lunes, 30 de enero de 2017

Primera noticia del gran viaje, sin escalas, a través de las “Obras completas” de Platón.



Sócrates
Platón





Decisiones inaplazables: leer las Obras completas de Platón o emplazar a Sócrates para que me saque de quicio y me oree, abierta la puerta de par en par, el mohoso rincón en penumbra del pensamiento.

Hay decisiones en la vida que se toman sin saber exactamente a qué nos comprometemos ni por qué lo hacemos ni cómo vamos a acabar, si somos capaces de ser consecuentes y cumplir al pie de la letra lo decidido. Leer las 1709 páginas de papel biblia de las Obras completas de Platón es, sin duda, una de ellas. No se trata, y discúlpeseme que lo aclare, de leer dichas obras como si fueran una novela de intriga en la que se persigue descubrir con precisión y nitidez el bien, lo bello, lo bueno, la virtud, el deber, la moralidad, la piedad, el logos o cualesquiera otros conceptos que estén, como los citados, en la base de la formación del pensamiento occidental; no, un empeño así, aunque pudiera tener cierto aliciente, no deja de parecerme una puerilidad. Tampoco se trata de una lectura con la que pretenda sentar cátedra como especialista en Platón, porque ando muy lejos no solo de semejante pretensión, inaccesible para mis menguados conocimientos filosóficos y de lenguas clásicas, sino, sobre todo, de la simple idea de que esta lectura me haya de “servir” para algo. A pesar de que algún libro reclame Más platón y menos Prozac, o algo así, cito de memoria, lo cierto es que mi viaje a través de la obra de Platón no pretende sino eso mismo: viajar, meterme en sus diálogos y dejarme llevar por la corriente del verbo socrático y por el ejemplo de su actitud ante el saber: retorciendo siempre cualquier afirmación para exprimir hasta la última gota de la racionalidad posible en los enunciados. Lo digo cuanto antes, porque si no reviento: Sócrates era un genio en tocar las pelotas y desquiciar a sus rivales dialécticos: Tengo algún habito en la presentación de objeciones, dice, con no poca mordacidad. Tenía, además, la capacidad de atraer a los demás a su método de pregunta y respuesta, sucediéndose casi a la velocidad de la luz, que aflojaba las defensas del más aguerrido de los oponentes que tuvieran que lidiar con él y el método riguroso de su mayéutica. Sócrates, esa es la primera impresión dominante que quiero transmitir en esta primera noticia del filósofo en quien Platón encarnó el concepto de filosofía, “amor a la verdad”, era, ante todo, un filósofo “de calle”, un filósofo que no necesitaba ni aulas ni bibliotecas, sino interlocutores que estuvieran en disposición de “perder” el tiempo hablando con él sobre lo humano y lo divino, un hombre pobre -lo fue toda su vida- a quien le apasionaba el enfrentamiento con quienes se ufanaban de detentar un conocimiento que él jamás poseyó ni como bien ni como valor de cambio, porque ni creó escuela ni dejó una línea escrita, y bien saben en su época que podría haberse ganado espléndidamente la vida a poco que hubiera renunciado a esa actitud solo aparentemente quisquillosa de poner en tela de juicio cualquier afirmación a través de la cual se le quería dar el gato por liebre de un conocimiento indiscutible cuya impostura él detectaba a la legua: Hipias, yo no discuto en absoluto que tú seas más sabio y hábil que yo. Yo tengo la costumbre, cuando alguien me dice una cosa, de prestarle toda mi atención, sobre todo cuando el que me habla me parece sabio; y, puesto que yo deseo instruirme con lo que él me dice, le interrogo obstinadamente, y vuelvo sobre sus palabras y las comparo, a fin de comprenderlas mejor.  O, como dice más adelante, en una declaración que sonrojaría a cualquier filósofo actual de los que se presentan como tales en los medios de comunicación o en las aulas, pero nunca en las calles:  Solamente poseo una ventaja maravillosa -y esto es lo que me salva: a mí no me sonroja hacerme instruir.  