martes, 20 de enero de 2026

Proceso

 


La dudosa fluencia del discurrir...

 

No por infinitos dejan de ser, en ocasiones, profundamente extraños los caminos del Señor y de cualquiera que, a semejanza de su condición, asaca mundos en algo más de los siete días canónicos. El asaz ordenado es el de la escritura creativa, porque aquí cada palabra le pide permiso a la anterior para que el flujo lo sea y supere el estadio vertical estático de la intercambiabilidad léxica, solo propia de gramáticas muertas, no de lenguas vivas que, como ahora mismo, nacieron para avanzar, para seguir avanzando hasta el fatídico, pero natural y congruente, punto final. Hay también, para cada discurso, narración o texto, ¡qué más da cómo se manifieste la fluencia!, un pre big bang de infinita condensación. Todo está en él, casi como el punto inicial del que irá liberándose y extendiéndose, que no siempre ordenándose, la materia. Lo que nosotros llamamos vulgarmente punto final es una ficción solo propia de los taumaturgos tarugos: los amantes del cierre circular que, paradójicamente, nos devuelve siempre al origen. Casi cualquier comienzo es fecunda semilla en la página en blanco, atiborrada de nitrógeno y fértil materia orgánica en descomposición. Con la reja esférica del birógrafo labramos los surcos imprevisibles del terreno, porque la sucesión de las voces no excluye, en moción de paradojas, los renglones torcidos. Proceso, sí, pero con freno y marcha atrás, y a los costados. Lo esencial es contemplar cómo se viene la vida a dentelladas con la exigencia imperiosa de las dos ambigüedades necesarias: la transparencia y la especularidad. Y la rejación teje su flujo binario para sobrevivir con la fe de la gota que horada la roca donde no queremos volver a tropezar. Trazo y hueco se suceden con la tensión inevitable de la gran paradoja del quelonio, y emerge de ese ritmo constante algo parecido al bajo continuo de la existencia. Es un sonido sordo, pero audible, un cardiograma del deseo. La vida se consolida en esos instantes con la tensión del viejo arco de Heráclito, sí, el oscuro, el del camino idéntico hacia arriba y hacia abajo, del que estas líneas no se apartan. Y sí, cada palabra continúa, a su manera educada o salvaje, pidiendo permiso a la anterior para aparecer. Y uno, quien escribe, quien sea, no sabe nunca cuándo el proceso se convierte en receso, cuándo los malos modos del verbo imperioso se abren paso para entorpecer y humillar; pero es cierto, hasta donde a quien escribe, ese uno, pongamos por caso, se le alcanza, que la intemperancia siempre hace descarrilar, ¡incluso de los firmes raíles paralelos por donde viaja la imaginación! Parte interesada, la expansión pautada se acomoda al imprevisto y a la noche ciega que desciende sobre las barras paralelas donde se ejecuta la acrobacia de un proceso a medio camino entre la incierta seguridad del funambulista y la acrobacia medida del saltimbanqui. Nadie engaña a nadie. Y un punto final, ahora, es el imposible epitafio de una tumba vacía: el rostro del enigma y el rastro confuso del desaliento.