martes, 31 de julio de 2012

Ensayo desaseado I





Hoy no tengo el día culto, la verdad.



   Preámbulo

Cuesta horrores escribir el título que encabeza estas líneas, sobre todo después de haber estado el sujeto media vida -en el supuesto de que pueda llegar a centenario- hecho un menesteroso azacán de ese pozo sin  fondo del conocimiento y del arte. Viene, así pues, el sujeto a estas líneas, enchandalado de vergüenza, a reconocer sus debilidades -que ni siquiera incluyen un pensamiento débil-, en un ejercicio de autoflagelación expiatoria que busca el eco cómplice de tantos otros que, como él, puedan hacer íntimamente suyo ese sincero y aún no sabe si doloroso reconocimiento, pues de lo que se trata, de lo que tratará de aquí en adelante, es de si es capaz de asumir esa decisión con todas sus consecuencias, si será capaz de estar a la altura de las circunstancias que, por decisión propia,  va a cambiar para que la vida le cambie, radicalmente. En el fondo es un rezagado, y, quizás por ello, su doble condición de aristarco y pecador tardío -que no Pablo caído- le han permitido tener la perspectiva necesaria para devolver a los demás, en el espejo de sus flaquezas, su verdadero rostro, o al menos este de la equívoca renuncia; pues ya desde la célebre, iniciática y plañidera sobremesa acristalada conoció el sujeto a pioneros del abandono, auténticos profetas de la lasitud y solemnes catadores de la inanidad gozosa, o del gozo de lo inane. Y si en aquel entonces, ya lejano, no le cabía en la cabeza que alguien quisiera vaciársela, hacerse algo así como un precibernético formateado del disco duro; hoy lo que le sale de ella es este discurso catártico en cuyo comienzo está obligado a reconocer a aquellos pioneros vitales su arrojo, su temeridad, su perspicacia y su lucidez. Émulo suyo, pues, es hoy el sujeto, y con la esperanza ilusionada de haber aprendido en el ejemplo de aquéllos la lección sobre cómo no desperdiciar en las tareas atormentadoras de su antiguo afán el medio siglo que aún le queda por delante, si el cuerpo aguanta y la salud le acompaña. La otra cara -no menos especular- de ese reconocimiento es la sensación de ilimitada libertad que le permite al sujeto enfrentarse a un enunciado tan ominoso y, sin sacar pecho, claro, asumirlo y seguir el propio camino, más ligero de equipaje, liberado de la ansiedad y con un desparpajo decidor que le permite salvar las distancias biográficas para recuperar la insolencia de la adolescencia fatua, aquella sobre la que  el tiempo –Cronos hubiera dicho el sujeto antes, llenándose la boca de oes omnipotentes, fascistoides...– dictó una fetua que hoy, en estas líneas, parece cumplirse. Es, al cabo, un viaje de ida y vuelta. De las tinieblas osadas de la ignorancia, pasando por la imposible conquista de las luces, hasta la liberación de la máscara del afán, que a su modo también era coraza reichiana, para sumergirse de nuevo en el abandono  placentario de este discurso liberador y, por insensato, atrevido, amén de confuso, aunque entrañado. En estos tiempos en los que del excitante aburrimiento democrático socialista  pasamos a la apabullante, autoritaria y tediosa mediocridad universal popular, para acabar volviendo a la desarticulación del discurso silabeado del ¿nuevo? socialismo,  el sujeto ignora si su acidia es un signo de los tiempos o el tiempo de un signo que niega todos los demás y, con ellos, las teorías que los han forjado, encumbrado y sostenido. Coherente con su actitud, es obvio que ni siquiera se va a levantar para verificar que la reedición de la Oceanografía del tedio bien pudiera, en parte, disculpar estas líneas, entre las que esa  mención -y ésta es una de las muchas disculpas que irá pidiendo el sujeto por la contradicción inevitable de ornar el discurso con esos viejos oropeles de aquellos tiempos heroicos de su afán- aparece bañada con el aura nostálgica de los viejos daguerrotipos familiares cuyos representados nos son tan extraños que apenas sentimos por ellos más allá de la curiosidad natural que nos inspira todo lo desconocido . Ya han sido sugeridas algunas de las virtudes escondidas en su confesión, pero cabe añadir algunas más. Entre ellas, el placer del decir sin que se advierta -porque no existe- el propio esfuerzo del decir. Es fácil suponer que la negación de la cultura, de esa tan alta que nos corta la respiración y nos arrebata la vida, porque en los aledaños de su cima casi no nos llega el oxígeno al cerebro, implique también la del estilo. Aunque le esté feo recordarlo, porque una cita clásica en estas líneas es un insulto a su determinación (¡otra disculpa que sumar a la anterior!), por fin puede decir, con Juan de Valdés: escribo como hablo; aunque el sujeto nunca ha tenido a gala ni galardón hablar como escribe. Claro que ha escrito poco y ha hablado menos, pero eso no viene a cuento. Lo trascendental es haberse escapado de la  uniformizadora rueda de molino que tritura las prosas y darse el gustazo (¡bastante incongruente con su decisión, todo hay que decirlo!) de dejar correr el plumín a sus anchas, con la espontaneidad de quien, al fin y al cabo, se confiesa; muy lejos, pues, del cálculo estrecho de quien ya no es: aspirante al inalcanzable -y por supuesto que inasequible- estatuto de culto. El sujeto no quisiera que se confundiera su actitud con la del diletante, pues éste -y él lo sabe porque lo ha sido hasta hace bien poco- no deja nunca de querer trepar por esa escarpada ladera de la alta cultura, aunque por cada metro conquistado retroceda diez al tropezar, pongamos por caso, en el Wözzek de Berg, dejando ante sí la estela de un alarido imponente y desgarrador, amén de atonal. El sufrimiento del conocer, ese dolor que siempre engendra la sabiduría, como aprendieron tantos en el Eclesiastés -y todos en los palmetazos de los maestros durante la Dictadura-, cuando lo volvían del derecho y del revés para negar o afirmar su índole precursora de ese otro profeta de la nada cuyo ser saltó hecho pedazos en una vengativa, obscena y ejemplar ceremonia del adiós...; ese sufrimiento, en definitiva, ha contribuido no poco a la adopción de la actitud presente del sujeto. Y no quiere saber si esa actitud le reduce de verdad al presente presente, al presente gestáltico;  le es indiferente.  Renunciar a la cultura no es abrazar la imbecilidad, cree el sujeto; ni tampoco buscar la ataraxia; aunque tal vez algo de ambas se le acaben pegando a las suelas cuando inicie su camino por ese territorio ignoto y extraño hacia el que su decisión de hoy le arroja. Está por ver. Quizás estas líneas no sean sino una demolición del yo y de sus máscaras, un suicidio ontológico. Pudiera ser... El sujeto no se opone, aunque tampoco está dispuesto a colaborar. Tan es así que renuncia a extenderse sobre la apasionante vida de Fritz Perls, el demoníaco genio creador de la terapia Gestalt, y cuya vida es una sinfonía cinematográfica en la que, si bien guionada y rodada, sería capaz su director de alcanzar el misterioso don con el que extraer volúmenes del tiempo, que dijo un afamado crítico de un refinadísimo Antonioni, copiando a un genio del séptimo arte... Y en su memoria, al conjuro de ese nombre archiculto, estallan estrepitosos, barahúnda infernal, todos los silencios del mundo...; del mismo modo que al recordar a ese crítico se le encarna ese volumen, en modo alguno intemporal, sino con la fecha de caducidad bien pasada, como la muestra de la más encumbrada pedantería, el más perfecto y acabado simulacro de esa cultura más altiva que alta, cimera y, forzando la cadena, siempre con un sí sabe qué de cismática, en tanto que cisquera... Ese sufrimiento, volvamos a lo que nos ocupaba y entretenía, ha logrado embotar la percepción del sujeto, de ahí que el hastío que le ha invadido no solo lo señorea, sino que también le seduce. Quedó dicho que otros antes que él se habían rendido a su canto mitológico; pero en él han dejado, tampoco sabe si como único bien o como una absurda impostura, las fuerzas necesarias para intentar la descripción de esa seducción, o de ese encuentro, mejor dicho, entre quien quería oír el canto seductor del abandono y la propia voz, dulcísima y acariciadora, de éste.
(Continuará)





