martes, 27 de enero de 2015

El eterno poder del melodrama: Así empieza lo malo, de Javier Marías.


                              


       Un buen final redime un long and winding road salpicado de banalidades y momentos logrados: Así empieza lo malo o de las borrosas fronteras entre el artículo de dominical y la literatura: la idiosincrasia del narrador.

[Aviso importante: Si alguien ha decidido leer la novela de Javier Marías, sepa que, como buen melodrama que se ajusta a los cánones del género, hay en la trama un suceso alrededor del cual pivotan las vidas deshechas de los personajes centrales y del cual sólo tiene cabal conocimiento el lector al final de la novela, como debe ser, para entender, retrospectivamente, cuanto había leído acongojado por la dificultad de entender ciertas conductas. En esta crítica de la novela se revelará ese secreto alrededor del cual se articula la trama de la novela. Así, pues, si alguien ha tomado la decisión mencionada ut supra, deje de leer lo que sigue y adéntrese en las páginas del libro, no en la única página enrollada de esta entrada de mi Diario. Avisados quedan, y quien…]

         Antes de meterme en harina, he de confesar que hacía mucho tiempo que no leía ninguna novela de Marías, aunque muy de vez en vez he leído algún artículo, siguiendo las curtidas sugerencias de mi conjunta. Un conocido, crítico literario, echó pestes fundadas de Todas las almas y, desde entonces, solo me satisfizo, en parte, la lectura de El hombre sentimental, quién sabe si por mi afición a la ópera. Reencontrarme con una obra de Javier Marías me ha servido para confirmar o matizar viejos juicios y, sobre todo, para advertir, una suerte de cansancio estilístico que se manifiesta en el agotamiento literario de ese cruce fértil entre la reflexión dominical y la narración propiamente novelística, que tanta reputación como lectores, sobre todo lectoras, le ha deparado al autor. Aunque Marías abomine de Cela –como lo hace de Galdós, salvo dos de sus novelas, El amigo Manso, una de ellas. ¡Y cómo disfrutaría Marías si supiera que el galdós catalán significa ‘feo’, ‘mal hecho’, ‘imperfecto’ , ‘no acabado’…–, la opinión de éste de que “novela es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra novela” no deja de ser una buena definición para “lo suyo” ese novelar en que suelen entretejerse los hechos, la reflexión y la Historia, en dosis muy desequilibradas.
Así empieza lo malo, un título, como otros suyos, tomado de Shakespeare, de Hamlet, tiene un aire crepuscular, como el de tantos westerns trufados de amargas reflexiones, pongamos Centauros del desierto, del falso tuerto John Ford. La falsedad del parche en Ford está, por cierto, estrechamente ligada a la figura del protagonista Eduardo Muriel –¿por qué extraña sugestión la anglofilia del autor me ha impedido leer Muriel con acentuación oxítona, y me he pasado la novela leyéndola con la molesta acentuación paroxítona?–, también director de cine y tuerto verdadero, como sí lo fueron  Raoul Walsh o André de Toth. El cine, por lo tanto, no es sólo parte de la trama, sino arte inspirador de lo que Marías ha escrito: un potente melodrama que, despojado de todo lo accesorio –alrededor grosso modo de unas 150 páginas, solo aptas para incondicionales del autor madrileño, y entre ellas todas las insustanciales dedicadas al productor Harry Towers y sus aventuras ultramarinas, por más que, en el fondo, el tema de la impostura, del engaño y la traición tenga mucho que ver con la trama principal de la novela, pero no se puede abusar de la paciencia del lector en vano, como muy bien lo refleja el narrador cuando repara en Cuán necesario es el aburrimiento previo, para que la curiosidad y la invención despierten, porque a fe que lo ha prodigado en exceso– exige, diría yo, una adaptación cinematográfica para el que el autor,  cinéfilo de pro, ha escogido ya en la dedicatoria el director adecuado: Agustín Díaz Yanes. Ignoro si ese tono crepuscular se debe, acaso, a que Marías haya alterado su vieja técnica creativa de novelar “a la aventura”, “a lo que salga”, que decía Unamuno, como confesó hace ya algún tiempo, en un artículo de 1992, recogido después en la miscelánea Literatura y fantasma (Madrid, 1993): No sólo no sé lo que quiero escribir, ni a dónde quiero llegar, ni tengo un proyecto narrativo que yo pueda enunciar antes ni después de que mis novelas existan, sino que ni siquiera sé, cuando empiezo una, de qué va a tratar, o lo que va a ocurrir en ella, o quiénes y cuántos serán sus personajes, no digamos cómo terminará. En la presente Así empieza lo malo hay evidencias de que no ha seguido ese método creativo y acaso esa sujeción a un plan, tan perfectamente urdido, por otro lado, le haya pasado la factura en forma de esa galbana que he percibido.
