sábado, 15 de julio de 2017

Primera serie de los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós (y II)





Un estilo, un pensamiento un mester: Galdós (y España) en sus textos.


Galdós es él en su tinta y en unos modos narrativos que crean adicción. En eso es extremadamente cervantino, aunque sin complicarse tanto la vida con los narradores, pero sí haciendo mil protestas sobre el carácter verídico de la narración de su personaje, Gabriel Araceli: Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero. Como son muchas las intervenciones del narrador en la historia, me he permitido escoger una de ellas que resume a la perfección  ese juego de verosimilitudes que pretende establecer Galdós a lo largo del relato. Hela aquí: [Gabriel le habla a su enamorada, Inés] Tú eres muy buena; pero es preciso confesar que tienes pocos alcances. Al fin eres mujer, y las mujeres… como no sea hacer calceta, y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa.  Inmediatamente después, como si le hubiera sobrevenido un arrepentimiento súbito, vuelve a dirigirse a los lectores: Lector: cuando leas esto te suplico que te despojes de toda benevolencia para conmigo. Sé justiciera e implacable, y ya que no me tienes, por ventaja mía, al alcance de tus honradas manos, descarga en el libro tu ira, arrójalo lejos de ti, pisotéalo, escúpelo… ¡ay!, pero no: él es inocente, déjalo, no lo maltrates, él no tiene la culpa de nada: su único crimen es haber recibido en sus irresponsables hojas lo que yo he querido poner en él, lo bueno y lo malo, lo plausible y lo irrisorio, lo patético y lo tonto que al escribir esta historia he ido sacando, escarbador infatigable, de los escombros de la vida. Si algo encuentras que me desfavorezca, tan mío es como lo que te parezca laudable. Ya habrás conocido que no quiero ser héroe de novela:  si hubiera querido idealizarme, fácil me habría sido conseguirlo, cuidando de encerrar con cien llaves todas mis flaquezas y necedades, para que solo quedasen a la vista del públic0 los hechos lisonjeros, adicionados con lindísimas invenciones, que en caso de apuro no me habrían de faltar. (…) Como prueba de mi modestia, no he vacilado en copiar el diálogo con Inés, que me favorece tan poco, atreviéndome a esperar que si el lector no me adorase romántico, podrá apreciarme sincero. Hagamos, pues, las paces y continuaré la narración en el mismo punto en que la dejé. ¿Funciona o no funciona, el método? ¡Impecable!, y más en aquellos albores del realismo novelística en España. Como los problemas dinásticos entre Fernando VII y sus padres, Carlos IV y María Luisa, son una de las principales causas tanto de la necesidad surgida del pueblo de luchar contra el supuesto “aliado” francés, devenido enseguida “invasor” -algo que desde el pueblo llano se vio con preclara lucidez, como la de Pacorro Chinitas: creo que somos unos archipámpanos si nos fiamos de Napoleón. Este hombre que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá ganitas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es España, cuando vea que los Reyes y los príncipes que la gobiernan andan a la greña como mozas del partido? Él dirá, y con razón: “Pues a esta gente me la como yo con tres regimientos”. Ya ha metido en España más de veinte mil hombres. Ya verás, ya verás, Gabrielillo, lo que te digo. Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros Reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros-, como, por otro lado, redactar una Constitución que hiciera algo tan revolucionario como decretar que la soberanía nacional reside en el pueblo y no en la monarquía, es evidente que las alusiones a la realidad política de aquellos años convulsos son constantes a lo largo de la novela. A este respecto, quiero recordar la existencia de un libro muy estimable del escritor francés de origen español, Michel de Catilla, Las lobas del Escorial, en el que los intelectores encontrarán una historia pormenorizada y con rasgos novelísticos, pero no una novela histórica, que conste, que les satisfará enormemente, me imagino. [Sobre ella escribí una breve semblanza aquí] Así, no es infrecuente encontrar quejas incluso de la aristocracia, crítica con el libertinaje de la reina y Godoy:  Parece que por su linda cara le han hecho primer ministro. Así andan las cosas de España: luego, hambre y más hambre… todo tan caro… la fiebre amarilla asolando a Andalucía. Está esto bonito, sí señor… ; pero un sencillo marinero saca esta desoladora conclusión de la aventura de Trafalgar: no quiero más batallas en la mar. El Rey paga mal, y después, si queda uno cojo o baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo. Parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven.  El hecho de que el narrador evoque su “salida” al mundo a los catorce años permite, no solo que hable de sí mismo como “un filósofo de catorce años”, sino que, desde su vejez, destaque, sobre todo, algo así como los momentos “fundacionales” de su personalidad, como cuando, antes de la batalla naval, se dice: en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra [Patria] significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; o como cuando, enterado de la existencia de un rival con quien quieren desposar a su “amita” y compañera de juegos, se descubre: la parte perversa de mi individuo me dominó un instante; en un instante también supe acallarla, acorralándola en el fondo de mi ser. ¿Podrán todos decir lo mismo?  Lo que le permite “encajar” la boda inevitable con un estoicismo impropio de la edad:  La resignación, renunciando a toda esperanza, es un consuelo parecido a la muerte, y por eso es un gran consuelo. Cada volumen tiene sus centros de interés que suponen un aliciente para diferentes clases de lectores. Después de Trafalgar, me encantó encontrarme con el mundo del teatro, o mejor deberíamos decir, con las miserias del teatro ( Llevar por las tardes una olla con restos de puchero. Mendrugos de pan y otros despojos de comida a don Luciano Francisco Comella, autor de comedias muy celebradas, el cual se moría de hambre en una cada de la calle de la Berenjena, en compañía de su hija, que era jorobada y le ayudaba en los trabajos dramáticos), aunque también se hable de actores y actrices de éxito, como la pareja que, adelantándose a no pocas películas, representa en escena el Otelo con la insana intención de acabar con la adúltera en la vida real, por ejemplo. Cuando por su gracia y luces naturales Gabriel va relacionándose con los grandes del mundo y se le encomia que él puede llegar muy lejos, a pesar de ser de tan baja cuna, se deja llevar por los delirios de grandeza y no duda en proclamar: lo primero que voy a disponer es que no haya pobres, que España no vuelva a unirse con Francia, y que en todas las plazuelas de España se fije el precio de los comestibles, para que los pobres compren todo muy barato; un “endiosamiento” transitorio y hasta cómico que deriva en una reflexión muy oportuna, entonces y ahora: ya habrá  observado el lector que, al suponerme amado por una mujer poderosa, mis primeras ideas versaron sobre mi engrandecimiento personal, y el ansia de adquirir honores y destinos. En esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los mismos. Lo que remacha, más adelante con otro juicio inapelable: cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas somos propensos a la fatuidad. Como prueba inequívoca de esa labor de rastreo documental, no quiero dejar de reflejar este fragmento del libro en el que se nos habla de las labores literarias de Fernando VII, de las que ni tenía noticia: - Quizás el pobre Fernandito no piensa más que en traducir sus libros… - Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque hablaba de no sé que revoluciones, y ahora está con otro: como no sea alguna endiablada tramoya para pescar el trono… Se refieren a la Historia de las Revoluciones de la República Romana, del abad René de Vertot que tradujo del francés el futuro Fernando VII. A lo largo de los episodios va dejando caer Galdós ciertas convicciones que conviene destacar, porque se refieren a hechos, como los motines, que se sabe cómo empiezan pero no los lodos que traen consigo: Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera y hasta si se ofrece golpear a algún desgraciado. (…) La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída [Godoy]. (…) Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, se cree omnipotente e inspirada por un astro divino, y después se atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un manubrio interior, manejado por manos más expertas que las del vulgo. (…) Era la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez. Del lado de lo anecdótico, sin embargo, caen datos como el que Araceli asistiera a una tertulia en el café Pombo, donde tendría su sede la tertulia plutónica de Ramón o la existencia de una calle, Tentenecios -en plural en el texto, en singular en la realidad- donde ubica una de las primeras logias masónicas que se crearon en España En realidad, la calle Tentenecio, en singular, cuenta la tradición que  debe su nombre a un milagro de Juan de Sahagún, quien con la expresion “¡Tente, necio!”, paró en seco a un toro que se había escapado…. Nada, pues, de nombre alusivo a la posible condición de los frecuentadores de la logia, como podría pensarse, dado el uso frecuente que hace Galdós de los nombres simbólicos. Muchos ejemplos, tras esta primera serie podrían aducirse del arte narrativo de don Benito, pero he escogido este en el que la sátira se prodiga con ese arte suyo tan especial para construirla. Se centra en la casa de los familiares de Inés, los Requejo, dos tenderos que la acogen para sacar un beneficio cuando la devuelvan a la aristócrata de quien ya saben ellos que es hija, y son representados como lo que son: el emblema de la avaricia: Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los ratones, para cuya persecución don Mauro tenía un gato de hierro, es decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos, que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera comido mucho: un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo: una codorniz hubiera echado la casa por la ventana: las flores cuestan caras, y además el agua… La fauna y la flora fueron por estas razones proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se recreaban en sí mismos. Tampoco faltan en esta Primera serie los “excéntricos”, cuando no perturbados mentales, en diferente grado. En este caso, sin salir del negocio de los Requejo, su empleado cubre a satisfacción esa cuota galdosiana que nos ha dado personajes tan entrañables como Mauricia la dura o Ido del Sagrario, por ejemplo:  Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con  la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Este Juan de Dios se enamora locamente de Inés y se convertirá en rival de Gabriel, por más que acabe siendo una rivalidad con algo más de cómica que de dramática. Son pocas las erratas que se han deslizado en el texto, aunque haylas. Dos de ellas quiero traerlas a colación, para desayunarnos tan ricamente dos preciosos gazapos: El Vierzo, tal cual, por El Bierzo y una expresión: “traje ligero y abigamado”, con una palabra que no logré encontrar en diccionario alguno de los muchos que atesoro, hasta que descubrí que se trataba de una errata, abigamado por ‘abigarrado’, cuyo uso escrupuloso me recordó un significado de abigarrado que había olvidado: “de varios colores y especialmente si están mal combinados”. Una errata corregida es una ignorancia vencida. El texto Galdosiano está lleno de usos lingüísticos cuya novedad sorprenderá a los intelectores en cuanto estos indaguen sobre su significado o su contexto. Tal es el caso del uso de tunantes en este contexto: al llegar al pueblo, la mayor parte de los prisioneros fueron distribuidos en varias casas. Los considerados tunantes que era preciso exterminar, fuimos conducidos a la parte alta de la casa del Ayuntamiento y encerrados separadamente. Si uno ve la definición de tunante en la RAE se queda a dos velas, pero si sigue el rastro de la etimología y  se va a tunar: “andar vagando en vida libre”, comienza a atar cabos del uso. Esos tunantes era a los que los franceses llamaron brigands, “bandoleros”, que luego volveríamos a adoptar, ‘brigante’, un concepto muy usado en el sainete, por ejemplo. De todo el volumen dedicado a las guerrillas, que daban para algo más que para aquella famosísima serie de bandoleros, en su tiempo, Curro Jiménez, un auténtico microcosmos en el que hasta por rencillas personales algunos cabecillas iluminados eran capaces de pasarse al enemigo, recojo este lúcido análisis que hace Galdós de aquel fenómeno: tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos.(…) La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no señor: es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta la Restauración. A ellos se debe la permanencia nacional, el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España, y esta seguridad vanagloriosa , pero justa que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. (…) Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y nuestra alma, son el espíritu, el genio, la historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje. Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, y nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. Pero donde Galdós se muestra más él mismo es en la sorprendente facilidad que exhibe para la creación de personajes de variadísimos caracteres y con sorprendes existencias. Así, la creación de un personaje como Lord Gray, del que tan excelente partido narrativo saca a través de la ambigüedad, nos deja el retrato de un inglés a través de quien creemos oír al propio Galdos, retratándose a sí mismo por vía de extrañamiento en otro ‘insular’ como él mismo lo es por nacimiento:  -No es lo mismo -dijo el inglés-. Yo conceptúo más compatriota mío a cualquier español, italiano, griego o francés que muestre aficiones iguales a las mías, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a ellos, que a un inglés áspero, seco y con un alma sorda a todo rumor que no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre. ¿Qué me importa que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemos él y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido en un mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos hay distancias más enormes que las que separan un polo de otro? Un personaje vitalista, aventurero y racionalista de quien llaman la atención estas dos afirmaciones: La materia vivificada por el amor es sin duda lo mejor que existe después del espíritu, que es una suerte de romanticismo materialista, y  ¡Viva lo imposible! El placer de acometerlo es el único placer real, que parece un eslogan del Mayo del 68 del siglo pasado. Cerremos, en todo caso, esta recopilación de highlights de esta Primera serie con un elogio de la que parece haber querido destacar con su escritura don Benito: Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana (…) Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas, reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada. Con todo, la guerra contra el francés no fue sino el preludio de una guerra civil que se libraría entre absolutistas y liberales, que ya se anunciaba incluso en el lema de El Semanario Patriótico: La opinión pública es mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados.