viernes, 6 de julio de 2012

Noel Clarasó: El asesino de la luna




Un  escritor parcialmente olvidado: Noel Clarasó.

                           Noel Clarasó i Serrat (1902-1985) Nació en Alejandría. Fue hijo del conocido escultor catalán Enric Clarasó i Daudí, cuya obra se centró en la escultura funeraria, vertiente creativa en la que consiguió no pocas  obras de mérito, como el Memento homo, galardonada con la medalla de oro en la Exposición Universal de París, y en la que se representa al hombre cavando su propia tumba, según puede verse en el Cementerio de Torrero, en Zaragoza, porque allí preside el panteón de la familia Aladrén, si bien en el de Barcelona hay una copia; o la excepcional Alegoría del Tiempo, una pieza deudora del Moisés de Miguel Ángel, representado en el acto de arrancar las hojas del libro de la vida. Enric Clarasó fue activo miembro del modernismo catalán, en compañía de Casas y Rusiñol, de quienes fue íntimo amigo.
                           Nuestro autor, cuya futura dedicación humorística debió suponer para él una rebelión en toda regla contra la severa dedicación artística de su padre, inició la carrera de Derecho, pero no la acabó. Fue Técnico del Ayuntamiento de Barcelona, en el área de parques y jardines, actividad profesional a la que dedicó varios libros. Fue también articulista en La Vanguardia. Sus artículos se consiguen en PDF en la hemeroteca del diario y constituye un placer leerlos de forma gratuita. Noel Clarasó es lo que se conoce aún en nuestros dias como un escritor “todo terreno” capaz de escribir, con un altísimo nivel de calidad, una biografía, un ensayo luminoso, un libro de autoayuda, hacer traducciones, cultivar la novela, el teatro y, sobre todo, sus muy conocidas compilaciones de aforismos y frases célebres, disciplina en la que se convirtió en todo un experto y que influyó decisivamente en su manera de escribir. Incluso creó un heterónimo, León Daudí con el anagrama de su nombre propio, Noel, y el segundo apellido paterno, heterónimo al que dio carta de naturaleza al incluirlo en su célebre Antología de textos y citas, de Ediciones Acervo, donde recoge 61 aforismos de su personaje. Como Daudí publicó, además, en la editorial Zeus, tres manuales muy interesantes (hoy solo accesibles a través del circuito de segunda mano, muy activo en Internet): Prontuario del lenguaje y estilo, 1963. Prontuario de citas célebres, 1964 y el  Prontuario de poesía castellana, de 1965. Fue un seguidor aplicado de la escuela de las Greguerías de Ramón. De ahí su libro Observaciones y máximas de Blas, precedente, sin duda, del Diccionario de Coll.
                               Clarasó se hizo famoso en España por haber sido guionista para TVE, para la que escribió series como Tercero izquierda (La obra teatral original en la que se inspira, del propio Noel Clarasó, ya había sido llevada al cine por Francisco Prósper en 1963, con el título Confidencias de un marido), con una pareja de actores excepcionales: José Luis López Vázquez y Elvira Quintillà, o Hermógenes Pérez, para servirle (con el sosísimo Carlos Larrañaga –que se redimió como actor, sin embargo, en Los gozos y las sombras, de Torrente–), donde volcó su particular humor blanco y escéptico, muy próximo al de los creadores de La Codorniz y a autores como Mihura o Jardiel Poncela. Fue guionista de José María Forqué en la adaptación que éste hizo de su novela El diablo toca la flauta, novela muy próxima a la que aquí nos ocupará en breve: El asesino de la luna
                                  Noel Clarasó es un escritor que pertenece también a la literatura catalana. Fue el último ganador del prestigioso Premi Crexell, en 1938, con una obra Francis de cera, que aún sigue inédita, hasta que en 1982, ya en democracia, volvió a reanudarse la concesión del premio. En 1956 publicó El gep i Un camí;  en 1968, L’altra ciutat y, muy poco antes de fallecer, en 1984, publicó: Un benestar semblar: novel.la. Ni que decir tiene que es un autor absolutamente marginado en la literatura catalana, para la que simplemente no existe, y un autor al que conviene otorgar, en la literatura en castellano, la importancia que merece una obra como El asesino de la luna, tan llena de propuestas innovadoras que se adelantaron más de medio siglo a su tiempo.
                                   Como jamás tuvo Clarasó un no para cualquier proyecto de escritura que se le ofrecía, fue el autor de una suerte de libros que caen dentro del marbete de la miscelánea, muy propio de un genero “cajón de sastre” que también tiene su tradición en nuestras Letras, como lo atestiguan Suárez de Figueroa, Juan de Zabaleta y otros autores como Diego Torres Villarroel, autor de almanaques, como el buen Lichtenberg, por cierto. De sus muchos libros del primum vivere, quiero destacar El arte de perder el tiempo, un texto transversal, muy del gusto de la actualidad. Su contenido bien puede considerarse como un antecedente lejano del contenido de muchos de los blogs que abastecen la red de sueños truncos o fecundas obras inéditas.
                                   A pesar de todo lo escrito, puede considerarse bastante pobre la información que hay en internet sobre Noel Clarasó, e incluso sorprende que sólo pueda hallarse de él una fotografía, más próxima a los arrebatos funerarios de su padre que a las risas de su propia idosincrasia. La mayor parte de la información tiene que ver con su faceta aforística, que me interesa sobremanera, pero no para esta ocasión. De este contacto con tan notable autor, me impongo la grata obligación de leer tres títulos que buscaré a toda costa: Historia de una familia histérica. Novela de malas costumbres; Mi barrio feo. Novela de la vida posible, y El libro de los tontos. Con esas lecturas creo que estaré en condiciones de hacer una valoración casi definitiva del autor.