La novela, tan extensa, le permite al autor darse el placer de la divagación y de la amplificatio, en la que es, en el ámbito de la novelística española contemporánea, uno de los más reconocidos expertos. La trama principal, muy bien construida, nos orienta enseguida hacia una persecución en busca de una revelación que confirme las sospechas fundadas que tiene el protagonista de la inmoral y casi delictiva conducta de un doctor, íntimo amigo suyo, en los duros tiempos de la posguerra. A partir de ahí, se encadenarán varias subtramas que parecen despistarnos –para eso las ha incluido el autor– del verdadero drama para el que nunca parece que hallemos respuesta en lo que vamos leyendo: la terrible convivencia de Eduardo Muriel y Beatriz Noguera. Quiero expresar aquí mi convencimiento de que, la travesía por el horizonte de la digresión, que nutre tantísimas páginas, se ve recompensada cuando el lector asiste a la revelación final que transforma su lectura de la novela, radicalmente. El autor ha jugado, además, con un elemento que casi podríamos calificarlo de vintage..., la carta robada, que contribuye a la verosimilitud del malentendido que no fue tal, sino engaño cruel, malvado. Porque el nudo del asunto es el enamoramiento apasionado que, durante la ausencia de su prometida, siente Eduardo Muriel por otra mujer. Mediante carta urgente le sugiere a su prometida que no vuelva de Usamérica, donde atiende a su padre enfermo. Su prometida, sin embargo, regresa con la ignorancia de haber recibido ninguna carta y con la intención de hacer valer la promesa de matrimonio con que se fue. La existencia de esa carta, atesorada, podríamos decir, por Beatriz, y el uso despiadado que de ella hace, sin medir el alcance su gesto despechado, provocará la situación dramática ante la que el autor planta al lector sin posibilidad de que, ni remotamente, este pueda hacerse conjeturas aproximadas a la verdad del porqué de la situación. De hecho. hasta me parece más que plausible, esto es, inteligente y perspicaz, a la par que tremebunda, la teoría de mi conjunta: Beatriz "acelera" la muerte de su padre para evitar una larga agonía que la aparte de lo que ella considera es la "oportunidad" para el resto de su vida: unirse con Muriel.
La novela tiene tantos elementos autobiográficos que, lamentablemente, la construcción del narrador, Juan de Vere, el “joven de Vere” que usan todos los personajes centrales al dirigirse a él en un momento u otro de la novela, no opaca la figura del autor, omnipresente siempre en la mente del lector. Falta la distancia que nos hubiera permitido disfrutar más de la invención. La aparición de personajes reales, como Francisco Rico, del que puede decirse que es, por vía paródica, un autorretrato indirecto del autor, en jocosa celebración de la coincidencia de sus ariscas personalidades y su sólida amistad, contribuye a la creación de una verosimilitud que también sin ellos se hubiese logrado, a pesar de cierta artificiosidad en no pocas partes de la novela, tanto en los diálogos, como en las situaciones e incluso, al hilo de ambas, las reflexiones suscitadas. Con todo, el narrador es quien construye la novela desde su presente, trazando hacia el pasado una red de relaciones que obligan al lector a sujetarse a lo que parece un orden arbitrario, pero no lo es. Hay una reflexión constante sobre la naturaleza del relato, la voz narrativa y las limitaciones expresivas. Una suerte de metanovela que se va desgranando a lo largo de la narración con oportunas reflexiones suscitadas por su propia experiencia y teñidas, también, como buena parte de lo narrado, de ese tono crepuscular que nos habla, como no puede ser de otra manera, desde el presente del narrador, de un mundo ido, muerto, de un mundo sobre el que el narrador arroja una mirada nostálgica, como si en aquellos años de juventud en que fue el secretario (ahora diríamos becario) de Muriel hubiera vivido las experiencias determinantes en su existencia, lo que en efecto así parece que es, a juzgar por la implicación íntima del narrador-personaje en la vida de los protagonistas, lo que contribuirá poderosamente no solo a su formación individual en esa etapa aún de aprendizaje de la primera juventud, sino a conformar su destino, porque acaba casándose con la hija de la protagonista suicida, Beatriz Noguera, la mujer del director.