Sigue siendo un misterio, en la mayoría de los diálogos, qué pertenece a Sócrates y qué pertenece a Platón, y supongo que ese será “el tema” para los especialistas en el autor. Es tan vívido el retrato del filósofo peripatético y urbano que se hace casi imposible discernir la paternidad de uno y otro en las ideas que aparecen, y lo suyo debe de ser, sin duda, que maestro y discípulo coincidan en la mayoría de ellas. El retrato de Sócrates se corresponde más con el de un sabio, al estilo de los viejos presocráticos a cuya era, supuestamente, su persona y su mensaje ponen fin, que con el sistemático, metódico, riguroso y académico del propio Platón, de Aristóteles y cuantos vinieron tras ellos. A su manera, Sócrates es también otro Diógenes, pero en vez de buscar un hombre con el candil encendido en pleno día, Sócrates busca la verdad de todo, y ningún tema filosófico le es ajeno, en todos mete baza, la suya, afilada y escéptica, poco propensa a dejarse enredar en cuestiones nocionales y dispuesta a reconocer que, en según qué asuntos, ni los otros ni él tienen aún “la última palabra”. Quien no tiene ninguna, ni primera ni última, de valor, acerca de estas Obras completas, soy yo, salvo que mi atrevimiento no conoce límites -excepción hecha del de la página 1709 de este volumen que tanto me exige, visualmente, y tantas alegrías me depara, intelectualmente- ni mi osadía enemigo capaz de intimidarla. Me lanzo a la aventura dichosa de esta palabrería inagotable con un espíritu tan abierto y lúdico como con el que el propio Sócrates solía enfrentarse a vanidosos como los sofistas o a amantes compañeros como Critón, cuyas ansias de liberarlo de la muerte inmediata dan lugar a un diálogo Critón o del deber, que habría de ser, junto con la Defensa del propio Sócrates, una lección de espíritu cívico que ningún ciudadano de ninguna democracia debería ignorar. Desconozco el criterio que se ha seguido para ordenar los textos de Platón, pero es una suerte para el lector de esta edición, la de Aguilar, de 1969, reedición de la de 1966, que, a poco de comenzar, pueda uno encontrarse de frente con la Defensa de Sócrates, uno de los grandes textos de Platón. Y antes, como aperitivo, nada menos que con Protágoras o los sofistas, donde se despacha a gusto contra los “señoritos del logos” que edificaban fortunas sobre cimientos tan inestables como él demostró que eran, por más que Platón nunca le pierda el respeto a Protágoras, de quien se dice que fue discípulo de Demócrito y quien, por cierto, también fue acusado de impiedad, como el propio Sócrates. Es todo un espectáculo estimulante seguir el debate de dos figuras prominentes como Protágoras y Séneca, y cómo el sofista por excelencia -aún nos quedan algunos diálogos antes de llegar a Gorgias o de la retórica- se manifiesta decidido partidario de los discursos largos, de esos que parecen una travesía en barco o, como le reprocha Hipias, tratando de buscar un terreno intermedio donde Protágoras y Sócrates puedan entenderse, que Protágoras con todos los aparejos a punto y todas las velas desplegadas no huya a la alta mar de los razonamientos, ocultándose a la tierra firme. Porque Sócrates enseguida se ha escudado en su conocido recurso de la falta de memoria: Protágoras, yo tengo poca memoria, y cuando alguien me hace un razonamiento largo, olvido de qué se me está hablando. A lo que Protágoras le responde: Si hubiera hecho lo que tú me pides, es decir, hablar yo mismo según los deseos de mi interlocutor, si me hubiera plegado a esta norma, no parecería superior a nadie y la fama de Protágoras no llenaría toda Grecia. Hablan de muchas cosas y entre ellas sobre si la virtud puede enseñarse, algo que a Sócrates, por su experiencia, le parece imposible, a pesar de que esa es la especificidad del saber que ofrece Protágoras a sus discípulos (adinerados, está claro): Mira, joven, si frecuentas mi trato, se te dará esto: luego de un día pasado conmigo, volverás a tu casa mejor de lo que eras, y lo mismo al otro día; y así cada uno de tus días registrará un progreso hacia lo mejor. (…) El objeto de mi enseñanza es la prudencia que todos deben tener para la administración de su casa y, en lo referente a las cosas de la ciudad, la capacidad de llevarlas a la perfección por medio de las obras y las palabras; pero el intelector atento a esta esgrima intelectual de primer nivel, no solo repara en las opiniones de los autores sobre aspectos capitales de la vida del individuo como la educación, por ejemplo, sino también, y acaso especialmente, en el marco del debate que permite que