EL ASESINO DE LA LUNA

                                  Y ahora vayamos con el verdadero objeto de este estudio. Lo descubrí, como todas mis lecturas inolvidables, en un montón de libros viejos en el mercado de Sant Antoni, de donde salgo, siempre, con un soberbio ataque de urticaria producido por los ácaros del polvo que se reúnen en aquel recinto todos los domingos para celebrar su victoria sobre las esperanzas, los orgullos y las fatuidades de los aspirantes a celebridades literarias. No me demoro mucho en la elección: la experiencia me permite, con una breve cata, volver para mi cueva relamiéndome por el futuro placer que me deparará la lenta lectura de la pieza cobrada con tan poco esfuerzo y   desembolso. No tuve más que abrir la cuarta página del volumen para descubrir en el epígrafe que podía estar ante una obra nunca leída como yo estaba dispuesto a hacerlo: Pasiones, acciones y reacciones de un hombre que pretendió comprender demasiado pronto el sentido de la vida, escritas según una referencia de tercera persona, hecha de memoria sobre un relato original de viva voz. En el relato estaba la vida de un hombre; en la referencia la de otro, y en este libro la de todos, yo incluido. Quédate, lector, con la que más te guste de las tres cosas.
                                   En efecto, henos aquí ante la famosa mise en abyme propia del género de la autoficción con  la que se despista al lector para que nunca sepa a qué carta quedarse sobre la identidad del narrador, del personaje central o del autor. Este juego de matrioskas lo lleva a cabo Clarasó con una habilidad notabilísima, según se puede juzgar por el epígrafe que acabo de transcribir. Se trata, pues de una obra  sumamente moderna, de inspiración deconstructivista avant la lettre, con esa indeterminación del autor, el narrador y el personaje que presagiaba lo que después, capítulo a capítulo, se fue convirtiendo, a medida que leía, en un acabado ejemplo del novísimo género de la autoficción, aunque con reparos. Clarasó se propone esclarecer el significado del concepto autobiografía y la imposibilidad de acceder a una comprensión clara del término o, en su defecto, a una definición que permita la complicidad del lector. De hecho, al lector se le mete siempre en un embolao del que con dificultad puede salir, porque el propio narrador no tiene claro en ningún momento que lo que se trae entre manos acabe teniendo un significado claro o preciso.
                                     La situación de la que partimos, un autoinculpado, ante el juez de guardia, de haber asesinado a la luna, tiene ecos del humor del mejor Mihura, del más inspirado Jardiel y del lirismo absurdo de Tono. A través de un extensísimo monólogo fragmentario, el narrador multiplicará sus historias, como Sherezade, ante los oídos agradecidos de un juez que comparte el vino y la noche con él para que no cese el manantial de historias, la mayoría de ellas interesantísimas y muy divertidas, que le servirá para distraerle en su inacabable noche de guardia. Lo primero que atrae al lector es el intento del narrador por escribir su biografía, pero antes, y en vez de la tópica captatio benevolentiae, despliega el narrador, a modo de introducción,  ante los oídos incrédulos y perplejos del juez, que actúa como sustituto del lector, un brillante ejercicio de crítica literaria en que repasa la aparición de la luna en textos de escritores como Nicomedes Pastor Díaz, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, José María de Sagarra, Mauricio Bacarisse, Jorge Gillén, Juan Larrea, Lorca, Alberti y Shelley, para llegar a la conclusión de que no podía haber dejado de hacer lo que ha hecho: asesinarla. A partir de ahí, bien puede decirse que el narrador se ha granjeado las simpatías del lector y su aquiescencia a lo que le proponga como aventura narrativa, un reguero de historias que seguirá con el interés de quien va sorprendiendo en cada capítulo algún rasgo de interés, y el primero de ellos la rica personalidad desengañada, escéptica y bien humorada del narrador, trasunto evidente del propio autor. Es importante esta identificación y nuestro asentimiento porque ahí se fragua el contrato de complicidad que nos permite, como quería Bousoño en su teoría poética, asentir a las propuestas del autor, por inverosímiles que sean las historias, todas ellas de apariencia realista, que nos ofrece.
                               El segundo fragmento, después del primero dedicado al marco narrativo, su estancia en el juzgado, que abre y cerrará la obra,  se titula Biografía desordenada, y su primer párrafo es esclarecedor: Soy un hombre sencillo, sin aspiraciones, cobarde, aconsejado, de ideales mezquinos. Un hombre en tono menor. De tipos como yo, repetidos hasta la saciedad, se forman las multitudes de fácil manejo. Tengo más de masa que de individuo. Nadie me advierte en la calle y sólo quedo bien en las fotografías de grupo (…) Y en donde mejor me hallo es como parte de un todo clasificado que diluya la personalidad: en una cola o en la sala de espera de un dentista.
                                  Los lectores de este Diario habrán advertido enseguida el nexo evidente entre este asesino lunático y el manzanero Juan Poz  que aspiró a fundirse en la masa vecinal para escapar al yugo ridículo del malditismo. No acaban ahí las semejanzas, pero no quiero arrimar el ascua a mi escuálida sardina, sino poner de relieve las virtudes nítidas de este poderoso cuento de cuentos que sabe hechizar al lector con la personalidad de un narrador muy de nuestros días: escéptico, irónico, cercano al silencio, amante de la belleza, sensible y muy alejado de los tópicos aldeanos al uso de la España vulgar.
                                  Llama la atención, de la estructura del libro, que cada fragmento se abra con un aforismo del autor y se cierre con otro ajeno, en una suerte de círculo de sabiduría que le permite al lector no sólo distraerse sino aleccionarse, amparándose el autor en el tópico horaciano del docere et delectare (aunque a veces lo vemos más cercano de la catarsis aristotélica), pero sin énfasis ninguno. Antes bien, la presencia del aforismo en el plano estructural se acaba contagiando en el plano estilístico y es muy frecuente que la narración esté salpicada de aforismos que nos revelan, tanto como los hechos, la compleja y atractiva personalidad del narrador/asesino. A su manera, el narrador exhibe, así, su parentesco con otros narradores autobiográficos como Guzmán de Alfarache,  trasechador de moralejas, o con otros de prosapia aforística como el Tomás Rodaja de una obra maestra del género aforístico que es El Licenciado Vidriera.
                                  No deja de ser irónico que el protagonista sea librero, y que lo sea, además, a domicilio, como si la literatura no pudiera venderse más que de tú a tú en el ámbito acogedor de la vivienda propia: Uno de aquellos clientes, el que compraba más, creía de buena fe que ser intelectual consistía en exhibir una biblioteca muy nutrida. A mí aquella opinión me divertía y me chocaba. Pero después, con los años, he sabido que no era más equivocada que otra. He aquí un ejemplo elocuente del tono elocutivo del narrador, a medio camino entre el Machado de los  Proverbios y Cantares y el Lichtenberg de los Aforismos, pasando por la herencia evidente del narrador de Amor y pedagogía, donde habitaba, ¡no lo olvidemos!, otro eminente aforista: D. Fulgencio de Entrambosmares.