Distinguiría, sin pecar de minucioso, tres grandes líneas en la novela: la historia y crítica de la Transición, con la oportuna reflexión sobre la memoria histórica; la envenenada relación conyugal de Eduardo y Beatriz y la doble condición de Juan de Vere, como narrador y como protagonista muy directamente implicado en los acontecimientos de la trama, en su condición de secretario del director, de su cometido como espía a instancias de éste y de su efímera relación sexual con Beatriz tras el tercer intento de suicidio de esta. En el interior de esas líneas constructivas de la obra es donde hallamos, en forma de breves reflexiones variopintas y de una mantenida crítica del uso de la lengua y de las costumbres, la naturaleza periodística del autor, que se vierte en ellas sin apenas distinción respecto de sus contribuciones en El País Semanal. Sería algo así como “el sello Marías”, en ocasiones excepcional y en ocasiones plúmbeo, dependiendo de la inspiración del momento.
He escrito todo lo anterior y aún no he dicho que la transcripción de los fragmentos subrayados me han ocupado veinticuatro páginas, por encima de las cuales escribo este intento de hacerle justicia a una obra acaso excesiva, pero muy meritoria, al menos en lo que tiene de melodrama artísticamente construido con un sentido del suspense propio de las películas de Hitchcock, de las que el director nos dice algo tan “novedoso” como que  había que frecuentar sin cesar sus películas  porque a cada visión se descubría y aprendía algo nuevo, inadvertido en las anteriores. Este tipo de comentarios llena la novela con una desgana que la priva de verdadero interés para quienes aspiran a descubrir en las novelas algo más que la funcionalidad. Eso es. La funcionalidad. La trama de Marías funciona, pero en ningún caso tiene una originalidad expresiva que la convierta en apasionante. Las oportunas reflexiones y narraciones, muchas de ellas a través de largos diálogos, propiamente monólogos, como el de la confesión de la fechoría de Beatriz que propició la ruptura matrimonial y el infierno de su convivencia en unos años en los que no existía el divorcio, pero al que uno y otro hubieran renunciado por muy diferente motivo, van “cayendo” cuanto tocan y con la función, muy a menudo, de mero motivo dinámico, pero pocas veces con la pasión narrativa o reflexiva capaz de meter al lector en las páginas para seguirlas sin aliento, como ocurre en la magnífica escena del encuentro nocturno de los desavenidos marido y mujer, contemplada subrepticiamente por un narrador estremecido y atónito desde cuyos ojos incrédulos ve el lector la magistral escena; o como sucede, igualmente, en el largo monólogo en que Eduardo le revela a Juan, al final de la novela, la terrible, la trágica verdad del caso de su tramposo matrimonio; o como se produce, en menor intensidad,  cuando el secretario-espía descubre los encuentros sexuales  de la esposa negligida (anglicicemos, como Marías) con el doctor Van Vechten, íntimo de la familia y protagonista de unos deplorables y depravados abusos prevaliéndose de su condición de médico del bando vencedor que ayudaba a los represaliados de la postguerra: Dijeron que cobraba en especie los favores que hacía. Es decir, en carne roja, ese era el chiste. Lo que me sorprende es que haya llegado hasta ti, en 1980.