este se verifique como tal. Y así lo constata Sócrates, henchido de legítima satisfacción: Cuando son gentes cultivadas las que se reúnen para beber, no se ven junto a ellas ni flautistas ni bailarinas ni citaristas; se bastan ellas por sí misma para la conversación, sin ninguna necesidad de añadir a su propia voz el refuerzo de esos cacareos sin sentido y, aun bebiendo con largueza, saben hablar y escuchar ordenadamente con decoro y dignidad. Quedan, como quedarán en muchos diálogos, las espadas en alto, porque en ciertos asuntos sometidos a debate, no hay sino victorias parciales, iluminaciones concretas, hallazgos sorprendentes, y es difícil ya convencer al adversario, ya sentirse satisfecho totalmente de la propia posición. De hecho, Sócrates encarna algo así como la insatisfacción crónica del pensamiento respecto de la caza definitiva del concepto. Frente al aparatoso despliegue retórico, argumental, de Protágoras, Sócrates reivindica el viejo laconismo: Estas eran efectivamente las características de la antigua ciencia: una lacónica brevedad; Pitaco, en particular, era el autor de un dicho muy frecuentemente repetido en privado y celebrado por los sabios: “Es difícil ser virtuoso”. Recuérdese, en todo caso, que, para Sócrates, como le recuerda a Hipias, también lo bello es difícil. Llamativa les resultará a muchos intelectores la teoría socrática del poeta como mero instrumento de las Musas, ajeno por completo a su creación y sin más mérito que ser habitado por ellas, a cuyo dictado escribe, por más que sea conocida y que de ella se derive el famoso anatema de Platón contra los poetas en La republica. Aunque aún no aparezca, en el Ion o sobre la Iliada, la teoría de las manías, y entre ellas el “furor poético”, la figura de un tal Tinnico de Calcis le sirve a Sócrates para ilustrar su teoría: Nunca ha escrito él ningún poema que se pudiera juzgar digno de memoria, exceptuando el peán ese que anda en todas las bocas, quizás el más bello de todos los poemas líricos un verdadero “hallazgo de las Musas”, como él mismo dice. A través de este ejemplo, más que por ningún otro, la divinidad, a mi ver, nos demuestra, a fin de acallar y prevenir nuestras dudas, que estos bellos poemas no tienen un carácter humano y no son obra de los hombres, sino que son divinos y provienen de los dioses, y que los poetas no son otra cosa que los intérpretes de los dioses, estando cada uno de ellos poseído por aquel de quien recibe la influencia. Para demostrar esto es por lo que la divinidad ha hecho adrede que el más bello poema lírico fuera cantado por la boca del poeta más mediocre. Y llegamos, en esta primera entrega de hoy a una de las cumbres de la obra platónica, la Defensa de Sócrates, la reproducción más o menos fiel del discurso con el que Sócrates se defendió de las irrisorias acusaciones que lo llevaron ante el tribunal del pueblo con el riesgo de ser condenado a muerte por impiedad. Que quede claro que es un texto del que extraer alguna cita revela más importuna mutilación que la admiración oportuna que suscita, porque no se trata de una pieza oratoria forense más, tampoco cuadraría a un hombre de mi edad el comparecer ante vosotros puliendo discursos como un adolescente, sino de la confesión de un hombre que solo apelará a la verdad, podéis estar seguros de que os voy a decir la pura verdad, su única posesión en vida y su única dedicación, a tenor de la interpretación que hizo del conocido oráculo de Delfos que estableció que no había nadie más sabio que Sócrates, lo cual él siempre interpretó como que la sabiduría humana es poco o nada lo que vale. Tres son las acusaciones graves de las que se ha de defender Sócrates: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y, en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios, según él mismo dice. La posición de Sócrates frente a las acusaciones que pueden condenarlo a muerte son sabidas, pero no está de más recordar cómo antepone lo justo a todo lo demás: Estás en un error, amigo mío, si crees que un hombre que valga algo, por poco que sea, ha de pararse a considerar los riesgos de muerte y no ha de considerar solamente, cuando obra, si lo que hace es justo o no lo es y si es propio de un hombre bueno o de un hombre malo. Desarma, en ese