                                   El protagonista, que lleva durante toda su vida una existencia gris y triste, no simpatiza ni con el mundo ni con sus habitantes, y no pierde ocasión de manifestar esa animadversión y un pensamiento nihilista muy propio de las personas reflexivas y sensibles: El hombre suele tener un gran corazón y una pequeña inteligencia, al revés de lo que él supone; y en vez de seguir los impulsos del corazón se confía a su miseria intelectual. De ahí que el hombre sea: aburrrido y monótono. Cambia de costumbres porque las costumbres son tontas e innecesarias; las impone el clima o una tradición que sigue por pereza de pensar. El personaje, expuesto desde muy joven a las fuerzas del mal, como remedo del antihéroe de la picaresca, enseguida descubre los códigos esenciales de la existencia: Era la vida, así, y yo era una parte de la vida. Desde entonces la trampa, la ficción, el engaño, la mentira, el disimulo, el logro de un bien a costa de un mal ajeno y el ponerse algunos de acuerdo para fastidiar a otro me han parecido sentimientos y acciones naturales en el hombre. O esta otra desoladora constatación: El ideal no existe. Esta es una palabra que no corresponde a ningún significado y que se ha introducido en el diccionario para envenenar el sentido de las otras palabras. Es una palabra que se goza en el mal y sólo hay una manera de librarse de su influencia: suprimirla.
                                    El protagonista parece aquejado de erostratismo, pero sólo si consideramos superficialmente sus acciones, porque su desengaño es de tal naturaleza que se lo lleva a él mismo por delante, hacia una quimera que, como confiesa, le permita evadirse de su sinvivir: Sé que mi vida de ahora, pequeña, desvaída, anodina, sin emoción, sin agresividad, sin placer, sin un resquicio abierto a lo inesperado, ha de ser hasta la muerte una repetición de sí misma. Y para soportarla en paz he repetido mi hazaña de la niñez. Entonces incendié el taller de cajas de cartón para librarme de él. Ahora he asesinado la luna para librarme de ella. Esos atropellos son la única posibilidad de los que no sabemos evadirnos.
                                    A lo largo de los 71 fragmentos que componen el libro hay muchas vetas reflexivas muy interesantes, pero en estos tiempos de la metaliteratura y la autoficción, las meditaciones acerca del arte de narrar, de las condiciones de la biografía, de la naturaleza de la ficción, etc., cobran un interés evidente para lectores que han tenido que vérselas con múltiples ejercicios narrativos en los que se juega con los límites de los géneros e incluso con la existencia objetiva de los mismos, de ahí que se lean con placer no pocas reflexiones como las siguientes, tan explícitas que me evitan tener que dar explicaciones innecesarias. No quiero dejar de constatar, no obstante, la pureza y pertinencia de estas meditaciones, tan por encima de las de tantos y tantos aprendices que se nos publicitan como valores consolidados de nuestras Letras actuales, y a quienes la simple mención de Noel Clarasó les debe de provocar un repelús parejo al de ser considerados  epígonos menores de Arturo Reverte:
1.La vida se vive bien, a veces, pero siempre se explica mal. Un episodio cualquiera real, un choque de carácter, una agresión, un amor, una sombra de pasión enseña cien veces más que un montón de libros. Pero también distrae menos. A la vida le falta emoción, sal y vinagre de lo raro y lo inesperado. A los libros, no. La habilidad del escritor consiste en salpicar de emoción falsa las escenas vulgares sencillamente humanas.
2. Las novelas corresponden también a los dos únicos tipos: las que describen la vida de las personas y las que hacen vivir a los personajes.
3. ¿Qué valor tiene ser protagonista de una historia? Ninguno. El caso es que la historia exista y poderla contar y hasta desfigurar. Todo el valor está en lo que cada uno pone de su parte al desfigurar la primitiva historia. Pero los hombres preferimos, quizá para dar menos explicaciones, atribuirnos todas las historias y presentarnos siempre como  protagonistas. Es más cómodo.
     Yo también algunas veces me apodero de las historias ajenas y me revisto de ellas como de un ropaje prestado. Algunas me caen pintadas. En otras me muevo con torpeza. Y así se escriben las historias y se inventan las biografías. Los que no hemos tenido argumento ni hemos sido jamás protagonistas del verdadero drama o de la aventura esencial, no tenemos otro remedio, si queremos llamar la atención, que inventar una biografía, darle una cierta unidad, descabellarla un poco después para que parezca más auténtica e introducirnos en ella, de noche, como un ladrón.
      Todos podemos inventar un pasado. He aquí una idea maravillosa. He repetido tantas veces algunas historias falsas de i juventud, las he enriquecido con tantos detalles verosímiles que ya las veo ahora como las imágenes de un auténtico film de mi vida.
                           ¡Cuánta levadura en esas tres reflexiones! ¡Cuánta perspicacia! ¡Cuánta sabiduría literaria! Y lo más importante, expuestas todas con la sencillez de quien no tiene que demostrar nada a nadie, porque Noel Clarasó no mendigó un reconocimiento que no buscaba, como le pasa a Zafón. Él era consciente de su arte y, al menos en esta novela/ensayo, lo derrochó con una generosidad que espero, a partir de esta recensión, tenga el aplauso que nuestra historia literaria le debe.
                           Me reservo para casi el final un “apunte” que, aparecido en esta novela, que es del 47, muy anterior al de Canetti, dedicado a John Aubrey, en 1978, permite comprobar el clasicismo vanguardista (valga el oxímoron) del planteamiento de Clarasó. A quien leyera mi entrega sobre Canetti le sorprenderá leer lo siguiente:          Me gustaría escribir en forma de biografías breves la historia de toda la gente que he conocido. Cien, quinientas o mil biografías; no lo sé. Todas anodinas y sin argumento. Una breve pintura del personaje y un final inventado, porque la mayoría de la gente que he conocido aún vive.
          Aparte el final, creo que se podrían escribir casi todas con las mismas palabras, sólo cambiando los nombres de los protagonistas. Y, sin embargo, somos todos distintos. No existen dos rostros iguale ni dos voces que se confundan. ¿Qué hay en la voz? ¿Tan matizada es la gama del sonido que puede dar lugar a dos mil millones de voces distintas? Y no solo es la voz. La risa, la tos, el ruido de los pies al andar es distinto en cada uno de nosotros.
          Pero estos datos diferenciales no pueden constar en una biografía. Se puede decir que un personaje tenía una risa especial y su voz especial y su manera de andar. No se puede decir cómo era su voz, ni su risa, ni su gesto para distinguirlos de los demás.