A lo largo del desarrollo de la obra, Marías nos ofrece una visión de personajes que se mueven en un mundo culto y hasta cierto punto distinguido o, por lo menos, sin ninguna relación directa con el mundo del trabajo asalariado común, ello le permite, en consecuencia, trufar la obra con supuestas reflexiones de altura, porque el becario al servicio del escritor, se precia mucho no sólo del valor cultural de quienes lo rodean, sino, en un rasgo narcisista que no disimula al  autor, también de sus propios méritos. ´
La obra es una exhibición permanente de un espíritu aristocrático que Marías ha personificado en Francisco Rico, si bien se extiende a casi la totalidad de los personajes, como dando a entender, el narrador/autor que sus logros expresivos actuales se forjaron en aquella convivencia becaria en la casa de los Muriel, en el caso de uno, y en el trato con personajes como Rico, en el del otro. La altivez propia del narrador/autor –parte indiscutible de la imagen que de él mismo se ha forjado– se refleja constantemente en el desprecio de las costumbres de sus congéneres y de sus maneras de hablar. Si bien, ello contribuye a la forja de un tipo de personalidad sin duda a contracorriente de la actual y cuyos valores parecen tan anticuados como, al parecer, la virtus romana, como los que llevan al director, Eduardo Muriel, a sacrificar su propia vida en aras de la palabra dada y a la que ha de hacer honor por encima de todo y de sí mismo, incluidos sus más íntimos deseos: Se me había inculcado el sentido de la responsabilidad adquirida. La idea de que hay que cumplir con la palabra dada. La noción de caballerosidad que hoy ya suena ridícula, todavía no tanto hace veinte años, desaparece todo muy rápido.
Son innumerables las ocasiones, a lo largo de una novela tan extensa, en que Marías deja claro su pensamiento y aun sus fobias, como las referencias peyorativas a López Aranguren y a Tapies, de quienes la progresía oculta con pudores palurdos su ostentada condición de falangistas, y bien está que el autor, sea a través del joven narrador, sea a través del director o del propio Rico, compañero de Academia, se tome la libertad de cantarles las cuarenta al lucero del alba y a sus iluminados seguidores; ahora bien, cabe hacerle un reproche, y este no es otro que el de la desgana estilística con que lo ha hecho, como si se repitiera y estuviera cansado de sí mismo, algo que he creído reconocer en ese descuido elocutivo que afecta, en mayor o menor medida, a todos los capítulos de la novela. Es probable que de un supuesto reconocido estilista como Marías sea casi una herejía mencionar la sola posibilidad de sus incorrecciones, impropiedades y la prodigalidad de los tópicos, tanto de estilo como de concepto, pero lo hago desde esa suerte de “desaliento” que he percibido en la realización de la obra, en la performance, por así decirlo.
La historia, el planteamiento, la trama, incluso los personajes, está todo perfectamente buscado, pero Marías se ha derramado en las páginas y, al final, no ha medido eso tan difícil de conseguir, el famoso timing de los acontecimientos, salvo las excepciones reseñadas. Hay, en esa crepuscularidad, algo que me ha llamado poderosamente la atención: la visión estereotipada de la realidad, una descripción de épocas pasadas de nuestra historia o ambientes de los años 80, presente en el que ocurren los hechos de la trama, descritos casi como de oídas, más que de vividas, lo que lastra la estimación de quien lee, quien antes parece estar leyendo refritos de segunda mano que experiencia propia de las vivencias o los tiempos descritos. A ese respecto, es curiosa la referencia descuidada del autor a sus fuentes: Ahora que existe Internet, he comprobado que lo que nos relató…. O He leído en algún que otro sitio que…, que, indirectamente, deja su impronta en no pocas de las referencias que aparecen en la novela, un poco con ese vicio mariano, y propio de cierta extensa intelectualidad exquisita, de poseer referencias recónditas e ignotas para el común de los mortales, como se advierte en ese afectado diálogo del director y el becario Una vez le dije a Muriel que se parecía (Van Vechten) a un actor secundario americano, casi episódico, que intervino en mil películas pero del que pocos supieron jamás el nombre: ‘Robert J Wilke’ le solté con mi juvenil pedantería deseosa de hacer méritos, y él asintió rápidamente: ‘Uno de los tres pistoleros que se pasan esperando el tren casi todo Solo ante el peligro, me contestó, al cano de la calle. ‘Tienes razón, está bien visto. Y además es curioso: aparte de salir en infinitos westerns, me suena que Wilke apareció más se una vez con bata de médico. Intercambios perfectamente plausibles en ¡Qué grande es el cine!, aquel inolvidable programa de José Luis Garci, pero sumamente artificiosos en la presente novela.  He calificado de “afectado” el diálogo entre Muriel y De Vere, y esa es una de las impresiones que sacará el lector de la novela, la carencia de llaneza, de espontaneidad, de naturalidad, como si, de no haber por medio esa sofisticación, la vida fuera literalmente insufrible.