miércoles, 12 de julio de 2017

Primera serie de "Los episodios nacionales", de Benito Pérez Galdós (I).


Volver a Galdós, volver a casa… o el compromiso en vías de gozoso cumplimiento.


Galdós -¡qué poca justicia le hace, en catalán, su segundo apellido, primero en el conocimiento popular de su persona!- nunca fue un autor, otro, del programa de la carrera de Filología Hispánica que cursé, ni tampoco un autor más de esa larga nómina de ellos en cuyas páginas he construido buena parte de mi propia autobiografía; no, Galdós ocupa un lugar aparte y está tan unido a mi vida que, si tuviera que recrearla, quizás ocupara uno de los más extensos capítulos. Galdós no es un escritor, Galdós es una literatura. Y algo de eso debió de intuir Valle- Inclán, otro hermoso capítulo de mi propia vida, cuando quiso denigrarlo con aquel mote, garbancero, que, en realidad, lo honraba, en la medida en que el garbanzo (recordemos, de paso, que Cicerón procede de cicer, “garbanzo”) viene a ser algo así como el epítome de lo popular, de la raíz fundacional del pueblo llano. De eso tratan los Episodios nacionales: del ser íntimo de un pueblo a través de una historia compleja y desconcertante. Quien lleva Misericordia, y sobre todo a Benina, en el corazón, sabe de lo que hablo cuando digo que quizás ningún otro escritor español haya sabido crear vida tan mágica y persuasivamente como lo hizo Benito Pérez Galdós. Si alguien cree que exagero, váyase, a paso ligero, al ensayo que le dedicó María Zambrano, La España de Galdós, y saldrá de toda duda. Si los incrédulos no tienen bastante, vayan, entonces a Montesinos o a Gullón, quienes lo ilustrarán con el catálogo de las virtudes cervantinas de ese incomparable demiurgo de seres mucho más vivos que los que nos rodean en nuestras anodinas vidas cotidianas. No voy a cometer la descortesía de elaborar una nómina de los personajes galdosianos, desde Isidora Rufete hasta Mauricia la dura, pasando por Nazarín o el cesante Villaamil de Miau, escogidos al azar de los nombres que se imponen sin hacer esfuerzo alguno de memoria. Todos los intelectores tenemos autores en los que nos instalamos como quien lo hace en su propia casa. Para mí, Galdós es el primero, Recientemente, de unos años acá, he descubierto una casa muy diferente, pero en la que me encuentro muy cómodo: Georges Simenon, de quien jamás hubiera imaginado que tuviera tan extraordinaria y amena hospitalidad. Durante mi ajetreada vida laboral y creadora, siempre tuve claro que Los episodios nacionales no podían ser leídos a salto de mata, sino, como acaso a su autor le hubiera gustado que se hiciera: de un tirón. Y en esas estoy ahora que no tengo “más tiempo”, pero sí idéntica determinación a aquella que me empujaba ir de La de Bringas -la primera novela cinética de nuestra literatura- a La desheredada o de El amigo Manso a Fortunata y Jacinta -¡una obra que justifica una vida de escritor!- con una pasión que ahora rememoro y renuevo en la lectura de este monumento incomparable de nuestras letras que son Los episodios nacionales. Lo mejor que puedo decir de ellos es que son ejemplar e inequívocamente galdosianos, en el bien entendido de que, enseguida, ya, me explayo sobre la tautología, que solo lo es en apariencia, porque Galdós da nombre a un modo de novelar que, aun teniendo fuerte ascendencia sobre escritores posteriores, es inequívocamente singular y de difícil imitación, salvo las chapuceras y, por ello mismo, insignificantes. Todo lo que me enamoró del arte narrativo galdosiano, con lo que disfruté novela tras novela, con sus muchísimas virtudes y sus candorosos defectos, lo he vuelto a encontrar en estos Episodios nacionales cuya Primera serie acabo de concluir, henchido del mismo gozo que hace cuarenta y treinta años atrás, y sobrecogido por la admiración espontánea con que contemplo la creación de una obra de naturaleza titánica. Si novelas como La desheradada o Fortunata y Jacinta bastan para consagrar a un autor y permitirle vivir de las rentas creativas de tales monumentos, ¿qué habremos de decir, entonces, de estas series de novelas cuyo simple esfuerzo físico de escritura se me antoja propio de naturalezas de otro mundo? Galdós, sin embargo, no trabajaba ex nihilo, sino a partir de datos contrastados, fehacientes, que le permiten, en este caso, añadir rigor histórico a su imaginación feraz. Sí, hay mucho de periodismo de investigación en esta obra, y ello, además, hecho cuando las dificultades para encontrar la información disuadía al más valiente entre los valientes de pasar interminables hora en bibliotecas y hemerotecas a la apasionante búsqueda de esos datos rigurosos e irrefutables. Quienes estamos habituados al prodigio de Internet, quienes hasta hemos sido capaces de hacer un edición crítica, como la mía de La carta de Paracuellos, sin pisar otra biblioteca que la digitalizada por Google, nos hacemos cargo de aquella sobrehumana carga que debió de suponerle al autor semejante investigación, muy apreciable a lo largo de todas las novelas de esta Primera serie, empezando por la precisa descripción de la batalla de Trafalgar y acabando por la no menos minuciosa de la batalla de los Arapiles, al ladito de Salamanca. En esta Primera serie hay dos episodios, Zaragoza y Gerona, sobre todo este último, en el que hasta he hallado ecos anacrónicos de La peste, de Camus, dos episodios que nadie debería dejar de leer, aunque reconozco que quizás una lectura aislada les prive de un contexto que refuerza su sentido hasta lograr la excelencia de la que ambos participan. El fragmento, por ejemplo, de la lucha de los famélicos personajes por atrapar una rata gigantesca, a la que bautizan Napoleón, porque parecía dirigir el ejército de ellas que disputaban a los habitantes de la ciudad los escasísimos víveres que quedan tras los repetidos sitios de los invasores franceses, logra estremecer como si se tratara de una novela de terror propiamente dicha, y algo de ese terror hay en las pasiones desatadas por el hombre, en sus dementes alucinaciones, en el egoísmo primario de a quienes azuza -¡poderoso resorte!- la tiranía insaciable del hambre. Ese recorrido histórico lo va a hacer el intelector, en esta Primera serie, de la mano del viejo Gabriel Araceli, de 82 años, quien recuerda, con admirable exactitud, su peripecia vital desde los 14 años hasta su boda con Inés, hija de una aristócrata y de un plebeyo, cuya historia folletinesca es el meollo narrativo de este serie. Los lances de las vidas cruzadas de ambos enamorados, Inés y Gabriel, es mantenida por Galdós con exultante oficio a lo largo de la serie. El componente militar o bélico, porque las partidas de guerrilleros difícilmente se ajustan al concepto de milicia regular, no solo ocupa el lugar de honor que le toca, sino que, por lo general, toda la galería de “tipos” y personalidades que van apareciendo, le sirve a Galdós para trazar esa radiografía del país que se nos muestra como el verdadero retrato de España y de los españoles, ajenos, aquella y estos, a los nacionalismos terruñeros que florecerán a partir de la Gloriosa, al socaire del republicanismo federal de Pi i Margall. No es fácil verse reflejado en el espejo que Galdós ha puesto a lo largo del camino que recorre buena parte de la geografía patria, y menos aún hurtar el bulto para creer que nada tiene que ver con nosotros. La técnica de estas novelas es la del folletín, un género que tiene su origen en el francés Sue, con posterioridad a la Revolución francesa, y que conoció un éxito continental sin precedentes; un género que, para bien o para mal, condicionó la relación de los escritores con su público. Y en esa relación hemos de ver la profunda naturaleza dialéctica del género popular por excelencia, porque el narrador establecerá una ligazón casi sentimental con los públicos a los que se dirige. Son numerosos los diálogos que establece con sus lectores, no solo cumpliendo el sagrado requisito de la ley fática de la comunicación, sino, muy a menudo, pidiendo disculpas por esta o aquella decisión narrativa, por suspender el relato y ocuparse de otros asuntos, para evidenciar la profunda verdad de cuanto narra, usando muy a menudo el recurso a la apelación a su propia vivencia personal para negar que lo ocurrido, a veces muy novelesco, sea obra de ficción y no autobiografía verídica por los cuatro cotados… Ese arte de la relación del narrador con su público lo cultiva Galdós con una espontaneidad a la que ni siquiera desmiente una prosa algo lastrada por la