de la identidad ocupa un lugar preeminente, el propio que ha de ocupar en personas de tan marcado individualismo militante: Si el deseo encarna nuestra personalidad, lo hace rodeado de máscaras. Hay una multitud de posibilidades que no se han desarrollado, porque otros deseos se han situado en primera fila. Entonces, uno de ellos decide hacer de crítico y aprobar -o desaprobar- mientras el resto se limita a aplaudir y desaparecer por los corredores. De hecho, y esta vinculación literaria se me ocurre al hilo de la propia definición del concepto “espacio propio”, ¿se advierte o no el eco de Virginia Woolf en esa reivindicación de ese espacio, equivalente a la habitación propia de la autora británica?: Todos necesitamos un espacio propio, o pertenecer a un espacio que sentimos como propio, en el que estamos y nos movemos. Es un espacio imaginario en primer lugar. A veces los hechos lo rebasan, lo reducen y hasta cierto punto lo aniquilan. Pero ese espacio está ahí, de todos modos, en confrontación, tanto si lo defendemos como si no. Y allí encontramos el esperar y el desear, el prometer y el recordar. Pues bien, Celebración del sentido “es” ese espacio, y hemos de agradecer el valor del autor para ofrecerlo a la consideración ajena con un valor que a los escritores se les supone, como a los militares, pero que echa a muchos para atrás a la hora de dar el paso de “ofrecerse” casi abierto en canal ante ojos críticos que no siempre tendrán las claves de lo que el narrador les expone. La sinceridad sobre las propias limitaciones, en modo alguna fingida, sino sentida en lo más vivo del dolor que produce siempre la poca confianza en la capacidad del lenguaje para expresarnos propiamente, aparece a menudo en boca del narrador, por más que a sus lectores nos parezca una exageración que raya la falsa modestia, pero no hay tal; antes al contrario, en las páginas de la novela hay, también, como no podía ser de otra manera en un texto tan intelectualizado, una epistemología subyacente: Trataba de rehuirlas [las voces interiores del un pelma que no hay quien lo aguante] apelando a su insignificancia, a la verdadera falta de poder sobre mí de esos restos , desechos que no eran capaces de prolongarse en una ensoñación ni menos aún de articularse en un discurso, pues no eran más que el resentimiento de la incapacidad de expresarse de otra forma. Y por ahí sí que entramos en la parte más ardua, pero también gratificante para ciertos lectores, porque siempre es emocionante el reto de describir el proceso del conocimiento, y perdóneseme la longitud de esta dos citas: A esa experiencia, productora de posibilidades, pertenecía una semántica recorrida por constantes bifurcaciones, de apariencia fluida e inquieta, en la que “fuego”, por ejemplo, describía un estado singular que recreaba con sólo pronunciar esa palabra, sin aludir necesariamente al fuego. Su dinamismo impreciso, evolutivo, hacía que evitara referir tal vivencia, y guardaba para mí los símbolos que contenía. Presentía que tratar de expresarla habría sido como si, después de contemplar un cuadro que representa una escena campestre, me hubiese puesto a dar lección sobre el uso de determinada herramienta que en el aparece pintada, una hoz, y sobre la correcta forma de empuñarla, afilarla y guardarla. Y, más adelante:  La vivencia era única, se repetía porque volvía a sí misma, y en eso consistía su amplitud. Sin embargo, como las palabras son comunes no solo con oros hablantes sino también con los momentos menos extraordinarios en los que un término acostumbra a denotar de forma directa, estas acudían como por sí solas, generadas por un impulso que escapaba enteramente a mi voluntad, de tal modo que la misma palabra que nombra la llama de la hoguera servía para la agitación del álamo y también para la exaltación que surgía en mí, si se asociaba con ese momento, Y así lo hacía, como por sí sola. No se crea, sin embargo, que esta deriva gnoseológica domina la mayor parte de la novela. Aparece como forma inequívoca de manifestarse no solo el narrador sino el resto de los miembros del círculo cultural que el autor frecuenta y en el que él se incluye, si bien desde una posición ciertamente periférica y, sobre todo, crítica. Podría seguir, sin duda, porque la novela es rica en reflexiones de poderoso calado, al estilo de los dos siguientes apuntes que el narrador nos regala con esa insultante facilidad suya para captar los movimientos del espíritu: Seguramente uno pervive en la lucidez solo cuando esta proporciona, en compensación, cierto deleite en la indiferencia, o mejor aún, en el desprecio y esta magnífica apología