Una de las líneas más interesantes de la novela de Marías es la posición del autor ante la Transición, ante el actual revisionismo de la misma y la más que discutida posición del personaje central frente a la necesidad o no de la memoria histórica y del ajuste de cuentas, en busca de una justicia retroactiva que, para el personaje, no tiene razón de ser, porque sería acabar con la Transición, aquel  especial acuerdo entre perdedores: ¿Que cometió alguna bajeza en el pasado, que se aprovechó? Aquí, durante una dictadura tan larga, las ha cometido casi todo el mundo. Y qué. Hay que aceptar que este es un país sucio, muy sucio. (…) No hay nadie que no ha incurrido en alguna vileza (no ya política, sino personal), ni nadie que no haya hecho algún gran favor. La revancha se acaba, la maldad fatiga, el odio aburre, salvo a los fanáticos, y aun así. (…) La justicia no existe. O sólo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias, en los crímenes individuales nada más. Mala suerte para el que le toca. En los colectivos no, en los nacionales no, ahí no existe nunca, ni se pretende. A la justicia le atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad. (…) A todo el mundo le subleva y le duele lo que les han hecho a ellos o a sus allegados o a sus antepasados, no lo que ha hecho ‘en general’. (…) Es un rasgo de megalomanía, no tolerar la impunidad en asuntos que ni nos van ni nos vienen, ¿no? Los justicieros se cuelgan una medalla y se miran al espejo con ella y se dicen: ‘Soy insobornable, soy implacable, no dejaré pasar nada injusto, me afecte o no me afecte a mí.’  El joven narrador se ve arrastrado a ese dilema planteado por el director cuando le pide que sonsaque al doctor Van Vechten una confesión clara de las atrocidades que cometió en la posguerra, y ahí se genera un desasosiego en el narrador que el autor plasma a la perfección: Hay quienes disfrutan con el engaño y la astucia y la simulación, y tienen enorme paciencia para tejer su red. (…) Me siento mal y estoy exhausto. Lleva infinito trabajo silenciar lo cierto o contar embustes, mantenerlos es tarea titánica y más aún recordar cuáles son. En ese sentido, igual de oportuna y eficaz, narrativamente, es la reflexión proléptica del narrador respecto a al secreto que le ha sido revelado y que esclarece la situación extraña, a primer vista, del matrimonio Muriel-Noguera: Uno se convence de que ese secreto es pequeño, de que poco importa y en nada afecta a nuestras vidas, son cosas que pasan, de juventud, cosas que se hacen sin penar y que en el fondo carecen de significancia, y qué falta hace saberlas. Y sin embargo no ha habido jornada en que no me haya acordado de eso, de lo que hice y pasó en mi juventud. En verdad no es grave, no lo fue, creo que a nadie perjudiqué. Pero es mejor que por si acaso lo siga callando, por nuestro bien, por el mío, quizá el de mis hijas y sobre todo el de mi mujer. Y cuando aquí lo diga (pero aquí no es la realidad), tendréis todos que guardármelo y callar también, no podréis ir por ahí revelándolo desde el oriente al encorvado oeste, con el viento como caballo de postas, como si hubiera pasado a ser algo nimio que os perteneciera y fuerais cada uno una lengua sobre la que cabalga el rumor. Ni una palabra de ello mencionaréis, por favor, si otros os piden escuchar mi historia.  Esta dimensión temporal que rompe la línea cronológica de los acontecimientos para transportarnos al presente desde  el cual el narrador, ahora con una edad parecida a la de los personajes de Muriel y Beatriz, reconviene al lector sobre la necesidad de que no arruine la lectura a quienes quieran hacerla (lo que yo he cumplido escrupulosamente en el Aviso inicial), forma parte también de los hallazgos de la novela, sobre todo porque hay una propuesta especular entre la situación presente del autor, casado con la hija de Beatriz, quien guarda el secreto de haberle espiado la noche en que tuvo relaciones sexuales con su madre, sin que ni De Vere ni ella quieran, de ninguna manera elucidar el fondo último de lo que deberán permanecer siempre como sospechas. En el fondo, se le da la razón a Muriel cuando decide que no quiere saber nada de los secretos sobre Van Vechten que hubiera podido sonsacarle su emisario, el narrador, y que, al final, le serán revelados a éste por un amigo suyo: Vidal, un médico que está al corriente de la forma fraudulenta como consiguió su título y de las correrías sexualmente depredadoras que, alternadas con la caridad para con los derrotados, llevó a cabo en la posguerra. [A título anecdótico no quiero dejar de reseñar la presencia de la V en algunos nombres claves de la obra, De Vere, Van Vechten y Vidal, por ejemplo, lo que podría inducir a pensar en una suerte de alusión en clave a la película V de vendetta, que parece ser la motivación de algunos personajes de la novela.]