          Los novelistas, en su lucha contra el adjetivo. Hablan de voces claras, estridentes, cálidas, apagadas, bien templadas, gangosas, secas, ásperas, dulces. Pero todos estos calificativos no hacen una verdadera distinción. Creo que ninguna descripción puede distinguir  a una persona de las demás. Un retrato, sí. Y quizás es tan interesante hojear un álbum de retratos como leer una colección de biografías breves.
                   Estas últimas meditaciones sobre el estilo se corresponden con otra veta que hay en la novela, la reflexión sobre el lenguaje, que ocupa un fragmento completo, el 22: Una palabra en flor, del que me limito a extractar una breve parte que expresa con toda contundencia la profunda reflexión sobre la lengua que llevó a cabo un artífice de ella, un teórico y un practicante poco dado a la verborrea y mucho al laconismo:   ¿De qué puede quejarse un hombre que ha recibido el don de la palabra y un libro en donde constan las cien mil palabras de su lenguaje que ya han sido aceptadas y reconocidas por un organismo oficial? Si no sabe qué hacer, que se dedique a estudiarlas y a distribuirlas a lo largo de su vida.
El hombre que conoce las palabras, las estudia a fondo, las domina y no las usa en vano sino en toda su pureza y su belleza, ¿qué más puede desear? El hombre desea muchos tesoros distintos de la palabra, lo sé, pero esto es debido a su desconocimiento del valor de la palabra. Y por lo mismo que desconoce su valor no se atreve a usarla y a servirse de ella como de un arma poderosa.
Muy pocas palabras son esenciales para la conversación. Casi todas expresan conceptos extremos y opuestos dos a dos: sí y no, bueno y malo, frío y caliente. Los términos intermedios no se necesitan para hablar. Pero a todo lo que existe le corresponde de verdad uno de esos términos medios. La palabra se expresa a sí mismo, pero no expresa jamás una realidad exterior.
Es sumamente difícil conocer el verdadero sentido de una palabra. Todos lo destrozamos y por falta de conocimiento hacemos gala de dar a las palabras una falsa interpretación. Las ensartamos unas detrás de otras precipitadamente, las desnudamos para no perder tiempo, les quitamos todo su valor para que luego no se revuelvan contra nosotros. Ya no es el sentido de la palabra lo que nos interesa, sino la voz, el gorjeo, la pura articulación o la inarticulación de sonidos.
Nuestras palabras son ruidos de la naturaleza. El ruido del hombre sobre la tierra. Quizá algunos hombres hablan. Los demás, la mayoría, hacen ruido.
(…)
Los hombres gozan hablando cuando nada se han de decir. Y esto estaría muy bien porque la palabra en sí es un goce. Pero ellos fingen que hablan para decir algo y pretenden atender, no al sonido puro, sino al sentido de las palabras. Este ha sido siempre su gran error.
(…)
Lo cierto es que la palabra cuanto más escasa, más retenida y más sobria, más llena es de significado. La palabra poética, la que lo expresa todo sin decir casi nada, nunca reside en las bocas de los parlanchines.
                  A quien le suene a amenaza que podría extenderme más sobre El asesino de la luna para atender a todas las riquezas de inventio, dispositio y elocutio que contiene, le consolará saber que pongo punto final a esta invitación a la lectura de una obra que no defraudará, al menos, a quienes La manzana de Poz les pareció digna de elogio y aprecio. Como los lectores de este Diario conocen mi dedicación investigadora al mundo del aforismo, y como Noel Clarasó, bien por sí mismo, bien a través de su heterónimo León Daudí, apenas es conocido hoy en internet más que por sus chispeantes aforismos de honda raigambre inglesa, quiero concluir esta presentación de su novela con algunos aforismos que, por haber sido extractados de la novela juntamente con los que, definidos como tales, encabezan algunos fragmentos de la misma, difícilmente serán encontrados en esas páginas que no le honran como se merece:
·       El hombre es un animal de costumbres, dicen, pero que se harta pronto de ellas. Creo que es el animal menos constante en sus costumbres de todos los de la creación.
·       El hombre siempre es enemigo natural de otro hombre desconocido. La amistad es un estado de excepción y el amor una excepción rarísima.
·     Las cosas que se han aprendido a hacer mal, cuanto mejor se saben, peor.
·       Un pasado, en realidad, no es nada, pero sirve de consuelo a muchas almas y de tema a muchas conversaciones.
·         Los hombres veneran la memoria de sus padres aunque no se acuerden de nada más que de una imagen falsa.
·       El ser humano es incomprensible para los otros seres humanos; solo algunos animales domésticos le comprenden. Pero estos no escriben sus memorias y no se sabe lo que piensan del hombre.
·       Una cosa es la vida y otra la novela. Una cosa es la filosofía y otra el pensamiento.
·       No tenía conversación. Sólo sabía contar su historia.
·       Me dejo engañar como todo el mundo. ¡Qué fuerza tiene la palabra! Asegure usted la cosa más absurda y alguna convicción ajena se tambaleará.
·       No es conveniente que los niños descubran la existencia de palabras que expresan una cualidad de la que ellos carecen.
·       Yo nunca he admirado a un sabio o a un político eminente. Los sabios me dan una impresión de pobres gentes convencidos de la verdad de un error cualquiera y hundidos en él. Los políticos eminentes me parecen títeres. Se les aprieta un botón y sueltan una andanada de palabras; las únicas que hay en la cajita de música. Y he admirado siempre a los payasos de circo y a los jardineros municipales que se suben a los árboles en otoño para cortarles las ramas.
·       Sí: es cierto que Dios hace llover y hace salir el sol para justos y pecadores, pero los hombres tienen otro criterio de clasificación, se dividen en ricos y pobres.
·       Como todos los hombres muy sensibles, no podía vivir solo y no dejaba vivir a los que le acompañaban.
·       Los hombres hacen las frases al derecho y las cosas al revés.
·       Hay quien sostiene que para encontrar una cosa perdida, lo primero es empezar por perderse uno mismo.
·       El hombre mejor situado para triunfar no es el que sabe dominar sus pasiones, sino el que sabe dominar las pasiones ajenas.
·       El amor es una oscuridad en donde se pierde el más avisado.
·       Sólo hay dos maneras de ser desgraciado en el amor: desear lo que no se tiene o tener lo que no se desea.
·       No hay sino investigadores temporales de la verdad. Uno permanente es una imposibilidad humana.
·       “Un día llegué a descubrir el camino de la verdad; este es el único castigo de los que nos empeñamos en encontrarla” [Paráfrasis de Rusiñol: Los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla].
·       Después de cincuenta años de vida he llegado a una sola conclusión, de la que creo estar seguro: los actos del hombre no tienen nada que ver con sus ideas.
·       Donde fueres haz lo  que vieres; pero donde fueres viejo, que los otros vean lo que haces tú.
·       Vivimos en armisticio con algunos grupos de hombres. En alianza, con ninguno.
·       Las razones aplastantes sólo aplastan si se saben expresar en ráfagas violentas de palabras.
                                ¡Qué aproveche el festín