retórica lógica de quien va buscando “volver a novelar” desde los presupuestos estéticos del realismo como algo verdaderamente “nuevo” en el panorama literario español. Galdós no es el padre de nuestro realismo, pero sí el autor en el que realidad y vida se han entrelazado en más feliz maridaje. ¡Cómo voy a pretender, a estas alturas filológicas, descubrir las infinitas virtudes del gran patriarca de la novelística española! Del mismo modo, tampoco tiene sentido que me ponga a enumerar los defectos, sobre todo estilísticos, de aquel genio creador. Me limitaré a corroborar lo que es historia emocionada de este intelector galdosiano: en ningún otro autor de nuestra novelística se experimenta, incluso por los caminos torcidos de su peculiar estilo, una sensación de vida auténtica tan intensa como en presencia de esos personajes que parecen vivir de forma independiente de su autor: esa es la gran lección cervantina que Galdós, aplicadísimo discípulo, aprendió de coro. En los Episodios hay personajes ficticios y reales, pero tanto unos como otros compiten en igualdad de condiciones por imponer a los intelectores la sensación de que no están leyendo, sino formando parte de la escena, porque, digámoslo ya, Galdós fue el inventor de esas gafas de la realidad virtual que permiten a quien se las coloca sentirse parte viva de lo que contempla. Así son los Episodios de esta Primera serie. Y así son sus personajes, de todo tipo y condición. Lo de “fresco histórico” se queda chico, menguado, parvo, refiriéndonos a los Episodios nacionales, y habríamos de inventar u otra expresión, como la sobada del “viaje en la máquina del tiempo” o inventar un nuevo género que tuviera como hitos fundacionales a Heródoto y a Homero o a Tácito y Apuleyo. Dejo para quien tenga crédito, saberes y experiencia, la explotación de la veta cinematográfica innegable en la que, también anacrónicamente, parece haberse alimentado don Benito, porque, ahora que tan de moda están las series episódicas televisivas, ¿quién podría dudar de que no la hay mejor que estos Episodios nacionales? Sin haber visto más que fragmentos inconexos, pero disuasorios hasta el hastío, ¡cómo puede nadie concebir que Juego de tronos sea capaz de competir con esta obra! Solo de pensar que en la novelística usamericana hubiera una obra como esta, me entran gozos inenarrables de simplemente imaginar lo que los cineastas de aquel país hubieran sido capaces de hacer con ella. Dicho de otro modo, mientras se le presta atención y dineros a una pueril e insulsa ordinariez como El ministerio del tiempo, ahí están, con sus tesoros intactos, estos Episodios nacionales que, bien llevados a la pequeña pantalla, se convertirían en un éxito de audiencia que ríanse los mediocres y estereotipados Alcántara del incomprensible suyo. Y ahí lo dejo. Hay, como no podía ser de otro modo, una lectura política de los Episodios que debe hacerse, como la expone Araceli, con la prudencia y la perplejidad de quien se ve superado por esas circunstancias y advierte que la irracionalidad y “lo que se ha de hacer” van muy a menudo de la mano. En esta serie prácticamente todo se centra en la lucha “contra el francés” y en defensa de la patria, pero Galdós discrimina con finas maneras cuanta barbarie hubo en tan loable gesta y cuanta racionalidad, acaso equivocadamente aplicada, hubo entre los afrancesados y sus no menos loables intentos de modernizar el viejo país estamental que se sumiría, con la vuelta, ¡nada menos que de “el deseado”!, en la década ominosa que fue uno de los más terribles e insufribles periodos negros de nuestra Historia. Galdós, con sano criterio narrativo, e imbuido de su misión superior de “ilustrar” -perfundet omnia luce- a los españoles de su época turbulenta sobre las exactas raíces de ese presente, reparte mucho juego entre todas las naturalezas humanas y sus expresiones ideológicas, religiosas y políticas, de modo que muy difícilmente pierde en ningún momento el narrador, Araceli, a pesar de ser parte interesada, su magna condición de cronista pretendidamente imparcial. En buena medida ello se debe a la meritoria capacidad galdosiana de empatizar con sus criaturas, de insuflarles, a través de sus dichos y sus hechos, una vida que, como ya he dicho anteriormente, pero no me canso de repetirlo, es más intensa vida que la propia de quien la lee. Ha de sorprender, dada cierta tendencia galdosiana a los modos retóricos propios de su siglo, un estilo “campanudo” y casi postbarroco, afectado, y más henchido de palabras que de emociones auténticas; ha de sorprender, digo, teniendo en cuenta esos antecedentes,  una de las principales virtudes literarias de Galdós: su finísimo oído para las expresiones y modulaciones del registro coloquial, de cuyas expresiones él tomaba buena nota en los “apuntes del natural” que solía tomar de allá de donde lo necesitase para ser fiel al tesoro vivo de la lengua hablada, con sus tiernos disparates y deturpaciones y, sobre todo, con sus maravillosos hallazgos de todo tipo: líricos, cómicos, emocionales, conceptuales y aun hasta metafísicos… Esa expresión popular, fidedignamente captada, es, bien lo saben todos los hispanófilos del mundo, uno de los principales, si no “el” principal rasgo de identidad de nuestra literatura. Desde las Coplas de la Panadera y el Corbacho, pasando por la picaresca o la tradición liricomágica del sainete (Quintero, Arniches, Muñoz Seca…) hasta El Jarama, de Ferlosio, el registro coloquial del castellano ha construido una manera de ser de nuestra literatura que, guste o no, nos ha acabado definiendo, ese architípico “realismo” -nada que ver, por suerte, con el “realismo socialista”!-, del que se quiere establecer como prototipo el Don Quijote de Cervantes, pero cuyos antecedentes, ahí está La Celestina, de Rojas, lo impiden. Galdós viene de ahí, de ese mundo de las clases populares que han creado nuestra lengua, que, como es obvio, para cualquier lengua, la siguen creando, y él es el registrador de la propiedad léxica y sintáctica más exigente que podemos concebir, un fedatario que da fe de sus buenas obras a lo largo de los cinco volúmenes de esta Primera serie que he leído casi en un suspiro, atento a tantos planos narrativos, históricos, sociológicos, psicológicos, lingüísticos, etc., que mis gozos se multiplicaban al ritmo infernal de los subrayados con que he ido ensuciando la bellísima edición ilustrada de Espasa que permite disponer de una información complementaria, rigurosa y amena a partes iguales, para acabar de conocer perfectamente el periodo histórico del que nos hablan los diferentes episodios. En su momento, me propuse ir coleccionando los cuarenta y seis volúmenes de la edición de Alianza Editorial para, llegado el momento actual, leerlos; pero habiéndome quedado a más de medio camino para completar la colección, decidí comprar en el quiosco -¡literatura popular y folletinesca!- esta magna edición insuperable de los Episodios, publicada en 2008, y uno de los desembolsos bibliográficos que más gustosamente he hecho en mi vida, y, ahora, después de nueve años, ¡cómo agradezco el tamaño de la letra, la comodidad de la encuadernación, la calidad del papel y, sobre todo, el diseño de la edición con esa bendita información complementaria, además de la riqueza fantástica de las ilustraciones que sorprenden al intelector a cada paso de su aventura. No quiero abrumar a los escasísimos y sufridos aventureros de textos ajenos que a veces extravían sus pasos por este Diario, porque no tendría perdón ni de Galdós ni de Simenon, y prometo enmendarme para las series sucesivas. Ahora bien, cuando tras tanto tiempo uno vuelve a casa, a su casa, a su hogar, le gusta recorrer morosamente esos espacios que le devuelven poliédricas imágenes de sí mismo, ni todas reconocibles  ni todas aceptables, pero todas ellas verdaderas como la ley de la gravedad y fieles y exactas crónicas de la más intensa de las felicidades intelectoras.
P.S. Dejo para de aquí a pocos días la elaboración de un muestrario con los ejemplos extraídos de la lectura de esta Primera serie que justifican mi felicidad intelectora.

lunes, 3 de julio de 2017

"Telón de boca", de Juan Goytisolo: Las penúltimas palabras antes del mutis definitivo:















Entre la autoficción sin máscara y la autobiografía sin pulso, Goytisolo se planta tembloroso ante el umbral del no ser con un texto emocionado que nada añade a su obra: Telón de boca o la última identificación heterodoxa del huyente: Tolstoi, y su muerte en fuga.