         Inicio ahora un apartado final dedicado a la expresión que ha de leerse como un análisis textual que no le resta al conjunto de la obra el valor que tiene ni el interés por transitarla que se le despertará a quien inicie la travesía. Los problemas individuales y sociales planteados en ella tienen un excelente desarrollo que, sin duda, captarán de sobra la atención de los lectores y les deparará momentos de felicidad lectora. Desde el punto de vista expresivo, me parece oportuno destacar algunos usos literarios que ejemplifican ese descuido del que hablaba, esa suerte de adocenamiento expresivo crepuscular en el que cae el autor con frecuencia, y acaso con desgana, como si sufriera una galbana creativa o la extensión no le permitiera controlar la intensión, o como si se le hubiera hecho penoso tener que ajustarse a un plan preconcebido. No pocas son las expresiones descuidadas y hasta incorrectas que usa Marías, poco dado a la revisión minuciosa que le hubiera permitido corregirlas: La impropiedad de  o te haga una promesa promisoria o medio creíble. La incorrección gramatical de No menos bien  y El perdón aguanta menos bien que la venganza’, pensé, recordé. “No debe usarse más bien como comparativo”, prescribe la RAE de la que forma parte, se ve que a título honorario o perezoso. El ya casi inevitable Tomó mucho riesgo, ¿no?, puesto de moda por la prensa periodística, lo que permite insinuar, malévolamente, una semejanza de aficiones entre Marías y Rajoy, la lectura de Marca… No se queja Marías de este calco que ha laminado el uso de nuestro tradicional “arriesgarse”, pero sí lo hace de otras modas extranjeras: Hizo el detestable gesto importado de América para indicar comillas. (…) Sería por sus estancias en Houston. No sé yo si será bien recibido en Sudamérica el uso reductor de “América” para lo que, en puridad, hubiéramos de decir usamérica, por ejemplo, tirando de un neologismo ya casi aceptado. De igual manera, resulta llamativa la afectada expresión pese a saber que jamás podría arrancarle un penique para ningún proyecto, en relación con su intento de conseguir financiación de una  poderosa empresaria española. El alma inglesa de Marías tiene esas cosas, a veces se olvida de en qué país vive, como cuando escribe: Había una actriz… Nah, para entonces…, que tanto recuerda a aquella encendida polémica que despertó el hey  del  cantante progre Víctor Manuel. ¿Qué quiere, que de pronto ya no lo saque a ningún sitio, que le diga que ya no lo ajunto? Protestaría, me insistiría, se llevaría un disgusto descomunal. Y no cae en el uso impropio y de lenguaje infantil de ese verbo; el ajuntarse con alguien no creo que se use más allá de los 10 años, la verdad, porque nada en el contexto nos permite inferir el uso irónico del mismo por parte del joven DeVere. Por favor, el mundo no empezó a la vez que tú. Ha estado muy difícil echar un polvo en España. No creo que el recuerdo de sus tratos con el barcelonés Herralde haya emergido como lapsus linguae en ese catalanismo curioso.