sábado, 23 de junio de 2012

Homenaje a Tíbor Reves


André Révész, el padre de Tibor.


       De PEKO  a Andrés Révész, pasando por El asesino de la luna, de Noel Clarasó.

                          Hacía tiempo que quería escribir sobre PEKO. Quería rendir homenaje a quien a lo largo de más de veinticinco años me deleitó cada día con el ingenio y contribuyó, de forma tan amena, al crecimiento de mi vocabulario. Tíbor Reves, un nombre que nada le dirá a nadie que no esté en el secreto de su pseudónimo, es la personalidad que está detrás de ese PEKO enigmático y de incisiva agudeza. Ha sido tal mi devoción por su maestría crucigramática que incluso inicié, pero no acabé, una narración que tenía como motivo el viaje fantástico de dos personas a través de uno de sus crucigramas. Me divertí mucho con el trasiego de aquellos personajes que bajo el doble título: ¡16 x 15! y El azar encasillado, iban saltando de uno a otro escenario con el único deseo de encontrarse y unirse para siempre:  desde las páginas de  Donde habite olvido hasta el carácter patibulario, pasando por el estrecho de los Dardanelos y la Orden Hospitalaria maltense, Ella y El,  esos eran los nombres propios de la pareja, se buscaban con un deseo solo propio de los viajeros que regresan a Ítaca. Tíbor Reves fue productor de cine, hijo del articulista y escritor Andrés Revesz, de quien, hacía la intemerata, había leído yo La felicidad en el matrimonio, comentada por mi padre de su puño y letra, un modesto tesoro autobiográfico. 
                            La necrológica en El País la escribió otro de esos seres singulares, Jesús Franco, el inclasificable director de cine. Tituló su retrato Una caja de sorpresas, porque eso es lo que era Tíbor Reves, como, igualmente, lo fue su padre. En la necrológica emergía la figura de un hijo del exilio que había hecho de la necesidad virtud: dominaba, PEKO, siete lenguas, entre ellas el hebreo y el malayo, y, cerca de su muerte, estudiaba el sánscrito con fruición  porque quería leer los Vedas en su lengua original. Franco sostiene que Tíbor se inventó su propia lengua, el tiboriano, y algo de eso hay, por supuesto, capacidad de invención, en las inteligentísimas definiciones con que incitaba a devanarse los diccionarios del cerebro duro a los frecuentadores de su cuadriculada sección, la más imaginativa, sin embargo, de todo el diario. Fue inventor del Revoltigrama, pero yo solo fui asiduo de sus crucigramas, los de cada día y el blanco de los fines de semana: ¡un autentico festín lexicográfico en el que aplicar el más reputado de los aforismos: festina lente! Dice Jesús Franco que había heredado de su padre la discreción, y a fe que es verdad, porque, a pesar de dedicarse a la producción cinematográfica, me ha sido imposible hallar ni una sola fotografía de él a través de google. 
                               El padre de Tíbor, Andrés Revesz, fue un joven espartaquista húngaro [Seguidores de Rosa Luxemburg] que, por razones ignoradas, dio un salto ideológico de 180º y acabó militando en el fascismo español, después de haber pasado por la cárcel, en Valencia, durante la época de la República. Fue columnista de ABC, donde escribió sobre política internacional, aunque también realizó crítica literaria, crónica de sociedad y otros menesteres periodísticos. Colaboró en la revista de la Sección femenina Y: Revista para la mujer, donde fue compañero de redacción de, ¡ojo al parche!, Edgard Neville, Dionisio Ridruejo y Enrique Jardiel Poncela. Mantenía en ella una especie de  consultorio sentimental que le granjeó bastante popularidad, convirtiéndose casi casi en el “paladin de las damas”, reivindicando la mujer culta, preparada, compañera del varón, pero subordinada a él. De esa actividad es de donde proceden libros como La felicidad en el matrimonio o La edad de amar, usualmente recopilación de artículos ya publicados. Se trata de obras que nos permiten ver con total nitidez el paisaje emocional del franquismo e identificar a los pilares de esa construcción paternalista y pretendidamente moderna. Porque Andrés Revesz  no era un hombre que se alimentase exclusivamente de dogmas ni tampoco un cavernario, antes bien pretendía que la sociedad española adquiriera una pátina de modernidad que hiciera la vida más agradable. De sus libros y de los referentes que en ellos aparecen, emerge una nómina de autores que abonan el inmenso vergel del olvido: Juan Spottorno (Gil de Escalante), Luis de Armiñán, Mercedes Suárez-Valdés, Osvaldo Orico, Charles Plisnier, Marthe Bibesco (personaje propio del Dietari de Gimferrer), Jaime de Salas Merlé, Ferenc Molnar, etc. son sombras a las que cuesta lo suyo dotarlas de bulto, por más que en su momento fueran nombres rutilantes de la actualidad. A su manera, podría considerársele como el precedente del consultorio de Elena Francis, redactado desde 1966 hasta su acabamiento en 1984 por Juan soto Viñolo.
                               Mientras releía a Andrés Revesz para dedicarle el homenaje a su hijo, coincidió su lectura con la del extraño libro titulado El asesino de la luna, de autentico espíritu deconstructivo, como tendré ocasión de comentar cuando acabe de leerlo, el primero que leo de su autor, Noel Clarasó.  En el capítulo 13, La orquídea artificial, iba yo leyendo, por la noche, cuando tropecé con este fragmento:
 Comprendí que todo era en efecto, lo contrario de nada, y me dediqué serena y afanosamente a hacerlo todo. Pero después de las dos o tres primeras ridiculeces, ya no supe qué más hacer. ¿Es que alguien sabe lo que puede hacer un hombre para que una mujer le ame? Después he conocido algunos libros sobre esta materia tan importante, pero entonces había leído poco y no sospechaba su existencia. Ahora sé, gracias a un libro de un tal señor A.R. que según la solapa del mismo libro “ha dedicado una parte importantísima de su labor de escritor al estudio del alma de la mujer y de los problemas femeninos”, que ellas, antes, se enamoraban de los militares, después se enamoraban de los tenores y que en todos los tiempos (según cita que el autor copia de otro) se enamoran no de don Juan ni del hombre guapo, ni del hombre fuerte, ni del hombre célebre, sino del hombre que reacciona fuertemente ante la belleza de la mujer y que llega a hacerle creer que aprecia más que nadie su personalidad. Todo se aprende cuando ya no nos sirve de nada saberlo.

viernes, 8 de junio de 2012

Un "apunte" de Canetti



Autobiografía por ajenos pulgares...


                    

                   Podríamos hablar de autobiografía por mano ajena, para expresar lo que supone para los lectores el conocimiento de aquellos seres con  quienes nos identificamos casi hasta la hipóstasis. Que nos desvelen es uno de los designios del lector de literatura. Buscamos  reconocernos en lo escrito como en un espejo o en el retrato conciso que emerge de una conversación confidencial con un alma gemela, una afinidad electiva. La maravilla se multiplica cuando eso ocurre con un personaje de ficción que hemos creado. Y ahí entra el bueno de Juan Poz, ex maldito, contable y prohombre del reducido radio vital. Las semejanzas entre J.A. y el protagonista de La manzana de Poz me han asaltado como una epifanía al leer este apunte de 1978 de Elías Canetti, en el primero de los dos volúmenes que recoge todos los suyos, un género tan próximo al aforismo como la carne a la uña. Nos habla Canetti de un autor sin obra, uno de esos raros que son del gusto de quienes se saben raros vivos, singulares. Ejerce no poca fascinación este ejemplo de obra abierta, de desencajamiento. ¡Qué soberbia paradoja nos transmite Canetti: Lo que más rápidamente envejece es lo que se redondea y deviene libro! Diríase que lo hubiera escrito después de haber visitado este rincón desencajado…, en ucrónico viaje de birlibirloque.

