![]() |
La dudosa fluencia del discurrir...
No por infinitos dejan
de ser, en ocasiones, profundamente extraños los caminos del Señor y de cualquiera
que, a semejanza de su condición, asaca mundos en algo más de los siete días canónicos.
El asaz ordenado es el de la escritura creativa, porque aquí cada palabra le pide
permiso a la anterior para que el flujo lo sea y supere el estadio vertical
estático de la intercambiabilidad léxica, solo propia de gramáticas muertas, no
de lenguas vivas que, como ahora mismo, nacieron para avanzar, para seguir
avanzando hasta el fatídico, pero natural y congruente, punto final. Hay
también, para cada discurso, narración o texto, ¡qué más da cómo se manifieste
la fluencia!, un pre big bang de infinita condensación. Todo está
en él, casi como el punto inicial del que irá liberándose y extendiéndose, que
no siempre ordenándose, la materia. Lo que nosotros llamamos vulgarmente punto
final es una ficción solo propia de los taumaturgos tarugos: los amantes del
cierre circular que, paradójicamente, nos devuelve siempre al origen. Casi
cualquier comienzo es fecunda semilla en la página en blanco, atiborrada de
nitrógeno y fértil materia orgánica en descomposición. Con la reja esférica del
birógrafo labramos los surcos imprevisibles del terreno, porque la sucesión de
las voces no excluye, en moción de paradojas, los renglones torcidos. Proceso,
sí, pero con freno y marcha atrás, y a los costados. Lo esencial es contemplar
cómo se viene la vida a dentelladas con la exigencia imperiosa de las dos ambigüedades
necesarias: la transparencia y la especularidad. Y la rejación teje su flujo
binario para sobrevivir con la fe de la gota que horada la roca donde no
queremos volver a tropezar. Trazo y hueco se suceden con la tensión inevitable
de la gran paradoja del quelonio, y emerge de ese ritmo constante algo parecido
al bajo continuo de la existencia. Es un sonido sordo, pero audible, un cardiograma
del deseo. La vida se consolida en esos instantes con la tensión del viejo arco
de Heráclito, sí, el oscuro, el del camino idéntico hacia arriba y hacia abajo,
del que estas líneas no se apartan. Y sí, cada palabra continúa, a su manera
educada o salvaje, pidiendo permiso a la anterior para aparecer. Y uno, quien
escribe, quien sea, no sabe nunca cuándo el proceso se convierte en receso,
cuándo los malos modos del verbo imperioso se abren paso para entorpecer y
humillar; pero es cierto, hasta donde a quien escribe, ese uno, pongamos por
caso, se le alcanza, que la intemperancia siempre hace descarrilar, ¡incluso de
los firmes raíles paralelos por donde viaja la imaginación! Parte interesada,
la expansión pautada se acomoda al imprevisto y a la noche ciega que desciende
sobre las barras paralelas donde se ejecuta la acrobacia de un proceso a medio
camino entre la incierta seguridad del funambulista y la acrobacia medida del
saltimbanqui. Nadie engaña a nadie. Y un punto final, ahora, es el imposible
epitafio de una tumba vacía: el rostro del enigma y el rastro confuso del
desaliento.