Hay, a lo largo del libro, una constante reflexión sobre los usos lingüísticos, lo cual parece natural en una persona que forma parte de la RAE, y son frecuentes incluso explicaciones propiamente filológicas, aunque a un nivel rudimentario, porque no se trata de entorpecer el desarrollo de la trama. Lo que a este Artista desencajado le llama la atención es haber advertido una suerte de desconexión radical entre el mundo expresivo del autor y el habitual de la realidad. A veces tiene el lector la sensación de que Marías haya aparecido en nuestra lengua como después de haber estado ausente de ella mucho tiempo. No me refiero solamente a expresiones que incluso rompen el decoro de algunos personajes, como en el caso de Muriel: Cada vez que ella salía en la televisión [Cecilia Alemany, la empresaria] (…) la contemplaba con arrobo (…) y murmuraba: ‘Cecilia Aelmany, qué mujer insigne’. Sino, sobre todo, a ciertas extrañezas del autor: Aún no estaba muy lejos de mi niñez, y al recrearme en su figura me acordé del viejo piropo infantil y levemente grosero, ‘maciza’ (hoy totalmente pasado de moda, además de mal considerado), y se me ocurrió que en realidad era bastante preciso y bien hallado. O su anagnórisis coloquial: –Hijo, ¿qué haces ahí arriba? Te vas a romper la crisma. Eso lo oí de pronto, una voz desagradable que venía de abajo, hacía siglos que no escuchaba la expresión ‘romperse la crisma’, sólo la utilizaban los viejos y en efecto era una monja vieja la que la había empleado.-(…) Pero ¿qué hacías ahí subido? Podías haberte dado una buena toña. Me extrañó el término tan coloquial, también hacía mucho que no oí la palabra ‘toña’. La monja debía de ser de pueblo, o de ciudad pequeña. ¿Sorprende o no sorprende este dominio sociolingüístico del autor? Algo parecido ocurre en los siguientes casos, en los que el autor manifiesta su extrañeza: Retórica: Me hizo gracia que me llamara ¡salado’, había recobrado el humor, sólo se llama así a quien se tiene simpatía o afectos sinceros, y se suele reservar para los niños. O se solía, es un término más en desuso, como la mayoría, nuestras lenguas se van reduciendo perezosamente. En el caso de ciertas expresiones usadas por Van Vechten el seductor/violador, permite dudar de la naturaleza y extensión del espacio lingüístico del autor: También en sus expresiones vetustas, alguna se le escapaba: nadie de mi edad habría dicho ‘de quitar el hipo’.  Ahora bien, cuando el autor sin duda se excede lo que le da la gana es cuando utiliza algunas expresiones cuyo significado se ve urgido a aclarar para facilitar la lectura, como es el caso de: le habían oxidado el acento y maleado la sintaxis (cometía errores), como si hablara en clave o estuviera convencido de que los lectores fuéramos imbéciles e iletrados, algo que no debe de andar muy lejos, probablemente, de la realidad, a juzgar por el desprecio y la altivez con que Marías tiende a juzgar a sus “desemejantes” (sic): ‘Correr es indigno, joven De Vere’, me había dicho alguna vez, regañándome por una breve carrera mía para alcanzar un taxi al que se le iba a abrir el semáforo, o al ver pasar a gente penosa o pletórica en el ejercicio que por entonces se llamaba en España ‘jogging’ o ‘footing’, no sé, un país tan negado para las lenguas en general como propenso a utilizar términos ajenos que no entiende ni sabe pronunciar. Esta arrogancia del narrador/autor, quien a sí mismo se describe del siguiente modo: Hablaba bien una lengua extranjera y otra aceptablemente, y sabía que en la mía disponía de un léxico amplio, mucho más que el de la mayoría de mis coetáneos, lo cual me permitía participar sin estridencias en las conversaciones de Muriel y su círculo, gente de edad y saber superiores (y que Marías le concede una importancia capital al léxico se ve en un inciso al discurso de Vidal, quien le revela las maldades de Van Vechten: ni drogas ni padres ni hostias. –Vidal era hombre culto y con vocabulario, pero eso no le impedía ser malhablado si se lo pedía el cuerpo), puebla la novela con una especie de postureo exquisito al que difícilmente puede el lector asentir. En el mejor caso, el del lector que mantiene la lectura hasta el final, esperando el milagro narrativo que sí se produce, sí ha de decirse que molesta y hasta enoja la reiteración de ese postureo. Muy