Incitado por un amigo y por la lectura de una crítica elogiosa de Senabre, quise honrar la memoria de Juan Goytisolo con la lectura de una obra, Telón de boca, que, sin añadir nada a su obra, ni a la de ficción ni a la autobiográfica, supone sin embargo, una reflexión del escritor ante su deterioro personal y ante la inminencia de su final que recoge algunos de los temas principales de su obra, con el añadido de su relación con Monique Lange, levemente radiografiada en estas páginas como un retrato trazado en imágenes por Eric Rohmer. Se trata de una despedida escrita desde el desengaño y sabiéndose ya, como se define en el propio libro -un texto breve, casi un esbozo de lo que una despedida así hubiera podido dar de si escrita en mejores condiciones físicas y mentales-, un ser sin existencia, una ficción, una sombra. La visión apocalíptica de nuestro mundo, de todos los mundos que hay en este, va de la mano de la asunción del deterioro físico propio y de la renuncia a seguir contribuyendo a la edificación del absurdo, de la nada, del horror. Telón de boca es el libro del pasmo, de la admiración ante el misterio profundo al que esta dispuesto a llegar inmediatamente el autor. Leído el libro tras haber leído el artículo de El País sobre las penurias de sus postrimerías se entiende mejor esa pulsación suicida que habita en sus páginas, ese querer emular al Tolstói que buscando un idealizado Cáucaso, pereció en una solitaria estación de tren; del mismo modo que él sueña con perderse en el alto Atlas, solo, inerme, desnudo, indefenso, entregado: abandonado a una naturaleza de la que su dedicación intelectual lo apartó. Esa herida late en el libro desde el epígrafe, de Tolstói, con el que lo abre: El cardo magullado que vi en medio del campo me trajo a la memoria esta muerte. El recuerdo de sus lecturas, de su convivencia familiar, de su matrimonio con Monique y de su separación... lo llevan a una evocación que se pierde en el desengaño radical ante el rumbo torcido del universo mundo: "Convéncete de una vez: no hay persona, familia, linaje, nación, doctrina ni Estado que no funden sus pretensiones de legitimidad en una flagrante impostura. Quienes incendian bibliotecas a fin de borrar huellas molestas ignoran que los manuscritos quemados eran también espurios. El mayor enemigo de la mentira no es la verdad: es otra mentira". Por ello, sin duda, es por lo que se lanza a ese diálogo puro de postrimerías que mantiene con el Supremo Hacedor, un recurso habitual en este tipo de textos en los que quien escribe ve dibujarse en el aire la caída de la flecha de la vida que se dispara, al decir de Heráclito, cuando nacemos, merced a aquella deliberada confusión etimológica del de Éfeso entre el arco y la vida. Recuerdo, sin ir más lejos, un texto estremecido de Eugene Ionesco, Dios mío, haz que crea en ti, que bien podemos poner en relación con este ejercicio último de ficción funambulesca de Goytisolo. Pero de la misma manera podríamos referirnos a El Cristo de Velázquez de Unamuno, por ejemplo, o a Ángel fieramente humano, de Blas de Otero. Sorprende en un autor hipercrítico, heterodoxo y de tanto pretendido vuelo conceptual que aparezca el Gran Demiurgo manejando tópicos y poniendo del revés una imagen superada de lo divino sin apenas un ápice del reconocido espíritu transgresor, del que ha hecho más gala que obra, aunque algunas de las suyas lo alcanzan en grado sumo, como la Reivindicación del conde don Julián y, sobre el resto de su obra, y con diferencia, en sus dos volúmenes de memorias: Coto vedado y En los reinos de Taifa. Como es habitual en la mayoría de su obra, y dejando al lado su incapacidad para la ironía crítica al estilo barroco, apenas hay ni un rastro de humor ni cordialidad en esta presencia ante la ausencia, en esta comparecencia ante el telón de boca que, abierto, lo absorberá en una obra, la del más allá, en la que parece que haya de entrar con ciertos resortes de la maquinaria barroca de los autos sacramentales, a juzgar por el diálogo con el Ser de Seres. Como son varias las evocaciones de su vida que acoge en este librito, desde la ausencia de la madre hasta su responsabilidad como padre adoptivo, pasando por su matrimonio o su labor como debelador de la injusticia, la explotación y la marginación, cada cual se quedará con la parte que más de cerca le toque, me imagino. En mi caso he seguido con notable interés la descripción de su unión con Monique Lange y de su distanciamiento, hasta la separación final; porque su vida de pareja se asemeja, en sus hábitos, en sus costumbres, en sus aficiones, a la de cuantos hemos hecho de la dedicación intelectora un pilar de nuestras vidas. Juan Goytisolo no es un autor por quien se sienta ni admiración ni empatía, antes bien lo contrario, aunque reconozco su fecundo magisterio en mis años de formación, y él ha dado muestras sobradas a lo largo del tiempo de jugar siempre a la contra, sin importarle que alguna vez se le pudieran volver en su contra las diatribas con que nos ha relegado desde la privilegiada tribuna de Opinión de El País, por ejemplo. Desde esa perspectiva es desde la que me pregunto: ¿qué sentido tiene este librito compuesto de retales?, ¿qué añade a su obra, para convertirlo en una lectura imprescindible?, ¿qué nos descubre, al margen de su fragilidad, su convicción de la desaparición inmediata y su desengaño sin paliativo alguno?, ¿qué añade estilísticamente a su consolidado estilo? "Nada" es la respuesta que cuadra a cada una de las preguntas, a esas y a otras que nos podríamos legítimamente formular, como lectores habituales de su obra. Y, sin embargo, tras haber leído el libro dos veces consecutivas, confieso que hay en él un pálpito de vida estremecida, una "debilidad", como quizás nunca antes haya manifestado Goytisolo en sus obras, perdido como ha estado en la conceptualización del deseo, del cuerpo, de la marginación, de esa microfísica del poder que él analizó con tanto detalle; hay, ya digo, una "flaqueza", un cierto "temor", que lo humaniza en lo que de común tiene con todos los mortales: el respeto al momento de franquear el umbral de lo desconocido, la pérdida de confianza en el propio cuerpo y lo que el corazón, con sus sobresaltos de madrugada, nos permita vivir. Al final, emerge la persona frente al personaje -¡ese maldito tan pacientemente elaborado, con tanto mimo!-, y, como dice en el medio del camino de su agonía: Su escritura no sembraba pistas sino que borraba huellas: él no era la suma de sus libros sino la resta de ellos. Faltaba únicamente el finiquito y no tardaría en llegar. Larache, Genet, Goytisolo. Estación término.

miércoles, 28 de junio de 2017

Novena, y última, noticia de la “Obras Completas” de Platón: “Las Leyes o de la legislación”.






Del “nomos” al “ethos”: la fundamentación metafísica de la política o el viejo sueño de la ciudad ideal, esto es, la sociedad del conocimiento o la frustrada aspiración legisladora de Platón.