                           Canetti pone de manifiesto un rasgo de la creación que, habituados como estamos a la rotundidez de la obra acabada, único valor de mercado, suele pasar desapercibida: el miedo de los autores a cerrar una obra. Lo sufren más los doctorandos embarcados en una tesis, pero no es ajeno a los escritores, quienes difieren y difieren la llegada del momento en que han de desprenderse de un proyecto en el que, como le pasó a Canetti con Masa y Poder, estuvo trabajando más de veinte años. Sé bien lo que es vivir con la exigencia de la búsqueda permanente de información y con el temor a descuidar datos de fuentes fundamentales, pero, al fin,  no es menos cierto que se halla una paz de espíritu incomparable en el deliberado acto de evitar la clausura de un proyecto. Proyectar, otro día hablaremos sobre ello, es consustancial a la creación literaria. Bécquer solía anotar todos los proyectos literarios que se le ocurrían con una minuciosidad de notario, adjudicándole incluso el título definitivo que tendrían, una práctica muy del gusto de Juan Ramón Jiménez un auténtico Bautista de las obras por venir, clasificadas, desclasificadas y reclasificadas como el sudario de Penélope hasta el mismísimo día de su tránsito.

                              Mientras, he aquí el apunte de Canetti en el que se me ha recreado Juan Poz (el personaje):

 

                              J.A., desde su juventud interesado en todo tipo de quehacer artesanal, pero a la vez en las tradiciones orales de un mundo anterior a los libros.

                             No desdeña nada de lo que le cuentan, lo escucha todo, también historias sobre aparecidos y fantasmas; todo cuanto le cuentan es poco para él. Debe todo a los demás; a su padre y a su madre, nada; sigue a sus maestros, siempre y cuando sepan lo suficiente; aprender y experimentar lo es todo para él. (…) Por la gente del único libro no siente interés alguno, ya que el ama todos los libros. Siente el pasado como algo tangible (…) Tiene la curiosidad de un hombre moderno en un momento en que la edad moderna se estaba inventado y no se había convertido en una caricatura de sí misma. Todo es objeto de esta curiosidad, que no establece diferencias, pero lo que más le atrae es la gente, las razones de su diversidad: eso es lo que interesa a J.A.; el número de personas sobre la que transmite cosas es infinito.

                              Lo que anotaba sobre la gente era siempre un principio; dejaba sitio para más, que podía añadirse luego. Tal vez no pasara de una frase o llegara a escribir cientos; cada una de ellas transmitía algo concreto y memorable. Lo que hoy día es desprestigiado como anécdota por cualquier necio, constituía la riqueza de J.A. Basta con imaginarse aquel tomo único con información sobre unas ciento cincuenta personas, en el que hay más sustancia que en veinte novelas juntas.

J.A. era incapaz de llevar algo a término: su verdadero talento. Parte del cual habría que deseárselo a todos, incluso a quienes han adquirido el hábito de concluir sus trabajos.

                              Y lo llevó a tal extremo que, en realidad, no existe ningún libro suyo. Tanto más inquietante sigue siendo, en cambio, todo cuanto escribió. Lo que más rápidamente envejece es lo que se redondea y deviene libro. En J.A. todo conserva su frescura. Cada noticia está ahí por sí misma. Uno siente la curiosidad con que fue acogida.

                             Son noticias cargadas de emoción porque no sirven para nada más; cada una es su propio objetivo, no es ningún objetivo, es solamente ella misma. J.A., que por doquier recopila infinidad de datos y luego los anota, es un anticoleccionista. No clasifica su material ni lo ordena. Quiere sorprender, no clasificar. Un procedimiento que acaso recuerde lo que hoy hacen los periódicos, si bien es totalmente distinto. Pues en este caso es él solo, un individuo, quien recopila las noticias, y no lo hace en función de un día. Quiere, por el contrario, conservarlas. Lo que lo enfurece es que las cosas sean destruidas y olvidadas. Por eso se agita sin descanso y consigue que el valor de novedad coincida con el de eternidad.

 

 

sábado, 2 de junio de 2012

De Castilla del Pino a Polo de Medina



De ayer a hoy. Sobre las reputaciones.