a menudo, sin embargo, esa actitud deviene una afición a la boutade propia, sin embargo, de seres ajados (los que “están en el ajo”, no se piense mal…): La mayoría de las mujeres han olvidado cómo se camina con gracia, que no es lo mismo que con contoneo, o no por fuerza. O esta otra: no dejaba de pasarse por el mentón, como si no lo llevara afeitado sino con perilla y se la atusara, menos mal que no era así, los individuos con semejante recorte no suelen ser de fiar. Hay, entre esas muestras de originalidad expresiva, una muy curiosa: Muriel alzó a la vez el meñique, el anular y el corazón, para indicar la existencia de tres realidades. Si bien se repara, se trata de un gesto rarito, rarito, en verdad, casi diríamos que antinatural, y hasta me atrevo a decir que parece un reflejo de la impostura del narrador que continuamente se las da de… Hecha, incluso, una pequeña estadística, de diez consultados, ninguno indicaría tres con esa posición. La mayoritaria: anular, corazón e índice. La excepción: pulgar, índice y corazón. Eso sí, digamos que, para consuelo del autor, solemos empezar a contar por el meñique, por supuesto. Otra cosa muy distinta es, y ahí es donde se manifiesta esa desgana de la que hablaba, que el autor recurre a expresiones manidas para salir del paso: Disfrazadas, como En algunos momentos era como si viera a Beatriz tamborileando con los dedos interminablemente, a punto de estallar o de agredir a alguien o de destrozar el piano o de cometer una locura, por emplear ese eufemismo clásico con el que se evita nombrar el suicidio. Abrazadas: Se abrazó a mí con fuerza, con una sonrisa como no he visto igual en mi vida, quiero decir de radiante, de luminosa.  O directamente manidas: Escribirla [la carta, pieza clave del melodrama] me había costado sudores, una noche de insomnio, había sopesado cada palabra…

         Dejo para el final lo que me parece una incongruencia en el personaje central, Muriel, su reticencia a confesarle a su becario la homosexualidad del padre de su mujer, y su concepción de la misma como “problema”: No sé hasta qué punto debo contarte esto, Juan, no me pertenece… -Resopló con fastidio, se tamborileó en el parché, dilucidó unos segundos, decidió ser indiscreto-. Su padre era homosexual, ya está dicho. (…) Pero para un hombre con ese problema (era un problema morrocotudo, los de vuestra generación no podéis haceros ni la más remota idea), y encima con una niña pequeña a su cargo… Y una descripción sobre cuyo alcance quizá el autor “no ha estado” muy afortunado. Me refiero al momento en que descubre, magníficamente , por cierto,  el encuentro sexual de Beatriz con el Dr. Van Vechten en un santuario : El lugar [El santuario de Darmstadt, descrito al comienzo del capítulo al estilo de la iglesia de Hitchcock en la película mencionada por Muriel con una cita tópica, El hombre que sabía demasiado] olía a extrema derecha, muy activa en aquellos años, y rabiosa; había estado en el poder durante treinta y siete y hasta hacía solo cinco, todos conocíamos bien esa peste, en verdad era inconfundible, lo sigue siendo aún ahora, tres décadas más tarde, para los que vivimos ahogados por ella: la captamos al instante, en un local, en un salón o un reciento, en un sujeto civil, hombre o mujer, en un obispo, en un político que se finge democrático y se ufana de haber sido votado, una parte de España olerá así eternamente. Al margen del odio profundo, que comparto, a la pervivencia de la mentalidad inquisitorial, la sinestesia como tal, tan deshumanizadora,  nada tiene que envidiar a la utilizada por el régimen nazi cuando hablaba de los judíos: el olor, la peste… Quizás el autor no haya sido consciente del alcance de su recurso retórico, pero ahí está ese tic autoritario que se filtra en él con aparente inocencia. Otra cosa, está claro, es, por ejemplo, el olor a sacristía, porque ahí hay una base empírica que faculta la comparación. En fin, en cualquier caso lo esencial del mensaje pertenece al orden político y eso se capta a la perfección, con total nitidez.

1 comentario:

  1. Adoro, admiro, venero, a su padre, Javier Marias, de Julian no sé nada.. pero siendo hijo de tan excelso maestro.. seguro que algo de bueno le cayó en la genetica..jajaja solo estar al lado del maestro ya es un prvilegio..

    ResponderEliminar