Dos pinceladas de autoficción...
Ese que ahí veis, de gesto morrocotudo, mirada porfiada, jersey de ochos
y airada defensa de la inocencia está castigado en la clase de los
"mayores", y, a tanta distancia, lo que aún le sigue sorprendiendo a
quien lo ve como "otro" es que apareciera una máquina de fotos, ¡en
aquellos años en que ni había aparecido "el desarrollo"!, y él se
convirtiera en el objetivo del fotógrafo improvisado. Su hermano mayor tiene la
foto "oficial", sentado en la mesa del profesor, con un libro
abierto, con el mapa de España detrás y un globo terráqueo sobre la mesa; ese
que ahí veis, está sentado con rabia e impotencia, el mapa desenfocado le cae
de lado y solo parece tener ojos para imaginar la ficción de la imposible
venganza... Ese trasto escolar, ese
perillán, sin otro don que leer con corrección en aquellos años, en libros de
lectura con letra cursiva de autores con bigote y perilla, don que luego
no ejercería sino al llegar a los quince
años, se aferra a su indignación ante la
injusticia, porque ese enfado nos habla de la justa razón contrariada, y de su
contrario: la flagrante injusticia, convertida, para más inri en el hazmerreír
de los estudiantes mayores. No sé qué le pasaba por el magín a ese zascandil
herido, ni qué chispas de pedernal arrancaban los coscorrones que se dibujaban
en su coronilla con ritmo militar; esa imagen es algo así como un complicado
emblema de Alciato diseñado para inducir a equívoco, no para ilustrar una
virtud común. ¡Cuánto esfuerzo supondría trazar la línea cronológica por la que
aquel pedazo de pan mojado en inocentes hieles subversivas llegaría a escribir
un diccionario de casi ochocientas páginas rescatando un precioso léxico a
punto de ser arrumbado en la covachuela silenciosa, húmeda e inaccesible donde
se entierran sin mayor ceremonia de despedida las palabras que algún día
estuvieron en la lengua de los hablantes tan vivas como ahora él las rescata!
Pero así fue, y así lo cuento yo ahora, que veo a ese botarate a una distancia
de sesenta años, reconociéndome aún en ese empecinamiento, en esa testarudez,
en ese deseo impetuoso, en esa fiereza egocéntrica de quien tengo para mí que
ya intuía qué significaba eso de ser una provincia mayor que el mundo...
El aforismo que cuelga en su tablón de "flor de aforismos..." ( El mundo es solo una escuela de indagación. Lo importante no es quién llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras.) le viene a ese niño como anillo al dedo...
ResponderEliminar... Resutó un infatigable corredor de fondo efectuado bellísimos recorridos, ¡y los que aún le quedan por efectuar...!
... Dice el sabio que la meta está en el recorrido, y Ud. la pisa de continuo... Hermosa provincia la suya, mayor que el mundo, que sigo visitando y recorriendo con enorme agrado... Gracias
¡Qué fidelidad admirable, Juan Miguel! Repito que se distrae de mejores y más provechosas lecturas, pero Vd. sabe que tiene la palabra justa para conseguir escribir algo que esté a la altura de tan ilustrado lector. Cuidando de mi suegra (el día 22 hace 99), me complazco en imaginarme a tan avanzada edad aún empeñado en escribir algo que merezca la alegría... Un abrazo.
EliminarTu texto tiene un pulso muy reconocible: convierte una escena mínima -un castigo, una foto torcida, un mapa que cae de lado- en un origen cargado de sentido. La mirada del narrador adulto no idealiza al niño; lo observa con ironía y afecto a la vez, y esa mezcla dignifica sin endulzar: la indignación no queda como pataleta, sino como una intuición temprana de la injusticia.
ResponderEliminarAdemás, el léxico (“perillán”, “botarate”, “zascandil”) no es adorno: construye época y carácter, y sostiene esa prosa amplia, casi emblemática, que culmina muy bien en el salto hacia el futuro del diccionario y el rescate de palabras. Si acaso, en algún tramo la frase se alarga tanto que pide una pausa más marcada para que el lector respire, pero el conjunto mantiene una música potente y una imagen final especialmente lograda: “ser una provincia mayor que el mundo”.
Muchas gracias por la visita y por el análisis, y sí, estoy de acuerdo, me pierde la subordinación y el vuelo amplio de la frase. No llego al Everest de Claude Simon, que a menudo se extiende más de una página con la frase, pero sigo teniendo como una fijación su sentencia: la inteligencia es leer una página sin un solo punto y no perderse, más o menos, que cito de la memoria que ya voy dejando de tener. A veces pienso que compartir heteronimia con Dimas Mas es más una maldición que un beneficio, de ahí mi afición al aforismo, que no acaba de contrarrestar tan perniciosa influencia. Gracias y bienvenido, siéntase como en su casa.
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