jueves, 5 de febrero de 2026

Una foto y un destino...

Dos  pinceladas de autoficción...

 

Ese que ahí veis, de gesto morrocotudo, mirada porfiada, jersey de ochos y airada defensa de la inocencia está castigado en la clase de los "mayores", y, a tanta distancia, lo que aún le sigue sorprendiendo a quien lo ve como "otro" es que apareciera una máquina de fotos, ¡en aquellos años en que ni había aparecido "el desarrollo"!, y él se convirtiera en el objetivo del fotógrafo improvisado. Su hermano mayor tiene la foto "oficial", sentado en la mesa del profesor, con un libro abierto, con el mapa de España detrás y un globo terráqueo sobre la mesa; ese que ahí veis, está sentado con rabia e impotencia, el mapa desenfocado le cae de lado y solo parece tener ojos para imaginar la ficción de la imposible venganza... Ese trasto escolar,  ese perillán, sin otro don que leer con corrección en aquellos años, en libros de lectura con letra cursiva de autores con bigote y perilla, don que luego no  ejercería sino al llegar a los quince años,  se aferra a su indignación ante la injusticia, porque ese enfado nos habla de la justa razón contrariada, y de su contrario: la flagrante injusticia, convertida, para más inri en el hazmerreír de los estudiantes mayores. No sé qué le pasaba por el magín a ese zascandil herido, ni qué chispas de pedernal arrancaban los coscorrones que se dibujaban en su coronilla con ritmo militar; esa imagen es algo así como un complicado emblema de Alciato diseñado para inducir a equívoco, no para ilustrar una virtud común. ¡Cuánto esfuerzo supondría trazar la línea cronológica por la que aquel pedazo de pan mojado en inocentes hieles subversivas llegaría a escribir un diccionario de casi ochocientas páginas rescatando un precioso léxico a punto de ser arrumbado en la covachuela silenciosa, húmeda e inaccesible donde se entierran sin mayor ceremonia de despedida las palabras que algún día estuvieron en la lengua de los hablantes tan vivas como ahora él las rescata! Pero así fue, y así lo cuento yo ahora, que veo a ese botarate a una distancia de sesenta años, reconociéndome aún en ese empecinamiento, en esa testarudez, en ese deseo impetuoso, en esa fiereza egocéntrica de quien tengo para mí que ya intuía qué significaba eso de ser una provincia mayor que el mundo...

martes, 20 de enero de 2026

Proceso

 


La dudosa fluencia del discurrir...

 

No por infinitos dejan de ser, en ocasiones, profundamente extraños los caminos del Señor y de cualquiera que, a semejanza de su condición, asaca mundos en algo más de los siete días canónicos. El asaz ordenado es el de la escritura creativa, porque aquí cada palabra le pide permiso a la anterior para que el flujo lo sea y supere el estadio vertical estático de la intercambiabilidad léxica, solo propia de gramáticas muertas, no de lenguas vivas que, como ahora mismo, nacieron para avanzar, para seguir avanzando hasta el fatídico, pero natural y congruente, punto final. Hay también, para cada discurso, narración o texto, ¡qué más da cómo se manifieste la fluencia!, un pre big bang de infinita condensación. Todo está en él, casi como el punto inicial del que irá liberándose y extendiéndose, que no siempre ordenándose, la materia. Lo que nosotros llamamos vulgarmente punto final es una ficción solo propia de los taumaturgos tarugos: los amantes del cierre circular que, paradójicamente, nos devuelve siempre al origen. Casi cualquier comienzo es fecunda semilla en la página en blanco, atiborrada de nitrógeno y fértil materia orgánica en descomposición. Con la reja esférica del birógrafo labramos los surcos imprevisibles del terreno, porque la sucesión de las voces no excluye, en moción de paradojas, los renglones torcidos. Proceso, sí, pero con freno y marcha atrás, y a los costados. Lo esencial es contemplar cómo se viene la vida a dentelladas con la exigencia imperiosa de las dos ambigüedades necesarias: la transparencia y la especularidad. Y la rejación teje su flujo binario para sobrevivir con la fe de la gota que horada la roca donde no queremos volver a tropezar. Trazo y hueco se suceden con la tensión inevitable de la gran paradoja del quelonio, y emerge de ese ritmo constante algo parecido al bajo continuo de la existencia. Es un sonido sordo, pero audible, un cardiograma del deseo. La vida se consolida en esos instantes con la tensión del viejo arco de Heráclito, sí, el oscuro, el del camino idéntico hacia arriba y hacia abajo, del que estas líneas no se apartan. Y sí, cada palabra continúa, a su manera educada o salvaje, pidiendo permiso a la anterior para aparecer. Y uno, quien escribe, quien sea, no sabe nunca cuándo el proceso se convierte en receso, cuándo los malos modos del verbo imperioso se abren paso para entorpecer y humillar; pero es cierto, hasta donde a quien escribe, ese uno, pongamos por caso, se le alcanza, que la intemperancia siempre hace descarrilar, ¡incluso de los firmes raíles paralelos por donde viaja la imaginación! Parte interesada, la expansión pautada se acomoda al imprevisto y a la noche ciega que desciende sobre las barras paralelas donde se ejecuta la acrobacia de un proceso a medio camino entre la incierta seguridad del funambulista y la acrobacia medida del saltimbanqui. Nadie engaña a nadie. Y un punto final, ahora, es el imposible epitafio de una tumba vacía: el rostro del enigma y el rastro confuso del desaliento.