                           Todo el mundo sabe cómo se construyen las reputaciones en este país de todos los demonios, y todos sabemos lo que hay de cuento sin fin en el abanico de imposturas con que tantos y tantas (montaditos en la pátina de la consagración) se dan unos aires que devienen tufo, hedor y náusea corolaria en los avezados y sufridos lectores a los que una y otra vez, desde el mundo editorial, se les intenta dar podrido gato nauseabundo por prieta liebre rozagante. ¡A otros perros con esos huesos osteoporósicos! Quien advierta resentimiento en mis palabras, no yerra. Quien comparta la indignación, entra en la categoría de los justos. Hay tanta necedad impresa en este país, que necesitaríamos un siglo de  reeducación estética y moral para curarnos de ella. Supongo que las editoriales son negocios que tienen derecho a  prosperar, pero, en estos oscuros tiempos de mixtificaciones y agit prop, los lectores tenemos derecho a exigir claridad, que se distinga nítidamente entre el negocio y el ocio, entre lo venal (y banal) y lo cordial, entre el pasatiempo y la cultura, en vez de fiar los editores su suerte al totum revolutum del tópico río revuelto donde naufraga nuestra esperanza lectora.
                             Viene este prólogo intemperante y combativo a cuenta de la reciente lectura de los Aflorismos de Carlos Castilla del Pino, hecha a raíz de la recomendación de Manuel Marcos. Ha querido el azar, único dios que desmiente de agnóstico a quien se reclame de ello, que simultanee la lectura de dichos Aflorismos  con el casi inencontrable A Lelio. Gobierno moral, de  Salvador Jacinto Polo de Medina, un escritor murciano del siglo XVII, acaso conocido únicamente por minorías académicas, pero merecedor de un inmenso número de lectores, tanto para sus obras festivas, como para sus obras graves, para sus sátiras como para sus aforismos: ni aquellas ceden ante el modelo de Quevedo o Góngora, ni estos ante el referente de Gracián. Formalmente, el Gobierno moral no es un libro de aforismos, porque la prosa los recoge de una manera continuada. Cada una de las oraciones del libro, sin embargo, constituye un aforismo, por más que esté engarzado con los anteriores y los posteriores. Desde esta premisa, válida también para otros escritores como Juan de Zabaleta, Antonio de Guevara o Saavedra Fajardo, entre otros, no haré distinción entre la condición de obra aforística de uno y otro libro.
                             Aflorismos, digámoslo cuanto antes, es una obra que solo con gran acopio de piedad y compasión podríamos considerar como un libro de aforismos. Lo suyo es la pertenencia al subgénero de los apuntes, de las ocurrencias o de las notas (aunque no al de las nótulas de Cristóbal Serra), si bien, aun dentro de ese subgénero, hay un abismo entre estos Aflorismos y obras tan impecables y capitales como, por ejemplo, los Apuntes, de Canetti. No se me objete que hacer comparaciones es de dudoso gusto, odioso o algo improcedente. Que junto a algunos excelentes ensayos del autor se hubieran añadido a modo de colofón estas notas no hubiera extrañado a nadie, pero entregarlas así, a palo seco, no le hace ningún favor a su reputación literaria. En vez del título, al que le reconozco el ingenio, tanto que quizás lo convierta en el único aforismo auténtico de todo el libro, el volumen debería habersi titulado algo así como Cuaderno de anotaciones marginales, o Excerpta de pensamientos volanderos, cualquier título que rebajara un poco las altas expectativas que, a modo de publicidad engañosa, nos ofrece la editorial. El prestigio de Castilla del Pino es enorme, y bien merecido, no sólo como psiquiatra, sino como ensayista e incluso como memorialista, de ahí que extrañe al lector experimentado el hecho de que nadie en la editorial Tusquets haya tenido la entereza suficiente para renunciar a la publicación del volumen tal y como se nos publicita. En cuanto a lo de las comparaciones, permítaseme la digresión, suelo siempre recordar las palabras de Valle-Inclán cuando fue preguntado en un diario gallego por qué escribía en castellano y había renunciado a hacerlo en gallego: “Triunfar en el dialecto es muy fácil. Yo he venido a luchar –cito de memoria- contra cinco siglos de una literatura incomparable”, y enumeraba una relación de autores que amedrentaría a cualquiera, si de compararse con ellos se tratara, o de intentar llegar a su altura literaria. Pero Valle no se arredró, como es notorio.
La lectura de Aflorismos me ha servido para constatar otra intuición propia acerca del género: que puede constituir,  acaso, un subgénero de la autobiografía, aunque, cuanto más contaminados estén los aforismos de autobiografía, menos pertenecen al género propio de los aforismos. Quien lea Aflorismos no podrá apartar de su mente la presencia constante del talante, del carácter, de la personalidad, tan fuerte, de su autor. En ocasiones incluso manifiesta humores poco correctos, no ya política, sino moralmente, como en el nº 583: Huyamos del estúpido. Después de aburrirnos nos deja irritados por no haberlo echado a patadas. Esta presencia dominante hace no poco antipática la lectura, porque hay mucha acritud en los aflorismos de Castilla del Pino, y demasiadas certezas, más de las que incluso el aforismo, que es dado a ellas, puede soportar. El lado bueno del libro es la honestidad del autor, que reconoce las limitaciones humanas de su carácter y el apego desmedido a sus convicciones hiperracionales, como manifiesta en una anotación como la 561: La decisión de incorporar a la persona amada a nuestra vida se hace en condiciones muy desfavorables, a saber, cuando estamos enamorados. Sin sentido, pues, de la realidad, la catástrofe es de esperar, salvo que el azar intervenga a nuestro favor y acertemos sin más. Que el libro es un fiel reflejo del autor es lo que lo acerca a la autobiografía, y no hubiera estado de más considerar Aflorismos como una Autobiografía quintaesenciada, pero como andan de moda los aforismos, ahí tenemos a los estudiantes de mercado sumando beneficios y restando imaginación editora. La experiencia profesional del autor ha sido fuente de muchas de sus anotaciones, aunque a veces sorprende que se deje arrastrar por la hiperracionalización que le sirve casi como arma protectora frente a la realidad, ¿cómo es posible, si no, la ingenuidad del nº 433: El suicidio es la expresión del dominio del sujeto sobre su destino final o la falta de rigor del 319 (por no mencionar el horrorosísimo uso de la enunciación con el imperativo inicial, tan ordinaria): Evitar el error del egocentrismo: uno se sitúa ilusoriamente en un lugar preferente dentro de su contexto, pero es un componente de él, como lo son todos los demás? En los ejemplos precedentes y en otros muchos, como el del nº 312: No hay causa que justifique una guerra. Aun cuando se gane, se pierde mucho más, o el nº 110: Es necesario transformar en habla lo que se piensa: ello obliga al orden, a la precisión, aunque se pierde lo que tiene de experiencia interior. El lenguaje es actuación, y la actuación, reducción. En algún momento hay que optar o por la precisión o por la vivencia, lo primero que se advierte es el prosaísmo, la falta de esprit, de ingenio, de chispa, de ángel (algo tan andaluz y que, paradójicamente, resulta del todo inaplicable a quien, sin embargo, es gaditano de nacimiento) que tienen estos aflorismos del Castilla del Pino, lo que más los convierte en una rígida lección moralista, que en una fiesta del intelecto, que es lo que suele esperarse de la lectura de un libro de aforismos. Mientras pasaba a máquina, para mi archivo personal, alguno de los aflorismos, me fallaron los dedos, o me asistió Hermes, y escribí Astilla del Pino… con perspicaz acierto, porque muchas de estas anotaciones están escritas para clavárselas al lector, más que para comunicárselas, como la nº 65: Quien no se ha hecho, mediada su existencia, una tabla coherente de preferencias y contrapreferencias está condenado a la desgracia, a la infelicidad.
                               En el otro platillo de la balanza está Polo de Medina, quien, hacia la mitad del camino de su vida, le hace caso ucrónico a Castilla del Pino y establece la tabla coherente de su moral, y se la dicta a Lelio, con unos primores de lenguaje y con una agudeza que constituyen un deleite para el que en modo alguno se necesita ni comentario ni subrayado. Me aparto, pues:
 Es la memoria los ojos de lo pasado

Ciencia de ignorantes llaman a la experiencia.

A sí nadie se conoce: de muy cercanas no se ven algunas cosas.

No adolezcas de apasionado de ti; importa que te averigües.

 Oráculos mudos que aderezan las facciones son los espejos. Espejos elocuentes que pulen las costumbres son los desengaños.

Al cáustico se le sufre lo que ofende por lo que sana.

Con el entendido ahorra muchas palabras la verdad, con el ignorante todas las razones se gastan.

Quien desiste en lo dudoso, acredita de cuerdo al ingenio; pero de cobarde al ánimo.

También es menester valor para después de haber vencido: también es menester vencer a las victorias.

Los méritos han de ser como el ámbar, que no lo huele quien lo lleva.
Cargo y oficios: yedra en el muro, que engalana y destruye.

Si ejecutas por lo que te persuaden, premias las razones, y no la razón.

En la cabeza aprieta la Corona. En las manos agravian sus puntas.


Sol que muere y chisme que nace, hacen las sombras mayores.

El traje de las verdades es andar desnudas.

Al árbol el exceso de fruto lo rompe.

Obrar de empeñado es hacer valiente la terquedad.

Lo que se ama no tiene espaldas.

Quien pudiendo no quiere, a dos vence.

Un deseo es más vehemente por resistido que por deseo.

Es la salud el pan de las felicidades, nada se come bien sin él.

[El uso de la sentencia en el discurso es] A la manera de quien mirando por breve resquicio ve dilatado campo.

El saber gasta tiempo. El silencio con que sube el árbol les desespera del fruto.

Ingenio sin prudencia, loco con espada.