La última obra de Platón, sobre la que los especialistas coinciden en que se trata de un borrador avanzado, no de una obra definitiva, enlaza con las tesis defendidas por Platón en su libro La república, del que el presente podría considerarse no tanto una continuación cuanto una concreción normativa, sin que ello implique que nos hallemos exclusivamente ante un código civil, porque, por ejemplo, dedica los cinco primeros libros a una discusión sobre la naturaleza de las leyes, su origen, etc., y porque, como dice hacia el final de la obra: el verdadero deber del legislador es no limitarse a escribir leyes, sino, además de las leyes, dar por escrito, entremezclándola con el tejido mismo que forman las leyes, su opinión sobre todo lo que él estima honesto o deshonesto; y esas opiniones o consejos deben atar al perfecto ciudadano tan estrictamente como las sanciones con que las leyes refuerzan sus prescripciones; y de ahí el propósito ético y cívico de este libro de Leyes que tiene más de tratado utópico que, propiamente, de corpus jurídico.  Como Francisco Samaranch nos avisa oportunamente en el prólogo, a propósito del carácter utópico del ideal republicano de Platón, la Edad de oro no es para Platón la edad perfecta: es edad de una inocencia natural, sin mérito alguno; solo la aspiración a la sabiduría y el ejercicio de la filosofía pueden elevar a esta sociedad por encima de su nativa simplicidad, un tanto necia, y ese será el objetivo tanto de La república, como de Las leyes, aspirar al logro de la polis perfecta, o lo más perfecta posible, porque tampoco Platón era tan ingenuo como para creer que su plan de ciudad ideal pudiera instaurarse con suma facilidad. De hecho, el concepto “nomos” no puede traducirse directamente por “ley”, tal y como nosotros la entendemos, desde el Derecho romano para acá, sino que ese concepto tiene una amplitud que abarca lo que nosotros conocemos como derecho consuetudinario, esto es, los usos y costumbres aceptados por la sociedad. Eso se advierte fácilmente hacia el final de la obra, cuando Platón se embarca en una casuística legal sobre, por ejemplo, los derechos testamentarios o las penas que merecen los actos de violencia intrafamiliar, una lectura que sorprenderá a cuantos piensen que decir Platón es poco menos que decir abstracción, porque la mejor recompensa de este libro, Las leyes, es que se trata de lo que podríamos considerar como  un tratado sociológico, si nos atenemos a la crítica social que permea todo el texto y también como una suerte de estudio constitucional comparado, porque constantemente se oponen diferentes maneras de entender la constitución y las leyes en Esparta, cuya constitución fue establecida por Licurgo;  en Creta, cuya constitución fue establecida por Minos, inspirado directamente por Zeus, y en Atenas, cuya constitución vigente, en tiempos de Platón, era la que había sido dictada por Solón. Se trata, pues, de una obra ambiciosa que trasciende, como suele ser habitual en los Diálogos, el tema central para desparramarse dialécticamente en digresiones que atienden a esa manera de progresar en espiral que tienen los diálogos platónicos: vamos allegando noticias y saberes que aparentemente tienen poco que ver con el tema central  pero que luego acaban siendo sustanciales para poder persuadirnos de la bondad del razonamiento seguido por, habitualmente, Sócrates o, como en este caso, un ateniense anónimo que parece hablar en representación de la ciudad. La primera objeción del ateniense a las otras constituciones es que parecen haber sido dictadas teniendo la guerra y el valor como inspiradores primeros de las normas (según la tesis que vosotros defendéis, el buen legislador debe ordenar todas las disposiciones en relación con la guerra; yo, en cambio, sostenía todo lo contrario, a saber: que esto era pedir se legislara en función de una sola de las cuatro virtudes, siendo así que hay que tenerlas presentes todas, y principal y primeramente aquella que domina el conjunto total de la virtud, es decir, la sabiduría, la inteligencia, la opinión, con sus secuencias de pasión y deseo. (…) Cuando el alma se opone al saber, a la opinión, a la razón, que son naturalmente los elementos que la deben gobernar, llamo a este estado inconsciencia. (…) La más bella y la mayor de las armonías será con justicia la mayor sabiduría de la que participa el hombre que vive de acuerdo con la razón); la guerra, pues, como una realidad que determina la vida en su conjunto para hacer frente a esa pavorosa amenaza; mientras que la república platónica emana sus normas de la paz, de la convivencia, porque, a su parecer, el mayor bien no se halla ni en la guerra ni en la revolución (hay que rechazar de nuestros deseos la necesidad de recurrir a ello); está a la vez en la paz y en la mutua benevolencia. Incluso diré que, para una ciudad, el hecho de vencerse a sí misma no es, a mi modo de ver, un ideal, sino una necesidad. Enseguida reconoce los méritos de unas leyes como las espartanas caracterizadas por su austeridad y por su predisposición a la educación en la adversidad para saber estar a la altura de las circunstancias en tiempos de crisis, penalidades y enfrentamiento; pero advierte también que si uno se fortalece en la entrega a los padecimientos, igual debería poder fortalecerse contra los placeres entregándose a ellos: vosotros sois los únicos, entre los griegos y entre los bárbaros que conocemos, a quienes vuestro legislador ha mandado abstenerse de los placeres y los juegos más atractivos, así como no gustarlos. Mientras que, en lo que se refiere a los sufrimientos y los temores de que hablábamos hace bien poco, ha juzgado que huirlos o esquivarlos por completo sería exponerse a que, una vez delante de las penalidades, los temores y los sufrimientos inevitables, los ciudadanos huyeran de aquellos que se hubieran ejercitado en ellos y vinieran a ser los esclavos de esas gentes. Esta misma idea, creo yo, debería habérsele ocurrido al legislador también acerca de los placeres; debería haberse dicho que si nuestros conciudadanos se habitúan desde su juventud a la ignorancia de los mayores placeres, si no se ejercitan en resistir a los placeres con que se topen y a no hacer nada vergonzoso pese a ello, como consecuencia de la inclinación que los lleva al deleite, experimentarán la misma suerte que los que se dejan dominar por el miedo: serán esclavos de una manera distinta, pero aún más vergonzosa, de los que son capaces de mantenerse fuertes en medio de los deleites y que son maestros en el arte de hacer uso de ellos, hombres en muchos casos perversos; su alma será libre en un aspecto, pero esclava en otro, y no podrán ser llamados sin reserva hombres valerosos y libres. Pensad si en lo que acabo de decir hay algo de razonable. Todo ello viene a cuento, por cierto, de la discrepancia entre el ateniense y sus interlocutores, el cretense Clinias y el lacedemonio Megilo, respecto de su posición ante el vino, un placer nefasto, para ambos, y un placer inigualable para el ateniense, quien lo defiende como un elemento capital del simposio, una institución de carácter más educativo que festivo, al entender de Platón. No es extraño, pues, que la discusión entre los tres griegos derive enseguida a uno de los temas centrales de la filosofía platónica, la paideia, la educación, porque del mismo modo que no hay polis sin leyes, tampoco hay sociedad sin educación. En ese aspecto fundamental de cualquier república se entra con la aceptación humilde de un prudente reconocimiento: Mucho me parece, extranjeros, que las constituciones difícilmente pueden ser en la práctica tan indiscutibles como en teoría. Partimos, pues, de un terreno perfectamente roturado y sembrado a lo largo de los Diálogos: la importancia decisiva de la formación desde la más temprana edad (No es conveniente, en efecto mucho sueño, y ello por ley de la Naturaleza. (…) Apenas vuelva la luz del día, es necesario que los niños vayan a la escuela. Pues ni las ovejas ni otra clase alguna de ganado pueden vivir sin pastor; tampoco es posible que lo hagan los niños sin pedagogo ni los esclavos sin dueño. (…) En las letras deben esforzarse lo suficiente como para ser capaces de escribir y leer; en cambio, el conseguir, durante este número fijo de años, una rapidez o una elegancia perfectas, en niños cuya naturaleza no siempre será precoz, es un cuidado que hay que dejar de lado), y ello, porque como ya estableció Platón en La república, la vida de los moradores de la polis está en no poco grado al servicio de la misma:  obligaremos a que se haga instruir todo el mundo y en la medida de lo posible, porque pertenecen a la ciudad más aún que a sus padres. De hecho, incluso hasta el matrimonio debe considerarse en función de las necesidades de la poli más que del propio gusto. El espartano Megilo, a quien esa “posesión” estatal sobre el individuo le suena a gloria celestial, entiende a la perfección la objeción de Sócrates a estructurar toda la vida social en torno al hecho de la preparación para la guerra: Me parece que lo que afirmas es que no hay que pedir insistentemente que todo se haga conforme a nuestros deseos, sin que además nuestros deseos se acomoden a nuestra recta razón; y lo que una ciudad y cada uno de nosotros ha de implorar en sus plegarias es esto: ser razonable. Esa racionalidad es el quid de la cuestión, la médula del hueso del esqueleto que sostiene la encarnación de la teoría social platónica, la virtud por excelencia, ese Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos… que ha de irse ampliando a todos los ciudadanos, a través de la educación rigurosa, para conseguir la ciudad ideal. Destaca, en ese plano educativo, además, la necesidad de la enseñanza de las matemáticas, porque tanto para la vida familiar como para la vida pública y todas las actividades, ninguna rama de la educación ofrece tantas ventajas para los niños como la ciencia de los números; y la principal de esas ventajas es la capacidad que tiene de despertar al que está dormido en su ignorancia y su falta de curiosidad y de darle capacidad de asimilación, memoria, agudeza mental, y lo hace progresar hasta superarse a sí mismo, gracias a esta arte divina.  De hecho, como repite en lo que podemos considerar el pórtico de la obra, el Libro I:  todo aquel que algún día quiera sobresalir en algo, sea lo que sea, debe ejercitarse en ello desde su niñez, hallando a la vez su entretenimiento y su ocupación seria en todo aquello que se relaciona con su objeto. (…) Lo esencial de la educación consiste en la formación regular que por medio del juego ha de llevar al alma del niño a amar o más posible aquello en lo que le será necesario, una vez sea hombre, haber conseguido la perfección propia de la materia correspondiente. En el repaso que Platón hace de las constituciones y las formas de gobierno idóneas amparadas por ellas se advierte la contradicción máxima de su pensamiento y la síntesis casi imposible a la que aspirada en aquel tiempo: Entre las constituciones hay algo así como dos madres de las que se puede decir con razón que han nacido todas las demás, y con justicia podemos dar a una el nombre de monarquía y a la otra el de democracia (…) y todas las demás son variedades de estas. Ahora bien: es necesario que esos dos elementos vengan representados en todas ellas, si se quiere que haya libertad y unión junto con la sabiduría; esto es lo que nuestra argumentación pretende reivindicar, cuando afirma que, de no tener parte en ambos elementos, ninguna ciudad podrá estar bien gobernada. Estaría orgulloso, en nuestros días, de que esa suma de formas de gobierno sea la actual de muchísimas democracias, por más que las virtudes de la monarquía hayan sido reducidas a lo simbólico y se haya potenciado la democracia, acaso hasta límites que su pensamiento hubiera rechazado, porque la aristocracia platónica es siempre la de la virtud y la sabiduría, no la de la herencia. Se trata, en definitiva, de educar al hombre sabio y justo que puede, desde la templanza y la ecuanimidad “gobernar” la ciudad, sea con los esquemas que trazó en su