de la radical heterogeneidad del ser que defendiera Antonio Machado en su Juan de Mairena, otro inequívoco referente para este libro singular de Rafael Carreras: Nos apresuramos a juzgar a quienes frecuentamos, pero la opinión  no abarca la multitud de personas que es un individuo a quien hemos tratado durante años, nosotros, es decir, las muchas personas que también somos y a las que, para ser justos, deberíamos exigir unanimidad para dar crédito a su plural dictamen. Pero su contenido limitado halaga nuestra inteligencia. Nunca alcanzamos a aquel que perseguimos, por eso, en lugar de guardar silencio, hablamos, intrusores en la sombra del silencio, creyendo sacudirnos de incertidumbres y temores para adoptar el protagonismo de una verdad. Y, tarde o temprano, nos permitimos una opinión, más o menos apresurada, más o menos acomodada al ecosistema de la voluntad, compuesto de carácter, deseo, representación, discriminación, desconfianza, impulso, repetición, crecimiento y fatiga. Debería dejar un espacio en blanco equivalente a quince o veinte líneas para que todas estas ideas luminosas, formuladas con tan rico estilo, fueran, a modo de berbiquí, abriéndose paso en ese otro ecosistema del lector que es la reflexión sobre lo leído…, propiamente la degustación. No quiero acabar, sin embargo, sin rebajar un poco la tensión conceptual que se ha ido apoderando de esta presentación de mi privilegio, porque acaso se acabe en mí la lista de intelectores a quienes les ha sido otorgado, por más que este presentación busque todo lo contrario, darlo a conocer para que alguien  con poder y verdaderamente amante de la cultura, con las mayúsculas de rigor, advierta el riquísimo mineral sin ganga que esta obra, de indeterminado género, es y, justo por eso mismo, sin valor comercial alguno en el mercado, pero valiosísimo  para quienes saben apreciar paraísos de Rojas como el presente. Quería acabar, ya digo, con el comentario de unas cuantas curiosidades que salpican la lectura con un espíritu de saber misceláneo que, al menos a mí, me parece que siempre enriquecen los textos. Una breve descripción de gestos tan cotidianos a los que se les encuentra una analogía insospechada: Charlaban y se reían agachando la cabeza en un gesto compartido, repetido, accionado por el resorte de la jovialidad contagiosa en la que iba y venía el ping-pong del fastidio.O una descripción lírica del amor perdido: En la aridez del lugar, su piel relucía como un bronce que disuelve la pátina de luz en humedad. O el chiste que emerge de un comparación parecida a la popular de los “colmos”: Como esperar que creciera el césped en un estadio regándolo con escupitajos…, que provoca incluso la carcajada. O el saber folclórico y social a los que remite en un paisaje, la presencia de un brote lejano de vidalba… catalanismo en el texto -clemática vitalba en castellano- , porque es la hierba con que se rodean el cuello para no quemarse los participantes en la Patum de Berga, ciudad de donde el autor es originario, y, en castellano, una especie a la que se llama “hierba de los pordioseros” porque los tales se untaban con ella el cuerpo para provocarse la aparición de llagas con las que sacar buen partido de su limosneo. ¡O la referencia, insólita para mí, un ser descorbatado durante toda mi vida, del nudo de corbata Windsor, que fui a comprobar a un tutorial de YouTube! De hecho, el propio autor viene a decirnos que esa perspectiva “rebajada” al nivel anecdótico de lo real es el alimento básico de lo que él denomina el kitsch, necesario, a su entender, para sobrellevar esta existencia nuestra en un medio tan hostil: Como publico agradecemos el kitsch, porque nos resguarda de la rigidez ética, ante la que es preferible una fantasía a medio camino entre la suposición de lo digno y lo útil, que en todo caso amuebla el mundo, siempre demasiado vacío. Y no seré yo quien le contradiga, ¡faltaba más! Lamento muy sinceramente no haber sido capaz de articular un comentario crítico que exprimiese este texto de modo que extrajera de él ese zumo de granadas que Rebeca, la cantante de ópera, sirve al protagonista, porque sería el néctar de los dioses que los escasos intelectores de esta entrada merecían. ¡Quién sabe si entre las volteretas de saltimbanqui que da la vida no acaba este texto a la venta algún día, para íntimo placer de cuantos intelectores podrían disfrutarlo! Ojalá así sea. Si no, de lo que estoy seguro es de que la voz interior del autor acabará encontrando la unión perfecta entre su dominio conceptual y narrativo y la forma genérica adecuada para que ese acceso a la difusión pública se produzca.