momento crucial de enfrentarse a la muerte, la simplicidad humana del argumento socrático, y ello le confiere una grandeza inigualable. No hay más que ver el empeño de cualquier persona, en nuestros días, para rehuir un análisis semejante de la propia conducta ante un tribunal de justicia, por ejemplo, donde la defensa solo atiende a las argucias, y nunca a solidos argumentos. La loa de la virtud como norma áurea de la conducta humana conviene releerla una y mil veces: no nace la virtud de la fortuna y, en cambio, la fortuna y todo lo demás, tanto en el orden privado como en el público, llegan a ser bienes para los hombres por la virtud. Que Sócrates se considere un tábano que aguijonee a sus conciudadanos a través de las censuras de su diálogo en cualquier parte de la ciudad con ellos para educarlos en el bien y la virtud tiene que ver con esa voz que, según él, comenzó a mostrárseme en mi infancia, la cual siempre que se deja oír, trata de apartarme de aquello que quiero hacer y nunca me incita hacia ello. Eso es lo que se opone a que yo me dedique a la política, y me parece que con sobrada razón. Se trata de una dedicación, la suya, que no solo justifica una vida, sino que, en el caso de una terrible acusación sin fundamente, le permite sobrellevar una muerte injusta, caso de ser condenado: el mayor bien del hombre consiste en hablar día tras días acerca de la virtud y acerca de las restantes cuestiones con relación a las cuales me oís discurrir y examinarme a mí mismo y a los demás, y que, en cambio, la vida sin tal género de examen no merece ser vivida. El final no admite discusión sobre el mejor broche que puede tener un discurso: Yo he de marchar a morir, y vosotros a vivir. ¿Sois vosotros o soy yo quien va a una situación mejor? Eso es oscuro para cualquiera, salvo para la divinidad. El diálogo Critón o el deber, tiene tanto que ver con la Defensa, que bien puede añadirse como la continuación lógica de la escena del proceso, ya que Critón lo visita en la cárcel y quiere convencerlo de que escape, de que lo tiene todo preparado a tal fin. ¿Qué poderoso argumento usa Sócrates para convencer a Critón de que lo justo es morir, conforme a la sentencia que así lo establece, después de un juicio justo? Nada más ni nada menos que inventarse una personificación de las Leyes que se dirigen a él, a Sócrates, reprochándole que, tras haberlo protegido desde que llegó al mundo, quiera él ahora no cumplir con su inexorable mandato. El discurso de las Leyes, que se dirigen a Sócrates de tú a tú, con la suma cordialidad de quienes se han sentido bendecidas por el respeto del filósofo, adquiere una dimensión emocional, tan lejana del carácter instrumental de su naturaleza jurídica, que es un hallazgo narrativo de primerísima magnitud: jamás hiciste, como los demás ciudadanos, un viaje ni sentiste el deseo de conocer otra ciudad y otras leyes, sino que nuestra ciudad y nosotras te bastábamos: tal era la fuerza de tus preferencias por nosotras y hasta tal punto estabas conforme con ser ciudadano según nuestras normas. (…) ¿A quién puede gustar una ciudad si no le satisfacen también sus leyes? ¿Y ahora nos sales con que no vas a ser fiel a lo convenido? ¡Ea!, Sócrtates, obedécenos y evita el ridículo que harías saliendo de la ciudad. Quedo emplazado para la segunda noticia, obviamente, aun a riesgo de que disminuyan proporcionalmente los frecuentadores de este Diario a medida que me interne en este territorio platónico donde algunos entrarían con miedo y yo, acaso, con no poca osadía, pero en cuyos escenarios naturales halla, el desprejuiciado, ruegos apasionados de las leyes como el presente. El viaje siempre tiene recompensas y penalidades, incluso el que se hace alrededor del propio cuarto.

2 comentarios:

  1. Leer a Platón sentado, da una cierta pereza...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues mi primera impresión, Pilar,es la de haberme montado en un carrusel, ¡menuda animación argumental! Ando ahora metido en el Gorgias y no pienso sino en seguir esos meandros del discurso tan llenos de auténtica vida y jalonados por esa ironía corrosiva del sabio singular y excéntrico aun en tierra de ellos y en ciudad, como Atenas, nacida para el Logos y de él.

      Eliminar

      Eliminar