República, sea con los de una forma de gobierno más ajustada a la realidad de sus días: la justicia no se da sin la templanza. Y tampoco existe son la templanza ese hombre sabio del que antes hicimos nuestro ideal, aquel cuyos placeres y cuyos dolores se armonizan y conforman con los razonamientos justos. Detrás de sus formulaciones políticas anida siempre la filosofía de las ideas, del alma todopoderosa que ha creado el universo y de la que somos un pálido reflejo en el que el ansia de conocimiento, la aspiración a la sabiduría y el ejercicio de la dialéctica nos permitirán aspirar a reencontrarnos con esa alma-motor que todo lo puede y a cuyo seno hemos de reintegrarnos tras la desaparición de la encarnación humana. Las leyes, con todo, no dejan de tener presente, constantemente, la realidad histórica, y la formulación que hace Platón de “su” ciudad es ajena incluso a los valores dominantes en la Atenas de su tiempo. Así, guiado por ese espíritu tan dieciochesco del justo medio, Platón propone una ciudad ajena a los reputados vicios de la flaqueza humana: ahora bien, cuando una sociedad no conoce en absoluto ni la riqueza ni la pobreza, está en la situación más favorable para el desarrollo de las buenas costumbres: en ella no brotan la violencia ni la injusticia, como tampoco los celos ni las envidias. Consecuente con esa posición, cercana a la educación lacedemónica, propone que nadie, pues, se aficione a las riquezas a causa de sus hijos, con el fin de dejarlos lo más ricos posible: eso no es lo mejor ni para ellos ni para la ciudad. (…) Lo que hay que legar a los niños no es oro, sino un gran respeto para si mismos. (…) Lo que más importa en la educación de las gentes jóvenes, tanto como en la nuestra, no está en dar avisos y normas, sino en que todas las advertencias que se dan a los demás sean evidentemente también la norma de nuestra propia vida.  Por todo ello, Platón no deja de alabar la celebrada frase de Hesíodo: la mitad vale muchas veces más que el todo. Las leyes de Platón son, como no puede ser de otro modo, dado su interés por las relaciones humanas en el seno de la sociedad, un compendio de normas sometidas no solo a la ley, sino a los intérpretes de ellas, los únicos con autoridad política y moral para interpretarlas y aplicarlas, incluidos los castigos y las recompensas pertinentes. En Las leyes, especialmente en los últimos libros, Platón cede a la tentación de la casuística y establecerá un intento de código civil que contiene auténticas joyas para los lectores actuales de su obra. Se recuerda a menudo la función fiscalizadora de los tribunales y los magistrados que los forman, y avisa Platón de la tendencia hacia la anarquía en la interpretación y, en este caso, no observancia de las leyes, poniendo como ejemplo lo que ha sucedido en la valoración de los concursos teatrales y os certámenes poéticos: en el dominio de la música nació la opinión de que todo el mundo entendía de todo y podía juzgar de la ley, con lo que vino la libertad. Comenzaron a perder el temor a la ley al creerse competentes, y la seguridad en sí mismo dio lugar a la desvergüenza; pues dejar de temer la opinión del que es mejor por insolencia supone verdaderamente una desvergüenza viciosa, nacida de una libertad enardecida. (…) Como consecuencia de esta libertad viene la que se niega a obedecer a las autoridades; luego se huye de la servidumbre y no se hace caso a las advertencias del padre, de la madre y de las personas de edad; ya casi al final de esta carrera, se busca la manera de no obedecer las leyes, y al término mismo de ella, deja uno de preocuparse de los juramentos, los compromisos y promesas, y en general de los dioses. Tomando como bandera un juicio como este: yo creo que para nosotros la política es precisamente esto: la justicia en sí, Platón se adentra en un ejercicio de prescripción normativa que puede dejar patidifuso al intelector actual, no tanto por la aparente extravagancia de muchas de sus normas, cuanto por esa intuición poética fabulosa y, sobre todo, por la minuciosidad con que se enfrenta a ciertos hechos corrientes y molientes de la vida minúscula -y a veces mayúscula-  de la urbe. Quizás por esa actitud detallista, no olvida Platón que, junto al Dios, son la fortuna y la oportunidad, quienes gobiernan todos los asuntos humanos sin excepción. El propósito de enmendarle la plana a ambas es lo que parece guiar el pulso prescriptivo del filósofo. Así, junto a la recomendación -¡modernisima!- de que el feto escuche música durante el embarazo y de que los bebés recién nacidos sean mecidos para mejorar su sentido del ritmo, Platón proscribe la mendicidad de la ciudad con una saña inmisericorde, tratando de “animales” a quienes la ejercen: que nadie practique la mendicidad en nuestra ciudad, y si alguien se atreve a hacer esto y va allegando recursos para su vida con súplicas sin fin, los agoránomos lo echarán de la plaza publica; el cuerpo de astinomos de la ciudad lo echará de esta y los agrónomos lo echaran fuera de las fronteras del país, para que todo el territorio quede absolutamente limpio de animales de esta clase; junto a la prohibición de la caza -que la astuta pasión de la caza de aves, pasión tan poco digna de un hombre libre, entre en ninguno de nuestros jóvenes-, hallamos, también algo tan inusual como que  la prohibición de un enriquecimiento exagerado es una ayuda nada mediocre para la templanza; la educación en su conjunto se inspira en sabias leyes que conducen al mismo fin. En la medida en que lo que se busca, a través de la legislación de la ciudad, es la armonía, el bien sagrado que permitirá el normal desarrollo de la vida sana y equilibrada de los miembros de la polis, Platón afee y prohíba la costumbre del cruce de insultos -¡un mal muy de nuestro tiempo, y más en esas redes sociales que amparan, bajo pseudónimo, la más desagradable liberación de los peores instintos!-: desahogarse con imprecaciones unos contra otros y el cubrirse mutuamente de insultos ofensivos y difamantes, aunque parezca que no son más que palabras, cosas que vuelan, de hecho da lugar a los odios y a las enemistades más profundos. (…) También es corriente que todos, en tales discusiones, pasen a pronunciar palabras de mofa y ridículo contra su adversario; nunca nadie se ha habituado a ello sin renunciar para siempre a la seriedad de su carácter, o por lo menos sin perder mucho de su dignidad personal. Por eso no se permitirá a nadie ninguna palabra de este tipo en un lugar sagrado, ni en un sacrificio público, ni en los juegos, ni en el ágora, ni en el tribunal, ni en cualquier lugar de reuniones. En estos tiempos de intensas y dramáticas migraciones, no está de más recoger la posición de Platón respecto de los extranjeros: quien así lo quiera podrá residir como extranjero en la ciudad, ateniéndose a las condiciones siguientes: será lícito a todo extranjero habitar y residir en ella, con tal que tenga un oficio y no permanezca allí más de veinte años desde el año que se inscriba, sin que tenga que pagar ningún impuesto por residir en ella, como no sea el de su buena conducta, y sin que tenga que pagar tampoco el mínimo impuesto en concepto de compras o ventas. Pero una vez que concluya su tiempo, se marchará llevándose todos sus bienes. No obstante, si durante todos estos años se ha distinguido por algún beneficio importante hecho a la ciudad de su parte, y espera él poder persuadir al Consejo y a la Asamblea, bien de que le conceda, bajo su petición, una prórroga de residencia, bien de que se le prorrogue de por vida esa residencia, que se presente, y si consigue convencer a la ciudad, recibirá plenas garantías de lo que ella le hubiera concedido. Me abstengo de traer a este “fin de fiesta” algunos casos harto curiosos sobre los delitos contra la integridad física o las cuestiones hereditarias, sobre las que se extiende hasta el infinito, con curiosidades fantásticas, pero les recomiendo vivamente a los escasos intelectores que han tenido la santa paciencia de leer estas recensiones de las Obras completas de Platón -¡si es que siquiera hay uno!-, que se adentren en los libros del noveno al duodécimo para asistir a un despliegue de casuística legal que les reconciliará con el lado humano de Platón, porque parece mentira que el poeta de las ideas haya descendido a niveles de concreción tan graciosos como el del querellante que exige realizar una búsqueda en casa ajena en busca de una propiedad que le ha desaparecido: Todo el que quiera hacer un registro en casa de otro entrará en ella desnudo o vestido solamente de una túnica sin faja, y jurará previamente por los dioses establecidos, que realiza este registro porque espera encontrar allí un bien que es suyo; o que refleje de manera harto acrítica la marginación de los suicidas, tan católica, andando el tiempo: a los que mueren de esta manera han de ser inhumados en lugar aislado, sin que tengan en su vecindad ninguna tumba, y demás de esto, deben estar ellas situadas en los lugares desiertos u que no tienen nombre, en los extremos de los doce distritos: serán sepultados allí sin ningún honor, sin estelas ni nombres que designen sus tumbas; o que nos recuerde una situación de violencia conyugal que en modo alguno nos es ajena: si ambos cónyuges se hieren, serán desterrados a perpetuidad y los hijos se veran obligados a alimentar a los desterrados. En resumen, los hombres han de establecer necesariamente leyes y han de vivir de acuerdo con ellas, so pena de no diferenciarse absolutamente en nada de los animales salvajes, porque, a su juicio, ninguna naturaleza humana nace suficientemente dotada para saber lo que es más provechoso para un régimen político humano y para, al mismo tiempo, sabiéndolo, poder y querer hacer siempre lo que es mejor. Por todo ello, y con ello concluyo, quizás para Platón no hay mayor crimen que el de querer acabar con el orden constitucional -algo muy pero que muy actual en España, por cierto-: luego de los crímenes contra los dioses hay que considerar los que van encaminados a disolver el régimen constitucional. Todo aquel que esclaviza las leyes, sometiéndolas a la autoridad de los hombres, somete a la ciudad a las órdenes de una camarilla, empleando para todo ello la violencia, y, menospreciando la legalidad, suscita la guerra civil, debe ser considerado como el enemigo más declarado de la ciudad entera. En consecuencia, todo hombre que valga algo, por poco que ello sea, tiene el deber de denunciar a las autoridades a todo aquel que trame un cambio violento e ilegal en las constituciones. Y aquí concluyo este apasionante viaje dialéctico por las obras completas de Platón, al menos las tenidas por tales por la crítica solvente, porque ya se sabe que las ediciones críticas de textos tan antiguos y tan sujetos a deturpaciones de todo tipo no es precisamente un mester fácil. No pretendo ahora, para sobrecargar a los heroicos intelectores que hayan perdido el tiempo en este Diario durante estas nueve entregas, entregarme, a mi vez, a resúmenes, síntesis, o corolarios, y menos aún a la emisión de apostillas para las que me siento plenamente incapacitado. De lo único de lo que quiero dejar constancia, después de esta travesía afortunada, es del amor al conocimiento riguroso, a la sabiduría y al razonamiento consciente de sí mismo, de su poder y de sus limitaciones que Platón ha exhibido con una persuasión a la que es imposible sustraerse. No salgo más sabio, de esta travesía, eso está claro, sobre todo para quienes se hayan tragado estas nueve entregas, pero sí muy aleccionado e infinitamente agradecido al espíritu crítico, incordiante y jocoso de ese daimón juguetón con quien tan buenas migas he hecho. Entro ahora en un compromiso que adquirí “a sabiendas”, la recensión de los Episodios Nacionales de Galdós, que leo en su totalidad ininterrumpidamente. Espero que el benéfico daimón socrático me acompañe en mi empeño, aunque ya avanzo el magno placer que me están deparando las aventuras de Araceli, distinto e idéntico de y al que me ha deparado las aventuras de Sócrates, voz de su discípulo que hablaba a través de él.

domingo, 25 de junio de 2017

Octava noticia de las “Obras completas” de Platón: “Filebo o del placer”.






No hay mayor placer que el del conocimiento ni bien más preciado que la sabiduría:  un diálogo anímico y en parte antihedonista: Filebo o el saber como virtud máxima.


Diálogo de madurez, como Las leyes o de la legislación, el Filebo es un maravilloso ejemplo del método dialéctico de Platón, y aun me atrevería a decir que el mejor en donde hallar con meridiana claridad los excelentes recursos que hemos podido observar a lo largo de las 1500 páginas biblia que contiene un pensamiento, si no siempre sistematizado, como nos hubiera gustado a los perezosos, sí poderoso en sus intuiciones, en sus demostraciones y en las garantías de un método que alimentará toda la filosofía posterior a Platón, así como en las visiones y las imágenes que han quedado en el acervo del saber occidental como momentos prodigiosos de la imaginación y la reflexión. Platón va bastante más allá de la Filosofía, y las preocupaciones de todo tipo que han aparecido en sus diálogos: éticas, religiosas, económicas, legislativas, etc. nos deparan un conocimiento bastante más rico que el de la estricta filosofía, aún necesitada de una labor de sistematización que Aristóteles se encargaría de realizar. Hay, en efecto, tanta literatura, y de la buena, como filosofía en la obra de Platón, y de eso se beneficia tanto el lector curioso como el insensato -mi menda leyenda- que se ha embarcado en una travesía que ahora llega a su fin. No sé que tiene el calor que, desde hace muchos años, me ha incitado a leer clásicos grecolatinos, acaso por el contacto con el mar mediterráneo -a cuyas orillas me lleva forzado, como a los galeotes, la paz conyugal…-, ayer cuna del saber y hoy tumba de las necesidades materiales. La reflexión de Platón sobre el placer  parte de un antagonismo entre él y Filebo, si bien, como se empeña en recalcar enseguida por boca de Sócrates: La  meta, en efecto, de nuestra disputa no es, sin duda, que la tesis que yo sostengo se lleve la victoria, o que se la lleve la tuya: ambos a dos hemos de militar y estar al servicio de la verdad absoluta. Ese método es el que permite iniciar el diálogo con la dicotomía de la que parten: Filebo afirma, pues, que para todo aquello que vive es bueno el goce, el placer, el agrado y todas las afecciones análogas, que entran dentro de este mismo género. Nosotros defendemos, por el contrario, que esto no es así, y que la sabiduría, el entendimiento, la memoria y todo lo que está relacionado con esto, la recta opinión y los razonamientos verdaderos, son de más categoría y valor que el placer para todos aquellos seres que son capaces de participar de ello y que, para todo aquel que sea capaz de verse afectado por estas cosas, son, en el momento actual, tanto como en el futuro, todo lo más ventajoso que existe. Así puestas las cosas, habremos de esperar al final del diálogo para poder leer el anatema del placer que va implícito en la postura de Sócrates, y aparece allí, al final, casi como corolario de una postura que ha ido reduciendo el placer al ámbito humano, con todas las limitaciones que la naturaleza implica: El placer es lo más jactancioso y falso que hay, y según suele decirse, en los placeres del amor, que al parecer son los mayores, incluso el perjurio está seguro de obtener el perdón de los dioses, cosa esta que demuestra que los placeres son como niños y no tiene ni la menor sombra de razón. El entendimiento, por el contrario, o bien es idéntico a la verdad, o bien es lo que más se le asemeja y lo que la contiene en mayor grado. Con todo, Sócrates le reconoce a Protarco, su interlocutor, que, aun a pesar de la preeminencia del conocimiento sobre el placer, lo propio es una actitud que sepa mezclar ambos, el placer y el conocimiento, para poder obtener el bien que está, asociado a la virtud, por encima de ellos: Según decía Filebo, el placer es el fin normal de todo lo que vive y es aquello a lo que todos deben aspirar; de esta manera, él es el bien universal, y estas dos expresiones, bueno, agradable, no se aplican con rectitud sino a una sola y misma realidad. Sócrates, por el contrario, niega esta unidad y pretende que, lo mismo que tienen dos nombres, el bien y el placer, tienen así mismo dos naturalezas diferentes, y que la sabiduría tiene más parte en el bien que no el placer. (…) Nosotros estamos ahí como escanciadores delante de las fuentes: la del placer podría compararse a una fuente de miel, y la de la sabiduría, sobria y sin huella alguna de vino, a una fuente de agua pura y sana; y nos es preciso intentar mezclar esas dos fuentes lo mejor posible. Como era previsible, Sócrates no tarda en remontarse al mundo ideal que ha de convertirse en objeto de nuestro deseo, marginando los propios de la naturaleza humana, afanada en la consecución de placeres que se agotan en sí mismos y que, en vez de conocimiento, solo deparan melancolía. Protarco se lo sintetiza admirablemente, en el curso del vivo diálogo:  Si es verdad que es bello que el sabio lo conozca todo, quizá también haya en él una segunda belleza, la de no desconocerse a sí mismo. (…) Según tú, al parecer, el bien que con justicia hay que declarar preferible al placer es el entendimiento, la ciencia, el juicio, el arte y todos los dones de esta clase. Tras reafirmarse en su posición: Todos los sabios están de acuerdo en exaltarse en verdad a sí mismos, afirmando que el entendimiento es el rey de nuestro universo y de nuestra Tierra, Sócrates asocia el bien supremo a la ausencia de la necesidad y a la falta de determinación de lo ideal. Así pues, lo bello que él concibe, asociado al placer, dependerá del conocimiento de las ideas absolutas, no de la persona, tan limitada. O sea, si damos por sentado, como defiende Sócrates, que ni en la vida de placer hay sabiduría ni en la vida de sabiduría placer. Pues, si una de las dos es el bien, es necesario que ella no tenga necesidad de nada que la complemente, solo aquello que es absoluto, que no necesita ser complementado, podemos calificarlo como bien, y, por ese camino, solo se llega al conocimiento, a la sabiduría, no a los placeres ordinarios asociados a las “circunstancias” humanas. El único bien ha de ser el bien ideal, más allá de lo real, y otorgado por los dioses, los creadores de esa alma del mundo de la que los hombres participan. Platón defiende que el goce es siempre real, pero no, necesariamente, lo han de ser las cosas que lo deparan: Gozar es siempre real, de cualquier manera y en cualquier medida en que se goce, con fundamento o sin él, aun cuando a veces este hecho se centre en cosas que o son ni fueron reales y también, a menudo, lo más a menudo posiblemente, sobre cosas que jamás serán reales.  Existen, pues, los “placeres falsos”, porque, como defiende el filósofo: En la visión, el hecho de ver de cerca o de lejos suprime la verdadera apreciación de las dimensiones y falsea el juicio, ¿y no va a ocurrir lo mismo en la apreciación de los dolores o de los placeres? Sócrates defiende que es la memoria la que empuja hacia los objetos deseados, de donde se sigue que el apetito, el deseo, el principio motor de todo animal son cosa que pertenecen al alma. Por esa misma razón, y para mostrar la insuficiencia radical del placer como bien, Sócrates aduce:  ¿Y no crees tú que, mientras se conserva esta esperanza de la satisfacción, se siente el placer de pensar en ella o recordarla y que, al mismo tiempo, se sufre por sentirse uno vacío? Algo que Protarco concede de inmediato: Necesariamente. De esa mezcla no armónica de contrarios, experimentar el placer y el dolor al mismo tiempo, deduce Sócrates la “impureza” del placer, la escasa propiedad con que puede ser considera un bien absoluto e incluso el bien por antonomasia. El placer, así pues, para Sócrates puede ser considerado, y así lo hacen, de hecho, un estado vicioso del alma. A su parecer:  Los continentes o temperados tienen siempre como freno la máxima tradicional, esta prohibición de que “nada en demasía” debe hacerse a la que ellos obedecen. Por lo que respecta a los intemperantes y libertinos, la violencia del placer los posee hasta el punto de volverlos locos y hacerlos gritar como si fueran posesos. (…) Evidentemente, los mayores placeres, así como los mayores dolores, nacen en un cierto estado vicioso del alma y del cuerpo, y no en el estado de la virtud. ¿Cuáles son, entonces, los placeres absolutos, para Platón? Pues aquellos que no se asocian a la naturaleza humana, sino a las ideas a cuyo conocimiento ha de aspirar lo más humano que hay nosotros, el alma. Él mismo se atreve a enunciarlos:  Los que proceden de los colores que llamamos bellos, de las formas, de la mayoría de los perfumes o de los sonidos, de todos los goces cuya falta no es penosa ni sensible, mientras que su presencia nos procura plenitudes de sentimientos agradables, libres de todo dolor. (…) Lo que yo quiero decir no se entiende fácilmente a la primera. Lo que yo quiero expresar por la belleza de las formas no es lo que comprendería el vulgo, la belleza de los cuerpos vivos o de las pinturas; yo me refiero, y es en lo que se apoya el argumento, a líneas rectas y a líneas circulares, a las superficies o a los sólidos que proceden de ellas, hechos o bien con ayuda de tornos, de reglas o de escuadras, si me comprendes bien. Esas formas así, en efecto, afirmo yo que son bellas, no relativamente, como otras, sino que son bellas siempre, en sí mismas, por naturaleza, y que ellas tienen sus propios placeres, en manera alguna comparables a los de los pruritos o comezones; bellos son también los colores de ese tipo y fuentes de placer. No ha de extrañarnos, pues, que el placer del conocimiento está reservado a unos pocos, a aquellos que hacen de la elevación del alma a su origen esclarecido un destino en la vida:  Hemos de decir que esos placeres del conocimiento no van mezclados con ningún dolor y que, lejos de pertenecer a la masa de la humanidad, son la herencia de un pequeño número de personas. De hecho, un placer cualquiera, no importa cuál sea, incluso pequeño y raro, solo con la condición que esté puro de toda mezcla de dolor, será más agradable, más verdadero, más bello que otro placer mayor o repetido más veces.De lo que se trata, sí pues, es de acceder a ese conocimiento que suma la virtud, el bien, la belleza y el placer en un solo movimiento:  El conocimiento del ser, de la realidad verdadera y perpetuamente idéntica por naturaleza es, en efecto, la que, según mi opinión, todos los espíritus un poco cultivados estiman con mucho la más verdadera. ¿Cuál es la condición para poder acceder a ese “bien” que es el norte de una vida?: la medida, la proporción: Vemos, pues, que la potencia del bien ha buscado refugio en la naturaleza de lo bello, ya que la medida y la proporción realizan en todas partes la belleza y la virtud. (…) Si no podemos captar o alcanzar el bien bajo una sola característica, entendámoslo bajo tres caracteres: la belleza, la proporción y la verdad. Sí, es cierto, hay en la posición de Platón un cierto antihedonismo y una exaltación de la austeridad a que obliga la virtud y la búsqueda del conocimiento, pero no es menos cierto, también, que muchos y placenteros son los dones que se derivan de esa episteme platónica. Recordemos algo que recogimos antes: los placeres son como niños y no tiene ni la menor sombra de razón. Por ahí hemos de reconocer la puerilidad que se ha enseñoreado de la sociedad occidental.

miércoles, 14 de junio de 2017

Un vanguardista ordenado: Salomo Friedlaender, un “raro” canónico.



Un escritor casi anónimo, Mynona fue el pseudónimo que él hizo célebre, respetado por Benjamin, venerado por los dadaístas y gurú ideológico de Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt.








Leyendo estos días un breve librito de Walter Benjamin, Juguetes, una mera recopilación de artículos dedicados al análisis sociológico de esa doble realidad, el juego como artesanía y el juego como aspecto antropológico de primerísimo orden en la configuración de la persona y del grupo social, encontré, destacada, esta cita de Mynona: Si los niños han de ser hombres cabales algún día, no debemos ocultarles nada de lo humano. Su inocencia se encarga de crear las necesarias barreras, y más tarde, cuando estas vayan cediendo poco a poco, lo nuevo penetrará en almas ya preparadas. Los pequeños se ríen de todo, aun de los lados sombríos de la vida; precisamente, esa hermosa extensión de la alegría hace que su luz alcance zonas por lo general privadas de ella y que solo por eso resultan tan tristes. Logrados atentados terroristas en miniatura, contra príncipes que se parten en dos, pero pueden curarse; grandes tiendas que sufren incendios, robos y hurtos, muñecos-víctimas que pueden sufrir las muertes más diversas, y sus correspondientes muñecos-verdugos, con todos los instrumentos especiales--- Mis hijos nunca querrán prescindir de sus guillotinas y horas. De Friedlaender  solo tenía referencias indirectas y una directa en forma de narraciones, traducidas al inglés, Goethe speaks into the phonograph y The abduction, dos “cachondadas” muy del gusto del humor absurdo y transgresor de los dadaístas. La primera, propiamente de ciencia-ficción, nos habla de un inventor que ha sido capaz de recuperar la voz de Goethe, y declaraciones que ni siquiera recogió Eckermann; el segundo narra el secuestro de los nobles llevados a cabo por un grupo rebelde que los fuera a tener hijos con jóvenes de la clase obrera para tratar de equilibrar la carga genética y huir del determinismo social que hace imposible el progreso de los pobres. Como se advierte, no estamos lejos de la inquietud social, y más cerca aún del burlesque y del grotesque, géneros colindantes con las creaciones vanguardistas del dadaísmo y de otros ismos que dominaron el panorama literario de entreguerras. Pero Mynona (palíndromo de Anonym) va más allá de la creación estrictamente literaria, porque su preocupación fundamental es la filosofía y destacan, sobre todo, sus estudios sobre Kant y Nietzsche. Su familia quería que estudiase medicina, y así lo hizo, acabando los estudios y especializándose en odontología, pero luego se trasladó de su Posen natal a Berlín para estudiar filosofía, frente a la oposición de su padre, quien lo deshereda por ello. lo dejó por la escritura y vivía de sus colaboraciones en revistas y de la publicación de sus libros, de escasa tirada y reducidas compras. Su prestigio intelectual, en el Berlín de entreguerras, fue, sin embargo, inmenso, como lo demuestra nada menos que la cita elogiosa de Benjamin con que hemos abierto esta noticia sobre su persona. Fritz Perls lo reconoció como su primer gurí, el único ser al que se rindió intelectualmente de forma incondicional y cuyas sentencias bebía con fervor en los salones del Café des Westens, más conocido por Café Grössenwhan (Café de la megalomanía), por los artistas e intelectuales que allí se daban cita. Ha sido la edición de una pequeña antología de sus escritos en Mandala Ediciones lo que me permitió acceder, siquiera sea de forma fragmentaria a una obra que merecería la publicación completa de algunos de sus textos fundamentales, porque se trata de un autor cuya lectura perfilaría con bastante nitidez un pilar importante del movimiento cultural tan apasionante que se vivió en Berlín desde 1920 hasta 1933, en que el nazismo forzó la dispersión de tanto genio como se había concentrado en aquella “Babilonia” que la ebriedad asesina de los nazis acabó reduciendo a escombros. Se trata de un autor cuyo aspecto hierático y cuyas morigeradas costumbres, una disciplina espartana de descanso y trabajo que cumplía con escrupulosidad kantiana, aunque en la zona diurna del día, porque lo suyo era la vida nocturna, como buen amante de la bohemia, y que contrastaban con esos “rasgos de humor absurdo” como el que se describe en el segundo capítulo del libro: Myonona saca su reloj de bolsillo, lo desliza lentamente, colgado de la cadena, en el vaso de agua de seltz que tiene ante él y anuncia tranquilamente: “¡Ah, cómo refresca esto!”. Mynona es una figura muy relevante de aquella animación cultural que responde al nombre de dadaísmo berlinés, pero, junto a esa dimensión trasgresora y revolucionaria del movimiento vanguardista, Mynona cultiva una faceta intelectual clásica que lo lleva a escribir, no solo sus conocidos libros sobre Kant y Nietzsche, sino una obra que aún no ha sido traducida al español, a pesar de la importancia decisiva que tuvo en su momento tanto en Alemania como, a través de la difusión que de ella hizo Fritz Perls como referente para la creación de su terapia Gestalt: La indiferencia creativa, libro en el que trabajo durante muchos años y del que fue desgranando los principios básicos en la tertulia en la que ocupaba un puesto central indiscutible. Recordemos, y esa fue la experiencia de Perls, que todos los médicos eran bien recibidos en esa tertulia, tenían un plus de “credibilidad” científica que les permitía participar con pleno derecho en aquellas asambleas pacíficas de la Atenas del Spree, que es como se conocía en Berlín la zona de los museos, denominación que fácilmente se extendió a aquellas reuniones en las que, como es preceptivo, se sabía de todo y se arreglaba el mundo en dos patadas. Como tantos otros, la llegada del nazismo le obligo a exiliarse y recaló en París, desde donde intentó conseguir, a través de Thomas Mann, un visado para Usamérica, pero el autor de La montaña mágica se negó a mover un dedo en su favor. Mynona representaba para él la disolución de los valores burgueses que sustentaban su vida, algo así como un peligro que debía ser conjurado. A duras penas, sobrevivió, enfermo, a la invasión nazi de París y murió en la absoluta pobreza en 1946. Mynona fue un escritor cuyo magisterio oral quizás tuvo más influencia que sus escritos, aunque aquel se basara en estos. Aún hay manuscritos suyos inéditos que aguardan una edición que quizás no llegue nunca, tal y como soplan los aires de la Historia, poco o nada favorables al inalienable pensamiento individual e individualizador. Mynona siempre supo que el yo era el gran tema de su obra, y que a él dedicó todas sus reflexiones. El descubrimiento de la polaridad, eje de la teoría de la Indiferencia creativa, se lo representó como el hilo de Ariadna en el laberinto del mundo. El punto cero entre dos extremos, un par complementario a que todo puede ser reducida, es, parta Mynona, el lugar exacto de la creatividad. Sin embargo, ese centro, aquello que constituye a la persona verdadera, al auténtico in-dividuo realmente no dividido, al centro esencial creativo del si mismo, supera los principios de nuestra comprensión intelectual. No puede decirse de Friedlaender que el suyo sea un pensamiento nítido, perfectamente discernible. De hecho, como buen discípulo de Nietzsche optó por expresarse en términos enigmáticos con aforismos a medio camino entre la reflexión filosófica y la poesía de vanguardia: Yo surgí de mi propio sombrero de copa. Su demoledor espíritu crítico no conocía barreras y su insobornable libertad de juicio crítico le permitía defender posiciones que no siempre eran ni siquiera comprendidas por quienes más cercanos eran a su persona y a su obra. Hay, en él, a pesar de su apariencia burguesa, sus exquisitas maneras y su ordenada vida bohenia…, un espíritu transgresor de primer orden. No son pocos los aforismos que nos permiten tener un conocimiento más o menos riguroso de su personalidad y de sus planteamientos vitales y filosóficos, pero baste destacar  algunos de ellos a modo de aperitivo de lo que los intelectores pueden encontrar en el volumen de Mandala Ediciones: El ser humano es un parásito de su propia divinidad; el autodescubrimiento es una forma inicial de magia; la falta de egoísmo absoluto idiotiza; hay que ser divino para ser uno mismo realmente; todo sufrimiento no es  más que felicidad deformada y distorsionada; la superación perfecta de lo humano constituye la disciplina más difícil que existe: la liberación de uno mismo; la indiferencia es el suicidio de la muerte; el ser humano que no procede de su propio individuo no es más que un fantasma de sí mismo. Es curioso percatarse de lo cerca que estuvieron los vanguardistas berlineses del Partido Comunista y lo pronto que fueron “represaliados” por carecer de la “obediencia debida” a la ideologización del arte, que había de estar sometido a los prioritarios intereses del pueblo. Tan “degenerados” les acabaron parecieron los artistas berlineses de entreguerras a los nazis como a los comunistas, curiosamente. Está fuera de lugar ese cultivo del yo que se manifiesta en la frase de Friedlaender: El conocimiento de sí mismo es el más tardío de los conocimientos, pero la tradición de este arranca de Max Stirner, a pesar de ciertos rasgos antisemitas de este, y, sobre todo, de Nitzsche y su repudio del ser-masa, ayuno de individualidad y de criterio propio. Fritz Perls hizo un uso restringido de las teorías de Friedlaender, porque se centró casi con exclusividad en la teoría de las polaridades, que él convirtió en un fundamento de su terapia psicológica, pero leyendo al filósofo y conociendo algo de su vida, se advierte enseguida que ese rango de “gurú” que le adjudicó se permea en la vida y obra del propio Perls, muy amigo del uso del aforismo, de la tendencia zen a la paradoja y del afán de sorprender siempre al interlocutor con la salida más inesperada y descolocadora. Perls fue un experto en “sacar de contexto” en “desubicar” para permitir un enfoque renovado del problema que se tuviera que considerar o de la gestalt del paciente que se estuviera analizando. La vía de la sorpresa, es una vía fértil para salir de la visión gastada y de los tópicos, una vía que permite ver, con ojos nuevos, todo aquello que haya de ser analizado y que signifique la conquista de un bienestar para el paciente. En su caótica autobiografía, Dentro y fuera del cubo de la basura, Perls recuerda que durante la época de la inflación alemana, gracias a que a él le pagaban en dólares en Bremerhaven, tratando a unos comerciantes, se erigió en el garantizador del sustento de Salomo Friedlaender, a quien le pasaba cestos de comida que contribuyeron a aliviarle en una época muy difícil para muchos alemanes y que llevó a no pocos de ellos a la muerte, fuera por hambre, fuera por suicidio impulsado por la desesperación.  En fin, la vida y la obra de Friedlaender, la de un raro absoluto, bien merecería una atención editorial  cuya inversión en tan peregrino autor no ignoro que tendría difícil amortización, pero la cultura es una ganancia neta construida sobre pérdidas absolutas. Sí, también se le llama romanticismo, mecenazgo (ahora ya micromecenazgo…) y otras benéficas cualificaciones, pero ¿qué sería de nosotros sin ese generoso impulso culto?